Leyendas históricas de América. La conquista.--La colonia.--La independencia.--La república · Unidad 94 de 121
Unidad 94 · 9d4 MAKUBL J. CALLB
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
9d4 MAKUBL J. CALLB
—Es Morales del Amburt, señor capitán.
- ¿Pero no le mataron de orden mía?
— Verdad es, señor; pero el caso es que ese que viene es el mismo Morales en persona.
Y todos los presentes se hacían cruces, en gran manera maravillados de semejante prodigio, en tanto que la viviente fantasma mascullaba una salutación en términos confusos:
—¿Pero no murió vuesamerced por aquello del garrote?— preguntó candidamente Carvajal.
—No, señor.
—¿Ni porque le arrastraron de una pata, como a un perro, por entre peñas,^para arrojarle al borde del arroyo?
—No, señor.
- ¿Ni de las heridas?
—No, señor. Estoy bueno y sano, para servir a su merced .
- ¿Y qué heridas eran esas?
—Un balazo en el muslo, una lanzada en el hombro, una cuchillada en la cabeza, y golpes, muchos golpes.
- ¡C'uerpo de tall ¿Y vive todavía?
—Por la gracia de Dios, señor D. Francisco.
Enmudeció un momento el viejo. Aun los hombres peores eran creyentes fervorosos en aquella edad y fácilmente inclinados a lo maravilloso.
—Demos gracias a Dios, señores y caballeros—exclamó al fin- por haber querido mostrar
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en este hombre su divina misericordia. Y volviéndose a él, le dijo:
—Ahora cuéntame el asunto de tu resurrección.
Y el pillo del Abad refirióle un largo, increíble cuento, que los circunstantes se lo tragaron como puños, cuento que en seguida se verá copiado de boca de quien lo oyó del mismo enredador, quien, para entonces, ya andaba tramando el asesinato del maese Carvajal.
—¿En qué puedo serviros, señor Morales?— dijo éste, cuando aquél hubo terminado.
—En hacerme la merced de continuar en vuestro campo, señor. jMolestaré tan poco!
—Eso no es un favor, amigo mío. Quedaos en él, en hora buena; y así vuestra presencia será un testimonio vivo de que Dios favorece la empresa en que andamos metidos.
—Muchas gracias, señor.
— lEa! Que le den un caballo y ropas, y de comer y de beber, y cuanto más menester haya a todo regalo y de mi particular propiedad.
— Señor, no quiero nada. —¿Cómo nada?
- Ya esas cosas no son para mí. Me bastan un rosario y un libro de Horas: he ahí todo mi equipaje.
— Soldado sois, hombre resucitado. —Lo fui; pero ya dejé los sueños de la ambición y las pompas y vanidades del mundo.