Leyendas históricas de América. La conquista.--La colonia.--La independencia.--La república · Unidad 98 de 121

Unidad 98 · 282 MANUEL J. CALLB

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282 MANUEL J. CALLB

rastras a la presencia del general, convicto y confeso de su intentona.

De ahí a la horca no había distancia, y no le valieron al presunto asesino ruegos de mujer - la doña María Ledesma, hembra de rechupete, más fácil que el aceite de ricino y tan honrada como las pulgas y las gallinas - , ni intersección de frailes dominicos para morir gentilmente agarrotado... Y tras él fueron otros: Espinoza de los Monteros, Bernaldino de Balboa, Pedro del Castillo, Diego de Arguello, Diego Hernández, y principalmente Alonso de Camargo, uno de los más comprometidos... ¡El viejo olía sangre y se despachaba a su gustol

Pues en esta conspiración andaba metido hasta los topes nuestro manso y dichoso Morales de Amburl. El hombre no era tonto, y en cuanto el trueno comenzó a sonar gordo, arremangó los hábitos y dióse a correr por los montes como un venado.

iQué suerte la del maldito! En triste derrota llegó al pueblo de Paria, donde había una tropa al mando del capitán Alonso Caballero, que le aprehendió. Pero como Caballero era un buen cristiano, compadecióse de las lágrimas de Morales y le puso en libertad.

lY hala! Por montes y pedregales, con más miedo que un pájaro en caza. Los hombres que tras él había mandado Carbajal, le iban a los alcances; y al fin cayó en sus manos, cuando

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menos lo imaginaba, cuando, serenado un poco el ánimo, había tomado el camino real y marchaba como un gentilhombre...

El cuerpo del desventurado Espinosa de los Monteros ha seis días que se balanceaba en la horca, y había pena de muerte para el que se atreviere a descolgarle.

Los religiosos y los vecinos acudieron al jefe, con lágrimas en los ojos, para obtener que, al fin, se le diese honrada sepultura.

—Señor -le dijeron—, por Dios y Ntra. Señora, sea su merced servido de quitar aquel difunto de la picota, y como buen cristiano que es, mandar enterrarle, porque amenaza ya a la salud de todos con su pestilencia además del triste espectáculo que da.

—Señores -contestaba el viejo—, perdónenme vuestras mercedes que no lo puedo hacer hasta que venga su amigo el invencible Morales de Ambur», para que lo vea en entrando en la plaza, y se le acuerde luego del mal que ha hecho, porque tengo nueva que ya viene.

Y llegó el resucitado, en una facha lastimosa; a pie, en camisa, descalzo, maniatado y en la cabeza un bonete colorado. Estaba en puros huesos, y se había vuelto negro porlos ardores del sol.

— iSeñor!... iSeñorl...

- ¿Qué hay, maese Morales?

—Señor, ¡piedad!