Leyendas históricas mexicanas · Capítulo real 1 de 1
Leyendas históricas mexicanas
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HISTÓRICAS MEXICANAS
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Casa Editorial Maucci, Consejo Ciento 296, Barcelona México— Maucci Hermanos, l.adelRelox, 1 Maucci Hermanos, — Cuyo, 1070, — - Buenos-Ayres
Casa Editorial Maucci, Consejo de Ciento, 296-Barcelona
¿México, -14 ¿Marzo, 1899
Sres. ¿Maucci jtiermanos
¿Muy señores míos: ^on verdadero -placer-* mes congratulo en autorizar* a Vds. para ques fagan una edición itj mis Leyendas Históricas Mexicanas? pues reconozco ques en ello darán á popularizar^ los más bellos episodios y las más curiosas costumbres dtj las primeras razas ques ^abitaran el suelo ¿o mi patria, episodios y costumbres conocidas sólo des sabios y arqueólogos. 31 través des la ficción legendaria y tradicional ques les prestan potentes vida y amenidad, estarán al alcance^ des todas las inteligencias, ques fué el principal objeto ques mes guio al escribid estas íeyendas.
tAsí es ques muy complacido quedo en ques sea su casa la propagadora de esta obra ques gustoso les entrego, aprovechando esta oportunidad para ofrecermes adicto y afectuoso amigo y servidor-'
2Keriberto irías
En aquellas balsas huían defendiéndose.
La profecía de Tenoch
«De la Diosa Toci se hizo la hija del rey Coxcox y el instrumento de la venganza de los mexica.
Por eso se cambió también la madre á Huitsilopochtli: ya no fué la Cuátlique de la religión anterior, tampoco la Chimalmá de cuando se le confundió con Quetzálcoatl; tenía que ser Toci para que el Dios de la guerra fuese hijo de la diosa de la venganza . Era todo un programa para lo porvenir; vencer ó morir, ser el más grande de aquellos pueblos, ó desaparecer para siempre.,,
México d través de los siglos.— Tomo 1.° pág, 504.
fED los inmensos pantanos de Acocolco, poblados pintorescamente de espesos cañaverales rumorosos, en cuyas laberínticas callejuelas se alzan los Xacalli de los me* xica que sobrevivieran á la horrenda catástrofe deChapulte-
pee, cuando á las tres naciones aliadas: Atzcapotzalco, Acolhuacan y Xaltican — abatieron la soberbia del caudillo Huitzüohuiü, cuya cabeza ornada con el hermoso casco de colibrí, fué el remate de una siniestra pirámide de cráneos.
¡Ved cuán tristes cantan, mirándose en las ondas azules de las grandes lagunas, las espadañas y las altas flores que se mecen, abanicándose graciosamente, en tanto que en las melancólicas lejanías, allá en los pálidos horizontes, las montañas ondulando como inmóviles gasas violeta, cierran el gran valle!
Mas ahora, ya no son tan tristes, ni están ya tan solitarios los pantanos de Acocolco, apartados cual tierra ingrata, de las regiones fértiles en que se asientan los soberbios señoríos, cacicazgos y reinos de los alrededores, cuyos tecuhtli arrojaran á los aztecas hacia tan asoladas isletas en el centro de las aguas...
No; ya una ráfaga nueva, primaveral y fecunda, sopla por entre los ahuehuetes altos y rectos, los carrizales verdes y los henchidos zempaxochitl de fúnebres amarillas flores redondas, bajo las alegres bandadas de los pájaros de la laguna... cantos jamás oidos en aquellas márgenes tranquilas, vagan en el ambiente, cantos rudos y enérgicos, canciones marciales, acompañadas de retumbes sonoros de músicas salvajes, que por primera vez conmovían aquellos tristes parajes, donde tan solo se escucharan las suaves armonías del viento, sacudiendo los cañaverales y altas frondas, de los murmurios de las aguas y el graznar monótono de las aves acuáticas.
Ahora la valiente y pobre, miserable y escarnecida tribu mexica pulula en Acocolco; allí sus Xacalli lanzan al cielo azul sus negros remolinos de humo... y ante el modesto teocalli de tierra del Gran Huitzilopochtli, conductor de la tribu errante, brillaba en las noches el santo fuego del copali... La gloria del ídolo, aun en aquella honda miseria de la raza esclava del reino vencedor, irradiaba con el má-
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gico prestigio de los dioses que llegan á avasallar y apoderarse del espíritu y de la voluntad de un pueblo.
El solemne Tenoch, grave y terrible anciano en cuyos ojos que semejaban soles — extraños soles que estallaban á veces tan súbitamente del fondo de hondas tinieblas de obsidiana, que eran como relámpagos de diamante en noche de tempestad — el gran Tenoch, el viejo formidable, á cuyo gesto su valeroso pueblo se sacudía vigorosamente — el tremendo caudillo — sacerdote— emperador de una humillada, errante, pero bélica, joven, fuerte, y genial raza — de la gran raza á la que guiaba el Dios de la Guerra — paseaba todas las mañanas guiado por su esposa, la dulce y sabia Tochcalpan, también guardiana del atroz ídolo.
— ¡Ni una frase, ni una palabra, ni un signol — rugió Tenoch.
— Espera ¡oh! gran señor, ¡ohl amado mío, que se cumplan las profecías del Michuacan, — le responde su compañera.
— ¡Sí, espero, y siempre con valor y confianza! Sé bien que la raza mexica triunfará... Pero aún no se abren los labios formidables de nuestro dios; sus plumeros no se agitan aún, ni la lengua roja de la culebra se retuerce...
...Ah! ni siquiera pasan por estos tristes campos fangosos y míseros la gloriosa CualnetM de grandes alas y corvo pico— símbolo propicio y triunfal de nuestros brillantes destinos! — no; aun no he visto cernerse en este cielo de tan puro azul, el águila guerrera que marcará la aurora de los futuros triunfos!... Y entre tanto la miseria, la esclavitud, la afrenta... Esas aguas son las únicas amigas; sus peces nos alimentan... estos campos apenas nos dan sombra... No. Nosotros necesitamos vivir como viven las águilas... es nuestro destino... necesitamos vivir de la guerra...
¿Para qué el gran Tloque Nahuaque nos dió garras?...
— ¡Espera, gran Tecuhtli, que se cumplan los altos designios de nuestro dios!... He soñado que estos lagos inmensos habían de secarse un día á fuerza de convertirse en sangre... y de bebemos tanta sangre...
Tenoch, Qucntziv, Tlalála y Ttxca están delante del trono de Coxcox, rey de Acolhuacán su señor, á quien llevan los tributos de sumisión.
Los nobles y audaces guerreros llegaban tristes, sombríos y abatidos por tener que soportar la afrenta de rendir tributo á un rey enemigo, á un rey que destrozó la raza errante en la batalla de Chapultepec. Tristes llegaron, más se van alegres, radiantes... ¡Iban á combatir por finí... ¡Iban á la guerra! Coxcox les había ordenado que formasen á todos los mexica capaces para el combate, porque habían de ayudar á sus amos los acolhua contra los subditos del Tecuhtli de Xochimilco\ Se preparaba una gran batalla... ¡Qué dicha para el azteca que tanto amaba la guerra!
El rey acolhua negó armas á Tenoch y los suyos... Debían, pues, combatir desnudos, inermes, hambrientos... ¡Y contra los bravos Xochimilca, ya famosos en todo el valle por la destreza y arrojo de sus guerreros!
¡Ay de los aztecas!... Si los mismos acolhuay armados y bien defendidos con grandes rodelas y recias macanas (chimalla y macahuitla) temblaban ¿cuál sería la suerte de los infelices habitantes del pantanoso, ingrato pais de Acocolco?
— ¡Cuidad de traerme un buen número de cautivos! — había dicho con sarcasmo terrible Coxcox, el rey acolhua, á Texpa, el más joven y gallardo de los guerreros mexicanos.
— Princesa, os traeré cuatro cautivos acolhuas, y son los
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que pretendieron robaros, — contestó Texpa, dirigiéndose á la hija del rey.
— Seréis entoñces, murmuró gravemente el terrible anciano Tenoch, la diosa de la Venganza, la abuela de nuestro dios, del dios de la guerral
La batalla fué.
Primero las huestes acolhuas arremetieron en la llanura extensa contra las apretadas legiones Xochimilcas, aullando con extraña ferocidad; pero el tumultuoso torrente precedido de horrorosa tromba de pedruzcos y flechas se estrelló contra la espesa muralla viva, de los enemigos fuertemente armados... Y estos fueron entonces los que, abriendo su primera linea de combate, dejando pasar una avalancha de jóvenes guerreros, se lanzaron sobre las vacilantes masas acolhuas que huyeron pavorosamente...
Y resonaban ya con algazara de triunfo los gritos de los xochimilcas cuando repercuten los ecos el bramar de las filas mexica, avasalladoras, rapidísimas, feroces, cantando, envueltas en toscas pieles — aún frescas — de animales salvajes, arrojando verdaderas rocas, demoliendo las masas que les obstruían el paso, en un vértigo de ataque incontenible... huyen los xochimilcasl persíguenles los mexica... quienes rápidamente sujetan de los cabellos á los fugitivos en el instante en que otros guerreros con largos cuchillos de ixtli, de dos golpes hábiles, cortan las orejas de los enemigos... y estos huyen más aún, aullando de dolor y rabia y de espanto, llevando el pánico más espantoso á sus campos donde su sangre enrojece los verdes maizales... En lo más recio de la brega, Tenoch, levantando el tremendo rostro, vió en el azul del cielo una gran mancha negra... era una águila de anchas alas rojas... pasó bajo el resplandeciente disco de Tonatiuh y magestuosamente fué á perderse con rumbo á los grandes lagos del inmenso valle es*
tremecido por el fragor de la batalla... ¡Tenoch lanzó un grito de triunfo, y á sus guerreros señaló el águila!
Texpa, Tlalala, Tloltzin y Xiutz derraman en el sacro pavimento de la sala de Coxcox los montones de orejas enemigas que han traído en profundas cestas...
¡Horror!... El monarca desfallecido de espanto, vuelve el rostro y ordena que se retiren aquellos guerreros que solo aportaban cuatro prisioneros vivos... y miles de orejas rotas.
— Gran Rey, os invitamos al sacrificio de los prisioneros, en honor de nuestro dios...
— Iré... y esta noche mis sacerdotes harán ofrendas en su altar. Mañana las admiraréis.
¡Jamás los meorica en sus mayores miserias y tribulaciones habían sufrido semejante insulto, tan estupenda, inconcebible injuria, tan sangrienta formidable profanación!
Los enviados del Rey, á quien los guerreros de Tenoch dieran una victoria, pusieron como ofrendas en el altar de Huitzilopochtli en la nueva residencia de Tizapáv, un informe cúmulo de fango, peces y sabandijas inmundas, cabellos en sucias marañas, cañas en putrefacción, insectos asquerosos y cuanto objeto repugnante y cuanto resto miserable pudiera denigrar, profanar y escarnecer la piedra santa delante del augusto ídolo, alma radiante y épica de tan valiente raza.
Un solo grito, un solo rugido lúgubre, un alarido único, se escapó de la muchedumbre de sacerdotes, guerreros, vírgenes, sacerdotisas, mujeres y niños, que eran todo el pueblo azteca en Tizapán.
Aquel grito bramó:
— ¡Venganza!
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Y fué preciso huir. Una nueva alianza de las naciones del Valle levantó un ejército grande como el mar, cuyas olas humanas empujaron al atribulado pueblo de Tenoch, cercado por todas partes hácia el centro de los lagos...
Audazmente emprendieron la retirada, defendiéndose con brío sobrehumano, construyendo balsas con carrizales y troncos de árboles, chinampas flotantes en donde las tribus huían... las mujeres, ancianos y niños en el centro, los jóvenes guerreros en los bordes, cubriendo con sus cuerpos á las familias, atribuladas y sollozantes, recibiendo y lanzando tempestades de flechas, gritando en coro, gritando sin cesar: .
— ¡Venganza! ¡Venganza!
Impasible, grave, confiado en las grandes bélicas victorias futuras de su raza, Tenoch, puestos los ojos en un punto lejano del horizonte, clamaba con voz solemne:
— ¡Ay! de tí, Tecuhtli Coxcox; tu hija, la altanera princesa que tanto amas, será sacrificada como diosa de la venganza, y de ella haremos la madre de nuestro Huitzilopochtli, dios de la guerra; será Tocü... Para nuestra raza la grandeza ó la muerte el día de nuestra venganza.
...Miraron absortos el águila suprema y el tenochtlé simbólico
qjj^As innumerables isletas del lago, antes solitarias, don- ■^=4 de tan sólo entre sus juncales verdes se arrastraban culebras, y por cuyas cañas pomposas revoloteaban mariposas blancas, las tristes islas donde antes anidaban patos, garzas y gallaretas, abrigan ahora las muchedumbres compactas de guerreros acaudillados por el sacerdote Tenoch.
Él, confiado en el dios protector de los mexicanos, en el gran Huitzilopoehtti, ansiando vengarse del rey de Colhua-
La fundación de Tenochtitlan
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cán, quien había profanado el teocalli de Tizapán, ofrendando restos nauseabundos; Tenoch, el caudillo sagrado de la tribu mexica, había sacrificado casualmente á la hija del monarca profanador, arrancando á la infeliz princesa, víctima de tan fatal venganza, la piel con la que un mancebo se revistió para engañar á Coxcox.
¡La venganza se consumól Tal como lo había profetizado Tenoch, la hija del rey fué la abuela del dios Huitzilopochttit — en espíritu, — y su corazón fué enterrado piadosamente al pie de un sauce en Ixtacalco, al salir los guerreros del ternaxcalli, tras la fatigosa huida de Tizapan, cuando los indignados colhuas les persiguieron sangrientamente.
El dios de los aztecas debía estar satisfecho.
La sangre empezaba á correr á raudales y tras las huellas de su pueblo, resplandecía un rastro de sangre... ¡Los sacerdotes levantaban la energía del pueblo y sembraban corazones humanos en los lugares propicios, á la sombra de los viejos árboles y entre el murmurio de las fuentes, en torno de los claros manantiales frescos!...
¡Así que en vez de la cobarde emoción triste de su miseria y vida de execrable esclavitud, el pueblo sentía ímpetus marciales y ansias guerrerasl
Los mandatos de un dios terrible, sanguinario, inexorable y bélico, ordenando siempre el exterminio, prometiendo á los guerreros que sobrevivieran tras la batalla, la gloria y la dicha, los placeres de la vida, los honores, el amor de las mujeres, los banquetes sacros, la bendición de los ancianos y la aclamación de las multitudes... y para los que perecieran en el combate la entrada triunfal y suntuosísima al son de teponaxtles divinos, en el imperio todo luz del gran Tonatiuh al lado de las mujeres que hubiesen muerto en el supremo instante de dar un hijo á la patria!
El pueblo amado y preferido del gran Huitzilopochtli era
el pueblo mexica; pero para hacerlo tan grande y poderoso era preciso que fuese valiente... que á través de recias pruebas honrara á su dios arrancando corazones y regando sangre... ¡Sangrel... mucha sangre era lo que pedía el dios de la guerra, el dios que les había guiado hacía siete siglos desde el misterioso país de Axtlán...
— ¡Oh! Soberano tecuhtli... después de enterrar el corazón de la princesa colhua que hoy es la diosa Cocí, la diosa de la venganza... hemos huido, batiéndonos lentamente, consagrando con la sangre nuestra y la de nuestros enemigos las aguas de estos lagos... Hace ya tres años que de Mexicaltzingo á Ixtacalco y de Ixtacalco á Mixihuican hemos navegado en grandes balsas... las hemos engrosado con tierra y fango... los vientos del Norte han traído semillas... y el dios Geutictl ha hecho nacer en ellas las cañas de oro del maiz, las flores hermosas de los valles; y las pobres balsas se han convertido en ricas chinampas que flotan sobre las azules aguas, al canto dulce del trinar de las aves... Colibríes y mariposas lujosísimas siguen la marcha de nuestros flotantes jardines... ¿Por qué no asentamos en estas aguas la ciudad de las verdes chinampas?...
Era el guerrero Ocelopan el que una tarde hablaba al Sumo Sacerdote Tenoch, quien tranquilo, sentado en una peña de una isleta, miraba hacia el Oriente, el penacho de humo rojizo y áureo del gigante Popocatepetl al sol que se ponía...
Tenoch no era ya el caudillo, que hacía largas series de lunas, dudara del porvenir de su raza; no era él, que inquieto, sacrilego casi, se lamentaba de que su dios errante no pronunciase una palabra de aliento, ni diese un signo de esperanza á su caudillos de las altaneras tribus de Az - tlán... ¡oh! no... ahora es la confianza profunda, la fe en el porvenir la que irradia en sus ojos negros.
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— Calma tus justas ansiedades, guerrero; recuerdas las glorias de las cacerías en las montañas que atravesaron nuestros abuelos... Crees que solo aquí cantan monótonamente los patos déla laguna... y silban nada más las culebras traidoras... ¡El oetlntl vendrá pronto á nosotros; pero antes debemos esperar ver la mansión del Cuauhtli de las anchas alas rojas... sobre el verde tunal en el nido de los sauces blancos.
Dice Tenoch, y cruzando los nudosos y robustos brazos de bronce, abrúmase, mudo y extático, en rara contemplación, abiertos los vivísimos ojos negros hacia el Omecatl incendiado y sangriento.
El guerrero Ocelopan — modestamente vestido con su liso manto de algodón sin franjas, como los pobres guerreros mexica de aquella época de pruebas y miserias — miraba también hacia el Oriente, creyendo ver terribles señalesMás no. La noche fué subiendo del fondo de las aguas antes refulgentes y áureas... las tinieblas envolvieron las verdes faldas, — todo el ropage esmeralda de los inmensos bosques, — de las montañas que cerraban el Valle... Y, — flores de luz de pétalos parpadeantes en el alto cristal negro y combo del cielo entenebrecido — las estrellas se miraron, frías y temblorosas, en la inquieta sombra murmuradora del lago melancólico y solemne...
Rojas y amarillas, lívidas, [relampaguearon después las aguas negras...
Lentamente... redonda y enorme, tinta en luz de sangre, rasgando tinieblas, fué emergiendo la luna... emergiendo, emergiendo... hasta que libre y trémula, inundó el Valle infinito en una soberana explosión de sangre!
— ¡Mira, mira, Ocelopan!... ¡Mira!
Tenoch, transfigurado, se había puesto de pie sobre la roca, de frente á la luna... Con la mano derecha tendida hacia el refulgente disco, señalaba la silueta negra de los viejos volcanes, cuya sombra desmesurada y terrible recortaba el gran resplandor amarillo que reverberaban lasondas de los lagos. — Infinita extensión, isla de sombra en aquel ingente, luminoso océano lívido...
Ocelopan, aterrado, miró, y también en sus radiantes pupilas negras, — como en las aguas obscuras, tan intensamente negras como las de Tenoch — brillaron relámpagos rojizos y trágicos...
— ¿Ves la señal de la reina de la noche? ¿Ves cómo nos mira bañando en sangre la laguna?
— ¡Aquí será el asiento de la ciudad mexica que será guerrera y poderosa!... Triunfará Ocelopan: mira cuánta sangre, cuánta sangre! Espera. Ahora esperemos la voluntad del gran Tonatiuh. Mañana mismo, tal vez... Que la flor de los guerreros recorran en ligeras barcas el lago... ya está consagrado...
Desde aquella noche, mientras el fugitivo pueblo mexica refugiado por las persecuciones de los reyes de las márgenes, en las isletillas esparcidas en el interior de la laguna, mientras confiado en su destino vivía miserablemente pescando en las aguas, cazando y recojiendo granos de maiz y flores amarillas, abrigándose en chozas de tules, cañas y paja, ocultas en los carrizales, los sacerdotes y caudillos de las tribus navegaban en busca del lugar señalado por su dios Huitzilopochtli.
Recorrían, costeando las márgenes desiertas y los bor-
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des de las islas, la inmensa extensión del lago azul, dividiéndose y expedicionando por todos los rumbos, sin encontrar el augusto signo divino...
Un día Tenoch dijo á su corte.
— El gran dios me anuncia que busquéis el sitio en que arrojaron nuestros enviados el corazón del traidor Copil, del infame que blasfemó de Huitzilopochtli y nos vendió á nuestros enemigos.
...Recordad que su corazón fué arrojado hacia las islas de los sauces blancos... Id mañana... Si las encontráis solo habitadas... por colibríes y mariposas... abandonadlas y no volváis nunca;... pero si veis el nido del Cuauhtli hermoso, del águila que en el día pasa de frente al sol, besándolo, cantaréis el himno triunfal...
Xomimitl, Atexcatl y Axolohua siguiendo con la vista la marcha del sol, arriban á la isleta donde una mancha roja estalla. .
Desembarcan y corriendo por entre los cañaverales, llegan frente á una roca sobre la que se erguía verde tunal.
Mas ¡qué grito de sacro placer lanzaron los caudillos sacerdotes al mirar que en la roca había un enorme nido de plumas blancas y rojas, doradas y argentinas, brillantísimas, con irisaciones de luz escarlata, nítida y esmeralda...!
Lamiendo la seda luminosa de las regias plumas del nido corrían en dos hilos de cristal líquido, dos arroyuelos... Uno de agua azul cielo... otro de precipitadas y espumosas linfas purpúreas, sangrientas...!
Axolohua se precipitó hacia las aguas rojas anhelando consagrarse en la divina fuente, mas al acercar sus labios
se sumergió de súbito... desapareciendo para siempre... En ese mismo instante, un águila colosal, soberbia, de anchas alas rojas, fué á posarse sobre el tenochtli... inclinó hacia los arroyuelos la cabeza y hundiendo la garra extrajo larga, epiléptica y verde culebra... extendidas las regias alas, una garra sobre el tunal, la otra extrangulando el reptil, á lentos y graves picotazos, el divino Cuauhtli gloriosamente devoró su presa.
¡Era el gran signo!... Atexcatl y Xomimitl miraron absortos el águila suprema, el tenochtli simbólico, la culebra que era el corazón del traidor Caopil, el mexica que vendió á los suyos en Chapul tepec, delatando á Huitzilihuitl — los arroyos azul y rojo — y el frondaje de sauces blancos que circundaban el manantial.
¡Ahí debía fundarse la Gran lenochtitlán!
Surgió el esqueleto de la víctima...
Un sueño de Ahuizotl
jraSít QUEL día la serie de sacrificios en el gran Teocalli, T^y^ había tenido una rápida imponente desfloración de corazones, arrancados en verdaderos ramilletes rojos, que fueron ofrecidos ante el sombrío Huitzilopochtli... ¡Cuánta sangre se derramó!
Los sacerdotes permanecieron en éxtasis mirando correr los ríos escarlata, calientes y humeantes, por las suntuosas graderías del templo del Dios de la Guerra.
Los atroces victimarios vestidos con grandes talares — horriblemente negros,— negros desde el rostro hasta loa
pies, ungidos con el hullisacro de las ostentosas ceremonias regias, impregnados de sombra, horrorosos cual siniestros hijos de la noche, estaban jadeantes de fatiga, de la lúgubre fatiga de arrancar entrañas á las pobres victimas hacinadas... [Y no podían más!
Los corazones arrancados á los millares de prisioneros que se almacenaban en montones en las antiguas galerías que fuera de la ciudad, en los islotillos de la laguna, hubiera en un tiempo edificado Tízoc para guardar en. ellas las riquezas del botín de la guerra... ¡Ah! los corazones enemigos se habían amontonado en altísimas pirámides y sobresalían tétricas y horribles, de los muros de los amplios patios del Teocalli.
Y hubo un instante en que rebosaron tanto, que ya no pudo haber galerías, ni terrazas, ni salones capaces de contener tanta carne destinada al sacrificio... ¡Tantas eran las montañas que destilaban sangre y entibiaban la fría atmósfera del templo con sus trágicas emanaciones nauseabundas.
El rojo Ahuizotl, el formidable, el lúgubre y audaz Emperador guerrero, había acumulado prisioneros de todas las naciones, de todos los cacicazgos y señoríos subyugados por sus ejércitos.
Logró henchir y hacer rebosar la gran Tenochtitlán, con las inermes y afligidas huestes de los vencidos.
No, no bastaron los sacrificadores todos del Imperio Mexica para realizar el ansia suprema del sacrificio sangriento que quería ofrendar Ahuizotl ante Huitzilopochtli.
Y tan fué así, que los mismos educandos jóvenes nobles del Calmecac, fueron habilitados para oficiar de sacrificadores. En el inmenso Teocalli y en las amplias plataformas de la gran ciudadela de las Aguilas, consagradas al Sol con la sangre fresca y purpúrea, hubo la irradiación á
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la luz del astro de sus trágicas irisaciones, en tanto que el pueblo rugía atrozmente, aclamando la matanza que Ahuizotl presidía triunfal.
Primero el gran Tecuhtli, después los príncipes de su familia y luego las mujeres favoritas de sus serrallos, convirtieron el santo alojamiento en regia sala para probar de los manjares horribles de los corazones, servidos piadosamente por los pontífices, sacerdotes y venerables maestros del Teocalli y del noble Calmecac y del marcial Tepuchcalli; y habiendo aún inmensa cantidad de entrañas palpitantes, se amontonaron en espantables pirámides para que las devorara el pueblo, cumpliendo así la voluntad divina del Dios muy adorado por Ahuizotl; Huitzilopochtli quedaría satisfecho.
¡Mas no se agotaban las montañas del palpitante pueblo vencido, en consecuencia, con reconcentrada ira bárbara del rey; no se había logrado aún sacrificar en un mismo día todas las víctimas; y lo que era peor, ni aún todos los macehualles viles plebeyos de Tenochtitlán, podrían devorar todos los corazones arrancados de tantos pechos inocentes! ¡Oh, caso inaudito!
Había demasiada sangre.
Pero el tétrico joven Ahuizotl había ofrecido solemnemente al Dios de la Guerra una inmensa torre de corazones, para el día en que se desposara con la hermana de un misterioso rey á quien había él mismo domado en sus posesiones, allá muy lejos, más allá de los valles del Norte, sobre montañas bárbaras, vestidas con enormes ropajes de esmeralda, ostentando maravillosísimos bosques inextricables.
Cuando Ahuizotl era sólo un príncipe guerrero, un cua-
hutlí soberbio y bravo que muerto el tlacatecatl de la guerrera expedición que iba en son de conquista hacia las regiones del Norte, tomó el mando del ejército que había llegado hasta la falda de las sierras donde se trabó una batalla indecisa.
Los habitantes de las montañas se retiraron hacia las cúspides, ó se emboscaron en las selvas de los valles llevándose millares de prisioneros aztecas de los más nobles y más principales jefes.
Por otra parte, Ahuizotl, al abatir con su larguísima y rica macana á un bárbaro chichimeca, apenas cubierto con la piel de un oso, sintió que atravesaba su pecho ancho cuchillo de aguzado pedernal, y vió cómo rodaba al abismo de un barranco el vencido guerrero serrano, y al instante, sintiéndose herido el príncipe, sujetó con su robusto brazo el cuello del enemigo que tan certero golpe le asestara; iba á precipitarle también: pero, estupefacto, contempló una gallarda mujer que le desafiaba, marcialmente bella.
No la mató.
De un alarido hace venir á los suyos, ordena que la aprisionen y va á seguir el combate cuando comprende que la batalla se ha perdido, y hé aquí que al fin se retira abandonando á los enemigos la flor y nata de sus vaovisques, llevando tan sólo como precioso rehén, á la bella mujer, á la marcial guerrera.
Regia y bárbara pasión Ahuizotl sintió por ella; pasión de Emperador por una explendente reina de salvaje y feroz hermosura; una de esas pasiones fatales que hacen rodar un imperio al abismo, sólo por el relámpago de una mirada.
Se amaron, se prometieron amarse y ser esposos un día Roca Florida y Ahuizotl.
— Te devuelvo á los tuyos; ellos me entregarán mis nobles, tú serás reina y cuando yo sea Emperador vendrás á dominar conmigo á los que huellen Tenochtitlán... ¿Quieres?
— ¡Oh gran Tecuhtli! ¡Oh gran señor! ¡Oh mi señor muy amado y únicol Has derribado á mi hermano que era el poderoso dominador de estas vastas sierras á donde los tuyos no han podido recoger, sino corazones muertos... Yo te amo; déjame regresar á mis montañas y te enviaré en cambio tus bravos vaovisques; pero prométeme que ya no nos turbarás con el estruendo de tus huehuetls...
Yo iré un día con mis amigos y servidores á ser tu esposa si quieres; pero iré pacíficamente; después tornaré á mis sierras.
— Así será, — contestó el Tecuhtli guerrero mirándola con intensa pasión.
Al siguiente día la multitud de vaovisques, cuahutlis, ocelotls y demás guerreros mexicas volvían á sus campamentos y á las intrincadas marañas graníticas de las sierras.
Ella tornó grave, triste y altiva, envuelto el torso en gruesa piel de oso, bajo una fría lluvia invernal.
Ahuizotl regresó avergonzado con sus ejércitos á Tenochtitlán; pero prometió asegurar al Anahualt el tributo de los orgullosos montañeses del Norte... Y al fin, después de ser erigido soberano, recibió con gran pompa á la preciosa reina Roca Florida.
Mas cómo el rey iba á desposarse con Mistlixóchitl, princesa de Tlacopan, fingió recibirla bien para después
HERIBEETO FRIAS
abandonarla ó recluirla con las demás mujeres de su gran Tocpam.
Pensaba envenenarla dándola á beber diluida en licor de maíz, una florecilla aromática que le habían traído de las selvas de Oaxaca... La embriagaría, y al expirar, habría de arrancarle el reino de las montañas del Norte.
El malvado vió realizarse su proyecto. En la feroz orgía, cuando las danzas arremolinaban tempestuosamente los oleajes de regias vestiduras, plumazones, conchas, nácares, caracoles y tintineles de oro y plata; cuando se habían vaciado las preciosas jicaras embriagando á los danzarines, Roca Florida, habiendo bebido por última vez, comprendió que iba á morir.
Y así, presa de tremenda indignación, gritó:
— ¡Cruel y falso Ahuizotl, me has engañado: yo era libre, soberana, noble, rica y adorada como una diosa. Por tí perdí la riqueza, el poder, la gloria, la ternura y la vida. Yo te hice muchos bienes, te cedí mi reino, salvé tus orgullosos vaovisques, á tus ancianos y sacerdotes; te dirigí salvo á través de la sierra, y perdonándote la muerte de mi hermano, creyendo que cumplirías tus promesas, vine á ser tu esposa. Ya sé que voy á morir; pero mi cuerpo se ha de levantar á tocarte: mi boca te besará y ¡cruel! tu nombre será el nombre del horror y para siempre el símbolo de la perfidia, de la persecución injusta, de la traición y de la infamia. ¡Ahuizotl! tu nombre será escarnecido y odioso para siempre, y mi cuerpo, aún en huesos, se levantará el día de tu apoteósis para maldecirte más!
Ahuizotl ordenó que el cadáver de la infeliz reina de las montañas, fuese arrojado á las aguas del lago; y al día siguiente fué cuando hizo que fuesen inmolados los millones de víctimas en el gran Teocalli, ordenando que se levantaran aquellas horribles pirámides de corazones, y en-
tonces fué cuando se cansaron los sacerdotes sacriñcadores de tanto arrancar entrañas.
¡Era preciso cumplir la ofrenda al Dios de la Guerra; se había casado con la hija de aquel poderoso Tecuhtli de la sierra y hasta más allá de los valles del Norte yerguen sus blancos picachos, habría de levantarse la siniestra torre de corazones!
Y llorar el amor y la muerte de Roca Florida, y sordos remordimientos turbaban sus noches y eran más terribles mientras en los días las hecatombes se huracanaban más atrozmente sanguinarias.
Recordaba las palabras de la valiente virgen guerrera, de la gallarda princesa de las montañas, y en sueños Ahuizotl oía su anatema.
Veíase en el patio de un gran Teocalli: príncipes y sacerdotes iban á presenciar el sacrificio que por el fuego consumiría á la bella princesa y sobre la redonda piedra alzábanse las almas, cuando de súbito ¡horror! surgía el esqueleto de la víctima clamando: ¡Ahuizotl... maldito sea eternamente tu nombre!
Tales eran sus pesadillas... mas no por eso el sombrío monarca contuvo sus crueldades. Desde entonces, más que nunca, los sacrificios sangrientos anegaron en rojas oleadas la opulenta Tenochtitlán cuyos hijos, más tarde, cumpliendo el anatema de la princesa, maldijeron para siem pre su nombre, símbolo del horror.
Sacrificio de la víctima prometida
Cihuacoatl
<$]|(^os ejércitos que el joven Tízoc conduce á la guerra santa para proporcionarse prisioneros que sean víctimas en el grandioso ceremonial de la consagración regia, se han extraviado totalmente en las sierras abruptas que atraviesan. ¿Por qué han huido sus genios?
¿Por qué le abandonan cobardemente los mismos ministros suyos, los mercaderes de más fama y riqueza y aun los más ancianos guerreros, los más respetables yaoyisquesf
En vano el príncipe Tízoc había hecho solemne promesa á su pueblo de celebrar con majestuosos sacrificios su exaltación al trono del reino rnexica, imitando, si superar no pudiera, la magna consagración que los sacerdotes ha-
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bían de conservar perpetuamente de su antecesor el gran Moctecuhzoma Ilhuicamina; en vano tanta esplendidez en los preparativos para emprender la campaña tradicional y sacra... ¡Lo más florido de sus ejércitos, lo más magnífico de su corte, había temblado al atravesar los desiertos de las selvas del Sur.
¿Le vieron pusilánime?... ¿Comprendieron acaso en la sombría actitud del pensativo y taciturno 1 ecuhtli su espíriiu enfermo amenazado por crueles presagios?... ¿Los sacerdotes intentaban derribarle, desprestigiándole en sus empresas marciales, del trono augusto que pronto debía ocupar?
¡Quién sabe!... ¡Quién sabe! Las tradiciones son innumerables; las tiras geroglíficas se multiplican, los monolitos con sus diversas inscripciones que se contradicen, vagas unas, complicadísimas otras, no arrojan ninguna luz... plena sombría reina sobre la siniestra deserción que causó la desgracia del infeliz Tízoc.
Tan solo restan detalles aislados, perdidos eslabones que son, sin embargo, preciosos episodios de sus vidas... y más aún de sus primeras campañas.
Y éste que aquí va á desarrollarse ofrece singular interés... Reanudemos.
Los ejércitos de Tizoc se habían extraviado en la selvas... y el príncipe, más taciturno que nunca vagaba, seguido de unos cuantos caballeros -águilas, compañeros de infancia en el Calmecac... A lo lejos mirábanse bajo la sombra de los altos árboles del monte, los grupos de soldados y mercaderes... Se acercaba el crepúsculo.
— ¿Por qué — preguntó Tizoc á un anciano vestido de negra túnica, teñido el rostro también de negro — por qué crees tú qué hayan sobrevivido tantas desgracias? Antes
desdeñé tus advertencias; pero ahora necesito que me consueles con tu sabiduría...
— ¡Oh! mi gran señor... ya me imaginaba tanta desventura... y siempre te lo había advertido... y también los supremos augures que asistieron á tu nacimiento lo predijeron... ¡Tá has tenido horror á la sangre, á nuestras dos principales divinidades que con sangre se alimentan, Huitzilopochtli y Cihuacoatl... Por eso te declararon pusilánime, indigno, pues, de dirigir un pueblo que por sus dioses y abuelos tiene que sostener sus glorias y magníficos destinos por medio de la guerra, perpetua y sin misericordia; guerra que alimente á sus padres y reyes, guerreros, pueblo, comercio y sacerdocio... \Cihuacoatl y Huitzilopochtli tienen una eterna sed de sangre, príncipe Tízoc, y tú lo has olvidado... He allí la causa de este desastre... No pienses más, no sueñes y te abstraigas; obra, fulmina á los que no sean de nuestra raza, toma prisioneros y sacia la sed de nuestros dioses, Tízoc!
Y como éste continuase inmóvil y abstraído, el anciano sacerdote, agitando su negra vestidura, continuó así en solemne, trágica entonación:
— ¿Has olvidado, gran Tecuhtli, sobrino del terrible y exelso Modecuhzoma Ilhuilamina lo que no ignoran los más niños educandos del Tepuscalcif
— ¡Bien sabes la historia de Gihuacoatl!... Barría el templo del dios, cuando encontró las plumillas de rara belleza; las guarda bajo el huipüli y cuando las busca, ya han desaparecido... Pasan varias lunas cambiantes y habiendo resultado en cinta sus hijas, furiosamente celosas alzan sus armas contra ella que al aprestarse á morir, escucha»
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de súbito con íntima alegría y hondo pasmo, una voz de sus entrañas brotada, clamando:
— «¡Madre, yo te libraré para gloria nuestra, no temas!»
— Es el instante en que se acercan los hijos para consumar el parricidio, llevando al frente á su hermana Coyolauhqui, más tremendamente erguido brota Huitzilopochtli; con una rodela en la mano izquierda, en la derecha una lanza azul, el rostro también luciendo hermoso color azul.
¡Encienden la tea-culebra y con ella se lanza sobre los hijos, matándoles á todos!
¿Y no ha de ser venerada por nosotros Cihuacoatl que es la madre del dios de la guerra?
Por eso Ixcoatl, después de sus espléndidas victorias, mandó magníficos teocallis á la diosa que simboliza la patria!...
Tenía razón el sacerdote al expresarse así delante del principe cobarde que tanto descuidaba el culto de Coauhtlique ó Gihuacoatl, cuyo templo en Tenochtitlán se hallaba al lado del de Huitzilopochtli y el de Tezcaltlipoca.
Su estátua era de piedra, abría la boca y mostraba dientes amenazadores, llevando sobre la espalda suelta cabellera que caía sobre blanca túnica. Allí se erguía siniestramente en una amplia sala en plena sombra, á la que se entraba por un pórtico tan bajo, que los ancianos sacerdotes tenían que acercarse arrastrándose como culebras...
En la misma sala se encontraban alineados respetuosamente, sus hijos, últimos los demás dioses... En la antesala dos sacerdotes eternamente vestidos de negro, velaban, relevándose para conservar vivo el fuego perpétuo...
— Bien debes saber —continuó el airado anciano, que se dirigía en el campamento al príncipe Tízoc — que nosotros
cada ocho días vamos á advertir al Tecuhtli que la madre Diosa tiene hambre y sed para que nos entregue un cautivo que fuese digno y grato alimento de la terrible divinidad, cuyos muslos devora el pueblo para santificarse y fortalecerse... ¿qué objeto tuviste, pues, al emprender esta campaña que tan desdichadamente principia, si no traer víctimas...?
También sabes que las doncellas del Calmecac preparan para ella diariamente los manjares más exquisitos... Recuerda al bravo Tlacaebel, hermano de Moctecuhzoma, mira cómo ambos obtuvieron triunfos espléndidos y amplias conquistas, porque fueron gratos á la diosa, madre de Huitzilopochtli, como estrella de la mañana, nuncio de prosperidad fecunda y larga!... ¡Fuego, rojo fuego purificador necesitan los dioses para mostrarnos el camino de los enemigos, que no faltarán yaoyisques, que traigan la primer víctima necesaria para que el gran Tonatiuh te devuelva el valor que te falta!...
Tízoc alzó entonces la frente y con serena cólera respondió al audaz y negro anciano que con tanta dureza le había increpado:
— ¡No me falta el valor!... Si me repugna la sangre es porque amo mejor la serena paz de la Naturaleza, porque lo mismo que nuestra raza, puede haber otra sanguinaria y terrible, que siendo más fuerte, pudiera arrancarnos nuestros padres, mujeres, hijos y riqueza, arrebatándonos la patria... Algo negro como el ulli que unta tu faz, he soñado para el porvenir de mi raza...
¡Mas no es que me falte el valor y hoy mismo, yo, solo y armado con simple rodela y macana, iré al encuentro de los enemigos y yo personalmente traeré la primera victima, para que en este mismo desierto sea sacrificada por el fuego purificador que haga ver á mis ejércitos que no
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Boy cobarde, sino que me duelo de las crueldades de la fuerza, porque temo de esa misma, para la patria, feroces represaliasl... Espera.
Tízoc cumple su palabra; torna vencedor trayendo la víctima prometida que es sacrificada por el fuego, atado al tronco de un árbol...
La victoria coronó sus armas; pero el carácter taciturno del tecuhtli Tízoc, le hace impopular y envuelve su reinado en sombría noche de misterio.
,1a hija del tlaltelolca fué recibida por los guerreros tenochca
Las primeras víctimas
uestro dios en la hora santa habló así; Tenoch: ya viste cómo el águila negra de las alas rojas, devorando su presa posó tranquilamente augusta en toda su grandeza admirable de guerrera invencible, sobre el verde nopal que había surgido de la roca, entre los arroyos azules y purpurados donde fuera sumergido un día funesto el corazón de traidor mexica.
Gran sacerdote Tenoch, miraste ya los signos que tanto anhelabas para edificar al fin los cimientos del teocalli en torno del cual se ha de construir la ciudad imperial de mi pueblo favorito, del pueblo errante y atribulado, audaz y valiente, á través de todos los cataclismos, anheloso de felicidad después de tanta desventura, de glorias tras tal sinnúmero de derrotas, y de grandezas marciales al fin de tan largos ciclos de esclavitud; augusto Tecuhtli sagrado, tú y los guerreros mejores, entre ellos el joven Mexixtzin á quien auguro soberanos destinos, han visto las grandes
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alas del águila que protegerá los meocica, congrega al pueblo, dile que alce en ese mismo sacro paraje mi morada, allí donde tü solo podrás oir la voz del protector de tu valiente raza... Allí será por fin el centro de gloria y poder que les había prometido... en torno del teocalli nuevo surgirá el vasto imperio que daré á los hijos y nietos de los ocelutls y cuauhtli que me ofrezcan los rojos corazones de los vencidos en las tempestades de los combates, en las guerras que amo y apagan en trágicas embriagueces de sangre caliente, mi espíritu terrible, hijo de la granToci... Haz que el pueblo esclavo y nómada sea el pueblo rey, avasallador, sentado para siempre sobre el tenochtl verde donde el águila roja tiene un nido de plumas blanquísimas... Edifica mi templo, escucharás en él la voz que guiará los cuauhtli mexica á sus empresas magnas engrandeciendo el Anáhuac...
— Así me dijo Huitzilopochtli, bravos guerreros, ancianos sabios y prudentes, pueblo joven y fuerte; construyamos el teocalli sobre el tunal donde posó el águila.
Al extinguirse las últimas palabras del caudillo sacerdote rey de la perseguida tribu que llevara siete ciclos de marcha desde su salida del misterioso país de las Garzas, se alzó de la compacta masa humana que invadía la isleta cercada por las aguas del lago, un confuso vocerío alharaquiento... Miles de brazos, estremecidos, se levantaron, sacudieron sus melenas negras y brillantes, — apenas modestamente recogidas por cordoncillos de ixtle teñidos de rojo y azul con jugos de plantas acuáticas, — miles de cabezas varoniles, en señal de alegría y de confianza en el augusto Tenoch que interpretaba tan fielmente la voluntad del tremendo dios tutelar de su raza, el fiero Huitzilopochtli.
Surcan el lago las ligeras chinampas hechas de carrizales verdes y troncos de ahuehuetes atados con tiras de piel de venado y cuerdas de ixtley chinampas amplias que flotaban llevando chozas de tules frescos y pirámides de céspedes y fangos secados al sol; maderas, arena y piedras, acarreadas en las noches con grave peligro desde los pueblos de las márgenes: — y aquellas balsas, barquichuelos pequeños donde los jefes eran conducidos rápidamente para dar sus órdenes y vigilar á aquellas chinampas que ya eran mansiones flotantes, por entre cuyo lodo fecundado surgía pletórica vida vegetal, enflorándose gentilmente, conducían los materiales de construcción á la isleta central donde sobre el sacro tenechtli debía erigirse el teocalli.
La fe ardiente, la suprema confianza en su destino de grandezas próximas en esa tribu arrojada al interior de un lago, desnuda y hambrienta, aniquilada, amenazada de muerte, hizo maravillosos prodigios, y antes de construir fortalezas y de abrigar sus débiles xacalli en las estrechas islillas donde dormían bajo carrizos y tules, antes de curar sus heridos y enfermos, pusiéronse á levantar el templo de su rojo Huitzilopochtli.J.
¡Ante todo, que su protector sobrehumano, el sacro numen de su raza destinada á las hecatombes de la guerra como vencedora ó vencida, tuviese digna morada, desde donde, tranquilo y venerado, tronase el rayo de sus voluntades supremas!
Y todo aquel pueblo, que encontraba en los lagos del gran Valle, viejas reminiscencias de raza, sintiendo renacer las costumbres lacustres de sus antepasados habitantes de las aguas de la región de Aztlán, todo aquel pueblo, hombres, mujeres, ancianos y niños, hizo surgir en menos de una luna, airoso, alto, amplio, con su gran puerta trapezoidal sobre triple gradería, su primer teocalli...
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Faltaba consagrarlo con una víctima digna... algún hijo de teculitli de los reinos circunvecinos para que fuese inmolado, para que su corazón, destilando sangre regia, fuese ofrecido al dios...
¿Mas quién acometería tan tremenda empresa?
Guerreros y doncellas clamaron:
— Ve tú Mexixtzin, y tráenos el corazón de un tecuhtli colhua.
Diéronle el mejor chimall arrancado á los tepanecas en Chapultepec, — un magnífico escudo forrado de piel de tigre y acolchado de algodón, — el suntuoso ichcachtmispilli azul del guerrero Huitzilihuitl de infausta suerte, — fuerte armadura impenetrable á las enemigas flechas, y larga, gruesa macana, — la esgrimida por el mismo hoy anciano Tenoch en la última batalla contra los xochimilcas.
— Mis hijas serán tuyas, Mexixtzin, si vuelves con el hijo del tecuchli colhua, cautivo, — dijo Tenoch.
Al surgir el sol del siguiente día, partió solo en una chalupa, el joven guerrero*
Debía regresar en el mismo instante en que Tonatiuh, tinto en oro y sangre, se hundiese en las olas de granito de las sierras occidentales.
Así fué. Mexixtzin tornó con uno de los hijos del rey de Culhuacán, prisionero. Hasta su señorío llegó á ofrecerle cazar juntos un venado; en pleno campo, á solas desafíale, véncele, átale y sobre su espalda échaselo hasta llegar donde la chalupa mexica le espera.
Pomposamente magnífico fué el sacrificio. El corazón del príncipe extranjero ensangrentó la roca en que se había transformado antes el corazón de un príncipe mexica traidor...
¡Ya se había enrojecido el teocalli, retando á guerra eterna á los reinos que circundaban los lagos.
El audaz Mexixtzin casó con las tres hijas de Tenoch.,.
Quien ante el pueblo reunido en la más amplia isla, dijo:
— Habló nuestro dios á su sacerdote.
Ordena que habiéndose ensanchado nuestro poder; estando atemorizados nuestros enemigos, aunque sigamos siendo tributarios de Tezozomoc el Tecuhtli de Atzcapotzalco, debemos organizar nuestras moradas, hacer de piedra y adobe los xacalli que hoy tenemos de tule, paja y carrizos, uniendo nuestras islas por calzadas de troncos de árboles; haremos puentes flotantes, cubriéndolos con los mismos fangos de la laguna, plantando flores, trayendo á cambio de los sabrosos peces de estas aguas, peces que sólo nosotros sabemos extraer, semillas de maíz y frutas... Ya no estamos enfermizos y débiles... ya nuestras esposas cantan alegres, pescando sobre las chinampas engalanadas y floridas, mientras templamos las macanas y aderezamos los escudos de guerra... Hay que dividir en cuatro fracciones nuestra sagrada laguna.
Y pronto lo que era el desierto lago, — cuyas márgenes pobladas de altos cañaverales, eran temidas de los habitantes del valle, — fué alegre y numeroso nácleo de isletiUas, chinampas, barcas cargadas de peces, patos, gallaretas, chichicuilots, garzas y ligeras chahpülas veloces como aves maravillosas deslizándose al remar de brazos robustos. La solitaria extensión de las ondas azules, que antes sólo reflejaban la masa verde obscura de las selvas de las montañas, la corona blanca del Ixtacihuatl y el negro remolino de humo de la antorcha misteriosísima y alta del enorme Popocatepetl, la melancólica y vasta llanura temblorosa y bellísima, orlada de florestales vírgenes, poblada sólo por
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la tropa de las aves, remontándose en nubes grises, inmensas, hacia el cielo azul purísimo, tuvo el repentino extremecimiento de una nueva vida... El mexica audaz, embravecido á fuerza de atroces martirios y persecuciones tenaces, al fin de éxodo sangriento, vivo por milagro, casi moribundo, pero potente, fanatizado, heroico y duro, apoderábase de aquellas tranquilas soledades de las aguas... y sobre ellas derramaba en son de conquista y civilización, — ¡bautismo rojo! — los primeros chorros de sangre...
Al surgir la ciudad asomó naturalmente la discordia, tal como sucede en el nacimiento de todas las ciudades y todas las riquezas.
Los guerreros Atlacuahuitl, Huixto, Opochtli y Atlacol que amaban á las mujeres que Tenoch diera al guerrero Mexixtzin, al hacerse el reparto del lago en cuatro calpulli, — barrios, — protestaron en nombre de los no favorecidos, de los cobardes que sin méritos envidiaban los favores de los audaces...
Mexixtzin y Acamapichtli embrazaron sus rodelas y macanas... mas tan sólo á su actitud huyen los disidentes con los suyos para establecerse en otra alta isleta, — Tlaltelolco, — y allí proclaman su soberanía y su independencia absoluta de los mexica, jurando vengarse de ellos, aunque fueran sus hermanos.
¡Horrible fué la venganza de la envidia!
El pueblo anhelaba que el gran Mexixtzin, el audaz guerrero favorito de Huitzilopochtli, les diese un rey, pues el anciano Tenoch apenas tenía tiempo para escuchar y adorar á la sangrienta divinidad del Teocalli... Pero las esposas del campeón, — hijas del sacerdote,— eran estériles. Era preciso darle nueva mujer, una princesa augusta, ilu-
minada por la gracia fulgente de Tonatiuh... que hiciera la unión de la raza con guerreros magníficos... ¿Dónde encontrar una virgen mexica de tan noble sangre, si todas las doncellas núbiles habían sido entregadas á los más bravos adalides y constructores de la nueva ciudad sobre el lago?
Opochtli, — el Üaltelolca más viejo y temido, ofreció como prenda de paz su hija Tluhichxochül, que antes ofreciera al hijo del señor de Coatlinehan.
Si de su unión con Mexixtzin surgía el príncipe deseado, se consumaría la unión de los de Tlaltdolco y Tenoch...
Hubo inmensa alegría en el pueblo; en torno del teocalli chinampas y canoas, balsas y chalupas, se agitaban llevando flores y aves, tules y cañas para el adorno del gran día de recepción de la doncella que haría la felicidad de la naciente colonia.
Y, solemne, sencillamente, la hija del viejo capitán Üaltelolca fué recibida por los guerreros tenochcas.
Aquella misma noche rasgó las tinieblas del lago una llamarada inmensa que surgía del teocalli donde debían hacer penitencia Tenoch el sacerdote y Mexixtzin el caudillo, en compañía de la desposada...
¿Murieron sumergidos en las aguas ensangrentadas que rodeaban el teocalli los dos fundadores de Tenochtitlan, y la pérfida hija del Tlaltelolcaf
— Tal vez... El pueblo no halló sus cadáveres, ni pudo saber cómo se desenlazó el drama de la sombría venganza, dice el ingenuo narrador de esta leyenda.
El orgulloso le mostró sus preeas..
El caballero águila y el caballero
tigre
Cuahuitl y Ocelotl
y a luna llena ilumina plácidamente las inmensas y obscuras rocas del monte... Los bosques á lo lejos se esfuman con sus largas sombras. Canta el zenzontle;
negras aves aleteando lentamente pasan ocultando á veces con fugitiva marcha el rostro redondo y blanco del astro nocturno.
Y allá en el fondo del valle silencioso y pálido, brillan los grandes lagos en cuya superficie de plata bruñidora mírase la sombría silueta de la gran Tenochtitlán...
De pronto únese al murmullo de la noche, vago y enorme, un canto tristísimo, doloroso, que vibraba en las soledades como un gemido de muerte. Súbitamente se apagó.
Por entre los matorrales una sombra gigantesca que avanzaba monstruosa al ras del suelo, se detuvo en el instante en que la voz doliente que cantaba se extinguía.
¿De quién era aquel acento melancólico, de quién la sombra gigantesca?
— ¡Ohl Virgen del blanco huipilli, ¿por qué tan sola?... Tú eres maravillosamente bella ¿cómo es posible que vagues en estos desiertos montes tan sola, sin temor á las fieras ni á los vagamundos espías enemigos de nuestro Gran Tecntli, el poderoso rey México!?
Tu traje albo, tu belleza gentil y tu adorable juventud, me demuestran claramente que perteneces á las jóvenes doncellas de noble estirpe, que se educan para bien de la patria, en el sagrado Cdmecac, donde los sacerdotes del Sol preparan el porvenir de la valiente raza tenochca. Di, encantadora doncella, ¿qué dios maligno te arrebató del sacro recinto donde en este instante tus compañeras núbiles, hunden sus gallardas formas en el Czap<wy la primorosa alberca de las cristalinas aguas?... '
Alto mancebo de noble porte, llevando el cahuipilli gris sin mangas y cuyos brazos teñidos de negro de obsidiana,
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eran fuertes y hermosos, — era el que hacía proyectar sobre las malezas del monte la sombra larga y fantástica, y era él también quien con ceremoniosas palabras y frases delicadamente escogidas, habíase dirigido á una mujer airosa y joven, vestida con primoroso huipilli blanco.
— [Desdichado mancebo! — Tres veces sea maldita la hora en que recibió el baño del bautismo: el sacerdote oráculo me aseguró que el hombre que encontraría en noche azul y blanca como ésta tendría que ser mi esposo... Y no sabes quien soy, infeliz Yaoqui*que, de humilde raza! Pobre guerrero sin nobles padres, ni gloriosas hazañas, que aun te enseñan el arte de los combates en el Teocalliy el colegio de los jóvenes plebeyos!... Yo soy la hija mayor de Moctezuma, pero tan infausta fué la suerte que para mí predijo el augur- sacerdote en las solemnidades de mi nacimiento, que soy la única doncella del sacro Cahmcac que vaga sola por los bosques en las noches de luna para encontrar el esposo que me puede dar la felicidad... Pero, ¡ay de mí y de tí! — No siendo tú educado como los principales mancebos de la casta sacerdotal, ni hijo de Teeuhtliyrii de señor noble alguno, tenemos que sucumbir en el sacrificio de la fiesta del Sol, dentro de cuatro lunas...
Aterrado escuchó el joven Yaoquisque — guerrero humilde aún — las palabras de la misteriosa doncella vagamunda, sujeta por el augur de su destino á abandonar el sagrado recinto del Calmecac insigne, para vagar por los montes, las noches en que pura y radiante y en su plena gloria de esplendor, la luna iluminase los campos, leguas y leguas fuera de Tenochtitlan. Comprendió el mancebo que su humilde origen no le permitía desposar libremente á la hija del Tecutli más grande del mundo, de Moctezuma, que hollaba el Teocalli con su regio cacli de oro, el único que bebía el octli blanco de los festines, en jicaras incrustadas de
ópalos y perlas. [Y, sin embargo — ¡oh terrible voluntad de los dioses! — tenía que cumplirse su destino, desposándose con ella, aunque no pudiera nadie asistir al banquete familiar, ni dar con su propia mano en la boca de su esposo, el primer bocado que marcaban los divinos rituales de su religión!
Por el contrario, abominada ella por el pueblo, por las doncellas del Calmecac en que se había educado con tanto esmero; él befado, lapidado por sus compañeros los mancebos que se adiestraban para la guerra de los dioses y la patria, en el fuerte Tepuchcalli, irían al templo del Sol, en la fiesta de Oguion, á sacrificarse sin haber dado á la nación un solo hijo guerrero, ni al templo de Quetzalcoatl una sola doncella!
¡Qué afrenta!
Muchos instantes permanecieron absortos los infelices jóvenes, bajo el peso del cruel augurio de su destino, anonadados, sin intentar rebelarse, mirando en sus imaginaciones torturadas por el dolor, el día fatal de su muerte, sin gloria, ni provecho para la patria... ¡Desventurados!
Al fin el joven Yaoqidsque levantó su cabeza, tan solo adornada por una pluma de águila, y sacudiendo los brazos pintados de negro, exclamó:
— Tloque Nahuaque, el Alma Universal que vé todo lo que pasa en el mundo, sabe bien, ¡oh! desdichada hija de rey, que no tuve intención de verte en estos montes, aunque ya comprendo por qué desde el día de nuestro nacimiento se unieron nuestros futuros destinos: ¡porque te amol ¡No puedo resistir!
— El único medio que hay para que tú pudieras ser mi esposo, sería que vencieras en un combate al primer Caballero Aguila que hallases en este mismo campo... Pero para eso necesitarás ser Caballero Tigre, todo un gran Ocelotl...
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— Pues bien, iré á la guerra de Sur, combatiré con los feroces habitantes de las montañas, haré prisioneros y llegaré á ser pronto un Ocelotl... y combatiré con el Cuahuitl; con el Caballero Aguila.
— ¿Cómo te llamas?
— Tlotzin— ¿y tú?
— Atototzin. Toma las púas de maguey del sacrificio; no olvides que si te matan en la guerra yo al mismo tiempo moriré, presa de horribles dolores... Que tu destino y el mío, ya son uno... el Cuahuitl es el mal genio que nos persigue y que tú debes matar. Adiéstrate en derramar sangre; has muchos cautivos para ofrecer sus corazones al dios Huitzilopochtli... Piensa en mí...
Rápidamente desapareció la doncella... Su huipilli blanco, dejó tras sí una estela de luz de nieve tan blanca como la del penacho del Popocatepetl, inmóvil y erguido allá en Oriente...
Y el joven Yoaquisque, hundiéndose las púas de maguey, sagradas, — bendecidas en el Teocalli para la penitencia— bañó su rostro de bronce en la sangre que brotaba de sus heridas.
Y al ofrendar su vida al porvenir de noble educanda escapada por orden del augur de su destino, del Colmecac, escuchó el tristísimo canto que vibraba tan melancólicamente en el monte solitario, á la luz de la luna.
¡Oh! qué soberbios llegan los ejércitos victoriosos que vuelven del Sur, después de haber dominado á los bravos y audaces guerreros de las serranías mixtecas.
Hay un frenesí indescriptible en las hordas populares al mirar que el convoy de prisioneros se prolonga en masa
compacta por las calzadas y fuentes hasta la ciudad de Tlacopan...
¡Esta vez si que el Sol, el gran Tonatiuh esplendoroso, hará que el Dios Fenteotl, el buen dios del maiz, sea más propicio que en las épocas anteriores en que el hambre asoló al pueblo...
— Ahora con tantos millares de víctimas, el cielo hará llover la felicidad... El mismo Moctezuma mostrará su júbilo paseando en los puentes sagrados delante de las multitudes— dijo alegremente un viejo mercader á un joven yoaquisque, que no había ido á la campaña.
— Y sabéis, señor, que el que más prisioneros hizo fué un compañero mío que vuelve ya convertido en Ocelotecutli3 sí señor, todo un caballero tigre que llega con más despojos y prisioneros que sus jefes...
Entran los nobles vencedores á los patios del Calmecac de las vírgenes para que estas contemplen á los que les destinan los sacerdotes por esposos; sus esclavos y mancebos cargan tesoros y ofrendas, trofeos de guerra y caza.
Y las vírgenes vestidas con los blancos huipillis les contemplan, arrobadas ante la gallardía de los caballeroságuilas, más nobles que los Ocelolt.
Solo un Ocelolt del Teclipulcati, de origen plebeyo, permaneció en una vasta sala al lado de sus trofeos y botín de guerra... Su humilde origen no le permitía pasar á los patios de los sacerdotes...
Meditaba cuando vió llegar á él á la virgen de su destino y sus amores.
Sin decir una palabra se contemplaron. El, orgulloso, le mostró sus presas bélicas... Ella le respondió:
— Ve á vencer el -águila, antes de que te desposes con la paloma.
Tlotzin salió; pero ya no debía volver nunca...
Cuentan los ancianos que la hija de Moctezuma oraba en el Palacio de las Aguilas, cuando súbitamente cayó muerta.
En aquel triste monte se encontró el cadáver de Tlotzin, el caballero Tigre... Una paloma blanca cantaba todas las noches de luna llena, una canción fúnebre tristísima...
El Popocatepetl y¡el Ixtacihuatl, según la leyenda
Solgluna
oberan amenté espléndido baja el sol hacia el ocaso, y ya su gran silueta roja de oro en fusión, va cortando las crestas de las montañas occidentales de las sierras, cubriendo el valle bajo una inmensa atmósfera de intensas fulguraciones metálicas en un vivísimo florecimiento de luz... La tarde iba recostándose lentamente en el lecho almenado de los montes lejanos y por el ambiente luminoso corrían ráfagas de claridades violáceas envolviendo la ciudad imperial con un manto digno de la opulencia de sus mil alcázares. Y por el cielo manchado con nubes de fuego y carmín, cobre, acero y azulamientos de pavón finísimo, pasaban las flechas radiosas de la aurora vespertina,
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formando la diadema fúlgida de los volcanes de Oriente...
¡Gloria póstuma de la majestad de los ciclopes!
¡Ostentaban corona de fuego áureo y de oro f ulmineo el Popocatepetl y el Ixtlicihuatl.—\Y era soberanamente bello y lujoso aquel crepúsculo!
Y aquel crepúsculo soberano y espléndido con toda la gloria del oro, del fuego, de la luz y de los himnos que á la naturaleza arrancaba, era el dosel de la gran Tenoxtitlán, la ciudad Imperial, entonces dominadora de reinos vastos y de millares de señoríos.
Hacía tiempo que los ejércitos acababan de llegar de lejanas regiones, cargados con los despojos de los pueblos vencidos, fustigando millares de prisioneros, cuya sangre había empapado diariamente la Piedra de los Sacrificios en el Teocalli de Huitzilopochtlí ..
Imperaba Moctezuma , el rey taciturno, el de los ojos tristes y sombríos, el de la frente velada por nublazones de tedio; el monarca de los fantásticos sueños, terror de su corte, Satán de su pueblo!
— ¡Arden, arden; se incendian, parecen formados por licor de oro, parece que el Gran Tlaque Nohuaque los besa para que sean maravillosos... y eso para que yo los mire, para que yo me deleite mirándolos! — gritó el emperador, en transporte de orgullo, al ver hacia el Oriente del Valle la apoteosis de los dos volcanes á los últimos rayos del sol.
¡Hallábase el rey azteca en la terraza más alta de su palacio favorito, solitario y absorto en la contemplación melancólica de los radiosos horizontes con que la naturaleza
le brindaba desvaneciendo el regio hastío de sus horas muertas!
¡Y bien lo necesitaba el pobre emperador! Hacía tiempo que sufría hondas nostalgias, y también resonaban aún en sus oídos en cruelísimas noches de pesadillas, las funestas profecías de los ancianos sacerdotes que le habían hablado de tremendos cataclismos, que deberían transformar para siempre la faz de su imperio, del que sus hijos, desdichados príncipes desterrados, arrebatados de su gloria y prestigio, quienes habían de contemplar sus dioses también arrojados de sus templos... ¡Oh! sí, mucho tiempo hacía que el infeliz Moctezuma paseábase, siniestro y lúgubre, por la terraza de su palacio favorito; pero al caer el crepúsculo de aquella tarde, sintióse estremecido por súbita llamarada de orgullo, contemplando la lluvia de fuego y oro que sobre los dos gigantes ciclopes inmóviles de Oriente caía en una apoteosis de soberana grandeza...
Algunas horas habían transcurrido. Ya la noche — una divina, serena, plácida noche de cristal, purísima, diáfana, cual de plata fina y reluciente — caía tranquila, apacible, infinita, sobre la gran Tenochütlán...
Reverberaban á sus rayos argentinos todas las resplandecientes blancuras de los palacios; las torres de los teocallis se alzaban en el terciopelo azul obscuro de los cielos...
Y el redondo disco de la luna, pálido y triste, era un resplandor mágico préndido ante las majestades lejanas del Popocafepetl y el IxtadhuaU.
¡Ya no eran oro en fusión sus cabezas de inmóviles gigantes; eran luz blanquísima refulgiendo en los espacios azules!
...Y aún más taciturno, más sombrío, Moctezuma los contemplaba... — ¡Están helados, están muertos, son de nieve y plata...
LEYENDAS HISTORICAS MEXICANAS SI
Sus coronas son inmensas perlas blancas irisadas de azul, emblema de las tranquilidades frías de la tumba, de la claridad eternamente glacial de la muerte!... ¿Por qué no se levantan y vienen á mí, á mí que soy el dueño de los destinos de cien naciones?... ¡Oh, volcanes emperadores de las sierras, venid!
Infinito silencio caía sobre la gran ciudad imperial; el palacio del emperador también hallábase envuelto en la .grave paz de la noche... y tan solo de las obscuras lejanías del valle, — trémulos y melancólicos, — llegaban ecos vagos, y tristísimos como suspiros estremeciendo las brisas frías bajo la claridad dulce y blanca de la luna...
— ¡Que venga el viejo Paraüjoo! — clama el emperador.
Los guardias que á lo lejos, á la sombra de los muros altos de la terraza velaban al monarca, lanzaron en el gran silencio la orden. Los gritos fueron repercutiéndose en las profundidades del palacio...
Noble anciano, sumo sacerdote — Atalaya del Universo, prisionero traído de la inmensa ciudad santa de Milla — tembloroso por la verdad, llega ante Moctezuma el taciturno, mirándole con soberbia y magestuosa fijeza, que hace bajar los ojos del orgulloso rey mexicano.
— Dime, anciano, que descubres tras las frentes de los hombres sus pensamientos, tras los viejos árboles la historia de las naciones, tras las montañas la vida antigua de la tierra y tras las estrellas lo desconocido de la eternidad, dime, sacerdote zapoteen , ¿por qué esos inmóviles gigantes aún no se levantan, y por qué en la mañana se visten de obscuro, se diafanizan al mediodía, dóranse al crepúsculo y en las noches negras son temibles fantasmas, y corónan*
se de plata nivea en las apacibles noches de luna?... ¿Qué hacen allí tan bellos, terribles y eternos?... ¿Qué fueron?... Cuenta, cuéntame su historia, sabio sacerdote... Y volverás á Mitla cargado de ofrendas para tu gran PalacioTemplo- Sepulcro.
Así respondió el anciano sacerdote,
— «Oye: Cien mil veces el sol ha derramado su gloriosa luz sobre el mundo desde que fué el primer día... Tlaque Nahuaque — «Alma de la Vida Universal» — hizo el primer hombre para poblar el jardín de las eternas flores, la huerta de los perpetuos frutos... Mas como el hombre estaba solo, le dió una mujer blanca, hecha de luz de luna y nieve fundida, pero sólida.,, para él que era todo fuerza, razón, majestad, ¡sol!... Ella era ternura, delicadeza, melancolía, dulzura, es decir: ¡luna!
Se amaron...
¡Ambos eran felices!... El gran Huerto de la Vida era su palacio... eran libres, se amaban... Mas he aquí que no debíán anhelar descubrir el más allá, no debían ambicionar más goces que los que la vida de su jardín les brindaba, ni debían extender sus paseos fuera del misterioso y perfumado jardín. Ni debían tampoco buscar más placeres que los de la vida...
...Y sucedió que un día, él, todo fuerza, voluntad y orgullo, miró tan hermosa á ella toda delicadeza, dulzura y obediencia, sucedió que él, todo sol, poder, quiso ir á nuevas regiones con ella á toda luna obediencia...
¡Se amaron!... Mas ¡ay! el orgullo los perdió... Debieron sujetarse á su destino para ser felices ¡y se perdieron!
Una tempestad de rayos, cataratas y sombras los hicieron huir del Jardín de la Paz... y empezaron á caminar por el mundo, los dos sollozantes y tristes, avergonzados, sembrando por doquier la tierra con sus hijos, los que ape-
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ñas nacían se dispersaban para vivir entre las cavernas, odiándose los unos á los otros; y ya grandes, se declaraban la guerra y se exterminaban en cruentas batallas... Y el Hombre Sol iba caminando siempre en pos de la MujerLuna, buscando un valle ameno para reposar eternamente, amándose siempre, aún en su mismo sepulcro.
Y caminaban atravesando los desiertos... El á veces, en las lúgubres noches profundísimas, cuando las tinieblas caían muy densas del cielo, se inclinaba á la tierra para arrancar algún bosque espeso; lo encendía con dos montañas que hacía chocar, y producían chispa enorme y así iban alumbrando su camino... Otras veces, ella, blanca, diáfana, incorpórea, levantaba su frente hacia la altura y la luna le enviaba por compasión, algún rayo de plata que se reflejaba en sus cabellos, y por aquel rayo iluminados, seguían su marcha por la tierra, siglos y siglos «por las inmensas soledades del mundo.»
— ¡Horroroso castigo! — exclamó el emperador Moctezuma consternado, temblando todo su cuerpo. El anciano sacerdote continuó irguiéndose ante la amilanada figura del monarca mexica:
— «Hasta que por fin sucedió que un día llegaron al más hermoso valle que habían visto:... Y era el valle de la muerte, de la desolación , del fuego... y también de la vida, el rejuvenecimiento y la luz. Valle de la Primavera y dellnvierno... porque en un tiempo el fuego súbito de las cóleras de las montañas lo formó... pero después en la gran ánfora calcinada y roja... cayeros cristalinas aguas que refrescaron el horror del fuego... y hubo fuentes* flores, amor, en torno de las murallas graníticás refrescadas y engalanadas primaveralmente.
El Hombre Sol dijo: — Aquí descansaremos.
Y agregó la Mvjer-Luna. — Esta será mi tumba, porque
dentro de ese valle crecerán nuestros hijos y los protejeremos... y nuestras tumbas eternas les harán pensar para ver el porvenir y para que, previendo, obren bien y no padezcan y no se hundan en la noche del infortunio como nosotros... — |Oh!... ¡amada mia! — clamó él.
— Estoy fatigada; déjame descansar, vela mi sueño — respondió la blanca mujer, recostándose, desnuda y bellísima, sobre el inmenso lecho, trono de alta montaña...
Y él, solícito, erguido, permaneció ante su amada durmiente... Y cuando el sol surgió tras ellos, su beso divino los engrandeció, petrificándolos, para todos los siglos... Y, ejemplo de sus hijos, los hijos del Valle de México, emperadores y esclavos ¡para que obren después de columbrar el porvenir!
¡La naturaleza es el agua, el fuego, la vida, la muerte... Y es ella la hija vengadora de Tloque Nahuaquef — ¡Oyelo, Emperador! ¡Ay de tí! — Prevee, medita, obra...
El enorme silencio de la noche cayó luego á la luz blanquísima de la luna sobre la terraza del palacio. A lo lejos del Popocatepetl y el Ixtacihuatl irradiaban sus testas de nieve blanquísima en la tenebrosidad azul de los horizontes...
Y dijo el rey á sus guardias:
— [Dejad morir de hambre al viejo zapoteeaf
Una selva de llamas envolvió la gran pirámide
Las dos pirámides
ué espanto hace lanzar su clamor siniestro á los rei- , nos y señoríos que se extienden en torno de los la-
gos, en el fondo del inmenso Valle del Anáhuacl
Los tecuhtli más audaces, los más legítimos descendientes de las grandiosas tribus que llegaran, unas tras otras, peregrinando, de los misteriosos países del Norte, están sombríos, y sus sacerdotes, que siguen los sencillos ritos de la antigua raza nahoa> murmuran plegarias melancólicas al sol y anuncian grandes catástrofes, si es que no se conjuran á las negras aves que cruzan el cielo azul, ó no se aniquilan de pronto las espesas bandadas de colibrís negros y rojos, que en nubes siniestras eclipsan la luz ..
¡Qué signos lúgubres aparecen en los horizontes antes tan tranquilos, del inmenso valle resplandeciente con sus
radiosos lagos; qué espectros alados, blancos, vestidos con medrosos rayos de luna, pueblan en las noches la espesura susurrante y solitaria de las selvas!
Es que ha invadido la fértil región dominada por la nieve y el fuego de los volcanes, la tribu sangrienta, la maldita tribu oztecal
Por eso tiemblan los grandes y altaneros tecuhtli, los señores de los reinos extendidos en torno de las aguas serenas y propicias de las blancas y azules lagunas...
La roja tribu llega miserable, cansada, hambrienta y desnuda; pero tan terrible, que todo á su paso lo avasalla.
Son muy pobres sus guerreros; pero tan bravos que han vencido las legiones que en las sierras en los estrechos desfiladeros trataron de estorbarles el paso.
Son formidables sus macanas; aun no limpian la sangre coagulada de los cascos-cabezas de tigre y de los redondos chimalli que recibieron las flechas enemigas... Indómita y sanguinaria es la nueva tribu que invade el Valle... y triunfal, aunque pobre, avanza y avanza, llevando en lujosas andas exornadas con brillantes plumas de águilas y colibris, conchas, lentejuelas de oro y pieles de fieras, el ídolo monstruoso y trágico, su rojo dios Huitzilopochtli, que los guía confiando sus sacrosantas órdenes á los sacerdotes que conducen al errante pueblo hacia su misterioso y gran destino.
La orgullosa tribu azteca llega por fin á Chapultepec una clara noche de luna...
Ah!... hacía ya muchos ciclos que los mexica no experimentaban semejante alegría... jamás hubo igual aclamación radiante al ocupar una nueva región, como aquella noche en que entraron los guerreros avanzados bajo Jas
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bóvedas murmurantes y frescas de los gigantescos y ya viejos, venerables ahuehuetes, sobre la delicia fría y serena de las aguas tranquilas, cintilando rayos de plata, devolviendo los apacibles y melancólicos de la luna, enviados con solemne tristeza á través de los altos follajes negros de los árboles...
Oh! cuán dulce, encantador y majestuoso era aquel jardín bellísimo, incomparable...
¿Sería ese bosque el fin de su destino, la tierra prometida de los mexica, la última etapa de su peregrinación á través de los siglos?
¿Después de los grandes lagos azules donde millares de garzas blancas saltaban de resplandecientes rostros blanquísimos los horizontes lejanos, encontrarían los audaces y altaneros peregrinos la región de las albercas santas bajo el frondaje de los viejos árboles de un bosque?
El anciano Tenoch, Sumo Sacerdote de la tribu errante, habló así aquella memorable noche en que penetraron en la selva al pié del cerro de Chapultepec:
— Nobles y esforzados mexica: Vuestro Gran Protector, nuestro Guía á través de los desiertos ó de los pueblos bárbaros enemigos, ha hecho brotar para mí su palabra tronante y luminosa, rayo que es trueno, relámpago que es luz.
Y así me dijo: Que mi tribu no gima ya por sus miserias: quiero asentar en estas hermosas lagunas los reales míos; quiero que bajo las sombras gratas de estos hermosos árboles festejen los faustos sucesos del fin de nuestra peregrinación, y que para conmemorar él nuevo ciclo que va á principiar, y para despedir el que fenece, se levanten en lo alto del cerro pirámides de corazones calientes y humeantes aún... ¡Y así los nietos de los guerreros que aporten las víctimas serán poderosos y señores de todo el
Andhuac y de los pueblos y señoríos que no acaten su voluntad!
[Guerreros mexica, ya oís la orden divina.
Tú, noble príncipe Huitzilihuitl, que eres nieto del gran rey de Tzompanco, favorito de nuestro dios, alistarás á los jóvenes más rudos y tenaces en el combatir y al frente de la sagrada hueste, irás á recorrer las cercanías del bosque, en son de guerra, de la santa guerra que necesitamos hacer para conmemorar las ^fiestas del fuego nuevo en la cima del cerro, para alimentar la sacra hoguera de la pirámide de los corazones ardientes y humeantes... ¡Huitzilihuitl, eres el caudillo de la tribu mexical
Así dijo el Sumo Sacerdote del pueblo azteca aquella noche al pie del montículo de Chapultepec, bañado por los rayos de la luna llena, que se filtraban melancólicamente, por entre el ramaje de los ahuehuetes vestidos con sus largas túnicas de heno...
Y desde esa noche creció el orgullo de la miserable y errante tribu azteca... Sus desgracias en el Michuacan (Lugar de los que poseen el pescado) la catástrofe del imperio Tolteca en la inmensa y magnífica Tollan, cuya destrucción los arrojó aún más al Sur y las miles de derrotas y tribulaciones de su existencia de mendigos nómadas y altaneros, que habían ido convirtiéndose en crueles, sanguinarios y bárbaros á fuerza de humillaciones, todo lo habían olvidado para creerse, por fin, los dueños, los únicos señores de la hermosa tierra que en la margen de bellísimos lagos se engalanaban con jardines y bosques deliciosísimos como los paraísos donde se regocijan las aimas-colibries de los guerreros, bañándose en la suprema claridad del augusto Tonatiuh,— el grande, el hermoso y vivificante Sol!
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Muy pronto el nuevo caudillo hizo fortificar la meseta del cerro de Chapultepec, cercándola de enormes peñascos; hizo una atrevida expedición á Chalco para traer magueyes, que fueron transplantados bajo el bosque y en las faldas del montículo... Construyéronse tíechas, escudos y cascos con los tigrezuelos y águilas que traían de sus cacerías por las sierras que hubieron de atravesar en su paso al Valle.
Huitzüihuitl adoraba á su esposa Xoxipan y á ella consultó,— porque era sabia y enérgica como cualquier guerrero— cómo debían engrandecer á la raza mexica.
— Por lo que puede extinguirse— le dijo — es por la falta de mujeres; todas mis compañeras están débiles y otras han muerto. Faltan mujeres amorosas, fuertes y abnegadas.
— Las traeremos de los reinos cercanos — contestó el guerrero.
Entretanto, los señores de Atzcapotzalco, Xaltocan y Culhuacán, alarmados más que nunca, formaron una terrible alianza para caer con numerosos ejércitos sobre los advenedizos mexica... Y en profundamente obscura noche celebraron un consejo...
Pero fué esa misma noche cuando Huitzüihuitl cayó como una bomba sobre Atzcapotzalco incendiando los Xacalli de los tepanecos, arrancando prisioneros y víveres, en tanto que otros guerreros atacaban por sorpresa los pueblos pe Culhuacán y Xaltocan de donde debían traer, —y llevaron — únicamente mujeres...
Cuentan los viejos anales de Cuahutitlán que en la mañana siguiente, tres mil hombres y mil setecientas mujeres prisioneras se encontraban sobre el cerros de Chapultepec, con gran algazara de las hordas mexíca, que no habían tenido una sola víctima...
Entre las mujeres raptadas se hallaba la bellísima Xochipapalotl, princesa chichimeca prometida á un hijo de Coxcox, rey de Atzcapotzalco.
El caudillo Huitzilihuitl la amó; pero ella altiva y serena, permaneció muda ante la feroz pasión del guerrero.
No así sus compañeras raptadas, quienes se encantaron con tener por dueños á aquellos bravos y terribles cazadores que á través de siglos continuaban su avance triunfal hacia su soberbio destino de dominación.
A la tremenda fiesta del fuego nuevo, al extinguirse el siglo azteca y nacer el nuevo siglo, Huitzilohuitl despechado hizo asistir á su ingrata esclava Xochipapalotl para que en el alba del primer día mirase arder después del colosal sacrificio de millares de víctimas, sus millares de corazones, en una alta hoguera, colocados en roja y fatídica pirámide!...
— Ah! Príncipe sangriento, has consumado tu obra; tú y tus sacerdotes han determinado ya el destino de tu raza: ¡sangre!... Pues bien, sangre tendrás... Los pueblos sorprendidos se vengarán... ¡Ay de tí! — y ese primer día del nuevo siglo Xorhipapalotl desapareció, huyendo con un soldado azteca que traicionó á los suyos...
Una luna después, se trabó en el viejo bosque una espantosa batalla entre los ejércitos de los indignados reyes de Atzcapotzalco, Culhuacán y Xaltocan. Y la mortandad fué tal, dicen las crónicas de aquellos tiempos en sus geroglíficas pinturas, que hubo peste inaudita por todo el Valle...
Y, golpe por golpe, las mujeres aztecas fueron conducidas esclavas á Atzcapotzalco los hombres á Culhuacán; á la cabeza el terrible Huitzilohuit con su mujer Xochipari y sus hijos, amigos y esposas...
Y allá, en un sombrío paraje, Coxcox y Xochipapalotl, vieron con alegría de venganza — la más intensa de las alegrías guerreras — vieron cómo una selva de llamas envolvió la gran pirámide de cabezas de caudillos m*xica$.m. El vértice, la corona del rojo montón trágico, era el cráneo del caudillo Huitzilihmtl, cuyo casco de colibrí siniestro era el lúgubre remate de tan justa hecatombe!
Luego la gentil doncella le ofrece en ánfora magnífico extraño licor
El último tributo
esapareció en misteriosa noche, consumido por feroz incendio que hizo verter sus llamaradas rojizas sobre la gran laguna de los tenochcas, aquel primitivo, humilde y sencillísimo teocallL
El sublime templo donde el gran Tenoch diera asilo al divino y tremendo dios Huitzilopochtli ardió siniestramente en la sombrá de aquella noche en que se consumara,— acaso por las pérfidas insinuaciones del rey de AtzcapotzalcOy Tezozomoc, — la inaudita venganza de los tíaItelolca.
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¡Ohl los siniestros, los traidores guerreros tlaltlolcal... Su envidia había engendrado el odio intensísimo al mexica... al valiente mexica que erigía su templo en el sagrado tenochtli donde el águila suprema de las santas profecías guerreras se había posado para cumplir la voluntad del Gran Teotl, el señor del Día y de la Noche, la gran Divinidad de la Vida y de la Muerte!
Los tlaltelolca excitaban más aún el orgullo de los que últimamente se llamaban los tenochca... ¡Sobre la misma laguna que había amparado á la tribu errante por siete siglos á través de tantas miserias, esclavitudes y matanzas, en su lucha eterna con los pueblos que las subyugaban para ser después sus terribles enemigos, sobre aquellas mismas aguas en que, después de la hecatombe de Chapultepecy vivieron unidos un tiempo los que escaparon á la macana sangrienta desús múltiples enemigos, sobre aquellas mismas ondas tranquilas y propicias á la vida serena y á la paz, se derramó por los jefes traidores la sangre fratricida, y el odio negro separaba desde entonces, instigado por las intrigas de los señores de Atzcapotzalco, á la pura raza, tan enérgica y decidida!...
Mas el humilde templo se reedifica. Ya no con los débiles tules de las aguas de la laguna, ni con las pobres carrizos verdes, sujetos por el fango de los márgenes, sino por el maderamen que compran con garzas robustas y hermosas y con patos gallardos y combos, y peces sabrosos, los pobres tenochcas, en los mercados tumultuosos y entonces ricos de las ciudades enemigas.
Con aquellos troncos de árboles, con aquellas piedras, con las pieles de venados, tigres y gatos monteses, construyen más canoas; las chinampas se multiplican, las isletas que salpican el inmenso exúbero lago, se pueblan de multitudes trabajadoras que parecen surgir por milagro del
fondo de las aguas tranquilas, erizándose lentamente de xacallis que ya no son construidos conyerbajos y fangos, sino con ramazones y piedras bien cortadas y pulidas, en tanto que en torno del sacro pasaje donde posara el águila soberbia de Tenoch, se admiraba la férvida actividad de la nueva erección del Teocalli central.
Ya los cuatro barrios, los cuatro calpolli de insigne memoria, producían guerreros pescadores y comerciantes, y cada calpolli á su vez erigía solemnemente su teocalli...
En el umbral de las nuevas chozas, los ancianos que habían sobrevivido á los funestos acontecimientos que iniciaran la fundación de la gran Tenochtitlán, referían en las noches tranquilas, á la breve hora del descanso, á sus hijos y nietos, las tremendidades fabulosas de lejanas épocas terribles, épicas conferencias que hacían palpitar de entusiasmo bélico el corazón de los jóvenes guerreros.
En esas horas apacibles, contemplando las plateadas ondas de los lagos que reflejaban la nieve de los augustos volcanes, del Ixtaáhuatl sereno y magnífico y del Popocatepett que maculaba el azul obscuro del Oriente con su penacho de humo negro, juraban estremecidos de súbito entusiasmo ser dignos de tan gigantescos abuelos...!
Y esto pasaba al espirar el reinado del primer Tecutli Acamapichtli.
La teocracia de Tenoch, el sumo sacerdote que interpretaba la voluntad del dios guiador de la tribu mexica, se transformó á la muerte del primer rey, pues el segundo Huitzilihuitl fué elegido por los nobles y ancianos.
Necesitábase un rey guerrero. ¡Oh! un tecuhtli terrible que cumpliera las profecías sangrientas de bárbaras venganzas que hubiera de fulminar Tenoch contra colhuas, tepanecas y tlaltelolcas...\
Así fué que se reunieron los principales ancianos, los mejores caudillos de los cuatro barrios y en votación tras
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de soberbias arengas clamaron por el bravo Huitzilihuitl, aquel gallardo joven que llevaba el mismo nombre del afortunado caudillo, sacrificado cruelmente después de los primeros desastres, que arrojaran á la tribu de Chapultepec hacia nueva y peligrosísima peregrinación, Valle adentro.
Un anciano asomó su venerable cabeza á la puerta del humilde xacalli donde se habían congregado los nobles electores; y el pueblo que esperaba ansioso en masa, propuso al nuevo tecuhtlí para ver si los buenos tenochcas lo aceptaban.
Al nombre del caudillo Huitzilihuitl contestó una inmensa unánime aclamación triunfal...
Estaba elegido por los nobles, por los sacerdotes, por los guerreros y por el pueblo... era rey de Tenochtitlán. -
Terrible era la situación de los habitantes de la nueva ciudad que iba surgiendo de las aguas de la gran laguna.
Al Oriente alzábase ya poderoso el reino de Texcoco, extendiéndose braviamente al Norte y al Sur hasta tocar en sus extremos con los señoríos que rendían vasallaje al rey de Atzcapozalco, el sabio y laberíntico Tezozomoc, político finisino y sagaz, de inextinguibles ambiciones, ansioso de absorber al reino rival de Texcoco donde imperaba tranquilamente, ocupado tan sólo en civilizar la raza chichimeca con la excelsa cultura nahoaf el buen Techot* lala.
Los tenochcas se encontraban aprisionados en su laguna, de donde hacían surgir una ciudad pujante y hermosa, entre los odios rivales de aquellos dos reinos... ¿A quién ayudarían en semejante conflagración?
— A los dos, para aniquilarlos al fin uno tras otro... y
luego vengarse y aprovecharse los disidentes tlaltelolcas, — respondió á Huitzilihuitl el dios mexica por conducto del supremo sacerdote... El imperio tenochca será inmenso por la voluntad de Tonatiiuh, el Sol, sus águilas, sus rojas y negras cuanthli cobijarán con sus alas tantas glorias mientras sean valientes los hijos de los tenaces peregrinos de Aztlán!
No obstante, los mexica eran tributarios del reino de Atzcapotzalco; á su rey el irresistible Tezozomoc había que entregarle numerosas chinampas cargadas de maíz, llevando pirámides de garzas, patos y chichicuilotes, peces, mariposas, colibríes, flores, tules, cañas y frescos arbustos hermosos de las isletas pintorescas donde ocultaban, tras los altos carrizales rumorosos, sus chozas de adobe y paja los infatigables súbditos de Huitzilihuitl, el joven caudillo de la pluma de colibrí...
Había que ser la sumisión y la obediencia mientras se fortificaran en el lago la política de los mexica. Halagaron al temido Tezozomoc, abiertamente, no sin enviar á Techotlala su rival y enemigo, ricos presentes secretos en prueba de amistosa admiración.
Y en verdad que ambos poderosos tecuhtli envidiaban la naciente gloria de tan audaces peregrinos, que arrojados al antro de solitaria laguna donde se creyó habían de perecer, hicieron de entre sus cañaverales y fangos, poderosa y bella ciudad, ciudad de jardines y prados flotantes, llevando verdes chozas circuidas de flores y maizales, templos de altas torres de arcilla y palacios donde los guerreros dormían tranquilos para despertar al son bronco y retumbante del teponaxtle... ¡Raza temible debía ser aquella que realizaba tales prodigios!...
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Y dijo Tezozornoc, un día en que el tributo exigido era tan abundante que las chinampas semejaban en ancho canal de su real Atzcapotzalco, verdaderas montañas de aves, peces, semillas y flores:
— Sois muy ricos bajo mi poder; yo os hubiera aniquilado si hubiese querido, mexicas vagabundos, arrojados de pueblo en pueblo... por mí prosperáis... He aquí que habéis de traerme dentro de dos lunas una gran chinampa conducida por centenares de doncellas, donde se mezclan flores rojas y blancas, cañas coronadas de áureas mazorcas que habrán de asarme al fuego aromático de yerbas santas vuestras doncellas... y entre aquel jardín habrán de venir una garza cubriendo sus huevos... y en el punto en que yo aparezca tenderán los polluelos las alas... y volarán á mis jardines... y una virgen habrá de llevar á mi trono el licor que más gusten vuestros campeones... Cumpliréis mi orden... ó destruiré vuestra ciudad!...
Tornan los embajadores. Huitzilihuitl llama á su sabia hija y le ordena escoja garzas y águilas que estén empollando, que las anide en la más grande chinampa... y que fingiéndose esclava verdadera de peces, vaya á Texcoco, ofrezca el licor fermentado de los granos de maíz á cualquier colhua... le embriague, lo lleve ásu barca, en el lago lo sacrifique, arrancándole el corazón, — y con él y su sangre en larga vasija simbólica torne al palacio... de donde en la chinampa guiada y conducida por las principales vírgenes tenochcas, había de partir para Atzcapotzalco, llevando garzas y águilas empollando de diferentes épocas, de tal manera que un polluelo surgiese cada tres horas.
Tezozornoc tendría que ver alzarse el aguilita ó la garci-
ta más vivaracha de los nidos... las otras serían arrojadas al agua hábilmente... Tezozomoc debería maravillarse ante aquel prodigio y temer á los príncipes tenochcas...
¡Después bebería en embriagante licor el corazón diluído de un enemigol
El sabio monarca bien hizo en confiar de su bella y sabia hija, la valiente doncella que sup ) escoger águilas y garzas y mezclar sus huevos... traer el corazón de un guerrero colima, diluirlo en terrible licor y llegar en la gran chinampa hasta el fin del canal de Atzcapotzalco...
Tezozomoc aparece en la orilla y ve cómo del plumón de una garza surge un polluelo extraño de corvo pico... ¡un aguiluchol
Luego, la gentil doncella le ofrece en ánfora magnífica un extraño licor... Bébelo, y presa de intensa alegría, pregunta:
— Hija augusta del gran Huitzilihuitl, ¿qué me das á beber que tanto me alegra?
— El licor de las entrañas de tus enemigos colhuas... tuyo ha de ser el reino de Texcoco...
— ¡Oh, princesa... eres hija de una raza imperial!... Di á tu padre que cesa el tributo, que ahora es mi aliado.
— Le embriagué, — dijo ella á Huitzilihuitl, más tarde. — Entonces de nuestra raza será el Anahuac.
Un sacerdote guerrero extrajo su corazón
La desgracia de Tizoo
l rey Tízoc después de haber presenciado el juego de pelota en el gran patio imperial, seguido de los altos señores que descalzos entraban á los salones del Tecpam, fué á sentarse cómodamente sobre labrada estera, valiosísimo trabajo donde el oro y nácar y las plumas de más diversos y raros colores, rivalizaban en primor.
No pronunció una sola palabra. Era augusto el silencio que reinaba en la espléndida sala.
En vano el supremo sacerdote del templo del Sol que le seguía, levantaba los brazos teñidos de negro agitándolos cual largas antenas hacia las trapezoidales puertas del jardín por donde entraba á torrentes la luz del mediodía.
El rey Tízoc se abandonaba abstraído á sus tristes ensueños, lamentando la desgracia de haber perdido á sus hijos más amados 1
Repentinamente exclamó con voz de trueno, con aquel acento ronco y estruendoso que tanto imponía á los suyos y á los adversarios en el ímpetu fragoroso de las batallas:
— No puedo soportar más. Que traigan á la sabia vieja zapoteca, docta en curar los males del corazón, esa mujer que he relegado á vivir allá en el cuarto calpulli... y para que el pueblo no la insulte, ni mis nobles que viven en los palacios que circundan mi tecpam, lancen sobre ella sus servidores para ultrajarla, que la acompañe una escolta guiada por alguno de los yaovisques de mi guardia.
Ya está la anciana zapoteca delante del monarca... ¿Quién es ella?
Allá, cuando llegaron los ejércitos del tecuhtli de México, aliados con los de Tlacopan y Texcoco á conquistar las misteriosas y fértiles regiones del Sur donde había pueblos resplandecientes de extraña civilización, desconocida de los tenochca, de aquellos bravos y nobles en la guerra, sábias y prósperas naciones en la paz, los generales mexica se vieron detenidos repentinamente en su marcha triunfal hacia el Sur.
Altas y enmarañadas sierras, intrincadas cordilleras vestidas pomposamente con el vasto, infinito ropaje esmeralda de sus selvas tropicales, plena de lujuria eterna y de pompa magnífica, contuvieron al principio el impulso potente de las columnas marciales que lanzaban los ejércitos aliados; mas después fueron las sabias y guerreras huestes de aquellas tribus que habitaban encumbradas tras las montañas, las que detuvieron á tan valientes y constantemente vencedores adalides.
Sucedió que una noche, cuando el campamento de los ejércitos conquistadores dormía tranquilamente en un amplio claro de la gran selva, de la selva circundada en torno de sus fortificaciones por espesísimo murallón de platanares susurrantes y sonoros, de altas palmas de cimbrantes cocoteros, cuando la luna llena redonda y límpidamente fúlgida, bañaba en azul melancolía el cielo y el bosque, aquel bosque estremecido y lánguido anegado en tenues voluptuosidades, ¡oh! entonces sucedió que sin saber de donde surgía, hubo una música rara, profunda, intensa y melancólica...
¿Serían los arroyuelos de cristal, la cascada próxima, ó algún extraño coro de zenzontles, ó el leve retumbe lejano de un huehuetl divino?... Nadie pudo saberlo jamás.
Su armonía continuaba... Y entonces los guerreros mexica, creyendo soñar, se levantaron sobresaltados: mas he aquí que estupefactos de terror primero, de admiración después, y por fin presas de un éxtasis que jamás habían sentido, dulce y lánguido, se convencieron de que la música que les despertaba era soberana obra de los dioses.
Después y con no menos pasmo, escucharon algo como una canción deliciosísima, canto de oro, ritmo purísimo que flotaba en la atmósfera con un timbre de plata... era como la voz de una mujer que entonara himno supremo á la majestad de la selva y al poder del gran Señor del Universo, á Tloquenahuaque.
Muy largo fué el éxtasis del ejército al escuchar tan sentida y extraña serenata... Y momentos antes de que terminara, miran todos una visión fulgurante, bañada en rayos de luna: ven una figura blanca y tenue, una mujer
bellísima vestida con amplia túnica vaporosa con un flotante huipilli que parecía ser tan largo que le arrastraba, pero sin producir sobre las hojas ni el más ligero rumor, ni el susurro más leve. Coronábale la cabera vistosísimo penacho de largas plumas de color de fuego orladas de blanco y á trozos salpicadas de fulgures de esmeralda. Luego, todo se extinguió... Raro estremecimiento.
Negras nubes ocultan el esplendor de la luna, ráfagas frías soplan sobre los sonoros platanares y las largas hojas de los enhiestos cocoteros, que se agitan furiosamente sacudidos. Retumba el trueno en las obscuras concavidades del cielo entenebrecido y rasgan las tinieblas enmarañados hilos de instantánea fulguración tremenda. Hay súbitos relámpagos rojos ó son instantáneas refulgencias cárdenas las que iluminan el bosque; escúchanse confusos sonidos á través de las hondas espesuras, la selva se estremece y allá en el claro, donde reposa circuido de sus ligeras fortificaciones el campamento de los tenochcas, los yaovisques tiemblan de pavor temiendo la cólera de sus dioses, á quienes en vano invocan los sacerdotes que acompañan á los guerreros.
Cae al fin una de esas espantosas tormentas del Sur, que va á desbaratar al ejército del bravo Tízoc.
¿Quién podrá salvarlo, quién le dará seguro asilo contra las avalanchas de las sierras y el conjuro de la naturaleza enfurecida en aquel instante de epiléptica rabia que podría aniquilarlo por completo?...
Los jefes yaovisques se reúnen, llaman á los sacerdotes, llegan los ancianos que forman la dirección y el consejo del ejército, y todos reunidos, deliberan á la luz de los re-
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lámpagos, discutiendo á gritos extentóreos para hacerse oir, puesto que el rimbombar de los truenos, repercute ferozmente multiplicado en las cercanas sierras, en los cóncavos peñascales vecinos, que parece que van á precipitarse como un diluvio fulmíneo y negro sobre aquella muchedumbre armada, antes tan órgullosa y ahora tan pusilánime ante la cólera de lo desconocido, ante aquella noche de tempestad...
Nada deciden; en vano los nobles hijos de Tízoc, que son como el orgullo imperial, como el estandarte que conduce el ejército hacia sus conquistas, claman porque se pongan en salvo tomando las vías del Oriente: los sacerdotes protestan, los viejos yaovisques se desesperan y los sacerdotes ordenan graves sacrificios imposibles en aquellos instantes. ¡Atroz confusión!
En esta angustia, un centinela lleva á una bella mujer mixteca vagabunda, que dice ser la hija de una reina destronada de las tribus que habitan allá en lo alto de las montañas del Sur; díceles que tiene hermanas que viven en hondas cavernas donde se guarecen de la tiranía de los usurpadores del trono de sus padres y ofrece guiar á los mexica hacía un refugio seguro antes de que arrecie la tempestad y se desborden las avenidas de las montañas, llevándoles á aquellos antros que son como hospitalarias ciudades inmensas perforadas dentro del granito de la sierra.
— Vamos pronto, si no llegarán los torrentes que deberán arrollaros á todos. Adelante, yo os guiaré, gran tecuhtli de la guerra, dícele majestuosamente al jefe principal.
Y en las tinieblas, á la luz de los relámpagos, marcha todo el ejército siguiendo hacia su frente; en la espesura del bosque vese la antorcha de la vagabunda princesa mixteca que lo guía, y de cuando en cuando su voz llama
HEMBERTO FRIAS
á los exploradores de las avanzadas dominando el estruendo de la naturaleza estremecida por la tempestad, óyese cual un toque de esperanza y ánimo en un instante de derrota.
Bien pronto llegaron á las enormes cavernas solo conocidas por la joven princesa. Y allí, guarecido el ejército, esperó la alborada.
Cuando al día siguiente se dieron las órdenes para partir de nuevo, se vió que los dos hijos de Tízoc, idolatría del monarca, habían desaparecido, y también con ellos muchas de las riquezas que llevaban.
La joven dice al tlacatecatl del ejército: — Retrocede ó los hijos de tu rey vivirán siempre lejos de su patria.
Rápidos correos hicieron saber ese mismo día el suceso al monarca de Tenochtitlán, haciéndole conocer la determinación de la rara doncella que los había salvado, pero que les arrebatara á sus hijos. Mas Tízoc hizo ordenar que avanzasen más sus ejércitos hacia el Sur, conquistando pueblos y exigiendo cuantiosos tributos tomando millares de prisioneros destinados á ser víctimas en los sangrientos ámbitos del Teocalli de Huitzilopoxtli.
Pero al fin el rey, agobiado y débil por el amor paternal, hace al fin que regresen sus tropas, meditando en la suerte de sus hijos.
— Viven; pero en noche eterna, — les decía la joven mixteca. Devuélvenos los pueblos que has arrancado á mi patria, y serán contigo tus hijos. Si á mí me matas, jamás habrás de verlos, agregaba.
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. Y fué un día de horrible desesperación, cuando creyó preciso inmolarla al celebrar un teocalli nuevo, edificado por el ejército conquistador en aquel mismo bosque donde la tormenta fué causa de la pérdida de sus hijos.
Los guerreros hicieron con ella, con la heróica que se sacrificaba ocultando lo que podría salvar á su patria, un atroz sacrificio... La inmolaron al fuego lento enterrándola dentro de un horno calcinado.
Bajo tierra, encendieron fuego y en la hoquedad fué puesto el cuerpo de la brava mixteca... Después un sacerdote Guerrero extrajo su corazón humeante en la punta de un largo cuchillo de ixtle.
¡Inútil sacrificiol Los hijos del rey Tízoc no aparecieron nunca .
Por eso algunos días más tarde, enfermo y triste el monarca llamaba á la vieja zapoteca, sábia en curar los males del corazón, mujer traída de las regiones del Sur y que había conocido á la que fuera víctima en el nuevo teocalli del bosque. >
— Todos mis palacios tendrás si me dices qué ha sido de mis hijos. Yo por eso estoy enfermo, alivia mis penas.
— Gran temhtli, ya es imposible, ya está consumada la obra; nuestra venganza. Tus hijos son reyes allá en el remoto país á donde fueron llevados, y los hijos de sus hijos harán un día la guerra á los descendientes de tus súbditos mexica... Ella, la blanca figura del canto armónico, era el espíritu de Quetzalcoatl... Después llevo á tus generales y á tus hijos á las cavernas por medio de una valiente joven mixteca... Oye, Quetzalcoatl ama la luz, la blancura, el cielo, la paz; no la sombra ni la sangre, ni la guerra. Tú, pobre rey, tendrás que morir, y para tus descendientes
pronto tendrá que llegar su eclipse cuando lleguen los hijos de Oriente, los nuevos enviados de Quetzalcoatl á purificar tu reino con un lavado de sangre.
Ya vendrá la hora en que el sol nuevo derrame su luz sobre este gran valle... Apréstate á morir, Tízoc.
Y algunos días más tarde este rey doliente y misterioso, murió sin que se haya sabido qué extrato mal agotó sus días.
Cuauhtemoctzin.— Aguila que cae
La profecía de la catástrofe
obre todas las razas que poblaron el Anáhuac desde los más remotos ciclos de la historia tradicional y geroglífica; lapidaria y revelada en el misterio inviolable de los teocallis, sobre todos aquellos pueblos primitivos, aventureros y audaces, irradió desde un principio la soberana leyenda de sus profecías...
¡Era el terror del porvenir! ¡El formidable enigma de los acontecimientos futuros que habrían de engrandecer ó aniquilar las razas, el incendio y desquiciamiento absoluto de sus naciones, se presentaba siempre ante los príncipes, los tecuhtlis y los sacerdotes del Gran Templo como la caída torrencial, negra, intangible y fantasmagórica de las aguas
que de los altos cielos descienden arrastrando estrellas y precipitando á los abismos ignotos las naciones con sus reyes triunfadores y sus ídolos adorados...!
Allá en la época de Moctecuhzoma, el Primero, el Ilhuicamina, el que fué grande en hazañas guerreras y magnífico en su amor por las artes, quien inició la construcción de numerosos puentes y calzadas y cedió millares de chinampas flotantes, — verdes praderas mágicas salpicadas de flores— á los grandes caudillos que le acompañaron á las gloriosímas campañas, allá en la época del augusto señor que dictaba su voluntad á los reyes sus aliados, una esclava tlaxcalteca, presa en las salas del serrallo imperial de Ilhuicamina tuvo el sueño terrible, la visión flamígera que en su delirio somnolente le presentó el cuadro del último día de Tenochlitlán.
El gran sacerdote del Teocali Supremo, el negro y ensangrentado jefe de los sacrificadores crueles del Templo Boj o de Huitzilopochli, con sus perversas loas y sus frases prepararon el ensueño.
¿Qué sabían los enemigos del monarca de la pasión terrible que aquella esclava tlaxcalteca le había hecho nacer?... Más... tuvo que huir la bellísima joven y aun cuéntase que fué arrebatada por el Jefe Aguila que custodiaba las salas del inmenso serrallo...
Aquel Jefe Aguila, de la casa imperial de Moctecuhzoma, arrastró las torturas y las vergüenzas de su traición, locamente apasionado de la más bella favorita de su rey...
LEYENDAS HISTÓRICAS MEXICANAS 79
¡Oh, las eternas historias que refieren las ignominias íntimas de los palacios! ¡oh leyendas que relatan amores adúlteros y sublimes! ¡oh epopeyas que cantan idilios melancólicos y cruelmente bellísimos y tiernos, de los bravos héroes que salvan á las esclavas hermosas que los próceros encierran y que aquellos desafían! también reproduce los cantos mexica vuestras aventuras y felices empresas, y también su Tonatiuh. bañan con rayos de glorias épicas los combates en que irradiaran pompas triunfales y tímidos fulgores de plenilunios de amor...
¡Oh Mixtlixcatzin! hijo de reyes, abuelo de los grandes tecuhtlis, jefe águila, soberbio Cuaúhtliy audaz raptor, robaste la luz del serrallo de Moctecuhzoma, caro habías de pagar tu crimen de sacrilegio y blasfemia...
Agiles y fuertes remeros esgrimen contra las penumbrosas aguas del canal silencioso y melancólico, sus largos morillos que levantan en la sombra, salpicando gotitas que cantan en silencio... y la barca de los prófugos — la tlaxcalteca bellísima y el joven águila — se pierde al fin en la llanura, de apariencia infinita, del gran lago, entre los horizontes que se esfuman coronadas de niveas alburas y ensembrecimientos magestuosos...
El traidor hijo de la raza azteca — ¡felón Guautli! — y la primorosa y débil tlaxcalteca sienten, deliciosamente unidos dentro de la canoa estrecha y larga, el voluptuoso desvanecimiento de su pasión mecida en las hondas del
adulterio... Duro sería su castigo según las leyes de los mexica.
Sobre el lago magnífico cuyas hondas reverberan los relámpagos fríos y blanquísimos de la luna, los prófugos se adormecen y ambos, enlazados en el fondo de la chalupa, de la barquilla vertiginosamente impulsada por los remos de los siervos del Caballero Aguila, sueñan idilios de amores serenos... y feroces venganzas de sus amos que meditan sacrificios sangrientos, espantosísimas represalias, y aquellos cuadros que ambos amantes en sus sueños respectivos miran, sollozan, gimen, se tuercen en goces de espasmos sangrientos y en bárbaras ansias de amor, maldiciendo á sus verdugos... á la tiranía del gran Tecuhtlirnexicay k los sacerdotes del Teocatli... ¡Pero semejantes pesadillas negras, tempestuosas y trágicas les hacen felices, porque aún en medio de las hecatombes y de los sacrificios, el triunfal guerrero traidor y la ínfima y hermosa tlaxcalteca heróica, se aman... y adorándose duermen en el fondo de la chalupa que surca el lago terso y pálido, silencioso y melancólico... diáfano á veces... ó con vivas irisaciones extrañas...
¿A dónde van los amantes? ¿Será acaso á la opulenta y florida Texcoco donde irradian placeres y cánticos y hay más palacios que templos, más poetas que secerdotes, más alegría que unción?... ¿Se irán á Texcoco?
No, van á Tlaxcala. Bogan hacia la tierra enemiga de los mexicanos, los remeros que arrojan la canoa sobre las ondulantes láminas de plata de la laguna...
Ellos duermen y sueñan. Han soñado mucho y su sueño hubiera sido imposible, si el amor no hubiese bajado los rebeldes párpados...
¿Quiénes van en la estrecha canoa, unidos y agobiados por el amor y el sueño?... ¿Quiénes á la luz de la luna bogan sobre el lago, bogan sin saber á dónde?
LEYENDAS HISTÓRICAS MEXICANAS 81
¡La tlaxcalteca bellísima y el felón, el traidor guerrero mexicaf ¡Malditas nubes!
Cuentan que de pronto los dos tuvieron la misma espantosa visión, el mismo espectáculo terrible y formidablemente lúgubre, jamás imaginado en el horror de fuego y sangre que lo encuadraba!
Y esa sombría espectación clavó al propio instante el incendio — ¡inaudita hoguera, — en la fugitiva chalupa que volaba hacia Tlaxcala.,.
Mas he aquí lo que el Caballero águila miró bogando con barca de lumbre hacia el misterioso país donde pretendía encontrar más amor, más riqueza y más poder... Vió:
Que un hijo suyo, bien cobarde por cierto, se aterrorizaba al recordar lo profecía de Netzahuilcoyotl, concordando, en sus tremendas cláusulas con las naciones de Quetzalcoatl... y vió agrandarse majestuosamente la ciudad de Tenochtitlan; sus tecpans y teocatlis tomaban proporciones gigantescas, bramaban las aguas de las lagunas y surgían del Sur tesoros y mujeres al son de músicas, danzando alegremente en la gloria orgiástica de un festival, mientras allá por las graderías del Gran Teocalli de Huitzilopuchtli, bajaban torrentes de sangre roja y humeante... y carne de víctimas devoraba el populacho ébrio...
¡Era el pleno apoteosis de la ciudad de la raza mexica\... Y circulaban fuego y sangre...
Después vieron el azteca y la prófuga en el sueño que les distraía, que horrible banda de ocelotls rugía en las tinieblas, en tanto que arriba, en el cielo obscuro, revoloteaban, trazando gigantescos círculos, raudas águilas enormes y bravias... Y se cernían muy alto, sobre la negra y roja Tenochtitlán, amenazada por tropas de extrañas fieras...
Y eran de Tlaxcala ios tigres que se unían á los extranjeros... Y ardió la regia ciudad de Tenochtitlán... y eran más rojas que sus llamas las lenguas de los tigres enemigos... y las águilas mexicanas caían, caían sobre la enorme hoguera... Y por fin, sobre sus escombros cayó, las alas abiertas con gran majestad, el águila caudillo... Ardían sus garras fieras... Magnífica y moribunda cayó el águila... ¡Era Cuauhtemoctzinl
¡Y los coelotls, los tigres tlaxcaltecas aullaban alegres en torno de la hecatombe fin de un imperio!
¡La tlaxcalteca y el guerrero mexica cuando despertaron eran ya ancianos... no se amaban ya... pero sí vivieron melancólicos uniendo sus terribles sueños que pronto serían atroz realidad!
encontró la macana á través de sus desgracias..
La macana maravillosa
antan las brisas de la tarde el himno del crepúsculo en las múltiples ramazones de los ahuehuetes melancólicos... Bajo sus follajes trémulos pasan hálitos de perfumes y dulces y raras emanaciones de rosas silvestres. jPlena gloria primaveral!
¡Qué opulencia tiernamente sencilla ostentan los vastos jardines de Netzohualcoyotll
En torno del gran Tecpan de Texcotzingo extiéndese, amplia y espesa, maravillosísima guirnalda de magníficos vergeles, soberbios mantos de esmeralda cambiante, salpicada con manchas rojas, como gotitas de sangre recién
arrancada de la herida de un colosal gigante de la Naturaleza.., Jamás en el inmenso Anahuac hasta entonces se había solazado rey alguno en tan divinos parajes y en tan deliciosos y frescos retiros, como aquellos en que lo hizo el soberano triunfal de Texcoco, el bardo-rey, el sabio político, el prócer-caritativo, el bondadoso amante de la viola y la patria, el guerrero fuerte y rudo al par solemne pontífice Netzahualcóyotl/
...¡Y en la espesura grata de las enramadas bajo los follajes floridos de los arbustos raros y preciosos que llevaran los más extendidos Pochteca, los más conspicuos mercaderes, habían apartado de las regiones donde Tonach, emperador de la luz, derrama con más feroz ansiedad de pasión sus caricias, en la superabundancia perfumada y embriagante de tan divinas selvas, detallaban relámpagos de plata en las tibias noches, al rayo de la luna, ó fúlgidas centellas áureas en los breves crepúsculos... y tales relámpagos argentinos, y tales fulguraciones de oro Tonatich, los arrancaba de las líquidas láminas de pequeños lagos... y de las serpientes mágicas y eternamente cambiantes de los chorros y cascadas blanquecinas, embellecidas por el príncipe dios del fuego, al besar á su imposible amada, el agua!
...|Oh! legendarios vergeles que rodeásteis un tiempo el alcázar rústico y sencillo, — pero suntuoso en la figura de su maciza fábrica, — del poeta-emperador. ¡Oh! Tecpa Texuzingo. ¡Oh! lagunas tranquilas y dilatadas sobre cuyas ondas apenas ligeramente orladas de espuma, sobre las márgenes floridas, las de las aguas azules que devolvían al cielo el ósculo enorme y eterno del Humeante Ciclope y la caricia intangible y lánguida, melancólica, infinitamente tristísima de la Mujer Blanca; ¡oh! vergeles radiosos que surgen en la mente del evocador en un apoteósis épico y tranquilo al mismo tiempo... la sombra augusta del rey de Texcoco hubo de irradiar su grandeza sobre vuestra her-
LEYENDAS HISTÓRICAS MEXICANAS 85
mosura... ¡Fué el genio del hombre proyectando su luz en la gran explendidez muda de las selvas!
¡Y Netzahualcóyotl los había vencido!
Había sido caudillo el inolvidable vagabundo, el mártir fuerte, el peregrino á través de los bosques, el que vagó durante varias lunas por los desiertos de las sierras aterradoras y fúnebres... el coyotl vagabundo y hambiento que aullaba de melancolía por la ausencia de los séres queridos en las siniestras soledades obscuras... Y luego, cazado tras vil asechanza en el fondo de un barranco, había sido digno de la gloria de su padre Hixochitl, de Ixtlixochtl, que delante de su hijo Netzahualcóyotl, murió combatiendo con heroísmo supremo... esgrimiendo con inaudita fuerza su larga y pesada macana cuyos fuertes dientes enrojecieron con intensidad, hasta gotear en pequeñas irisaciones espesas, chorros de sangre caliente y humeante.
— ¿Fué la macana de Netzahualcóyotl la que donó al destino adverso, al cruel destino, que le arrebatara en plena adolescencia su heroico padre, — quien expiró en tremendo combate y quien tras inaudita defensa, rodó ensangrentado y magnífico, en tanto que aquel, — Netzahualcóyotl, — le miraba desde lo alto del corpulento capulín, aprendiendo con tan horrible espectáculo, lo que significan las crueles y cobardes venganzas de la tiranía, — fué su macana dura y gruesa, erizada de feroces cuchillas, pesada, tosca, indestructible, de terrorífica estructura, gigantesca y negra?
Así preguntaba un día la bella y melancólica Mixtl,
86 ÍÍEltlkERÍ O FRIAS
nieta del gran bardo emperador, á su señor el tecuhtli mexka Toxcahtlincatlzin, paseando por los jardines de su heroico y siempre venerado abuelo.
El tecuhtli, quien tras aventurada, fatigosa, larga y sangrienta, pero atrevida campaña en el Omecatl de Tenochtitlún, había obtenido como digna recompensa, el amor y la herencia de huertas, sementeras, diinampas y jardines de la princesa Mixll, nieta del rey de Texcoco, que hizo tras de su venganza contra el despotismo y la ambición sin límites, de Maxtla, contribuir á la preponderancia de los mexica sobre todo el Anahuac, el tecuhtli, pues obtuvo su gloria y su galardón... Llegó á su tecpan de Texcoczwgo, cargado de riquezas y trofeos, ansioso de obtener el más preciado obsequio ¡su amada virgen!...
Y al lado de ella paseaba, feliz y abstraído, cuando allá en el abandono voluptuosísimo de los jardines, cerca del manantial favorito del enorme Netzahualcóyotl, le sugirió acaso el espíritu de la hermosa floresta, aquella honda pregunta que era como el ansia de saber los grandes misterios de la vida de su abuelo.
— ¿Fué su maravillosa macana la que hizo esclavos á todos sus enemigos? ¿Fué la macana terrible, erizada y larga, dura como el alma de aquéllos, la que clavó al trono de su padre el bravo Xtlixochitl, dándole también el poderío de la sabiduría y esa palabra que tanto conmoviera hasta hacer llorar?
¿Y fué esa arma nunca vista la que atrajo á los tecuhtlis de tu patria?... Responde, mi señor, mi amado y único amo... y los suspiros de mi alma irán día y noche hasta la tuya... ¡Responde oh, mi amado señor!...
Y fué entonces, cuando las brisas de la tarde cantaban bajo los follajes obscuros el himno del crepúsculo, fué cuando en los vergeles de Acotzingo, propicios al gran em.
LEYENDAS HISTORICAS MEXICANAS 87
perador poeta, Netzahualcóyotl, fué entonces cuando el soberbio Caballero- Aguila enlazado á la princesa Mixttzlos, sonrió plácidamente contestando á la honda pregunta de su amada.
[Fué su macana!.. ¿Qué, los sacerdotes que me educaron allá en la ciudad de Tenoch, centro del amplio Calmecac, no habían de referirme la historia luminosísima de la macana de Netzahualcóyotl1? ¡Y tú, señora princesa de Texcoco, flor del árbol imperial de Ixtlixochitl y Netzahualcóyotl, ignoras los portentos del gran vengador, del que restituyendo glorias y riquezas al pueblo texcocano, prepara el explendor de la alianza de los tres reinos: Tlacopan, México y Texcoco?...
— Pero, — cuentan los intérpretes de las geroglíficas versiones,— pero, mi muy amado señor y esposo, dijo Mixtl... yo quiero saber por qué sólo con tan fuerte macana pudo obtener tanto. Yo sé que no siempre la fuerza y el valor en los combates, y el número de corazones vivos y humeantes que se entregan á la vuelta de la campaña ante el teocalli de Huitxilopoxtli, determinan tantas glorias..,
— Pero era la macana de tu señor abuelo el gran Netzahualcóyotl, dotada por gracia del Sol de un poder mágico... Esa macana yacía oculta en el fondo de terribles y negras cavernas guardadas por raras fieras... yacía encantada desde hacía muchos miles de soles... y el que la encontrara, arrastrando maldiciones, calumnias, pobrezas, hambres, batallas, horfandad, frió y desnudez, pasando la vida en la soledad de las montañas ó en el insano enmarañamiento de las selvas... el que tras tanto combate, sufrido con altivez, sin desmayar un instante, quien desnudo, ensangrentado, hambriento, escuálido, lívido, secos los labios por la sed y la fiebre, agobiado por atroces fatigas, debilitado por continuos desangres, quien llegare así, después de tan duras bregas y hondos sufrimientos, sin haber desesperado nunca, sin una blasfemia, — acaso con lágrimas al dejar á los compañeros, — pero jamás con ironías ni
subversiones... el que tal llegue atravesando los siniestros bosques, encumbrando altísimas y ásperas montañas, descendiendo por ingentes escarpaduras, sumergiendo su cuerpo tembloroso y débil en lagos y ríos de amargas ondas... hasta por fin encontrar la grande y misteriosísima macana...
Ese que la hubo de ver, que adquirió tal trofeo, es el héroe favorito amado por el Señor del Mundo, bendecido por el Gran Sol que es Tonatich, irradiante de luz, calor, vida, bienestar, esperanza y amor... Tu abuelo Netzahualcóyotl fué grande y todopoderoso, y bueno y sabio, cantor de la vida y de los combates por encontrar la macana misteriosa... ¡Ay!... ¿quién pudiera recogerla para entrar con ella al combate de la vida?... El la encontró á través de sus desgracias en la batalla del agua y el fuego... del choque de elementos contrarios la vió formarse, — hija de la lid, — y esgrimiéndola se lanzó arrollador y admirado, hasta por Gran Tecuhtlo, ilustre procer, bardo y sabio, sacerdote y guerrero!
Había cesado el himno del crepúsculo en el jardín de Texcotzinco; la noche enlutaba las praderías embalsamadas... y bajo las frondas negras y temblorosas seguían paseando los enamorados príncipes... Callaban...
Súbitamente clamó Mixtl:
— ¿Pero esa macana ya ninguno la recogerá, puesto que mi abuelo se la llevó?
— Te equivocas... Allá donde siempre se encuentra... Es la fe, la fuerza de voluntad... quien eso posea encontrará la maravillosa macana.
La princesa se hunde en la sagrada alborea
Una tristeza de Moctezuma
#ran agitación en el palacio de Moctezuma. Los cortesanos, los caballeros y los adalides que portan rojos ichcashuipilli y cascos de cabezas de tigre y los campeones águilas se aglomeran en densa confusión ante la trapezoidal puerta del soberbio edificio.
De sus antros surgen alaridos y sones tristísimos; graves sacerdotes de rostros ennegrecidos, de un negro brillante de obsidiana, horribles corren bajo los frisos de grecac caprichosas, levantando los brazos en señal de honda, de suprema desesperación.
Y ve él como también llegan las largas procesiones, las sacerdotisas sagradas y las vírgenes educandas del Calme' cae, albeando á la luz de la mañana pura y radiosa sug
huipilli blancos sobre los que sus cabelleras negras son una nota fúnebre.
Los cacli de los jóvenes guerreros del Tehpurcáli huellan las losas de la entrada fastuosísima, y allá en el interior, en los grandes patios, ante los salones regio3 del amado monarca, les entregan á los servidores para no profanar el augusto recinto.
Ya en las galerías secretas del palacio, en los recónditos albergues de la familia imperial, lejos, muy lejos de las tumultuosidades de la Corte, hay un silencio profundo, turbado á veces por un rugido tremendo, agudo, lastimero y tristísimo; tristísimo y lento al par que terriblemente solemne.
Y aquel rugido que calla súbitamente para hacer reinar de nuevo el gran silencio augusto del alcázar de Moctezuma, que se abate largos instantes sombríos en las tétricas cámaras desiertas, surge más y más formidable, más intenso y sus ecos salvajes van repercutiéndose de sala en sala, de galería en galería, hasta llegar debilitado y melancólico á los suntuosos patios donde la muchedumbre de nobles, guerreros y sacerdotes, vírgenes, sacerdotisas y ricos mercaderes, proveedores de la Gran casa del Emperador, se amontona aullando, confundiéndose los gritos de la gente de armas con las tristes salmodias de los religiosos y las dulces voces de las doncellas que agitan entre la negrura de los rostros consagrados la flámula blanquísima de sus huipilli
¿Por qué tanta tristeza en el palacio imperial? ¿por qué tan enorme aparato de duelo en la regia mansión donde siempre la alegría cantaba sus himnos dulces y sonoros,*
LEYENDAS HISTÓRICAS MEXICANAS 91
propicios á la dicha del monarca? ¿por qué tanto grito fúnebre y tanta aflicción en los rostros de los cortesanos guerreros y de las blancas vírgenes consagradas al gran Tona tiuh, al grande y espléndido Sol, en ellas, las preferidas blancas, las que han dado su vida al Señor de la Luz, hijo supremo del Espíritu Universal, Tloque Nahuaque, en ellas que dejaron desierta casi la casa de las soberbias águilas; ¿por qué?... ¿por qué?...
Ayer apenas se apagaban las alegrías y las danzas festivas en loor de los vencedores de las regiones del Oeste, de donde millares de prisioneros y gente de armas cargando el bagaje de un botín espléndido, cientos y cientos de lentejuelas de oro, nácares, ópalos, algodón, plumas preciosísimas de los pájaros maravillosos que pueblan los bosques encantados, y blancos plumones de aves inmensas, como águilas de nieve de luz, y conchas de las playas desconocidas de misteriosos mares, de esas playas donde parece que Tonatiuh se recuesta para dormir el sueño negro de la noche... y justas delicias: más y como mejor trofeo y más grato á ks ojos sombríos y lúgubres del tétrico Moctezuma, mujeres bellísimas, vírgenes de esbeltas y airosas formas irradiando amor ó suprema voluptuosidad, doncellas de miradas profundas y somnolentas, saturadas de esencias divinas que adormecen, deleitando, deleitando lentamente...
¡Qué placer el del Emperador ante la victoria de sus huestes triunfadoras de las legiones del Oeste!
¡Y qué alegría debió inundar al viejo y torvo, cruel y feroz Huitzilopochtli, cuando tantos miles de corazones palpitantes y sangrientos le fueron ofrecidos, tiñendo de rojo vivido las gradas del alto y suntuoso Teocalli. '
Ayer, tanta algazara,., danzas, músicas solemnes... ¡El teponaxtle sacro de la mansión de las Aguilas resonó sus armonías sonoras, embriagando al pueblol
Y tal fué la gloria y dicha del Supremo Moctezuma, que permitió que el bajo pueblo bebiera en las jicaras negras
HERIBERTO FUIAS
del templo el octli blanco de los grandes regocijos sagrados.
¡Aun los mismos forenses del Techpuscolli bebieron delante de los ancianos ebrios!
¿Por qué, pues, habiendo sido luna de dicha y gloria la que se acaba de poner hoy Moctezuma, da la señal de las públicas tristezas, y según refieren los familiares, grandes príncipes sacerdotes, el soberbio procer se da á los sacrificios personales, clavándose en el vientre y en el cuello largas y agudísimas púas de magüey, bañándose en su propia sangre y lanzando al correr de un extremo á otro del salón, profundos alaridos bárbaros, tristísimos y fúnebres?
¿Qué formidable catástrofe, qué plaga, qué castigo de los dioses, qué cólera divina se revuelve contra él y su imperio?...
¡Ninguno lo sabe!
En vano su misma esposa principal le interroga llorando; en vano sus hijos queman delante de su trono el copalli solemne de los dioses, sus grandes ministros sacerdotes en vano sacrifican doncellas y ofrecen á Tonatiuh corazones de niñas recien nacidas para que el Gran Sol devuelva al monarca la tranquilidad perdida, los hijos de los nobles de corazas y humildes pretendieron danzar en sus esteras de pluma y ópalos para distraerle... y todo inútil... ¡El rey aullaba lúgubremente!
Y cuenta que era cosa muy conmovedora y siniestra ver al gran déspota semidivino, bañado en sangre por las púas de magüey con que se atravesaba el pecho, el vientre y el cuello, levantándose ferozmente dando saltos, mientras que las blancas vírgenes nobles danzaban al son del tepo? naxtle regio.
¡Nadie sabía por qué era tan enorme la tristeza del rey!
Y entonces nadie lo supo.
LEYENDAS HISTORICAS NEXICANAS 93
Fué aquella lúgubre desesperación tan larga, atroz, incomprensible, misteriosa y extraña, que todo su imperio resintió los dolores de su emperador de la manera más trágica y horrible.
¡Entonces fué cuando la tiranía de Moctezuma fué suprema y bárbara y cuando más corrió la sangre de los pueblos esclavos que espiraban maldiciendo su nombre!
Más tarde, el buen Al va Ixflixochitl, príncipe de la dinastía texcocana, recogió leyendas y tradiciones, raras y terribles, espantosas todas acerca de la misteriosa desesperación súbita del Emperador de Tenochtitlan.
Y he aquí una de ellas:
Cuando llegó de las regiones del Oeste vencedor su ejército, trayendo tan espléndido botín de conquista, lo que más excitó la alegría del rey fué el ver, embebecido, ebrio atónito, la más delicada y hermosa doncella que sus ojos hubieran contemplado.
Era el ideal de belleza que soñaba el adusto monarca: esbeltez aérea, morbideces de oro obscuro en la carne fina y caliente, languidecencia dulce en los ademanes, boca pequeñísima, ojos inmensos, aterciopelados, profundos, soñadores, misteriosos, de reflejos luminosos, luminosos y tristes... cabellera profusa, suelta sobre anchas y desnudas espaldas...
A la cámara más lujosa del Gineceo imperial fué conducida la bella princesa cautiva; la virgen Xalisca Suxtlinztziw, llamada por su tribu la fuerte, porque en sus delgados brazos había poderosísima energía... [Ella, mejor que un guerrero, arrancaba los brazos más recios de los árboles!
Pero Suxtlintzin amaba al caudillo Mirtlax.
Moctezuma se arrastró á las plantas de la cautiva llorando, jurándola amor eterno... ¡Ella le rechazó soberbiamente, y en vano cien guardias quisieron sujetarla, todos retrocedieron ante sus ojos relampagueantes!
...Una noche la hizo conducir á la espléndida alberca de Chapultepec, donde solo el augusto TecuchUi de Tenorhtitlán y su hermano el Sumo Sacerdote del Gran Teocalli podían sumergir sus cuerpos en el sagrado Ezapan.
— Comprenderás que te hago grande como yo... te haré bañar en las aguas santas... si me amas...
— ¡No!— responde la princesa cautiva.
— Estonces, ven... Y la arrastró hacia la espesura del bosque. En un claro ardía una hoguera enorme.
— ¡Quemadlal — grita Moctezuma.
De lo alto de un árbol desciende de una cuerda Mirtlax, quien grita:
— ¡Te ama!...
— Ahora; allá, al agua.,. La princesa fué á arrojarse á la sagrada alberca, pero al ir hacia su cuerpo el rey, ella se sumergió para no surgir jamás...
Le descargó tremendo golpe
La apoteosis de Netzahualcóyotl
HJS^ullen en los inmensos jardines que rodean la mar- <g^£ gen del lago, muy cerca del alto palacio de Texcoco, innumerable multitud de nobles guerreros, reyes y príncipes de los más lejanos países que se alzan más allá de la férrea dominación imperial de los tres señores del valle, aún 'mas allá de las graníticas montañas que se levantan al Oeste, y de los colosales volcanes que hacia el Oriente ostentan su majestuosa imponencia inmóvil. Aquel día fué la gloriosa celebración del triunfo del rey
acolhua Netzahualcóyotl, sobre las huestes tepanecas, después de tres largas series de batallas libradas en torno de los dominios de Atzcopotzalco.
La colosal alegría que palpitaba en las selectas multitudes que invadían los vergeles, las chinampas y las aguas del lago y los pintorescos canales, era una digna explosión de la victoria contra el abominable tirano Maxfta cuyos negros crímenes se contaban por centenares al día, durante su infernal reinado.
Al palacio del heroico triunfador Netzahualcoyolt, habían acudido sus compañeros de victoria, el rey de México Ixcoatl y los señores de Chalco, Tlaxcüa, Xochintilco, Huejotzingo y Tlaltelolco; y entre ellos, con su misma gloria, brillaban como estrellas magnificas entre vistosos plumajes y soberbias armaduras de cuautlis y ocelotls de tremendo aspecto, el gallardo príncipe Moctezuma, muy cerca del valeroso Tlacaelel.
Un formidable trueno retumbaba en el ambiente, como eco de la gran algazara entusiasta del ejército victorioso, delante del pueblo libertado y feliz, después de muchos años de criminal despotismo.
El festín había principiado en la ciudad donde se habían vencido los ya riquísimos mercaderes mexicanos, los artífices chalquences y huejotzincas, los tlaxcaltecas tenaces y altaneros, así como los alegres tlaltelolcas llevando todos rebosantes cestos de provisiones habidas fácilmente después de la destrucción del imperio de Atzcapotzalco, tras el reparto del abundante y regio botín.
Las esclavas tepanecas más jóvenes y bellas habían sido repartidas entre los reyes y sus principales caudillos... en tanto que padres y esposos caían al golpe de las terribles macanas que esgrimían los ejércitos aliados. El último siniestro día de matanzas y hogueras, en que la sangre y el fuego acabaron para siempre con toda una próspera na*
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ción, reina tirana y execrable de todos los pueblos del valle, desde la época de las victorias de Tezozomoc, el hábil, padre de Maxtlatóny el monstruoso.
La antigua y esplendente capital del reino tepaneca, donde se alzaba el fantástico tecpan de Maxtla, palacio maravilloso, bellísimo y de trágico renombre lúgubre, la que en un tiempo fuera emporio de placer, lujo y ociosidad viciosa, Atzcapotzalco tuvo que ser arrasada, incendiada, reducida á prisión, que cubrían escombros negros y ensangrentados.
¡Sólo las mujeres pudieron sobrevivir á la catástrofe!
Atzcapotzalco quedó convertida desde entonces en un despreciable mercado de venta de esclavos — justo castigo para sellar con la ignominia la antigua fama de aquel imperio y para que no pudiese quedar sino el escarnio de la memoria de tan fabulosa metrópoli, donde Moxtlaton consumara sus más estupendos crímenes para saciar el apetito de sangre que eternamente le consumía.
Netzahuaicoyotl, aquel príncipe que desde lo alto de frondoso capulín en tarde siniestra miró caer heróicamente á su padre resistiendo él sólo, débil, contra numerosos y fuertes enemigos, aquel joven destronado que fué perseguido años y años por los reyes que tanto le odiaban, execrando su raza desventurada — los teutli y tepanecas, hábiles y codiciosos, criminales astutos que al fin hubieron de apoderarse de todo el Valle—aquel vagabundo que iba de caverna en caverna sufriendo la famélica vida de un lobo hambriento, errante pária de las montañas, aquel melancólico poeta que solía cautivar lánguidamente á las muje-
res que encontraba en sus azarosas rutas, con el encanto de sus palabras armoniosas, pronunciando frases en que brotaban centelleantes colores y alegres diafanidades resplandecientes de luz, recordando las melancolías de los crepúsculos tristes y el luto tenebroso de las noches estrelladas ó de las azules noches de luna límpidas y cristalinas, cuyas maravillas copiaban las ondas de los lagos; aquel expatriado que tantas veces luchó contra la muerte, el asesinato y la traición, apartando de su boca á veces los manjares con que seres desconocidos le obsequiaban, burlando así siempre las tenaces persecuciones del infame Maxtlay había rápidamente reconquistado su trono y vuelto sus armas contra el usurpador que intentaba vengar su derrota, bebiendo la sangre de los bravos hijos de Tenochtitlátr, y tras largas jornadas y cruentos combates diarios, llegó hasta Atzcapotzalco incendiando sus teocalis y el magnífico tecpan del iracundo Maxtla. ¡Y había sido aquel antes tan desdichado prófugo mendigo, el que hermosamente épico, rojo de sangre, iluminado por las llamaradas de los incendios corrió en busca del odioso enemigo de su raza, abriéndose paso á través de escombros, armas y cadáveres!...
Sí, él, el humillado y perseguido, sabiendo que el tirano se oculta cobardemente en el fondo de un temaxcalli acurrucado y tembloroso bajo la negra bóveda del baño, de allí hace que lo saquen arrastrándole como á repugnante fiera maligna. A solas con su enemigo en las encrucijadas floridas que daban al temaxcalli, Netzahualcóyotl en alto la formidable macana que chorreaba fresca sangre purpúrea, le increpa tronando con acento terrible y poniendo majestuosamente la planta de su pié regiamente calzado con el cacti de los teutlis acolhuas, sobre el pecho del rey derribado, descárgale gran golpe sobre el cráneo... y arrancándole después el corazón con su cuchillo de ixlle, murmura sonriendo en el arrebato de una profunda alegría,
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en el colmo del placer de su venganza cumplida, tras la más completa victoria:
(Padre y Señor Ixtlixochitl, á tí que me enseñaste á odiar el crimen y la traición, el vicio y la intriga, el odioso fingimiento y la eterna hipocresía; á tí que fuiste generoso y leal siempre, á tí que me amaste tanto y me enseñaste cómo se manejan las armas para acabar con los enemigos; á tí que sucumbiste como valiente denodado á los golpes alevosos de los traidores enviados por el infame, te dedico el corazón de Maxtla del tirano que ha muerto como vivió: cobardemente!... con él se va su impe- • rio orgulloso.
Digna de tí, [oh padre Ixtlixohitü será mi venganza y tu glorificación... Atzcapotzelco será desde hoy el vergonzoso paraje donde se vendan hombres y mujeres como viles esclavos iguales á las bestias de los campos.
Todos aquellos triunfos celebrados aquel día en T excoco.. los pueblos y los mercaderes de todas las villas del Valle y en los jardines de Texcotzingo la nobleza guerrera y los sacerdotes se lanzaban al placer del enorme festival en honor de la victoria de Netzahualcóyotl.
Era la fiesta de las águilas. La sagrada fiesta en que los adalides tenochcas honraban sus triunfos invocando al gran Tonatiuh, al sol resplandeciente, de quien se enamoran las reinas del espacio: las valientes cuauhtli, de sus tradicionales patrias.
Las vírgenes y los mancebos danzaban al son de tepo* naxtles sonoros, primorosamente exornados...
Se habían sacrificado muchas víctimas y la bélica juventud mexica lanzaba alegremente sus cantos, después de presenciar terribles combates entre esclavos y tepanecas y guerreros de Chalco, muchos de ellos acusados de traición,
quienes solo por su fuerza y- valor en la lid tendrían que vindicarse.
Aquellas luchas gladiatoras habían entusiasmado hasta el delirio á las muchedumbres que las contemplaran.
La orgía purpuraba ligeramente las mejillas juveniles de los guerreros adornados con bellísimas flores salpicadas de sangre. — ¡La sangre de los sacrificios gladiatorios!
Tan sólo el héroe estaba triste.
En vano las princesas tenochcas de su harem, sus amadas favoritas entonces Flor de Noche y Hoja de Saúl, acariciaban su aboyada épica frente de bronce, en tanto que gentiles niñas tlaltelolcas le besaban el robusto cuello, y en vano también las nubiles doncellas de Tlaxeála le ofreciesen anchas tazas maravillosamente salpicadas de perlas y ópalos entre geroglíficos de oro, la líquida púrpura excitante de la tuna fermentada ó del octli ardiente y bélico.
¡En vano! el vencedor estaba triste; más que triste, sobrio y taciturno, lúgubre.
Repentinamente cayó una lágrima suya sobre la frente de una virgen de las que le divertían y agasajaban; entonces él, con la retumbante voz que hacía tronar hacia sus legiones al dar sus órdenes en las batallas, derramó el torrente de ternuras y recuerdos que desbordaba su alma noble, en un arranque de súbita elocuencia:
— ¡Oh teutliSy valerosos príncipes que conmigo celebráis esta gloria nuestra que tan memorable debe ser, que con vuestras macanas habéis abatido la soberbia de un rey tirano y cruel; para vosotros es justa tanta alegría; pero yo sufro, para mí ¿qué son tantas glorias? ¿Por qué entrar al delirio de la felicidad si tanto no he merecido, si sé también que todo muere, sucumbe todo lo que es perverso y traidor, y todo lo falso tiene que ser maldito para siempre?... ¡Ayl de los hijos de los hombres que siempre esgri-
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mieron la vileza en sus combates y tuvieron por escudo la hipocresía... Nadie puede afirmar que yo triunfé por mi mismo, porque tal vez deba mi victoria á un pobre ser que se ha sacrificado por mí, una infeliz esclava insignificante, tal vez sea la única digna de los honores de la victoria. Ella por nosotros se ha sacrificado, ella me amó y por eso me lamento; esa pobre esclava fué la que arrancó mi vida de las manos del usurpador; ella, libertando mi existencia, cayó al golpe de los tepanecas que en ese día hubiesen formidado. Por uno de esos detalles tan insignificantes, se levantan hoy los imperios de Texcoco y de Te nochtitlán para que más tarde cumplan en lo futuro sus misteriosos destinos... ¡Ah! soberbios y felices teutlis, teñochcaSy tlaltelolcas y tepanecas, ved que toda esta dicha la debéis al espíritu de una mujer enamorada... ¡Considerad un instante de lo que depende tantas glorias y tantas vidasl
Ella, la infortunada, desapareció amándome y haciendo la grandeza de nuestra raza conforme á la justicia.
¡Pobre mujer!
Las frases de Nelzahmlcoyott fueron escuchadas con inmenso silencio; los grandes magnates bajaron la cabeza meditando sombríamente, acaso tan solo por la etiqueta y el servilismo.
Más, luego, el rey murmuró tristemente al oido del joven príncipe Moztezuma:
— ¡Más vale que haya muerto! Ahora, me hubiera traicionado por amar á cualquier enemigo mío!
Y Netzahualcoyott lanzó una carcajada.
Contempló el combate de las águilas
El culto al sol
dijo el rey á su esposa favorita un día á la caida de la tarde:
— Cuéntame, maíz de oro, hija predilecta del Señor de Texcoco, tú, que has aliviado mis tristezas y en mis desgracias has vertido en mi alma todos los deleites de tus caricias; dime otra vez cómo fué tan grande y tan poderoso en el inmenso Anáhuati tu abuelo Netzahualcóyotl; quiero que me expliques por qué siendo ilimitado el poderío del vil Maxtla, y obedeciéndole con terror muchedumbre de guerreros y de señores, dueño del valle y persiguiendo al príncipe por entre montes, en las riberas de los lagos y en las profundidades negras de los abismos, pudo escapar tantas veces? ¿De dónde la audacia de sus
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empresas que burlaron todas las persecuciones? ¿El gran Tonatiuh, señor poderoso de la luz, el sublime sol le amaba?... ¡Ahí dime, explícame ese misterio y el secreto de su grande alma siempre tan tranquila en las borrascas más horribles.
Dime cuál es ese secreto, porque yo estoy triste, siento que tiembla la tierra, se inunda mi soberbia ciudad de Tenochtitlán, mueren repentinamente los más venerables sacerdotes en el gran Teocalli, en el instante mismo de los sacrificios; y de allá del fondo de las regiones del Sur, aún no doblegadas á los golpes de las macanas de mis yaoquisques, en vez de que vengan á mí los ricos tributos tras dilatadas campañas, llegan en un fúnebre presagio sobre negro leopardo fantástico, pieles negras también, y para más confundirme, una doncella de espléndida hermosura las conduce y hace inscribir geroglíficos fatídicos en esas vestiduras que fueran de las enormes fieras... Yo taciturno, vago enfermo no sé de qué mal; un tedio abominable engendra nubes de tempestad delante de mis ojos y la lluvia de mis lágrimas. Estoy enfermo, tú puedes curar mi mal, ¡oh princesa! ven y cuenta con el rey tu abuelo que pudo dominar sus infortunios, huir del poder de Maxtla y de nuevo dar á Texcoco los reyes de su raza engrandeciéndola más que nunca; cuenta, mi amada, mi buena y dulce compañera.
Calló el rey, y ella así le respondió:
— Señor, mi único dueño, amor de mi alma, collar de luz que Tonatiuh por su gracia y poder ha puesto en torno mío para ornarme como tus guerreros se visten con las hermosas plumas de los colibríes de los vergeles. — ¿A qué preguntas lo que te ha de entristecer aún más escuchán-
dolo de mis labios? ¿Pero no eres tú tan poderoso como el execrable tirano de Atzcapotzalco, cuyo imperio está hoy convertido en escombros, y más poderoso si se quiere, que su vencedor el rey de Texcoco?
Después de haber pronunciado estas palabras, sonrió levemente la hija de los señores ds aquel reino, cedida por ellos como esposa al monarca mexica... y movió lánguidamente la cabeza, mirando con altiva majestad hacia el Oriente, y en los rayos de sus pupilas negras hubo un vivísimo destello rojo.
— Hija del favorito Dios de la Guerra, el gran Huitzilopochtli, tú ocultas el secreto de la protección que salvó á Netzahualcóyotl, tu abuelo sabio y augusto... ¿Por qué si sabes que soy generoso y amante contigo no me revelas el arma con que esas victorias se lograron?
— Gran Rey, mi único señor, acabas de blasfemar. No protegió á Netzahualcóyotl el cruel Dios de la Guerra Huitzliofiochtli, á quien sacrifican tantas víctimas cuya sangre tiñe de sombrío fuego las aguas del lago... Pues el Sol, Tonatiuh el protector... Escucha:
Me contaban allá en mi patria que al Sol creía el Príncipe como el único Dios que dominaba cuanto hay, cuanto vemos, tocamos y sentimos: su calor y su luz todo lo engendraban maravillosamente, desde el alto Ixtaccihuatl hasta las blancas florecillas silvestres que se abren en las márgenes de los arroyos; también los enmarañados bosques que se espesan poderosos en las faldas de los montes; las rocas, los alegres zenzontles que cantan sus ritmos de amor en las horas nocturnas, y el poder magestuoso de las águilas que baten sus alas en los altos espacios ¡Las
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Aguilas! ellas son las más altivas, las más audaces, las más bellas; eternamente enamoradas de lo alto, de lo brillante de la luz y de la gloria, del calor que fecunda y de la magestad que ennoblece... ¡Las AguilasI Ellas son las hijas favoritas del Sol. Tonatiuh las ama y las dispersa desde la cúspide de su trono hacia el mundo á presenciar las batallas y á salvar á los que combaten con valor arrebatándoles de la persecución de los enemigos que traidores intentan perpetrar sus acechanzas... ¡Oh! las águilas son las hermosas hijas mensajeras del poder del Sol.
Escucha, señor mexica, ahora que estás triste y que temes por tu reino y tiemblas por tus ejércitos que combaten con vario éxito en las ásperas sierras mixtecas, cuyos habitantes, descendientes de nobles y poderosísimas razas y de magníficos dioses, también adoran al gran Tonatiuh; escucha el secreto del poderío del Rey de Texcoco. No te lo había revelado, porque creía que lo conocerías ó lo hubieses adivinado. Ahora sí comprendo que te abate la tristeza y que tiemblas, ahora que sé que desdeñaste siempre el culto del Sol.
Netzahualcóyotl por consejos de su padre augusto, momentos antes de morir, le indicó que practicase sus sacrificios en honor del Rey de la Luz y el noble príncipe perseguido, le saludó jurando vengar á su padre cuando le vió morir desde la copa del árbol en que tantos vasallos presenciaran la muerte de Ixtlilxechitl y el príncipe vagabundo siempre pobre y proscrito, huyendo como lobo hambriento por entre las malezas, no hizo nunca sacrificios á Huitzilopochtli rojo y azul de tus abuelos, ¡oh rey azteca! sino que recordando los consejos de su heróico pa-
dre que te hizo amar la grandeza soberana de la luz, se dirigía siempre al Sol.
El noble perseguido, ensangrentado por las flechas que le lanzaran sus enemigos cuando lograban alcanzarle un instante, desfalleciendo de cansancio, de hambre y de sed, se tendía en el suelo mirando siempre hacia el alto lecho del que se levanta Tonatiuh, cabe los inmensos guardianes del valle, el Ixtaccihuatl y el Popocatepetl... Y al gran Señor de la vida augustamente rodeado de nubes de oro y flecos de fuego magestuosísimo, le saludaba el miserable Coyotl cuando en el mayor peligro se encontraba, cuando hasta su cuerpo llegaban silbando las flechas de los crueles soldados de Maxtla.
Tú bien lo sabes, bien sabes tú cuántas lunas fueron creciendo para luego retardar su aparición en las noches hasta desaparecer envueltas en la gran sombra de muerte con que el Sol por esquiva y voluble y variable, la castiga; y bien sabes cómo cuando al llorar después la primera lágrima era absuelta y tornaba á crecer y de nuevo á ser aniquilada; pues bien sabes que cuando esto sucedía, pasaron lunas y lunas sin que cesara la persecución contra el noble Netzahualcóyotl.
Nunca en tan largo tiempo dejó él de venerar á su dios espléndido, al gloriosísimo Tonatiuh.
Vivió en el fondo de espantosas cavernas, se internó en las asperezas de los montes, ascendió á la cima de las montañas adorando al Sol; contemplando en místico arrobamiento á los siris, únicos que habían subido hasta allí: ¡á las águilas!
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¿Me preguntabas que cómo pudo tener siempre tanto valor para acometer con tanta audacia á sus enemigos, burlándolos prodigiosamente, cuando más seguros estaban de haberlo hecho suyo?
¡Ohl él no solo era un guerrero más bravo que veinte de tus ocelotls más brillantes y de tus yaovisques veteranos, más sabio que el mejor de los tlalcatecalts, á quienes nombran los sacerdotes para que dirijan tus ejércitos en las sagradas guerras, sino que también sabía vencer con la ternura deliciosa de su palabra, que era como un canto melancólico de cadencias que enamoraban.
Al Sol le saludaba en el crepúsculo, al levantarse, con un himno tan dulce y tan conmovedor, que cuando lo escuchó el mismo Maxtla, quedó maravillado y enternecido.
Tonatiuh que al único sér que había protejido desde hacía muchos siglos, era al blanco y misterioso Quetzacoatl y que indignado por tanta sangre como derramaban estas razas del Anáhuac, pensaba abandonarlas á su propia suerte bajo el dominio del negro Huitzilopochtli, subyugado al fin por la constancia de la adoración del desgraciado príncipe, determinó ayudarle cuando más inicuamente odiado y afligido se encontraba.
Desde entonces, al encontrarse hambriento y sólo en los desiertos, miraba siempre agitarse en las alturas sobre su cabeza inmensas alas y de pronto atónito, presa de un vértigo, caía en tierra.
Al despertar, veía á su lado fuertes y lucientes armas,
arreos marciales y abundantes víveres: era cuando vigoroso, ágil y audaz, tornaba á la guerra, desbaratando á sus enemigos que atónitos huían.
Las águilas enviadas por el Sol, eran las que ayudaban al perseguido principe.
El monarca Maxtla en tanto ejercía sus crueldades y sacrificaba sus víctimas al feroz Huitzilopochtli, al dios de la muérte, de la sangre, de la noche.
¡La noche, tú lo sabes! ¡oh Rey! también tiene sus aves negras que inspiran traiciones á los cobardes. Huitzilopochtli es la venganza y el exterminio.
El día, la luz, la fiereza, la magestad y la vida, están en el Sol; de allí emanan. Por eso sus águilas tuvieron que combatir con las águilas negras de Huitzilopochtli.
¡Cuántas veces Netzahualcóyotl yaciendo herido en la cima abrupta de un monte, contempló con angustia aquel combate eterno del Sol y la Sombra, representados en poderosas águilas enemigas que batallaban en el espacio sobre la tierra empequeñecida, contempladas por el dolor de un hombre!
El culto al Sol, es el secreto del poder de Netzahualcóyotl. Amalo tú si quieres ser grande Ya sabes, ¡oh mi
amado señor! ¡el secreto de la gloria de ese gran Príncipe; odia á la sombra, á la venganza, á la sangre, y entonces estarás tranquilo y la infernal tristeza que te enferma huirá para siempre de tu ánimo!
El Rey, al levantar la cabeza para saludar al Sol, víó con espanto que ya era de noche.
...las delicias de los que mueren combatiendo..
El paraíso guerrero
lanahuitl,» hijo del soberbio «Tecuhtli,» murió muy joven aún, pero predestinado á grandes empresas guerreras y á ser uno de los más gloriosos «yaogisques» del ejército «mexica,» cuyos triunfos por entonces, — era
HERIBEKTO FRIAS
época espléndidamente victoriosa de las vastas conquistas de «Ahuitzotl, — habían entregado á la gran «TenochtitiUn» inmensas regiones, ricas y fértiles, sometiendo tribus audaces y belicosas, Tlalnahuitl, refiere el viejo cronista de quien extractamos este curioso, bello cuadro de costumbrs aztecas, iba á dejar al augusto edificio en que los graves y sombríos sacerdotes del «Teocalli» supremo le habían educado para convertir el niño de noble extirpe en un magnífico Cáballero-Aguila...
Porque el adolecente ya endurecido por rigurosas penalidades, ejercicios y torturas en el interior del «Colmecac,» es de los demás raramente encumbrada prosapia. |Como .que su padre, confinado en remotos señoríos, reción sujetos al trono del Rey de México, es primo de la esposa favorita del excelso .«Tecuhtli mexica!»
¡«Tlalnahuitl» va á la guerra santa!
¡Cuánto entusiasmo lucen las pupilas negras del gallar do joven, que siente arder su sangre noble, de antiguos héroes, al pensar en la gloria de que vendrá rodeado cuando regrese, triunfal como tantos otros jóvenes que le han precedido y ya son veteranos y mandan ahora compactas y aguerridas masas de flecheros y manejadores de hondas en las filas que avanzan, extendiendo los dominios del Gran Tecuhtli!
Ya el doncel terminó sin desfallecer sus crueles sacrificios; ayunó tranquilamente semanas y meses; sostuvo combates, con macanas ó á puño firme; con sus maestros; se ejercitó en largas y rapidísimas carreras y permaneció largas horas extático ante el formidable «Huitzilopochtli,» alimentándose con trozos de corazones de víctimas, be-
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biendo sangre de enemigos... en vez del fatal «neutli» que sólo los apocados ó los ancianos podían apurar hasta embriagarse...
En la víspera de la partida del ejército que marcha á reforzar al que en los confines del Tlaxcala obra terriblemente, dando atroces combates para arrancar á los orgullosos rivales los prisioneros necesarios, para que el Dios de la Guerra — que sólo está alegre y es propicio á reyes y pueblos, embriagándose en sangre humana, recien vertida delante de su divinidad siniestra, sangre roja y caliente — quede satisfecho y sacie su extremada sed que le da vida y poder, y nueva y más poderosa majestad á la mexica, su favorita y muy amada.
Mañana el nuevo ejército que va de refresco á reforzar los que apenas bastan para custodiar tantos enemigos prisioneros, partirá más orgulloso y frenéticamente resuelto, á la batalla y á la muerte, que el que le precedió, porque aquél lleva entre la flor de la juventud nueva del «Tecucheatli y del Calmeac, al digno y gallardo «Tlalnahuitl»...
¡Ya los sacerdotes que ven el porvenir en el misterio de sus hondas sabidurías, predicen que los prodigios que el sobrino del Rey ejecute, serán de esos que hacen que el nombre de un héroe sea el toque de carga más entusiasta, para lanzar las masas al asaltio...
Más, cosa extraña, aquella víspera de tan fausto acontecimiento, de aquel día que con tanta ansiedad esperaba
desde hacía tantas lunas, el doncel... el grave sacerdote, el más anciano y que mejor interpretaba la vida que más alia de la tristeza y abatimiento en el semblante del joven... Sus pupilas, antes vivamente fulgurantes, parecían muertas...
— ¡Como!... Tú, el apuesto, el fuerte, el alegre, el invencible, el gallardo, esperanza de nuestro Dios, anhelo y futura viva macana de nuestro Tlecuhtli muy venerado y muy querido Señor, tú, sobrino, hijo, y nieto de tecuhtlis y de bravos yoayisques, que ya admirado por los Cuatlisques del Oalmecac sagrado y noble y los Ocelotlos del valiente Tepuchicatl. ¡Oh! tú que vas á ser águila excelsa que irá un día á los Tecpans fabricados con rayos de luz de crepúsculos del Tonatiuh, donde mirarás de frente su divina excelsitud... ¿es posible que tanto enturbie la tristeza tus ojos negros como la obsidiana de las flechas que disparan en la sombría Mictlan de las noches sin luna? ¿Qué sombra pasó por el brillante relámpago del entusasmo?... ¡Habla!...
Calló solemnemente el viejo sacerdote, cuya siniestra túnica y el rostro untado con negro alli semejaban un fantasma pavorosísimo delante de la gallarda figura del joven educando...
Quien después del breve y respetuoso silencio que exigía la veneración del rituaj, así contestó con extraña languidez:
Salud y eterno respeto, venerable señor; inmensa es tu sabiduría y por ella tienes el premio sobre humano de servir á nuestros dioses... ¡Que te conserven siempre semejante felicidad!... Señor que sabes lo que significa el misterio de los sueños, tú perdonarás mi tristeza; pero oye, anoche» en la única hora que dediqué al sueño .. tuve una visión espantosa para mí... ¡ella, la que deseo para que acompañe mis días bajo los tules frescos de nuestro Xacalli ó en los huertos de nuestro tecpan después de mis triunfos... ella que también es hija de valiente héroe y que también
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vive tras esos muros que dividen las vírgenes de los donceles, habia muerto!... ¿Puede ser verdad?... Si es así, no podré vivir más... ni tendré fuerza para luchar... ¡La soñaba y la veía siempre, tan bella y ligera, púdica y graciosa!...
— ¡Ah, ingénuo mancebo!... ¿Y te quejas de lo que preprecisamente significa un presagio de felicidad para tí?... ¡Torpe! ¿Con que la soñaste muerta?... Es verdad.,, hoy han desaparecido dos vírgenes del Calmecac; una que partió para el regio harem del Gran Tecuhtli, otra que partió á la región á donde van los que mueren en el campo de batalla, desqués de haber ensangrentado diez veces su macana en diez enemigos y de haber cautivado otros diez ..
— ¿Murió?...
— Pero para hacerte feliz... ella va á guiarte al combafe, va á apartar las flechas enemigas, sus piedras y las puntas pérfidamente envenenadas de sus cuchillos... ¡Peliz tú, hijo de nobles yaoyisques que has tenido tan venturoso sueño!... — ¿La veré algún día?
— Desde el instante en que mueras en plena batalla, mbatiendo, exterminando y habiendo llevado á las filas e la retaguardia diez prisioneros. . Entonces... llegarás al reino delicioso donde habitan, en soberbios palacios, servidos por doncellas bellísimas, los héroes... Oye atentamente, hijo mío, cómo es la ciudad de la dicha donde viven los qua en el combate caen derribados, — siempre que hayan formidado á sus enemigos y que nuestro granHuitzilopochtli tenga con qué saciar su sed de sangre y goce al mirar cómo nosotros los humildes siervos de su teocalli, arrancamos los corazones palpitantes aún y que gratamente humean... Escucha: Cuando un bravo como tú habrá de llegar siquiera á Cuahutli, ha tenido muchas lides y ha cautivado á infinidad de prisioneros, muere al fin sin procurarlo, entiéndelo bien, — entonces el mensajero del Sol, — príncipe amado de Tonatiuh le trae una águila gigantesca, fiera, magestuosa y rápida...
— ¿Será la misma águila que vieron nuestros padres posarse sobre el nopal?... — interrumpió extasiado el joven.
— ¡Oh! no, hijo mío, no es la misma; esa es la que se lieva á los tecuhtlis que mueren por la patria... Mas no importa: la que llega, envidiada por el Sol es prodigiosamente hermosa. En ella sube el yaoyisque muerto; abandonando su cuerpo... Llegan al reino de los valientes, aclamados por los héroes que salen á recibirlos; entonces bellísimas doncellas conducen en lujosas andas al guerrero ante el Gran Tonatiuh que se halla descansando allá del otro lado del mundo... En aquel palacio se miran eternas danzas de mujeres y audaces mancebos, mientras otros se pasean en los aires llevados por águilas... En los jardines hay tigres y venados que ir á cazar... y lagos de luz donde nadan peces de esmeraldas y ópalos.
...En chalupas magníficas se pasean los valientes, escuchando las canciones de las vírgenes... y viven ellos aliado de la mujer amada, y van cada año al Tecpan rojo de Huitzilopochtli, quien se encuentra ebrio de sangre...
¡Ah! Señor, yo iré á la guerra, haré prisioneros... mataré para encontrarme á la doncella que ha partido á esperarme .. á quien amo... á Xilitl!
[Miserable, qué dices!— ruge el sacerdote, presa de rabia súbita... ¿A ella amas?
— Con todo mi espíritu... y será mi esposa.
— ¡Estás perdido, sacrilego! — Si es ahora la esposa de nuestro rey... Cúmplanse los ritos. — ¡Aquí todos! ¡Venid!...
..,Y por tamaña audacia el noble mancebo fué muerto vilmente... y su espíritu no fué á habitar el reino de los héroes, sino el sombrío Mictlán, al rojo y negro infierno, pues la que amaba era la mujer del rey.
«Aguila Alerta» nada ante la balsa
"Aguila alerta"
isiones espantosas, sombras terribles, sombras de fantásticas mujeres gigantes coronadas de altísimos penachos de fuego, cabezas sin cuerpo volando infernalmente en una atmósfera rojiza, entre sangrientos corazones que saltaban multiplicándose hasta confundirse en una masa compacta, siniestra, que era como un mar de oleaje escarlata! Todo iluminado por anchas hogueras batidas por ráfagas de tempestad, poblaban los sueños del fanático Ahuizolt, ya en los últimos días de su vida, en el crepúsculo trágico de su reinado de exterminio.
La desolación de las huestes del emperador, tan amante del formidable Dios de la Guerra de los tenochca llevaron por todo el territorio del Anáhuac, hizo su nombre desde entonces el símbolo de la matanza, del terror, y al escucharlo las multitudes vasallas de sus dominios, temblaban como al oir clamores de muerte desvaneciéndose ante el relámpago púrpura de tan lóbrego apoteosis.
[Ahuizotl! ¡AhuizotlI ¡Ahuizotl! exclamaban los señores de lejanos países y su nombre fatídico repercutían las magníficas selvas del Sur apagando la solemne armonía de su eterna fiesta tropical; y las altas majestuosas sierras graníticas del Septentrión, hacia el misterioso país de Jalisco con bárbaras tribus nómadas que desparramaban devolvían el eco lúgubre y desolado en nombre de Ahuizotl, más frío que los hielos de sus cumbres en las noches invernales,
Porque después de sus largas campanas, á las que fué siempre expléndidamente propicio el sanguinario Huitzilopoxtli, el guerrero Ahuizotl para honrar al dios de la guerra dejó despobladas las villas y ciudades. Y eran más, mucho más numerables que sus ejércitos, las largas caravanas de víctimas que custodiaban y cuyos corazones iban á ensangrentar hasta el rebosamiento, las gradas del gran Teocalli de Tenochtitlán.
Nunca... ¡Ohl jamás, ni aún en los tiempos de la consagración del bravo Moctecuzoma, Ilhuicamina, se había derramado tan prodigioso caudal de sangre... nunca hasta entonces los ancianos yauvisques y los viejos guerreros águilas del palacio del sol y los directores sacerdotes
LEYENDAS HISTÓRICAS MEXICANAS 117
del augusto Calmecac habían visto que se arrancasen tantos millares y millares de corazones.
¡Oh rojo y trágico Ahuizotl, en vano brillan con épica fulgurancia los resplandores relámpagos de tus victorias que tanto habían de engrandecer el poderío supremo de la raza mexica; en vano tus hazañas y tu valor ilustran las regias plumas de tu penacho triunfal. La orgía de sangre en que ahogaste al nefando Huitxilopochtli, es un océano donde también se ahoga tu memoria bajo el lejano y tétrico nublado de odio... EL odio de tus pueblos vencidos, inextinguible y enorme como sus dolores, como sus anehas llagas abiertas por sus crueldades de sombrío fanático. ¡Oh siniestro Ahuizotll
Mas el poderoso Espíritu del Mundo, el Alma palpitante de la Naturaleza, el Hálito de la vida que doquiera sopla en su lid eternal contra la muerte, hija de la guerra simbolizada por Huitzilopochtli, — no fué vencido, y sobre el lúgubre monarca que sacrificó tantas víctimas en los teocallis de la ciudad mexicat, desencadenó su venganza al caer las últimas lunas de la vida del tirano!
Nobles y rectos ancianos venerados por piadosas vírgenes, recogieron la relación de sus postreras desventuras, de sus lóbregos sueños, al mismo tiempo que de sus más atroces crímenes, para hablar luego de los remordimientos que lo agobiaban.
El Amor y la Vida hicieron sangrar el alma de aquel que sembró siempre el odio y la muerte.
¡Su castigo fué ciuel!...
Antes de que temblara en los vértices no< turnos, desga-
HEUIBERTO FRIAS
rró su corazón el remordimiento, y después un amor desesperado que sellaron sus crímenes abatiendo víctimas inocentes.
De largas tiras geroglíficas encontradas en abultados rollos entre piedras labradas pacientemente por multitud de ignorados artífices, los sabios sacerdotes del último Moctecuzoma extrajeron la leyenda terrible del último crimen de Ahuizotl.
En ella referíasa con el sorprendente lenguaje del símbolo vivificado por el color y la línea, en esquemáticos dibujos, que uno de los más inteligentes guerreros del rey fué aquel cuyo nombre significa «Aguila Alerta».
Era de muy noble ascendencia de familia, y como era costumbre, hizo su educación en el Calmecac, donde aprendió el arte de orar y la ciencia de combatir, educando su cuerpo á fuerza de penalidades y sacrificios horrorosos, que al fin lo tachonaron de piadosas cicatrices.
Muy joven partió á la guerra, acompañando á los yaovisques más famosos y pasmó á los veteranos con su audacia incomprensible.
Y fué tal su arrojo, que se decretaron castigos contra él por haberse precipitado más allá de las líneas enemigas persiguiendo en una embrieguez de valor y en su frenesí de ataque, á los más valerosos, para tener el orgullo de llevarlos prisioneros exponiéndose á perecer iucautamente.
^luy pronto Uegó, pues, á ser un caballero águila.
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Ahuizotl le dió riquezas y mujeres, vastas tierras y poderoso y feliz después de un año de penitencia en ásperas sierras, cual era conforme al ritual religioso caballeresco de su orden, fué nombrado tecuhtli y obtuvo un señorío muy cerca de Tepeyacac, y allí hubiera, acabado su gloriosa carrera el guerrero, si no tuviera que acompañar á Ahuizotl á una de sus más victoriosas campañas sobre las Mixtecas.
En un peligrosísimo combate, salvó la vida á su rey y más allá de la región zapoteca, después de la victoria, tuvo que permanecer varios días en lo alto de una montaña, con orden de observar con sus fieras pupilas de águila, los movimientos de los enemigos.
Después, supo que Ahuizotl regresaba á Tenochtitlán rodeadando por las costas del mar que se tienden hacia los misteriosos horizontes por donde aparece el sol, aquel expléndido tonatihu, de quien era ferviente, adorador como digno caballero águila, el guerrero vasallo.
Quedaba abandonado con unos cuantos valientes en lo alto de aquella montaña, que fuera escogida como inexpugnable fortaleza para dominar á los rebeldes pueblos que la circundaban.
Mas he aquí que no obstina haber asegurado Ahuizotl, que pronto enviaría refuerzos ó pasaría de vuelta con su ejército al pie de las mismas vertientes de la montaña,
para volver por el mismo camino, atravesando el Valle del reino zapoteca para arribar á Tenochtitlán; días y días pasaron, sin que el águila, en su encaramado puesto, pudiese saber nada de los ejércitos victoriosos de su señor.
Hubiera muerto allí satisfecho, contento y heroico, con la seguridad de ir después de espirar, hacia el imperio del sol, donde van las almas de los valientes que mueren en la guerra; pero él sentía el dolor atroz de abandonar á una mujer que amaba con frenesí, con tal pasión, como nunca la había sentido para ninguna otra, por rara y escogida joven y solicita que fuese.
Ella, hija de un guerrero mixteca, había abandonado por él su patria, arrostrando la maldición de los suyos sólo por su amor, seducida por el arrojo maravilloso del caballero águila y por su apostura gallarda y altanera como la del ave triunfal cuyo traje vestía. Ahuizotl también la amó, pero la hija del mixteca rehusó su amor y como ya pertenecía al bravo guerrero, el monarca no pudo apoderarse de ella.
Entonces abandona al caudillo sobre la montaña, dándole orden de esperar, observando el valle, y luego parte el rey de vuelta de su campaña por la costa oriental, por cuyas candentes playas se tendían á veces en las noches sus populosos campamentos donde se alzaban clamores de soldadescas ébrias de victorias y riquezas, llevando millares de prisioneros y dejando tras sí hondísimos abismos de odio... y aquel infeliz tecuhtli desamparado, solitario viudo.
Comprendiendo por fin la infamia de su rey, seguido de sus más audaces, bajó de la montaña el águila, abriéndose paso por fuerza ó por súplica entre los pueblos devastados,
LEYENDAS HISTORICAS MEXICANAS 121
desde donde le señalaron el rumbo que llevaba el ejército tenochca. Una noche arribó á las playas rumorosas, frente al mar inmenso y negro.
Un grupo de soldados y mercaderes formaban un puesto avanzado al campamento de Ahuizotl, y le reconoce; se prosternan respetuosamente y le indican un punto vago del horizonte pálido, mar adentro.
— ¡Oh, Señor! allá va, sobre troncos de árbol... no quiso ser esposa del rey y nuestro gran tecuchtli, por no derramar la sangre de una mujer tuya, la arrojó atada allá lejos; allá flota sobre las ondas, en aquella balsa que se pierde entre las nubes... Sólo arrojándote al mar la alcanzarás, aunque sea en el reino del Sol, — le dijo melancólicamente un anciano mercader.
«Aguila Alerta» se arroja... y nada en las tinieblas, en las tinieblas á veces desgarradas por la luna, hasta que llega ante los leños, donde atada sobre un tronco izado, agoniza la mujer de su amor, ¡la qué ha perdido su familia y su patria por él!...
Cuando alcanzó la balsa, la víctima era cadáver, pero á él se abrazó el guerrero... Y al día siguiente, después de terrible tempestad, Ahuizotl aterrorizado, vió dos cadáveres sobre la playa, cariñosamente unidos en divino abrazo.
Desde entonces empezaron las sombrías visiones del siniestro rey.
El tlaxcalteca Rubio
El juego del volador
•batido por fin el Imperio de Atzcapotzalco, aniquilados sus reyes, convertidas en cenizas sus opulentas ciudades, después del colosal incendio que barrió con la grandeza Occidental en el Valle, Tenochtitlán, aliada
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de Tetxcoco y Tlacopam, resplandeció en una gran soberanía refulgente.
Los despojos del Imperio vencido, sus vastos y fértiles terrenos ricos en granos y frutas, sus huertos, sus esclavos y hermosas mujeres enriquecieron la ciudad de los lagos con el resto del botín que tocó al Emperador de Texcoco.
Los teocallis fueron suntuosos, ensangrentándose á diario sus ya soberbias graderías con las víctimas inmoladas ante las aras de Huitzilopochtli.
Hartáronse los mexica con los calientes corazones de sus verdugos.
¡Oh! la roja águila de la tradición sacerdotal, hizo bien un día en posar sobre el verde cactus devorando la enroscada y vencida serpiente; en tanto que nubes de plata y nácar resplandecían en el fondo del horizonte!...
Por eso quizá, habría de ser más tarde el símbolo heráldico del estandarte mexicano la trinidad de aquella armonía de colores; la púrpura del águila, el verde primaveral y lozano de esperanza, y el puro armiño!...
Rivalizaban, pues, tras tan estupendas victorias, el Imperio acolhua y el Reino mexica.
Netzahualcoyoti, gloriosísimo en la capital de su Imperio, administraba justicia, dictaba sabias leyes, atraíase á los señores de distintos pueblos, daba á las muchedumbres trabajadoras ó militantes suntuosísimas fiestas. En suma, hora de alegría vélasele pasar llevado en lujosas andas multicolores, exornadas con gallardos plumajes, conchas, perlas y flecos de algodón espolvoreado de oro... Y entonces, la multitud frenética de placer al contemplar tan grande á su soberano, le aclamaba estruendosamente,
Y luego, allá en sus alcázares de Huejotzingo, el victorioso monarca dedicábase tranquilamente á dirigir la plantación de primorosos jardines.
¡Oh! vergeles, ¡oh! constelaciones de flores que salmodiaban en el ambiente puro el himno armonioso de sus aromas exquisitos y la gama espléndida de sus tintas régiasl
Netzahualcoyoti construía palacios de rosas blancas y portadas de púrpuras sangrientas, todo fabricado con un arte soberano bajo cuyas arcadas solía pasar pensativo y soñador, evocando tal vez á solas las tremendidades sombrías de sus viejos recuerdos.
— A veces el poderoso Emperador del Oriente del Valle allá en su delicioso Huejotzingo, daba á sus amigos y aliados, á todos los príncipes guerreros que le habían ayudado á la reconquista de sus feudos y al recobro del trono magno que Tezozomoc, el tepaneca habilísimo, le arrancara á su padre Ixtlixochill, el leal y justo acolhua.
Allí en la grata esplendidez artística de improvisadas galerías florestales vivas y perfumadas iban las procesiones de vírgenes extranjeras, bellísimas y raras, de jóvenes doncellas traídas como la mejor ofrenda y el más digno tributo de muy lejanas legiones... tímidas rosas humanas abiertas á la ternura magnánima del Emperador poeta.
En círculo, — triple círculo maravilloso, — sentábanse las doncellas ante el trono4 cabe las albercas cristalinas cuya frescura impregnaba delicias en los cuerpos, llegando en ráfagas húmedas. Los nobles mexica alternaban entre sí con los gentiles colhuas, los más bizarros de la juventud marcial de Texcoco, en tanto que los de Tlacopam, Tlaxcala, Huejotzingo, Chalco y Xochimilco, eran apenas co*
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mo muchedumbre sumisa de vasallos amedrentados, y prontos al sacrificio por el amor ó el miedo.
Y antes de empezar las danzas sagradas, cuando el buen Netzahualcóyotl en instantes de plácido abandono llegaban memorias de amargos días de proscripción, mirábase ahora fuerte, respetado y grande, solía levantarse súbitamente interrumpiendo el festival grandioso y con acento de honda melancolía cantaba sus versos... después, rompían en concierto estruendosísimo los huehuetls y los teponaxtles como allá en Tenoxtitlán cuando se daban los grandes bailes del Coatepantli, cuyos amplios patios se estremecían al son de las sacras músicas.
Empezaba la danza... Tecutlis, guerreros y sacerdotes ancianos, formaban cordones en amplias circunferencias concéntricas, y tras éstas, los jóvenes del Calmecac gallardamente vestidos, danzaban más rápidamente aún, al ritmo triste y cadencioso de la orquesta; mientras más allá, los bailarines de las extremas líneas teniendo que completar al mismo tiempo una carrera circular al propio compás de los teponaxtles, eran arrebatados en un vértigo asombroso, en un frenesí diabólico.
Era entonces magnífico el espectáculo de aquellos miles de danzantes vestidos con lujos extravagantes, adornados con ramas entretejidas de rosas, coronadas las frentes de amapolas.
Cerca del templo exornado con las más delicadas flores, por entre improvisadas grutas, surgían repentinamente parvadas de niñas... niñas -colibríes, doncellas-mariposas... Aquellas, vestidas con brillantes plumas aúreas y de tor:
nasolaniientos mágicos, irizaciones de oro y plata; aguzando sus piquitos primorosos, y éstas, las mariposas, prodigiosamente adornadas con mantos blancos salpicados de plumillas, conchas y nácares teñidos de rojo con tonalidades metálicas, y llevaban sobre sus frentes cascos obscuros, con largas, negras y caprichosas antenas.
Las humanas mariposillas y las aves-mujeres en torno de los danzarines vagaban en rápidos giros subiendo á las altas enramadas por entre las cuales traveseaban alegremente, lanzando al viento ligeros gritos que imitaban los trinos de los zenzontles, ó ya caían con saltos graciosos, para fingir en sus carreras el revoloteo presuroso de las aves que imitaban. Con gran algazara por la nobleza, los guerreros y las lejanas muchedumbres del pueblo que podían contemplar la escena, eran aclamadas. Los guerreros aplaudían ruidosamente, y á veces el gran Netzahualcóyotl desde lo alto de su trono, premiaba tanta agilidad y donosura con benévolas sonrisas que hacían la felicidad de las jóvenes, en tanto que las danzas sagradas continuaban su ritmo lento y melancólico.
En una de aquellas magníficas festivales, cuando aun era el árbitro del Valle el Emperador acolhua, encontrándose en sólida alianza con sus compañeros en Tlacopam y México, cuando aun la esplendidez de su corte eclipsaba la naciente magnificencia de Tenochtitlán, miles y miles de próceres en torno del monarca presenciaban las danzas sacras en Texcotzingo. Era la hora de los gritos de las bellísimas niñas-colibríes y de las jóvenes mariposas.
Netzahualcóyotl seguía con avidez curiosa la carrera voladora de la más gentil y bella; y al mirar cómo de un ligero salto descendía de alta roca enflorada, sonriendo lindamente al gran tecutli, éste, en el colmo de la admiración,
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se levanta, y con un ademán hace que se le acerque. Y ella, rápidamente, volando casi, cual verdadera mariposa de los campos, más gallarda aún, llega al trono del soberano... él, extasiado, la contempla, la admira, sonríe de nuevo con augusta placidez, enamorado de la poesía de su belleza nubil y virgen; y allí mismo, ante la corte estupefacta, coloca sobre los hombros de la mariposilla el mismo manto riquísimo y bordado de oro y perla que los reyes de México y Tlaltelolco le habían obsequiado aquella misma mañana.
— Mi gran señor, ¡ohl digno tecutli, toma el manto que has dado á mi adorada y gentil flor tímida... Ella es hija de la orgullosa Tlaxcala, yo voy á ser esposo de esa virgen, soy un guerrero que no tiene sino su macana, y allá lejos, tras esos volcanes, un trozo de terreno sembrado de maiz, un huerto y su jacalli... No quiero que ese manto la haga ambiciosa y trastorne su corazón, no lo queremos señor, y permitidnos apartarnos de la fiesta.
— ¡Ahí [insolente! — rugió en su cólera Netzahualcóyotl, — más reprimiéndose, añadió — yo te daré grandes riquezas, para que así no te humilles; pero habrás de ganarlas ejecutando lo que te ordene.
— ¿Con quién he de combatir?
—Vencerás en el juego del volador á los jóvenes mexica que son los más famosos...
Y el rey llamó á un íntimo de su servidumbre, luego ordenó que se suspendiesen las danzas y principiara el famoso juego.
Un entusiasmo delirante hizo estremecer con inmenso rumor de mar las muchedumbres. ¡El juego del volador!
Irguióse altísimo morillo en el centro de la gran plaza, prontamente despejada. En su alta extremidad, giraba
sobre el propio eje, un cilindro del que partían varillas en cruz, formando un sólido y ligero tambor. Bajo de él se enrollaban largos cordeles, fuertes y elásticos, terminando de cada uno de ellos un lazo.
Ataviados con plumajes, cascos y alas de águilas, altivamente ágiles, trepan por el morillo tres robustos jóvenes aztecas. Y el tlaxcalteca tras ellos, subió también entonando una canción de guerra que aplaudieron los jóvenes de la nobleza y que el rey escuchó sobriamente.
Un joven tlaltelolca fué á colocarse erguido en lo más alto de la culminante columna; y desde allí arrojaba flores, en tanto que el cilindro principiaba á desenrollarse lanzando al viento sus cuerdas — aquellas cuerdas en cuyos extremos iban atados los cuatro jóvenes-águilas.
Primero empezaron á girar ciertamente, describiendo círculos más y más rápidos y ámplios... y en tanto que el alto cilindro giraba, las cuerdas se desenrrollaban más y más velozmente, extendiéndose, trazando círculos vertiginosos que hacían extender las alas de aquellas águilas humanos. Desenrollábanse las cuerdas hasta llegar al vértigo de un frenesí de velocidad y fuerza, y por fin, llegaron á describir, unas tras otras, circunferencias horizontales en que ya no se distinguían los detalles de los voladores ^héroes de aquel juego estupendo acompañado por el chirrido lúgubre del cilindro.
Súbitamente una de las águilas, arrebatada al espacio, se lanzó fuera de su órbita como una piedra lanzada por la honda poderosa de un guerrero mexica... El cuerpo del tlaxcalteca fué á estrellarse allá lejos, contra los surcos de un teocalli.
Un grito surgió de la multitud. Netzahualcóyotl había sonreído...
Aquella sonrisa había de costar más tarde muchas lágrimas al rey acolhua.
En el festival del Sol
Un hijo de Moctecuhzoma
kE asegura que esta es la traducción que de largas tiras geroglíficas del tiempo de Moctecuhzoma, hicieron frailes dominicos.
¡Desventurado Tlaxmilcotl, oh hijo del gran rey que por un insensato amor estuviste afrentado como el último macehualle, y que desconocido por tu grandioso padre Ilhuicamina, pereciste en la piedra del sol derramando tu sangre dentro del gran templo de las águilas!
Hijo de los amores del terrible monarca mexica, con la más preciada manceba del rey de Texcoco, tu historia es tan dolorosa y tan heroica, por no haber querido descubrir la realeza de tu origen tecuhtli que había de grabar-
130 HERIBERTO FRIAS
se para que pronto sea conocida y admirada por los nietos de tu raza yaoquisque.
Sucedió que un día la mujer de cierto jefe anciano, fué llamada al Tecpan de Moctecuhzoma: allí le entregaron un niño en cuyos brazos, con púas de maguey se le habían delineado las figuras simbólicas de sangrientas víboras, y á la esposa del guerrero quitáronle su hijo diciéndole que callase.
El esposo, acatando la voluntad de su rey, dedica al niño á su Dios Huitzilopoxtli colocando en sus manecitas el arco y la pequeña rodela.
Y así fué como el verdadero hijo del viejo militar, fué aceptado entre las mancebas del Rey, en tanto que el otro niño regio, pasaba su infancia sin el brillo qué mereciera su estirpe.
A los quince años aquel fué enviado al gran Calmecac aristocrático y suntuoso, edificado dentro del Templo Mayor, donde se enseñaban ciencias y artes y se formaban los altos sacerdotes para el culto, recibiendo al mismo tiempo esmeradísima instrucción guerrera.
Los mancebos y vírgenes del Calmecac, eran todos hijos de tecuhtlis nobles, de pleclaros príncipes de sangre aristocrática que ocupaban los principales puestos gerárquicos en los ejércitos del reino.
LEYENDAS HISTÓRICAS MEXICANAS 131
El hijo del Rey, á la misma edad, fué conducido á uno de los techpuscalli á donde iban los jóvenes de más humilde raza, hijos de cualquier yoaquisquete para instruirse en el arte de la guerra, y endurecerse en diarias y rudas fatigas, hasta lograr salir á campaña guiados por los tepuchtlato ó maestros de combate...
Tlaxmilcotl llevó mucho tiempo la áspera vida del noviciado terrible: trabajos atroces desde el amanecer, oraciones constantes, sacrificios personales, desgarramientos por heridas con pequeñas navajas de oxidiana, ayunos y abstinencias... Y ¡ayl del que bebiese el blanco octli embriagante... La muerte más cruel y larga, era su ejemplar castigo, y por faltas leves encendiáles con ocotes ardiendo, los cabellos!
A los veintidós años ya había regresado varias veces de hacer la guerra sagrada contra los chalcas, y de allí había vuelto gloriosamente, refiriendo de él sus jefes y maestros, magníficas heroicidades; por lo que pudo usar sobre su cuerpo, lujosas sartas de conchas y caracoles, ostentar al cuello gargantillas de oro, y sobre su cabellera orgullosamente peinada hacia arriba, penachos de plumas blanquísimas.
En vano doncellas hijas de yoaquisquetes, menos eminentes que su padre adoptivo, le fueron ofrecidas en las danzas religiosas á que asistiera según los rituales del tepushcalli.
Jamás intentó contraer matrimonio ni tener mancebas, porque era su carácter asaz taciturno y melancólico.
Volvió de nuevo á la guerra, y de ella siempre trajo más y más gloriosas insignias que fué obteniendo como espléndidos honores merecidos, según los prisioneros que capturaba en las batallas.
Cuando capturó dos enemigos, le permitieron el uso de ichcahuilpilli rayado, su macuahuitl, su 'chimalli rayado á semejanza del traje, un gorro terminado en punta, sin plumas, y un manto con cenefa sencilla de rayas.
Después, cuando logró traer tres prisioneros, usó el peinado rojo y con plumas y su manta era bordada; más tarde, habiendo logrado capturar hasta cuatro en un solo combate, se puso gallardamente soberbia manta listada de negro y rojo, con cenefa, y se cubría con un ichcahuipilli escarlata y terrible casco de tigre, por lo que llegó á ser todo un ocelotecuhtli, ó caballero tigre.
Mas no pudo llegar á caballero del águila ó cuahutli, por no descender de los que formaban el Calmecac, quienes podían colocarse su casco y armadura, imitando la cabeza y el cuerpo de una águila.
Cuando tras largas series de batallas llegó á ser un tíacatecatl valeroso, pero cada vez más misterioso, porque había rehusado el amor de las mujeres más bellas, se inició la guerra para someter á Metlac, — el único señoría chalca que permanecía sin rendir tributo á Tenochtitlán.
LEYENDAS HISTÓRICAS MEXICANAS 133
Tlaxmilcotl partió, y trajo entonces seis prisioneros. Iba pues, á ser Cuachic.
Mas él pide la vida del más joven de sus cautivos, á Moctecuhzoma. Ya le iba á ser concedida, cuando un noble Cuahutli — caballero águila — se interpone diciendo al rey:
— Señor, te engaña; ese prisionero es una mujer. Yo, educado en el noble Calmecac, la pido para mí.
Moctecuhzoma otorgó la prisionera al que solo por su linaje la pretendía, y á quien obtuvo su origen aristocrático.
El desdeñado guerrero se alejó sombríamente; y cuando, semanas después, lo llamaron para ir á la campaña, se negó á batir á los chalcas, pretextando fiebres atroces. Entonces fué degradado ignominiosamente. Arrebatáronle las insignias, y públicamente se le convirtió en un obscuro vil macehualle, en un plebeyo cobarde, indigno de llevar las nobles armas de los tenochcas.
¡Pobre ignorado valiente hijo de Moctecuhzoma! ¡Lo primero y último que había pedido á su padre, se le negó: el amor de la única mujer que le había interesado en su vida, — tal vez por valiente y digno, — por haber sido más que un hombre en el campo de batalla, donde ella fué la única que lo hirió mortalmente...!
En el gran festival del Sol en el Palacio de las Aguilas, cuando esperaban el sacrificio del cautivo mensajero, que había de llevar al dios astro las preces de los guerreros mexica, según los rituales, — los sacerdotes yoaquisques, los tecuhtlis y los macehualles, encontraron muerta á la víctima.
Hubo un pánico inmenso; pero al instante surgió un hombre que dijo:
— Yo soy el que merece sacrificarse; estoy signado por los Dioses, tengo la serpiente simbólica en mis brazos, — y los mostró á los sacerdotes.
— ¡La serpiente es propicia para el águila, — favorita y amante de Tonatiuh; yo iré al Sol á pedir favores para mi patria!... (Quiero ser sacrificado!
El sacrificio se consumó. El subió las gradas de la enorme piedra; quitáronle el báculo y la rodela que le habían entregado, y, degollándole el sacerdote, se esperó que su sangre corriese hasta agotarse para arrancarle el corazón, que fué presentado al Sol, á Tonatiuh, el ídolo de la Casa de las águilas... La multitud se estremeció, delirante...
Y 'después, principió el desenfrenado vértigo, la danza de los caballeros-águilas y de los tigres, al son del huehuetl y del sagrado teponaxtle en el gran patio del teocalli. .
Así fué como terminó su rara y heróica existencia, aquel desdichado hijo de Moctecuhzoma Ilhuicamina.
El agua subió hasta los enormes teocallis.
El flechador del cielo
ran extremecimiento en Tenochtitlán: allá en Tíacopan, cerca de las ruinas del Imperio de Atzcapotzalco, las multitudes guerreras que medraron á la sombra del rey mexica — aquel conquistador afortunado y aguerrido,— se agitan sombríamente temiendo la caída de su prestigio, ó la tiranía funesta del nuevo procer que debe levantarse allá en el gran teocalli que se alza en la ciudad reina de la gran laguna.
El señor eminente del Imperio acolhua, es el único que más que nunca, hace pompa y lujo con sus grandiosas exequias y sus funerales galas en honor del difunto rey Ixcoatl, su pariente y protector muy querido, y muy poderoso aliado.
¡Oh, sí! El gran Nezahualcoyotl que debía en parte muy principal su poderío á las bondades y empresas audaces del rey de México, en aquellas ocasiones tan adversas que hicieron peligrar su vida y que por ello le guardaba profunda gratitud, tuvo que desplegar soberano fausto cuando supo, sobresaltado, su muerte.
Los feudatarios, todos los señores que tenían extensos terrenos en el Oriente del Anáhuac, creyendo que al sucumbir el guerrero Ixcoatl el reino acolhua aumentaría su preponderancia, confundieron los rituales del fúnebre acontecimiento con la algazara de la elección del nuevo monarca del vecino reinQ mexica; y por ello hicieron ostentación irrespetuosísima con la algarabía tumultuosa y estentórea de sus danzas y miles de orgías.
Muerto Ixcoatl, el fuerte ¿quién sería el ungido con ullis sagrado ante el dios Huitzilopochtli en las grandes coronaciones regias de los tecuhtlis de México?
Moctezuma Ilhuicamina, — el flechado del cielo — porque tal significaba su bravo nombre de tan peregrina audacia.
¿Quién, si no el magnífico caudillo que condujo á la victoria á través de noventa días que fueron noventa batallas, sus huestes aliadas á las de Nezahualcoyotl hasta aniquilar á los portentosos ejércitos numerosos del cruel déspota Maxtlaton? ¿Quién sino el príncipe que salvara Tenochtitlán del asalto prodiogiosísimo y rápido de los tepanecas, desafiándolos él solo; quién sino Moctezuma, el de la certera flecha de fuego tan voloz y tan terrible, que, decían sus amigos y sus íntimos ayudantes y tenientes, que flechaba á las mismas estrellas en las noches claras, y daba se-
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guros saetazos, aseguraban los sacerdotes, á los breves relámpagos flamíjeros aún en plena iracundia monstruosa de las tempestades?...
¿Quién de la real familia de Ixcoatl podría sostener el peso de tan terrible carga, sino el Ilhuicamina indomable?
Por eso los proceres y los ancianos sacerdotes, unánimemente le eligieron como augusto rey.
' Y en verdad que era un gran adalid el aguerrido principe que habían elegido por Emperador.
Y era á la par sumamente piadoso, muy dado á las justicias santas y á los rituales sagrados del gran Teocalli...
Bien sabía que sus proezas eran conocidas por doquiera. Niños, ancianos, doncellas, trabajadores, la gente del pueblo y los ingeniosos artífices de los templos, de los palacios y de los grandes diques y calzadas que hermoseaban la ciudad, conocían su nombre y lo aclamaban: lo aclamaban como al único libertador de su raza, y el único que pudiera ser digno rey de todos los pueblos dsl Anahuac.
Admirado por los de su familia real, congraciado con los sacerdotes de Huitzilopoxtli y de todos los teocallis que se multiplicaban en el recinto de la ciudad; favorito y popular entre las muchedumbres guerreras. Moctecuzoma conocía que era merecedor de su gloria; pero ambicionando agrandarla, se propuso querer la guerra sagrada y ser el primero en hacerse caudillo, su primer caudillo.
Era preciso ser digno del gran Dios de la Guerra y de sus mismos súbditos y vasallos-reyes quienes ya nunca, á
partir de entonces, podrían dudar de su prestigio imperial, habiéndolo sellado con sangrientas hazañas.
Así es que, mientras transcurrían los ochenta días de exequias funerales en honor del difunto Ixcoatl, él determinó partir á la campaña de Chalco para traer numerosos prisioneros que había de sacrificar solemnemente ante el Dios tutelar de su raza, el rojo y tremendo Huitzilopoxtli.
Fulminante acometida fué la suya frente de los guerreros jóvenes y atrevidos, que cón él iban orgullosos á llevar la guerra á los chalquenses á quienes debían hacer tributarios.
Los nietos de los que fueron en un tiempo los amos de los antiguos mendigos mexicas, iban á ser esclavos ó víctimas de los sucesores de aquella raza vagabunda que tanto despreciaron los suyos en un tiempo.
La campaña principió. Las batallas se sucedían terriblemente, cediendo los chalquenses palmo á palmo, dejando tras sí ríos de sangre...
Y así pasaban días y días, sin que, en suma, pudiese adjudicarse la victoria á ninguno de los dos furiosos bandos enemigos. Había matanzas y no victorias.
Hubo una tregua al fin; la pidieron para solemnizar la fiesta de su Dios Camatxtli, los guerreros de los ejércitos chalquenses.
Y así dijo á los tenochcas el jefe chalca:
— Valientes hijos de la grande laguna, así como adoráis vuestro Dios tremebundo, nosotros amamos á nuestro protector el celeste Camaxtlí á quien debemos todas las glorias de que disfrutamos; él es también fuerte y valeroso, él también bebe la sangre de nuestros enemigos y se ali-
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menta de corazones vivos... Permitid que no combatamos durante cinco días con vosotros porque tenemos que ornar el Teocalli de nuestro Dios, y prevenir las tinajas donde ha de esprimirse la sangre vuestra después del combate del día de su festival, en que todos vosotros habréis de ser nuestras víctimas propicias... Tenochcas bravos, permitidnos la tregua, pues al fin habréis de morir más gloriosamente en el día de la fiesta de nuestro gran Camaxtli... Y si eso no acontece. Huitzilopoxtli será entonces el grande, y nosotros sus víctimas... ¿Queréis? La tregua se aceptó. Ambos ejércitos descansaron.
Cinco días después se reanudó la batalla. Las columnas mexicas, colhuas, xochimilcos y tlaltelolca?, avanzaron paralelamente llevando á su frente á los veteranos de las antiguas guerras, que con sus anchos chimallis protegían el fondo de tan terribles mazas... Moctecuzoma, con ingenioso ardid, en el instante del choque, decidió la victoria.
De los pueblos y de las ciudades cercanas y adictas á su causa, levantó quince mil niños de diez á catorce años de edad, vistiéndolos y armándolos ostentosamente, con los mismos despojos que habían caído en las manos de los suyos cuando las guerras contra Maxtla. Y aquella enorme muchedumbre infantil, apareció por un flanco acometiendo á los ejércitos chalcas, cuyos generales al juzgar las nuevas y tremendas fuerzas enemigas, dieron la señal de retirada... y se retiraron hasta refugiarse como en el último reducto posible, de la despavorida Amecamecas.
¡Doscientas catorce veces se abatió sobre cráneos chalquenses la macana de Moctecuzoma.., y doscientos ca-
torce cadáveres chalcas quedaron tendidos en aquellos campos.
¿Y sus flechas?... ¡Ahí fueron tantas las que disparó el marcial tecuhtli ese día; que ni sus más fieles servidores pudieran llevar la cuenta así afirma el viejo cronista mexicano de este tan estupendo episodio del primero y más bravo y terrible de los Moctecuzomas!...
A Tenochitlán regresó pocos días después antes de terminarse las sagradas exequias por Ixcoatl, llevando centenares de prisioneros — flor y nata del vencido ejército que fuera potente y glorioso de los chalcas.
La consagración de Moctecuzoma Ilhuicamina en el trono de Tenochtitlan, fué la más imponente que hasta entonces se hubiera presenciado en todos los reinos del Anáhuac...
Del tecpam del príncipe guerrero, partió lentamente y en profundo silencio, larga y suntuosísima procesión; fué un solemne desfile de sacerdotes, tecuhtlis, sacerdotizas, señores de lejanos reinos, altos guerreros, esclarecidos súbditos, artífices, ancianos padres de los más heroicos jóvenes que habían muerto por el rey, mancebos del Calmecac y lindas doncellas... Y tras magnífica escolta de caballeros águilas y caballeros tigres, entre los reyes de Texcoco y Tlacopam, avanzan el príncipe Moctezuma triunf alíñente humilde; apoyado en los robustos guerreros, y así subió hasta llegar al gran teocalli ante el siniestro Huitzilopoxtli.
Allí le ungen con el ulli negro, asperjen sobre su cuerpo el agua sacra con ramas de cedro y sauce; colócanle al cuello tiras rojas con pendientes de oro y piedras preciosas... y entonces él, tomando de un brasero el copalli humeante, ofrécelo al ídolo.
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Arenga al rey el sacerdote; un tecuhtli le recuerda que es el amante padre de toda una nación que le obedecerá. Las muchedumbres escúchanle con un silencio sagrado; esperando que del cielo descienda la voluntad que hará de su rey el guiador de la felicidad de toda su potente raza.
Y tras cuatro días de ayuno y penitencia, de clavar sobre su cuerpo numerables púas de maguey hasta teñir de rojo con su propia sangre el broncíneo y recio cuerpo Moctecuzoma ocupa el trono de Tenochtitlán, aquel ya heniesto trono salpicado, bañado por la sangre de millares de víctimas porque fueron infinitas las cifras que apuntaron los sacerdotes del gran Teocalli, de aquellos desdichados prisioneros traídos de todos los puntos extremos del Anahuac, para festejar horriblemente la consagración del piadoso rey.
Más aún le parecieron pocas, porque hubo de desencadenarse sobre la ciudad sobérbiamente espléndida, retías y continuas tempestades precedidas de nevadas insólitas y furiosísimas.
Era que tras el desenfreno de las victorias del rey conquistador que no podía conciliar el sueño sin haber visto correr arroyos de sangre, y mirar miles de corazones arrancados de cuerpos vivos que se ofrecieran á su insaciable ídolo de la matanza, se desencadenaron los colores de la naturaleza.
La altiva Tenochtitlán, se inunda con aquellos diluvios diarios, y el agua hubo de subir muy alto hasta las gradas de las enormes teocallis á donde, temblando, iba en su barca en plena tempestad, el atribulado flechador del cielo.
El príncipe Moctezuma derrota á los tepanecas
Las primeras batallas
¿fefe-UANDO en el floreciente reino de Alcolhuacan dovÉtg minado por la tiranía de Maxtlatón se supo que el joven príncipe Netzahualcvyotl residía en el palacio de Ixcoalt en Tenoxtitlán, preparándose para levantar sus ejércitos y recuperar su querida ciudad de Texcoco, hubo una soberana explosión de entusiasmo. Una ráfaga de delirio sopló entre todos los señoríos y reinos occidentales del gran valle.
¡Por fin el hijo de Ixtlixochitl, ocuparía el trono usurpado!
Iba á llegar la hora en que tendrían que cesar las crueldades y abominaciones del déspota tepaneca.
Entonces fué, cuando por última vez, el infame juró, loco de rabia, el exterminio de las razas acolhua, tenochca
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y tlaltelolca y de todos los que ayudaron á ésta en la guerra que preparaban.
Jamás lós desolados habitantes de Atzcapotzalco habían visto semejante huracán de cólera en su rey, ni aun después de la declaración guerrera de Ixcoatl, como el día en que supo que Netzahualcóyotl, prisionero, había huido con su esposa favorita, — la misma esposa de Maxtla, — y nunca como entonces, presenciamos un suplicio tan largo y cruel que el que sufrieron públicamente los guardias todas de su Tecpam; por haber dejado burlarse, provocando la sacra indignación del feroz tecuhtla.
Netzahualcóyotl envió á sus más fieles amigos colhuas hacia los reinos de Tlaxcala, Huejotzingo y Ghalco, para convencer á sus señores de que debían unírsele para atacar el insolente poderío de los tepanecas, alzando de nuevo la supremacía del reino de Acolhuacán en el Oriente y el brillo suntuoso de su capital, Texcoco.
La respuesta de la embajada fué el envío de tres ejércitos que se unieron en las calzadas de Tenochtitlán con los caudillos acolhuas á cuyo frente estaba el destronado rey.
Aquel ejército parte orgullosamente rumbo á Caipulalpan, donde las columnas tepanecas, en apretadas filas, esperan la embestida, que es tan hábil y rápida, que en un instante huyen presas de pánico atroz.
Netzahualcóyotl entra triunfalmente á la ciudad de sus abuelos gloriosos, con gran júbilo de sus habitantes.
Las doncellas más hermosas de Texcoco le llevan ricas mantas de algodón y plumas preciosas rebosando las más frescas y perfumadas flores de los vergeles de Tescutzingo
— tan gratas al valiente rey. — Sin embargo, regresaba con la sombra de un dolor en el alma: la muerte de su salvadora, de su amante Mixhuicatecall, la antigua favorita de Maxtla, quien súbitamente enamorada de la gracia regia del prisionero de su amo, le abriera la infame cárcel para partir luego ambos, hasta llegar al romper la aurora á Tenochitlan, donde Ixcoalt hubo de recibirlos con franca y noble alegría, viendo en la salvación de su sobrino el gran signo del Dios de la Guerra que les profetizaba gloriosas victorias futuras.
— ¡Huitzilopochtli está hoy con nosotros! — había exclamado Ixcoatl.
Ella, la arrepentida sanguinaria chalquense, fué quien quiso llevar la recia macana y la, fuer te rodela de su amado hasta el campo de batalla, donde pudo cubrirle de traidor golpe enemigo, cayendo luego bañada en su propia sangre... ¡Cayó mirándole con supremo amor!
Más él ni aún pudo recoger su cadáver.
Un grupo de tepanecas lo levantó rápidamente, en tanto que otro batía al príncipe guerrero, cuya macana tinta era un rayo de fuego exter minador...
Al sentarse por fin en el augusto Tlatocaipalli de los reyes acolhuas, Texcoco aumentó en magnificencia y riqueza, y aun de lejanos pueblos que viven más allá de los soberbios volcanes, llegando los hijos de sus teuhtlis á rendirle homenaje y espontáneos tributos, ofreciéndole para su serrallo preciosas mujeres de raza y misteriosa hermosura.
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¿Y cómo no hacerse amar después de haberse dado á temer, si el primer acto de su gobierno fué e' perdón general para todos sus enemigos?
Los señores que se rindieron al poder de Tezozomoc y Maxtla, traicionando su patria, adulando vilmente á esos déspotas usurpadores, temían una venganza espantosa de parte del airado Netzahualcoyoil, y aun cuando supieron que el magnánimo rey les perdonaba, no le dieron crédito en un principio á su clemencia.
Después mandaron desde sus escondites de las montañas á sus hijos, hasta que convencidos de la magnanimidad del soberano, regresaron á sus hogares después de presentarse temerosos y avergonzados delante de su trono.
Entretanto, Maxtlaton, en el paroxismo de su rabia, levantaba formidable ejército para destruir Tenochtitlán, considerando esta ciudad más débil que la opulenta Texcoco.
Recorría, llevando en lujosas andas, ó sobre ligeras canoas, los pueblos del Poniente, llamando á todos los jóvenes para que tomaran las armas contra los tenochcas, prometiéndoles en pago, bellas esclavas, tierras fértiles, espléndidas mantas y magníficas distinciones á la hora del reparto, después de vencida la orgullosa ciudad de los reyes tenochcas cuyos palacios eran ya célebres.
El astuto monarca iba acumulando hombres y elemen* tos de guerra que sacaba de los lejanos señoríos de Occidente; explotando el ansia de rapiña de las tribus miserables que vivían penosamente trabajando, para procurar al
tirano su vida ociosa y los goces costosísimos de su eterna crápula.
Al escuchar tales promesas, les seguían entusiasmados, dispuestos á llevar al exterminio á la orgullosa ciudad que se erguía allá hacia el centro del Valle entre murallones de los verdes carrizales de la gran laguna.
Así fué que en pocos días, Atzcapotzalco y sus alrededores y aun más allá hasta los bosques de pinos y ahuehuetes que cercaban la pintoresca Coyoacan, no pudieron contener las innumerables masas de aquel ejército que armaba el rey tepaneca.
También de allende las montañas occidentales, llegaban largas caravanas de jóvenes aventureros deseosos de cambiar su vida de esclavos ó errantes cazadores, por la de audaces guerreros, que bien pronto habían de conquistar la fortuna después de un feliz día de batalla.
Ixcoalt, que ora un caudillo indomable cuya larga macana no cesaba de abatirse sobre cráneos enemigos en todo un día de combate, se esforzó á su vez en robustecer sus tropas veteranas en arengar á las noveles legiones ejercitándolas duramente al mismo tiempo que los ancianos sacerdotes les hablaban de las viejas glorias marciales de sus antepasados que habían hecho prodigios para salvar la peregrina raza heróica del águila tenochca. Pero sabiendo el número formidable á que ascendían los hombres guerreros con que contaba el odioso Maxtlatón, comprendiendo que en el ataque á la ciudad sus masas aplastarían— no obstante la indómita bravura — al reducido ejército mexica, envió él, á su turno, una embajada al rey
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Netzahualcóyotl para que le ayudase con sus victorioso» colhuas, que tanto espanto habían producido en las filas de los guerreros mejores de Atzcapotzalco.
Los reyes de Alcolhuacan, México y Tlaltelolco, combinaron un vasto plan de campaña, dividiendo sus ejército» en numerosas columnas, mandadas por los príncipes, hijos y sobrinos de Ixcoalt, en tanto que la dirección general de todas las fuerzas la tendrían aquellos monarcas. Los huejotzingás y tlaxcaltecas deberían llegar pronto en su auxilio, con tropas de refresco; aquellas veteranas tropas que cerca de Calpulalpam habían desbaratado á los aguerridos tepanecae, abriendo á Netzahualcóyotl las puertas de xcoco.
Todo el ejército de Maxtlatón estaba bien parapetado y oculto tras de largas y poco elevadas colinas unidas por vallados de piedras y troncos de árboles hacia el Norte de Tenochtitlán.
Aquellas fortificaciones habían sido elevadas en solo una oche por miles y miles de hombres, tan rápidamente, que al amanecer del siguiente día pudieron acampar sin que los enemigos de los lagos adivinasen tan admirable ejecución.
Y fué tan astuto el monarca de Atzcapotzalco, que destacando un corto número de guerreros hacia las márgenes del lago, bordeadas* de cañaverales tras de los que se ocultaban los mexica, hizo que los insultaran, atrayéndolos hacia sus atrincheramientos en grandes y numerosas columnas, que fueron á estrellarse contra las colinas, donde
una bárbara tempestad de saetas y pedruscos enormes os abatió de súbito...
' Fué de pronto instantánea hecatombe...
Entonces, rápidamente, y lanzando alaridos terribles, saltan los guerreros de Maxtla en alto masas y macanas, envolviendo al azorado ejército tenochca, que se precipita en desorden, sorprendido y aniquilado casi en un momento por aquella tan hábil celada.
La derrota se hubiera consumado, si el intrépido príncipe Moctezuma no hubiese impuesto su actitud heróica ante la desbandada de los suyos y al ímpetu de los enemigos delirantes por el triunfo que ya creían seguro.
El huehuetl del príncipe mexica, tocó al asalto desesperadamente.
Llegan las nuevas columnas al mando de Netzahualcóyotl, en el instante en que los mexícas se refugiaban en sus largas canoas, en balsas y aun en sus chinampas convertidas en flotantes trincheras desde donde arrojaban millares de flechas.
Al mismo tiempo los viejos cuautlis y Ocelotl del bravo Ixcoatl cargan sobre el flanco izquierdo de los tepanecas con tal furia que desbaratan á los aliados de Maxtla, que huyen á la desbandada hacia Atzcapotzalco. Todas las tropas enemigas intérnanse entre los bosques y canales, en donde vuelven á resistir indomables, aullando, haciendo generalizar la batalla enorme y carnicera.
Es el crepúsculo entonces, y á la gloria del sol que se oculta tras los montes del ocaso, únese el estruendo de alaridos, imprecaciones, torrentes huracanados de teponaxtles, huehuetls y caracoles, haciendo que todo el valle retumbe estremecido bajo la tempestad de dardos de obsidiana y nubes de piedras que aplastan cráneos en una fúnebre granizada trágica.
Ah... Y por fin la noche da término á la primer batalla. Las tinieblas hacen descender su inmenso telón negro sobre el inmenso valle...
...Cesó el huracán de la matanza, el horrible desenfreno de la carnicería salvaje... y después, en el silencio de los grandes lagos tranquilos y sangrientos y en los bosques solitarios y desgajados, se mezclaron á las elegias tremebundas de los heridos retorciéndose en las sombras, los trinos deliciosos de los zenzontles...
Regresó acompañada de cuatro servidores
Rumbo á Tenochtitlán
Ás veloz, más veloz, bravos remeros, aún más de prisa; ¡más de prisa todavía! ¡Clavad los fuertes y largos remos en el fondo del canal; avivad, el vuelo de la barca, porque he prometido á los dioses propicios á la felicidad llegar pronto antes de que asome cerca del alto «Popocatepetl» humeante y de la hermosa «Ixtlacihuatl» durmiente, — el grande y soberbio «Tonatiuh»... ¡Ohl si mis infatigables amigos, leales servidores míos, devorad la superficie de las tenebrosas aguas, hasta que logremos arribar á «Tenochtitlán» donde mi soberano gallardo príncipe poeta encuentre los palacios del valiente «Ixcoatl», el de la macana tremenda... Más veloces aún; ¡ohl mis remeros ágiles, que si lográis salvar la vida de mi amante, — de mi nuevo amo «Netzahualcóyotl» que me ha enloquecido con sus dulces palabras que tan primorosamente cantan cual
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los zenzontles en las noches primaverales.— ¡Oh! si lográis eso, entonces seréis felices, tan dichosos como yo. Mi nuevo rey celhua en Tenochtitlán, os hará señores; y más tarde en la suntuosísima Texcoco que pronto deberá recobrar, tendrá que cederos para vuestro regalo, huertas extensas, y más allá, cabe el lago, floridas y riquísimas «chinampas». ¡Clavad con bravia entereza los largos remos; no desmayéis, que la dicha y el poder nuestro será cuando lleguemos á los cañaverales sonoros donde edifican sus teocallis los audaces tenochcas temidos por el tirano!... Ya veréis cómo ellos también triunfarán, porque no tienen en su trono ol pusilánime «Chimalpopoca», sino muy al contrario, al caudillo de sus ejércitos, al indómito «Ixcoatl». Mañana en sus grandes mansiones, dormiremos después de -probar el pan de sus maizales, apurando el licor sagrado con que sacian su sed los sacerdotes y los «tecuhtlis... .¡Adelante, adelante! mis jóvenes remeros; seguid mis órdenes, obedecedme y el porvenir glorioso que «Tonatiuh» reserva á los valientes será vuestro...
¡«Tecuhtlis» seréis!... os lo aseguro.
Así, en vibrantes, argentinas palabras que sonaban en el tranquilo silencio de la noche, á veces como una música marcial, ó ya con cadencias tiernas y dolientes cual quejas de paloma, clamaba la bella «Mixhuictecatl», la esposa favorita del tirano Maxtla, del orgulloso déspota de la capital del imperio tepaneca, — la opulenta « Atzcapotzalco».
La estrecha, ligerísima canoa, hendía, — cual flecha disparada por el arco de un guerrero «tenochca», — las ondas negras del canal cercado de altos y temblorosos árboles
obscuros, dirigiéndose hacia la confusa masa negra que á lo lejos entenebrecía la extraña lividez de las penumbras solitarias del Oriente.
Los cuatro ágiles jóvenes remeros, batallaban, incansables haciendo volar la barca. La real canoa favorita del tepaneca «Maxtlaton», donde iba durmiendo tranquilamente, cual tras de una victoria, — la cabeza reposando sobre las faldas de la esclava chalquense, — el audaz y noble hijo de « Ixtlixochitl » , — « Netzahualcóyotl » .
Se habían fugado de « Atzcapotzalco» en plena noche, dejando abierta la ignominiosa jaula que servía de cárcel al digno «cothua», abandonando, la amada del tirano y el prisionero, los jardines que cercaban el grandioso tecpam.
Los guardias todos, bien numerosos, — puesto que«Maxtla» era un ruin déspota, tan cobarde como cruel y orgulloso,— quedaron tendidos y ébrios, in toxicados por los misinos licores con que adormecíase á veces, tras sus orgías, el monstruoso «teutli tepaneca.
' ¿Quién pudo esquivar tanta vigilancia en el ancho palacio del rey? ¿quién que pudiese entrar y salir en sus salones, patios, huertos y jardines, logró traicionarlo con tamaña burla?
La única mujer que conocía los abominables secretos del laberíntico «tecpam», — antro de infamias, sangrientas lujurias y crímenes estupendos, — era su favorita esposa, la esclava chalquense, llamada por el pueblo «la sanguinaria»: la que se extasiaba en delirantes placeres con los suplicios más atroces que solían divertir de sus profundos
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aburrimientos y cansancios á los dos inicuos amantes proceres: «Mixhuichtecatl y Maxtlaton».
Sólo esta hermosísima y perversa criatura, podía haber libertado á Netzahualcóyotl, sólo tal víbora negra era la única que podía abrir la prisión...
Pero á ella por cruelísima y feroz, la amaba siniestramente su amo en un delirio de vértigos infernales.
¡Bien lo sabía la oprimida nación tepaneca! Ambos se bañaban en hondos y extensos estanques que rebosaban aguas rojas y perfumadas, en albercás malditas, donde los aromas de las flores se mezclaban á los acres perfumes de la carne humana desgarrada por cuchillos verdugos.
¡Espantosa voluptuosidad sanguinaria! Vertían en las ondas la sangre de centenares de vírgenes degolladas, — doncellas de tribus enemigas inmoladas cruelmente, — y ellos exprimían sobre aquellas ondas el jugo de las flores más ricas, con goce diabólico.
Bañábanse en aquella púrpura saturada de vagos perfumes, salpicada de pétalos blancos, de azucenas y lirios silvestres, escuchando con siniestra delicia, vagas músicas lejanas de caracoles nacarinos. ¡Oh, suprema dicha!
Maxtlatón, el formidable tirano, — envidioso de las canciones con que «Netzahualcóyotl», el perseguido príncipe vagabundo, enternecía á las muchedumbres de los pueblos por donde peregrinaba, á los que refería extrañas y conmovedoras leyendas de los pueblos muertos y de las guerreras naciones «toltecas», que habían plantado en el inmenso valle una portentosa civilización desvanecida, seducidos por la imaginación de su terrible amante, la cruel «Mixhuichtecatl» hizo conmover á sus subyugados señoríos y habitantes de sus numerosas villas, con esas magníficas extravagancias sangrientas que hacen execrar siglos y siglos la memoria de los tiranos...
¿Y había sido ella, su digna y enamorada favorita y cómplice, la que tanto le comprendía y deleitaba, la que tan bien penetraba á las profundidades negras de su espíritu avasallador por el espanto, la que le había de traicionar huyendo con el odioso príncipe heredero del Imperio de Texcoco, usurpado por su padre á «Ixtlixochitl»? ¿Sería ella la que así le vendiera la víspera del grandioso y refinado suplicio que preparaba para «Netzahualcóyotl»?...
Ella fué.
Y cuentan los buenos y heróicos frailes que en el primer siglo de la Conquista de México pudioron escuchar las tradiciones de los últimos nobles mexicanos, que por una explosión de amor en su corazón dormido á todas las ternuras, hubo ella de convertirse súbitamente hacia la causa de la justicia, adornado el alma del bardo príncipe.
Maxtlatón, cansado de la orgía, quedó tendido sobre labrada estera en el salón, abrazado al ondulante cuerpo de su favorita, quien á la luz del ocotl que sostenía y renovaba un esclavo, miró cuán repugnante, sangrienta, bestial y sucia era la paz de su señor. Sintiendo profundo asco, alejóse de aquél, no sin arrancarle las insignias y armas de su gran dignidad, que eran indicios en quien las portara, de que debía obedecerse la voluntad del monarca.
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Aburrida y triste, hastiada, vagó por los jardines alimentando vagos anhelos de placeres exquisitos más voluptuosos aún que los brutales é intensos que tantas veces había gustado cerca de su real amante, hasta quedar ahita y ébria...
La luna ascendía del fondo del valle oriental, serena y triste... — ¡Qué hermosa! — pensó...
Y fué en ese instante cuando pudo recordar que el joven prisionero sabía historias muy bellas y muy curiosas, de amores y de batallas, de prodigios y de encantos maravillosísimos, acerca de aquella divina reina iluminante de los espacios azules en las noches plácidas.
— El me divertirá mucho contándomelas y yo me gozaré al escucharlas, pensando que mañana, en pago, le haré sufrir todos los horrores de un largo suplicio. ¡Qué delicia! ¡Oh! — Y tendiendo al cielo los brazos en ademán gozoso, corrió hacia extramuros del solitario «Tecpam» hasta llegar á la plaza, en cuyo centro, de alta pirámide de piedras, se alzaba la enorme jaula donde dormía «Netzahualcóyotl»,
— ¡Abridme al instante! ¡Ved los caracoles del Rey, ved «macuahuitl de mando: él lo ordena, — gritó «Mixhuichatl.
Los guardias abrieron. Ella entró á la jaula. El príncipe levantó los párpados, y á la luz de la luna admiró á la bella aparecida divinamente encantadora. El se incorporó.
— Oyeme, «coyotl» de los montes, pobre vagabundo de las sierras. Comprendo que tú sabes leyendas maravillosas y que las refieres de un modo que subyuga. Me han
dicho que todas las vírgenes de Texcoco y Tenochtitlán te adoran por tus frases que suenan como un canto, cual la canción de los zenzontles en el fondo de los bosques. Cuéntame la historia de la diosa que ilumina esta noche, — y señaló graciosamente con su barbilla linda, el trozo de cristal diáfano que vagaba en el cielo, en la tranquilidad apacible de la noche.
— Tú nunca podrás comprender su historia, — contestó con lentitud el príncipe, — porque eres mala y no has amado nunca. — Calló un instante, y después, tras breve silencio, continuó; — ¡Ahí pero te miro muy joven y no es posible que no tengas algún día clavada en tu pecho bellísimo la obsidiana del amor... eres mala, pero no perversa como tu amo Maxtla, Si eres joven, puedes regenerarte, y si no, ¡desdichada de tí!./
Entonces «Netzahualcóyotl», erguido majestuosamente, inspirado y con ardor supremo, contó, al hablar de la luna, las delicias del amor puro y sereno en el hogar: los goces de la vida llevada sin pompa, sin temores, sin remordimientos, sin insomnios, y dijo, mostrando un árbol envejecido y caduco: — ¡Así son todas las efímeras glorias de la vidal Y esa pobre reina luna, siempre variable, que luego de engrandecer irá menguando, menguando hasta aniquilarse en la sombra, es el ejemplo de la existencia humana.
Mira cómo su luz es melancólica, son aguas impalpables y tristísimas, ¿sabes por qué? Porque sus rayos son lágrimas del llanto de un remordimiento eterno; ella en su tiempo, como tú, brilló expléndida y gozosa, al lado del gran Tonatiuh, mas habiéndole sido infiel, purga su falta vagando perpetuamente en las tinieblas, alejada de su amante divino á quien solo de cuando en cuando suele besar. ¿Comprendes, esclava sanguinaria y cruel?...
Vibró tan elocuentemente la historia del bardo prisionero en el corazón de la gentil perversa, que por primera
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vez en su vida, lloró; y echando los brazos al cuello del bardo «colhua», di jóle:
— ¡Oh! «Netzahualcóyotl»; no sólo eres divino, eres regio, te amo; tuya soy y seré, tú serás libre. Espérame.
Regresó acompañada de cuatro de los más robustos fieles servidores suyos, que cargaban plumas, nácares, mantas de algodón, ópalos, cascos de cuautlis y ocelotls, chimallis, jicaras de oro, esmeraldas y ánforas rebosantes de cacao y harina de maíz perfumado: armas, macanas, flechas y adornos regios que harían la riqueza de un príncipe. Hizo beber á los guardias y trasportar al canal aquellos bagajes que fueron colocados sobre la favorita barca del tirano. Al entrar de nuevo á la prisión de «Netzahualcóyotl, ya dormían los centinelas.
— Ahora, soberano cantor y rey, ¿crees que te amo? Te he dado la libertad y mi amor, me he arrepentido de mis infamias, sacricaré por tí mi vida. ¡Oh! señor, ¿ahora crees que te amo?
— Sí, y doy gracias á la Bondad universal que preside el mundo, porque trasforma tu corazón, y al darme la libertad, la entrega á mi pueblo y á mi raza. Mas déjame reposar, há muchos días que no duermo.
— Descansa sobre mi cabeza. Al pronunciar estas palabras, la canoa partió volando sobre las ondas del canal á la luz melancólica de la luna.
Bien pronto se ocultó la reina del espacio entre espesos nubarrones, y fué entonces cuando Mixhuichtecatl clamó á los remeros.
— Veloz, más veloz aún, mis fieles amigos, para llegar antes de la aurora yo y mi amado rey, á Tenochtitlán...
Insolente y tranquilo en su barca-trono paseaba Matxla...
La muerte de Chimalpopoca
Y era que en la ciudad del Dios de la guerra, Huitzilopochtli, ningún cobarde podía conservar sobre su frente el copilli del tecuhtli.
«México á través de los siglos», tomo I, pág. 5S6.
l reino de Atzcapotzalco no es ya una región estrecha, comprendida entre los límites occidentales del lago y la falda de las montañas que por donde se pone el sol cierran el inmenso y herroosso valle del «Anáhuac», sino un extenso imperio, engrandecido maravillosamente á expensas de los señoríos que al Norte y al Sur tuvieron por límites ha poco, señoríos y cacicazgos conquistados
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hábilmente por la política sagaz y astuta, socarrona y tortuosísima del viejo «Tezozomoc».
El astuto monarca que ganaba batallas desde su tranquila mansión de «Atzcapotzalco», sin hacer derramar la sangre de sus ejércitos «tepanecas», — legiones florecientes y magnificas, siempre gallardas y precedidas siempre de sonoros retumbantes «teponaxtles de victoria, el soberano «tecuhtli» de Atzcapotzalco había ya sojuzgado todo el reino de los «colhuas» y su capital «Texcoco», laya imponente ciudad de artífices exquisitos y eminentes astrónomos y sabios conocedores de las yerbas que curan las enfermedades, había sido tomada y arrojado de ella su buen rey «Ixtlixochitl», quien había sucedido á «Techotlala», heredando infausa serie de acechanzas formidables y odios tremendos que amagaban siniestramente el flamígero trono «colhua».
La derrota sufrida por el rey de Atzcapotzalco fué á la postre un triunfo... El pérfido anciano finje rendirse á su rival Ixtlixochitl, y ambos entonces convienen una paz duradera... Ixtlixochitl licencia su ejército desguarnecienTexcoco, y el astuto Tezozomoc cae sobre esta ciudad, haciendo huir al leal monarca, acompañado de su hijo el niño «Netzahualcóyotl»...
Y principió la persecución del «Tecuhtli» colhua por todo el Anáhuac, pues Tezozomac comprendía que mientras viviera su jefe, tan amado y enaltecido por todos los pueblos orientales, no podría ser duradera la soberanía de su gloria triunfal.
Dolorosos y tristísimos son los cantares que un siglo después de aquellas sombrías persecuciones, cuando se afirmó por fin la supremacía regia de Texcoco, triunfante
para siempre la descendencia de «Techotlala» el magnánimo, de su hijo «Ixtlixochitl» el leal y recto y de su nieto «Netzahualcoyolt» el sufrido, valeroso y sabio, cantaban los guerreros y las vírgenes texcocanas, lamentando las persecuciones -de que fueran víctimas sus nobles antepasados.
Esas melancólicas canciones refieren en su lenguaje que tiernísimo como el viejo «tecuhtli Tezozomoc» persiguió sangrientamente á Ixtlixochitl después de haberlo arrojado con perfidia de Texcoco... y lamentan en dolorosas frases su muerte, no sin ensalzarla con épicos clamores, porque aquella muerte del rey de la ciudad del Oriente, fué aurora divina, ejemplar sacrificio heroico, deslumbrante apoteosis magnífico. — Hubo cien sacerdotes más tarde en la gran Texcoco, dedicados á cantar al pueblo las proezas de sus reyes desgraciados y á referir en sagrados cánticos el fin del «Tecuhtli Ixtlixochitl».
Huía el noble rey, llevando en sus brazos á su hijo «Netzahualcóyotl», quien ya no podía seguir á su padre en la desesperada carrera que los impelía para escapar de las hordas fácilmente vencedoras de Tezozomoc, cuando sabe que á un caudillo «colhua». enviado para decir al señor »tepaneca» que se entregaran á la misericordia suya. Entonces hace subir el rey á su hijo á lo alto de un copudo «capulín» ocultándolo bajo sus obscuras frondas; ordena á sus secretarios y fieles amigos que se retiren para que sean más útiles á la patria defendiendo la preciosa vida de su hijo, que pereciendo en un estéril combate defendiendo inútilmente a un viejo rey sin trono, enfermo, agobiado por miles de odios y miserias. — Llorando el buen «Ixtlixochill», — antes lealmente vencedor de Tezozomoc quien se le había rendido, — dijo á su amado Netzahualcóyotl, ya oculto entre las frondas del «capulín»:
— Amado hijo mío; nieto de mi augusto padre «Techotlala» el engrandecedor de Texcoco, las frases tiernas y
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santas que vertió en mi alma, yo las arrojo en la tuya, dejándote la misma herencia y las mismas profecías...
Hijo de mi alma, descendiente de sagrados guerreros «colhuas», predestinado á gloriosas empresas... acéptala carga de penas que te dejamos mi padre y yo... mira como sucumbimos en lides bravas los reyes campeones, acuérdate del rojo de la sangre, que es también del color del crepúsculo... ama la luz... ama al padre de todo el Universo, del Gran Tonatiuh, ¡oh! hijo amado, tú serás poderoso, acuérdate de los sabios y santos sacerdotes y de las poderosas doncellas de nuestra patria... Combatey lucha cuando veas que Tonatiuh da la señal propicia... y entre tanto ve hacia la ciudad altiva y noble... allá hacia donde van las bandadas espléndidas de águilas magníficas, regando sobre las ondas sus hermosísimas plumas... las plumas que recogen los guerreros «mexica» para ornar sus cascos marciales...
Ya se acercan los enemigos... mira como voy á morir.. [No lo olvides nunca!... Por ahora calla, espera y calla... Pronto hablarás el lenguaje de las águilas en la guerra y el dulce canto de los zenzontles á la luz de la luna cuando tu macana chorreando sangre tapaneca, haya hecho la paz... Calla, espera...
El adolescente Netzahualcóyotl desde lo alto del ramaje poderoso del capulín presnció un espantoso combate... ¡la terrible, la desesperada, inaudita lucha de su padre contra los guerreros «tepaneca, otonca» y aún ¡oh traición! ¡ignominiosa y bárbara! — contra sus mismos antiguos aliados
«tenocas, tlaltelolcas» y más aún contra los colhua de la propia raza!
Jamás habían visto los más ancianos guerreros enemigos, que una macana fuese tan terrible y mortal como la recia y larguísima macaca de Ixtlixochitl que á cada giro de molinete derribaba dos adalides, dejándolos sin sentido... Mucha sangre corrió... y bien pronto en torno de los cadáveres de la tropa de «Tezozomoc» quedó tendido el cuerpo exánime del rey Ixtlixochitl...
En la noche sus ocultos amigos lo colocaron sobre gran hoguera, recogieron sus cenizas piadosamente en caja de maderas preciosas, saturadas de sacros perfumes la guardaron bajo altas rocas al pie de una montaña. Y el príncipe Netzahualcóyotl, ya rey legítimo, vistióse con una piel de Coyotl salvaje y se dió á vagar por entre los montes que circundan el Valle, el gran Valle dominado por el viejo y moribundo Tezozomoc...
Para ser rey esperaba el vagabundo joven que hubiese en «Tenochtitlán» conforme á las profecías, un joven tecuhtli guerrero valiente, afortunado y audaz y que rompiera contra los próceres de Atzcapotzalco, sacrificando sus mujeres... aquellas menguadas y hermosísimas jóvenes que prostituían con sus danzas y sus jicaras de jugo fermentado la juventud inquieta turbulenta y trágica de Maxtla, el primogénito del astuto rey tepaneca.
Mas por desgracia en la naciente prosperidad magnífica de «Tenochtitlán», Chimalpopoca, su rey, era un joven mandria, presa constante de ensueños terroríficos, inactivo, incapaz de iniciativa alguna; sin éxito en las pobres
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campañas que emprendía, sus ejércitos fueron casi derrotados en «Tequixquiac... y más tarde fué un desastre su campaña contra Chalco...
«Tenochtitlán» no tenía rey...
«Maxtla», á la muerte de su padre «Tezozomoc», después de las fastuosísimas ceremonias, luego que se incineró el cuerpo del viejo político eternamente triunfador que había ensanchado los dominios de Atzcapotzalco hasta hacerlo dueño de todo el Valle y más aún hasta dominar los señoríos que se encontraban más allá de las cordilleras occidentales, se retiró sombríamente á su dominio de «Coyocán», en tanto que su hermano «Tayatzin» heredaba, por sabio, valeroso y prudente, la majestad del imperio de «Atzcapotzalco».
«Tayatzin» era íntimo del pobre de «Chimalpopoca» y á él le confía su odio hacia su hermano Maxtla... y convienen matarlo invitándolo á un festín. Aquél llega con su Corte, y hábil como su padre, — pues aún no se embriagaba,— sorprende en los ojos del rey su hermano el crimen... y en el mismo patio le asesina... y en los mismos salones del festín se proclama augusto señor de «Atzcapotzalco», amenazando á los que se declaran en contra suya. Todos le aclamaron.
El joven «Netzahualcóyotl» que por gracia especial se encontraba en Tenochtitlán, dice al oído de «Chimalpopoca»:
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«Tecuhtii», protesta contra «Maxtla», es un infame. ¡Escúpele!...
Chimalpopoca fué hacia el lúgubre joven, aún manchado en sangre, y muy quedo pronunció esta frase; — Quieren que te escupa. ¿Verdad que no, Señor? — ¿Quién te manda eso? — Un lobezno... un joven prófugo... — ¡Llámalo!
Pero «Netzahualcóyotl» había desaparecido. «Chimalpopoca» temblaba; «Maxtla» con la reconcentrada exclamó:
— Guerreros mexica, vuestro rey es un cobarde que vende vuestros dominios al vagabundo mendigo... Con razón há muchos años que no hay sacrificios en el «Teocalli» de «Huitzilopoxtli«, escojed mejor guía...
Y partió al pronunciar tan insultantes palabras.
¿Por qué el ya tirano de Atzcapotzalco y del Anahuac, de tan sanguinarios instintos, después del cruel asesinato de Tayatzin, insultaba en el festín á Chimalpopoca, delante de sus mismos súbditos?
Fué porque, joven y astuto aún, — más tarde la crápula apagaría su inteligencia, — comprendió que los «tenochcas» no aceptarían un rey cobarde... que lo matarían... y que entonces él, — Maxtla, — hábilmente les impondría un gobernador que los dominase, embruteciéndolos en los placeres, acabando con la raza de los mejores caudillos y los más sabios ancianos.
Deja, señor amigo y pariente, que tus bellas mujeres disfruten las delicias de mis jardines, donde verán flores
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que tú no tienes en los tuyos, — dijo un día Maxtla á «Chimalpopoca».
El débil rey «mexica» no pudo oponerse á semejante orden, y mandó sus más hermosas mujeres á los parques floridos del joven tirano.
¡Qué indignación en los guerreros, en los ancianos y en sacerdotes y sabios al saber que las esposae del «Tecuhtli Chimalpopoca», y las mismas vírgenes del «Calmecac» habían sido tomadas por el orgulloso déspota de Atzcapotzalco, el infame joven «Maxtla», cuyos asesinatos enrojecían de sangre caliente todo el «Anahuac»!...
Y era verdad... Insolente y tranquilo, en su barca trono paseaba á las doncellas «mexica» por el canal que unía su gran ciudad con Tenochtitlán, provocando feroces cóleras, no tanto contra él, sino contra la pusilanimidad del pobre « Chimalpopoca » .
Un día tornan al palacio del «tenochca» sus mujeres, diciéndole que Maxtla le ordena que se dé la muerte antes de que acabe con su reino... Chimalpopoca llora; llama á su consejero Tecuhtlahuac, quien le augura fatalidades; ferozmente le abre el pecho, sacrificándolo á su dios Huitzolopochtli, para conjurar el mal, y acompañado de sus
dos fieles esposas Xihutoma y Tezcatomiyauh sale del palacio en plena noche...
Los guerreros, ancianos, príncipes y sacerdotes aullantes de rabia contra su rey que así tan cobardemente les abandona, van en su persecución, hostilizados por los tecuhtli de Tlacopan y Cuitlahuac, á quienes la fuga del monarca comprometía también...
¡Horrible fué la persecución! El infeliz Chimalpopoca fué alcanzado al fin. Los guerreros lo cubren con gran tilma, después de emplumarlo tras un baño tenebroso en el Tzompan del Cahuecac, y luego, lentamente lo ahorcan los sacerdotes y príncipes en las sombras...
Después, encienden antorchas y gritan al pueblo:
¡Nuestro Tecuhtli se ha matado!
Chlmaípopoca, aterrorizado, levantó la cabeza
La juventud de Maxtla
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tNAUDiTA sorpresa pasmó á los principales señores de los reinos del Anáhuac cuando fué pública la fama del naciente poderío de los tenocheas.
Milagrosamente siniestro para ellos les parecía que aquellos pobres errantes, aquellos mendigos casi desnudos que habían soportado siglos de esclavitud vergonzosa por do quiera que se presentaran, hicieran levantar tan alto el orgullo de su dios allá en el fondo misterioso — y antes, muy poco tiempo antes de su llegada al gran Valle virgen, de la extensa laguna erizada de silvestres islas, hermosas é inaccesibles, peligrosísimas y pintorescas, en donde miraban los absortos cazadores de las márgenes, que los aguiluchos solían posarse, fatigados de atravesar el espacio, cruzando los horizontes azules que tendían su pa-
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bellón de cristal maravillosísimo de cordillera á cordillera,
trazando eminentes y negras parábolas.
¡Los pobres, los humildes peregrinos mexicanos que hubieran de haber llegado vestidos con toscas pieles de tigres ó venados, y tan solo sus caudillos y sacerdotes, ornando apenas sus lacias y sucias cabelleras con plumas de garzas salvajes y águilas de las sierras, se hacían tan respetables en el interior del lago, que ya sus doncellas tejían mantas de algodón con fimbrias azules, rojas y amarillas, primorosamente bordadas, salpicadas de ricas plumazones! Ya el mexica ataba su cacli con hermosos cordoncillos y ya eran numerosos los guerreros que cubrían el robusto pecho con recios y triples ichcashuipilli forrados con adobadas pieles de tigre aterciopeladas y delicadísimas en la superficie, resistentes y duras ante la obsidiana aguzada de las flechas enemigas!
¡Ya sus chinampas eran verdaderos jardines, huertos, sementeras y bosques entre cuyas enramadas alzábanse los xacalli de tules y cañas, rodeando el templo de céspedes blanqueados, oliente á gratos aromas litúrgicos!
Ya se habían formado colegios para educar á la juventud noble en la guerra y el sacerdocio... se iniciaba el Calmecac de príncipes y doncellas, y el tepuchcalli para las menos brillantes y ricas familias que habían de perpetuar y acrecentar las proezas délos ascendientes héroes...
Pero lo que más había sorprendido en las ciudades de los reinos diversos de las márgenes del lago, fué la magnánima y sabia determinación del tecuhtli, el gran señor de Atzcapotzalco, el viejo y tremendo Tezozomoc, quitándoles á las mexica la obligación del tributo, reduciéndole tan solo, por vía de fórmula de sumisión á la entrega periódica de dos patos y un manojo de flores.
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El rey mexicano Huitzilihuiti pide al soberbio tecpaneca su hija Ayancihuati, y este la entrega, celebrándose un pacto de alianza por el cual en el instante parten los tenochca á las guerras de conquista del ambicioso monarca de Atzcapotzalco, alcanzando numerosas victorias, entregándole ciudades opulentas, botines espléndidos y largas tropas de esclavos que el procer dedicó á levantar palacios, cultivar jardines, construir calzadas, abrir canales y ensanchar y engrandecer á la ciudad reina del Poniente, la amenazadora capital de su imperio, rival ya temible del reino de los chichimecas donde el buen Techotlala, — rey prudente y humanitario y tan sensible que no sacrificaba á sus enemigos, ni los arrebataba sus doncellas, sino que apenas se contentaba con exigirles modesto tributo de mantas, armas, venados y maíz para sustentar una parte del ejército — le miraba taciturno y resignado, dispuesto á someterse á la voluntad del Gran Teolt.
Huitzilihuiti no amaba á la princesa tecpaneca, no obstante que de ella había tenido su primer hijo, el que debía heredar el trono de los tenochcas, Chimalpopoca.
El rey de Tenochtitlán, entre todas sus numerosas mujeres, prefería á la hija de un guerrero chichimeca, — hermosa esclava traída de Texcoco, de gran sabiduría y conocedora de la ciencia del porvenir — quien le había dado varios vástagos robustos é inteligentes que eran caudillos de sus mejores tropas cuando estas iban á las guerras de Tezozomcc.
Chimalpopoca, Acolnahuacatl, Tlacaebel y Moctezuma eran los príncipes favoritos del tecuhtli tenochca... Su adorada mujer chichimeca le había dicho que dos de aquellos hijos entrarían á la noche negra y roja del infortunio y los
otros dos culminarían gloriosamente hacia el imperio de luz diamantina y áurea del soberano Tonatiuh... pero que todos brillarían, cumpliendo maravillosos destinos de reyes, sacerdotes, mártires, genios y guerreros...
— ¿Qué más pides, noble Tecuhllí, gran Señor, padre de augustos vástagos que harán florecer estrellas y estallar soles de poderío en torno de la Gran Tenochtitlán?... No puedes exigir más á Tonatiuh... Deja que se engrandezca tu ahora amo, el viejo Tezozomoc el águila de Oriente, el Cuahutti que extenderá sus alas sobre tu ciudad para cobijarla y sus garras sobre Atzcapotzalco para despedazarlo, engrandecerá Texcoco para entregarlo después á tus hijos... hasta que... ¡oh, no quiero, no puedo decirte másl
Por ahora tiende tus brazos hacia la cuna del Señor de la Luz... y hacia su sepulcro... Luego... ¡la gloria!
Y así fué como Huitzilihuitl atendió la súplica del rey chichimeca Techotlala, cediéndole su hermana Matlacihuatl, dulce y cariñosa virgen, sobre cuya frente su padre posó su mano, bendiciéndola para que fuese propicio al esplendor tenochca su unión con el hijo de aquel rey, con Ixtlixochitl, bravo mancebo...
¡Qué de festejos, qué de sacrificios, qué de triunfos alentaron al pueblo mexica al mirar tan honrados á sus señores, antes tan abatidos y pobres!
Eran largas, interminables las series de barcas que cargaban árboles enteros, pinos, encinas, ahuehuetes, sauces y cedros; piedras, pedernales, venados, tigres y águilas, algodón, pájaros preciosos rarísimos, semillas, cacao, tabaco, perlas y ópalos que en cambio de sus alianzas guerreras, sus doncellas y sus peces y aves acuáticas y el trabajo de sus artificies y constructores de armaduras, escudos,
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arcos y macanas, enviaban de sus reinos los señores, sintiendo en el fondo de sus pechos sordo malestar, envidia, temor y palpitante inquietud.
Iba surgiendo, ya hermosa y fuerte, la Gran Renochtitlán...
Cuenta la tradición que en el dia «Ce Mazalt» del año «Ce Tochitli» — 1402 — se vieron cruzar por el azul del Valle, enormes enjambres de águilas, águilas soberbias de anchurosas alas tendidas majestuosamente, alas casi inmóviles, inverosímiles, negras y hermosas... Y augustamente lentas y tranquilas fueron á perderse rumbo al Poniente, regando plumas que al caer en las ondas del lago se convertían en magníficas garzas de oro...
Y dicen también que en la noche escucháronse cantos melancólicos y extraños, dulcísimos, de harmonías jamás oídas, en torno de la ciudad de Texcoco y muy cerca también de Tenochtitlán y Tialtelolco y por todas las isletas aún desiertas de la gran laguna. . Y era — aseguran las legendarias crónicas — algo como trinar sabiamente exquisito y sentimental de coros invisibles de zenzontles.., Y que las estrellas brillaban con un tono dorado, intenso, intensísimo, á veces hasta ser el rojo tono de la sangre para desvanecerse luego con violeta lánguido, tremolante, desfalleciente, moribundo; espirando por fin en un apagamiento de eclipse, haciendo en torno la sombra y el frío!
— Anciano augur, adivino sabio, profundo investigador de las cosas ocultas del cielo y de la tierra, tú que ves en las anchas y ricas hojas del regio mauey propicio á las
alegrías impetuosas que solo se permiten á los viejos extenuados por tan larga vida de sufrimientos y á los adalides fortalecidos y abollados por las macanas enemigas enemigas en los combates por el dios y la patria, tú que al saber la hora y el signo del día en que nacen los niños y en vista de las aves que cantan y de los luceros que se miran descubres toda su futura existencia... bebe el jugo de las mariposas blancas... y dándome las púas del sacrificio... díme ¿por qué han pasado hoy tantas águilas y por qué escuchamos en esta noche tan continuo canto de zenzontles?...
Así preguntaba en una sala de su palacio de Atecapotzalco al viejo [augur, sombrío, el joven príncipe Maxtla, hijo de Tezozomoc, estremecido por honda impresión de espanto.
— ¡Oh! augusto Tecuhtli... averigua si ha nacido algún hijo de rey, como tú, en este mismo día... y si es así ¡ay de tí!... — contestó el augur.
El príncipe Maxtla corrió á ordenar que se inquiriese por todos los términos del reino de su padre, vastísimo, y y los de los tenochcas y tlaltelolcas, sus tributarios, si había nacido algún hijo de gran señor. Atravesando los campos en plena noche, partieron correos en todas direcciones, hacia las ciudades todas del Anáhuac.
Horas después, Maxtla supo que aquel día nació el hijo del príncipe Ixtlixochitl de Toxcoco — y de la princesa Matlacihualt — de Tenochtitlán.
— ¡Había nacido el gran Netzahualcoyolt, de prodigiosos destinos, el supremo emperador poeta!
¡Por eso en el día cruzaron el cielo tantas águilas, y en la noche alegraron las tinieblas los zenzontles! — dijo el augur á Maxtla... Mira, eres poderoso, pero muy joven; si no destruyes á los príncipes tenochcas serás perdido... porque ellos harán la grandeza del recien nacido... con tu perdición!
— ¡Los destruiré! — respondió Maxtla.
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La astuta política de Tezozomoc, lograba más que cien ejércitos á sus órdenes. Habíase apoderado de infinidad de señoríos al Norte y Sur de sus dominios, ofreciendo sus hijas á sus reyes, aceptando para sus descendientes las de otros, y luego obligando á sus pueblos á hacer la guerra á los que no aceptasen su alianza, intrigando y enmarañando las relaciones á los dueños de tierras y tribus más amigas... Era Tezozomoc un viejo conocedor del corazón humano... Sus ejércitos mejores eran las mujeres... ellas le dieron más triunfos que los hombres valientes y mejor armados. Enviaba hermosas doncellas bailarinas que ofrecieran sabrosos licores fermentados con preciosas vasijas... y ninguno resistía el encanto... y todos caían en sus redes... entregando tesoros y hombres en pie de guerra. El anciano y astuto monarca, habíale dicho á Maxtla: 1 1 — Hijo mío; si quieres triunfar, ten el corazón de las mujeres... ellas hacen lo que ningún ejército, lo que ningún rey... |Que te amen las mujeres y no importa que los hombres te hagan la guerra; los vencerás!... Por ellas eximí del tributo á los tenochcas... Solo así me vencieron, pero por ellas son más míos que nunca...
Acordándose de los consejos de su padre ausente, el joven Maxtla, de alma tenebrosa, ruin y pérfida, de instintos crueles, pensando asesinar á los hijos de Huizilihuitl, les envió diez vírgenes preciosas, ricamente ataviadas, para que asistieran á un festín soberbio en su nuevo palacio...
Chimalpepoca y Tlalcaebel se resistían, pero sus herma-
nos, á la vista de las nobles doncellas, dulce y sabiamente
provocativas, cedieron exclamando:
— ¡Qué importa la muerte si perecemos dentro de esas corolas perfumadas y embriagantes!
— ¡Vamos!...
Fué una de esas orgías desesperadas y furiosísimas, en que las danaas de las mujeres semidesnudas y el licor sacro de los techtli, — fermentación de aromas y líquidos de flores, — de la tuna, del cacao y del maíz, hacen llegar la locura en los salones antes no perfumados del Monarca...
Chimalpopoca y Acolnahuahuacall rodaron sóbrelas esteras... Moctezuma y Tlalcaebel eran tan gallardos y de tan nobles ademanes, que las cortesanas encargadas de embriagarlas, enamoradas de aquellas juventudes en flor, les advirtieron el peligro... y los dos principes huyeron á tiempo.
Oyóse el estruendo de un teponaxtle, era la señal; las mujeres se apoderan del cuerpo de Acolnahuacatl, lo atraviesan sobre cuadrada piedra y con ancha cuchilla de obsidiana le arrancan la cabeza, ofreciéndola al lúgubre príncipe Maxtla...
En aquel instante el hermano de la víctima, Chimalpopoca, aterrorizado levantó la cabeza, y súbitamente sereno corrió, abriéndose paso á fuerza de puños por entre los guardias, hacia afuera del palacio... de aquel maldito y rojo palacio que jamás había de olvidar, — morada fatídica del futuro tirano del Anáhuac.
Netzahualcóyotl, ante la canalla azuzada por Maxtla
Ixcoatl y Netzahualcóyotl
(£¿
nmenso pesar envolvió la ya populosa ciudad de Tenoxtitlán tendida sobre la multitud de isletas del gran lago, después de la trágica muerte del infortunado rey Chimalpopoca.
El pueblo bajo el dominio de aquel monarca débil — acusado por sus mismos parientes de cobarde, de pusilánime, ante las miradas provocativas de los tecuhtli de los vecinos reinos, — se había ido envileciendo lentamente, contento con vivir tranquilo, sin los penosos ejercicios guerreros ni las aventuradas empresas en lejanas campañas donde iban á encontrar la muerte sin premio alguno, solo por la gloria de señores siempre déspotas y feroces. Prefería pescar en las aguas de la laguna. Pero los viejos guerreros de la gloriosa época Acama-
pichtli y de Huitzilihuit, los ancianos sacerdotes y los jóvenes educandos del Calmecal, eí noble instinto de educación marcial casi desierto entonces, había protestado contra tan rutinaria condición de la altanera, sufrida, tenaz y antes valiente raza tenochca.
Y ellos, — los que acaso fraguaron la muerte del cobarde tecuhtli Chimalpopoca, tal vez agitados por las hábiles combinaciones políticas del tirano de Atzcapotzalco, el sombrío joven Maxtla, — se encargaron entonces de levantar el decaído espíritu del pueblo, enardeciendo su ánimo, despertando sus Ímpetus dormidos y sus aletargados instintos de dominación, así como aquellas ansias soberanas de conquista que tanto tiempo les habían hecho olvidar sus tradiciones de guerra y las santas órdenes que traían sus sacerdotes del gran Huitzilopochltli...
Guerreros, sabios, sacerdotes y ancianos nobilísimos y toda la juventud esforzada tenochca, aclamaron alegremente al gran Ixcoatl, el bravo caudillo, lamentando la muerte de Chimalpopoca, mientras que por el lago, poblado ya de teocallis y palacios asentados sobre ligeras flotantes chinampás, pasaba un viento tristísimo de abatimiento: el pueblo estaba sumergido en una calma insana.
Aquellos audaces guerreros y príncipes que representaban las vivas energías de la regia peregrinante raza mexica de sus antepasados, raza que por tantos siglos había sufrido las rudezas de diversos climas á través de un éxodo cruel, se reunían en suprema junta para elegir nuevo rey.
Este debía ser caudillo osado y audaz, alguien que fuese magnífico esgrimidor del mquahuitl temible y del chi-
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malli, sabio y astuto manejador de ejércitos, amante de todas las viejas tradiciones heroicas que los hijos de Aztlán recordaban con tanta veneración.
El más anciano de los electorés pronunció elocuente y sentidísima arenga, recordando las maravillosas leyendas sagradas que constituían el legado inmortal de su dios guerrero, amonestándoles á elegir á un tecuhtli, digno de cumplir su gran misión y de arrostrar los graves peligros y las sombrías tempestades que amagaban hundir para siempre el naciente poderío de Tenoxtitlán conjurando las terribles amenazas que partían cada día más y más siniestras del reino de Atzcapotzalco, de elegir, en fin, un audaz guerrero que acabara con la formidable ambición creciente del usurpador y sombríamente criminal Maxtla.
Con gran júbilo fueron acogidas las palabras lentas y graves del anciano elector.
Momentos después, nuevos y rugientes murmullos de alegría saludaron al tecuhtli elegido.
Había sido Ixcoatl. el denodado y el prudente hijo del glorioso Acamapichtli y de una esclava tepaneca cedida por Tezozomoc al guerrero tecuhtli mexica.
Maxtla en su tecpan maravillosamente lujoso de Atzcapotzalco en donde yacía entregado á los placeres, divirtiéndose con sus esclavas en jardines bellísimos ó paseándose al son de músicas y danzas en barcas ornadas de flores á lo largo de amplios canales, tuvo uno de los más terribles arranques de cólera que más trágicas hecatombes habían de ocasionar á sus desdichados súbditos, al saber la elección de Ixcoalt.
— ¡Cómo!— exclamaba rugiendo en el más amplio salón de su opulento tecpan, ante el terror de sus crapulusos ministros.— ¿Es posible que así me insulten esos miserables mexiea á quienes mi padre por débil misericordia no quiso aniquilar? ¿Así desconocen mis cóleras esos sucios reptiles de las lagunas, que eligen para que los gobierne á un insolente que ha osado insultarme, dando asilo al odiado Goyotl de Texcoco, al mismo Netzahualcóyotl? ¡Dura será mi venganza! Los tenochcas que tanto gustan de la sangre, mucha sangre beberán: ¡su misma sangre! Yo habré de bañarme en estanques rojos, rojos por la sangre de sus más hermosas vírgenes, en presencia de sus mismos padres humillados por mi suprema cólera!.. Incendiaré sus templos y ese su gran Huitzilopochtli en quien tanto confían, pasará á ser mi divertimiento en las salas de mi tecpan de Atzcapotzalco...
Y ¡ayl del hijo vagabundo de Ixtlixochitl, ya no habrá lastima para él, y decid á mis guerreros y sirvientes que lo busquen á toda costa. Dueño y señor de grandes tierras y de vastos dominios será el que logre su captura.
Los ministros del tirano enviaron una embajada al nuevo rey de los tenochcas para que entregase á Netzahualcóyotl.
Ixcoatl al recibir á los soberbios enviados de Maxtla, creyó por un momento que iban á llevarle los parabienes del rey de Atzcapozalco, pero al escuchar sus insolentes palabras contestó que jamás sería tan indigno de entregar á un prmcipe de su familia, huésped sagrado en la ciudad de los mexica, y que pronto contestaría aquella ultrajante embajada con otra donde variase todo el orgullo de los bravos descendientes de los peregrinos del pais de las garzas.
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— Yo haré conducir hacia vuestro tecuhtli, — concluyó el monarca, — un hermoso chimalli para que se defienda de los maquahuitl mexica, y mis embajadores ungirán la cabeza del insensato Maxtla con el ulli negro de los cadáveres...
Hubo una siniestra hecatombe aquella misma noche delante del tecpam de Maxtla en Atzcapotzalco después que este supo la respuesta del bravo Ixcoatl, de quien esperaba humillante sumisión.
Tan tremenda fué entonces la rabia del tirano, que no sabiendo que hacer para aplacar sus feroces exaltaciones, mandó lanzar al fondo del lago después de haberlas degollado,— atadas de pies y manos, — todas las esclavas y esposas mexicanas y colhuas de su serrallo imperial.
Solo una joven chalca, una de sus más bellas mujeres, Mixhualtecalt, su amada favorita, pudo presenciar el siniestro suplició de sus compañeras. Ella era cruel y por eso el tirano la adoraba, extasiado ante sus refinamientos sombríos.
— Esto mismo haré, dijo Maxtla, con todas las mujeres colhuas y tenochcas cuando destruya su ciudad para vengarme... Pronto gozaré con el suplicio de Netzahualcóyotl para preparar mejor la destrucción del pueblo que le dió asilo.
— Harás bien, excelso y divino señor, tu voluntad lo quiere y se hará, — contestó humildemente y con argentina voz la esclava... — yo también disfrutaré sumas delicias bebiendo la sangre de tus enemigos en las jicaras de oro en que te sirven el licor de las flores de tus jardines. Yo inventaré suplicios atroces, gran señor, para saciar tu veagauza.
HERIBEKTO FRIAS
Nezahualcoyotl había huido á las montañas, temiendo, con suma prudencia, alguna traición en el mismo hogar en que los reyes mexicanos le auxiliaran, parapetándose contra las persecuciones del usurpador tepaneca. •
El joven príncipe colhua, de extraña hermosura delicada y melancólica, soñador y triste, fiado en una justicia suprema que debía regir el mundo, según su pensamiento, emprendió tranquilo su nueva vida ^vagabunda, internándose en los abruptos montes selváticos que coronan majestuosamente el inmenso valle de Anáhuac.
Fuese, como antes, después de la muerte trágica de su padre Ixtlixochitl á las cavernas de las montañas, esperando que Ixcoal levantara su ejército, para alzarse entonces terrible y severo, en demanda de justicia, en la hora suprema de la venganza, al recobrar su perdido imperio colhua.
Un joven sobrino del rey mexica solía llevarle alimentos al fondo de intrincada barranca donde vivía escondido y huraño, convertido de nuevo en fiera irsuta.
Diez bellísimas esclavas colhuas, dos suertes de terrenos de maiz, sirvientes para trabajar las tierras, mantas de algodón fabricadas por artífices de Texcoco, armas construidas por obreros de Tenochtitlán, brillantes cascos con formas de cabezas de águilas y de feroces tigres, ornados de plumas vistosísimas de colibrí y además todos los honores de un ilustre caudillo victorioso, obtendría en el Imperio de Azcapotzalco de manos del fastuoso y terrible Maxtla
LEYENDAS HISTÓRICAS MEXICANAS 181
el que por sí ó los suyos, solo ó acompañado, por la fuerza ó la astucia, lograse llevar ante el gran tecuhtli tepaneca al prófugo Netzahualcoyolt, vivo ó muerto.
Ixtla, — el sobrino de Ixcoatl, — quien disfrazado de vendedor de peces atravesaba Atzcapozalco para llevar provisiones á la barranca donde Netzahualcoyolt se ocultaba, supo las magníficas promesas del rey tepaneca... ¡Era tan diferente la vida de los nobles de Atzcapotzalco de la que llevaban los guerreros de Tenochtitlán!
Allá el placer, los esclavos trabajando por la dicha de los nobles, las mujeres divirtiéndoles, y deliciosas y constantes embriagueces en largas orgías. Acá el duro trabajo, los penosos ejercicios marciales, el alimento frugal, las expediciones aventuradas y peligrosísimas, los humildes trajes y las severas costumbres de la familia, el vicio castigado con la muerte y la vida consagrada á la patria.
Ixtla tuvo un vértigo, le tentó al placer de una gloria que se le prometía segura y bella.
Y se decidió: ¡entregaría á Netzahualcoyolt!
Asi lo hace. Vende las provisiones en Atzcapotzalco á cambio de gente y armas para la expedición, y es sorprendido el noble prófugo, dentro de su caverna.
El príncipe, clamando contra la traición del mexica, se "efendió bravamente arrojando peñascos sobre los tepaecas...
Mató á muchos, pero inútilmente. Fué capturado y conducido á Atzcapotzalco, donde se le encerró en una enor-
me jaula colocada sobre una pirámide de piedra. Desde abajo el pueblo le insultaba, aquel orgulloso pueblo préviamente embrutecido por Maxtla, quien meditaba para el príncipe colhua lúgubre y cruelísimo suplicio.
Netzahualcóyotl, digno, cruzado noblemente de brazos, oía los insultos de la canalla, diciendo á voces: — Orgulloso Maxtla, he de triunfar. ¡Ay de vosotros hijos de Atzcapot- 2alcoI
Al oirle Maxtla y la canalla, reían salvajemente...
Pero una mañana los ministros del tirano hallaron ebrios á los centinelas y vacía la enorme jaula.
Su favorita, la joven Mixhuiltcal — la sanguinaria, — enamorada del príncipe enjaulado, seducida por sus palabras perfumadas por la ternura y el amor, había intoxicado á los guardias y abierto la prisión, huyendo ambos á través del canal resplandeciente de luz de luna, hacia la soberbia ciudad de los lagos, Tenoxtitlán, donde ya Ixcoatl organizaba poderoso ejército contra el soberbio déspota de Atzcapotzalco.
El guerrero de la montaña lanzó su flecha al sol...
El vencedor del sol
(leyenda mixteca)
La victoria del sol es tan general en el blasón de los mixtecas, que en los escudos de bus armas pintaban un capitán armado, con su penacho de plumas, arco, rodela y saeta en las manos, y en su presencia el sol ocultándose entre nubes pardas.— Burgoa, Geog. Descrip. 2a., Parte 33.
en la profunda niebla de la eternidad brilló una luz tibia — extremecimiento divino — que se tendió por el espacio infinito, en ondas inmensas.
Al soplo de la Suprema Voluntad surgió el mundo envuelto en una gasa de nubes que se arremolinaban en furioso giro, suspendidas sobre el vértigo del abismo entre dos enormes montañas.
Una: luminosa, blanca, resplandeciente, cuyos rayos bañaban las nieblas eternas en eternos relámpagos silenciosos. Otra: negra, condensación del ónix de las sombras, recortando con aristas siniestras la inmensidad espantosa,
Frente á frente se miraban, inmóviles; las dos grandes, las dos terribles, lanzándose mudas toda la majestad de su odio recíproco á través de las nubes que azotadas por ráfagas que venían de lo alto, giraban y giraban sin cesar luchando también.
Súbitamente de aquella lucha brotó el nuevo elemento: el agua.
Las nubes se transforman en torrentes y los torrentes bajaron, rodando por los flancos de las dos montañas, colmando el fondo del abismo formidable. Y entonces las olas — coléricas serpientes de agua — continuaron el combate de las nubes, retorciéndose unas sobre otras, enroscándose, alzándose en montañas de cien bocas por donde se escupían espumarajos negros y plumazones blancos, salibazos de sombra y chorros de resplandores diamantinos, para caer abrazadas, confundidas en un ósculo trágico...
Y por sobre aquel campo de batalla iban pasando, á compás, los siglos, unos tras otros, contemplando fríamente el gran espectáculo.
A fuerza de tanto combatir, surgieron al pie de una y otra montaña los dos grandes árboles de la Vida: el árbol del bien y el árbol del mal.
El Océano cuyas olas- serpientes batallaban siempre, aplacó su furia, agotado por la creación de aquellos dos
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gigantes, convirtiéndose en caudaloso río que brotaba del fondo de una caverna en la falda de la Montaña Negra, y se perdía, atravesando el valle en las regiones luminosas de la Montaña Blanca, después de bañar en sus ondas las profundas raíces de los árboles de la Vida.
Y sucedió que las ráfagas violentas que llegaban de lo Alto, agitando los ramajes, hicieron vibrar las hojas que en el gran silencio augusto de la soledad entonaron un himno gigantesco, una sinfonía tremenda.
Entonces las ráfagas envolvieron frenéticamente el follaje vibrante de la Vida; lo sacudieron con furia.
¡Los árboles temblaron, se retorcieron horrorosamente, crispáronse sus raíces y troncos en una infinita angustia, en un espasmo de dolor que les arrancó un crugido de muerte!
Fué que en aquel instante todas sus hojas habían sido arrebatadas por las ráfagas...
¡Temblaron las montañas, el valle, el abismo, el torrente, la caverna, los árboles y las ráfagas que conducían las arrancadas hojas!
¡Todo tembló al lúgubre crugido de muerte!...
¡Y todo se transformó!
Las dos montañas se redujeron erizándose de rocas, barrancos y árboles pequeños. El valle se estrechó; la corriente se hizo miserable. El gran himno había cesado y sólo vibraban murmullos tristes y susurros melancólicos. Las nieblas se enfriaron y humedecieron...
¿Y las hojas?...
¡Ah! las hojas... después de haber volado con distintos rumbos, girando impulsadas por la incógnita fuerza que las arrancó del árbol, fueron á caer en lejanas regiones, ya al fondo de los valles, en las playas del mar ó en la
alta cima de las montañas, que dentaban las nacientes serranías.
Mas he aquí que cuando apenas tocaban las hojas en el lugar de su caída, de súbito se transformaban en gigantescos séres vivos.
Después del primer estupor de la vida que recibían al contacto con la tierra, contemplaban absortos el paraje y se lanzaban furiosos, aullando, sintiendo la necesidad de devorar.
¡Aquellos hombres gigantescos y horribles eran los primeros pobladores, los «Quinamestin huey tlacome! »
¡Ved cuán poderosa es la ráfaga que en sus alas invisibles conduce á la hoja más bella y más grande, y mirad cómo ésta se agita y se debate como rebelándose audaz y soberbia á la fuerza que sin su consentimiento la conduce al ignorado destinol
Esa no caerá seguramente en las fáciles amenas planicies donde han brotado los hermosos bosques perfumados; sube muy alto, y la triunfal ráfaga caprichosa conduce á su potente raptada allá á las abruptuosidades de la sierra, donde las nieblas son más espesas, y más ásperas y enormes las rocas... Allá van, ráfaga y hoja á los picachos más ágrios de las montañas... ¿Dpnde se detendrán?... ¿Por qué ascienden tan arriba, apartándose de los enjambres de compañeros que dejan abajo?
Abaten su vuelo; ébria de altura la hoja anhela ahora subir más aún; pero la ráfaga desfallece, muere, se extingue... ¡y la hoja cael
LEYENDAS HISTÓRICAS MEXICANAS 187
...Colosal, recio, altivo, gallardamente desnudo, de pie sobre alta roca tallada á pico; abiertos los ojos de fiera pupila negra que condensa en un rayo fulgurante la luz que nada en las nieblas de la montaña, se yergue el sér vivo en que se transformará el hijo de los árboles del Bien y del Mal, contemplando el oleaje inmovilizado del mar de Piedra... Soplos de huracán rugen ferozmente en torno del jigante vivo, en cuyo pecho laten ya todas las grandezas impetuosas de los reyes de las montañas. Aves enormes pasan rasgando las espesas neblinas con su masa negra, abanicaddo sus alas de terciopelo... ¡y bandadas de palomas blancas surcan el ambiente!... ¡Aves y árboles cantan la dulce canción de la vida!
Estremecido, sintiendo abrazarse sus entrañas en desesperado calor, anhelante de que toda aquella naturaleza fuese suya... deseoso de verla sumisa y obediente, Maxtrazhrazhub sacudió su larga cabellera, alzó los brazos poderosos y vírgenes, y lanzando un alarido Inmenso, se precipitó á saltos por entre las rocas:... Corrió volando, casi.
Sorprende un nido de águilas... las estrangula y por bellas recoge sus plumas; recoge por hermosas, pedrezuelas que talla contra las rocas... Toma piedras y las arroja á las fieras... destaza sus cadáveres... arráncales sus fuertes y elásticas tendones... Orna su cabeza con las plumas del águila mezcladas á las piedras preciosas... De un árbol arranca sus largas raíces... construye el arco, fabrica saetas... y habiendo trabajado mucho, descansa y duérmese en el fondo de una caverna... Levántase más ardoroso en el paraje que más le agradara... y temiendo encontrar séres como él, que desearan los mismos goces, de un tronco desgajado por el rayo hizo un escudo... y armado para bárbaro combate, anhelante de lucha, parte hacía donde son más altas y más abruptas las montañas.
HERIBERTO FftlAS
Encuentra una comarca elevada, feraz, salvajemente bella, donde el Dios desconocido, que lo envió á la vida, prodigara cavernas y bosques poblados de voluptuosidades que halagan su cuerpo y recrean su imaginación...
— ¡Esto es mío! — gritó, en su idioma, para apoderarse de aquellas regiones...
Y pensó:
— ¿Qué ser como yo, tan poderoso y fuerte, será su dueño?... ¡Quisiera verlo para arrebatárselo!... ¡Busquémosle!...
Y hélo de nuevo en busca del señor de aquella tierra, para combatirlo.
¡Pero sólo el desierto respondía con sus ecos, á los alaridos del hijo de la Vida!
Iba ya á descansar cuando vió que muy lejos un relámpago deslumbrador taladraba las nieblas... y un gigantesco círculo de fuego blanco, le arrojó á las pupilas flechas de luz...
¿Quién era ese soberano que desde tan lejos, allá muy arriba, le hería con sus dardos?... ¡Era el rival! ¡Había que vencerlo!... Traía también él, que pensaba descansar, largas y agudas flechas... Las nubes rasgáronse, un azul vivísimo apareció, y en ese azul el gran disco radiante bajaba lentamente. ¡El sol era el enemigo!
— ¡Te arrojaré de aquí, orgulloso Señor de Luz, dueño de esta región! — clamó el audaz jigante — y requiriendo el arco y cubriéndose el cuerpo con el escudo, lanzó sus flechas á su enemigo... Mas no parecía desmayar... y la batalla prosiguió... El guerrero de la montaña enviaba sus flechas al sol que descendía...
Y por fin... allá el mar del cielo se tiñó en fuego... el rojo adversario agonizaba... herido de muerte; su luz antes mortal, fué débil... anchas heridas derramaron su sangre, tembló el gran escudo... y vacilante, trémulo, miró, agonizando, en torno suyo, para buscar una tumba donde dor mir para siempre... y cuando encontró una montaña sufi-
cientemente grande para reposar eternamente, con barretas de fuego la horadó, y virtiendo sobre el cielo entenebrecido toda la sangre que le quedaba, lo inundó con un diluvio rojo: surgieron llamaradas inmensas de la pira y el gran vencido se acostó augustamente.
La noche, piadosa, colgó de los cielos el haz de las tinieblas, prendiéndolo con clavos de diamantes. Y el guerrero vencedor, tranquilo ya, después de su triunfo, imperó en la alta Sierra, siendo el padre orgulloso de la brava nación mixteca... de los altos Mixtecas!
f * •
Tal es la leyenda del origen de esa raza altiva de Oaxaca; y Achiutla es el lugar de los árboles que engendraron en aquel barranco á los primeros caudillos; Tilotongo el paraje en que el guerrero audaz venció al sol, fundando allí la primera ciudad mixteca.
¡Qué profundo simbolismo el de la grande y sencilla le yenda!... Dice la historia que las hordas mixtecas desprendidas desde Huhuetf apatlan y Tula de las razas toltecas, bajaron al Sur hasta Oaxaca, encontrando en los valles á los zapotecas, por lo que subieron á las sierras del Nordeste donde fundaron Achiutla, Tilatongo y Sozola; pero sus sacerdotes y poetas dejaron bellísimas leyendas acerca del origen de una raza fuerte aún, rica y orgullosa, como tantas otras del Estado de Oaxaca.
Iluminando el parque y derribando el ídolo...!
Cosijoopii
LEYENDA ZAPOTECA
'or todas las regiones donde el gran Cosijoeza, augusto rey del imperio zapoteca, cuyos dominios alcanzan hasta los países maravillosamente hermosos de Tehuantepec, á donde su macana guerrera, tinta en sangre,
LEYENDAS HISTÓRICAS MEXICANAS 191
fuera el símbolo de su poder; por los valles extensos de Etla, y más allá aún, sobre las montañas abruptas que limitan con las ciudades de los bravos mixtecas; por doquiera que se haya escuchado el gran nombre del señor de Teozapotlán, hubo regocijos espléndidos, picotas grandiosísimas, banquetes populares de que gozaron tribus enteras llegadas de las profundas selvas del Sur. Y de las playas ardientes de los dos mares en que el sol se desmaya y se recuesta y sepulta, tras la negrura de la noche, para levantarse nuevo y magnífico; de todas las más lejanas y fabulosas tierras hubieron de llegar tantas muchedumbres; que invadieron comarcas enteras con plena satisfacción del soberano rey zapoteca!
¡Cosijoeza!... ¡Cosijoeza! Este nombre, el nombre soberbio del emperador de las regiones en que los dioses todos derramaban propicios todas sus gracias y munificencias, era la advocación de los cánticos sagrados en los templos, y de las doncellas compañeras de la reina Coyolicatlzin á quien abanicaban lentamente con haces de plumas blancas y azules, y ese nombre hacían retumbar en sus sonoros caracoles los guerreros zapotecas, los flecheros mixtecas y los arrojadores de piedras, — los hoscos y feroces Mijes. — ... ¡Cosijoeza!... y los antros de los abismos repercutían también aquella palabra, símbolo de la victoria eterna y del eterno triunfo de los hijos del Sur sobre todos los extranjeros que traspasaran las gargantas de las altas Mixtecas!
El nombre del rey zapoteca era un hossana en el instante de los placeres que conmovían sierras y valles, riberas, bosques, villas, ciudades, palacios, templos, ríos, lagos, chozas, fortalezas, guaridas, nidos, islas y abismos.
IIERIBERTO FRIAS
¡Algazara, emperatriz de todas las alegrías; alegrías jamás protegidas con tan soberana pompa regia como la que por orden de Cosijoeza desenfrenaba, nunca habían conmovido de tal modo los bosques y las poblaciones y las humanas avalanchas que tronaban ébrios él nombre del monarca!
¡Cosijoeza! ¡Cosijoeza! tronaban caracoles, chirimías, teponaxtles, rocas, árboles, selvas, muros y barrancas!
— «¡Salve el rey zapoteca, el vencedor del prodigioso Ahuitzotli!» — ¡cantaban doncellas y guerreros!
¿A qué tanto entusiasmo de regocijo, á que tan solemnes y gigantescas pompas inauditas?...
¿Por qué el ejército de los fieros mixtecas, — tan sobrios y mudos, — y el de los altaneros y feroces mijes, — tan siniestros y hoscos, — y esas cohortes de bárbaros chontales y de huaves sombríos, ¿por qué todas esas hordas se han reconcentrado hoy en Teozapotlán, y aullan de alegría, ébrios, con los fermentos de las flores y el blanco néctar que obsequia el azteca rey Moctezuma? por qué tan inusitada y formidable retumbancia marcial?...
Cierto que los pacíficos ciudadanos, los buenos comerciantes, los artífices expertos y los humildes constructores y los propietarios de huertos y los que siembran los granos de que vive el pueblo, y las tropas reales, cierto que están alegres y también lanzan sus cánticos en las sinuosas calles de la capital zapoteca, pero ¡mirad cuán inquietos vagan y con que profunda zozobra miran á sacerdotes y soldados!... — Al salir del Palacio murmuran: — ¡Funesto presagio!
¿Qué pasa?... ¿Por qué turban la fiesta los sacerdotes?
LEYENDAS HISTÓRICAS MEXICANAS 193
¡El primer varón, el primer príncipe, el hombre del gran reino ha nacido!
Es decir, la raza poderosa y nunca hollada de los Zaachilla y Cosijoeza, no sólo ha de producir vírgenes puras, propias para el ornato del templo, y para recoger perfumes, sino que ahora que el poder insolente de los mexicanos se desborda, cuando ya blanquean los cabellos del que hizo estrellar sus ejércitos contra los murallones ciclópeos de Guiengola, ahora produce el varón deseado, el que siendo mito de tan portentosos y geniales príncipes guerreros, será su reflejo y habrá de heredar en suma todas las potencias con que los dioses enriquecieron á los antepasados del nuevo príncipe.
Por eso había en todo el vastísimo reino zapoteca tales huracanes de algazara y por eso mixtecas, mijes, huaves, chocho y chántales con sus señores y guerreros, invadían aquellas regiones felicitando al gran rey...
¡Había nacido el que debía aniquilar la raza de los audaces mexical Llegaba la hora santa de que se abatiera el orgullo de los hijos del emperador cruel que hacía correr ríos de sangre desde lo alto del teocaLLi de Huitzilopochtli.
1 V
Cosijoopii, — rayo de aire, — nombraron al gentil prínci- ■pe. Porque era gentil y hermoso y de tanta arrogancia en ; su porte, — según los sabios hubieron de colegir, — que maj ravillaba el verle tan solo.
Rayo, por la impresión fulminante que sus ojos producían, mas como á ésta pronto desvanecíale la dulzura de infinita bondad en la sonrisa de sus pequeños labios enI 13
cantadores, que tuvieron que atenuar el nombre para llamarle ráfaga, fresco rayo de aire...
Fueron suntuosísimas las ceremonias para ungir al hijo del gran Cosijoeza, el emperador zapoteca, y de la dulce y magna Coyolicaltzin, princesa mexicana, y en ellas sacerdotes, parientes, reyes, caciques, señores y nobles, asistieron, consagrando conforme á las santas tradiciones zapotecas y mexicanas, el advenimiento del nuevo vástago.
Cuando Cosijoeza, después de cincuenta y dos días de felicidades se elevó á su trono en el salón mayor del palacio, para despedirse de las cortes extranjeras, en presencia de la flor y nata de los reinos amigos, repentinamente oyóse la voz de un anciano, que desde Tehuantepec llegaba, corvado, apoyándose en grueso bordón.
— ¡Oyeme, soberbio Cosijoeza!
Gran indignación causó en la regia sala la frase del olvidado viejo.
— | Arrojadlo atrás y dadle una limosna para que vuelva á sus cuevas, con sus animales! — rugió el monarca.
— ¡Vibra en mí la voz de Quetzalcoatl! Yo fui el que escupí á la faz de ese enviado de Tloque Nahuaque, del verdadero Sostén del Mundo... y vivo aún... y he visto que se olvidan de sus predicciones y del gran símbolo que había de derribar todo este glorioso pero efímero edificio... ¡Ay de tí Cosijoopii! Triunfarás en tu juventud, pero al fin, lo que más adores será fulminado... Acordáos de Quetzalcoatl...
Y el anciano levantó el brazo derecho, trazando en el aire una cruz negra, que se desvaneció...
LEYENDAS HISTÓRICAS MEXICANAS 195
Y el cuerpo del viejo anacoreta de Tehuantepec rodó sobre las ricas esteras de la sala. Los guardias levantaron su cadáver.
El príncipe Cosijoopii, rey de Tehuantepec, después de largas y vicioriosas campañas, inquieto por un ansia creciente siempre de obtener el amor de las mujeres, había hecho construir á través de los inmensos y perfumados bosques del trópico, colosales ídolos que le recordaban sus muertos amores.
Porque el príncipe mandaba matar á las mujeres cuya hermosura le hastiaba, pero creía hacerlas inmortales erigiéndolas en diosas bajo la majestad susurrante de los jardines fcndantados de sus palacios...
En él latía una soberbia desmesurada, y sobre todo, una profunda rebeldía contra su destino. Su amorosa madre la reina Coyolicatlzin en vano le había hablado de las misteriosas frases que pronunció al morir un anciano que había vivido solitariamente en los desiertos de las selvas tehuanas: él, taciturno, audaz, llena su alma de todo el orgullo que en ella acumulaba su raza de astutos reyes cortesanos y de heróicos guerreros triunfadores; él, descendiente de los tres Zaachilas y del bravo Cosijoeza, habíase sublevado contra la funesta predicción del viejo que en el palacio de su padre en Teozapotlán, le profetizara ser abatido por. el rayo de la Cruz, así como todos los que no adorasen aquel símbolo de amor...
¡Infortunado rey!... Una noche en sueños tuvo lúgubre visión... Soñó que un árbol escueto de tronco negro, atravesado por dos ramas verticales irradiando misteriosa luz lo perseguía, y escuchaba las palabras de la última mujer que lo había amado, diciéndole:
— ¡Ven á mí!
Y él huía, huía, frenético por entre las malezas, perseguido siempre por el árbol fantástico que parecía deslizarse, irradiando de su negrura escueta un arrebol maravilloso. ♦
Consultó á los sabios agoreros más viejos. Y le dijeron: — Huye ó humíllate.
—-¿Madre, me alejo ó me humillo? — Humíllate, hijo mío.
— ¿Padre, me humillo ó me alejo? — Aléjate y lucha. Nunca te humilles. Cosijopii se alejó...
¡Oh! las deliciosas mujeres de Tehuantepec, voluptuosísimas sacerdotisas del placer, en compactos enjambres poblásteis los palacios del príncipe zapoteca... ¡Soberbias fueron vuestras tumbas! pues luego de haber derramado la miel de vuestros besos en los labios del monarca, el cuchillo de sus esclavos mijes rasgó vuestros cuellos, y los artífices de la corte labraron ídolos que perpetuaran en maderas perfumadas y finísimas la memoria de vuestro poder!
Coosijopii no tenía más culto... y así apartaba las maldiciones del viejo solitario. — ¡Ay de tí, si miras la cruz de fuego y claridad!— de-
LEYENDAS HISTÓRICAS MEXICANAS 197
cíanle en las noches en sus pesadillas los murmurantes hálitos de los bosques.
Fué una rápida y tremenda tempestad en uno de aquellos paraísos... Súbita se desencadenó, cuando Cosijoopíi evocaba ante ídolo colosalmente simbólico, vagos recuerdos... Tremendidades sonoras, truenos, ráfagas, centellas y turbiones rugientes en las tinieblas, envolviéronle.
No era sueño, no era pesadilla: resplandeció una fulgidez blanquísima; una raya relampagueó abatiéndose en cruz, iluminando el parque y derribando el ídolo.
Y al retumbar del trueno, el monarca gritó levantando al cielo los robustos brazos:
— ¡Ah Quetzalcoalt... tu cruz mata mi reino!...
Y cayó desplomado, bajo la tempestad bramadora fustigada por el rayo, cabe los rotos miembros del ídolo...
—¡Hija del cielo! ¿Qué quieres?...
Coyolicaltzin
l gran imperio mexicano brillababa en el apogeo de su gloria y de su poder guerrero. Las invencibles legiones de Ahuizotl teñían sus macanas en la sangre de cien pueblos, y sus estandartes victoriosos se paseaban desde las regiones septentrionales de Xalisco hasta los bosques perfumados y ardientes de Nicaragua y los vergeles paradisiacos de Tehuantepec. Diariamente llegaban de los más lejanos reinos sometidos á los palacios de la gran Tenochtitlán, cortes suntuosas de ancianos embajadores á depositar los crecidos y valiosos tributos que alimentaban y saciaban los apetitos de la nobleza y del ejército. Millares de esclavos edificaban templos y almacenes que pudieran encerrar los tesoros que se acumulaban, y nunca como entonces debió haber estado tan satisfecho el feroz Huitzilopochtli cuando tan propicio se mostraba á las ar-
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mas de los señores de los lagos, sin duda en premio de las formidables hecatombes con que Ahuitzotl celebraba sus victorias.
Las vastas conquistas de sus antecesores gloriosísimos Moctezuma y Axayacatl se eclipsaban ante las nuevas tierras, dominios y reinos sometidos tras crueles batallas.
Sólo dos orgullosas naciones se erguían independientes, libres y soberanas dentro del imperio y sólo ante ellas se habían estrellado las armas mexicanas: el reino de las altas Mextecas y el valle de los zapotecas.
Los ejércitos de los emperadores se habían apoderado de los lugares más accesibles de las Mixtecas, como Tlaxiaco, Tamazulapán y Yuchuitlan; pero faltaban las ciudades más poderosas y el verdadero corazón del altivo reino: Achiutla y Sosola, encumbradas en lo más fragoso de aquellas colosales tierras que son el recio baluarte del fértil valle en que se tendía la nación zapoteca.
El gran Ahuitzotl anhelaba dominar á tan terribles naciones que escapaban de su yugo fatal.
Los comerciantes que seguían á las naciones guerreras y que se Habían internado en las regiones del valle, contábanle maravillas de sus riquezas y de la delicia de sus bosques frutales. Además, deseaba abrirse paso hacia Tehuautepec, atravesando el valle y no hacer el largo y peligroso rodeo por las costas de Cosamaloapan ó Huatelco.
Así es que llamando á toda la brillante juventud guerrera de su imperio levantó un brillante, fuerte y numeroso ejército para emprender la campaña.
¡Ay de los bravos mixtecas y zapotecas!
En Teozapotlán, capitál de esta nación, reinaba el sagaz, prudente y caviloso Zaachila; tipo perfecto y acabado de las cualidades de su raza, ciertamente heroica, pero ante
todo desconfiada, sutil, astuta, precavida, tortuosa, fina y diplomática.
Era todo un gran genio ese rey que recelando del poderío de sus vecinos los mixtecas, valientes, generosos é ingénuos, pensó debilitarlos en su provecho lanzándolos con» tra los mexicanos con cuyos embajadores entró en negociaciones, prometiéndales entregar los desfiladeros y pasos de los Mixtecas, pero envolviendo á unos y á otros en sus astutas intrigas para que chocando recíprocamente se debilitaran... Sabía política de la que resultaba la seguridad de su patria... ¡El cerebro de aquel rey zapoteca vaha más que un ejército!
¡Cayeron feroces y terribles las legiones de Ahuitzotl sebre las tropas y mixtecas en las márgenes del río San Antonio, dándose batallas tremendas en sus bellísimas y majestuosas riberas!
Los mexicanos recibieron diluvios de piedras, rocas y flechas y á centenares rodaban al fondo de los barrancos... fué imposible el triunfo y tuvieron que retroceder.
Entonces Ahuizotl convino con Zaachila quien permanecía á la expectativa, á la retaguardia de los mixtecas, en pasar por el río de las Vueltas, paso que los zapotecas debían defender.
El emperador pasó sin disparar ni recibir una flecha, se internó en el Valle respetando lealmente á los zapotecas y siguió su marcha hasta Tehuantepec, no sin dejar una fuerte guarnición á su espalda, en el extremo de un bosque de huajes para prevenir cualquier ataque y cubrir su retirada en desgraciado evento.
¡Aquella guarnición mexicana se convirtió en un pueblo que se lzamó Huaxyacac, y fué más tarde la célebre Oaxaca, la interesante y bella matrona de tan digna misión en el gran drama de nuestra historia!
LEYENDAS HISTÓRICAS NEXI CANAS 201
Burlado, corrido, debilitado, regresó Ahuitzotl á México bordeando por la costa, pero para ganar á su favor á Huitzilopochtli, le sacrificó treinta y cuatro mil prisioneros mixtecas.
Zaachila, sin derramar la sangre de los suyos, había sido el vencedor en la cruenta campaña.
¡Juró renovarla hasta aniquilar á sus vecinos los bravos mixtecas, jadeantes y heridos, y debilitar y alejar á los mexicanos!
[Pero dos mujeres; una, espantosa, trágica, fuerte y eterna, y otra bellísima, amante, débil y mortal, impidieron sus designios...! La muerte era la primera, la segunda se llamaba Coyolicatlzín.
No solamente los mismos ejércitos conquistadores eran tremenda plaga en los países conquistados, sobre los cuales vivían, sino los comerciantes mexicanos que como bandas fatídicas del exterminio precedían y acompañaban á las legiones, imponiendo su voluntad á los pueblos tributarios.
Y ¡ay! de la nación sometida al imperio que maltratase ó se negara á transigir con los comerciantes mexicanos; sobre aquella caería la cruel macana de la soldadesca enfurecida!
El astuto Zaachila, para renovar la guerra, hizo que cerca de los antiguos y venerados santuarios de Mictlan un destacamento de mixtecas atacara numerosa caravana de comerciantes que regresaban del Sur de Tehuantepec cargados de tesoros, animales raros, perfumes, plumas riquísimas y afelpadas pieles que iban á ofrecer á los nobles de Tenochtitlán.
Todo el regio bagaje fué quemado, asesinados los tratantes y arrojados sus cuerpos en los abismos de las sierras para que fuesen presa de las aves carnívoras que en-
flaquecían ya, por la falta Je combates, después del hartazgo de la última campaña.
Tremenda es la cólera del emperador. Pronto equípase un nuevo ejército al que el monarca Zapoteca franquea el paso, y cae sobre Mictlán que está custodiado por mixtecas... ¡Y ni un solo habitante quedó, ni una choza en pie, ni un anciano, ni un niño; todo fué pasado á macana y fuego, conduciendo á México miles de prisioneros que fueron sacrificados en el templo del dios de la Guerra!
Zaachila conferenció con el rey de los mixtecas para ver de vengar la hecatombe sacrilega de Mectlan, exponiéndole un vasto y bien combinado plan de campaña.
¡Tan bien combinado era que de él resultaría nada menos que la ruina de la juventud guerrera mixteca y mexica... y después, sobre los restos de ambas naciones, surgiría, nueva, fresca, lozana, y fácilmente triunfadora la juventud zapoteca... ¡Oh! célebre y política Zaachila, Bismark indiano, de penacho de plumas y profundos ojos negros, la muerte te negó la sonrisa fina y diabólica de tu gran triunfo; más ahí está tu digno hijo, el gallardo, valiente, impetuoso, — ¡Oh! demasiado impetuoso; pero también astuto y sutil — príncipe Cosijoeza quien te sucederá en el trono! .. ¡El continuará tu obra!
Y fué como el surgimiento de un sol de gloria para las ciudades que prosperan en el valle de Oaxaca, defendida por los altos y formidables muros de las Mixtecas de heroico prestigio, la aparición al frente del reino zapoteca del ilustre Gosijoesa, quien había heredado todas las cualidades de su padre, más un valor indómito, una constancia inquebrantable y un amor á la gloria y á su patria.
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He aquí que continúa la política del sagaz Zaachila: conviene con el rey mixteca en que éste le dé el mando de sus ejércitos, para que abriendo paso á las legiones de Ahuítzotl, lo encierre en el Valle y le sorprenda aniquilándolo en la mejor oportunidad.
El generoso rey mixteca, de alma grande como las montañas en que vive, de corazón noble y heróico como todos los hijos de las alturas, amado por su pueblo tan generoso y valiente como él, fuerte cual las rocas que erizan las agrias serranías, convoca de nuevo á los hijos de los valientes que murieron en las recias batallas ó en el abominable templo del ídolo mexicano. Forma nuevo y aguerrido ejército y leal y abiertamente lo entrega á Cosijoesa para que disponga de él.
El espectáculo del patriotismo mixteca, la lealtad de su rey, la apostura marcial de los guerreros y el convencimiento de que agotado aquel ejército, surgiría otro que le vengaría, hicieron que el príncipe cambiara de frente en su política temiendo envolverse en sus propias redes. Así es que declaró la guerra á los mexicanos, corriendo hacia Tehuantepec, región feraz, riquísima, pródiga en delicias pintorescas, parajes hermosos y bellísimas mujeres, joya regia de la corona de Ahuitzotl, diamante valiosísimo que el audaz zapoteca pensó arrebatarle á fuerza del heroísmo y la sangre del ejército mixteca.
Tehuantepec y las demás regiones del Sur fueron sojuzgadas por el nuevo invasor, sacando de allí terribles elementos de guerra, innumerables víveres, armas y prodigiosa cantidad de yerbas venenosas para las flechas, lanzas, macanas y piedras arrojadizas.
Y mientras Ahuitzotl levantaba el más formidable ejército de que hasta entonces se tuviera noticia, arrancando todos los hombres de sus vastos dominios para enviarlo á traerle á Cosijoesa con quien pensaba hacer horroroso escarmiento, el hijo de Zaachila se parapetaba en lo alto de elevada y abrupta montaña en cuya cima construyó in-
mensa fortaleza de muros altísimos como cerros, contramuros, fosos más hondos que barrancos... Y tras ellos, en la plataforma de la cima sembró granos, esparció animales que debían multiplicarse, abrió surcos que traían agua de manantiales de más altas montañas; hizo estanques que pobló de peces alimenticios, trajo de las regiones del Sur, del Océano por donde el sol muere y del Golfo en que surge, artífices armeros, mujeres viejas, sábias en envenenar las armas y en curar las heridas; el río que al pie de la montaña corría lo erizó de rocas y aportó millares de guerreros nuevos, al ejército que esperaba al de Ahuitzotl que tan orgulloso llegaba, creyendo que por atravesar hasta allí sin resistencia, sería invencible.
Los ejércitos mexicanos llegaron acampando en las anchas vertientes de la mantaña en que se guarecían las fuerzas mixtecas, zapatecas, mijes y tehuantepacanas al mando de Cosijoesa, y bien pronto el sitio empezó con ataques inverosímilmente espantosos: desde lo alto de los muros rodaban avalanchas de rocas en turbiones de flechas envenenadas, oleajes de muerte, batallas tan crueles que los muertos no se contaban sino por masas de centenares... de los flancos del abismo se hicieron sepulcros de legiones.., las carnicerías nocturnas con el incendio de los bosques de las faldas de los montes se iluminaban y la catástrofe se sucedía al pie de las altísimas murallas, de las que descendían gruesos hilos de sangre humeante, caliente y roja en donde abrevaban las aves ébrias y ahitas en el festín de la matanza diaria...
Ahuitzotl en persona tuvo que ir al frente de un nuevo ejército á reforzar las aniquiladas legiones, y el ejército del bélico emperador también se estrelló contra las ciclópeas murallas... El hermano del augusto caudillo va en su ayuda con un tercer ejército más aguerrido, veterano, fuerte y
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numeroso; pero después de cuarenta y nueve batallas, ciento cincuenta y tres asaltos en ocho meses, los mexicanos se encontraron al pie de la formidable montaña...
Entonces fué cuando Ahuitzotl se dirigió, para vencer, al amor
[Aquel hombre que había sacrificado centenares de miles de hombres á su orgullo, amaba con ternura á su divina hija Coyolicaltzin — copo de algodón — cuya hermosura y virginidad no quería que fuese vista de ningún humano...
¡Ella debía vencer al formidable rey Cosijoesal
Envió sus embajadores de paz al rey zapoteca... y éste, confiando en las tropas mixtecas que guardaban la montaña, dióse á descansar en sus dominios de Tehuntepec. .
Albercas deliciosas de sonoros manantiales, frescos, transparentes y azules recibían el cuerpo del adusto Cosijoesa, quien nadaba con placer en el cristal de las ninfas, bajo follajes floridos y aromáticos, escuchando el canto de las vírgenes hijas de los héroes mixtecas...
A la hora de bochornosa siesta, el augusto monarca, solitario, ávido de frescura iba á sumergirse en azul estanque, cuando repentinamente retrocede estupefacto ante prodigiosa mujer, virgen, de regios adornos, ruborosa, vacilante y trémula...
— |Hija del cielo!... ¿Qué quieres?... Te juro darte todo mi poder porque ninguna otra doncella como tú debe habitar en el muudo... El alma del Universo te envía á mí... ¿Qué quieres?...
— Señor, — contestó la doncella, — que me ames... Supe que eras grande y te adoré... déjame ungir tu cuerpo con el jabón sagrado.
— ¡Tu voluntad es la míal... ¿Qué quieres aún?... suspiró el monarca.
HEKIBERTO FRIAS
— Mira, yo soy la princesa Coyolicaltzin, hija de Ahuzitotl; me sentía atraída por tu grandeza; te amo y me amas... yo estaba destinada á los dioses; ¿pero qué más dios que tú?
Pero para que seamos felices áliate, con mi padre, él es grande como tú, sellen la paz y ya no se levanten sus macanas...! Lo pido yo...!
— Así será...
Al pronunciar estas palabras la doncella corrió, inter-, nándose en los verdes cañaverales... En vano la persiguieron los guardias de Cosijoesa.
La espantosa guerra terminó. Los emisarios del gran zapoteca fueron á la corte de Ahuitzot para escoger la más linda y pura virgen; y naturalmente le trajeron en andas de oro y plumas preciosas, á la que los mexicanos llamaban Coyolicoltzin, y á quien los zapotecas nombraron Pellaxilla. — Copo de algodón, — amorosa mujer que debía dar la felicidad á los antiguos reinos del Valle de Oaxaca, — sér que fué rayo de luz blanca en un mar de sangre!
La salvó á través de las sierras..,
El amor del chontal
¿pífe-HERSJALM era un chontal jigante y bárbaro entre vÉfelos más bárbaros y jigantes chontales de las agrias sierras.
Rey y caudillo de salvajes hordas dispersas, amaba la sociedad de las altísimas rocas vestidas de nieblas, donde — frío camarada de los torvos aguiluchos — dormía la siesta augusta de un soberano indiscutible y fuerte.
Devoraba con predilección entrañas de niño y sesos de hombres, y prefería la sangre caliente sorbida en las venas abiertas de la víctima, al fresco licor de los cocos tiernos.
Cegaban los relámpagos de sus pupilas negras acostumbradas á los horizontes inmensos; su chata nariz, fina como la del lobo, olfateaba desde las alturas á las presas vi-
vas del fondo de los valles; sus brazos, recios y brutales, levantaban rocas para aplastar ejércitos y desgajaban árboles para cerrar las cavernas en que guardaba su botín; sus piernas eran largas, macizas y ágiles, tan ágiles que parecían alas, y tan elásticas que le hacían saltar de roca en roca, de la barranca á la cumbre, del fondo del abismo negro á la cúspide que se perdía en el azul.
Era todo un soberano bárbaro. Arriba le amaban las águilas — á las que obsequiaba con desdeñosa protección las piernas y brazos y toda la carne demasiado dura que le sobraba de sus presas — abajo, le huían las fieras y espantaba á los hombres. En los anchos ríos, luchaba nadando con los lagartos acorazados y de temible cola. — Con sus pieles se cubría el pecho para librarse de las 'flechas de los hombres civilizados; mixtecas, zapotecas y mexicanos. — Su voz retumbaba como un trueno, agrandaba en ronco caracol por las concavidades de los montes, para llamar á sus súbditos, los bárbaros chontales y los salvajes chochos, quienes acudían, llegando del ardoroso Sur, del Norte, donde el azteca imperaba, del Oriente, de abruptas montañas y de las regiones donde los grandes ríos derraman sus aguas en el rugiente mar...
¡Ay de las caravanas de comerciantes! ¡Ay de los viajeros á quienes sorprendía el colosal jigante!
Todos — hasta el bravo mixteca de indomable vigor para la guerra, el mije huraño y el astuto zapoteca — temían al formidable Chersjalm,
Ahora ved á Chersjalm, el gran jigante devorador de entrañas humanas, el soberano fuerte y ágil, amigo de las águilas, temido por las fieras, vencedor de los lagartos, espanto de valientes mixtecas y de feroces mijes; ved á Chersjalm, esclavo, tímido, tembloroso, velados los ojos terribles de negras pupilas abarcadoras de horizontes infi-
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nitos, doblada la cabezota de cabellera bárbara, conduciendo, ligado á sus lomos, el trono de oro y perlas en que se sienta la dulce y bellísima GoyolicaltzinL. ¿Cómo no, si el tremendo rey de las sierras la vió, la amó, y quiso ser esclavo de la gran reina de Teozapotlan para ser feliz mirándola?
He aquí como fué el génesis de semejante prodigio: Chersjalm dormía una tarde cuando de súbito se levantó de un salto, lanzando un grito de dolor y rabia: larga sierpe se le había enroscado en el cuerpo, mordiéndole el pecho. Violentamente la arrancó de sí, despedazándola con furia, mas comprendiendo que el veneno del reptil era mortal y sabiendo que en las márgenes de un río del valle crecía una planta que era el único antídoto, corrió por entre las malezas: y saltando, volando casi, sin detenerse un momento, devoró distancias enormes, haciendo huir hombres y fieras á su paso; le sorprendió la noche; pero él siguió su carrera feroz y rugiente por el dolor. En las tinieblas, por entre bosques espesos, trepando, bajando, arrastrándose, sintiendo ya las primeras quemaduras de la fiebre, siguió hacia el río. El nuevo día halló al jigante en plena carrera; pero ya extenuado, jadeante, moribundo .. Llegó al fin á las deliciosas riberas de magníficos vergeles floridos, perfumados y frescos .. busca entre los arbustos y el follaje, pero sus pupilas, antes tan poderosas, se nublan; por primera vez en su vida siente el cansancio, el desaliento y la tristeza
Comprende que va á morir, que ya nunca más gozará de la alegría de ser fuerte, de saltar, de ver los inmensos paisajes de la montaña, de luchar y de vencer. . recuerda los nidos de águilas, mira las ondas precipitadas del río, en ese mismo instante ve la planta salvadora á sus pies;
se inclina, la arranca y desesperadamente la lleva á su herida que mana una sangre negruzca y fétida; pero ya no tiene más fuerzas, y su cuerpo terrible se desploma.
Gayolicaltzin, esposa de Gosijoesa, rey de los zapotee »s, paseaba aquella mañana por los jardines de uno de sus palacios de campo, en Tehuantepec, donde en honor de los embajadores aztecas que á aquel reino enviaba su padre Ahuitzotl, se preparaban grandes fiestas, banquetes y cacerías.
Acompañábanla algunas mujeres de su servidumbre, atentas á cumplir sus menores caprichos.
La hermosa reina lanzó un grito de sorpresa al ver el enorme cuerpo del jigante que se retorcía, contrayéndose por atroces dolores.
Y como era tan buena como curiosa, la joven Coyolicaltzin se acercó, y todos observaron sobre la herida las hojas de la planta. Entonces, comprendiendo que ésta era la medicina, la misma reina le frotó el pecho. Chersjalm abrió los ojos y fébrilmente contempló con instintivo agradecimiento á su buena protectora, quien ordenó que se le trasladara á la cámara de las sábias curadoras para que se le atendiera.
¿Quál no sería el espasmo del rey zapoteca, de sus generales, de sus ministros y de los ancianos embajadores del Emperador mexicano, que tanto se desesperaban de no poder dar caza con verdaderos ejércitos á Chersjalm, cuando lo vieron retorcerse en la estera en que le atendía una vieja sabia curadora!
El terrible chontal yacía, presa de de una espantosa fiebre; sentía dolores tremendos como si le rompieran los
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huesos, y eran tan espantosos sus aullidos, que los ecos de los valles #los repetían, llevándolos á las lejanas montañas de las sierras. . Todos contemplaban con asombro al temido jigante, á quien Cosijoesa pensaba someter á horrible suplicio, como cactigo ejemplar de sus bárbaras rapiñas.
Mas he aquí que se interpone Coyolicaltzin, diciendo noblemente:
— No puede ser así; no ha sido tomado en franca lucha; que combata como en mi patria se acostumbra, con cinco de los más bravos y pujantes guerreros, Si los vence le daremos libertad y sino, será entonces sacrificado.
Cosijoesa adoraba á Coyolicaltzin, así es que ordenó que se respetara al chontal.
La ciencia de las curadoras de la corte zapoteca le salvó la vida. Pero era grande el asombro del bárbaro al contemplar aquellas suntuosidades del palacio, las finísimas esteras, los tapices de algodón bordados de plumas de colibrí, las pinturas de las artistas y sobre todo la gentileza de la reina que le visitaba. Había quedado débil y extenuado, sentía algo extraño y dulce al ver tan cerca de si, el cuerpo de la deslumbrante Coyolicaltzin.
Cuando ella se acercaba sentía él violentos impulsos de, arrojarse sobre ella y llevársela como la mejor pieza á lo alto de sus montañas; pero más que los guardias que le custodiaban, le deíenía el fulgor tranquilo de su mirada, clavándole sobre la estera en que yacía.
Al fin le dijeron por conducto de un anciano esclavo chontal quien también había sido terrible en su juventud, que tendría que batirse con dos fuertes campeones mixte-
cas, dos mijes y un zapoteca armados con escudos, macanas y gruesas mazas
El solo debía llevar su coraza de pieles y una macana pequeña.
Nobles, guerreros, sacerdotes, embajadores y una multitud de soldados y gente del pueblo acudieron en torno de la gran piedra, sobre la cual se libraría el combate.
La reina y Cosijoesa, rodeados de los embajadores aztecas, estaban bajo un toldo de algodón bordado de perlas, conchas, lentejuelas de oro y plumas maravillosas.
La corte llegaba de una cacería en que los capitanes mexicanos habían realizado proezas... los criados cargaban cestos enormes rebosando animales cuadrúpedos de los bosques y una infinidad de aves acuáticas que eran la delicia de la reina. Después de la lid empezaría el banquete.
Instantánea fué. Nadie se dió cuenta cómo sucedió que rodaron derribados, con los cráneos abiertos, los cinco adversarios de Chersjalm. Unicamente se vió que extendiendo los brazos giró sobre sí mismo en el instanté en que aquellos se abalanzaron sobre él. . Un espanto glacial conmovió á la muchedumbre.
Y Chersjalm sonreía...
— Cumple tu promesa, señor, — murmuró Goyolicaltzin, al oído del rey.
— Chontal, díle que puede irse á sus montañas, pero que nunca baje de ellas porque no le perdonaremos ya, — dijo Cosijoesa al intérprete, quien se acercó al vencedor transmitiéndole aquellas palabras:
— Quiero ser esclavo del rey; soy más fuerte y más ágil que cien, llevaré sobre mi espalda á la reina con la velocidad del águila, y si no, que me maten...
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Mas el zapoteca, temiendo algo terrible de aquel hombre, le puso preso en su palacio, pensando domesticarlo poco á poco.
Un estupor inmenso hay en Teozapotlán. ¡La reina ha desaparecido!... Con su desaparición coincidia la partida del capitán mexicano Tiloilitzin y veinticinco guerreros que acompañaban á los embajadores, quienes habían llegado á pedir permiso á Gosijoesa para que por el valle en que se asentaba su reino pasasen las tropas de Ahuitzolt; mas no era sino el pretexto para arrebatar al rey zapoteca la reina Goyolicaltzin.
Así lo comprendió el astuto hijo de Zaachiila; pero del rapto debía hacer ya dos días, ¿cómo perseguirlos si ya estarían unidos con tropas auxiliares mexicanas, que esperaban en las gargantas de las Mixtecas?... ¿Qué hombres águilas encontraría para recobrar á su esposa?
Entonces se acordó de Chersjalm... ¿Mas si este tremendo jigante la robaba?
— Al menos no logrará sus planes Ahuizotl, ni podrá arrancarle á mi esposa el secreto de mis ejércitos ni del veneno de sus flechas! — exclamó Cosijoesa. Y como ellos disparado, partió Chersjalm, quien reconociendo el secreto de los caminos de las montañas en vertiginosa carrera que no detenía ni para comer, fué recto tras los guerreros mexicanos, esquivando sus exploradores con audaces rodeos... Al fin olfateó con delicia el perfume del cuerpo de la reina! Y guiado por él, una noche sorprende la guardia en la falda de un monte, y derribando obstáculos con un recio tronco de árbol que llevaba, llega hasta el lecho de la hija de Ahuizotl, la toma en brazos y con ella parte feliz, soberbio como nunca, orgulloso de llevar al rey tamaño tesoro, esperando que después le permitan conducirla en su trono de oro y perlas...
HERIBE&TO FRIAS
Ella al pronto se creyó perdida y, desmayada, no supo nunca cómo Chersjalm pudo salvarla á través de las ágrias sierras.
Cosijoesa, loco de alegría, sabiendo que Coyolixcaltzin le amaba más que á su alevoso padre, el Emperador Ahuitzotl, á quien él no revelaría nunca el secreto de los ejércitos del reino zapoteca, otorgó al chontal el placer divino de cargar como tímido esclavo á la reina generosa que le apartara de la barbarie con la dulce fragancia de su ternura.
Por eso el tremendo devorador de entrañas humanas, el rey bárbaro, temido por los lagartos y amigo de las águilas, marcha orgulloso y feliz cargando ligado á su espalda, el trono de los reyes zapotecas, conduciéndoles ágilmente, lo mismo á los placeres de sus jardines, que al estruendo de las batallas que de nuevo engendraron los rencores de Ahuizo.
,..E1 cazador ante la bestia negra!
Ave de amor y bestia de odio
Wamás los señoríos y reinos de Tehuantepec vivieron más tranquilos y gozando mejor prosperidad, que cuando vivió el emperador zapoteca, el primogénito de Cosijoesa, este ya anciano, ya necesitando que las esclavas doncellas de la corte de su digna y tierna esposa, peinasen sus cabellos blancos y los ungiesen con el aroma de las flores más exquisitas bendecidas por el sumo sacerdote del gran Palacio de Mitla.
El hijo del buen rey pasó á las maravillosas regiones del Sur, aclamado, glorificado, divinizado casi.
Después, cuando todos los súbditos de los amados reyes zapotecas supieron los tristes acontecimientos que entenebrecieran las rosas magníficas de la diadema del joven príncipe, cuando aquellas escenas de horror se desarrolla-
ron, y que el joven rey, fulminando por las predicciones
de los espíritus del porvenir, tornóse más sombrío y más tétrico; después... lució la gran apoteosis de la felicidad de aquel reino tehuantepecano, vasallo del Emperador Cosijoesa, — cuyos últimos días eran los postreros rayos de oro de un magnífico crepúsculo de gloria...
Cosijopii era bueno, justo y afable; mas lo que entenebrecía su alma era la sombra de un remordimiento: había cumplido la voluntad paternal causando la muerte de una santa mujer!
Su buen padre le había dicho:
— ¡Oh! mi hijo muy amado! ¡oh! el escogido por el Alma del Universo, por el Gran Espíritu Infinito que flota sobre toda la creación para hacer que la raza nuestra sea próspera y feliz y que todos los pueblos que á ella se acojan reciban también por eu poderoso influjo, su real grandeza y su paz soberana; ¡oh! hijo mío, la última, pero la primera también de mis voluntades, consiste en que hagas resplandecer la virtud santa de la aureola de la virgen más pura y que mayores y más profundos bienes ha lanzado en torno suyo: te hablo de Pinopiaa, tu hermana.
Oye: tu sabes que su hermosura es tan prodigiosa, que todo el explendor de la primavera de nuestros campos, se desvanece ante la fragancia de su boca risueña y casta, y que la luz mágica de las auroras matutinas que incendian las ondas frescas de los ríos, es sombra vana delante de las claridades suavísimas y conmovedoras de sus pupilas que son dos estrellas...
Y sabes también que si su belleza es grande, su virtud aún le aventaja, y que si su castidad conmueve, el suave ritmo de sus frases consoladoras para los afligidos encanta á cuantos le escuchan... ¡Bien conoces que es un prodi-
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gio; pero lo que ignoras es terrible! ¿Sabes lo que predijeron los sagrados augures?...
— |La apoteosis, su santidad eterna, padre ,y señor! — contestó el príncipe.
— ¡Es cierto!... ¿Pero á qué precio? ¡Debe triunfar de todas las acechanzas y persecuciones del amor; no debe aparecer como reina, y sin embargo debe reinar!... Es preciso, es condición necesaria para que ella santifique la memoria de nuestra raza y eternice su esplendor, que muera santa y pura, después de atravesar como una paloma blanca, incólume, cantando < siempre, por todas las más horrendas tempestades de la vida!... Llévate á tu augusta hermana: has que una vez en tus nuevos Estados abandone los ricos mantos y todo el esplendor que hasta hoy ha revestido para que, libre y suelta, vaya á cumplir sola, completamente sola, su misión.
Allá en las enormes selvas de Tehuantepec, donde las tempestades braman entre resplandores de relámpagos y estampidos de truenos, allá donde son innúmeras las víboras ponzoñazas, y hay águilas soberbias aleteando sobre las altísimas montañas, y por entre las malezas rugen el fiero leopardo y el tigre rabioso, y el bravo león, allá deja ir sola á cumplir su prodigioso destino á la santa y pura Pinopiaa, mi muy amada hija, tiernísima paloma blanca que debe triunfar de todas las acechanzas brutales y bárbaras que en formidable huracán le tienen que oponer sus maldades eternas y de las que tiene que surgir vencedora y pura!
Ve, hijo mío...
En vano intentó saber más el príncipe Cosijopii. Partió llevándose á la princesa Pinopiaa, su hermana, para dar-
le libre suelta á su voluntad al llegar á los bosques donde erguían los palaciós zapotecas recien edificados, sus magnas suntuosidades. ¡Era preciso cumplir la voluntad del franco sacerdote de Mitla, Gran Atalaya que todo lo ve en las eternidades pasadas y futuras, y en todos los espacios infinitos del Universo y de la vida!...
¡Así se lo había ordenado solemnemente su padre, y así lo cumpliría!
...Llegaron y Cosipopii le dijo á Pinopiaa en el gran salón del palacio:
— Hermana: ve y cumple tu destino. — ¿Qué deseas?... ¡Di! Y ella contestó:
— Soy toda amor; ir á buscar al que amo, donde lo encuentre, en la montaña, en la llanura, en el bosque en el río ó en el mar. En sueños una noche vi un guerrero negro que se acercó á mí... y mostrándome un gran bagaje de cráneos y una muy grande ánfora rebosando sangre roja, me dijo: — Soy el espíritu de la lucha, de la destrucción y de la guerra; soy el espíritu negro de las batallas, y estoy cansado ya... soy el tigre obscuro del odio y estoy ahito; ¡si vieras que quiero descansar! Reposar, amando un poco. Por eso tú, casta y dulce virgen, consoladora de los melancólicos; tú, que enamoras, porque eres símbolo de paz, ¡oh paloma!.. Por eso el tigre obscuro de las selvas tormentosas te ama!
Iba yo á contestarle, hermano mío, cuando desperté sobre las pieles de tigres bordadas con plumas de paloma, de mi lecho.
— ¡Y desde entonces quisiera ser toda amor, ser paloma y encontrar como amado de mi corazón á algún fiero adalid, soberbio y triunfal como una bestia brava de los desiertos, un tigre negro, — símbolo del odio,— para adorar-
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lo yo que soy paloma!... Ese es el destino Cosipopii de la princesa Pinopiaa!...
Aterrado el rey de Tehuantepec al escuchar semejantes palabras contestó:
— ¡No debo impedir la voluntad del augusto Atalaya del Universo: Ve, amada hermana!
Ella partió, y él dijo á sus mejores guerreros y á los más ágiles chontales, huaves y chinantecas que vencían las fieras de las montañas y de los bosques:
— [Id á traerme los tigres negros de los desiertos... y el que me traiga el que devora las palomas blancas, será el esposo de la princesa Pinopiaa!
La bestia negra, el tigre de las sierras nebulosas era nada menos que un gran príncipe mije, sombrío hijo de los reyes siniestros de las agrias rocas de las montañas.
Aquel feroz asolador habitante de las tremendas vertientes del colosal Cempoaltepec había jurado exterminar á los zapotecas, hijos de los valles, á los odiados zapotecas, cuyos antecesores les hicieron bárbaras carnicerías con los de su raza, obligándoles á subir, á subir siempre más arriba, hacia las sombrías nieblas de los escuetos montes... ¡Y el bárbaro príncipe Mije que sostenía la guerra santa contra los verdugos de sus padres era el azote de los habitantes de las llanuras que él asolaba, rugiendo como un tigre negro, símbolo del odio irreconciliable y de la muerte!
Y efectivamente, — tigre negro, significaba su nombre duro en el breve y bárbaro lenguaje Mije antiguo. — Pronunciar su nombre entre el trueno de los torrentes, en plena ráfaga de huracán, era lanzar al tremendo concierto de lá bravia naturaleza enfurecida, en el vértigo de las catás*
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trof es de la tempestad en la sierra, un alarido de formidable venganzal...
También los augures mijes dijeron que habían de ser el tigre de la venganza, el fiero demonio del odio... ¡Y que había de causar mucho dañol
Mas su padre habíale ordenado que siempre obedeciera la señal divina de los sueños... Y he aquí que una noche, — dulce, tranquila noche bañada por la serena melancolía de la luna inundando deliciosamente los jardines del valle,— sueña cansado por una jornada de estupendas matanzas, que mira plácida virgen, lánguida y purísima cortando flores blancas en las márgenes de un riachuelo, bajo la música solemne de los gallardos plátanos que se agitan abanicando la noche de plata... Y él le dice al fin á la bella: Virgen del amor: Estoy ahito de odio; ámame, ámame destruyéndome, era el símbolo del odio. ¡Seré tu esclavo!
Despertó y en torno suyo había la soledad y la muerte. Desde entonces se dió á buscar la virgen de sus sueños, la paloma blanca de sus amores extraños de monstruo ahito de sangre, nostálgico de paz...
Cuenta la leyenda zapoteca que se transformó una noche en tigre negro, rondando el nido de una paloma y que un cazador audaz y terrible le ahogó en sus fornidos brazos...
Mientras el tigre negro espiraba rugiendo, apagando brutalmente su gran voz, reina de los ecos de las selvas, bajo la solemne música de los plátanos que se abanicaban al viento, — la paloma entonaba lánguida y tiernísima canción de amor,— suspiro que se fué perdiendo en el inmen-
so bosque solitario, estremecido trágicamente... ¡La paloma había muerto también!
Cuando el valiente cazador llegó ante el palacio de Cosijopii, arrastrando el cadáver de la bestia negra, el príncipe lloraba ante el cuerpo exánime de Pinopiaa...
¡Y el afortunado vencedor, al volver al rostro á su presa, vió el cadáver del terrible mije!
De pronto escúchase un rugido que se va apagando y al fin se convierte en un dulce trino, en un gorgeo musical...
Y cuenta la tradición que el cadáver de la princesa tuvo una vaga sonrisa de amor.
Desde entonces cesó el odio entre mijes y zapotecas...
Le descubre el plan de los enemigos
El Ejército en marcha
penas los guerreros de Tenoctitlán habían descansado algunos días de las fatigas de las guerras contra el indómito reino de Chalco, cuando de nuevo hubo de saber el gran Moctecuhzoma Ilhuicamina, que los mercaderes tenochcas, que fueran á hacer cambios valiosos, á los pueblos del Sur, habían sido asesinados y que sus cuerpos flotaban en las aguas de los ríos, escarnecidos por multitud de salvajes pájaros y errantes tribus bárbaras.
Tal injuria al poderío del rey de México, demandaba sangrienta venganza. ¿Qué importaba que las últimas inundaciones hubiesen destruido los mejores almacenes de los teocallis sagrados y la riqueza de los tecpans opulentos?
Ni que las miles de víctimas sacrificadas en las terribles
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últimas campañas en que los ejércitos mexicas, habían salido victoriosos de ellas regresando con innumerables prisioneros cuyos sangrientos corazones fueron propicios á Huitzilopoxtli? ¿Ni qué hombres ni animales faltaran para cargar los cuantiosos tesoros de mantas, armas, pieles, oro en polvo, plumas y víveres, que arebataron en las saqueos de las ciudades enemigas que al fin después de ser incendiados sus templos, quedaron tributarios del Imperio del gran Ilhuicamina?... ¡La guerra era necesaria!
Así fué que Moctecuhzoma reunió su Consejo presidido por él mismo y los reyes de Tlacopan (sus aliados); además, asistieron los yaoyisques más viejos y de más ilustre experiencia en las guerras, para ser consultados á acerca de los detalles del plan de campaña que se estaba discutiendo.
El respetable cuerpo de los «águilas» y tigres» — cuautlis y ocelotis, — representados por los más bravos caudillos, optaron con gran entusiasmo por una guerra de exterminio y de total incendio y saqueo, para acabar con aquella raza obstinada y rebelde.
Solemnemente se promulgó la campaña publicándose en todos los barrios y en todas las ciudades y villas de Tlacopan, Texcoco y demás reinos aliados, para que todos los guerreros aprestasen sus armas y equipo.
Y empezó el apercibimiento de gente y viveras, y activóse la fabricación de flechas y dardos, en tanto que fueron avisados los señores de los pueblos por donde había de pasar el ejército, para que tuviesen alojamientos y comestibles y reservas de hombres armados y de mujeres proveedoras, de las que seguían á los mercaderes y eran guías en el acompañamiento de la retaguardia de las columnas en marcha.
Uno de los más altos generales del ejército, el Huitznahuatl, al mismo tiempo sacerdote encargado de atraer hacia sus armas el favor del Dios Huitzilopoxtli, invocaba en el grad teocalli, al rojo ídolo tutelar de las batallas, clamando solemnemente la oración suprema:
«El Dios de la tierra abre la boca con hambre de tragar la sangre de muchos que morirán en esta lucha. Parece que se quieren regocijar el Sol y el Dios de la tierra, el solemne Tlaltecuhtli; quieren dar de comer á los dioses del infierdo, haciéndoles convite con sangre y carne de los hombres que han de morir en esta guerra.
Porque á la verdad, no os engañáis, ¡oh DiosI en lo que hacéis, es necesario que sepáis querer que mueran en la guerra, porque ciertamente para esto los enviásteis á este mundo, para que con su carne y con su sangre den de comer al Sol y á la tierra... ¡Oh, Señorl señor de las batallas, dueño de todos, ¡oh, Tezcaílipuca, invisible é impalpable, os suplicamos que aquellos á quienes permitáis morir en esta guerra, sean recibidos en la casa del Sol, en el cielo, con amor y honra y sean colocados y aposentados entre los valientes y famosos que han muerto en la guerra.
A nuestros generales dadles habilidad, para que sean padres de la gente marcial, de los que andan por los campos y por los montes y saben los riscos, descienden á las barrancas; y en su mano ha de estar la sentencia á muerte de los enemigos y criminosos...
«Os rogamos también, ¡oh,TezcatilpucaI que hagáis mercedes de vuestra largueza á los demás guerreros humildes, dadles algún abrigo y una buena posada en este mundo; hacedlos esforzados y osados y quitad toda cobardía de su corazón, para que con alegría no solamente reciban la muerte, sino que la deseen y la tengan por suave y dulce; y que no teman las macanas ni las flechas, sino que las
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tengan por cosa suave y dulce como á flores y manjares deliciosos, ni teman, ni se espanten de la grita y alaridos de sus enemigos.
»Sois el dios de las batallas de cuya voluntad depende la victoria y á quien queréis ayudáis y á quien queréis desamparáis; y puesto que esto es así, os suplicamos que desatinéis en larga embriaguez á nuestros enemigos, para que se arrojen en nuestras manos bajo nuestras armas cayendo todos prisioneros ó cádáveres.» (1).
Y habiendo hecho todos los jefes y yoavisques y humildes soldados y mancebos que iban por primera vez á la batalla sus sacrificios personales, atravesándose el cuerpo con púas de maguey, y cortándose las carnes con cuchillos de ixtle y obsidiana, al fin partió el ejército, arrastrando con magnificencia ante el pueblo su imponente marcial muchedumbre.
Iban á la vanguardia los generales, yoavisques, luciendo atavíos multicoloros, plumas y nácares, después los ocelotls con sus pieles de tigre, transformadas sus cabezas en grandes hocicos bestiales y feroces, y los cuhautli, águilas de cuernos y enormes picos; después seguían los diversos escuadrones, cada uno con su respectivo color. Los había azules, verdes, amarillos, rojos y negros; sus jefes llevaban banderas, hermosos pantlis peculiares para darse á conocer, y á la espalda cargaban los retumbantes huehuetls de oro para dar sus órdenes... Y todos los rostros llevaban pintados con negras rayas ó con curvas rojas para* mayor ferocidad espantable... Al Oriente flotaban millares de penachos y un inmenso clamor de mar humano repercutía estruendoso en tanto que la gran muchedumbre se
(l) México á través de los Siglos,— Tomo cap. X, págs. 622 623.
extremecía de bárbara felicidad, sintiéndose acariciada por la sombra trágica de Huitzilopoxtli que los llevaba á la victoria y á las matanzas.
Al rendir las jornadas, improvisábanse campamentos que eran ciudades fortificadas destacando sus grandes guardias, centinelas avanzados y su gente exploradora; en tanto que el Tlalcatecuhtli discutía bajo su tienda de carrizales y pieles, con los jefes yaovisques, las órdenes déla noche y la marcha del siguiente día.
En las sombras, los ancianos tequihua y los inteligentes y experimentados quachic internábanse por entre bosques y montañas para sorprender ó espiar al enemigo, bien armados y dispuestos á dar su vida alegremente si perecían en su empeño, al ser descubiertos. .
Mientras los guerreros se agitaban, las mujeres que en los caminos conducían gentilmente sus armas corrían á llevarles ánforas con agua fresca para mitigar su sed, humildes y amorosas y dispuestas como ellos á la muerte...
Aquellas mujeres eran tan bravas como los yaovisques.
El brillante y florido ejército que iba á dar fin con la osadía de los hijos del Sur, hubiese perecido una mañana al internarse en espesos bosques si no lo hubiera salvado la osadía de una mujer valiente y apasionada que marchaba tras el ejército sólo por el amor de un gallardo ocelotl quien la miraba con desprecio por su condición baja, pues no era sino la hija de un plebeyo macehuatle.
En plena sombra, antes de que el gran Tonatiuh inundara las selvas en sus magníficas claridades, ella, triste y afligida, dióse á vagar internándose por los desiertos negros y rumorosos.
Mas hé aquí que de repente escucha voces y extraños ruidos... Como es ágil, sube á un árbol y allí, inmóvil, acecha y espía.
Pronto comprende que son los enemigos que preparan una emboscada á los tenochcas, siguiendo precisamente la misma táctica de éstos, astuta y habilísima.
Mira á la luz de un gajo de luna, cómo los guerreros enemigos se tienden boca abajo abriendo los brazos con las armas á su lado; después sus compañeros los cubren los cuerpos con ramas y malezas, hasta hacerlos desaparecer por completo...
Cuando por el claro del bosque pase descuidado el enemigo, se levantarán furiosamente, envolviéndolo y aplastándolo. Ella lo comprende; baja entonces, y através de la noehe y la espesura, guiada por su instinto maravilloso, llega después del alba hacia donde vaga su jefe yaovisque avanzando á las columnas de la vanguardia del ejército.
Ella, jadeante y valerosa, le descubre el plan de los enemigos...
Así fué como pudo ser prevenido el grandioso ejército de Moctezuma cuando iba á la conquista de los pueblos del Sur con el pretexto de los ultrajes inferidos á los mercaderes de su reino; así se salvó; por el amor de aquella que después fuera esposa favorita del valiente ocelotl, quien trajo siete prisioneros de la campaña, después de la cual fué convertido en gran señor, en Tecuhtli muy principal y muy amado de su rey.
..,Y el rey miró... la cabeza de su hijo!
La flor de la victoria
(LEYENDA MIXTECA)
"¿Qué decís vosotros que parece que traéis vuelto el seso, quién es ese Moctezuma que decís, por cuyos mensajeros venís á mi Corte? ¿Por ventura Moctezuma Ilhuicamina no es muerto muchos años ha, al cual han sucedido muchos reyes? ¿Quién es este Moctezuma que nombráis? Mas si es que hay alguno ahora y es rey de México, id á decirle que le tengo por enemigo: que no quiero darle mis flores, y que advierta que la montaña que humea tengo por mis linderos y términos."
Torquemada, Mon. Ind. Lib. 2, Cap. 6.
or fin, cesaron las reales fiestas en los palacio de Moctezuma Xocoyotzin; ya las tropas de bailarinas extran-
jeras no arrebatan á las muchedumbres de guerreros mexi-
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ca en las alegres danzas, ni los poderosos cazadores son aclamados por las favoritas del rey cuando les llevan en largas caravanas de esclavos, anchas cestas rebosando las piezas cogidas, por fuerza ó maña, vivas ó cadáveres, en los ignotos y ricos dominios de Anáhuac; en el gran templo de Huitzilopochtli ya no corre á torrentes la sangre, ya las sagradas piedras del Teocalli no humean, ni el pueblo en tumultuosas oleadas rugientes, estallando tempestades de alaridos, aclama el litúrgico y cruel aparato de la hecatombe horrible... ¡Los buenos y devotos aztecas están hartos de corazones!... Ya la pompa imperial de la coronación de Moctezuma Xocoyotzin, después de la muerte del bravo y suntuoso Ahuitzotl se desvanece lentamente, pues por regia y grande que sea la majestad del señalado por los dioses para regir el imperio, cuyo trono irradia como un sol en la ciudad magna de Tenochtitlan, cuatrocientos días de festejos y sacrificios son demasiado placer para el ejército que lamenta tan prolongado descanso...
Moctezuma, cumplidas con celo ejemplar sus prácticas religiosas, como jefe de todo un inmenso ejército y el primero de los adoradores de los dioses nacionales, después de sentir hondas nostalgias y raras tristezas, abrumamientos extraños, sobresaltos imprevistos que turban sus placeres y amargan sus orgías, delirios negros y pesadilas rojas que rayan de dolor y sangre el sueño de sus noches, nervioso, irritado, soberbio y terrible, buscó los más in-
[ imaginables goces, anhelando calmar con néctares nuevos, la sed morbosa de sus imperiales fauces...
Lleváronle en caracoles nacarinos, incrustados de ópa-
I los, perlas y esméralas, en armazones de oro, — copas que valían un imperio y que costaron sangre y lágrimas, — el jugo de flores exquisitas bien fermentado... y mujeres de Xalixco y súbditas de los señores tarascos, cuando el rey bebía le acariciaban las mejillas, el cuello y el vientre con plumas larguísimas de seda azul de misteriosos pájaros...
¡Todo era en vano! El imperial monarca se fastidiaba, estaba triste; cruel enfermedad ensombrecía la luz de goces exquisitos, que su dios propició le enviaba para adormecerle y mostrar á los cien pueblos de su enorme soberanía, la predilección con que los vencedores hijos de poderosos príncipes, son mirados por los dioses inmortales que así premian el valor, la fuerza, la audacia y el triunfo!
¡El, que tanto amaba á sus mujeres; él, que en las noches de apacible luna gustaba de pasear en los jardines del palacio de las favoritas, arrebatábase en sombría cólera cuando oía el nombre, — ¡el nombre tan solo! — de alguna belleza que le pronunciaban para alegrar su fastidio!
De sus amigos y parientes nobles, caciques y reyes, se olvidó también, y cien valerosos guerreros temblaron ante la mirada fulminante del irrritado monarca.
Su hermano, el Sumo Pontífice del Templo Mayor, del teocalli de Huitzilopochtli, alzababa al cielo los brazos convulsos, aullando formidables alaridos sagrados para conjurar el tedio imperial del gran Moctezuma, clamando al dios de la guerra para que se conjurara la desgracia del imperio azteca!
— Señor, gran señor, soberano rey, inmenso rey de cien reyes, hijo favorito y amado del gran dios de la guerra, magno padre de todas las grandezas del mundo, tú te has dignado admirar la fijeza de mis pupilas, la robustez de mis brazos, la agilidad de mis piernas y el ánimo inquebrantable de mi valor. Soy uno de los más poderosos generales del ejército ¡y me has comisionado para que lleve tus huestes al Sur, á las montañas de los orgullosos mixtecas y zapotecas, los únicos que no te rinden el culto divino que mereces...!
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¡Ah! gran señor, tú no sabes cuál es el secreto del poder de esa gente...
|Es que ellos poseen el árbol perfumado y encantador de la victoria; el árbol donde florecen las estrellas inmortales de la pasión, y dá rosas cuyos cálices están llenos con el vino de los triunfosi
¿Sabes, ¡oh, rey de cien reyes! por qué los magníficos ejércitos de tu poderoso antecesor Ahuitzotl, el relámpago de la guerra, sabes por qué se estrelló contra las fortalezas de Guiengola, en esa tierra de los paraísos, besada por los dos inmensos mares?... ¡Pues por la flor de la victoria!...
Hubo un gran silencio...
— ¡Miserable guerrero, traidor que odias á tu rey, sacrilego que blasfemas contra los dioses de tus padres, sabiendo donde está ese maravilloso árbol, que produce esas rosas de las que los guerreros que volvieron de la larga y ruda campaña de Tehuantepec contra el gran Cosijoeza, con quien place á los dioses que comparta todas las regiones de estas tierras, me han hablado siempre con soberano entusiasmo; tú, que sabes donde lucen y perfuman las flores del amor y de la guerra, eres un infame porque hasta hoy no me hablas del prodigio y no te atreves á decirme á dónde irán mis embajadores á traerlo!
Así dijo con tremenda explosión de cólera el monarca • Moctezuma ante el bravo general Tlilxochil, quien pretendía llevar consuelo á la ensombrecida majestad del emperador, refiriéndole los portentos del mágico árbol que floreciera en las montañas de la fortaleza de Guiengola, donde tres ejércitos mexicanos se estrellaron contra las legiones de xapotecas, mijes, mixtecas, huahoes, chontales, chochos, y de las obscuras tribus guerreras del Sur de Tehuantepec, mandadas por el rey Cosijoeza.
— Señor, — contestó el guerrero mexicano; — en vuestros
jardines, la delicada florescencia del árbol de la victoria florecerá, porque sois grande y justo y bueno.
— ¡Vengan los más ilustres ancianos del pueblo; venga también mi hijo muy amado, que hoy mismo partirán á las lejanas sierras mixtecas á traerme la flor de la victoria!
Soñada por las púdicas vírgenes, vista en sueños por los niños hijos de los grandes príncipes de las montañas, cantada por los bardos que alegraban, en las duras jornadas, las fatigas de las tropas con sus himnos musicales y épicos; amada por los guerreros que, al aspirar su perfume extraño y arrebatadamente embriagador, momentos antes de la lid, sentíanse vigorizados, palpitantes de soberana energía, iluminados por luz de gloria suprema, regado por cristalinos arroyuelos cuyos diamantes líquidos eran la luz con que se regaban los jardines del viejo rey de Achiutla, la divina flor, multiplicada prodigiosamente en albas constelaciones irradiantes de belleza y perfume, expléndida, gallarda y purísima, gloria de las vírgenes princesas... era el prodigio de las_ maravillas!
Porque el anciano rey de Achiutla, que había sido uno de los más valientes guerreros mixtecas de las pasadas campañas, ahora era un buen padre amoroso, que entre entre sus tesoros contaba las flores del árbol de la victoria, hijos de los paraísos de Tehuantepec, en premio del valor y el patriotismo mixteca y las tres doncellas, tiernas niñas, dulces y vivaces avecillas, hijas del amor del buen monarca.
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El dios de la guerra, cual trofeo digno de la pujanza del • campeón, le otorgó la gloria de poseer en sus jardines la flor Izquixochitl, y la diosa de las virtudes de ¡a familia, la alegría de que albergaran en su hogar las ternuras primaverales de sus tres hijos...
Tres viejos hipócritas, — inválidos sacerdotes, aduladores de Moctezuma, perpetuamente ébrios con el licor de «Xóchitl,» — escoltados por el audaz capitán Tlitxochitl al frente de una legión de feroces «caballeros águilas» llegan al palacio del anciano cacique mixteca, quien antes de enterarse de la misión de los embajadores del gran Moctezuma, les prepara alojamientos suntuosos, ordena que se les bañe y perfume, y tras de regocijos marciales y mutuas salutaciones, les recibe en el gran salón de su justicia.
— Cacique, señor de estas montañas, bárbaro reyezuelo, el gran Moctezuma, emperador de todos los reyes, el favorito de los dioses, el omnipotente azteca, te pide el árbol de las flores blancas, pues le place mucho tenerlo en sus jardines, porque así lo hubo de ordenar su antecesor el gran Ahuizotl... [Dánoslo y di cuánto exiges por él!...
Imposible sería pintar la noble cólera delreydeAchiutla al escuchar la altanera demanda del embajador; pero, refrenando su ira, arrojó su indignación contra el nuevo monarca, clamando que no entregaría el árbol de las blancas flores, y que tan solo por aquella audacia de pedírselo, reconocía como su enemigo al tal Moctezuma.
— ¡Pulverizado será tu imperio, reyezuelo insensato!... Nos llevaremos la flor, tus hijas serán esclavas... y tus subditos serán sacrificados en el gran Teocalli...
Jamás venganza de tirano alguno, fué más cruel que la de Moctezuma ante la negativa del señor de Achiutla. Lo más florido de la juventud azteca engrosó el ejército de la usurpación que debía arrancar del expléndido jardín el árbol maravilloso, y del palacio á las hijas del viejo cacique.
[Ni un solo mixteca quedó vivo en las cercanías de Tlaxiaco, y su señor . Mallinalli, amante de una de las princesas de Achiutla, fue hecho prisionero.
El noble anciano maldijo á Moctezuma y murió, aconsejando á sus hijas ser siempre dignas de su nombre...
Ellas fueron á acogerse al amparo de Cosijoeza, en Teozapotlán, donde su buena esposa, la reina Coyolicatlzin, prometió vengar la memoria del anciano mixteca, aun contra el hijo de Moctezuma, que era su primo.
La reina llama á un gigante chontal esclavo... le habla en voz baja... y cuando hubo partido el fiel bárbaro, sonríe, diciendo á las jóvenes:
— Moctezuma no tendrá la flor de la victoria... ¡Llorará sangre!
En el palacio del emperador azteca hay inmensa algazara: es que llegan los primeros tesoros que envía á su pa« dre el emperador, su hijo, el jefe de los ejércitos contra los mixtecas.
El mismo valeroso Titlxochitl conduce, envuelto en largas mantas de algodón, el árbol maravilloso, arrancado de los jardines de Achiutla... Nadie, ni el mismo orgulloso
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conductor del tesoro, osó descubrir la sagrada reliquia, á la que una guardia de doncellas perfuma, pues notan que exhala repugnante fetidez; pero los sabios sacerdotes que acompañan el árbol de las blancas flores, aseguran que es por la irritación de los dioses, que anhelan que pronto sea transplantado á los jardines de Moctezuma.
Se apresta el augusto emperador en el salón sagrado, á recibir, sin acompañamiento alguno, el codiciado tesoro... El capitán, lentamente, solitario también, se dirige al monarca. Un esclavo arranca las mantas finísimas... De pronto, el rey, miró sin comprender, mas luego...
¡Qué grito aulló Moctezuma!
¡En la punta de la lanza vió, no el árbol, sino la sangrienta y negra cabeza de su hijo!...
Soy la guardián-genio del valle..
El monstruo verde
l rey Nooztjoo,( amigo de los emperadores de la Gran Tenoetitlán, de cuyo imperio inmenso es tributario y á quien ha donado espléndidamente sus mejores tropas para la conquista de las misteriosas regiones de Occidente... encuéntrase triste. '( ] Ay! del bárbaro pueblo sobre el que Nooztjoo deja caer el cacli sagrado de piel de leopardo tocado á la boca monstruosa del dios de la Guerra... ¡ay! de ese pobre pueblo que levantara sus ciudades al pie de los montes cercanos al mar infinito por donde el sol se recuesta sobre esteras rojas como en un lecho de relámpagos flamígeros culebreando por el oleaje púrpura de la sangre, — ¡ay! de ese desven-
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turado pueblo que pactó alianza con el triunfal imperio mexicai
Las tristezas de Nooztjoo son como las lúgubres tristezas del cielo, y sus cóleras son como las tronantes rabias de los huracanes occidentales que levantan montañas negras coronadas de espumas blanquísimas y que con formidable empuje van á escupir la muerte contra las playas... ¡Es cruel Nooztjoo, el sombrío caudillo de las hordas del Norte, apacentadas al fin en las vertientes de las sierras que miran ponerse el sol!
¿Por qué está triste el bárbaro monarca?... Su hija Tres Mariposas está enferma.
En vano fué que sabios conocedores de venenos de yerbas y serpientes,' venidos del reino azteca y de los señoríos lejanos del Sur y del Orisnte )llegaran á intentar conseguir el alivio de la bellísima doncella. ¡Nadie logró avivar su sangre, ni dió á sus melancólicas pupilas negras el brillo juvenil que parecía haberse extinguido para siempre...
Cual los furiosos leopardoe de las sierras, que rugen hambrientos en las noches tenebrosas, haciendo estremecer en torno la vida animal, como el súbito tronar de las tormentas hacia el rey, rugía comprendiendo que su hija iba á ser llevada á los mundos del reino de los genios negros! )
¿Amaba el monarca á su hija? No. Amaba al orgullo insaciable de su ambición tremenda, despótica.
Su hija estaba prometida como esposa, al hijo del emperador de México, ella debía arrebatarle los secretos de sus dominios, destilar sobre él y los suyos, el veneno em-
briagador y dulce, mortal y voluptuosísimo, del jugo de una planta por él descubierta...
¡Oh, aquel jugo era un licor divino!
¡Ay de los que escanciaban aquel brevaje!... Sentíanse transportados á paraísos de felicidad, en tanto que sus cuerpos dormirían el sueño de un reposo mortal y trágico.
Tres Mariposas en la corte de los emperadores mexicanos, debía derramar aquel vino delicioso y fúnebre, en una gran orgía... y ¡ay entonces de los valientes capitanes, de los formidables adalides mexica!...
Aniquilados por el licor embriagante, convertidos en infelices séres afeminados, entregarían el Imperio en manos del padre de la reina, del rey de las hordas llegadas de Occidente, del hábil Nooz-tjoo.
' — ¡Mi hija doy al que la arrebate de la muerte! había dicho el monarca desesperado al ver que la doncella moría.
— Señor, déjame ir á los valles profundos, misteriosos y terribles de mi patria. En ellos se arrastra la serpiente de la vida. Su jugo salvará á tu hija. No quiero su amor, es demasiado para un esclavo; me darás rg¿ libertad. Consulta á tus sacerdotes... Te dirán que sólo en Oriente, por donde surge Nuestro Padre el Sol, sólo allí puede existir la fuente de la vida.
Así dijo el esclavo mixteca, — antes un recio adalid caído en traidora red en duro combate con las hordas de Nooztjoo, cuando éste era aliado de los mexicanos en las invasiones de las Altas Mixtecas.
Tres Mariposas amaba al guerrero. Este adoraba su libertad; la gloria de las montañas, el tibio ambiente luminoso del Sur lejano. Mas era noble y leal y cumpliría su palabra; traería, atravesando sierras, valles, lagos y ríos, el jugo de la serpiente de la vida.
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— ¡Vé! — le dijo el rey.
El esclavo partió. Tres Mariposas, — que sólo estaba enferma de amor, del imposible amor por el esclavo, vencido campeón enemigo, — quedó esperando el regreso de su amado para ser feliz con él... ¿Qué le importábanlas grandezas mexicanas pagadas con la muerte y el envilecimiento que en copas magníficas debía derramar en la corte?
Armado gallardamente, (arco de recio temple, largas saetas, macana de agudos filos, bordón de camino, casco de fiera cabeza, y en el pecho al uso de los guerreros mexicanos y tarascos, espesa cota de algodón forrada con pieles salvajes,; lánzase el esclavo de la improvisada corte del rey occidental en busca de la Serpiente de la vida. Marcha, marcha animoso y soberbio por entre valles extensíisimos, caldeados por un sol bárbaro por entre selvas umbrías, espesísimas, pobladas por animales rugientes y traidores, teniendo que combatir con ellas día y noche, y atreviéndose á penetrar á saltos como un tigre al fondo de las abruptas gargantas de las sierras, por sobre cuyos agrios peñascales á ¿pico, pasaban audazmente, muy alto, bajo las brumas tempestuosas, las águilas, tendida el ala negra, solemnes y augustas...
— ¿Qué buscas en esta caverna, guerrero?
— El valle donde está la serpiente que da el jugo de la vida... Ha mucho tiempo que perdí el camino... ¡Y era el comino de mi patria! ¡Ver mi patria lejana y querida!... ¡Busco mi libertad! pero la he de comprar con la salud de la hija del rey Nooztjoo... ¡Soy mixteca y he de cumplirl
...¿Sabes tú, joven vagabundo, por dónde hallaré las montañas de mi patria?
— Mira, — contestó el triste joven del triste aspecto, casi
desnudo, á quien así había interrogado el errante campeón.— Lo que falta á Tres Mariposas es el amor... Vuelve y te amará... A su rey,-^pérfido hermano de Maxtla,— llévale el jugo de las serpientes verdes, llévaselo en una gran ánfora, á todo correr de ágiles esclavos... Y después de gustarlo, ya no se acordará de sus perfidias... ¡Y tú serás el rey, entonces.
— ¿Quién eres tú?... ¿Dónde está el valle de que me hablas?
— Soy un rey vagabundo, vagabuno y odiado como los flacos coyotes de los montes... Busca el valle de los manojos de serpientes; tendrás sed, destrózalos; retírate, torna luego y beberás el jugo de la vida y de la muerte! Refrescado ya, no gustes más de él... Lleva el resto al tirano...
Y desapareció el misterioso vagabundo...
— ¿El valle de los manojos de serpientes verdes? ¿Qué misterioso lúgubre valle será ese? Mas... iremos! — Y al decir esto, siguió su carrera el joven guerrero.
Al día siguiente, jadeante, bañado en sudor, se encontró en inmensa llanura, salpicada de manchas obscuras, que eran como grupos de largas, con vas y gallardas macanas verdes, que airosamente erguíanse en torno de una torrecilla central... ¿Será aquel el valle de las serpientes?
La sed le extrangulaba... y se internó por el bosque de los grupos de gallardas macanas verdes... y para probar si eran rudas armas, él esgrimió la suya con brío, derribando aquellos manojos... Pronto el llano cubrióse de verdes hojas puntiagudas... ¡Qué batalla!
Siguiendo en su carrera días después, no viendo el fin de la llanura, tornó por el mismo sendero, más sediento que nunca...
Mas hé aquí que encuentra en un gran grupo de las verdes macanas, en el fondo del centro una fuente que
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exhalaba frescura... Arrojando sus armas se inclina; apartando las verdes hojas, bebe ansioso y al levantar la faz mira la más bella mujer que en su vida contemplara.
— Soy la guardián-genio del Valle de las Serpientes. ¡Lleva al rey el licor de que has bebido!... Y dale tu amor á Tres Mariposas.
Nootzjoo bebe el jugo del valle de los mónstruos verdes. Ordena, ébrio, que sus ejércitos vayan á traerlo en ánforas para regar sus orgías, olvidándose de sus ambiciones y traidoras intrigas, envileciéndose y haciendo caer su reino en poder de los mexicanos, en tanto que su hija vuelve á la vida, no con el jugo de la fatal serpiente, sino por la generosidad leal del mixteca, quien la lleva á sus montañas, donde un apoteosis la transforma en reina, reina poderosa, ¡por qué nunca gustó del jugo de los mónstruos verdesl
VIH
Moctecutzoma ante el Cometa
La inmensa lágrima
jflkYi^ quella noche Moctecuhzoma, después de haber presenciado la danza de las ocho doncellas que del reino de Michuacán le trajeran cual digna ofrenda, los embajadores, habiendo fumado el magnífico tabaco de las costas de los mares del Sur, mezclado sabiamente con el divino ámbar que diestros obreros de aquellas remotas regiones pulverizaban para darle aroma deliciosísimo y embriagadora magia de ensueño, — tabaco y ámbar en regiamente barnizada pipa de arcilla cholulteca, — después de la orgía que terminaba siempre el nocturno banquete, el emperador ébrio, ahito y somnolente, se tendió sobre los plumajes maravillosos, — de áureos flecos y campanillas de esmeraldas rodeados por ópalos de tonos blancos y azules, — plumajes expléndidos y raros que cubrían el algodón muelle y lánguido de las finas esteras.
Y ceros de él estaban las cuatro favoritas del imperial Tecuhtli que había abolido en los últimos días los derechos de nobles y plebeyos, de tributarios fieles, jueces se-
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veros, dignatarios probos, ancianos de los tribunales que, como el augusto Tlatocan, eran fuentes de buena administración de justicia y modelo y origen de orden, y aún los más dignos yoayisque y caballeros-águilas nobilísimos...
Cabe el suntuoso lecho del tirano, lecho-trono que significaba un mundo de riquezas, de trabajos, abnegación, lágrimas, esclavitud y sangre... existencias de tribus enteras sacrificadas, altas y rojas hecatombes porque aquel lecho del soberbio Moctecuhzoma era un valle siniestramente rico; lágrimas, perlas y agonías de pueblos, tenía la rara cualidad de que del fondo de sus blancos algodones surgían perfumes sútiles y blandas caricias enervantes, tibias y votuptuosísimas... cabe del magnífico lecho las cuatro favoritas, en sacro silencio velaban el augusto sueño.
Allá en las cámaras adyacentes bullían las multitudes de cortesanos servidores, de poderosos nobles, de ricos tecuhtlis tributarios venidos de sus lejanos cacicazgos, de ancianos pochtecas enriquecidos después de un ciclo de aventureras expediciones al frente de caravana de comerciantes audaces é ingeniosos, por las comarcas de regiones antes desconocidas, de yaoyisques viejos y doctos tácticos veteranos en miles de victoriosas campañas y venerables negros sacerdotes de los más imponentes teocallis, — excepto los del templo de Huitzilocpochtli — y también respetuosamente colocados en el lugar que la severa tiránica etiqueta del imperial Tecpan exigía...
La gran Tenochtitlán, en pleno explendor de la gloria que sus antiguos reyes habían conquistado con el ingenio, el valor, la tenacidad, el patriotismo y las virtudes domésticas de un pueblo descendiente legítimo, único y fuerte de las bravias tribus que fueron peregrinando siglos y siglos en pos del águila triunfal de su destino... la gran Tenochtitlán soberbiamente aletargada sobre la isla yacente
en los grandes lagos azules, custodiada por los enormes y eternos enamorados, — de niveas cabelleras deslumbrantes, — los volcanes, dormía también.
Ella, la poderosa vencedora, la del pueblo teenhti, la fanática idólatra del formidable Huitzilopuchtli, repleta de sangre humana, hastiada de victorias, duerme el mismo sueño de insana embriaguez que derriba á su altanero señor, á su abominable déspota hipócrita, cruel y cobarde, el mismo sueño intranquilo y abyecto de las noches del crimen...
Dormían la imperial Metrópoli de los mexica, — corrompida y brutal, — y su amo el emperador, adusto y feroz... la esclava inmensa sobre las infinitas láminas de las ondas obscuras que chispeaban estrellas, copiando el explendor del cielo y el teeuhtli ébrio sobre los plumajes finísimos salpicados de esmeraldas y ópalos, perlas y primorosos caracolillos de oro...
Pero el valle anegado en las sombras nocturnas, circundado por las enhiestas y culebreantes serranías que aprietan su colosal diadema de granito sobre el hermoso Anahuac, el valle no parecía dormir el mismo sueño de felicidad y plenitud orgiástica de la Gran Señora Tenochtitlan. Sus caseríos, — parvadas de chozas en torno del adusto teocalli, oliente á sangre humana, tibia aún, — parecían estremecerse dolorosamente, palpitar con sacudimientos de interna misteriosa angustia y de sus centros, como de sus corazones subían al cielo estrellado y negro, vagos gemidos y ligerísimos vapores blancos...
Ascendían los rumores prolongando los ecos de las montañas de la Sierra sus acentos quejumbrosos, reuniéndolos arriba, concentrándolos en algo como una queja enorme que á veces era himno elegiaco demandando misericordia, á veces imprecación tremenda apostrofando á las tinieblas que caían sobre Tenochtitlan... Y al par que aquellos rumores subían, también iban rumbo á las fulgurancias es-
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telares, esas neblinas blancas que se unían condensando nubes... extrañas nublazones resplandecientes... nubes que desparramaban blancuras fulgurantes »
Condensaciones de infortunio; lángrimas de viudas y alaridos de niños huérfanos, horrendas imprecaciones de los esclavos, anatemas terribles de ancianos, gemidos de madres solas, pobres y sin esperanza de las represalias á la vuelta del hijo arrebatado, lamentos de jóvenes heróicos ofendidos, mirando á sus amadas en el Palacio de las Mujeres de Moctecuhzoma, de ancianos sacerdotes que antes custodiaron los templos de los dioses gratos y propicios al pueblo esclavizado, eran los rumores que de los caseríos y ciudades del Valle... de todo el Anahuac ascendían, componiendo aquel himno gigantesco y melancólico que en aquella noche estremecía los viejos ahuehuetes de los bosques y los pinos altísimos de las montañas y que sobre el dorso invisible y veloz de las ráfagas nocturnas, volaba hacia el Tecpan del Emperador!...
Angustias, insomnios, lobregueces, elegías, meditaciones, plegarias, juramentos de venganza, epopeyas de las almas oprimidas ideando el próximo levantamiento en la hora de las rebeldías sagradas, inquietudes, cóleras, ansias y delirios evaporábanse en la siniestra noche y en las tinieblas esfumaban blancuras y vagas, tenues, ligerisimas neblinas... y allá, hacia el cielo estrellado despedían luces... como dispersos trozos de santos rotos en una súbita y satánica batalla del Apocalipsis.
Así fué como en aquella noche dormía plácidamente la feroz Majestad, verdugo de su propio imperio, en tanto que los pueblos de aquel imperio palpitaban en sangriento insomnio, sacudidos por los recuerdos de las bárbaras matanzas y de los últimos ultrajes, ausentes las vírgenes
de los hogares, muertos los mancebos cuyos corazones habrían devorado los señores mexica.
La noche iba siendo más y más negra; más y más voluptuoso y profundo el sueño del rey... Las cuatro favoritas velaban, agitando sobre la imperial cabeza el largo plumero que, cual enorme y lento colibrí batía sus púrpuras y oros, entre el humo perfumado de la sala; los servidores,—todos grandes nobles, guerreros y gente muy principal y rica, — velaban en sacro silencio, y más allá, arrullado al eco de las brisas de la noche la soberbia Tenochtitlán, inmóvil, parecía muerta, ya abatida por el sueño, agobiada bajo el peso triunfal de sus últimas conquistas...
Y al fin... en las riberas de los lagos cobijados por las grandes sombras los pueblos de los pequeños señoríos y reinos Texcoco, Chalco, Tlacopan, Atzcapotzalco, Xochimilco, otros que el verdor de sus jardines hermosea y la gracia de sus mujeres enaltece, — por fin, hartos de exhalar á lo alto inflexible la esencia de sus largos sufrimientos, duermen ya con soberano alivio... ¡Acaso un hálito de f é venido de la región de la luz, pasa por los vergeles ensangrentados, consolando las multitudes que agonizan!...
Mas hé aquí que de súbito, negra pesadilla acompañada con extraño fragor rauco, entenebrece y altera el feliz sueño del procer azteca... Se incorpora Moctecuhzoma, lívido y tremendo, agitando sus brazos cuyas pedrerías relampaguean á la luz rojiza de los braserillos de plata... retroceden espantadas las doncellas que velaban y sus largos plumeros caen sobre los estrieos... pero el rey clama sordamente llamando al gran adivino de su palacio que debe vigilar los astros en la terraza... Y, seguido de la azorada multitud de sus nobles servidores cortesanos fué á dar á lo alto.
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Las ráfagas frías de la noche acariciaron su frente y agitaron los pliegues de su mano...
Mexthixcuihtlix he tenido un sueño horrible... quiero ver si es verdad que he de presenciar la aparición del signo formidable, antorcha de fuego, macana destructora que dominará mi imperio, al mismo tiempo que hará nacer otros dioses... y que del fuego de los incendios hará brotar la nueva era de otros dioses... Soñé que era una larga sierpe de luz y fuego... Pero... yo no la veo ¡mentira!... ¿Sería que en jicaras más anchas bebí hoy el neutli perfumado?... No... [Mírala! ¡Allá está la serpiente de luz!
Y Moctecuhzoma, aterrado, contempló en el confín de los cielos tenebrosos, rodeados por emjambres de estrellas, un gran cometa, de brillante foco, rodeado de vaporosas fulgurancias y arrastrando con infinita majestad sobre el terciopelo obscuro de la inmensa bóveda, larga, ancha y flamíjera cauda que emanaba luz blanquísima. Instantes después, los cortesanos retiraron á Moctecuhzoma desmayado por el pavor que le produjera aquella rara enormidad de luz en plena noche!
— ¿Cómo snrgió?... Escucha, Señor grande y divino, — dijo al día siguiente el sabio Mextlixcuihtlix, el Tecuhtli del imperio de los mexica, — velaba yo como todas las noches en lo alto de tu gran Tecpan... la noche en el valle era profunda en tinieblas y silencio... me pareció que allá habia tristeza. Luego escuché rumores, eran como gemir de infelices, como sollozos de mujeres... y al mismo tiempo subían nubecillas blancas como las nieblas que brotan en las mañanas del fondo de tus lagos... Después las nubes se aglomeran, relampaguean y truenan... y de pronto brotó el rayo... el rayo inmóvil que tú viste y que es símbolo de que pronto, por medio de un rayo así, — fuego y luz, — todo tu imperio acabará... ¡Ese astro es una lágrima convertida en luz que enseña, y fuego que destruye!... Ahora, ¡oh, gran Señor, mira y espera!
El sueño del cazador gueirero.
Guerrero-Relámpago
(jIJI^a orgullosa ciudad de los aztecas, audazmente asencfer^ tada — y sin embargo casi flotante — sobre los lagos que resplandecen con la caricia azul del cielo, vibra estremecida la canción de los triunfadores...
Tornan sus ejércitos al mando de ilustres jóvenes de heroico renombre y de sabios ancianos de memoria triunfal, arrastrando enormes serpientes de muchedumbres vencidas, cadenas largas de los infelices que restan de los pueblos arrasados, multitudes prisioneras que miran con pavor los tecpans y los teocallis de Tenochtitlán.
De las regiones mixtecas y aún del ancho Valle zapoteca, donde han dejado la huella de su fuerza dominadora, vuelven los ejércitos desbordándose en las alegres calzadas
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y fuentes que comunican la ciudad con las llanuras, bosques, huertos, sementeras y jardines del Valle...
Suenan los caracoles triunfantes, retumban los teponaxtles de sonoros redobles y surge en el ambiente el himno semibárbaro del huhuetl de combate, precipitando fantásticamente su compás guerrero en el .soberano arrebato de la algazara que festeja el éxito de la expedición... Y oíase en vertiginoso concierto, produciendo infinita sinfonía colosal, el formidable griterío del populacho aclamando la gloria de los vencedores.
Tililtzin, sobrino del tecuhtli Moctecuhzoma Ilhuicamina fué el que decidió la victoria, el único que pudo con audacia, astucia y perseverancia tomar la altísima fortaleza que en el intrincado desfiladero, allá en la garganta de Mixtecas, se alzaba inexpugnable y tremenda. H El joven guerrero se había distinguido desde su infancia por la suprema devoción que había tenido para Huitzilopotchtli y en el Calnecac era el más adicto á los sacrificios... Su cuerpo estaba salpicado profusamente de cicatrices. Miles de largas y agudas púas de maguey hacían sangrar eternamente sus miembros, y semanas enteras pasaba él en lo más agrio de desiertos, desnudo, ayunando, errante á través de las espesuras de los más ingratos malezales, en busca de fieras para combatirlas y observar sus costumbres, expiando su existencia batalladora y bravia...
Ascendía á los más altos picachos de las cumbres para admirar las águilas, y armado de audacia, flechas y cuchillo de obsidiana para provocarlas y trabar con ellas lides feroces que terminaban cuando era noblemente vencido y se retiraba, rodando por entre las rocas y los espinos á las cavernas donde era invencible.
Bajaba á los valles ó á la falda de los montes, atrave-
sando las selvas espesísimas para seguir á las culebras, descubrir en las márgenes de los ríos á los lagartos y enfrentarse con los leopardos...
Frugales almuerzos, agua de los manantiales, una piel tosca de tigre, reforzada en el pecho con fuerte coraza de lagarto, y eterno batallar por los desiertos, sin olvidar los sacrificios personales; durmiendo poco, esquivando al hombre, huyendo á galope de las mujeres. Así fué durante un año la vida de Tililtzin.
Aquel día, cuando llegó en soberbias andas, aclamado por el pueblo, conducido por nobles jóvenes, al són de las marciales músicas bárbaras de sus ejércitos, Tililtzin iba, después de salir del Gran Teocalli, á recibir, para enriquecer su Tecpan de verdadero Tecuhtli en sus dominios cercanos á Ixtacaico, como dón magnífico de su tío Moctecuhzoma, una gentilísima doncella de origen real, pues era hija del Señor de Tlacopan, Flor de los ensueños.
¡Cuántos bravos voavisques generales de los ejércitos de los reinos aliados del Anáhuac, que tantos méritos tenían envidiaron el presente regio, y también cuántas princesas, hijas de viejos, riquísimos consejeros y mercaderes suspiraron por la felicidad de aquella virgen que el rey de Tlacopan cedía al sobrino de Moctecuhzoma!
Refieren los narradores de esta verídica historia, que cuando en el salón imperial se hallaba toda la nobleza, milicia y clero de México, Texcoco y Tlacopan, ante el trono de los tres monarcas presenciando la ceremonia de la entrega de la niña princesa, todos los jóvenes que descalzos y en humilde actitud, — cual lo ordenaba la terrible etiqueta del Tecpan mexica, — habían recibido permiso de
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levantar sus miradas, lanzaron un grito incontenible, unánime... ¡Qué prodigios!... ¡Jamás ninguno de los más aristocráticos ancianos habia visto delicia y belleza semejante á la que todos presenciaban!
...Vieron una niña delgada de rostro oval, dorado, sonrisa tierna y breve, ojos grandes, de redondas y graves pupilas negras.
Un maravillosísimo huipilli de algodón blanco bajaba de sus hombros... plumazones de colibríes fabulosos, de hilillos de seda matizaban los bordados multicolores de las opulentas cenefas... Cintas rojas y azules en sus cabellos, triples gargantillas de perlas, corales, nácares y dijes de oro y plata en el cuello y en las argollas de los brazos...
En un instante, hondo silencio rebozó en la gran sala imperial...
Iba á hablar el gran sirviente íntimo de Moctezuma para otorgar el supremo don al vencedor; mas de súbito el rey, emocionado, exclamó:
— ¡No es esa mujer la que te otorgo, Tililtzin; esa pertenecerá á mi serrallo, si no hay quien pueda merecerla!... Has consumado proezas grandiosas... pero su hermosura es demasiado grande... Los dioses se consultarán... Espera, mientras tanto... escoge entre las hijas de todos I03 tecuhtlis ó ancianos, nobles y ricos...
Ella, que había bajado los párpados de sus divinos ojos negros, los alzó para mirar intensa y largamente al bravo Tililtzin, quien de súbito sintió tal latigazo de cólera, que iba á lanzarse para protestar; pero comprendiendo toda una promesa de amores en la mirada de la doncella, se calmó, contemplándola á su vez largamente.
El silencio invadía de nuevo el salón, la atmósfera se había enardecido aún más... ¡Tantos corazones de doncellas latían ardientemente, anhelando ser las preferidas por el augusto y marcial príncipe!
v V
Esperaré ¡oh! gran Tecuhtli; ¡oh, mi muy amado señor! que hablen los dioses... Tonatiuh, el terrible ave saltadora de las selvas, padre de todo lo que vive y lucha, y Huitzilopochtli, que dirige á los combatientes en las batallas y se regocija con la sangre de los vencidos, me han visto vencer siempre... les ofrezco mi sangre si no logro conseguir el triunfo que me dé á la preciosa hija del Tecuhtli de Tlacopan, siempre que tenga que combatir con hombres como yo, siquiera... ó con las aves que aman al sol ó los bravios habitantes de los bosques que adoran las noches bebiendo en sus anchas pupilas la nieve transparente de la luna. ¡Oh! gran Tecuhtli... moriré si no obtengo á quien amo y á quien me ofreces!... Y á ninguna más acepto.
El rey de México no contestó, el de Texcoco sonreía recreándose en las bellezas que se extendían bajo las policromas techumbres de la sala, y el de Tlacopan, inferior á los dos, temblaba de júbilo, comprendiendo que su muy amada hija estaría destinada á un príncipe aún más noble, rico y poderoso.
Moctecuhzoma era tan valiente caudillo como sabio político, insigne traidor, prudente gobernante, digno justiciero, duro tirano, impetuoso gozador de los placeres, grande, soberbio y falso... casi como un antiguo rey europeo...
Hacía tres años que no veía á la princesa hija de su aliado el tecuhtli de Tlacopan... Vagamente sabía que era una hermosa criatura, pero al Verla tan bella y gallarda con su maravilloso huipilli blanco de opulentos dibujos, expléndidamente bordados con áureas plumas de colibríes
finísimos... y vió como resplandecían las perlas, caracoles y corales de sus gargantillas expléndidas... y admiró la curva airosa del talle, la breve sonrisa triste y coqueta... y los ojazos negros bajo el casco ébano surcado de rojo y azul de su cabellera... ¡oh! entonces el triunfal emperador Ilhuicamina se decidió á no otorgar á tan hermosa virgen sino á un precio... imposible.
Consultó con el sacerdote del Gran Teocalli. Le dijo el imponente y negro prócer, tendiendo al rey lenta é hieráticamente los brazos:
— Díle ¡oh! hermano grande, señor augusto, digno hijo de los altos dioses, que debe revestir las puertas del Teocalli de Huitzilopochtli con cabezas de tigres y águilas que él ha de vencer... y traernos también... cuando quiera, un zenzontle blanco, muy blanco, como la nieve dal Ixtaccihuatl. Entonces le entregarás á la princesa...
Veinte magníficos y robustos chichimecas, otomies, mixtecas y zapotecas, todos cazadores, teniendo al frente á Tilitlzin, bien armados lanzáronse á estupendas cacerías en montes y llanuras á Sur y Norte... Tigres vivos y águilas moribundas caían á las flechas ó cuchillos de la tropa guerrera y cazadora dirigida por el príncipe mexica... Mas éste solo se lanzaba contra los zenzontles en las tibias noches de luna.
Multitud de infelices avecillas caían entre los robustos dedos del guerrero, quien parecía tener alas para seguirlas precipitándose como un relámpago sobre ellas, ascendiendo por los troncos de los árboles...
Todos los días enviaba á Tenochtilán águilas y tigres, ¡pero faltaba el zenzontle blanco!
Como terrible obsesión soñaba en el zenzontle blanco... sabía que le había de encontrar un día. Así lo había dicho el sacerdote...
En las noches, caía fatigado sobre las hojarascas de las selvas; ensueños de felicidad, el idilio de su ambición y su amor se le presentaban, acariciándole brevemente... Se veía atravesando, como en otro tiempo, por entre las muchedumbres que le aclamaban... porque llevaba el zenzotle blanco... Después, á una y otra puerta del tecpan, revestidas con los tigres y águilas cazadas, cortejos de tecuhtlis que le miraban sujetar poderosamente á las fieras, en tanto que entonaba un himno melancólico y triunfal el zenzontle blanco... Luego, ¡Flor de los ensueños! se le acercaba...
En los geroglíficos que simbolizan los episodios del reinado de Moctecuchzoma, aparecían ininteligibles los que representaban al «Guerrero Relámpago,» anciano y loco de ambición y amor, regresando con el zenzontle blanco ante el nuevo rey, que le desconoce... y hace sacrificar al que había sido el caudillo de los ejércitos de Moctecuhzoma, el déspota que así arrebató al egregio príncipe su amor.
El sepulcro del hijo del Sol
La gran conquista
ka la época en que la alianza de los reinos de Texcoco, México y Tlacopan había realizado el más grande poderío de la raza «náhuatl».
El inmenso Valle de México, cruzado por hermosas calzadas y canales amplios, surcados por ligeras chalupas ó grandes canoas que cargaban las mercancías de los pochtecas, — vías de comunicación que en prodigiosa red
ligaban los pueblos en un torrente de vida que circulaba por aquellas venas, — el inmenso valle poblado de bosques magníficos y espaciosas huertas en las faldas de las colinas, en los primeros declives de las formidables sierras que lo circundan, cual gigantescas y altas murallas vestidas con la pompa de sus selvas vírgenes y coronadas por la nieve eternamente, blanquísima; con su lago dilatadísimo en el fondo, en cuyo centro se alzaba la orgullosa Tenochtitlán con sus centenares de teocallis y tecpans, el gran Valle de México era entonces todo un compacto imperio, floreciente, poblado, rico, fértil y bellísimo, cuya capital, su gran corazón era la ciudad de los emperadores aztecas.
Las conquistas del bravo Ahuizotl, implacable y fanático guerrero que se complacía en inundar con la sangre de millares de prisioneros el templo del siniestro dios de la guerra, habían traído riquezas prodigiosas á los alcázares regios, mujeres de todos los pueblos y reinos que allende las montañas vivían esclavizados al yugo azteca, servían á les guerreros victoriosos, y las más bellas, eran esclavas en los tecpans del tecuhtli, quien apenas repuesto de las fatigas de la última campaña sagrada de la que trajeron cerca de trescientos mil prisioneros, ya meditaba emprender nuevas conquistas.
En aquella desenfrenada orgía de triunfos, hartazgo, indolencia y sangre del pueblo, los vencidos y las mujeres eran los que sufrían. El pueblo trabajaba las tierras de los guerreros, mientras éstos peleaban ó gozaban las delicias de sus riquezas; las mujeres iban al Tiauguis, tejían las telas, cocinahan los manjares y cuidaban de la educación de los hijos; los sacerdotes vivían en el Teocalli, entre las torpes ceremonias de los ídolos, á quienes hacían sacrificios para demandar mercedes, organizaban danzas y fiestas sagradas en los días marcados por el Calendario, instruían á los jóvenes en el arte de la guerra ó los inicia-
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ban en los misterios horribles del sacerdocio, haciéndoles pasar por atroces pruebes; consultaban el cielo y predecían lo futuro; en tanto, los comerciantes iban de un pueblo á otro, llevando los productos de uno y otro para cambiarlos con grandes ganancias, de las que daban buena parte al rey y á los templos; hendían las aguas de los canales, las canoas, cruzando las calles y plazas; los que cargaban los tributos de los nobles, y por doquier una inmensa respiración de vida y poder anunciaba la grandeza de la capital del imperio.
Y en las grandes fiestas religiosas, cuando se celebran los fines de mes, aquella vida desbordaba tumultuoso mente en una algazara inaudita, las muchedumbres del pueblo, los guerreros, desde el más humilde manejador de la honda, hasta el gallardo caballero — tigre, vestido pomposamente con la coraza de la fiera, cubierta la cabeza con el casco que era feroz hocico, del felino en terrible ademán; los pochteca de aspecto hipócrita, los ancianos respetuosamente saludados por sus hijos ó por las mujeres, todo lo más selecto y más vulgar se precipitaban hacia el gran Teocalli donde correría la sangre á ríos, y sobre cuyas gradas rodaría el cuerpo de la víctima sobre el que la muchedumbre habría de precipitarse, enloquecida, ébria de ferocidad fanática.
Tal era el aspecto de Tenochtitlán en aquella época, bajo la dominación del terrible Ahuizotl.
Refieren los geroglíficos que dieron margen á la rara leyenda que transcribimos en vulgar romance, que solo un noble anciano que vivía solitario entre las inmensas selvas que cubren la sierra del Poniente, comprendía que aquella embriaguez de poderío á que se abandonara la nación de los tenochcas, habría de ser la muerte de toda la raza.
Sólo él, comparaba la vida sencilla, virtuosa y heróica
de sus antepasados que nunca conocierou los adornos ni el lujo, ni la embriaguez y las danzas, con la malicia y los placeres de los que subyugan por la fuerza, incendiando y matando á los pueblos extranjeros para robarles sus riquezas y sus hombres y mujeres.
Sólo él, sabía ya del buen Quetzalcoatl, del misterioso peregrino del rostro blanco y resplandeciente como el Sol, el de la barba luenga y florida también.
Sabía que sus predicciones eran terribles... que sus fulminantes profecías se cumplirían inexorablemente si la raza se abandonaba á sus instintos de orgullo, y ansias de exterminio, y embriaguez de sangre.
El, era hijo de un noble yaoyisque tenochca descendiente de aquellos valientes peregrinos que murieron en Chapultepec, dejando á sus hijos por herencia el valor, la constancia y la sobriedad... y más que todo, el amor á los suyos; por eso lamentaba el solitario de los bosques, el futuro castigo del pueblo que desconocía las antiguas virtudes de sus abuelos.
¿Cómo salvar á su nación?
Entonces recuerda que Quetzalcoatl, peregrinendo hacia las montañas del Sur, fué dejando tras sí las huellas de sus sábias máximas, tesoros de elocuencia que debían mostrarse á los jefes de las naciones, para bien conducirlas y guiarlas á la felicidad.
Sabía que las antiguas razas, agradecidas por sus consejos y su ciencia habían levantado grandiosos monumentos á su memoria; que al mismo tiempo guardaban en misteriosas inscripciones sobre piedras, los preceptos salvadores, tesoros que harían feliz al pueblo que los poseyera.
Así pues ¿no sería más valiosa conquista la de esos tesoros, que la que con tanto exterminio y sangre emprendía Ahuizotl? — se preguntaba el noble tenochca vagando por los inmensos bosques susurrantes, que parecían maldecir eternamente á la ciudad lejana, dormida en el cen-
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tro del gran lago heróico, teatro de tantas batallas, tantas veces teñido en sangre!...
Así caviló muchos días, hasta que al fin, aquel único digno descendiente de la raza tenochca, bajó de sus montañas y simplemente vestido con una piel de gato montés, se acercó al tecpán del Emperador, un día de gran fiesta, poco antes de que partiera á la guerra santa contra la República de Tlaxcatla.
Era el instante en que el rey desde alto trono, era servido por hábiles esclavos que bien conocían sus gustos, — aún no llegaba la época del segundo Moctehzuma, que hizo sirvientes suyos á los más nobles señores, — en vasijas labradas y con formas de animales raros, barnizadas primorosamente le presentaban el licor de Xóchitl... aves del lago, conejos, pajarillos deshuesados, peces deliciosos y guisos de legumbres variadísimas, cultivadas en los jardines imperiales, en tanto que en un cestillo finamente trabajado por las mujeres del serrallo, humeaba el redondo y delgado pan de maíz que acababa de salir del camalli de las cocinas, todo esto instalado sobre magníficas esteras; en los bordes los nobles de pie, miraban respetuosamente y solo los yaoyisques ancianos ó los compañeros de campaña del monarca, se dignaban dirigirle la palabra. Iba á empezar la fiesta en cuanto el terrible rey finalizara su almuerzo.
Como era tenido por adivino, y en sus peregrinaciones aprendía lo que era de utilidad para el imperio, y en su juventud fuera amigo y consejero de los tecuhtlis del Valle, el anciano entró audazmente, alta su cabeza, de largos cabellos negros, — fuerte aún — apenas las arrugas de su rostro y lo ligeramente encorbado del cuerpo, anunciaban los dos siclos mexicanos que había vivido.
El rey le hizo sentar á su lado; pero él rehusó; mandó el tecuhtli que se le diese confortante licor; más también se negó á tomarlo; irguiendo su talla majestuosa, dijo seca
HERIBEETO FRIAS
y brevemente, huyendo de los enf emismos á que tan afectos eran los de su raza:
— Gran Señor; tu imperio peligra, su fin está próximo... ¿á qué más conquistas? Necesitas el tesoro de la sabiduría de Quetzalcoatl, el hijo del gran Tonatiuh, el señor de la Luz, el que todo lo ve y lo ilumina todo... Necesitas conquistar ese tesoro, que se encontrará al pie de los altos monumentos, en que, pueblos agradecidos lo han guardado. Vaya un joven guerrero de temple al frente de una expedición hacia las remotas regiones del Sur, más allá de los reinos mixtecas y zapotecas... Por signos inequívocos, el alma del gran peregrino, hijo del Sol, guiará la expedición, i Ay de la raza nuestra, si no se conquista ese tesoro!...
Nada más dijo el anciano. El rey, estupefacto, cavilaba. ¿Quién sería el atrevido que acometiera semejante empresa? ¿Quién había de encontrar paso por entre tantos reinos lejanos, enemigos todos del tenochca? |Mas era preciso alcanzar aquella gloria y evitar la catástrofe! Entonces se dirige á los nobles y guerreros de su corte y pregunta quien se atreve á lanzarse en pos de la misteriosa conquista; y el más joven, el ardoroso Centetlpochtlix, contesta:
— Señor, gran señor, yo voy; pero la hija que vas á dar al Tcuhtli de Tlacopan, la quiero yo.
— La tendrás; pero no vuelvas nunca si no consigues esa maravilla, porque te sacrificaré.
Algunos días después, Centetlpochtlix partía precedido de hábiles guías, acompañado de gran servidumbre, llevando sacerdotes y sabios ancianos y un numeroso ejército, rumbo al Sur. A sangre y fuego se abre paso por entre las sierras mixtecas, baja al valle zapoteca, y debilitado, solo, abandonado, sigue al Sur, buscando el monumento... y refiérese que al encontrarlo escuchó tremendo truenovoz de anatema que le hizo no profanar el sepulcro de la Sabiduría del hijo del Sol...
Y el jefe de aquella expedición pereció en las selvas... y ninguno tornó á Tenochtitlán... la que, falta del tesoro, habría de perecer más tarde...
Anciano ébrio
Costumbres aztecas
(RESUMEN' — De cómo en esta plática se comprende que él «Imperio* de los reyes de México, allá hace algunos siglos, era muy digno de tomarse en consideración, puesto que era ya fuerte y bastante rico para dictar leyes y prosperar, y aún sostener sus reyes y sus conquistas, siendo tan considerables todas estas cosas, que de ellas y sus costumbres y rituales, hablan con gran conciencia y sabia erudición antiguos y novísimos cronistas, de los cuales resume el autor este capítulo.)
a el esplendor maravilloso de la leyenda nacional
c^b antigua irradió sus últimos fulgores, ya desfiló la solemne procesión de «tecuhtlis» soberbios, de viejos sacerdotes y adivinos que solían mirarse tras las nubes rojas ó negras de los sangrientos «teocallis;» ya la selecta corte de los nobles guerreros, de los ancianos «yaoyisques,» de los bravios caballeros-águilas, de los audaces caballeros-tigres, presentaron el magnífico fausto de sus resplandecientes
armaduras bárbaras; ya fueron apareciendo lentamente, precedidos de los esclavos que cargan las riquezas maravillosas de sus mercancías, los ambulantes mercaderes, los «pochteca,». hipócritas próceres que fingen acatar el poderío de los señores cuyos países visitan, obsequiando á aquellos magnates con lo más precioso, para cambiar en el pueblo sus bagatelas por magnificencias expléndidas... y al son de los egregios caracoles y al tronar de los teponaxtles, danzan en torno de los ídolos horribles los mancebos que se educan para la guerra ó el sacerdocio, mientras las púdicas doncellas preparan en los hogares el alimento de los que trabajan ó luchan y fermentan el «octli» blanco y deliciosamente embriagador, que alegra los últimos días de los ancianos que han vivido por la patria y los dioses... y ya los «cuahutli,» de rojas alas de la Gran Casa del Sol, cruzaron raudos el espacio azul cerniéndose sobre la ciudad de «Tenoch»... ya las lunas melancólicas alumbraron tristezas de reyes vencidos, amarguras de doncellas y jóvenes, arrancadas de su país para ir á ostentar sus muertas hermosuras ó sus ímpetus domados en la corte del «Tecuhtli» de Tenochtitlán... ya bajo las pompas eternamente bellas, y varias de los horizontes que alegraran las ciudades de los «toltecas,» «chichimecas,» «acolhuas» y «tenochcas,» esplendieron en vivacidades supremas, fantásticas, prendiendo en la imaginación que retrocede á semejantes tiempos y lugares, la antorcha de los dramas legendarios, el luminar de las viejas epopeyas nacionales...
Ya fué toda esa delirante fantasmagoría penumbrosa, tanto más obscura cuanto de súbito las tinieblas se abren á los rayos de la verdad de los heroísmos innegables que viven aún en las ruinas lapidarias de monumentos cadáveres... porque sobre esos cadáveres emerge la vida de un fragmento de historia, eslabón vivo y fúlgido que se alza sobre los deshechos eslabones de la épica y ya aniquilada cadena de la existencia de una raza... ya pasó la visión
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hermosísima — trágica, vulgar, risueña, acaso ridicula, interesante siempre — de la fábula «mexica,» ahora... venga el reposo del espíritu; llegue serenidad al ánima que tanto y tanto cabalgara por esas regiones, suelta la brida y en total abandono, sin rumbo, rumbo al delirio de las pasadas cosas, sin orden y pasando de los éxtasis grandiosos á las indignaciones justas... llegue, sí, mucha calma; cese el entusiasmo febril; reposemos descendiendo de la grupa del alado corcel de la imaginación, y ahora, en plácida conversación, fríamente observadores, cual buenos viajeros que visitan con sana y tranquila curiosidad, entremos á la región del pasado; lleguemos al México de hace más de cinco siglos y charlaremos, frente á sus más curiosos edificios, de las costumbres de sus habitantes, sin excepción alguna, refiriendo y detallando como para apuntarlas en un carnet de viaje — de «tecuhtli abajo»...
¿Qué nos sorprende más?... Lo más alto, lo más poderoso, naturalmente, claro, ¡el rey! ¿El rey?... Es decir el gran «Tecuhtli» que en aquel entonces era un gran emperador, puesto que dominaba y hacía pesar su voluntad sobre otros reyecitos del Valle y los alrededores, más allá de las montañas... Bien... el rey desde que los aztecas colocaron en el terreno de su ya independiente ciudad á «Acamapictli» establecieron la ley de que fuera elegido.
Desde entonces cuatro electores resumían los votos de la nación, escogidos entre los más prominentes ilustres hijos del país.
Al rey muerto no sucedía su hijo, sino alguno de sus hermanos, ó si no eran elegibles, algún sobrino; no había, pues sucesión directa al trono.
¡Pobres reyes «mexicas,» amigos lectoresl ¡Cuántas penurias, cuántas miserias, sacrificios, guerras, hambres y sinnúmero inverosímil de pruebas durísimas tenían que soportar años y años, para ser acreedores á llegar al trono]
Verdaderamente ascendían á él, atravesando primero desiertos espinosos, sin agua, ni alimento, bajo el sol implacable de la sed y en las noches, bajo la luna terrible del insomnio, hasta arribar á las arenosas playas del lago de sangre, no sin batirse en la selva intrincada de los ahuehuetes enemigos, que habían de derribarse al golpe de la macana sagrada que los sacerdotes del Calmecac les pusieran en las manos!...
Y una vez en las riberas del lago de la sangre, débil el mancebo á fuerza de ayunos, fatigas, batallas y lágrimas, debía clavarse centenares de espinas en el cuerpo y pasar las noches contemplando el cielo...
¿Y creeréis que por fin, cual término feliz, vendría la unción regia?...
Nada de eso. Principiaba la nueva serie de campañas sagradas. ¡A la guerra! ¡A la guerra! — clamaba — y ^del «Topuchcalli» y del «Calmecac» y de los teocallis y la casa de las «Aguilas,» y del Teocalli del Sol, surgían jóvenes guerreros que se reunían con los antiguos jefes llamados «yaoyisques,» llegaban los mercaderes que debían ir á buscar querella á los pueblos lejanos, nombrábanse embajadores y al fin la expedición partía para regresar victoriosa casi siempre, meses después, trayendo centenares de miles de prisioneros que debían sacrificarse el día de propicio augurio de la coronación.
Los reyes de Acohuacan y de Tacuba, precedidos por la nobleza abrían la marcha; tras de ellos el elegido, completamente desnudo, seguido de la milicia, clero, comercio y pueblo.
Subían al templo del dios de la guerra, el príncipe lo adoraba tocando el pavimento con la mano, sostenido por los dos reyes aliados.
El gran sacerdote le unta el negro «ulli» por todo el cuerpo que asperja cuatro veces, con el agua sacra, por medio de ramas de cedro, sauce y cañas de maiz...
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Cubríanle el dorso con un manto en el que se veían cráneos humanos y fúnebres geroglíficos, colocando sobre su cabeza dos velos, uno negro y otro verde, ornados con atributos macabros. Calzábanle con los «cacli» de lujoplantillas de oro y tiras finas bordadas — y ceñíanle un cinto magnífico del que pendía un calabazo que contenía semillas raras para desatar conjuros, engaños, maleficios, venenos, enfermedades y asesinatos. En las manos se le entregaba un saquito con «copalli» para que incensara á los dioses; y mientras el príncipe ungido permanecía en humilde actitud, acurrucado, el gran sacerdote, con gran ceremonia le arengaba á ser el padre amoroso de su pueblo, el defensor de la patria y el hijo humilde y respetuosísimo de los dioses.
Habiendo recibido los presentes de los reyes aliados y de los nobles, entraba á la sala particular de su nuevo palacio, donde, sin tomar alimentos, sacrificándose brutalmente, permanecía cuatro días... [Y bien se considerará como aparecería después con tanta hambre, sed, insomnio y sangría el padre de los tenochca!
Cincuenta días después, entraba pomposamente al gran Tecpan, donde por fin empezaba la orgía definitiva, los banquetes, las mujeres con sus danzas y los homenajes de los tecuhtlis del imperio y los arroyos de sangre y las lluvias de corazones arrancados de los pechos de los prisioneros.
En los reales festejos, á la hora del sacrificio se toleraba la embriaguez... Los ancianos jefes de familia que tanto se respetaban, presidían los banquetes íntimos, arengaban á sus hijos y jóvenes donceles, les recordaban las antiguas glorias de sus padres, excitándoles el heroísmo y el amor á la raza, y escanciando el licor blanco se desvanecían sobre las esteras, piadosamente atendidos por los suyos...
- ¡Majestad herida, derrotada y torturada, os respeto, os amo, os adoro!
Cuentos Históricos Nacionales La enamorada de Ouauhtemoc
^Ip^RiMOROSA flor de Andalucía era la linda Mencía, la Vo^ bordadora que fué gala de su pueblo natal; ella, la que artísticamente bordaba los más ricos pañuelos de las más ilustres damas.
¡Y era tan niña, cuando de tales maravillas constelaba el cielo glorioso del estandarte de su provincia!
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Apenas contaba la dulce niña trece años, cuando sus padres, desesperados de las pobres ganancias del terruño, un mísero terruño que apenas daba mal que comer á sus propietarios, la hicieron partir para Medellín, donde por aquel entonces se notaba cierta escasez de bordadoras.
Llegó la niña montada en lomos de pacífica muía conducida por viejo arriero... pero su estancia en la ya memorable villa fué causa de que sórdidos aventureros, la acaparasen para conducirla á las Indias... á las fabulosas Indias de las que se contaban tantas maravillas inauditas, tantos portentos sobrenaturales de fabulosas riquezas que la imaginación de los vecinos sólo soñaba con descubrimientos milagrosos en países magníficos y con conquistas soberanas en regiones donde el coral era el pavimiento, las perlas arenas, y los árboles pebeteros vivos y florecientes, donde ardían perpetuamente regios aromas y cruzaban los horizontes de los divinos paisajes con hojas y esmeraldas y frutas de diamantes blancos y de rojos rubíes...
¡Medellín!... La ciudad de Hernán Cortés, de Hernán el soldado que había partido para las Indias, y de quien se decía que estaba en aquella fabulosa tierra que se había de llamar la Habana!
Allá la condujeron para que fuese á bordar los nuevos escudos y los nuevos estandartes de los insulares.
El Gobernador quedó estupefacto ante los prodigios artísticos de la joven bordadora, la dulce niña que realzaba selvas y verjeles, paraísos y primores místicos, en el terciopelo y en la seda finísima; en el brocado y en la roja púrpura...
[Maravillosa artífice del divino arte del bordado era la joven y tierna Mencía!
Horripilante usurero, vilmente tachado de judío, fué quien mucho tiempo guardó con avidez fatal semejante prodigio de belleza y arte.
¿Qué?... ¿El permitir que la gentil doncella mirase de frente á cualquier ruin aventurero de los que llegaban á la isla en pos de fortuna, ávidos de riqueza y dispuestos á dar su alma al diablo por un puñado de ducados?
¡Jamás!... ¡Oh! sí, jamás porque estimaba en más que oro en polvo la prodigiosa hermosura de la artista.
Más he aquí que cunde furiosamente la noticia de que allá, rumbo á los tenebrosos y agitados mares del Sur; había una tierra rica y superabundante en oro y en magnificencias de piedras preciosas y resinas perfumadas que vuelve locos á cuantos escuchan esas relaciones preñadas del vértigo de una opulencia sin límites, de un brillo intensísimo y sobrenatural!
Y al fin se supo que el bravo y audaz Hernán Cortés, padrino de la pura doncella que tanto amaba los países desconocidos, y soñaba en aventuras y episodios imprevistos, se supo que el tal valiente íbase á hacer cargo de una expedición hacia esas remotas tierras del Sud Oeste.
Hernán, sigilosamente, comprendiendo que la hábil bordadora podría serle muy útil, la trasladó á sus bergantines la víspera de su viaje, prometiéndole hacerla reina de los países que conquistara.
Muy niña, muy niña era Doña Mencia cuando tuvo tan formidables visiones... ¡Y cuanto se templó en ellas su alma enérgica y ardorosa!
En vano María Estrada, aquella terrible mujer que en los combates contra los mexica empuñó la lanza misma de Sandoval, el íntimo de Cortés, en vano tan indomable dama trató de subyugar el ánimo de la gentil bordadora, de la linda y dulce Mencía, cuyos ojos tranquilos y puros semejaban un reflejo de las ondas del Guadalquivir... ¡oh! en vano la inició en todos los secretos del amor para hacerla que amase á Hernán Cortés... ¡ella no amaba todavía! Y la bordadorcilla vió, terriblemente aílijida, todos
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los siniestros y crueles episodios de la conquista... Vió como la arterías de Cortés hicieron suya á la gran república de Tlaxcallan, y vió también cómo se adueñó del pueril espíritu del cobarde Moctezumal
Ella, la gentil, la pura, la angelical, la impecable, la que ante una audacia del «hombre de la gran lanza de la derrota»— de Al varado — tuvo la osadía de arrancarle el puñal que llevaba al cinto; ella, la imposible, á quien todos los conquistadores llamaban la fría, ella, al fin, tuvo un estremecimiento de pasión! ¡Amól
¿Qué gallardo caballero de esos de las picas largas y de los arneses brillantes y lujosos, ó qué peón indómito de duro casco y de ballesta certera, logró estremecer el corazón de la tierna y purísima niña?
¿Qué hispano de cutis blanco y barba rubia la puso melancólica con sólo el pensamiento de sus bélicas hazañas?
¿Fué en el horroroso asalto del templo — ¡desesperación satánica del bravo Cortés! — donde ella cobrara amor á cualquiera de los valientes que con el caudillo subieron? ¿O fué en la lúgubre Noche Triste cuando por misericordia, al ver cual huían los hidalgos valientes de los pobres aztecas que en las tinieblas sobre ellos se abalanzaban rugiendo al eco estruendoso de pitos y caracoles, tambores, chirimías, flautas y teponaxtles, recibiendo los nobles guerreros mexica en su huipilli de algodón las puntas de las lanzas españolas...?
No: ella no sintió amor por ningún hispano: ella sólo bordaba los paños de los capitanes, bordaba el escudo de sus estandartes. . Y sólo amaba...
¡Quién lo había de suponer entre aquella gente del lejano y misterioso rumbo donde surge eL sol... ¡Nadie pudo adivinarlo; pero ella amaba á... Cuahtemoc...!
¡Sí... ella fué la única que pudo comprender la soberana grandeza del noble príncipe de la gran Tenochtitlán,
HERIBEBTO FRIAS
ella, la dulce niña ya núbil entonces, fué la que en el suntuosísimo palacio que abrigaba á los suyos, contempló la insolente actitud del que había de ser el enemigo más terrible y formidable, del que había de sellar con fuego y sangre toda una epopeya legendaria y eterna.
Amó la bordadorcita hispana al héroe mexica, con uno de esos amores íntimos y profundos, formados de la virtud que admira al heroísmo, de la nobleza que ama lo grande, de una virginidad flor hacia el tronco robusto y núbil... de la ternura á la fiereza épica!...
Algo como eso fué la esencia de su pasión...
Amó, suspiró, calló...
¡Y tener que bordar ella misma los estandartes del triunfo!... Y ella misma ver cómo sus arabescos triunfales esplenden en sedas y púrpuras magníficas en el gran escudo del conquistador...
Mientras con la seda y las agujas que había traído de Cuba, bordaba y bordaba, su mente íbase allá, desde Texcoco hasta Mexlli, pensando, pensando siempre en su idólatra Cuauhtemoc!
¿Por gué lo amaba?
El era hermoso, grande, heróico, inquebrantable, tenaz y fuerte...
Por eso ella, la dulce joven, lo amaba... Lo amaba y por él rogaba al cielo en la sombra de sus lúgubres noches.
— ¡Es un miserable y un avaro!
— ¡Es un mal hombre que en Cádiz j^a lo hubieran ahorcado!
— ¿Eh?... ¡Es peor!... ¡No nos da nada del tesoro! — ¡Bah!... ¡Pero no es tan grande!... ¡Ya lo verán! — ¡Cómo!... ¡El tesoro azteca! — ¡El lo tiene!
— ¡No, camaradas, lo tiene ella! —¡Ella!... ¿Mencía?
— Sí; ama áGuatimuza y él le dijo dónde estaba el tesoro.
— ¡Silencio, viles truhanes, — rugió Cortés, — el tesoro no existe sino en vuestros corazones de lodo: ¡ambiciosos!
La soldadesca española guardó silencio abrumada por la imponente apostura marcial de su capitán...
Y allá en el umbral de una puerta del palacio de Coyoocán, Mencía, sonreía tristemente.
— ¿Con qué le habéis dado tormento? — ¡Y no dijo nada! — ¡Nada!... nada... ira de Dios! — ¡Bendita sea Mencía Santísima! ....Y la bordadora corrió al palacio de Cuauhtemoc.
— ¡Pobre augusto Príncipe! — perdona á los míos, perdona á mis hermanos blancos, perdónalos noble Cuauhtemoc, tú... tú... eres mi ideal... ¿pero por qué ríes? Tú no me comprendes... ¡Ah! no me comprendes, noble azteca... yo sé de dónde desciendes... y comprendo qué significa tu casco de águila... Cuahutemotzín... tú serás inmortal.. ¡Oh!., ¡mira!... ¡Yo te amo!... Yo, que he despreciado á cuantos blancos me han pretendido, óyeme Cuauhtamoc, ¡yo te amo!. . Y yo soy la que he despreciado á tu vencedor, á Don Hernán... Sí... ¡oh... yo te amo!...
El príncipe azteca volvía del tormento; le pusieron en su sitial del antiguo Palacio de Mextli.., y la única que pasó, la joven y dulce Mencía abrazó sus pies calcinados y le dijo con ternura infinita:
— ¡Majestad herida, derrotada y torturada, os respeto, os amo, os adoro!
Y ella, en un relámpago de amor abrazó de nuevo el cuerpo tembloroso del príncipe, quien sonriendo... se dignó besarla en los labios dulcemente...
Que te bendiga Dios porque has amado y has sufrido mucho
Amor de esclavos
Í^-inco años tan solo han transcurrido de la llegada de exí los españoles alvasto imperio de Moctezuma, y ya éste se ha transformado maravillosamente!
Caída la capital en poder del egregio aventurero; muertos todos los más nobles generales aztecas al frente de sus legiones, muertas también las más bellas rosas de la juventud femenina de Méxitli y Tlaltelolco, así como también la flor y nata de la nobleza de Michoacan, preso su rey Calzontzin, dormido tal vez para no despertar nunca el espíritu levantisco y marcial de las razas indianas, creyeron los conquistadores llegada la hora de la apoteosis, el instante de su gloria, y tranquilos y confiados después de quitarse de sus robustos cuerpos los recios arneses de combate, esperaron su hora de triunfo para gozar su parte de botín, botín que juzgaban milagrosísimo y espléndido, formado de oro, piedras preciosas, esclavas hermosísimas, fuertes esclavos, tierras donde brotarían espontáneamente
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paradisiacos jardines, y montes en cuyas entrañas hubiese grutas encantadas donde los gnomos propicios abriesen cortinajes de luz para que penetraran los soñadores aventureros á recónditos nidos de felicidad.
Tal creían ingenuamente los buenos y bravos adalides de la conquista, supervivientes á la gran tragedia librada sobre el lago donde se sentó un día el águila imperial de los peregrinos mexica.
¡Y cuánta desilusión al cabo! No hubo tales montañas de oro, ni el número de esclavos fué tan grande, ni las hermosas prisioneras de Mexitli lograron satisfacer su apetito fantástico de bellezas orientales como en los cuentos y leyendas caballerescas se relataban...
[Nada!... [Ah! ni siquiera lo que más enardecía sus cerebros codiciosos: la esperanza de encontrar el tesoro de los reyes aztecas, alentaba sus ansias desbaratadas y sus maltrechos ideales.
No obstante después de la conquista definitiva, después de la toma de la gran Tenochtitlan, se dedicaron á levantar palacios en los solares que les repartiera su capitán Cortés, empleando innumerable gente de los vencidos, arrancándoles sus tierras y sobre ellas construyendo fuertes edificios en torno de los templos de la nación vencida.
¡Oh! |y en el gran palacio de Cortés, en el mismo centro de la hispana y ya feudal Mexitan ¡que de legiones de artífices texcocanos, de lapidarios, ebanistas, orífices, canteros y maestros de obras se necesitaron para convertir uno de los palacios del gran Moctezuma, en el alcázar-fortaleza de Hernán Cortés!
¡Hubo necesidad de arrancar de los inmensos y misteriosos bosques de las montañas de Occidente maderas tan finas y árboles tan corpulentos que se emplearon solo en cedro magnífico más de siete mil vigas, habiendo algunas de doscientos pies de longitud por doce y medio de anchura! 18
HERIBERT > FRIAS
Y las galerías del palacio del conquistador estaban espléndidamente tapizadas por pieles de leopardos de las sierras de Norte, pieles de tigerinos y gatos monteses, plumajes de vistosísimas aves y grandes cortinas de algodón bordado con figuritas de oro, salpicadas de perlas y plumas de colibrí .. Y había también alfombras regias, esteras maravillosísimas, tomadas del palacio de Axéyacatl... Y por aquellas suntuosas galerías discurrían sus servidores y escuderos, y las damas de honor de sus mujeres, — michoacanas bellísimas de lengua canora, xaliscas de ojos espléndidos, y oaxaqueñas de caderas amplias y senos profusos— iban de uno al otro extremo del palacio, requebradas grotescamente á su paso, por la soldadesca que las miraba con ojos centellantes y codiciosos.
A aquel brillante alcázar de Hernán Cortés, se le llamó lo mismo que al antiguo de Coyoacán, el palacio de las traiciones...
¡Y de los crímenes debióse también haber llamado!
Horrible conjunto infernal de sátrapas llegó á México en 1524... ¡Cuatro genios maléficos se cernieron como buitres cobardes y triunfantes, formando sobre la desdichada ciudad el pandemónium de la vileza, la codicia, la traición, la hipocresía y la crueldad!
¡El Tribunal de Cuentas! Formábanlo el contador Albornoz; el tesorero Estrada, Salazar y el factor Chirinos, el veedor.
Hernán Cortés, comprendiendo á aquellas víboras humanas y teniendo que marchar á Hibueras á castigar á Cristóbal de Olid, que se le habíe rebelado, ni más ni menos que como él mismo se rebelara al gobernador Velázquez que los dejó como gobernadores de la Nueva España, creyendo no sin fundamento que se devorarían entre sí.
El caudillo, ávido de venganza contra su protegido Cristóbal de Olid, que ahora es dueño de los feraces y esplén-
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didos países del Sur, se olvida de que que ha dejado un enjambre de serpientes enemigas en la misma espléndida y magnífica ciudad de su victoria, la capital de la Nueva España...
¡Bah! ¿Y qué temer?
¿Qué temer cuando él piensa haberse adueñado irresistiblemente de la voluntad del emperador Carlos V, enviándole con las estupendas relaciones de sus conquisras milagrosas, además del quinto de oro y plata, regalos imperiales y tan sorprendentes que hubieran de maravillar á los príncipes magníficos del orbe?
¿Qué temer? Había enviado al augusto César de Austria y España esmeraldas prodigiosas, perlas inverosímiles de un oriente celestial, peces de oro ensartados con hebillitas de ópalo y ónix y aquella nunca vista culebrina de plata con piedras preciosas que llevaba realzada un ave fénix riquísima con esta inscripción poética, obra de la mente del mismo Hernán, dirigida al César Carlos V:
«Aquesta nació sin paz, Yo en serviros, sin segundo, Vos sin igual en el mundo.»
¡Terceto que bien caro le había de costar en la opulenta corte de su reyl
Así fué como el audaz caudillo partió, dejando en México nada menos que cinco gobernadores, los cinco reptiles que se odiaban cruelmente y que sólo les unía la misma envidia y el mismo odio por el Conquistador.
Y en efecto, no bien hubo partido el Capitán General de la Nueva España, cuando se verificó el más atroz desencadenamiento de sus intrigas, arruinando la naciente metrópoli, aquella oigullosa ciudad cuyo escudo de armas era un castillo de oro en campo azul, agarrado por aúreo león rampante que se asentaba sobre dos puentes rotos, en tanto que por un tercer puente uníase el castillo á tierra,
orlando la simbólica enseña las espinosas pencas del tunal de Anáhuac.
Los cinco gobernadores, — pues á los cuatro primeros se agregó el asesor Zuazo, docto en leyes y otras ciencias raras y profundas — se hicieron la más atroz guerra imaginable, pues cada uno ansiaba prevalecer sobre los demás... Y así fué como hubo desavenencias, acusaciones, calumnias, injurias y riñas escandalosas entre ellos cinco, delante de la nueva población española recien venida de la madre patria para enriquecerse en un santiamén en la que juzgaban, no sin razón, la Jauja de Oro de las Indias.
¡Cuántas veces en el mismo provisional templo de San Francisco, Chirinos y Salazar desenvainaron sus aceros en contra de Estrada y Albornoz, por causa de Rodrigo de Paz, el apoderado de los bienes de Cortés, á quien se disputaban primero para luego ahorcarlo!
¡Tenían que despedazarse unos á otros! — había pensado aquél.
La sangre hispana corría á torrentes en el mismo palacio del héroe ausente, y en sus salones por la noche, la orgía principiaba con arrroyos de vino para terminar con el fragor de las cuchilladas y el acarreo de los cadáveres, para que en el día se iniciaran procesos y hubiese lágrimas de viudas y huérfanas que suspiraban por la patria. Buenas mujeres que compadecían en el alma, ellas que ignoraban las atrocidades de la ambición, la suerte de las pobres mexicanas paralas que aún después de dar sus tesoros, recibían la befa de la esclavitud!...
Rodrigo de Paz, temeroso y cobarde, entrega á Salazar y á Chirinos toda la hacienda riquísima de Cortés, sus palacios, sus pueblos, sus tierras, su oro, sus esclavos y sus mujeres. ¡Todo lo entregó á los dos bribones!
Ellos solamente dijeron á la ciudad estupefacta: «Cortés, y los que le acompañaban murieron en Hibueras... sus
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bienes son nuestros; mujeres de aquellos, podéis casaros, sois viudas.»
Así fué como Salazar y Chirinos convirtiéronse en tiranos abominables en ausencia de Cortés: el vecindario español tembló, y la ciudad azteca, aquel pedazo de noble raza que agonizaba en los viles suburbios de la antes gloriosa Tenochtitlan, se extremecía de rabia íntima, y á cada nuevo crimen de sus tiranos juraba á sus dioses feroz venganza.
[Imposible, imposible ha sido siempre pintar la miseria de los infelices mexica que sobrevivieron á las hecatombes de la conquista!
¡Ah! ¡pero si al pronto, cuando aquellos épicos harapos de la túnica imperial del Anáhuac fueron recogidos por Cortés, si entonces el capitán hispano fué hidalgo con los plebeyos aztecas aunque ruin plebeyo con el príncipe Cuauhtemoc en la menguada hora de su tormento, si aún con semejante mancha de fuego negro, apareció benigno su gobierno, después, con los gobernadores víbores, los últimos aztecas rugieron espontáneamente!
¿Cómo?... ¿cómo habían de escuchar con calma los infelices vecinos la palabra de amor de los primeros franciscanos que llegaron á hablarles del cielo, de los bienaventurados y de la paz mística de la región del dulce mártir del Calvario, cuando la guerra, la crueldad, la traición y la discordia incendiaban el hermoso Valle de México?
Huehuetxolotl era un esclavo gigante, un ^acolhua de misterioso origen que estuvo á punto de asesinar á Cortés en Texcoco; abrazándolo y desarmándolo repentinamente, y que más tarde al ir al suplicio le reveló las grandezas del imperio de Michoacán. Salvado, fué para los españoles guia fiel.
Tzintzan era una esclava michoacana, bella y láguida, apacible y dulce, con una voz que era como el murmurio cristalino de los manantiales, que brotan en el misterio de los vergeles de su tierra, espléndida como los paraísos orientales,
En el palacio de Cortés los dos esclavos se amaron tierna y castamente...
Tzintzán era la que condimentaba manjares exquisitos para Cortés: Huehuelxólotl era el que el capitán prefería como robusto y ágil remero.
¡Cuantas veces sobre la alta cimera de Hernán los dos esclavos cruzaron sus miradas amorosas!
— ¡No podemos ser felices. Mis dioses no son los tuyos!... Al escuchar esto, el esclavo murmuró una imprecación, añadiendo:
— Me mataré y tú me seguirás: mira, si tú abandonas tus dioses, seremos más ricos que el Capitán Malinché: yo he visto flotar en una isletilla del lago plumas de < colibrí con la insignia del viejo Axayácatl; ¡cerca de esa isla está el tesoro I
Sonrió la esclava respondiendo:
— Yo amo á la región del sacerdote blanco... Su Dios es Dios de bondad, de dulzura y de misericordia. Yo te odiaba porque traicionaste á mi patria que un tiempo te abrigó... pero ese de la túnica negra, en mi propia lengua me dijo que todos debemos amarnos los unos á los otros, no aborrecer á nuestros enemigos. ¡Tú has hecho mucho mal, acolhua, á mi familia, pero te amol
— ¡Bendito sea el sacerdote blanco que eso te ha enseñado!... El nos unirá... y yo entregaré el secreto del tesoro para que se eleve un templo magnífico á ese Dios tan bueno...
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Fray Martín de Valencia, franciscano que había venido á México al frente de doce hermanos de la misma orden, oyó con singular y piadosa alegría las confesiones del esclavo acolhua y de la bella Tzintzán... y fué vertiendo en las almas de los dos enamorados toda la ambrosía de las dulces creencias cristianas.
Les habló de que el Mártir, que expiró en horrendo suplicio para salvar á la humanidad pecadora, bendecía el amor, la humanidad, la mansedumbre y la pobreza... Y cuando Huehuetxolotl sonreía irónicamente, esforzábase el buen franciscano en hacerle comprender la necesidad sagrada de la conquista de naciones infieles...
— Yo os daré la libertad y la bendición y os uniré ante el Señor en el lugar del tesoro de esos reyes impíos.
— ¡Iremos, bendito sea tu Dios!
— ¡Nuestro Señor!... Amén.
Horrible fué la hecatombe mezclada de orgía y de in fierno en el palacio de Cortés, Salazar y Chirinos ahorcaban al primo del conquistador, aún ausente, azotaban y quemaban á sus amigos, bailaban en sus salones y el vino de las bodegas confundía su púrpura á la de la sangre... Había gritos y blasfemias, y las nobles mexicanas refugiadas en el palacio, se atravesaban el corazón antes que caer en los brazos de los secuaces de Gonzalo Salazar y Peralmindez Chirinos ¡Dianefando!
Huehuelxóltl, que se había apoderado de la espada española de Rodrigo de Paz, llevando en brazos á Tzintzán, salió por una de las puertas que daban al canal, apoderóse de la más ligera canoa.,, y remando, remando, se lanzó
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fuera de la ciudad, cuyos habitantes consternados se habían encerrado en sus casas. Diez canoas corrieron en persecución de aquella.
Saltan en tierra los esclavos... y tras ellos en una embarcación desembarcó Fr. Martín.
— No huyan más Voy á salvarles la vida,.. Tú sólo puedes aplacar este huracán diciendo donde está el tesoro... Di y seréis felices, nobles y poderosos, y yo y el cielo os bendeciremos.
En aquel momento, un hombre espada en mano se precipitó hacia ellos... y gritando:
— ¡Esbirro de Cortés, toma! — lo atravesó con su acero.
Era Gonzalo de Salazar.
— ¡Señor, señor, prorrumpió sollozando la esclaval ¿dónde está el Dios de bondad y de amor?
El sacerdote, llorando también y señalando el cielo exclamó:
— ¡Llora, pobre enamorada, sufe y perdona! Que se pierdan los tesoros de la tierra: tú lo quisiste Salazar, y tu triste india, que te bendiga Dios, porque has amado y has sufrido mucho!...
.Vieron una mujer, y se sintieron fascinados
Los dos monjes
A caP^al ^e ^a Nueva España, naciente aún sobre los escombros de la gran Tenochtitlán, circuida por los restos de una raza que fuera la dominadora absoluta de todos los más pomposos cacicazgos y señoríos de la Mesa que se levanta sobre las gradas ciclópeas de la Sierra Madre, entre la majestad eterna del Atlántico y del Pacifico, nace con una vida bárbara de tiranías y crápula, fustigada duramente por la insaciable ambición de los nuevos aventureros españoles.
Es aún la época nefanda de la primera Audiencia.
El sátrapa Ñuño de Guzmán hállase entronizado soberbiamente en su palacio, de donde surgen los rayos aniquiladores de su ferocidad sin límites...
Y en torno suyo, por las toscas galerías de su mansión
HEEIBERTO FRIAS
feudal y bandoleresca, discurren sus mismos amigos que antes lo fueran de los gobernadores, á quienes encomendó Hernán Cortés el mando y la verdadera capitanía del reino,— y discurren sombríos, meditando intrigas, combinando planes truhanescos y traidoras artimañas para acrecentar de un sólo golpe sus ya muy crecidos y envidiables capitales.
La corte de aquel famoso y tristemente célebre don Ñuño de Guzmán conspira contra su amo, no sin divertirse holgadamente en bacanales suntuosas donde el vino decomisado á los rapaces mercaderes corre y se derrama por doquiera, escanciándose en las copas recién llegadas de España.
Abajo, protesta inútilmente el vecindario español compuesto de las familias de los viejos conquistadores y
vése que atribuladas, befadas y escupidas por los magnates que les envía la madre patria, emigran rumbo á las regiones desconocidas del Norte ó del Sur, en busca de más sólidas riquezas y de menos inquietud para disfrutarlas.
Los mismos encomenderos protestan contra la crueldad de los oidores que se han enseñoreado ferozmente del nuevo reino... y lo más triste, lo más abominable, el sarcasmo más grande que echan sobre el pueblo español que adora á Cortés, fué la injuria constantemente arrojada á la memoria del conquistador, al que se le hacen los más terribles cargos de villanías sin nombre y de los más inauditos crímenes.
En vano viejos y muy fieles amigos lo detienden con tenacidad — ¡inútil empeño! — la turba de aventureros llegados á la hora en que ya estaba servida la mesa, los vence, los acorrala y obliga al silencio tristísimo de los vencidos.
Y los que con suma audacia arrostraron los peligros y las duras fatigas de la conquista, los que lucharon años y años contra las legiones y las tribus de aquel nuevo mun-
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do, sintieron melancolía profunda y angustia y vergüenza al mirarse despreciados por gente canalla y cobarde, pero villanamente astuta que les arrebataba lo que habían adquirido con su espada!
Mas no todos se resignaban tan fácilmente á su papel de víctimas; había algunos que protestaban con valor y energía, y en las encrucijadas de las sucias callejuelas, en las plazas, frente al palacio de Ñuño de Guzmán, al borde de los canales, sobre los puentes y aún dentro del mismo sagrado recinto de los templos, sucedíanse entre antiguos y nuevos aventureros lances trágicos de estocadas mortales.
Mujeres aventureras, hermosas y provocativas, llegaban de Veracruz á donde las arrojaban los bergantines españoles, entre los ganados de cerdos, corderos y reses, barriles de vino y sacos de semillas... Y á cada descarga de ta$ ricos efectos correspondían en la capital de la Nueva España, tumultuosas orgías en que el vino y la sangre española se confundían, mezclándose á la púrpura alegre y vivida, el escartata sombrío y trágico.
Cuentan las crónicas de aquellos tiempos, en varias y muy diversas leyendas, qué súbitamente aparecieron en la Mextitán, — como llamaban á su capital — dos raros monjes negros que llegaban tras larga peregrinación de la misma Jerusalem Santa, trayendo un trozo de la cruz del Nazareno y muy santas reliquias de santos y mártires cristianos, amén de la bendición papal para los que besaran sus negras y raras túnicas.
Acompañábanles un noble y distinguido caballero, rubio, alto, magestuoso y fuerte, portando larga tizona con empuñadura régiamente exornada de oro y piedras finas, joyel rico, jubón obscuro y ancho sombrero de larga y rica pluma negra... todo un traje aaticuado ya para la épo-
ca, pero de nobilísima y severa distinción... Sus ojos de azul sombrío destellaban fulgores insostenibles y todo su porte era gentil como el de un gran príncipe...
¡Era él la única escolta de los extraños monjes!
Fué un día lluvioso y frío cuando llegaron á los puentes de la capital de la Nueva España, éstos sobre mansas muías, el noble caballero sobre árabe corcel.
Se hospedaron en el barrio indígena, entre las ruinas de un antiguo teocalli...
¿Quiénes eran aquellos misteriosos personajes, esos dos monjes de raros hábitos obscuros y aquel caballero de tan noble aspecto? ¿Qué pretendían?
Estas preguntas se hizo el vecindario poderoso y la población humilde, sin poder contestárselas nunca Misterio!
En vano el clero ofreció á los monjes asilo en sus conventos y en vano al caballero los más encumbrados próceres, desde Ñuño de Guzmán, brindáronle con sus magníficos palacios.
No aceptaron, tan sólo movieron lentamente la cabeza y dando la espalda fuéronse allá muy lejos, pasando por los puentes que comunicaban la ciudad española con la azteca.
¡Ni una sola palabra habían pronunciado tan misteriosos huéspedes!
Una efervescencia espantosa hubo por doquiera ante aquellos monjes negros que atravesaban tranquilamente las sucias calles de la ciudad... y fué lo más extraño el ver
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que en las noches, uno de los monjes tornaba su manto negro por otro blanco, un blanco bellísimo, de fina seda, que á la luz de la luna relampagueaba reflejos tiernos y delicados... Y era que el monje de hábito blanco predicaba sobre una canoa al pueblo indio; pero como arrojara hacia la espalda el capuchón, descubría un rostro blanquísimo, imberbe, coronado por un haz de cabellos rubios, ensortijados y cortos.
La voz del monje blanco era de un timbre exquisito y delicioso, una voz arcan gélica de acento dulce y timbre argentino...
Mas he aquí que lo más extraña era que la cascada límpida y sonora de sus frases era en el verbo mexicano, y la inflexión azteca, dulce y triste, resonaba profundamente en el silencio de la noche ante las muchedumbres de indígenas empobrecidos, miserables y enfermos que escuchaban enternecidos el evangelio de amor y paz que brotaba de la divina y extraña visión blanca de voz musical y enternecedoral
Cuando Ñuño de Guzmán y el Obispo Zumárraga se acercaron á los monjes, el de más alta talla, respondió con voz de anciano, venerable 3^ lenta, que traían autorización del Santo Padre, — y la presentó, — suplicando que no se les molestase más.
Y como efectivamente irradió el documento auténtico, atravesado por una astilla sagrada de la verdadera Cruz en que espiró el Mesías en el sangriento Gólgota, todos se retiraron, después de haberse humillado ante los portadores de la augusta reliquia.
Y siguieron los monjes su predicación, de día ante el vecindario hispano, por el monje negro de voz cascada, grave y profunda, amonestándoles sobre las luchas de la
conquista, inspirándoles paz y amor, hermandad y afecto hacia los pueblos que debían, sin explotárseles, ser evangelizados; y de noche, en la ciudad azteca por el monje que á esas horas tornaba su hábito negro en blanco, hablando en mexicano puro con su voz argentina y dulce, á los hijos de la raza vencida, del nuevo Dios soberano y tremendo, misericordioso y amante de sus hijos, predicándoles el Evangelio y el amor á la Madre del Perdón, á la Consoladora de los afligidos, á la Santa y Divina María.
Y aparte de aquel cambio en el manto del monje nocturno, una de sus más oxtrañas manifestaciones era la del velo que en el día cubría su rostro, no sin que por ello dejara de llevar de la mano á su compañero el monje negro, en tanto que el noble y alto personaje rubio que los escoltaba siempre, la mano en el pomo de la espada, seguíales mudo y triste; acaso más enigmático y misterioso...
Allá al Sur de Ja ciudad, adelante de la aún suntuosa Coyoacán, entre ásperos montículos existía una gruta abandonada: la gruta de la matanza, llamada así porque en ella, durante el sitio de México, Sandoval pasó á cuchillo á una multitud de mujeres. ¡Y se decía que sus sombras airadas surgían de la gruta aullando lúgubremente, lanzadas al espacio en forma de tecolotes!
Y eran tan siniestras las fábulas que se referían de aquel asilo de la muerte, que ningún español ni indio se atrevió á penetrar en él.
Brillaban entonces en la roja lumbrada de las orgías dos audaces aventureros que regresaban de una feliz expedí-
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ción hacia Occidente, trayendo oro y piedras preciosas en grandes cantidades. Ellos fueron los que se encargaron de hacer la luz en semejante misterio, jurando ante el Presidente de la Audiencia don Ñuño de Guzmán:
— ¡Vivos y atravesados con espinas sobre un nopal, traeremos á los monjes, si son el diablo!
¿Y si no? — preguntó socarronamente don Ñuño.
— Entonces, serán santos... y nosotros seremos los que vivos tendremos que aparecer sobre el nopal!
Y fué el caso — refiere la leyenda— que al siguiente día, sobre robusto y alto nopal, prendidos como enormes mariposas, aullando desesperadamente, encontráronse á los audaces aventureros, quienes al ser bajados del suplicio, murieron instantánecmente.
¿Qué había pasado?
Ninguno lo supo entonces. Los monjes siguieron evangelizando, f uéronse hacia el Sur, y en las profundidades de la América Meridional se perdieron para siempre...
¡Sombríos y misteriosos evangelistas!, quién había de decir que fuerais, según lo refirió más tarde un descendiente vuestro, dos hijos de emperadores y reyes, de una de las ramas bastardas de los Médicis, de esos altaneros y lúgubres señores que arrastraron tantas púrpuras triunfales y malditas...
Dos gemelos, doncella y doncel, en el fondo de un palacio de Nápoles saben que son nietos de grandes criminales, entran respectivamente en dos conventos hasta que una noche sueñan por igual modo ser los redentores de los crímenes de sus antepasados.
Abandonan el convento, se unen, van á Roma, hablan con el Papa prometiendo dar su vida en aras de la fé de
los gentiles del Nuevo Mundo... Un señor germano abandona su burg del Rhin, enamorado de la bella italiana, pidiéndole su amor.
— ¡Seré tu esposa después de que seas mi caballero á través de todo el Nuevo Mundo! — contestó la mística y bella hija de los Médicis .. Acompáñame á borrar los crímenes de mis abuelos... Dios nos unirá cuando nuestra misión esté cumplida.
Vistiéronse los hermanos raros hábitos negros, él descubriendo el rostro, ella cubriéndolo con una careta en forma de larguísimo velo oriental. En las playas del Golfo llamaron á los sacerdotes de las tribus vagabundas, y aprendieron el idioma náhuatl y supieron la ignominia que sobre los pueblos del Anáhuac pesaba.
Y he aquí que aquellos misioneros de paz, luz y consuelo, los dos monjes escoltados por el alto y taciturno caballero germano, llegaron un día á Mextitlán... y allí fué donde sembraron el bien, iluminando con un relámpago de ventura la noche sin aurora de la decadencia azteca.
No sólo vertieron el consuelo con su palabra sobre el indio esclavizado en las encomiendas abominables, sino que llovía el bienestar con el dinero que prodigaban, y fueron á su paso edificando capillas y dejando reguero de oro tras su marcha seráfica...
¿De dónde lo conseguían?
Dizque viejos caciques se lo daban, cediéndoles los tesoros de las razas muertas! ¡Y también se refería que los mismos culpables aventureros españoles, conmovidos y humillados por la dulce palabra de la santa misionera, al pedirles reparación para sus faltas, entregábanle cuantiosas riquezas, bendiciendo al Señor!
¡Los tres se perdieron en las vastas y profundas regiones del Sur!..
Y sólo se supo también que aquella noche en que los audaces aventureros juraron descubrir el misterio de los monjes... encontraron aquellos desierto el dintel; penetraron tocando ante macizó portón; abrióse éste y cuando con espada en mano, á la luz de una antorcha que portaba un criado, vieron en vez del monje blanco ó negro á una regia mujer ricamente vestida, hermosísima, de cortos cabellos dorados se sintieron fascinados... Quisieron ir hacia ella más atrevidos que nunca; pero la augusta princesa se internó al fondo de la gruta- capilla, al pié de un Cristo negro... y delante de la bella blanca, al pié de la Cruz negra, cayeron para despertar ignominiosamente sujetos al vil nopal!
Mas no es esta la única leyenda sobre los monjes misteriosos... otras hay que por el contrario llámanles demonios de perdición, afirmando que el de la túnica blanca y la voz dulce fué impura ramera que de aventura en aventura hízose riquísima princesa... ¡Quién sabe!... Cierta ó fantástica, es digna de referirse la leyenda de los monjes.
Abrazados ferozmente, cayeron al abismo
La maldición
ra un crepúsculo primaveral en las montañas de la Cantabria.
Soledad infinita y silencio melancólico armonizaban con el oro pálido del Oriente y el azul violeta del ocaso que se obscuría ensombreciendo los montes.
La aldea estaba tan distante, que el Angelus de la cam-
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pana de su parroquia no lanzaba hasta alli la serena melodía de sus sagradas notas.
En aquella hora última de la luz, el viejo castillo, tosco y arruinado; pero aún altanero sobre el peñón que lo substentaba, era una silueta tristísima, un perfil angustioso en la majestad granítica del paisaje.
Sobre la terraza, de codos sobre la cornisa un joven de espalda al sol mira las sombras que ascienden del Poniente. A su lado otro joven tan hermoso como aquel, pero de rostro más taciturno y de torva mirada, mira también hacia la región á donde la noche sube.
— Hermano, allí está la gloria: allí está el Nuevo mundo... ¿Qué nuestra casa se hunde? No, no se hundirá, yo la alzaré hasta que su escudo tenga más timbres y luzca más blasones... Lo he jurado á nuestro padre... Ya para nosotros no quedan las empresas caballerescas, ni las guerras contra los moros infieles... ahora hay que ir á plantar el orgulloss estandarte hispano y la cruz de nuestra santa religión, en aquellas tierras misteriosas de donde nos llegan las noticias de tantas maravillas... ¡Quiero ser como Hernán Cortés: conquistar un imperio lejano, y que sea tras lucha larga y ruda!... Volveré triunfante... ¡Es la voluntad de nuestro padre que muere de pena por ver menguado el lustre brillante de nuestra estirpe! ¡No; su som- | bra augusta seguirá á sus hijos aún después de su muer- |te!... Tú, hermano, quedarás velando su noble ancianidad, | tú alegrarás sus frias noches invernales, leyéndole sus antiguos manuscritos y refiriéndole las nuevas que vengan de las Indias, y palabra por palabra, sílaba por sílaba contarás entusiasta la relación de mis cartas, mientras yo allá muy lejos combata por la gloria de nuestro nombre, por la grandeza de nuestra raza!
Brillaron de alegría los ojos del gallardo joven, en tanto que su hermano, sombrío, cruzados los brazos sobre el pecho escuchaba bus ardientes palabras.
Obscurecía... Los dos callaron... Súbitamente el herma-
no mayor tendió los brazos con empuje horizontal hacia la espalda de su hermano, quien lanzando un grito terrible cayó al fondo del foso...
El Cain se inclinó para ver... no vió nada; pero de las sombras surgió este grito lamentable y siniestro:
— ¡Maldición!... así morirás... ¡maldición!...
El viejo conde de Falcona va á expirar.
En torno de su lecho sólo está su hijo don Luís y un sacerdote... Los tres sollozan. De pronto el agonizante clama:
— ¡Oh! hijo mío; ten una vida ejemplar, haz el bien aún á tus enemigos para que mi alma descanse en paz... yo llevo sobre mí un gran crimen, — si tú eres bueno, como hasta ahora, harás descansar mi alma. La ambición es la mancha de nuestra raza... Oye... yo maté á mi hermano... por sus riquezas... pero no las he disfrutado... están en el subterráneo... déjalas hasta que nuestra raza esté limpia... ¡Estoy maldito!... ¡Misericordia!
— ¡Misericordia! — gritó al mismo tiempo don Luis sintiendo frío glacial debajo de su cráneo.
¡Haber cometido el espantoso crimen para tener riquezas y conquistar glorias y placeres!... Y hé aquí que no sólo del fondo de un abismo surgía la maldita palabra «¡Maldición!» sino que también de los labios de su padre moribundo brotaba la horrible frase en un estertor de agonía, suplicando la paz para su alma también espantosamente fratricida! ¿Qué herencia de ambición y crimen era aquella?
¿Dónde hallar la paz y el consuelo, él que no podría to-
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car nunca los tesoros malditos de su padre, cuya última voluntar juró cumplir?
— Bien,— se dijo, — yo iré á la conquista de las regiones de los infieles, pero sólo para ejercer la caridad, para evitar la discordia entre los hermanos, para que resplandezca el amor por do quiera,.. ¡Ah! Señor, sólo así no retumbará en mis oídos la tremenda maldición de mi hermano! Sólo así apartaré su fantasma.
Y cuando esto mismo dijo á su confesor, le respondió solemnemente:
— La mancha de tu raza, — ¡Caín, hijo de Caín! — es la ambición insaciable, fratricida; la ambición de tus abuelos es la legendaria; si te dejas seducir por esa cortesana no habrá redención. Tú no debes ir á la paz de un convento; vé á la lucha santa por el amor de Cristo... vé á las Indias y mientras más triunfes, sé más humilde y más pobre.
La capital de la Nueva España, bajo el yugo de los tiranos de la primera Audiencia hierve en intrigas, conspiraciones, felonías y crímenes.
El presidente Ñuño de Guzmán es un sátrapa cruel: tiene serrallos como un rey oriental, y los relámpagos de sus ojos significaban torrentes de sangre. Los caciques mexica, le rinden tributos colosales; le entregan oro, esclavos, viandas, mujeres bellísimas.
Las hijas, princesas, ds los antiguos reyes del Anahuac, sírvenle, humildes y desnudas, su mesa, donde los manjares raros se ostentan en vajilla regia, al lado de los vinos de Italia.
Una vez mandó ahorcar á cuatro señores principales, de una región por donde el augusto procer atravesaba, por el delito de no haberse barrido convenientemente el camino.
Los oidores Matienzo y Delgadillo secundaban la abo-
minable tiranía... ¡Un inmenso gemido de profunda, de formidable augustia, lanzaba en su agonía lenta y dolorosísima, la raza azteca!
Tan sólo algunos buenos frailes temblorosos de piedad y lástima asistían á la tortura ingente de los restos de aquel bravo pueblo, vencido por algunos aventureros valientes, y ultrajado y escupido por aventureros cobardes.
En vano aquellos frailes protestaban contra tanta infamia: los gobernadores y la Audiencia se mofaban de ellos y hasta los habían amenazado con crueles castigos y terribles venganzas, si continuaban amparando á los indios.
Los infelices acudían llorando ante los monjes, ante el obispo Zumárraga y demandaban justicia... Decían sollozando :
— ¿Pues no hemos entregado miles y miles de nuestros vasallos para la saca del oro y la plata, para el acarreo de vuestros tesoros, para la construcción de vuestros palacios y torres sin que les deis siquiera una tortilla?
¿No mueren más de setecientos diarios, de hambre y de fatiga? ¿No os pagamos los tributos que queréis?... Pues ¿por qué tanta crueldad al grado de que nos pedís nuestras más hermosas hijas?
Y los frailes al escuchar estas razones lloraban con el alma traspasada por sincero dolor.
No podían ni escribir al rey de España, porque las cartas eran interceptadas y ellos aún víctimas de las venganzas de tan feroces tiranuelos.
En las negras noches de la nueva ciudad, en tanto que en los palacios del barrio español se escuchaban rumores alegres de orgías ó gritos discordantes, de pendencias y chimar de aceros en lances de cuchilladas de la soldadesca ébria, allá en los alrededores que formaban la ciudad indígena había tristísimos lamentos porque rara era la choza donde no espiraba un sér dejando sombría y silenciosa desesperación tras el escape de su menguada vida.
* Una vez en la corte que adulaba á los déspotas de aquel nuevo y desdichado reino, corrió la noticia de que acababa de llegar á Veracruz el espadachín más valiente, más audaz y más diestro de España, Francia é Italia, el conde de Falcona, de quien al mismo tiempo se aseguraba que había hecho voto de castidad y pobreza.
¿Qué venía á hacer el conde? Habiendo jurado y perjurado algunos que traía secreta misión del rey, temblaron todos.
Llegó al fin á la capital de la Nueva España, solo, sin equipaje alguno, llevando al pecho pendiente de cadenilla de oro un Cristo de marfil y del cinto larga y fina espada, amén de viejo y damasquino puñal.
Don Luís, sediento de calma para su espíritu intranquilo, había recorrido primero en pos de instrucción las principales ciudades de Europa, siempre manifestándose defensor de oprimidos y débiles como un caballero andante, religioso y heroico.
Pero siempre le seguía la espantosa visión de su eximen y en el fondo de su alma levantaba un horror y un pasmo tremendos...
¿Por qué había asesinado á su hermano mayor precipitándolo de la terraza del castillo?
[No lo sabía!... Fué algo incomprensible para él que brotó de él mismo, impulsándolo fatalmente á lanzar á su hermano á la muerte... Un Satanás abominable le sugirió la idea: la ambición... Anheló tener las glorias que iba á conquistar su hermano... y se perdiól
Ahora por penitencia y para purgar su crimen, llegaba á la Nueva España, donde pensaba hacer proezas humildemente, derramando el bien hasta morir tranquilo y bendecido...
A los pocos días de permanecer en México, contemplando indignado la série de crímenes y de exacciones que cometían en ausencia de Hernán Cortés los tiranuelos, don Luís soñó con ir á ser un buen misionero de luz en las tinieblas de las ciudades del Norte.
Habló elocuentemente de su empresa á jóvenes audaces que se alistaron á sus órdenes. Ñuño de Guzmán, deseando alejar aquel huésped para él tan molesto, les obsequió con armas y equipo. Partieron cincuenta jinetes y cincuenta peones rumbo al Septentrión.
¿A dónde iban?... No lo sabía. Llevaban sólo dos guías que Guzmán les recomendó muy especialmente, un hombre alto y robusto de las regiones de Jalisco y su esposa Ilotzin, bellísima mujer de ojos negros y tristes. Había sido ella educada en el palacio de Cortés en Coyoacán desde la caída del imperio azteca, y hablaba el castellano: era la intérprete. ¡Amaba con toda su alma tierna y sumisa, al joven guerrero de las comarcas de Jalisco!
Sangre noble, sangre tlaltelolca circulaba por sus venas... Odiaba al español, ¡había sido testigo de muchas sangrientas hecatombes; su padre, secretario de un príncipe y sacerdote del Gran Teocalli, había muerto, en el aperreamiento, devorado por los lebreles feroces de Alvarado!
Ella meditó esta venganza; perder en los montes de la cordillera occidental á la expedición después de asesinar á su jefe.
Dos días después de haber partido acamparon en la falda de una montaña. Habían traspuesto el Valle de México; frente á ellos estaba ya la aventura, lo desconocido.
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— En lo alto de ese cerro está una ciudad donde sólo habitan los nobles y sacerdotes que se salvaron de Tenochtitlán, — murmuró la azteca.— Si mi señor se atreve á subir yo le guiaré, pero á él solo, porque acompañado no lo reciben; con sólo rodar peñas derrotarían su ejército ¡Es una ciudad bellísima; allí es donde están todos los tesoros!
Súbita llamarada iluminó los ojos de don Luís. De nuevo el monstruo de la ambición le subyugaba.
— ¡Yo haré mía esa ciudad! — pensó. [Estaba perdido!
Revistióse su armadura y dijo á la azteca y á su esposo:
— [Subamos!
— ¡Todavía no, mi señor! — murmuró la joven.
Era la séptima vez que esto decía; pero ya don Luís no pudo más. Ascendían desde la mañana y ya el sol iba á ponerse entre un resplandecimiento de púrpura y oro tras las crestas de la gigantesca cordillera.
Sentáronse sobre una roca... y él meditó sombríamente.
Sentía acaso, por la altura, una opresión terrible en el pecho: en el corazón una angustia infinita y en el alma honda tristeza, algo como un cruel presentimiento.
¡Estaba solo en la altísima montaña, á merced de un hombre y una mujer de raza extranjera! ¡Entonces tembló!
Se puso en pie y avanzó hacia el extremo de la roca... y estupefacto, desde ella vió á sus pies el abismo... á lo lejos, inmenso, hermosísimo como un mundo de vida y primavera, el Valle con sus lagos de plata y sus ciudades ya populosas, y más allá el sol sumergiéndose olímpicamente detrás de un monte...
Llegaba la noche, y tuvo un recuerdo que lo hizo estremecer...
De pronto oyó una carcajada brutal y el indio guía cruzándose de brazos exclamó:
— ¡Ya está! ya se perdieron, estamos vengados Ilotzin... y tú, blanco ambicioso, muere...
Rápidamente don Luís desnudó su espada... iba á cerrar sobre aquél, pero ágil como un águila el Xalisca le abrazó fuertemente; lucharon un instante al borde del abismo, en el extremo de la roca que sobresalía del oblicuo talud de la montaña...
— ¡Perdón! — murmuró angustiado el conde. — Yo no te he hecho mal.
— ¡Paga por los tuyos!
— ¡Echate con él, que allá voy contigo! — gritó en mexicano Ilotzin, impulsando á los dos, que abrazados ferozmente, cayeron al abismo. Ella se arrojó después abiertos los brazos, flotando al viento sus cabellos obscuros...
El sol se puso gloriosamente y la montaña pareció vibrar estremecida por las primeras ráfagas de la noche.
¡Bien conocía á Ilotzin, Ñuño de Guzmánl
—¿Qué te falta?— ¡Tu vida!— ¡Tómala!
Por el amor, el dinero y el orgullo
<^](¿p a nueva metrópoli del Anáhuac se ensancha: ya úni- (fe=^camente los cimientos quedan de sus antiguos colosales templos, cuyas abominables piedras sirven ahora para construir las fortalezas de los conquistadores ricos y de los no menos acaudalados hidalgos recién venidos de España.
Fortalezas en el exterior y por dentro palacios, según la moda de los árabes que ocultaban sus paraisos íntimos con las grotescas y fuertes armaduras de los bastiones y
altas paredes que los encerraban, eran las casas de los vecinos de la muy noble y leal ciudad de México.
Y ya, en vez de las nefandas torres de los templos de Huitzilopochtli, Texcaltipoca y cien más, levantábanse al cielo purísimo de la ciudad imperial de los lagos, las erguidas fábricas de católicas iglesias cuyas cruces soberanas imperaban radiosamente y acaso entonces como un amargo sarcasmo en aquella tierra donde aún tanta sangre corría.
|Y era lo más consternador que aquella sangre la vertían los mismos hispanos contra los de su propia patria y los de su misma grey é idéntica misión en las regiones sometidas á la fuerza de sus espadas y al prestigio de sus mismos caballos!
Entonces nada se sabía de Cortés, aúnque ya el valiente Andrés de Tapia y los demás amigos del conquistador refugiados en el convento de San Francisco, donde se habían retraído amparándose al derecho de asilo, habían después levantado los ánimos contra Salazar el tirano, asaltándolo en el palacio de Cortés al frente de un puñado de audaces descontentos, prendiéndole y paseándole ignominiosamente ante los vecinos de la ciudad española que furiosamente quería despedazarlo, para que después Tapia y Estrada lo encerrasen en fea y ruda jaula de madera, donde como á animal feroz y terrible lo veían las muchedumbres que tanto lo odiaban.
Efectivamente, había sucedido que se sublevaron los indios del Pánuco, de Oaxaca y aún los de Michoacán, contra el despotismo español que diezmaba sus poblaciones, que arrancaba de los hogares séres inocentes que si no tenían la fortuna — ¡bien irrisoria y cruel por cierto! — de ser llevados por su cacique á las encomiendas que eran
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la riqueza de los hijos blancos que llegaban en avalanchas de Veracruz, sí, que si no alcanzaban esta dicha, eran entonces marcados como bestias, peor que los mismos corceles de los vencedores, con hierro candente que les dejaba eterna, afrentosa y doliente huella de esclavitud sobre el carrillo!
Aquellos infelices por millares eran arrebatados de sus libertades, de su familia, de sus bienes y de su patria para ir bajo el látigo del encomendero amo á cultivar para él las tierras que pertenecían al mismo indio sudando sangre de humillación, llorando lágrimas de fuego de un dolor amasado con odio, amor muerto, venganza y sombría resignación.
En vano los religiosos franciscanos procuraban apagar aquellos terribles gérmenes, aquellas cenizas calientes aún. El padre Benavente escribía á Carlos V:
«Aquí nunca el siervo hace buen jornal , ni labor si no le fue re puesto el pié sobre el pescuezo. »
El déspota Chirinos, compañero de Salazar, se había puesto al frente de una expedición bélica para apagar la guerra santa de los indios que se habían sublevado en el Sur, y por eso en su ausencia habíanse desarrollado aún más las intrigas cuyo desenlace parecía ser el merecido enjaulamiento de Chirinos y la vuelta al poder de los oficiales reales Estrada y Albornoz, así como la oficial declaración de que Cortés no había muerto, sino que vivo y muy vivo acababa de castigar al rebelde Cristóbal de Olid, y estaba ya por volver á México.
Erase una noche de rara agitación en la nueva villa; habían dado las ocho de la noche y aún por las tortuosas
calles, por los puentes y hasta por los canales mismos en canoas empavesadas bullían alegremente los ya tranquilizados habitantes.
Festejaban un buen acontecimiento que había sido para ellos toda una fiesta: el paseo sobre las ancas del caballo del gobernador, de Juana de Martilla.
Esa pobre mujer que se resistió á casarse con un amigo de Chirinos, no creyendo en la supuesta muerte de su esposo Valiente había sido azotada, desnuda, en pleno día y en público, para ser encerrada luego.
Tras la victoria de los nuevos gobernadores aquella víctima fué paseada en procesión solemne ante la algazara pública del vecindario español.
Ah! pero eso sí, á las nueve de la noche de tan memorable día, el escándalo de tan inaudita animación cesó por completo... quedaron puentes, calles, plazas y canales, desiertos y silenciosos bajo enorme capa de tinieblas. . .
Tan sólo en la ciudad mexicana, en el triste villorrio de los vencidos, alojados en los viles suburbios, donde las cloacas y las acequias, los tiraderos y los escombros producían nauseabunda atmósfera de putrefaccción mortal, tan sólo por tan horribles senderos escuchábanse murmullos dolientes, siniestros y melancólicos.
¡Y, algo como alaridos lúgubres y penetrantes surgieron también de las sombras que flotaban sobre los lagos del valle, alaridos que parecían acuchillar horrorosamente los impalpables fantasmas del silencio!... ¡Era un lamento formidablemente doloroso un estertor inmenso de algo grande y noble que lloraba una catástroíe!
¡Había muerto en la ciudad de los indios la anciana
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Ixtlauitlicotzin, princesa tía de Moctezuma, sabia y buena, única que había negado su última nieta Enatlaxochitl á don Pedro de Argoniz!
¿Por qué los franciscanos, los oficiales reales, los antiguos conquistadores, el mismo Hernán, y toda la prosapia hispana en México respetaban á la noble anciana azteca?
Nada más sencillo: ¡se murmuraba que ella sabía del tesoro de Moctezuma!...
Ah! el legendario tesoro del más espléndido Emperador del Anáhuac, todavía dos lustros después de la conquista, provocaba huracanes de odio, siniestras tempestades de envidias: toda la vivida lujuria de la avaricia, de la sed del dinero.
Así es que aquella anciana vió morir en el tormento y en la horca, en los innobles aperreamientos , — devorados por feroces canes educados con la enseñanza práctica del odio al indio— á todos los séres más queridos de su familia.
¡Sólo la pura Enatlaxochitl— flor de mató— peinaba las canas de la heroica descendiente de los antiguos señores de Tenochtitlán!
Con los gobernadores oficiales reales, enviados por Carlos V, habían llegado dos amigos, nobles hidalgos arruinados que se habían querido desde la guerra de Plandes, y juntos se batieron, y el uno al otro en más de un grave conflicto, habíanse salvado la vida...
¡Eran más que hermanos!... Así es que fueron llamados por sus camaradas Castor y Polux.
Jamás nadie vió al uno ni al otro, ni en batalla, conjuración, lid callejera, duelo, tabernaria pendencia, holgorio, banquete, orgía ó expedición aventurera, y más de una vez sus finos aceros atravesaron muy nobles cotas porque sus dueños hicieron de los dos amigos alusiones algo picarescas y asaz indignas de tales caballeros...
Eran éstos don Alvaro de Navarrete y don Pedro Alvarez de Montera; dado á los amoríos el uno y á los juegos de azar el otro.
Ambos conocieron á Enatlaxochitl; don Alvaro la amó por su belleza.
Don Pedro por seducirla para saber el paradero del tesoro de sus abuelos.
Todo el vecindario supo aquellos deseos de los Castor y Polux, ambiciones contrarias. Y cada uno tuvo sus partidarios.
¿Quién lograría á la altanera princesa á quien ni los mismos franciscanos dominaban, pero á quien todos temían, por no quebrar el vaso de oro del secreto de las riquezas del gran Moctezuma?
Hubo apuestas en pro y en contra... y ellos, los que tanto se querían, que tantas veces habían derramado su sangre el uno por el otro, miráronse de reojo, arrugaron los entrecejos y tuvieron sonrisas recíprocamente despreciativas.
— ¿Quieres el tesoro ó su amor? — ¡Su amor y su tesoro! ¿y tu? — 9u amor, su tesoro y tu vida porque me estorbas! Una carcajada dió fin á la provocación y los dos se retiraron.
Inútil fué todo. Enatlyochitl sonriendo les señaló á los dos caballeros el cadáver de la anciana, y les dijo en castellano:
LEYENDAS HISTÓRICAS NEXICANAS
— Pueden perder esperanza; murió llevándose el secreto que Cuauhtemoctzin le confiara; yo me voy tras ella para llevármelo también — y arrojándose sobre el puñal de don Alvaro, que sacó de la vaina, se atravesó el corazón...
Sombríos y embozados en sus capas salieron; embarcáronse en la canoa que los esperaba... saltaron á tierra, miráronse frente á frente delante del farolillo de una imágen santa... y dijo don Pedro:
— Ya no hay ni tesoro, ni amor... ¿qué te falta?
—¡Tu vida! — aulló el otro, desnudando su acero y arremetiendo contra don Pedro.
Quien contestó, dándole una estocada mortal:
— ¡Tómala!
Y crímenes siniestros y tristes tragedias y lances como el aquí narrado anegaron en sangre á México, por causa del maldito tesoro de Moctezuma, que nadie jamás debería encontrar.
Pasad, hijos míos, á recibir la bendición del Señor...
La maravilla de la Conversión
n el sombrío paraje los altos pinos forman severa bóveda apenas atravesada por el sol, cuyos rayos hieren oblicuamente negro y enorme monolito. En torno gime el bosque soberbio, estremecido por las frías ráfagas de la Sierra.
Calma solemne, canto de aves, hojas que ruedan, reptiles que se arrastran, insectos y mariposas blancas que suben volando en los rayos de sol: la primavera de la montaña y de la selva.
Y de pronto brota un inmenso alarido humano y salvaje; estalla luego bárbaro coro de gritos, al compás estruendoso de extraña música guerrera.
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Son las tribus prófugas de la Sierra Occidental convocadas por el saceedote caudillo Matizan en torno de la piedra de los sacrificios.
Y ved cómo por entre los troncos de los árboles, por entre las rocas, apartando la maleza, bajo el alto follaje de los pinos, aparecen grupos de indios semidesnudos, flacos, de largas cabelleras lacias, de miradas feroces, cantando, aullando casi... La muchedumbre compacta rodea la gran roca tallada toscamente... Un hombre vestido con una espantosa túnica obscura, sucia, manchada de sangre, el horrible sacerdote de Huitzilopochtli, — no el solemnemente cruel, bárbaramente litúrgico de los antiguos templos de Mextli, — sino el sacerdote vagabundo que huye al frente de las tribus rebeldes, abominando de la civilización de los extranjeros blancos, convirtiendo cualquier rincón de los montes en templo, inmolando sobre cualquiera roca la víctima propicia á la sed de sangre de su Dios.
Allí, en el delicioso paraje, en plena gloria de la naturaleza primaveral, en el augusto bosque susurrante, bajo el follaje acribillado de sol, el sacrificio espantoso se consuma.
Un hombre, un hermano de aquellos que en el valle adoraba la religión del blanco, capturado la víspera, fué tendido sobre la negra roca. El sacerdote le abrió el pecho con el sagrado cuchillo de ixtli y arrancándole el corazón rápidamente, levantando los brazos lo ofreció al cielo, al cielo que á través del alto ramaje irradiaba luminoso y expléndidamente azul... La sangre corrió por el cuerpo tembloroso de la víctima, tiñó la piedra y en un hilo escarlata empapó el césped cuya seda verde pálida, enrojeció vivamente.
Hubo un solo grito de espantosa alegría, formidable alarido que estremeció los gigantescos árboles centenarios de la selva... Y el final de la escena fué más horroroso aún: aquella muchedumbre se agitó epilépticamente en una danza feroz, saltando, agitando los brazos, revolviendo los
ojos con gestos macabros, aullando al son de caracoles y pitos, al eco de cajas de madera en un desenfreno loco, en un estruendo infernal.
Y del cuerpo ensangrentado del infeliz indio cristiano no quedó ni un solo hueso... todo fué devorado en una hora por aquella legión demente.
La tarde cayó melancólicamente sobre los bosques donde se dispersaron las tribus: los individuos que éstas formaban, á su vez disemináronse en las desiertas espesuras en busca de caza, vagando como bestias fieras, y cuando la tristeza del crepúsculo fué colgando de los viejos árboles sus velos negros, y fueron más frías las ráfagas del Norte, dos errantes indios entraron en los huecos de las rocas y en las grutas de las que habían arrojado á los lobos, y se tendieron para dormir un sueño animal y profundo.
Las tinieblas cayeron pesadamente y entre el negro follaje cintilaron las estrellas como temblorosos frutos de luz en arboledas de sombra.
Y he aquí que los hombres que yacían bajo el yugo del sueño, oyeron de súbito ruidos extraños y miraron extrañas luces que hasta ellos llegaban fantásticamente de las profundidades del bosque.
Y aterrados escucharon estas palabras en lengua mexicana, de un timbre dulce y argentino:
— «Valientes hijos de las razas triunfadoras que dominaron en Atzcapotzalco, Texcoco, Tenochtitlán y Tlaltelolco, el gran Tloque Nahuaque quiere nuevos templos.., llegan sus enviados á revelar su voluntad á vuestro sacerdote Matlzán... cerrad los ojos, porque si veis la luz de la Altura, cegarán vuestros ojos deslumhrados, y por siempre moraréis en el antro de la eternas tinieblas.»
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Todos al escuchar estas voces cerraban los párpados, y estremecidos de pavor, esperaban que los enviados celestes pasaran á su lado...
¿Qué tribus salvajes y errantes eran aquellas que así poblaban los espesos montes, viviendo bárbaramente después de la Conquista de México, cuando ya todas las antiguas ciudades del Anáhuac se hablan entregado al rey de España, abrazando la religión cristiana?...
Eran los restos, antes heroicos de la Gran Tenochtitlán y de las ciudades fieles á sus antiguos emperadores; eran los que primero fueran las legiones y familias nobles, las que tras de la destrucción necesariamente fatal, no quisieron aceptar la paz ni abandonar sus dioses; los que pudieron escapar audazmente embarcándose en las últimas canoas, huyendo rumbo á los desiertos de las montañas, creyendo ser los depositarios de la misión de los dioses; eran los tenaces, los indomables que fueron arrastrando en su fuga heróica y bárbara á un tiempo, á los jefes más enérgicos de las tribus que encontraban, remontándose más y más hacia el Poniente, defendiéndose con brío de las persecuciones de los nuevos señores de la tierra y de los sacerdotes que en vano procuraban atraerlos con la dulzura y la paz soberana de sus palabras amorosas y persuasivas,
Pero la desgracia, la persecución, el hambre, los recuer dos gloriosos de sus épocas de dominio, la voz irritada de los caudillos, clamando venganza ó muerte, y el rigor de los climas nuevos batieron á los fugitivos... y hundidos en el estupor de su derrota, miserables y hambrientos, fueron degenerando lentamente en la soledad de las sierras, tornándose feroces, salvajes, brutales, adquiriendo costumbres y ademanes de fieras bravas: degeneraron.
Sólo alegrábales el espectáculo de los sangrientos sacrificios humanos sobre el negro monolito tallado toscamente en aquel claro de la arboleda, del que habían hecho el teocalli de su Huizlopoctli.
A la mañana siguiente de la noche en que las tribus escucharon las misterosas palabras que resonaron fantástimente en las tinieblas, volvió á reunirse la misma multitud en torno de la Sagrada Piedra. El sacerdote caudillo esperó, sombrío, que todos llegasen, y cuando ninguno faltó, levantando al cielo los brazos con ademán hierático y lento, clamó solemnemente, con voz retumbante: — Los dioses de la raza nuestra van á suspender el castigo tremendo con que, por medio de los hijos del Oriente, nos azotan; no habíamos los sacerdotes, podido interpretar su voluntad; pero ella se manifestará plenamente por un prodigio... Aquí mismo, sirviendo de base esta piedra, surgirá dentro de diez días milagrosamente su templo... Anoche el mismo venerable Quetzalcohuatl vino á mi gruta y me manifestó los designios del Hacedor del Mundo!... Aquí mismo conoceréis la grandeza y os humillaréis en su templo!... Mas, oíd, preciso es que volváis á este sacro paraje con las ofrendas que exige nuestro dios; id más al Norte aún, apartaos de estas cercanías, pues no debéis hollarlas hasta después de diez días de trabajos y meditaciones. Al levantarse sobre estos árboles el décimo sol, al escuchar un són extraño y vibrante compareceréis, y admiraréis la maravilla más grande... ¡Es la voluntad y la orden que he recibido de nuestros dioses!... ¡Partid todos!
Alzóse sordo rumor de admiración, vibraron palabras de esperanza, bendijeron todos al Supremo Tloque Nahuaque, Señor de la Tierra, y llenos de fé, lanzáronse por en-
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tre las enmarañadas vertientes del monte, acatando la orden del venerable sacerdote, quien quedó al fin, solitario frente á la negra y ensangrentada roca de los sacrificios...
Diez soles han dorado las copas de aquellos árboles... Y cuando el décimo lanzó su primer rayo sangriento, azotó el ambiente purísimo de la montaña un toque vibrante, impregnando la atmósfera de intensas sonoridades... un momento después resonó otra purísima vibración que se extendió hasta las más bajas profundidades de los valles, suspendiendo todo el concierto alegre de los pájaros, que levantaron el vuelo estremecidos de júbilo...
Entonces los indios ascendieeon hasta llegar al paraje designado... y ¡cuál sería su pasmo, cuán inaudita su sorpresa, al contemplar la maravilla de un edificio extraño y hermoso, blanco, cuyos pisos eran graciosamente curvos y cuyo pórtico remataba en una cruz... Nubes de incienso flotaban en torno... y del interior surgió una música majestuosa y la voz dulcísima que escucharon una noche, entonó un himno delicioso y encantador... Un anciano de rostro blanco, de túnica rara para ellos, díjoles en lengua náhuatl:
— ¡Dios, nuestro Dios, que es el de todos los hombres, lo quiere! ¿Negaréis su poder y su voluntad con este milagro?
¡Pasad, hijos míos, á recibir la bendición del Señor!
Aterrada la multitud, subyugada por semejante milagro, entró á la capilla cristiana que en tan poco tiempo había surgido sobre la piedra de Huitzilopochtli... y donde fueron bautizados más tarde, sometiéndose por la cruz ya que no lo fueron por la espada.
¿Cómo se verificó la estupenda maravilla? ¿Quién hizo semejante prodigio?
Una mujer con su poderosa voluntad y su firme deseo de salvar á los indios que huían por las montañas: Doña María de Sandoval.
Ella fué la que amada por los indios del Valle que proyectaban sublevarse y á los que hizo desistir prediciéndoles el fin de sus desdichas con la llegada á México de la segunda Audiencia, recibió noticias de los que habitaban las sierras... Tuvo la inspiración de atraerlos con una maravilla milagrosa; hízose transportar con magníficos guías á ellas, y allí, participando de su condición, fingiéndose una de tantas errantes prófugas la ex- princesa de Texcoco escogió el terreno y combinó su plan. '
Una noche, atravesando precipicios, trepando por las fragosidades á la luz de la antorchas de indios del Valle, pudo llegar pronunciando aquellas misteriosas palabras, hasta la gruta del sacerdote.
Allí, vestida con blanca túnica flotante, le reprochó su ambición que hacía la ruina de la tribu, él fascinado, juró obedecerla. Convinieron el alejamiento de los nómadas; mientras éstos se apartaron, — leguas enteras internándose en las montañas del Norte, — veinte mil tlaxcaltecas levantaron en diez días la capilla que obró el prodigio y por lo que se llamo de la «Conversión.»
Los buenos y nobles oidores do la segunda Audiencia, á la que tantos bienes debió la Nueva España, dulcificaron la suerte de aquellos antes salvajes, dándoles tierras feraces donde hubieron de vivir tranquilos al amparo y sombra de la Cruz, símbolo de redención...
¡Ellos pudieron decir á sus hijos: Cedimos á la cruz, no á la espada.
Y se veía á sí mismo extrangulando á su esposa..
El ermitaño errante
' adre, yo no puedo morir tranquila mirando cómo se asesina á un pueblo, atormentándolo horrorosamente, haciéndolo pasar por todas las humillaciones, convirtiendo en esclavos á sus reyes, violando las princesas, robando los tesoros y las tierras de sus antepasados con el
pretexto de llevar la fe cristiana á la región infiel... Padre, yo he jurado á un noble príncipe azteca hacer que el conquistador hispano sea benigno para los hijos de la raza vencida!... Padre, yo sé que vuestra raza de santo se extiende por todo el mundo, que vuestro poder sobre las almas perversas y obstinadas en* el mal es inmenso... Yo quiero que obréis sobre el espíritu de un grande hombre dominado por la ambición y el orgullo, hoy, ébrio de gloria, admirado en la corte, tanto como el Emperador... un hombre capaz de los crímenes más horribles tanto como de los mayores heroísmos y sacrificios... ¡Os hablo de don Hernán Cortés!...
Abrumada de fatiga calló la monja.:. Sus ojos brillantes por la fiebre fulguraban en la penumbra amarilla de la celda. A la cabecera del lecho el flaco ermitaño escuchaba mudo, con la cabeza sobre el pecho.
Hubo un silencio profundo: ni el rumor de un paso en los claustros, ni el graznido de un ave nocturna, ni la queja del viento.
La monja se incorporó sobre el duro lecho, y extendiendo hacia el eremita las flacas manos, prosiguió con palabras vibrantes como sollozos.
— |Ese hombre es maravilloso; con su espada, su inteligencia, su valor y su energía ha conquistado para el Rey nuestro señor todo un mundo... ¡pero ya no más crímenes en ese mundo!
El puede hacer que cesen las crueldades para con la raza que conquistó... él no tiene necesidad de más crímenes para asegurar al trono de Cárlos V, el mundo de los mexica... Yo he humillado al soberbio conquistador delante de mi rey por vengar la ignominiosa muerte del Rey de los
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aztecas... ¡perdón, padre! También para él pido perdón, pero que sea piadoso... Oid, padre; se encuentra todavía en la corte, brindando en una apoteosis de semidiós pagano; perdonad mis mundanas frases... ¿Sabéis de qué manera dominaréis su alma, tornándola generosa?... ¡Recordadle sus dos crímenes más grandes, los que pesan más sobre su conciencia — porque es bueno y noble en el fondo — recordádselos de una manera que no los olvide nunca! Decidle: — ¡No habrá perdón para tí, y te perseguirán las sombras de tus víctimas, si no tornas en bien el mal que has hecho!
— ¿Y qué crímenes son estos? — preguntó el anciano con voz lenta y dulce.
— La ambición, la sed de grandeza después de tomada la capital del imperio azteca lo embriagó: vivia en un palacio de la bellísima ciudad de Coyoacán al lado de su esposa Catalina que acababa de llegar de la Habana... él tenía otras mujeres, entre ellas una india que fué su intérprete, Malintzin, inteligente y hermosa; además, soñaba con casarse con la sobrina del Arzobispo de Burgos para ser el rey de todas las Indias... Pues bien, una noche, después de haber cenado alegremen.e rodeado de toda su corte, retiráronse á sus habitaciones...
A media noche oyéronse en el palacio los gritos de Cortés; acudieron criados, guardias y damas, encontrando muerta en su lecho á la esposa del capitán, y á éste sombrío dando muestra más de terror, que de pena... ¡La había extrangulado en su lecho!... En el cuello de la infeliz vimos rotas las zoguillas de perlas, que eran gotas de luz sobre las manchas rojas que se salpicaban la piel estrujada de Catalina' Xuárez! Al día siguiente con toda precipitación fué enterrado su cadáver... ¡Oh Dios mío!
El anciano ermitaño cayó de rodillas, y mentalmente oró por el alma de la víctima.
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La monja continuó: Más tarde, habiéndose sublevado en una región lejana su amigo Cristóbal de Olid, organizó una expedición para ir á someterlo. Llevó en su compañía al vencido rey Cuauhtémoc — al pronunciar este nombre un sollozo profundo, desgarrador, cortó la frase, y lágrimas brotaron de los ojos de la moribunda... y á otros reyes y príncipes muy nobles y muy dignos, á quienes había dado su palabra de caballero de tratarlos según lo merecían sus estirpes regias... Ya á Cuauhtémoc, sollozó la infeliz, le había calcinado pies y manos... pero no lo culpo tanto, sino á Alderete el codicioso oficial real. Marcharon, pero en el camino, en un impulso criminal, admirado de la grandeza con que á todos se imponía el que fué emperador de Anáhuac, con el pretexto de una sublevación lo mandó ahorcar en un paraje triste que se llama Izancanac... Noblemente le dijo el príncipe:
—¿Por qué me matas?... ¿Por qué esa injusticia? ¿Te maté yo cuando entráste á mi ciudad? ¡Dios te lo demande!
¡Aquella horrible noche su cadáver pendía de un árbol, oscilando al viento que gemía su oración fúnebre por aquel desdichado rey!
— ¡Oh, mi amado padre! — suspiró de nuevo la monja, — comprended que si la superiora del convento os ha mandado traer de vuestras sierras, es porque yo le dije que de vos dependía la vida de un pueblo y el cumplimiento de mi voto sagrado!
Levantóse el anacoreta, en cuya ámplia frente pulida y amarfilada resplandecía el saber, y en cuyos ojos hundidos y misteriosos centelleaban rayos mágicos y turbadores...
— ¡Bendita seas tú, criatura, á la que e\ Señor diera la
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santa misión de aliviar la suerte de un pueblol yo haré estremecer y cambiar el alma de ese hombre!
Una hora más tarde, turbó el hondo silencio del monasterio el crugir de sus puertas, de donde salía el ermitaño dejando en paz el espíritu de la monja, que muy pronto debiera abandonar el mundo.
Fué un gran acontecimiento en la corte de Carlos V, la llegada de Hernán Cortés de la fabulosa Nueva España. Traía un séquito y una comitiva triunfales; se sabía que desde su arribo al puerto de Palos la admiración pública le formaba arcos soberbios, y no sabiendo dónde alojar tan numerosa corte como la que traía, posó en el ya célebre convento de la Rábida, donde se encontró con el que había de conquistar el Perú, Francisco Pizarro.
Después, en su viaje á Toledo, al pasar por los estados del Duque de Medina Sidonia, se le hizo tan fastuoso recibimiento y tan soberbios agasajos, que apenas príncipe alguno hubiera merecido.
Ya en la corte, fué recibido por el Emperador con pompa sin igual, cansando envidia á los más grandes señores de España.
Sólo se supo que una gentil dama lo había acusado de nefando crimen, antes de retirarse á un convento.
Tal suceso le arrebató por unos días el favor imperial hasta que las veleidades del monarca lo volvieron á la antigua gloria de que disfrutara el conquistador de un imperio.
El papa Adriano le envió sus bendiciones, legitimó todos los hijos que el capitán había tenido de diversas mujeres, y le otorgó los diezmos y primicias de todos los pueblos de que Carlos V le había hecho señor.
318 HERIBERTO FRIAS
¿Qué más gloria, qué más ambición podía apetecer un hombre?
¡Sólo con el gran César de Austria, de Italia, Países Bajos, España y las Indias, podía comparársele!
¿Quién por aquel entonces ignoraba la historia del Ermitaño Errante, aquel misterioso monje que hacía el milagro de penetrar con sus ojos profundos y magnéticos hasta el fondo de las conciencias criminales?
Por doquiera se comentaban sus estupendas obras, sus magníficas cénversiones de almas malas en buenas, por medio de la evocación que les hacía estando ellos en sueños, de sus crímenes, violencias y falsedades.
¡Teníase por santo al misterioso varón que erraba por los campos, descalzo, cubriendo sólo su cuerpo con burda y negra túnica, alimentándose con lo que buenamente se le daba, sin pedir nunca, y repartiendo á los menesterosos de los caminos lo que en sus alforjas guardaba!
Nada se sabía de su nombre, ni de su historia. Consejas de gente ignorante aseguraban que era un príncipe desgraciado en amores: otras anécdotas referían que había sido un hijo parricida que expiaba su formidable crimen, haciendo el bien de ermita en ermita, desde las desconocidas regiones frías del Norte del Asia hasta las fértiles praderas de la Andalucía.
Pero lo que sí aparecía innegable y evidentísimo, era su poder visual sobre el espíritu humano y su imperio sobre las almas.
Tal fué el anciano á quien la monja, en un tiempo Mencia, ahijada de Hernán Cortés, llamara á la celda de su convento.
¡Sorpresa y pasmo tuvo la corte al saber que el mismo Emperador iría personalmente á visitar en su alojamiento al conquistador de la Nueva España, que se hallaba postrado por grave y azás rara dolencia.
Nadie lo creyó hasta haberlo presenciado... Y una nube preñada de envidias y cóleras ruines se levantó, amenazando el porvenir del antiguo aventurero.
— ¿Quién sois, buen viejo? — y don Hernán se incorporó fatigosamente sobre su lecho suntuoso.
— Bravo, conquistador, audaz capitán, soy el Ermitaño Errante que se ha convertido en el eco de tu conciencia.
— ¡Eh!... dejadme en paz, que os dén diez ducados de limosna... y partid!
— ¡Oh, no! don Hernando: vengo á hablaros de vuestra esposa doña Catalina y del príncipe Cuauhtémoc... ¿os acordáis?... ¡Qué puños los vuestros, capitán!
Cortés se incorporó lívido, espantoso; quiso hablar, pero al ver las centellas de la mirada del ermitaño, magnéticas, fosforescentes, sintió un frío tan intenso, que creyó morir y no pudo articular ni una sílaba.
El terrible visitante dejó caer la mano huesuda y congelada sobre la frente del héroe, oprimiéndole las sienes, cerróle los párpados y díjole enérgicamente:
— ¡Duerme y ten la visión de tus crímenes y al despertar recuérdala, recuérdala todas las noches!...
No bien hubo pronunciado la última palabra, cuando la cabeza del conquistador cayó sobre la almohada. De su pecho brotó un estertor; su rostro se descompuso aún más, y momentos después prorrumpió gritando bajo la obsesión de la pesadilla sugestionada:
— ¡Perdón, perdón!
¡El infeliz veía sus dos crímenes! Ya se veía á sí mismo estrangulando á su esposa, y contemplaba al propio tiempo el cadáver de Cuauthémoc oscilando bajo el fatídico árbol de r¿ancanac...
— ¡Misericordia, perdónl— exclamaba retorciéndose en el lecho.
— ¡Anciano, líbrame de la pesadilla y haré que seas arzobispo de la Nueva España!
— ¡Insensato!... Oye; jamás se apartarán tus crímenes de tu mente, si no cumples el precepto de bondad y amor del mártir del Calvario. Tú puedes hacer el bien con los vencidos; ampara á la raza indígena, defiéndela contra sus nuevos tiranos; ámala, protege á sus descendientes... ¡Tú capaz del crimen por la gloria, sé capaz del sacrificio para borrar el crimen! ¡No más tiranía!
— ¡Oh padre! yo amo á esa raza; yo seré su protector, yo haré porque lo que hizo mi espada sea en bien de la religión, en bien de esa mi nueva patria... Iré á conquisrar sin crímenes y sin ambición las islas del mar del Sur... ¡Perdón! ¡Quitadme la pesadilla!
El ermitaño pasó sus manos sobre la frente del que á su montaña iba á pagarle la visita y díjole:
— ¡Bendito sea el Altísimo y él te quite la negra visión por tus obras!
Hernán Cortés partió para la Nueva España donde la más espantosa tiranía se enseñoreaba trágicamente, y desde entonces su amor por la raza vencida le hizo amar de los infelices descendientes de aquella, defendiendo su causa en luchas tremendas, generoso y noble.
Y éste es el extracto de un viejo infolio hallado en el rincón de un cuartel que antes fuera convento.
El cortejo llegó ante el Palacio de Cortés
Albor de Aurora
a bella doña María de Sandoval medita, sentada ante el jardín de su solitaria casa de Texcoco, bajo los arcos de amplia galería. Cae la tarde, — una tarde fría y triste del mes de Enero — y un silencio melancólico invade con las primeras sombras el ambiente.
Rara hermosura es la de la meditabunda jóven, belleza concentrada tan solo en sus ojos negros y profundos y en su boca pequeña de curva artística y severa, bajo pómulos salientes que dan á su rostro bronceado un aire de suprema energía.
Doña María de Sandoval, — antes princesa de la casa real de Texcoco, convertida á los diez años de edad á la religión cristiana, siendo su padrino Gonzalo de Sandoval, — viste ya á la usanza española y lleva con distinción y noble ademán el traje de las damas de la corte del Marqués del Valle, Capitán General de la Nueva España.
21 .
Una hora hace que, inmóvil en el sitial, medita profundamente, los ojos fijos en un punto perdido del espacio. De súbito se incorpora y corre ligeramente hacia un extremo de la galería por donde aparece un franciscano apoyado en grueso bastón.
— ¡Cómo habéis dilatado, padre! — murmuró dulcemente en el más puro castellano la joven, besando la mano que aquel la tendió. Avanzaron con lentitud, apoyado él, en el hombro de la gentil exprincesa.
El viejo franciscano sentóse en el sitial sin pronunciar una palabra, abrumado por senil fatiga, y cuando al fin se repuso, mirando fijamente á doña María, dijo:
— Hija mía, hoy he conversado largamente con don Hernán... pero no hay tiempo de hablarte de él... vengo con ansiedad por saber que te han dicho ellos... Y al pronunciar esta palabra tembló más aún la voz del anciano.
— ¡Ay! padre, padre, he tenido que apelar á toda la gracia de la Virgen Santísima para lograr aplacar la cólera de los caciques... la rebelión fermenta de horrible modo.... mientras en apariencia todas las razas dominadas son hoy más sumisas, late en ellas la cólera que tendrá que hacer derramar su sangre y retardar el reinado de N.tro Señor.... Yo les he hecho presente que no conocen la verdadera grandeza española y la cristiana y sacra majestad de sus reyes...
Les dije que la resistencia á los designios de Dios era inútil, criminal y sacrilega... les dije todo lo que vos, padre, me habéis enseñado de seis años á esta parte y que al fin he creído por milagro de la Reina del Cielo...
Le hablé de que ya estaba próxima la hora de que conocieran á la España noble, caballeresca, hidalga y cristiana... Les dije que don Hernán Cortés, á quien como sabéis ya quieren, no era la excepción de los caballeros españoles; sino la regla, y que la cruel excepción se hallaba en los tiranos y ambiciosos que, manchan la obra del Evangelio y calumnian la raza hispana.,.
LEYENDAS HISTÓRICAS MEXICANAS 323
Padre, les dije en frases toscas y con imágenes de la lengua náhuatl que las crueldades de la conquista, la guerra, son castigos de Dios, terribles y necesarios para hacer desaparecer la falsa religión del feroz Huitzilopochtli y por último, encareciéndoles las dulzuras de la Emperatriz de los Cielos, les profeticé que si se sublevaban entonces perecerían todos... ¡Acatad la voluntad de Dios, hermanos! Nuestra religión era falsa, nuestras costumbres bárbaras; optemos por la fe de Cristo que dice: «¡caridad!» — ¿Y qué te contestaron? — preguntó ansiosamente el fraile.
— Martín, el más audaz de los jefes de la conspiración, y el más inteligente, respondió: — ¡Habíamos creído en su religión y en sus promesas; pero las cumplen esclavizándonos, marcándonos con hierro candente como á sus caballos, explotándonos, arruinándonos para siempre! .. Mira la tiranía de Chirinos y de Salazar... Se fueron para volver; después llegó el más abominable de todos; Ñuño de Guzmán.., Se ha ido también... y ahora llegará la segunda Audiencia y será peor que la primera... No; muramos mejor... ¿Dónde está esa noble España y esa majestad omnipotente y cristiana de sus reyes?... Reunamos los esfuerzos de todos los oprimidos... y si tú quieres delatarnos, hazlo; pero ¡ay de tí! — Yo les contesté .. Jamás por mí sabrán los jefes blancos lo que pueda perjudicar á mis hermanos, pero esperad... No podéis juzgar aún; esperad que la segunda Audiencia os haga justicia... y si no, obrad como queráis, Dios tenga misericordia de nosotros!— Me retiré á mi canoa, pues ya la madrugada estaba próxima, y pude llegar antes de amanecer... No supe qué decidirían,
— Gracias, hija mía, Dios te bendiga; por tí no habrá más inmolaciones... Sacrifiquémonos para evitar la catástrofe; la segunda Audiencia demostrará á todas las razas indias de la Nueva España lo que es la raza española; tengo fe en Dios, El no puede permitir que sigan las iniquidades... Ora, hija mía...
Tantas y tales fueron las quejas que contra el gobierno de la primera Audiencia en México llegaron hasta el trono augusto del Emperador Carlos V, tan dolorosos y preñados de angustias fueron los ecos de las tragedias que se desarrollaban en el rico territorio arrancado á sus reyes y cedido á la España por la espada de Hernán Cortés, que aquel monarca, indignado, resolvió hacer completa justicia, y escogiendo con sabio tino entre los más justos y acertados varones de la Península, envió la segunda Audiencia con la misión sagrada de reparar los desaciertos y desmanes, crímenes y exacciones de los anteriores gobernantes, aboliendo tributos, libertando esclavos, dando á todos los indios el título de vasallos; ¡misión justiciera y luminosa, de consuelo, libertad y redenciónl
¡Era el primer albor de una aurora!
Componían la Audiencia Juan de Salmerón, Alonso de Maldonado, Francisco Ceinos y Vasco de Quiroga.
A ella debía unirse más tarde su presidente, el Obispo don Sebastián Ramírez de Puenleal. Cuando por fin se supo en México la llegada de aquella á Veracruz, recorrió el país un estremecimiento de alegría, feliz presagio de que la esperanza en la justicia del Emperador se transformaba en fúlgida realidad.
Y el indio que antes temía con terror al monarca de España, y al oir su nombre caía de rodillas, temblando de miedo, iba en lo de adelante á arrodillarse bendiciéndolo con amor, temblando de alegría...
Cuando por fin en 1521 Cortés con su triunfo sobre la ciudad de México hizo dueños de los pueblos, que antes
LEYENDAS HISTORICAS MEXICANAS 325
fueran de Moctezuma, á los reyes de España; en el instante febril de la victoria de la soberbia espada del conquistador; cuando todos sus capitanes soñaban con las riquezas mágicas que les habían presentado en sus noches de campaña, tempestuosas y tétricas, sus imaginaciones latinas, hubo un guerrero oficial de Cortés — Gonzalo de Sandoval — de alma hidalga y generosa, aúnque arrebatada y vengativa en los trances difíciles, como alma inexperta y jóven — un guerrero que tuvo simpatía por una pequeñuela que los aztecas tenían prisionera en el palacio de Cuauhtemoctzin, considerada como en rehenes, pues era la niña nada menos que real princesa de la casa de los emperadores de Texcoco.
Y fué tan grande la simpatía de Gonzalo de Sandoval, por la gentil princesita, que al libertarla del azteca, la tomó bajo su especial protección y la hizo bautizar solemnemente, más tarde, con el nombre de María, dándole su apellido de Sandoval.
El padre Olmedo cuidó de la educación religiosa de la niña, que fué creciendo lozana, inteligente, dulce y bondadosa, en Coyoacán, muy cerca del conquistador, y más cerca aún de Don Gonzalo, su padrino, aprendiendo poco á poco el castellano... y cuando llegaron los primeros franciscano al Valle de México, Fray Martín de Valencia tomó especialísimo empeño en transportar á la mente de la núbil doncella, toda la brillante y dulce concepción del Evangelio, iluminándola con el resplandor de una fe nueva, purísima y redentora...
Y cuando años después el Emperador Carlos V, por cédula real dióle títulos y honores á la nieta de Netzahualcóyotl, como lo hizo al propio tiempo con todos los descendientes de los reyes y señores del Anáhurc, ella, cada día más humilde y sugestionada por la voz penetrante y persuasiva de los franciscanos, desvanecida con los relatos de martirios y alburas de los que sucumbieron por defender al Hombre Dios crucificado por sus mismos hijos, juró
á su anciano amigo fraile, prestar ayuda á la causa de la evangelización de los de su casta; pero jamás prestarse á ser instrumento propicio á los déspotas que aniquilaban al indio, robándole hogar, patria, fortuna y libertad, sin dejarle siquiera una palabra de consuelo, ni una esperanza...
Cuanda partió Hernán Cortés para España á dar cuenta de sus actos á Carlos V, llevóse á su lado al más querido de sus oficiales, Gonzalo de Sandoval. Este dejó en Texcoco á su ahijada con una anciana beata y un viejo fraile franciscano.
En el puerto de Palos, cuando Cortés llegaba triunfalmente á su patria, murió Sandoval, dejando en el ánimo del conquistador la más profunda desolación. ¡Bien sabía que con aquel capitán de veinticinco años había conquistado un mundo!...
A la vuelta de Hernán á México, por respeto á los afectos de su difunto amigo, por reverencia leal á la casa de Texcoco y por propia admiración á la inteligencia de la exprincesa doña María de Sandoval, dejóla en su mansión de Texcoco, soltera, libre, cuidada solamente por la anciana beata y dirigida por el sabio franciscano.
Ante el espectáculo terrible de los sangrientos desastres, combates, incendios, sacrificios espantosos, robos, saqueos y feroces exterminios, tiranías, esclavizamientos y falsías de las soldadescas de la conquista, también ellas engañadas y robadas, descargando sus cóleras armadas y potentes sobre el indio inerme, ella, — dulce y severo heroico carácter, — hija del grande y justo Netzahualcóyotl, tuvo el sueño de las vírgenes escogidas para el martirio; ¡ser la salvación de su raza!
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Y no obstante su ferviente y razonado cristianismo, su puro amor á los misterios de que los sacerdotes le hablaron, arrancando su espíritu niño á las crueles supersticiones de los infaustos y rojos manes de Huitzilopochtli; no obstante el loco amor con que amaba la leyenda divina de María, ella amaba á los suyos, glorificaba á sus antepasados y adoraba su patria; y tan fué así, que no quiso partir con D. Gonzalo para España donde la esperaba en la Corte un porvenir regio... ¡Ella quería ser redentoral
Más que las palabras de los franciscanos subyugaban las suyas á los de su raza, á las horas de pláticas instructivas que se daban á los indios después de la explicación de la doctrina...
¡Tan dulce y conmovedor era el acento de la noble doncella expresando en idioma náhuatl las bellezas de la nueva réligión y sus frases eran tan elocuentes exhortando al amor y la resignación, á la humildad, que iban en peregrinación á su casa de Texcoco multitudes de familias desoladas!
Las riquezas que le pertenecían — según real cédula — convertíanse en limosnas y transformábanse en capillas cristianas.
Noche. Tenebrosidad fría se abate sobre el lago cuyas ondas negras surcan en el hondo silencio largas y estrechas chalupas que en misterioso enjambre se dirigen hacia una isla... Llegan; rompen el silencio gritos y silbidos, cantos de aves nocturnas y súbito ladrar de perros... y más y más canoas van llegando á la negra isla á cuyas playas salta muchedumbre de sombras... sombras y más sombras... y hay melancolía infinita y lóbrega, á través del lago batido por las frías ráfagas de Enero...
[Es la conjuración de los indios!... Anhelan justicia; prefieren la muerte á la tiranía... En plena sombra, en una isletilla en el fondo del lago, meditan su plan... Una voz de mujer clamó.
— ¿Justicia?... ¡Ya viene! Dios es grande; vais á conocer sus designios, vais á conocer á la verdadera España; mañana entran los designados por Dios á haceros justicia... Yo lo he soñado en la hora santa... ¡Esperad!
Y al día siguiente de aquella noche de Enero de 1531, la capital de la Nueva España se engalanó soberbiamente; el lodo de sus calles cubrióse de flores; tapices regios colgaban de I03 balcones de los vecinos hispanos; las campanas de los aún improvisados templos resonaban alegremente, y aún los mismos infelices indios mostraban una algazara inaudita, inesperada... y un sol espléndido daba alegría á la triste ciudad.
¡Llegaban los justicieros!
Gritos de hossana les saludaban... les aclamaban, con un frenesí tumultuoso y sincero, admirando la pompa con que resplandecía en México aquel primer rayo de justicia...
Con suntuosidad digna de la aureola imperial del César que representaba, el sello de Carlos V, iba encerrado en caja riquísima ornada de encajes primorosos, perlas y piedras preciosas, sobre el lomo de poderosa muía enjaezada de púrpura, terciopelo y oro, festonada y resplandeciente, soberbia, majestuosa... Al frente cabalgaban dos oidores de cuentas, y los otros dos á uno y otro lado de la suntuosa caja que guardaba el sello imperial...
El cortejo llegó ante el palacio de Cortés, — el Marqués del Valle, — y allí de nuevo le aclamó la multitud.
LEYENDAS HISTÓRICAS MEXICANAS 329
Aquella noche Doña María, en la isla del lago, dijo á los conspiradores:
— Los signos de mi sueño están en esos nuevos salvadores... ¡esperad!... Esperad... ¿Habéis visto la majestad del Emperador Carlos V?... [Yo la admiré, porque todos los rostros de los que odiáis palidecieron!... Esperad, hermanos...
...Y la negra muchedumbre, convencida, subyugada por la princesa de su raza que les hablaba de esperanza con tan convincente elocuencia, se alejó desvaneciéndose en la sombra, esperando el alba...
Y de aquel cráter negro también se alejó aquella mártir soñadora, ¡virgen enamorada del sacrificio!