Leyendas históricas mexicanas · Unidad 50 de 117

Unidad 50 · LEYENDAS HISTÓRICAS MEXICANAS 145

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LEYENDAS HISTÓRICAS MEXICANAS 145

¿Y cómo no hacerse amar después de haberse dado á temer, si el primer acto de su gobierno fué e' perdón general para todos sus enemigos?

Los señores que se rindieron al poder de Tezozomoc y Maxtla, traicionando su patria, adulando vilmente á esos déspotas usurpadores, temían una venganza espantosa de parte del airado Netzahualcoyoil, y aun cuando supieron que el magnánimo rey les perdonaba, no le dieron crédito en un principio á su clemencia.

Después mandaron desde sus escondites de las montañas á sus hijos, hasta que convencidos de la magnanimidad del soberano, regresaron á sus hogares después de presentarse temerosos y avergonzados delante de su trono.

Entretanto, Maxtlaton, en el paroxismo de su rabia, levantaba formidable ejército para destruir Tenochtitlán, considerando esta ciudad más débil que la opulenta Texcoco.

Recorría, llevando en lujosas andas, ó sobre ligeras canoas, los pueblos del Poniente, llamando á todos los jóvenes para que tomaran las armas contra los tenochcas, prometiéndoles en pago, bellas esclavas, tierras fértiles, espléndidas mantas y magníficas distinciones á la hora del reparto, después de vencida la orgullosa ciudad de los reyes tenochcas cuyos palacios eran ya célebres.

El astuto monarca iba acumulando hombres y elemen* tos de guerra que sacaba de los lejanos señoríos de Occidente; explotando el ansia de rapiña de las tribus miserables que vivían penosamente trabajando, para procurar al

tirano su vida ociosa y los goces costosísimos de su eterna crápula.

Al escuchar tales promesas, les seguían entusiasmados, dispuestos á llevar al exterminio á la orgullosa ciudad que se erguía allá hacia el centro del Valle entre murallones de los verdes carrizales de la gran laguna.

Así fué que en pocos días, Atzcapotzalco y sus alrededores y aun más allá hasta los bosques de pinos y ahuehuetes que cercaban la pintoresca Coyoacan, no pudieron contener las innumerables masas de aquel ejército que armaba el rey tepaneca.

También de allende las montañas occidentales, llegaban largas caravanas de jóvenes aventureros deseosos de cambiar su vida de esclavos ó errantes cazadores, por la de audaces guerreros, que bien pronto habían de conquistar la fortuna después de un feliz día de batalla.

Ixcoalt, que ora un caudillo indomable cuya larga macana no cesaba de abatirse sobre cráneos enemigos en todo un día de combate, se esforzó á su vez en robustecer sus tropas veteranas en arengar á las noveles legiones ejercitándolas duramente al mismo tiempo que los ancianos sacerdotes les hablaban de las viejas glorias marciales de sus antepasados que habían hecho prodigios para salvar la peregrina raza heróica del águila tenochca. Pero sabiendo el número formidable á que ascendían los hombres guerreros con que contaba el odioso Maxtlatón, comprendiendo que en el ataque á la ciudad sus masas aplastarían— no obstante la indómita bravura — al reducido ejército mexica, envió él, á su turno, una embajada al rey