Leyendas históricas mexicanas · Unidad 79 de 117
Unidad 79 · LEYENDAS HISTÓRICAS MEXICANAS 223
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
LEYENDAS HISTÓRICAS MEXICANAS 223
últimas campañas en que los ejércitos mexicas, habían salido victoriosos de ellas regresando con innumerables prisioneros cuyos sangrientos corazones fueron propicios á Huitzilopoxtli? ¿Ni qué hombres ni animales faltaran para cargar los cuantiosos tesoros de mantas, armas, pieles, oro en polvo, plumas y víveres, que arebataron en las saqueos de las ciudades enemigas que al fin después de ser incendiados sus templos, quedaron tributarios del Imperio del gran Ilhuicamina?... ¡La guerra era necesaria!
Así fué que Moctecuhzoma reunió su Consejo presidido por él mismo y los reyes de Tlacopan (sus aliados); además, asistieron los yaoyisques más viejos y de más ilustre experiencia en las guerras, para ser consultados á acerca de los detalles del plan de campaña que se estaba discutiendo.
El respetable cuerpo de los «águilas» y tigres» — cuautlis y ocelotis, — representados por los más bravos caudillos, optaron con gran entusiasmo por una guerra de exterminio y de total incendio y saqueo, para acabar con aquella raza obstinada y rebelde.
Solemnemente se promulgó la campaña publicándose en todos los barrios y en todas las ciudades y villas de Tlacopan, Texcoco y demás reinos aliados, para que todos los guerreros aprestasen sus armas y equipo.
Y empezó el apercibimiento de gente y viveras, y activóse la fabricación de flechas y dardos, en tanto que fueron avisados los señores de los pueblos por donde había de pasar el ejército, para que tuviesen alojamientos y comestibles y reservas de hombres armados y de mujeres proveedoras, de las que seguían á los mercaderes y eran guías en el acompañamiento de la retaguardia de las columnas en marcha.
Uno de los más altos generales del ejército, el Huitznahuatl, al mismo tiempo sacerdote encargado de atraer hacia sus armas el favor del Dios Huitzilopoxtli, invocaba en el grad teocalli, al rojo ídolo tutelar de las batallas, clamando solemnemente la oración suprema:
«El Dios de la tierra abre la boca con hambre de tragar la sangre de muchos que morirán en esta lucha. Parece que se quieren regocijar el Sol y el Dios de la tierra, el solemne Tlaltecuhtli; quieren dar de comer á los dioses del infierdo, haciéndoles convite con sangre y carne de los hombres que han de morir en esta guerra.
Porque á la verdad, no os engañáis, ¡oh DiosI en lo que hacéis, es necesario que sepáis querer que mueran en la guerra, porque ciertamente para esto los enviásteis á este mundo, para que con su carne y con su sangre den de comer al Sol y á la tierra... ¡Oh, Señorl señor de las batallas, dueño de todos, ¡oh, Tezcaílipuca, invisible é impalpable, os suplicamos que aquellos á quienes permitáis morir en esta guerra, sean recibidos en la casa del Sol, en el cielo, con amor y honra y sean colocados y aposentados entre los valientes y famosos que han muerto en la guerra.
A nuestros generales dadles habilidad, para que sean padres de la gente marcial, de los que andan por los campos y por los montes y saben los riscos, descienden á las barrancas; y en su mano ha de estar la sentencia á muerte de los enemigos y criminosos...
«Os rogamos también, ¡oh,TezcatilpucaI que hagáis mercedes de vuestra largueza á los demás guerreros humildes, dadles algún abrigo y una buena posada en este mundo; hacedlos esforzados y osados y quitad toda cobardía de su corazón, para que con alegría no solamente reciban la muerte, sino que la deseen y la tengan por suave y dulce; y que no teman las macanas ni las flechas, sino que las