Leyendas históricas mexicanas · Unidad 8 de 117

Unidad 8 · HERIBEETO FRIAS

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HERIBEETO FRIAS

abandonarla ó recluirla con las demás mujeres de su gran Tocpam.

Pensaba envenenarla dándola á beber diluida en licor de maíz, una florecilla aromática que le habían traído de las selvas de Oaxaca... La embriagaría, y al expirar, habría de arrancarle el reino de las montañas del Norte.

El malvado vió realizarse su proyecto. En la feroz orgía, cuando las danzas arremolinaban tempestuosamente los oleajes de regias vestiduras, plumazones, conchas, nácares, caracoles y tintineles de oro y plata; cuando se habían vaciado las preciosas jicaras embriagando á los danzarines, Roca Florida, habiendo bebido por última vez, comprendió que iba á morir.

Y así, presa de tremenda indignación, gritó:

— ¡Cruel y falso Ahuizotl, me has engañado: yo era libre, soberana, noble, rica y adorada como una diosa. Por tí perdí la riqueza, el poder, la gloria, la ternura y la vida. Yo te hice muchos bienes, te cedí mi reino, salvé tus orgullosos vaovisques, á tus ancianos y sacerdotes; te dirigí salvo á través de la sierra, y perdonándote la muerte de mi hermano, creyendo que cumplirías tus promesas, vine á ser tu esposa. Ya sé que voy á morir; pero mi cuerpo se ha de levantar á tocarte: mi boca te besará y ¡cruel! tu nombre será el nombre del horror y para siempre el símbolo de la perfidia, de la persecución injusta, de la traición y de la infamia. ¡Ahuizotl! tu nombre será escarnecido y odioso para siempre, y mi cuerpo, aún en huesos, se levantará el día de tu apoteósis para maldecirte más!

Ahuizotl ordenó que el cadáver de la infeliz reina de las montañas, fuese arrojado á las aguas del lago; y al día siguiente fué cuando hizo que fuesen inmolados los millones de víctimas en el gran Teocalli, ordenando que se levantaran aquellas horribles pirámides de corazones, y en-

tonces fué cuando se cansaron los sacerdotes sacriñcadores de tanto arrancar entrañas.

¡Era preciso cumplir la ofrenda al Dios de la Guerra; se había casado con la hija de aquel poderoso Tecuhtli de la sierra y hasta más allá de los valles del Norte yerguen sus blancos picachos, habría de levantarse la siniestra torre de corazones!

Y llorar el amor y la muerte de Roca Florida, y sordos remordimientos turbaban sus noches y eran más terribles mientras en los días las hecatombes se huracanaban más atrozmente sanguinarias.

Recordaba las palabras de la valiente virgen guerrera, de la gallarda princesa de las montañas, y en sueños Ahuizotl oía su anatema.

Veíase en el patio de un gran Teocalli: príncipes y sacerdotes iban á presenciar el sacrificio que por el fuego consumiría á la bella princesa y sobre la redonda piedra alzábanse las almas, cuando de súbito ¡horror! surgía el esqueleto de la víctima clamando: ¡Ahuizotl... maldito sea eternamente tu nombre!

Tales eran sus pesadillas... mas no por eso el sombrío monarca contuvo sus crueldades. Desde entonces, más que nunca, los sacrificios sangrientos anegaron en rojas oleadas la opulenta Tenochtitlán cuyos hijos, más tarde, cumpliendo el anatema de la princesa, maldijeron para siem pre su nombre, símbolo del horror.

Sacrificio de la víctima prometida

Cihuacoatl

<$]|(^os ejércitos que el joven Tízoc conduce á la guerra santa para proporcionarse prisioneros que sean víctimas en el grandioso ceremonial de la consagración regia, se han extraviado totalmente en las sierras abruptas que atraviesan. ¿Por qué han huido sus genios?

¿Por qué le abandonan cobardemente los mismos ministros suyos, los mercaderes de más fama y riqueza y aun los más ancianos guerreros, los más respetables yaoyisquesf

En vano el príncipe Tízoc había hecho solemne promesa á su pueblo de celebrar con majestuosos sacrificios su exaltación al trono del reino rnexica, imitando, si superar no pudiera, la magna consagración que los sacerdotes ha-