Leyendas históricas mexicanas · Unidad 91 de 117

Unidad 91 · LEYENDAS HISTÓRICAS MEXICANAS 257

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LEYENDAS HISTÓRICAS MEXICANAS 257

ban en los misterios horribles del sacerdocio, haciéndoles pasar por atroces pruebes; consultaban el cielo y predecían lo futuro; en tanto, los comerciantes iban de un pueblo á otro, llevando los productos de uno y otro para cambiarlos con grandes ganancias, de las que daban buena parte al rey y á los templos; hendían las aguas de los canales, las canoas, cruzando las calles y plazas; los que cargaban los tributos de los nobles, y por doquier una inmensa respiración de vida y poder anunciaba la grandeza de la capital del imperio.

Y en las grandes fiestas religiosas, cuando se celebran los fines de mes, aquella vida desbordaba tumultuoso mente en una algazara inaudita, las muchedumbres del pueblo, los guerreros, desde el más humilde manejador de la honda, hasta el gallardo caballero — tigre, vestido pomposamente con la coraza de la fiera, cubierta la cabeza con el casco que era feroz hocico, del felino en terrible ademán; los pochteca de aspecto hipócrita, los ancianos respetuosamente saludados por sus hijos ó por las mujeres, todo lo más selecto y más vulgar se precipitaban hacia el gran Teocalli donde correría la sangre á ríos, y sobre cuyas gradas rodaría el cuerpo de la víctima sobre el que la muchedumbre habría de precipitarse, enloquecida, ébria de ferocidad fanática.

Tal era el aspecto de Tenochtitlán en aquella época, bajo la dominación del terrible Ahuizotl.

Refieren los geroglíficos que dieron margen á la rara leyenda que transcribimos en vulgar romance, que solo un noble anciano que vivía solitario entre las inmensas selvas que cubren la sierra del Poniente, comprendía que aquella embriaguez de poderío á que se abandonara la nación de los tenochcas, habría de ser la muerte de toda la raza.

Sólo él, comparaba la vida sencilla, virtuosa y heróica

de sus antepasados que nunca conocierou los adornos ni el lujo, ni la embriaguez y las danzas, con la malicia y los placeres de los que subyugan por la fuerza, incendiando y matando á los pueblos extranjeros para robarles sus riquezas y sus hombres y mujeres.

Sólo él, sabía ya del buen Quetzalcoatl, del misterioso peregrino del rostro blanco y resplandeciente como el Sol, el de la barba luenga y florida también.

Sabía que sus predicciones eran terribles... que sus fulminantes profecías se cumplirían inexorablemente si la raza se abandonaba á sus instintos de orgullo, y ansias de exterminio, y embriaguez de sangre.

El, era hijo de un noble yaoyisque tenochca descendiente de aquellos valientes peregrinos que murieron en Chapultepec, dejando á sus hijos por herencia el valor, la constancia y la sobriedad... y más que todo, el amor á los suyos; por eso lamentaba el solitario de los bosques, el futuro castigo del pueblo que desconocía las antiguas virtudes de sus abuelos.

¿Cómo salvar á su nación?

Entonces recuerda que Quetzalcoatl, peregrinendo hacia las montañas del Sur, fué dejando tras sí las huellas de sus sábias máximas, tesoros de elocuencia que debían mostrarse á los jefes de las naciones, para bien conducirlas y guiarlas á la felicidad.

Sabía que las antiguas razas, agradecidas por sus consejos y su ciencia habían levantado grandiosos monumentos á su memoria; que al mismo tiempo guardaban en misteriosas inscripciones sobre piedras, los preceptos salvadores, tesoros que harían feliz al pueblo que los poseyera.

Así pues ¿no sería más valiosa conquista la de esos tesoros, que la que con tanto exterminio y sangre emprendía Ahuizotl? — se preguntaba el noble tenochca vagando por los inmensos bosques susurrantes, que parecían maldecir eternamente á la ciudad lejana, dormida en el cen-