Leyendas nacionales · Unidad 35 de 128

Unidad 35 · 92 INÁMI.

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92 INÁMI.

Se imajinó seguro,

Allá en lo mas oscuro

Cercándose de valla prepotente.

A aquel secreto asilo

Va a perseguirle el enemigo filo,

I su propio grandor su muerte causa.

El, cuando ve a su tronco

El golpe larga brecha abrir con pausa,

Doblega triste la cerviz erguida,

I en un jemido prolongado i ronco

Da a sus hijos la eterna despedida.

Duro es entonces contemplar del fuerte

La estrepitosa muerte,

I cómo a muchos otros arrastrando,

En tierra se derriba suspirando!

Es crepúsculo aquel de una mañana Bella de ilustración i de grandeza. Que a iluminar el horizonte empieza De aquella tierra hermosa, De porvenir i de esperanza ufana! No es claridad dudosa, Crepúsculo espirante

De un pueblo que ha cumplido su destino, I en cursó fatigado i anhelante Sembrando va de escombros su camino. Así mundanzas es el universo! Si un pueblo allá perece, Con sus ruinas otro se engrandece, I a un encanto sucede otro diverso, Mas mientras se apresura La suerte bienhechora A tomar dia la presente aurora, Dejadme disfrutar de su hermosura.

CANTO PBIMERO. 93

{Cuánto amo yo su dulce incertidumbre!

I cuánto me entristezco

Cuando en lejana cuuibre

Nubes de humo cubrir advierto el dia

I de fuego tornar su ambiente fresco 1

Anuncio de que entera

El hombre alguna selva encantadora

Ha convertido en anchurosa hoguera,

Por sustituirle la era productora!

Inmensa destrucción que nunca alcanzan

A hacer menos sensible

Esos árboles nuevos que se avanzan

En cercos invadiendo la apacible

Pradera, i los madroños

Creciendo sin cesar de los retoños,

Por defender del hombre aquel terreno

De bendiciones celestiales lleno.

Todo ese esfuerzo es vano!

I si quiere la suerte que yo vuelva

Al fin de algunos años a esta selva,

Donde hoi me dan su sombra

El ulmo i el reulí i el avellano,

Solo de un prado la estendida alfombra

Hallaré en su lugar, o un edificio

De que me aleje el mundanal bullicio.

Aun aquí pues naturaleza brilla En su primera majestad sencilla. Majestad, sencillez que humanas obras No igualarán jamas. Es su belleza. Como la del salvaje. Sublime i admirable en su aspereza. De bárbara pasión con el coraje Las tempestades mismas se difunden,

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Que sin cesar su atmósfera confunden.

Escúchase a menudo,

Los techos ajitando

I aun los frájiles muros doblegando,

El soplo bramador del viento rudo.

Nubes ennegrecidas,

Como de combatientes densas hordas,

Se lanzan de los montes

I cubren de negror los horizontes.

Braman al lejos sordas

Las olas de la mar enfurecidas,

I del Norte a los fieros arrebatos

Gruesa lluvia la tierra inunda a ratos.

Talvez un remolino

Hace crujir cien robles;

Ajítalos, sacúdelos, en dobles

Sentidos los embiste,

I al ñn, nada a su esfuerzo se resiste.

Siembra de sus despojos el camino.

Sus aguas acrecienta i todo absorve

Revuelto el Calle-Calle, Inmensa guerra

Parece ser el orbe,

I al dilatarse rimbombando el trueno,

Creyérase talvez que de la sierra

Descienden a los llanos,

Montados en violentos corredores,

I alharidos lanzando aterradores,

Nubes de conjurados araucanos!

Mas después que ha durado vario dia Ese obstinado choque de elementos, Mas apacibles vientos Vienen la niebla a desterrar sombría.