Leyendas nacionales · Unidad 91 de 128
Unidad 91 · CANTO PBIMERO. 241
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CANTO PBIMERO. 241
Estaba el fausto dia en que himeneo Iba a colmar propicio su deseo.
La noche de ese dia precursora, Que los novios acusan de tardanza, La claridad se aguarda de la 2iurora En fiesta alegre i bulliciosa danza. Inunda de harmonia harpa sonora La paterna mansión, i en acordanza Ora al son bate una pareja el suelo, Ora jirar parece en raudo vuelo.
Resuena estrepitoso el gran contento De numerosa juventud, i en torno De los novios se acrece el movimiento Dando a su dicha placentero adorno. Mas súbito interrumpe todo aliento Un ruido estraño, anuncio de trastorno, Cuyo oríjen se ignora, pero en pasmo Convierte i en terror el entusiasmo.
Parece se acercara el terremoto, Tanto retumba el suelo i se estremece. Mas un clamor mui luego, no remoto, «Son los bandidos!» grita, i palidece Cada semblante. En medio el alboroto I horrenda confusión que al punto ofrece La estancia, ya penetran los malvados En cerrado tropel, de hierro armados.
Pronto la sangre riega los umbrales Muros i alfombras do la leve planta, Del harpa a los sonidos celestiales, Deslizaba poco ha belleza tanta. Solo el eco de gritos funerales En vez de dulces cantos se levanta, I presurosa la implacable muerte Ya en cementerio la mansión convierte.
Sakfuentes. 1G
242 EL BANDIDO.
Vasto i voraz incendio en tanto cunde I al que el puñal perdona el paso j)riva, I mientras que la banda se difunde Ávida de botin, i ora derriba Niños i ancianos, ora puertas hunde, Fernando de su horrible comitiva Se aparta, i de la novia en seguimiento Penetra hasta un remoto apartamiento.
Por mas que ella suplica, jime i llora, De galas esplendente él la arrebata. Con su propio terror mas seductora, I luego de reunir su hueste trata. Ella el socorro de su amante implora I el de su padre entonces, ¡insensata! Fernando con un golpe traicionero Al perseguirla derribó al primero;
I el infeliz anciano de un tumulto De viles salteadores rodeado, Víctima del ultraje i del insulto, I del puñal el seno amenazado, «¿En dónde tienes tu tesoro oculto?» Por una i otra vez es preguntado, E inútilmente el triste les responde Ai! que ya nada a su avaricia esconde.
En vano en honda confusión perplejo, Sus rodillas abraza. Ellos furiosos Iban ya en sangre del jemente viejo A reteñir los brazos rigorosos. Mas súbito varían de consejo, I así dicen sus labios codiciosos: «Quitarle aquí la vida inútil fuera, )) Pues > su tesoro rico se perdiera.
))I pues que la señal de la partida ))Xos da ya nuestro jefe, le llevemos » Cautivo con nosotros. Si la vida