Leyendas nacionales · Unidad 95 de 128

Unidad 95 · 252 EL BANDIDO.

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252 EL BANDIDO.

«Redoblan los atambores, » Tremólanse las banderas, )) I relumbran los morriones. — » Aquel pérfido Domingo ))A quien vos, hace dos soles. «Reprehensión severa disteis «Por sus desafueros torpes «I en negro resentimiento «De nuestra grei desertóse, «Ese vil entre ellos anda «I ante su vanguardia corre, «Guiando sus movimientos, «Preparando cuanto golpe «Pueda asegurar su triunfo. «Seria hacerse ilusiones » Pensar que haya otro recurso » (¿ue unirnos todos i acordes «Irabar un combate a muerte « Con las opuestas lejiones. « — — «Pues trabémosle!», Fernando Repuso , « i si ^s que dispone «La suerte que perezcamos, «Sea a lo menos como hombres, «Vendiendo caras las vidas, «I nuestras almas se gocen «Cuando sobre inmensas pilas «De muertos opositores, «Nadando en rios de sangre, «Nuestros cuerpos abandonen. «Corramos hacia la parte « Donde habéis visto mas dobles «Aglomerarse sus filas, «I allí empezemos el choque.»

CANTO SEGUNDO. 253

Dice, i prepara el cebo a su escopeta, I la terrible espada cortadora Al cinto suspendida se sujeta. De sus ojos la llama vibradora I su mirada vagarosa, inquieta, Denuncian el ardor que le devora, I en su rostro feroz, de rojo tinto, Brota el primero sanguinario instinto.

Seguro de triunfar la marcha emprende, En todo semejante al tigre hambriento Que del asilo montaraz desciende A buscar en el prado su alimento. Su paso presuroso no suspende, Ni altera su semblante el elemento Que el bosque entero con fragor consume, I en medio de él sin vacilar se sume.

Mas su banda, no menos atrevida, Sigue detras. — Aunque una nube espesa De humo a sus pechos respirar impida, I la tierra que rápida atraviesa Esté de ardientes brasas esparcida, I aunque el incendio de ofender no cesa Sus frentes en furioso remolino, Ni un punto ella detiene su camino.

Al contemplar la intrepidez serena De su caudillo, así su arrojo crece, Que de césped menudo i rosas llena Sobre una alfombra caminar parece. Ah! Por seguirle arrostrará sin pena Mortal tormento, i si al morir merece Que su jefe benévolo la mire, No habrá dicha mayor a que ella aspire.

Las sendas mas ocultas conociendo Del bosque, por la rápida pendiente Descienden a las faldas, protejiendo

254 EL BANDIDO.

Suerte propicia su entusiasmo ardiente. Míranse arroyos de sudor corriendo De cada hinchada i palpitante frente, Sus cabellos están medio quemados, I sus vestidos negros destrozados.

Ya, de alimento a falta, menos densa La combustión al pié de la montaña, De armas i enseñas multitud inmensa Les deja ver brillando, i de la España En cerco desglepar su fila estensa Las orguUosas tropas, cuya saña Espera que el incendio abra camino. Sin temer al contrario tan vecino. Breve momento de reposo hubo. En el cual tras los troncos apuntando El bandido a sus víctimas estuvo — «¿Estáis ya prontos?» preguntó Fernando A media voz, i a la señal que obtuvo De afirmación, la mano levantando. Oyó seguirse formidable estruendo Que unísono en los bosques fué cundiendo.

I una nube de balas i de flechas Parten del bosque en hórrido silbido, I a las contrarias filas van derechas, Sin que un tiro se viese allí perdido. En ellas abren anchurosas brechas, I de sangrientos cuerpos fué esparcido El campo, cual la mies por tierra abate De agua i granizo el tempestuoso embate.

Un alarido inmenso que retumba De las lejanas sierras por el seno, Viene a aumentar su espanto, i como zumba El rayo aselador detras del trueno. Dejando su escondrijo, se derrumba Sobre el contrario el salteador sin freno,