Leyendas nacionales · Unidad 98 de 128

Unidad 98 · CANTO SEGUNDO. 259

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

CANTO SEGUNDO. 259

Frente ya el uno del otro, Lanzaron un gran rujido, Cual si se hubieran venido El león i el tigre a encontrar,

I al borde de la meseta Su curso un punto parando, Se están ambos contemplando Con un furioso mirar.

Sus ojos vibran venganza Por las pupilas ardientes, I los demás combatientes, Cuando acercarse los ven.

Su propia lid suspendiendo, A esperar se determinan Que los caudillos definan La suerte de ellos también.

Cual dos opuestos turbiones Al fuerte impulso del viento Vienen por el firmamento Su mole inmensa a estrellar:

Así los dos campeones Sus armas entrechocaron, I con fragor se miraron Mil relámpagos brotar.

a Malvado! Cuanto delito » Perpetró tu mano impía, »Vas a pagar este dia! » Clama el campeón de la lei.

I esgrimiendo el crudo acero, Contesta el jefe inhumano: «No será tu débil mano • Quien dé tal gloria a tu rei!»

17*

260 EL BANDIDO.

I así le estrecha en su ataque, Ya su cabeza amagando, Ya en veloz jiro apuntando Al cuello o al corazón,

Que el oficial, ya perdida De embestirle la esperanza, Que usar tiene su pujanza En conjurar el turbión.

Allí de firmeza doble, De serenidad i vista Como la del lince lista Necesita el oficial.

Pero no a un riesgo tan grande Desfallece su entereza. Que a tan rápida destreza Oponer sabe otra igual,

I aun de furioso revés Al momento mismo dado Que un golpe hendiente ha parado, Al bandido logra herir.

Mas fué fatal su ventaja, Pues no bien su sangre mira Correr, atrás se retira De un salto el negro adalid.

Arrojando desdeñoso De sí lejos la ancha espada. Vibra en su mano avezada Un reluciente puñal;

I a finalizar de un golpe El combate bien resuelto, De un nuevo salto ha revuelto Tan veloz como el jagual.

CANTO SEGUNDO. 261

En vano resguarda el otio El cuerpo i le opone en vano Su acero, pues con la mano Asiéndolo el salteador,

Lo sacude tan violento, Que en pedazos mil lo rompe, I un clamor grande interrompe El silencio al rededor.

Luego de las fieles tropas Sucede tumulto inmenso, Que al ver sti jefe indefenso Le vuelan a socorrer.

Ai! Fernando bien asido Le tiene el brazo derecho, I mas ájil va en su pecho Inerme el hierro a esconder.

Ya la luz turbia a los ojos Del caudillo casi falta. Cuando al parecer por alta Milagrosa protección,

Súbito se escucha un grito, Mas bien lúgubre lamento, De terror i sentimiento, A un tiempo fiel espresion.

Del centro de una cabana El quejoso grito suena. Sobre la cual la melena Del fuego empezaba a arder,

I hasta el fondo penetrando De cada alma, como hechizo, De Fernando el brazo hizo Falto de vigor caer.