Los entremeses · Unidad 10 de 13
PRÓLOGO. — parte 9
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Ahora yo conozco bien á Tontonelo, y sé que vos y él sois unos grandísimos bellacos, no perdonando al músico; y mira que os mando que mandeis á Tontonelo no tenga atrevimiento de enviar estos hombres de armas, que le haré dar doscientos azotes en las espaldas, que se vean unos á otros.
CHANFALLA.
Digo, señor alcalde, que no los envia Tontonelo.
BENITO.
Digo que los envia Tontonelo, como ha enviado las otras sabandijas que yo he visto.
CAPACHO.
Todos las habemos visto, señor Benito Repollo.
BENITO.
No digo yo que no, señor Pedro Capacho. No toques mas, músico de entre sueños, que te romperé la cabeza.
_Vuelve á entrar el Furrier._
FURRIER.
Ea, ¿está ya hecho el alojamiento? que ya están los caballos en el pueblo.
BENITO.
¿Qué todavía ha salido con la suya Tontonelo? pues yo os voto á tal autor de humos y de embelecos, que me lo habeis de pagar.
CHANFALLA.
Séanme testigos, que me amenaza el alcalde.
CHIRINOS.
Séanme testigos, que dice el alcalde que lo que manda S. M., lo manda el sabio Tontonelo.
BENITO.
Atontonelada te vean mis ojos, plega á Dios todo poderoso.
GOBERNADOR.
Yo para mí tengo que verdaderamente estos hombres de armas no deben de ser de burlas.
FURRIER.
¿De burlas habian de ser, señor gobernador? ¿está en su seso?
JUAN.
Bien pudieran ser atontonelados; como esas cosas habemos visto aquí. Por vida del autor, que haga salir otra vez á la doncella Herodías, porque vea este señor lo que nunca ha visto: quizá con esto le cohecharemos para que se vaya presto del lugar.
CHANFALLA.
Eso en buen hora; y véisla aquí á do vuelve, y hace de señas á su bailador que de nuevo le ayude.
SOBRINO
Por mí no quedará, por cierto.
BENITO.
Eso sí, sobrino, cánsala, cánsala: vueltas y mas vueltas: ¡vive Dios, que es un azogue la muchacha! ¡al hoyo, al hoyo: á ello, á ello!
FURRIER.
¿Está loca esta gente? ¿Qué diablos de doncella es esta, y qué baile, y qué Tontonelo?
CAPACHO.
¿Luego no ve la doncella herodiana el señor furrier?
FURRIER.
¿Qué diablos de doncella tengo de ver?
CAPACHO.
Basta _de ex illis est_[50].
GOBERNADOR.
_De ex illis est, de ex illis est._
JUAN.
De ellos es, de ellos el señor furrier; de ellos es.
FURRIER.
Soy de la mala puta que los parió; y por Dios vivo, que si echo mano á la espada, que los haga salir por las ventanas, que no por la puerta.
CAPACHO.
Basta, _de ex illis est_.
BENITO.
Basta de ellos es, pues no ve nada.
FURRIER.
Canalla barretina[51], si otra vez me dicen que soy de ellos, no les dejaré hueso sano.
BENITO.
Nunca los confesos ni bastardos fueron valientes; y por eso no podemos dejar de decir: de ellos es, de ellos es.
FURRIER.
¡Cuerpo de Dios con los villanos: esperad!
(_Mete mano á la espada, y acuchíllase con todos; y el alcalde aporrea al Rabelejo; y la Chirinos descuelga la manta y dice_):
CHIRINOS
El diablo ha sido la trompeta y la venida de los hombres de armas: parece que los llamaron con campanilla.
CHANFALLA.
El suceso ha sido estraordinario: la virtud del retablo se queda en su punto; y mañana lo podemos mostrar al pueblo; y nosotros mismos podemos cantar el triunfo de esta batalla, diciendo: ¡vivan Chirinos y Chanfalla!
FIN DE ESTE ENTREMES.
[Ilustración]
ENTREMES _DE LA CUEVA DE SALAMANCA_.
_Salen Pancracio, Leonarda y Cristina._
PANCRACIO.
Enjugad, señora, esas lágrimas, y poned pausa á vuestros suspiros, considerando que cuatro dias de ausencia, no son siglos: yo volveré, á lo mas largo, á los cinco, si Dios no me quita la vida: aunque será mejor, por no turbar la vuestra, romper mi palabra, y dejar esta jornada: que sin mi presencia se podrá casar mi hermana.
LEONARDA.
No quiero yo, mi Pancracio y mi señor, que por respeto mio vos parezcais descortés: id, en hora buena, y cumplid con vuestras obligaciones, pues las que os llevan son precisas: que yo me apretaré con mi llaga, y pasaré mi soledad lo menos mal que pudiere. Sólo os encargo la vuelta, y que no paseis del término que habeis puesto. Tenme, Cristina, que se me aprieta el corazon.
(_Desmáyase Leonarda._)
CRISTINA.
¡Ó, qué bien hayan las bodas, y las fiestas! En verdad, señor, que si yo fuera que vuestra merced que nunca allá fuera.
PANCRACIO.
Entra, hija, por un vidro de agua, para echársela en el rostro: mas espera, diréle unas palabras que sé al oido, que tienen virtud para hacer volver de los desmayos.
(_Dícele las palabras, vuelve Leonarda diciendo_:)
LEONARDA.
Basta: ello ha de ser forzoso: no hay sino tener paciencia, bien mio: cuanto mas os detuviéredes, mas dilatais mi contento. Vuestro compadre Leoniso os debe de aguardar ya en el coche; andad con Dios, que él os vuelva tan presto y tan bueno como yo deseo.
PANCRACIO.
Mi ángel, si gustas que me quede, no me moveré de aquí mas que una estátua.
LEONARDA.
No, no, descanso mio: que mi gusto está en el vuestro; y por agora mas que os vais, que no os quedeis, pues es vuestra honra la mia.
CRISTINA.
¡Ó espejo del matrimonio! Á fe, que si todas las casadas quisiesen tanto á sus maridos, como mi señora Leonarda quiere al suyo, que otro gallo les cantase.
LEONARDA.
Entra, Cristinica, y saca mi manto: que quiero acompañar á tu señor hasta dejarle en el coche.
PANCRACIO.
No, por mi amor: abrazadme, y quedaos, por vida mia. Cristinica, ten cuenta de regalar á tu señora, que yo te mando un calzado cuando vuelva, como tú le quisieres.
CRISTINA.
Vaya, señor, y no lleve pena de mi señora; porque la pienso persuadir de manera á que nos holguemos, que ni imagine en la falta que vuestra merced le ha de hacer.
LEONARDA.
¿Holgar yo? ¡qué bien estás en la cuenta, niña! porque
Ausente de mi gusto, No se hicieron los placeres, Ni las glorias para mí: Penas, y dolores sí.
PANCRACIO.
Ya no lo puedo sufrir: quedad en paz, lumbre de estos ojos, los cuales no verán cosa que les dé placer, hasta volveros á ver.
(_Éntrase Pancracio._)
LEONARDA.
Allá darás, rayo, en casa de Ana Diaz: vayas, y no vuelvas: la ida del humo: por Dios, que esta vez no os han de valer vuestras valentías, ni vuestros recatos.
CRISTINA.
Mil veces temí que con tus estremos habias de estorbar su partida y nuestros contentos.
LEONARDA.
¿Si vendrán esta noche los que esperamos?
CRISTINA.
¿Pues no? ya los tengo avisados; y ellos están tan en ello, que esta tarde enviaron con la lavandera nuestra secretaria, como que eran paños, una canasta de colar, llena de mil regalos, y de cosas de comer, que no parece sino uno de los serones que da el rey el jueves santo á sus pobres, sino que la canasta es de pascua; porque hay en ella empanadas, fiambreras, manjar blanco, y dos capones, que aun no están acabados de pelar, y todo género de fruta de la que hay ahora; y sobre todo, una bota de hasta una arroba de vino, de lo de una oreja[52], que huele que trasciende.
LEONARDA.
Es muy cumplido y lo fue siempre mi Reponce, sacristan de las telas de mis entrañas.
CRISTINA.
¿Pues qué le falta á mi maese Nicolás? Barbero de mis hígados, y navaja de mis pesadumbres, que asi me las rapa y quita cuando le veo, como si nunca las hubiera tenido.
LEONARDA.
¿Pusiste la canasta en cobro?
CRISTINA.
En la cocina la tengo, cubierta con un cernadero, por el disimulo.
_Llama á la puerta el estudiante carraolano, y en llamando, sin esperar que le correspondan, entra._
LEONARDA.
Cristina, mira quién llama.
ESTUDIANTE.
Señoras; yo soy, un pobre estudiante.
CRISTINA.
Bien se os parece que sois pobre y estudiante, pues lo uno muestra vuestro vestido, y el ser pobre vuestro atrevimiento. ¡Cosa estraña es esta, que no hay pobre que espere á que le saquen la limosna á la puerta, sino que se entran en las casas hasta el último rincon, sin mirar si despiertan á quien duerme, ó si no!
ESTUDIANTE.
Otra mas blanda respuesta esperaba yo de la buena gracia de vuestra merced: cuanto mas que yo no queria, ni buscaba otra limosna, sino alguna caballeriza, ó pajar donde defenderme esta noche de las inclemencias del cielo, que segun se me trasluce, parece que con grandísimo rigor á la tierra amenazan.
LEONARDA.
¿Y de dónde bueno sois amigo?
ESTUDIANTE.
Salamantino soy, señora mia: quiero decir, que soy de Salamanca. Iba á Roma con un tio mio, el cual murió en el camino, en el corazon de Francia: vine solo: determiné volverme á mi tierra: robáronme los lacayos ó compañeros de Roque Guinarde, en Cataluña, porque él estaba ausente: que á estar allí, no consintiera que se me hiciera agravio; porque es muy cortés y comedido, y además limosnero: háme tomado á estas santas puertas la noche, que por tales las juzgo, y busco mi remedio.
LEONARDA.
En verdad, Cristina, que me ha movido á lástima el estudiante.
CRISTINA.
Ya me tiene á mí rasgadas las entrañas: tengámosle en casa esta noche, pues de las sobras del castillo se podrá mantener el real: quiero decir, que en las reliquias de la canasta habrá en quien adobe su hambre; y mas que me ayudará á pelar la volatería que viene en la cesta.
LEONARDA.
¿Pues cómo, Cristina, quieres que metamos en nuestra casa testigos de nuestras liviandades?
CRISTINA.
Asi tiene el talle de hablar por la boca, como por el colodrillo. Venga acá, amigo. ¿Sabe pelar?
ESTUDIANTE.
¿Cómo si sé pelar? No entiendo eso de saber pelar, sino es que quiere vuestra merced motejarme de pelon: que no hay para qué, pues yo me confieso por el mayor pelon del mundo.
CRISTINA.
No lo digo yo por eso, en mi ánima, sino por saber si sabia pelar dos ó tres pares de capones.
ESTUDIANTE.
Lo que sabré responder es, que yo, señoras, por la gracia de Dios, soy graduado de bachiller por Salamanca, y no digo...
LEONARDA.
De esa manera, quién duda, sino que sabrá pelar, no solo capones, sino gansos y abutardas. Y en esto del guardar secreto, ¿cómo le va? ¿y á dicha es tentado de decir todo lo que ve, imagina, ó siente?
ESTUDIANTE.
Asi pueden matar delante de mí mas hombres que carneros en el rastro, que yo desplegue mis labios para decir palabra alguna.
CRISTINA.
Pues atúrese esa boca, y cósase esa lengua con una agujeta de dos cabos, y amuélese esos dientes, y éntrese con nosotras, y verá misterios, y cenará maravillas, y podrá medir en un pajar los pies que quisiere para su cama.
ESTUDIANTE.
Con siete tendré demasiado: que no soy nada codicioso, ni regalado.
_Entran el sacristan Reponce, y el Barbero._
SACRISTAN.
¡Ó, que en hora buena estén los Antomedones y guias de los carros de nuestros gustos, las luces de nuestras tinieblas, y las dos recíprocas voluntades, que sirven de basas y colunas á la amorosa fábrica de nuestros deseos!
LEONARDA.
Esto sólo me enfada de él, Reponce mio: habla por tu vida á lo moderno, y de modo que te entienda, y no te encarames donde no te alcance.
BARBERO.
Eso tengo yo bueno, que hablo mas llano que una suela de zapato, pan por vino, y vino por pan, ó como suele decirse.
SACRISTAN.
Sí: que diferencia ha de haber de un sacristan gramático á un barbero romancista.
CRISTINA.
Para lo que yo he menester á mi barbero, tanto latin sabe y aun mas que supo Antonio de Nebrija; y no se dispute agora de ciencia, ni de modos de hablar: que cada uno habla, si no como debe, á lo menos como sabe; y entrémonos, y manos á la labor, que hay mucho que hacer.
ESTUDIANTE.
Y mucho que pelar.
SACRISTAN.
¿Quién es este buen hombre?
LEONARDA.
Un pobre estudiante salamanqueso, que pide albergo para esta noche.
SACRISTAN.
Yo le daré un par de reales para cena y para lecho, y váyase con Dios.
ESTUDIANTE.
Señor sacristan Reponce, recibo y agradezco la merced y la limosna; pero yo soy mudo, y pelon además, como lo ha menester esta señora doncella, que me tiene convidado; y voto á... de no irme esta noche de esta casa, si todo el mundo me lo manda. Confiese vuestra merced, mucho de en hora mala de un hombre de mis prendas, que se contenta de dormir en un pajar; y si lo han por sus capones, péleselos el turco, y cómanselos ellos, nunca del cuero les salgan.
BARBERO.
Éste mas parece rufian que pobre: talle tiene de alzarse con toda la casa.
CRISTINA.
No medre yo, sino me contenta el brio. Entrémonos todos, y demos órden en lo que se ha de hacer: que el pobre pelará, y callará como en misa.
ESTUDIANTE.
Y aun como en vísperas.
SACRISTAN.
Puesto me ha miedo el pobre estudiante: yo apostaré que sabe mas latin que yo.
LEONARDA.
De ahí le deben de nacer los brios que tiene; pero no te pese, amigo, de hacer caridad, que vale para todas las cosas.
(_Éntranse todos._)
_Sale Leoniso, compadre de Pancracio, y Pancracio._
COMPADRE.
Luego lo ví yo que nos habia de faltar la rueda: no hay cochero que no sea temático: si él rodeára un poco, y salvára aquel barranco, ya estuviéramos dos leguas de aquí.
PANCRACIO.
Á mí no se me da nada: que antes gusto de volverme y pasar esta noche con mi esposa Leonarda, que en la venta; porque la dejé esta tarde casi para espirar del sentimiento de mi partida.
COMPADRE.
¡Gran mujer! De buena os ha dado el cielo, señor compadre: dadle gracias por ello.
PANCRACIO.
Yo se las doy como puedo, y no como debo: no hay Lucrecia que se le llegue, ni Porcia que se le iguale: la honestidad y el recogimiento han hecho en ella su morada.
COMPADRE.
Si la mia no fuera zelosa, no tenia yo mas que desear: por esta calle está mas cerca mi casa: tomad, compadre, por esta, y estareis presto en la vuestra; y veámonos mañana, que no me faltará coche para la jornada: á Dios.
PANCRACIO.
Á Dios.
(_Éntranse los dos._)
_Vuelven á salir el Sacristan, y el Barbero, con sus guitarras: Leonarda, Cristina y el Estudiante. Sale el Sacristan con la sotana alzada, y ceñida al cuerpo, danzando al són de su misma guitarra, y á cada cabriola vaya diciendo estas palabras_:
SACRISTAN.
¡Linda noche, lindo rato, linda cena y lindo amor!
CRISTINA.
Señor sacristan Reponce, no es este tiempo de danzar: dése órden en cenar, y en las demás cosas, y quédense las danzas para mejor coyuntura.
SACRISTAN.
¡Linda noche, lindo rato, linda cena y lindo amor!
LEONARDA.
Déjale, Cristina, que en estremo gusto de ver su agilidad.
_Llama Pancracio á la puerta, y dice_:
PANCRACIO.
Gente dormida, ¿no oís? ¿Cómo, y tan temprano teneis atrancada la puerta? Los recatos de mi Leonarda deben de andar por aquí.
LEONARDA.
¡Ay, desdichada! Á la voz y á los golpes, mi marido Pancracio es este: algo le debe de haber sucedido, pues él se vuelve. Señores, á recogerse en la carbonera: digo al desvan, donde está el carbon. Corre, Cristina, y llévalos, que yo entretendré á Pancracio de modo que tengas lugar para todo.
ESTUDIANTE.
¡Fea noche, amargo rato, mala cena y peor amor!
CRISTINA.
¡Gentil relente, por cierto! Ea, vengan todos.
PANCRACIO.
¿Qué diablos es esto? ¿Cómo no me abrís, lirones?
ESTUDIANTE.
Es el toque, que yo no quiero correr la suerte de estos señores: escóndanse ellos donde quisieren; y llévenme á mí al pajar, que si allí me hallan, antes pareceré pobre, que adúltero.
CRISTINA.
Caminen, que se hunde la casa á golpes.
SACRISTAN.
El alma llevo en los dientes.
BARBERO.
Y yo en los carcañares.
(_Éntranse todos; y asómase Leonarda á la ventana._)
LEONARDA.
¿Quién está ahí? ¿Quién llama?
PANCRACIO.
Tu marido, soy, Leonarda mia: ábreme, que ha media hora que estoy rompiendo á golpes estas puertas.
LEONARDA.
En la voz bien me parece á mí que oigo á mi cepo[53] Pancracio; pero la voz de un gallo se parece á la de otro gallo, y no me aseguro.
PANCRACIO.
¡Ó recato inaudito de mujer prudente! Que yo soy, vida mia, tu marido Pancracio: ábreme con toda seguridad.
LEONARDA.
Venga acá, yo lo veré agora. ¿Qué hice yo cuando él se partió esta tarde?
PANCRACIO.
Suspiraste, lloraste, y al cabo te desmayaste.
LEONARDA.
Verdad; pero con todo esto, dígame ¿qué señales tengo yo en uno de mis hombros?
PANCRACIO.
En el izquierdo tienes un lunar, del grandor de medio real, con tres cabellos, como tres mil hebras de oro.
LEONARDA.
Verdad; ¿pero cómo se llama la doncella de casa?
PANCRACIO.
Ea, boba, no seas enfadosa: Cristinica se llama, ¿qué mas quieres?
LEONARDA.
Cristinica, Cristinica, tu señor es; ábrele, niña.
CRISTINA.
Ya voy, señora: que él sea muy bien venido. ¿Qué es esto, señor de mi alma? ¿Qué acelerada vuelta es esta?
LEONARDA.
¡Ay, bien mio! Decídnoslo presto; que el temor de algun mal suceso me tiene ya sin pulsos.
PANCRACIO.
No ha sido otra cosa, sino que en un barranco se quebró la rueda del coche; y mi compadre y yo determinamos volvernos, y no pasar la noche en el campo; y mañana buscaremos en qué ir, pues hay tiempo. ¿Pero qué voces hay?
(_Dentro, y como de muy lejos, diga el estudiante_):
ESTUDIANTE.
Ábranme aquí, señores, que me ahogo.
PANCRACIO.
¿Es en casa, ó en la calle?
CRISTINA.
Que me maten si no es el pobre estudiante que encerré en el pajar, para que durmiese esta noche.
PANCRACIO.
¿Estudiante encerrado en mi casa, y en mi ausencia? ¡Malo! en verdad, señora, que si no me tuviera asegurado vuestra mucha bondad, que me causára algun recelo este encerramiento: pero ve, Cristina, y ábrele, que se le debe haber caido toda la paja acuestas.
CRISTINA.
Ya voy.
(_Váse._)
LEONARDA.
Señor, que es un pobre salamanqueso, que pidió que le acogiésemos esta noche por amor de Dios, aunque fuese en el pajar; y ya sabes mi condicion, que no puedo negar nada de lo que se me pide, y encerrámosle; pero vésle aquí, y mirad cuál sale.
_Sale el Estudiante y Cristina: él lleno de paja las barbas, cabeza y vestido._
ESTUDIANTE.
Si yo no tuviera tanto miedo, y fuera menos escrupuloso, yo hubiera escusado el peligro de ahogarme en el pajar, y hubiera cenado mejor, y tenido mas blanda y menos peligrosa cama.
PANCRACIO.
¿Y quién os habia de dar, amigo, mejor cena y mejor cama?
ESTUDIANTE.
¿Quién? mi habilidad; sino que el temor de la justicia me tiene atadas las manos.
PANCRACIO.
Peligrosa habilidad debe de ser la vuestra, pues os temeis de la justicia.
ESTUDIANTE.
La ciencia que aprendí en la Cueva de Salamanca, de donde yo soy natural, si se dejára usar sin miedo de la santa Inquisicion, yo sé que cenára y recenára á costa de mis herederos; y aun quizá no estoy muy fuera de usalla, siquiera por esta vez, donde la necesidad me fuerza y me disculpa; pero no sé yo si estas señoras serán tan secretas como yo lo he sido.
PANCRACIO.
No se cure de ellas, amigo, sino haga lo que quisiere, que yo les haré que callen; y ya deseo en todo estremo ver alguna de estas cosas que dicen que se aprenden en la Cueva de Salamanca.
ESTUDIANTE.
¿No se contentará vuestra merced con que le saque aquí dos demonios en figuras humanas, que traigan acuestas una canasta llena de cosas fiambres y comederas?
LEONARDA.
¿Demonios en mi casa, y en mi presencia? ¡Jesus! librada sea yo de lo que librarme no sé.
CRISTINA.
El mismo diablo tiene el estudiante en el cuerpo: ¡plega á Dios que vaya á buen viento esta parva! temblándome está el corazon en el pecho.
PANCRACIO.
Ahora bien, si ha de ser sin peligro y sin espantos, yo me holgaré de ver esos señores demonios y á la canasta de las fiambreras; y torno á advertir, que las figuras no sean espantosas.
ESTUDIANTE.
Digo que saldrán en figura del sacristan de la parroquia, y en la del barbero su amigo.
CRISTINA.
¿Mas qué lo dice por el sacristan Reponce, y por maese Roque, el barbero de casa? ¡Desdichados de ellos, que se han de ver convertidos en diablos! Y dígame, hermano, ¿y estos han de ser diablos bautizados?
ESTUDIANTE.
¡Gentil novedad! ¿Á dónde diablos hay diablos bautizados? ¿Ó para qué se han de bautizar los diablos? Aunque podrá ser que éstos lo fuesen, porque no hay regla sin escepcion; y apártense, y verán maravillas.
LEONARDA.
¡Ay, sin ventura! aquí se descosen: aquí salen nuestras maldades á plaza: aquí soy muerta.
CRISTINA.
Ánimo, señora, que buen corazon quebranta mala ventura.
ESTUDIANTE.
Vosotros, mezquinos, que en la carbonera Hallastes amparo á vuestra desgracia, Salid, y en los hombros, con priesa y con gracia, Sacad la canasta de la fiambrera. No me inciteis á que de otra manera Mas dura os conjure: salid, ¿qué esperáis? Mirad que si á dicha el salir rehusais, Tendrá mal suceso mi nueva quimera.