Los estados y sus gobernantes; ligeros apuntes históricos, biográficos y estadísticos · Unidad 99 de 191
Unidad 99 · JALISCO 217
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JALISCO 217
La Administración actual del Estado de Jalisco, está eu la mayor armonía con el Supremo Gobierno de la Nación, muy particularmente con el Sr. General Diaz, quien comprendiendo las reelevautes cualidades del Sr. Barcena, lo distingue con su particular aprecio y estimación.
Hombres como el Sr. Barcena, necesitaba el Estado de Jalisco para progresar, porque no perdona sacrificio alguno para que dicha Entidad marche á la vanguardia de las demás de la Confederación mexicana.
Nada le importan vigilias, ni perder horas destinadas al descanso, con tal de que los asuntos públicos caminen con toda la regularidad posible.
Por lo demás, tratando al Sr. Barcena en el seno del hogar, es un cumplido caballero y persona de finísimas maneras, lo mismo que su estimable familia.
Cerramos ya esta débil descripción, deseando con toda sinceridad, que Jalisco siempre tenga gobernantes, como el Sr. Ingeniero Barcena, quien sólo procura en todo, por la felicidad del Estado y que es un modelo de caballerosidad y de honradez.
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CONL.JOSE VICENTE VILUDA.
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ESTADO DE MÉXICO
Lleva el nombre de la Capital de la líepública el Estado que va á ocupar ahora nuestra atención.
Antiguamente era superior en extensión á todos los demás; pero desde que se le ha ido segregando gran parte de su territorio para formar nuevos Estados, como Hidalgo, Morelos y otros, ha quedado reducido á los límites que hoy tiene demarcados por la Carta fundamental y comprende una área de 1,416 leguas cuadradas.
Este Estado tiene también sus glorias y sus recuerdos históricos, porque en este privile;riado suelo de la Eepública, no hay pueblo, no hay ciudad, selva, ni montaña, que no haya .servido de teatro para las liazanas de nuestros antepasados y las épicas luchas contc^mporáneas.
Ostenta orgulloso ese Monte de las Cruces, en donde, sobre el indestructible monolito, el Cura Hidalgo celebró el sacrificio de la misa ante una muchedumbre reverente, fiumida en religioso silencio.
220 MÉXICO
Quién viera á esas turbas arrodilladas, baja la vista, é inclinada la faz ante el ara de piedra y en presencia del sacerdote que oficiaba, debiera figurarse, que más bien que un ejército, más que un pueblo sublevado contra el poder de sus domin^.dores, era una tribu de raza degenerada, que humillaba la frente hasta el polvo á los pies del sacerdoie hebreo.
Pero nada; aquellos no eran hombres, eran leones déla montaña que encadenaban su furia á influencias de su fé sencilla y pur.i, para pedirle al Eey de los Ejércitos, al Kedentor de esclavos y miserables, el triunfo de su libertad.
El cielo escuchó su plegaria; el espíritu de Dios sopló sobre aquellas masas; infundiól j3 su aliento, y como el rayo que aniquili, les dio poder y fuerza para reducir á la nada á los ejércitos del Gran Dominador.
Ondeaba el viento el estandart3 de los libres con la preciada imagen de la Virgen india aparecida en el Teyeyac; brillaban a los rayos del Sol, las espadas de Allende, Aldama V Abasólo; la artillería de los realistas hacia estragos en las filas de los insurgentes, que en su candor pretendían tapar la boca de los cañones con sus sombreros de paja. Todo era allí carnicería y desolación; pero Dios había decidido del triunfo.
Allende con un puñado de valientes, se arroja sobre las piezas; las quita al enemigo, é infunde el espanto en las filas contrarias que corren acobardadas en precipitada fuga por las escabrosidades de la montaña.
Ese gigante de piedra tiene algo de sagrado, porque él sirvió como ara sacrosanta en donde se derramó la sangre inocente de un mártir y la de un batallador de la Reforma, M«4chor Ocampo y Santos Degollado.
¡Sombras ilustres; desde lo alto de esa cima, inmensa