Los Hombres de Pro · Unidad 19 de 35

CAPÍTULO X — parte 2

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--¡Esto es infame!--dijo don Simón por lo bajo, al cerrar la carta.

--Pero muy conveniente--le contestó don Celso, echando polvos en el sobrescrito.

En seguida se la puso en la mano al tabernero, que se quedó mirándola, como distraído, y dándole vueltas.

--Repito--le dijo don Celso, un tanto quemado con aquella actitud--que esta carta no es un favor que queremos vender a usted.... La hemos escrito porque..., porque nos ha dado la gana; y nosotros somos así.

--¡Ya, ya!... _Pero_....

--Pero ¿qué?...

--Que sin sello no correrá..., me parece a mí.

--Verdad es--dijo don Celso riéndose--. Me olvidaba de que esto es también estanco donde se venden los sellos de franqueo. Traiga usted uno por nuestra cuenta.

Obedeció Cuarterola. Volvió con el sello; pególe a la carta Lépero, y al devolvérsela al tabernero, le dijo:

--Ahora veamos cuánto se le debe a usted por todo.

Quedóse el botarga mordiendo la carta por un pico y murmurando:

--Dos del papel, y cuatro y medio del sello..., siete...; siete..., y por la tinta.... Por la tinta, nada. Y luego, el vino: dos azumbres a siete...

Pero enredándose en estos líos muchas veces, fué al mostrador; llenóle con la tiza de números como la palma de la mano; los borró dos veces con saliva y la manga del chaquetón; escribiólos de nuevo, y al fin volvió a la mesa, diciendo en seco:

--Tres pesetas, con la _estaca_.

La estaca era, lector, el estar los caballos amarrados afuera, aunque sin haber roído un mal grano, ni haber hecho un céntimo de gasto ni de desperfecto.

Echó don Simón un duro sobre la mesa.

--Quédese usted con la vuelta--dijo don Celso, que mandaba hasta en los deseos del candidato.

Guardó el avaro la moneda; pero no dijo una palabra.

--Conque, en resumen, don Jeromo--concluyó Lépero, poniéndose de pie, en lo que le imitaron los demás de la partida--: quedamos en que, en igualdad de circunstancias, preferirá usted nuestra candidatura a las otras dos, y en que probablemente la votará usted con toda su gente.

--¡Ya, ya!--respondió con su muletilla de costumbre el tabernero.

--¡Si usted tuviera la bondad de ser un poco más franco!--se atrevió a decirle don Simón.

--¡Pssée!--refunfuñó don Zambombo--. ¡Como tampoco ustedes lo son!...

--¿Cómo que no?

--Es la verdad. Y si no, a verlo vamos. Yo me comprometo a votarle a usted con todos mis amigos...

--Muchas gracias, señor don Jeromo.

--Con tal de que usted se comprometa a otra cosa.

--Nada más justo, señor de Cuarterola. ¿Ve usted cómo al cabo nos vamos entendiendo?

--Ahora lo veremos. Lo que yo quiero es que se haga en todo este año una carretera desde esta misma puerta al camino real, que no va muy lejos de aquí.

--Nada más justo, señor don Jeromo; y desde luego me comprometo, si llego a ser diputado, a hacer cuanto pueda por conseguirlo..., y lo conseguiré, de seguro.

--¿Lo ve usted? Pues esto me van diciendo todos los diputados que me han pedido el voto de diez años a esta parte.

--¡Ya! Promesas vanas.

--Como las de usted.

--¡Hágame usted más favor, señor mío, que yo soy una persona de formalidad!

--Que el día en que sea diputado tendrá cien mil cosas en qué ocuparse, más formales que este pobre camino.

--Cuando yo doy una palabra...

--Mire usted, señor don Simón: el camino costará, según presupuesto que se ha hecho, sobre tres mil duros. Deposite usted esa cantidad donde mejor le parezca y con condición de que se ha de emplear en esa obra, y yo le doy a usted la votación de todo el ayuntamiento..., y algo más.

--Eso es desconfiar de mí; y sobre todo, yo no puedo pagar tan cara mi elección.

--¿No me ha dicho usted que está seguro de que el camino se hará si yo le voto?

--Si llego a ser diputado.

--Que es lo mismo, según yo voy observando. Pues bueno. El día en que el Gobierno, o la provincia..., o el demonio, haga el camino, recoge usted su depósito... y en paz.

--Se pensará, señor don Jeromo, se pensará--dijo don Celso cortando aquel diálogo, con el cual se iba amoscando algo el inexperto don Simón, y con el fin de no desahuciar por completo al tabernero.

--Pues aquí estoy siempre a sus órdenes--concluyó éste--, con la condición que he dicho. Si conviene, bueno; y si no, tan amigos como siempre.

--Esa es la fija, y hasta la primera--contestó don Celso montando a caballo.

--Quede usted con Dios, _buen hombre_--añadió el candidato, montando también, abrochándose las solapas y poniéndose los guantes, señal de que nada se prometía ya del brillo de sus alhajas para mover el ánimo de aquel pedazo de bruto, con costras de taimado... y de sebo....

Cabalgaron también los otros cinco auxiliares; y bajando callejones, y resbalando sobre lastras, y vadeando regatos, salieron a una senda que se llamaba _camino real_, por el que continuaron su marcha a obscuras; porque es de advertir que había anochecido una hora antes, y además caía una lluvia menudita que enfriaba hasta los huesos.