Los Hombres de Pro · Unidad 3 de 35

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No hay género más difícil que el de costumbres, ni otro ninguno tampoco a que con más audacia se lleguen todos los aventureros y escaramuzadores de la república de las letras. Aun en los críticos reina extraña confusión sobre la índole y límites de este modo de escribir, relativamente moderno. Y no porque hayan escaseado los pintores de costumbres desde los tiempos de la comedia griega hasta nuestros días, sino porque la descripción de _tipos y paisajes_ no era en ellos el principal asunto, apareciendo sólo como accesorio de una fábula dramática o novelesca. Así, en España, no son, hablando con todo rigor, cuadros de costumbres, ni las insuperables escenas de la _Celestina_ y sus continuaciones, ni las mismas novelas picarescas, aunque suelen no tener más acción que la que les presta la vida del héroe. Sólo Cervantes, en _Rinconete y Cortadillo_, dió el primero y hasta ahora no igualado modelo de cuadro de costumbres. Allí la acción es poca o nula, y todo el exquisito primor de aquel rasgo se cifra en la acabada y realista pintura de los héroes de la cofradía de Monipodio. Desde Cervantes existe, pues, el cuadro de costumbres, con jurisdicción independiente de la novela y con formas variadísimas. A veces conserva un resto de acción, no más que la suficiente para mover los personajes; otras acude a invenciones fantástico-alegóricas; otras se limita a describir con cuatro indelebles rasgos un carácter. En este sentido, La Bruyère es un grande escritor de costumbres, aunque no hiciese verdaderos cuadros.

En España fue cultivado este género más o menos incidentalmente por Quevedo (prescindo de la finalidad política de algunos de los _Sueños_); por Liñán y Verdugo en su _Guía y aviso de forasteros_ (obra donosísima, que me duele ver olvidada en las reimpresiones que nuestros modernos bibliófilos hacen de los libros antiguos); por Luis Vélez de Guevara en _El Diablo Cojuelo_, y por Baltasar Gracián en muchas partes de su _Criticón_, donde anda mucho oro de ley mezclado con escorias infinitas. Pero más de propósito describieron tipos y costumbres Salas Barbadillo (feliz imitador de Cervantes, hasta beberle los alientos) en varias obras suyas, especialmente en _El Curioso y Sabio Alejandro;_ don Juan de Zavaleta en su _Dia de fiesta_, más encomiado en nuestros días que lo que merece su estilo afectado y tétrico, apenas realzado sino por dotes de observación superficial, y Francisco Santos, que en su _Día y noche de Madrid_ todavía se muestra más culterano y enigmático que su modelo.

La pintura de costumbres, que pareció morir en el siglo pasado con don Diego de Torres, imitador poco dichoso del inimitable Quevedo, y con don Ramón de la Cruz, cuyos sainetes son, por la mayor parte, cuadros en diálogo (¡tal es la sencillez de su fábula!), hase renovado en la edad presente con brillo no pequeño, aunándose a las veces el influjo de extranjeros modelos con la tradición castiza. Así, don José Somoza, amigo de Quintana, y uno de los últimos escritores de la gloriosa escuela salmantina, pero libre de los pecados de afectación, que en los poetas líricos a veces la desdoran, mostró en sus cortos y delicados bosquejos alguna reminiscencia de los humoristas ingleses (principalmente de Sterne), unida a exquisita sobriedad de estilo y a un sentimiento que no degenera en _sensiblería_. Así, el ejemplo del hoy tan olvidado Jouy en _L'Ermite de la Chausée d'Antin_, fué despertador para que Mesonero Romanos comenzara su _Panorama Matritense_, a pesar de lo cual su obra es muy española en pensamiento y aun en estilo, sin que falten cuadros, como el de _Madre Claudia_, donde la inspiración está directamente bebida en nuestros clásicos del siglo, XVI. Muy superior a Mesonero en la pureza, abundancia y gallardía de la lengua, objeto para él de fervoroso culto, y superior también en facultades descriptivas y en intensidad y viveza de rasgos típicos, se mostró don Serafín Estébanez Calderón (_El Solitario_), uno de los escritores más castellanos de estos tiempos, si no en la elección de cada palabra, a lo menos en el giro y rodar de la frase; cosa que vale mucho más y es harto más rara, como discretamente ha hecho notar el moderno y elocuente panegirista de las _Escenas andaluzas_, libro para el cual la posteridad ha llegado muy tarde, como si las aficiones arcaicas del bibliófilo Estébanez hubiesen levantado un muro entre el escritor y su público, que sólo a medias podía disfrutar de aquel primoroso engarce y taracea de piedrezuelas antiguas de las fábricas de Hurtado de Mendoza y de Quevedo; labor sabia y paciente más digna de admiración que de ser propuesta por modelo.

No sabía tanto la hija de Böhl de Fáber; pero así en los que llama _cuadros de costumbres_, como en muchas de sus novelas, donde la acción es escasa y los personajes y las escenas de familia lo son todo, rayó tan alto como el que más en este linaje de escritos, aunque no estaba inmune de cierto sentimentalismo a la alemana o a la inglesa, enteramente extraño a la índole de las escenas que describe, ni tampoco se libraba del inmoderado afán de declamar a todo propósito, y de interrumpir sus mejores cuentos con inoportunos si bien encaminados sermones. Gran cosa es el espíritu moral y la pureza de ideas; pero no ha de mostrarlos el novelista por su cuenta y disertando (como no sea en alguna breve sentencia), sino infundirlos calladamente en el total de la composición y hacerla religiosa y moral, sin que la moral se anuncie ni inculque en cada página.

Así y todo, aun los más prevenidos contra aquella índole literaria tan angelical y tan simpática, ante quien toda crítica enmudece, no podrán menos de reconocer a la insigne dama andaluza, autora de _Clemencia_ y de _La Gaviota_, el mérito supremo de haber creado la novela moderna de costumbres españolas, la novela de sabor local, siendo en este concepto discípulos suyos cuantos hoy la cultivan, y entre ellos Pereda, que afín además por sus ideas con las de Fernán Caballero, se ha gloriado siempre de semejante filiación intelectual.

Nótase, pues, en los primeros cuadros de Pereda (salvas radicales diferencias de temperamento, que pueden reducirse a la sencilla fórmula de «más vigor y menos ternura») la influencia de Fernán Caballero, y nótase también la de otro discípulo suyo (vecino de la Montaña por su nacimiento), el cual, con cierta candidez de estilo, que al principio pareció graciosa y luego se convirtió en _manera_, vino a exagerar el _optimismo_ de la célebre escritora, empeñado en ver las costumbres populares sólo por su aspecto ideal y poético. Malos vientos corren hoy para esa literatura patriarcal; pero aun conserva Trueba su público infantil, y además, ¿quién se atreverá a negar en todo el ámbito de las Provincias Vascongadas la exactitud de sus pinturas, que nos muestran allí un terrestre paraíso?

Trueba, que por los años de 1864 se hallaba en el apogeo de su fama, fué el encargado de hacer el prólogo de las _Escenas Montañesas_; tarea que llevó a cabo con buena voluntad, sin duda, a pesar de la muy poca que él (como buen encartado) tiene a los montañeses, y aun con cierto entusiasmo por la persona del autor; todo lo cual debe constar aquí en honra y alabanza del prologuista, a lo menos para que los paisanos de Pereda le perdonemos de buen grado aquellas variaciones sentimentales sobre las _vulgarísimas mujeres_ (vulgo pasiegas) _que hacen granjería con el_ _néctar de sus pechos_, y sobre los mendigos (montañeses, por supuesto) _que explotan el carácter hospitalario y caritativo del pueblo vascongado_. ¡Y luego nos concede como por misericordia que formamos _parte_ de la heroica Cantabria, aunque de fijo fuimos los sometidos! Que se lo cuente a sus paisanos los Autrigones, eternos aliados de los Romanos, a quienes azuzaban contra nosotros.

Pero dejando para mejor ocasión a las pasiegas y a los Autrigones, y aun al hospitalario pueblo vascongado, no puedo dejar de hacerme cargo de la sinrazón artística con que el señor Trueba en ese prólogo acusa a Pereda de _pesimista_ (aún no estaba inventado lo de _naturalista_), tildándole de _fotografiar_ con marcada fruición _lo mucho malo_ que la Montaña tiene, como todos los pueblos. Este cargo, repetido hasta la saciedad por otros críticos, dió ya motivo a una vigorosa réplica de Pereda en el prólogo de sus _Tipos y Paisajes_; pero como todos los lugares comunes, y más si son irracionales, traen aparejada larga vida, no es de temer que desaparezcan tan pronto del vocabulario de los críticos de Pereda los términos de _sarcástico y pesimista_, como tampoco aquellos otros _de gran fotógrafo_, ni siquiera el de _Teniers cántabro_. Ya he escrito en otras ocasiones que Pereda aborrece de muerte los idilios y las fingidas Arcadias, y tiene horror instintivo a los idealismos falsos, optimistas, bonachones y empalagosos; pero esto no quita que haya en sus cuadros idealidad y pureza, toda la que en sí tienen las costumbres rústicas. No andan en sus cuadros Melibeos y Tirsis, sino montañeses ladinos y litigantes _a nativitate_, entreverados de sencillez y malicia, atentos a su interés y a las contingencias del papel sellado, y juntamente con esto cautelosos y solapados en sus palabras, como suelen ser los rústicos, a lo menos en nuestra tierra, aunque no sean así los que se pintan en las _églogas_ y _cuentos de color de rosa_. Nada de patriarcas de la aldea, ni de pastoras resabidas y sentimentales, ni de discretos y canoros zagales. Cada uno habla como quien es, y el zafio como zafio se expresa. El señor Pereda, por lo mismo que siente mucho y bien, es enemigo jurado de la sensiblería; pero cuando llega a situaciones patéticas, encuentra para el dolor o la alegría la expresión natural y no rebuscada, y conmueve más que otros novelistas serios y estirados, por lo mismo que no se esperan tales ternuras en un autor de continuo alegre y jacarandoso.

Hay, ciertamente, tesoros de sentimiento en el alma y en los escritos de Pereda; pero esos sentimientos son siempre viriles, robustos y primitivos, como infundidos en hombres de tosca y ruda corteza. Yo no conozco ni en la literatura antigua castellana, ni en la moderna, cuadro de tan honda y conmovedora impresión como la que dejan en el ánimo las últimas páginas de _La Leva_ y de _El Fin de una raza_. ¡Y de autor capaz de tal grandeza en los afectos, han osado decir algunos que no sabe herir las fibras del alma!

Es cierto que Pereda no rehuye jamás la expresión valiente y pintoresca, por áspera y disonante que en un salón parezca, ni se asusta de la miseria material, ni teme penetrar en la taberna y palpar los andrajos y las llagas; pero basta abrir cualquiera de sus libros para convencerse de que corre por su alma una vena inagotable de pasión fresca, espontánea y humana, y que sabe y siente como pocos todo género de delicadezas morales y literarias, y que acierta a encontrar tesoros de poesía hasta en lo que parece más miserable y abyecto. En ese artículo de _La Leva_, que nunca me cansaré de citar, porque desde Cervantes acá no se ha hecho ni remotamente un cuadro de costumbres por el estilo (igualado, pero no superado, por otros del autor), hay alcoholismo como en los libros más repugnantes de la escuela francesa, hay palizas y riñas conyugales, hay inmundicias y harapos y un penetrante y subido olor a _parrocha_, y, sin embargo, ¡qué melancolía y ternura la del final! ¡Cómo sienten y viven aquellos pobres marineros de la calle del Arrabal! ¿Qué héroe de salón o de _boudoir_ interesará nunca lo que el desdichado _Tuerto_, lanzando en la escena del embarque aquel solemne _larga_? Si esto es realismo, bendito sea. Si realismo quiere decir guerra al convencionalismo, a la falsa retórica y al arte docente y sermoneador, y todo esto en nombre y provecho de la verdad humana, bien venido sea. Así pintaba Velázquez.

El señor Pereda no es _fotógrafo_ grande ni chico, porque la fotografía no es arte, y el señor Pereda es un grande artista. La fotografía reproducirá los calzones rotos, la astrosa camisa y la arrugada y curtida faz del viejo marinero santanderino; pero sólo el señor Pereda sabe crear a Tremontorio, reuniendo en él los esparcidos rasgos, infundiéndole con potente soplo vida y alma, y dando un nuevo habitador al gran mundo de la fantasía. Esa pretendida exactitud fotográfica es el grande engaño del arte, la gran prueba del poder mágico del artista: sus personajes no están en la realidad, pero pueden estarlo, son humanos; nos parece que viven y respiran; son la idealización de una clase entera, la _realidad idealizada_.

Por su afición a cierta clase de escenas populares, ricas de vida y colorido, hanle llamado algunos _Teniers cántabro_. Convengamos en que tal vez _Cafetera, y El Tuerto, y Tremontorio, y El tío Jeromo, y Juan de la Llosa_, y el mayorazgo _Seturas_, y el jándalo _Mazorcas_, y hasta el erudito _Cencio_, serán de mal tono en un salón aristocrático; pero vayan a consolarse con sus hermanos mayores _Rinconete y Cortadillo, Lázaro de Tormes, Guzmán de Alfarache_, y con los venteros, rufianes y mozos de mulas de toda nuestra antigua literatura, y con los héroes del Rastro, eternizados por don Ramón de la Cruz. Y si a algunos desagradan los porrazos de _La Robla_, y las palizas sacudidas por su marido a la nuera del tío Bolina, y las consecuencias de _Arroz y gallo muerto_, acuérdese de los molimientos de huesos que sacó don Quijote de todas sus salidas, de las extraordinarias aventuras de la Venta, de los apuros de Sancho en la célebre noche de los batanes, y acuérdese (si es hombre erudito y sabe griego) de los mojicones de Ulises a Iro en la _Odisea_, de los regüeldos de Polifemo, y de otros rasgos semejantes del padre Hornero, que dan quince y falta a todos los realistas modernos. Y cualquiera puede resignarse a ser _Teniers_ en compañía de Homero y de Cervantes, y del gran pintor de borrachos, mendigos y bufones.

Si yo dijera que para mí son las dos series de las _Escenas Montañesas_ lo más selecto de la obra de Pereda, no diría más que lo que siento; pero temo que muchos no sean de mi opinión, y que en ella influyan demasiadamente, por un lado el amor a las cosas de mi tierra, y por otro recuerdos infantiles, imposibles de borrar en quien casi aprendió a leer en las _Escenas_, y las conserva de memoria con tal puntualidad, que a su mismo autor asombra. Pero aun descartados estos motivos personales, todavía admiro yo más en Pereda al autor de bosquejos y cuadritos de género que al de novelas largas, y entre las escenas cortas, todavía doy la preferencia a las de costumbres marineras sobre las de costumbres campesinas, sintiendo que no sea mayor el número de las primeras, en las cuales logra el ingenio de su autor un grado de vigor y de fuerza creadora y hasta de terror sublime que, por decirlo así, le levanta sobre sí mismo. Por eso espero yo, y conmigo todos los hijos de Santander, que la obra maestra de Pereda, y el monumento que mejor vinculará su nombre a las generaciones futuras, ha de ser su proyectada novela de pescadores: _Sotileza_. Aun sin eso, ya no morirá, gracias a Pereda, el tipo hoy casi perdido del viejo marinero de la costa cantábrica, levantado por él a proporciones casi épicas, y digno de hombrearse con muchos héroes de Fenimore Cooper.

Más serenos y apacibles, menos trágicos y apasionados son los cuadros rurales, en cuya riquísima serie descuellan dos verdaderas novelas primorosas y acabadas, aunque de cortas dimensiones: _Suum cuique y Blasones y talegas_. Entre los más breves no se sabe cuál escoger, porque todo es oro acendrado y de ley: yo pongo delante de todos _La Robla, El día 4 de octubre y Al amor de los tizones_.

Entre la publicación de las dos series de _Escenas Montañesas_ mediaron muchos años. Todavía pasaron más antes que Pereda se decidiese a abandonar sus jándalos, sus mayorazgos y sus raqueros, y a ensanchar el radio de sus empresas, imaginando fábulas de mayor complicación y cuadros más amplios. Hizo entretanto algunos _Ensayos dramáticos_ (verdaderos cuadros de costumbres en diálogo y en verso), los cuales andan coleccionados en un libro ya rarísimo[1]; y para probar sus fuerzas en trabajo de más empeño, compuso las tres narraciones que llenan el volumen de los _Bocetos al temple_. Allí apareció por segunda vez la pintoresca, ingeniosísima y mordicante novela de costumbres políticas, _Los Hombres de pro_, preludio de _Don Gonzalo_, y glorioso trofeo de la única campaña electoral y de la única aventura política de Pereda. Publicada esta novela en días de tremenda crisis y de universal exacerbación de los ánimos, y escrita, no ciertamente con parcial injusticia, pero sí con calor generoso y comunicativo (hasta en los durísimos ataques que encierra contra el sistema parlamentario), aparecía, en su primera edición, un tanto sobrecargada de reflexiones, en que el autor, contra su costumbre, se dejaba ir a hablar por cuenta propia, como en libro o folleto de propaganda. Todo esto ha desaparecido en la edición presente, y así retocado el libro, y convertido en obra de arte puro, no teme la comparación con ninguna otra del autor. ¡Qué diálogo el de las niñas de la villa que no quiero nombrar! ¡Qué tipo el del hidalgo don Recaredo! Se dirá que la novela sigue siendo política, y que esto la daña; pero aunque sea cierto que las ideas políticas salen de los límites del arte, ¿quién duda que las extravagancias y ridiculeces de la vida pública caen, como todas las demás rarezas humanas, bajo la jurisdicción del satírico y del pintor de costumbres? ¿Por qué no ha de describirse una escena de _club_ o de comicios electorales, como se describe una escena de taberna o de mercado?

[1] De él se tiraron sólo 25 ejemplares. Aviso a los bibliófilos del porvenir.

La segunda época de la vida literaria de Pereda comienza en 1878, y abarca cinco largas novelas: _EL buey suelto, Don Gonzalo González de la Gonzalera, De tal palo, tal astilla, El sabor de la tierruca y Pedro Sánchez_. De todas ellas he hablado extensamente en otras ocasiones, y forzoso me será repetir algunos de los conceptos que entonces expuse.

El asunto de _El buey suelto_, es el más viejo y el más nuevo que puede imaginarse. Si hay cosa tratada o discutida en el mundo, ya seriamente, ya en burla, es la cuestión del matrimonio, aunque sea cierto que ni los razonamientos ni las _facecias_ influyen mucho en la resolución que cada prójimo toma según cuadra a su genialidad, temple y más o menos escrupulosa conciencia. Pero en la biblioteca que con poca dificultad pudiera formarse de obras relativas a esta materia, pesan y abultan mucho más las invectivas que las defensas. Sería grave error, sin embargo, tomar por lo serio y al pie de la letra muchas de esas diatribas, dándoles una transcendencia y alcance que las más veces no tenían en el ánimo de sus autores. La censura del matrimonio y de las mujeres ha sido en manos de los satíricos clásicos un lugar común, un motivo de chistes y de amplificaciones, como podía serlo el elogio del mosquito o de la pulga.