Los Hombres de Pro · Unidad 9 de 35

CAPÍTULO PRIMERO — parte 2

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

Esta unidad sigue disponible para lectura, pero no se incluye en el índice de búsqueda porque forma parte de una continuación técnica, contiene metadatos editoriales, repite un título o no alcanza entidad suficiente como página independiente.

Disponíase a responder Simón a Juana desde la puerta, contra la cual estaba recostado, mirando a la calle, cuando salió botando, de hacia la cocina, un perrazo de áspero y sucio pelaje, con una morcilla chorreando caldo entre los dientes. Iba a enfilar la puerta como una exhalación; pero viéndola ocupada por _el amo_, saltó sobre el mostrador, sin duda para que le sirviera de trampolín; y derribando y haciendo añicos media docena de vasos y una botella, cruzó el espacio como un cohete; pasó, sin tocar, sobre la cabeza de Simón; cayó en la calle, sin soltar la morcilla, por supuesto, y desapareció en la calleja inmediata.

--¡El perro del sacristán!--gritó Simón al verle, disponiéndose a coger una tranca.

Pero todo fue inútil: la aparición del animal, el desastre del mostrador, el salto sobre Simón y el desaparecer en la plaza, fué obra de un solo instante.

Juana alcanzaba el cielo con las manos al contemplar los destrozos causados por el perro ladrón.

--¡Y esto es de todos los días!--gritaba fuera de sí.

--Yo te aseguro--gruñía Simón--que he de hacer pagar caro a su amo este estropicio.

--¡Sí!--decía Juana--; como la media libra de tocino que te robó de entre las manos el otro día ese mismo demonio de animal! ¡Como el pollo que me sacó de la tartera antes de ayer el gato del enterrador! ¡Como el grano que se zamparon ayer en el desván las gallinas del vecino! ¡Como tantas otras cosas que se nos van por arte del demonio!

Y como todo lo convertía al punto en substancia aquella impetuosa mujer:

--¡Cuando te digo--concluyó--que no se puede vivir en este pueblo!, ¡que nos han de dejar en él sin camisa y sin salud!

--La verdad es--refunfuñó Simón--que se le acaba a uno la paciencia para bregar con esta gente.

--Eso te estoy predicando yo todos los días, y no me haces maldito el caso.

--Más de lo que a ti se te figura.

--Poco se te conoce.

--Porque me gusta más hablar a tiempo que hablar mucho.

--Pues ¿a qué esperas, alma de hielo?

--A que me saque el general el estanco en la villa, que voy a pedirle hoy mismo.

--¡Acabaras, con dos mil demonios!--exclamó Juana en un desahogo de insensata alegría.

--Las cosas, mujer, han de seguir su marcha natural--dijo Simón con acento solemne y reposado, como si hubiera consignado una gran sentencia--. Te aseguro--añadió en tono aún más campanudo--que _esto del perro me ha llegado al alma_, y que me pesa en ella mucho más que las palabras del señor cura.

No hay que reírse de esta ocurrencia de Simón, que a razones de igual peso suelen agarrarse ciertas pasiones para triunfar del corazón humano cuando éste desea ser vencido.

* * * * *

Algunos días después vió el vecindario dos carros _enrabados_ a la puerta de la abacería; luego vió cargar en uno de ellos las aceiteras, los barriles, los cacharros, las chucherías de la tienda, ¡hasta los estantes y el mostrador!; vió en seguida cómo en el otro carro se colocaron los colchones, las camas desarmadas, la batería de cocina..., todo el ajuar de la casa de Simón; cómo se acomodaron en un hueco dejado al efecto sobre los colchones, Juana y su niña, después de haberse restregado la primera los zapatos contra el suelo repetidísimas veces, mirando al mismo tiempo a todas partes, cual si quisiera, con alarde tan necio, dar a entender que hasta el polvo de aquel suelo la ofendía; vió la gente también cómo, después de sacar hasta la escoba, cerró Simón la puerta y se guardó la llave en el bolsillo, y luego ponerse en movimiento los carros, a los cuales seguía Simón, saludando con gravedad a cuantas personas le despedían desde lejos con un movimiento de cabeza; no vió una sola vez asomar la de Juana fuera del toldo bajo el cual iba; y vió, por último, que los dos carros y Simón, que marchaba siempre junto a ellos, después de atravesar la plaza, tomaron el camino de la villa y desaparecieron en él.