Los médicos de antaño en el reino de Chile · Unidad 65 de 166

Unidad 65 · lo O EIELIOTECA DEL CENTRO EDITORIAL

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dicina, a cuyo' profesorado estaba anexo, como lioi al decanato de la Universidad, el título i las prerogativas del protomedicato. El protomédico no

era de esta suerte un tribunal: era un dictador.

Cupo en primera línea este honor a un médico estranjero conocí el nombre de Mr. Nevin, que junto con un facultativo italiano llamado Darigrandi, i el ya nombrado filántropo escoces don Patricio Gedd, parecían constituir el núcleo de la ciencia en la mitad precisa del siglo precedente. El sueldo mensual del primer protomédico i catedrático de medicina era de irania pesos.

I a la par con la propina, iba su trabajo universitario, porque a virtud de la insensata preocupación que despreciaba las artes liberales por el ocio presumido de lo-s ignorantes i de los mayorazgos, nunca alcanzó a tener su cátedra mas de uno o dos oyentes. Fue por esto cuestión de cerrarla a poco de haberla establecido.

Fallecido el doctor jSTevin, sucedióle en el protomedicato i en su cátedra un doctor llamado don Ignacio J. Zambrano, tal vez alumno suyoDejó éste a su turno un tercer discípulo, que fué

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el famoso protoruédico, tercero de su, rango, don José Ríos, natural de Santiago, Lijo ilejítimo de un abobado de la Real Audiencia.

El doctor Ríos, que fué para su tiempo un hombre de verdadero talento, habíase recibido de bachiller en 1774, i aunque mui joven, obtuvo en una furiosa oposición pública su título de protomédico, en competencia con el famoso padre de San Juan de Dios, frai Pedro Manuel Chaparro, otro hombre de jenio, del que habremos de hablar mas adelante. Rios recibió del presidente Jáuregui el título de protomédico el 17 de mayo de 1777, i ejerciólo hasta los dias de la «patria vieja,» durante cerca de cuarenta años.

Pero ni el talento del doctor Ríos, primer protomédico chileno, ni su condición de hijo del país (lo que era tal vez su mayor defecto), ni el adelanto visible de los tiempos, habían logrado cambiar las ideas dominantes en la atrasada colonia, sobre la medicina i los médicos. Al contrario, por cuanto llevamos rastreado hasta aquí sobre la condición de aquella i de los últimos, se habrá venido en

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cuenta de nn hecho profundamente filosófico e importante, es a saber, que aquella carrera, convaleciente aun hoi mismo de su desprestigio, se hallaba en el último peldaño de la escala social, i a la verdad, apenas un punto mas arriba que la condición doméstica:— un indio se alquilaba por su salario en oro; a los médicos de hospital les pagaban en choclos i en corontas.... El rjrotomédico ganaba el salario que hoi se paga a un cochero de librea i de berlina: — 30 pesos.

Era la misma doctrina i la misma tradición deRoma, donde solo fueron médicos en los primeros tiempos los libertos, hasta que Galeno vino de Grecia a curar a Marco Aurelio. Era la misma rutina de España, donde la medicina era plebeya, de Lima, donde la Academia de San Fernando fué esencialmente mulata en sus albores, hasta que el ilustre TTnánue, el amigo de Humboldt, rescatóla con su jenio, de inmerecida ignominia.

Mostróse particularmente cruel i hasta implacable con los médicos de Lima — oráculos sagrados