Los misterios del Plata · Capítulo real 24 de 28

CAPÍTULO XXVII

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.

CAPÍTULO XXVII

La Recoleta

La señora de Avellaneda habia quedado á bordo con sus dos amigos, pero tan abatida y enferma que apenas pronunciaba uno que otro monosílabo. Sus fuerzas físicas y morales, la habían abandonado del todo.

La incertidumbre, este cáncer del alma, la roia con sus venenosos dientes, con la ausencia de su marido, parecía haberse ausentado su espíritu y solo la esperanza era capaz de volverle su natural energía, ó un exceso de desesperación.

El dia se habia pasado en consuelos y palabras de esperanza por parte del coronel Rojas y Ramón, en silencio é incredulidad por parte de Adelaida. Estaba casi persuadida que aquel dia no se acabaría en bien para su marido y la infeliz á esta idea caia en terribles convulsiones.

Sin embargo, casi á la puesta del sol, á pesar de lo nublado que estaba la tarde, las personas que estaban en 1^ balandra pudieron distinguir la ballenera que conducía al preso, y pudieron verlo á él mismo en persona gracias á un excelente anteojo de Lostardo, que encontraron á bordo.

Cuando la noche llegó enteramente, Ramón, el coronel, la señora de Avellaneda y su hijo, entrar/on en el bote que conservaban desde por la mañana.

Una vez fuera de la balandra, Ramón los dirijió hácia la Recoleta porque era el lugar mas solo para efectuar su desembarque. ^

Con el nombre de la Recoleta, es conocido un antiguo y abandonado Convento que, según tradición fué habitación de los trapistas ó cartuyos.

Tres son hoy los monumentos que comprende el nombre que dejamos citado y que encabeza este articulo.

Los silenciosos y elevados claustros, morada un tiempo de congregación tan vigorosa, la iglesia conventual sombría y despojada de adornos y el vasto huerto del viejo Convento, convertido hoy en cementerio de Buenos Aires.

A dos pasos de este lugar corre el Plata.

La historia de la vida humana está allí escrita con sublimes é indelebles carácteres

Aquel convento que levantado por los hombres en momentos de fé ó fanatismo, un tiempo teatro de los sacrificios, de las penitencias ó de la desesperación de los que lo habitaban, hoy desierto y despoblado, pare-

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ce decir á los que lo contemplan curiosos: «con la hora que corre vuela la vida» la hora que viene arrasará la presente, el lema de la verdad está escrito en mis silenciosas arcadas: destrucción é instabilidad.

La iglesia despojada y sombría, parece llorar en si misma la pérdida de sus dias de gloria, en que iluminada y florida resonaba en el coro los himnos del

Altísimo Ella sabe que lo pasado no retornará

jamás !

Y el cementerio, ese campo de olvido y de igualdad, también está allí con sus cruces por blasones como la única verdad del destino y de las ambiciones humanas! La eternidad! El polvo!

En el mismo momento en que nuestros amigos del bote se dirijian á la Recoleta, dos hombres entraban á pié por el camino que viene de la campaña. Ambos parecían fatigados de largas jornadas; con todo, antes de descansar, quitaron sus sombreros y se arrodillaron en la puerta de la iglesia orando con sencillo fervor.

Verdad eterna é indisputable que el pueblo necesita una religión, una creencia ! Que el pobre, el hombre que no pertenece á la clase que llaman pensadora, necesita, la forma religiosa que le presente una creencia y la palabra de la oración con que levanta su corazón á Dios; porque infelizmente no todas las cabezas están organizadas de tal manera que puedan ofrecer por homenaje á la Divinidad, esas celestes abstracciones poéticas, en que él espíritu hu-

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millado y confundido se pierda en la grandeza de la idea del Creador infinito!

Y cuando los propagadores de la verdad hayan destruido toda sombra de creencia en el pueblo; ¿ qué le daran? La conciencia del deber? ¿La religión sin formas, la convicción por la sola fuerza del espirita ?

Está muy lejos ese dia para la humanidad, esa resolución que debe hacer tomar una nueva forma toda nueva á la sociedad no es la obra de uno ó dos

siglos quién sabe cuando se empezarán á notar

los efectos de esta doctrina! V á las genera-

ciones que van sucediéndose entre tanto, ¿qué se les deja ? La duda, la lucha y la incredulidad !

Ha mucho tiempo que estamos convencidos, que los hombres de fé, amantes de la humanidad en vez de la palabra debían poner en practica la acción, en vez de destruir en un dia las viejas creencias sobre las que reposa la moral social, emprender un trabajo mas lento pero mas seguro, la educación del pueblo ! dejar al hombre hecho, acabar como principio é insinuar las nuevas doctrinas en el corazón de la juventud!

Los que tienen una convicción profunda del bien que emprenden, "deben desdeñar la palabra y hacer mucho por la acción.

Entre tanto, los que hayan perdido sus primeras crencias, los que hayan llegado á la altura de ciertas verdades y quieran cumplir su deber con buena voluntad, emprendan la grande obra en silencio, por-

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que de romper las sencillas convicciones del pueblo nada se reporta sino el desorden ó la confusión.

Pero es verdad que en todas nuestras acciones y palabras trasluce la vanidad y la miseria humana !

Los dos hombres que oraban, estaban vestidos muy pobremente, y eran de edades muy diferentes. El uno tenia el cabello mas blanco que la nieve, el otro apartaba á veces de su frente los muchos rizos rubios que á porfía la velaban, rebelde á la .mano que los separaba.

Reinaba en aquel sitio, un silencio profundo, solo interrumpido por el murmullo del rio que á dos pasos de alli llevaba sus arenas al Atlántico, eí confuso rumor de las funéreas ramas del ciprés le respondía, y en las desiertas rejas del cláustro, pasaban

como errantes suspiros; las rafagas de la brisa

había una armonía tan profundamente triste en aquellos tres ruidos que los dos hombres suspiraban como quien siente el alma mortalmente herida !

El cielo cubierto de negras nubes tenia un aspecto amenazador y relámpagos de fuego lo iluminaban á cada paso mientras á lo léjos se oia el trueno con su voz magestuosa y solemne!

Los dos hombres acabada su oración se alzaron y tomaron asiento al pié de la ancha puerta de hierro que cierra el cementerio. „

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Al vivo resplandor de los relámpagos se divisaban las blancas lozas de las tumbas, los pedestales y las estátuas, fragmentos de la vanidad humana que no perdona ni el polvo de los muertos y que aun alli, se ostenta como el escarnio de nuestra miserable vida.

El joven del cabello rubio, miraba en silencio aquel vasto recinto, donde la grandeza, el talento, el vicio y la virtud están confundidos sin chocarse,

ni reprocharse nada entre si al fondo del

cementerio, se alzaba una altísima cruz y al lado de ella promontorios de cráneos blancos y secos se elevaban diciendo al observador:

« Aquí residió la intelijencia humana. »

« El pensamiento hfnnano ardió bajo esta vacía calavera, « expuesta hoy á la intemperie v á las lluvias! Ya fue mi € tumo descansar sobre la blanda almohada cuando mi dueño « vestía el traje mortal! »

Los truenos continuaban á retumbar pavorosos, los relámpagos los sucedían, la brisa silvaba, el rio corría indiferente y el ciprés murmuraba siempre como el eco eterno del dolor humano !

El viejo rompió el silencio.

— ¡ Estás triste amigo !

— Es verdad, — respondió el mozo — hacen algunos dias que me siento mudado ! Me vienen á la cabeza cosas que yo mismo no se descifrar, y después de todo, ahora en este momento particularmente la vista de este campo de los pecadores

irte hace como estremecer.

— ¿Es la primera vez que vienes aquí?

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— Si, la primera! vea Vd. he visto al-

gunos entierros en los pueblitos, los he visto también allá en la Pampa cuando iba á visitar al indio Yuncagüi y á veces por la llanura, á lo léjos divisé alguna cruz que señala los muertos en medio del campo.... mas aqui todos están juntos!

— ¿Y tu no vés tantas estátuas?

— Si, es verdad; ¿ cuanto dinero habrá costado esto ? ¿ para qué le ponen esto á los muertos ?

— ¡ Qué quieres tú ! no quieren que el sepulcro de uno que fué rico se parezca con el del pobre ! por eso hacen costosos monumentos !

— Es cierto solo debajo de la tierra se

encuentra la igualdad allí, todos los huesos se

parecen y lo mismo se pudre el cuerpo de un rico que el del pobre, el de un blanco que el de un negro ....

— Asi es hijo ! los hombres siempre hablan de un modo, y obran de otro, la vérdad de lo que ellos piensan solo Dios lo sabe!

— Es mejor entonces vivir en el desierto, errante, como yo he vivido hasta hoy !

El viejo meneó la cabeza en señal de desaprobación.

— No! los hombres no nacieron para vivir como las fieras, en el bosque.... es otro el camino que debemos seguir ....

Y vos no decís que todos son ingratos ! ¿ qué os han pagado con olvido vuestras cicatrices ?

— Si, pero cada .uno debe obrar según su

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conciencia y yo no me arrepiento de lo que he hecho, si ellos me han pagado mal, también esa no es cuenta mia!

— Pues una vez que hemos venido al pueblo, para seguir adelante nuestra empresa, crea Vd. que yo me quedaría aqui de buena gana, yo sé cavar la tierra y si me quisieran para enterrar los muertos. . . . Jas calles y las casas me oprimen .... aqui á lo ménos estoy á cielo raso

— Como quieras, — contestó el viejo — yo veré si puedo obtener el lugar de sereno, en ese empleo puedes ser mas útil á nuestro intento.

En aquel momento el bote tocaba á la orilla.

— Me parece ver gente en la orilla del rio, dijo el joven.

— Si, — contestó su compañero — como no sea alguna ronda que viene por aquí, alguna patrulla que llega por el rio! Ven aqui dentro de esta zanja estamos bien.

Miguel y Simón, pues eran ellos mismos, se escondieron, por cerca de donde ellos estaban, pasaron los personajes del bote á quienes ya conocemos y tomando la calle larga de la Recoleta empezaron á caminar hacia la ciudad, la cual les era necesario atravesar para llegar á la Quinta de Maza, situada al otro estremo de la población.

Cuando los escondidos no oyeron mas ruido de gente, salieron, y Simón dijo:

— Si quieres quédate aqui, yo conozco bien la ciudad, aprovechando la noche iré á buscar la casa

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de mi coronel, es un hombre de los de otro tiempo y el único que me podrá servir para encontrar un empleo.

Y Simón, despidiéndose de su amigo echó á andar hacia la casa de Rojas de quien pocos minutos antes había huido imajinándose que tal vez era una partida que venia á reconocer la orilla.

¡ Todos somos ciegos en esta vida !