Los misterios del Plata · Capítulo real 27 de 28
CAPITULO XXX
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.
CAPITULO XXX.
La Fuga
Estaba de Dios que Rozas no saldría esta vez con su gusto. Una mujer, había de deshacer todos sus planes y esa mujer fué Adelaida, la esposa del Dr. Avellaneda.
Desde que Adelaida supo que contaba con el apoyo del Coronel Rojas y con el de su hermano, el bizarro Capitán Ramón Maza, no creyó perdida la causa de la vida de Avellaneda. Se propuso arrancarlo de las garras del tirano, ó sucumbir en su intento. Hizo entonces, esta noble mujer, uno de esos juramentos que cuando los ejecuta consigo mismo una alma fuerte llevan generalmente al éxito ó al heróismo. Sí Juana de Arco se inspiró en la divinidad de su misión y la realizó, Adelaida buscó fuerzas, astucia y medios en el amor á su marido y
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en el cariño de su hijo á quien no concebía que tuviera que criar huérfano, y, como la heroina francesa, esta heroica esposa salió triunfante en su empresa, sin pagar con la existencia la temeridad de su propósito.
Adelaida comunicó á su madre sus ideas y esta después de haber hecho esfuerzos de todo género para disuadirla, le recomendó que guardase reserva hasta para con su padre, el Dr. Manuel Vicente Maza. Adelaida que con su peculiar inteligencia se había dado cuenta que la base de su plan de operaciones era y debía de ser el más absoluto secreto, empezó á preparar su ejecución.
¿Por donde dar principio á este plan descabellado ?
Adelaida tuvo una inspiración. Recordó que una morena vieja que había sido su nodriza, podía por intermedio de sus parientes, servirle de espía ante el mismo tirano Rozas.
Para que el lector se dé cuenta de como la intervención de una morena podía ser de tanta importancia para los proyectos de Adelaida, es necesario que sepa que el gobierno de Rozas, fundado en el espionaje, se vale de la delación de los esclavos y sirvientes de la gente decente, para estar al corriente de los mínimos detalles que ocurren en la intimidades del hogar de las familias que sospecha de inclinaciones unitarias ,
En esta verdadera inquisición, los negros descendientes de los cargamentos de esclavos africanos
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vendidos durante el coloniaje, (’) desempeñan un papel prominente, porque constituyendo el elemento casi exclusivo del servicio porteño son los que están en condiciones de transmitir y delatar todas las novedades á Doña Encarnación Escuna la esposa de Rozas, y á la cuñada de este, D a . Josefa Escurra, la Torquemada de este nuevo Santo oficio que deja muy atrás por los medios y fines que persigue, á la Inquisición de Estado que en la Edad Media organizaron los Dux de Venecia. La autora señala estos hechos vergonzosos á la execración de la América y del mundo!
Los negros que no están colocados en casas particulares viven en comunidades, que llaman pueblos, situados en los barrios de extramuros,- conservando sus usos y costumbres africanas y hasta el aparato de un reyezuelo para cada grupo de familias del mismo origen. Estos pueblos de negi*os adoran á Rozas que, á la verdad, les dispensa toda clase de favores y les acuerda su más ilimitada confianza, en lo que no se engaña, pues se sabe que es la fidelidad uno de las características de la raza africana.
(*) La ley de la Asamblea general de 1813 que decretó la libertad de vientres y la libertud de los esclavos de otros países que se introduzcan á la República, ha caido en desuso, en una parte, y ha sido dejada sin efecto, en otra, por reclamaciones de los estados limítrofes, principalmente el Brasil. Todos los dias se anuncian ventas de esclavos en los diarios de Buenos Aires.
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El pueblo bajo', compuesto en buena parte por negros y mulatos, está conforme con Rozas como lo estuvo en la Roma de los Césares con Claudio, con Nerón ó con Caligula.
Adelaida habló con la morena, la enteró de su pensamiento, le habló de su infancia que ella había alimentado en sus senos de nodriza y la noble esclava le prometió su ayuda: «Amita, le contestó, sé que lo que vuestra merced quiere hacer es imposible, pero disponga de la vida de su esclava y haré lo que me mande».
Quiero, ante todo, que me digas, Marica, si entre tus parientes hay algunos que tengan entrada á la casa de Rozas y que sean capaces de enterarse de lo que allí pasa. Tengo, contestó Marica, al hijo de Carlos, quo es asistente del señor Edecán Corbalán y á varios sobrinos (*) que sirven á D a Josefa en asuntos de confianza que les encarga.
Pues bien, dijo Adelaida, quiero que vayamos ahora mismo á ver á tu ~nieto. el hijo de Carlos, para preguntarle quien es el encargado de suministrar las provisiones para los presos del Pontón Sarandí. Préstame una pollera añadió Adelaida, yo traigo un pañuelo grande; quiero vestirme en forma que no desconfíen de mis intenciones. Es posible además, que
( x ) Enii *c los morenos es costumbre 'Humor tic.* lodos los de su clase que llegan ó lo vejez.
Los Misterios del Plata .
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el General Corbalán, por más que es un desgraciado, llegara á reconocerme.
Adelaida vestida con una tosca pollera de balleta y uno de esos grandes pañuelones que usan en Buenos Aires las mujeres de la clase que, sin ser proletaria, puede llamarse trabajadora, se encaminó, con la morena Marica, á la cása de Rozas, nada menos.
Dio la casualidad que Celedonio, el asistente en en cuya busca iban, se encontraba en ese momento sentado solo, junto á un brazero tomando mate amargo, ó verdeando , como llaman los paisanos al acto de servirse el mate sin azúcar. *
Celedonio era un mocetón simpático, con algunas cruza de raza blanca, porque más bien que negro era pardo ó mulato, aunque predominaba en él la sangre africana. Celedonio se paró inmediatamente descubrió su cabeza, (á pesar de estar con Kepis’ y pidió, con esa respetuosa humildad peculiar de la gente del pueblo, <la bendición agüelita*] recibiendo la obligada contestación de i Dios lo haga giieno hijo*.
Enterado Celedonio de lo que deseaba saber, aunque ignorante completamente de los proyectos de la Sra. de Avellaneda, dió á esta los informes que por el momento precisaba.
Supo Adelaida que esa misma noche debían bajar á tierra Mister Anderson y Mister Dick, los dos jefes del Pontón Sarandí, por orden de Rozas y que quedaría á cargo de la flotante prisión el tercer
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Comandante, un jóven oficial llamado Conclair que por los datos de Celedonio, era uno de los oficiales más buenos y valientes de la guarnición de la Capital. Averiguó, también, que el dia siguiente á las 10 de la mañana, conducirían en un bote de la capitanía, provisiones de boca y municiones destinadas al Pontón.
Adelaida volvió á la casa de Marica y con pasmosa actividad entró en plena campaña libertadora. Compró una cantidad de pan, tabaco y papel de cigarrillos; con maestría, que envidiaría el más experto, colocó déntro de dos de los panes papeles escritos enterando al Dr. Avellaneda de sus propósitos y escribió en algunos de los papeles de cigarrillos (que llenó de tabaco y armó perfectamente la morena Marica), lo que no había podido decir en los panes mensajeros.
Celedonio que por indicación de Marica se reunió con las conspiradoras, tan pronto como estuvo franco de servicio, fué encargado, mediante protestas de que solo se trataba de proporcionar buen alimento y buen tabaco al Dr. Avellaneda, de entregar la encomienda al prisionero del Pontón.
Llegado el pequeño contrabando á su destino, ■no sin ser notado por el hábil ojo del jefe accidental Conclair, que fingió, sin embargo no verle ó no darle importancia, el Dr. Avellaneda pudo ponerse al corriente de los atrevidos proyectos de su mujer que se reducían á lo siguiente: Catequizar á Conclair, aprovechando la ausencia de Anderson y de
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Dick, si era posible, y en este caso, ó sin esa circunstancia conseguir una orden de Rozas, ó falsificarla, que indicara al jefe del Pontón que el preso debía trasladarse á la cárcel de la Ciudad para, una vez obtenida la entrega, fugar al extranjero.
El Dr. Avellaneda suponía que Adelaida no se abandonaría en brazos de la desesperación. Sabia también que algunos de sus amigos, como el Coronel Rojas y su cuñado Ramón Maza habían de intentar algo por salvarlo. Esta convicción unida á un presentimiento halagüeño, á un no sé que inesplicable que en ciertas ocasiones hace anticipar á la alegría ó á la tristeza que nos suscitan motivos tristes ó alegres, hicieron que Avellaneda tuviera la intuición de que en ese pan y esos cigarros estaba el secreto de su libertad.
El Dr. Avellaneda se enteró del plan de Adelaida y aproximándose al Coronel Pueyrredón le dijo casi sobre el oído: «es demasiado inteligente y enérgica mi mujer para rendirse al cúmulo de adversidades que sobre ella pesan, prepara nuestra
evasión»!
El Coronel Pueyrredón desde que Conclair estaba á cargo del Pontón se veía frecuentemente y hasta conversaba largos ratos con el Dr. Avellaneda pero no pudo menos de manifestar su incredulidad ante las ésperanzas de éxito de su compañero. No, Doctor, le replicó Pueyrredón, no nos hagamos ilusiones, • de aquí saldremos para el patíbulo, no le quepa duda; los que es yo, añadió, si me sal-
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vé milagrosamente de las lanzas de la gente de Carrera en la batalla del Médano, donde perdimos al General D. Bruno (Morón), no espero salvarme de aquí y lo -único que deseo es que nos cuelgen de una vez, lamentando, de todo corazón, que no esté en mis manos evitar el triste honor de ser fusilado junto con Vd. Doctor.
En cuanto á mi, dijo tranquilamente Avellaneda, moviendo resignado el entrecejo, no me asusta la muerte, he procedido siempre bien y si siento morir en este momento, es por la razón que daba Sófocles, si mal no recuerdo, de que lo peor no es morir. sino no poder morir cuando y como se quiere. Sólo me preocupa una cosa, Coronel, y es no poder contribuir á la reacción enérgica y sangrienta que forzosamente ha de iniciarse contra Rozas y no haber tenido el tiempo necesario, ni la suficiente edad mi hijo Adolfo, para morir con la convicción de que sabrá querer y defender á su patria, odiar al tirano y vengar los ultrajes que este ha inferido á la Nación, guiado por el amor á la memoria de su padre. Si Adelaida me sobrevive algunos años, el porvenir de Adolfo está asegurado, pero si mi pobre compañera falta ¿que será de ese niño huérfano, rodando por países extraños ó viviendo pária en la tierra que ha nacido? Llegado á este punto de la conversación, el Dr. Avellaneda, había perdido su serenidad, ocurriéndole uno de esos dobles estado de ánimo, tan frecuentes como contradictorios en apariencia, pues al mismo tiempo que las manos de Avella-
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neda se crispaban de impotente corage contra Rozas. Abundantes lágrimas humedecían los ojos del Patriota que había imáginado en ese instante á su mujer y á su hijo vagando desamparados hacia la muerte; ó peor aún. hacia el abismo de la miseria, víctimas de la barbárie del tirano argentino.
El Coronel Pueyrredón guardó respetuoso silencio y en un momento oportuno cambió la conversación en el sentido de dar por factibles los proyectos libertadores de Adelaida.
La esposa del Dr. Avellaneda obrando con rapidez inconcebible en otra persona que no hubiera sido ella y no hubiera tenido su interés, había logrado contar si no con el asentimiento, por lo menos con la complicidad del Mayor Conclair, quien visto por el Sr Haymes, fiel amigo del Dr. Avellaneda y muy intimo de Rojas y Ramón Maza, llegó, en un transporte de entusiasmo, á confesar que el servicio de Rozas le repugnaba y que si bien había creído hasta entonces obra de patriotismo servirlo en los conflictos con el extranjero, estaba decidido á seguir, si necesario fuera el camino del ostracismo, separándose de la carrera militar.
Por medio de Haymes, Conclair comunicó á Adelaida el dia en que probablemeute Rozas firmaría la orden para que los presos del Pontón Sarandi fueran trasladados á la cárcel de la Ciudad.
Desconfiando Rozas de Anderson y de Dick, llamó al mismo Conclair y le previno que al otro dia á las 3 de la tarde viniera personalmente ó manda-
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ría á uno de sus oficiales á buscar la-ordén de traslado de algunos presos.
Rozas estaba nervioso, furibundo, porque le habían hecho creer ó se había creído, que los unitarios, dirijidos por Rivadavia desde un pueblo de la campaña oriental, mantenían relaciones y tramaban una conspiración ayudados por el Mariscal Santa Cruz, Presidente de la Confederación Perú-Boliviana.
Los periódicos de Rozas, cuya monotonía es peculiar, ocupaban entonces sus columnas vomitando injurias contra Rivadavia, los unitarios y Santa Cruz y publicaban largas listas de suscripciones en dinero y en especie encabezadas por los empleados de todos los pueblos para ayudar, decían las notas de remisión, á sufragar los gastos de la santa causa de la federación contra el tirano Santa Cruz.
La amenaza de los unitarios impedía á Rozas enviar fuerzas al Norte, donde el Gobernador Heredia, de Tucumán. preparaba unos cuantos gauchos para invadir Bolivia en combinación con la expedición al Perú que debia organizar el gobierno de Chile, aliado de Rozas.
La «Gaceta Mercantil» aseguraba que el Restaurador tenia, en sus manos una carta del ex-presidente Rivadavia al Mariscal Santa Cruz, que comprobaba la traición á la patria que intentaban los unitarios, añadiendo -que. (siempre según la supuesta carta,) se tramitaba la disgregación de la Confederación Argentina, dividiéndola en tres partes: Tucumán, Catamarca, Salta. Córdoba y otras provincias del
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interior por un lado; Santa Fé, al Entre-Rios y Corrientes por otro; dejando á Buenos Aires en poder de Rozas.
En esta situación se puede suponer la suerte que le estaba decretada al Dr. Avellaneda.
A la hora señalada para salir de la casa paterna, Adelaida tuvo una contrariedad que pudo hacer fracasar su plan. Siendo ya tarde entró de visita una copetuda y sospechosa familia federal, que manifestó intenciones de permanecer un largo rato en la quinta de Maza.
Adelaida conversó como si tal cosa con las visitantes y habló en forma tan natural que nadie hubiera, ni siquiera imaginado, que aquella- mujer iba dentro de breves horas á ser la heroína de uno de los episodios más curiosos que relatará el futuro historiador de esta época de singular anarquía.
Pasando el tiempo y no yéndose las visitas, Adelaida hizo presente que le atacaba una muy fuerte jaqueja que le obligaba á pedir permiso para retirarse á su dormitorio, como efectivamente lo hizo.
Adelaida, no tuvo el gusto de dar á su querida madre el, tierno y filial beso de despedida y su pobre madre, que sabia el verdadero objeto de la retirada de su hija, tuvo que seguir cumplimientando á sus importunas visitantes! ¡Cuantas torturas morales semejantes en las familias argentinas deben su causa á Rozas! El hogar paterno de Adelaida se vería pronto enlutado y ensangretado por el asesi-
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nato del Dr. Maza y el fusilamiento de su hijo Ramón! f 1 )
El Dr. Maza, no obstante sus opiniones politicas totalmente contrarias á las de su yerno el Dr. Avellaneda, estaba ligado á este por afectos de amistad y sobre todo, por el cariño de Adelaida. Es indudable que el Dr Mazá influyó con el caballero inglés Mr Haymes 3' con el oficial Conclair para ayudar al plan de evasión ideado por su hija. Esta circunstancia, unida á otras, contribuyeron á que Rozas se decidiera á privarse de sus sumisos servicios, mandando asesinarlo, según unos, dirigiendo directa y personalmente el asesinato, según otros.
Adelaida se dirigió á casa de la fiel Marica, se vistió de militar, se colocó un kepis de Capitán, bigote postizo negro, botas granaderas, sable y una ancha capa que envolviéndola completamente disimulaba su cuerpo de mujer. •
Acompañada de Mr. Hay n es y de su hijo se dirijió á la alameda, donde esperó impacientemente que atracara una ballenera preparada al efecto con la complicidad del generoso Conclair. Esos momentos de espera parecieron siglos á Adelaide¡ cuantas preocupaciones, desfallecimientos, esperanzas asaltaron su mente! (*)
(*) El 27 de Junio de 1839 era asesinado por la mazhorca Dr. Manuel Vicente Maza, en la secretaria de la sala de Representantes, de que era presidente y el dia siguiente, era fusilado su hijo, el Comandante Ramón Maza.
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Por fin llegó la ballenera tripulada por cuatro robustos marineros, y se embarcó en ella Adelaida con el niño Adolfo. Serian las 10 de la noche del Martes 5 de Septiembre ( l )
Amarrada la ballenera al Pontón, el supuesto oficial presentó á Conclair una orden de Rozas, de puño y letra del tirano, ordenando la entrega al portador de los salvajes unitarios Avellaneda y Pueyrredón. Conclair hizo llamar al oficial de guardia, le enseñó la orden superior y, ante la suspicacia reserva del oficial que se permitió indicar la conveniencia de custodiar los presos con un destacamento de las fuerzas del pontón, Conclair le res pondió que no era necesario, porque él personalmente haria la entrega de los presos.
Con no poca dificultad á causa del peso dé los grillos y de la estenuación que trae consigo la prisión, efectuaron su trasbordo Avellaneda y Pueyrredón. El primero habia reconocido á su mujer
(*) La persona que ha suministraba ios datos necesarios al editor de esta obra para terminarla, prepara un folleto relatando este episodio histórico, en el que probará que la fuga dei Dr. Valentín Al- , sitia, que como se sabe, es el héroe de esta novela, tuvo lugar el T> de Setiembre de 1837 y no en igual época del año 18:15 como ha di* cho erróneamente el Sr. Enrique Sánchez, biógrafo de Adolfo Alsina, induciendo en él mismo error cronológico á los que se han basado en sus informaciones.
A fin de no jteijudicar la intención y plan de la obra el editor se vé en la necesidad de no poder ser siempre rigurosamente histórico.
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y contenia á duras penas su emoción. Adelaida miraba á Conclair tratando de penetrar hasta el alma sus verdaderas intenciones. El niño Adolfo no se veia en la ballenera y su ausencia inquietaba al Dr. Avellaneda que temía no poder contener su legitima ansiedad.
La ballenera se puso en movimiento con rumbo al Retiro, ó sea la Ciudad. Avellaneda perdió gran parte de sus esperanzas y Pueyrredón tosió bajo como indicando que triunfaban sus vaticinios pesimistas.
¡Solemnes momentos aquellos, que difícilmente se pueden repetir!
Alejada la ballenera aigo más de una milla del pontón el Mayor Conclair ordena virar á los marineros y que se dirijan hacia el Este.
¿Regresamos al pontón, Sr Comandante, se atrevió á preguntar el Dr. Avellaneda? «He ordenado rumbo á la Colonia Oriental, replicó Conclair; si Dios nos ayuda mañana estarán Vds. libres en tierra extranjera y deberán la libertad á esta heroica mujer qne ha sabido no sólo prepararles la evasión sino, lo que es más difícil aún, ha sabido convencerme, hasta el punto de que, ya lo ven, me embarco fujitivo con Vds, dispuest© á poner entre Rozas y mi persona, el Rio de la Plata. Sin embargo añadió, ni una palabra más, hasta que no hayamos dejado bien lejos al pontón t.
Avellaneda no pudo contener su emoción y sus ojos se anegaron con lágrimas de ternura y gratitud
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