Los misterios del Plata · Sección preliminar

Preliminares

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.

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ESCRITA EN 1846

POR

Juana P. Manso de Noronha

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X. TOMMASI

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LOS

MISTERIOS DEL PLATA

s NOVELA

HISTÓRICA ORIGINAL

POR

JUANA P. MANSO DP NORONHA

BUENOS AIRES

Imprenta “Los Mellizos’’

18 9 9

« PALABRA SOIRE ESTE LIBRO

Al poner á esta obra el título de “Misterios del Plata”; no es mi ánimo imitar los Misterios de Parts de Eugenio Stic,' ni hacer otros Misterios de Londres.

Mi país, sus costumbres, sus acontecimientos políticos y todos los dramas espantosos de que sirve de teatro luí ya tantos años, son un misterio ’ para el mundo civilizado*.

Misterios negros como el abismo , casi increíbles en esta ¿poca y que es necesario que aparezcan á la luz de la verdad para que el crimen no pueda llevar por mas tiempo Ja máscara de la virtud; para que los verdugos y las victimas sean conocidas y el hombre tigre — conocido hoy con el nombre de Juan Manuel Rosas, ocupe su verdadero puesto en la historia contemporánea; el de un tirano atroz y sanguinario tan hipócrita como infame.

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Si la sangre de mis conciudadanos no gritara venganza! de continuo me bastaba haber nacido sobre aquella desventurada tierra para, no permitir que su verdugo y mas cruel opresor sea considerado, un valiente y viejo paladín de la libertad. Es necesario que el mundo entero sepa lo que los Ar ^futinos deben á ese Rosas, oprobio y vituperio <j| la humanidad entera.

“Los Misterios del Plata”, van d ofrUkr can los hechos históricos y leales un amplio conocimiento de esos países, desconocidos por unos y calumniados por otros. Llamamos la atención de los lectores sobre las notas de este libro.

Nota:— E l lenguaje empleado en esta obra es casi semejante al que se usa en el país, y si alguna diferencia tiene es en ventaja; es decir, menos grotesco. — (La Autora).

CAPÍTULO I.

La Estancia

Era una hermosa tarde de otoño de 1838. La vegetación empezaba á cubrirse de ese velo oscuro, de ese tinte fúnebre que anuncia la proximidad del invierno.

El sol terminaba su diurna carrera coronando el horizonte por nubes de zafir y de esmeraldas, el resto del cielo estaba puro y azul, azul del Plata tan aterciopelado y triste.

Una breve brisa doblaba apenas los tallos de las blancas y rojas margaritas que esmaltan los campos de Buenos Aires, besaba la frente de la pensativa violeta entre sus verdes hojas mientras que el corpulento y triste ombú continuaba en su desdeñosa inmovilidad por que solo los silbidos del pampero podían curvar su copa colosal.

A lo lejos volaban espantados los repugnantes chimangos, las blancas gaviotas iban graznando á es-

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conderse entre los huncos de la laguna, entremezclándose á los gritos de estos pájaros el agudo y fatídico chillido del chajá que atravesaba allá á lo lejos el desierto!.

Los relinchos de los potros, el bramar de los toros, los balidos tristes del cordero, el ladrar* de los perros y el galope seguro de los caballos resonando por el campo, todo anunciaba en fin del di% la terminación de los afanes del campesino que des* pues de un dia entero de fatiga se recoge á sus ranchos para gozar algunas horas de reposo y solaz en el hogar doméstico.

Aquel que no ha atravesado las verdes y desiertas llanuras de Buenos Aires, que no ha aspirado el agreste perfume de las flores que en el verano esmaltan sus campos, que no ha -visto las secas y parduzcas ramas del cardo elevar sus 'vástagos espinosos en el invierno; no puede comprender toda la poesia que encierran los cuadros de la vida del campo, en el Sud de América!.

En medio de una verde y dilatada llanura se elevaba á algunas leguas del ancho Paraná, la estancia de uno de los sicarios del tirano argentino. Esta casa hecha de cal y ladrillos cuyas habitaciones eran cómodas y regularmente amuebladas, era lo que se llama en el lenguaje del campo “una azotea”.

A su lado bien que un poco apartado se elevaban los ranchos, como una tradición viviente del origen primitivo de la estancia. Toda estancia tiene sus ranchos que forman los dos departamentos

esenciales de la casa. En primer lugar la cocina, que siempre es un rancho grande (el rancho, quiere decir una casa con las paredes hechas con algunos palos groseros cubiertos de barro y estiércol, y el techo de paja) en segundo lugar es el galpón.

La ramada es siempre cubierta pero no siempre tiene paredes. La ramada dá cabida de dia á algunos instrumentos de labranza, de noche es .el dormitorio general de los peones, menos el capataz que generalmente tiene su cuarto.

La cocina es un cuarto sin adornos de especie alguna — talvez una mesa donde amasan el pan casero que sirve para el gasto de la estancia; en el medio del suelo de esta es el lugar donde siempre arden trozos de leña habiendo alrededor algunas cabezas secas de animales, que sirven de asiento y en un rincón del cuarto están dos ó tres ollas de fierro con altos piés y los indispensables asadores, especies de barras de hierro para ensartar la carne del asado.

• En cuanto á la ramada, fuera de los instrumentos de labranza, nada mas hay en ella. Tanto el gaucho como el peón, su cama consiste en su recado ó como ellos llamaü apero, duerme vestido, y su cuchillo, su lazo, las bolas y el tirador, todo .queda con él dia y noche y mientras vive, faltarles estos aderezos, es faltarle un miembro de su cuerpo, un brazo, una pierna.

La estancia de que hablamos era rica y bien acondicionada, pero como no haremos mas que entreverla de lejos, sentada en su verde llanura, rodea-

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da de su indispensable plantación de duraznos, con su tambo, su tranquera y su palenque al frente y costados, no nos detendremos á examinarla mas.

La hora del descanso de las fatigas diurnas había pues llegado para el habitante del campo. Una vez llegados á las casas queda solo encerrar los ganados en sus respectivos corrales que son en tanto número y dimensión cuanto es necesario á los trabajos y riquezas lie la estancia; atar las vacas lecheras en el tambo, los caballos á soga con su cena en el palenque y cerrar la tranquera.

Una vez llenas estas últimas operaciones, el mate circula alegremente y después de una hora de reposo cada uno come con buen apetito un pedazo de asado y bebe una taza de caldo.

La noche era una de esas noches sin luna de cielo transparente y estrellado llena de poesía y de misterio.

Los habitantes de la estancia, sentados en círculo uno á la par de otro escuchaban en silencio aquel de entre sus compañeros que al compás de una melodiosa guitarra cantaba unas sentidas décimas de amor, verso sin pulimento hijo del corazón ó del dolor que los dictó, música tan selvática y sentida como las palabras, tristes y monótonas como el desierto.

El cantor había dado al viento la última frase de su canto y la mano apoyada con negligencia sobre su guitarra, parecía bajo la impresión de la música que acababa de ejecutar, sus compañeros en silencio parecían escucharle todavía. — De repente en

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medio del silencio resonó el eco fatídico del gallo.

Las nueve y media! dijo una mujer de la rueda— al mismo tiempo resonó á lo lejos el galope igual y mesurado de un caballo....

Oyes? preguntó uno de los peones al otro que estaba á su lado.

Es un caballo solo, dijo tomando la palabra el mas viejo del círculo.

Poco tardó el ladrido de los perros en anunciar que el pasajero que á aquella hora cruzaba por el campo se dirigía á la estancia misma; un relincho lejano, advirtió que su caballo reconocía la habitación, y los relinchos de los otros caballos le respondían dándole bienvenida, los perros reconociendo sin duda un amigo cesaron de ladrar y un minuto despue; un hombre á cabedlo pasaba en la tranquera. f

— Abrid; gritó el desconocido — traigo órdenes apresuradas y un despacho para el Sr. Juez de Paz; me manda S. E. el Ilustre Restaurador.

A esta palabra mágica, la tranquera se abrió y dió paso al ginete y su alazan.

El Juez de Paz, que era el dueño mismo de la estancia, salió en persona á recibirlo y haciéndolo entrar á la sala, cerró la puerta tras sí, quedando á solas con el enviado de su amo.