Los misterios del Plata · Unidad 7 de 30
Unidad 7 · CAPÍTULO VIL
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CAPÍTULO VIL
Los leñadores del Paraná
En medio de una ancha plaza formada por un claro del bosque, estaban reunidos el Juez de Paz del Baradero con su gente y el gaucho Miguel.
Divididos en diferentes grupos aquí y acullá, los gauchos se divertían jugando los naipes; otros conversaban á media voz entre los árboles, el Juez de Paz que siempre se encontraba preocupado con su dignidad, sin querer asociarse con nadie, se aburría á las mil maravillas. El pensativo Miguel, se entretenía puliendo varillas de álamos, pero era este entretenimiento un disfraz con que según su carácter observador, el procuraba siempre penetrar á los otros.
En medio de la plazuela, ardían fogones á cuyo alrededor se asaban frescos y gordos costillares de carne y en un pozo lleno de brazas se podía
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distinguir una cabeza de ternera con cuero, que se asaba también.
A la orilla del rio estaban diseminados tres ó cuatro hombres con sus hachas en la mano á guisa de quien se preparaba á cortar, leña, pero en lugar de trabajar como parecía su designio, estos hombres solo se ocupaban de conversar, y como sus palabras y pensamientos pueden dar á mis lectores una idea del pais donde pasan estos sucesos y' demostrar claramente verdades que están hoy casi desconocidas aunqué contemporáneas; nos entretendrenos oyendo la conversación de los fingidos leñadores.
— Ha visto señó Julián; — decía un moceton de unos 20 años á otro leñador, — que cosa tan sonza esta de estar aquí con el hacha en la mano, cuando no es' posible todavía comenzar el corte de leña, pues los árboles están aún hojosos.
El sujeto á quien iba dirigida esta alocución respondió.
— Y velai, tres dias que aquí estamos amolados con perdón de Vd. ño Simón, añadió dirigiéndose á aquel viejo que el lector recordará haber distinguido un instante la noche pasada en la estancia, que se describe en el primer capítulo de esta obra.
El viejo movió la cabeza con desdén y continuó con los ojos fijos en el agua corriente.
El otro prosigió:
— ¿No era mejor estar trabajando en la estancia ó asistir á la función del Pueblito á causa del papel que mandó el viejo? — Bien haya amigo San-
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tiago, ei hombre! Pucha que dende que el está de gobernante nosotros los campesinos es que estamo,s en el eandelero.
— Es verdad, contestó el que había dado principio á Ja conversación, y ahora si que nos respetan los puebleros; cajetillas del diablo! que antes ni por un demonio se querían poner chaqueta! aver que ahora andan de poncho y diz que el viejo va á dar orden para que mesmo en Buenos Aires anden tuitos de chiripá y calzoncillos! cosa linda ha de ser, ver á todos los tinterillos de gauchos!
Una risada general acogió esta salida, solo el viejo Simón estaba sério.
El mocetón animado por esta aprobación se dirigió al viejo.
— Apuesto que ño Simón no me oyó por es > se quedó mustio.
El viejo levantó lentamente la cabeza y miró á su interlocutor de pies á cabeza, como se dice vulgarmente; después dijo con calma:
— Te oí bien Santiago, ¿que hay con eso?
El otro replicó:
— Como no señó Simón.
— ¿De que?
— Pues no halla Vd. á gracia ver los cajetillas de poncho y chiripá!
— No! no me hace gracia eso porqué mira tú, si viniera un gobernante pueblero y quisiera mudar nuestro modo de vestir, á nosotros no nos había de acomodar, porqué dende chicos así nos
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enseñaron á vestir; pues lo que no quieras para tí, no quieras para tu prójimo.
— Sí, respondió Julián; pero los puebleros son unitarios y los unitarios no son nuestros prójimos porqué diz que el Papa los descomulgó.
Simón sacudió la cabeza con su desdén habitual.
Santiago añadió;
— Ño Simón, es medio amigo de los unitarios.
— Yo soy amigo de mis paisanos, respondió •el viejo.
— Si, pero los unitarios, ya ha dicho el viejo en su gaceta que no son argentinos.
— Si: — dijo Simón con amargura — son judíos! y los que peliaron sobre los Andes y entre los Andes, ¿que eran?
— Eran porteños!, dijo Santiago.
— Y Lavalle, Suarez, Diaz, Videla Olavarria! ¿que eran? Esos que llamas unitarios ¿que son?
— Si, ¿pero pa que son ahora enemigos de la Patria ?
— Y sin ellos, ¿tendrías vosotros Patria, hoy?
— Ah! dijo Julián, siempre que existiera el viejo,! Ninguno más patriota que él.
Simón descubrió su pecho cruzado de honrosas ■cicatrices y dijo: — Estos son recuerdos de la Independencia de la América y de la libertad del Uruguay! Desde 1810 hasta el año 28, no supe nunca lo que era descanso He conocido todos los gefes y sol-
dados del ejército de los Andes, he asistido á todas
las victorias y derrotas.... nunca vi en ellos al gobernador Rosas!
— ¿Y eso que quiere decir? preguntó Julián.
— Nada, dijo bruscamente Simón.
— Este señó Simón, continuó Santiago, es enemigo de la federación.... y hasta del viejo!!!
— No lo permita Dios! dijo Julián.
— ¿Por qué? preguntó el viejo, con sosiego.
— Por que
— Me matarían! continuó Simón. — ¿Que me importa vivir ó morir! Lo que yo deseaba nunca hedever!
— ¿Que deseaba Vd?
— Paz!!! respondió el anciano en voz grave. Si, cuando los españoles nos derrotaban en Cancha Rayada, ó huían ellos mismos en Suipacha, yo
hubiera sabido lo que habría de suceder mas tarde!
no enristraba ni una sola vez la lanza! ¿Para que? Para ver hoy matarse hermanos contra hermanos!
— Pues á mi no me importa nada de eso ! dijo Julián; gobierne el viejo y Iviva la Federación!
— Ah hijito el mozo federal!, dijeron los otros gauchos presentes en la contienda.
El viejo bajó la cabeza en silencio y ahogó un suspiro pronto á escaparse del fondo de su corazón ! Era un antiguo soldado de la Independencia, un guerrero de Mayo que había visto las carnicerías de Moquegua y de Forota, y había cantado el «Oid Mortales...»^) en la cuesta de Chacabuco y al Sol
0) “Oid mortales el grito sagrado” — del Himno Nacional. — (La Autora).
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de Ayacucho! Era Simún un pálido recuerdo de los hombres de entonces; había militado bajo los Balcarceces, hoy muertos en el destierro...! viejos paladines de la Libertad que huyendo del tirano, encontraron una tumba en la tierra extraña donde fueron á dejar sus restos á la sombra del insulto, por lo menos! (')
Simón había cargado mil veces lanza en ristre, á la voz mágica de Belgrano, y por fin lo había visto colocar en su féretro de gloria, envuelto en la Bandera Nacional! Había conocido al severo San Martin y visto á Bolivar!
Los colosos de la América, todos eran familiares á la memoria de Simón.
Todos estaban grabados con caractéres indelebles en su mente! ¡La cruz de Salta!... la cima de los Andes, el fragoso Perú, el ardiente Quito, las fértiles campiñas Orientales mas tarde, todos eran lugares que el veía sin cesar, poblado de sus héroes, de los patriotas y soldados de la Pátria!
El oscuro salvaje Rosas, cabecilla de ayer, que jamás aspiró el humo de la pólvora ni oyó el estridor de los aceros de la pelea, ¡solo le inspiraba horror y desprecio ! El, ¡ Rosas ! el profanador de los sagrados dogmas de Mayo, el perseguidor atroz de
(') En osla época do barbarie, han sido profanados hasta h>s sepulcros, y una tarde la mazorca quebró una porción de ellos, esparciendo los huesos porqué deoian ellos que eran de salvajes unitarios. — (La Autora ).
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la virtud y del talento, él que había clasificado de unitario á todo aquel que la riqueza ó el mérito favorecía!
La conversación continuo:
— Vea Vd., dijo Julián, que pasaba por el exaltado del pago, es preciso ser un unitario muy taimado para negar los bienes que el viejo ha hecho al país ahi está el decreto que mandó el otro día diciendo de que todo gaucho es hombre libre y puede ir á la votación y de ahi también que siempre que un federal neto precise de caballos, puede tomarlos, no importa la marca y aunque lo demande al Juez, diciendo que es para servicio de la santa causa no le hacen nada ¿ y que dice Vd. á esto nó Simón ?
— Digo, respondió el viejo, que para que vosotros fueseis hombres libres eligieseis por vosotros mismos las autoridades del país es que nosotros ios soldados de Mayo derramamos nuestra sangre. ¿ Qué cosa nueva viene á decir el gobernador?
Mire amigo, dijo Julián, mejor es no platicar del viejo porque Vd. me hace calentar!
Y esto diciendo empezó á acariciar el cabo de su puñal.
Simón sin hacer caso de su amenaza continuó:
Que estamos nosotros haciendo aquí?
— Eso es lo que digo vó, interrumpió Santiago, qué diablos hacemos aquí nosotros?
— Estamos aquí por mandato del viejo, ó el Juez nos quiere apacentar seriamente?
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— El misterio no tardará en reventar, dijo Simón, sacudiendo la cabeza como quien está convencido de que Rosas no daba un solo punto sin nudo, como dice el refrán.
En aquel momento salía de detrás de una isla la proa de la balandra Constitución que las vueltas del Río y las islas que en el medio de él surjían, habían impedido ver hasta entonces.
— Barco! grito uno de los hombres que estaba en la orilla; y Julián á esta voz desapareció detrás de los árboles y entrando en la plazuela se acercó al oido del Juez de Paz, y después de decirle algunas palabras secretas, volvió á su puesto no sin que esta maniobra fuese percibida por Simón; así cuando Julián volvió sus ojos se encontraron con los del viejo, y por uno de aquellos movimientos internos espontáneos, cada uno de ellos sintió que enfrentaba su enemigo. Por que el odio como el amor tiene sus instantes únicos en la vida, instantes en que es irresistible la impresión que recibimos y en que una muda pero tácita revelación tiene lugar.