Los trabajadores de Tierra Caliente : (reminiscencias) · Sección preliminar
Preliminares
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 3 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
LOS TRABAJADORES
TIERRA CALIENTE
(REMINISCEIÍCIAS)
P^OR MEDARDO RIVAS
BOGOTA
IMPRfc-NTA Y LIBRKRÍA DE M. RIVAS
'«99
<V^' -
í‘:
,£>(? G...vv^.<UL^ Xoo
■'^ ■
A los mártires desconocidos del trabajo.
A los infelices jornaleros que murieron, ignorados de todos, en la obra de la civilización.
A los cosecheros de Guataquicito.
• ¿ O
CAPITULO I
Monte de La Mesa. — D. Pastor Ospina. — Pedro María París.— Lino Peña. — Tena. — Una novela. Camino á La Mesa. — Benigno Guarnizo. — Juancho Cantillo.
T J A sabana en donde esfeá situada la ciudad de Bogotá, capital de Colombia, llamada por los conquistadores, deslumbrados por su belleza. El Valle de los Alcázares, á una altura de 2,600 metros sobre el nivel del mar, de clima frío (15 grados del centígrado) y de fertilidad asombrosa, está rodeada de montañas que parecen ser límite entre la tierra y el cielo, y sólo tiene para descender á los climas ardientes cuatro gargantas, abiertas en las inmensas cordilleras, á saber : una al Occidente, que se llama del Aserradero; otra al Sur, para bajar al valle de Fusagasugá; otra al Nordeste, para ir al pueblo do La Vega, y la del Suroeste, que es la que permite el camino que conduce á La Mesa, Anapoima, Tocai-* ma y termina en Girardot sobre el río Magdalena^ La Boca del Monte es como se designa el
punto donde termina la sabana y principm el descenso de la cordillera, descenso tan vertical que al pie mismo de la entrada se ve el camino que hay que recorrer, y á lo lejos se divisa, dominándolo, un vasto y hermoso horizonte iluminado por el sol de la tierra caliente, cuyos reflejos deslumbran y que da á las cordilleras un brillo ó fllete de oro encantador, y á los valles un tinte azul de suprema belleza para el que de lejos lo contempla.
Desde la Boca del Monte se ve de cerca el camino entre verdes colinas, por donde van y vienen las recuas de muías cargad¿is de sal las que descienden, de miel las que suben ; y se oyen los gritos de los arrieros que las animan y las guían. Más lejos se contempla el valle de Tena, de un verde oscuro, como las esmeraldas de Muzo; á más distancia se divisan infinidad de cerros que se extienden, se cruzan y se pierden en la inmensidad ; después la cordillera igual y plana de La Mesa, en donde está edificada la coqueta villa, entre naranjos, rojos y rosales. A la izquierda, el cultivado valle del Bogotá, cubierto de cañaverales y praderas ; más lejos la cuenca del Apulo, donde pastan millares de reses; y después el valle donde debe estar el Magdalena, y aún más allá,, la elevada Cordillera central que confunde con el cielo sus picos nevados y sus simas misteriosas.
Vamos á contar quiénes fueron los titanes que
abatieron las selvas primitivas que cubrían esas regiones hasta hace pocos años; los que llevaron allí el cultivo, la riqueza y la civilización; los que por esto merecen un recuerdo de la posteridad, más bien que aquellos hombres á quienes las leyes han cubierto de honores, y que no hicieron más que oprimir al pueblo ó ensangrentar el suelo de la patria.
No hace muchos años que la Boca del Blonte era un lugar misterioso, envuelto en niebla y que parecía la boca de un monstruo, arrojando vaho de sus profundas entrañas. Dos enormes piedras servían como de puerta de entrada, y en ellas había infinidad de cruces que los viajeros que salían del monte con felicidad, colocaban allí en señal do gratitud y de triunfo. La niebla espesa que siempre allí reinaba, impedía ver el sendero por donde se iba á bajar, y los árboles gigantescos que formaban un bosque espeso, limitaban por todas partes el horizonte. Unas escaleras de piedra, de las cuales aún quedan restos, era el camino por donde debía bajarse al abismo que á los pies del viajero se abría aterrador; y después un sendero estrecho, fangoso, teniendo á uno y otro lado un bosque sombrío, lleno de peligros, se extendía por más de una legua, hasta llegar u la otra Boca del Monte ó de Tenasucá, en donde nuevas cruces avisaban al viajero que se había concluido el monte, sin que por esto el bosque 'fuera menos espeso ni hubieran desaparecido los
— 4 —
peligros, ni fueran mejores las condiciones del camino.
La niebla lo envolvía todo con velo impenetrable, llovía constantemente, y había que pararse, con frecuencia, en el lugar más ancho que se encontrara en el estrecho y fangoso sendero, á fin de dejar pasar la solitaria recua de un arriero, que desde lejos se anunciaba con gritos que en mil ecos repercutían las montañas. No había más que una casa pajiza en dónde refugiarse en tan larga distancia; y la Cueva de San Antonio^ en medio del bosque espeso, sorprendía de improviso al viajero viéndola siempre alumbrada por bujías que los piadosos transeúntes ofrecían al santo cuya sombra allí se divisa, para que aquél los sacase con bien en tan difícil tránsito.
Ordinariamente se gastaba una hora en atra” vesar el monte descendiendo, y dos ascendiendo; y al encontrarse los viajeros se daban noticia de los peligros que había, y de cómo podían evitarlos.
Yá iba en la mitad el siglo xix, y se habían sucedido muchos mandatarios en el gobierno, satisfechos todos de haber hecho la felicidad del país, y el monte era un sitio de espanto y de peligro, cuando fue nombrado Gobernador de la Provincia de Bogotá el doctor Pastor Ospina, quien cumpliendo con su deber vino á hacer una visita al lejano Cantón de
La Mesa, y tavo, por lo mismo, que atravesar el misterioso de donde apenas pudo salir con
vida, de regreso á la capital.
Entonces concibió un gran plan: trajo de Bogo« tá el presidio, se lo encargó al señor Lino Peña para que lo hiciera trabajar; y se empezó la obra de los gigantes, no escalando el cielo sino haciendo temblar la tierra con el estallido de las enormes piedras cuyos pedazos, al reventar, con minas de pólvora, volaban por el aire, mientras que los gí andes árboles caían abatidos á los golpes del hacha civilizadora, y un trabajo de zapa aplanaba la cordillera, ensanchaba el sendero y despejaba el horizonte.
Atravesar entonces la sombría montaña era , como ver realizado un sueño de Hoffman, ó asistir en persona á las escenas fantásticas y tenebrosas que los poetas imaginan para impresionar con todo lo desconocido y misterioso.
En medio de la oscuridad y envuelto en la niebla que al rededor de su cabeza formaba una especie de limbo, un hombre barbudo se presentaba de repente, con una hacha amenazadora, y desfilaba silencioso, como si aguardase la orden de herir al insensato que había osado entrar á esas regiones, para sorprender sus misterios ó descubrir las maquinaciones.
En lo alto, cuatro titanes hacen esfuerzos para arrojar una inmensa roca sobre el aterrado viajero
— 6 —
y sepultar para siempre, en medio de la montaña, su atreyirniento y su imprudencia.
Una mina estalla, se ve la luz, se oye el estampido, y un abismo horrible se abre á los pies del incauto viajero.
Cuanto existía desde el principio del mundo : la montaña abrupta, la selva sombría, los árboles gigantescos, todo tiembla, se estremece con un fragor terrible.
Y en medio de este terremoto, da este juicio final, se ve una cuadrilla de hombres de mirada feroz, que juran, ríen y gritan, y cuya algazara incesante se confunde con los abullidos de las bestias salvajes que aterradas huyen, con los graznidos de las pájaros que se van dejando sus hijuelos y con el ruido de las cascadas que de la montaña se desprenden.
Jamás se había emprendido en el país obra más grande, más audaz y más útil. Una enorme piedra que había quedado en un perímetro enfrente á las casas del Curuvital como sagrado recuerdo de esta obra, tenía una inscripción en honor del señor Pastor Ospina. Haber despedazado esta piedra y borrado la inscripción, ha sido un sacrilegio.
Abierto el camino, en cuya obra se empleó más de un año, descuajada la montaña, quitado el misterio aterrador del monte, vióse que á uno y otro lado había terrenos que podían aprovecharse, y el señor Julián
Gutiérrez, comerciante honrado de La Mesa, hizo rozar los árboles de la derecha y fundó la hacienda de Ofatilíy, cuyas verdes praderas divisa hoy el viajero.
En Tenasucá había una posada pajiza al rededor de la cual un ll.anito verde, donde crecían borracheros de flor colorada y gigantescas palmas de heléchos, formaba una especie de oasis, donde el viajero descansaba dichoso. En esta posada se recibía á los transeúntes siempre con el mayor cariño y atención, y se les tributaban toda especie de cuidados por su dueño, que era una señora Rosita, quien á los pocos momentos les preguntaba llorando, si por casualidad habían encontrado en el tránsito ó habían visto en los lugares de donde venían, una niña hermosa, que era su hija, y que se le había perdido.
Según ella contaba, una mañana mientras ella despachaba en la tienda, la niña, alegre había salido á jugar al llanito, vestida de una camisa escotada con arandelas bordadas de negro, descalza y con enaguas de bayeta rosada. La madre, atendiendo á sus quehaceres, se había descuidado, y á la hora de almuerzo la niña yá no parecía. En vano la buscaron en el monte vecino y mandaron por el camino á hacer averiguaciones.
Los años pasaban y la señera Rosita preguntaba siempre á los viajeros j)or su niña, sin pensar que la nina debía ser yá una mujer, y que por las señas que ella daba era imposible reconocerla.
Yá hacía mucho tiempo que esto había sucedido cuando el ruido de unas fiestas públicas en La Mesa atrajeron a la señora Rosita, á pesar de sus lágrimas y de sus recuerdos, y una noche fue llevada al teatro, donde se daba una función de maroma por una companía de norteamericanos.
Una joven esbelta, graciosa, morena y de precio, sos dientes se presentó ante el público, le hizo una cortesía y subió á la cuerda tesa, en donde hizo pro» digios de habilidad y de equilibrio. La señora Rosita en la mirada de esta mujer, en la sonrisa, ó en algo que tocó su corazón, reconoció á su hija, y desde el sitio en donde estaba la gritaba por su antiguo nombre.
La autoridad intervino. Se averiguó que en efecto era la misma niña robada; pero ella, educada por , aventureros, llevando una vida libre, y apasionada por su arte, ni reconoció á su madre ni quiso volver á su hogar, y siguió feliz en la compañía de maromeros.
El camino de Tenasucá á Tena era el primitivo sendero de los indios que subían á todas las alturas y bajaban de todas las eminencias, atravesando el mismo riachuelo más de diez veces; sendero dañado por el frecuente tránsito, y en donde las muías habían hecho con el uniforme paso, candcleros ú hoyos y almohadillas, de donde salían á saltos, y haciendo grandes esfuerzos, cayendo rendidas á cada paso,
— 9 —
muriendo muchas de fatiga, dejando el zancarrón en medio de la senda, ó ahogándose entre el lodo con su carga de miel.
La jornada de un día era la de la Boca del Monte á Tena, pequeño caserío levantado en la hacienda de este nombre, y que era la primera tierra caliente que se encontraba, sorprendiendo al viajero del interior las matas de plátano, los árboles de guayaba y los naranjos cubiertos de azahares y de frutas, que por primera vez contemplaba.
El camino que hoy existe, casi plano, evitando el ascenso y descenso de las diversas cordilleras que hay entre Tenasucá y Tena, y llevando la orilla izquierda del riachuelo, que antes se atravesaba diversas ocasiones, lo trazó por en medio de la selva espesa, y valiéndose de las reglas y de los instrumentos de la ciencia, el señor Pedro María París, ingeniero civil, hijo del General Joaquín París, de quien fue Ayudante general en la campaña de 1854, y sobrino del benéfico ciudadano José Ignacio Par's, quien erigió la estatua de Bolívar en Bogotá. Abrió primero una angosta brecha, y la construyó después sólida y ampliamente. Este ingeniero abrió también una parte de camino del Quindío y acompaño al ingeniero Poncé á trazar e! camino de Siete Vueltas, que de orden del General Mosquera se intentó abrir al Magdalena, y que hoy es propiedad del señor Liévano.
— 10 —
Admira cómo el señor París lia vivido relativamente pobre, habiendo abierto un verdadero camino real importantísimo, mientras que otros ingenieros se han hecho tan ricos con caminos imaginarios.
La hoy valiosa hacienda de Tena había sido en tiempo de los españoles de un D. Clemente Alguacil, Rematador y proveedor de los aguardientes que se consumían en la antigua Provincia de Santa Fe, quien residía en ella, y tenía la hospitalaria costumbre de llevar á su casa á todos los viajeros que por allí pasaban, detenerlos por dos ó tres días para que se repusieran de las fatigas del viaje, y obsequiarlos generosamente.
Después pasó esta hacienda al poder del Coronel Briceño, esposo de la hermana del General Santander, de quien se cuenta que de Presidente de la República pasó á ser Alcalde de Tena, desempeñando este cargo coa la misma honradez, sabiduría y prudencia con que había desempeñado el primero.
Muerto el Coronel Briceño, la hacienda estaba arruinada, las casas caídas, y todo presentaba un aspecto de abandono y de desolación, en la época á que nos referimos, que infundía profunda tristeza;
— 11 —
ÜN A NOVELA
Había entonces, en la vera del camino, á la derecha, antes de llegar á la plazoleta en donde está situada la iglesia y el pueblo de Tena, sobre una pequeña eminencia, una casa arruinada, cuyos muros estaban cubiertos por las lianas que crecen rápidamente en tierra caliente ; los espaciosos patios empedrados, llenos yá de escobo y de maleza; y lo que habría sido la portada, formada por enormes piedras, derruida entonces, presentaba como un arco de verdura, esmaltado por flores de batatilla, formando todo un paisaje melancólico y poético.
Allí había pasado un drama á fines del siglo xvu, el cual vamos á referir.
El pneblecito de Tena se componía entonces de un grupo de chozas pajizas de indios reducidos, pero indolentes y perezosos, que se limitaban á sembrar lo absolutamente necesario para vivir, al redor de una iglesia sencilla y humilde; y en la cual el venerable sacerdote, que era cura, los reunía con frecuencia para enseñarles la doctrina, obligándolos á asistir todos los domingos á la misa.
La hacienda se componía de Ja gran casa que se veía arruinada yá, pero que antes presentaba un aspecto imponente, levantándose airosa y elegante en medio de un bosque de naranjos y otros
árboles frutales, y reflejando sus blancos muros de piedra, y rojos tejados, al brillante sol de la tierra caliente.
Había una enramada pajiza, en la cual crujía eternamente un trapiche de madera, movido por mulas. De éstas unas cincuenta estaban alrededor de la ramada, comían el bagazo de la caña y esperaban servicio. Y la hacienda era servida por una cuadrilla de esclavos, muchos de los cuales eran congos recientemente importados de Africa, y otros, aunque nacidos en el país, conservaban las costumbres africanas de sus padres. Iban casi desnudos, y en sacando su tarea en el trapiche, se tendían en anchas hamacas á fumar tabaco ó á dormir indolentes,
A la cuadrilla había pertenecido antes un mulato, nacido esclavo por ser hijo de negra, pero este mulato, á fuerza de constancia, de trabajo y de audacia, había reunido con qué comprar su libertad; y libre ya, se había retirado á vivir solo en el fondo de las selvas que cubrían el otro lado del río Bogotá, y de cuándo en cuándo aparecía en el pueblecito de Tena, sin que nadie supiera por dónde había vadeado el río. Venía siempre armado de un largo cuchillo de monte.
En torno de la pequeña población sólo había selvas espesas, impenetrables y sombrías; y á lo lejos se oía el ruido del fragoroso Bogotá, que en inmenso torbellino y con olas agitadas corría entre
=-13 —
enormes piedras; y apenas los más audaces de los vecinos se atrevían á llegar Irasta su orilla, pero sin que nadie osase pasar al otro lado.
La hacienda pertenecía al señor Elisechea, padre de una familia numerosa, de la cual Lucía érala hija mayor, y como tal la preferida, concentrando en ella el padre, su amor, su porvenir y su esperanza. Ella, criada en medio de las selvas, tenía un carácter entusiasta, independiente y medio salvaje, pero era sumisa y amante con su padre; y la familia toda formaba un núcleo encantador de pocos afectos y de costumbres sencillas. Nada alteraba la soledad de esas regiones ni turbaba la tranquilidad y el sosiego de esta familia. Los años pasaban, Lucía era cada día más hermosa, y la vida para ellos era dulce y feliz, en ese clima encantador y bajo ese cielo azul que todo lo embellece.
De cuándo en cuándo algún viajero que iba de Santa Fe para el Magdalena, atravesaba por el camino de Tena, y si por casualidad el padre estaba en el corredor de su casa, lo invitaba á entrar y le pedían los de la familia noticias de Santa Fe, que venían todos á oír, rodeando al viajero. Esto era cuanto llegaba á Tena del ruido del mundo, y cuanto Lucía sabía de él, sin embargo de que en sus sueños de joven se lo imaginaba magnífico y deslumbrador.
Conocióla y enamoróse de ella un joven Doronzoro, hijo del dueño de la cercana hacienda de Doi-
ma y Lucía le correspondió, entablándose entre Í6s dos unos sabrosísimos amores.
Acabadas las tareas en el trapiche de Doima, Doronzoro montaba en su muía y atravesaba, yá de noche, la sombría montaña y el estrecho sendero que entonces era el camino real, y cuando de lejos, al dominar la cordillera, veía la luz que en una de las ventanas de la casa de Lucía reflejaba, su corazón palpitaba de emociones, y lleno de esperanzas apresuraba el paso de su muía para llegar más pronta adonde lo aguardaba su hermosa prometida.
Ella pasaba el día soñando con sus amores, y, al anochecer, se vestía con un traje blanco, ceñida la cintura con una cinta, y trenzada su blonda y larga cabellera. Encendía una luz y la colocaba en donde él la pudiera divisar de lejos, y llena de amor y de ansiedad esperaba su llegada.
¡ Qué de pláticas amorosas en el ancho corredor que había en la casa, que dominaba el camino y al cual llegaban los sordos ruidos de la selva en la noche y los perfumes de que estaba impregnada la atmósfera, j Cuántos castillos aéreos, fantásticos, hermosos, levantados en el porvenir por sus cerebros juveniles ! ¡ Qué de sueños dorados y de esperanzas color de rosa !
Los dos enamorados platicaban sabroso hasta las diez de la noche, hora en que la familia acostun> braba retirarse, y en la cual él, tomando su muía.
volvía á i’ecorreu el camino que pocas horas antes liabía pasado lleno de ilusiones.
En una de estas noches en que el joven volvía á su morada, socó en medio de la selva un tiro, vióse una llamarada, y la muía espantada y jadeante, al escape, condujo á su amo a la casa de la familia. La muía apareció con tres pequeñas heridas, como de balines de un trabuco, pero al joven nada le había pasado.
Hicieronse las mayores investigaciones. El AL calde de Tena tomó vivo interes en descubrir al autor de ese atentado; pero todo fue inútil, pues en el pueblo nadie poseía un arma de fuego; y por otra parte, el joven Doronzoro no tenía enemigo ninguno, y nadie podía explicarse, por lo mismo, el motivo de esta alevosía.
El tiempo fijado para el matrimonio llegó. Las dos "familias hicieron para celebrarlo costosos preparativos. Se mandó á Santa Fe por todo lo necesarios para que la ceremonia tuviese lugar con la mayor solemnidad. Hubo convidados de La Mesa de Juan Díaz y sus alrededores, de Tocaima;y hasta de Santa Fe vinieron los parientes de la novia, que eran de las primeras familias de la ciudad.
Un domingo el pueblecito de Tena iluminado por un sol magnífico y brillante, aparecía como ataviado para una fiesta de Corpus.
En las chozas de los indios había colgadas ramas
— 16 —
de palmas de cuesco ; y la cuadrilla de negros desplegada desde la iglesia hasta la casa de habitacióti, teniendo cada uno de ellos, hombres y mujeres, un ramo de flores silvestres, formaba una calle por en medio de la cual debía pasar la novia á recibir la bendición.
Hubo en la iglesia una misa solemne, cual nunca se había oído en esas regiones, pues habían traído de la capital una buena orquesta; y en aquel país agreste, y rodeado de selvas, los cánticos místicos y la música sagrada producían un efecto maravilloso sobre la multitud.
Concluida la ceremonia, la boda salió de la iglesia para la casa, en una especie de procesión, precedida por los novios y seguida de todos los convidados, quienes habían llevado sus vestidos de la corte; las mujeres con trajes de brocato y grano de oro y plata, que luc'an magníficos á los reflejos del sol; y los hombres con grandes casacas de color, chalecos bordados con piedras preciosas y calzón corto hasta la rodilla, formando todos un abigarrado conjunto del mayor lucimiento.
Lucía, del brazo de su esposo, apoyándose fuertemente como para sentir bien que en efecto le pertenecía, iba más pálida que siempre. Sus grandes ojos, lánguidos, serenos, estaban humedecidos por las lágrimas; pero su boca sonreía felizmente, y enviaba á todos los que la saludaban una palabra de cariño*
-17 —
Eran Ms doce del día, el sol radiaba suntuoso en medio de un cielo despejado y sin nubes; los árboles del camino, de un verde brillante, movidos por una blanda brisa, parecía que se inclinaban para saludar á la feliz pareja; los negros de la cuadrilla con mil gestos y posturas originales, le manifestaban á su ama el amor que le tehían y el regocijo que sentían, y los indios ibau atrás del cortejo echando voladores y tocando tambor y chirimía.
El día se pasó en fiestas, bailes, cantos y refrescos; y la imaginación se representa aún á las parejas danzando en los hoy derruidos salones; á los hombres alegres, bebiendo el buen vino de España; y á los amantes buscando los sitios misteriosos para cambiar sus caricias y hacerse confidencias.
Al anochecer los convidados empezaron á despedirse. Las muías que los habían conducido fueron traídas al frente de la casa y hacían un grande alboroto, y damas y caballeros montaron para irse. Las amigas le daban un estrecho abrazo á Lucía y los ancianos la bendecían con ternura. Doronzoro, ayudando á montar á las señoras y despidiéndose de sus amigos, en medio del bullicio que hacían las cabalgaduras impacientes por salir, de los gritos de adiós que daban todos, y de los abrazos de los padres, parecía multiplicarse, atendiendo á todos y á todo, cumpliendo así con los deberes sociales.
Cuando volvió al salón donde estaba Lucía, la
^18—,
llama, la busca, interroga á todos por ella. Todo inútil. ¡Lucía había desaparecido !
Mientras que reinaba el bullicio y la algazara de la despedida, aprovechando un momento en que ella atravesaba sola el espacioso corredor, el mulato se lanzo sobre ella, la arrebató, le tapó la boca y montando precipitadamente en una briosa muía, partió con ella por enmedio de las selvas agrestes y desconocidas. Lucía aterrada, sorprendida, absorta, sin saber lo que le pasaba, cayó en un lánguido desmayo, y como leve carga se dejó llevar sin poner obstáculo ni hacer resistencia. El mulato, llevándola adelante de la montura, con un cuidado y un esmero extraordinarios, caminó muchas horas por enmedio de la mouta-^ ña y por senderos que sólo él conocía. Sería media noche cuando llegó á la orilla del río Bogotá, que bramaba impetuoso y terrible, porque estaba crecido^ y sus ondas eran grandes cataratas que caían con un ruido siniestro y aterrador.
La luna brillaba en Occidente con una luz plácida y serena, y sus rayos, que al través de las ramas de los inmensos árboles pasaban, daban al paisaje un aspecto melancólico y triste, é iluminaban la cara pálida y yerta de Lucía, á quien el mulato, al llegar á la orilla del río, había depositado sobre un lecho de verdura.
El mulato quitó el freno á la muía, echó los es-^ tribos sobre la montura, la condujo de cabestro hasta
la orilla y le dio una palmada en el anca. La muía olió el agua, dio un fuerte resoplido, intentó resistirse, pero forzada por su amo, dio un gran salto y se lanzó al río á luchar con las olas embrabecidas para ganar el otro lado.
Desde mucho tiempo antes el mulato á fuerza de trabajo, constancia y maña, había logrado poner de la una orilla cá la otra del río, atada á las ramas de los más gruesos árboles, una cuerda formada de rejos y de bejucos, y de la cual estaba suspendida una barbacoa ó cama, hecha de cafíabrava, por medio de un gancho que pasaba sobre la cuerda. Esta iaravita le servía, con frecuencia, para venir al pueblo do Tena;, y él mismo la manejaba, sentándose en la barbacoa y cogiendo el rejo con las manos, la impulsaba con un esfuerzo inaudito.
Esa noche tomó á Lucía en los brazos, subió por el tronco del árbol, al cual estaba atado el rejo de la taravita^ la acostó en la barbacoa cuidadosamente; y luego, de pie en la misma barbacoa, le dio un empu» je formidable, y empezó la difícil travesía.
Cuando aún no había llegado a la mitad del río,, pero muy distante yá de la orilla para poder regresar, se sintió cansado, mas hizo un nuevo esfuerzo y la barbacoa adelantó algunas varas. De repente se siente desfallecer; no puede yá permanecer de pie, los brazos rendidos aflojaron la cuerda que lo sostenía, y el mu. lato se fue al abismo por donde corría el río amenaza-
— 20 —
dor y terrible, lanzando nn grito espantoso, mezcla de dolor, de rabia y de desesperación.
La noche en la casa de la hacienda había sido de ansiedad y de angustia. Se mandaron postas en todas direcciones, en solicitud de alguna noticia sobre el paradero de Lucía. Los criados exploraban todos los alrededores, y la cuadrilla de negros, puesta en movimiento, hacía investigaciones y buscaba por todas partes.
La madre, inconsolable, lloraba creyéndola para siempre perdida y quizás muerta. El padre raelancólico, sombrío, callado, trataba de descifrar este misterio espantoso, [)ero en vano. Doronzoro anhelante loco, desesperado, iba de un punto á otro, corría en todas direcciones, sin conciencia de lo que hacía; lanzaba gritos aterradores y terribles al aire, ó llamaba á Lucía con acento tierno y dulce, como si ella lo escuchara y pudiera venir á sus súplicas.
Yá al amanecer un negro de la cuadrilla descu^ brió las pisadas de una bestia impresas en el fango de un sendero estrecho y desconocido; y tomando á Doronzoro de la mano lo llevó con él, dándole algunas esperanzas. Tras ellos siguieron el padre, todos los criados y los negros de la hacienda.
Caminaron muchas horas, siguiendo siempre las huellas impresas en el lodo. En un lugar estrecho encontraron prendido de la rama de un árbol un jirón del velo de la novia, y esto animó sus esperanzas, y
— 21 —
redoblaron la carrera con la ilusión de encontrarla^
Era yá bien claro el día cuando Doronzoro y el negro, llegaron los primeros, á la orilla del río, que reflejaba como con ondas ce diamante á los rayos deí sol que brillaba magnífico en Oriente. ¡ Qué visión se presentó delante de Doronzoro!
En medio del éter impalpable y luminoso, suspendida como por milagro en el aire, sobre el abismo, vio á Lucía arrodillada en la barbacoa, risueña, y enviándole besos.
Pero ay ! él no podía llegar basta donde ella estaba, arrancarla al peligro, quitarla del abismo y estrecharla entre sus brazo?!
Intentó varias veces lanzarse al río y con esfuerzo inaudito pararse en la mitad y recibir en sus brazos á Lucía, si acaso se caía. Otras veces se imaginaba poder llegar hasta ella, caminando sobre la cuerda y sosteniéndose en los gajos de los árboles que caían sobre el río; pero viendo todos sus esfuerzos inúti'es, se limitó á hacerle señas á Lucía para (jue estuviese tranquila mientrns se tomaba alguna providencia.
Entre tanto el padre y todos los criados llegaron, y con una calma que á Doronzoro desesperaba, formaron Una cadena de hombres que sosteniéndose unos de los otros, pudo llegar el último hasta una piedra que había en medio del río y que no estaba cubierta por las ondas. Sobre los hombros de cate so encaramó •un jjegrito que pudo atar una cuerda á uno de los es-
— 22-^
'tretnos de la ¿aravita, y tirando todos de esta cuerda, lúe arrastrada la barbacoa lentamente. Y como Venus, por encima de las ondas, Lucía llegó á la orilla, sana y salva, entre los transportes de amor de su esposo, los de ternura de su padre y los gritos de alegría de la multitud.
Pero ay ! en el beso de supremo amor que á su novio le dio, se fue la vida que hasta entonces la había sostenido; se fue su alma candorosa y amante, se fue su razón comprimida por tantas horas de angustia y de peligros, y cayendo como aletargada en los brazos de su amante, al despertar yá estaba demente; y así duró por muchos años, vagando por los caminos é internándose en la floresta.
A su muerte, que no fue muy lejana, los padres abandonaron, llenos de dolor, los sitios en donde habían vivido tantos años felices; la hacienda decayó, y la casa empujada por los años se veía derruida á la orilla del camino.
La hacienda de Tena, del poder de las hijas del Coronel Bricefío pasó al del doctor Francisco Javier Zaldúa, abogado distinguido de Bogotá, quien sólo iba allí como á temperar; sus inmensos terrenos permanecieron per mucho tiempo incultos, y ni él ni nadie preveía el inmenso valor que después adquirieron.
Compraron la hacienda los señores Julio y Pablo Barriga, verdaderos plantadores de la industria y de
— 2¡3' —
la civilización y del progreso (los mismos fundadoresde la Ferrería de La Pradera); dividieron la tierra en pequeños predios que arrendaron, de modo que hoy en cada colina se ve una habitación y en cada valle un cortijo; sembraron de caña la fértil vega que da al Bogotá; establecieron un ingenio movido por agua, que devora las cañas ccmo un monstruo insaciable y voraz; y fundaron en la parte alta de la hacienda un cafetal con medio millón de árboles que yá producen frutos.
Del poder de los señores Barrigas pasó la hacien** da al del seiior Alejandro ürdaneta; y muerto este caballero, se dividió la hacienda entre la señora, su viuda, y los señores Fould Fréres, de París; y cada una de las partes de ella da una renta como la de un Nabab de la India.
La situación de Tena es encantadora. Está en medio de colinas verdes que semejan cojines de terciopelo, y la suavidad del clima convida, como el de Italia, al amor, á la voluptuosidad y á la poesía. Las flores de hatatilla, los rojos chochos, el agrás, crecen espontáneamente y esmaltan la pradera. Enhiestas guaduas se mecen elegantes, al compás de una brisa perfumada, y un arroyo que de la alta sierra se desprende, atraviesa la alegre aldea y la llena de ruidos.
Hoy, además do las casas pajizas que forman la población, está la casa de teja de la hacienda, que esgrande, cómoda y hermosa; y el señor Carlos Podrí-
— 24 —
guez ha coDstrnído una hermosa quinta que pudiera rivalizar con las famosas villas de Nisa ó Montecarlo.
Débese el camino que hoy existe de Tena á La Mesa á una junta que se reunió en esta ciudad (y con dolor omitimos los nombres de sus miembros por ignorarlos), presidida por el doctor Benigno Guarnizo, y auxiliada por el Gobernador, con fondos de la provincia.
El doctor Benigno Güaiinizo nació en la ciudad de La Mesa, en el depaitamento de Cundinamarca, y muy joven aún vino á Bogc'tá, cruzó la beca blanca del Colegio del Rosario y adquirió el amor á la libertad que parece innato en todos sus hijos, y que es engendrado por la dignidad é indepen<lencia personal que allí se adquirían y por la práctica del gobierno propio en que desde temprano se tomaba parte, coniforme á las instituciones que lo regían. Decía, á propósito de este Colegio, en el Senado, el doctor J. A. Pardo, defendiendo su autonomía: C(E1 día en que el rey de España aprobó aquellas instituciones firmó la independencia de la Colonia.» Y es sin duda por esto por lo que siempre se le ha mirado de reojo por los amigos del poder absoluto; y per lo que ha sido atacado y destruido ó arrebatado por Morillo el Pacificador en 1816; por Mosquera cuando fue dictador y por todo gobierno absolutista.
Allí estudió Guarnizo Filosofía y Derecho, se graduó de doctor en la XJnivereidad Nacional, y obtu-
— 25 --
70 el título de abogado da los Tribuuales de la República. Esta ha sido la carrera de todos los jóvenes decentes en el país por un largo período de tiempo; pero el empleo que han hecho después de sus títulos y de su ilustración, ha sido en todos muy diferente. Unos, al volver do la Universidad á su país natal, han fundado aristocracias ridiculas y héchose reconocer como los grandes hombres de su tierra, favoreciendo y viviendo de las imposiciones sobre el pueblo, de contribuciones abrumantes y de los monopolios exclusivos. Otros, abusando de su saber, han explotado la ignorancia general del país. Rábulas odiosos han caído como buitres sobre la herencia de la viuda y el dinero del huérfano; han fundado tribunales propios, donde la justicia se ha vendido en pública subasta; y hasta han organizado partidos que poco se preocupaban de las ideas, de los principios y de la República, sino sólo de la riqueza de cada uno de sus miembros. Por último, otros, y éstos han sido muy pocos, han devuelto'á la sociedad en servicios los dones de ciencia y de virtud que ella les dio, y se han dado á servir al pueblo donde nacieron.
De estos últimos fue el doctor Guarnizo, quien, en la esfera que le tocó, como Alcalde de La Mesa, Síndico, Concejero, Diputado á las Asambleas de la Provincia de Bogotá, Representante al Congreso en varios períodos, Fiscal del Tribunal de Cundinamarca,
y Gobernador de la Provincia de Tequendama, y en Q
todos los puestos que ocupó, en todos los actos- de- su^ vida privada, y en todas las ocasiones que se le presentaron, mostróse liberal, despreocupado y demócrata.
Cuando el partido liberal vino al poder en 1849^ la República entera se estremeció llena de temor, de esperanzas y de alegría, como la mujer que siente palpitar en su seno el fruto de un legítimo amor, que pronto va á venir, y que siente los dolores del alum-- bramiento y la infinita dicha de ser madre. En esa. época, en que apenas había un presentimiento de los destinos á que estaba llamado aquel partido, en el cerebro de algunos jóvenes bullía el germen de las grandes ideas, y en algunos pechos generosos el impulso que lleva á las nobles acciones, y- en todos el entusiasmo irreflexivo que apasiona á las multitudes y. las pone del lado de la causa deL bien, para que triunfe; en aquella época memorable en que se emancipó la iglesia, se derribó el cadalso, se- libertó á los negros, se fundó la justicia, se establecieron escuelas, se abolió el diezmo, se eliminó el ejército, se dio libertad absoluta al pensamiento, á la palabra y á la. prensa, sedescentralizaron las rentas y se elevó la dignidad humana á la altura de la divinidad; entonces el doctor Güaunizo estuvo.en su puesto, ayudando á sus amigos y defendiendo al pueblo contra los embates de la reacción aristocrática y absolutista.
En un país como Colombia, ser liberal es como haber sido en Roma Espartaco, y haber abrazado la
—■^7 —
causa (le los siervos; 'todas las maldiciones de los dio* ses, todo el odio de los sacerdotes, todo el encono del público, toda la desconfianza de la sociedad, toda la irritaci(>n del fanatismo, todo el despecho de los intereses heridos; y el alarma que sus ideas infunden lo rodean por todos lados, lo asedian, lo persiguen; y envenenándole las aguas, incendiándole todo asilo, talando sus cosechas, no le queda al hombre libre más 'recurso que morir, nó con el muslo atravesado por una flecha como Espartaco, sino con el corazón hecho pedazos por la desesperacicin. Y haber sido liberal como el doctor Gqarnízo por una larga vida, y liberal inquebrantable, es un título de recomendación que el porvenir no deberá olvidar.
Encorvados bajo el peso de las preocupaciones, los colombianos viven como esas cariátides de piedra condenadas á sostener el peso de los grandes edificios, que no pueden jamás levantar la cabeza á contemplar el cielo y el espacio, y sólo alcanzan á ver lo que se humilla, lo que se abate, lo que se dobla ante la inmensa preocupación, y, lo que es peor, ven la fama, el nombre, la reputación, la gloria, como guirnaldas que van cayendo ai suelo arrojadas por una opinión co- -rrompida y viciada por la Regeneración. A esto debe atribuirse lo fácil que es imponerles á los colombianos un nuevo peso, alzarse con el poder, y estando arriba, los traidores ser adorados como dioses, y obedecidos como señores los perjuros y los infames, con tal de que
— 28 —
ellos se doblen también al peso de la preocupación.
Y convertirse en cariátide y sostener á estos perjuros es una acción meritoria que se premia con tanto más esplendor cuanto más liberal ha sido un hombre; pero el doctor Güarnizo no fue jamás de estos favorecidos de la sociedad: justo es tributarle este digno homenaje.
En bien ó en mal, difícil es decirlo, sólo el tiempo, que mata las pasiones y realza las virtudes, vendrá á sentenciar y á decidir si la generación que se ha levantado se aparta de la generación que yá se extingue, como fueron diferentes los hombres de la Revolución Francesa, inspirados por la filosofía dcl siglo xviii, de los hombres que desde Napoleón han vivido en Francia, y soportado las monarquías de los Borbones, de los Orleans, y al Napoleón iii, hasta que apareció la República. Por lo mismo, es preciso que los que hoy veneran las instituciones liberales que sus padres fundaron y que han sido derruidas como á impulso del huracán; los que guardan fieles la memoria de sus padres, no borren siquiera los nombres de los que contribuyeron á fundarlas, y que amantes conserven la tradición de la virtud.
Para esto, y únicamente para que no se olvide un nombre digno, hemos escrito en estas páginas el del doctor Benigno Güarnizo.
Abierto el camino á La Mesa, el comercio entre el Interior y las tierras calientes tomó grande incrementó; las orillas del camino se cultivaron y se cubrieron do dehesas. Se fundaron muchos ingenios para moler caña, y la linda ciudad de La Mesa, de suave clima (de 16 grados de temperatura), se levantó como por encanto, y se hizo el emporio de un inmenso comercio y de una eterna feria.
A esta ciudad se entra por una hermosa alameda de palmas, naranjos y cámbalos, que floridos siempre, cubren el suelo de flores y embalsaman el aire con el olor de los azahares; su cementerio es el más aseado y pintoresco de toda la República.
La belleza y cultura de La Mesa, y en gran parte su prosperidad, debese á la actividad, constancia y esmero del señor Juan Gregorio del Cantillo, miembro de una antigua familia bogotana residente allí, quien, como Alcalde perpetuo, consagró toda su vida á embellecerla y adornarla. ¡ Cuán pocos hombres dejan como el, á su muerte, tan bellos rastros de su útil existencia !
Fue siempre conocido este caballero con el nombre de Juancho; casóse con una hermana del doctor Guarnizo, y fue su casa en La Mesa, hospitalario asilo para todos los viajeros. Cantillo era un amigo generoso y leal; y su afable trato y la originalidad de su cacarácter lo hicieron un personaje cuya memoria jamás se borrará de los mesunos.
Va un rasgo de su original carácter :
, El señor D. Pedro Dom’uguez de Ho jos, lotea-; dente en tiempo de la dictadura del General Urdaneta, construyó uq puente importantísimo sobre la quebrada la Carbonera, uniendo dos partes de la ciudad, pero lo construyó con el trabajo de algunos presos po' líticos. Juancho juró no pasar nunca por ese puente, y lo cumplió hasta q,ue murió. Desviaba su caballo del camino y vadeaba la quebrada por el punto máspróximo. Extravagante ó no, este rasgo nos encanta. El hombre no debe ceder nunca ni transigir con lo que no estima bueno. Así es como se levantan los caracteres y se funda la moral.
EUefíor D. Francisco Caycedo, como Jefe político de La Mesa, mejoró notablemente el camino que de esta ciudad conduce á la deTocaima; y el gobierno del General López, siendo Ministro el señor D. Victoriano de Diego Paredes, hizo construir el puente sobre el río Apulo por el arquitecto Tomás Reed, quien había sido traído por el General Mosquera para la construcción del Capitolio Nacional de Bogotá,