Luz del día en América · Unidad 101 de 148

Unidad 101 · 212 J. B. ALBERDl

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212 J. B. ALBERDl

jamás esos modos de existencia que han exaltado ■al liombre liasta dotarle del tacto de los Dioses para lo que es discernir lo bello, lo bueno, lo justo, lo noble, lo grande, como es incapaz de concebirlo, el que no es más propietario que lo es un carnero o un caballo.

— Ya veo — 'dice el secretario — que mi augusto patrón no peca de soci'alista.

— Al contrario — responde él: — yo soy socialista por excelencia, como lo somos todos los soberanos y legisladores que hemos hecho la sociedad por la acción de nuestros códigos civiles. Pero mi socialismo es el de la creación. La sociedad es obra de Dios, eomo el individuo, que no es sino su forma. Si no hubiese más que un solo hombre, no habría sociedad, porque ¿de quién sería socio ese hombre solitario? ¿Tú crees que el padre, la madre y el hijo, están en sociedad por un pacto que ha estado en su mano celebrar o no celebrar? Pues la gran sociedad en que viven los hombres de la especie humana, no han sido ellos más libres de no celebrarla, que lo han sido los tres seres de esa sociedad, formada por Dios, que se llama la fmmlia.

§ 25. — Proyecto de matrimonio internacional de don Quijote con una princesa indiana

Al oir estas ideas, el secretario se quedó cavilando sobre cuáles han podido ser los libros que de ellas han poblado la cabeza de su señor, pues nunca la creyó capaz de elevarse a tales concepciones que, por otra parte, eran contrarias enteramente a las ideas que sobre los mismos puntos le había conocido en otro tiempo no lejano. Su incoherencia hacía sospechar que no eran suyas.

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Presto, aprovec liándose de la lütima expresión, el secretario se permitió sugerirle en el interés de la organización social de Quijotanía, la conveniencia que habría en que el señor gobernador tomase por esposa una gran dama extranjera, como hacen los soberanos, con la triple mira de formar una dinastía para el gobierno del nuevo Estado ; de legislar y afirmar el código por la autoridad del ejemplo de una vida ejemplar de familia; y por fin con la mira política de atraer las razas indígenas y sus territorios, si don Quijote elige por esposa a una princesa de las Pampas o de Patagonia. Un soberano que conserva un resto de juventud y su esta<lo de celibatorio, es un escándalo público, es un peligro social, y si a la juventud añade la elegancia, entonces es la espada de Damocles suspendida sobre la cabeza de todas las vírgenes del país.

Don Quijote no halló de repulsivo en la sugestión, sino la candi<latura de la novia. Poco crédulo se mostró en las dulzuras de una Dulcinea que come carne cruda de yegua, que anda desnuda, y monta a caballo como hombre. Como sus damas de honor serían de su misma raza y familia, no sería mucho el atractivo que darían a la corte de Qv>- jotaiiia. Y no serían pocos los que viniesen en busca de un rango en la lista civil, pues si la fiunilia, entre los salvajes, es como no existente para todo delxír moral, es abiindante en personal cuando se trata de recibir su parte del precio en que os vendida la novia al j)r(>londiente más insolvablo. Por el lado i)olítico es menos soslenildv la candidaluia de una princesa de la Pampa para reina do Quijof-nnvía. Ningiín hombro dosciendo imi)un('nionte cuando se c^asa ron su infiMior. lia cabra si(Mnj)r<' tira al tnoiilc, aun vu los países pampas o llani»s.