Luz del día en América · Unidad 86 de 148
Unidad 86 · 182 J, B. ALBERDI
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funesto abuso que pueda cometer un pueblo libre, el de querer ejercer su libertad por sí mismo, en vez de hacerla ejercer por conducto de su autoridad competente. Yo comprendo que un pueblo debe tener todas las libertades, pero, naturalmente, ha de ser a condición de no ejercer ninguna por sí mismo, y de entregarlas todas a su gobierno. La libertad representativa, como el gobierno representativo, significa una libertad que se ejerce por apoderado. El apoderado es libre, pero no es libre por su cuenta, sino por cuenta y en provecho del poderdante, que harto tiene con ser el dueño de la libertad que no ejerce. Así nuestro pueblo será el más libre de América, por la razón de que será el que menos se moleste en ejercer su propia libertad; el más bien educado para la libertad, por la razón de que no sabrá hablar más palabra que el sí misterioso, por el cual se encama su libertad en la libertad soberana de su gobierno.
§ 12.— Primer amago de desquicio
El gallego acababa de pronunciar un bravo estupendo, cuando dan a la puerta enormes golpes y tras ellos entra despavorida la cocinera anunciando:
— ¡ Una revolución !
— ¿En Buenos Aires? — ^pregunta don Quijote.
— ¿En Chile? — pregunta el gallego.
— ^i No — dice la cocinera, — aquí, entre nosotros!
— ¿Por los peones?
— ¡ No por el pueblo !
— ¿Qué hay? explícate — dicen ambos miembros a la cocinera.
— Que a la vista de un ejército extranjero, el
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pueblo se lia prominciado en su favor y por aclamación, pues todo él se lia puesto a gritar sí, sí, es decir, yes, yes (o en sajón corrompido, mee, mee), entreofándole su autoridad por este plebiscito traidor, como la entregó al señor gobernador antes de ahora, del mo<lo más regular.
— Es decir que estamos destituidos — exclama tristemente el gallego — y que no nos queda otro partido que escaparnos. Pero ácómo? ^ Quién nos llevará de aquí? Los caballos deben estar complicados en el movimiento, como miembros del pueblo soberano. Tendremos que capitular con el enemigo.
— ¿Es grande el ejército? — pregunta don Quijote.
— Se compone de seis hombres, pero cada hombre es del tamaño de seis mil hombres — dice la cocinera, que los ha visto.
— Son gigantes en tal caso — dice don Quijote, aterrorizado de verse sin armas.
— Son patagones — dice el gallego.
— Tú sabes — <lice don Quijote — que en este país de Patagón 10 todo hn sido gigantesco en otro tiempo. El Merjaferinim era un perrillo de faldas de las mujeres, que eran como torres andantes. ^'Vienen a pie?
— No, señor — ^díce la cocinera, — a caballo, en caballos del tamaño de seis mil caballos cada uno.
— ¡ Qné decía yo! esos deben ser }frnnf crios o ^fnsfof7ovfcs — dice don Quijote. ; Oh ! si Barwin pudiera verlos vivos! Como él no vio toda la P:\- taofonía, sin duda se le traspapelaron estos individuos en algiin pliegue del terreno gigantesco. ^;rómo resistir n un cjéri^ito de treinta y seis mil hombres? ¡Nuestra situación es grave! ¡No estamos preparados!