Luz y sombra, (historia de un hijo natural) novela original · Unidad 226 de 405
Unidad 226 · Í8fi LUZ Y SOMBRA.
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
Í8fi LUZ Y SOMBRA.
— 1 Bali , señor ! pues hace treinta años tenia yo que ponerme séria con usted.
— Es posible; pero entonces, de seguro, parecerías otra cosa.
— ¡ Ah! era yo una hembra que ya; con veinte años... vamos, es usted muy flaco de memoria , don Estéban ; pero eso no le hace ; déjese usted ese estofado, me lo voy á llevar: voy á traer una pepitoria de pavo que me habia mandado hacer el alcalde de barrio; porque yo hago muy bien la pepitoria ; y como dicen que esta noche, si va á haber , si no va á haber , y todos los alcaldes andan de ronda... comerá menos el alcalde, y ustedes comerán mas: adentro, á mi cuarto, que no quiero yo que el señor don Estéban coma con mantel sucio ni con tenedor de palo.
Y echó á andar para adentro.
VI.
—Buen agüero , dijo Estéban levantando á Miguel : cuando empiezan á presentarse bien las cosas , por mas que sean pequeñas , las otras siguen presentándose bien, por graves que sean : esto me anima; vamos, Miguel, anda; vamos, Miguel, hijo; has un esfuerzo, no te desalientes; no te dejes morir.
— Por aquí, don Estéban, dijo desde dentro Juana.
Guiado por la voz de la vieja, Estéban entró con Miguel en un pequeño cuartito muy limpio.
Juana puso sobre una mesa un mantel muy blanco; sacó de una cómoda cubiertos de plata; trajo platos finos, vino, en una botella de cristal, vasos de lo mismo ; pan blanco y tierno, y por último apareció una fuente con medio pavo en pepitoria.
Esteban hizo tomar algún caldo y algún vino á Miguel que se reanimó un poco.
— Pues como decía, señor don Estéban, dijo Juana, se murió mi marido hace veinte años.
— Déjale en paz, Juana, déjale en paz ; no sea que si le nombras mucho venga á pedirnos cuentas.
Ya sabe usted don Estéban que era muy bonachón y que me quería
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mucho: usted no se acuerda, pero algunas onzas de oro le tiene usted dadas.
— ¿Sí? pues mira, vayase por esta pepitoria que nos regalas; y está buena, muy buena, mujer ; come un poco Miguel, hijo mió; oye tú Juana, déjanos solos ; ya vendré yo y hablaremos largamente : tenemos que hablar este caballero y yo.
— Pues ¿por qué no lo ha dicho usted, don Estéban? pues me voy; si necesita usted algo, llámeme usted.
Juana salió.
Una duda que se desvanece creando otra mas terrible.
Miguel comió al fin, escitado por Esteban.
— Bravo, dijo éste, yo sé lo que sucede cuando se tiene el estómago débil: he pasado muchas miserias, hijo mió: el primer bocado cuesta mucho trabajo; el segundo un poco menos; por último se come bien, como nunca , y la comida mas grosera sabe á gloria ; te he dado caldo de pepitoria y vino , porque esto es muy tónico ; una taza de buen caldo con una copa de buen vino, refrigera el estómago mas débil.
— Sí, es verdad, don Estéban, dijo Miguel; pero Enriqueta, mi pobre Enriqueta...
— Te repito que tu Enriqueta está salvada; pero hazme el favor de no llamarme don Estéban: llámame á boca llena tu tio, porque lo soy.
—¿Y ese hombre, ese Juan Pulgón? esclamó Miguel, mirando con ansiedad á Estéban.
— Pues qué ¿has creído tú ni por un solo momento, que ese miserable es tu padre?
— xVl principio no, pero después... después, no se puede creer que un padre haga lo que hizo el marqués de Campo-Nuño, no, imposible; no se rompen asi los lazos de amor y de sangre que unen á un padre con su hijo,