Madrid dramático: leyendas de los siglos XVI y XVII · Unidad 20 de 22
Unidad 20 · LAS GRADAS DE SAN FELIPE.
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LAS GRADAS DE SAN FELIPE.
1669.
Xemplando mi indignación os he -podido sufrir, porgue os ciega el presumir que podéis tener razón.
MOKETO.
LAS GRADAS DE SAN FELIPE.
Archivo de todo ardid, tiendas de nuevas forjadas , fueron un tiempo las gradas de San Felipe en Madrid. Conocidas de cualquiera como el alma de la corte, eran punto fijo y norte de la gente forastera. Pues en tan revuelto mar, á este puerto se acogían, cuantos á Madrid venian á pretender ó á gozar.
MADJRID DRAMÁTICO.
Causa de tanto favor y de tanto valimiento, era el hallarse el convento sito en la calle Mayor. Calle en extremo lucida, pues por diversos afanes , siempre estaba de galanes y de damas concurrida.
Y siendo así , ya se advierte la razón de la asistencia, que siempre la concurrencia va donde más se divierte.
Y en verdad, que punto igual juzgo que en Madrid no habia; pues era la gradería
de San Felipe el Real , divertimiento de hastiados y recreo de chismosos , atalaya de curiosos y centro de enamorados. Que para más embeleso
honraban sus cercanías , Portales de Platerías y Lonja del Buen Suceso. Sitios llenos y surtidos de tiendas y mercaderes, reclamo de las mujeres y escollo de los maridos. Que tal vez á lo mejor * allí suceder solia, que un hombre honrado perdia con el dinero el honor. Pues siendo el tráfico tanto,
v estando en uso admitido
que el pudor fuera escondido bajo los pliegues de un manto; Y siendo ley singular, muy digna aquí de advertir, en las damas recibir y en los hombres regalar, no es cosa que sorprender pueda un momento siquiera ,
que en tal centro el diablo hiciera oficios de mercader. Dicho ya que en esos dias daban al placer espuelas , de un lado las Covachuelas, del otro las Platerías; fácil es de comprender, si se examina con calma, por qué de la corte el alma vino San Felipe á ser. Además, vecina al lado la Puerta del Sol, abría franco paso y grata vía de San Jerónimo al Prado.. Y como en este recinto, según los historiadores , hubo un cláustro de Menores y el de las monjas de Pinto; juzgo, sin ser importuno, que , sitio de tal recreo, * era aguijón del deseo,
y ameno como ninguno. Que, corno arroyos al mar, á este punto confluían, cuantos iban y venían á paseo ó á rezar. Campo, pues , de eterna lid , tales condiciones dadas , era no estar en las gradas como no estar en Madrid. Siendo sus duros peldaños causa de entretenimiento, y dando además asiento así á propios como á extraños ; No era mucha maravilla ver en aquel hervidero, confundido al forastero con los hijos de la villa. Ni extraño ver mano á mano, en dulce paz ayuntadas , las logas con las espadas , y al pobre con el indiano.
Que campo abierto y neutral de vándalos y de godos , era libre para todos, y para todos igual. Cosa por demás sabida es hoy cuanto allí pasaba, pues diz que no se dejaba honra ni verdad á vida. Los lances vários de amor con doncellas y casadas, los duelos, las cuchilladas de alguna noche anterior : los aprestos de un monjío, los chascos á las busconas , las fiestas y merendonas , ya. en el Ángel, ya en el Rio. Los apuros de un autor recientemente silbado ; el mandamiento fijado por un alcalde mayor; Todo en tan sucinto espacio
comento y glosa sufria : tanto, que se habló algún dia de las cosas de palacio. Que al saberse una mañana el fin funesto y cruel del galán, lengua de hiél, conde de Villamediana, alguien, fingiendo temor y disfrazando recelos , hizo, de no sé qué celos, circular cierto rumor.
Y algo de verdad tendría el relato lamentable; pues un ingenio notable que por entonces lucía, dura sátira escribió contra delito tan fiero; de cuya sátira infiero que el caso allí se contó.
Y á nadie juzgo se esconde quien dijo usando este ardid:
"Mentidero de Madrid, decidnos quién mató al conde. " Que boga y asiento tal cobró allí la embustería, que era aquella gradería mentidero universal.
II.
Aquí, pues, con planta breve y un aire poco gentil , llegó en Noviembre de mil seiscientos sesenta y nueve , un hombre , en cuyo ademan y en el traje que llevaba , al punto se adivinaba que era un pobre capellán. Serio, triste, indiferente
subió por la gradería ,
de modo que parecía
disgustado de la gente.
Mas fué lo bueno del caso,
que un honrado caballero,
de tan confuso hormiguero
salió cortándole el paso.
Y abrazándole por fin
con cariñoso transporte,
le dijo: — ¡Vos en la corte,
señor Carrasco Marin! — -
No el capellán extrañó
verse cogido en tal lazo,
pues devolviendo el abrazo
de este modo contestó:
— ¡Qué!.... ¿Sois vos, señor Sagredo?
¡Gran dicha alcanzo, á fe mia,
pues trocáis en alegría
mis tristezas de Toledo!
— ¿Tristezas vos?
— Sí, en verdad,
muerto estoy para el placer.
—Pues qué, ¿tánto os da que hacer
del Refugio la Hermandad?
— ¡Av! no es ese mi secreto:
es que estoy de aquesta suerte,
desde que impía la muerte
cortó la vida á Moreto. —
Á noticia tan aviesa,
mudo Sagredo quedó,
y en su faz se retrató
con el dolor la sorpresa.
— ¡Cómo! dijo: ¡el buen Gabaña
pagó ya el común tributo!
¡Vive el cielo que de luto
se puede poner España !
" — ¡Es verdad!.... Carrasco dijo,
que siendo en virtudes solo, "
de las Musas y de Apolo
fué embeleso y regocijo.
— ¡Y ya la tierra le cubre!
— ¡Ya goza gloriosa palma!
que á Dios entregó su alma el veintiocho de Octubre. — ¡Ay!.... ¡con harta brevedad dejó este mundo de engaños! — ¡A los cincuenta y un años lo eclipsó la eternidad! —
Y aquí tal vez el dolor silencio á los dos pusiera , si á estorbarlo no viniera un nuevo interlocutor. Era un mancebo entonado, barbilindo y presumido, muy de bigote torcido, muy de cabello rizado. Mancebo, en cuya presencia al punto se descubría que era un pasmo de osadía y un asombro de insolencia. Llegóse á los dos el tal , y en tono brusco y acedo,