Madrid viejo: crónicas, avisos, costumbres y leyendas · Unidad 138 de 170
Unidad 138 · 328 MADRID VIEJO
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Suárez Llanos para su cuadro del Cügo^ que existe en Palacio, en el despacho del Subse* cretario de Ultramar.
Entre ocho y nueve bajaban, por la Cuesta de la Vega, al Campo del Moro y la Pradera, las damas más renombradas de este Madrid, que en todos tiempos ha sido emporio de bellezas femeninas, unas en carrozas doradas con blasones aristocráticos y soberbios corceles; otras en muías enjaezadas, según el estilo del tiempo de Isabel la Católica; otras en sillas de mano con las cortinas corridas para evitar el polvo, y otras á pie, luciendo ese garbo cadencioso del andar español y que es la desesperación de las mujeres nacidas en tierra extranjera. Los lindos y sigísveos ocupaban el puesto que la galantería les design aba, sirviendo á las damas de escuderos.
A derecha é izquierda del camino , una compacta ñla de mendigos, tullidos y estropeados» demandaba la caridad pública , con tono plañí» dero y con acento gruñón y rudo, porque el pobre de aquel siglo era un compuesto de mepdigoy bandido, que a$í pedía limosna en latín macarrónico exclamando: facitote caritaiem^ coma reclamaba la bolsa en castellano, gritando po^ co más ó menos: Boca abajo todo el mundo.
LA ROMERÍA DE SAN ISIDRO 329
Detrás de la nobleza venían la clase media y el pueblo, aquélla presidida por estudiantinas bulliciosas, y éste por comparsas de majos que tañían guitarras, bandurrias y mandolinas, acompañadas por el repiqueteo de los crótalos 6 castañuelas'de los barrios bajos.
El repostero mayor , no de Palacio , sino de la pastelería del Mesón de Paredes, donde Quevedo, Cervantes, Calderón y Lope, acudían con frecuencia á saborear los hojaldres, que han llegado hasta nosotros con la fama literaria de la casa, existente aún, había esperado de antemano por aquellos campos á sus dependientes cargados de empanadas de ternera , de cubilete, de picadillo y almendra, de huevos hilados , de perdices escabechadas , de conejos y cabritos asados y de ropa vieja á la castellana porque en aquel entonces dominábamos todavía en Europa y no había menu$ franceses en nuestras meriendas.
Tampoco se usaban tiendas de campaña. Bas* taba á las necesidades de los romeros el puesto de viandas con el tenderete de lona, que hacía un poco de sombra, y para merendar ofrecía espléndido comedor la pradera esmaltada de flores.