Madrid viejo: crónicas, avisos, costumbres y leyendas · Unidad 168 de 170

Unidad 168 · CUATRO PALABRAS

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CUATRO PALABRAS

Ojos de la Ardiente Espada ^ Pues mira con dos RoManes , Don Rosicler sus mejillas, Don Florisd su semblante.

Ya pisaba las tablas aquella Baltasara^ que acabó en ennitalia, si admirable declamando, de escasos atractivos físicos , diciendo por eso el vulgo :

Todo lo tiene bueno

La Baltasara,

Todo lo tiene bueno,

Menos la cara.

O , en fin , aquella incomparable María Riquelme, dechado de comediantas por su talento , y de mujeres por su virtud sin alharacas.

De este Madrid, con sus grandes manirotos, sus hidalgos pendencieros, sus tapadas desenvueltas, sus tusonas desenfadadas, sus alguaciles alguacilados, sus duefias perdurables, sus rufianes hampones, sus poetas alambicados, sus ministros cohechables y sus reyes galanteadores , se ha enamorado Ricardo Sepúlveda , y en su Madrid Viejo nos va presentando pacientemente aquella sociedad, reconstruyendo , cual otro Cuvier literario , las osamentas de sus palacios, templos, mentideros, huertas, paseos, calles y corrales de comedias.

Si os dejáis llevar, que sí os dejaréis, por su estilo ameno y chispeante , os conducirá como de la mano á aquel celebérrimo Prado Viejo, que, en opinión de Villamediana, debía z^r pacido por muchos de quienes tm pisado^ concepto que la musa callejera tenía también expresado en aquella seguidilla que decía:

396 MADRID Vl£JO

Como corren los tiempos Libres y alegres, Muchos salen al Prado Por darse un verde.

Aquel prado os dirá que fué teatro de tantas aventuras galantes, no todas platónicas, que el vulgo dijo también;

Si ir al Prado dejares Tu esposa, loco. Mientras ella va al Prado Vete tú al Soto.

Acaso aludió el maleante autor anónimo al famoso Soto de Manzanares , en donde os enseñará el autor del Mapbtd Viejo aquellas márgenes del arroyo aprendiz de rioy donde entonces se celebraban las ñestas campestres del Ángel j de Santiago el Verde ^ á las que concurrían desde el obscuro oficial de manos y las labradoras de Villaverde y Hortaleza, hasta las sacras y católicas majestades de los reyes de Espafia y sus Indias.

Cuando os guíe Sepúlveda á la rica y bulliciosa calle Mayor ^ así llamada, según Alarcón, porque eso corresponde

Á la mayor del lugar

Que aposenta al mayor rey,

ora veréis su paseo diario, donde las damas y galanes, aquéllas en coche y éstos á caballo , precedidos , según fastuosa costumbre, de varios escuderos á caballo también, ruaban hasta que era llegada la hora de bajar al Prado Viejo y esparcirse por sus huertas del Duque y de Juan Fernández^ aspirando la frescura de sus tres alamedas y sus cuatro