Madrid viejo: crónicas, avisos, costumbres y leyendas · Unidad 88 de 170
Unidad 88 · LA CALLE MAYOR 1 99
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LA CALLE MAYOR 1 99
anécdotas de los paseos con mantos y rebocillos, con lechuguillas y chapines de tacón alto, por en medio de la calle Mayor, rasando con el Mentidero.
Cansadas ellas también de gracejear y de dar vuelo á los mantos de medio ojo, y á las saboyanas de plata, las damas de toldo y copete, así como las sirenas de respigón , se metían en la pastelería de Botín, entonces célebre como ahora por sus ojaldres, y comían á destajo é indistintamente, auroras, empanadas de ternera, de cubilete , de picadillo y almendra , y bebían sendos vasos de agua de canela y de naranja, ó tomaban garapiña de chocolate, ó leche con bebida imperial.
Los descendientes de Botín, cuya casa se abrió en 1628, conservan la tradición de los paseos por la calle Mayor. Entonces, aunque todo se vendía más barato que ahora , los cajones del mostrador se llenaban todas las tardes de monedas de oro y plata, y las bandejas quedaban vacías. Hoy no se vende tanto porque falta el motivo; ya no se rúa con pie vergonzoso, ni se merienda fuerte en el figón por falta de moscateles que paguen ; pero la casa subsiste con sus blasones, en el mismo sitio de antaño.
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La calle Mayor era en dia de rúa, un palenque agitado, un aluvión de faldas, un tumulto de guarda-infantes, una invasión de chapines de virillas y de tacones de siete pisos; un confuso remolino de carrozas, carricoches y calesas, un ciclón de literas y jinetes, una galerna de intrusos, un pandemónium de chillidos, gritos y
juramentos. La mar como ahora se dice; el
cielo estrellado, como entonces se decía.
Quevedo escribe, que las damas de alta alcurnia, más avizoradas, le incitaban á picardear y que él lo hacia hasta el rojo blanco, con len* gua tan suelta , que las ponía como amapolas, de rubor, de ese rubor infantil que aprendieron á tener con las monjas, ó con la señora maestra y que trocaron pronto en desenfado incitante con el soplillo de corte.
Entonces no guiaban las damas, que llamó Quevedo apicaradas, porque no era fácil manejar cuatro muías de colleras en carroza de seis asientos, pero sabían colocarse al estribo muy descubiertas, como rezaban los bandos, ó con
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mantos de disfraz insurrecto, para mejor recibir el chaparrón de frases cultas, frivolas y almibaradas, que mano á mano y á boca de jarro, dispa* raban á sus beldades los lindos educados por Góngora, por lo que se llamaron gongorinos, y crearon la escuela literaria de la culta latiniparla.
Cuando el inmortal Lope de Vega salía, para ir á coro, de la casa núm. 82 de la calle Mayor» donde nació, y terciaba su manteo para cruzar mejor por entre la multitud, enseñando en el costado izquierdo la cruz blanca de trapo, de caballero de la orden de San Juan de Jerusalem, todos se descubrían, todos le saludaban, los más próximos le besaban la mano, y desde las carrozas paradas por causa del barullo, se enviaban al poeta y al sacerdote, testimonios elocuentes de simpatía y cariño.
Cuando D. Pedro Calderón de la Barca bajaba los peldaños de la humilde casa, núm. 95 de la calle Mayor, donde vivió y murió, y arrebujado en su manteo, que también ostentaba una cruz de trapo, la de la orden militar de Santiago, intentaba pasar la rúa para bajar i la iglesia de Santa María ó del Salvador, todos» hombres y mujeres, viejos y niños, abrían calle
y apartaban obstáculos, para que el ilustre anciano, gloria de España, hiciera sin dificultad la travesía.
¡Qué honor tan grande para esa calle Mayor! El espíritu de Lope de Vega y el de Calderón, sobrevive en ella todavía en los edificios que quedan de su tiempo. En sus escritos nos han dado á conocer la fisonomía de la calle, que mejor que nadie conocieron, por ser vecinos, y el paseo de corte que en ella se estableció, distinguiéndola de las demás por su tipo elegante, palatino, eminentemente aristocrático y español por todas las embocaduras.
Nadie hubiera imaginado, á fines del siglo XVI, que sobre el callejón de la Duda, donde estuvieron las casas de mancebía pública , llamadas de la calle Mayor, en el tránsito á los Monasterios de San Jerónimo y Atocha , que por Real Cédula de Carlos V y de la Reina D.^ Juana se mandaron retirar, para que los fieles al ir á Misa no viesen los escándalos que daban las Daifas de respingón; nadie se hubiera figura-