Manual de patología política · Unidad 21 de 38
Unidad 21 · DE ARRIBA
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
DE ARRIBA
El mundo parece dividirse hoy en dos grandes grupos bien distintos, colocando el uno su esperanza en el esfuerzo individual, uniendo sus fuerzas solamente cuando la necesidad lo exige, y siguiendo en formas variables según las necesidades del momento, esperándolo todo de la iniciativa privada, huyendo las trabas; el otro, poniendo, por el contrario, su confianza en el esfuerzo colectivo, en la agrupación administrativa, permanente, difícil de transformar, esperándolo todo de la reglamentación y temiendo ante todo los «extravíos» de la voluntad individual. ¿ A cuál pertenecerá el porvenir ? ¿ De cuál podrá decirse : esto matará aquello ?
P. DE ROUSIERS.
El apóstol de la educación común, el émulo triunfante de Facundo, solo se proponía «desasnar á las gentes», pero no se hizo lo que los pilotos de río llaman «aguantar la guiñada», y evidentemente nos hemos pasado de compostura literaria. En Sarmiento, luchador, la educación era menos un instrumento de progreso que una arma contra el artiguismo y el facundismo. Pero, «no basta aprender, sino que también es preciso saber desaprender... Una gran parte de nuestra instrucción es tan ineficaz «como la acción de leer un tratado de botánica en un jardín para hacer brotar las plantas». (Lubbock).
Dado, pues, el gran impulso á la ilustración y no morigerado, hemos embarrancado en un exceso de ilustración en sí, de pura brillantez y sin aplicación práctica, y á esta altura ya somos legión los que, debiendo
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elegir el surco en edad sin experiencia, y sólo por el criterio del qué dirán, de lo que veíamos más ensalzado, hemos llegado á emplear los mejores años de la vida en hacernos útiles para lo superfluo cuando aún falta lo necesario, desatendiendo la fertilidad del suelo para cultivar en el espíritu la fertilidad literaria. «El desacuerdo entre las necesidades de la sociedad y el sistema de educación es una causa principal del desorden moral que aflige á varias naciones», decía Cavour en 1850. uTodo ha cambiado; los descubrimientos de la ciencia aplicada han modificado profundamente las condiciones de la vida para los particulares y para los pueblos, y la faz misma del mundo; el reinado definitivo de la industria y del comercio ha llegado» (J. Lemaitre).
La famiha, la sociedad y la escuela que debieron producir colonos para el país semibaldío y pobre, pero fértil, han producido de concierto, sabios de menor cuantía ociosos, enciclopédicos y gritones, y empleómanos de levita, enflaqueciendo la escasa energía nativa al transformarla en ilustración de adorno, en poitdre anx yeux. «Influir sobre los hombres para guiarles al bien, dice D'Azeglio, es una mira mucho más elevada cjue la de ser primer escritor ó poeta del mundo». "Todo régimen, dice Taine, es un medio que opera sobre las plantas humanas para desarrollar algunas especies y aniquilar otras. Este es el mejor para hacer brotar y pulular el poHtico de café, el arengador de club, el mocionante de bocacalle, el insurrecto de plaza pública, el dictador de comité, ó sea el revolucionario y el tirano». La leche de clemencia que en la familia mima al niño y en la sociedad mima al corrompido, para quien la indulgencia ambiente es aliento, la Maisoii de Théorie, la vaste usine áfonner des esprits faux (Le Roux), la escuela clásica, no han podido crear el instinto del self help: el vigor físico que hace fácil el trabajo pesado y el vigor moral que hace superables las contrariedades gruesas, porque sólo eran propias para formar el instinto de vivir de arriba, el amor del título gratuito, que
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siempre se disfraza so capa de altruismo, como puro cuento del tío que es el tal altruismo. No lo puedo remediar, y lo confieso: cada vez que oigo decir de un hombre que es capaz de dar hasta la camisa, me imagino que les ha de sacar á otros hasta los calzoncillos.
En vez de preparar hombres han conservado niños grandes á los niños chicos, quitándoles toda oportunidad de remar con sus propios remos, de vestirse con su propio trabajo y de enseñarse con su propia experiencia. " Oímos hablar bastante de la joven América y sus atrevimientos, pero los muchachos de la Argentina son más precoces todavía que los de los Estados Unidos. Un padre argentino rara vez castiga á sus hijos, y los niños gozan de mucha más libertad en el sur que en el norte del continente. La escuela dominical es casi desconocida y las ideas de moralidad son tan deficientes, que los niños se crían de la manera más perniciosa. La falsedad es común entre hombres, mujeres y niños, y se tropieza en todas partes con la mentira social, soliéndose oír decir á un padre, en tono admirativo; — ;No oyen ustedes cómo miente ese niño? O bien: ¡Pero qué bien miente! — y alguna vez: ¡Ni yo mismo lo haría mejor!» (F. C. Carpenter).
Como plantas de invernáculo resultamos débiles de físico por exceso de cuidados y algodones, y tísicos de alma por exceso de indulgencia. Porque nos han privado de la represión paterna que cura y no ofende, nos sobreviene fuera del nido la represión de los extraños que ofende y no cura: cuando pitos flautas, cuando flautas pitos. Los umbrales de las puertas enseñan perfectamente á no tropezar con los pies y los coscorrones enseñan á no tropezar con la conciencia; pero en nuestra frondosa vocación para lo imaginario hasta los padres se hacen muy fácilmente la ilusión de que los extraños podrán tolerar en sus hijos como extraños lo que ellos han aguantado á duras penas como madres y olvidan reprenderlos mientras no perdonan las menores faltas de sus sirvientes; aptos para enseñar hijos ajenos, ineptos
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para dirigir á los propios, demuestran mucho interés en que la servidumbre sea bien educada y les importa muy poco, y á veces hasta les complace que la hijumbre sea mal criada. Si las reprensiones no sirven, ;por qué las emplean en los sirvientes?' y si sirven, ;por qué no las emplean en los suyos, por qué no se reprenden á sí mismos? El hombre decente debe ser su propio maestro y su juez más severo. En general, los hijos demasiado malos son de los padres demasiados buenos. Ahora, pues, si vale más prevenir el crimen y la miseria, que reprimirlos ó socorrerlos, es indudable que no hay nada más filantrópico y altruista que el enderezamiento de las torceduras incipientes, y en esa virtud, los padres y los magistrados demasiado indulgentes ó de rigor desparejo, son cómplices en 1^^ grado de la inutilidad de sus hijos y de la perversidad de sus conciudadanos, por haber descuidado en el momento decisivo la higiene del carácter, pues el menesteroso de represiones que no tiene quién se las administre y le críe vergüenza é iniciativa, acaba por convertirse, tarde ó temprano, en menesteroso de pan y ginebra. Por tanto, el que sepa amar á sus hijos como suyos, sin que eso le impida gobernarlos como á hijos del prójimo, les habrá dado la mejor herencia, porque vale más saber nadar que tener un rosario de vejigas hinchadas para no hundirse en el mar proceloso de la vida.
Hija natural de ese instinto del título gratuito es esa costumbre nuestra, tan fastidiosa y tan repugnante á la dignidad, de que cuando varios amigos comen, viajan ó se divierten juntos, uno pague y los demás de arriba, ni ha}^ nada más contrario á lo que los ingleses llaman respectability . No puede, en efecto, ser respetable el que se hace pagar por otro, el comensal sin reciprocidad, el que recibe servicios y no los devuelve, y tampoco hay nada más antisocial para el hombre delicado que está en situación de pagar sus gustos y sus gastos, y que, no pudiendo pagar los de sus amigos, se ve obligado á andar sin ellos para que ellos no le paguen los suyos. Se
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es esclavo de los regalos cuando se les acepta, dice el refrán. «Un hombre adulto en países cristianos, aunque no sea inglés y por más cordobés que fuera, no puede hacerse el inocente al recibir una enorme suma de dinero estando en un empleo público, y peor si es el presidente de una república... Un presidente que recibe cien mil pesos de obsequio, sin dar él ni el donante explicación alguna sobre el origen de la donación, ya que de la aceptación se deduce que el favorecido está dispuesto, para no avergonzar al donante con su rechazo, á aceptar por pudor cuanto se le ofrezca». (Sarmiento).
Nuestras escuelas recibían al niño sin ese fondo moral, sin ese santo horror por la cosa ajena, y hacían de él, por la erudición excesiva, un tullido para la lucha por la vida, un individuo con mucha necesidad de mentir y mistificar, un ser con muchas ideas generales y sin medios prácticos de labrar su porvenir, obligado como el inválido de cuerpo á suplir con el favor ajeno y la viveza propia, la falta de energía propia.
Ni la familia, ni la escuela, ni la sociedad, enseñan y acostumbran á considerar como honroso el trabajo y como denigrante el favor. Por el contrario, enseñado á vivir de arriba, el individuo varón sale del padrinazgo de la familia para entrar en el padrinazgo de las herederas ricas, en esa solución para los zánganos que tanta animación aporta á la vida social. — «Tú necesitas casarte con una muchacha que te dé casa puesta, ropa limpia y plata para el bolsillo», le decía á su hijo de colmillo fuerte una madre argentina como hay tantas. «Aquí, dice Rousiers, cada uno es un poco obrero en un sentido, pues todo el mundo vive de su trabajo y nada espera de su familia.»
En la escuela misma se les ve tratando de sobresalir ó de pasar siquiera, no por el esfuerzo propio, sino por la protección del profesor. — «Qué quiere, — me decía una vez el subdirector, — Fulano viene á llorarme para que le borre las malas notas, me da lástima y se las borro».— Señal que tiene madre y hasta abuela viva, le
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dije, un hombre que con 24 años encima es capaz de llorar para tan poca cosa. ¡Qué dejará para cuando lo fusilen por opositor ó por oficialista! El maestro era también de los que trastruecan la lástima y la repugnancia, de esos hombres, tan abundantes, que se dejan ablandar siempre por todas las almas bajas, y que son el lote con premio para esos calabreses comediantes que les besan las manos y los pies y se los inundan de lágrimas deliberadas y fáciles.
Dos ó tres proverbios explican la Inglaterra, dice Chasles: Never strike a man ivho is dbivn; fair field andno favour; a triie man: «no golpear al caído; campo libre y nada de favor; un hombre verdadero «. ¿No es esto lo contrario de aquello? ¿No es evidentemente, el favor, el título gratuito, la lepra del carácter?
Un sólo proverbio ¡ay! basta para explicarnos á nosotros: niño que no llora no mama; los otros no son más que el comentario: «fíate ala virgen y no corras»; «suerte te dé Dios hijo, que el saber de nádate sirve». Sin contar el «descansar es placer», que Schopenhauer llama refrán español y que no es más que la traducción andaluza del dolce far niente de los napolitanos.
El comercio de San Luis eleva una solicitud para que el gobierno nacional fomente en San Luis el comercio y la industria que, á pesar de la fertilidad del suelo, van de mal en peor, porque los púntanos, que son maestros en la guitarra y en el gato punteado, no saben fomentarse. San Juan ha conseguido mantener por años y años una escuela de minas en que los alumnos eran becados, y asimismo los profesores han solido compartir con ellos su sueldo para que no se fuesen y se clausurase la escuela, que sólo ha producido algunas decenas de escribientes y 3 ó 4 ingenieros, teóricos por supuesto, de esos mismos que en Inglaterra consideran de tan escasa utilidad como «un manual del ingeniero encuadernado en cuero». Las razones principales para el público eran el hecho de figurar San Juan en los libros de geografía con escuela de minas y el hecho de que se gastaban allí
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los pesos que la nación invertía en sostener la inutilidad práctica. «El hombre, como dice Bain, no puede conocer los defectos de una institución de la cual saca provecho». "Si el gobierno italiano, dice Dupriez, quiere conservar el apoyo de un grupo ó de los diputados de una región debe dar su asentimiento á trabajos superfinos, ó conservar establecimientos inútiles, una universidad sin alumnos, un tribunal sin causas)i.
En Mendoza, un individuo compra en 56.000 $ una propiedad, que á todos pareció muy cara por ese precio, y en seguida el avaluador oficial del Banco Hipotecario la tasó en 600.000 para que se otorgase sobre ella un préstamo de 300.000. El asunto metió su poco de bulla, pero cuando el tasador dijo que había exagerado «adrede, á fin de que viniese mucha plata á Mendoza», gentes de la mejor sociedad encontraron que el motivo era muy plausible. L'appetii vient eii nia7igeant, y el espíritu de viveza hizo luego una revolución con tropa de línea para que corriese entre los triunfadores el dinero de los bancos oficiales, y en seguida que los hubieron desfondado, los certificados de depósito, depreciados en 40 % , dejaron margen bastante para que la viveza de los deudores encontrase en el dinero de los acreedores un 40 °/q de premio para cubrir sus deudas; pero los más fueron tan vivos que ni así pagaron.
Cuando hay elecciones, las tropas de línea son repudiadas.de todas partes; pero, pasadas ellas, las autonomías se apresuran á gestionar brigadas ó regimientos para que la plata correspondiente se gaste allí; y por cierto que nada muestra mejor el espíritu logrero que esa inclinación de posadero hacia el consumidor forzoso.
En la bajada del río 5° vuelca una mañana, á toda velocidad, la mensajería de Mendoza, dejando el tendal de pasajeros y postillones. Los primeros que se levantan acuden en socorro del que se quejaba más fuerte. Lo palpan, lo examinan minuciosamente, y no encontrando novedades en el exterior, le preguntan: — ¿Qué le sucede, don Pancho? — ¿No tengo los brazos rotos? pre-
gunta — Xo, señor. — ;Y las piernas? — Tampoco. — ;Y las costillas ? — Tampoco. — A ver, párenme. Lo paran, camina, mueve los brazos. — En efecto, dice, no tengo nada; }0 creí que me había muerto. Pero recién entonces pueden acudir en auxilio de los que tenían una pierna rota, un brazo fracturado, una costilla quebrada.
Eso mismo pasó cuando los terremotos de San Juan y La Rioja, á tal extremo que, después de votados los subsidios á tenor de las lamentaciones y conocida la magnitud real de los perjuicios, se dijo que un senador catamarqueño andaba resentido con la ^"irgen del \'alle porque no había procurado para su provincia los beneficios del temblor fuerte. Y los maestros de escuela siguen, impertérritos, haciendo disertar á los muchachos sobre ¡ el altruismo !
Y á propósito ; eso que los catamarqueños conocen tanto, eso que se llama nepotismo y que era la única razón en virtud de la cual era gobernador de provincia, y de una de las más importantes, un bípedo que se quejaba de que la provincia de Buenos Aires tuviese tres senadores al congreso nacional, eso no es más que la ampliación del espíritu logrero á toda la familia del gobernante. Tres senadores ¡qué barbaridad! Con cuatro, un gobernador de Catamarca se comprometía á apaciguar el patriotismo exaltado de sus comprovincianos.
«Entre las penas de la vida no cuento, naturalmente, la necesidad de trabajar». «He ahí una frase que no me represento bajo la pluma de un escritor de formación comunal: habría puesto ciertamente el trabajo en primera línea entre las penas de la vida. Al contrario, sir John Lubbock aparta esta dificultad con un admirable candor: « naturalmente ;*, dice. ¡Eso le parece muy natural! Por extraordinario que parezca el hecho, se explica. ;Por qué buscamos nosotros la dicha tratando de substraernos á las dificultades de la vida? Manifiestamente es porque nos parece demasiado duro el esfuerzo necesario para afrontarlas. Si, v. gr., me exigieran andar TOO ki-
lómetros en bicicleta, lo rehusaría, porque no me siento capaz. Pero otros lo harían con gusto porque lo pueden hacer fácilmente. Así, lo que para mí es una dificultad insuperable, y una empresa enteramente desagradable, no sería para ellos más que un juguete y un placer. Misma cosa en las dificultades de la vida: insuperables para los que no están preparados para superarlas; pero puede suceder que, para otros mejor adiestrados, sean una especie de sport que no carezca de encantos. Si es así, se convendrá inmediatamente que, para tales mancebos, la vida debe representarse bajo otro aspecto que para nosotros, y que el nirvana, el nihilismo, el socialismo y el pesimismo no deben tener para ellos ninguna seducción. \en la vida por el otro lado del anteojo y, por consiguiente, la ven de otro modo, la ven hermosa; son optimistas >i . (Demolins).
Por incapacidad de administración, en los antiguos internados nos mataban de hambre y nos resabiaban el espíritu con un trabajo aplastador por exxesivo y de mala clase, y no obstante lo mucho que han adelantado las escuelas primarias, aún se hace hacer en ellas el mismo número de horas de atención á los niños de 6 años que á los de 12, y aún se mantiene el sistema de exámenes anuales que subordinando el pase de un curso á otro á la eventualidad de la suerte ó de la matufia en la extracción de las bolillas, suspende la necesidad de trabajar un poco todos los días, y da la impresión de que el éxito en la vida no depende de la perseverancia, sino de una feliz corazonada.
Paralelamente, en las ciudades y en el campo, presidiendo la más estúpida economía, los pobres se apretaban la barriga, sacrificando las tripas para mejorar el traje, y los patrones economizaban menguando la cantidad y la calidad en el ahmento de los trabajadores, como en el ejército los proveedores y algunos jefes aumentaban sus mezquinas utilidades mermando el bienestar de los soldados, á veces hasta obligarlos á sublevarse de hambre. De estos factores confluentes á
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producir la debilidad del espíritu y del cuerpo, surgía como producto natural la moral de los débiles con sus virtudes correspondientes : la astucia, la frugalidad y la desvergüenza. Diablura se llama entonces á la estafa, viveza al robo, habilidad al engaño y toda mistificación es de rigor, no habiendo procedimiento más aplaudido que M correr con la vaina » : ganar algo con nada. Al lado, y al lado de encima de la moral religiosa está la moral imperativa de las circunstancias, para no decir de las tripas, como al lado de la ley escrita, la costumbre, ley de hecho.
La disposición del público, el espíritu público, es el espíritií logrero: pedir mucho y pagar poco. Remunerar mal y exigirle que trabaje mucho al funcionario; el público quiere buen negocio para sí y exige por lo tanto que el empleado haga mal negocio para él : que dé mucho por poco. Ahora, pues, un individuo de ese público pasa á ser. empleado con el espíritu que tenía cuando era público, y quiere entonces en el reverso lo mismo que quería en el anverso: dar poco por mucho.