Marianela · Unidad 2 de 16

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--Arrojándose a ella. Los que han entrado no han vuelto a salir, y es lástima, porque nos hubieran dicho qué pasaba allá dentro. La boca de esa caverna hállase a bastante distancia de nosotros; pero hace dos años los mineros, cavando en este sitio, descubrieron una hendidura en la peña, por la cual se oye el mismo hervor de agua que por la boca principal. Esta hendidura debe comunicar con las galerías de allá dentro, donde está el resoplido que sube y el chorro que baja. De día podrá usted verla perfectamente, pues basta trepar un poco por las piedras del lado izquierdo, para llegar hasta ella. Hay un cómodo asiento. Algunas personas tienen miedo de acercarse; pero la Nela y yo nos sentamos allí muy a menudo a oír cómo resuena la voz del abismo. Y efectivamente, señor, parece que nos hablan al oído. La Nela dice y jura que oye palabras, que las distingue claramente. Yo, la verdad, nunca he oído palabras; pero sí un murmullo como soliloquio o meditación, que a veces parece triste, a veces alegre, a veces colérico, a veces burlón.

--Pues yo no oigo sino ruido de gárgaras--dijo el doctor riendo.

--Así parece desde aquí... Pero no nos retardemos, que es tarde. Prepárese usted a pasar otra galería.

--¿Otra?

--Sí, señor. Y ésta, al llegar a la mitad se divide en dos. Hay después un laberinto de vueltas y revueltas, porque se hicieron galerías que después quedaron abandonadas, y aquello está como Dios quiere. Choto, adelante.

Choto se metió por un agujero, como hurón que persigue al conejo, y siguiéronle el doctor y su guía, que tentaba con su palo el tortuoso, estrecho y lóbrego camino. Nunca el sentido del tacto había tenido más delicadeza y finura, prolongándose desde la epidermis humana hasta un pedazo de madera insensible. Avanzaron, describiendo primero una curva, después ángulos y más ángulos, siempre entre las dos paredes de tablones húmedos y medio podridos.

--¿Sabe usted a lo que me parece esto?--dijo el doctor, conociendo que los símiles agradaban a su guía--. Pues se me parece a los pensamientos del hombre perverso. Parece que somos la intuición del malo, cuando penetra en su conciencia para verse en toda su fealdad.

Creyó Golfín que se había expresado en lenguaje poco inteligible para el ciego; mas éste probole lo contrario, diciendo:

--Para el que posee ese reino desconocido de la luz, estas galerías deben de ser tristes; pero yo, que vivo en tinieblas, hallo aquí cierta conformidad de la tierra con mi propio ser. Yo ando por aquí como usted por la calle más ancha. Si no fuera porque unas veces es escaso el aire y otras la humedad excesiva, preferiría estos lugares subterráneos a todos los demás lugares que conozco.

--Esto es la idea de la meditación.

--Yo siento en mi cerebro un paso, un agujero lo mismo que este por donde voy, y por él corren mis ideas desarrollándose magníficamente.

--¡Oh! ¡cuán lamentable cosa es no haber visto nunca la bóveda azul del cielo en pleno día!--exclamó el doctor con espontaneidad suma--. Dígame usted, ¿este conducto donde las ideas de usted se desarrollan magníficamente, no se acaba nunca?

--Ya, ya pronto estaremos fuera.... ¿Dice usted que la bóveda del cielo...? ¡Ah! Ya me figuro que será una concavidad armoniosa, a la cual parece que podremos alcanzar con las manos, sin poder hacerlo realmente.

Al decir esto, salieron; Golfín, respirando con placer y fuerza, como el que acaba de soltar un gran peso, exclamó mirando al cielo:

--Gracias a Dios que os vuelvo a ver, estrellitas del firmamento. Nunca me habéis parecido más lindas que en este instante.

--Al pasar--dijo el ciego, alargando su mano que mostraba una piedra--he cogido este pedazo de caliza cristalizada; ¿sostendrá usted que estos cristalitos que mi tacto halla tan bien cortados, tan finos, y tan bien pegados los unos a los otros no son una cosa muy bella? Al menos a mí me lo parece.

Diciéndolo, desmenuzaba los cristales.

--Amigo querido--dijo Golfín con emoción y lástima--es verdaderamente triste que usted no pueda conocer que ese pedruzco no merece la atención del hombre, mientras esté suspendido sobre nuestras cabezas el infinito rebaño de maravillosas luces que llenan la bóveda del cielo.

El ciego volvió su rostro hacia arriba, y dijo con profunda tristeza:

--¿Es verdad que existís, estrellas?

--Dios es inmensamente grande y misericordioso--observó Golfín, poniendo su mano sobre el hombro de su acompañante--. Quién sabe, quién sabe, amigo mío.... Se han visto, se ven todos los días casos muy raros.

Mientras esto decía, le miraba de cerca, tratando de examinar a la escasa claridad de la noche las pupilas del joven. Fijo y sin mirada, el ciego volvía sonriendo su rostro hacia donde sonaba la voz del doctor.

--No tengo esperanza--murmuró.

Habían salido a un sitio despejado. La luna, más clara a cada rato, iluminaba praderas ondulantes y largos taludes, que parecían las escarpas de inmensas fortificaciones. A la izquierda y a regular altura vio el doctor un grupo de blancas casas en el mismo borde de la vertiente.

--Aquí a la izquierda--dijo el ciego--está mi casa. Allá arriba... ¿sabe usted? Aquellas tres casas es lo que queda del lugar de Aldeacorba de Suso: lo demás ha sido expropiado en diversos años para beneficiar el terreno; todo aquí debajo es calamina. Nuestros padres vivían sobre miles de millones sin saberlo.

Esto decía, cuando se vino corriendo hacia ellos una muchacha, una niña, una chicuela, de ligerísimos pies y menguada estatura.

--Nela, Nela--dijo el ciego--. ¿Me traes el abrigo?

--Aquí está--repuso la muchacha poniéndole un capote sobre los hombros.

--¿Ésta es la que cantaba?... ¿Sabes que tienes una preciosa voz?

--¡Oh!--exclamó el ciego con candoroso acento de encomio--canta admirablemente--. Ahora, Mariquilla, vas a acompañar a este caballero hasta las oficinas. Yo me quedo en casa. Ya siento la voz de mi padre que baja a buscarme. Me reñirá de seguro.... ¡Allá voy, allá voy!

--Retírese usted pronto, amigo--dijo Golfín estrechándole la mano--. El aire es fresco y puede hacerle daño. Muchas gracias por la compañía. Espero que seremos amigos, porque estaré aquí algún tiempo.... Yo soy hermano de Carlos Golfín, el ingeniero de estas minas.

--¡Ah!... ya.... D. Carlos es muy amigo de mi padre y mío: le espera a usted desde ayer.

--Llegué esta tarde a la estación de Villamojada... dijéronme que Socartes estaba cerca y que podía venirme a pie. Como me gusta ver el paisaje y hacer ejercicio, y como me dijeron que adelante, siempre adelante, eché a andar, mandando mi equipaje en un carro. Ya ve usted cómo me perdí... pero no hay mal que por bien no venga... le he conocido a usted y seremos amigos, quizás muy amigos.... Vaya, adiós; a casa pronto, que el fresco de Setiembre no es bueno. Esta señora Nela tendrá la bondad de acompañarme.

--De aquí a las oficinas no hay más que un cuarto de hora de camino... poca cosa.... Cuidado no tropiece usted en los rails; cuidado al bajar el plano inclinado. Suelen dejar los vagonetes sobre la vía... y con la humedad, la tierra está como jabón.... Adiós, caballero y amigo mío. Buenas noches.

Subió por una empinada escalera abierta en la tierra y cuyos peldaños estaban reforzados con vigas. Golfín siguió adelante, guiado por la Nela. Lo que hablaron ¿merecerá capítulo aparte? Por si acaso, se lo daremos.

-III-

Un diálogo que servirá de exposición

--Aguarda, hija, no vayas tan a prisa--dijo Golfín deteniéndose--déjame encender un cigarro.

Estaba tan serena la noche, que no necesitó emplear las precauciones que generalmente adoptan contra el viento los fumadores. Encendido el cigarro, acercó la cerilla al rostro de la Nela, diciendo con bondad:

--A ver, enséñame tu cara.

Mirábale la muchacha con asombro, y sus negros ojuelos brillaron con un punto rojizo, como chispa, en el breve instante que duró la luz del fósforo. Era como una niña, pues su estatura debía contarse entre las más pequeñas, correspondiendo a su talle delgadísimo y a su busto mezquinamente constituido. Era como una jovenzuela, pues sus ojos no tenían el mirar propio de la infancia, y su cara revelaba la madurez de un organismo en que ha entrado o debido entrar el juicio. A pesar de esta desconformidad, era admirablemente proporcionada, y su pequeña cabeza remataba con cierta gallardía el miserable cuerpecillo. Alguien decía que era una mujer mirada con vidrio de disminución; alguno que era una niña con ojos y expresión de adolescente. No conociéndola, se dudaba si era un asombroso progreso o un deplorable atraso.

--¿Qué edad tienes tú?--preguntole Golfín sacudiendo los dedos para arrojar el fósforo, que empezaba a quemarle.

--Dicen que tengo diez y seis años--replicó la Nela, examinando a su vez al doctor.

--¡Diez y seis años! Atrasadilla estás, hija. Tu cuerpo es de doce, a lo sumo.

--¡Madre de Dios! Si dicen que yo soy como un fenómeno--manifestó ella en tono de lástima de sí misma.

--¡Un fenómeno!--repitió Golfín poniendo su mano sobre los cabellos de la chica--. Podrá ser. Vamos, guíame.

La Nela comenzó a andar resueltamente sin adelantarse mucho, antes bien, cuidando de ir siempre al lado del viajero, como si apreciara en todo su valor la honra de tan noble compañía. Iba descalza: sus pies, ágiles y pequeños denotaban familiaridad consuetudinaria con el suelo, con las piedras, con los charcos, con los abrojos. Vestía una falda sencilla y no muy larga, denotando en su rudimentario atavío, así como en la libertad de sus cabellos sueltos y cortos, rizados con nativa elegancia, cierta independencia más propia del salvaje que del mendigo. Sus palabras, al contrario, sorprendieron a Golfín por lo recatadas y humildes, dando indicios de un carácter formal y reflexivo. Resonaba su voz con simpático acento de cortesía, que no podía ser hijo de la educación, y sus miradas eran fugaces y momentáneas, como no fueran dirigidas al suelo o al cielo.

--Dime--le preguntó Golfín--¿tú vives en las minas? ¿Eres hija de algún empleado de esta posesión?

--Dicen que no tengo madre ni padre.

--¡Pobrecita! Tú trabajarás en las minas....

--No, señor. Yo no sirvo para nada--replicó sin alzar del suelo los ojos.

--Pues a fe que tienes modestia.

Teodoro se inclinó para mirarle el rostro. Este era delgado, muy pecoso, todo salpicado de menudas manchitas parduzcas. Tenía pequeña la frente, picudilla y no falta de gracia la nariz, negros y vividores los ojos; pero comúnmente brillaba en ellos una luz de tristeza. Su cabello dorado-oscuro había perdido el hermoso color nativo por la incuria y su continua exposición al aire, al sol y al polvo. Sus labios apenas se veían de puro chicos, y siempre estaban sonriendo; pero aquella sonrisa era semejante a la imperceptible de algunos muertos cuando han dejado de vivir pensando en el cielo. La boca de la Nela, estéticamente hablando, era desabrida, fea; pero quizás podía merecer elogios, aplicándole el verso de Polo de Medina: «_es tan linda su boca que no pide_». En efecto; ni hablando, ni mirando, ni sonriendo revelaba aquella miserable el hábito degradante de la mendicidad callejera.

Golfín le acarició el rostro con su mano, tomándolo por la barba y abarcándolo casi todo entre sus gruesos dedos.

--¡Pobrecita!--exclamó--. Dios no ha sido generoso contigo. ¿Con quién vives?

--Con el señor Centeno, capataz de ganado en las minas.

--Me parece que tú no habrás nacido en la abundancia. ¿De quién eres hija?

--Dicen que mi madre vendía pimientos en el mercado de Villamojada. Era soltera. _Me tuvo_ un día de Difuntos, y después se fue a criar a Madrid.

--¡Vaya con la buena señora!--murmuró Teodoro con malicia--. Quizás no tenga nadie noticia de quién fue tu papá.

--Sí, señor--replicó la Nela con cierto orgullo--. Mi padre fue el primero que encendió las luces en Villamojada.

--¡Cáspita!

--Quiero decir que cuando el Ayuntamiento puso por primera vez faroles en las calles--dijo la muchacha, dando a su relato la gravedad de la historia--, mi padre era el encargado de encenderlos y limpiarlos. Yo estaba ya criada por una hermana de mi madre, que era también soltera, según dicen. Mi padre había reñido con ella.... Dicen que vivían juntos... todos vivían juntos... y cuando iba a farolear me llevaba en el cesto, junto con los tubos de vidrio, las mechas, la aceitera.... Un día dicen que subió a limpiar el farol que hay en el puente; puso el cesto sobre el antepecho, yo me salí fuera y caíme al río.

--¡Y te ahogaste!

--No, señor; porque caí sobre piedras. ¡Divina Madre de Dios! Dicen que antes de eso era yo muy bonita.

--Sí; indudablemente eras muy bonita--afirmó el forastero con el alma inundada de bondad--. Y todavía lo eres.... Pero dime otra cosa. ¿Hace mucho tiempo que vives en las minas?

--Dicen que hace tres años. Dicen que mi madre me recogió después de la caída. Mi padre cayó enfermo, y como mi madre no le quiso asistir, porque era malo, él fue al hospital donde dicen que se murió. Entonces vino mi madre a trabajar a las minas. Dicen que un día la despidió el jefe porque había bebido mucho aguardiente....

--Y tu madre se fue.... Vamos, ya me interesa esa señora. Se fue....

--Se fue a un agujero muy grande que hay allá arriba--dijo Nela, deteniéndose ante el doctor y dando a su voz el tono más patético--y se metió dentro.

--¡Canario! ¡Vaya un fin lamentable! Supongo que no habrá vuelto a salir.

--No, señor--replicó la Nela con naturalidad--. Allí dentro está.

--Después de esa catástrofe, pobre criatura--dijo Golfín con cariño--, has quedado trabajando aquí. Es un trabajo muy penoso el de la minería. Tú estás teñida del color del mineral; estás raquítica y mal alimentada. Esta vida destruye las naturalezas más robustas.

--No, señor, yo no trabajo. Dicen que yo no sirvo ni puedo servir para nada.

--Quita allá, tonta, tú eres una alhaja.

--Que no señor--dijo Nela insistiendo con energía--. Si no puedo trabajar. En cuanto cargo un peso pequeño, me caigo al suelo. Si me pongo a hacer alguna cosa difícil en seguida me desmayo.

--Todo sea por Dios.... Vamos, que si cayeras tú en manos de personas que te supieran manejar, ya trabajarías bien.

--No, señor--repitió la Nela con tanto énfasis como si se elogiara--; si yo no sirvo más que de estorbo.

--¿De modo que eres una vagabunda?

--No, señor, porque acompaño a Pablo.

--¿Y quién es Pablo?

--Ese señorito ciego, a quien usted encontró en la Terrible. Yo soy su lazarillo desde hace año y medio. Le llevo a todas partes; nos vamos por esos campos paseando.

--Parece buen muchacho ese Pablo.

La Nela se detuvo otra vez mirando al doctor. Con el rostro resplandeciente de entusiasmo, exclamó:

--¡Madre de Dios! Es lo mejor que hay en el mundo. ¡Pobre amito mío! Sin vista tiene él más talento que todos los que ven.

--Me gusta tu amo. ¿Es de este país?

--Sí, señor, es hijo único de D. Francisco Penáguilas, un caballero muy bueno y muy rico que vive en las casas de Aldeacorba.

--Dime ¿y a ti por qué te llaman la Nela? ¿Qué quiere decir eso?

La muchacha alzó los hombros. Después de una pausa, repuso:

--Mi madre se llamaba la señá María Canela; pero le decían Nela. Dicen que este es nombre de perra. Yo me llamo María.

--Mariquita.

--María Nela me llaman y también La Hija de la Canela. Unos me dicen Marianela, y otros nada más que la Nela.

--¿Y tu amo, te quiere mucho?

--Sí, señor, es muy bueno. Él dice que ve con mis ojos, porque como le llevo a todas partes y le digo cómo son todas las cosas....

--Todas las cosas que no puede ver.

El forastero parecía muy gustoso de aquel coloquio.

--Sí, señor; yo le digo todo. Él me pregunta cómo es una estrella, y yo se la pinto de tal modo hablando, que para él es lo mismito que si la viera. Yo le explico todo, cómo son las yerbas, las nubes, el cielo, el agua y los relámpagos, las veletas, las mariposas, el humo, los caracoles, el cuerpo y la cara de las personas y de los animales. Yo le digo lo que es feo y lo que es bonito, y así se va enterando de todo.

--Veo que no es flojo tu trabajo. ¡Lo feo y lo bonito! Ahí es nada... ¿Te ocupas de eso?... Dime, ¿sabes leer?

--No, señor. Si yo no sirvo para nada.

Decía esto en el tono más convincente, y el gesto de que acompañaba su firme protesta parecía añadir: «Es usted un majadero en suponer que yo sirvo para algo.»

--¿No verías con gusto que tu amito recibía de Dios el don de la vista?

La muchacha no contestó nada. Después de una pausa, dijo:

--¡Divino Dios! Eso es imposible.

--Imposible no, aunque difícil.

--El ingeniero director de las minas ha dado esperanzas al padre de mi amo.

--¿D. Carlos Golfín?

--Sí, señor. D. Carlos tiene un hermano médico que cura los ojos, y, según dicen, da vista a los ciegos, arregla a los tuertos y les endereza los ojos a los bizcos.

--¡Qué hombre más hábil!

--Sí, señor; y como ahora el médico anunció a su hermano que iba a venir, su hermano le escribió diciéndole que trajera las herramientas para ver si le podía dar vista a Pablo.

--¿Y ha venido ya ese buen hombre?

--No, señor: como anda siempre allá por las Américas y las Inglaterras, parece que tardará en venir. Pero Pablo se ríe de esto y dice que no le dará ese hombre lo que la Virgen Santísima le negó desde el nacer.

--Quizás tenga razón.... Pero dime, ¿estamos ya cerca?... porque veo chimeneas que arrojan un humo más negro que el del infierno, y veo también una claridad que parece de fragua.

--Sí, señor, ya llegamos. Aquellos son los hornos de la calcinación, que arden día y noche. Aquí enfrente están las máquinas de lavado, que no trabajan sino de día; a mano derecha está el taller de composturas y allá abajo, a lo último de todo, las oficinas.

En efecto; el lugar aparecía a los ojos de Golfín como lo describía Marianela. Esparciéndose el humo por falta de aire, envolvía en una como gasa oscura y sucia todos los edificios, cuyas masas negras señalábanse confusa y fantásticamente sobre el cielo iluminado por la luna.

--Más hermoso es esto para verlo una vez que para vivir aquí--indicó Golfín apresurando el paso--. La nube de humo lo envuelve todo, y las luces forman un disco borroso, como el de la luna en noches de bochorno. ¿En dónde están las oficinas?

--Allá: ya pronto llegamos.

Después de pasar por delante de los hornos, cuyo calor obligole a apretar el paso, el doctor vio un edificio tan negro y ahumado como todos los demás. Verlo y sentir los gratos sonidos de un piano teclado con verdadero frenesí musical, fue todo uno.

--Música tenemos. Conozco las manos de mi cuñada.

--Es la señorita Sofía, que toca--afirmó María.

Claridad de alegres habitaciones lucía en los huecos, y el balcón principal estaba abierto. Veíase en él una pequeña ascua: era la lumbre de un cigarro. Antes que el doctor llegase, aquella ascua cayó, describiendo una perpendicular y dividiéndose en menudas y saltonas chispas; era que el fumador había arrojado la colilla.

--Allí está el fumador sempiterno--gritó el doctor con acento del más vivo cariño--. ¡Carlos, Carlos!

--¡Teodoro!--contestó una voz en el balcón.

Calló el piano, como un ave cantora que se asusta del ruido. Sonaron pasos en la casa. El doctor dio una moneda de plata a su guía y corrió hacia la puerta.

-IV-

La familia de piedra