Memoria sobre educación común · Unidad 24 de 48

Unidad 24 · SECCIÓN 3/

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SECCIÓN 3/

Számen de las objeciones que se haoea contra 1»

ilustración Jeneral, aplicadas a la

instrucción primaria.

Antes de indicar todas las ventajas que por oportunos medios pueden reportarse de la instrucción primaria en favor de la moralidad, costumbres e industria, quiero hacerme cargo brevemente de algunas objeciones aducidas por espíritus misántropos contra la ilustración ; objeciones que aun a los ojos del estadista superficial parecerían confirmadas por la que ocurre en diversos pueblos de los mas civilizados ; pera cuya insubsis* tencía se palpa por poco que se profundicen las verdaderas causas de tales accidentes.

^* La difusión de las luces,;; se ha dicho, yy enerva los caracteres; i lejos de ser una de las ;; mas fuertes columnas del orden público, quizá ;; debería temérsela como su mina mas peligrosa, yy por el gran número de aspiraciones que crea^

V siendo imposible satisfacerlas todas a la vez. ^y Ella hace al ciudadano descontentadizo con

V su suerte ; i le excita a no perdonar ninguno yy de los medios que su impaciencia le sujiere yy como tendientes a mejorarla. Aumentando inyy definidamente, a proporción que ella se acre*

V cienta^ las necesidades facticias del hombre, le

— 25 — » vaacostumbrando al lujo i la molicie; destruyy ye \^ rijida sencillez de las primitivas costnmyy bres i virtudes; conduce las sociedades al yy egoismo, i substituyendo al ardor de la fé la yy indiferencia del espíritu de examen, arrebata yy en un vértigo jeneral las creencias, piedra anyy guiar i fundamento imprescindible para la yy subsistencia de toda nación. Estableciendo en yy último resultado el reino del escéptico mateyy rialismo; viene, si bien se examina, a ser una ;; de las mas influyentes causas de la decadenyy cia i ruina final de los pueblos, yy

La mayor parte de estas objeciones no podrían tener a^gun viso de razón, sino cuando mas aplicándose a una mui grande i mui difundida instrucción superior científica i literaria; pero jamas lo tendrán contra la jeneralizacion de la elemental i limitada, que únicamente es posible proporcionar al pueblo. La sencillez de costumbres que en la infancia de las naciones se admira, no se pierde sino que, por el contrario, se' perfecciona i dignifica, suministrando a todas sus clases sin distincíou, los medios de ealir de la abyección del embrutecimiento. Nadie osará, por cierto, recomendar como digna de imitación la simplicidad de las costumbres del salvaje, ni creo sea eso lo que se encomia. ¿Hai algo mas digno de antipatía que la profunda ignorancía; la cual, lejos de permitir al hombre conocer toda la enornúdad de sus delitos i lo degradante de sus vicios, le representa talvez unos i otros . como justos objetos de su descarada jactancia?

M. Ilf. ' 4

— 26 -^ ¿Qué amor puede ligar a una vida tranquila, qué vinculo a la humanidad i la patria, a es9 desheredado de la fortuna a quien su falta de educación cierra todos los caminos lejítimos pa* ra mejorar de suerte? Sin duda no debe esperarse que le interese i conmueva la desgracia de sus semejantes. Por el coatrario, natural es que la desee^ que acaso la procure, i que se complazca en los padecimientos ajenos^ como un lenitivo de los propios. Que la, nación a que pertenece sea libre i feliz, o que |iraa bajo el azote de un tirano^ ¿qué le importa? por eso no se empeora su propio destino, no pudiendo serlo. A semejanza del pueblo romano, que iba a cubrir de flores el sepulcro de Nerón, su corazón aplaudirá con secreta complacencia al que haga a los mas venturosos sufrir tanto como él mismOt Así se esplica ese fenómeno singular, de que los tiranos que mas justo horror inspiran por&u9 crueldades a la posteridad, hayan visto de ante^ mano compensada esta ignominiosa nombra*^ dia, con la popularidad de que gozaron ea su tiempo!

Si ese ciudadano, pues., ignorante i embrnte^ cido, liega a tomar alguna vez las armas en defensa de una buena causa, no será la calidad de ésta, ni el deseo de su triunfo» lo que le inflame de patriótico ardor. £1 aliciente del vil salario que se le brinde o la espectativa de! pillaje ex» citarán solamente su codicia. Si la perpetración de un crimen atroz le ofrece un efímero lucro o la sAtisiaccíon inmediata de un^ pasión brataK

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¿qué se le dá esponer una existencia penosa, a serle arrebatada en nn cadalso? El no conoce el delicado sentimiento del honor que putirera haeerle formidable esa ignominia. O carece de familia, o 6Í la tiene, cree que su suerte no ha de ser mas cruel por la afrenta que sobre ella recai* ga. Sus bárbaros instintos nunca han sido moríjerados por un freno saludable; i la exaspera-* cion misma de la desgracia los aguijonea con violencia irresistible» Todo lo arrastrará pues, por contentarlos. Puede ser que logre burlar el golpe de la vindicta pública ; i sino, ha tenido un momento de goce en su existencia sin encaatOB^ nada deja atrás que sentir, i se ha complacido ea los jemidos de su víctima 1

•Cuan diferente de ese cuadro es el que nos ofrece el hombre que ha alcanzado un mediano grado de instrucción ! Su mismo aspecto físico lleva impresa, en lugar de la violeacia de pastoriles BO satisfechas, la tra;nquiia dignidad de uua interna satisfacción. DisfrutaiKlo de algunas co* ulodidades que le haceu amable la vida, o te* Biendo por lo menos a su alcance los medios lejítimos para ello; no exasperando todo el dia sa cora,zon, si es padre de i^m^lia, los ciamores hambrientos de ésta, amará ^1 suelo en que es, o ve la esperanza de ser dichoso; no omitirá sacrificios por el <leseo patriótioo de su felicidad, ea que él mismo se encuentra ii)t^resado, i ahorré* oerá el «crimen, porque jiinto con lam«anchaque trae len pos, amaga arrébatanle todas tus b<er* jRios^s f>erspeetiva8. . :

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II.

La estadística ha manifestado en todas partas r¡ue la instrucción primaria difundida en el pueblo, disminuye en notable proporción los grandes delitos. Es verdad, se objeta que en compensación ella acrecienta el número de los leves. Natural resultado es éste de la civilización, que aumentando prodijiosamente las transacciones por el progreso de la industria i del comercio, multiplica con ellas las oportunidades i tentaciones del abuso. Con todo, ¿quién negará la inmensa ganancia que se reporta sostituyendo de ese modo las pequeñas agresiones contra la propiedad a los grandes crímenes en que se ataca directamente a las personas?

A mas de esto yo creo que aun ese inconveniente de la difusión de las luces, compensado por tan superiores ventajas donde quiera, es mucho menos de temer para nosotros que ^ara los paises cuyo ejemplo se nos objeta, por la diversidad de nuestras circunstancias. En efecto, la escesi va población de las comarcas en que por lo jeneral se ha notado ese fenómeno disminuyendo con la gran competencia los recursos de que en ella puede echarse mano para prosperar, hacen que ni la mayor actividad que la civilización desenvuelve en el hombre, ni el aumento^ de sus necesidades que la misma produce^ encuentren todo el lejitimo empleo i satisfacción correspondientes. I hé aquS la primordial i mas

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«fectiva causa de los abusos. Pero en los países sur-americano9, donde la falta que mas justa* mente se lamenta es la de brazos e intelijencias capaces de esplotar los infinitos veneros vi rjenes de riqueza que se brindan al hombre para pros* perarle i engrandecerle, ¿qué temor, disculpa* ble siquiera^ de esta naturaleza, pudiera arredramos de procurar la mas amplia jeneralizacioa de los conocimientos primarios, habilitaiKlo con ellos a nuestro pueblo para aprovechar en su propia felicidad los dones de que nos ha sido tan prodiga la naturaleza?

Ni serian convencidos de n^enos quiméricos los recelos que pudieran aducirse con respecto al maBtenimientó del órden^ con solo reparar el ejemplo decisivo dé lo que ocurre en lof^ Estados Unidos, norte^americanos» Abriéndose allí, como en nuestro sue^ un fecundo e inagotable cam^ po al ejercicio de la industria humana, la ilus^ tracion solo sirve a los ciudadanos parli sacar t<^o el partido posible de esas ventajas natura* les. T por lo mismo que esa ilustración, mas je^* neralizada que en ningún otro pais del globo^ hace conocedores a todos de sus verdaderos intereses i derechos, i forma de tales estados la nación más libre del universo, el orden público ningún ataque serio tiene que temer. El se sostiene por el contrario, mejor que en cualquiera otra parte, porque todos los individuos le aman, reconocién* dolé justamiente como la mas indispensable condición de su particular felicidad.

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Pera a nada favorece quizá tanto la uistrac-i cion primaría^ como al afianzamiento de la fó relijiosa. No es el hombre que vejeta en una era-» sa ignorancia^ el:ma& apto por ló comiüil para concebir de Dios^ i de la santidad i pureza de la reitjion del Cristo, la idea sublime que nkerecen. Sin penetrar un poco siquiera en los principios i calidad de ]a& futuras promesas dé la relijion, ¿qué concepto se formará. de la justicia i páter^ na bondad del Supremo Ser, aquel que en la degradación de los vicios, i/sin espectativas ^é mejora de suerte, vive abrumado de siifrimirartos i no satisfechas necesidades? No; solo aquel a quien se hayan esplicado estos fenómenos i ha* bituado a no considerarlos obra dé una ciega &l^ talidad ; aquel a quién por la instrucción se ;ha-* yan abierto los medios doreximirse con el traba|o i buena conducta a su ajparente tiranía^ solo ese será capaz, sin una evidente intervención del cie^ lo^ de itnbuírse de un verdadero' entusiasmo relijioso. Por ^o es tan conforme al espíritu emi<» nentemente progresista de la relijion cristiana; la ilustración del pueblo; por eso son las nado* nes moderuas que profesan esa fé^ las que, com* prendiendo cada dia mejor sus caritativos pre*» ceptos, han llegado al fin a establecer en princi* pió la obligación- de educar indistintamente á toda clase de ciudadanos* Enseñar aáqutixQ sabe no era ciertamente un mandato jeneral para to-

— sidos, i respecto de todos, én las relíjiones anteriores a Jesucristo.

IV.

Si . ningún inconveniente se presenta, pues, pata arredrarnos de procurar la mayor jenerali^ zacion posible de la instrucción primaria, ¿pu« diera acaso haberlo en suministrar indistinta-» mente a todo el pueblo una ilustración demasiado lata? La contestación afirmativa a esta pregunta* me parece la mas natural, siempre que en igual proporción no se hayan puesto al alcance de todos los ciudadanos abundantes recursos para una mejora material de su condición, que coresponda a la moral que se les procura. Pero jquién nové la imposibilidad de que^ por gran* des esfuerzos que entre nosotros se practiquen ^ en ese sentido^ lleguemos en mnchjos anos a tan avanzado ^ado de cultura, que quizá no han alcanzado todavía las mas adelantadas antiguas naciones que en el día conocemos? Sobrado bar* bremos hecho cuando hayamos constituido par-* ticipes a todos los chilenos de los beneficios de la instrucción primaria mas elemental ; i no es ésta, ciertamente, de quien puede temerse los inconvenientes a que me reiiero. Quizá por ser aún tan raro en Chile el que sabe leer, escribir i contar medianamente, todo el que posee con regular perfección estos conocimientos, aspira luego a salir de la esfera vulgar ; pero es por lo mbmo que encuentra^ gracias a esa 8q|a ven^

— 32 — taja, tanto lugar vacío que le invita con instan^ cia a ocuparlo, en las esferas superiores. No su* t;ederá lo mismo cuando tales nociones no sean \ina especie de privilejio limitado a tan reducido numero de individuos, en nuestras clases inferiores. ¿Faltan acaso en los Estados norteamericanos, no. diré ya entre los que saben leer i escribir^ pero aun entre los numerosos individuos que han llegado allí a recibir una instrucción casi científica, quienes tomen en sus manos la pala, el azadón o la garlopa^ para dedicarse a los trabajos que nuestra ignorancia sola^ o el hábito de envejecidas ideas, nos hace mirar como degradantes? Testimonio bien irrecusable es éste de que la difusión de las luces ennoblece toda €lase de ocupaciones lejitimas, siempre que el hombre pueda considerarlas, por su industria i la conciencia de su propio valer> como un vehículo para elevarse a la fortuna.

Posean^ pueS) todos los ciudadanos la instrucción mas indispensable, i no habrá un solo oficio a que^ por esa causa, falten adeptos. La verda^ dera nobleza e importancia no se harán entonces consistir en la calidad de las profesiones, sino en la de las personas que de ellos hagan su ocupación»

Ademas de que el pobre nunca tendrá tiempo suficiente para instruirse demasiado; aun cuando llegase a conseguirlo^ subsistiría siempre la diferencia de condiciones» por el proporcional aumento de ilustración i cultura que alcanzarían las clases mas acomodadas. De esa manera, en

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lugar de im peligro, se reportaría el gran bien de descubrir i aprovechar todos los talentos distinguidos, que en ninguna época ni pais abundan con exceso.

El escepticismo materialista es la plaga de los pueblos que, o por resultado de una grande ilustración, o bien por otras causas, han llegado a aglomerar en pocas manos excesivas riquezas, mientras la masa de la nación permanece en una condición totalmente distinta. En tales sociedades pierden las diversas clases por motivos opuestos, sus creencias. Pero éstas se arraigan i perpetúan donde están difundidos con menos desigualdad la instrucción i el bienestar de la medianía. De las comodidades déla decencia i sus saludables resultados, al refinamiento pernicioso del lujo, va una inmensa distancia. I no es el que disfruta de las primeras en medio del trabajo que se las proporciona, sino el poderoso que nada «n la superabundancia o la molicie, o bien el desgraciado que se arrastra en el fango de la última miseria, los que se sienten de ordinario inclinados a renegar de la divinidad ; éste porque no esperimenta en sí los beneficios de que cree que ufia fatalidad ciega colma a los demás; aquel, por la triste condición de nuestra naturaleza, que nos induce a ser tanto mas ingratos, cuanto nos vemos mas favorecidos. La Inglaterra es uno de los paiaes en que mas largo tiempo se han con-

M. III. ^

— 34 — serrado las creencias, i a dos causas principales^ debe en mi concepto atribuirse este efecto. Es la primera lo difundido que alli se encuentra ' el de* cente bienestar entre la gran mayoría de la nación ; i la segunda el amplio ejercicio en que ha puesto su caridad la mas opulenta nobleza. En recompensa la Inglaterra será la última sección de la civilizada Europa, en que se dejará sentir la decrepitud.

Concluyo^ pues, que en Cliile ningún temor debe haber de esforzarse demasiado por difundir i ampliar la ilustración del pueblo. I>¡a vendrá, sin duda, en que convenga poner algún moderamen a esos esfuerzos. Pero ese tiempo está todavía mui remoto ; i si la decadencia es una lei universal de que no pueden eximirse mas los pueblos que los individuos, locura soberana fuera que nosotros, infantes, nos privásemos en lo menor de un bien el mas grande, por prevenir un maHmajínario por ahora, i que será, por otra parte, irremediable cuando el curso de los tiempos nos traiga nuestro turno.

VI.

Se deprime injustamente a la raza sur-amerí* cana, cuando al aspecto de su condición actual, la anatematizan algunos con su inhabilidad para la industria. La comparación que al efecto se hace de ella con otras razas hoi mas civilizada», está a mi modo de ver bien lejos de ser un argumento decisivo. Los habitantes del norte, tan jugttamente ponderados hoi por su aptitud industrial.

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¿fueron acüdo mui distintos de nuestro pueblo hasta ahora tres siglos? Si en el día se encuentran en otra pondicion, la verdadera causa consiste, parte en esa mayor habilidad natural para todo que heredan los hijos de padres civilizados^ fenómeno sobre cuya existencia he llamado ya la consideración en otro capitulo de esta Memoria ; i parte en los ejemplos que desde niños los rodean en sus respectivos países. El hombre concibe la . vida según la aprende, i es por lo común lo que se quiere que sea. Asi como los pueblos indus-- triosos i civilizados trasmiten su índole i costumbres a todos sus individuos, asi el nuestro, que no ha disfrutado hasta ahora de igual ventura, solo podrá ir cambiando paulatinamente los hábitos tan distintos a que ha áido amoldado desde la infancia.

En lugar, pues^ de denunciar lijeraniente su incapacidad, deberían considerarse los bien marcados progresos que en sus hábitos, industria i aun vestido, le ha hecho realizar su tan reciente roce con estranjeros, desde la época de nuestra emancipación política. Acaso las mismas otras razas con quehoi para deprimirle se le compara, puestas en iguales circunstancias, no le habrían excedido en ellos; pues es también un hecho notorio que la índole de nuestra población es una de las mas dóciles i fáciles de conciliar con las innovaciones del universo.

Numerosas observaciones comprueban que aun entre esas razas tan ponderadas de industriosas, aquellas fracciones que no han merecido el

— 36 — baDtismo rejenerador de la ^dupacipn se presen** tan quizá ipucho mas rudas» est6pid£i9Q indolen** tes que nuestras masas igualmente desfavor^qidas. No pueden imajinarse a este respecta palabras mas espresi vas que las de M. Combe^. citadas por el señor Sarmiento en su obra deJEdueacion popular^ (páj. 32). "Cuando se compara/^ dice aquel autor/'la condición presente de la clayp se mas ínfima en Prusia, con lo que era antes'* (de que la inst;ruccion primaria estuviese allí tan difundida i mejorada como en el dia) "¡ lo que ;»; continúan siendo sus iguales en toda la, Alema- ;; nia, no puede parecer fuera de propósito decir yy que 1^ educación ha puesto una alma bajo la r mortaja de la muerte misma/' Otro tiauto se ha observado en Escocia, Irlanda, etc.

Pruebas demasiado perentorias son ésta^ de que no es la rasa, sino la educación, quien produce esa adQ¡iirable aptitud, industrial de al^ gunos pueblos del otro hemisferio.

Si es un bechoindubitable,i de que los juecea mas competentes dan testimonio, que en cualquiera nueva enseñanza que en Chije replantee,, nuestros indijenas no se manifiestan en manera alguna inferiores a los alumnos de los^ mas civilizados países de Europa; antes bien ^e hano-^ tado que en el mismo espacio de tiempo, su» progresos ban sido talvez mucho mayores; mn« gun argumento mas elocuente pudiera adjucirüe par^ acabar de convencer a nuestros depresores de que solo es ejemplo, i sobretodQ, ensfina,n2;a, b q^ue nos falta. La naturaleza, consecuente

— 37 — feíeün^te óonsígomismeí, nada produce inútilmente,! de cuánto e^iéie en el mundo, no haiun átomo que no tenga su oculto o maniñesto designio. ¿Porqué, pues, habria dotado ella a nuestro pueblo de esa capacidad tan universal, si al mismo tiempo le hubiese constituido eternamente inhábil para sacar un práctico provecho correspondiente de sus reconocidas ventajas mentales?