Memorias de mis tiempos, 1828 à 1840 · Capítulo real 3 de 6
CAPÍTULO III
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 34 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPÍTULO III.
Colegio de Letrán. — Callejón de López. — Lacunza. — Su cuarto. — Conversaciones y confidencias. — Lecturas. — La Academia de Letrán. — Juan Lacunza.— Ferrer. — Joaquín Navarro. — Quintana Roo. — Carpió. — Don Manuel y Don Alejandro. — Pesado. — Rodríguez Galván. — Ignacio Ramírez.— Aguilar y Marocho. — Munguía. — Fernando Calderón.— Juan N. Navarro. — Alcaraz — Tornel. — Gorostiza. — Collado. — Taller deVillanueva.- Mis relaciones con Fernando Calderón. — Reflexiones sobre la Academia. —
Págs.
Costumbres y obras originales. — Aduana. — Un ladrón que se denuncia. — Descripción déla Aduana. — Sus labores.— Edificio. — Dolores y gozos. — El empleado viejo.— Vida alegre. — Café del Véroly. — Ribot. — Requena. — Tola. — Cela. — Cartucheras al cañón. — Calaveradas. — Vinatero ó Gregorito. — Los frailes. — La Iglesia y sus bienes. — Fiestas mnndano-religiosas. — Especulaciones, intrigas, educación. — El Tata Padre. — Monjas y milngros — Literatura mística. — Los conventos, págs. 157 á 251
CAPITULO IV.
Profesión de Monjas. — Patino. — Gorostiza y la Opera. — Operistas — La Pautret. — Bailes.— Recuerdos antiguos. — Tonadillas. — Canciones y Tiranas. — Cantantes y actrices célebres. — Chata Munguía. — Teatro de los Gallos. — Montegrinos y Capuletos, — La Castelani. — Carnaval. — Máscaras obscenas. — D. Quijote y Sancho Panza. — Rodríguez y Calderón. — Guerra del francés. — Muestras extranjeras. — Guardia Nacional. — Villamil. — Gaona. — Rincón. — Labastida. — Godínez. — Títeres del Puente Quebrado. — Vivienda de la clase media.— Comedias. — Trajes. — Madame Adela. — Modistas. — Vestidos de hombre y mujer. — Géneros.— La China. — Jacales. — Miseria. — Lo lépero. — El lépero. — Ojeada política. — Corro D. Justo.— Muerte y funerales de Barragán.— Escuela de Medicina. — Dr. Licéaga. — Escobedo. — Jecker. — Becerril. — Guapillo. — D. Miguel Muñoz, págs. 253 á 307
CAPITULO V.
Médicos. — Boticarios. — Botica. — Estudiantes de Medicina. —Botica de Peñúñuri. — Confusión de recuerdos — El Corpus. — Sastres militares. — Zapateros. — Tertulia de ancianas. — Revista social. — Educación de hombres y mujeres. — Costumbres. — Casa grande. — Mesa de malilla.— Fr. Pingajo. — Burrifacio. — Hipócrita. — Barrera. — Abelardo. — Bisbís. — Magdaleno Contingencia. — Acadedemia, — Años nuevos de 38 y 39. — Amores de Rodríguez.— D. Bernardo Couto. — Caldera en el Teatro. —
Temblor de Santa Cecilia.— Translación de los restos da [túrbida —Virgen de los Remedios. -Las luces.— Cantos
popularos. El jarabe -El Dormido. -Soneeitos. l.;i
Petenera. —La manta.- -El gato. Perico. Zorcico. —
Baile inglés. Valse del amor.-r-Contradanasa.— Can ció-
La l'oo. El ámbar. -El susurro.- Los enanos. —
El a -lulero.— El alóle. — Kl Guajito.— El borracbito. El Palomo. — Severiana. — El Durazno. — Las Raimas. — Kl Bulaquitp. — El Aforrado. -La Tuza. -El Muñeco. — El Telele. — El Tapatío. Los patos. El palito. -La cachucha.— La maroma.— El hacha Chistosos de ostrados. — El cuándo — El ciego de los palitos. —Pastorelas y coloquios — La Política. — Explicación de .losó Valente Baz. — Los periódicos. — Lima de Vulcano. — Civilización. — Academia de Letrán; decadencia. — Basad re. — Zelaeta. — Cardoso.— Mañero. — Al puche. — El Coronel Yáñez. — Castro. — Muerto de 1). Ramón Rayón.— Posadas. — Recuerdos, pág. 809 á
MEMORIAS DE MIS TIEMPOS
*e¡*
GUILLERMO PRIETO
(FIDEL)
MEMORIAS
MIS TIEMPOS
i 840 á 1853
LIBRERÍA DE LA V™. DE C. BOURET
PARÍS.
28, Rué Viscojnti, 23.
MÉXICO.
14;, Cinco de Mayo, 14.
Propiedad asegurada conforme á la Ley.
Tipografía de la Viuda de Francisco Díaz de León.
Esquina 5 de Mayo y Callejón de Santa Clara.
D. Ramón Pacheco. — Su carácter. — Su casa, familia y tertulia. — Semana Santa en Tacubaya. — Nombramiento de Sayones. — Descripciones y pormenores. — Prisión deN. S.Jesucristo. — Jueves Santo. — Lavatorio. — Viernes Santo. — Sentencia. — Sábado de Gloria. — 15 de Julio. — Premios de San Juan de Letrán. — 28 de Agosto. — Mi oración de premios. — Referencias al año de 1837.- — La Policía. — Mi entrevista con el Sr. Rustamante. — Su descripción. — Diálogo. — Generosidad y colocación á su lado. — Sus costumbres. — Oseguera, — Secretario íntimo y redactor del Diario. — Gondra D. Rafael. — Su casa. — Rasgos biográficos. — D. Juan de Dios Cañedo. — D. Javier Echeverría. — Rasgos biográficos;, familia, etc. — Almonte, rasgos biográficos. — Matrimonio.— Servicios militares. — Ministro de Guerra. — General Rarrera. — Su esposa Alejita. — Juicio sobre la administración de Rustamante. — Mis amores. — Intimación á mi padre político. — Paseo al frente de su casa. — Persecuciones amorosas. — Aven-
• turas. — Matrimonio. — Nueva vida. — Malilla. — Periodismo. — Interior del gabinete de Rustamante. — Visita áSan Juan de Letrán.— Café de Veroly. — Ribot. — Miñón. — Leandro Mozo. — Rodríguez.— Rarrera. — Diego Correa. — D. Manuel Canseco. — D. Manuel Payno. — Valencia. — Pronunciamiento de la Ciudadela.
Quintana K«><>. Zavala. — Olaguibel. — Oouto. — D. Hipólito Rodríguez.— Balderas.—J. .1. Baz. — Rasgos biográficos. — Acción del Puente de Jamaica. -Guadalupe Hidalgo. -Convenios de la Estanzuela.
Años de 18*0 á 1845.
Saltando vallados, removiendo obstáculos, apartando estorbos de mi camino y barriendo basuras, toco los linderos del ano de 1840 bajo el despótico dominio de los ingleses, como la India; con mucho amor á la ••loria y dos camisas; popular como el frijol bayo y aleare como repique de Noche Buena.
Alboreaban en mi mente el interés de la política y eran objeto de mi admiración sus hombres prominentes; pero aunque mis inclinaciones mundanas se disputaban el terreno de mis aspiraciones, caían, como capas de hielo sobre esos campos de ilusión, mi vida monótona de oficina, mi obstinada pobreza y los crueles dolores que me causaba la enfermedad implacable de mi santa madre.
Aislada, flotante, como consuelo único, brillaba en mi nublado horizonte la Poesía como la aparición de una Hada seductora que á las nubes daba formas fantásticas de palacios, carros de fuego, guerreros y monstruos, que hacían modular á los vientos cantos de esperanza y comunicaban mayor valía á las penas de Cervantes y el Tasso que á las grandezas de los proceres más favorecidos de la fortuna.
Una de mis tertulias favoritas, ó mejor dicho, una de
las personas que me dispensaron más generosa acogida, fué Don José Ramón Pacheco, persona de presencia y maneras distinguidas, notabie estudiante, nuestro Ministro en Francia, y cuya traviesa y chispeante conversación atraía en su torno una brillante sociedad.
El Lie. D. J. Ramón Pacheco era en aquel tiempo ornamento de la buena sociedad de México.
De estatura regular, airoso de cuerpo, cabello rubio y ojos chispeantes de malicia y de chiste. Vestía correctísimo, y sus modales eran de apuesta cortesía, andaba ligero, reía oportuno y su conversación era aromática como un ramo de ñores y deslumbradora y valiosa como un aderezo de diamantes.
El Sr. Pacheco era nativo de Guadalajara enlazado con distinguidas familias y mimado por el aprecio desde sus más tempranos años.
Dio á conocer su vivaz ingenio desde el colegio. En una visita que hizo al establecimiento el Obispo de Guadalajara, con la pompa y honores de la época, se le presentaron á saludarlo muchos colegiales de todas edades. En el grupo en que estaba Pacheco preguntó el señor Obispo uno á uno:
— ¿Tu, qué quieres ser?
— Yo, padre, Ilustrísimo señor. . . .
—Y tú?
— Yo, sacerdote, con ayuda de Su Divina Majestad.
Llegó á Pacheco y le preguntó — ¿Tú qué quieres ser?
— Yo, casado, Ilustrísimo Señor, porque con todos esos, se acaba el mundo.
Pacheco fué el primero que, trastornando las preguntas y respuestas del Padre Ripalda, compuso su Catecismo, espanto de los beatos y pretexto para zaherir ó los fanáticos; pero en el que se convenía que había rasgos de ingenio despejado.
Cuando vino por la primera vez á México, viendo que nadie se ocupaba de él, puso á su levita solapa y viuditas encarnadas y así salió á la calle. — Pregunta la gente ¿quien es ese? — El Lie. Pacheco— y así se anunció.
En París se distinguió por la destreza con que manejaba el idioma, sus epigramas finísimos y su conversación chispeante. Tuvo entrada en la Corte y en los más distinguidos salones, publicando folletos sobre diferentes materias que acogió el público con aprecio.
Su casa en México (Santa Clara 6) era punto de cita de la gente de mejor sociedad, distinguida por su talento, por su posición social, etc. Dispensaba especial cariño á los jóvenes que comenzaban su carrera, procurándoles libros, relaciones y cuanto podía favorecerlos^ haciendo que en su casa gozaran de toda especie de estímulos y atenciones. Pacheco tenía para el infortunio, socorros y consuelos; para el talento, admiración; para la amistad, finezas; para la hermosura, donaire; para los niños, dulces, alegrías y complicidad en sus travesuras.
Su mesa era motivo diario de contento: allí se organizaban paseos y conciertos, tamaladas y expediciones alegres.
Distinguíanse en la constante concurrencia del Sr..
Pacheco, mujeres hermosas, letrados ilustres y jóvenes de la mejor sociedad.
Allí disertaba á su sabor, sobre política, Larrañaga, siempre al corriente de los sucesos del día; enemigo irreconciliable de Santa-Anna y los soldados; admirador de Farías, secuaz de Alpuche y amigo íntimo de Zerecero.
Rodríguez, que allí improvisó casi los lindos versos á la hijita de Pacheco y que se desmorecía por el latín que perfeccionaba en la tertulia de su tío D. Mariano Galván (Portal de Agustinos), adonde concurrían el Dr. Quintero, Contó, Pesado, Gaztañeta y otros literatos de la época, y señoras y señoritas de las familias de Jáuregui, Duran, Llerenas, Peña y Barragán, Castillos, Boscero, etc.
Pero lo característico de aquellas reuniones, lo que las convertía en típicas y excepcionales, era el esprit, el chiste, el buen decir, lo interesante de las narraciones, lo agudo de los epigramas, lo inesperado de las salidas y la animación, galanura y sazón de las más insigni ficantes conversaciones.
Era muy dado Pacheco á la frenología, que no sabemos hasta qué punto perfeccionaría en su parte científica; pero me consta que para él era una mina de agudezas, de chanzas, de adivinaciones que habrían vuelto loco al mismo Gall si las hubiese escuchado.
La afición de Pacheco á la música le hacía amigo de las notabilidades de la época, como Gómez, Fernanda Andrade ó Ruelas, esposa de Rodríguez de San Miguel;
de Chucha Coria y de Balderas, Camilo Bros, Escalante y otros que, bajo la presidencia de D. Basilio Guerra, desempeñaban la ruidosa Kalenda de Navidad que cobró tan grande y merecida fama. D. Basilio Guerra, andando los tiempos, fué en Europa activo agitador de la monarquía.... Era un bendito señor, según las personas que lo trataron.
Como literato escribía con chiste y desenfao público, por aquel tiempo, su célebre «Testamento' del Difunto,» sátira llena de gracia, de observaciones y reformas oportunas.
El «Testamento» era la ficción de que el ano se moría y dejaba encomiendas y legados á su hijo el a fio venidero. Tuvo ruidosa acogida el «Testamento,» así como su comedia «Andarse á las Escondidas,» refundición de una pieza francesa. Entre sus escritos diplomáticos, hay algunos de verdadera importancia, como es su Carta publicada con motivo de la invasión francesa, de que nos ocuparemos á su tiempo. No obstante el difícil y peligroso papel de chancista constante y los comentarios sobre su conducta pública y privada, le acarrearon no pocos enemigos.
Pasé la Semana Santa en Tacubaya, pueblo en que á pesar de los avances de la impiedad, se conservaba la tradición y las prácticas de los rancios y verdaderos cristianos.
Desde los primeros días de la Cuaresma el agudo sonido de un pito y el redoble de un tambor convocaban por todos los ángulos del pueblo á los sayones, fari-
seos, nazarenos. Jadas y demás actores que debían representar el drama del Calvario.
En una casa apartada del pueblo verificábanse las juntas de carpinteros, herreros, carretoneros de los molinos, campesinos y gente fervorosa y beata para las fiestas cristianas. En estas juntas, aunque invisible, estaba competentemente representado el señor cura, sobre todo para la cuestión financiera.
Renovábase el programa de las funciones en la primera junta:
Domingo de Ramos. — Cantores y palmas.
Miércoles. — Prendimiento y aposentillo.
Jueves. — Lavatorio y monumentos.
Viernes. — Tres horas, Tres Caídas, Encuentro, Procesión de Pésame, Sermón de ídem.
Sábado. — Gloria, Judas, etc.
Seguíase á esta tumultuosa junta la distribución de papeles, entre risas, reyertas y gritos atizados con sendos tecomates de tlachique espumoso.
Los papeles principales eran:
Nuestro Padre JesiK — El Centurión que pronunciaba la sentencia. — San Di mas y el mal Ladrón. — Judas. — La Virgen. — La Magdalena. — Espías. — Sayones. — Trompeteros. — flautas, etc. — velas, etc.
Las discusiones sobre cada una de las candidaturas eran escandalosísimas, anunciando victorias y derrotas, semblantes alegres ó iracundos, exclamaciones estrepitosas, lluvias de puñetes y picardías: todo con muy cristianos fines. Elegidos los actores y hechos los
nombramientos, cada personaje principal con su séquito, se entregaba al desempeño de su papel. Vestían en carácter á auestro Padre Jesús para que
le llevasen preso á una casa particular, donde se preparaba con tiempo altar, aguas lojas, rezos, etc.
El Centurión convocaba á sus soldados, preparábales equipo y armas y se dirigía á un tinterillo desalmado que le hiciera la sentencia, libelo incendiario on que campeaban blasfemias de todo género y dislates capaces de escandalizar al mismo Satanás.
Procurábanse calzones verdes, como de baño, de raso para San Dimas y el mal Ladrón, y hacíase una leva rigurosa de beatas, viejas, niñas entumidas y gazmoñas, etc., etc., para la famosa procesión del duelo.
Por su parte, el cura con unos monaguillos y sendas charolas, hacían colecta de pingües limosnas para los gastos de Semana Santa, y excitaba á las devotas para que llevaran piano y tocasen en la iglesia, comprometiéndolas para el envío de pebeteros, macetas con ñores, sembrados de trigo, chía, lenteja y alegría, y jaulas con pájaros cantores, que exhalaran sus trinos entre el ramaje; las velas encendidas, las naranjas coa oro volador y las flotantes bandillas que caían de la bóveda, engalanando el monumento.
El lunes, y martes santo, unos embozados con determinadas precauciones, se acercaban al templo, y á una señal convenida sacaban á excusas, y como con disfraz, á nuestro Padre Jesús, que es una imagen colosal, de goznes y de rostro bellísimo.
Esperando aquí, corriendo acullá, avanzando, y como temerosos de un asalto, llegaban los de la comitiva á la casa de la ocultación, donde se recibía á Su Majestad con música y festejos.... llevándose á la vez con menos miramientos, y como á valedor del mismo pelo, á Simón Cirineo, á una casa particular, donde se le vestía de calzón corto, casaquín y gorrilla con pluma airosísima. Por supuesto, que el vestido y la gorra eran verdes como lechugas.
El Nazareno tiene en el escondite culto reverente, devotos asiduos, quienes le agasajan con letanías, cohetes, incienso y flores, recibiendo en compensación sendas jicaras de chía y orchata. Además del culto, Nuestro Señor tenía una guardia constante para evitar un asalto de los judíos; pero llega el miércoles, gente sospechosa aparece á las inmediaciones de la morada de Jesús, sus defensores se aprestan al combate, la gente se agrupa, y al fin aparece Judas con su farolillo y su silbato. Dase la señal, principia el asalto á la casa. Los amigos de Jesús resisten, la lid se empeña, llueven los palos, enfervorízanse los cristiauos y hay una zambra de los demonios.
Al fin, sale el Cristo para la iglesia, donde está la prisión, y velan los judíos en la iglesia, profanándola hasta donde les es posible como buenos judíos. Por supuesto, que el Aposentillo era motivo de rezos y fervorosas demostraciones de devoción.
Las tinieblas, con toda supompa imponente, eran po- <3o concurridas, y se reservaban las ostentaciones pia-
dosas. El lujo y el bateo eran para el Jueves Santo que la ruidosa matraca, al salir la Luz, despertaba los bríos religiosos y mundanos, coa todo fervor.
Concluidas las ceremonias, en un rincón apartado de la iglesia quedábase el piano suspirando sentidas armonías mientras la servidumbre de la iglesia disponía sembrados y flores, pájaros, candiles, velas y pebeteros para el Monumento.
Las calles, entre tanto, se llenaban de genio, toda vestida de nuevo,. distinguiéndose las amas de las haciendas por sus sayas y mantillas; las familias de dependientes por sus túnicos lujosos; las de los peones por las enaguas rumbosas; y los hombres por sus calzoneras de botonadura de plata, sus toquillas de oro y de plata, y sus mangas dragoneadas de terciopelo y oro.
Los peones, los indios, los muchachos medio desnudos y los perros, eran como las sombras de ese cuadro de vivísimos colores, kaleidoscopio viviente y ruidoso que aturdía y embriagaba.
Cruzaban este mar, en que á distancia se veían frescos y verdes puestos de chía y figones de olorosos guisos, toda clase de vendimias que se voceaban en todos los tonos. ¡A dos rosquillas y un mamón! Un pan de alegría una cuartillita, distinguiéndose en alto, palos con matracas de todas hechuras y racimos de judas con la mecha terciada sobre el pecho, y una. estupenda bomba en el cuadril.
Entre una y dos de la tarde se verificaba el «Lavatorio» ó recuerdo de la última Cena.
Elegíanse doce pobres de solemnidad; se les sentaba en una mesa en el presbiterio, y los sacerdotes les lavaban los pies, dándoles después limosnas. Los Apóstoles iban á celebrar su dicha, generalmente, con una zorra de primer orden.
El programa para el Viernes Santo era altamente seductor. Rezos del Víacrucis, dentro y fuera de la iglesia, en grupos, dominados por un oficiante que se transladaba con su cauda inmensa de gente, de uno á otro punto.
La Asomada al balcón, las Tres Caídas, el Encuentro, la Gran procesión, el Descendimiento, el Pésame, la procesión de la Soledad.
Cruzaban el pueblo en todas direcciones judíos á caballo y judíos infantes, dando alaridos. Cada paso de la Pasión contaba con su sermón tremebundo para los que eran invitados, frailes de renombre, que supieran ponerse á la altura de la situación.
En el sermón de sentencia era indispensable que el Centurión fuera de voz robusta, buen jinete, y que montase un soberbio cuaco, diestro en arremeter, pararse de manos y respingar furioso cuando el caso lo requería.
Proclamábase la sentencia, corriendo el Centurión de un lado á otro, desaforado, y entre los atropellos y tumulto y retozos de la gente.
La sentencia era generalmente una obra maestra de un fraile, en colaboración del Centurión.
«Esta es la sentencia que manda hacer el Rey Pon-
ció l'ilato contra Jesucristo, Rey de los Judíos, por felónico, por escandaloso, por jurtón de lo ajeno, por de altiro malo y sin concencia,» etc., etc., hasta llegar á desvergüenzas de arte mayor, que no me es dado estampar en el papel. El padre del sermón estaba en el pulpito y empeñaba diálogo; los ánimos se irritaban; el caballo del Centurión se alzaba de manos, \ entre lloros, golpes de pecho, empellones, cantos de vendimias y riñas tremendas, se entregaba la sentencia, que el padre rompía, estrujaba y regaba por el suelo, en medio del aplauso universal.
En la gran procesión de Tres Caídas, la imagen de nuestro Padre Jesús estaba sobre soberbias andas, (pie lo soportaban con la Cruz á cuestas, y Simón Cirineo de apéndice, quien sin saber cuándo ni cómo, había recobrado su puesto.
En la procesión de las Tres Caídas salían á lucir San Dimas y el mal Ladrón, caminando con grandes cabelleras que les cubrían totalmente el rostro, y las espaldas desnudas al sol reverberante, durando este martirio dos y tres horas.
El sábado, los judíos se paseaban inquietos y acobardados alrededor del templo y en medio de la gente ansiosa. ... De repente se enciende la gran llama del cirio Pascual; rásganse los velos de los altares; resuenan el órgano y los cánticos de gloria; retumban las cámaras ó cañones; repican las campanas; truenan los Judas entre ruidos de curiosos que se disputan, revolcándose, los panes, dulces, chorizos, etc., que arrojan
los Judas; corren despavoridos los perros; arman gresca los muchachos; los sayones corren, despechados, á las afueras del pueblo entre silbidos, y á las puertas de las pulquerías y vinaterías, y en las esquinas, se dan sendas golpizas cristianos y judíos, de puro gusto de ver que lia resucitado el Salvador del mundo.
El 15 de Julio de ese año amaneció profundamente conmovido México; corría de boca en boca la noticia de que el Presidente de la República había sido asaltado por una fuerza de los pronunciados, mandada por ürrea; que Bustamante aislado, pero intrépido y digno, resistió y echó en cara á Urrea su comportamiento. .. . que uno de los oficiales, señalando á Bustamante, grito: ¡Mátenlo!; que otro se opuso, gritando: «No; es el amigo y compañero de lturbide.»
Quedó preso el Presidente; las balas llovían sobre el costado Sur de Palacio, rompiendo un balcón, quedando colgando como el girón de una cortina. Corría la sangre dentro de los salones de Palacio; fué herido uno de los custodios del Presidente, y éste le curó y vendó, recordando los estudios médicos.
Pero para el público, un pronunciamiento era un jubileo y un motivo de holgorio. Cerrábase el comercio; quedaban desiertas las oficinas; las calles solitarias resonaban con el galopar de los caballos; la gente se agolpaba á las esquinas para atravesar de un punto á otro, según los disparos de la artillería. De vez en
<- i.ril) atravesaban camillas coa heridos quo se conducían al hospital. A los barrios lejanos se transladaba el movimiento,
las tiendas tenían mayor tráfico, las pollas daban á luz sus vestidosdomingueros, y los vecinos entablaban diálogos de balcón á balcón inquiriendo noticias.
Las calzadas que conducen á los pueblos de 1<>s alrededores, se llenaban de emigrantes á pi<\ á caballo, en carros, en coches, en burros; transportando colchones y jaulas, falderos y cuadros de santos; pero todo con aire de fiesta, entre carreras y cantos, comiendo y bebiendo . . . . é interrumpiéndose con ayes de dolor al oir lejano el estampido del cañón. Por supuesto que en los pueblos, el solaz era más expansivo y casi so temía el restablecimiento de la paz. Esta en aquella vez se recobró, yéndose el Presidente triunfante al convento de San Agustín, mientras se reparaban los desastres causados por la revuelta en el Palacio Nacional.
Mis penas se multiplicaban, la enfermadad de la señora mi madre se habíaagravado aun extremo horrible, y sobre mis perseguidos amores soplaba huracán espantoso.
No obstante, el 28 de Agosto se acercaba, y era el gran día, el día de la distribución de premios del colegio, las candidaturas de oradores volaban en todas direcciones, formando partidos y provocando reyertas; los poetas templaban sus liras y prorrumpían en can-
ios. con la esperanza de obtener permiso de leer en los pueblos, sacudíanse mantos y bonetes, y penetraban al interior del colegio los criados para llevar los equipajes de los chicos, porque terminados los exámenes comenzaban las vacaciones.
Los muchachos designados para premio, se pavoneaban dándose importancia; los no premiados, censuraban á catedráticos y réplicas; achacaban á favores y serviles ocultos las preferencias, y los más saboreaban con anticipación los placeres de las vacaciones, mascando papel, haciendo con su masa muñecos que lanzaban y pegaban á las vigas, quedando danzando en el aire, y de cuya costumbre jamás pude alcanzar la significación.
Los premios se verificaban en el General de la Universidad, que era un espacioso salón ancho y con ventanas altas que derramaban bastante luz.
En el fondo del salón se extendía amplísima plataforma con gran dosel, severos sillones de terciopelo y vaqueta, y en el centro una gran mesa con su crucifijo y un gran tintero de plata en el centro, compuesto de tres piezas en forma de parrillas (tintero, marmaja y obleas) y coronado con una campanilla de plata. En la solemnidad que describo, la mesa la ocupa el Presidente de la República, y á su lado se veía al Rector del Colegio, al Secretario, y una mesa con libros, estuches y dibujos que era en lo que consistían los premios.
En los lados del salón, y en el centro, corría tras elegante barandilla una sillería rica, sobre la cual se os-
tentaban enormes cuadros de doctores y sabios pálidos, roa! encarados y de trajes variados dé dignidades eclesi as ti as forenses y médicas.
El centro lo ocupaban hileras de asientos dispuestas como las butacas de un teatro.
Pegado al muro, al frente de las puertas, dominante y majestuosa se alzaba la cátedra, que era como m, enorme pulpito cuadrado, teniendo por techo un cuadró' de madera con el símbolo del Espíritu Santo, entre ráfagas de oro.
En el fondo del salón, y alzada como cuatro varas sobre el piso, veíase la tribuna ó jaula cuadrilonga con sus celosías y cortinas, preparadas para las personas de la más alta distinción.
^ Aquel día reverberaba el salón con grandes uniformes, plumas y espadas, borlas de doctores, hábitos azules, blancos, carmelitas y negros con cruces rojas, y en el centro padres de familia, señoras de saya y mantilla y un hervidero de cabezas de niños de cabello peinado, vestidos con listones y bordados, y ojos curiosos en espera del espectáculo.
En las tribunas, los ojos lindos, los cuellos de alabastro, los rostros de ángel entre perlas, diamantes, plumas y gasas, embelesaban.
Al conjunto de lujo animadísimo é interesante, le daban realce las bancas de los premiados, situadas bajo las tribunas, al frente del sendero que corría hasta la mesa en que estaba el Magistrado Supremo, distribuidor de los premios. Dos músicas militares coloca-
das fuera del salón, completaban esta función tierna é inolvidable para los que la disfrutamos en la juventud.
Como decía poco antes, mi situación era desesperada, y yo deseaba á tuertas ó derechas salir de ella. Además de la Memoria sobre el estado del colegio, se designaban personas para discursos y versos; y una de estas personas fué Manuel Tossat Ferrer, buen chicor condescendiente y tímido, enemigo de darse á luz. Yo tenía hecho mi cálculo y me decía: á la primera que me toque, suelto una arenga de diez mil demonios contra el primero que me ocurra y, ó me persiguen, y esto me quita de acreedores, compromisos y empeños que me ahogan, ó me procura protección de alguno, y cátese Ud. á Periquito hecho fraile, como diceel refrán.
¡La persecución! ¡El odio del tirano! ¡El canto al son de la cadena y al través de las rejas de la cárcel! . . . ¡Aquello era divino! Las viejas y viejos: «no te expongas, ¡no des una pesadumbre átu madre !» Los pollos: «¿quién fuera tú?» Los compañeros, con admiración y sorpresa de tener lado á lado un remedo de Pedraza y Rejón. ¡Sueños encantadores! Aspiraciones con mucho de disparatado y audaz; pero iluminadas por la gloria, por la sed del renombre, embelesado con el miraje de una mansión de amor y en contacto con aquellas inteligencias glorificadas por mi sincera admiración.
Con estas ideas abordé á Ferria, que así llamábamos á Ferrer por cariño, y le propuse me cediese su pues-
lo para hablar en su Lugar, dándole la mitad de las galas \ gajes, Accedió Ferria gustoso, ya por su carácter, ya porque, cómplice venéreo de Juan Lacunza, no dejaba poner pi<k en postura á las actrices, bailarinas y coristas del teatro de los Gallos, en que imperaba Romana Manito, sin rival paralas Magdalenas y manólas.
Ocupéme con ardor de la reparación de mi equipaje averiado y en sil nación decadente y ruinosa.
Me lavó, me embornado, me convertí en el manequf de mis amigos, de los cuales, uno yergue mi corbata con un periódico, el otro restrega mis borceguíes hasta que quedan como espejos; aquel quiere peinarme con agua de linaza para amansar la rebeldía de mi cabello, mientras otro, con polvos de tortilla me invita ;i que restituya á mis dientes su blancura.
Yo era feliz con la pedantería consiguiente á mi escaso chirumen y pocos años: con un falso testimonio levantado á Aristóteles ó á Séneca, con tres versos rojos de Quevedo, una cita de Homero, otra de Virgilio, y poner de oro y azul al primero que caía en mis manos, fuera Shakespeare ó Gorneille, el Dante ó Niceto de Zamacois, creía que no me daban al tobillo ni los siete sabios de la Grecia.
Compaginé mi discurso diciendo que el Gobierno, sin saber de la misa á la media, ni conocer la tendencia progresista, ni terapéutica, arquitectónico y funámbulo del siglo, nos estaba perdiendo, y era fuerza clamar muy alto contra el cetro del centralismo, y no sé cuántas blasfemias más.
La declamación, gesticulación y acción teatrales, las había dirigido Juan Lacunza, habituado á ensayar los •coloquios de los diablos en el teatro de los Gallos.
Sonó la hora deseada; después de un golpe de música que dejó electrizados á los circunstantes ... y he ahí que me toca mi turno. Desde el principio me disparé como un energúmeno y embestí contra tirios y tro y anos atrepellando en mi furia armas y letras: Gobierno, Administración, Clero y cuanto á mis mientes se vino, con un gesticular, un manoteo y un ir y venir en la cátedra como un endemoniado.
El público comenzó curioso, siguió espantado, y, al último me tocaron al orden, y bajé entre miradas iracundas, risas reprimidas y estupefacción de mis catedráticos y compañeros; y no era murmullo confuso el que me seguía, eran exclamaciones, reproches é injurias, que al ser pedradas, me hubieran lapidado como á un San Esteban.
Ai descender, muy bonitamente se me acercó el Jefe de la Policía ordenándome que al siguiente díame presentara, al obscurecer, al señor Presidente en su residencia de San Agustín.
Aquello fué el colmo de la felicidad. ¡Qué emoción para mi futuro suegro! ¡Qué chasco para mis ingleses! ¡Qué posición tan dramática para mi adorada y para
mí!
«No temas, mi adorada, Te cantaré en mis penas Al son de las cadenas Del bárbaro opresor.»
Era el Si', (¡ral. Bustamante tic mediana estatura, grueso pero esbelto, carirredondo, <l<4 ojos pequeños, frente ancha \ cuadrada y los labios un tanto contraídos hacia adentro. Al andar ponía, las punías de los pies hacia afuera, comunicándole movimientos do garbo y zarandeo.
Hablaba como prolongando las palabras, y tenía la manía de darse con la palma de la mano golpecitos cu el vientre.
Presentóme con cierto encogimiento á S. E.
— ¿Qué hay, hombre? — me dijo — ¿Qué se ofrece?
— Vengo al llamado de V. E.
— Vamos, amigo.... (después de examinarme un rato) ¿Realmente me cree Ud. ese gobernante cruel y descuidado de la instrucción pública?
Yo guardé silencio; pero no las tenía todas conmigo
Como recordará el lector, el señor Presidente había transladado su habitación al Convento de San Agustín ■y ocupaba la celda del Padre Provincial. En aquellos ■momentos de silencio oía de un modo extraño el rodar de los coches, los gritos de las Vendimias de la calle, pero como quien está delante de un toro.
Al ver mi silencio, me dijo el Sr. Bustamante con suma dulzura: — Quiero que esto de Ud. sea como si hablase solo para oir toda la verdad: nada tema Ud.
Alentado entonces, le hablé todo lo que había retenido de mejor en las conversaciones de mi maestro; muy respetuoso, pero sin encogimiento; muy enérgica
pero sin insolencia. La sorpresa, la ira contenida, la sonrisa de benevolencia aparecían en su semblante. . .
Cuando descendí á mi personalidad, no sé por qué se me vino á las mientes, la musa jovial, y le pinté mis cuitas, mis suegros y amoríos: de modo que reíamos como dos colegiales y como si se tratara de confidencias picantes.
— Conque Ud. — me dijo — Ud. me cree ese Minotauro de que hablan los periódicos, y sin esperar respuesta gritó: ¡López! ¡López! (vino López.)
Este López era un negrazo alto, seco y pasudo, su asistente íntimo.
— Pone Ud. una cama en mi cuarto para el señor, Id. le obedece y hace saber que se le obedece porque es como mi hijo (yo escuchaba asombrado) llame Ud. al Sr. Yari.
El Sr. Yari (griego de nacimiento) hombre muy serio, trigueño y semicalvo, era el secretario. — Presentóse.— Éste joven (señalándome) queda aquí en la Secretaría á mis inmediatas órdenes y le da Ud. de lo mío cien pesos mensuales (como es natural, abrí tamaños ojos); además, pone Ud. un acuerdo para que el Sr. Jiménez le nombre redactor del Diario Oficial, con
la dotación asignada (ciento cincuenta pesos)
Bueno! bueno, hombre, y me tendió la mano. ... Yo estaba anonadado queriendo llorar y hacer no sé cuantas barbaridades.
— ¡López! López. . Vamos á almorzar, caballerito. .
Yo estaba como soñando; salimos de la celda Pre-
sidencial y (Mitramos á otra, fría, enlosada, desnuda, con una raquítica, mesita de palo blanco con su mantel albeando y lujoso y el servicio de cristal y loza del Paraíso que era tan elegante como propia.
Cuando entramos al comedor, esperaban de pie I). Valente Mejía, Jefe de su Estado Mayor, moreno, cariredondo, chiquitín, alegre y franco; Fernando Urrea, ayudante, alto, seco, simpático, de acento veracruzano, tartamudo y gracioso; S. Yari y Dn. J. Tejada, ayudante de guardia muy pulcro, con sus charreteras y cordones, su gola reluciente y su sable marino de vaina de acero.
El Sr. Bustamante era callado pero afable, gustaba de promover conversaciones alegres de buena sociedad que interrumpía con algún chiste; hablaba con suma reserva de sus viajes, adoraba en el Sr. Iturbide y refería con naturalidad las hazañas de sus compañeros.
Comía poco; era, como se decía, muy afecto á los huevos tibios que saboreaba y revolvía con paciente curiosidad; no imponía su opinión jamás, se confesaba ignorante y tenía un ideal militar, según el Marqués do San Miguel, y le enamoraban los hombres de energía y resolución. Dudaba de sí, y si le persuadía el ajeno consejo, le exageraba con ardor convirtiendo muchas veces en crueles sus resoluciones.
Su probidad en materia de dinero llegaba al quijotismo.
Hablábase de que no era insensible á los atractivos de la beldad, y se decía que en la frontera quedaban
ejemplares vivos de su culto al amor, así como en París otro ejemplar al cuidado de Andrés Oceguera, su pariente, que era un tipo ele que me ocuparé más tarde.
Terminado el almuerzo, me volví con el Presidente á nuestra habitación.
Lo mismo á la siesta que en la noche, el Sr. Bustamante dormía por intermitencias de cortísimos intervalos y seguía una conversación con el mejor humor del mundo.
— No sería malo, me dijo, hiciese Ud. una visita al Sr. Gondra, de quien tiene Ud. mucho que aprender y va á ser amigo y compañero. . . ¡Vamos, hombre! tome Ud. ele allí dos ó tres pesos para la bolsita. . . (señalando en un ropero). Entre cuatro y cinco viene Ud. á comer.
Salí á la calle como quien despierta de un sueño, sin darme cuenta ele mis impresiones, y pasaban como en remolino mis amores, mis esperanzas, mi vanidad. Va me venían ímpetus ele gritar á todo el mundo: «Aquí va el favorito del Presidente,» y me veía con mi cohorte ele chicos alegres, de chinas zalameras y de viejas ladinas y curiosas; ya pensaba en mi María y mi madre contentas; pero con la adivinación ele la ternura temiendo que entraran en una vida azarosa y llena de peligros.
Busqué al Sr. D. Isidro Rafael Gondra, y me dijeron que entre dos y tres de la tardo que comía en su casa (calle de Montealegre, hoy casa del Sr. Dublan), era la hora cierta de hallarlo.
Ful á La casa, anuncíeme, estaba comiendo con su familia; dije que esperaría y un criado salió á instarme para que entrase.
A la cabecera de la mesa estaba el Sr. Gondra con un alto de periódicos á la izquierda que parecí;! destinados á leer á la ve/ que comía.
Era entonces el Sr. Gondra un hombre de unos cincuenta y cinco á sesenta años, enjuto de carnes, pequeño de cuerpo como exprimido y encallejonado, con una levita negra que denunciaba cierto abandono.
Los ojos pequeños, la nariz abultada, los labios sin arte ai saludarle cariñosos; su voz era dulcísima, y sus maneras apacibles. En el fondo de su aspecto, se distinguía tristeza profunda, que al mismo tiempo que Le conquistaba simpatía, le alejaba de toda confianza.
En el curso de la comida pude notar al hombre fino y caballeroso, de mansedumbre grande y de aspiraciones bondadosas y llenas de cariño. Pero esas prendas estaban como realzadas en un hastío, en una indiferencia por todo, que helaba la sangre.
— Ud. perdonará, me dijo, que me haya tomado la licencia de llamarlo aquí: pero se me ha retardado el trabajo y ya Ud. lo ve, tengo que revisar, comiendo, los periódicos para que no se escape lo del día.
— Si Ud. gusta, yo leeré, para que coma Ud. con más libertad.
— Acepto el favor de Ud.
Tomé el primer periódico que encontré, y entre otras cosas, leí: —El clérigo apóstata; iba á pasar adelante,
y me dijo: no> lea UcL, eso es para mí. En efecto, era una tempestad de dicterios contra el redactor en jefe del Diario, 'con alusiones á su vida privada, con pinturas grotescas de su físico. ... yo tragaba saliva y me detenía. Siga Ud., me decía impasible, y yo sudaba y me quería morir de vergüenza.
Un masón de bonete. — Eso es para raí también: y comía, comía aquel buen señor con inverosímil apetencia.
Yo tenía las lágrimas en los ojos, conocía que iba á entrar en ese martirio, y tal decepción caía sobre la carne viva de mis ilusiones.
Monigote griego . . . También contra Gondra: aquello era horrible, y horrible porque en muchas ocasiones, fuera de la injuria, había razón. Gondra era un sabio, era un liberal eminente, de ideas luminosas y avanzadas, que la fatalidad, la falta de energía ó lo que se quiera le hacía defender lo que estaba acaso contra su conciencia, entregando á discreción su talento á personas que tenían menos instrucción y valía que él: pero comprendidas en los fueros de la ciencia infusa de los favorecidos de la fortuna y del poder.
Nada más llano para mí que el que pida remuneración un hombre por trabajar en apoyo de ideas acordes con la suya, esencialmente tratándose de política: pero alquilarse, venderse á los intereses contrarios á los dictados de nuestra conciencia, arguye desgracia suma ó perversidad punible.
Decíase que el Sr. Gondra había hecho brillantísi-
mos estudios encaminados á la carrera eclesiástica, hasta ordenarse de Evangelio. Circunstancias que no quise nunca profundizar, hicieron que pugnase pomo seguir la carrera, é hizo esfuerzos por desligarse de sus votos; pero el poder inmenso del clero 'dio á sus gestiones carácter de apostasía y fué perseguido cruelmente; sufriendo prisiones, embarazando sus afanos para vivir independiente, escudriñando los más recónditos secretos de su vida íntima y envenenando estudios, afectos y hasta el aire que respiraba. Para escudarse contra las persecuciones, Gondra se hizo masón, se afilió en el partido exaltado y, al fin, buscando el arrimo del Gobierno, fuese el que fuese, fungía como redactor en jefe del Diario, cuando me le presente.
La pasión dominante del Sr. Gondra era la instrucción pública, á lá que prestó muy importantes servicios; tenía conocimientos variados en ciencias y literatura; pero, sobre todo, como encargado del Museo, recogió importantes manuscritos, hizo estudios arqueológicos preciosísimos y preparó materiales que han aprovechado después los dedicados al estudio de las antigüedades mexicanas.
En sus tareas sobre instrucción pública, colaboraba á los importantísimos trabajos de Espinosa de los Monteros, de Farías y de Buenrostro, siendo una verdadera calumnia el desdén con que, se dice, es visto este ramo por nuestros gobiernos.
La ninguna ó escasísima dotación de nuestros municipios y la centralización administrativa, son, en mi
juicio, las principales causas que producen ese atraso por mil títulos lamentable.
Despertaba en un mundo nuevo; mis recuerdos de hombres de campo y labradores ricos; mis relaciones de empleados y gente de poca fortuna; mi iniciación en el argot; las costumbres y las ceremonias públicas me bacían ver, como en sueños olímpicos, á esos hombres que pasaban del campo de batalla al Gabinete, y como quien adquiere por intuición, talentos, elocuencia, infalibilidad, disponían de la suerte de los pueblos y hacían de ellos cera y pábilos á su antojo.
Como era de rigor, me presenté al Sr. Lie. D. Juan de Dios Cañedo, D. Javier Echeverría, General Almonte y D. Jo^é María Jiménez.
El Sr. Cañedo, aunque de menos que mediana estatura, era bien cortado y enhiesto, la piel blanca y fina, el hablar sabroso é insinuante, la mirada indagadora y persuasiva, nariz larga y barba hundida, dándole tono su rostro lampiño y su gesto de anciana despejada y parlanchína.
En la tribuna, más que orador era un conversador fácil, luminoso y lleno de gracia; su inteligencia perspicaz y su mundo, así como sus trajes, le daban grande superioridad, y era de esos hombres que los conocimientos que poseen los amplían, acomodan y gastan con tan raro tino, que parecen caudales abundantes los recursos de que echa mano su inteligencia.
Era con los amibos, franco v festivo; con las damas,
de urbanidad exquisita, aunque se conocía el imperio que ejercía el sexo hermoso sobre su organización.
Pero lo que caracterizaba al Sr. Cafíedo era lo lino de su crítica, lo delicado de su sátira, las salidas de su i ngenio peregrino. En un día de Corpus en que. era Ministro del General Victoria, le invitaron para comulgar dentro de la iglesia, y él dijo:. . . .No, no Lo acostumbro, con algún epigrama que le sacó del paso y lo 1 1 i/o célebre. Guando se discutió la erección de un Panteón para los extranjeros, contestando á la oposición decía: ó los exportamos, ó los enterramos, ó nos los comemos. Y en cada una de estas suposición os, llovían anécdotas, los chistes y agudezas, al extremo que no los votos, sino las carcajadas del publico derrotaban á los adversarios del pensamiento.
En los teatros, en las cámaras, en las tertulias privadas había siempre un círculo alrededor del Sr. Cañedo, gozando, como de un agradable espectáculo, la conversación de aquel hombre notable.
La libertad y la democracia le debieron importa ntísimos servicios, y la probidad, unida al patriotismo, se han encargado de honrar su recuerdo. . . .Cañedo mereció varias veces el honor de los encomios del partido clerical, al que conocía y del que se burlaba.
Contraste del Sr. Cañedo era D.Javier Echeverría. Alto, cargado de hombros, anguloso, rubio, de pelo lacio y tirante como el tallo del trigo; frente ancha y rostro encallejonado, mirada triste y recóndita, ropa holgada, las manos largas y huesosas, las piernas delgadas y
flojas do resorte. Su palabra breve y cortísima: pero aquel hombre era la bondad misma, próbido hasta reaiizarel ideal: generoso y recto, y de gran firmeza, cuando creía en su conciencia que defendía la justicia.
Sus conocimientos hacendados eran escasos, pero aplicados con rectitud; era. la educación del español económico y honrado, con el ojo al balance y la mira en el buen* porte de los dependientes.
No obstante su educación en Veracruz y las tradiciones de aquel comercio, le procuraban aciertos en las cuestiones de comercio exterior y en el interior, comunicaban cierta pureza en. las transacciones y cierta piedad con los pobres acreedores del Erario, que fueron muy benéficas al Gobierno del Sr. Bustamante.
La familia del Sr. Echeverría era distinguidísima, y de esa distinción que tiene por bases la probidad, la tina educación y el amor á lo bueno y lo bello.
Decíase que las señoras y señoritas le habían criado y educado en Jalapa, empapándose en aquella perfumada atmósfera de luz, de alegría y franqueza.
Tanto en la familia de Don Javier, como en la de Don Pedro su hermano, había estrellas de belleza de primera magnitud, y Rosarito Echeverría y su prima Javiera cintilan aún entre los recuerdos de galanes y trovadores de aquellos tiempos.
Cuerpo bajo y robusto, cabeza redonda y abultada, color moreno, ojos saltones, negros y penetrantes, tal era el aspecto del Sr. Lie. Don José Ma Jiménez, nativo de Puebla.
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L > que iraprasiomba al tratarle, era una \roz dulcísi na, que sabía modular de mi modo simpático y persuasivo,
Las persona- que le trataban íntimamente hacían grandes elogios de sus conocimientos en Jurisprudencia á la manera de Esteva, García y García, Conejo y itocanegra; pero así como el soldado, por ilustrado que se le creyese, todo lo quería avenir al cartabón militar, y en todo remedar la ordenanza, así el jurisperito todo lo cortaba por el sistema forense, haciendo de los negocios litis, alegatos de las teorías políticas y pleitos en forma de las cuestiones económicas y sociales.
En lo interior de la familia era el Sr. Jiménez próbido, lino, obsequioso, inclinado á la charla punzante del colegial festivo y de sutil ingenio, leal en su proceder y firme en sus conocimientos.
Al monte, desnudo, hubiera pasado por una broma perfecta y acabada: el cuello erguido, los músculos robustos, los pómulos salientes, los ojos negros y la mirada dulce y triste. Acentuaba su palabra una boca llena de expresión y una dentadura que era el marfil luciente, engastado en púrpura.
El aseo y la corrección en el traje le distinguían, y no había movimiento ni actitud que no fuera como consultado por el buen parecer y la gracia. Hablaba Almonte mesurado y breve, sin entregarse jamás al entusiasmo loco, ni al encogimiento antipático. Cuan-
do tomaba una resolución, vibraba su voz con rara energía, percibiéndose resolución inquebrantable.
Frío, generalmente hablando, de una calma inverosímil en los más grandes- conflictos, siempre sobre si, v sin faltar á ninguna conveniencia, hasta en lo más recóndito, no faltaba nunca al papel que parecía haberse impuesto, ni á las reglas de conducta que tenía resolución de observar.
Exactísimo en sus tareas, tenía horas precisas para todo; era afectísimo á servirse por sí mismo, y en el despacho, en visita y en la mesa, tenía una pulcritud que habría parecido afectada si no la ejerciese con el mayor desembarazo y naturalidad.
Su talento era clarísimo; pero no de percepción pronta ni confiada; su estudio favorito eran la historia y la geografía, y su pasión, la instrucción de la juventud, para la que escribió libros elementales de bastante mérito para su época.
Gomo se sabe, después del famoso sitio de Cuautla, en que Al monte, de edad de trece años combatió contra las fuerzas de Calleja, fué conducido á los Estados Unidos, donde hizo su primera educación, poseyendo perfectamente las matemáticas, el francés, y sobre todo el inglés, que hablaba con toda perfección, según los inteligentes.
Hecha la Independencia, vino á figurar, en primer término, en el partido yorkino, y constituyó familia con su hermana Doña Guadalupe y su hermano Antonio, que realmente muy poco se le parecían.
El ano de 1839 casó el Si-. Almonte con la Srita. Dolores Quesada, joven sentimental y bella, de un color apiñonado delicioso y dechado de virtudes domésticas.
A la vez que me entregaba con ardor á mis nuevas ocupaciones, no dejaba de asistiré las horas de con km- á la mesa del señor Presidente, relacionándome con sus amigos íntimos los Coroneles Duran y Stávoli. Arista y I Jarrera, persona de su intimidad, contratista de vestuario, con empresas de teatros y toros; centro su casa de diversiones espléndidas y punto de cita de los personajes más á la moda de la época.
Habitaba el Sr. Barrera la gran casa que hoy ocupa la Lotería Nacional, esquina del Reloj y Cordobanes, y en sus grandes salones reverberando de lujo y elegancia, se verificaron las máscaras, los banquetes y los bailes más notables de la época.
Daba vida, comunicaba alegría, y llenaba de encanto la casa la Sra. Barrera, Alejita, á quien llama han todos, quien á fuerza de talento y atenciones con las personas que la favorecían, adquirió títulos que, adversa la fortuna, le negó en su origen, objeto de los tiros de la envidia y la maledicencia.
En las conversaciones con el Sr. Bustamante en intimidades, de que realmente no era digno un muchacho de veintidós años, admiraba su fondo ele lealtad y honradez inmaculada, así como su ausencia completa de convicciones políticas y su ignorancia.
Era cumplido caballero, según el ritual de la edad media: Dios y su dama, la mano en la espada y el buen
decir en los labios; la cortesía en las maneras y la ambición de ser el primero en los peligros.
Estaba muy distante del fanatismo; pero se mostraba reverente con las dignidades de la Iglesia, los obispos y doctores, de quienes, en casos dados, seguía el consejo, heredando en mucho las relaciones de Iturbide.
Como el Jefe de las tres garantías, odiaba el Sr. Bustamante á los insurgentes y creía acto meritorio tenerlos á la sombra y exterminarlos, dividiéndolos en dos clases: impíos y bandidos.
Admiraba el sabio sistema español, y lo que se entiende por tiranía feroz, se representaba á sus ojos como energía y severidad necesaria al bien.
Con estas ideas, en los negocios revolucionarios vacilaba, se desentendía de toda cuestión moral y seguía el dictado de las gentes que le rodeaban, pasando por verdaderas atrocidades con la mira de conquistar la paz y el imperio de la ley.
De esto dependía que la administración de Bustamante fuese sangrienta y justamente odiada, y que examinando al hombre privado se le encuentre tratable, sencillo, sin odios ni aspiraciones bastardas, sin instintos carniceros y sin deseo de dañar personalmente á nadie.
Escrupuloso hasta el quijotismo en materia de dinero, cauto y decente en sus relaciones íntimas, leal con sus amigos; creo que á su ignorancia y su ambición deben atribuirse sus errores, y á su servilismo pa-
ra con los hombres que le dirigieron, las graves faltas de su vida pública.
En una de mis conversaciones con el Sr. Bustamante, en que reía y se reverdecían sus años, con la relación de mis aventuras de colegio, mis campañas en el Ejido con los hermanos Robles y otros colegiales de Minería, mis industrias para conseguir dinero haciéndome confidente y secretario de los enamorados de mi ralea, á instancias del Presidente le conté mis amores en prosa y verso, con mis embestidas contra papá suegro, mis apuros para emolumentos de correos clandestinos, los reclamos de mi equipo deficiente y los encantos divinos y los ensueños de oro de mi primer amor, repitiendo con el poeta antiguo:
«Aquellas señas que espera, «Que le señala la dama; «Aquel ce con que le llama, «Aquel decir que le quiere, «Es cosa que poco vale: «En los amores no tiene «Contento que se le iguale.»
Reía el Sr. Bustamante de buena gana, repitiendo: ¡hombre! ¡hombre! y dándose golpecitos en el vientre como de costumbre.
—Ya ha hecho Ud. más de lo que yo podía esperarme siquiera; ya me puedo unir (por supuesto, después de poner á flote mi crédito,) á la persona en quien cifro mi felicidad; y ya, á la futura parentela política la puedo domesticar sin grande esfuerzo, aunque por el
pronto quisiera hacerle patente mi cambio de situación.
— Vamos, hombre, francamente ¿qué querría Ud?
— Querría, que después de haber arado el frente de la casa sufriendo chubascos y soportando burlas de tenderos, recauderas y vecinos curiosos é inciviles; adulando criados, seduciendo aguadores y pagando mezquinos corretajes, me vieran pasar un día en el coche de la Presidencia, muy echado atrás, con mucho aplomo y donaire, y cuando unos salieran á las puertas y otros á los balcones, mandar pasar el coche y enviar frente á frente una misiva á papá suegro, diciéndole: ó me la das por esposa ó te mato á cóleras
El general se levantó de su asiento riendo contentísimo de tan extravagante puerilidad, y me dijo que á primera hora del día siguiente estaría el coche á mi disposición.
Como era de cajón, la noticia de mi cambio de fortuna atravesó como centella la casa de vecindad y el barrio; cayó como bomba en mi oficina, saltó plazuelas y callejones y retozó en los lugares en que galleaba mi persona y se cernían mis bríos poéticos.
Éste me veía torbo, como quien ve con el debido desprecio la elevación de un mequetrefe; aquél me sonreía, y como que simpatizaba con mi buena fortuna; quien, que en antes no me saludaba, me abordaba con desusada llanura; alguien me recordaba favores nunca recibidos; algunos me deletreaban con cierto respeto y admiración que me embarazaban, y chicas y chicos
allegados hacían experiencias de sus confianzas para conceptuar si se me había subido y retirarme su cariño y favores. -
V yo, lo confieso, conocía que me era forzosa cierta circunspección, cierta compostura y cierto alojamiento de mis relaciones predilectas; pero á lo mejor saltaban en mi pecho los instintos callejeros, respiraba mi ser el aire de la jarana y el regocijo plebeyo; vibraban jarabes y sonecitos en mis oídos, los ensueños poéticos cobraban formas, y como nubes despedazadas y atropellándose revueltas por el torbellino pasaban por mi mente castores y gorritos, músicos y beatas, sabios profundos y pelados analfabéticos, matronas, frailes y todos los personajes de un incandescente prodigio dramático.
Al siguiente día de la conversación que he referido, con el Sr. Bustamante, la estufa presidencial me esperaba resplandeciente de lujo y elegancia.
El alto pescante forrado de pana blanca con su fleco y sus borlones soberbios, los lacayos con sus escarapelas tricolores, y los altísimos frisones con sus chapetas y hebillas de metal blanco reluciente.
— ¡A la Alameda, poco antes de llegar al frente de Corpus Ghristi! — dije al lacayo al penetrar en el carruaje y hundiéndome en los mullidos cojines de la testera. — Partió volando el coche. . . .
La vista del carruaje, lo conocido para mi suegro del personaje que lo ocupaba, le dejaron realmente patitieso y con un palmo de nariz .... La señora de mis
pensamientos me sonreía á su espalda, asombrada pero triunfal y divina.
Yo llevaba prevenido un lápiz como una astabandera, y como había antecedentes muy hostiles de parte de papá, yo, de la manera más descortés, le escribí en una tira de papel:
«Sr. Caso: deseo casarme cuanto antes con su hija de Ud. Avíseme si sigue ó no en su oposición para tomar mis providencias.»
Llamé al lacayo, le señalé la casa, y éste, finchado y con largos pasos, se dirigió á mi suegro, el que por un tris no lo echó á rodar las escaleras.
Aquí se sucedieron escenas como la de la Pata de Cabra: el confesor y los amigos de respeto, las amigas oficiosas y las viejas compasivas. Llovían las peripecias; se hablaba de convento y de destierro, de entrada á ejercicios, y se entabló la lucha entre las partidarias de Saa Francisco Javier y las de San Judas Tadeo, según las gentes adversas ó propicias á mi matrimonio, hasta obtener como desenlace mi admisión en la casa como novio oficial una vez por semana.
Entré, pues, en un mundo nuevo; pues mi suegro y la familia ofrecían los tipos de los ricos hacendados de la época colonial.
Largo chaquetón de lienzo blanco, pantalón de bragueta de cuadril á cuadril, sombrero de jipijapa de anchas alas; al través de la camisa se veían sobre su pecho medallas y rosarios, y colgando de la pretina, la
cadena del reloj, teniendo en su extremo dijes y chucherías de oro.
La frente ancha y abovedada, los ojos pequeños y de agudo mirar, la nariz aguileña y la boca recogida y como contraída por la impaciencia de ser prontamente obedecido. Era mi padre político de talento natural, clarísimo é inculto, valiente, puntual y sincero en sus tratos, inteligente labrador y diestrísimo jinete.
Por la primera vez, de mi vida y con motivo de mi visita oficial, dirigí una mirada retrospectiva á mi traje 'y á mis recursos de tocador. ... y aquello fué de romperse el corazón.
«Hombre pobre todo es trazas» — dice Calderón — y yo, á falta de inspiración propia, recurrí á los lagartijos de mi intimidad para remedar la moda reciente y flamante como cualquier tenorito, y acopié pomadas y polvos, aguas de olor de la industria del país, barniz de tinta de oficina y no sé cuántas cosas más. Un primo de elegancia de imitación me sugirió la camisola, es decir, una pechera con su cuello y su jareta en la base, que se quitaba y ponía con la mayor facilidad y era á propósito para reservarse para los golpes de teatro. Pero para mí todo lo falso, todo lo postizo, todo lo afectado y pretensioso ha sido no sólo repelente, sino imposible, llevándome tal condición al extremo opuesto, conceptuándome de zafio y abandonado y faltando á las debidas conveniencias sociales que son como el perfume de nuestras acciones.
Tales ideas han exagerado en mí siempre el contraste entre mis hábitos internos, mis costumbres domésticas y mi modo de vivir aristocrático con mi familia, guardando las tradiciones de mis padres, y mi amor al pueblo, mi deseo de estudiarlo y mi contacto con él á pesar de su falta de civilización, sus inconsecuencias y sus vicios.
La casita que mi suegro tenía en México no rayaba en la opulencia, era más bien de humildes muebles y cierta llaneza de la mediana fortuna; pero dejaba entrever la riqueza de los dueños el servicio de plata, la excelente comida y el número de sirvientes ladinos peripuestos.
El señor de la casa había tenido una viudez tempestuosa, y semejantes hombres cuando se convierten son rígidos y exageradamente celosos.
Así es que, la primera educación, inclusive el piano, la hicieron las niñas con maestras que costaban un dineral, y nada enseñaban á derechas. ; .. Mi suegro madrugaba y se dirigía á la casa de sus abogados Olaguíbel ó Elguero, porque era forzoso tener encarnizados pleitos con colindantes y parientes que se enardecían, que se empeñaban y que daban á los clientes cierta instrucción macarrónica en que figuraba una nomenclatura forense, capaz de desequilibrar el cerebro mejor organizado.
Las señoras entendían en las graves tareas de riego de macetas, policía de jaulas, arreglo de casa; sentándose las niñas al piano, que era, á pesar de la fortu-
na de millonarios del hacendado, mi monacordio que remedaba las gárgaras con exquisito primor.
La señora, entretanto, bordaba, ya un paño de cáliz para la iglesia, ya una toquilla de chaquira ó unos ataderos para la cuelga del marido; ya unos pañuelos para su padre confesor.
Al sonar la hora de comer, todo el mundo estaba listo, no faltando las dos sopas de ordenanza, el puchero con sus sabrosos y variados adminículos, el pavo asado, los chiles rellenos ó manchamanteles, ni el arroz de leche, ni la conserva de zarzamora ó durazno, regado todo con buen vino cascarrón y con pulque exquisito del embotellado que expendía la Sra. Adalid.
En la mesa poco se conversaba: un criado estaba constantemente á la espalda del amo; le servía, y al levantárselos mantales, se arrodillaba, besaba un trozo de pan y rezaba el Pan Nuestro y el Bendito, besando después la mano á los circunstantes.
Terminada la comida, cada quien se encerraba en su pieza; obscurecía la casa, y á poco se oía el respirar sosegado de la media noche, y lejanos los altercados y carcajadas de la gente que comía en la cocina.
Soñolientas y amodorradas las personas de la casa, se peinaban y componían, esperando el espumoso chocolate con huesitos ó ricos bizcochos de la casa de Ambrís ó de Santa Fe, esquina de Tiburcio y las Damas, y el Santo Rosario con las tres Ave Marías compuestas; siendo en tiempo de lluvias indispensable el Trisagio, quemando palma bendita; cuando lo requería el
tiempo; para los santos de rumbo las novenas correspondientes.
A las oraciones de la noche entraba la criada con las velas encendidas, diciendo: ¡Ave María Purísima! Santas y buenas noches, disponiéndose en seguida la mesita de la malilla, y preparándose las niñas para recibir las visitas que se retiraban al sonar la queda.
En medio de esa sociedad pacífica y apacible caí como llovido con mi algarabía literaria, mi pedantería política, mi índole insurrecta y mis ocultas inclinaciones al bureo y á la frasca; con mi motín de descarrilamientos callejeros, mis cómicos, mis museos, mis estudiantes perdularios y mi modo de ser voluntarioso y desgobernado.
Pero acaso esa misma novedad de mi nueva vida, aquel perfume de bosque virgen y de yerba fresca que exhalaba la nueva mansión en que se me recibía, me atraía de un modo sentimental como el gorjeo lejano de la ave, que escondida entre las ramas, canta en el llano solitario sus amores.
Aquella María, modesta, tímida, á quien alarmaba la caída de una hoja de rosa; con sus grandes ojos negros, con su conjunto de divinidad griega, tan resuelta y tan decidida por el pobre coplero sin familia y sin fortuna. El raudal de sentimiento que palpitaba en mí, que de mí brotaba como esas corrientes caudalosas, que al nacer hierven, corren, se arremolinan y se desbordan como queriendo infiltrar la vida, la alegría y la abundancia por donde, pasan me transporta-
ban á mundos de una luminosa pureza que me procuraba emociones desconocidas.
Mis visitas eran de cierta etiqueta ceremoniosa y mortificante, percibiéndose, por parte de mi suegro, incontenibles antipatías, aunque encubiertas con atenciones de exquisita urbanidad. Esta circunstancia se agravaba con la tarea afanosa para mí del cuidado de mi persona, no obstante los consejos y tretas de mis directores de modas.
Un incidente casual, no obstante, me abrió las puertas de la confianza en la casa, y me preparó las bondades generosas y paternales del que hasta entonces se estaba caracterizando de mi suegro.
Habían llegado las relaciones con mi novia al punto de permitírseme la entrada á la casa cada tercer noche.
Mi entrada era á las ocho, y ya encontraba sentados en la mesa de tresillo á mi suegra, mi esposa y dos ó tres personajes graves con un platito de porcelana para tantos y cartas sobrantes; al lado un plato con copas de anisete y de catalán para damas y caballeros.
Yo, que no he sabido en mi vida juego alguno, para quien ha sido siempre griego el lenguaje del naipe, y que por pobreza ó por lo que se quiera, me hostiga la baraja, habría sufrido un suplicio si una sonrisa, si una conversación furtiva, si una mirada no me hubieran indemnizado de mis sufrimientos.
Los que jugaban estaban cuidadosos con el triunfo y el chiquito, la contrabola y la bola, el arrastre y el codillo; los espectadores conversaban y esperaban á
que entre juego y juego se echase un dülilo, esto es, un albur por cuenta del más adinerado de los jugadores.
El anuncio era un golpe eléctrico; ancianas y ancianos, niños y jóvenes, polluelas y cuidadoras, se ponían en movimiento; venía el albur, se apuntaban, altercaban, guardaban silencio al correrse el albur, y prorumpían en exclamaciones de gozo ó de enojo los favorecidos y los desdeñados de la fortuna.
Yo me preparaba á la visita, y para preparar el esplendor de mi camisola la guardaba en mi sombrero, y en cualquier zaguán próximo á la casa, me la embrocaba como cualquier monaguillo desparpajado su sobrepelliz.
La noche á que aludo, por una de las mil distracciones de que he sido víctima desde mi niñez, dejé la camisola en el sombrero, y dejé al descubierto mi camisa, nada pretensiosa por cierto en su pechera.
Estábamos en lo más silencioso y empeñado del juego, jugadores y circunstantes, cuando me vino en gana estornudar, acudí á mi pañuelo; no lo tenía, corrí entonces á mi sombrero, que era donde solía depositarlo, y sin advertirlo, volví sonándome con la camisola por su espalda.
Noté que los circunstantes me veían, y no hice caso, seguí sonando; reparé en que la novia estaba escarlata como la sangre .... y no supe á qué atribuirlo; en una de mis limpiadas de nariz, noté algo como una cuerda ó como un gusano debajo de ellas. ... y noté
el extraño polvero .... estallando una carcajada general. Comprendiendo al vuelo mi situación, y ya con amor á la oratoria, dije:
— Diré á Uds. un verso que aprendí de un gachupín abarrotero, con un motivo semejante al presente:
«Causa do este y otros males, «Digo á ustedes en concencia, «No es falta de inteligencia: «Es la falta de reales.»
Mi suegro me echaba al concluir los brazos con paternal ternura, mientras palmoteaban los circunstantes, y mi María ocultaba su carita entre las manos.
La escena que acabo de describir allanó como consecuencia graves dificultades. . . .
Volviendo á mis tareas periodísticas, diré que batallaba como un desesperado contra los follones y malandrines de la oposición.
Comencé á iniciarme en el argot periodístico y á hacer mi arsenal, de Oposición Sistemática, Ambición frustrada, Vendidos á intereses viles, etc., así como tener á la mano al héroe de Jico, el brazo fuerte de Iturbide, el integérrimo Ministro (hablando de Echeverría), el vastago de un héroe de Almonte y Cañedo, ya Cicerón ya Quevedo.
Á guisa de sacristán con los santos que asea y compone, comencé á familiarizarme con proceres y ayudantes y á graduar en mi juicio la influencia de criados, de parientes favoritos, chismosos y aduladores.
Hacía conocimiento asombrado con esos palaciegos
que entran por las puertas excusadas, tienen encargos de uso interno y madrugan para disfrutar las confidencias del genio en mangas de camisa; asistía sin poder atinar con el compás á esos coros en que á tuertas y á derechas se da la razón al que manda, se le inventan talentos y perfecciones y se espetan al paño alabanzas como para que no las oiga. Me fijaba mucho en las palabras soltadas con aparente candor para sembrar una sospecha, despojar de un empleo, preparar un negocio y hacer al poderoso caer en errores ó ejercer injusticias.
Por último, seguía curioso la manera con que los nuestros pretendían combatir á nuestros enemigos averiguando que el uno era hijo sacrilego; que el otro estuvo en la cárcel por monedero falso, que aquél debía su fortuna al falseamiento de unas firmas en una testamentaría; que el que llevaba el apellido Rechupa era en realidad Gatera, hijo del Dean de la Catedral, y todas las indignidades á que se presta el amor ilícito guiado por la perversidad y la calumnia.
El Sr. Gondra era muy cauto; frío y astuto, defendía la administración y empeñaba polémicas científicas en que era muy diestro. Yo me arrojaba de bruces en la polémica acogiendo cuantas barbaridades me sugerían y dándome por muy liberalmente recompensado con que repitiese el Presidente cualquiera de mis frases, me sonriera el ministro defendido y me diera medio de oro el apóstata vindicado.
Pero en medio de mi ignorancia y de mi poco mun-
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do echaba de menos un plan político, una mira social, un designio económico Cañedo y Almonte, federalistas exaltados, defendían la centralización y los fueros. Echeverría cuidaba de las economías y del buen manejo de los caudales públicos. Jiménez conservaba los antecedentes clericales y los embrollos de ];i justicia, y el Presidente, con mano férrea, y de la mejor buena fe, creía que sólo en sangre se ahogaban los trastornos, sin adhesión á creencias ni á principios determinados, aunque en el fondo con admiración profunda por el sistema español y por Iturbide.
Había banderas, luchas y facciones revestidas con diversos trajes políticos; pero estos trajes eran patrimonio de poquísimos propietarios. A los enemigos del Gobierno los animaba la idea de tirarlo para que lo substituyera otro que los empleara: «Quítate tú para ponerme yo,» era la fórmula y el programa de las revoluciones en su último análisis.
Con motivo de la carta de Gutiérrez Estrada encareciendo la monarquía, carta inspirada por el atentado del 15 de Julio próximo anterior, promovido por Urrea y por Parías, se habían engrosado las filas de los liberales y arruinado á Almonte, que un folleto elocuente había defendido los fueros de la soberanía nacional y de la República.
Entretanto el descontento se respiraba en la atmósfera; los conatos de pronunciamiento se centuplicaban, la prensa se envalentonaba, y esbirros, espías, delatores y truchimanes del escándalo hacían su Agosto.
Los avocados á figurar en el nuevo orden de cosas, eran obsequiados y considerados, y de las tiendas de empeño se exhumaban sables y charreteras, uniformes y distintivos, como que se aproximaba su exposición.
En los pocos momentos que me dejaban libres mis ocupaciones, hacía mis frecuentes visitas al Colegio, como las escapadas del marino próximo á entregarse al grande Océano, frecuenta los jardines, las plazas y calles de su país natal.
Quería que se me fijase bien el pasadizo de la entrada en que el Sr. Iturralde, devoto del amor como ninguno, recibía damas alegres y de juego libre, con edificación de los estudiantes: me detenía en el descanso de la escalera en que se situaba un ollón de agua caliente en que tomábamos solas tablillas de chocolate y extraíamos un lodo de cacao ó como de ladrillo que nadie podía pasar. Me estacionaba en la escalerilla contigua al segundo patio en que instalaba yo mi bufete sobre el escalón pelado, de cartas de amor y versos en cambio de bizcochos, dulces y cigarros; contemplaba la higuera del segundo patio, en que se balanceaba Carrasco, héroe después en la guerra americana; la banca de Rodríguez de San Miguel, el cuarto de Bros Camilo que abandonaba los estudios de jurisprudencia para inscribirse en el Colegio de Medicina.
Entraba á la cocina en que la vieja jorobadita sólo ponía manteca á los frijoles cuando había propina extraordinaria, y descansaba al fin en el cuarto de Juan Lacunza que componía saínetes, preparaba versos á la
Manilo ó Cayetana, actrices del teatro de los Gallo-, ó concertaba un juego de pelota.
¡Oh qué vida la del colegio! ¡Cómo adquieren colorido y encanto aquellas peripecias de la pobreza, aquellos amores de plan incierto, los celos y las reconciliaciones, aquel vender un chantreau para comprar un panecito, aquellas confidencias del chasco al tutor, el engaño á la vieja, el vestido prestado, el caballo de alquiler para la expedición campestre!. ... Y todavía al recordar esos adioses á la juventud, pasan como en jardín en que destruye el invierno ráfagas tibias y perfumadas que parecen engañar á plantas y flores con las delicias de la primavera.
La vejez ha robustecido en mí la pasión de mi colegio á un punto que yo mismo me reprendo, porque amo sus piedras que quedan, me lastiman sus transformaciones, y cuando lo reconstituyo en mi memoria, me siento joven y feliz.
Sin abandonar mis afectos, sin dejar mis hábitos, ni privarme de mis excursiones al Reino del brío, habían cambiado las decoraciones de mi teatro y era mi centro y el lugar de mis nuevas relaciones el Cafó de Veroly.
El café de Veroly- estaba donde hoy se encuentra el Café Inglés. Tenía tres puertas, dos exteriores que daban á las calles del Coliseo, y Coliseo Viejo y una interior que conducía á las entradas del teatro y se bifurcaba llevando una al pórtico y la otra al foro.
El patio del café se extendía bajo clara techumbre
de cristales, corriendo más sombrío bajo los corredores de la parte alta, subdividida en cuartos pequeños y salones para el servicio de la fonda.
Todo el patio y bajos de los corredores lo ocupaban en todas direcciones y á cortos trechos mesitas tripié de fierro y lámina barnizada y en que se hacía el servicio del café y se jugaba ajedrez y dominó. Cada mesita estaba dotada de una gruesa botella de vidrio y un enorme brasero de metal amarillo con ceniza y brazas para alimento del fuego sacro de cigarros y puros.
En el fondo del café, y teniendo por respaldo un gran espejo, estaba el armazón de cantina, trastos de servicio y el mostrador con charolas, pozuelos y tazas, servilletas, etc., para servirse café sólo y con leche, tostadas, molletes, roscas de manteca, te, copas de catalán y de licor, y á hora oportuna ponches ó refrescos.
En la parte superior del café, en cuartitos separados, con todos sus adminículos, estaba la fonda, citándose los concurrentes á su voluntad y ofreciéndose locales para servicio de familias.
La concurrencia al café la fomentaba el teatro y los actores que allí se estacionaban: eran como el pie veterano de aquella célebre negociación.
En la tarde, militares y empleados ociosos, vejetes calaveras, tahúres empedernidos, nifios finos y polluelos pretensiosos se envolvían en una atmósfera de humo de tabaco y formaban grupos en las mesas, ya de disputadores políticos, ya de obscenos oficiales que escupían por el colmillo y daban alas á la crónica escan-
dalosa; ya de gentes de estas que se dicen decenios. sin oficio ni beneficio, que viven de parásitos de su familia, de bus amigos y del Erario, que ven como capital enemigo al trabajo honrado.
Si al cuadro anterior lo anima la imaginación con el ruido de marchantes y transeúntes, las disputas aquí, las risas acullá, los criados corriendo por entre la gente y los concurrentes al teatro, con sus delantales al cinto y sus charolas en las manos, los curiosos agrupados de pie al rededor de las mesas de dominó y de ajedrez, fumando luengos puros; las palmadas, ruido' de platos y destapar botellas de los comedores de la altura, apenas se formará idea del espectáculo que ofrecía el famoso café de Veroly.
En él podría hacerse conocimiento con el manco Ribot, jefe de marina, francote, manirroto, espléndido, célebre por su desafío con Lemanat; allí, Pepe Muñoz, el burlador de frailes y monjas que tuvo colgado á un lego de un balcón para divertir á la gente; allí Leandro Mosso, Rodríguez y Garigton, famosos jugadores de ajedrez; allí Alejo Barreiro, aplaudido por sus chistes y su mímica; allí Diego Correo, tartamudo lleno de talento y de chiste para la crónica; allí D. Joaquín Patino, de luenga barba blanca y voz estentórea, de erudición asombrosa, de hablar autoritativo y brusco, de genio endemoniado y de un corazón noble y levantado; en una palabra, allí la flor y la nata de periodistas, músicos, danzantes, literatos, valientes y gente de rumbo y de trueno. En varios de esos grupos era yo
admitido, aunque en segundo término, pero alegre y confiado lanzando versos á roso y á belloso en improvisaciones calurosamente aplaudidas que en Dios y en conciencia merecía la mejorcita una pela de azotes.
Me arrancaba de la seductora concurrencia que acabo de bosquejar, para ascender á las altas regiones <londe la inquietud crecía, los conatos revolucionarios mantenían la aptación, y la anarquía se hacía sensible en el mismo gabinete.
En la frontera el hambre y la actitud de descontento de las tropas forzaban al general Arista á tomarse licencias en la aduana que produjeron escándalos y ■determinaron la salida del Gabinete del Sr. Echeverría, reemplazándolo el Sr. D. Manuel María Canseco, empleado sufrido y tirante, resurrección del empleado de la época virreinal, monosilábico, cejijunto, de andar pausado, de mirada recóndita é interrogativa, <le mucho ripio y mucha pauta de comisos en el chirumen, paliacate en mano y rosario de gruesas cuentas en el bolsillo.
Á D. Manuel Payno, Bustamante, D. Manuel María Canseco y D. Tranquilino de la Vega llamaban en la finanza los oráculos de la ciencia fiscal.
Yucatán era una cena de negros, Tabasco un Campo de Agramante; en todos los Estados cundía el descontento, y la prensa altercaba, reñía declamando en todos los tonos y sacudiendo con convulsiones peligrosas la combatida administración.
En Jalisco estalló al fin la rebelión disfrazada de
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movimiento local, y como era de costumbre estar en estado de pronunciamiento, era como estar de frasca y de bureo. Se resfriaban y desaparecían los mejores amigos;
se aparecían con su corte los parientes y amigos de los pronunciados; llovían los anónimos, las escaseces de los empleados los hacían aullar contra el mi Historio, y Gondra y yo tirábamos tajos y mandobles acarreándonos dicterios y odios acaso inextinguibles.
La revolución de Jalisco se ramificó por toda la República, y caracterizó su importancia Veracruz, cuyo peso se temía como decisivo en la balanza de los cambios políticos. Santa-Anna aparecía como medrador; pero todos comprendían que era la mediación de un lobo entre dos mastines que riñen.
Inesperademente el general Valencia se pronuncia en la Giudadela de México, y entonces, por primera vez asistía á ese comercio vil de hombres que hacen promesas de un lado y se venden al contrario; de los que se ofrecen como confidentes aquí y son espías del enemigo. . . .
Por otra parte, hombres de armas como el Sr. Bustamante, hombres que arrostrarían peligros personales en que la existencia se jugara á un albur, se desconciertan y descaminan con la charla política, el kaleidoscopio de la opinión y las sombras de que suele rodearse la intriga.
Las circunstancias hicieron que á más del Diario se publicaran boletines para tener á México más al co~
rriente de los sucesos, y el Sr. Gondra,como muy conocedor del mundo, quiso hacerme el honor deque yoescribiera de preferencia aquellas hojas insultantes, que escribía coii la más sincera vehemencia, puesto que defendía á mi bienhechor y á personas muy queridas de mi corazón como eran, entre otras, Almonte y Cañedo.
Pero lo que hería hondamente, lo que dejaba sangrando la carne viva de mi inexperiencia era la serie inaudita de traiciones que brotaban á mi alrededor, que tenía por increíbles aun palpándolas, y que aprendí entonces á conocer, como preludios del sálvese el que pueda, en las revoluciones.
Aquel General X*** que se levantaba de la mesa der lado del Presidente, llevándose, robados, datos para sorprenderlo y aniquilarlo impunemente.
Aquel R*** á quien tenía confiada su persona y secretos el Sr. Bustamante, que figuró en su contra como una aparición en el sangriento encuentro de la Viga.
Aquellos pretendientes de última hora pidiendo pagas, mejoras de empleos y certificados de lealtad.
Y aquella canalla que se precipitaba alrededor del Gobierno agonizante como aves de presa para disputarse sus despojos. Todo esto me lastimaba y me exponía á la burla de los aguerridos en estas escenas, de las que los veteranos políticos sacan partido.
Una noche supe que en el segundo patio de Palacio, cercano de la imprenta y vecino de las caballerizas, donde existía no sé qué almacenes de artillería, se
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tramaba ana junta para aprehender al Sr. Bustamante. . . . Yo me dirigí hacia allí, antes de que la reunión se verificase, y no sin riesgo, logré desbaratar aquella infame trama. Cuando volví triunfal á comunicar lo ocurrido á uno de nuestros defensores más caracterizados, me dijo:. . . . — Muy bien, chico; merece Ud. una espada de honor; y llevándome aparte, me dijo:... . No sea Ud. niño; este pobre come huevos no tiene remedio ... y recordando las palabras de cier-„ ta comedia política, muy en boga, llamada la «Escuela del Aspirantismo,» me decía:
«¡Pascual, Pascual! al que te sacó del polvo de la nada y te colocó en un trono de cristal, si lo ves caer7 déjalo rodar.»
¡Yo, tonto! me separé de este hábil político con las lágrimas en los ojos.
Los corredores de Palacio estaban convertidos en cuarteles, con sus armas en pabellón; sus mujeres haciendo lumbre; cosiendo ó teniendo en las faldas las cabezas de sus soldados, y su trajín de ayudantes, proceres y sirvientes que entraban y salían á las piezas interiores.
Repentinamente, y por consejo é influjo del Sr. Almonte, el Gobierno se pronunció por la federación en medio de repiques, cohetes y regocijo del populachoque se entusiasmaba con los recuerdos de la federación.
Aunque los personajes prominentes del partido federalista eran en su mayoría patriotas, sabios y enten-
didos. el número era cortísimo, que educaba, por decirlo así, pequeños círculos que se aislaban ó tenían por vínculo la masonería yorkina.
En estos círculos, el pensamiento dominante, después de la Independencia, fué combatir los elementos clerical y español, y no se trataba de formas de gobierno, ni de programa alguno, de lo que se llamó Partido del Progreso. Así es que cada quisque de cierta ambición tenía en el bolsillo ó en la copa del sombrero su Virgen de Guadalupe y su plan sin bases para regenerar á la Nación.
Xo obstante, las masas instintivamente proclamaban y seguían á Farías, quien tenía un verdadero ejército de descamisados, que estaba á sus órdenes.
Entre éstos había pensadores profundos y hombres eminentes en las letras, como Quintana Roo, Zavala, ( llaguíbel, Pesado, Couto, Mora, Rejón, Cerecero y otros. Pero éstos, en su mayoría, no eran hombres de acción, y éstos se hacían representar por matones, por hombres sin educación ninguna, analfabéticos, turbulentos y dañinos; pero no era posible otra cosa, porque los que mediaban con los infelices, los que estaban en posesión ó se disputaban sus intereses, no podían suicidarse con la adopción de las ideas liberales.
Estas ideas liberales andaban como escondiéndose, como temiendo la repulsión por todas partes, y apenas las acogían, en escondites contados, Olaguíbel, Don Hipólito Rodríguez, dueño de una pequeña fábrica de fideos, calle de las Escalerillas; Don José María del Río,
bizcochero muy entusiasta por Olaguíbel y Balderas, sastre; Díaz, zapatero; etc.
Desempeñó papel notable en este pronunciamiento por la federación, el Sr. Lie. D. Juan José Baz, quien s<4 hizo célebre por su intrepidez, su odio á clérigos y soldados, y sus acciones de buen chico y franco y generoso compañero.
Era Juan José un muchacho rubio, delgado, ardiente, de estremecimientos, apasionado, de manos listas y de hablar imperioso, no obstante que su voz tenía un tiple poco simpático.
Haz pertenecía á una familia rica y muy distinguida de Guadalajara, y contaba en sus ascendientes títulos de alta y reconocida aristocracia.
En Baz todo era pasión: desde fungir de torero en los toros que los colegiales disponían en el Colegio Seminario, hasta los empeños de amistad ó los lances de amor. No sabía disimular ni mentir, y era excelente su corazón.
Esta misma impetuosidad de carácter, este no rehuir la responsabilidad que le atraían sus diabluras, le daba importancia en un partido, que á cada instante tenía que rifar el todo por el todo y atropellar con hábitos, creencias y preocupaciones que formaban el modo de ser de nuestra sociedad.
En la impaciencia que devoraba á Juan José por la realización de sus ideales, caía en lo arbitrario y tiránico, formando esos arranques contraste con rasgos de bondad suma y con actos caballerosos.
Una vez reconvino á un lépero por una infracción de policía. El lépero contestó, justificándose; Baz le impuso una multa; el lépero respondió refunfuñando que pagaría; Baz le dio un manazo; el lépero le contestó su golpe, enfurecido; los policías se lanzaron sobre él para amarrarlo; Baz se puso á su lado para defenderlo. . . . — Este hombre está en su derecho, dijo; yo, aunque Gobernador, tenía facultad para corregirlo, no para pegarle. . . . Queda Ud. libre para que tomemos armas iguales.
El lépero, muy encogido.... dijo que iría á pagar la multa, y Baz la pagó por él.
En los más grandes peligros no se le veía término, porque era muy valiente; con su fraquesito azul muy catrín y muy desembarazado; sus travesuras con sus amigos y sus cuentos colorados á que era muy afecto. Cegado por la cólera, cometía faltas que ó reparaba caballeroso, ó no dejaban rastro, ni daban entrada á la venganza en su corazón.
Baz nos quiere hacer felices á palos, decían muchos; y si esto no era evidente, tenía mucho de verdad.
Personajes como los que he mencionado, entraron como aparecidos al Palacio al verificarse la transformación del Gobierno que proclamaba la federación.
No obstante lo exótico del pronunciamiento, á pesar de traslucirse que se trataba de una comedia de circunstancias, los instintos del pueblo se manifestaban claramente por aquel cambio que no sabían aplicar con conciencia los que lo aceptaban.
Aquel recurso tardío fué de momentánea duración. El pronunciamiento aparecía triunfante en la Calzada de la Viga, aunque había tropas del Gobierno en Palacio.
Coches, vendimias, curiosos y paseantes, inundaban las calles, que conducían á la Viga, donde hubo an llamado combate que puso de manifiesto las traiciones de nuestros amigos y nuestra impotencia.
Los agiotistas de la época se jactaban de haber llevado recursos á uno y otro campo de batalla para prolongar la situación y sacar raja, preparando el terreno para que cada partido reconociese con creces lasdeudas del otro.
Al fin, como preliminar de los convenios que debían terminar la revolución, que tomaron el nombre de la Estanzuela por el lugar en que se firmaron, desalojó el Sr. Bnstamante Palacio, y fué á habitar á la hoy Ciudad de Guadalupe Hidalgo, á la casa del canónigo Corona.
La víspera, las tropas fieles pernoctaron formadas, y en alarma, en la Plazuela de San Lázaro y el Juil, camino de Puebla.
Los empleados desertaban en bandadas, llevando muchos, de ellos como testimonios de adhesión secreta al Gobierno, cartas y documentos del enemigo; desempolvábanse retratos del héroe de Tampico y los exponían en tiendas y salones; brotaban como hongos parientes desconocidos del héroe vencedor de Barradas, y se puso de moda el desarre veracruzano, el hablar
como jarocho y los sones del Butaquito y la Petenera.
Los poquísimos empleados y jefes fieles al Sr. Bustamante se alojaron en las casas de los canónigos. Al Presidente le quedó una cortísima guardia, que no sabía qué carácter tenía ni qué misión desempeñaba.
Con este motivo, recuerdo una anécdota que fué para mí lección elocuentísima de la influencia de las vicisitudes humanas.
Una anécdota.— Los de Guardia; ¡el tío! — Caída de Bustamante. — Mí situación.— Dicho de Almonte. — D. Francisco M. Tagle. — Recuerdos. — Baile por el triunfo de Valencia. — Dejo el Diario y quedo en las cuatro esquinas. — El Ateneo. — Plaza del Volador. — La Kalenda. — Fernandete Ruelas. — D.Basilio Guerra. — Anécdota de B. — El Curioso parlante.— Recuerdos. — D. Benedetto. — Descripción de la ciudad. — El Siglo XIX. — Cumplido. — Pedraza. — Cardoso. — Luis de la Rosa. — Agustín Franco. — Payno. — Carrasquedo. — Iglesias. — Morales.— Gallo Pitagórico. — Visitador de tabacos. — D. Marcos Esparza. — Rasgos biográficos. — D. Bibiano Beltrán. — Rasgos biográficos. — Viaje á Zacatecas. — Llegada á Zacatecas, primeras impresiones. — Barrio del rebote. — Fandango de mineros. — Tertulia típica. — Casa de Beltrán. — Arostegui. — D. Bonifacio Gutiérrez. — D.Manuel González, minero. — El Lie. Rivero. — D. Manuel Cosío. — Luis Solano. — D. José Bolado. — Leyenda de descubrimiento de minerales. — Teodosio Lares. — Fernando Calderón. — Rasgos biográficos. — Anécdota del beaterío.—Visitas de tabacos. — ElFresnillo. — Descripción. — Anécdota de la zapatera. — Periódico de Vicente Hoyos. — Viaje á Jerez. — Hacienda de Víboras. — El Sr. Cosío, Administrador de tabacos. Sierra de las Palomas. — Vuelta á Zacatecas. — El Siglo XIX. — Arrrendamiento de Casas de Moneda. — Mis censuras. — Acto del
Instituto. — Vuelta á México. — D. Ignacio Cumplido. — Recuerdo de un viaje áZacatoc«s — Redacción del Siglo. — Costumbres de sus redactores.— Pedraza. — Otero. — Payno. — Mi pieza de escribir.— Consideraciones del periodista novel. — Rasgos biográficos de Pedraza. — Riva Palacio. — Cosas del Sr. Pedraza.
La tarde que se firmaban los convenios de la Estanzuela, en una llanura contigua á la hacienda de Aragón, cercana á Guadalupe, el Sr. Bustamante salió á paseo.
Para todos, y más para la guardia, conservaba aún el carácter de Presidente de la República. Al salir el General el centinela de la puerta gritó: ¡los de guardia, S. E. el Presidente de la República! formándose los soldados tocando marcha y presentándole las armas.
Entre tanto se esparció la noticia de los convenios, se supo que Santa- Anna estaba en Palacio, y que todo había cambiado.
Al volver de su paseo elSr. Bustamante, el centinela, que sabía lo ocurrido, no sabía qué hacer, y al descubrirlo, con el acento más desmayado y desabrido murmuró: «Los de guardia, el tío.»
Sonrió el Sr. Bustamante y dijo al oficial: mande Ud. á mi sobrino ai calabozo.
Las cosas se precipitaron. En la habitación desierta del Sr. Bustamante se podía escuchar el parpadeo de un gato, y por fin determinó su viaje para el interior, después de publicar una proclama en que decía: «que la mano del tiempo pondría en su verdadero punto de
vista á los hombres y á las cosas,» y que fué redactada por mí.
Después de golpe tan contundente, quedé, como era de esperarse, mal ferido é peor parado, expiando con odios y desprecios mi imprevista elevación y restituyéndome la suerte á mi pobreza incorregible.
Gomo al despertar de un sueño recordaba los sucesos pasados, esparcidos en mi memoria á la manera de mosaico precioso hecho pedazos y que deja adornar en sus fragmentos el edificio ó paisaje que se representaba.
Concentrándome presenciaba el desfile de los personajes con quienes había hecho conocimiento, y veía la faz barbilampiña y la boca hundida de D. Juan de Dios Cañedo, inagotable en chistes, viendo que se producía espontáneo el vacío en su bolsillo, pulcro, enamorado y de gran valor civil.
Pasaba D. Luis Cuevas argumentador sutil, modesto y encogido, descubriendo al teólogo entre el político previsor.
A Echeverría, huesoso, serio, magnánimo á pesar de la rigidez del guarismo y del prestigio del tomín.
A Almonte, fino, sagaz, seductor, de maneras correctísimas en el vestir y en el hablar, amante fogosísimo del sexo bello bajo, sin máscara glacial y de ambición profundísima é imperceptible hasta páralos que se trataban más íntimamente, como el. Lie. Lazo Estrada y D. Juan N. Peredo, cónsul de Venezuela.
Recitándole un día no se con qué motivo cierto epigrama que dice, con alguna variación:
«Aquí yace un genero! ( Hio :il acabar h jornada, O Cétfar ó nada, dijo, Y se salió cun ser nada.»
Ese soy yo, me interrumpió con intempestiva exultación Almonte, y no lo olvide Ud. jamás señor compadre.
Con motivo de mis recados á los miembros del poder conservador, conocí y hablé varias veces con el Sr. D. Francisco Manuel Sánchez de Tagle, político influyente, orador celebradísimo, y en aquella época tenido como príncipe de nuestros poetas, causa por la cual le admiraba, le enaltecía y profesaba fanática admiración.
Era Tagle de mediana estatura, de cabeza byrónica, nariz curva, boca recogida y graciosa, y un mirar lleno de dulzura y penetración.
Sordo como tapia, hablaba quedo y le mortificaba que le gritasen. Educado en los usos y hábitos de laColonia, su afecto y sus tendencias eran por todo lo español, aunque al hacerse la Independencia consagró cantos llenos de robustez y entusiasmo por los héroes de nuestra patria. Su voz campanuda y grave medía bien los versos, y en sus discuros tomaba todos los tonos de una elocuencia seductora. Amaba el campo, era tiernísimo con su familia, y su trato íntimo tenía mil encantos para cuantos le trataban.
Después del desfile que acabo de bosquejar, se me aparecía la ciudad presa del terror por los sucesos de Julio; las puertas cerrándose con estrépito, los caba-
líos de los dragones corriendo por las calles desiertas, las familias huyendo con trastos y muebles por las garitas, y los cadáveres de transeúntes que no tenían modo de escapar de la barbarie de los que los mataban para hacerlos felices.
A la luz risueña de recuerdos agradables reproducía mi imaginación el gran baile dado al Sr. General Bustamante en celebridad del triunfo obtenido por las fuerzas del Gobierno al mando del General Valencia, contra el pronunciamiento de la Ciudadela.
Salón magnífico profundamente iluminado por candiles y candelabros con bujías de esperma, cortinajes riquísimos y ausencia de flores naturales, de ramos y heno que son tan vistosos y que tanto se usan en el día.
Mecíanse y atravesaban deslumbradoras de belleza á impulso de los compaces de las danzas y contradanzas, walses, galopas y paso doble, las deidades de la época, con sus trajes de seda y encaje, guante de brazo y corpino alto á la inglesa, con descote exagerado. Entre esas beldades sobresalían, Cubas y Escandones, Echeverrías y Villanuevas, Decós, Boseros, Pepita Leña, Luz Zozaya y otras, descollando sus cuellos de armiño y alabastro, engarzados en diamantes, perlas y rubíes; así como sus tocados de tirabuzones tembladores sobre los que oscilaban riquísimas plumas.
Como el lujo y la oficial alegría del baile formaban contraste con las circunstancias en que se encontraba la nación, tuvo motivo Rodríguez Galván para su lindísi-
ma composición Bailar! bailar!,» en que había estrofas como esta: *
El buen gusto comenzaba á manifestarse en muebles y trajes, servicios de banquetes y útiles usuales en el interior de las casas: contribuían á ese perfeccionamiento, además del contacto con el extranjero y uña que otra publicación de modas, las reformas introducidas en el teatro y sobre todo en la ópera, en que fig -tiraban con aplauso la Pellegrini, Sirletti, Valle, Galli y otros, que se presentaban en la escena con mucha corrección y propiedad.
Repito, que aquellos cuadros se desvanecían como grupos de fantásticas nubes, y yo percibía negro mi futuro y sin que me guiara en mi camino ni pariente alguno, ni voz caritativa, ni afecto poderoso, ni nada que me detuviera en la pendiente rápida de la pobreza y el desamparo.
Cierto es que los padres de mi señora tenían cuantiosos intereses; pero yo rehusé con decisión ese arrimo, porque me hacen irresistible mal efecto los parásitos del amor.
Gomo mi resolución de dejar el Diario Oficial la expliqué claramente, manifestando mi odio á la dictadura y á los procederes de Santa -Anna, no hice aprecio de un despacho para Administrador de rentas de Pachuca, que podría haber sido asidero de mis esperanzas.
Tres sucesos se fijaron en mi imaginación, con tal exactitud y tales detalles, que parece que estoy asis- * Falta en el original.
tiendo á ellos. Fué el primero, la instalación del Ateneo, plantel promovido por el Ministro español, en que se reunieron personas de todos los partidos, y en aquel terreno neutro, la admiración del arte y el culto al talento, ahuyentaban odios y prevenciones, y dulcificaban las pasiones políticas; Alamán era de los más activos socios de aquel plantel y más de una vez dio á conocer su vasta erudición, su posesión sabia del idioma español que hablaba y escribía -con pureza, y sus opiniones en materia de letras ajustada á las leyes del más severo clasicismo.
La Plaza del Volador, situada á orillas de la calle Real ó Flamencos, en el grande espacio que dejan el costado Sur de Palacio, la Universidad y Portacoeli, era un cuadrado de cajones ó jacales de tabla y tejamanil ennegrecido por las lluvias y los años, sucio, cenagoso y en el interior, de callejuelas estrechas y de difícil tránsito.
Del lado de Flamencos, llamaban la atención las celosías ó cortinillas encarnadas de los barberos, instalados con todos los adminículos del arte: es decir, la olla de sanguijuelas á la puerta, la piedra de amolar y el gallo á su pie; la guitarra con su moño de listón, colgada ó en ejercicio; á la vista el escalfador, el yelmo de mambrino, los frascos y el cepecillo que se ponía, al concluirse la raspa, en manos del marchante para que depositase sobre él la propina.
En la esquina del Volador que ve á la Plaza de Armas, había un rumboso estanquillo, con unos soldados
de infantería colosales, pintados en las puertas, considerados cosa dignos de honrar el arte de Apeles.
La plaza en su parte interior, y á pesar de marcarse de trecho en trecho, con los jacales, divisiones y subdivisiones regalares, presentaba sistemático desorden. abandonándose la venta de verduras, frutas, patos, mestlapiques, buevos, gallinas, quesos, etc., al sexo bellor y sirviendo carnicerías y tiendas el sexo poderoso.
A la espalda de las barberías y tiendas de la parte' exterior, había cajones en que se vendía jarcia, sombreros de petate y trastos de loza, barro y cristal ordinario, como quien dice, mercancías de uso más generalizado entre gente que rayaba con la gente pulcra.
Algunos puestos de fruta poseían mostradores ó canastos en que se exponían los artículos de venta, y éstos aparecían con la verdulera ancha de cuadriles, bullebulle y verbosa, con la camisa descolada, el cuello y el pecho, casadera, pareciendo entre gargantillas de corales, relicarios, escapularios y medallas, el refajo en desván y las manos llenas de anillos, listas para el despacho y para soltarle una cachetada al pinto de la paloma.
Pero ésta era la parte escogida y aristocrática del mercado; el común de traficantes hacían su negocio á raíz del suelo, rodando frecuentemente, á la vez, manzanas, lechugas y rábanos.
Pero cuando llovía, la estrechez de las callejuelas, la multitud de transeúntes y la propensión de la gente de bronce á las apreturas, codazos, empujones y manoteos, hacían que se traficase en el fango, entre cas-
«aras y plumas, despojos de aves y toda especie de •desechos. La suciedad y pestilencia eran más notables <en los puestos de frutas, mestlapiques, ranas, ajolotes, •etcétera, y montalayos, tripa gorda, pancita, carnitas y otras carnes indecentes y medio podridas.
En medio de aquellos remolinos de cabezas, canastos, muchachos y canes, flotaban los vendedores de pasteles y empanadas, chuchulucos y quesadillas, indios vendedores de fajas y monteras, manta de Texcooo, listones, medallas y voceadores de papeles, sin faltar el recaudador tiránico del impuesto, ni el logrero que cobraba veinticinco por ciento semanario, con abonos diarios, ni el lego glotón y chancista que cautivaba corazones y asgaba al descuido cristianas beldades, con el auxilio de la Purísima Concepción ó de las benditas almas del Purgatorio.
Ese cuadro se iba á desvanécelo por lo menos á modificarse notablemente.
Aquel lugar que presenció espantado el auto de fe de la época del Obispo Rueda, con la media naranja y la cruz verde; el mismo que retiraba sus jacales con ruedas para algunas corridas de toros ejecutadas para agasajar á los Virreyes, iba á desaparecer para substituirlo con un gran cuadrado de calicanto, según el plano presentado por el empresario Oropeza y aprobado por el General Santa -Amia, quien colocó la primera piedra y en cuyo honor se erigió una placa que se colocó en una columna en medio de la nueva plaza y que derribó el pueblo el famoso 6 de Diciembre.
La Kalenda era una serie de composiciones religiosas, análogas al Nacimiento del Divino Salvador y organizada por D. Basilio Guerra, de cierta significación aristocrática, pero caserita.
Procuraba reunir el Sr. Guerra para la solemnidad, verdaderas notabilidades musicales y tal circunstancia, los ensayos y preliminares de la fiesta, producían reuniones, en que se adunaba deliciosamente lo temporal y lo eterno.
Entre las artistas de más nota, recordamos áFernandita Ruelas, esposa de Rodríguez de San Miguel, pianista muy notable; á Chucha Cosío, gallarda y sentimental; á Antonio Balderas, bajo profundo que sacrificó su brillante carrera de médico á su pasión por la música; á Escalante, tenor dulcísimo que aun vive; á Palacios y á Camilo Bros, que abandonaba la carrera forense en que se había hecho muy distinguido y entraba á estudiar medicina, bebiendo los aires por la ópera, los conciertos y las reuniones filarmónicas.
Yo no traté ni pude conocer á fondo á Don Basilio Guerra; pero entre las personas im parciales gozaba la reputación de complaciente, cortesano, flexible y servicial con las damas y de buena conducta y maneras.
Perito en comidas y saraos, fanático como una beata, sin educación y retrógrado como un alguacil de la Inquisición, se hizo eco y propagandista de las ideas de Gutiérrez Estrada, publicadas por aquellos días, se sintió paladín ferviente de Dios y del rey, y se conquistó el cariño de gachupines intransigentes, frailes y
potentados de la Iglesia, ricos inflexibles y viejas y jóvenes conservadas desde el tiempo virreinal en los invernaderos de las sacristías.
En el fondo, la facha importante, el hablar campanudo, sus relaciones con varias personas distinguidas de Europa y, sobre todo, su chirumen de estrechísima cabida y sin luz propia, hicieron de Don Basilio, con el curso de los años, agente poderoso y activísimo de la monarquía.
A este propósito, y después de muchos años, mi amigo B., que fué expresamente mirado en aquellos tiempos por el partido conservador para entenderse con Hidalgo, Almonte y Don Basilio acerca de la elección del monarca, me contaba que después de agotar mil medios, y de que se frustraron las que parecían combinaciones más felices, se dirigió al Sr. Guerra, á exponerle la situación y el desamparo en que había quedado la causa.
Don Basilio oponía mil quimeras á los razonamientos de mi amigo, y urgido y acorralado parecía no encontrar salida; pero de pronto con aire triunfal y entonación de exaltado tribuno, le tomó de la mano, y poniéndole frente á un Santo Cristo, le dijo:. . . .
—Vea Ud. á nuestro Caudillo; vea Ud. á quien tengo encomendados nuestros planes y la consolación de nuestro Bey, y dígame si le es lícito vacilar del éxito de nuestra empresa. ... Ya verán los lectores que un hombre que discurre así, se pinta solo.
Como decía de mi caída y penalidades, aunque yo
no desconocí ni por un instante á mi gente de cierto pelo, ni á mis valedores 6 inclinaciones callejeras; el porrazo que me tenía desquebrajado en tierra, me hizo abrir tanto ojo, renovando mi apego y cariño i La gente de mi pelaje, á mis poetas queridos, entre Los que contaba al insigne Ramírez, Lacunza, Calderón, Airara/, Collado, Navarro y otros; y á mis bienhechores constantes Quintana Roo y Cardoso; mis maestros Olaguíbel, Don Francisco Modesto, Carpió y Pesado.
Por aquellos tiempos llegaron á México, coleccionados, algunos artículos de «El Curioso Parlante,» comenzados á publicar en 1836.
Yo, sin antecedente alguno, publicaba con el seudónimo de Don Renedetto, mis primeros cuadros, y al ver que Mesonero quería escribir un Madrid antiguo y moderno, yo quise hacer lo mismo, alentado en mi empresa por Ramírez, mi inseparable compañero.
Emprendía mis paseos de estudio, tomando un rumbo, y fijando en mi memoria sus circunstancias más características.
Por el Oriente, en la calle de la Alegría, puede decirse que acababa la ciudad; que ya se escondía por la calle de "las Moscas, ya en un recoveco de la pestilente acequia, que es como barrera del templo de la Soledad. A los alrededores del Santuario, como culebras y alimañas, se enroscaban callejones, se retorcían vericuetos, y saltaban aquí y acullá gazapos arquitectónicos y jacales despavoridos de indígenas infelices.
Casas bajas, accesorias con envigados truncos y ca-
si nadando; paredes llenas de tizne. En un rincón el brasero ó el tlecuil; en el otro, unos sucios petates y. al frente, ya el banco del zapatero, ya el rollo de tule, ya los arreos para entular y pintar sillas, ya un enclenque y angosto banco de carpintero.
A la espalda del templo, cuyas paredes forman ancones y escondites peligrosos, depósitos de inmundicias y manantiales de tifo y calenturas, se extendía la plazuela con las vecindades de Mixcalco, de lúgubre memoria; en último término, el «Juil,» pulquería famosa por sus juegos y riñas.
Al Sur, muladares y ruinas; al Norte, marañas de encrucijadas, que no calles, donde anidaban muñequeros de barro, candelilleros ó trabajadores en vidrio sutilísimo, y confeccionadores de charamuscas, jalea de membrillo y palanqueta de nuez ó jamoncillo de pepita.
Por este lado se veían acequias, lavaderos y lavadores desnudos, bajo los tendederos de sus ropas y los árboles, y al fin, jacales y la iglesita de la Resurrección que se animaba y atraía ruidosa concurrencia con las famosas misas de Aguinaldo ó sean fandangos á lo divino.
Al Norte, cerraban la regularidad de las calles: San Sebastián, el Puente de Gantaritos y salida á la plazuela del Carmen, lóbrega y con su cercado de ruinas.
Plazuelas y llanuras al Noroeste con costras de tequezquite, aridez suma, y en el confín, lagos y montañas.
Después de extraviarse en callejones sin salida, sin alumbrado, ni empedrado, ni banquetas, se encontraba uno, repentinamente, en una especie de aduar de jacales, dominado por la iglesia de Tepito, que como que se felicitaba dominando alegre una comarca que recordaba los tiempos más primitivos de la conquista.
Esta sección medio desencuadernada y esparcida en un terreno sin ordenación ni medida, daba paso á la vista de las montañas del Tepeyac y del Santuario de la Virgen madre de los mexicanos.
La arteria vigorosa de esa parte de la ciudad, era la calle Real de Santa Ana, sembrada de parajes y mesones, comercios de jarcia y semillas, bodegones y puestos de frutas y verduras, y arriería afanosa de caleros, ladrilleros, areneros, burros y muías.
La Galle Real de Santa Ana dividía el barrio de Tepito del de el Tecpan de Santiago Tlatelolco y Garita de Vallejo, á cuya vecindad cultivaba sus escándalos la pulquería de tío Juan Aguirre, famosa por sus caldos escogidos y sus enchiladas, envueltos y chalupas. Toda esa parte eran muladares y zanjas, árboles y despoblado, marcándose lugares peligrosos como el Puente del Clérigo, espalda de la Parroquia y la Lagunilla, que había quedado asolada y en ruina desde el cólera de 1833.
Interrumpo mis excursiones con un incidente que mucho contribuye á darle cierto colorido particular á mis estudios sociales.
En la amplísima y descuidada calle de la Verónica.
existía y aun existe la iniciativa ó ruina de un espacioso convento, á cuyo embrión ó esqueleto, principio ó fin, bien podría aplicársele, aquello de:
Oh tú, que mueres sin haber nacido Tu ser equivocando con la nada.
Portería y claustros, celdas y dormitorios, estanques y lavaderos, podían señalarse, así como el vasto templo, sacristía, casa del capellán y servidumbre.
Pero todo esto, por aquí en cimientos, por allá sin concluir, por acullá convertido en cuartos ó viviendas con tabiques y tablas, lienzos y tejamaniles, tenía aspecto rarísimo al que daba sombras y matices la población más heterogénea del mundo.
El claro de techo que daba sol al corredor, la escalera á que se ascendía y descendía por tramoya, el tugurio que se exploraba á gatas, se prestaba á apariciones y desapariciones inesperadas poniendo en acción lo cómico, lo trágico y todo gánero de literatura.
El observador curioso podía ver en una rápida ojeada, la más perfecta infracción de los preceptos del decálogo, así como el triunfo más completo de los siete pecados capitales.
Mientras un grupo de chicos gritones y haraposos jugaban al piso, á la polla cou huesos de chavacano, un resignado padre de familia veía salir á su esposa horonda y compuesta á la calle y él quedaba con el neue en brazos pendiente del quehacer doméstico.
Si por xin lado un terceto de estudiantes arriesgados
bromeaba con las lavanderas, por el otro se organizaba un triduo ó se hacía colecta de pesos hasta completar un fondo para sacar una alma del Purgatorio.
Por aquí se escurre embozado hasta las cejas un personaje que viene á la casa chica, donde hay un niño que parece que le cortaron la cabeza al autor.
Por aquí un pistón ataranta la vecindad ensayando las cuadrillas del Eco; á dos pasos, infatigables guitarras pespuntean el lindo wals de la Rosita. Ya es una sotana colgada de un clavo, escudo del hogar casi eclesiástico, ya la gorra de un asistente da respetabilidad á un cuartucho que encierra tesoros para el dios Marte. De un cuarto salen los sabrosos alfajores que confecciona una señora que fué de muchos posibles, y del otro una canasta con zapatos de orillo que se venden como pan. Chicas desmelenadas y con desguise juegan al porrazo ó al entripado desde que Dios amanece, y tahúres que pernoctaron en la timbirimba, vuelven sin blanca á reñir con sus consortes; por allí publica su pila un párvulo con gritos y berrinches, y por otro lado una corista de corta fortuna se desgañifa derrengando un coro de Rosini ó Bellini.
El patio es amplio, le adornan multiplicados tendederos en que cuelgan camisas abiertas de brazos, pantalones danzantes, enaguas extendidas y medias que se escurren.
En la puerta se ve un anciano venerable de papujados ojos, cano, frentón y como hundida la fisonomía en vellones de pelo, por barba, cuello y pecho que descu-
bre la camisa desabrochada. A su frente está el banco de zapatero con la herramienta y el cabito de sebo, el gato rumiante á uno de sus lados y del otro el jarro enorme de pulque, complemento de los útiles de su trabajo.
Yendo y viniendo días, en una noche infausta en que alcoholes ó celos, trabacuentas ó piques de vecinas, había subido la temperatura, ó como se decía en el caló de la casa: la mostaza á las narices por un «me dijo» y «ledije»,por un «quítame esas pajas» se arma la gorda, álzanse los gritos, llueven los palos; cachetadas y trompadas aboyan ojos y narices, eructan mechones de cabellos arrancados á los enfurecidos propietarios, ladran los perros, acudeu los serenos con sus farolillos, sus pitos y sus chuzos, y en lo más encarnizado de la descomunal batalla, un hombre grita: ¡soy muerto! Entonces dominando el tumulto salió del cuarto del portero una voz tronante que decía: ¡Paso paso á un sacerdote! Era el propio portero que, con un hábito de mercedario, se presentaba en escena confesando al herido, absolviéndolo y dejando estupefacta á la concurrencia.
Hiciéronse las averiguaciones judiciales y se descubrió una interesante novela; pero en que la mujer ó mujeres perdidas resultaban parientas de proceres conocidos; los galanes perdularios, hijos bastardos de sacerdotes que pasaban por ejemplares; el fraile apóstata, portero, una antigua lumbrera de la Iglesia y su prole relacionada por trasmano con mi parentela y la de Ra-
mírez. Nos explicamos entonces por qué es tan difícil la comedia y. escritos como los que proyectamos. No se describen tipos, se hacen retratos; no novelas, sino boletines de crónica escandalosa.
Asi murió mi proyecto de escribir los Misterios de México.
Gomo esto de escribir para el público es una especie de manía, como la de comer tierra ó inyectarse con morfina; y yo había sucumbido de lleno á esa manía, buscaba arrimo en imprentas y redacciones, teniendo para mí irresistible atractivo la angosta y desbarajustada mesa de redacción, los papeles regados en el suelo, los periódicos colgados contra las paredes con sus alambres, los estudiantes disputadores, los poetas entusiastas, los merodeadores de la crónica, los azuzadores de incautos y los proceres habidos ó por haber que acuden al laboratorio de la fama ó el descrédito.
En aquel tiempo acababa de aparecer con desusado brillo El Siglo XIX, dando cierta entonación conveniente á la política, nutriendo con sana erudición las discusiones, y adunando la energía y la dignidad con elevadas miras patrióticas.
Poco antes se había publicado El Mosaico, periódico literario de poca originalidad, encargado á D. Victoriano Roa, periódico que compitió ventajosamente con El Semanario de Señoritas, que dirigía el Sr. D. Isidro Rafael Gondra, y en el que yo había publicado algunas poesías.
El Siglo XIX fué creado y planteado por el Sr. D.
Ignacio Cumplido, de distinguida familia de Guadalajara, impresor de oficio y especialmente protegido por los Sres. Rodríguez Puebla y D. Manuel Gómez Pedraza.
Talento claro, actividad vertiginosa, aspiraciones á elevación y dominio; ignorante, pero con buen sentido; culto y condescendiente, puntual en sus tratos y de ideas moderadas en política, sagaz para el lucro y tenaz para el trabajo, D. Ignacio, de suyo simpático y agradable, como cazador astuto y como horticultor hábil, rastreaba, inquiría, adivinaba los hombres que le convenía atraer á su negocio, los enamoraba y valuaba, y creaba un verdadero tesoro de inteligencias para su periódico.
De ese modo llegó á figurar en la redacción del Siglo una verdadera pléyade de hombres eminentes, entre los que figuraron Morales, Otero y Pedraza, Joaquín Cardoso y Luis de la Rosa, Agustín Franco y Garrasquedo, Payno y Castera, José María Iglesias y Zarco, el Conde de la Cortina, Lafragua, Orozco y Berra, siu contarme yo en la crónica porque no lo merezco, pero que trabajé arduamente en El Siglo, y tuve la honrade llamar mis compañeros áhombres tan distinguidos.
Cumplido veía á gran distancia el que le convenía, bien para la redacción, bien para que tratase algún asunto especial. Se hacía encontradizo, le hacía regalos delicados y lo conquistaba. Pero esto era con el pie veterano de las letras, los reclutas como sufríamos otra suerte y más que se nos asignó sueldo.
Pero no anticipemos los tiempos. Por aquellos días, sólo eran visibles en la redacción D. Juan B. Morales, D. Victoriano Roa y D. José María Gastera, hombre de alguna instrucción y buen sentido, escrupulosísimo en esto de conservar la pureza del lenguaje y de corregir manuscritos y pruebas, y aunque en El Siglo ;i parecían artículos brillantísimos escritos por plumas diferentes, jamás se violó el secreto de la imprenta, porque en ese particular el Sr. Cumplido volvía punto de honor la guarda del más inviolable sigilo.
El Sr. Morales se hizo visible por su concurrencia asidua á ia imprenta y porque él mismo, con osada franqueza, defendía donde quiera las opiniones del periódico. Pero él nos viene al encuentro, contemplémosle.
Es un viejecito pequeño de cuerpo, delgado y fino como una dama, sin ser amanerado.
Moreno, frente calva, nariz chata, ojos azules, un tanto saltones, boca grande y patilla de ralo fleco.
Andaba garboso, calzaba su pie brevísimo una babucha de paño negro, y empuñaba largo bastón con puño de oro.
Siendo, como era, sapientísimo, su conversación era de un hombre vulgar, afectísimo á las chanzas y admirador de las escolapiadas, amigo de las diversiones caseras y hasta juguetón y bromista en la intimidad del trato.
Negaba las caridades que hacía, para excusar que le dieran las gracias; alentaba á los estudiantes, y las
producciones ajenas tenían en él un panegirista y un defensor, exclamando: «valen la plata estos romantiquitos,» al tratarse de Calderón, Rodríguez Galván, Collado y otros.
Jurisconsulto esclarecido, Magistrado sin mancha, político modelo, de probidad y de firmeza de principios, el Sr. Morales era lo que podía desearse de más adecuado para dirigir y caracterizar un periódico de la importancia de El Siglo.
Yo, que fui acogido con bondad extrema por aquel patriota venerable, tuve ocasión de admirar su sabiduría en las discusiones que se suscitaban en la redacción y de gozar de su trato en las tertulias de su casa, calle del Reloj, donde asistían las Sritas. Parres, Velázquez de León, y los jovencillos Rivera, Meló, Alcalde y Martínez de la Torre, que se distinguían por su elegancia y finos modales.
Allí el Sr. Morales alentaba á los tímidos, hacía de bastonero para el baile, obsequiaba á los músicos y dispensaba finas atenciones á los pobres y á sus discípulos, que amaba con fraternal ternura.
En su cuarto no se veía un sólo libro; escribía en una pequeña mesita de palo blanco, viendo á la pared, y los pies en una estera ordinaria.
Pero ese anciano, y en ese humilde aparato, forjaba los rayos que, desprendidos de su mano, confundían al tirano en medio de su ostentaciónde poder, y anonadaba á los cortesanos viles que se estaban enseñoreando de la Nación.
No puedo decir con certeza, si amigos ó enemigos me procuraron un empleo en Zacatecas, y héteme ahí con mi despacho de Visitador de Tabacos en la mano, disponiendo mi marcha.
Mucho me solazó la noticia de que Manuel Payno marchaba también como Administrador de Tabacos del Fresnillo y que nos acompañaban en el viaje el Sr. I). Marcos Esparza y el Sr. Lie. D. Bibiano Beltrán, personas de la primera clase de la sociedad de Zacatecas, donde residían.
Don Marquitos Esparza había sido colaborador y amigo inseparable del Sr. D. Francisco García, ídolo de los zacatecanos cuando llegó á su apogeo la prosperidad del Estado. Fino de maneras, risueño y condescendiente, moneda de todos los gustos, guante elástico Don de todas las manos, dadivoso y servicial cual no otro, Marquitos llenaba de huérfanos su casa y en compadraba con los de más humilde clase; hoy pide á una chica para casarla y mañana figura en una cantamisa.
Todas las puertas de su casa estaban abiertas, y los amigos cogían lo que querían sin que nadie les chistase. Manirroto como buen minero, su bolsa era nube que contenía lluvia para las necesidades y para los petardos, para lo supéríluo y para lo necesario.
Don Marquitos adoraba en su esposa y en su familia. La señora era alta, fresca, comunicativa, sincera y alegre. Constantemente ideaba paseos, banquetes y bailes agradabilísimos, y tal circunstancia, unida á la
buena posición del esposo, hacía la casa concurridísima de toda clase de personas.
Ella se representaba constantemente en la casa del Sr. Esparza y la inverosímil fecundidad de la señora hacía que entre pilmamas, nodrizas, criadas, costureras, caballerangos, etc., constituyera la familia una verdadera población.
Gloria del foro zacatecano y honra de las letras era el Sr. D. Bibiano Beltrán, quien había desempeñado en el Estado y fuera de él elevadísimos empleos á que se consideraba era acreedor, por su talento despejado y rara y escogida erudición.
El Sr. Beltrán era un buen mozo en la extensión de la palabra, elegantísimo en el vestir y de aristocráticos y refinados modales.
Su casa era lujosa, su librería muy numerosa y escogida. Obsequiaba á sus amigos con exquisitos vinos; daba comidas en que competían la riqueza y buen gusto y, sin quererlo, acaso al través de su afabilidad, se percibía cierta elevación cortesana, cierto perfume de nobleza de alcurnia que hacía que solicitasen su amistad los ricos pretensiosos, á la vez que sus ideas liberales moderadas, no le alejasen del todo de la gente plebeya.
Pero el sesudo letrado estaba casado con una joven que era un terrón de amores y un tesoro de delicias. Blanca, chiquitína, rápida, adorable, toda generosidad y alegría, Lupita Letechipía era alma, regocijo, luz y amor de su casa: por aquí la siguen los chicos para
que promueba bailes y saraos; por allá le llaman los pobres pidiéndole socorros, y ya emprende viaje para asistir á una enferma desvalida, ya, en una pieza interior, cose con fatiga la camisita de un párvulo casi desnudo, y todo esto sin dejar de disponer los chocolates para las visitas, ni los licores para los comensales de confianza, ni las flores de papel para las velas, ni el champurrado para el compadre del Fresnillo que visitaba la casa los domingos.
Cada uno de los tres coches biombos que formaban el ruidoso convoy, habría necesitado, para comprenderlo, cicerone ó brújula, maquinista ó práctico.
Interiormente y en la parte superior, sombrereras de cartón, jaulas, macetas, bancos y andaderas de los chicos. En la testera, tablita y parte del juego del coche, colchones, zaleas, botas colgando y trastos, de cuyo nombre no quiero acordarme. Inmediatamente abajo de las cajas, la hamaca que casi tocaba al suelo, con criadas y criados como en un nido, sacando, acongojados, las cabezas, y cuidando de la miniestra; trastos de cocina, la botella de la leche para un párvulo, la medicina de la anciana, la bola de las botas del señor y algunos juguetes estorbosos de los niños.
En el interior era otra cosa: colgajos del techo, con gorros y fallas, bebés y nodrizas, almohadas y canastos, que obligaban á exprimirse y agarabatarse á los concurrentes, entre quejidos, lloros, y algunas veces estrepitosas manifestaciones por una ladeada del coche ó cualquiera otro percance íntimo. El jefe de cada tri-
bu, muy serio y con su libro en la mano, era la única íigura impasible en medio de aquel apogeo de la felicidad conyugal.
Entre llantos y adioses lastimeros, reyertas de aurigas y de sotas, tropiezos, detenciones y gritos, partimos y vencimos la primera jornada al mesón de Cuautitláii, á cinco leguas de la gran Tenoxtitlán.
Él mesón lo componía corralón extensísimo con el piso de estiércol; burros y cerdos vagando dondequiera, y una serie de cuartos desmantelados y sucios, con un banco de piedra en uno de sus rincones, como suposición gratuita de que aquel era lugar de descanso.
El figón ó fonda adherido al mesón, era exposición perpetua de moscas y mugres, perros flacos, mendigos y niños con ó sin casa, desnudos.
Todo lo que tiene de más pestilente el cochambre, de más repulsivo lo rezagado y corrupto de los manjares y de más amenazante la degeneración culinaria, se encontraba allí, completado con maritornes pleitistas y retobadas, sucias y especuladoras que tiraban el estornudo y el bostezo.
Los veteranos de los viajes entablaban chancistas relaciones con el huespede y fonderas; los pollos iban á dar su vuelta, y la mayoría propendía á solazarse, tendiendo los colchones en el suelo y tirándose incómodos en expectativa de una cena diabólica y de una reñidísima batalla con los enemigos invisibles que abrigaba el cuarto.
Las muías se encerraban en otro extenso machero, y
los cocheros y criados en un rincón del corral, al amor del fuego, cantaban ó jugaban, bebiendo ó escuchando
algún cuento de espanto ó la relación de los últimos momentos de un afusilado.
Hicimos noche en Tepeji al siguiente* día, y rendimos nuestra tercera jornada en la parte baja de la posada de Arroyozarco, porque los altos habían cobrado el carácter de Hotel de Diligencias, merced al genio emprendedor de Don Anselmo Zurutusa, quien no sólo había improvisado salones, arreglado cuartos y o impuesto excelente fonda, sino que había dado á conocer espejos y lavamanos, baños é inodoros, llevando su celo al extremo de dictar un reglamento para el aseo de los concurrentes; atenciones para las señoras, y desencia y compostura en la mesa del comedor.
Pero la parte baja, la del común de mártires, era el mesóndel tiempo virreinal, con su tizne y su grasa, sus criados ladinos y su figón lleno de humo estorbado por perros cascarrientos y animado por maritornes mugrosas, mechudas y de fisonomías que con sólo mirarlas ahuyentaba el hambre.
Cuartos mal envigados, paredes carcomidas, con letreros y figuras grotescas ú obscenas, chorreones de tizne y sebo de las velas que pegaban á la pared los viajeros; mesas surcadas en todas direcciones por letras, cifras, perfiles humanos y ensayos de grabado; una banca epiléptica, algún vaso de vidrio de ojo de moribundo. . . - Esta era la parte baja que mantenía in-
silente á la vista de la civilización de Zurutusa las raíces intactas de una barbarie primitiva.
Siguió nuestra marcha; lo que es hoy San Antonio Polotitlán, era apenas un punto de remuda de la diligencia, consistente en un corral de trancas y un cuartucho de tablas á la entrada del espacioso y magnífico llano del Cazadero. Pero la mujer hacendosa y limpia del auriga, servía allí café, chocolate y te á los pasajeros; después añadió unos huevos tibios al refrigerio . . . luego unas costillas y, en fin, un buen almuerzo. Al amor del lucro, se agolparon al jacal vendedores y traficantes, y fué el paraje de arrieros y luego el pueblo lleno de gente feliz y laboriosa.
San Juan del Río, fértilísimo, Gon su río bajo árboles frondosos, y adornado de flores con su calle real y su Señor del Sacro Monte, me fué muy agradable, y recordé al cura de aquel lugar, el famoso poeta Don Anastasio Ochoa, autor de las poesías de un mexicano.
Al ver Querétaro, me confirmé en la opinión que tenía formada de la Ciudad Santa de tierra adentro, y -al paso quise recoger, pero no pude, noticia de los primeros años del Sr. Pedraza, de los escultores Arce y del célebre marqués de la Villa del Villar del Águila, quien dotó de aguas para vivir y beber á la ciudad de Querétaro, conforme reza la leyenda.
Después de proveernos de dulces cubiertos y de puchas, especialidades de las monjas de la ciudad; confortado el avío, untado y reparado el coche, nos dispusimos á seguir la marcha, abandonando el mesón
de Berazaluce, que nos pareció mansión de delicias, después de los trabajos pasados.
Para penetrar al interior del país, quedabau dos rain ¡nos: el Real de Guanajuato y el de pueblos y haciendas.
El primero, lleno de recursos, pero intransitable <in tiempo de aguas, que era eu el que estábamos, y el segundo, un tanto más transitable pero accidentado y peligroso. Gomo no había mucho en qué escoger, nos determinamos por el segundo camino.
Increíbles parecían aun entonces las narraciones de viajeros del primer camino y paso de la charca, que cobró fama como el Golfo de Ñapóles ó el paso de Calais.
Una diligencia había sido tirada y sacada del atascadero con bueyes; otra, hundida totalmente, tuvo tros días en su lecho á los náufragos, hasta que fueron por ellos en balsas. Un día desapareció una recua en la charca, y el otro, á fuer de famosos nadadores, se salvaban unos colegiales que tomaron un coche para venir á la capital. Y á la vista se exponía un cuadro con muías y caballos hundidos en el lodo con sus cargas enterradas, arrieros desnudos, animales ahogados y gente pereciendo á la inclemencia por imposibilidad de marchar.
El camino de las haciendas se pintaba menos mal, como vamos á ver.
Al primero ó segundo día de esa marcha, hicimos conocimiento con la preciosa población de San Miguel Allende, llamado antes, con justicia, el Grande.
Suele observarse en nuestras serranías alguna colina que tiene cóncava la cima ó coronada de rocas que sirven como dique ó compuerta á la lluvia; pero cuando la lluvia es copiosa y hace empuje, salta sus barreras, y la agua depositada, saltando peñas, culebreando, arremolinándose, se descuelga y corre á la llanura, donde se esparcía sosegada y bella.
Tal idea me dieron desde la altura las calles de San Miguel, y sus corrientes de casas, saltando, escurriéndose, corno descolgándose y extendiéndose después á la hermosa plaza, y viéndose en último término el paseo del Chorro, donde es fama que el señor cura Hidalgo tenía sus conversaciones con Allende, poniendo á cubierto con el ruido de las aguas aun sus involuntarias distracciones.
A la salida de San Miguel tuvimos los únicos trabajos serios de nuestro camino.
El río de Atotonilco estaba crecidísimo; sus aguas barrosas y llenas de fauna amenazante; del vado menos inseguro, sólo podían dar razón unos prácticos, recostados indolentemente y medio desnudos; prácticos que pedían las perlas de la Virgen, para guiar los coches, endilgar sus ruedas, gobernar sus muías y sacarlo á uno sano y salvo del ol/o lado del río.
El espanto de las señoras, los lloros de los niños, los aprestos y baladronadas de mozos y cocheros, los rezos de kirieleisón, formaban conjunto imponente.
Con verdadera cortesía diplomática, Payno y yo nos
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acercamos á los prácticos, adhiriéndose el Sr. Esparza. Don Bibiano se aisló en profunda reserva.
Lanzóse el primer coche á la corriente, después de desalojar á las criadas de la hamaca, y trepándose los criados al techo del coche.
Apenas entraron las ínulas, desaparecieron, saliendo á llor de agua con ansias de ahogado; la corriente sesgaba coche y muías; señoras y niños se agolpaban á las portezuelas, pidiendo socorro; los cocheros revolcaban sus látigos, dando gritos desaforados, y los prácticos, diestrísimos, pegados á las ruedas unos, con las riendas de las muías otros, y otros zabulléndose para tantear el vado, lograron al fin el paso entre vivas y gritos de contento. Este era el coche de Don Marquitos, y así pasó mi coche. Pero Don Bibiano no quiso someterse á la tiranía de los prácticos, confiado en sus excelentes criados y en su buen avío.
Precipitóse su coche á las aguas. Los prácticos permanecieron inactivos y burlones á la orilla del río.
La travesía se hizo peligrosísima; las muías se ahogaban; el coche ladeado estaba al sumegírse; en todos los semblantes se pintaba el terror por la evidencia de la catástrofe. Don Bibiano gritó á los prácticos, desde el medio del río. Uno se presentó.
— ¿Cuánto quieres?
— El doble que los otros.
— ¿Por qué?
— Porque no nos hizo caso, y hora es más trabajosa la salidn.
— Yo no doy ese dinero.
— Pus bogúese.
Y no hubo remedio; los prácticos pidieron lo que quisieron, y se lo hicieron pagar en medio del río. El coche se salvó. Don Bibiano quería verse con los prácticos en tierra; pero ellos, desde las aguas, hicieron sus saludos, dejando con el alma ardiendo al grave Magistrado de Zacatecas.
En el Kefugio, que era la última jornada para llegar á nuestro destino, los que regresaban á sus hogares, se compusieron y aprestaron sus vestidos de gala y sus novedades* de la corte. A la vez, se pasaron revista á los juguetes, obsequios y agasajos que llevaban á amigos y parientes.
Yo recibí una carta cariñosísima de Fernando Calderón, avisándome que me tenía casa preparada en la Plaza, al lado de la Parroquia.
En efecto, Fernando, con una delicadeza, con una previsión y con una firmeza encantadoras, me había preparado casa en que nada faltaba de lo necesario, y en la que aún en lo supérfluo había manifestación de chiqueo y cariño.
Payno, con esa expedición y gracia que todos le confesábamos, improvisó un banquete que nos relacionó con las principales familias, de las que recibíamos toda clase de atenciones.
Era Gobernador y Comandante general de Zacatecas el General D. Fernando Franco, obscuro de piel, ojo negro y hundido, y unas cejas como tejados. En el fon-
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do, ranchero, mañoso y suspicaz, celoso de la conservación de su puesto; pero conciliador y amigo de la buena armonía. De esa manera, aunque las divisiones de partido eran profundas, no se ponían en ejercicio grandes odios, ni el partido vencido hacía esfuerzo alguno revolucionario.
Por otra parte, algunas de las minas estaban con buenos frutos, el Fresnillo hacía remisiones de cuantiosos caudales y varias catas fomentaban pruebas, excursiones, ensayes. . . todos eran prácticos, á que se prestan las alucinaciones llenas de interés de los mineros.
En más alta escala que en los pueblos había, sus personajes eran descendientes de nobles condes y marqueses. Ricos arruinados con hábitos de grandes señores y merodeadores de empresas imposibles, y chascos y farsas que tienen mucho de ridículo.
El género de negocios constitutivos de la vida de aquella sociedad, producía á mi vista dos fenómenos que mucho llamaron mi atención.
El primero, cierta culturade buen tono en la mesa, en los trajes y en el aseo y composturade la servidumbre. En Veta Grande, por ejemplo, negociación de los Sres. Arvides, gozaba uno de todas las comodidades del más alto refinamiento de la ciudad, y aun más, porque muchos poderosos hacendados de México se daban en sus haciendas trato pésimo, y sus sirvientes eran ó gozaban menos que los esclavos de la Habana.
El otro motivo de mi admiración, eralapocainfluen-
€ia que ejercía el cambio de fortuna en el trato familiar. Acaso porque la inconstancia de los productos de las negociaciones mineras hacen que el que tiene fortuna opulenta vague mañana arruinado, acaso por la comunidad de triunfos y peligros, entre criados y sirvientes; lo expuesto caracteriza de íntimo, de generoso y servicial, el trato doméstico que hace el de personas cultas, bondadoso y especialmente humano y caritativo.
Yo todo lo quería fotografiar en mi mente, y llegué á formar una galería curiosa de originales retratos, y una colección exquisita de cuadros de costumbres.
La picara inclinación que me conocen mis lectores, me puso de correr y parar con la flor y la nata de la gente de trueno, del Rebote, el Bronce y otros pasajes de menos nombradía.
En sus fandangos, en que el mezcal y el colonche hacían papeles principales, en que el chito y el sabrosísimo chile verde regocijaban los estómagos y vigorizaban el baile, el barretero neto, el de calzoncillo blanco y borrego al cinto, se lucía, alentaba á la bailadora, le ponía su sombrero en el suelo para que danzase ó zapatease en su alrededor, y él, puro en boca, con los ojos entrecerrados, sentado en el suelo, en actitud beatífica, permanecía arrojando pesos á los pies de la bailadora hasta que se remudaba el sombrero ó descansaba la sílíide, quien desdeñosa se deslizaba del puesto sin volver los ojos, enviando á poco una criada ó un chico de la familia que recogiese su dinero.
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La tertulia típica, la de buen tono por excelencia, La concurridísima por toda clase de personas distinguidas, era la de la casa de D. Bibiano lieltrán, calle de la Gaja.
Salones variados con lujosos muebles, espejos y alfombras, biblioteca magnífica, comedor extenso y alegre. Todo perfectamente alumbrado.
La simple familia de D. Bibiano, era bástanle para mantener, alentar y dar variedad á la tertulia. Bebés, pollos, señoritas, ancianos, todos se confundían y clasificaban, en sí mismos, en mesas de malilla y tresillo, en grupos de filarmónicos ó bailarines, en ruedas de muchachos juguetones, en retirados asientos de señores graves. . .Guadalupita, la Sra. de Beltrán, hacía los honores de la casa, y los* criados atravesaban en todas direcciones, llevando en las manos charolas con chocolates y bizcochos, copas con licores y refrescos, cuando el tiempo lo exigía.
En el centro del círculo más bullicioso, en medio de la algarabía de las pollas más coquetas y de los muchachos más guerristas, en una mesita pequeña que tenía papel y tintero, la cabeza entrecana y vestido descuidadamente, se veía un señor con sus pies desnudos en una bandeja con agua fría, y escribe que escribe, ya chanceando con una chica, ya acariciando á tal muchacho^ ya absorbido en sus ideas é inmóvil como de piedra.
Aquel señor, era nada menos que nuestro gran poeta Fernando Calderón, quien así escribía sus preciosos dramas, en medio de ese tumultuoso bullicio.
Y lo más raro es que en sus manuscritos, no hay un tacho ni reposición de versos, ni huellas de vacilación alguna. Su verba fácil y cristalina corría como en una pendiente de finísima arena, como si el vaivén de las íloresde la orilla impulsaran y perfumaran sucorriente.
En esas tertulias traté á D. N. Arostegui, tan económico de palabras, que llamaba al monosílabo charla, y el toser reservado, fingía entre sus labios, de discurso. Cuéntase que su único amigo con quien diariamente se paseaba era D. Bonifacio Gutiérrez, después Ministro de Hacienda y émulo de A. en cuanto á mutismo; atravesando los dos por la orilla de una hortaliza, Gutiérrez, señalando un camillón, dijo: lechugas.
Pasaron tres ó cuatro días, en uno de ellos volvieron por la hortaliza, Arostegui detuvo el paso, y señalando el mismo lugar de Gutiérrez, exclamo: para ensalada, y el prodigio de tan animada conversación, fué objeto de los más divertidos comentarios.
Tipo acabado de minero simpático era D. Manuel González, español rudo, de desparpajo nativo, impetuoso y bueno como el rocío de la mañana, regordete, chiquitín, con el cabello á los ojos, y mordiéndose los labios, su boca era una ametralladora de picardías. Cuando alguno llegaba á sus puertas á pedirle socorro, se ponía en jarras y le disparaba una andanada de desahogos que lo confundía. . . pero ¡qué! aquello era una turbonada de verano desahogado; se reponía, llevaba entre sus brazos al huérfano, habilitaba al artesano, daba para el enfermo y lloraba con el dolor
ajeno limpiándose los ojos, diciendo Yo soy
un calabazo y un tonto, ¡Ave María Purísima! y su bolsillo era un manantial inagotable de consuelos y beneficios para cuantos le trataban.
Mucho gocé también con la amistad del Sr. Lie. D. J. R., jurisconsulto muy notable, literato de gran mérito y hombre de exquisita cultura y caballerosidad realzada, con una figura verdaderamente distinguida y aristocrática.
Pero tan notable persona, adolecía del gravísimo defecto de absorberse, de enajenarse, de perder materialmente el sentido en una mesa de juego. Era de verlo junto al tapete verde, con el sombrero á la nuca, y el cabello rubio sobre ia frente, los ojos saltándosele de sus órbitas, inclinado al naipe, hablando solo, teniendo en su diestra la medalla de la Virgen de Guadalupe que sacaba de su seno.
— Ah! Madre Santísima, decía, Madre de los Mexicanos, ¡mira qué sota! ... .te pido que venga moza. . . . ese dos de bastos, ni para descalzarla.
Si se ganaba el albur, devoraba á besos la medalla, y el mismo Juan Diego habría envidiado su lenguaje sentimental; pero si la Virgen, ensordecida á sus ruegos, dejaba que el albur se perdiese entonces llegaba á la blasfemia; negaba el milagro de la aparición; ponía de vuelta y media á Juan Diego y á Zumárraga, y era de taparse los oídos
Lo más singular es, que este amigo mío era el hombre más desinteresado, verdaderamente franco y generoso.
La familia del Sr. D. Manuel Cosío, ofrecía un cuadro de felicidad patriarcal, en que se admiraban en armonía perfecta, la dulzura y la majested paternal; el respeto debido al bogar y la alegría perpetua; el comer contentos y el solazarse en diversiones sencillas y familiares.
No obstante haber ocupado D. Manuelito (porque así se le llamaba como en familia) los primeros puestos, era llano su trato, y especialmente benévolo con los pobres. Amplia y larga chaqueta de dril blanco; pantalón de paño obscuro; sombrero de jipijapa; este era el traje de D. Manuelito, visitando el taller, reconociendo una casa y asistiendo á un día de campo; entonces discutía y cedía á la razón, procurando no humillar á nadie. Pero llamado á los negocios de gobierno, sus principios eran enérgicamente acatados; sus decisiones firmes, y tranquila la espera de sus consecuencias.
Pero en el trato íntimo, D. Manuelito era adorable; se le veía en el rostro su complacencia con que sus amigos pidieran, dispusieran y gozaran de cuanto le pertenecía.
En esa reunión traté al Lie. Acuña y al Sr. D. Luis Solana, de facha ingrata, bizco y vulgar; pero ese hombre al discurrir sobre un asunto serio; ya en el consejo; ya en la tribuna ó en el foro, su transformación era completa; su frase caudalosa y cristalina; su lógica inflexible; su erudición variadísima; esto, realzado con la dulzura de su voz, hacíau de Solana un perso-
naje importantísimo, honra de las letras y sostén firmísimo de las ideas liberales.
Siendo como eran para mí, llenos de interés y de atractivo los estudios sobre una sociedad que tenía rasgos distintivos y marcados, no podía dedicarlo mi tiempo, y se me borraban ó confundían sus rasgos fisonómicos.
Aquél tono de sincera confianza para los tratos, en que era desconocida la lianza, el pagaré y la obligación. Aquéllas invitaciones á comer y á beber, llevadas á lo increíble. Aquél D. José Bolado, con un sorbete largo y delgado, como el tubo de una chimenea; parado en la puerta de su tienda, y obligando al primero que pasaba á echar un trago de judío, y que siguiera su camino. Aquélla pavita de enagua de bayeta encarnada, zorongo y zapatón; coquetuela y atrevida, con sus grandes ojos negros, alborotando espíritus, y con su ceño apaciguando tempestades.
Aquél tráfico frente á la Parroquia entre montañas de chile verde que tocaban en los balcones.
Aquél concurso de traficantes con sus vestidos peculiares; sus mercancías distintas; cada una expuesta á distinto modo, y con su vendedor análogo; la multitud de matices de ese concurso que se mezclaban, se entretegían y combinaban al acaso.
Las leyendas sobre los descubrimientos de las minas me entretenían como cuentos de Hoffman. Ya eran calaveras extraviadas en la montaña ,que claman áDios, y éste les manda pernoctar en tal punto, en que hacen
lumbre, y la lumbrada dejaentre sus cenizas unaplancha de plata. Y en cuanto al carácter rumboso de los amos grandes, citaban el famoso bautismo en que desde la casa del padrino á la Parroquia, se tapiza el suelo con andaderas de barras de plata. Ya, por último, para dar á conocer el carácter soberbio y manirroto del minero, se cuenta que un barretero fué á un cajón á comprar una tela rica para un regalo.
El comerciante vio la facha del marchante, y le dio una tela cualquiera.
El barretero pidió mejor y mejor tela, que le pusieron al frente la suprema, con cierto tonillo incrédulo que pudiese pagar el precio.
— ¿A cómo la vara de este tisú?
— Á veinte pesos.
— Corte cuatro varas. Pagó sus ochenta pesos, hizo la tela cuatro dobleces, salió á la puerta, le quitó la silla á su caballo, tiró los sudaderos y los substituyó con
la tela, diciendo los grandes vestidos de ustedes
apenas sirven para nuestros caballos.
Consultaba mis observaciones, y pasaba ratos muy agradables con D. Teodosio Lares, Director del Instituto, sabio modestísimo y hombre de gran probidad, quien tenía el grave defecto de no saberse oponer á nada de lo que disponían personas, en su juicio, de saber y respeto.
Nació en los Angeles, del hoy Estado de Aguascalientes, entonces unido á Zacatecas; tuvo muy buenos estudios y se recibió en Guadalajara. Volvió á ejercer
su profesión, por poquísimo tiempo en Zacatecas, y D. Francisco García le nombró Director del Instituto, cargo que desempeñó brillantemente con aplauso universal.
Lares era el estudiante en toda la extensión de la palabra, con su erudición asombrosa, sus teorías raras, su falta completa de mundo y su bondad juvenil.
Sabio en la cátedra, juguetón con sus viejos amigos, apasionado por sus discípulos, y con veneración profunda con los que él creía eran hombres superiores,, el Director era para mí, muy querido, y me fué muy valiosa su amistad.
Nada de lo que he procurado bosquejar tenía más encantos que aquel rechoncho y popular vate, aquel desgobernado y divino Fernando Calderón. Por donde andaba, se iban haciendo como remolinos, de músicos, pidiéndole pesetas y coplas; cómicos que le arrastraban á su ensaye; y de sus soldados (porq ue fué Coronel de guardia nacional) que le vieron como paño de lágrimas; de una clientela de matrimonios mal averiguados; viudas abandonadas; huérfanos que nunca tuvieron padre ni madre, y parientes con y sin ejecutoria que le saqueaban sin piedad.
Calderón era con justicia adorado: regaba sus chistes, sus versos y sus pesos como al sacudirse una planta riega el rocío. Era inagotable en sus cuentos de legos que inventaba, espontáneo, en la conversación.
Horas enteras pasaba yo escuchando sus anécdotas del Beaterío y de un orador de la Parroquia.
Contaba del Director del Beaterío, que hostigado por la reincidencia de las ancianas penitentes, les dijo. . . — ¡Eh madrecitas! mañana cada una de ustedes trae un algodoncito escarmenado para venir al sermón. Las beatas censuraron; pero llevaron el algodón. Ya en el pulpito el padre, después de persignarse, dijo á su auditorio .... ¿Traen ustedes el algodón?
Un bosque de brazos se levantó blanqueando con los algodones.
— Pues ahora, hijas mías, tápense un oído con algodón... porque si no por un oído les entra y por otro les sale lo que les digo. . . . Y comenzó el sermón.
Ese mismo sacerdote, ideando en otra ocasión medio para conmover á los fieles acerca de las penas de las ánimas del Purgatorio, se convino con el sacristán, para que cuando estuviere en el pulpito, se acercara para interrumpirle, dándole una carta que le entregó.
Llegóse el día, el presbítero comenzó una plática moral, sobre un tema cualquiera. De pronto, empujando gente, se acercó el sacristán al pulpito y entregó la carta al presbítero. Éste .... ¡Oh sorpresa! ¡oh asombro! exclamó. . .¿A que no sospechan ustedes siquiera, de dónde es la carta? ¡Atención! (Abriendo la carta y leyendo):
«Purgatorio, Julio 3 de 1842.
«Muy amado padrecito de nuestro corazón:
«Nos alegraremos que al recibo de ésta goce Ud. cabal salud, en compañía de Sra. Da Cornelita y unos sobrinos de Ud.
«Nosotras seguimos, con el favor de Dios, ardiendo nuestras almas y sin más esperanza de socorro, que ese santo Beaterio, que es como quien dice, nuestro paño de lágrimas,» etc., firmas de las ánimas.
Como es de suponerse, la carta produjo maravillosos efectos y el capellán del Beaterio quedó por las nubes.
En cuanto al padre E., orador de la Parroquia, decía Calderón, que en una función solemnísima dedicada á Nuestra Señora délos Zacatecas, exponía el padre, que los sacerdotes eran los perros fieles del Santuario, y que así comoá los amigos de la casa debía moverles la cola. . . .(moviendo la parte posterior de la sotana) á los sospechosos (dirigiéndose á la puerta donde había unos lagartijos irreverentes) les debía ladrar por eso, y al decir con el Ángel, Ave María, exclamaba, gua, gua, gua. . . paseándose, ladrando de uno al otro lado del pulpito como perro de azotea.
Con todo ese lujo de vida externo y de despilfarro de alegría, Calderón era tiernísimo en sus afectos íntimos.
Jamás olvidaré el cómo me refirió su decisión por cultivar la poesía, siendo proverbial aquello de que poeta y mendigo eran casi sinónimos, y que los ^sesudos señores decían en todos los tonos: «Del Parnaso al hospital no hay más que un paso,» y no era eso lo más, el poeta era un ser estrafalario, desaseado é inútil, que estaba á dos dedos de distancia de la casa de locos.
Luego que el padre d3 Calderón, Conde de Santa
Rosa, persona rica y entregada á importantes negocios de gobierno y comercio, sospechó la inclinación de su hijo, la combatió por todos los medios imaginables, como si se tratara de combatir una manía ó un vicio de los más perjudiciales. Cuidaba de que no llegasen á sus manos libros de la gaya ciencia; trataba de proporcionar á su hijo compañías con lo más pedestre y prosaico de la hacienda, y á ese paso Calderón se desbordaba en coplas á los llanos y á las montañas, á los ganados y á las aguas; pero, sobre todo, á las rancherías frescas, juguetonas y florecientes de la hacienda misma y el pueblo vecino.
La única persona de importancia que escuchaba sus coplas religiosas era la mamá, que las encontraba bellísimas; pero encargando al poeta que abandonase la lira y diese gusto á su papá, haciéndose abogado cuanto antes.
Un cuento ó novelita cayó en las manos de Fernando, y. en un dos por tres se apoderó del asunto y lo convirtió en drama mondo y lirondo.
Había en el drama su parte patética, su tirada de versos, en que se lucía el amor filial; su desafío pot la honra de la madre y su plegaria á la Virgen, dándole gracias después del naufragio.
Como negocio diplomático preparó Fernando la lectura de su drama á su mamá y sus tías, consiguiendo la señora que el papá lo permitiese, aunque de mal grado, y retirándose á lo más apartado de las habitaciones, en concepto de Calderón.
Al fin establecióse el auditorio; se colocó una mesita redonda con su velón frente al estrado, que se dispuso en la recámara de la señora.
Comenzó la lectura. A las primeras escenas, decía Fernando, creí notar somnolencia y disgusto; yo me esforzaba; tenía un nudo en la garganta; quería llorar. . . . Mi madre, sin duda, sufría más que yo, y como que intercedía con la mirada, porque se me tuviera indulgencia.
Llega la escena del amor filial; el protagonista, aunque perdidamente enamorado cuando pide ala novia, no puede soportar una alusión deshonrosa, que el padre de la joven hace á sus padres; atropella por todo y pide reparación del agravio, pintando con elocuencia arrebatadora todo el amor que merece un padre.
Mi voz temblaba; en el auditorio había silencio profundísimo; de pronto sentí que me ahogaban unos brazos y que inundaban mi rostro las lágrimas. Yo también lloraba; era mi padre, mi lindo y generoso padre, dominado por los sentimientos de su gran corazón.
El drama acabó entre galas y palmadas; mi madre no cabía en sí de gozo; hubo convite para el vate, que hiz^o en lo futuro su soberana voluntad.
Calderón dejó sin concluir el tercer acto de una comedia, que era la historia abreviada de mis amores con María.
Declaración de amores. — Resistencias por pobre y por poeta. — Representación de mi Alonso de Avila, y al llamarme á la escena el padre de la chica, conmovido, otórgame la mano de su hija.
Yo nada puedo decir de esa comedia; pero personas inteligentes sostenían que era de lo más tierno y más bello, producido por la pluma asombrosamente espontánea de Calderón.
A todo esto, mis deberes como visitador de tabacos, reposábanse, y era forzoso dar señales de vida. Emprendí, pues, mi primera excursión al Fresnillo, tanto por ser la Administración más importante, cuanto porque tenía encargo de mis jefes de hablar sobre negocios de la renta, y más que todo, por pasar dos ó tres días en unión de Manuel Payno, á quien siempre he querido con extremo.
La negociación del Fresnillo había tenido una regeneración completa; la bonanza de sus minas que dieron ser y conquistaron en la época de la federación el primer rango á Zacatecas, cobraba cierta regularidad en cus productos, no obstante que la bonanza había cesado, y ahora la riqueza reconocía por móvil el espíritu de orden, la severa economía, el saber y el tacto deD. José Echeverría, rubio, cegatón, de patilla espesa, breve en palabras, rígido en el mando; D. Pepe Echeverría, que en México no pasaba de un rico estimable de la mejor sociedad, en el Fresnillo era Administrador inteligentísimo, minero experto, padre de los pobres y sin igual educador de la juventud. Y hago tal reminiscencia, porque la negociación sustentaba un colegio de niñas para estudios teóricos y prácticos, donde aprendieron jóvenes muy notables y distinguidos en la ciencia v administración de las minas.
El conjunto de la negociación era opulento y grandioso. Aquel extensísimo patio de beneficio, con su arquería gigantesca que medía más de una milla por lado; aquellas varias oficinas en que reinaba el silencio y el orden, y aquellas habitaciones interiores en que después de los grandes trabajos se solazaba el ánimo. Con una mesa exquisita, abundante en frescos y sabrosos manjares, y se descansaba en salones en que la música, la conversación culta y los juegos de billar y ajedrez, únicos permitidos y á los que no faltaban aficionados.
Payno, conforme á sus espontáneos instintos, se había instalado como un gran señor en su Administración de tabacos, que era por cierto muy pingüe, á pesar de su aspecto de estanquillo cualquiera.
Alfombra y butacas; cama de pabellón y grandes espejos, sin faltar, según esos incontenibles caprichos de su fantasía en todos tiempos y ocasiones, una bata rusa, una chinela china, un lagarto pegado á la pared, un mono, sirviendo de candelero, ó una cafetera de última invención ó un aparato para cocer papas, porque como es sabido, Payno, dada su reputación de narrador fácil y elegante, de consumado jinete y de entendido economista, porque se le tenga de los primeros para sazonar unos macarrones ó preparar un asado con toda la propiedad de la cocina inglesa.
Con bondad caballerosa y fraternal, me recibió Manuel, y llenamos los deberes oficiales de la visita.
Payno no sólo se había ganado la buena amistad del
Sr. González Echeverría, sino su confianza y su protección decidida.
Como donde menos se piensa salta la liebre, y enel mejor paño cae la mancha, aquel claro de cielo lo anubló un incidente inesperado que abrevió mi visita, haciéndome regresar á Zacatecas.
Es el caso, que en uno de los extremos del portal de la Plaza atinó á establecer su comercio de zapatos, la chica más luminosa, la más saláa y la más encantadora del mundo. Comparada con ella, por la fuerza de las circunstancias, los ideales de Rafael y Murillo, podían considerarse mamarrachos y bufonadas sin atractivo ni cosquilleo, los propios tesoros de la gracia andaluza, que chorrea la privilegiada pluma de Bretón, cuando dice:
Ancha franja de velludo En la terciada mantilla; Aire regio, gesto crudo, Soberana pantorrilla .... etc.
Más me he tardado en escribir el párrafo anterior, que Payno en ver á la chica, idealizarla y apasionarse de ella como un Macías, como un hidrófobo, como un jorobado. Obsequios, instancias, arrebatos, arrullos, todo lo empleó, porque mi amigo no es consuetudinariamente enamorado; procede en el amor como por ataques epilépticos. Le agobia, le subyuga y enloquece el acceso. . .pero pasa bien ó mal, por faz ó por nefas, y queda fresco como una lechuga, y muchas veces sin conservar recuerdo de lo pasado.
La zapaterita hermosísima resistió, rehusó, luchó, se encomendó á toda la corte del cielo para conjurar aquella tentación del demonio; pero le tocó un demonio muy astuto y muy superior en conocimientos mundanos á todos los santos de su devoción.
Para no cansar á mis lectores, en uno de los días que volvía yo de una pequeña excursión, cerca del Mineral de Plateros, encontré en el patio de la administración d# Payno gran tráfico, muías de carga, trajín
de viaje pregunté qué era aquello, y me dijeron
que Manuel partía dentro de inedia hora á visitar una oficina subalterna, en la que sospechaba había gran desfalco, y que Payno había ido á despedirse del señor Gobernador Echeverría. Yo quedé estupefacto, no sabía cómo traducir aquel arrebato de viaje.
Penetré cabizbajo en las piezas interiores, y en la más recóndita me encontré, con gran sombrero ancho, paño de sol riquísimo y manga de paño con galones de oro, nada menos que á la deliciosa zapaterita, lista
para el viaje Guardamos silencio. . . .y yo, recién
convertido al orden constitucional por mi matrimonio, y entrometido y pedante con mis ínfulas de jefe y hermano mayor de Payno . . . pinté á Pepilla (así llamaban á la muchacha,) los fugaces goces del amor; la acerba copa que nos sirve cuando nos despierta el desengaño, y cómo la mujer es una mariposa con la que juega un niño quitándole el esmalte de sus alas y convirtiéndola en rastrero gusano.
Dicho esto. . . .dejé á la chica y me largué á comer
con un Sr. Arrieta, que tenía unas hijas lindísimas y que me había convidado.
Entretanto, Páyno volvió de la casa del Sr. Echeverría, dio sus últimas órdenes y el grito de marcha. . , Pero le dijeron que la niña ya no iba. . . .Payno se puso frenético. - — ¿Pero señorita, por qué no va Ud?
— Pus no se lo puedo decir á Ud.
— Diga Ud. y no haga que cometa una barbaridad.
— No voy, porque los hombres la despiertan con una hiél, y los goces se vuelven serpientes y (llorando) á las mujeres, ó les salen alas ó se vuelven gusanos. . . .
— ¡Esas tenemos!
— ¿Quiere Ud. decirme quién diablos ha estado aquí?
— El señor Visitador.
— ¿Dónde se ha ido?
— A la casa del Sr. Arrieta.
Estaba yo en lo más alegre y sazonado de mi comida, cuando pálido y descompuesto asomó á la puerta Payno, suplicándome le oyese una palabra. Salí á la puerta, y tartamudo de cólera me dijo: Ahora mismo vas y me desconviertes á aquella maldecida zapatera, ó te vuelo la tapa de los sesos ....
Yo que conocía mucho á Manuel, vi que no era para chanzas el negocio; le ofrecí que daría mis excusas donde estaba comiendo é iría á desconvertir á aquella Elena tan aprovechada de mis lecciones. Payno se ausentó, y yo pedí caballos y criados al Sr. Echeverría, encargándole me remitiese mi avío ....
Los pocos días después de esa primera visita los empleé en Zacatecas, concurriendo á su Instituto frecuentemente, comidiéndome á examinar chicos de las materias que conocía y aun de replicar en algunos exámenes, lo que me puso en relación con Solano, el Magistrado Ramón Talancón y otros.
Entre los estudiantes había dejado reputación el señor Farías, D. Luis de la Rosa y Vicente Hoyos, que publicaba sus primeras producciones.
No obstante la ninguna resignación de mi señora con mis ausencias, determiné mi viaje para Jerez. Circunstancias imprevistas retardaron mi marcha el día de mi salida y tuve que pedir posada en la hacienda de Víboras, edificio aislado á un lado del camino, con singular aspecto de aislamiento y bruteza.
Anochecía, en los alrededores de la hacienda no se notaba movimiento alguno de ganado, peones, ni el ruido en los campos precursor del reposo. El hondísimo silencio que nos envolvía, apenas se interrumpía por lacaída de ruido monótono del derrame deunagran presa que se extiende á poca distancia de la hacienda.
Tocamos la puerta una y más veces y nadie respondió: espiamos por el agujero de la llave y no percibimos señal de vida; tocamos tercera vez y se oyeron los pasos de un hombre vestido de cuero que abrió una rejilla pegada á la puerta, y nos preguntó qué deseábamos.
— Queremos posada, por lo que valga, y dé Ud. mi recado al Sr. Hoyo, de parte de Guillermo Prieto.
Al momento apareció un señor notablemente pálido, de ojos de ictericia, y de aspecto que podría calcularse de feroz, si la enfermedad no le presentara desmayado y doliente, y su palabra y maneras distinguidas no dieran á conocer á primera vista al hombre, aunque retraído, de fina educación.
Díjome el Sr. Hoyos muy cortesmente: está Ud. en su casa. Se abrió á mi frente un salón con sillería de madera fina y damasco encarnado. En uno de los extremos de aquella pieza había una cama, de aquellas de cabecera y rodapiés con pinturas del incendio de Troya ó la Cena de Baltasar, y en el extremo opuesto, lavamanos con su bandeja de cobre, cepillos y útiles de aseo.
En el centro de la pieza había una gran mesa de pino, con recado de escribir; veladora y una charola con vasos y jarra con agua. Guando volví los ojos de aquella revista, los avíos, los criados, las muías y todo, había desaparecido, reinando profundísimo silencio, y hallándome como en un desierto.
Pasaron horas y horas en aquella mansión encantada, que en un momento dado, apareció una figura aérea y fantástica, que silenciosa traía luz.
A cierta hora, como las manos blancas de los cuentos, me trajeron de cenar; pero como digo, seres medios que no hacían ruido ni puede decirse de dónde brotaban.
La cena fué espléndida y servida con exquisitos licores.- Yo, por horas, esperaba que se abriese una pa-
red y saltase un enano con una llave en la mano para conducirme por un subterráneo al palacio de una dama encantada de singular hermosura, que me confiase el secreto de su libertad.
;Silencio! Silencio de sepulcro.
Esa noche llovió á torrentes y fué imposible continuar el viaje. En la casa reinó el mismo singular silencio, y con regularidad de cronómetro me sirvieron, sin decirme palabra, sin que ni de lejos percibiese ruido alguno; sin saber cómo explicarme aquella estupenda soledad.
En la noche anuncié á un criado que al día siguiente partía, y al amanecer todo estaba listo y, además, en una cajita había algunos obsequios con una tarjeta para mí.
Quise dar las gracias por la generosa hospitalidad, y no tuve á quién; salí de la hacienda, y la puerta se cerró sin ruido, siguiendo perplejo mi camino.
Jerez es una población preciosa del Estado de Zacatecas; la alegría salta en sus verdes alrededores y la animación recorre sus calles amplias y sus casitas bajas, cuyos patios alegran profusas enredaderas, pájaros y flores.
Sin pérdida de tiempo me dirigí á la Administración de Tabacos, y comenzó mi visita.
El Administrador era un Sr. Cosío, muy inteligente y de reputación inmaculada. La familia era lo más fino y simpático del mundo. Sus cinco chicuelos eran como serafines, llenos de jovialidad y de gracia.
A pesar de la tirante gravedad de que procuré investirme, aquellas señoras y señoritas eran la amabilidad misma: los chicos me llevaban flores; las chicas refrescos. A la hora de comer, chicos y chicas, se colgaron á mi cuello, y no permitieron que fuera al mesón.
Fernando Calderón me había recomendado en la casa ... Yo seguía inflexible en mi visita.
Por fortuna, las cuentas, los libros, las constancias de tabaco y caudales estaban muy en regla. Pero en descargo de mi conciencia, debo decir, que si así no hubiera sido. ... yo no sé qué barbaridad habría cometido antes de cubrir de duelo á aquella familia, queme era ya tiernamente querida. En resumidas cuentas,, valgo un pito para esto de las persecuciones. ... y Iosgolpes de energías .... tratándose, sobre todo, de niños y mujeres.
Antes de despedirme de Jerez, quise dar una ojeada á la llanura que limita la Sierra de las Palomas, justamente encarecida por su belleza.
La llanura se tiende magnífica como un mar, formando por todas partes dilatados horizontes. Al Sur, la encrucijada serranía se liga con la Sierra de Villanueva, encontrándose las corrientes y formando un remolino gigantesco é imponente.
La Sierra de las Palomas limita la llanura; pero no formando muralla ni barranca, sino secciones separadas, como la formación por hileras de la tropa, ó más propiamente hablando, como los bastidores de un teatro. Cada una de esas divisiones paralelas es una ca-
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fiada fértilísima que reúne encantos indecibles; aguas cristalinas que se despeñan de las alturas; árboles gigantes; enredaderas que flotan al viento; aves canoras; ardillas, liebres y conejos . . . oleros sombríos. . . deliciosas cambiantes de rayos de sol y sombras apacibles. Al descender el sol al Occidente, envía torrentes do luz por esas cañadas que se alientan, se estremecen, cantan, hablan y se entregan á todas las delicias del aura y de la luz, antes de decir sus adioses al padre del día.
Ese inmenso fondo de rayos reverberadores de sol; esa pompa exuberante de la vegetación; esas corrientes de luz en lechos de esmeralda; ese espectáculo sublime visto desde la llanura árida, silenciosa y muerta, forma un contraste que en vano quisiera hoy describir; pero que sí supe gozar, arrobado de admiración.
Volví á Zacatecas donde me esperaban mis amigos.
Al regresar de mi delicioso paseo á Jerez, me encontré con que preocupaba los ánimos, encendía las discusiones y despertaba mal dormidos odios, la actitud que tomaba el Congreso Constituyente, sin valerosa resistencia á las insinuaciones tiránicas de Santa-Anna, y la avidez con que se devoraba el Siglo XIX, periódico magistralmente escrito, de universal y merecida reputación.
Zacatecas era liberal hasta la médula de sus huesos; la Federación formaba su creencia íntima; D. Francisco García, hombre lleno de bondad, era su ídolo, y no perdonaba su desastre en los llanos de Guadalupe, obra de la fuerza brutal y de la ambición de Santa-Anna.
Tales antecedentes, unidos á la suspicacia y tenebrosas providencias del Gobernador y á desmanes de otros jefes, hacían que el descontento amontonara combustible, y que en México se viera con recelo lo que pasaba en Zacatecas.
La maledicencia ó la verdad pintaban á cierto general, que había metido la espada á urí oficial, porque no quiso formar la guardia á su querida, querida que había quitado al marido, músico muy popular, á quien llamaban el Pescadito por su excesiva gordura.
Soto voce corría el rumor del arrendamiento de las -casas de Moneda, venta de las Salinas del Peñón Blanco y otros negocios que se consideraban como desastrosos y como irritantes por los agentes que en ellos intervenían.
Sea de esto lo que fuera, el día de correo se esperaba con ansia el Siglo, y en cafés y tiendas, en zaguanes y plazas, veíase un hombre leyendo el periódico, en medio de una agrupación de gente, que se arrebataba con los discursos de Espinosa de los Monteros, de Pedraza, de Morales y de D. Luis de la Rosa, hijo del Estado y muy estimado por su talento clarísimo, su modestia y sus sentimientos humanos y generosos.
Sucedía frecuentemente, que entusiasmados losoyenies con los escritos del Siglo, me preguntaran sobre la vida y milagros; y yo, sea por vanidad de hombrearme ■con personas, sea porque así lo sentía, brotaba panegíricos, y ensalzaba entusiasta á los adalides de la libertad.
Un acto del Instituto en que se me descosió el chirumen en contra de la dictadura militar; una explicación con el Gobernador, que por milagro no me costó muy caro, y la espontánea protección, en aquella circunstancia, de personas de gran suposición, que pusieron á mi disposición favores y dinero.
Alguna de esas circunstancias ó todas juntas, en menos que canta un gallo, hicieron que se me separase del destino, con lo cual quedé con los lauros de víctima, pero en la bruja más tremenda y como acabado de salir de la escuela.
Así emprendí mi regreso á México, favorecido por los Sres. Cosío, D. Carlos del Hoyo y Fernando Calderón, inagotable en bondades para conmigo.
Para dar idea de la boga y de la estimación que gozaba en esa época El Siglo XZX, diré que en ese viaje tan dilatado y costoso que hice con familia, no gasté un solo centavo; por todas partes recibía agasajos y se daban por pagados con conocer á uno de los que, aunque en escala muy ínfima, formaban parte de aquella brillante redacción.
Hecho una lástima llegué á D. Ignacio Cumplido, quien me asignó quince pesos mensuales por dos artículos semanarios, y además siete pesos cuatro reales para el abono del teatro, quedando entendida mi obligación de hacer lo más que se me ordenase.
La redacción estaba espléndida: Pedraza, Morales, Otero y Luis de la Rosa llevaban la parte política. Cardoso se entendía, como él decía, con los cuitados
hijos de Apolo; Conejo D. Bonifacio, corregía pruebas y defectos de estilo y lenguaje, así como citas históricas, etc.; D. José M. Cabrera, notable por su erudición y buen juicio, Payno y yo éramos la parte cantante de esta compañía.
Fuera de la redacción, Cumplido, comunicativo y destrísimo para su negocio, tenía como consultores y amigos de su publicación á Rodríguez Puebla, Tornel, D. Luis Cuevas, Alamán y otras personas de diferentes matices políticos.
Cumplido, que era celosísimo de que nadieperdiera su tiempo, ni se divagase, ni parpadease, tenía á cada redactor en su cuarto, aislado, donde uncurioso habría podido estudiar los caracteres de cada cual.
Pedraza escribía en actitud correctísima, con su sombrero al lado, sin más movimiento que el de su mano derecha; á distancia parecía una estatua.
Otero se ponía como de bruces sobre el escritorio, floja la corbata, desabotonados chaleco y pantalones, medio zafadas las botas; tenía siempre á mano dulces ó bizcochos, ó quesadillas ó muérdagos, porque era muy goloso.
Gustaba mucho del papel excelente, escribía una letra redonda y clarísima como grabada; y sus útiles, como reglas, compases, etc., eran de todo lujo.
En un lugar retirado del edificio, especie de pasadiso angosto y desmantelado, con puertas y ventanas cerradas, un velón ardiendo, una cafetera con la lámpara en acción, en angosta mesa de pino, se distinguía
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á D. Luis de la Rosa, con su tez pálida, sus ojos grandes y llenos de dulzura, y su aspecto de indiferencia y abandono, vivo contraste con la firmeza de sus resoluciones, y su entereza para desafiar frente á frente la tiranía.
Payno vivía con el Sr. Cumplido, y escribía en las piezas que le tenía destinadas, en las que había figurines de moda, aperos de jinete, armas y libros, pomadas y licores, sin faltar, por supuesto, un gorro de Newton, unas despabiladeras de Sócrates, un ladrillo de Pompeya ni un chivo con dos cabezas ó una ardilla con cinco pies.
A mí me destinó el Sr. Cumplido una pieza en la azotea, que había reservado para la disecación de aves, que hacía con perfección. Tal distinción se me hizo por mi fama de parlanchín y amigo de perder el tiempo, y por la manía de que no me he podido curar, de hablar en voz alta, gritar, llorar, reir y armar bulla cuando escribo; y esta manía era á tal punto notable, que las lavanderillas que tendían sus ropas en aquella azotea, bajaron un día despavoridas á participar al Sr. Cumplido que un loco se había metido al cuarto, y estaba armando una algarabía de dos mil demonios.
En cuanto á mí, la vista de que disfrutaba era espléndida, y la propia concurrencia de lavanderitas me solía dar tema para mis estudios de musa callejera, siempre que podía sustraerme á la vigilancia del Sr. D. Ignacio.
Y hago esta salvedad, porque no es concebible la
ubicuidad, la presencia ó aparición de Cumplido en todas partes: ya podaba sus macetas y regaba un jardín precioso que tenía en la azotea, y que abastecía M. Túnel, que acababa de instalar el jardín llamado de San Francisco; ya se oía su voz en las caballerizas, regañando á los criados; aquí instruye cómo se vacía un cilindro de cola y acullá manda apretar los tornillos de una prensa; acude al escritorio á resolver una duda: socorre á una vieja: despide á un importuno; emplaza al sastre; va á la habitación á advertir que tiene convidados á comer. . . .
En la parte intelectual siempre había servidumbre, y siempre se resentía el escritor del poco crédito del oficio de vivir de la pluma.
Pero así, como así, no puede negarse que para un muchacho pobre, desconocido, objeto de desprecio en su colegio, con porvenir dudoso, con sueños de gloria, era una transformación deslumbradora la de ver su nombre en letras de molde, hombrearse con los proceres, ser invitado á banquetes y saraos, fallar sobre hombres públicos, abatir á un cómico, ensalzar á un torero, hacerse el oráculo de algunos imbéciles.
Se agravaba más esta situación, si un ministro le excitaba para una conferencia, le iniciaba en una conversación, le inspiraba un artículo de circunstancias y le ofrecía al descuido un empleo pingüe ó una curul.
Entonces el muchacho dejaba los libros para charlar de todo; no acudía á un consejero, sino á un sastre; daba de mano á la dulcinea de la casa de vecindad.
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-estrechaba sus vínculos con literatos de la primera tijera, se hacía libre pensador, dejando á sus padres y á los viejos de su casa con un palmo de nariz, y confiaba su porvenir á su genio y á su vocación de salvar á la patria.
Por su parte, el editor no podía hacer más que presentar un cuadro de actores hábiles que le dieran honra y provecho; pero como este provecho estaba en razón directa de los subscriptores . . . . la prensa independiente. . . . tenía de ocultis la mano á folletos y hojas sueltas.... Memorias y gajes.... relacionados con independencia, y que nó olían siquiera aquellos excitados hijos de Apolo que pastoreaba Gardoso.
Voy ahora á recordar cómo conocí y traté á los Sres. Pedraza, Otero y D. Luis de la Rosa, puesto que del Sr. Morales, ó sea el Gallo Pitagórico, ya me he ocupado con bastante extensión.
El aura vagabunda había llevado á mis oídos noticias ó consejas del Sr. Pedraza, como de otros hombres notables. Los que se preciaban de conocerle, le hacían descender de una gran señora, y que desde su nacimiento novelesco en la frontera estaba rodeado de misterios. Decíase que un fraile le había sacado en su manguillo de la alcoba materna, y que pasó en Querétaro los primeros años de su infancia.
Niño distinguido, emparentado con la familia del padre Zelaa y de Don Sabás Domínguez, de gentil presencia y talento clarísimo, fué dedicado á la carrera de las letras.
El jovencito era audaz, amante de aventuras y correrías peligrosas. Se cuenta, que por gusto, se subía á la elevadísima arquería de Querétaro y corría, espantando á la gente, por las orillas del acueducto, dejando flotar al viento su rubia cabellera.
Era diestrísimo jinete; aun anciano montaba soberbios caballos que sabía cuidar y curar como el más inteligente albéitar.
La guerra de Insurrección le hizo tomar las armas, y en el Sur hizo sus más importantes campañas, adquiriendo gran reputación de valiente y cumplido en el servicio militar.
Concurrió el Sr. Pedraza á la prisión del gran Morelos, á quien tuvo ocasión de admirar, y fué dueño de los impresos que encontraron en su equipaje y se tiraron por inútiles.
Pedraza revisó aquellos papeles con indeferencia*, después leyó, volvió á leer; compró libros y estudió, y helo ahí convertido á las ideas liberales, y entregado á ilustrar su espíritu con cuanto le parecía digno de ilustrarlo de una manera concienzuda y profunda.
Sin que el Sr. Pedraza lo esperase ni supiese por qué casualidad, cayeron en sus manos los dos tomos de la Fisiología d'Alibert, y aprendió de memoria la historia del pobre Pedro, que aun en su vejez recitaba con exaltación.
Al hacerse la Independencia, se adhirió con vehemencia á Iturbide, y fué de sus últimos y más ardientes partidarios.
Antes y después de este tiempo publico una serie de panfletos sobre materias políticas que le dieron á conocer muy ventajosamente como escritor, y por los <uales sus enemigos le llamaron el Dr. Panfleto.
Pedraza conservó siempre amor profundísimo á Iturbide, y á mí me lo describió como personaje épico y sobrenatural, cuando una noche de luna, en la esquina del convento de San Agustín, que da á la entrada principal de la Iglesia, le comunicó su resolución de proclamar el plan, que después se llamó de Iguala.
Yo conocía de vista al Sr. Pedraza, y me llamaba la atención su aseo esmeradísimo, sus ojos azules, su nariz correcta, su boca recogida y graciosa, su patilla cercana al labio y su cabeza ligeramente ladeada. Cuando la erguía se le veía con hilos de canas que semejaban á las corrientes de humo de un volcán al extinguirse.
Repito que no tenía la honra de conocer al Sr. Pedraza.
Cuando volví de Zacatecas, y me amparó el Siglo, publiqué algunos versos y artículos con mi nombre.
Una mañana entró en mi casa (Corpus Christi número 2) un señor á caballo; ordené á un criado tuviese el animal; quitóse el caballero su sombrero de jipijapa y me dijo: Sr. D. Guillermo, aquí traigo á Ud. este medio de oro, de gala de su verso . . . . Estudie Ud. mucho y observe más.
Ofrecí asiento al caballero, sacó un purito delgado, lo encendió y me dijo: No hay duda, la poesía, la verdadera poesía, es luz del alma. . . Yo jamás he podido
hacer un verso. > . ni lo he intentado. . . . porque me conozco. . . entonces me habló de sus estudios sobre elocuencia, con tal entonación, con tal grandeza, que aunque recordaba algo de Cicerón, de Mirabeaü y otros, me parecía como descoloridos comparados con la vida, la energía y la sublimidad que les comunicaba el gesto y la voz de aquel hombre.
Lleno de respeto y admiración, le pregunté su nombre.
— Manuel Gómez Pedraza, me contestó con la mayor sencillez.
Desde ese día no dejé de frecuentar al Sr. Pedraza, ni de recibir constantes testimonios de su fraternal cariño y honrosa amistad.
Én épocas de su retraimiento se inventaban rarezas de su carácter que yo no puedo acreditar.
Decíase que era tan severo en sus mandatos, que, habiendo ordenado á un criado, que cuanto encontrase sobre su cama lo diese á la lavandera, y habiendo dejado el Sr. Pedraza su carricle, capa valiosísima, el criado lo dio á lavar, y cuando volvió la cara el dueño, lo halló hecho una hojarasca.
Preguntando qué era aquello, se le contestó que el criado había cumplido sus órdenes, con cuya explicación no sólo quedó contento sino que gratificó al doméstico.
Contábase también, acerca de sus distracciones, que se le olvidó el día que estaba comprometido á casarse y que se le anduvo buscando para que se verificase la boda.
Próbido hasta la exageración, se expidió su licencia absoluta como general de División que era, porque, como decía muy sinceramente, no tenía ni los estudios. ni las aptitudes para ser un buen general.
Admirador entusiasta del mérito ajeno, ensalzaba aun á sus enemigos, encareciendo sus talentos, sus virtudes y su valor, sin dar lugar jamás á que se sospechase que le mordía la víbora rastrera de la envidia.
Su trato íntimo era de una modestia y sencillez adorables. Se levantaba al amanecer, montaba á caballo y paseaba por los alrededores de la Capital. Volvía á desayunarse á su casa, donde le esperaba su señora, á quien dispensaba siempre las atenciones más delicadas y respetuosas y á quien amaba tiernamente. Poco antes de morir, le dijo en un arrebato de dolor: ¡Ah, señora, quién fuera eterno, para amar á Ud. eternamente!
Con la señora, esperaban al Sr. Pedraza del regreso del paseo, sus amigos íntimos D. Manuel Terreros, hijo del Conde de Regla, liberal sin mancha, y de una generosidad sin límites; D. Lucas Balderas, ilustre y héroe esclarecido después del Molino del Rey; D. Manuel Madariaga, escribano, buen jinete y de popularidad inmensa con la plebe, á la que socorría, defendía y amparaba en sus tribulaciones, desafiando á la maledicencia y convirtiendo su prestigio en favor de sus principios liberales.
Por último, solía concurrir y amenizar la tertulia matinal el Sr. Lie. Riva Palacio D. Mariano, casado
con una hija del heroico general Guerrero y hombre de suma importancia en los cuerpos parlamentarios.
Era el Sr. D. Marianito bajo de cuerpo y enjuto de carnes, con un rostro encallejonado que podía caber en una cartera, frente regular y bien hecha, ojos negros, llenos de viveza y penetración, los dientes largos, pisando el labio inferior.
Aquel hombrecito, sin importancia á primera vista, que ni adulaba á los proceres, ni hacía ostentación de saber, aquel diputado mudo que vagaba como al acaso de uno en otro corrillo, era la personificación del buen sentido, el hombre de más mundo y de más abundantes recursos en el consejo, el más sutil y flexible para resolver dificultades, el más dulce y accesible de los hombres públicos.
Sus enemigos le llamaban Emilio el pastelero, alusión á un pastelero francés, por la habilidad de sus combinaciones.
Irreprensible en su conducta, formal en sus tratos, justiciero y próbido en el Gobierno, Riva Palacio era, sin duda alguna, uno de los miembros más importantes del partido moderado, que reconocía á Pedraza como jefe.
D. Marianito, en el trato íntimo, era adorable, su conversación estaba siempre rebosando en chistes, en observaciones y anécdotas que eran tesoros de ingenio, de travesura y alegría.
Tal era la tertulia matinal del Sr. Pedraza, que se sentaba alrededor de su mesa, mientras tomaba su
chocolate y convidaba de él á un periquito que vagaba sobre el mantel, asaltaba su plato y le pedía sopa, encantándose el procer con el animalito.
En la tertulia se promovían conversaciones interesantísimas, y como en lo más acalorado de una discusión si se demostraba al Sr. Pedraza que no tenía razón, gritaba: me apeo de mi burro; aquel ejemplo se seguía sin que el amor propio atropellase los fueros del juicio y la razón. Tal cualidad del Sr. Pedraza en el grado eminente que él la poseía, no la he conocido en ningún otro de los hombres públicos con quienes he tratado.
Yo acompañaba á caballo constantemente al Sr. Pedraza: el rumbo que seguía con más frecuencia era el de San Cosme, San Antonio de las Huertas, San Juanico, Tacuba ó Azcapotzalco. En esos paseos inolvidables para mí, tuve ocasiones mil de admirar el don especial con que dotó la providencia á aquel hombre en su cualidad de conversador y narrador inimitable.
Frescura, colorido, ternura, gracia, oportunidad, todo bordaba y matizaba sus relaciones, haciéndolas seductoras y deliciosas.
Y á tal punto era este don, que al parecer el Sr. Pedraza ignoraba que en los puntos que tenía costumbre descansar para saludar á sus amigos y fumar un purito delgado á excusas de Pedraza, se reunían curiosos y esperaban á que hablase. Muchas veces no estaba de humor de hacerlo, y el auditorio se dispersaba desconsolado; pero cuando estaba de vena, hombres, chicos y señoritas rodeaban su caballo.
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Más de diez veces refirió en mi presencia una anécdota que había leído en un periódico y era poco más ó menos lo siguiente:
Un honrado artesano inglés tenía una hijita, linda como la aurora, que era su encanto, el objeto de sus aspiraciones, premio de sus afanes, su cielo y el alma de su vida. Uno de los oficiales de su taller, disimulado y traidor, se hizo de confianza en la casa y el día menos pensado desapareció con la niña.
El artesano buscó, indagó, sacrificó su fortuna, fatigó los aires con sus quejas, derramó sus lágrimas y estampó sus huellas por todas partes.
enloquecido de dolor, convertido en mendigo y empujado siempre por su sentimiento de amor y venganza, pedía limosna por calles y plazas, durmiendo al aire libre y en el último extremo de flaqueza y enfermedad.
Cediendo á su esclavitud de vagabundo, penetró una tarde en un corral de maromas, y entre el tumulto de la concurrencia, los vivas, gritos, palmadas y músicas, vio en alto á su hija, provocativa, disoluta, envilecida, desafiando el escarnio, derramando abyección y vileza.. . .Abajo, insolente, obsceno, estaba vestido de payaso el raptor.
Ver el viejo el cuadro, apartar la gente, derribar á la mujer y al monstruo y hundir cien veces el puñal en sus cuerpos, hubiera podido verse en un parpadear.
El reo fué conducido ante el jurado y allí habló.
Aquí el Sr. Pedraza, inventaba siempre una defensa
diferente, tan patética, tan buena, tan superior á lo que yo pudiera dar á entender, que cada vez me sorprendía más y nunca dejé de derramar lágrimas al escucharlo.
Lo mismo me pasaba cuando le acompañaba al templo, que era por lo regular San Cosme.
Dejábamos los caballos á la puerta y penetrábamos á lo más solitario y sombrío. Allí se arrodillaba y comenzaba su oración de esta manera:
«Señor: yo te adoro y me prosterno ante tí, vengo á rendirte el homenaje que la criatura debe á su Criador,» y continuaba tan elocuente y sublime, que muchas veces besé sus manos como si reconociera á un sacerdote del Altísimo.
Forzoso es que cambie mi decoración, porque no acabamos nunca, si diera suelta á mis recuerdos del Sr. Pedraza. Tengo conciencia de que me amó con ternura; pero yo siempre le amé más.
Presentación de Otero en la casa de Pedraza. — Otero, ragos biográficos. — Otero y Tornel. — Gran discurso de Otero. Su vida íntima. — D.Luis de la Rosa. — Sr. Trigueros, rasgos biográficos; su vida pública; vida íntima. — Bravo y Canalizo. — Substituye á Santa-Anna. — -El Siglo XIX.» — Santa-Arma y «El Gallo Pitagórico.» — Aduladores. — Schiaíino, rasgos biográficos.— Anécdotas del ejército del Norte. — Badillo. — José Justo Alvarez. — Agustín del Río. — Alejo Barreiro.— Fernando Urriza. — Ribeau. — Ángel Lascurain. — Miñón. — Maulía. — Correa. — Anécdota de Lascurain.— Corle de Santa-Anna. — Sra. Vallejo. — Pascua del Espíritu Santo. — San Agustín de las Cuevas, descripción.— Manuel Rodríguez. — Royuela. — Urrutia.— Santa-Anna.— Albures y Gallos.— Censuras. — Las cámaras. — Demolición del Parián. — Descripción del Parián. — Varios comerciantes. — Los chatos Flores. — Rico. — Comerciantes del Parián. — Yida y costumbres de los dependientes. — El Portal de Mercaderes. — Portal de las Flores. — Vendimias. — D. José Hidalgo. — El 6 de Diciembre. — Vísperas. — Orgía palaciega. — Bases orgánicas. — El 29 de Noviembre. — Alas y Llaca. — Pedraza.— Llaca. — Alas. — D. Luis de la Rosa. — Llaca, rasgos biográficos. — Alas, rasgos biográficos. — D. Pedro García Conde.— D. J. Joaquín de Herrera.— Pronunciamiento del 6 de Diciembre; descripción. — Nuevo Gobierno. — D. Luis Cuevas. — Riva Palacio. — Echeverría. — García Conde, Ministro. — Callejón de la Olla.— Folletistas. — Do-
i;*o
mingo Revilla. — Juan N. Navarro.— Alearas. — Ramírez (a) el Nigromante. — Ranuct. — Iturbe. — J. J. Raz.— Eulalio Ortega.— Papeleros. — Azotes á Revilla. — Episodio de llii.ro y Pedraza.— D. Joaquín Herrera. — Peña y Peña, rasgos biográficos. —I). Roruardo Couto. — Fernández del Castillo. — Pronunciamiento de Salas.- Paréeles, rasgos biografíeos.- Lafragua. Rasgos biográficos.— Domingo Ibarra. — Comonfort. — Cardoso.— Otero. — Paredes, personal y familia. — Yo. — «El Tiempo.»— Redacción. — Rermúdez de Castro. — Tertulia de militares. — Valiente rasgo de García Torres. — «El Monitor.» — Su redacción. — Juan Navarro.—rAlcaraz. — Torrescano.— Revilla. — Destierro de García Torres.— «Don Simplicio.» — Vicente Segura Arguelles. — Nigro* rnante. — Payno. — Prieto. — Rasgos biográficos de V. Segura.— Mi aventura con Paredes. — Otra vez Santa-Anna. — Sierra y Rosso. — Mujeres hermosas. — Virginia Gourgués, modista. — J. Rincón Gallardo. — Paseo de la Reforma. — Descripción de México.— Pronunciamiento de la Cindadela, de Salas.— Palo Alto y le Resaca.— Juan José Baz. — Secretarios de Raz.— Iglesias y yo. — Olagvíbel. — Rasadre, rasgos biográficos. — Los motines. — Rorda. — La Universidad. — Próspero Pérez. — Guardias nacionales. — Victoria. — Hidalgo. — Independencia. — Mina. — Junta de moderados.— Santa-Anna. — Sari Luis. — Los Polkos. — El obispo Irizarri. — Pena y Barragán — Monterrey. — Americanos. — D. Pedro Anaya. — Martínez de Castro. — Cerro Gordo. — Redacción de «El Monitor.» — El 9 de Agosto. — Guerrilla de pluma. — Texcoco. — El General Valencia. — Campamento en Texcoco. — Salas. — Alvarez. — Valencia. — El Padre Cortázar. — Vista retrospectiva al Peñón. — Gran misa en el cerro. — Santa-Anna. — Hacienda de S. Antonio. — Vísperas de Padierna.
Se alza el telón.
La escena representa un amplio y bien amueblado salón, contiguo á una antesala de cristales.
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Frente á la entrada del salón, una gran chimenea encendida, y á su alrededor tres sillas. Son las 5 de la tarde, y es una tarde de Noviembre, para poner en vergüenza al cielo, según lo destemplada y lluviosa.
Una de las tres sillas acabadas de mencionar, la ocupaba el Sr. Pedraza leyendo, la otra la señora ocupada en un tejido de gancho, y la otra yo, que me ponía en pie para atizar la chimenea.
— Me parece que oigo ruido en la antesala, dijo la señora.
D. Manuel. — Es algún muchacho que se divierte tocando el tambor en los vidrios.
Yo, levantándome, yendo á la antesala y volviendo.— Es un hombrazo que llega bien mojado y que dice desea ver á Ud.
— Pase, gritó el Sr. D. Manuel.
Y apareció un hombre, alto, grueso, desgarbado y encogido, con un amplio barragán azul forrado de balleta encarnada, unos pantalones de cotona blanca anchísimos, que se inflaban como una mongolfiera, y un levitón color de ladrillo, bajo el barragán.
La fisonomía de aquel personaje, era lo más dulce y simpática que pudiera imaginarse, con su cabello lacio y descuidado, su patilla de columpio, su boca fresca y expresiva, y sus ojos garzos, brillantes de inteligencia y bondad.
—Yo soy Mariano Otero, dijo el desconocido, tendiendo la mano con cortedad y respeto á Pedraza.
Este dejó el libro y abrazó con entusiasmo al des-
ftjg
conocido. La sonora so puso do pie y le abra/ó también, yo fui por una silla para el nuevo actor; al volver con ella, le dijo Pedraza, presentándome: nuestro Guillermo Prieto.
Otero dejó su sombrero en el suelo y me abrazó alzándome como una pluma.
Sr. Pedraza.— ¿Pero D.Mariano, no escribí á lid. que se viniera á casa y aquí se le asistiría?
— Sí señor, dijo la señora, porque somos sus admiradores, porque su discurso de 16 de Septiembre nos encantó, y D. Manuel lo leyó aquí á sus amigos llenando á Ud. de elogios.
Otero no hallaba qué hacer, ni dónde poner los ojos con aquellas descargas de alabanzas, hasta que volvió su brazo. y ocultó en él su semblante como cualquier labriego.
— Ud. ha escrito algunos artículos literarios.
— Pocos señora, muy pocos, mí pasión fué por las matemáticas, pero antes de recibirme me dio unos trabajos el Sr. Escandón, y mi anhelo fué recibirme de agrimensor.
Sr. Pedraza.— Celebro el cambio, ¿y á qué se debió?
Otero.— A que mi maestro el Sr. D. Grispiniano del Castillo, me llevó á su estudio, me dio libros y me alentó en mis horas de desfallecimiento y pobreza.
La señora. — De esa época son sin duda los artículos literarios de Ud.
— Es cierto; una compañía de cómicos, entre los cuales había algún amigo, me forzaron á que hiciera
anuncios yjuicios críticos de sus representaciones, me pagaban y yo escribía rail desatinos; pero que les tenían cuenta .... y entonces empezaron á hablar de mí.
— Bueno está todo eso; pero ¿por qué no se viene á mi casa?
— Porque no vine sólo, sino con toda mi familia. Por ahora vivo en la Estampa de Jesús María, en una de esas casitas incomodísimas de plato y taza, con una escalenta de caracol que comunica lo de abajo con lo de arriba y por la que paso con trabajo. . . . Pero ya me vio mi paisano el Sr. Cumplido y me ha proporcionado en la calle del Hospital Real núm. 6 una vivienda exterior, que gana poca renta y ofrece mayores comodidades.
Después de un rato en que se hablaron generalidades, se despidió Otero .... y dijo D. Manuel con sincero entusiasmo Este pájaro canta en la mano.
Este es un hombre de mucho provecho.
Instalado Otero 'en la calle del Hospital Real y redactando el Siglo, su diversión favorita era el teatro, y concurría á Nuevo México, donde Pineda y Obregón, Concha López, la Pelufo y la Cañete daban la ley.
Pineda montaba la escena con esplendor; en el Trovador lucía una armadura de plata que deslumhraba.
Otero se aficionó de un modo irresistible á la manera viciosa de declamar de la Pelufo, y la imitaba, sin quererlo, en la conversación y en la tribuna.
El dejo de la voz de Otero era dulce y sonoro, con ese acento tapatío metódico y como descuidado que
nim-ho halaga; pero unido á la declamación de la PolulK lo hacía casi extravagante, De ahí tomaron pie los estudiantuelos cócoras para ridiculizar á Otero, quien reía de sus burlas y correspondía chancista y alegre., como colegial aguerrido.
Entretanto las discusiones en el Congreso constituyente de 42, arrebataban la atención; el país podía contemplar con orgullo á sus hombres eminentes y á la tiranía militar en su deformidad brutal y repugnante.
En efecto, no es para pintar á vuela pluma aquel razonar, aquel exponer y aquella elocuencia fácil y natural de D. Juan José Espinosa de los Monteros, de humildísimo aspecto, con su capita azul y sus zapatos tapetados, y en la tribuna, gigante, irresistible, contundente.
Aquel Pedraza, Júpiter Tonante de la tribuna, arrancando sus lauros á la victoria entre truenos y relámpagos
Se trataba de la federación; Tornel había quedado dueño del campo, con su figura arrogante, sus movimientos trágicos, sus imágenes hiperbólicas y retumbantes «Cavaremos un abismo, decía, en el que
primero se llegará á la eternidad que al fondo.» Tornel, órgano del Gobierno, combatía la federación; Pedraza, Otero y Muñoz Ledo, eran sus más ardientes defensores.
Habló Tornel, como dijimos, y mientras duraban aplausos y felicitaciones, nosotros azuzábamos á Otero para que contestase. . . .
■ — iVnda Pelufito. . . . veras qué pita recibes.
— Dejen, dejen, voy á darle una cuereada, decía Otero.
— Pido la palabra. Púsose en la tribuna y comenzó con aquella declamación conocida.
La gente reía con desprecio.
De pronto se irguió, se abrochó la levita y se
inclinó á nosotros, diciendo: ya lo verán.
Su discurso fué como el desplegarse, tenues primero; después, poderosas; al último, sublimes las ráfagas de una aurora boreal que inunda en oro y púrpura el horizonte. . . .aquella voz como corriente cristalina murmuraba, se precipitaba ó rugía como torrente, como luz rielaba en una superficie de diamantes ó tendía sobre la nube negra los colores del iris el horizonte, desaparecía entre los esplendores divinos de su espíritu.
La galería se convirtió en una reunión de estatuas. Los diputados abandonaban sin hacer ruido sus asientos y venían á rodear al orador suspensos de sus labios.
Aquellas palabras dejaban ai pasar algo de luminoso y perfumado; parecía que anonadada la carne, asistíamos á un gran festín de inteligencias . . .
Así, en aquella absorción, en aquel éxtasis, en aquella aparición de un mago que nos subyugó, duramos tres horas, sin un momento de respiro, sin una señal de impaciencia .... Terminó el discurso como desemboca al mar un río caudaloso rebosando vida, y terminando como quien triunfa.
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Al descender de La tribuna, cayó en nuestros brazos, y él reía y jugaba y no tenía conciencia de que había ganado un renombre inmortal.
De allí le llevamos á retratar, y él con mucha inocencia decía . . . , no me pongan muy feo ... .
La casa de Otero era la casa de sus amigos. Se complacía en servirlos y agasajarlos, y mostraba satisfacción íntima cuando usaban en ella de la mayor confianza.
Su señora Da Andrea Arce secundaba admirablemente á su esposo, previniendo sus deseos y consagrándose á su cuidado.
Era Otero muy goloso; por los guisos de su tierra tenía pasión, y eran motivo de festejo el garbancillo, el mole de pepita, los pescados de Chápala, etc.
La mesa de Otero era una insurrección de alegría, y cuando venía de la calle, le seguía una escolta de dulceros, fruteros, pasteleros y cuanto encontraba al paso-
Sus amigos más íntimos eran: el Sr. Pedraza, Mariano Yáñez, notable por su saber y su lucidez de percepción; Gardoso D. Joaquín, sabio profundo y manantial de gracias; Gomonfort, juguetón, servicial y condescendente; Cosme Torres, alianza de candor y sabiduría agradabilísima; Payno, escurridero original, admirable para los juegos de prestidigitación, con sus aspiraciones de cocinero, con sus leyendas de la frontera que rehacía á su capricho, con Guillermo Valle, de fecunda inventiva y tan diestro, que él mismo creía en sus mentiras como si fueran sucesos ciertos.
Y tal reunión que fué influyente como ninguna otra en los asuntos políticos de la época, en un momento dado, se volvía una reunión de colegiales guerristas que salían al campo á hacer guerra de manzanas, jugar á la pelota ó á los bolos, ó comer tamales en un llano del modo más campestre del mundo.
Espiemos ahora, como de paso, y como quien dice> por el agujero de la llave, al dulcísimo Luis de la Rosa, que ni se apercibe de que lo queremos retratar: tan absorto así está en esos ensueños poéticos que formaron el urdimbre de su vida entera.
D. Luis de la Rosa nació en Pinos, del Estado de Zacatecas; hizo sus estudios brillantes en Guadalajara, donde se distinguió en el partido liberal exaltado, redactando, con otros, la Estrella Polar, y publicando escritos que llamaron sobre él la atención pública.
Pero á estas agitaciones de la vida pública se entregaba por convicción y como obligado por las circunstancias, su gran pasión era por la historia natural: conocía profundamente la botánica; se deleitaba con la ornitología, y hacía costosas expediciones para hacer una averiguación geológica.
Bajo aquel aire modesto y aquellas costumbres apacibles, sus pasiones políticas eran vehementísimas, aunque repetía constantemente que era necesario ser manso como la paloma y cauto como la serpiente.
La intervención que tuvo en la testamentaría de un
sacerdote que dejó una gran biblioteca de libros místicos y una excesiva imposición para misas y las ánimas, hicieron que D. Luis abriera un remate de breviarios, misales y santos padres en cambio de misas y preces, con lo que la testamentaría se salvó, y los herederos tuvieron pingües ganancias. También mandó decir misas á España, donde le costaban muchísimo menos; con todo lo cual saldó las mandas testamentarias, dejando á los padrecitos mexicanos ardiendo sus almas.
En el Estado de Zacatecas, D. Luis colaboró eficazmente á los trabajos de D. Francisco, adquiriendo merecida fama de inteligencia y de probidad sin mancha.
Rosa odiaba profundamente el militarismo, y decía frecuentemente que de un soldado todo puede hacerse, menos un hombre razonable y útil.
Llegado á México cobró lugar, en primer término, con el partido de la oposición, en el que Alas, Boves, Olaguíbel y otros, eran los de más acción.
Rosa, sin estrépito y con disimulo impenetrable, preparaba sus redes; las tendía en silencio, esperaba; sufría resignado las contrariedades; se acercaba como con pies de seda á su casa, y en un momento la casa encima, sin que se le pudiera escapar; así preparó la acusación de D. Ignacio Trigueros, á quien enloquecía la persistencia y la frialdad con que aquel enemigo consumaba su ruina.
Y decíamos frialdad, porque Rosa no era un hombre de discusión ni disputa. Raras veces salía de su casa.
En las ventanas y balcones había plantas y flores, lo misino que en el corredor. Por un lado, en una grande ánfora de cristal, pescados de colores, y sobre su bufete, enjaulas primorosas había colibrís, que él mismo alimentaba con agua de azúcar.
Su mayor delicia era rodearse de ramos de flores y de pájaros, y llamar á su hija Julia á que tocase la cítara, lo que hacía la niña con dulzura angélica, mientras Rosa, con los ojos cerrados, sorbía á pequeños tragos café sin dulce á que' era afectísimo.
Rosa era al extremo callado, su andar era pausado y como oscilante, sus ojos hermosos pero amarillentos y tristes.
En la tribuna no levantaba la voz ni le comunicaba colorido; lanzaba las acusaciones más tremendas como si las estuviese leyendo en otra parte, y la rechifla ó el aplauso los veía como dirigidos á persona que ni él conociese.
En la redacción del Siglo, era Rosa humilde, y profesaba á Morales, á Otero y á Pedraza veneración profunda.
Rosa escribía deliciosas miniaturas, su inspiración era como una flor que se dejase llevar por una corriente cristalina, ó como celaje de oro que se meciese bajo el azul del cielo. Hablaba de flores y de cielos, del arpa de una cuerda, y del querubín, pero iluminando todo con una sensibilidad exquisita, con una ternura inexplicable: su pluma era la vara mágica que tendía sombras, encendía hogueras, lanzaba el rayo y
dominaba el lago sobre la yerba paraquele cantase qm - josa á la caída de la tarde la tórtola viuda. Rosa era un gran poeta que escribía en prosa.
Favor espontáneo y generosísimo del Sr. D. Ignacio Trigueros, Ministro de Hacienda, conmutó mi destino de visitador, por otro de inferior categoría, en la R©n> ta del tabaco, y Fayno, siguiendo mi ejemplo iogté colocación en la Administración de tabacos.
El Sr. Trigueros era el tipo del costeño, pero el costeño embellecido con cierto barniz de elegancia, franqueza y buen tono, que lo colocaba en primer término de la culta sociedad.
De cuerpo regular, moreno, ojos negros vivísimos, blanca dentadura, cabello crespo, la fisonomía alegre, los modales prontos, aseado hasta la exageración.
Se contaba que era hijo de un honrado carpintero; pero que inepto para el oficio, fué á servir á una casa de Alvarado, donde se había transladado el comercio, con motivo de la permanencia de tropas en Ulúa, después de la Independencia.
Trigueros sólo por sí mismo, y cumpliendo con sus obligaciones de ínfimo sirviente, perfeccionó su letra, se dedicóá la contabilidad, y aprendióel inglés, escribiendo, coma podía, las palabras que oía y acopiándolas en la menoría hasta llegar á poseer el idioma con soltura y propiedad.
Fué entonces solicitado como dependiente de la ca-
líl
sa de Hargonis; en poco tiempo fué el dependiente principal, viajó, negoció, tuVo parte en los intereses de [a casa; su hermana Juanita casó con uno de aquellos opulentos comerciantes, y ahí tienen Uds. á Trigueros, capitalista, hombre expedito para los negocios, y un gentleman hecho y derecho.
Por lo mismo que su origen había sido muy humilde, estudiaba el modo de aparecer correctísimo en todo, y modelo de la más exquisita urbanidad.
A sus parientes pobres y á sus humildes amistades de infancia, los favorecía y protegía con largueza.
Dotado de un corazón en que la bondad y la caridad dominaban, aprovechando su encargo municipal en Veracruz, construyó el mercado, hizo fuentes públicas, y en los establecimientos de beneficencia dejó tiernos recuerdos de su presencia generosa.
Bajo tan felices auspicios, vino Trigueros á México como diputado, y tuvo amigos en todos los partidos, y los infelices tuvieron en su casa un lugar de amparo y un bienhechor.
Y<> le acompañé á sus primeras visitas al Hospicio de pobres, que se encontraba en el mayor abandono, no obstante los esfuerzos y el espíritu de caridad evangélica del Sr. Canónigo D. Agustín Carpeña.
Patios llenos de arena, con yerba crecida á las orillas de los caños, rejas arrancadas, ladrillos sueltos en los corredores, pedazos de techo hundidos; en el comedor hambre, en la cocina humo, tizne y huesos su-
plantando á la carne. En el departamento de mendigos, mugre, frío y esqueletos vivientes. . . .
Trigueros emprendió la reforma, gastando de su peculio sumas considerables, aseó el edificio, anuló contratas onerosas, destruyó co:i suma energía la corrupto!,-! que so había introducido de dar jóvenes á las fábricas de hilados para que allí sirviesen como operarías, y corrigió, afrontando odios y calumnias, los abusos de que era presa establecimiento tan importante.
A Trigueros se debe la estatua del Capitán Zúííiga, fundador del Hospicio.
En el interior de la casa, Trigueros era magnífico y el lujo se adunaba con lo sencillo y útil.
Tenía una extensa pieza con estantes para su ropa blanca, medias y corbatas, las camisas eran incontables, las mudaba dos veces al día y cuando por casualidad la manchaba levemente, corría á su casa á relevarla al momento.
Su comedor cambiaba de decoración en invierno y verano: en la primera estación, le revestían alfombras, ardía la chimenea, abundaba el cristal de Bohemia y se servían manjares suculentos, ponches y vinos calientes.
En verano se ostentaban jarrones con flores, esteras chinas, hielo, frutas en abundancia y helados exquisitos.
Concurría á la casa de Trigueros la flor y la nata de la sociedad veracruzana, disputadora, manirrota, audaz é irrespetuosa como el demonio.
Podía admirarse en esas mesas, la verba inagotable, el memorión estupendo y el talento clarísimo de Jorge de la Serna, el chiste seductor de Ituarte José Luis, el dejo jarocho de Mosquera, las salidas de Pancho Lezama, la brusca nobleza de Zamora etc.
Además, Trigueros tenía en su intimidad hombres de mérito á quienes llenaba de obsequios. Entre otros recuerdo á D. Garlos María Bustamante, con sus pantalones de dril, su guácaro de indiana, su capita color de pasa; muy viejecito y muy coloradito, con sus enormes anteojos de plata, cabalgando sobre^u roma nariz.
Yo era muy especialmente favorecido por el Sr. Trigueros, quien me amparaba del círculo Santa-Annista que me odiaba, lo mismo que Santa-Anna á quien ni de vista conocía, exceptuándose como defensores míos, los tres Lombardo', Basadre y el Sr. Tornel por un poco de tiempo.
La redacción del Siglo ardía en discusiones vehementes, al calor de esas discusiones acudían hombres de acción á ofrecer servicios y dinero.
Santa-Anna había mandado llamar al Sr. Morales para amonestarlo y reconvenirle por sus escritos. Morales guardó silencio; pero en un momento le dijo con marcada resolución:
«Yo he de seguir escribiendo como hasta hoy, y ten- «ga Ud. muy presente, que cuando comencé esta tarea, «me convencí de que en lo más que puedo parar, es «en cuatro velas y un petate.»
Otero y Pedraza fueron presos después. Yo escribí
entonces en la parte política y tenía como vergüenza de no estar preso, ni padecer nada por una causa que me parecía tan hermosa.
Mientras el ilustre General Bravo anublaba sus glorias haciéndose instrumento ciego de la tiranía grosera y de las arbitrariedades de Santa-Anna, mientras lo relevaba Canalizo en su tarea ingrata de servir de manequí al déspota, mientras se hundía Yucatán y en México llovían negocios desastrosos, gabelas y préstamos, el círculo de favoritos del poder y de lacayos del héroe improvisaban fortunas opulentas, aparecían en la escena advenedizos viciosos, soldados matones, tahúres insolentes, galleros provocativos, deudos espúreos y cuanto puede tener de más asqueroso una sociedad corrompida.
Y aunque todos los labios cortesanos ensalzaban la paz, y hoy se erigía una estatua y mañana se anunciaba la planteación de un ferrocarril, á la vez que se publicaban los loores de las potencias extranjeras al héroe del Panuco. El resorte oculto de tal empleo, el secreto de tal contrata, la historia de tal regalo, el influjo de tal meretriz y los repetidos ultrajes á la justicia y al honor, desmentían la cómica imitación de la grandeza monárquica y envilecida, la nación amontonaba combustible con la esperanza de castigar ejemplarmente un día al sátrapa que conculcó sus derechos y correspondió con villanía á la confianza que depositó en su desmentida probidad.
Entre los Ayudantes de Santa-Anna había un joven
lio
gallardísimo que se distinguía por su talento, por su figura aristocrática y por su chispa y travesura inagotables.
Moreno, ojos verdes, cabello de seda, gran bigote, serio, pero como conteniendo las sonrisas, valiente, enamorado, franco y chispeante, de donaire y originalidad.
Hijo de un barbero ó maestro de escuela obscuro, pero desde niño con levantadas aspiraciones, rompió un día con toda clase de preocupaciones, se echó, la capita al hombro y anda y anda y anda, hasta hacer pie en la frontera del Norte, y no sé en qué artes, figurar en la familia del General Arista. Conoció este hábil general sus aptitudes, le confió comisiones importantes, y campechano, alegre y compartido con sus amigos, entre los que figuraba Payno en primer término, conquistó un lugar realmente distinguido en el heroico ejército del Norte.
Schiafino nada sabía á fondo; pero todo lo comprendía, lo embellecía y le comunicaba cierto seVlode buen tono muy simpático.
Preparaba un banquete y disponía un menú sorprendente. Pedía luz, flores y beldades y creaba un baile olímpico; y para intervenir en la pompa de una recepción oficial, no tenía precio.
Se acicalaba como una dama y vestía cuan lujosamente podía para entrar en campaña, y á todos admiraba su jovialidad en lo más reñido del combate.
Dióse á conocer su aplomo y sus recursos oratorios m un baile de Matamoros.
Los oficiales estaban á la cuarta pregunta, y no obstante, dominaban por sus maneras, su bien hablar y sus tipos elegantes. Celosos los tenderos polizones que daban el baile, de la preponderancia de los advenedizos, y conocedores del mal estado del interior de su equipo. . . en cierto momento gritaron: «¡fuera casacas!» y así se acostumbraba á cierta hora, ya por el calor excesivo, ya como pretexto para lucir camisas de ricos lienzos con bordados lujosos, botones y mancuernas de diamantes.
«¡Fuera casacas!» gritaron los abarroteros enfurecidos; los oficiales resistieron: se instó, se acaloraron los ánimos, las señoras estaban en espectativa temerosa.
Schiafino se adelantó al medio de la sala:
Señores, dijo; es notoria la miseria que sufre el ejército á que tenemos la honra de pertenecer; pero esto no obsta para que estemos orgullosos de defender aquí la independencia nacional, y para que procuremos hacernos dignos de damas tan hermosas y llenas de virtud, y de caballeros tan cumplidos . . . «¡fuera casacas!» se ha dicho, demos gusto á todos.
Y diciendo y haciendo se quitó la casaca, puso de manifiesto los girones de su camisa y el cuello pretensioso, tieso y aristocrático.
Todos quedaron estupefactos: las señoras se pusieron en pie, obligando á Schiaíino á cubrirse, y al siguiente día el comercio abría una subscripción para dotar de abundante ropa blanca á los oficiales.
Pero en lo que no tenía rival Schjaíino, era en su
manera de recitar sus aventuras, adulterándolas con su inagotable inventiva, aunque dejándoles un fondo de verdad.
Ya urgido por el hambre, entraba á un tendajo en Matamoros con un compañero de buena fe, y sin que lo advirtiese fué extrayendo unos huevos del mostrador y depositándolos en las bolsas de los faldones del cantarada Ya se había consumado el robo, pero el
compañero carabanista hace un saludo para despedirse, topa con la pared y una catarata de claras y yemas lo denuncia.
Ya aborda una mesita eu que se venden tortas compuestas y se confabula con un amigo que le cubra los ojos diciéndole: ¿me conoces? mientras él coge las tortas; pero el amigo pone mal las manos y Schiafino, que va confiado y con mucho tiento á tomar una torta cuan-' do le agarran la mano gritándole, ah! picaro!
Ya le sorprende un ranchero en una excursión nocturna con sus ribetes de erótica y le grita ¿quién es Ud.?
— Soy somnámbulo.
— ¡Qué sonambo ni que sonambo; Ud. es Don Chafino, y ya lo verás con el general.
Pancho, sin afectación tenía los hábitos de gran señor: batas de seda, chinelas chinas, joyas deslumbradoras, arnés militar espléndido, caballo arrogante. En su cuarto de hotel nunca faltaban vinos exquisitos para obsequiar á sus amigos, ni puros de Regalía de los que costaban una peseta cada ejemplar.
Como debe suponerse, tanto boato no estaba en ar-
monía con sus recursos de simple capitán de caballería; pero el deficiente lo cubría con planes y salidas de lo más superior á lo que se pueden inventar.
En cierta ocasión, la propietaria del hotel en que vivía, que era una hermosa francesa, en vista del recargo de su deuda le urgía para el pago; Schiafino para eludirlo, ideó declararse rendido amante de la patrona, y ni Macías, ni Abelardo, ni D. Juan Tenorio ni nadie, tuvo jamás lenguaje más sentido ni rasgos más apasionados que nuestro héroe.
Parecía dulcificarse la Dulcinea; se cruzaron miradas eléctricas y dintinciones delicadas. Al fin logró mi amigo una entrevista misteriosa . . . .Silenciosa noche de luna. . .palpitaciones de corazón. La beldad, aparece circundada de luz ... . el capitán se lanza en sus brazos, diciéndole ¡yo te amo! . . .Ella retrocede trémula, y tendiéndole la mano, le dijo con voz solemne. . . Oye tú Ghafín. . . ¡siempre me pagas!. . .y me pagas mi dinero, con lo que se desvaneció.
Lo singular de todo esto, es que muchas anécdotas eran verdaderas, otras no, sino creadas para hacer agradable su presencia en muchas reuniones.
Me he detenido tanto en la fotografía de este caballero, porque era un tipo del calavera de la época; alegre, manirroto, valiente, enamorado, caritativo y generoso, sin que el positivismo del tomín le degradase, sin que la aspiración política le pervirtiese, ni el lacayismo que le desarrolló después, entrase en los cálculos de su fortuna.
Sin los apuros pecuniarios en los ardides ingeniosos para cubrirlos entre esos calaveras de buen tono, no el ternerón ni los otros calificados por Fígaro, se contaban á Miguel Badillo, todo jovialidad, consecuencia y chispa; á Pepe Alvarez, oficial correctísimo y de figura distinguida, á Agustín del Río, franco, caritativo y protagonista en empresas inverosímiles, á Alejo Barreiro, movedizo de ardiente imaginación y estuche de cuentos y gracias; á Fernando Urriza tartamudo y especialidad para remedar á todos los grandes tenores y á otros muchos que daban colorido y como que caracterizaban la época con sus perfiles de tunantes.
Los calaveras de alto vuelo giraban en esferas menos inocentes, y de ellos se contaban anécdotas características de la preponderancia militar; del desconocimiento de toda ley; de esa lógica peculiar del soldado que formuló el axioma de «Cartucheras al cañón.»
Pancho Ribeau, Ángel Lascuráin, Miñón, Mauliá, Diego Correa, etc., eran otros tipos que podían dar idea de aquella sociedad.
De los dos primeros personajes, uno, capitán de marina, otro, comerciante rico deVeracruz,se contaba que el segundo de estos señores vino á México, precedido de gran fama, y encontróse con Ribeau én el café de Veroly:
— ¿Ud. es el loco Lascuráin?
Lascuráin hizo buche con el chocolate que estaba tomando, y arrojándolo á la pechera de la camisa del capitán, le respondió:
— El mismo, servidor de Ud.
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Ribeau quedó contentísimo de su nuevo conocimiento é invitó á Lascuráin á un paseo en quitrín. Llegóse
ol día: el quitrín tenía un caballo fogosísimo; salieron fuera de garita, y en una de las calzadas, quitó cabezadas y riendas al caballo, y comenzó á azotarlo con furia, hasta caer con el quitrín hecho pedazos. Ribeau tenia abrazado á Lascuráin, diciéndole: quería que nos diésemos, después de esta prueba, un abrazo de amigos.
Pasaron algunos días; fué Ribeau a Veracruz; Lascuráin, que era muy conocedor del mar, presintió un norte. Convidó á Ribeau á un paseo en bote. Era un cayuco que se bamboleaba como un ebrio. Lascuráin so hizo mar afuera. . . . estalló el norte ... el peligro era inminente. . . .
— ¿Qué hace Ud., Ángel?
— Estoy celebrando con este bailecito nuestro abrazo de amigos.
En efecto, Lascuráin y Ribeau fueron en lo futuro, Pilades y Orestes.
Las condiciones peculiares en que se encontraba nuestra sociedad, unidas á la tradición colonial, hacían que siempre que se centraba el poder, la vida entera se refugiaba en México, fuente de empleos y favores, manantial de negocios, lugar de diversiones y de modas, punto de cita de los ricos de todas partes y repertorio en que la civilización exponía sus adelantos y tesoros.
La corte de Santa-Anna tenía ese brillo, y aunque en los departamentos reinaban el descontento y la mi-
seria, alrededor del dictador se multiplicaban los bailes; eran cuotidianos los banquetes, y las reuniones en San Ángel, casa de la Sra. Vallejos, podían figurar entre lo mejor y más escogido que había visto México.
Por supuesto, que todo se calculaba y amoldaba á los gustos del arbitro de los destinos del país.
Donde podía presentar un cuadro, en que en una rápida ojeada se diera á conocer México, era en la Pascua de Espíritu Santo, en que se verificaban las fiestas de San Agustín de las Cuevas.
Grandes funciones de iglesia con repiques, cohetes, chirimías y cámaras.
Fondas, neverías, hospedajes y tiendas por todas partes; carcamanes y ruletas, bisbís y bolitas de colores .... juegos en todas sus multiplicadas combinaciones y trampas. Banderas en las pulquerías y cantinas; tiras de heno de azotea á azotea, con anuncios de todas clases.
En las afueras de la población, y bajo los árboles ó entre los jacales, asnos, caballos, coches, bombé y carretones con toldo, conductores de gente retozona y de la vida airada.
Y todo lo que se percibe en las banquetas y en medio de la calle, está cercado, inundado y como nadando en un mar de gente vestida de todos los colores; calzoneras, levitones, sombreros tendidos, sombreros acanalados de clérigos; redondos de algunos frailes y de petate del pópulo bárbaro. -
Había partidas ó montes como el del Hospicio, que
ostentaba como una gran plancha «lo oro los montones de onzas, y tenía un fondo do cien mil pesos.
El salón de la partida daba á un verjel delicioso, lleno de frondosos árboles frutales y (loros exquisitas, circundado de fuentes de aguas cristalinas y juegos hidráulicos encantadores.
Bajo los árboles se veían mesas con licores y refrescos, y en el senador del fondo se servían constantemente almuerzos y comidas magníficas, chocolates, café, dulces y cuanto se antojaba al apetito de los opulentos tahúres.
La gala consistía en arriesgar sumas enormes á un albur, viendo la pérdida con marcada indiferencia.
Así se contaba de Manuelito Rodríguez, (?) que con el producto de la venta de unas tijeras, ganó en una Pascua doscientos mil pesos, jugando á la dobla; de DMuflas Royuela, se decía, que una vez conversando, conversando, puso un albur de veinte mil pesos, y cuando se le anunció la pérdida no interrumpió un momento la relación interesante con que entretenía á sus amigos.
Lo más graoado de la sociedad, lo eminente en el foro y en la Iglesia, en los destinos públicos y en el comercio, se entregaba al culto de Birján.
Los curas de almas, con todo y prole, rodeaban la carpeta verde, lo mismo que el padre de familia y el comerciante celoso de su crédito.
Había hacendado que se condenaba á privaciones todo el año para darse el gusto de perder cuarenta ó cincuenta mil pesos en la Pascua de San Agustín.
El centro de esta orgía era la plaza, en que el grande edificio contenía nevería, fonda, partidas públicas y reservadas, y en el fondo, la gran plaza de gallos, en ciir vas polcas se aventuraban cuantiosas sumas.
Sania- An na era el alma de este emporio del desbarajuste y de la licenciatura.
Era de verlo en la partida, rodeado de los potentados del agio, dibujando el albur, tomando del dinero ajeno, confundido con empleados de tres al cuarto y aun de oficiales subalternos; pedía y no pagaba, se le celebraban como gracias trampas indignas, y cuando se creía que languidecía el juego, el bello sexo concedía sus sonrisas y acompañaba á Birján en sus torerías.
En el juego de gallos era más repugnante el cuadro, con aquellos léperos desaforados, provocativos y drogueros, aquellos gritos, aquellas disputas y aquel circular perpetuo de cántaros y cajetes con pulque. ,
Allí presidía Santa -Anna, diciendo que proclamasen la chica ó la grande, cuidando que estuvieran listos ios mochilleres y de que saliera vistosa la campaña de moros y cristianos.
Conocía al gallo tlacotalpeño y al de San Antonio el Pelón ó Tequixquiápam, daba reglas para la pelea de pico, y revisaba la botana para que estuviesen en orden las navajas de pelea.
Había momentos en que cantor de gallos, músicas, palmadas y desvergüenzas se cruzaban, en que los borrachínes con el gallo bajo el brazo, acudían, al Jefe
I.YÍ
supremo, y éste reía y estaba verdaderamente en sus glorias en semejante concurrencia.
Á la caída de la tarde, en caudalosísimas corrientes se desprendía la gente, brotando del centro de callejones y vericuetos llenos de árboles y flores, y se dirigía al Calvario ó las Fuentes, á pie, á caballo, en carros ó carruajes elegantes.
El Calvario es una cuenca de verdura, dominada por una pequeña colina, con su capilla pintoresca.
Las Fuentes las forman la gradería de las extensas lomas de Sur y Occidente que forman casi anfiteatro magnífico que ciñe un prado* extenso y risueño rodeado de buertas, dé cbozas de labradores y de casitas que blanquean entre las enredaderas, las uñas de gato y los cortinajes de manto de la Virgen.
En la gradería se instalaba el pueblo alegre, que amenizaban mucbachos y vendimias en son campestre.
A la orilla de llanura tendíase elegante sillería con lugares de distinción. En una altura conveniente estaba la música.
Las grandes damas, los jóvenes garridos, los heraldos del buen tono y la moda, rompían el baile sobre el verde césped y aquello era delicioso. . . .Mientras cuadrillas, galopas, etc., formaban remolinos de seda y encajes, á la orilla del llano se convenían carreras saltan y travesean los muchachos y se ajustan partidos que nada tienen que ver con las partidas.
En la noche era el gran baile en la plaza de gallos.
Las sombras comunicaban proporciones colosales
á la orgía y servían de disfraz á la desvergüenza y al desenfreno.
Rimas, cantos, amor callejero, embriaguez repugnante .... y más en la sombra el dependiente de la casa de comercio que había jugado el dinero del amo, el padre de familia que había perdido el pan y la honra de su familia, y gente non santa que esperaban de la estafa y el robo la reparación de sus fortunas.
Mientras el pueblo se solazaba, y en torno del héroe todo era holgorio, aunque muy en voz baja la maledicencia llamaba quince uñas al César, aludiendo á su amor al dinero; en las Cámaras se organizaba como desapercibida una oposición decidida y concienzuda, reivindicadora del derecho y del honor que al fin sirvió de mucho á los buenos patriotas hasta producir la revolución gloriosa del 6 de Diciembre.
Por aquel tiempo se ordenó y llevó á cabo la demolición del Parián, grande cuadrado que ocupaba toda la extensión que hoy ocupa el zócalo, con cuatro grandes puertas, una á cada uno de los vientos, y en las caras exteriores, puertas de casas ó tiendas de comercio. En el interior había callejuelas y cajones como en el exterior, y alacenas de calzados, avíos de sastre, peletería, etc.
En un tiempo los parianistas constituían la flor y la nata de la sociedad mercantil de México, y amos y de-
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pendientes daban el tono, de la riqueza, de la inftuen* eia y de las finas maneras de la gente culta.
La parte del edificio que veía al palacio la ocupaban cajones de fierros, en que se vendían chapas y llaves. coas y rejas de arado, parrillas y tubos, sin que deja-i rande exponerse balas y municiones de todos calibres, y campanas de todos tamaños. Una de estas tiendas, la de mayor nombrad ía, era la de los chatos Flores, D. Joaquín y D. Estanislao, ricos capitalistas, con fundiciones de cobre, haciendas, y qué sé yo cuántas propiedades.
Al frente de Catedral había grandes relojerías, á las que daba el tono D. Honorato Riaño, personaje singular del que se contaban mil curiosas anécdotas, y persona tenida en mucho entre los pintores de la época.
La contraesquina de la Ia calle de Plateros y frente del portal, la ocupaba la gran sedería del Sr. Rico, en quese encontraban los encajesdeFlandes, los rasos de China, los canelones y terciopelos, y lo más rico en telas y primores que traía la nao de China.
A poca distancia del Sr. Rico se veía la gran tirad liria de oro de D. José Núñez Morquecho, compañero de mi padre grande el Sr. D. Pedro Prieto, quienes mantenían cuantioso comercio con Filipinas y el Japón, haciendo envíos de cientos de miles de pesos en galones, canutillo, hilo de oro, flecos, rieles, etc.
Viendo á la Diputación, se hallaban, los cajones do ropa de los Sres. Mecas, las rebocerías de Romero y Mendoza, y la gran mercería de D.Vicente Valdez, cu-
ya sucursal de la calle de la Monterilla, hacía cuantiosísimas realizaciones.
En el interior, principalmente, los cajones de ropa eran de españoles, como los Sres. Izita. Iturriaga, y no recuerdo quiénes más.
Aquella reunión de comerciantes tenían costumbres casi conventuales: el dependiente acudía con las llaves que guardaba en un bolsón de badana, vivía con sus amos, y su primera asignación era de ocho pesos mensuales, comía en la casa del amo, rezaba el rosario á la oración y se retiraba al entresuelo á conciliar el sueño.
No se le permitía al dependiente fumar, ni que le visitaran amigos, ni recargarse de codos en el mostrador ni que se separase de su puesto. . . .
Yo tenía muchos recuerdos del Parián, sobre todo ios referentes al saqueo, y desde esa época, no sólo para mí, sino para muchos, tenía algo de triste el edificio, que sin duda aminoró el pesar, que de otro modo hubiera producido su destrucción.
Entre los parianistas había sobresalientes jugadores de damas, como Riaño y Rico, jugadores de ajedrez, como D. Manuel Rodríguez y Romero, rival de Carigton, y jugadores de pelota que se perdían de vista.
El Parián cerrado en la prima noche, en la parte frontera al portal, servía de lugar de tráfico á zapateros y sombrereros de lance ó sea del Brazo fuerte; y allí, borceguíes y zapatones se medían, teniendo por tapete las frescas losas de la banqueta y auxiliando el
semi vivo becerro del artefacto, con pedazos de papel ó grasa, para la fácil internación del pie.
A las ocho de la noche variaba la decoración.
Las puertas de los cajones del Portal de Mercaderes y las alacenas se cerraban, y en los quicios de las puertas tomaban asiento caballeros, señoritas y señoras, á ver pasar la concurrencia.
Los solterones comodinos se encaramaban en la parte saliente de las alacenas cerradas, cercándolos de pie los tertulianos, porque cada agrupación era una tertulia. La acera del Parián del frente, era el complemento del paseo, sin mas diferencia, sino que los quicios de las puertas eran para gente de baja ralea, entre la que se contaban las hijas vagabundas de la noche.
En el Portal de las Flores se vendían chorizones, pollo, fiambre, donoso, pasteles y empanadas, y otras olorosas meriendas; allí, en los quicios, y en amplios petates, se servían los manjares á la parte de la concurrencia más despreocupada, refugiándose, para las comilonas, la gente decente, en la parte del Parián que ve al Sur.
Todo este cuadro nocturno estaba pésimamente alumbrado por faroles alimentados con aceite, rompiendo, de trecho.en trecho, las sombras, haces de ocote ó trastos de barro en grosero tripié, alumbrando la desaforada cara del proclamador de la mercancía, que gritaba con todos sus pulmones:
A cenar! á cenar Pastelitos y empanadas; Pasen, pasen á cenar!
Aunque en el horizonte político se agrupaban día por día las negras nubes de la revolución, en la corte se veían los sucesos con luz color de rosa, y los que no teníamos importancia, la pasábamos lo mejor posible; en esa carrera de empleado en que se frustra del todo aquello de «vivirás con el sudor de tu rostro.»
Uno de los compañeros de oficina, con quien trabé más estrecha amistad, fué D. José Hidalgo y Esnaurrízar, joven de finas maneras y bien aceptado entre la gente de buen tono.
El mérito especial de Pepe Hidalgo, como le llamaban generalmente, era ser sobrino de D. Antonio María Esnaurrízar, Tesorero general de la Nación, personaje de altísimas polendas, severo, erguido, de gran corbata y bastón con borlas, lujoso coche de caballos moros, á quien, por su rigidez y majestad, llamaban los palaciegos virrey embalsamado.
La familia del Sr. Esnaurrízar era muy estimada por su posición y virtudes; Hidalgo, huérfano de padre, era considerado como hijo de la familia, y esto le abrió las puertas de los empleos y excelentes relaciones.
Alto, delgado, barbilampiño, de ojos negros y algo de infantil en la expresión, Pepe era estimable; pero su instrucción e;n todas líneas era muy mediana, y su talento (si es permitido hacer esos valúes á quien no conoce el género) no pasaba del trabajo de munición con que la naturaleza obra en la gran mayoría de los hijos de Adán.
Las pretensiones de Hidalguito á la nobleza y á los
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títulos de sangre azul, no tenían límite y, no obstante ser empleadillo con una dotación mezquina, declinó su Dulcinea, y aun creo pensó enlazarse con la hennosa joven D. O., una de las beldades que tenía en tortura mayor número de apasionados corazones.
Hidalgo era hijo de un honrado militar; pero no sé porqué calumnia, se le suponía favorecido por el barbero que acompañó á México al Virrey Venegaa y fué el primero que cultivó en la gran Tenoxtitlán el copete y la patilla, derrotando vergonzosamente la coleta.
La revolución del 6 de Diciembre, aquella que puede llamarse la popular por excelencia, la que partió de los centros más obscuros del populacho y cobró raíces en los más elevados asientos sociales, fué, por decirlo así, preparada, madurada y determinada por Santa-Anna, por un cesarismo á la vez ridículo y sangriento y por ese militarismo estúpido que da á la fuerza bruta preponderancia sobre los derechos sagrados del hombre.
Y lo de notar es, el vaivén y cambio de colores de los hombres que se creían de principios, y si esto dependía en gran parte de suma ignorancia, dependía también de que Santa-Anna, que era un Proteo, tomaba todas las formas y se alistaba á todas las banderías, acompañándose inconsecuente, ya con los hombres de nuestra aristocracia y los fueros, ya con los liberales que proclamaban la igualdad, la tolerancia de cultos y las ideas de Farías, sin comprenderlas á derechas.
La orgía palaciega, el despotismo de los sátrapas, el
robo con la careta del agio, la meretriz, el tahúr en la escala y con el colorido que andando los tiempos entregó al escarnio la lira Juveneciana de Offembach; todo determinaron, como hemos indicado, aquella célebre revolución.
Ardía el descontento por todos los ángulos del país, las propias reticencias de la prensa encadenada eran como aceite que sin gran ruido atiza una hoguera. Canalizo, que era el estafermo de Santa-Anna, autorizaba todas las arbitrariedades, hasta la de tomar el mando del Ejército, con atropello de las bases orgánicas, mandar recoger las llaves de las Cámaras y ordenar que se protestase obediencia al úkase de 29 de Noviembre, preliminar del golpe de estado.
La Cámara cobró una actitud resuelta y llena de prestigio, Alas y Llaca acusaron al Sr. Canalizo y á Santa-Anna.
La agitación cundió violentamente, los mismos empleados del Gobierno y los propios soldados, eran propagadores de la revuelta ... el poder se arrastraba con convulsiones impotentes, y Santa-Anna, en medio de su embriaguez de suficiencia y de mando, persistía en su desprecio al pueblo y en su confianza absurda en la fuerza.
Los personajes más notables y visibles en aquellarevol ución, fueron: Pedraza, á quien ya conocemos; Llaca yD. Manuel Alas, Rosa y otros, ya habían preparado admirablemente laoperación. El S^/oX/Xpudoconsiderarsecomo el protagonista de este movimientoglorioso.
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Llaca era de una familia distinguida de Querétaro, donde hizo sus primeros estudios. Aunque de clarísimo talento, no se hizo notable como estudiante, y sea porque tenía bienes de fortuna ó por otras causas, ejercía la profesión perezosamente, y á pesar de ser joven, se alejaba de la sociedad.
Cuando vino á México nombrado diputado, tendría de treinta y seis á cuarenta años.
Alto, huesoso, de pelo un tanto rojo, pecoso y carilargo, con una patilla rala y de á dedo de ancho, una mirada triste, un conjunto de cansancio y enfermedad.
Generalmente usaba una capa muy larga con su cuello de nutria, y cuando se despojaba de ella para 1 tablar en la tribuna, se señalaba su cuerpo flaco entre los pliegues de su levita negra. Al hablar, llevaba su mano derecha á la boca del estómago y apoyaba la izquierda en la barandilla quedando medio doblado.
Llaca, observado, era mucho más expresivo escuchando ó meditando en silencio, que hablando. Al escuchar, pasaban por sus miradas relámpagos de intensas pasiones como si se pudiera ver desde una altura las olas de lava prontas á desbordarse y azotar todo lo que encontrasen á su paso.
Como tengo dicho, la voz de Llaca era apagada, sin colorido ni inflexión alguna, como si fuera la cubierta de figura humana de otro que hablase por dentro.
Eran de verse los corredores de palacio llenos de militares y de aduladores del poder y de esbirros, las galerías hirviendo en una concurrencia amenazadora, el
salón ó recinto de los diputados, silencioso, con un hombre alto y pálido que parecía rezar y decía:
«Se ha pedido razón de lo ocurrido al señor Ministro de la Guerra; pero es sabido que el señor Ministro (Basadre) ama más la carpeta verde que su cartera; lie tratado no ya de hablar de intereses políticos sino del decoro y la vergüenza de ciertos funcionarios; pero bien veo que predicaba en desierto.»
«A poca distancia de nosotros, decía en otra ocasión, en la residencia del Primer Mexicano de la Nación, puede verse como en miniatura lo que es y debe esperarse de la situación actual.»
«A la entrada, mendigos, mutilados, huérfanos y viudas de hombres aumentativos de miseria.»
«En el salón de recepción, ministros extranjeros, hombres emplazados para tratar lo más conveniente á la honra del país, impacientes por hablar al César.»
«Más adentro los ayudantes gurupies de juego, corredores de amor, y ahí se habla cochero, se inventan hasta crímenes á los hombres de oposición, se proyectan palizas á los diputados. ... Al último, en la pieza más recóndita, la verdadera Corte: tahúres, galleros, agiotistas de vil ralea, portadores de obsequios que
sirven de anzuelo á grandes negocios y la mujer
pública, declarada viuda de un coronel que jamás existió, y el clérigo que va á pedir su pitanza por sus buenos oficios para con Dios.»
Así hablaba Llaca, impasible, la galería se estremecía, se retorcía, solía estallar frenética en aplausos ó
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dicterios. El orador callaba, recobraba su asiento y so envolvía en su capa, extraño de todo punto á lo que pasaba en su alrededor.
Alas,chiquitín,pálido,activísimo y valiente, hablaba y obraba á la vez, buscaba el acuerdo de los hombres de acción, y se ponía á la cabeza de las combinaciones más peligrosas para derribar aquel oprobioso orden de cosas.
Canalizo había amordazado la prensa y mandado cerrar el Congreso; Santa- Anna, al frente del ejército, dictaba órdenes tiránicas, y los más leves accidentes tenían resonancia poderosa al anunciar la aurora del 6 de Diciembre, la gran revolución popular.
A la noticia del pronunciamiento, Canalizo, que era temerario de valor, dio orden para que volase Palacio, orden que no se llevó á cabo, por la eficaz mediación de un jefe del ejército llamado Falcón, que prestó con riesgo de su vida tan eminente servicio.
Las contestaciones se volvieron tumultuosas en el interior de Palacio; en el atrio inmenso de San Francisco se reunían paisanos armados de fusiles, escopetas, pistolas, sables, y se formaban entusiastas en son de guerra; en un zaguán de la calle de San Francisco estaban el General D. Pedro García Conde y el General D. José Joaquín Herrera, Presidente del Consejo.
Las corrientes de gente se engrosaban por momentos hasta hacer desaparecer el suelo, saltar sobre las rejas de las ventanas y columpiarse en los pies de gallo de los faroles del alumbrado.
Semblantes desaforados, ojos de locura, aullidos de fiera, carcajadas de orgía, sombreros de petate y sorbetes agitándose en el aire, cabelleras desgreñadas, ruidos indefinibles, todo como que surgía en borbotones entre un bosque movedizo de palos, fusiles, espadas, martillos y no sé cuántas cosas más.
Diputados, y senadores seguían luciéndose.
La multitud rabiosa se dirigió al teatro y demolió en un instante la estatua de yeso erigida á Santa-Anna.
Corrió furibunda al Panteón de Santa Paula y con ferocidad salvaje exhumó la pierna de Santa-Anna, jugando con ella y haciéndola su escarnio; giró entonces para la Alameda, y obstinándose el alamedero en no abrir, arrancó de cimientos las puertas de fierro que giraron como las ramas de un árbol caído en un torrente impetuoso.
A la estatua de Santa-Anna que estaba en la Plaza del Volador, la pusieron en tierra, apeándola sin saberse cómo de su alta columna.
Cerca de las cuatro de la tarde, y en medio de aquella imponderable inundación, comenzó el desfile de diputados y senadores de San Francisco para Palacio. La gente que coronaba azoteas y balcones, lo mismo que la que corría por las calles, entre caballos y carruajes, que como que navegaban en un río alborotado, cercaban á los padres de la patria, proclamando sus nombres, agitando en el aire sus sombreros, arrojándoles flores desde las alturas.
— Mira, aquel flaco descolorido, es Llaca.
— ¡Que viva Llaca!
— Ese que anda medio ladeado ¿quién es?
— El gran Pedraza.
—¿Y aquel?
— D. Luis de la Rosa.
— ¡Que viva el Lie. Alas!
La comitiva llegó á Palacio. — La multitud se esparció en todas direcciones, y un inmenso grupo penetró á la Cámara, donde los diputados tomaron sus asientos, mezclados con los senadores.
El pueblo quiso lanzarse á despedazar un gran cuadro que representaba la rendición de Barradas en Tampico, obra del pintor París, en la que figuraba en primer término el General Santa- Anna.
Llaca se opuso, por tratarse de una gloria nacional, y el pueblo, con una docilidad encantadora, obedeció á Llaca y le siguió lleno de mansedumbre y bondad, como un caballo fogoso al sentir en su cuello la mano del dueño que le acaricia.
En la noche hubo gallos y alegrías, sin que se lamentasen robos, riñas, desórdenes.
Santa -Anna, desde Querétaro, lanzaba anatemas contra los rebeldes, en medio de una lluvia de adhesiones al Gobierno que se establecía en México.
Pedraza, Otero, Cuevas, Morales, prohombres del partido moderado, habían, con suma habilidad y sigilo, ordenado y dirigido aquel movimiento, y del seno de aquel partido salía el Gabinete del Sr. Herrera, per-
fectamente recibido, ante todo por la intachable probidad de sus miembros.
D. Luis G. Cuevas, Ministro de Relaciones; de Justicia, Lie. D. Mariano Riva Palacio; de Hacienda, D. Pedro Echeverría; Guerra, D. Pedro García Conde.
A los Sres. Cuevas y Riva Palacio ya los conocemos.
Echeverría era el hombre austero y retraído, callado siempre y enemigo de charla y bromitas, quijote en el cumplimiento de su palabra y caritativo en alto grado, negando con enojo los beneficios que hacía. Sus grandes y espesas cejas, velaban casi sus ojos azules llenos de bondad.
Tendría D. Pedro García Conde cincuenta ó cincuenta y dos años cuando entró en el Ministerio de la Guerra. Va era ventajosamente conocido como ingeniero y hombre de ciencia, y como Director del Colegio Militar que puso bajo un pie excelente y produjo bajo su cuidado sazonados frutos.
Era un hombre el Sr. D. Pedro, moreno, alto y pálido, de nariz acaballetada y ojos verdes. Su voz tenía el dejo de la gente de su tierra, Arizpe, de donde salió muy niño.
En su trato interno era dulcísimo, y se ocupaba constantemente en mapas y planos que fueron muy útiles y estimados.
Santa-Anna no le perdonó jamás su participación en el 6 de Diciembre y le perseguía tenaz y enconosamente.
.Murió en 1851, y hubo la particularidad que después
de una vida tan azarosa, de tanto viaje y peripecia, fuese á morir al país de su nacimiento, en los brazos de su nodriza y á pocos pasos del lugar en que vio su primera luz.
La ciudad estaba declarada en estado de sitio y había la actividad consiguiente para depósitos, reservas de provisiones, forrajes, combustibles, etc.
Una reunión de señoras de la más alta distinción, ofrecieron sus servicios para los hospitales de sangre, • y como donde van ellas van ellos, las reuniones exigían una excitación que se desfogaba en sonrisas ó miradas tiernas ó en celos y tempestades, que por fortuna no dejan rastro, cuando se saben ajustar con habilidad unos buenos tratados de paz.
En una casuquita del callejón de la Olla, pliegue, encarrujo, mueca ó divieso de la Alcaicería, se apiñaron como moscas á pilones de azúcar, literatos bélicos, adalides de pluma que tienen la crónica escandalosa en la punta de los dedos, que se hacen los confidentes de los proceres, fingen recados, conquistan policías, dan comisiones á viejas patrioteras mal averiguadas y zurcen un párrafo incendiario en la punta de una aguja de Cambray.
Entre estos patriotas, en primer término debo poner á Domingo Revilla, minero rico, pasante aprovechado de jurisprudencia, que emplazaba su examen por imponerse de marchas y maniobras de los cuerpos de ejército, hacerse amigo de los jefes y hacerse amateur de la vida de cuartel y campamento.
Juan N. Navarro, estudiante de medicina, de talento privilegiado, con una cara casi de bajo relieve de templo egipcio; Ramón I. Alcaraz, estudiante de medicina también, apasionadísimo al estudio de Santos Padres, poeta sentimental y correctísimo, de pasiones profundísimas y muchas veces caprichosas, que abandonó la carrera porque calculó de impotente la llamada ciencia, para curará una jo ven á quien amaba tiernamente.
Ramírez era el ahuizote de Alcaraz; un día le saludó de lejos, diciéndole, adiós compañero de desgracia.
— ¿De qué desgracia habla Ud.?
— Qué mayor desgracia, que la que seamos los dos tan feos.
. Alcaraz se molestaba, por ser de suyo encogido y huraño.
En la casuca mencionada, los chicos ya nombrados, Banuet, Iturbide, Payno, J. J. Baz, Eulalio M. Ortega y no recuerdo cuántos más, forjaban folletos diabólicos escritos con hiél de víboras y con ácido prúsico contra Santa- Anna y los suyos, dándolos por un bledo á los papeleros que recorrían las calles enfurecidos gritando:
Los crímenes de Santa- A una pidiendo están su cabeza.
Santa- Anna fué siempre malo, desde el vientre de su madre.
Santa- Anna ante los veteranos de la Independencia, y otros libelos que habrían hecho la reputación del propio Satanás, habiendo algunos notables por los talentos innegables de personas que escribían. La grita,
el barullo, los comelitones y disputas de escritores, papeleros y secuaces del escándalo, no son para contados.
Del corazón de esa falanje de plumas salió Domingo Kevilla, por su cuenta y riesgo á verse con el Gral. Inda, heroico defensor de Puebla, contra las fuerzas de Santa- Anna que ocupaban el Cerro de San Juan.
Ya hemos dicho que Revilla era hombre vigoroso y resuelto, jinete diestrísimo y amateur del combate y los peligros.
Domingo era la adoración de sus amigos, su dinero estaba en la palma de su mano para socorro de los desgraciados. . .Violento y nervioso, cualquier cosa le sulfuraba, pero volvía en sí inmediatamente, y entonces raudales de bondades borraban las ligeras huellas de sus impaciencias.
Al llegar á las inmediaciones de Puebla, Revilla fué denunciado á Santa-Anna, y sin proceso ni causa, ni prueba algutia de culpabilidad, mandó que se le diesen doscientos azotes, suplicio que se verificó y sufrió nuestro amigo con entereza dignísima, guardando silencio sobre este suceso, y no profiriendo contra Santa-Anna una sola queja.
Otro acontecimiento que conmovió profundamente los ánimos, fué el de la prisión y condución á Palacio y las Cámaras, á D. Antonio Haro y Tamariz, quien acababa de fungir como Ministro de Hacienda.
Llevaba al Gobierno de México, en compañía del General D. José María González de Mendoza, proposicio-
nes de paz de Santa- Anna. Resguardado por un salvoconducto del Sr. Gral. Bravo, General en Jefe de las fuerzas que perseguían á Santa- Anna.
Era D. Antonio Haro un hombrecito como de filigrana, pequeño de cuerpo y esmeradamente vestido. Modales adamados, voz meliflua, y á primera vista un tipo de esos que lucen en una Canta Misa ó dirigen cou acierto unos lanceros.
Educado con los jesuítas, y en la sociedad monástica de Puebla, era ceremonioso y pulcro; pero cuando daba suelta á sus pasiones políticas, era valiente hasta la temeridad, tenaz hasta lograr sus fines, y astutocomo un hijo predilecto de Loyola.
En la Garita de San Lázaro fué aprehendido Haro: la noticia corrió como tizón arrastrado sobre un reguero de pólvora, y en instantes se alzó la gritería. Se incendió el tumulto, y sobre la triple muralla que formaban á Haro policías y soldados de infantería y caballería, se azotaban las olas del pueblo enfurecido, arrojando piedras y pidiendo á gritos la cabeza del audaz ministro de Santa-Anna. Aquel inmenso gentío se dirigió á Palacio, penetró en la Cámara, y Haro se refugió bajo el dosel. El pueblo rugía enfurecido. Se discutía lo que debía hacerse con Haro, vistas sus circunstancias excepcionales. . . .La inquietud, el rugir sordo del enano parecían dominarlo todo: de pronto se escuchó una voz. . . ¡Silencio! ¡Silencio!
Como si aquella voz hubiera sido un soplo poderoso que hubiese apagado una tea, así se extinguió el
vocerío ...Volvimos la cara. Pedraza estaba en pie, erguido como de mayor talla. . . .habló. . . .
Recuerdo que decía, ese hombre es un villano, trae el corretaje de la afrenta de su suelo natal, de aquel suelo en que se meció sucuna y en que reposan las cenizas de sus padres ... La tierra nativa es la madre que nos nutre 'y nos mima ... es el huerto en que ... se abre en la mañana de la vida la flor de nuestros primeros amores y . . , así escarnecerla, así humillarla, así arrastrarla como á vil ramera. . . .Ese hombre es un monstruo, en nombre de los sentimientos más honrados del hombre, en nombre de la sociedad indignada, en nombre de mi patria tan grande y digna de respeto. . .Antonio Haro y Tamariz . . yo te maldigo, yote maldigo . . . La emoción tenía como petrificado al auditorio. ... el terror formaba como silencio de panteón ....
Después de una pausa continuó: trae la palabra de nuestro representante, de nuestro general en Jefe que será respetada. ¿Establecemos una lucha de perfidias? ¿El grande, el honrado pueblo mexicano. . .descenderá al asesinato y la traición por un miserable?. . eso no será, y Haro protegido por nuestra generosidad volverá á decir á su amo lo que vale este pueblo de que se constituyó verdugo
La impresión que esta escena produjo en Haro, le preocupaba constantemente. A mí me decía, con una voz pavorosa y de espanto
«¿Qué le dio á D. Manuel por echarme aquella maldición, que hace la desgracia de mi vida?
Antonio Haro y Tamariz, maldito seas .... ¡oh! no lo soporto ....
Las muy acertadas providencias del Gabinete Cuevas, la inmaculada pureza de sus miembros en su conducta pública y privada, y lo espontáneo de la adhesión de los pueblos al programa del Gabinete, comunicaban alegría y bienestar á las clases todas de la sociedad.
Juan Navarro, Escalante y Alcaraz, compusieron un himno que se convirtió en fórmula del triunfo de la moral y de la ley.
El astro de la gloria, Ya luce, mexicanos, Cayeron los tiranos, Triunfó la libertad.
No obstante los elementos felices de reorganización que mencionamos, la herencia de inmoralidad, de desorden y de hábito por los negocios pecuniarios, en que los agiotistas tenían comprometidas grandes sumas, hacían muy difíciles las circunstancias, agravándose éstas con los avances de los téjanos, la actitud de los Estados Unidos y las intrigas del general Paredes, representante apasionado del círculo monarquista, y en toda exageración servil, prohombre de los partidos clerical y militar.
El Sr. Herrera fué electo Presidente, y su Ministerio renunció para dejarle en libertad de nombrar un nuevo Gabinete.
El Sr. Herrera, por sus ligeros estudios, por haber tomado parte activísima en la Independencia y por
convicciones, era liberal; pero su modestia suma, su primera educación y el prestigio que tenían sobre él personas como Otero y Pedraza, lo sujetaban en el partido moderado, siguiendo dócilmente sus inspiraciones.
Consecuente con ellas, nombró el siguiente Ministerio:
Relaciones, Sr. Pena y Peña.
Justicia, Bernardo Gouto.
Hacienda, Fernández del Castillo.
Guerra, General Pedro Anaya.
El Sr. D. Manuel de la Peña y Peña era considerado como una gloria del foro y como uno de esos monumentos que se transmiten de una á otra edad, con cierto prestigio y veneración.
El Sr. Peña y Peña, como algunos letrados de su tiempo, era abogado y sólo abogado, viendo si no con desdén, sí con frialdad, ramos de literatura que cultivaban con brillantez los hombres de su tiempo.
Corpulento, ancho de espaldas, severo de facciones, detenido y campanudo en el habla, ceremonioso y esmerado en sus maneras.
Sus relaciones eran con personas de alta posición y con dignidades de la Iglesia, porque era cristiano ejemplar, sembraba su conversación, de latines y se pagaba del respeto con que le veían sus discípulos, entre los que se contaba el Sr. Riva Palacio. Las lecciones de práctica forense del Sr. Peña y Peña son vistas, aun hoy, como obra de un jurisconsulto de primer orden.
Pequeño de cuerpo, de modales compasados y gra-
ves. frente convexa llenade bondad é inteligencia, ojos encapotados pero penetrantes, cabello como púas, retraído, silencioso, con pasos afectadamente largos, D. Bernardo Gouto, habría pasado por una persona vulgar si no se le hubiera escuchado en la tribuna.
En ella el Sr. Gouto, apartándose de la escuela viciosa de los malos imitadores de Chateaubriand, de la frase rimbombante y de la metáfora de bomba que estaban en boga, era conciso, correcto, lógico, inflexible, verdaderamente elocuente.
Literato distinguido, conocedorcomo pocos de nuestra historia, jurisconsulto eminente, dado á conocer muy ventajosamente por el Dr. Mora como hombre de la más alta importancia, Couto no se envanecía, y en su trato era dulce y comedido.
Su intransigencia, y acaso cierto cambio en sus opiniones liberales, dependía de sus escrúpulos religiosos.
Acaso á esto contribuía su salud muy delicada: el Sr. Couto dormía de tres á cuatro horas sentado en su estudio, comía muy poco, y sus nervios se resentían de la más ligera emoción.
El Sr. Fernández del Castillo era un buen empleado de Hacienda, hecho y derecho de la estirpe legítima de Bandolón yUnzueta, de Canseco y Payno y Bustamante.
Alto, grueso, expedito, jovial, sumiso con sus jefes, mientras fué subalterno, benévolo con sus empleados cuando fué jefe.
Apegado á las leyes de Alas y á la Ordenanza de Intendentes, con la recopilación de Arrillaga en la punta de los dedos, y D. Pedro Muchada como autoridad, el Sr. Castillo llegó á Tesorero General, y ocupó el Ministerio de Hacienda con aplauso general, por su finura y probidad.
Fué como una aparición en el Ministerio de la Guerra la presentación del Sr. D. Pedro Anaya, según se decía, por influjo y recomendación especial del Sr. Gómez Pedraza.
El Sr. Anaya tuvo una carrera muy obscura, aunque muy joven sentó plaza de cadete. En 1821, en calidad de capitán, tomó parte por la Independencia, y hasta 1833 no se hizo visible.
Nombrado para la expedición de Guatemala, contrajo amistad íntima con el Sr. Filisola, cuya fama reconocía como suya, recibiendo y dispensando toda clase. . . .(sic.)
Pálido, tieso, malmodiento, huraño, con salidas bruscas y poco afecto á ceremonias y circunloquios, hubiera sido Anaya repelente, si no se percibiera en él á primera vista, el hombre que no sabía mentir, el hombre inmaculado en cuanto á manejo de intereses, y el hombre valiente y lleno de generosidad para sus enemigos, especialmente.
Este Ministerio sucumbió por el pronunciamiento de D. Mariano Salas, militar á la antigua, valiente y fanático, caserito y alegre en la paz y entre las damas, severo é inflexible ea la guerra; tan útil para dis-
poner una diversión casera como para dar lustre á una toma de hábito y una Canta Misa.
Su casa era centro de escogida sociedad, y su señora. Pepita Cárdena, una matrona llena de virtudes que ejercía poderoso influjo sobre su esposo, á quien era muy superior en cuanto á inteligencia.
A Salas sucedió Paredes en el poder, á consecuencia de su conducta criminal de pronunciarse en la Hacienda de la Pila (San Luis Potosí) contra el Gobierno que había confiado á su honor aquella fuerza para defender la Independencia, combatiendo contra los téjanos.
Mientras esos cambios se verificaban, los importantísimos cambios que apenas indicamos, los partidos se agitaban con demasiada efervescencia.
Al lado del General Salas, y con visibles tendencias al restablecimiento de la federación, se encontraban Lafragua y Farías, el primero fino, moderado, colegialito aplicado de Puebla, familiar del Obispo, poeta correcto y frío, pródigo, y en todo minucioso y simétrico.
Vivía solo, dirigía la casa como una inteligentísima ama de gobierno. En su sala, en primer término, estaban su bonete y su beca. A sus libros los empastaba por colores y* tamaños, como los caballos de un regimiento. Tachábasele de mezquino y se le concedían los honores de la inmortalidad á un paleto café que había crecido con él desde que estudiaba gramática.
Y no obstante de que no es posible asignar un primer puesto entre los personajes influyentes de la época, tuvo participación activa en los sucesos, por su
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amistad íntima coa Domingo [barra, Comonfort, Caldoso y el círculo en que dominaban Pedraza, Otero y Mariano Vánéz.
Con el Gral. Paredes se entronizaba resuelto en el poder el partido anti-independiente, el de las clases, el del trono y el aliar, y sé entronizaba resuelto á plantear el sistema monárquico con una organización que parecía indestructible.
Paredes, como casi todos los generales, era ignorantísimo; su admiración por el sistema español, profundo, y su odio á la canalla, invencible.
Pequeño de cuerpo, de roma nariz y ojos pequeños, pelo lacio, erguido y pretensioso, la figura de Paredes, bien aprovechada, podía servir para recaudar boletos á la puerta de un teatro, ú ordenar una procesión de desagravios. Pero su reputación de valiente era justamente adquirida y de su rectitud.
El Gral. Paredes, enlazado estrechamente con los Condes del Valle, con altísimas dignidades ecleciásticas y relacionado con casas nobilísimas de España, tenía motivos de profesar veneración profunda al señor Alamán, Padre Arrillaga, Padre Nájera, Castillo Lanzas, Bonilla, Jáuregui, Baldomero, Miranda y otros prohombres del partido conservador.
Por otra parte, la familia del Sr. Paredes era una familia ejemplar, en que lucían, á par de las virtudes, los usos más correctos y pulcros de la buena sociedad. La Sra. Doña Josefa Cortés de Paredes era distinguidísima matrona, pertenecía á una familia rica de Guada-
lajara, y tenía ese tono de franqueza que distingue á las familias aristocráticas de aquella parte de la República.
Pero á pesar de su reserva y de su educación esmerada, la señora era lo más intolerante, lo más apegado al clero, y lo más poderosamente decisivo en el consejo del Sr. Paredes, y no tanto, en mi juicio, por la parte política, sus combinaciones y conveniencias de familias, no, sino por el principio religioso que la señora creía altamente comprometido con los liberales, que según ella, ampliaban día por día los dominios de Satanás contra Dios y contra toda la corte celestial.
La señora, á quien por lo dicho, le llamaban los liberes Madame San Dizié, recordando al Judío errante, era centro de poderosísima acción, que se extendía en el corazón de las familias á lo más granado de nuestra sociedad.
Bandera y guía, consejero y símbolo de fe era El Tiempo, periódico semi-oficial, establecido para la propaganda de la monarquía y en el que escribían Alamán, Bonilla, Elguero y Tagle más visiblemente, pero en el que daban sus pinceladas Don José Dolores Ulíbarri, Aguilar y Marocho, Nájera y algunos otros.
Este periódico estaba elegantemente escrito, con doctrinas evidentemente retrógradas expuestas con todas las galas del bien decir, y con esa flexibilidad hipócrita que pone lo más santo de parapeto para conseguir los más indignos fines.
Se suponía amigo y protector de este complot al se-
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ñor D. Salvador Berroúdez de Castro, Ministro de Esparta, literato y poeta notable y hombre de grande atrae-» ti vo por su porte y sus finezas en el trato social.
Paredes se había instalado en el Correo, que existía entonces en la calle de San Francisco, donde hoy existe el Palacio de Cristal. El grande edificio se dividía en dos grandes secciones: una, ocupada por las o (¡ciñas, la otra, habitación de los jefes, la fué á ocupar el Sr. Paredes con su familia, compuesta de la señora, tres niñas y frecuentemente el Sr. Dr. D. Luis Muñiz, casado con la hija mayor del general, persona en quien competía, la gracia la belleza y la bondad.
El Correo era lugar de cita de beatas, beatos, mayordomos de monjas, sacristanes, demandaderos, sobrinos devotos y pecadores arrepentidos, que se alistaban en las banderas de la fe para salvar sus almas, procurando el viaje á los apretados infiernos, de los enemigos.
La prensa, haciendo un esfuerzo supremo, combatía al poder, señalándose el Monitor Republicano, cuyo editor D. Vicente García Torres sostenía en todos los terrenos las doctrinas del periódico.
García Torres era natural del Estado de México, de una familia muy pobre. Vino á la Capital y tuvo un acomodo subalterno en la casa del Marqués de Vi va tico. Marchó con sus favorecedores á Inglaterra, donde aprendió inglés y francés y contrajo matrimonio con una suiza, honrada y económica, que de sus ahorros formó una pequeña fortuna.
No sé bien, por qué conjunto de circunstancias, á su regreso á la República, se empeñó en hacer la edición de un tratado completo de diplomacia, publicación que algunos creyeron tan estéril é inoportuna como si se tratase del Koran.
Por una singularidad inexplicable, aquella publicación tuvo éxito asombroso entre matanceros (sic) y gente de escaleras, y de hay nació El Estandarte, El Monitor y otras publicaciones liberales.
García Torres, no sólo no tenía educación literaria, ¡pero ni elemental perfecta!; sin embargo, tenía instintos generosos en favor del pueblo, y tuvo el tino de aconsejarse de Gardoso, Olaguíbel y Lafragua, comprometiendo sin vacilación su persona y su fortuna.
Don Vicente no tenía vanidad alguna, confesaba su ignorancia y tributaba respeto á las personas de saber.
Valiente, buen jinete, arriesgado en los lances revolucionarios y sabiendo asumir la responsabilidad •de sus actos, se hizo apreciable y conseguía se convirtieran en gracias sus salidas de hombre del pueblo.
Al Monitor se refugiaron para escribir en contra de Paredes, Iturbide D. Sabás, Juan Navarro, Alcaraz, Castillo Velasco, Torrescano, Revilla, Francisco Banuet y otros de menor importancia, entre los que tengo el honor de contarme.
El que escribía el artículo, lo firmaba y se disponía á sufrir las consecuencias.
García Torres fué llamado por el Sr. Paredes para
hacerle agrias reconvenciones por su periódico; pero D. Vicente, lejos de retractación y disculpa, echó en cara al Presidente su mal manejo, y ardió Troya. ( taróla Torres salió desterrado para Monterrey, dejando su familia y sus intereses en malísima posición; pero recomendándonos continuar en la lucha hasta el último cuadratín de la imprenta.
Aquella redacción ardía y se comunicaba con otras redacciones y confocos revolucionarios en continua agitación, porque es de advertir, que en el fondo, la política podía describirse con el quítate tú para ponerme yo, como se había repetido desde el famoso motín de la Acordada.
Ramírez y yo habíamos pensado y madurado el establecimiento de un "periódico satírico.
Payno tenía una imprenta en compañía de D.Juan de la Granja, generosísimo español, amigo de México é introductor en la República del telégrafo que funcionó por primera vez en la calle de las Damas, núm. 9, esquina del Puente Quebrado.
Sedujimos á Payno, dejándole todo lo que fuese ventaja y lucro; invitamos á Vicente Segura á que nos acompañase^ se adhirió á nosotros un pintor lleno de talento, y gracias á nosotros, y el día menos pensado, derramando chistes, alborotando conciencias, burlando masones y alarmando bribones, salió á luz Don Simplicio, esgrimiendo su látigo en busca de peligrosas aventuras.
Ramírez adoptó el seudónimo de Nigromante, Vi-
cente Segura el de Cantárida, y yo, primero, el de Zancadilla y después el D. Simplicio.
Me es preciso dar á conocer á Vicente Segura, por el papel importante que representó después en el bando conservador y por su muerte trágica.
Guapo chico era Vicente Segura, rechoncho y expedito, franco y campechano, muy valiente y sin presunción alguna como literato, no obstante tener talento despejado é instrucción, aunque desordenada, bastante notable.
Segura era liberal moderado; pero sean reminiscencias de educación, sea que en el personal del partido exaltado había verdaderos y capitales defectos, Segura odiaba á los puros y afrontaba disgustos particulares con mucha frecuencia.
Por otra parte, Segura había nacido y se había creado en un círculo cristiano timorato y apegado al sistema colonial, y esto, y la influencia de personas como Pesado, Carpió y Couto determinaron su cambio con la exaltación que vimos, porque en Vicente todo era pasión.
Don Simplicio tuvo una fortuna estupenda; el lugar que supo conquistarse fué en primera línea, y contribuyó no poco á su prestigio un incidente que pinta la época.
Como hemos dicho, el Sr. Paredes vivía en el Correo, y allí hacía su despacho.
En el Correo había un gran salón, de quince á veinte varas, con sillería corriente, y á la cabecera una pequeña mesa con su carpeta verde.
El salón se mal alumbraba al caer la noche, y sobre lá mesita aparecía una botella, que tomó el nombre de cucharadas de Vanderlinden, jefe del Cuerpo Medico Militar, y cuyas cucharadas, según los maldicientes, recordaban más á Noé, que a Esculapio.
A las oraciones de la noche iban llegando uno á uno los jefes de la guarnición, los coroneles de los cuerpos, los asesores, los amigos íntimos del general.
El conjunto era de esos matones cabelludos, con el pescuezo hundido entre los hombros, ó bien despersonados rancheros, de piernas de paréntesis, y un dedo menos ó un brazo como arco de violín.
A cierta hora salía de las piezas interiores el general, con su gorrita de terciopelo bordada y emprendía conversación con sus amigos.
Por supuesto, que todos estos amigos llevaban su tiempo en el sombrero; suspiraban por el rey, y dejaban caer sus calumnias contra los picaros demagogos.
El general se lamentaba de que ya no hubiese hombres; refería que en su tiempo llovían las palizas sobre los insolentes escritores, y aquello era una de delaciones de chismes y bravatas, sobre toda ponderación.
Ramírez y yo, habíamos compaginado una letrilla de circunstancias, cuyo coro decía:
Con bonete anda el soldado, Y el clérigo con morrión. La cruz y la espada unidas Gobiernan á la Nación,
¡Que viva la bella unión!
Gran boga tuvieron estos versitos. Algún malqueriente provocó en la junta nocturna conversación, y se comprometió á dar á mi costa un buen rato á sus amigos.
A mí me llamaron de parte del señor Presidente; yo concurrí, y cuando volví la cara, estaba en medio de un círculo desconocido; con Don Simplicio al frente é instándome todos de la manera más provocativa é irónica á que leyese.
— Ya verá Ud., mi general. ... el joven lee con garbo: va Td. á ver.
Yo titubeaba. ... no hallaba qué hacer.
— Cómo! ¿tiene Ud. miedo? dijo alguno. . . .
— Lea Ud., amigo, dijo imperativo el Sr. Paredes. . .
Eutonces yo, echando el pecho al agua, levanté la voz. y acentuando bien la sátira, repetí, en medio de aquellos esbirros llenos de entorchados y de odio la libertad:
Con bonete anda el soldado, etc.
A medida que hablaba, los rostros se ponían más y más sombríos .... y le veía al Presidente ímpetus de arrebatarme el papel de la mano y cometer una tropelía.., . en efecto, hubo un momento en que el procer se disparó; pero yo, que lo esperaba. ... me refugié en las piezas de la habitación del Sr. Paredes, donde su familia me llenó de atenciones y favores, empeñando para siempre mi gratitud.
Por ese tiempo, llamaron un tanto la atención en la prensa, el joven I). Agustín A. Franco y Lie. General D. Ignacio Sierra y Rósso.
El primero, era un joven, ornato de la juventud y joya de la moda. Hijo de un empleado subalterno del Estado de México; por su educación y virtudes se relacionó con la mejor sociedad, y proporcionó á Agustín esmerada educación.
Franco era arrogante mozo; de ojos negros lindísimos, pelo de azabache, fino y esmeradamente cuidado, una boca, que en su interior la hacía luminosa sil dentadura blanquísima, y un conjunto verdaderamente artístico y escultural. Estas perfecciones que él conocía y cultivaba con soberbia, estaban contrabalanceadas y como obscurecidas con el defecto de la cojera, era cojo de una sola pierna, y una muleta, aunque la manejaba con destreza, perdía la figura; y le mortificaba al extremo.
Nimio y pulido en el tocador, Franco se cegaba con su belleza, y sacaba partido de su quietud forzada, estudiando asiduamente, y perfeccionando el inglés, el francés, el latín y el italiano, en que era sobresaliente.
La capacidad 'de Franco no era extraordinaria: pero él aspiraba en todo á los primeros lugares, sin cuidarse de creencias ni convicciones políticas, y yo creo que su alistamiento en el partido retrógado, fué debido á que no encontró asiento en la primera línea de los prohombres del partido liberal.
Enamorado, valiente y espléndido en sus gastos, sin
medios competentes para cubrirlos, se hizo redactor dei Diario del Gobierno; embistió furioso contra los enemigos de las clases privilegiadas, y se preparó el camino á que fué llamado después. . Con motivo de haber publicado en su periódico la novela de Balzac, titulada El Pére Goriot, se le quedó como apodo, Pére Goriot, sin que tuviese, maldita la conexión, la novela de que hablamos, con la vida y circunstancias de Franco.
I). Ignacio Sierra y Rosso era otra cosa; jalapeíio, festivo y bon vivant; colegial de mediano empuje; pero popular por lo servicial y buen chico, desde muy temprano se adhirió al general Santa-Anna, de quien era, como él decía, fanático adorador.
Grandes ojos, como una enorme papa la nariz, boca de amplia entrada y aguanosa, patilla de hilo negro con grandes claros, D. Ignacio se declaró el Homero de Santa-Anna é hizo de su lira una escala, con la que llegó á los más altos destinos.
Santa-Anna distinguía á su coplero, y le procuraba pingües colocaciones: ya como general del ejército en la artillería, ya en la Dirección General de Rentas, ya, por último, como Ministro de Hacienda.
En las solemnidades cívicas, en los banquetes, en los días de campo, el chatito Sierra se distinguía, y era el devoto más ferviente del general Santa-Anna. Decía en una octava:
\ istn muy dulce en calurosa tarde Es del Océano la templada brisa, Y dulce al joven amador cobarde De su amada en los labios ver la risa; Pero más dulce al corazón y arde Dentro el pecho latiendo más de prisa, Cuando el aura feliz repite ufana: ¡Viva el excelso general Santa-A una!
No siempre el César era amable con su cantor, y estando en el Ministerio, empleaba para con él el Lenguaje «soez y cuartelero, hijo de su depravada educación.
— ¡Bruto! — ¡poetastro! — ¿Cuándo se va Ud. del Ministerio?
Sierra callaba; y cuando Santa-Anna se alejaba, decía: ¡qué chanzas tiene el señor Presidente! me quiere como á hijo.
Debo decir, en obsequio de la verdad, que en los tiempos de prueba, Sierra no abandonó á su bienhechor y lo defendió con entereza, como caballero reconocido.
La agitación política, las discusiones perpetuas, el acecho contra los manejos de los monarquistas, apenas me dejaban excursionar, no ya por mis barrios y los ajenos, sino por la sociedad distinguida, donde brotaba una nueva florecencia de hermosuras, encantando las miradas y avasallando los corazones.
En las aristocráticas tertulias de la Sra. Agüero y del Ministro español, lucían las Sritas. Sáyagos, la señora de Obregón, que aunque reputado de avaro, el marido, gastaba lujo deslumbrador. La familia Lasquety, con
su noble tradición de conde del Venadito, las Sritas. Zoxayas, distinguiéndose por su belleza Lucesita, de cuyo rostro se decía copiado el de la Purísima; de San Francisco, así como el de la Dolorosa de la Profesa, de Paz Villamil, hija de la célebre güera Rodríguez, la lindísima Hipólita Urruchua y Escobedos, Gómez, Lamadrid, Roy uelas y otras.
La sacerdotisa de la moda encargada del vestido y adorno de estas deidades, era Virginia Gourgués, atendida y considerada de las principales familias, al punto de casarse su hijo Octavio con una hija del general Paredes, percance democrático que no sabemos cómo recibiría la familia.
Y ya que hablamos de modas, diremos que el peinado consistía en grandes cuencas de cabello junto de las sienes, las crenchas abiertas en la parte posterior de la cabeza, y profusión de alhajas que expendía Tenier,- platero, que hizo en muy poco tiempo gran fortuna.
Entre los jóvenes que pintaban en el ocho, hacían raya entonces Joaquín Rincón Gallardo, á quien por su apostara llamaban el Vizconde ele San Remy; Peña y Rarragán, Félix Galindo, que tuvo brillante manejo en la guerra americana, Benlegui y otros que no recuerdo.
En cuanto al pópulo, nada era comparable á la creación ardiente, fecunda época y casi sublime del Gran Paseo de la Retama, obra de D. José Román, conocido con el nombre del Señor del Veneno, como chanza tierna de la gente de humilde pelaje.
Román fué un genio que quedó en borrador, porque no hubo tiempo para copiarlo en limpia
Lanzándose á la izquierda de la frontera de Necatitlán. y como quien se zabulle en un túnel, se pené* triaba en un callejón que tenía más de estrecho acueducto que de tránsito, y más de cañón de escopeta que de lugar habitado; escurriéndose y limpiando graduado de escobellón aquel tubo, se abrían paso Jas pare« des como para hacer una cabriola, y saltando de una ruina en otra de trechos despejados y trechos con yerba crecida. ... en una pared blaquísima, con letras coloradas se leía: Gran Paseo de la Retama.
Anuncio tan gigantesco coronaba una puertecilla pequeña y angosta, en donde se tenía que entrar ladeado y poco menos que á gatas.
Inmediatamente tras de la puerta, y con atrevidas •pretensiones de puente, había una viga movediza é inquieta protectora de difíciles equilibrios, y una vez que otra conductora infiel de los concurrentes al paseo.
Al tocar la tierra firme la viga, el camino se bifurcaba, conduciendo por dos senderos diferentes al Departamento de las Musas y gente fina, y al departamento del pueblo soberano, todo anunciado con letreros laboriosos en que las Q eran sirenas, las S serpientes y las Aes unos polichinelas abiertos de piernas, verdaderos milagros del pincel callejero.
El todo del paseo era un corral inmenso con una zanja en su centro, y arbolillos dispersos en varias direcciones, con uno que otro conato de sembrado, á la
orilla de la acequia, de chícharo, rosas, retamas y maravillas rojas y disciplinadas.
En primer término, y á la entrada del Recreo, como le llamaba, se encontraba el propietario D. N. Román, erguido y serio como militar de los educados por D. Juan Andrade.
Fotografiando al Sr. Román, podían verse sus grandes ojos, su cabello cerdoso pero combatido con grasa y cepillo, cubriéndole la frente; el moreno de la cutis con visible aproximación á lo negro; su bigote como enredadera á la entrada de gruta, y el todo de su lisonomía joco -serio de picaresco embozado ó pecador arrepentido. D. J. Román era el gran cicerone para visitar su establecimiento, el primero de su género.
En el centro de la sección de la gente fina, se alzaba una rotonda ó edificio circular sostenido por columnas de madera que descansaban en poyos de piedra que servían de asientos.
Cada uno de los pilares estaba revestido de un lienzo que representaba una musa ó su equivalente, en concepto del Sr. Román.
Melpómene con su puñal y su máscara; Talía con su lira; el Gura Hidalgo con su estandarte de la Virgen de Guadalupe; Gupido con sus alas y su arco; el Emperador Iturbide y no recuerdo qué más.
De uno á otro pilar flotaban bandas ó cortinas con inscripciones en honra del trabajo, en encarecimiento del amor á la patria y en recomendaciones á la concurrencia que decían: «Gozar sin abusar.»
Aquella mansión de las musas, de los héroes y u^t amor, servía para almuerzos y cenas de carácter privado, de palenque de gallos con todo su trágico grito y aocidentes, y de salón de baile, á su tiempo, en que sobresalían Castañeda y Alejo Infante, los Bernalitos, hijos de Isabel Kendón, y algún descarriado do los grandes bailes de Pautret.
A corta distancia de la mansión de las Musas, se encontraba un salón sin friso ni ladrillos, que servía en una mitad como sala de armas y en la otra como lugar de gimnasio, marcado con un brazo con el puño cerrado, y arriba este letrero, «Fuerza de Brazo,» ven una pieza muy retirada, con su techo de vidrios del país, peinazos, mesas y útiles de imprenta, oficina que servía á D. Román para dar vuelo á sus producciones poéticas, y prestaba á sus amigos para la propagación de sus ideas, como yorkino rematado.
En el departamento del pueblo soberano, se agitaban, girando por todas partes, dulceros, pasteleros, vendedores de palanquetas, ponteduros y garbanzos, saltando sobre puestos de naranjas y cañas, cacahuates, pinole, aguas lojas y todos los bebestibles y comestibles que se pueden imaginar.
Este trajín era como el acompañamiento y atractivo de los diversos juegos que ponía en acción el pueblo, entre risas y gritos, que consistían en columpios, voladores, sube y baja, treta, rayuelas, pítima y retozos que unidos al baile, realizaban el ideal del Edén Calle; ero.
Entre los decentes, la música de viento alternaba con la de cuerda, en contradanzas, cuadrillas, valses y una que otra pieza como el Ondú y la Manflorina. En esos bailes lucían los chicos levitas de cutica (sic) cortadas por Galma ó Gómez, y pantalones de piel de tuza ó paño del país, y las damas, túnicos de muselina, tápalos de coco y burato, zapatito bajo con cáliga delgada sobre la media de seda ó de finísimo hilo de Escocia.
El pueblo soberano empleaba toda clase de matices, cuero y pana, coleta y manta blanca, sombrero de petate y de panza de burro, y la china, la enagua de castor y de mascada de seda, de estampados del Portal de Prado y de jerguetilla de Querétaro.
Los muchachos eran el desastre, sin más excepción que tal cual párvulo vestido de frailecito en cumplimiento de alguna manda, ó de soldado como anuncio de su procedencia de algún militar encumbrado á la charretera, desde recluta bien aleccionado y amanzado por cabos tiránicos.
El pronunciamiento de la Giudadela puso en evidencia la importacia y los recursos de la monarquía, los actores de ese drama mal ensayado aparecieron como polichinelas sorprendidos fuera del salón en que el carnaval se celebra.
Entre tanto, los acontecimientos de la guerra se precipitaban; Palo Alto y la Resaca, sangrando en la frontera, clamaban vengarse. En las cámaras se arbitraban
medios de defensa y se ponía la mano en las arcas del clero.
Kntonces, y con una celeridad que podía hacer aparecer como perezoso al rayo, se extendió, cundió, se filtró y penetró por todos los poros del cuerpo social, el encono y laalarma por la presenciado Farías en el poder.
Monjas, frailes, sacristanes, devotos, mayordomos de monjas, cantores y dependientes de las catedrales y oficinas con rezos y preces, con triduos y lloros, desataron odios y anatemas, rompiendo los vínculos más sagrados de familia y presentando la misma traición á la patria, 'como pruebas de amor á Dios y méritos para alcanzar la gloria.
Farías inflexible, pugnaba por llevar adelante laocupación de los bienes del clero; renunciaron varios empleados, y la casualidad hizo que pasase por la plaza Juan José Baz, entonces muy joven, pero dado á conocer por su vehemencia de carácter y sus opiniones aticlericales.
— Ve Ud. ese muchacho que va por allí á caballo, desapercibido. . . .
—Sí le veo dijo Farías.
— Pues ese será el Gobernador que publique, sin observación, el bando de manos muertas, y no cejará ante ningún inconveniente.
Llamaron á Baz, se presentó con sus calzoneras color de haba, y su aspecto despierto y entendido.
Se le ofreció el Gobierno.
— Acepto con gusto ... .y trabajaré lealmente.
A José María Iglesias y á mí, nos llamó para que le sirviéramos como secretarios los primeros momentos cumplió su palabra trabajando sin descanso y desafiando todo género de peligros.
A la noticia del plan de la Ciudadela, Santa- Anna se puso en camino desde el lugar de su destierro, acompañado de D.Antonio Haro, D. Manuel Crescendo Rejón, Gral. D. Ignacio Basadre y D. Juan N. Almonte.
Conocemos ya á tres de los viajeros. El Lie. Rejón era patriota yucateco exaltadísimo, de claro talento, de hablar atropellado y fogoso, con el marcado tipo del mulato y la audacia del indio montaraz. Su instrucción le hacía muy superior en el círculo en que figuraba, unido á Farías, Olaguíbel, Navarro, ¡Suárez, Iriarte, y los agitaderes del pueblo que eran contados; pero tenidos en mucho, como gente de acción, la imaginación de Rejón, se solazaba con avidez entre las tempestades de la revolución francesa, y la realización de su ideal eran los Estados Unidos en que soñaba con la voluptuosidad que un musulmán en el paraíso del Profeta.
Basadre era un caballero legendario; grandes ojos negros, porte dramático, palabra seductora, archivo de anécdotas y aventuras del gran mundo; ornato de la culta sociedad europea. ... en el fondo, el arbitrista, el esclavo de Birján, el émulo del baroncito Faublas y de Gustavo el calavera.
Basadre se había filiado á tiempo en el partido yorkino, y disfrutaba de la confianza de personas de alta su osición.
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Había viajado mucho, y siempre creando novelescas aventuras, contábase que tenía marcada semejanza con D. Carlos de Borbón, y esto le había procurado altas y I cijas singularísimas.
La conversación de Basadre era amena, pintoresca, salpicada de joyas de erudición y gracia. La crónica escandalosa en sus labios, adquiría la belleza poética del poema.
Esta pequeña comitiva realmente no marcaba color político respecto de Santa-Anna, que llegó á México. donde Sierra y Rosso y D. Anastasio Zerecero le hicieron los honores.
En estas circunstancias surgieron los meetíngs, reclamando la atención pública, y espantando á los serviles que no habían visto nunca frente á frente y en actitud resuelta á los enemigos del retroceso y de la servidumbre.
Los meetings se promovieron para contrabalancear la cabala, la intriga y los manejos del partido clerical que enervaban la acción del Gobierno en nombre de Dios y de su santa religión.
Un Lie. Borda, lleno de talento y de deudas y enredos, con una cicatriz en el labio inferior y unos ojos de desvelo en juego, propagó la idea en el café, y pronto formamos con él la Junta Directiva, Ramírez, Juan José Castillo Velasco y yo, pidiendo y obteniendo para las primeras sesiones, el salón del piso superior de la Universidad.
Anuncióse el meeting, y la concurrencia fué inmen-
sa, distinguiéndose tenderos, militares francos, colegiales entusiastas, carniceros y verduleras.
Baz usó la palabra, expuso la conducta del clero, reveló sus maquinaciones, y en el desbordamiento de su verba puso como chupa de Domine al Papa y á todos sus secuaces y allegados.
Algunos interrumpieron á Baz, otros, lo apoyaron; muchos querían gresca, sin atinar de qué se trataba, y al fin, se acordó que una comisión se acercase á los padres de la Profesa, pidiéndoles auxilio para armar á la guardia nacional.
Los principales de la comisión fuimos Baz y yo . . . Expusimos nuestra comisión al padre Prepósito, que con los ojos bajos, las manos enclavijadas sobre el pecho y la voz quejumbrosa, nos dijo que no tenía recursos; que aunque los tuviera no los daría, porque su misión era de paz. Que él Dios de los ejércitos nos daría la victoria si implorábamos su auxilio como verdaderos cristianos.
Baz respondió á esta arenga, diciéndole que él lo haría servir á Dios con un fúsil al hombro; y que los verdaderos cristianos no eran hipócritas ni traidores... y así se exaltó, se exaltó, al punto que por momentos me esperaba una desmocha contra todos los hijos de Loyola. . . .
El meeting en que debíamos dar cuenta fué numerosísima; los padres hicieron su recluta, que acudió á la Universidad. La concurrencia se desbordó del salón á los corredores, y se precipitó como una catarata
al patio, rodando las escaleras, cayendo unos, nadando otros, y encrespándose en las columnas alrededor y sobre el caballo de Troya.
Borda hizo proposición para que se alistaran á los frailes en los cuerpos de guardia nacional.
La discusión saltaba del patio á los corredores, á las escaleras .... al salón.
Vino la noche; algunos trajeron hachas, otros, cabitos y mechas que fluctuaban en la obscuridad, en aquel mar de gente.
Se propuso que la votación se gritase y que hubiese tres personas que decidiesen por la intensidad del ruido, cuál era la mayoría. ... y aquello fué el día del juicio.
Había un tribuno del pueblo llamado Próspero Pérez, de cierta facilidad para hablar, que decía cada blasfemia como una montaña. . . . Los cristianos eran bastantes; los puros muchos y ardientes. Santos y diablos tenían viva apetencia de llegar á las manos, y si había grandes descarríos en las masas, la predicación de sus derechos producía sus frutos, y el sentimiento á la patria se desenvolvía y robustecía el amor á la Independencia.
Porque quiero advertir, antes de pasar adelante, que los hombres que podían explicar los principios, eran unos cuantos, y que éstos arrastraban legiones salvajes, hombres de hábitos groseros y viciosos, gente que se arrancaba al fanatismo por creer que así ampliaba los caminos de su prostitución.
De aquí nacía que había liberales que repugnaban el personal de los que proclamaban tales principios, y había liberales que se apartaban de sus amigos en ideas, porque creían comprometer sus creencias cristianas. Estas divisiones hacen muy difícil la clasificación de partidos y el señalamiento de las causas determinantes de cada evolución social.^
Concurrían con todos estos motivos de poderosa agitación, la creación y organización de guardias nacionales.
Desde que se crearou esos cuerpos por circunstancias de educación, espíritu de compañerismo ó de familia, reunión de recursos, etc., se prescindió del carácter popular de los cuerpos, y se crearon agrupaciones como familias, con intereses no en armonía con el gobierno.
Victoria se compuso de comerciantes, en su mayoría; pero había médicos, diputados, hacendados, al mando de D. Pedro Torrín, capitalista semimisántropo, rígido como barra de fierro y retrógrado como el calzón corto.
Hidalgo. — Cuerpo compuesto de empleados de todo género, pobres y alegres, decidores y acomodaticios. Lo mandaba, con sus caravanas y condescendencias, D. Pedro Fernández del Castillo, á quien sucedió D. Félix Galindo.
Independencia. — Cuerpo brillante, de gente de acción, escogida, artesanos, hombres fuertes y expertos en el manejo de las armas, al mando de D. Pedro Ana-
va v I). \ricente G. Torres. En ese Cuerpo se alistaron, Otero, Lafragua, Comonfort y otros personajes que le daban gran prestigio. En ese Cuerpo fungía el Lie. Revilla, Pedriguera, chiquitín entusiasta y justamente querido por su franqueza y amor á sus compañeros; y eran oficiales Otero, Lafragua, Castañeda y Nájeray Navarro.
Mina. — Mandado por Balderas, el tipo popular por excelencia, siempre riendo, sano, expedito, admirable jinete y tirador de espada.
Bravos. — Cuerpo de tabaqueros, alentado y educado por Gorostiza y en el que influía poderosamente Manuel Payno como Mayor.
Todos estos Cuerpos cobraron cierta distinción por la fuerza de las circunstancias, y los otros Cuerpos en que había gente de menor fortuna, los censuraban y ponían en ridículo, llamándoles polkos, alusivo á un baile de moda, soldados de ¡Ay mamá!
Ya hemos dicho los manejos que se pusieron en juego por la ley de manos muertas. El Sr. Farías exageraba su energía sin consideración, y el clero lanzaba excomuniones, hacía rogativas que parecían alaridos de venganza, y convertía cada pulpito en punto avanzado, que clamaba alerta contra los enemigos de Dios.
En lo secreto, tenían juntas los prohombres del partido moderado: en el Hotel de la Bella Unión, Pedraza se entendía con Basadre, representante de Santa-Anna, y el Lic.Covarrubias, hermano del Provisor, se unía á
Otero y Pedraza. Los moderados querían forzar á Parías á que renunciase, y éste, con unos cuantos guardias nacionales ylalealtad de D.Pedro Lemus, se mostraba cada vez más firme y más entero para contrarrestar al clero.
Santa-Anna, desde San Luis, urgía por recursos. El descontento de los Cuerpos de la guardia nacional provocó la orden, é hizo correr la voz de que se procedía á desarmar los Cuerpos de Hidalgo, Victoria y Mina, á la vez que se daba la orden para que el Cuerpo ludependencia marchase á Veracruz.
El amago del desarme se explotó, como si se tratara de ultrajes insoportables, y al fin convirtieron á México en un campo de batalla.
Los polkos, transformados en soldados de la fe, se presentaban llenos de amuletos y medallas, con escapularios y reliquias. Las monjitas veían con arrobamiento cristiano, en sus conventos, á jóvenes galanos que en honra y gloria de Dios les sonreían con halagos mundanos, y nunca la profanación de una creencia fué más vituperable que la que improvisaron los intereses del clero.
Y con todo, el pronunciamiento era tan criminal, por estar el invasor en nuestras aguas, que el pronunciamiento se estancó y estuvo á punto de fracasar con escarmiento de sus sostenedores.
Los moderados, que á la sombra favorecían el movimiento, pero sin afrontar las consecuencias de sus maquinaciones, dispusieron un cambio, y para que se
verificase fué designado el Gral.Peña y Barragán, nombrándome su secretario.
Cada uno de los cuarteles se volvió un centro de diversiones, en que los cristianos se esmeraban en ostentar los bienes de la gracia, traducidos en almuerzos, meriendas, refrescos, entre lluvias de aguas benditas, medallas, aleluyas, palmas, glorias, rosarios, ternezas de ancianas y arrullos de palomas de las almas consagradas á Dios.
Entre tanto, había sordo rencor contra el proceder de los pronunciados; los moderados escaseaban sus juntas, los recursos del clero desaparecían.
Las miradas todas se volvieron al Gral. Santa- Anna que estaba en San Luis, para que pusiese término á aquel orden de cosas violentísimo.
En el intervalo fui comisionado por el Sr. Peña y Barragán para tener una explicación con el Sr. Arzobispo lrizarri, que desconocía totalmente los compromisos contraídos con los pronunciados.
El Sr. lrizarri vivía en su casa de la Bibera de San Cosme, caserón escondido en una huerta, con grandes fresnos sombríos, emparrados, estanques cenagosos y ruinas por todas partes.
Penetré en aquella habitación y saludé respetuoso al prelado. Era un hombre pequeño, de tez blanquísima, manos delicadas y conjunto humilde, y un tanto vulgar.
Estaba sentado en su mesa con el tintero al frente, y tras él, un Santo Cristo colosal entre dos velas de cera.
Expuse mi misión á su Ilustrísima, quien me escuchó con los ojos cerrados y como si estuviera en un profundo sueño.
Cuando concluí me dijo: — Realmente, mucho de lo que Ud. me dice no lo comprendo; si Ud. me lo permitiera, le suplicaría que no continuásemos hablando de este asunto, porque Ud. conocerá que se opone abiertamente á mi carácter.
— Yo no entro en esas cuestiones, á mi me mandan inquirir de Ud. si cumple sus compromisos con los jefes de la revolución.
— Yo no puedo tener compromisos mundanos, mi misión es de paz; y no puedo sino repetir «amaos los unos á los otros.»
— Ya lo he visto, señor; por eso nos han puesto Uds. las armas en las mano, para que nos matemos los unos á los otros!
— Es Ud. muy fogoso, joven; Dios tranquilice su espíritu . . .
— ¿Y el dinero?
— La Iglesia está muy pobre, y tiene muchos enemigos; diga Ud. á su general que le ayudaremos con nuestras oraciones para alcanzar el favor divino
No quiero recordar todas las impertinentes palabras que se me ocurrieron en la hondísima impresión que me hizo aquella escena del Tartufo clerical.
Aunque se tomaron muy eficaces providencias para que no se trasporara la incalificable retractación del Sr. Irizarri, la miseria se hacía sentir en los polkos de
verano, como llamaban á los Cuerpos de Balderas é Independencia en que había mucha gente pobre.
En tales circunstancias, el anuncio de la venida de Santa-Anna se vio como una esperanza de salvación.
El Sr. Peña y Barragán ocurrió al círculo moderado para pedir instrucciones, y algunos de sus hombres respondieron que ellos eran esclavos de la ley y que no tenían, sino palabras de reprobación, contra aquel escándalo que merecía los anatemas del patriotismo y de la Historia.
Peña y Barragán se había educado en Europa, gozaba una opulenta fortuna, y era recibido en la sociedad más distinguida.
Carirredondo y barbilampiño, con unparpadearconstante por defecto de vista, rechoncho y algo de napoleónico en sus actitudes. Abandonó sus lucrativos negocios por la política, en la que era bisoño, haciéndolo recomendable su valor, su generosidad y sus hábitos de cumplido caballero.
Ya se deja entender el desairado desenlace del movimiento de los polkos, y la vergüenza y humillación con que debe cubrirnos á los que arrojamos ese baldón sobre nuestra historia en los días de más angustia para la Patria.
Otro alegaría su poca edad, su inexperiencia, el influjo poderoso de entidades para mí venerandas
Yo digo que aquella fué una gran falta. . . .que reaparece más, más horrible á mis ojos, mientras más veces me fijé en ella
En la casa del Sr. Pedraza, se decía, sin fundamento alguno, que se había fraguado la conspiración de los polkos. El hecho no es cierto; pero sí lo es que esa vergonzosa revolución fué hija del partido moderado, y que figuraron como directores ocultos, Otero, Pedraza, Lafrao-ua, el Lie. Covarrubias, el Gral. Rangel, Arzobispo Irizarri y otros personajes menos activos y visibles. Luego que la opinión se pronunció, con justicia, contra el ignominioso movimiento, desaparecieron los directores, recayendo toda la responsabilidad en el Gral. D. Matías de la Peña y Barragán, de quien era yo secretario íntimo, y tenía su cuartel general en San Hipólito, hospital de dementes, como sangriento epigrama contra nuestra locura.
La vuelta de Santa-Anna á México desenlazó aquella vergonzosa revolución, escondiendo, no haciendo desaparecer rencores y vergüenzas.
A la vuelta de Santa-Anna, se tuvieron detalles sóbrelos contratos ruinosos y las orgías de San Luis, sitio de Monterrey, batalla de la Angostura y retirada desastrosa.
Resaltaban en ese cuadro como astros de esperanza, los nombres de Moret con su espada rota rechazando en Monterrey á los enemigos; á Nájera, que era un muchacho del mundo elegante, todo decencia y finura; á los hermanos Robles; Luis á quien por cariño llamábamos Ludo vico, y Manuel á quien por defecto orgánico de lengua, le decíamos tleinta y tles, porque así pronunciaba; á Michiltorena, sabio astrónomo con cando-
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res deliciosos y valiente hasta Ignorar el peligro en lo más sangriento de una batalla.
Doce días estuvo solamente Santa-Anna á su regreso de San Luis y su marcha para Cerrogordo.
Le sucedió D. Pedro Anaya, quien, con notable actividad, reunió fuerzas, arbitró recursos, y trató de poner á su lado á todos los hombres de patriotismo y buena voluntad.
En el Ministerio de Relaciones, Baranda, D. Fernando Ramírez, Luis Martínez de Castro, Torrescano y el que esto escribe, formaron una sección de publicaciones en inglés con el objeto de hacer conocer los derechos de la República, principalmente á los irlandeses.
Ramírez, el sabio arqueólogo, el historiador eminente, dio á luz producciones elocuentísimas lo mismo que Luis Martínez de Castro, joya y decoro de la juventud mexicana.
Martínez de Castro era hijo de D. Pedro Martínez de Castro, Presidente de la Corte de Justicia, y dependiente de las familias más honorables de México; hizo su primera educación en la casa de D. Manuel Calderón y Somohano, y estudió matemáticas é inglés en el Colegio de Minería.
Abrazó, al concluir esos estudios, la carrera del comercio, entró á servir como dependiente á la casa de Manning y Mackintosh, donde su conducta inmaculada, sus claros talentos y sus sobresalientes virtudes le ganaron la confianza de sus superiores, llegando á los primeros empleos en la casa.
Cultivaba como á excusas, y con suma modestia, la literatura, y á su pesar publicaron sus amigos los artículos de su pluma, que le dieron justa celebridad. Entre esos artículos, están los titulados: D. Pomposo Rimbomba contra D. José María Tomel^qae hicieron la más palpitante caricatura de aquérpersonaje, y le quedó como apodo el segundo bautismo de Martínez.
Chico de cuerpo, serio al extremo, ojos saltones y pocas palabras, tal era Luis; aunque mucho dulcificaba la impresión que producía, su porte distinguido y su excelente educación.
Alistado en el batallón de Independencia, al partir éste para Churubusco, avisó á sus patrones que dejaba el destino y que nombraran persona que recibiera los intereses que tenía á su cargo. Sus generosos patrones no admitieron su separación, le dieron licencia y dinero para que fueraá cumplir con sus deberes de mexicano, é hicieron todos los buenos oficios que con un hijo.
Vida tan llena de honor y de virtudes, fué coronada por la gloria de los héroes, en la defensa de Churubusco.
Voy á darte ahora cuenta, punto por punto, y hasta donde me sea posible, de lo practicado por el Ayuntamiento, que yo sepa; aunque te creo bastante instruido, porque mucho de lo que voy á decirte se ha publicado en los periódicos, que he tenido buen cuidado de enviarte y mucho lo debes saber por correr en boca de
todo el mundo. En fin, allá va mi relación, y salga el sol por Antequera.
Luego que se tuvo noticia de la derrota de Cerrogordo, donde murió heroicamente «Gara de Burro» (apodo indigno, aplicado al heroico Gral. Vázquez, por su fealdad) se sintieron en la capital los primeros estremecimientos del pánico y en el Ayuntamiento se agitaron sordamente cuestiones sobre el próximo conflicto de la Ciudad.
El Gral Tornel, personaje á quien mucho conoces, desempeñaba en el Ejército el papel de Cuartel Maestre, y fungía como Gobernador D. Manuel Reyes, densamente obeso y naturalote, juguetón en el trato familiar, habitualmente con su chaquetón de indiana amarilla ó de color chillante, su capa española y su. sombrero blanco de anchas alas.
Se le creía sencillo y honrado, y realmente merece los dos calificativos; tenía su título de Coronel que lucía como joya en los momentos supremos, y cuando fué Alcalde, le levantaba el testimonio la malignidad de que para no calentarse la cabeza, hacía que los contrincantes apostaran á cara ó armas con un peso que arrojaba al aire, haciendo á la suerte, que pronunciase sus más importantes fallos.
Entre los personajes que figuraban en el Ayuntamiento, se contaban á D. Juan María Flores, tipo virreinal, de cabeza cana y^modales compasados y graves, D. Urbano Fonseca, netamente jurídico, afable y caballeroso, y como Secretario el Lie. Cástulo Barrera,
de buen talento y finas maneras, rubio, barbilampiño y reposado por circunspección y cojera. Fué discípulo del Dr. Aguirre y casó con una señora Anievas, familia muy protegida del Gral. Santa-Anna.
Pero la persona más saliente de esta corporación, era el Lie. Zaldívar, enlazado con una de las familias más nobles de México; chico de cuerpo, enjuto de carnes, cacarizo y de ojos pequeños, de fácil y enérgica palabra y á pesar de ser sordo rematado, listo y valiente como el solo.
Comunicóse al Ayuntamiento el plan de defensa de la Ciudad. Los concejales lo censuraron y Santa-Anna, colérico, acusó al Ayuntamiento de cobarde y traidor.
Espantados con aquella acusación y amenazas, se escondieron el Presidente y la mayor parte de los Concejales, quedando sólo, para hacer frente á la situación, los Lie. Zaldívar, Foura y el Secretario Barreda, con Reyes Veramendi á la cabeza.
Al seno del trunco Ayuntamiento acudió Tornel á exponer sus planes y esperanzas, exornando en peroración bélica con aquella pompa y aquel énfasis que le eran característicos.
Zaldívar escuchaba con trabajo, encorvándose y poniendo en hueco su mano en el oído. Cuando acabó Tornel augurando lauros y triunfos, exclamó Zaldívar:
— Y si perdemos?
Insistió Tornel en sus profecías de triunfos, y Zaldívar volvió á preguntar:
—Y si perdemos?
Así se prolongaron arengas y réplicas, hasta que Tornel dio amplias facultades al Ayuntamiento, en nombre del Presidente, y le encomendó del orden, de la seguridad y de recabar del vencedor garantías, en caso necesario, para los habitantes de la ciudad.
Entonces, con sorprendente actividad, se puso en .lición el Ayuntamiento, se abrieron fosos, se arbitraron recursos, se hicieron depósitos de semillas, se proveyeron cárceles y hospitales, se mandaron quitar las cajas de los coches para que, convertidos en carros, condujeran la madera de la plaza de toros que se desbarató para blindajes y en todo fué tan patriótica y acertada la conducta del Ayuntamiento, que obligó á Santa-Anna mismo á que le tributara los más entusiastas elogios.
Después de la derrota de Cerrogordo, los acontecimientos se precipitaron; el Gral. Santa-Anna ocupó la presidencia de nuevo. En Mayo, se decidió que se defendería la Ciudad á toda costa y hasta que no quedase piedra sobre piedra, y las proclamas oficiales, y los gritos de venganza de la prensa como que electrizaban la atmósfera y difundían el entusiasmo.
Las guardias nacionales, como para borrar los recuerdos de su pasado, presentaron un conjunto típico patrio, lleno de sublime grandeza y bravura.
El procer, el mendigo, el joven lleno de vida, el anciano, el niño, cargando la cartuchera del padre enfermo, la gran señora conduciendo la canasta para las
medicinas del hijo, todos obedeciendo á un sentimiento único: la patria; á una aspiración: su gloria; á un objeto divino: su honra.
Y al ver aquellas filas, no uniformadas, no recortadas ni fundidas en un molde, no con los movimientos mecánicos de los títeres sino con la dignidad del hombre, con su fisonomía de pueblo, con su positivo carácter de patria, se engrandecía el alma y se sentía algo más que el orgullo de la victoria, la satisfacción po derosa del acatamiento al derecho.
México entero era una plaza de guerra; las gentes pacííicas hacían en silencio sus provisiones fuera del centro; buscando las calzadas, salían sin estrépito carros con muebles y familias deseosas de ponerse á cubierto de los horrores de la guerra.
Sin distinción de colores políticos, sin diferencia de edades, sin graduación de fortunas, voceando, escribiendo, publicando; los unos, versos entusiastas como Félix María Escalante, Bocanegra y otros; desparramando la musa callejera, injurias y pedradas, relances y envites. Sólo algunos que se acogían á una nacionalidad extraña y el clero pero no estoy de humor de embriagarme con hiél.
En la Redacción del Monitor habíamos agitado la cuestión de á dónde marchábamos á cumplir con nuestros deberes, y lo discutíamos con la mira de alejarnos del Gral. Santa-Anna por tener cual más cual menos, testimonios de su mala voluntad.
A nuestro frente estaba D. Vicente García Torres,
que se había provisto de un magnífico caballo frisón, ataviándose de rico dormán, banda encarnada y calzoñera con botonadura de plata. Y D. Vicente no se contentaba con dar lleno á su deber coma segundo jefe de Independencia, sino que servía donde había peligro, se arriesgaba á lo más peligroso, abría su bolsa á los necesitados, ayudaba á cargar á los heridos y se batía como un diablo cuando se ofrecía.
Los amigos del Monitor nos reunimos y decidimos marchar aponernos alas órdenes del Gral. Valencia, á quien se había conferido el mando del Ejército del Norte.
Vencidas á fuerza de drogas y combinaciones inverosímiles nuestras dificultades de presupuesto, nos declaramos listos para partir á toque de marcha. Pablo Torrescano, Ramón Alcázar, Castillo Velasco, algún otro que no recuerdo en este momento y yo.
A las 3 de la tarde, el 9 de Agosto, el prolongado y gemebundo clamor de la campana mayor de Catedral anunció la proximidad del enemigo, y el clamor; como que difundía sombra y silencio de sepulcro en la ciudad estremecida.
En la noche el eco de la campana se parecía al trueno lejano que pide socorro en el naufragio. . . . Cesó el ruido de vida de las grandes ciudades; se oía sólo rumor de soldados transeúntes, golpear de herraduras de caballos, y en la noche el alerta vibrante y prolongado del centinela.
La guerrilla de pluma que hemos visto preparada en son de marcha, tomó soleta en cinco caballos, de tan
descuadernado empaque, de tan cínicas figuras y de andar tan descompasado y caprichoso, que más parecían hijos de sus jinetes, que animales empleados á su servicio; pero el entusiasmo era tan grande, la esperanza del triunfo tan risueña y la juventud tan vivificadora, que tal parecía que el destino salía á darnos posesión de llanuras y volcanes, bosques y lagos.
En Texcoco había tres divisiones que mandaban el Sr. general Valencia, el general Salas y el general Alvarez con la caballería.
Nosotros nos dirigimos al Sr. Gral. Valencia, que se encontraba instalado en la casa del Sr. D. Manuel Campero, rico capitalista de México.
De estatura regular, anchas espaldas y levantado pecho; ojos garzos, gran bigote, y el cuello corto, medio hundido entre los hombros; el aspecto del Sr. Valencia era duro y dominante, más porque creía estar así en carácter, y que este era el tipo militar, que porque tal papel le acomodara.
Ignorante y arrebatado, sus primeros ímpetus eran incontenibles; pero pasados los arranques de la ira, ■era humano y generoso, franco y leal, considerado con el soldado, y en el peligro, ambicioso de figurar en primer término, y celoso de que nadie le excediera en arrojo.
En su trato íntimo era el hombre apegado á su familia; como un niño adoraba á su esposa, afecta á las diversiones y al boato; su casa era una tertulia constante y un centro variado de diversiones.
Aunque el origen de la familia había sido obscuro, la posición del general le dio pase para el buen tono, que disimulaba algunas incorrecciones de etiqueta, porque era título para el bien parecer en aquella sociedad.
Los alegres paseos en San Ángel, las espléndidas recepciones de máscaras, los bailes de compadres, los padrinazgos de bautizos y de bodas, todo cobraba brillo y popularidad en la casa del Sr. Valencia, y mucho más, después del 15 de Julio, del movimiento de Urrea, en que puede decirse que en realidad á Valencia se le consideró como arbitro de los destinos del país.
Es de advertir que á estos hombres que exaltaba la revolución, se les tenía que suplir con algo de prestado y de postizo; lo necesario para decidir de las altas cuestiones gubernativas, administrativas y diplomáticas, y que no podía desconocer este actor que desempeñaba los primeros papeles, al mite pariente de la esposa, al parte por medio compañero de juventud; al corista, con quien compartió penas y placeres de subalterno.
Y me ocurren estas reflexiones, no precisamente por el Sr. Valencia, sino por ser un elemento de que no se podrá desentender el que quiera afocar con exactitud nuestro modo de ser social.
El Sr. Valencia con benevolencia suma, con tono paternal nos acogió, distinguiéndome especialmente por una aventura particular.
En los días de más tremendas luchas de Don Simplicio, cuando se vociferaba que por sus sátiras se ha-
bían precipitado los sucesos y se había perdido la batalla de la Angostura, algún mal queriente supo comentar mis versos y escritos tan desfavorablemente, que hubo por todas partes amagos de palizas y contrariedades de todo género. Pero á quien se pintaba más implacable en mi contra y más , resuelto á corregirme personalmente, era al Sr. Valencia.
Obligado por amenazas y acechos de los amigos, ó mejor dicho, aduladores del general, espié sus pasos; supe que á las oraciones tomaba chocolate en la casa de su cuñada esposa del general Lombardini, señora llena de bondad, talento y gracia, y uti día en que el general tomaba solitario su chocolate en un gabinete de la entrada de la casa (callejón de Santa Clara) me le fui apareciendo como caído de las nubes, á decirle como en los juegos de prendas: aquí me tienes, bien mío; mándame lo que quisieres.
El Sr. Valencia tuvo unos instantes de perplejidad, y me dijo:
— No lo creía á Ud. tan atrevido.
— Me da valor la bondad de Ud.
— Siéntese Ud.
— Hablamos déla situación. . .le pregunté cómo veía las cosas, y al retirarme me tendió la mano y me dijo: Guillermo. ¿Amigos?
— Sí señor, le contesté; me abrazó, y después fué para mí un noble favorecedor.
Cada uno de los tres jefes acampados en Texcoco, tenía su círculo característico.
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Con Valencia estaban los restos de ese heroico ejército del Norte, valiente, sufrido, exaltado en su patriotismo hasta la pasión, hecho comitiva de dolor y esperanza de la Patria herida y ultrajada. En esas ñlaa estaba Parrodi; el monosilábico caballero Jáuregui: el delicado y severo Francisco Mejía, y como ayudan tes, y en el Estado Mayor, Arrieta, Silva, Feliciano Rodríguez, Grimarest, Agustín Iturbide, Barreiro, Segura, general Mendoza y no recuerdo quiénes más.
Con el Sr.Gral. Salas había soldados y jefes del antiguo régimen, mucho amigo clérigo y mucha ordenanza.
Y en una hacienda vecina, el Sr. Alvarez con su círculo patriarcal y la caballería.
Me consignaron, para alojarme, á un padre Cortázar, que servía de cura; con su cuerpo de pipa, su rostro encarnado, su boca siempre abierta, con un colmillo en medio, como una columna; comedor insaciable, bebedor inverosímil. . . . y sensible de corazón.
No obstante los aprestos de guerra, en el curato se cantaba, se jugaban juegos de prendas y se representaba una especie de apoteosis, en que muy modestamente se comparaba al padre Cortázar con nuestro Señor Jesucristo, resultando, por supuesto, el padre mucho más alto que el Redentor del Mundo.
Antes de presentarnos al Gral. Valencia en Texcoco, asistimos á la solemnísima instalación de los Cuerpos de guardia nacional, en el Peñón Grande, uno de los espectáculos más conmovedores y grandiosos que he presenciado en mi vida.
Los Cuerpos de guardia nacional deque acabo de hablar, estaban compuestos de lo más selecto de la sociedad; arrancaban, por expresarme así, del corazón de las familias; era la familia que combatía en defensa del hogar grande que se llama Patria. Las mujeres, limpiándose sus ojos al lado de los soldados; la matrona arrastrando sus sedas, con los ojos acariciando al hijo; en grupos, todos en procesión entre las músicas y los vítores de la plebe.
En el Peñón, en las llanuras que rodean el cerro, carretones, carruajes, caballos, burros, traficantes agobiados con canastos y tercios, y reverberando en hervidero inquieto; sombrillas, sombreros, toldos, ramas, vestidas con todos los matices y todos los colores imaginables.
En la base del cerro, tiendas de campaña, barracas, jacales enramados; más en alto, animando matorrales y peñas, fajas, fajas bordadas de tropa con sus fusiles, reverberando, haciendo como pirámide de luz ondean te y blanquísima.
£n la cima, en el centro de un inmenso cuadro, el altar con sus paramentos de oro, sus altos cirios de llamas pálidas ante el sol. La cruz de la creencia y la esperanza, dominando sublime.
Desde aquella altura, cegaba, embebecía, se agrupaban en panorama mágica, lagos, volcanes, bosques, llanuras como mares, horizontes á que comunicaban proporciones de infinito, lo romanesco y lo ideal.
El Gral. Santa-Anna se había situado en la hacienda de San Antonio por considerarla punto estratégico para atender á Tlalpan, ocupado por los americanos; á Padierna, en que se encontraba el general Valencia, y México con el convento de Ghurubusco, que se en: cuentra en el camino antes de la garita de San Antonio Abad.
La moral del ejército del Norte estaba levantadísima; los viejos soldados de la frontera y el desierto revivían enérgicos al convocarlos el clarín de la gloria; sonaban las músicas, notaban las banderas, piafiaban los caballos de los oficiales, y se alzaban sobre sus estribos los dragones como para aligerar el empuje de sus corceles.
El anuncio de la presentación del enemigo lo dio Alejo Barreiro.
Como el Sr. Valencia me honraba con comisiones importantes; como tenía especial cuidado á título de mando de exponerme lo menos posible á los peligros, designándome los lugares menos inseguros, y como los muchachos ayudantes eran mis amigos, me citaron la víspera de la batalla para hacerme sus encargos. ¡Oh! qué noche; ¡oh! qué tiernas y apasionadas confidencias; ¡oh! qué riqueza de áurea de angelical poesía la de aquellos hombres, que desprendidos de la vida por el sentimiento del deber, volvían los ojos á lo que dejaban de más amado en el mundo.
— A mi padre, le das mi reloj, Guillermo; dile que me perdone, que es mi viejo de mi corazón.
— Oye (aparte) ¿la conoces? No le digas nada; deja que pase tiempo; vuélvele este relicario ... no se cómo no lo he fundido con mis besos ....
— Ya está grande mi María .... te oirá, habíale de mí. Tú me vas á ver; deseo distinguirme, deseo morir para dejarle mi nombre que le dé orgullo. . . .
¡Oh! aquella juventud, aquella aspiración á la gloria, aquellas confidencias que tenían como invisibles testigos á la muerte, no se borrarán jamás de mi memoria.
Agustín Iturbide. — Rodríguez. — Agustín Zires.— Simavilla. — Batalla de Padierna. — Auxilio pedido a. San ta-Anna. — Vuelta al campo. — El 20 de Agosto. — Derrota.— García Gutiérrez. — Comisión del General Valencia. — Ghurnbusco.— Cuautitlán. — Viuda de Frontera— Tepatlaxco. — Toluca. — Licenciado Zozaya. — Casa de Alamán. — Su vida íntima. — Molino del Rey. — Balderas. — Arrivillaga. — MargaritoSuazo. — Miguel Echegaray. — Chapultepec— 8 de Septiembre de 1848. — D. Juan Cano. — El Gral. Pérez. — Bravo Saldaíía. — Xicotencatl. — Episodio del soldado de Xicotencatl y Santa-Anna. — Retirada á México. — Las Calzadas. — El Gral. Rangel. — Junta de Guerra. — Peña y Peña. — Marcha á Querétaro. — Cartas de los Americanos en México. — Mi vida en Querétaro. — Los Reneponts. — Apuntes para la historia. — Autores de los apuntes. — D. Pedro Ma Anaya. — Congreso de la paz y de la guerra. — Diputados y Senadores que votaron en pro y en contra.— Galería de personajes. — Atristain. — D. José Ma Jiménez. — Ponciano Ariiaga. — Manuel Doblado. — D. José Ma Cuevas. — El Congreso de Querétaro. — Salón de sesiones. — Micheltorena. — Junta de Gobernadores. — Continúan las sesiones. — Notable discurso de D. José Ma Cuevas.— Los tratados de paz.— Descripción de México después de la guerra. — Casa de Payno. — Calles de Santa Clara y Plateros. — La huera Rodríguez.
En la obra intitulada «Apuntes para la Guerra entre México y los Estados Unidos,» de que me ocuparé á su
tiempo, me tocó describir con todos sus pormenores y con cuanta imparcialidad me fué posible, no indicandos ino muy someramente algunos pormenores, porque así lo exigieron las circunstancias; pero después do pasados tantos años puedo repetir, con la mano en mi conciencia, que lo que asenté fué la verdad imparcial y severa.
Independiente de la narración á que acabo de aludir, conservo impresiones horriblemente dolorosas de lasaña, de la envidia, de las pasiones personales de Valencia y Santa-Anna, las hostilidades de sus círculos; las calumnias y chismes rastreros que tienen pajas encendidas, volaban á las alturas y producían desastres y ruinas.
Recuerdo también las ilusiones y las esperanzas de victoria, tan sinceras, tan nobles de la generalidad, y tan dolorosamente desvanecidas.
El momento en que el joven Agustín Iturbide se puso al frente del Batallón de Celaya gritando: «¡Conmigo, muchachos, mi padre es el padre de nuestra independencia!» me conmovió hondamente.
González Mendoza, lanzándose como un torrente sobre las cabezas enemigas, cantando con sus oficiales el Himno Nacional, era magnífico!
El asalto á Padierna, la llegada allí á los yankees, el encaramarse uno á la astabandera, derribarla, desgarrarla, repisotearla orgulloso, fué horrible; yo lo veía á través de mi llanto y aullaba como una mujer. . . .me dolía la sangre, gemía algo dentro de mí
que me espantaba la muerte hubiera sido como
agua pura y fresca para mi alma sedienta. . Un instante, un sólo instante, que apenas se habría podido medir, con la luz del relámpago tuvimos una alucinación de victoria.
Un oficial obscuro, de Celaya, pequeño de cuerpo, delgado, de movimientos rápidos y con estridente risa, se caló su sombrero ancho forrado de tela, empuñó su espada, dirigió unas cuantas palabras á los soldados que lo rodeaban y prom, prom, prorrom, marchó, arrostrando cuantos obstáculos se oponían á su paso hasta Padierna . . .Allí asaltó, mató, aniquiló cuanto se le opuso. . . . .se asió á la astabandera, se encaramó y derribó hecho trizas el pabellón americano . . y restituyó á su puesto nuestra querida bandera de iguala, que parecía resplandecer y saludarnos como un ser dotado de corazón y grandeza.
Todas las músicas prorrumpieron en dianas: todos los estandartes, guiones y banderas se agitaron en los aires, y todos vitoreamos con lágrimas varoniles aquel instante robado á la fatalidad de nuestro destino.
Ghuabilla, que así se llamaba el hermoso oficial autor de la hazaña que acabamos de referir, quedó mortalmente herido. .. .y en los últimos días que atravesó acompañado de la música, sufría aún las consecuencias de aquel arrebato que coloca su sitial y su fama en un lugar tan distinguido en nuestros fastos militares.
La muerte gloriosa de Frontera, la impasibilidad del
(i ral. Salas, la herida de Blanco, todo haría detener ámi memoria, si no la embargasen los últimos momentos de esa -batalla.
El declive de la loma que ocupaba el Sr. Valencia, que era como base de una sección de la serranía del Sur, estaba circundado de Mal País y hondísima barranca, cuyos bordes, en semicírculo, daban al norte ó límite del pueblo de Goyoacán.
Los americanos habían circunvalado la loma, penetrando por el Mal País y la barranca hasta tener y como abrazar nuestro campo. Pero á las alturas de Goyoacán se había mandado como auxilio, pero sin orden de batirse, la brillante división delGral.D. Francisco Pérez que se situó perfectamente para coger entre dos fuegos al enemigo.
Entonces la confianza en el triunfo fué completa, llovieron felicitaciones, se expidieren despachos y se entregaron á los más increíbles delirios los hombres de aquella benemérita división.
Greo de toda justicia mencionar al Jefe D. Agustín Zires, que por dos veces desalojó á los americanos de Paclierna con heroica bravura; al Sr. García que perdió una pierna en la acción, y al Gapitán Feliciano Rodríguez, que aunque Ayudante del Sr. Valencia, se lanzaba con ardor á los mayores peligros, en auxilio de sus compañeros de armas.
Perp cayó la noche, se suspendió toda correspondencia entre las filas del Gral. Santa- Anna y las nuestras. En la obscuridad se sentían los avances del enemigo
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cabalmente del lado que nos creíamos protegidos. El Grral. Valencia mandó expertos exploradores del terreno, los que volvieron diciendo que todas las fuerzas del Grral. Santa-Anna se habían retirado, dejando abandonados los puntos más importantes y quedando nuestras posiciones encerradas y sin salida á discreción del enemigo.
El Gral. Valencia conoció lo comprometido de tal situación y nos comisionó á D. Luis Arrieta y á mí para que fuésemos á San Ángel á hacer presente al Sr. Santa-Anua nuestra posición.
El Sr. Santa-Anna se encontraba en San Ángel en la casa del General Mora y allí acudían en el tropel consiguiente n las circunstancias, políticos, soldados, jefes, agiotistas, arrieros, etc., atropellados por correos que entraban á caballo hasta el patio, en que se apiñaban mujeres, ordenanzas, chimoleras y gentes de la servidumbre; era el patio un laberinto de piernas, tablas, canastos y estorbos de esos que se escapan al inventario más perspicaz.
El General, rodeado de sus favoritos, daba sus órdenes junto de una mesita redonda alumbrada por un quinqué y rodeada de escribientes.
Penetramos á la estancia Arrieta y yo, y Arrieta, que era muy pulcro y bien hablado, le expuso la situación que guardaba el Gral. Valencia.
— Xo me diga Ud., no me diga Ud., ese es un ambicioso insubordinado que lo que merece es que lo fusilen. . . ¡Borrachón!
— Señor, V. K. hará lo que crea justo; pero ese ejercito no puede sacrificarse. . . ,
— Ud. no debe darme lecciones . . . ¡estamos! no empiece yo mis escarmientos porUds. . .Auxilio! auxilio! y exponer yo mis tropas á la lluvia, al desvelo. . por un . . . .(aquí no es posible repetir las palabras que saltaron de los labios de S. A.) mis soldados á la intemperie. . . ¿qué dicen Uds? (dirigiéndose á mí).
— Es que aquellos soldados no están bajo de tocho. . . ni divirtiéndose — observé yo.
— Eh silencio! largúense Uds. de aquí. ..Fuera. ..malditos .... y nos salimos llenos de rabia y de dolor. . . .
La noche estaba obscurísima, llovía tupido, constantes relámpagos alumbraban la serranía y se reflejaban en las corrientes que descendían de las lomas.
Tuvimos que hacer un inmenso rodeo casi á la espalda de los montes de Zacatepec y la Campana.
Después de una penosísima travesía llegamos al campo... .ni una avanzada, ni un rumor, parecía un desierto .... la tiniebla espesísima, las fogatas apagadas. el ruido de la lluvia, percibiéndose en las hojas y ramas de los árboles que aparecían y desaparecían como fantasmas con los relámpagos. , Llegamos á la tienda del General, quien nos recibió en la puerta
— Qué dice Santa- Anna? le preguntó á Arrieta.
Este en buenas palabras le dio cuenta de nuestra comisión.
Entonces, como una explosión, desencajado, loco,
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perdido en tempestades de ira gritaba Valencia:
^Traidor, nos han vendido, nos entregan para que nos despedacen y acaben con la Patria! . . . A esos gritos en la negra sombra, surgían como fieras, grupos que se sospechaban. . ..Al relampaguear se veían soldados huyendo en varias direcciones, se oían como anuidos de mujeres. . . .estallaban truenos de fusil y de pistola, corrían caballos sueltos desbarrancándose en la ladera o . . . .Realmente la derrota estaba consumada en aquel momento.
Al amanecer el 20 de Agosto, los americanos, volteando nuestra posición por movimientos efectuados con la velocidad del relámpago, inclinaron su artillería y la nuestra sobre las fuerzas dispersas que huían por el descenso de las lomas y quedaron regueros de cadáveres; heridos que se arrastraban moribundos; carros hechos pedazos y mujeres enloquecidas de aullar, con los brazos levantados y los ojos de lobas perseguidas. . . .Aquella avalancha rodaba, se escurría lo¿ ca, espantosa, en dirección de Ghurubusco.
En la hondonada de una loma, tendido en el suelo, en mangas de camisa muy ensangrentada se encontraba un joven como de veinticinco años, de notable apostura. Un hombre lo atendía con diligencia cariñosa conociéndose sin esfuerzo al facultativo diestro y experimentado. Acerquéme al grupo y reconocí en el cirujano á mi ilustre amigo Antonio García Gutiérrez, autor del Trovador y honra de las letras españolas.
— Antonio, ¿qué es esto? ¿qué haces aquí?
— Guillermo, mi raza, mi raza . . . . !
Y en efecto, García Gutiérrez fué un ángel de caridad en aquellas circunstancias, y yo cuando columbro entre sus laureles su recuerdo, le veo con gratitud, resplandeciente de bondad para con los defensores de mi patria.
Me precipitaba como todos en dirección de Churubusco, cuando me alcanzó un dragón de los que tenia el Gral. Valencia como ordenanzas de mucha con lia liza. Emparejó con el mío su caballo, y me dijo que nos apartáramos de la corriente, que tenía que hablan no de parte del general.
Yo vacilé, porque sabía las órdenes terribles que había recibido el Gral. Peña y Barragán, de fusilar á Valencia donde lo encontrase, sin más formalidad que la identificación de la persona. El soldado me mostró una contraseña para mí inequívoca, y lo seguí por senderos llenos de precipicios . . . Debajo de un árbol, con una manga morada y desfigurado totalmente, encontré al Sr. Gral. Valencia. Estaba á su lado José Ma Velázquez de la Cadena, llamado en el ejército el «chico;» mi compañero de colegio, oficial inteligentísimo, y con gran partido en la buena sociedad por su finura y 'tacto de hombre de mundo.
Nos dijo el general á dónde partía, las precauciones que teníamos que tomar para encontrarlo, el nombre de Ferrer que adoptaba y las comisiones, las de Cadena, referentes á asuntos íntimos de familia, y las mías, cerca de personas que se hallaban al lado del Gral.
Santa-Anna y con las que deseaba diligenciar garantías para su juicio ó su salida del país.
Con profunda amargura nos despedimos del General, después de protestarle el cumplimiento fiel de sus encargos. El General mostraba tristeza hondísima; más que todo por no seguir peleando por la Patria.
La familia del Sr. Valencia estaba viviendo enCuautitlán, y allá nos dirigimos haciendo un rodeo inmenso por las lomas del Rey, los Morales y tierras de Santa Monica y Tizapán.
Nuestros asistentes nos acompañaban contentos, y en menos que canta un gallo cambiaron de trajes bélicos por sombreros de petate y calzoneras abiertas, sillas de arriero y adminículos campestres.
Las negras nubes que entoldaban nuestro espíritu, cedían el paso á algunos rayos de luz de esperanza y dejaban que cantaran las ilusiones á nuestro alrededor.
Este Pepe Cadena, con sus ojos verdes, su nariz de águila, su pelo rubio y sus manos tan expresivas como su lengua, era un archivo precioso de crónicas escandalosas, un almacén de chistes, una colección de genealogías subterráneas de proceres y dignidades eclesiásticas y un mosaico precioso de escritos, amores ilegítimos y falsificaciones de todo género.
De clarísimo talento, mucha lectura y principios científicos, le hacía lugar distinguido, entre soldados que de oída citaban lo mismo á Napoleón que al Moro Muza, lo propio á Voltaire que á Chateaubriand, y que
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se creían á la altura del propio Julio César, cuando sabían de memoria algún capítulo de la Ordenanza.
Pepe era consultado para las intrigas revolucionarias, se le escuchaba al disponerse un banquete ó recepción, y hombres de cierta importancia como Basadre, Juan Peza Requena y otros, lo aceptaban en su aprecio é intimidad.
Burla burlando caminamos algunas leguas y pardeando la tarde entramos en Guautitlán, dejando á Cadena fuese en busca de la familia del Sr. Valencia y citándolo para la salida del pueblo.
Atravesaba paso á paso la calle real, exánime de hambre y de sed, cuando en un balconcillo á raíz del piso de la calle, llamaron mi atención los ojos más lindos, más luminosos y más seductores que se pueden imaginar. Yo no me precio de combustible; pero aquello era mucho para un corazón con ciertas propensiones á lo frágil, como el mío.
Acorté el paso, compuse mi postura, y con voz llena de comedimiento pedí á aquella hermosa dama un vaso de agua.
La señora, con exquisita cortesía, dio las órdenes y me instó para que descansase, con tanta señoría como finura. Dejé los caballos á la puerta, entré en un saloncito muy limpio con sus ladrillos colorados, con sillas de tule y un gran cuadro con una Dolorosa en la cabecera de la sala.
— Mucho deben haber sufrido Uds. con su derrota me dijo la señora.
— Pero ¿quién le ha dicho á Ud?
— Oh! luego se conoce! .... y Uds. deberían extraviar camino ¿vinieron á ver á la familia de Valencia?
Guardé silencio.
— No quiero ser imprudente; pero parece que veo el desastre. . .Valencia y Santa- Anna, cada cual por su lado cometiendo desaciertos .... Pérez voluntarioso, la caballería sin poder obrar con jefes ineptísimos ....
Me arrebató la cólera y puesto de pie la dije:
— Señora, eso es injusto; la caballería ha sido heroica principalmente en el encuentro de San Jerónimo.
— ¿Quién la mandaba?
— El Coronel Frontera.
— Lo mismo que todos. . . .
— Señora, por Dios, no diga Ud. eso. Yo le he visto caer acribillado á balazos y esforzándose por avanzar bañado en sangre, vitoreando á México.
Entretanto, la señora se alzaba pálida como ana muerta, avanzó, entró á la recámara, salió con sus dos hijos .... como dos ángeles ... los puso frente á la Virgen, y con un acento que encerraba todos los dolores,
clamó, dirigiéndose á la Virgen ¡Madre Santísima,
ampara á estos niños que ya no tienen padre y
en y ó al suelo como herida por un rayo.
Yo salí precipitado de aquel lugar con el corazón hecho pedazos.
Entrada la noche me reuní á Cadena y emprendí-
mos nuestra marcha por la asperísima serranía de la Bata y Tepatlasco, camino de Toiuca.
El terreno es de una desigualdad horrible, empi uncios cerros y y profundas cañadas, ondas de lomerfa y quiebras erizadas de peñascos, el suelo rojo con un lodo tan resbaladizo, queá cada paso caíamos sin poder avanzar; en la serranía, había dispersos jacales, silenciosos como macizos bañados por la lluvia.
Rendidos de golpes y fatiga, pedimos posada en un jacal. Después de mil instancias, nos franquearon con suma desconfianza una cocinita; pero ni mostrando el dinero pudimos adquirir ni una tortilla, ni un lluevo, ni nada para alimentarnos.
Transidos de frío, medio atizando algunas brasas que morían entre la ceniza, Cadena comenzó á recordar algunos episodios de nuestra derrota y algunas peripecias de nuestro viaje.
La gente del pueblecito advertida de nuestra llegada, rodeó el jacal ocultándose y escuchando al través de los carrizos.
Cadena seguía hablando y yo le interrumpía completando su narración.
Aparecían algunas caras en la cocinita. . . . La narración seguía. . . .Una vieja puso una cazuela en la lumbre; yo di vuelo á la narración de la batalla. . . .algunos trajeron pan y botellas Cadena narraba como
un Lucano las hazañas de nuestros héroes'; algunos nos brindaban mezcal, eran nuestros amigos . . . .cenamos opíparamente.
El Sr. Valencia estaba oculto en Toluca, en la casa del Sr. Zozaya, donde nos recibió acompañado del valiente y fiel Capitán Feliciano Rodríguez. Redacté el manifiesto que dio á la Nación el General y nos dio nuevas instrucciones, con las que volvimos á México.
El 9 de Agosto, en medio de la agitación y de los toques de alarma de la ciudad, mi familia dejó mi casa de México, y en carros con muebles dispuso su translación al rumbo de San Cosme. Mi señora muy enferma opn tres niños, uno de ellos recién nacido y el resto de la familia achacosa y llena de cuitas, buscaba en vano una casa en qué guarecerse y no encontraba arrimo.
Inesperadamente de una casa de rica apariencia, salió un criado á ofrecer habitación á los viajeros, diciéndoles que se arreglarían después sobre precio y condiciones del arrendamiento.
La familia accedió y ocupó un departamento cómodo y decente de aquel amplio edificio.
Cuando yo tuve lugar de ver á mi familia, supe que vivíamos en los bajos de esa casa, propiedad del Sr. D. Lucas Alamán.
El hospedaje me fué altamente desagradable por mis hondas prevenciones políticas por el Sr. Alamán, contra quien había publicado todo género de dicterios y á quien me pintaba mi fantasía como á un Rodín, tenebroso, sanguinario y espanto del mismísimo Satanás.
Aquella casa era como una casa encantada: reinaba constantemente en ella un silencio profundo.
Criados respetuosos, con sus chalecos negros; cria-
das ancianas de armador, delantal y chiquiadores. . . . toques en la Capilla para misa y rosario; á medio día el ruido de la cadena del zaguán, mientras duraba la comida. Antes de las diez de la noche todo dormía.
La pieza que yo ocupaba comunmente en los bajos. daba al jardín que estaba esmeradamente cultivado, con sus calles de arena, crecido arbolado y fuentes primorosas.
El Sr. Alamán, á la caída de la tarde, pasaba por el frente de mi cuarto, con su sombrero de paja de grandes alas, su grueso bastón y su levita de lienzo.
Era el Sr. Alarman de cuerpo regular, cabeza hermosa, completamente cana, despejada frente, roma nariz, boca recogida, y como de labios forrados, con dentadura blanquísima, íina, cutis íino, y rojo el color de las mejillas. Al pasar por mi cuarto me decía:
— Sr. D. Guillermo ¿damos una vuelta por el jardín? . . ;
Yo contestaba brusco y de mala manera, porque como he dicho, tenía fuertes prevenciones contra aquel señor.
Pasaron días y más días, y siempre se repetía la invitación que era perpetuamente rechazada.
La señora mi madre, mortificada por mi conducta, en una de las invitaciones, me puso mi sombrero en la mano y dijo al Sr. Alamán: — Allá va, señor.
Esa tarde hablamos de cosas indiferentes y de algunos oradores españoles. Al siguiente día nos empeñamos en discusiones literarias, á los quince días
buscaba yo al Sr. Alamán, por el encanto de sus narraciones de viaje, su versación profunda en las literaturas latina y española, sus tesoros de la historia anecdótica de la Francia y la España. Por supuesto que no había en estas conversaciones la más leve alusión á la política.
Creía entonces, como creo ahora al Sr. Alamán, un fanático cerrado en política, que creyó inmatura la independencia, y como una insurrección de criminales el grito de Dolores, y estaba persuadido de que eran una serie de delirios sacrilegos y peligrosos, los principios que proclamó como dogmas la revolución francesa.
Y estas creencias eran tan obstinadas en el Sr. Alamán, que aunque él, el primero, denuncia en su historia abusos, y censura prácticas funestas, encarece el sistema colonial^ cerrando los ojos á la verdad y condenando como charla impía la propaganda de la libertad.
En lo interior de la familia del Sr. Alamán, todo era virtud, regularidad, decencia y orden.
Se levantaba con la luz, y se lavaba y componía. Escribía en la sala que va á la calzada de la Tlaxpana, con unos cuantos libros á la mano. Su escritorio elevado le hacía escribir de pie, y su manuscrito lo asentaba en un libro como de caja, sin una mancha, ni una borrada, ni una entrerrenglonadura, ni ceniza en las hojas, porque no fumaba. Al escribir guardaba suma compostura y casi no se le veía la cara, porque la visera de la cachucha que usaba le hacía sombra.
A las doce del día en punto se servía la comida á la que asistía toda la familia, haciendo los honores la señora Da Narcisa su esposa, matrona adorable, de trato finísimo y de bondad angélica. Un sacerdote á qnien llamaban tata padre, creo que hermano del Sr. Rodríguez Puebla, bendecía la mesa, y al concluir la comida rezaba el Pan nuestro besando el pan, y pidiendo la mano los criados á los amos.
Se dormía siesta y se dejaba campo para el chocolate y el rezo del rosario á la oración.
Yo merecí- á esa familia la honra de que me admitiese en su seno, recibí distinciones del Sr. Alamán que mé hacen grata su memoria, y ante todo, empeña mi gratitud el afecto con que siempre me trató y respetó mis opiniones, no obstante la acritud y suficiencia tonta con que á veces combatí las suyas.
Guando terminó el armisticio que se negoció después de la batalla de Ghurubusco, yo me había presentado á mi Cuerpo de Hidalgo, que se encontraba de Belén á Ghapultepec á las órdenes de D.Félix Galindo.
En el Paseo Bucareli estaba situado el Batallón Victoria, y allí se distinguieron por su bravura heroica, Carrasco; que venía luchando desde Palo Alto. Torrin, Bensegui,Urquidiy Muñoz, diputados distinguidísimos.
En la garita de Belén se veía al venerable general Torrens, quien fué injusta y villanamente maltratado á fuetazos por el Gral. Santa-Anna, en uno de sus arrebatos brutales que deshonran á un hombre.
En la Casa Colorada, llamada también de Alfaro, es-
taba el hospital militar de sangre, con el Gral. Van-
derlinden y el Dr. Luis Carreón á la cabeza Era
aquello un horror. . . .
A Santa-Anna se le veía constantemente atravesar la calzada, ya ordenando una marcha, ya reconociendo lugares peligrosísimos, con valor temerario; ya riñendo á unos arrieros, ya dando gritos y emprendiendo campaña con unos carreros, ya en fin, dando acuerdos ó conferenciando, con interrupciones, con algunos jefes y empleados.
Parece que le veo con su sombrero de jipijapa y su fuete en la mano, su paleto color de haba y su pantalón de lienzo blanquísimo. Despilfarraba su actividad, desafiaba temerario el peligro, y' así como no podía llamársele traidor, no podía sin injusticia considerársele como buen general, ni como hombre de Estado, ni como personaje á Ja altura de su situación.
Para podernos formar cabal idea de la acción del Molino del Rey, sería necesario presentar con toda fidelidad un cuadro en que se destacaran tres líneas ó escalones extensísimos, corriendo de Sur á Norte, desde la espalda del Arzobispado, en la parte alta de Tacubaya, hasta el Rancho de Anzures á la espalda de donde está hoy el Monumento de esa batalla, y tiene por límite la casa Mata y el rápido descenso á la Calzada de Anzures que desemboca en la Verónica.
La primera línea en alto abrazaría el descenso de la
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loma liii segunda la formaría un carril amplio y recto, y la tercera la línea formada por los edificios unidos del Molino de Harinas y la Pólvora, con una lumdición de terreno, y al frente del primer Molino la era extensísima, y del Molino ó Fábrica una barranca con su puente. Por toda esa retaguardia corre la arquería altísima de un agotado acueducto.
Las fuerzas americanas tenían por punto de partida el Arzobispado, las nuestras ocupaban el edificio primero con el Gral. Balderas, la parte exterior con el Gral. León, el punto donde está hoy el Monumento, con el B° de infantería al mando de Echeagaray, y la Casa Mata y sus vecindades, con el Gral. Alvarez mandando la caballería.
Al tremendo empuje de las fuerzas americanas, se empeñaron tres acciones. El arranque en la parte alta; en la línea intermedia, combate infructuoso de las ininfanterías, sobre los edificios; en la tercera línea y el acueducto, fuego nutridísimo. Todo envuelto en humo, truenos y gritería espantosa.
En los Apuntes para la Historia de la Guerra con los Estados Unidos se da idea bastante exacta de la batalla á que aquí ahora me refiero; pero mis impresiones personales hacen que reaparezcan en este momento á mi presencia, León, Balderas, Arrivillaga, Margarito Suazo. Gelaty y Miguel Echeagaray.
León, alto de cuerpo, muy trigueño, recio de carnes, serio al extremo, se siente herido, lo disimula, y cuando cae se anima, levanta la voz y vitorea á México; le
conducen en una camilla, y habla de que le hagan pronto la curación para volver al combate.
falderas, arrastrándose con la espada en alto, alienta á sus soldados, desangrándose hasta caer en los brazos de su hijo Antonio. ¡Qué escena de dolor! partían el alma: el padre moribundo, entero y valiente, el hijo trémulo, anegado en llanto, tratando de hacer su voz serena. Fué conducido á una choza cerca de la iglesita de Chapultepec, donde expiró.
La historia de Arrivillaga tiene para mí algo de curioso.
Arrivillaga era un relojero feicito, fofo de carnes, de ojo travieso, boca risueña; el chico más alegre, servicial y honrado que pueda imaginarse.
Tan pronto confeccionaba una chicha sabrosísima, como alistaba una caja de música, ayudaba á adornar una mesa, un salón de baile ó un altar de Viernes de Dolores.
Frecuentaba uua tertulia de personas apreciabilísimas, á que concurrían, entre otros, Balderas y Manuel Balbontín, modelo de caballeros y patriotas. En esa tertulia llamaban á Arrivillaga el chato, unas veces, y otras, el capitán, alusión á un noble mastín- así nombrado; pero que no tenía dientes, y esto se refería á la dulzura de carácter y á lo inofensivo de Arrivillaga. Este se aficionó apasionadamente á Balderas, y cuando el general marchó para el Molino del Rey, se declaró su compañero, su asistente, sus pies y sus manos, como suele decirse.
l!;ilderas cuidaba de no exponerlo á peligro alguno. El chato guardaba del equipaje, disponía la comida, velaba por el orden, tenía listas las armas y el caballo del jefe, y se hacía querer de todos por su generosidad y finura.
Al empeñarse la batalla del Molino, seguía ansioso al jefe; cuando fué herido estuvo á su lado al caer; arrojó las ropas y medicinas que tenía en las manos; recogió una espada de un muerto, la empuñó, é incontenible, frenético, sublime de coraje y bravura, se puso al frente de un grupo de valientes, y embistió al enemigo: tan grande, tan ardiente y tan irresistible, que restableció el orden de la batalla, y acribillado de heridas, verificó su transformación en héroe de aquella gloriosa jornada. Arrivillaga murió de relojero de Palacio, y dejó un hijo, digno heredero del nombre de su padre.
Margar i to Suazo era un artesano humildísimo, que se hizo querer en su Cuerpo de Mina, por su subordinación y bondad, y así se le nombró abanderado.
El día de la acción, Margarito se excedió en el cumplimiento del deber. Atropellado por un gran número y hecho una criba á bayonetazos, quedó por muerto, asido á su bandera. Sintiendo que moría, se incorporó, se despojó de su ropa, enredó su bandera á su cuerpo que chorreaba sangre, y expiró.
Pero á más de Gelaty, de Colombris y de Norris, el héroe de aquella jornada fué Echeagaray.
¡Oh, si yo fuese pintor! Si fuera pintor presentaría aquel adalid, épico, glorioso, con su cabello rubio, fio-
tando como un resplandor de oro, alzado en los estribos, con su espada fulgente; avanzar entre nubes de humo y metralla al retumbar de los cañones; pisando cadáveres, avanzar, dispararse, arrojar la espada, abalanzarse á los cañones que nos habían quitado los enemigos, restituirlos, soberbio, festejoso, radiante, á sus tilas, obligando á la gloria á que diera á la misma derrota las grandiosas proporciones del triunfo.
Echeagaray murió pobre, olvidado, con un anatema inmerecido; duerme en un sepulcro casi ignorado. Yo le amé con toda el alma; yo le defendí con ardor. Yo acato y ensalzo su memoria, henchido de dolor por las injusticias del destino.
La víspera del bombardeo de Chapultepec, tuve motivo de recorrer los puntos ya ocupados por los enemigos, como preliminares del asalto y toma de la llamada fortaleza. En los molinos de trigo y de pólvora hormigueaban las fuerzas de Pillow,ciñendoá poca distancia la parte Occidental del cerro. Al Sur se destacaba formidable artillería, y se veían escalones para trepar la cerca y descender como en trampolines al interior, y mucha fuerza en la hacienda de la Condesa, al frente de un hornabique, defendido por soldados mexicanos.
En la puertíi del Bosque, que daba á la Calzada, estaba el Gral. Santa-Anna con su numerosa comitiva
de ayudantes, jefes, oficiales y cuantos se acercaban á pedir instrucción y recibir sus órdenes.
A mi regreso de los puntos que acabo de describir, hablé con el coronel Juan Cano, uno de los que <1» i^- pués fué heroico en aquel asalto emque perdió La vida.
Cano era un hombre de treinta ó cuarenta años, su cabeza germánica, yucateca, pálido, carirredondo, de unos ojos penetrantes y alegres; una boca llena de chiste y risa. Estatura regular, rechoncho y listo de movimientos.
Su trato era fácil, cortés y franco; le mortificaba la farsa y la ceremonia. Aquel hombre que á primera vista hubiera pasado por un colegial alegre ó un tertuliano de buen humor; aquel, afectísimo á comer al aire libre y á las bromas de buena sociedad, era reflexivo y estudiosísimo; la exactitud misma en el cumplimiento y el más respetable por lo caballeroso y decente, llamaba á sus amigos, como signo de confianza, badulaque, badulaquillo, y sólo cuando lo requería su obligación, daba á conocer sus vastos conocimientos militares y el aprovechamiento de sus brillantes estudios hechos en París.
El Sr. Quintana Roo, su tío, le inspiró sus excelentes estudios en literatura, y á mí me encantaba cuando en sus ratos de solaz, me traducía elegantemente á Tácir to y se deleitaba con Virgilio.
Yo tuve ocasión de conocer la rara energía del carácter de Cano, por un grave disgusto que estalló entre él y los Grales. Tornel y Santa-Anna.
Abandonado, como se sabe, el Gral. Bravo, víctima de la envidia y de los caprichos de Santa-Anna, dejó mal defendida la parte alta del cerro. El Sr, Gano le mandó pedir cañones.
Santa-Anna le m-andó al Gral. Tornel y á otro general no facultativo; pero igualmente de lengua fácil. Cano no logró hacerse comprender, y cuando se retiraron los generales, dijo en tono sarcástico: yo pedí al general, cañones, y me mandó faroles. . .Súpolo Santa-Anna; llamó á Cano para reconvenirle, y éste, con sumo respeto, pero con energía incontrastable, le echó en cara su conducta indigna y poco patriótica en aquellas circunstancias.
Cano murió, dando ejemplo de valor sublime, alentando, sereno y grandioso, á los que quedaban defendiendo á la patria, en la parte alta del cerro. Allí murió también el Gral. Pérez, hombre modestísimo, que ejecutaba casi desapercibido actos de valor y abnegación, que por silenciosos no ha podido encarecer la Historia.
Como he dicho, yo estaba en la puerta del Bosque cerca del Gral. Santa-Anna; pero éste, afrontando los fuegos á pecho descubierto, y nosotros guarecidos por la casa del guardabosque, por esta razón he podido rectificar que en lo llamado jardín botánico había familias de alumnos, cuyos clamores y angustia difundían el espanto; puedo asegurar que lo más reñido del combate fué donde ahora se encuentra el monumento, y que la muerte de Xicotencatl, excelso, y de sus íncli-
tos soldados, fué un tanto fuera de la tapia y cercano adonde está hoy el edificio con la maquinaria para la conducción del agua.
A propósito de los soldados de Xicotencatl, no olvidaré en mi vida un episodio que se impuso, trágico y sublime á mi corazón de joven.
Habían muerto, luchando como leones, Xicotencill y sus soldados. El Gral. Santa-Anna seguía con ansiedad las peripecias de aquel encuentro formidable. De pronto vio venir hacia la puerta á un soldado de Xicotencatl; le pareció un desertor, un cobarde; el saldado daba pasos largos y precipitados; estaba pálido, y brillaban sus ojos como llamas.
— ¡Bribón! ¡Cobarde! le gritó Santa-Anna, fuera de sí de ira. — ¿Dónde está tu coronel?
El soldado hizo alto; vio á Santa-Anna; sin decir palabra, rodaron dos lágrimas de sus ojos; quitó la mano de sobre su pecho despedazado por las balas, y cay») muerto frente al General.
No asistí, ni puedo dar cuenta de lo ocurrido en los diversos puntos en que se empeñó el combate, particularmente del lado dal Sur y Suroeste. La posición que yo ocupaba, me permitía oir los partes repetidísimos que daban al Sr. Santa-Anna, el retumbar los cañones; redoblar las descargas de la infantería; los gritos de los soldados, los aves de los heridos, el desgajarse con estruendo las ramas de los árboles y el trajín
•de los que acudían á diversos puntos con parque y con camillas.
Santa-Anna estaba entero y valiente, queriendo atenderlo á todo, no atinando; pero dando ejemplo de valor temerario y alentando á los soldados.
— Los del Sur asaltan. Los detiene Xicotencatl.
— Ya avanzaron Pillow y Quillman. . . . Las escenas (sic) se frustraron.
— Vea Ud., están en la azotea del Castillo.
Y aquella congoja despedazaba mi alma, al extremo de que creía que me iba á matar el dolor.
Y mi bosque, mi encanto, nido de mi infancia, mi yerjel de niño, mi recreo de joven, mi templo de hombre.
• Cada árbol guardaba un recuerdo mío; á cada tronco me había arrimado como al pecho de un abuelo; cada arbusto me había mecido como en los brazos de una nodriza. Cuando en el silencio de la noche atravesaba -esos sitios, alumbrados por la luna, se me figuraba recorrer una región etérea, que se comunicaba con la eternidad.
Y así humanizado ese precioso Bosque, verlo lastimado, herido, atropellado por el invasor, me atormentaba como si viera pisoteado y ultrajado el cuerpo de mi padre.
Terminado el combate, como si rodaran repentinas las penas, que contenían un torrente, nuestras tropas revueltas, hirvientes, se precipitaron por las calzadas de la Verónica y de Belén, en un tumulto, en un atro-
pello, en una gritería y confusión tales, que es más fácil imaginar que describir.
Apenas recuerdo en ese espantoso remolino de hombres, armas, caballos, rugidos de desesperación y muertos, al capitán Traconis,con su cabeza rizada y sus ojos frenéticos al lado de Barreiro, á quien llamábamos el gachupín, por su modo de hablar, y recuerdo á Comonfort, sereno; á García Torres y á D. Antonio llaro al lado de Santa-Anna, comportándose con una bizarría superior á todo elogio.
Santa-Anna pensó acudir á la garita de San Cosme; pero ese punto lo cuidaba el Gral. Rangel.
Rangel era un hombre rubio, esforzado, de algunos conocimientos científicos. No pudiendo en la juventud seguir sus estudios, se hizo impresor en la imprenta de Palacio; * allí le conoció el Sr. Tornel, quien le expidió un despacho de oficial, lo alentó en su carrera.
Dirigióse á la Garita de Belén Santa-Anna, le parecía abandonada por el Gral. Terrés, y allí le ultrajó y le cruzó la cara con su fuete.
Carrasco, en la fuente de Bucareli, hizo prodigios de valor, así como Béistegui, oficial del Batallón Victoria,, fué asombro de intrepidez en una batería de Belén de las Mochas, hoy Cárcel de Belén.
La tropa, la Ciudad, las familias que emigraban, los trenes de guerra y las acémilas, las camillas de am-
1 Situada entonces donde ahora están las caballerizas, contigua á la entrada al jardín, en aquel tiempo jardín botánico á cargo de D. Miguel Bustamante.
balancia, y el oleaje inquieto de gente vagabunda, todo presentaba la imagen del caos.
Santa- Anna había renunciado la Presidencia; le había substituido el Sr. Peña y Peña, quien nos dijeron que estaba en Toluca, de paso para Querétaro, y que allí se reuniría el Congreso.
Muchos diputados, y yo entre ellos, esperamos el resultado de una junta de Guerra, citada por Santa-Anna, á las oraciones de esa noche en la Ciudadela, y en cuya junta debía decidirse si se defendía ó se abandonaba la Ciudad. A la junta concurrieron: como Presidente, el Sr. Santa-Anna, el Sr. D. Lino Alcorta, Ministro de la Guerra, los Grales. Pérez, Carrera y Betanconrt y el Sr. Olaguíbel, Gobernador del Estado de México.
Ya se sabe que semejantes juntas, por regla general son comedias; se hace siempre lo que quiere el Jete, y el Jefe quería evacuar la Ciudad, á pesar de las juiciosas y patrióticas observaciones del Sr. Olaguíbel.
Sin atender á consideración alguna, ni disponer nada, Santa-Anna pernoctó esa noche en Guadalupe, á donde le llevó en su coche D. Ignacio Trigueros.
El resto de nuestras fuerzas tomaban el 14 el camino de Querétaro, al mando del Gral. Herrera.
Quiero aquí interrumpir mi narración abriendo un extenso paréntesis, para aprovechar las varias cartas que recibí entonces sobre la entrada de los america-
nos á la Capital, y que en mi juicio dan idea de aquella época de un modo no considerado hasta ahora poí ningún cronista, con la extensión debida.
Abramos el paréntesis y no olviden mis lectores que quedamos en marcha para Ouerótaro.
1847. «Guillermo querido:
«Al separarnos el 13 de Septiembre dejándome encargada tu casa y la translación de tu familia á Tlalnepantla, casa del Sr. Lie. Carlos Franco, (?) me encargaste con encarecimiento te refiriese lo que ocurriera en la Capital, por el natural interés que excitaba la situación crítica en que quedó la ciudad.
«Hasta ahora puedo cumplir con tu encargo, y eso, muy imperfectamente, porque ha sido tal la situación de mi espíritu, tan varias y atropelladas mis emociones y tan multiplicados é incoherentes los acontecimientos, que me parece más fácil hacer un retrato dando carreras y haciendo machincuepas el original.
«Noche horrible la del 13; la ciudad estaba completamente á obscuras, se escuchaban tiros en todas direcciones y reventaron tres ó cuatro bombas que difundieron el terror.
«Al amanecer el 14, comenzaron á entrar las tropas, las gentes aparecían en las azoteas y en las bocacalles, curiosas, amenazadoras y rugientes.
«Ya recordarás que Tornel había dispuesto que des-
empedraran las calles y se amontonaran las piedras en la> azoteas, y esto favorecía las intenciones del pueblo, de hostilizar á los invasores,,
«Las fuerzas comenzaron á entrar de un modo recular, entre siete y ocho de la mañana.
«Yo sólo vi á tres de los principales jefes, Pillow, alto, seco, mal encarado, y Twis, viejo, fornido, cano y chato, con unos ojos sirgos de malísimo efecto. Scott, alto, gallardo, entrecano, de buena presencia.
«La fuerza de línea, con sus uniformes azules y sus cachuchas, aunque en marcha desgarbada y bausana, no llamó .la atención; pero los voluntarios, que eran muchos, formaban una mascarada tumultuosa, indecente, sobre toda ponderación. Muchos habían hecho como á modo de paleto, con sarapes y jorongos; otros, calzaban botas enormes sobre pantalones despedazados y, en materia de sombreros, eran sombreros incontenibles, indescifrables de arrugas, depresiones, alas caídas, grasa y agujeros; ¡oh! los fraques eran una iniquidad.
«Estos demonios de cabellos encendidos, no rubios, sino casi rojos, caras abotagadas, narices como ascuas, marchaban como manada, corriendo, atropellándose y llevando sus fusiles como se les daba la gana.
«A la retaguardia caminaban una especie de galeras con ruedas, con abovedados techos de lona, llenos de víveres y de soldaderas ebrias, lo más repugnante del mundo.
«Lo más notable en esa entrada, fué la entrega de la
Ciudad por el Presidente del Ayuntamiento, el Sr. Lie. Zaldívar, al Sr. Scott; esa entrega fué acompañada de una arenga, tan digna, tan levantada y patriótica, que servirá de título de honor á aquel teniente que supo en circunstancias tan desgraciadas, defender los derechos de México.
«Un motivo ó pretexto cualquiera, que ni es fácil ni preciso adivinar, encendió los ánimos, cundió rápido el fuego de la rebelión, y en momentos invadió, quemó y arrolló cuanto se encontraba á su paso, desbordándose el motín en todo su tempestuoso acompañamiento de destrucción.
«Llovían piedras y ladrillazos de las azoteas, los léperos animaban á los que se les acercaban, en las bocacalles provocaban y atraían á los soldados que se dispersaban. Aquellos negros, aquellos ebrios que gritaban y se lanzaban como fieras sobre mujeres y niños matándolos, arrastrándolos; aquello era horrible!
«Se calculan en quince mil hombres los que sin armas, desordenados y frenéticos, se lanzaron contra los invasores, que realmente como que tomaban posesión de un aduar de salvajes.
«Por todas partes heridos y muertos, donde quiera riñas sangrientas, castigos espantosos.
«Vagaban como manadas, hacían fuego donde primero querían. Su manera de comer es increíble.
«Cuecen perones en el café que beben, le untan á la sandía mantequilla y revuelven jitomates, granos de
maíz y miel, mascando y sonando las quijadas como unos animales.
«Al principio, estuvieron cerradas las iglesias, despés abrían un postigo, y el sacristán, porque no sonaban campanas, daba aviso de la hora de las misas. Abiertas después las iglesias, los yankees se metían en ellas con los sombreros puestos y elegían de preferencia los confesionarios para dormir allí y roncar como unos lirones.
«Se repartieron en muchas casas alojados que las trastornaban de arriba abajo. En los balcones se veían hileras de patas de los yankes que allí se solazaban.
«México es un inmenso muladar, por todas partes hay montones de basuras y perros que cosechan suciedades.
«Estos voluntarios son brutos sobre toda ponderación: un pelotón de éstos se posesionó de la portería de Santa Clara, se encerró á piedra y lodo, arrancó tablas á montón, vigas, hizo fuego y se acostaron á dormir. Al siguiente día, sacaron muertos á aquellos bárbaros.
«He escrito mucho, otro día será más largo.
Tu N. (Otra carta.)
«Pillow, es alto, seco, apergaminado, muy serio; anda á caballo con su paraguas abierto. Twis, es cuadrado, chato, como con cara de mastín feroz, embestía contra los paisanos con la espada y mató á algunos.
«Los oficiales andan en la calle llevando en la mano, á guisa de bastones, unos espadines muy delgados; con ellos ensartan al primero que les choca, con una sangre fría que espanta.
«Los extranjeros guardan reserva; algunos, así como señalados mexicanos, han puesto banderas en sus casas, en señal de paz.
«El bajo pueblo no aminora su odio á los yankees, hasta ahora, ni con ver que le brindan con dinero, ni que comparta con la plebe de sus abundantes víveres.
«Lo dicho no es una exageración; el maíz se conducía en carros, que dejaban regueros de grano en su tránsito, que se agolpaba á recoger la multitud, sin que nadie les dijese palabra de reconvención; de manera que al cabo del tiempo, se amoldaban las gentes á la situación, con alarma de los patriotas.
«De la carne y el pan, también hacían repartos.
«A los indios no les regateaban, y ellos corrían gozosos en pos de los damies.
«Las mujeres también les son en lo general hostiles; pero en mi juicio, las prevenciones se fomentan por la cuestión religiosa, por su desacato á los sacerdotes y los templos; otro carácter tendrían muchos si los yankees fueran gazmoños y se fingieran creyentes.
«La buena sociedad de México no ha dado entrada ni á jefes ni á oficiales, y una casa del Sr. A., en que se han admitido visitas de yankees, es censurada acremente, y está como excomulgada.
«Hace algunos días unos cuantos lanceros se apare-
cieron en son de guerra por el rumbo de Santa María* Al momento se dispuso una fuerza con dos piecesitas de montaña para batirlos. Los dragones, arrojadísimos, rechazaron la fuerza, y los yankees corrieron como gamos á refugiarse en el Colegio de Minería. Dos dragones seguían á la tropa desbandada. Lances por el estilo producían enojo y rencor contra Santa-Anna, que dejó al pueblo agotar su bravura en esfuerzos estériles.
«Con motivo del temblor habido en estos días, tuve ocasión de ver el espanto que produjo en estas gentes.
«La casa del Director del Colegio, Sr. Tornel, está convertida en hospital; allí, entre otros, se cura el oficial que primero plantó en Chapultepec la bandera americana, y que salió gravemente herido.
«Al sentirse el temblor, sacaron á ese oficial al balcón, allí le tendieron la cama y allí lo han tenido á los cuatro vientos, hecho un santo entierro.
«Las ocurrencias que pasan con motivo del idioma, son muchas; pero yo, por ahora, quiero referirme á una para cerrar mi carta:
«Estaba yo de charla en la botica del Reloj, cuando entró á ella un yankee, burdo y jayán, con su cara de » sol y su facha grosera y desgobernada.
«Pidió soda water, y yo de intruso y de patriota, le dije al boticario, chancendo: póngale, si puede, polvos para que reviente; refresco estricnina le daría yo, de mil amores.
<'E1 yankee bebió su soda, la pagó, limpió los labios,
y en un castellano pulcro y correcto, como el de Jovellano, me dijo:
— «¿Por qué quiere Ud. que me envenen, caballero?
¿qué mal le he hecho a Ud?
«El buen boticario, mi amigo, no sé cómo me sacó de aquella situación.
«Recibe expresiones, etc.
M. Z. G.
(Otra carta )
«Ya te he dicho que estos yankees ocuparon México como país conquistado, como aduar de salvajes, comiendo y haciendo sus necesidades en las calles, convirtiéndolas en caballerizas, y haciendo fogatas contra las paredes, lo mismo del interior del Palacio, que de los templos, fuego en que cocinaban y comían alrededor.
«En las casas de los alojados se cometieron mil atropellos. Pero donde hubiera podido formarse idea de estos comanches blancos y su cultura, es en sus bailes, haciéndose notables, entre todos, los de la Bella Unión.
«Allí lucían, como no es posible explicar, las Margaritas, así bautizadas por los yankees las mujeres perdidas, que se multiplicaron extraordinariamente, porque sus favorecedores regaban para ellas el dinero. Todo era en aquel salón chillante, intenso, febril. Sus vivísimos hombres desmelenados, con las levitas
y chalecos desabrochados, mujeres casi desnudas; todo lo que tiene de más repugnante la embriaguez, de más asqueroso la mujer desenvuelta, de más repelente el grito y la carcajada de orgía, se veía allí presentando un conjunto de degradación que habría podido servir para sonrojo del salvaje y de la bestia, y dejo á la sombra mucho de este cuadro, porque aunque ésta sea carta íntima, así lo exige la decencia.
«Punto menos que estos bailes, eran las escenas representadas en los juegos á que también se entregaban con frenesí.
«El dinero y el maíz parece que son para estos caribes los medios de seducción de nuestra plebe, y que mucho consiguen.
«Pagan francamente lo que compran y gratifican con largueza á los que les sirven. El bajo pueblo y los indios han aprendido maravillosamente el sistema decimal y el daime les es tan familiar como el tlaco.
«Al transitarlos carros del maíz de la tropa, va dejando en el suelo espeso reguero de maíz que recogen los pobres, sin que nadie los moleste, y esto hace que en mucho, entre el bajo pueblo, disminuyan los odios, que se concentran y recrudecen entre la clase media
v la rica. — Tuyo, etc.
M. M. Z.
(Otra carta.)
«Nada me irrita más, ni me enloquece de ira, que los azotes.
«Parala primera ejecución, se tomaron muy sertas precauciones y, sin embargo, no pudo verificarse polla actitud resuelta y amenazadora del pueblo. El cuadro de tropa que formó en la plaza, se deshizo, emplazándose la ejecución para el día siguiente.
«Ese día, que fué el 8 de Noviembre, se veriíicó la ejecución. Cubrieron las avenidas de la plaza por la Monterilla y Plateros, como mil quinientos hombres, contando algunos trozos de caballería.
«Las víctimas eras tres: un tal Flores y otros dos cuyos nombres no recuerdo.
«Fijaron en el centro de la plaza tres barras de hierro, del alto de tres varas, con palos atravesados haciendo tres cruces. En ellas colocaron á los acusados que descansaban en el suelo con los brazos abiertos sobre los palos, como crucificados, desnudos totalmente de medio cuerpo arriba.
«A una señal comenzó la ejecución.
«Es de advertir que el chicote, instrumento de la ejecución, era de esos chirriones de goma, gruesos en el puño y corriendo en diminución al descender, de suerte que á la vibración ó sacudida, se centuplica la fuerza de un modo espantoso, y el extremo ó pajuela se convierte en un instrumento que se hunde y raja como si fuera acero.
«Los azotes los aplicó un verdugo como un Hércules, y descargaba su látigo con frenesí.
«A los primeros azotes fueron aullidos desesperados los de Flores, después ronquidos sordos, al últi-
mo .... aquellas espaldas era una torta informe que se deshacía en sangre. . . .al acabar, cayó el ajusticiado sin sentido, y el terror y furia hacían espantoso el silencio. Los otros dos fueron ejecutados como Flores, y así se martirizaron á muchos mexicanos.
«Al yankee que quiso izar la bandera de Palacio, el día de la entrada de los americanos, le mataron de un balazo, pero por más esfuerzos que hizo la policía, no pudo averiguar quién fué el matador. Pero espantan por su barbarie los tormentos que preparaban al asesino.»
San Ángel, Noviembre 1843.
«No pude soportar vivir en México, y me vine á este pueblo, con tía Angelita, á quien sabes que considero como á mi segunda madre.
«Mi tránsito á San Ángel fué entre familias de gente que se guareció como pudo, en jacales, ranchos y rancherías, cadáveres insepultos, caballos muertos, carros rotos, gente llorando errante, despojos, sangre y todos los rastros de la destrucción y de la muerte.
«La casa del Sr. Mora, en San Ángel, se había convertido en hospital de sangre, y allí á los Dres. Gabino Barrera y Juan N. Navarro, atendiendo con suma diligencia y caridad á los heridos.
«A la entrada de los americanos á San Ángel, las generosas señoras de la familia, quisieron ocultar álos heridos, é instaron, tijera en mano, porque los doctores se tuzaran los bigotes; pero éstos se resistieron y
desafiaron frente á frente el peligro. Los americanos
dispensaron todo género de atenciones á médicos y á heridos, lo que da alto mérito á su civilización y humanidad.
«Lo que ha dejado en mí, profundísima impresión, fué el suplicio de los prisioneros irlandeses <l<> San Patricio, Gomo sabes, esos infelices pertenecían al Ejército Americano, y fueron en mucha parte seducidos por la influencia religiosa, porque todos eran cristianos, y por los escritos elocuentísimos de Martínez de Castro Luis, dirigido por los Sres. D. Fernando Ramírez y Baranda.
«Los de SanPatricio se habíancreado vivísimas simpatías por su conducta irreprochable y por el valor y entusiasmo con que defendían nuestra causa.
«A la noticia de la ejecución de los irlandeses, cundió la alarma, se movieron todo género de resortes, se aprontó dinero y se pusieron en juego todo género de influencias.
«Por último, las señoras más distinguidas y respetables, hicieron una exposición sentidísima á Scott, pidiendo la vida de sus prisioneros.
«Nadie se arriesgaba á llevar la solicitud al General en Jefe americano, por la manera cruel con que había tratado á los portadores de semejantes pretensiones, pero un fraile Fr ofreció llevar el escrito y abogar hasta el último trance por aquellas víctimas, fuesen los peligros que fuesen.
«Ni ruegos, ni lágrimas, ni respetos humanos fueron
capaces de ablandar aquel corazón de hiena, y se dispuso fuese llevada la orden terrible de muerte á puro é ineludible efecto.
«Detrás de la plaza de San Jacinto, á la espalda de las casas que ven al oriente, se pusieron de trecho en tro -lio y se macizaron gruesos vigones con trabas gruezas, tendidas horizontalmente en la parte superior, colgando otras reatas verticales de espacio en espacio.
«Los prisioneros fueron puestos en carros distrib nidos según los claros de las vigas; á cierta distancia, cutre gritos y chasquidos de látigos ataron con soga corrediza el extremo de los lazos colgantes al cuello de los prisioneros. ... y en medio de gritos hicieron correr á los caballos que tiraban de los carros, quedando balanceándose enlos aires entre horribles convulsiones y muestras de dolor aquellos defensores de nuestra Patria. . . .
«Por supuesto que la agonía de aquellos mártires
duró mucho tiempo Los cuerpos de las víctimas
fueron sepultados en el florido pueblecito de Tlaquepaque, situado entre Mixcoac y San Ángel.»
Creo conveniente cerrar aquí el paréntesis que anuncié, porque me esperan impacientes de ver la luz, mis recuerdos á la llegada á Querétaro, en donde acababa de instalarse el Gobierno, presidido por el Sr. D. Manuel de la Peña y Peña, Vicepresidente de la República, según la ley, como Presidente de la Suprema Corte de Justicia.
Formaban su Ministerio: Lie. D. Luis de la Rosa, en-
cargado de las Secretarías de ílacienda y Relaciones Exterioras; Gral. D. Ignacio Mora y Villanal el Ministerio de la Guerra, y no recuerdo exactamente al Ministro de Justicia.
Pungía Zarco, que había sido hasta entonces escribiente oficial muy secundario del Ministerio de Relaciones, y yo despachaba como oficial menor de I [acienda la Secretaría del ramo, aunque por ser diputado y no estar reunido el Congreso para pedir la licencia, no tenía título oficial.
Al descender la pedregosa y precipitada Cuesta China la caudalosísima corriente humana que había salido de México, y destacarse bajo tendidos horizontes cercada de empinadas serranías y dominando verdes llanuras, el inesperado contrasentido de carruajes y caballos; trajes cortesanos, sombrillas, toldos, sorbetes y accesorios de lujo, confundiendo colores, equivocando conjeturas, provocando enigmas y patentizando dolores, no puede describirse.
Proceres y sirvientes, empleados y vagos, pispiretas alegres y madres de familia agobiadas con el niño que llevaban en brazos, la maleta y el plumero, el anafre para improvisar comida, y la guitarra, como esperanza muda de futuro solaz.
Allegados al inmenso desbordamiento, y matizando su colorido de un modo especial, marchaba en dispersión y como ganado trashumante enjambre de mendigos, vendedores de tortillas, bizcochos, frutas,, etc.,
aparecidos de á pie y á caballo, y de indios que parecían brotar de entre la jarilla, las quiebras del terreno y las peñas.
Así penetramos á Querétaro, y las vertientes de aquella inundación se arremolinaban en las plazas, se escurrían por callejones y vericuetos, y estancaban en los suburbios de la ciudad, que conmovida y como convulsa de sorpresa, abría los brazos hospitalarios á los huéspedes, y encendía el tráfico y el ruido hasta sus últimos rincones.
Los mesones, las casas particulares, las accesorias y las chozas, hervían en forasteros, y viéndose que muchos quedaban sin abrigo alguno, se dispuso de los conventos, y aquellos santos retiros entraron, en un decir ¡Jesús! al holgorio y al trato mundano.
El Gobernador, alto, pálido, ceremonioso y seco, con sus ínfulas políticas y de mayordomo de monjas, procuró local para las habitaciones del Presidente y Ministros, y también para oficinas y cuarteles.
La casa de diligencias, entonces perfectamente servida y atendida, fué el centro de las personas más visibles y acomodadas, como Godoy, Muñoz Ledo, Cardoso, etc.
Otros proceres, con fama de rigorosamente económicos ó de corta fortuna, ocuparon el Carmen, marcándose entre los primeros Lacunza y Lafragua, y siendo de los segundos, Comonfort, Talav'era y algún otro.
Los ricos de Querétaro hospedaron en sus casas á sus amigos de México, y los palacios, que así pudie-
ran llamarse, de D.Cayetano Rubio, Figueroa. Sarnaniego, Domínguez, etc., se declararon en festín perpetuo, obsequiando á los huéspedes.
Fondas y bodegones, puestos de comistrajo y chimoleras, se multiplicaron en las plazas de arriba y ahajo, calles centrales y camino de tierra adentro.
Los pollos cortesanos, fingiéndose turistas, aguerridos, valentones y campestres; las pollitas escrupulosas y asustadizas, con los modales de los payos, la hurla de las encogidas queretanas, el tono del potentado labriego, la insolencia del fraile, molesto con la presencia de los irrespetuosos libertinos; la infinita variedad de trajes que formaban mosaicos caprichosos; la manta y el cuero, el huípil y la manteleta; el sombrero de petate y el sorbete; el pito y el tamboril del músico silvestre, la jaranita y el bandolón; el voceo del carcamanero y el quejumbroso grito de los tamales cernidos, todo formaba un conjunto sólo para visto.
Por la naturaleza de las cosas se formaron dos agrupaciones políticas, exageradas sin ser hostiles; pero en agitación continua.
Una de estas agrupaciones era la de la Paz, que se creía del Consejo é intimidades del Gobierno, y otra de la Guerra.
En la primera, sobresalían Lacunza y Lafragua, á quienes llamaban príncipes de la Paz y formaban tertulia en la casa de D. Víctor Covarrubias, personaje de cierta aristocracia, rumboso, sociable y obsequioso. Allí iban Lacunza y Lafragua á reforzar sus con-
vicciones con suculentas meriendas, aromático chocolate y bizcochos de los afamados de la población.
La Gasa de Diligencias era el asilo de los partidarios de la paierra y ardía en disputas, y la imaginación y el patriotismo forjaba planes, ideaba batallas y otro Sinaí hacía resplandecer el derecho entre truenos y relámpago*.
En otra casa, Ponciano Arriaga, Pradel y Gabino Bustamante, y Villanueva D. Pío gozaban particular estimación como redactores del periódico que defendía la guerra.
A la vez que aquellos focos de sabiduría y patriotismo llamaban la atención de la República entera, como á obscuras, en una callejuela mal compaginada y estrecha que lleva el nombre de la calle de la Palma, en una casita baja, reducida y mal ajuareada, vivía yo con mi familia, si no rayano en la miseria, muy en estrechas con la escasez, las cuitas y las enfermedades.
La casuca tenía á la entrada un cuartito largo y angosto como caja de sombrilla; brillaban las paredes por su desnudez y blancura, y la puerta y ventanilla que daba á la calle, cuyo alféizar solía usarse de sillón de lectura, por la falta de marcos, bastidores y vidrios restrictivos de las libertades del viento.
Toscas sillas de tule, como incrustadas en el muro, un ancho tablón habilitado de mesa con mapas, pápelos y libros, vasos con agua pura y ordinarios candeleros con bujías apagadas. He ahí el ajuar de Fidel y
el paradero de políticos fervientes en ciernes, militares científicos de uniformes raídos y mugrosos y proceres generosos y encumbrados que asistían benévolos á aquella tertulia que iluminaba la inteligencia y perfumaban los más delicados sentimientos del patriotismo.
La tertulia era matutina, la presidía el Sr. Pedraza, fumando y haciendo rodar su purillo entre el índice y el pulgar; Otero asistía con una provisión de bizco* chos en los bolsillos del pantalón; Iglesias cabizbajo seguía á Otero, rascándose con el dedo meñique su calva precoz.
Alejo Barreiro, con su mímica expresiva, daba batallas; Segura, á quien llamábamos la Mayenza, trazaba un plano en el ala de un mosquito, y Manuel Payno zurcía una leyenda fantástica y llena de sal, de un estornude ó del alarido de un comanche ó del suspiro de una monja desesperada.
Con frecuencia se refería cada una á sus aventuras y campañas, y esto dio origen á la formación de los Apuntes para la Guerra de los Estados Unidos, allí engendrados, allí corregidos y de allí desplegando sus alas vigorosas para recorrer el país sobre los recientes campos de batalla, produciendo á sus autores amarguras, duelos, quebrantamientos de huesos y odios entre la benemérita clase y el inmortal 3/4, como llamaban los tunos al Gral. Santa-Anna.
La boga de que disfrutaba el Judío Errante de Eugenio Sué, lo conocido de todos y la manía de mucha-
chos de poner nombres á todo, venga ó no venga el caso, hizo que se acomodaran los nombres de la novela varios de los redactores de los apuntes y que se llamaran «La familia de Renepont».
A los testigos presenciales de los hechos se encomendaron las relaciones de batallas, y á los que intervinieron de algún modo en los trabajos de otro género, de relaciones que eran examinadas, discutidas y aprobadas ó reprobadas con la mayor imparcialidad.
Así es que los artículos ó secciones de la obra, pueden dividirse así:
Introducción, Prieto.
Origen de la guerra, Iglesias.
Rompimiento de hostilidades etc., Iglesias, con datos y mapas de Barreiro, Segura, Carrasco, y archivo, Arista.
Monterrey, Prieto, con datos de Manuel y Luis Robles, xlmpudia y P. Llano.
Permanencia del Ejército en San Luis, Schiafino.
Abandono de Tampico, etc., Iglesias, Prieto, con datos de J. Barreiro.
Retirada del Ejército, Angostura, Prieto, con datos de Schiafino, Barreiro, Alejo Segura, Micheltorena.
Polkos y Puros, Payno.
Batalla del Sacramento, Urquidi y Muñoz.
Veracruz, Castillo Velasco.
Cerro Gordo y Orizaba, Urquidi, que fué el Ayudante de Santa-Arma.
Abandono de Perote y Olla. Urquidi, etc.
B68
Presidencia del Gral. Anuya, Prieto.
MéxifiO el 9 de Agosto, Prieto.
El Peñón, Prieto.
El Ejército del Norte, Iglesias, con datos de Scliiafino, Barreiro y Segura.
Padierna, Prieto.
Puente de Churubusco, Saborío.
Convento de Ghurubusco, Saborío y Schiaíino.
Armisticio, Iglesias.
Molino del Rey, Prieto,
Ghapultepec, Garitas, etc., Prieto.
De los autores de los otros artículos, no tengo certeza, porque habiéndose hecho el Sr. Payno cargo de la conclusión y publicación de la obra, él coleccionó los últimos artículos, con los datos que le seguimos suministrando todos.
Trajín é instalaciones de familia por una parte; por otra, reuniones de patriotas incandescentes; por aquí, la miseria solicitando arrimo; por acullá, la juventud ideando placeres, por todas partes brotando industrias, celebrándose tratos, estableciéndose relaciones y atizando la extraordinaria galvanización que alentaba á la Ciudad Santa de tierra adentro, así llamada por sus muchos y magníficos templos.
Instalóse el Sr. Peña y Peña como Presidente, y aunque mucho muy sigilosamente se reanudaron las negociaciones de paz, comisionando al Sr. D. Luis Gue-
vas y al Lie. D. Miguel Atristain para que tuviesen sus conferencias en la Villa de Guadalupe con Mr. Trist comisionado por los Estados Unidos, de los que Mr. Polk era presidente en aquellos momentos.
Adora es forzoso dar un paseo por la galería extensa, en que figuran los personajes que se hicieron visibles en este memorable desenlace de la paz y la guerra.
Era el Sr. Peña y Peña personaje monumental, y como quien dice, la encarnación de la ciencia jurídica.
Furia simétrica, rostro virreinal por lo ancho y gravedoso, pecho fornido, ojos meditabundos, blanco y de colgante patilla y un continente lleno de majestad y compostura.
Su voz pausada, su toser imperativo y sus ceremo- ' niosos modales, hacían de él un tipo que exigía veneración de los hombres del altar y del trono.
Visiblemente adherido á la paz, porque así se lo inspiraba su recta conciencia y la exagerada opinión del poder americano, sus consejeros predilectos eran: Pedraza, Lafragua, Lacunza, Riva Palacio y Rosa.
El círculo en que se hallaba le era extraño, su atmósfera había sido de abogados y clérigos, sus grandes autores, el Rey.D. Alfonso Justiniano, y las Pandectas, y sus ideales de Gobierno, de Fr. Payo de Rivera y el Conde de Revilla Gigédo.
Sin malicia y sin mundo, sin luz bastante en su cerebro para afrontar la situación, mantenía el poder como una ascua, pronto á soltarla.
Era fanático el Sr. Peña, y su presencia en una cantamisa ó monjío constituían una solemnidad, por lo mismo, sus relaciones con gente de iglesia eran numerosísimas.
El Sr. Peña y Peña nació en el humilde pueblo de Tacuba en 1789, hizo brillantes estudios en el Seminario, y ocupó puestos elevadísimos desde sus tempranos años. Casó con la Sra. Osta, hija de D. Miguel, de distinguida familia, y vivió muchos años en la calle del Calvario, frente á la Alameda.
Murió el Sr. Peña y Peña en 1850, y se le hicieron suntuosísimas honras.
En la vida íntima, era Peña y Peña dulce y amoroso: el Sr. D. Mariano Riva Palacio, que fué su pasante, le debió favores de padre.
Amaba con pasión á los niños y le encantaban sus travesuras, inclusive que se lanzaran á la fuente que estaba en el patio de su casa, calle de Corpus Christi, con todo y vestido.
D. Pedro Ma Anaya. — Carnes como sólidas, rígidas y enjutas, alto, anguloso, seco, cutis amarillo y abolsada la piel del rostro, nariz roma, boca grande, lampiño como pergamino mojado, penetración y severidad en los negros ojos, pómulos salientes, franqueza y altas prendas pintadas en su ancha y elevada frente.
Una vez me preguntaban quién era D. Pedro Anaya y yo respondí, casi sin pensarlo, es un hombre de palo con un corazón de Ángel.
Era serio y monosilábico; pocas veces, muy pocas,
se le vio reir. Se conocía cuando se conmovía, en una tosesilla seca que le era peculiar, y sonaba entre sus labios sin descomponer su fisonomía, como los acentos de un zorro de cartón.
Nació en Huichapan en 1795, sentó plaza de cadete en 1815, y apenas era capitán en 1821. al proclamarse la Independencia. Fué designado para la expedición de Guatemala, donde contrajo relaciones, y dejó un hijo. Érala personificación del honor y la probidad, de firmísimas ideas liberales; se separó de la carrera en las administraciones de Bustamante y Paredes, firmó el decreto de manos muertas, como Presidente del Congreso, en 1847, y conquistó lauros inmortales en Churubusco.
El Sr. Peña y Peña, á nuestra llegada á Querétaro, era el personaje culminante, á pesar de que su duración en el poder debía ser muy corta, y él, con su buena fe, la aceleraba procurando á toda costa y con diligencia suma la reunión del Congreso.
De mis apuntaciones de aquellos días, que copio en seguida, resulta que los personajes á quienes yo graduaba de más influyentes en el desenlace que iban á tener los sucesos, eran los siguientes, es decir, en lo ostensible para el público, en mi esfera, y según mi modo de juzgar las cosas:
D. Manuel de la Peña y Peña y D; Pedro Ma Anaya, Presidentes.
Lie. Miguel Atristain y D. Luis G. Cuevas, Comisionados para el tratado de Guadalupe.
Comisión de Relaciones, encargada de dictaminar
por la paz ó por la guerra (Cámara do Diputados).
Lies. José Ma Jiménez, Teodosio Lares, Mariano Macedo, .1. M. Lacunza.
Hablaron por la (¡nena:
Lies. Manuel Muñoz, de Chihuahua; Trinidad Villanueva, de Jalisco: Ramón Pacheco Jalisco; Rodríguez, Prieto; Doblado, Guanajuato; Arriaga, San Luis; Cuevas D. José María.
Hablaron por la paz:
.Gral. Micheltorena, Lares, Lacunza, Gral. Mendoza, Payno, Lie. Hilario Elguero.
Votaron por la negativa:
Aguirre, Arriaga, Dr. Juan N. Bolaños, Cañedo Anastasio, Cardoso, Cuevas, Doblado, Prieto, Urquidi, Valle Guillermo, Siliceo, Fernández del Campo, Granja, Herrera, Zavala, Mariscal, Pe Jesús Ortiz, los diputados que hablaron por la guerra, (slc)
En el Senado sólo votaron por la guerra:
Lie. Octaviano Muñoz Ledo, Fagoaga, Ramírez Fernando, Morales, Robredo, Otero. D. Bernardo Flores, I). Miguel Atristain. Muy poco conocí y traté al señor Atristain. Rubio, pálido y de cabello lacio, los ojos espiando tras gruesos anteojos de oro,bocagrande y nariz tosca y aguda.
Hablaba mal y monótono, y se distinguía por su probidad y circunspección.
Nació en Oaxaca. y tengo idea de que estudió en San Ildefonso, sin distinguirse como estudiante. '
Cierta celebridad le vino de ser representante en los grandes negocios que tenían las casas de Mackintosh y la de D. Francisco Iturbe con el Gobierno, y de su matrimonio con una hermana del Sr. Canónigo Berazueta, de poderoso influjo en eidero.
Los intereses que representaba le ponían en contacto con el Gobierno, y de ahí nació su ingerencia con los tratados de paz. Santa- Anua le cobró particular afición y confianza, y dejó en su casa á su esposa, al emprender sus operaciones contra los americanos.
Hilario Elguero . ,
D. Luis Cuevas (sicj
El Sr. Jiménez era nativo de Puebla.
Moreno, cabeza voluminosa, ojos saltones, anchas espaldas, cuerpo regular y macizo. Profundísimo en jurisprudencia y teología, hablaba pausado y metódico, con voz dulce y recalcando la 11 como buen poblano.
En la tribuna distribuía lógico su discurso, encadenaba sus silogismos y producía su palabra reminiscencias de pulpito. En el trato familiar era chancero é ingeniosísimo, y con los amigos fino y obsequioso.
D. Teodoro Lares, carirredondo, pelinegro, coloradito, de anteojos y risueño, nació en Aguascalientes, hizo sus estudios en Guadalajara y se radicó en Zacateca- como Director del Instituto.
Grande era su erudición, escribía correcto y hablaba con acento pronunciado de payo, débilísimo de ca-
rácter y muy admirador de los prohombres del piulido conservador, cayó en el imperio y le tocó representar papeles principales, siendo en realidad un colegial bien educado y sin mundo.
El Lie. Macedo, un dandy, un petimetre, un dijo sin mancha ni arruga, afiligranado y como vaciado en un molde de perfecta elegancia.
Tez morena, mirada que dulcificaban los anteojos. negra y delgada patilla, voz dulcísima.
El primero en el acatamiento á las damas y personas de respeto.
Era el Sr. Macedo, á quien todo el mundo llamaba D. Marianito, por cariño, nativo de Guadalajara, y no tenía el más leve resabio de payo, por el contrario, alguien le tachaba de atildado y ceremonioso, y que andaba de puntillas. Creyente cerrado, sus relaciones eran de gente de Iglesia y proceres políticos.
En la tribuna era metódico y templado; en los negocios de cálculo certero, y en el trato íntimo de finura incomparable.
Netamente pertenecía Macedo al partido moderado; pero tenía amistades íntimas que sabía conservar con exquisito tino y circunspección.
El bufete de Macedo era acreditadísimo, y cuando figuró en el Congreso, ya tenía gran reputación, aunque los exaltados le inculpaban injustamente como conservador, porque aunque liberal no seguía nunca bandería ni gustaba comprometer su independencia.
Ponciano Arriaga: al levantar el velo para exponer
este retrato, me siento incapaz por dos razones: la primera, porque soy parcial, parcial como con Cardoso, como Ramírez, como todos los que eran rayos de luz de mi misma alma y sanare de la vida de mis más íntimos afectos. Eso de «quien á feo ama hermoso le parece,» y cuando se ama lo hermoso ¿qué sucederá?
Por otra parte, las fases de la inteligencia y de las facultades de Arriaba eran muy varias, y me acontece lo que al pasar por una galería de cuadros de distintos asuntos de autores eminentes: se ríe con los borrachines y los tunos de Goya, se deleita con las Madonas de Rafael y Murillo, se pone nervioso con las batallas de Salvator Rosa, tiembla con el naufragio de la Novara y se espanta con los fatídicos frailes de Zurba rán.
Así yo con Arriaga en su estudio, meditando silencioso, le admiro. En Guanajuato, desafiando á Arista, me espanta; contrariando el golpe de Estado de Comonfort, me arrastra y subyuga; me alegra en los fandangos de chinacates; en la tribuna me encanta; como patriota, es un bello ideal; como amigo, sin tipo con qué compararlo ni ternura con qué encarecerlo.
Nació Ponciano en San Luis5 hizo allí sus estudios y desempeñó cátedras con grande lucimiento.
Entusiasta por la Independencia y apasionado por todo lo mexicano, dióse á conocer en unos toros de aficionados en que se formaron dos cuadrillas de toreros, una de españoles y otra de mexicanos.
En trajes de capitanes, en mil pormenores, se esta-
bleció cierta competencia que empeñó vivamente el amor propio de lo< unos y los otros.
Dióse la corrida: cada toro tocaba á cuadrilla diferente. Kl publicóse convirtió en facciones que aplaudían frenéticamente,
La cuadrilla de españoles, por su riqueza y por lo bien elegido de bichos y de diestros, estaba por las espumas.
Llegó su turno á los mexicanos, y picaron y capearon admirablemente, Moviéndoles llores, galas y agasajos de las lumbreras.
Al poner unas banderillas Arriaga, el toro matrero le siguió y acometió á la mala; iba á correr el banderillero, cuando oyó algún silbido de los españoles: entonces se volvió Arriaga contra el toro, con tal arrojo, con tal furia, tan inesperadamente, dándole con las banderillas y arrojándose sobre él, que el toro corrió espantado, gritando los espectadores ¡¡Viva México!! en medio de los palmoteos y las dianas.
Tal circunstancia le dio tal popularidad, que los más infelices tenían orgullo en ser amigos de D. Ponciano, quien siempre les servía con el mayor cariño y desinterés como abogado gratuito y como valedor incomparable.
Al estallar la revolución de Religión y Fueros en 1833, Ponciano estableció un periódico vehementísimo con otros estudiantes, y se hizo el periódico más decidido y sangriento cuando ya Arista estaba en Guanajuato prevenido contra las iras de Santa-Anna. Kl
periódico de los pronunciados le dijo á Amaga intimidándole que esperaba que repitiera sus bravatas frente á los cañones de Guanajuato. Arriaga se alistó en la guardia nacional, marchó á Guanajuato, y en lo más empeñado de la sangrienta toma de Guanajuato, luchando temerario, gritó desde una trinchera: Díganle á Arista que aquí está Ponciano Arriaga el de las bravatas del periódico de Guanajuato.
Arista supo este rasgo de Arriaga á quien no conocía, y desde entonces conservó por él profunda estimación.
Alto, flaco, anguloso, de ojos pequeños, con rastros de viruelas en la cara, barba rala y cabello que descubría por hileras su calva, voz que salía dulcísima y vibrante de su dentadura blanca.
Era en extremo nervioso: subía á la tribuna desgarbado y vacilante, temblaba al entrar en acción como Marsena y pasaba su diestra sobre la frente como para arrancarle las ideas: pero insensiblemente su voz se aclaraba, su cuello se erguía, volvía el rostro á los lados y se encaraba con su auditorio: entonces no corría sudor, ni se precipitaba su elocuencia, procedía como por explosiones y pausas; pero en ideas tan enérgicas, tan contundentes, como el ariete que á cada golpe parecía derribar con estrépito el muro en que se defendían sus enemigos.
Y ese mismo hombre, entre sus amigos, condescendiente y humilde, alegraba la tertulia, animaba el baile y convocaba á los pobres para darles de comer en sus fiestas domésticas. Arriaga con Gabino Bustaman-
te \ Pradel. redactaban el periódico de la guerra en Q aeré taro. Lie. D. Manuel Doblado. Se alza el telón. Al piede
una alia loma un pueblecillo juguetón y contento, su rio de turbias aguas y sus manantiales numerosos, su torre estirando el cuello para ver la Llanura y sus «•asilas bajas de puerta y ventana piuladas de blanco y con el frente empedrado.
Veseaquí y acullá un retazo de banqueta como anuncio de casa de polendas y uno que otro farol cuyos vidrios verdes parecen más bien cárceles que asilos de la luz. En las solitarias calles, transeúntes de calzón blanco, arrieros y mayordomos en caballos flacos y cuellos largos, tal cual hacendado con su manso caballo de silla guarnecida de plata, algún señorito en su cuaco brioso y relancista, y por Corpus y San Juan mi coche de camino presidido de la remuda, con su camisa, ílotaudo sus colchones y envoltorios en la tablilla y sus criadas debajo de la caja, en la hamaca, sacando las cabezas como nido de golondrinas.
Por poco que conozca nuestros pueblos el que esto leyese, completará el cuadro con cerdos vagabundos recorriendo las calles, asnitos sueltos en paseos tranquilos ó dando suelta á eróticos rebuznos y grupos de canes en solaces. Una que otra carreta que rechina al rodar trabajoso, un atajo de burros ó de muías que arma polvareda.
En este teatro, allá por los años del Señor, de 1833, gallaba un chicuelo pobrísimo, pero de honrada fami-
lia, tan ágil para el piso, como listo para la riña, tan primer lugar en la escuela, como sin segundo para relatar la vida y milagros de Pedro de Urdimalas, como para monaguillo de la parroquia ó encantar á las ancianas oficiando el Víacrucis ó el rosario.
La pobreza había caído de plano sobre la familia de Doblado, al extremo de ocupar al chico en trabajos muy secundarios, y por los días en que voy hablando, su ocupación era cuidar una era en que tenían sus padres una poca de cebada y frijol.
Por ese tiempo hacía su visita y pasó por aquel pueblo, que no era otro sino San Pedro Piedra Gorda del Estado de Guanajuato, el celebérrimo Obispo de Michoacán D. Juan Cayetano Portugal, vecino de allí, á quien presentaron al jovenzuelo Doblado, como un fenómeno de talento y aplicación. Hablóle el Sr. Portugal, le hizo preguntas sobre sus estudios y acabó por darle algunas monedas, diciéndole: yo te bendigo en el nombre del Padre del Hijo y del Espíritu Santo; tu serás uno de los hombres más eminentes de mi patria!
Aquella profesía elevó al quinto cielo la reputación de Doblado, de suerte que, cuando, en virtud de una ley del Estado de Guanajuato, se pidió á Piedra Gorda al niño pobre que saliese de la escuela con mejores calificaciones, sin titubearse designó á Doblado, quien montado en un rocinante tísico y averiado de las patas y del lomo, dejó el hogar paterno, en medio de las bendiciones y lágrimas de sus deudos.
A poco de estar en el Colegio, el bendecido niño de
Piedra Gorda ocupó el primer lugar en su cátedra, y se distinguió por su facundia en juegos y través uras, su complicidad en robillos de despensa, su complicidad en amoríos y su tipo reservado, audaz, ambicioso, sutil y manirroto.
El colegial avanzaba rápido en sus estudios; era, sin pretenderlo, consultor y caudillo; pero la escasez le tullía, la hambre le acogotaba, y aunque despejado y arbitrista, no le hallaba punta á la hebra del socorro de sus necesidades.
Una noche que brillaba la luna, alumbrando el juego de pelota del colegio donde se hallaban varios muchachos, oyendo contar cuentos, pasó sin duda una inspiración singular, tras el cristal de la sorprendente inteligencia de Doblado, y exclamó, oyendo algo estupendo. . . .eso lo pasé yo la quinta vez que me morí.
— Cómo andamos ahí; dijeron alguno?.
— Lo que Uds. oyen, mucho más extraordinario.
— ¡Cuenta! ¡cuenta! ....
— Con dos condiciones.
— Veamos cuáles.
— La primera, que al primero que interrumpa con impertinencias se le expulse de la rueda.
— ¿Y la segunda?
— Que si agradare mi relación y quieren que siga, me han de dar algo para mis gastos, correos y papeles que necesito. ¿Convenido?
— Convenido.
— Pues atención.
V los chicos formaron rueda en el suelo, y enmudecieron, oyéndose en el más profundo silencio los gritos y ladridos lejanos de fuera de las tapias del colegio.
— Yo realmente desconozco mi origen, ni sé quienes fueron mis padres: presumo que vengo del polo Antartico y me consta, como probaré á su tiempo, que Dios me concedió el don especialísimode resucitar después de sepultado, en otra tierra, con otro nuevonombre y en nueva infancia, juventud y vejez, corriendo en cada renacimiento nuevas y maravillosas aventuras, con la facultad de recordar lo pasado con toda claridad,como lo van Uds.á ver, si me prestan atenciómde suerte que los prodigios, el viento y las tempestades, sus arcanos, la tierra, sus milagros, las aguas y sus intimidades, cavernas y subterráneos, me han confiado. En estas variadas faces de mi vida, he sido trovador y guerrero, sacerdote de sectas distintas, marino y aeronauta, ajusticiado por perverso, y á las puertas de la canonización por santo milagroso. Amante apasionado, esposo feliz, viudo inconsolable En fin. lo
he sido todo y de todo quiero informaros.. . .cesando por ahora porque me encuentro fatigado, y algunos recuerdos anublan mis ojos de lágrimas y embargan mi voz. . . .Doblado calló, y el silencio sobrevino á su mutismo.
Al principio, los chicos quisieron interrumpir burlones, después escucharon, luego conmocionados cercaron al narrador. Su palabra era tan fácil, el colorido de
La narración tan bello y tan Interesante, su aplomo tan
grande, que aun los persuadidos de que se trataba do una fábula, so asombraron de aquella maravilla do improvisación.
Abrazaron á Doblado, le emplazaron para la noche siguiente y llovieron en su mano las monedas, empañándole á que continuase su historia.
A la siguiente noche todos los chicos acudieron puntuales y curiosos de escuchar á Doblado, tendieron sus capotes en el suelo en semicírculo al frente de la &otadera, asiento prominente del narrador.
Restablecido el silencio, anudó de esta manera el cuentista su relación pendiente:
— «Uno de mis nacimientos, ó mejor dicho, el que mejor recuerdo, me representa un ánade blanco como espuma, que no sé con qué motivo se entraba por un gran salón como Pedro por su casa; tenía el lomo muy ancho el ánade, y tambaleaba al andar; pero lo singular era que lloraba como criatura y casi articulaba palabras humanas de idioma desconocido.
«Los concurrentes de ambos sexos que ocupaban el salón, eran singularísimos: en las cabezas de los hombres se veían como pequeños arbustos de menudas y verdes ramas que sombreaban los rostros, y en las cabezas de las mujeres flores preciosísimas en sus tallos, que eran adorno delicioso y defensa de sus cabezas.
«A la presencia del ánade maravilloso, todos los circunstantes mostraron asombro; uno, compadecido de los dolientes gritos, desenvainó su puñal y rajó con él
el lomo del ánade; al abrirse en medio de la sangre que caía sobre las blancas plumas convertidas en hojas de clavel, apareció, sonriendo, un niño blanco, rubio, risueño, tendiendo sus preciosas manecitas á una de las damas que era nada menos que la reina, quien lo llenó de besos y caricias.
«Casi sin intervalo de tal escena, la reina se hundió en el suelo con todo y su nueva adquisición, y lo mismo sucedió con otros personajes prominentes, á mi juicio, por la riqueza de sus trajes, y era que aquel salón era un punto avanzado de Palacio en que se recibía y comunicaba subterráneamente por salones lujosísimos eon las habitaciones reales, habiendo en el pavimento cotillones y tramoyas por donde se verificaban aquellas mágicas y repentinas desapariciones.
«Los ejercicios gimnásticos en aquella mi patria, comenzaban desde la edad más temprana, y consistían en trapecios y columpios elevadísimos y que se sujetaban á vaivenes más ó menos impetuosos, según el parecer de los maestros.
«Había voladores como los de los aztecas y, por último, pequeños globos que sostenían á un niño á poca distancia con velocidad extraordinaria.
«Todos estos ejercicios los motivaba, que los que allí fungían de cabalgaduras eran avestruces gigantescos domesticados y enseñados como nuestros caballos: esas inmensas aves servían para los viajeros y para las tropas, no permitiéndose el caballo sino para las cercanías de las ciudades y para los paseos, de suer-
te que los grandes viajes eran por el aire con la mayor violencia y comodidad, y los caballos en los airea tenían cierto carácter de grandeza y majestad imposible de describirse.
«Las grandes hileras de aves colosales perdiéndose en las nubes, los estandartes y banderas, los aparatos para conducir los heridos y descender á tierra, las músicas, todo era inesperado y fantástico.
«Por supuesto que había sus sabios muy conocedores que fijaban los días de combate para que no un aguacero ó una granizada trastornara los planes de guerra.
«Después de mil maravillosas aventuras y de ocupar puestos muy eminentes en el Estado, mataron en una batalla al narrador que tenía el nombre de Kerchuffs, y á quien mandaron retratar en un gran papelote que se elevaba en los aires los días de gran formación de las tropas en el espacio.»
Al dar por terminada su relación esa noche el narrador, el entusiasmo se desbordó, le pasearon en triunfo por todo el colegio y se pronunciaba el nombre de Doblado con fanática admiración, lloviéndole propinas, obsequios y consideraciones.
Al acercarse los exámenes, suspendió sus pláticas nuestro amigo, quien sacó los primeros premios, y cuando las vacaciones llevaron á todos los ángulos del citado á los chicos al seno de sus familias, se difundió la fama de aquel colegial extraordinario, abismo de •gracia y elocuencia.
Al rector del Colegio había llegado la noticia de las milagrosas aventuras de Doblado, y cuando volvieron á continuar sus estudios los chicos, promovió la continuación de los cuentos de aquel nuevo Guzmán de Alfarache ó Lazarillo de Tormes.
Doblado organizó las reuniones cuidando de sus propinas y comenzó por una de sus mil transmigraciones, con el nombre de Motetes.
Este era un muchacho crespo, moreno, de ojos negros, de movimientos listos, valiente y dadivoso, hijo bueno y excelentísimo amigo; pero con una inventiva tan estupenda para las maldades y diabluras, que ni en los pasados ni en los presentes tiempos se le reconocía rival.
El sombrero con la parte superior averiada, la camisa en descote insolente, el pantalón clareado y suplido con un paliacate. . . .en una bolsa pan y queso, en la otra un trompo ó un celemín de huesos de chavaeano.
En una vez le asaltó un perro enorme, y al abalanzársele, Motetes se puso en cuatro pies y le ladró ó guiñó al perro, de modo que el can volvió grupas y echó á correr espantado.
En una riña que tuvo con un boticario, éste le siguió con un palo, el chico saltó sobre el mostrador y parado en él grito al enemigo: «Ni un paso más porque barro y derribo todo el botamen de la botica,» con lo que el boticario entró en transacción.
Llamaba á un vendedor por la calle, y después de
ver el efecto proclamado, le preguntaba si rendía. . . .
— Sí, niño. . . .
— Pues consuélese Ud., porque otros no venden, y echaba á correr.
Ya 86 vengaba de un músico que le perseguía, untando sebo en las cuerdas de su violín, con lo cual quedaba sin tocar y el artista con derrame do bilis.
Ya. introducía un trozo de hielo en una trompa que sonaba destemplada.
Ya se ponía á comer limón gesticulando frente á un flautista, que con la boca aguanosa no daba tonos.
Una ocasión se introdujo al coro de una iglesia, y con suma sutileza y disimulo rajó los pliegues de los fuelles del órgano. Guando el caso lo requirió trató de dar un lleno el órgano y produjo un ronquido ruidoso y ridículo que hizo carcajear á todos los fieles cristianos.
Ya se entraba á una mercería muy serio, á preguntar si habíaherraduras para mosquitos ó pistolitas para matar pulgas; ya les gritaba tostadas á las molenderas de chocolate, injuria alusiva á la lumbre que se ponían debajo del metate y les tostaba el vientre.
Para atar un cohete á la cola de un perro, y prenderlo haciendo que corriese desatinado; para poner zapatos con cascaras de nuez á un gato de modo que anduviese trastravillando; para atar un papel á la cola de otro gato y verlo dar vueltas enloquecido; para esto Motetes era único en su género.
Y á tanto llegó el entusiasmo de sus oyentes, que se le quedó á Doblado el nombre de Motetes, que conser-
van hasta el día los pocos compañeros de colegio que lo sobreviven.
El Rector se decidió á escuchar á Motetes, disponiendo las cosas de modo de confundirse con los otros colegiales, y así lo verificó.
Hablaba osa noche Doblado, de la condensación ó consolidación porosa de una nube, que habitada se convirtió en isla flotante, y donde acontecieron cosas estupendas.
Y era tal la gala del estilo, tan profundo el interés que dio á la narración, tan vivo y poético el colorido de su leyenda, que el buen rector estuvo á punto de declarar sobrenatural al niño sublime, para plagiar la calificación que se hizo de Víctor Hugo.
Con verdadero asombro, y en conversación familiar, habló el Rector de Doblado con una gran señora, tan opulenta como bella, y tan inteligente como generosa.
La rica matrona comprometió al Rector á que la disfrazase y la colocara de modo de escuchar á Doblado.
Esa noche, en no sé cuál de sus vidas se pintaba Doblado, huérfano, doliente, recogido por unos audaces marinos y navegando en mares tempestuosos.
Ocurre un tremendo naufragio, que describe divinamente el narrador, como lo hizo Byron en D. Juan; comió Pereda, como el poeta de inspiración más valiente. Rendido, reluchando con las olas, perdió el sentido. . .al volver ensí,sehalló en medio de un silenciosísimo arenal, sin un árbol, sin agua, sin un accidente cualquiera que ofreciera vida. . . .El náufrago estaba
totalmente definido y habla quedado en su cuello una,
medallado la Virgen María, recuerdo de su santa madre.
Quitóse la medalla del cuello, la puso en laarenu y se arrodilló para besarla; al poner los labios eu ella, el suelo se hundió, precipitándose de cabeza Motetes al fondo de un pozo profundísimo, tentando las paredea de aquel abismo; cayeron unas piedras y tendiendo La mano, se persuadió que estaba en la primera de las gradas de una escalera de caracol.
Subió entonces intrépido, conmenzó á percibir débiles y blanquísimos destellos, subió más y más, y de pronto y vestido por arte de milagro, se halló en el centro de un delicioso verjel, lleno de árboles frondosos y bellos, con cascadas risueñas y lindas flores, con frescura en el ambiente perfumado en que revolaban pintadas mariposas, y se oían los cantos dulcísimos de aves melodiosas.
Del seno de una fuente de clarísimos cristales, sin siquiera rastros de humedad, salió una joven tan deslumbradora de belleza, tan dulce de mirar y tan enamorada de acento, que hubiera requerido una alma acl-hoc para admirarla y para amarla.
Llamó al joven y le dijo: toma esta llavecita de oro, busca una peña que está frente á mí, y en que está incrustada la chapa de esa llave, abre la peña, se convertirá en puerta que da á la habitación que te doy en premio de tu amor á Dios, á tus padres y tus talentos, lo mismo que á tu noble ambición de ser útil á tu patria v á tu familia: vo nunca te abandonaré.
Practicó el niño lo que dijo el Hada, después de decirlo palabras tan tiernas y sentidas, que apenas se oía al narrador entre los sollozos de los circunstantes.
La «irán matrona compañera del Rector, se retiró sin decir palabra, suplicándole á su amigo que el domingo próximo enviara á Doblado, con cualquier pretexto á su casa.
Fué en efecto el afortunado colegial, lo llevó la señora á su sala, y le dijo: Yo soy sirviente de la Hada que vio Ud. en la fuente, y ésta (mostrándole una llave) es la llave de la habitación de Ud.; sígame.
Siguió Doblado los pasos de la dama y encontró un departamento perfectamente amueblado, con estantes y libros, útiles de aseo y cuanto se pueda imaginar para comodidad y bienestar de un joven.
— Esta es la casa de Ud., aquí vivirá, aquí concluirá Ud. su carrera y encontrará una segunda madre. Así ingresó Doblado á aquella opulenta familia, así encontró una generosa protectora á quien amó y reverenció toda su vida y así fué su entrada en el gran mundo.
Ocasión tendremos de ocuparnos más detenidamente de este personaje. Guando fué al Congreso de Querétaro tenía treinta años.
Era rubio y de ojos azules y pequeños, pero vivísimos; de boca pequeña y labios finísimos, de cuerpo mediano pero ágil y bien hecho, muy pulcro en el vestir y con los hábitos de gran señor con uno que otro dije de payo que le agradaba.
El Sr. Lie. D. José Ma Cuevas. La familia de los se-
ñores Cuevas es originaria de Lerma, el padre ó abuelo de D. José Ma fué duefio de la hacienda riquísima del Mayorazgo, de donde se colige su opulenta fortuna, influencia y relaciones.
Hizo brillantísimos estudios en el Colegio de San Ildefonso, y decía que le habían educado los jesuítas á quienes profesó toda su vida profunda admiración, y cuyas in.ixiiuas morales ó de conducta en el recto sentido de la palabra, citaba frecuentemente en su conversación familiar.
Moreno, hermosa y amplia frente coronada de escaso y disperso cabello, nariz proporcionada, ligeramencurva, boca recogida, de finos labios y movimientos graciosos, alguna barba que sombreaba su rostro sin comunicarle aspereza.
Constantemente andaba con la cabeza inclinada, era cargado de hombros, y en su asiento parecía doblado y como al dormirse.
Abordaba la tribuna con cierta timidez que se parecía al miedo, su voz era opaca y como que reclamaba atención y silencio.
Su decir era con espontaneidad elocuente como corriente clara bajo sauces; tenía la manía de estirarse el cuello de la camisa y de repetir, como aparte, cortando su peroración: «pues señor, pues señor.»
Jamás se dio por entendido de aplausos ó signos de reprobación; nunca se dirigió á sus contrarios, nombrándolos por su nombre: era el Bayardo de la tribuna.
En sociedad era afable y le encantaban las reminis-
cencías de colegio, no conocía la vanidad y refería sus derrotas en el foro de un modo sencillo y franco.
Aunque en exterior engañaba con algo de enfermizo y monástico, era cazador notable, manejaba las armas con destreza y tenía bien sentada su reputación de jinete.
Casó el Sr. Cuevas en temprana edad con laSrita.Estaníllo, mujer hermosísima y de virtudes angelicales.
En el hogar era el Sr. D. José Ma sincero y obsequioso con sus amigos, franco y cariñoso, caballero y galán con su señora y de ternura sin igual para con sus hijos.
Observaba sin gazmoñería las prácticas religiosas é hizo de su familia el ornamento de nuestra sociedad.
Realmente, el Sr. Cuevas era un liberal moderado, es decir, que estaban en su convicción los principios liberales, menos en las que creía heridas sus creencias religiosas y las inmunidades de la Iglesia.
La decisión y firmeza con que defendía esos fueros, hacían que los exaltados lo considerasen como filiado en el partido conservador ó enemigo de la independencia, lo que era altamente injusto, y desmintió con pruebas su patriotismo.
( reneral Lino José Alcorta , . . . ;
General Mora y Villamil
El salón en que el Congreso reunido en Querétaro celebró sus sesiones, estaba situado en el edificio llamado la Academia, viendo á un costado del opulento templo de San Francisco.
Era, propiamente hablando, un galerón ovalado con una soia puerta y sin ventana ni tragaluz; el cielo de bóveda de piedra, el pavimento enlosado y una ventanilla en el fondo con su reja de Berro.
Contra la pared, y descendiendo al suelo, había después de un amplio tránsito que recorría La mitad del óvalo una tosca, gradería de cal y canto en que se colocaron sillas para los diputados.
Parece que estoy viendo el salón: en el centro de La gradería superior se colocó el dosel, la mesa para el Presidente y los Secretarios que tenían de frente un gran Santo Cristo con el enorme tintero de plata al pie de la cruz.
Veo bajo el dosel el busto del Sr. Jiménez Caberón, moreno, ojos saltones, con lo 'que debía ser blanco de los ojos, rojo.
A la izquierda de la fila, en primer término, Doblado, de pelo gris, ojos cincos, barbilampiño y nariz n pencada; allá al frente, Elguero, blanco, chupado de carrillos, con sus hermosos ojos negros y su boca grande de dentadura de marfil; acullá el Padre Madrid, Obispo, con su sotana morada, flaco, de anteojos, y rostro monjil amarillento y enfermizo; Cuevas D. José Ma hecho una & hundido en el cuello de la camisa, con su manoapoyandosu mejilla y sus obscuros anteojos verdes que parecían aislarlo del mundo.
Permanecíaen la sesión silencioso y cabizbajo, viéndosele como coronilla sacerdotal la calva.
Arriaga, en chirlos el cabello, dejando al descubrir
la calvicie: frente abierta y franca, ojo* pequeños, negros, de atrevimiento indecible, hoyoso de viruelas, boca húmeda y dentadura alegre y luciente; era como el adalid de la gracia.
Micheltorena se sentaba no lejos, con su cabellera pachona como de duque de comedia de capa y espada, ahuilados rizos entrecanos sobre las sienes, finísimo y adamado, se recordaba su valor por su indolencia al hablar de los grandes peligros, y su ciencia por la divagación con que constantemente veía al cielo, porque la astronomía era su pasión favorita.
No correspondía con su natural modestia su modo de hablar pomposo y retumbante, hasta en la conversación familiar.
— ¿De qué será bueno, le preguntaban, un monumento para Hidalgo, señor general?
— De mármol duradero ó de bronce eterno, respondió con la mayor naturalidad, como diría una cocinera de un guiso en aceite y vinagre ó con salsa de mostaza.
Era valiente Micheltorena hasta olvidarse de la muerte. En lo más, recio de la batalla de la Angostura, no se* levantaba de su catre en donde estaba. Distraído tomó un libro y no lo soltó sino hasta concluir un capítulo, envuelto casi por los enemigos.
El público se agolpaba á las anchas puertas del salón, de pie y haciendo olas las caras y cabezas.
No había salón de desahogo, ni cosa que se le pareciera, de suerte que los diputados descansaban de pie
contra la pared, y allí eran sus conversaciones, con
saltas y altercados.
Antes de pasar adelante, quiero referir un incidente que influyó mucho en el ánimo de los que vacilaban de buena fe, entre votar por La paz y la guerra.
Al llegar el Gobierno á Querétaro, el Sr. Peña y Pefia provocó una junta de Gobernadores para que expusiesen los recursos que los Estados podían poner á disposición del Gobierno, dado el caso que el Congreso sé decidiese por la guerra.
La junta se instaló con el número que pudo reunirse de Gobernadores, presidiéndola uno de los ministros, y fungiendo como secretarios Zarco y yo.
Algunos de los Gobernadores estaban representados por personas elegidas por ellos.
Se hicieron notables en aquella junta, Ocampo por, Michoacán, el Lie. Adame por San Luis Potosí, y el Sr. Mesa, Gobernador de Querétaro.
Los elementos de que podían disponer los Estados, eran realmente exiguos, todos ellos sufrían por causa de la guerra; las rentas apenas podían cubrir las necesidades más precisas, los giros estaban en completa parálisis, los campos abandonados, los caminos desiertos.
No obstante, Guanajuato, Michoacán, San Luis y otros Estados, manifestaron que se esforzarían, exponiendo las conveniencias de la guerra y lo muy justificado de los grandes sacrificios de la Nación.
Tocó su turno al Gobernador de Querétaro, persona
<ie grandes polendas y oráculo del alto clero Queretano. Era el Sr. Mesa alto, flaco y enhiesto, como formado de un tablón.
Corbata blanca y grueso bastón con puño de oro, pal i acate curiosamente doblado, y caja de oro de rapé. Hablaba pausado y campanudo, mostrando en acciones y palabras mucha ceremonia y circunspección.
Comenzó su discurso el Sr. Mesa con una estadística de Querétaro, llena de primores, en que se escapaban verdaderos chistes, dichos con la mayor formalidad.
Concluyó ofreciendo sus preces por el acuerdo del Gobierno; preces que, como decía Zarco, no podíamos inventariar en el material de la guerra.
Sea que el mismo Sr. Mesa no quedase contento de su contingente de preces ó cualquiera otra cosa, hizo un acto rellexivo y dijo:
— -Podía ofrecerá la junta una hermosa pieza de artillería, que no dudo sería útilísima; pero es el caso, que se tuvo que cargar con piedras hace tiempo, y le quedó la boca un si es no es ladeada, de suerte que se tira á la derecha y de fijo pega la bala en la izquierda.
Aquella explicación, que tenía todas las trazas de ridicula, indignó profundamente á Ocampo, que sin poderse contener me dijo:
— Ponga Ud., señor Secretario, que el estado de Querétaro contribuye para la guerra con la carabina de Ambrosio.
La junta se disolvió á poco, sin éxito alguno, sir-
•_•«>;
viendo sólo para los alegatos de los que opinaron por la paz.
Las contestaciones de los comisionados de Guadalupe, aunque trasporadas, incompletas y como en fracciones, avivaban la inquietud y ponían al descubierto temores y esperanzas.
Entre los partidarios de la paz, había ricos finos y egoístas, que lamentaban la pérdida de sus comodidades, su teatro, su paseo y los halagos de su posición.
Estos nos pintaban ruines y sin crédito, impotentes, cobardes y asustados, exagerando la altura de sus caballos y el alcance de sus espadones. A los yankees les suponían manazas como de gigantes, bocas en que desaparecía medio toro como una soleta, y pujanza hercúlea y sobrenatural.
— No es posible, es una temeridad esa lucha; es que se nos sacrifique estérilmente.
Los partidarios de la guerra pintaban nuestros recursos para la lucha y nuestra pérdida inmensa. A estos se unían los tragábalas, los matasietes, los espadachines y fanfarrones, y cada centro de conversación era un campo de agramante.
Por fin, las sesiones del Congreso reunido se abrieron, convirtiendo las circunstancias y el silencio religioso, en solemnísimo aquel acto.
El medio óvalo de gradas estaba ocupado por los diputados; de pie y hasta la puerta de la calle, se agolpaba la multitud, ordenada, silenciosa; los hombres con las cabezas descubiertas y atentos como en misa.
29o
De los oradores que tomaron la palabra, recuerdo sólo á D. Hilario Elguero, que habló en pro de la paz y á I). José Ma Cuevas, que se declaró por la guerra.
Ya hemos descrito al Sr. Elguero: estaba, por los días en que habló, enfermo. Abordó encorvado la tribuna, pálido, y con el brazo derecho sobre el estómago, que era su padecimiento.
El metal de la voz de Elguero era dulcísimo y con vibraciones delicadas y expresivas. A medida que hablaba, su fisonomía se coloraba ligeramente, y sus hermosos ojos acentuaban, realzaban y embellecían su pensamiento.
El orador tenía sus pretensiones, sabor ciceroneano en sus discursos, sin duda por la versación en los escritores latinos; pero sus imágenes eran resplandecientes y de grande originalidad.
Con imperceptible artificio, presentó su decisión por la paz, como arrancada á sus afectos, á sus convicciones, á su manera personal de sentir; tenía que limpiar su orgullo de mexicano de su frente y que enjugar sus lágrimas de humillación para sacrificar todo al bien de su patria.
Cada párrafo, cada inflexión de voz del orador, la seguía estremecida la multitud, y nomo que saltaba conmoviendo al auditorio . . ; y al pintar á la Patria, de rodillas sobre los despojos de sus glorias y de sus hijos, parecía que gemía el aire y que lloraban los muros de la Cámara. No era una elocuencia arrebatada, ni tampoco una debilidad femenil, era el sentimiento
sincero de] patriota sensible de grande corazón y bondad; pero extraviado por la alucinación del poder, quirzá exagerado de los enemigos. Cuando se discutió el tratado de paz, el Sr. Lie. D.
José María Cuevas, que había opinado constantemente por la guerra, se encontraba enfermo en la cama, y aun así suplicó al Presidente, por medio de un enviado, se le concediese la palabra, en contra, protestando que asistiría cuando le llegase su turno; el Presidente lo apuntó para el íin del debate, en debida consideración á su enfermedad.
El debate tocaba á su fin, un día al concluir la tarde.
El local de la Cámara oslaba muy sombrío, con sus paredes lisas y su maciza bóveda. El escaso nú humo de bujías se había distribuido, por la configuración del salón, de manera que sólo se percibían los rostros de los diputados como exhumándose deabismos de tinieblas, la multitud que estaba agolpada del medio del salón á la calle, se percibía como un muro que rugía animado, y como que comunicaba sordo acento á lo tenebroso y lo desconocido. El silencio imponía terrible majestad á aquel cuadro.
Inesperadamente, y sin el más leve ruido, se abrió el muro que obstruía la puerta del salón y dio paso á una camilla, con su lecho blanco como de mármol, y sobre él á una persona envuelta como en una mortaja, en una profusa capa con su cuello de nutria, del que se destacaba una hermosa cabeza como de bronce, con su pelo ralo, su frente augusta y sus anteojos verdes,
q ue comunicaban á sus facciones cierta inmovilidad cadavérica. Aquel cuerpo tendido en el lecho, era el Sr. Lie. D. José María Cuevas.
Todos los diputados se pusieron en pie. »
La camilla se depositó cerca de las primeras gradas, y el espectro descendió de aquella especie de ataúd y quedó de pie á su cabecera.
El Presidente dijo, después de tomar los diputados asiento:
— Tiene la palabra el Sr. Cuevas.
El Sr. Cuevas abordaba, aun sano, la tribuna, con cierto encogimiento; su voz era apagada y con cierto dejo catarral; tenía la manía de estirarse, hablando, el cuello de la camisa, y repetir muy frecuentemente, «¡mes señor, pues señor,» todo esto en el orden común; pero al exaltarse se transfiguraba, su voz era vibrante y sonora, y sus manías desaparecían.
En medio de un silencio sepulcral, comenzó su discurso el Sr. Cuevas, y fué robusteciéndose, animando, hasta estallar en desbordamientos de ideas, en tempestades magníficas de conceptos sublimes, en inspiradas, en increíbles revelaciones de patriotismo.
Aquella especie de fantasma tenía entre sus labios lo subyugador y lo sublime.
La Cámara escuchó primero atenta, después asombrada, al último enloquecida con aquel mapa de elocuencia. Los diputados dejaron sus asientos y rodearon al orador á su lado y de pie en las gradas.
El orador, alto, erguido, omnipotente, con su pala-
bra recorría Inda la extensa gama de los sentimientos, ya dulce y persuasivo, va terrible, va quejoso y doliente como el desamparo Oh! no, en mi vida he
asistido auna ostentación de la palabra que me haga más honda impresión.
Los diputados, pálidos, con los ojos brillando de Ingrimas, los labios entreabiertos ansiosos, los cuerpos trémulos, escuchaban como sombras que obedecían una evocación mágica. Concluyó de hablar el orados y cayó como exánime sobre la camilla. . . , entonces. como si tratara de un padre por el amor y de un niño ó un ser de cristal, se le rodeó, se le abrigó y se le prodigaron cuidados al hombre que se había hecho adorable.
•Los diputados se disputaron el honor de llevarlo á su casa en hombros y sin saber cómo se armó una procesión de cirios y hachones que acompañó al orador hasta su casa.
Los tratados de paz se ratificaron y aprobaron al fin, y regresaron á la Capital los emigrados con mayor contento y ansiedad que los que habían tenido al llegar á Querétaro.
Yo, que por una quimera, que sin escrúpulo puedo llamar irracional, me suponía al salir de México, pasando la vida á salto de mata, sin hogar fijo, y rodeado de peligros por algunos años, vi mi vuelta como una resurrección, y me instalé siguiendo mis plebeyas inclinaciones, en el corazón, en el cogollo, en la mera flor del barrio de Regina, ó sean las calles de Mesones:
es decir, las de la casa del Pueblo y el mesón del Chino, el pecaminoso callejón de los Gallos. Las calles de los músicos Campnzanos y el médico Becerril, del boticario Ceballos, calle del Tompeate, de D. Marianito Chapela, l el mejor licorista y el más cristiano de los vinateros y, sobre todo, la panadería de Horcasitas, ya citada, con motivo de mi pasión por los títeres, pasión que se arraigó en mí, y que tanto me ha durado, que he acogido con verdadero cariño en mi edad madura á muchos títeres, que me han costado serios desengaños.
Andando los tiempos, el Gral. Vicente Riva Palacio, me hablaba de su pasión por los títeres cuando era niño, al extremo de hacerse empresario, y llevar vida, en cuanto lo permitió su elevada posición, como de titiritero.
Contaba con chiste particular de una representación de su Compañía, en que en lo más estusiasta y aplaudido, se suspendió, sin saberse la causa, la función; hubo carreras, gritos y riñas; se averiguó la causa, y tuvo que salir al escenario Riva á noticiar que la -función terminaba, porque se había tragado el pito el encargado de su manejo. Como se sabe, el pito es el alma y el verbo de los títeres.
No vuelve, con más tiernas emociones, el anciano á ver los lugares de su infancia, en que se abrieron sus ojos á la luz, y su corazón al aura de los primeros amo-
1 Se hizo célebre por repartir cada día Io, gratis y con profusión, el canto á la Divina Providencia del Pensador Mexicano.
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no encuentra inesperadamente con mayor regocijo^ el avaro, el tesoro querido, centro de sus afectos apasionados; no tropieza, sin pensarlo, con mayor delicia el viajero sediento con el arroyo cristalino y fresco que le brinda sus aguas.
Y ,i semejanza de como la madre recorre y palpa el cuerpo de su hijo, tras una caída que pudiera lastimarlo, así yo emprendí la revista de la Ciudad, rodeándola, introduciéndome en sus callejones y vericuetos más intrincados; empadronando en mi mente sus nuevas habitaciones, recreándome en sus paseos, y sombreándome en sus calzadas.
Ceñían aún á la Ciudad grandes trechos d«l todo despoblados, cruzados por ciénagas y zanjas, embarazados por muladares. El Norte, desierto, aislándose Tepito, l y haciendo de frontera el Puente Blanco. Al Noroeste, vecino de Santa Ana, como árboles viejos, circundados de raíces carcomidas, los templos de Santiago, los Angeles y Santa María, los dos primeros animados febrilmente cada año por las tumultuosas fiestas populares^ y el último, mal y escasamente acompañado por el callejón del Ratón, costado de las Bonitas, y vericuetos de mala cara y peores hechos.
Ni rastro, ni intento, ni adivinación había de las Colonias de Guerrero, hoy tan animadas, y del Boulevard de San Cosme, que terminaba en la garita, hoy cuartel. Al frente se hallaba la casa del mayorazgo Basoco, primera huerta en que se plantaron olivos después
1 Dios azteca de los domésticos (Topitoton).
de la Conquista. No seguían esas opulentas hileras de palacios, sino edificios miserables, en que sobresalían Jas casas de Irizarri, casa de los Mascarones, en ruina; de Bassoco, D. Juan de Dios Alamán, y otros al frente ele la casa del Pino y de la de Isita, que tenía lama por sus huertas y olivar.
En la acera de la casa de Bassoco sobresalía, como hoy. la famosa casa de Pérez Gal vez, y antes la casa de Rodríguez Puebla, notable por su lago navegable en chalupas. En ese sitio, hoy Tívoli del Elíseo, estuvo primero la plaza de toros del Paseo, y después la fonda de Monsieur Fortunet, notable cocinero francés.
Al Occidente puede decirse que la Ciudad terminaba en el Paseo; un farol sobre una viga junto del teatro de Nuevo México, indicante de que hasta allí llegaban las casas.
En lo general las calles centrales eran como hoy, amplias, con buen empedrado algunas, con atarjeas y banquetas, aunque estrechas, cómodas; pero en los barrios eran el lodazal y el caño inmundo, la ausencia de alambrado y las miserias humanas, entregadas á la más cínica publicidad.
A todos los vientos, las corrientes regulares de calles y casas, se interrumpían por tumultuosos laberintos de vericuetos, callejones, encrucijadas ymarañas de pocilgas en ziszás, escondrijos y madrigueras de bípedos, no tomados en cuenta por la historia natural.
Al Oriente, los callejones de Susanillo, la Santa Escuela, etc.; al Sur, la Retama, San Salvador, hasta el
Caballito ó lugar de entierros clandestinos, que eran un horror; al propio Sur el Manco y las salidas á las calles del Niño Perdido; al Occidente. Chiquihuiteras, San Antonio y adyacentes; del lado opuesto Juan Car* bonero y Tarasquillo, con sus jacales primitivos y sus costumbres como en las serranías más lejanas. Al Norte, alrededores de San Sebastián, Plazuelas del Calmen, Muerto, Golosas, Locutorio. Vázquez, etc. El hambre y la miseria, la llaga y el harapo, lo deforme y lo repelente, tenían allí su imperio. En las zanjas de los alrededores de la ciudad, y en algunas que daban á las calles, veíanse mujeres lavando y bañadores dosnudos; los cerdos vagaban sin custodia por algunas plazuelas, y en los laberintos descritos algo indescriptible de gentes extrañas, de mendigos, de tipos patibularios, de ejemplares cadavéricos, de desenterrados, do anómalos y terribles, tenían su mansión, que dejaban muy atrás la Corte de los Milagros, iluminada con luz espantosa por la pluma de Víctor Hugo.
Puede decirse que hasta en los centros más habitados de la Ciudad, existían estos embrollos de callejones; esta retacería de construcción babitable de vericuetos sin salida como la Alcaicería, de la que quedan en pie los callejones de la Olla, de la Cazuela, etc., lado á lado de las amplias calles del Cinco de Mayo y prolongación de la calle de la Palma.
Las accesorias de esas casas eran regularmente pulquerías, bodegones, atolerías, y abrigo de gente pobrísima y sucia, que por la estrechez de la localidad esta-
ba constantemente llena de basuras y derrames que convertían el ambiente en peligro para los transeúntes.
Otras de estas marañas habitadas eran Tarasquillo y Guajomulco, que han sufrido completa transformación, desapareciendo los callejones del Huerto y de Frías, la capilla de nuestra Señora de los Dolores y de lo que queda en pie el callejón de Salsipuedes y el de las Damas. No quedando ni remoto recuerdo de los jacales de indios carboneros otomiés, que ocupaban en amplia plazuela el costado de la capilla, y permanecían acostados sobre la tierra ennegrecida por el polvo del carbón, como si habitaran con toda seguridad sus aduares en Chihuahua ó Nuevo México.
Yo recorría esos lugares, y si los recuerdo, atrepellando las reglas del buen decir y las conveniencias de la narración, es para hacer forzosa la comparación entre lo adelantado por la Reforma y lo que antes de ella existía.
Tales eran mis paseos; en mi andar al acaso me detenía como para interrogar á los edificios, para cerciorarme que eran ellos y que me conocían.
Por Peralvillo revivía en mi mente el activísimo tráfico de areneros, caleros, etc.; mesones, corredores de semillas, y en la garita, llamada en los tiempos pasados del Pulque, por hacerse por allí las grandes introducciones del licor de Xóchil; las jamaicas y toros en los corrales que servían para que esperasen el registro los atajos de las haciendas de los Llanos de Apam.
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* Se encontraba en el mismo Estado, en La Estampa de San Lorenzo, la casa del célebre padre Marchena, <•<»- misionado por cierto Ministro de Relaciones para que espiase á Iturbide en Liorna y á quien se encontró asesinado, á su regreso al país, en el callejón del RatónLa esquina de Santa Catarina y los Parados traía á mi memoria la tradición del rapto de una de las damas de nuestra alta sociedad, en pleno día y yendo la señora con su esposo.
En medio de la plazuela de Santo Domingo, había una gran fuente que tenía en su centro una columna coronada de una águila.
La barda que rodeaba el edificio era maciza, de cal y canto, haciendo más triste el vecino edificio de la Inquisición, convertido más tarde en prisión de reos políticos confinados al patio de los Naranjos.
Alguien me ha asegurado, y yo no tengo datos para afirmarlo, que el Sr. Lie. D. Vicente Riva Palacio ha hecho estudios y posee documentos preciosos de la exínquisición.
Ya me detenía en mis paseos al frente de la casa número 30 de la calle de Donceles, donde vivía siendo Ministro de Guerra D. Juan Almonte, en unión de su hermana Da Guadalupe, de su hermano D. Antonio y de la bella y simpática Lola Quesada, esposa del general.
Ya registraba con la vista el número 21 de la calle de Tacuba, donde vivía el Sr. Gómez Pedraza y se le presentó Otero.
Esas disparatadas reuniones de pocilgas, casucas y jacales, tenían no se quede anómalo como las personas: ya formaban incorrectas hileras, ya se aislaban dos ó tres como para conversar, ya espiaba la de más allá como en observación, ó se abrían como para armar plaza, ó parecían amenazarse ó acometerse, ó como que se escapaban en los callejones obscuros y tort uosos, ó se precipitaban en las acequias que encontraban á su paso y como para impedir su fuga.
En la calle de las Escalerillas número 2, me salían al encuentro los recuerdos del Sr. D. Francisco Ortega y familia, casa en que nació la aurora de la fama de Luis Martínez de Castro, Rodríguez Galván, Larrañaga, el Padre Silva y otros literatos insignes como Eulalio Ortega, Francisco, médico eminente y Aniceto, médico notable y músico, inspirado autor de la Marcha de Zaragoza.
Avanzando, ó retrocediendo al acaso, me parecía ver salir del número 6 de la calle de Santa Clara á D. José llamón Pacheco, fino y esbelto, con su nariz roma, sus ojos garzos, su cabello lacio y rubio y su boca expresiva, entre cuyos labios parecían jugando el epigrama y el chiste.
En la casa de Pacheco vivió algún tiempo en su compañía D. Crispiniano del Castillo, jurisconsulto jalisciense de alta nombradla, Ministro de Santa-Anna, pequeño de cuerpo, con la risa en los labios y á quien llamaban el maestrito por su tamaño y por haber sido maestro de Otero y otros jaliscienses ilustres.
En La misma callo do Santa Clara número 26 vivía huno, cuando la literatura, el arte culiniario, La ópera y la política formaban sus delicias.
Tratábase como gran señor, y allí se veían como montadas al aire y en exposición perfecta las singularidades de su carácter.
Su esposa era un dechado de gracia y talento, chiquita, ojos negros, agudísima en la conversación, la misma finura para hacer los honores de la casa.
Vivía en compañía de Payno Domingo Revilla, patriota entusiasta, instruido como amateur en la ciencia militar, amigo de todos los jefes de reputación, conocedor de todos los combates y sus peripecias, adorador de la crónica de cuartel, impetuoso y de corazón más noble y caritativo que puede imaginarse.
El cuarto en que Payno escribía estaba materialmente tapizado de cuadros, algunos de ellos de mérito exquisito.
Las cuatro paredes se hallaban cubiertas de estantes con libros, y en la parte superior había aves disecadas de gran tamaño, monos, ídolos, lagartos y cuanto le ocurría de raro y curioso.
Por todas partes, sobre libros y mesas, se veían figuras de trapo y de cera, curiosidades recogidas en sus viajes, y objetos históricos, más ó menos apócrifos; pero sobre los cuales Payno sabía ó inventaba deliciosas leyendas.
Cuando la pasión culinaria agitaba á mi hermano, aquello era estupendo; el mechado y la trufa, los pi-
so;
Idos y loa hongo», el asado y la fritura, competían, y al recibir el bautismo de las más atrevidas innovaciones, resultaban confecciones sorprendentes, muchas -de las cuales podían figurar entre los tósigos mortales sin las adiciones y agregados que las hacían sabrosas y sanas.
Payno, con su vestido adecuado, su. delantal albeando y su gorro bombacho de bretaña, en esas faenas no se habría cambiado por los sabios ó guerreros más aplaudidos del mundo.
La parte que ve al Este del Paseo, estaba del todo •despoblada, lo mismo que los alrededores de la ciudadela. Por Nuevo México se comenzaron á instalar varios obreros franceses que emparentaron sans fa- <;o)i con mexicanas, amigas de la civilización europea, y viéronse en breve transformaciones curiosas; entraron de rondón por las desmanteladas accesorias, la cainita con cortinas y el reloj de palo, la escoba de palma y la parrilla, la cafetera y el tarro para la cerveza. La china aceptó sin repugnancia el túnico, el gorrito, y. supo decir Monsieur porte-voaz tres bien y güi, y el francés se desmorecía por el pulque, el sombrero añono y las desvergüenzas de los léperos.
Como por encanto se abrieron cantinas francesas y oafés y los domingos sonaba el pistón, se chocaban vasos y copas, se bailaba y desternillaban de contento Baco y la madre Venus.
La población creció poco á poco, viéndose salir de atolerías y fonduchas, güeritos como en el boulevar
de San Antonio: apercibiéronse franceses de buen «rusto de lo propicio del terreno para construcciones Bañas y de hermosa vista, y sacaron la cabo/a á La sombra de arbustos «rnn-iosos y de alegres flores las Quintas de Voltaire, de Rouseau; otras finquitas preciosas, nidos de familias trabajadoras y felices, y por remato un Sr. Nafegui, poliglota y arbitrista instaló su fábrica de gas, con tan buen éxito, w¿ú\\ malas lenguas, que bizo pasar los tubos de las cañerías por cañones de fusil, con lo cual se decía que hizo un negocio bárbaro.
Del lado opuesto, campeaba D. Sebastian Pane, introductor, en México de los pozos artesianos según el sistema de China y de no sé cuántas regiones desconocidas, existentes sólo en el -extenso mapa de su fecunda imaginación.
Era Pane italiano, según barrunto, de una talla de poco más de vara, rostro desproporcionado y como vaciado en un molde para bombre corpulento; ojos de relámpago, nariz exagerada, frente piramidal y, sobre to< lo. con unajibaqueduplicabasu busto quepodiía pasarpor baúl visto de canto, por trastienda, por apéndice y por adherencia estorbosa en toda circunstancia. Pero Pane era el hombre más emprendedor, más listo, más insinuante, más vivo de cuantos mortales be conocido.
Su movilidad era perpetua, sus recursos inagotables, su verba fascinadora, su elasticidad inverosímil y su arranquera obstinada y mordente como un cáustico.
Improvisó en el llano desierto una cboza á lo Ro-
biiisón; del fondo de Lina caldera de cobre hizo una caja para carretela, y de palos anónimos y con el auxilio del primero que pasaba formó el juego é hizo que se apareciese un caballo que parecía haber estado guardado por años enteros en un libro infolio, para servi rse en la mejor ocasión.
Con un sorbete casi de la talla del propietario, un levitón color de café que le daba en las tabas, un chi- «cote interminable y una creación en la cabeza, subió al carruaje para recorrer triunfal los accidentados vericuetos del crédito.
Trampa adelante fué su divisa; pero no para vicios ni caprichos; para hermosear esa lindísima parte de •de México y darle un testimonio de cariño á su ciudad querida.
Con su plan en la cabeza formó unos tanques á los que llamó Alberca Pane.
Los baños de agua fría por aquellos días estaban vistos como patrimonio exclusivo de los caballos y de la gente ordinaria, de suerte que el lujo se desplegaba en pro de los cuadrúpedos, teniendo un lugar muy separado la raza humana.
El baño del Sol, de Rivera, frente al costado del entonces Belén de las Mochas y hoy prisiones; el baño de las Delicias, del Lie. Zelaeta y algún otro muy al natural y primitivo como el Espejito, la Coyuya y el Niño Perdido, eran los sitios de recreo hidroterápico.
Pane se dedicó á acreditar su establecimiento y comenzó por seducir pilludos holgazanes. Formada
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clientela y hecha la propaganda, dio aviso de que admitía como moneda para el baño, panol;», azúcar, muñecos, juguetes, cabos de vela y lo que pudiera estar al alcance de un muchacho, sin llegar al robo; brindó su baño gratis á algunas escuelas de niños pobres y se constituyó en calidad de orador apologista del agua iría y sus excelencias.
Una vez acreditada la alberca entre gente de mayor edad, se asoció Pane con personas conocedoras del pueblo y sus costumbres; acudieron músicos y danzantes, enchiladeras y vagabundos alegres, y en un día de San Juan Bautista, día de verbena en que se cantaba:
La mañana de San Juan Hace el agua gorgoritos Porque se van á bañar Todos los cinco negritos.
Desplegó Pane todos los primores acumulados en los bailes entre músicas y bailes, almuerzos y solaces de natación; presentándose el baño con sus aguas cubiertas de llores, sus vejigas para los aprendices y sus corambres para ejercicios de las eminencias del arte.
Entre tanto, lo s pozos artesianos cobraban fama. Pane dispuso de fondos, compró terrenos, abrió calles, sembró árboles y verificó la transformación de esos deliciosos lugares de las albercas.
De vastísima instrucción, caritativo como muy pocos, complaciente con los niños y amante de México
como ei que más, yo á Pane le erigiría una estatua como digno coronamiento de su obra.
Partiendo del principio del Paseo de Bucareli para la Plaza Mayor, se encontraba abandonada la capilla en que depositaban los cadáveres de los ajusticiados, y era como una dependencia de la cárcel de la ex-Acordada. Al costado de la capilla se hallaba el célebre jardín de Tolsa, con su amplísimo tanque para bañadores, sus calles de flores y sus cenadores propicios al baile y al amor.
En ese jardín, y por un precio módico, se disponían almuerzos, comidas y fiestas, que fueron el encanto de nuestros mayores.
El frente de la Acordada estaba despoblado, y pegado á las paredes de San Diego una zanja y árboles á su orilla. Después de la Reforma, el Convento se declaró del padre Davis, de la familia del Mariscal de Castilla, por línea materna, y por la paterna de M. Davis Brambusen, inglés que vino á México con la expedición de Mina, y fué heroico como sus compañeros. La Alameda estaba rodeada por sus cuatro costados de una ancha zanja, y en su parte interior, al borde de la zanja, una corrida banca^de piedra y su banqueta enlosada.
Casi la mitad de la calle del Puente de San Francisco era de casas entresoladas. En una de ellas vivía la célebre cantatriz llamada la Chata Munguía, repertorio de gracia y zandunga de chiste y jaleo, y que en sus tiempos llevaba en su pos una brillante cauda de amartelados admiradores.
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Tenía la Chala cuatro hijas: Guadalupe, Joaquina,
Anita y Mainsa.
En la casa se hacían los honores á Las \ isitaa con la mayor finura. Se tenían en las puntas de los dedos Las biografías de Luciano Cortés, actor lleno de inspiración; Amador, de buenos estudios de latinidad: Salgado, de una familia muy distinguida; Castro, discípulo aventajado de Gorostiza é Higinio Castañeda, que comenzó por bailarín y concluyó por ser un gran actor. En esas tertulias tuve la honra de tratar á Miguel Balbontín, oficial de artillería, todo pundonor, caballerosidad y decencia; á Lucas Balderas, comedido, modesto y servicial como pocos; al ciego Dueñas, eminente músico, gran tocador de guitarra, de clarísimo talento y de una versación en el gran mundo, que le dio merecida celebridad.
Enderezando mi excursión para la Plaza, me encontraba á la derecha con la tapia altísima del convento de San Francisco, que ocupaba al Norte media calle, y toda la parte Sur al Poniente.
Casi en la esquina Norte espiaba á los transeúntes una ventanilla correspondiente á la celda del padre Olmos, y al Occidente la Puerta Falsa, ó sea la puerta de las poridades de la santa comunidad.
En esa parte alta se instalaron los defensores de la patria, al mando de D. Fernando Escanden, y allí hice mis primeras campañas, que señalaron tamaladas, meriendas y bureos. En esa época estuvo allí prisionero el célebre padre Alpuche.
A los pocos pasos de la Puerta Falsa, estaba la fría y dilatada galera de la escuela, escuela típica frailuna, con sus letreros de Roma y Cartago, para excitar la emulación de los chicos, y que llevaran su entusiasmo hasta romperse las cabezas, romanos y cartagineses. El aro, productor de Aguinaldos á la vista, en un rincón amenazando la calma, la palmeta sobre la mesa, y junto al enorme tintero de plomo, erizado de plumas de ave. en un clavo, escurriendo, la disciplina con la extremidad de sus ramales, forrados en pergaminos, y en alto, grotescas, burlonas y terribles, las orejas de burro, maquinita indecente para aniquilar la vergüenza del niño desde su primera falta.
Al frente, casi de la puerta principal de San Francisco, se hallaba la Plazuela del marqués de Guardiola, cuyos últimos vastagos, como los de otros muchos nobles, acabaron en la miseria.
Lado á lado de la Plazuela de Guardiola se veía la -célebre casa de Azulejos, cuya historia ha trazado con la maestría que acostumbra mi querido amigo González Obregón.
En esa casa, y como palpitante después de los muchos años pasados, se recuerda la tragedia en que tuvo ó se supone que tuvo parte D. Lorenzo Zavala.
A Zavala se atribuyó el asesinato del conde del Valle, por haber ocurrido su muerte el año de 1828 en los momentos del tumultuoso pronunciamiento de la Acordada, en el que Zavala figuraba en primera línea como uno de los jefes del partido yorkino, siendo el
conde miembro notable del partido escocés; pero el lincho, tal como lo refiere la tradición y los papeles de la época, acaeció como sigue:
Un obscuro oficial de artillería, llamado Palacios, enamoró y pretendió casarse con una hija del conde del Valle. Al plantear sus pretensiones, pidiendo al conde la mano de la joven, fué rechazado bruscamente, echándole en cara su pobreza y su origen plebeyo. Mediaron con este motivo enconosas contestaciones, y engendráronse odios profundos. Tal era el estado de las cosas, cuando estalló el pronunciamiento de la Acordada.
En medio de la confusión, la gritería y los balazos, Palacios se introdujo, espada en mano, á la casa del conde, vomitando injurias y desafiando gente.
A los gritos del patio, la familia, que se hallaba en los corredores, manifestó su espanto.
El conde acudió, descendió resuelto la escalera, y en el descanso le encontró Palacios, hundiéndole la espada y dejándole muerto á sus pies.
La causa de Palacios duraba hasta 1830, año en que la familia del Conde instó por la conclusión de la causa y castigo del asesino, quien fué desaforado y ahorcado en garrote vil en la cochera de la casa del Conde, contigua al Callejón de la Condesa que después fué Pulquería y después barbería de D. Antonio López. En los entresuelos de esa casa vivieron algún tiempo: Escudero, célebre diputado yucateco y D. Manuel Barbachano, erudito y correcto escritor de costumbres, men-
cionado con estimación en los libros del distinguido literato D. Francisco Sosa.
Se contaba entonces que la Sra. Berrio de Moneada, «'revendo próxima su muerte, teniendo más de 700 mil pesos en caja, quiso asegurar la fortuna de su hijo, á quien no conceptuaba apto para el manejo de tan gran caudal, y mandó hacer á un afamado arquitecto dos casas suntuosas: la primera el conocido Hotel Iturbide, la segunda Puente del Espíritu Santo y Galle de Capuchinas, donde hoy existe el Banco Nacional; el hotel tuvo de costo trescientos sesenta y tantos mil pesos y trescientos mil el Banco.
El hotel se vendió á los Sres. Zurutuza, después á Lauda, y al último, en menos de 200 mil pesos á D. Felipe Iturbe.
Una casa chaparrona de tosca arquitectura y balcón corrido, era la habitación del Conde de Santiago y su familia.
Era el Conde insigne bienhechor del Convento de San Francisco, donde gozaba especiales honores y prerrogativas especialísimas. Había en el Convento una sala interior. en que estaban con gran pompa y culto los sepulcros de los Condes.
La casa del Conde era como sucursal del Convento, allí se confeccionaban funciones y se discutían capítulos. Allí las señoras estaban en perpetua tarea para bordar paños de cálices y frontales, preparar vestidos para los santos y atender en un todo al decoro y lucimiento del culto, en lo que gastaba la familia gruesas sumas.
La casa era mu\ opulenta, el servicio de la mesa de plata, lucían en las paredes espejos venecianos de altísimo precio, los tapices chinos de riquísimos bordados lucían por todas partes, y valiosísimos tibores chinos, biombos con paisajes y figuras de oro, muebles de lináloe y caoba con incrustaciones de concha y trastos chinos hermosísimos, ponían de manifiesto la antigua grandeza de la casa y el buen gusto de los propietarios.
Yasí, siguiendoen cada paseo, me decía: allí en aquella casa contigua al Hotel Iturbide, donde por algún tiempo se trasladó el Colegio de Minería, siendo su Director D. Francisco Robles, padre de D. Manuel Robles Pezuela, murió el sabio padre Nájera, lumbrera de la Iglesia, honra de las letras y oráculo del partido conservador.
Más adelante, reconocía la gran casa de Borda, cuyo arco interior se admira en el patio como un primor de arquitectura.
Según la tradición, Borda no se llamaba así cuando vino al país, sino de la Borde, de origen francés que castellanizó en México su apellido. Borda estuvo radicado por algún tiempo en Zacatecas, donde emprendió el laboreo de una de aquellas minas que le dio su primera y rica ganancia.
Andando los tiempos se trasladó á México, y después fué á radicarse á Taxco, donde tuvo la estupenda bonanza de que se conserva memoria.
Con los productos de esa bonanza fabricó el maguí-
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fico templo de Taxco, verdaderamente opulento, al que dotó con ia espléndida custodia que formaba la principal joya de nuestra Catedral.
No sé con qué fundamento se dijo en un tiempo que Borda empeñó á los Canónigos la custodia en trescientos mil pesos, y que en esa cantidad se les quedó. Pero en los inventarios de la Catedral consta la custodia comprada á Borda en cien mil pesos, advirtiendo que valía mucho más.
Kespecto á la casa esquina del Coliseo y San Francisco, se dijo que el intento de Borda fué comprar la manzana entera y rodearla de un gran balcón corrido en la parte superior y otro en el entresuelo; pero el proyecto se frustró y quedó siempre una balconería de grande extensión.
Borda murió en Cuernavaca el 30 de Mayo de 1778.
En la esquina del frente, vivió el célebre marqués de Vivanco, militnr de reputación universal, emparentado con las más distinguidas familias, y dueño de la riquísima hacienda de San Antonio de las inmediaciones de la Capital.
En el centro casi de esa calle y viendo al Sur, revivían en mi memoria, las tertulias de la Sra. Zozaya con su Doctor Puchet; el famoso criminalista, de conversación amenísima, su Nacho Algara, graciosísimo y sin igual para remedar: cómicos y cantores de iglesia, personajes típicos y damas de moda, con su Garayalde pulcro, su Fernando Calderón espansivo y sus enjambres de muchachas deliciosas.
En el reducido entres uelo de esa casa habitaba oon sus hijas la modesta y virtuosa madre de D. Leonardo Márquez, que según creo se mantenía de sus costuras.
Frente por frente de la Profesa pasó sus últimos días, casada con D. Juan Manuel' Elizalde, la Güera Rodríguez, llamada la Venus Mexicana por su soberana hermosura que ensalzó en su obra el Barón de Ilumboldt.
La Güera no sólo fué notable por su hermosura, sino por su ingenio y por el lugar que ocupó en la alta sociedad, emparentando con el Conde de Regla y el Marqués de Guadalupe.
La amistad que le profesó Iturbide, se decía, tuvo grande influjo en la Independencia.
Este influjo era tal, que aseguraban los contemporáneos, que habiéndose determinado muy formalmente que la entrada del Ejército Trigarante se hiciese por la Calle de Tacuba, no se verificó sino por las de San Francisco y la Profesa, porque así lo quiso la dama favorecida por el caudillo de las tres garantías.
Las hijas de la Güera fueron lindísimas; una ellas (Pepita, esposa del Conde de Regla) murió en los Estados Unidos, y la otra fué madre de Joaquín Rincón Gallardo, Guadalupe y Rosa. Para hacer el elogio de la belleza de la señora de Rincón, se mostraba la hermosísima Virgen de los Dolores de la Profesa, cuyo semblante sé es un retrato suyo.
La Profesa. — Anécdotas. — Joyería de Baric— Tienda del Borrego. — Balderas y Laforgue. — Platerías. — El Capitán José Martínez Negrete.— Aguascalientes.— El Padre Jarauta.— Lagos.— Doblado. —Biografía del Padre Jarauta.— D. Carlos Ma de Bustamante. — El pnís después de la guerra americana. — «El Universal;» sus redactores. — «El Siglo XIX;» sus redactores. — Impresores. — García Torres. — Cumplido. — Rafael Rafael. — Prisioneros de Tampico. — Aniversario en Churubusco. — Gral. José González de Mendoza.— Honras en Santa Paula. — Ministros. — D. Bonifacio Gutiérrez.— Críticas. — Su hermano Felipe. — Muerte de D. Manuel de la Peña y Peña. — Los conservadores y Arista.— Asesinato de D. Juan de D. Cañedo. — Terrible huracán.— Incendio en la calle del Sapo. — Pánico. — D. Matías de la Peña y Barragán.— Casa de Otero.*— Comidas en el café de Veroly. — Comonfort. — Lie. D. Manuel Rioseco. — Genialidades. — Arista, Presidente de la República. — Robles Pezuela. — Lie. José Ma Aguirre. — Pronunciamiento de Guadalajara. — Actitud de Arista.— Mis estudios de economía política. — Mi entrada al Ministerio de Hacienda.— Mi labor de Ministro. — Costumbres de Arista. — Media paga. — Renuncia de Arista. — D. Juan B. Ceballos. — Agitación en las Cámaras. — Golpe de Estado. — Sesiones. — Múgica y Osorio. — D. Marcelino Castañeda. — Gral. D. Manuel Ma Lombardini. — Bum, Bum.— Serviles y clérigos. — Santa-Anna. — Entusiasmo artificial. — El Lie. D. Joaquín Ruiz. — Su discurso á Santa-Anna.
— Nobles de pega, soldados, fanfarronea y agiotistas. — Alamán. — I). Manuel Escandón. — Entrada de Santa-An na á- México.- Mi uisterio. — Muerte de Alamán. -Diez de Bonilla.— ^Aguilar y Maro-
clio. — Santa-Auna en Tacubaya. — Muerto de Tomol. — Persecución ala prensa.— «Arcos triunfales.»— Artículos de El Calavera.»
— Prisión. — Ante Santa-Atina. — Destierros. —Mi casa en Tacubaya.— Mi prisión. — Escándalos en el palacio de Tacubaya.— Abe - rraciones de Santa- Auna. — Descripción del baile de la Lonja. — Tres puntos negros de la administración de Santa-Anua. — Paréntesis á estas memorias. — Mis Viajes de orden suprema.» — Apéndice.
En la fachada de la Profesa, que ve á San José el Real, se percibe sobre la puerta un gran retablo de bajorelieve, que figura una batalla de moros y cristianos, y en el centro un guerrero á caballo, pasando un puente, y una inscripción que dice: Al pasar el puente perdió la cid a.
La tradición más autorizada del retablo es, que en gran parte la obra de la Profesa se debió en un principio al marqués de Villa Puente, y el retablo alude á su escudo de armas, del que es traslado el retablo.
En la época virreinal ocurrieron dos hechos curiosos, dignos de que los consigne la historia: uno de ellos por haber servido de asunto para un hermoso romance de nuestro esclarecido poeta el Sr. I). Juan de Dios Peza.
La Casa Profesa, además de los recuerdos religiosos, tenía otros históricos deniucha importancia, como fueron las juntas de Iturbide, precursoras de la Indepen-
ciencia: la entrada á ejercicios de éste y la poderosísima influencia de los Jesuítas.
Además, no hay uno de aquel tiempo que no recuerde los cuadros espantables de la portería, en que todos los pecadores andaban á maltraer, y en que los diablos de garra corba, cola vibrante y cuernos retorcidos, se daban gusto, martirizando á los que resbalaban en el plano inclinado de la gracia.
Había sobre todos, un cuadro en que por ocultar sus travesuras un penitente en la confesión, arrojaba por la boca sapos y culebras.
En esa portería se exhibió á Napoleón I con cuernos y con cola, lo mismo que cualquier ciudadano del infierno; pero la verdadera importancia de aquella comunidad dependía de los hombres eminentes que encerraban sus claustros, y de sus amigos y adheridos, comenzando por las entidades eclesiásticas, políticas, militares, mercantiles, etc., y el bello sexo de la alta sociedad.
El padre Segura, tenido como gran pensador; el padre Gómez, orador y poeta distinguido; el padre Villaseñor y otros, sin contar las antiguas eminencias que le comunicaron prestigio. Como íntimamente unidos con los felipenses, se contaban al Dr. Aredechederreta, pariente de D. Lucas Alamán; Dr. Tirado, Dr. Monteagudo, capellán de Capuchinas, etc.
Las funciones de iglesia de la Profesa, eran como la cita de lo que la riqueza, el poder, la hermosura, la ciencia y el arte conocían de más espléndido.
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Las festividades de San [guació y Nuestra Señora de las Xieves; el gran monumento del Jueves Santo, reverberando cornisas, pirámides y aparadores de piala y oro; las Tres Horas famosísimas, con sermón vehementísimo y música rumbosa. Todo daba cierto esplendor á ese templo, que esclavizaba á los devotos que veían en él la antesala del mismo cielo.
Sólo una vez fué motivo de escándalo, de horror y miedo, lo sucedido en la Profesa.
Cinco jóvenes de las más distinguidas familias de la capital, no impíos, no viciosos, no perdidos, sino más bien atolondrados y calaveras, quisieron poner en evidencia á la legión de beatos que les desacreditaba y perseguía, con su mañita, sus delaciones y sus recursos de gazmoñería jesuítica.
Los enemigos de los chicos acudían al templo de la Profesa en las noches y á puerta cerrada. Había en el templo pláticas fervorosas y después disciplina, descargándose los fieles azotainas furibundas, en descuento de sus pecados.
Por supuesto, que esa pela mística se verificaba con el templo casi á obscuras, con lo que á sus anchas podían los siervos de Dios arreglar sus posturas y desnudeces, según las inspiraciones de su fervorosa penitencia.
Los chicos á que me he referido, dispusieron unos aparatos de pirotécnica, con luces intensísimas; penetraron en el templo, y los colocaron en los lugares más oportunos, con severísimo sigilo.
Llegó la noche fatal, comenzó el rezo en medio de imponente devoción, siguió la plática.
Los circunstantes, que eran muchos, y de lo más distinguido de México, fueron ocupando sus lugares favoritos. En un momento dado, se extinguieron las luces, quedando en medio de la iglesia, ardiendo lúgubre, una lámpara en complicidad misteriosa con las tinieblas.
Comenzó el aguacero de azotes, y aquello era un horror.
En lo más encarnizado de la tunda, brotó espléndida la luz, como si fuera la mitad del día.
No es para descrita; pero sí para imaginada por la malicia, la galería cómica que presentaron los más encopetados personajes en aquellos momentos. . . . estupefacción, espanto, risas reprimidas, idiotismo de sorpresa. . . . Pero la reacción fué espantosa. . . .
Por desgracia, tres de los jóvenes se aturdieron y cayeron en manos de los sacristanes, que los atormentaron como furias.
Llovieron quejas y protestas al Presidente de la República, á los Tribunales, á la policía y á la Comandancia general. Se hicieron rogativas y procesiones.
El Chisme y el Lápiz hicieron preciosas caricaturas de los personajes más venerables, y no se podía ver á uno de ellos en la calle, sin que le siguiera la risa y la chunga.
Era Comandante general el Sr. D. Melchor Alvarez, quien dispuso que se abriese la causa con el mayor ri-
-_<»]. .laudóse cuenta día por día ni Presidente de la República de lo que se actuase.
Pero, segundo del Sr. Alvarez, era el genera] Miñón, notoriamente apasionado de los muchachos calaveras.
Felizmente, cerca del general Alvarez, y con muy inmediato parentesco, vivía un joven complicado en la sacrilega fechoría, y éste se dio tales trazas, empleó tales ardides, y puso enjuego maniobras tan hábiles, que el día menos pesado la causa se perdió y no hubo medio de que se repusiese, quedando los fieles cristianos, y sobre todo, los venerables disciplinantes, con un palmo de nariz.
Para terminar mi paseo por la calle de Plateros, diré que me detenía en la esquina del Espíritu Santo. casa vetusta, primero de Sebastián Lerdo, hoy magnífica joyería, y allí obscura, solitaria y silenciosa estaba la joyería de Baric, anciano judío de largo paleto negrusco, gorrilla de terciopelo y paliacate, y caja de polvos en mano; las tiendas y cajones de ropa, en escaso número, tenían mala catadura, mostradores de pala blanco y dependientillos del tres al cuarto; creo recordar alguna tienda de modas, creo de la afamada Virginia Gurgües, las zapaterías de Zopfi y el Mahonés, la acreditada peluquería de Montauriol y una fonda montada á la europea que servía M.
En la esquina de Plateros y Alcaicería, que ha desaparecido, estaba la tienda del Borrego, de D. Domingo Cagarabilla, teatro antes de un voraz inextinguible incendio, que aniquiló los techos y dejó en pie paredes
ennegrecidas por las llamas y el humó, con sus ventanas de rejas de hierro y asidos á ella, carbonizados, esqueletos humanos que daban horror.
Aun se veía en esa calle de Plateros, cerrada y como de duelo, la sastrería del heroico Lucas Balderas, sastre favorito de los militares, en decadencia por el advenimiento de D. Pedro Laforgue, que en unión de Colard, encumbraron la elegancia de los hijos de Marte, eclipsando la sastrería vecina deD. Manuel Gómez, equiparador de empleados del tres al cuarto, zurcidor •de desheredados, transfigurador de piezas compradas, heredadas en vida, y un lince en esto de abonos, acomodamientos y consuelos para la gente de presupuesto y escasa fortuna.
En la contraesquina del Borrego y calle de la Palma, había una pulquería en que tras de las puertas se jugaba su rentoy, y tras de las tinas se corrían sus alburitos de vez en cuando.
En escaso número, pero ostentosas y rebozando orgullo, quedaban algunas platerías con dos pupitres contra las hojas de las puertas, en que el patrón ú oficiales trabajaban, teniendo á su lado colgados cajones con sus vidrios, en que había sobre terciopelo negro, aretes de plata y gargantillas, tumbagas y tacitas, relicarios con cera de agnus, medallas de la Virgen de Guadalupe, tenacillas para fumar y braserillos de plata, platos, cubiertos y otras mil baratijas, entre las que sobresalían los milagros, es decir, brazos, piernas, ojos, figurillas arrodilladas, etc., que se ofrecían á los santos, aludien-
do á las enfermedades y peligros de que se habían salvado por su intercesión.
De mil amores habría seguido estos paseos; pero la inquietud políticameinterrumpíabruscamente y defervescencia de las pasiones, con motivo de los tratados, hacían que como que se percibiera en la atmósfera algo de envenenado y amenazador, que contaminaba v convertía en zozobra la convalecencia de la guerra.
Al concluirse los tratados de paz, y comenzar en Querétaro la solemne discusión sobre su aprobación ó reprobación, varios jóvenes oficiales de distinguidas familias, resolvieron llenos de entusiasmo patriótico, pronunciarse por la continuación de la guerra, que había proclamado el Gral. Paredes en Aguascalientes, señalándose el capitán D. José Martínez Negrete, hijo de una familia honradísima y rica de Guadalajara.
El padre del joven Negrete, español de carácter severo, bondadoso, y amigo de México, bien hubiera querido dedicar al hijo á su comercio, pero era el joven resuelto, impetuoso, de índole independiente y patriótica y helo allí haciéndose notable desde sus primeros pasos en nuestro ejército.
Para lograr sus intentos contra la paz, pidió primero su licencia absoluta, después la ilimitada, y niegan* dose el Gobierno, al fin obtuvo licencia temporal.
Viéndose libre, se dirigió á Aguascalientes en bus* ca del Gral. Paredes, que había esternado sus opiniones en contra de la paz, logró su acuerdo y comprometió' al Sr. Cosío D. Felipe, Gobernador de Aguascalientes,.
á que le fiase alguna tropa, como para apaciguar los pueblos del Rincón.
Con menos de cien hombres se dirigió Negrete á Lagos, asaltó el cuartel y se apoderó de la plaza en compañía del Padre Jarauta, sin mando y como su acompañante.
Publicaba entre tanto su plan el Gral. Paredes, proclamando la guerra, y comprometía en su empresa al Lie. Doblado, que había opinado por la guerra y que era muy popular en el Estado de Guanajuato.
Envista de estos movimientos alarmantísimos, nombró el Gobierno al Gral. Miñón para que á la cabeza de cuatrocientos hombres batiese y escarmentase á los rebeldes.
Paseábase Martínez Negrete en la plaza de Lagos, cuando le dijeron que Miñón estaba ala vista con cuatrocientos hombres, con caballería y artillería.
El resuelto capitán, no obstante contar con menos de cien hombres, como hemos dicho, los colocó y parapetó en las torres, y se dispuso á la defensa.
Miñón le intimó á Negrete que se rindiera, y éste le contestó soberbio, como si estuviera mandando un ejército formidable.
Rompió sufuegos Miñón sobre la plaza, la batalla se hizo sangrientísima; pero á Miñón se desmuñonó la mejor de sus piezas, y entonces Negrete rompió el sitio saliendo casi en triunfo.
Después de varias peripecias que no recuerdo bien, Doblado fué proclamado Gobernador de Guanajuato, y
aquella plebe valiente le auxilió al punto de babor podido resistir por veintidós díasá la fuerte División qae al mando del Gral. Bustamante envió el Gobierno con: tra Guanajuato.
. La lucba en la ciudad mencionada fué terrible: Moblado acreditó su talento, su energía, su valor personal, y su tino y perspicacia en las circunstancias más difíciles,
Lo más recio de la pelea fué en el Cerro Trozado, defendido por el impávido Martínez Negrete y el Cerro de la Gritería, donde cayó prisionero, después de, luchar con esfuerzo heroico, el Padre Jarauta, y aquí me voy á permitir una interrupción, para que no semeescapen los recuerdos que, aunque confusos, conservo do ese notable personaje.
Nació Jarauta en Aragón y allí hizo sus estudios, donde cursó filosofía y humanidades, tirando los libros para seguir á Cabrera, que era en aquel tiempo su bello ideal.
Concurrió como soldado valiente á varias acciones de guerra, hasta que Cabrera fué derrotado por Pispartero.
Jarauta huyó de España y fué á radicarse en la Habana, donde el día menos pensado, y como por ensalmo, resultó figurando como corista en un teatro.
Pero desde el primer momento de su nueva carrera mostró disposiciones tan diabólicas, tal fertilidad en gallos y desentonos, que tuvo que abandonar el arte divino, aunque estaba en la chilla más espantosa.
Entre la sociedad que frecuentaba no faltaban sus beatos mundanos, apreciabilísimos entre la gente perdida, y éstos, recordando sus estudios y viéndole fuerte en achaques de Musa Musae, le alentaron para el sacerdocio, y en un abrir y cerrar de ojos, vistió sotana, se abrió corona y cantó misa, dejando como sordos en concierto á cuantos le conocían.
A dos dedos de la gloria eterna y con su espíritu emprendedor, atrapó al vuelo un Curato en un pueblo de Veracruz, y desde los santos padres hasta las ánimas benditas se desternillaron de risa con la vista de aquel siervo singular de Nuestro Señor.
En lo más fervoroso del ejercicio de su Ministerio se le atravesó en su camino un yankee poco respetuoso; hubo su altercado, y por vía de caridad evangélica le voló la tapa de los sesos al hijo de Guillermo Peen.
Desapareció por algún tiempo Jarauta, hasta que le denunciaron sus hazañas como guerrillero en el Estado de Veracruz.
Solicitó protección del Sr. D. Cayetano Rubio, éste parece que no quiso tener contacto con el guerrillero, quien por ese motivo le profesaba un odio mortal, y juró matarle luego que se presentara la oportunidad.
Con tal designio, abandonó la costa y vino á México, de donde partió para Aguascalientes á ponerse á las órdenes de Paredes, quien lo veía con marcada repugnancia.
Preso en la toma de Guanajuato, en el cerro de la
Gritería, como liemos dicho, le trasladaron á La mina d(k la Valenciana, donde fué pasado por las minas. Era el padre Jarauta bajo de cuerpo y robusto. taha constantemente rasurado, dejando adivinar una barba recia y obscura. Su nariz era aguileña y sus ojos foscos y encapotados; usaba una zamarra lanuda de piel de borrego, y cuando hablaba metía los dedos en las bocamangas del chaleco, quedando como en jarras á lo majo ó endino.
18*9.
En 1849 falleció D. Carlos Ma Bustamante, quien no ha sido imparcialmente juzgado por la Historia, porque la preponderancia del partido servil y clerical, dueños de la prensa, arbitros para desfigurar los hechos y para ser los únicos que sin rectificación pudieran hacer dominantes sus imposturas, no han dejado percibir en su verdadera luz el retrato de este patriota distinguido. Bustamante, al dejar una excelente posición en Oaxaca y abrazar la causa de la Independencia, lo hizo con ardor ciego y patriotismo sincero. Durante mucho tiempo fué el único defensor de los derechos del pueblo, el que puso en evidencia las maldades de los gobernantes españoles en su mayoría: se esforzaba por aniquilar el fanatismo, como lo hizo con la aparición milagrosa de la palma de Zitácuaro, formada por las nubes; reivindicó los nombres de los héroes, y cosa singular, Alamán mismo, jefe del partido conservador, aprovechó toda clase de noticias dadas
por Bustamante para formar su historia y presentar muchas veces, sin quererlo, el conjunto inconsecuente de sus opiniones.
Bustamante, como el Pensador Mexicano, como el Payo del Rosario (Villavicencio), como Cerecero y Envides, escritores liberales, fueron perseguidos á un mismo tiempo por los anatemas de la Iglesia, por el ridículo, por la censura literaria y por los diferentes disfraces de los intereses que hería. Creyente hasta el fanatismo, adolecía su carácter de muchas de las preocupaciones vulgares sobre la creencia; como su estilo desaliñado y sin trabazón se prestaba á comentarios que favorecían á los que lo desacreditaban en su decrepitud; la creencia infantil en toda especie de monumentos que le presentaban de mala fe como antiguos, hicieron y han hecho su carácter difícil de analizar. Ya decrépito se entregó á la devoción fervorosa, vestía un saquito de indiana, un pantalón de cotonía, su zapato bajo y su capa española color de café; se le veía atravesar de su casa de la calle de Santo Domingo á la iglesia del mismo nombre y de ésta á la casa del Sr. Trigueros, calle de Chavarría, donde encontraba consuelos y auxilios en aquel Ministro su protector.
A la consumación de la paz y vuelta de los Poderes á México, el cuadro que presentaba la República puede decirse que era el del desencadenamiento de la anarquía.
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Pululaban por todas partes, como mal apagadas chispas, que sobrevivían á la destrucción del incendio, guerrillas de patriotas, partidas de bandoleros y grupos de descontentos. El Erario estaba totalmente exhausto, las rentas de los Estados aniquiladas, el ejército disperso y en completa desmoralización, y los partidos alentados con esa mala posición del Gobierno, luchaban encarnizadamente en la Capital, eligiendo por campo de batalla el Congreso, y por pretexto ó motivo la elección del Ayuntamiento, hecha anterior á la ocupación de la Capital ó la verificada después. Insolentado el partido conservador desde años antes, atizaba con furia la discordia. En el periódico El Universa/, que era su órgano y se decía redactado por Alaraán, el Padre Nájera, Aguilar y Marocho, D. José Dolores Ulibarri y otras notabilidades que ocultaron cuidadosamente su nombre y á las que no se podían negar talentos eminentes. No obstante, haciendo mal uso de ellos en el periódico, se injuriaba á la Independencia, se calumniaron groseramente á sus héroes, se pusieron sus nombres en la escarpia del escarnio, y llevaron la irritación de los patriotas al último extremo por su mala fe y sus villanías y mentiras. Una de las personas que más se atrajeron los odios fué Aguilar y Marocho, hombre de levantado ingenio, afiliado en el partido liberal, redactor de El Siglo, quien tránsfuga de su partido, ingresó al conservador con la nota de todos los traidores. Órgano del clero El Universal, aceptaba todos sus recursos, aun los más absurdos, orno
el milagro de las escamas de un pescado maravilloso que confundían á los herejes, por lo cual se llamó el periódico de las escamas. Combatían á El Tiempo con enérgica elocuencia, entre otros, el Siglo XIX y El Monitor. En el primero escribían Otero, Luis de la llosa, D. Juan Bautista Morales (Gallo pitagórico), Gardoso, D. Joaquín Payno, Castera, Agustín Franco y yo. Ea El Monitor escribían Castillo Velasco, Alcaraz, Banuet, Sabás Iturbide, el Dr. Juan Nepomuceno Navarro, y valientes agregados como Pablo Torres Cano y el muy erudito y distinguido liberal D. Francisco Modesto de Olaguíbel. Había algunos otros periódicos batalladores con menor gravedad pero con igual entusiasmo, ya en prosa, ya en verso, ya en guasa popular y ya con irresistible lógica por el primero de sus redactores Ignacio Ramírez, quien se puso por pseudónimo el Nigromante, que le ha conquistado para la historia un renombre inmortal. Escribía en ese periódico, como apasionado liberal, Vicente Segura, después uno de los más vehementes partidarios de los conservadores, y cuya trágica muerte fué uno de los episodios más sangrientos de la guerra de Reforma. Payno y Guillermo Prieto redactaron también ese periódico, particularmente el último que se quedó con Ramírez á su frente, luego que por la persecución dejaron de escribir sus compañeros.
Los impresores de más nota en la época eran D. Ignacio Cumplido, García Torres y Rafael Rafael; el primero, oriundo de Guadalajara y de una familia distin-
¡Yói
guida, se dio á conocer como simple prensista en el periódico titulado El Cosmopolita, redactado por D. Joan Rodríguez Puebla, D. Manuel Gómez Pedraza y otros prohombres del partido moderado. Su simpática figura, bu viveza genial y sus buenas maneras le atrajeron la protección de Pedraza y Rodríguez Puebla, lo establecieron, fomentaron su negociación con valiosas impresiones del Gobierno, haciéndolo establecer el Siglo y procurándole otras varias relaciones, y su constancia y puntualidad en el trabajo, una pingüe fortuna. Cumplido era infatigable en las labores á que se dedicaba, y puede decirse que estaba á punto de descubrir por su actividad el movimiento continuo. Recompuso y transformó varias veces la parte del edificio del Hospital Real que le estaba asignado, tirando paredes, reponiendo pisos, fabricando altos, abriendo y cerrando puertas y acomodando á sus necesidades ó caprichos cuanto encontraba á la mano. En la azotea, con macetas y cajones, improvisó un jardín primoroso de llores exquisitas, al lado edificó una galera para disecar aves, hizo su casa de habitación, contigua á la imprenta que ocupaba vasto terreno, con departamentos de redacción, peinazos, prensas y maquinarias, así como braseros, tubos y útiles para los cilindros con que se tintaba la letra. Primero emprendió el Sr. Cumplido El Mosaico Mexicano, bajo la dirección de D. Victoriano Roa, y sucesivamente se publicaron como periódicos literarios, El Museo Mexicano, El Álbum: y sus famosos calendarios que le dieron gran boga. Do-
minaron en el Museo los nombres de Rosa, Payno. que firmaba con el seudónimo «Yo,» y Guillermo Prieto ó Fidel, que presente está. Se me olvidaba decir que Cumplido intentó establecer una Escuela ó Colegio de impresores, que funcionó por poco tiempo y sin duda no le tuvo cuenta. Las excelentes relaciones que se supo procurar Cumplido con cierto tacto sui generis, no sólo le dieron entrada en la buena sociedad y asiento notable en el partido moderado, sino que le invistieron de cierta importancia política que le procuraron mucha honra y mucho provecho. Entre tanto, á pesar de escribir en el Siglo hombres como Otero, El Gallo Pitagórico, Rosa, y después Carrasquedo, Iglesias, Lacunza, Ramírez y Zarco, los emolumentos que disfrutaban estos hombres eran realmente mezquinos, no pasando ninguno de ellos de cien pesos, con excepción de Zarco, que quedó casi al fin de su vida como redactor único, ganando cerca de quinientos pesos mensuales. Payno y yo, que escribíamos pocas veces en la parte política y en la crítica de teatros, teníamos veinte pesos inclusive el costo de nuestra luneta. Cumplido era en su trato íntimo afable y servicial; su familia frecuentaba poco la sociedad, y se zuzurraba que tenía carácter áspero con su esposa, que era de un nacimiento obscuro y que tenía una familia inferior al rango que él ocupaba.
De García Torres se vociferaba que era oriundo de un pueblo cercano á Pachuca, que vino á México en calidad de sirviente ó dependiente del Marqués de Vi-
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vaneo; que por su honradez y buena conduela se le consideró como hijo de esa ilustre familia, que emigrando á Europa el Marqués de Vivanco, le llevó consigo á Inglaterra donde aprendió el inglés, el francés y se perfeccionó en las maneras cultas y en los usos de la buena sociedad. En el extranjero casó con una suiza muy laboriosa y llena de virtudes, la que cuidaba diligente á su esposo, le dirigía con su buen juicio y fué móvil poderoso del lugar distinguido y de la buena posición que ocupó después. El carácter de García Torres era abierto y sincero corno el de muy pocos: gastador, enamorado, valiente y liberal, lleno de sinceridad y abnegación. A tan preciosas cualidades no pudieron obscurecerlas ni los resabios de su primera educación, ni su ignorancia supina, ni los arrebatí >s de un genio fogoso, pero en el fondo, lleno de bondad. Poi* cierto delicado instinto que conservó hasta sus últimos días, supo elegir para sus consejeros, pata sus amigos y para los redactores de su periódico, personas de raro'méritocomo Olaguíbel, Lafragua, Banuet, Aicaraz,, el Dr. Navarro, Sabás Iturbide, Castillo Velasco, Arriaga, Guillermo Prieto (que se excluye de ese alta mérito) y otros de firmes creencias y de resoluciones probadas. En los peligros de la prensa, siempre participó de los primeros, como lo comprueban sus prisiones y destierros. Con las armas en la mano, su proceder en la guerra americana, fué verdaderamente heroico, y cuando se trataba de la defensa de sus principios, olvidaba como ninguno de los impresores, su vida y
sus intereses por no degradar ni desfigurar sus opiniones. Por elevada que fuera la persona y por comprometida que fuera su situación, no traicionaba á sus sentimientos: yo le escuché decirle al Gral. Paredes que hundía al país en un abismo y que era indigno proteger el proyecto de la monarquía.
Arista le llamaba su periódico de oposición, á pesur de que García Torres le amaba con extremo; y á Juárez le decía con mucho respeto: «Señor, no vengo á ver á Ud., porque me parece muy mal lo que está Ud. haciendo,» cuando alguna cosa no le parecía.
Las genialidades de García Torres, ciertos arranques que podían calificarse de candores y cierto desparpajo no siempre oportuno, le atrajeron críticas que tendían á ponerlo en ridículo, como el brindis«Vamos haciendo tan, tan.» «Vamos levantando cisco, etc., etc.» Guando se le pidió en una tertulia el consonante de Adonis y repentinamente y sin vacilación gritó: «Anís» y los brindis para un banquete que publicaba después de dos ó tres días de verificado, con un encabezamiento igual ó parecido al que sigue: «Brindis que debió haber pronunciado D. Vicente García Torres, con ocasión de etc., etc.» También sobre el nombre de García Torres, corrieron á su vuelta de Europa algunas versiones. Parece que se estableció con sólo el nombre do García, con una imprenta de mala muerte, en una de las calles del Rastro. En otra calle del mismo nombre, distante, existía otra imprenta de igual pelaje llamada de Torres.
Lia vecindad de los dos reclutas de Giitenberg no dejaba de presentar los inconvenientes de la competencia, así es que en cuanto murió Torres, García, qué era avisado, hizo una fusión tipográfica y tomó el establecimiento el nombre de García y Viuda de Torres. Andando los tiempos, y sin saberse la causa, se modificó el nombre y la imprenta fué llamada García y Torres. En esto, espichó la viuda; García compra y arregla la imprenta y quitando el tabique de la composición, quedó el establecimiento y el propietario con el nombre de García Torres que le conocimos.
Lo expuesto lo refieren muchos como una conseja, hija de la imaginación; pero otros muchos lo afirman como ajustado á la verdad.
García Torres era audaz en sus empresas, y al nacer su industria imprimió un Tratado de Diplomacia, que tuvo un éxito asombroso, atendida la época. Las pocas relaciones del editor y los subscriptores, en su mayoría carniceros y gente de tráfico de abarrote pedestre Sin embargo, la obra de Diplomacia se le señala como el primer escalón de la fortuna del rico propietario del Monitor Republicano.
Rafael Rafael nació en Cataluña, donde pasó sus primeros años, é hizo su educación aprendiendo los oficios de impresor y grabador, oficios en que era muy hábil.
Noticioso de sus aptitudes D. Ignacio Cumplido, y previo contrato, envió por él, y se radicó en su establecimiento en la calidad de grabador en madera.
Era Rafael Rafael tipo neto de su raza y su pueblo; cabello cerdoso y tupido, barba recia, nariz roma, ancha espalda, piernas fornidas y movimientos ágiles. A poco de estar en la imprenta de Cumplido Rafael Rafael, se notaron mejoras extraordinarias en el arte tipográfico, y le granjearon cierto nombre que le hizo -codiciable para esa clase de negociaciones. Separado de Cumplido, al que sirvió cerca de dos años, establecí»') una pequeña imprenta en la calle de Cadena, en compañía de un alemán, cuyo nombre no recuerdo. Allí fué solicitado por D. Lucas Alamán, de quien se granjeó el afecto, y quien le protegió muy generosamente toda su vida.
May confusamente recuerdo, que triunfante el partido liberal, cayó prisionero en Tampico al huir de la República, en unión de otros conservadores de nota, -entre los que se encontraba D. Teodosio Lares, Fernández de Jáuregui, Aguilar y Maracho y otros. Cayeron estos prisioneros en poder del implacable general D. Guadalupe García, quien los mandó fusilar inmediatamente. Pero sólo tengo noticias ciertas de la muerte de Jáuregui, por tener un carácter particular. García era de un genio indomable y feroz; al ver á los prisioneros les lanzó injurias tremendas, particularmente con Jáuregui, á quien befó, desgarró con sarcasmos crueles, y trituró y remolió su amor propio, con rabiosa crueldad. Jáuregui era un hombre anciano, seco, carilargo, moreno, desdentado, y con un mirar resuelto y profundo. Al oir las amenazas de García, y no
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pudiendo soportarlas, le gritó: ¡Alto, soldado fanfarrón! venga üd. á ver cómo muere un hombre, y se dirigió con paso majestuoso al cuadro de soldados que lo fusilaron lleno de entereza, y mirando con altivo/ despreciativa á su verdugo. Esto me lo ha referido, púa* to por punto, una persona que presenció la ejecución, y de la que no me es posible dudar.
Rafael Rafael, enterado en lo más íntimo en los secretos y maquinacionnes del partido conservador, se convirtió en su instrumento activísimo; entró en las más arriesgadas conspiraciones, y cobró rango entre los hombres de más acción. Alamán y los suyos siguieron protegiéndolo, hasta formarle regular fortuna y darle una gruesa suma de pesos, para cierto proyecto de colonización, que se envolvió en la sombra en que desapareció este personaje, que fué á morir del otro lado del mar.
Sea que el despecho buscase desahogo, sea que el rencor inspirara reproches indirectos contra los traidores, la demostración del aniversario de Churabusco fué espléndida; se rodeó el convento de gallardetes con crespones negros; se señalaron los sitios en que murió Peñúñuri, el en que fué herido mortalmente Luis Martínez de Castro, el punto de la trinchera en que declamaba Villamar sus versos vehementes contra los enemigos, el sitio á que se hizo conducir Anaya después de haber cegado por el incendio del parque. Se
levantó un gran tablado y una tribuna en medio de los sepulcros y montones de tierra que cubrían á los que murieron en el combate, y autoridades, empleados, carruajes y carros, arremolinándose y seguidos por la multitud, hacían desaparecer el suelo. Las poesías y discursos que se pronunciaron, encontraban repercusión, colorido y creces de elocuencia en el sentimiento universal que todo lo engrandecía. Excitado el entusiasmo por esta ceremonia fúnebre, se dispuso entre el ejército y los jefes de guardia nacional, reunidos, nacer con la mayor pompa los honores fúnebres á los • patriotas que murieron con las armas en la mano en todo el Valle de México, y sobresalió, como dirigiendo esta función, el Sr. general D. José González de Mendoza, de quien creo nos hemos ocupado en otra ocasión. Cabello 'negro y emborrascado cubría sus ojos; relámpagos de pasión é inteligencia despedían sus miradas, y su tez morena, sus ademanes violentos, su voz vibrante y sus arranques extraños, hacían verdaderamente singular este personaje.
De talento clarísimo, de erudición rica y variada, y •de extravagancias inconcebibles; ya le recomendaba la admiración y ya le acogía la locura, según el punto de vista en que se presentaba. Decía que había pertenecido su alma á un griego que pereció en un incendio. Intentó enseñar á nadar á sus soldados, teniéndolos boca abajo en un llano, para que se enseñaran á dominar los precipicios; los hizo atravesar una viga altísima, apoyada en dos postes distantes, atando á los
que mandaba una argolla al cuello, pendiente de un lazo, para que quedaran colgados si se caían; por úl linio, dejó en su testamento un buen legado, para que compraran á los niños pobres, el día de San Juan, cornetas, tambores, uniformes y armamento infantil, para que se dieran gusto en semejante día.
En los campos era de los primeros en valor y en conocimiento; en la tribuna tuvo numerosos triunfos su elocuencia, y como caballero cumplido, no dejaba que desear su bondad y su decente comportamiento.
Mendoza tomó á pecho la comisión de las honras fúnebres, y formó un programa que dejó profundísimos recuerdos en nuestra sociedad. Salió la comitiva de la Iglesia de Jesús, anexa al hospital del mismo nombre, y atravesó la ciudad entera, hasta el cementerio de Santa Paula, situado en la calzada de Santa- María, y que podía contener entonces de seis á ocho mil personas con todo desahogo, merced á las diligencias y esfuerzos de su fundador D. Vicente García.
Dispúsose que la concurrencia toda vistiese de negro en su mayoría, con excepción del ejército que conservó sus uniformes con un luto especial. Al frente de las autoridades que presidían, marchaba una bandera negra, altísima, de gasa extraordinariamente delgada y de extensión extraordinaria, al punto de cubrir, y casi envolver á la sección distinguida que encabezaba la función. Con profusión se repartieron grandes hachones entre los concurrentes; de trecho en trecho se levantaban los retratos de los héroes al través del
crespón negro y las orlas de laureles. Por un capricho singular, y aconsejado por alguna persona experta, las músicas se proveyeron de oficleidos y otros instrumentos adecuados para composiciones realmente patéticas y terribles; al punto, que había momentos en que parecía que la Ciudad aullaba dolorida, y como derramando en el delirio su angustia quejosa. A los campaneros del tránsito ordenó Mendoza tocasen en cierta consonancia con la música, de suerte que, por lo menos, á mí me produjo un pavor horrendo, que me sobrecoge cuando lo recuerdo.
En el centro del inmenso panteón de Santa Paula se levantó un grandísimo tablado, como de cincuenta varas en cuadro, cubierto de inmensa lona y adornado con crespones, gasas, bandas y adornos fúnebres; y en el tablado se colocaron el Presidente de la República, el Ilustrísimo señor Arzobispo, canónigos, generales, diputados, y cuanto tenía de más rico y distinguido México.
Entre la concurrencia ardían gruesos cirios y grandes lámparas de llamas verdes. Un tanto saliente del tablado se colocó la tribuna enlutada, y allí se pronunciaron elocuentes y sentidos discursos, y yo tuve la honra de recitar una poesía, tributando reverente mi homenaje de gratitud y ternura á los héroes de mi Patria.
Al concluir la ceremonia, el señor Arzobispo me llamó, y me bendijo la cabeza con notable emoción. El general Mendoza, maestro de ceremonias, en términos
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brevísimos, llenos de pasión y sentimiento, ordenó con mucho orden la sepultura de los restos de Frontera, Balderas y otros héroes que en este momento no recuerdo.
Prescindo hablar de la situación política y de los frecuentísimos cambios de Ministerio que se sucedieron en este tiempo, en que las crisis financiera y de guerra ocuparon lugar preferente.
Ku el Ministerio de Hacienda se sucedieron Riva Palacio, Lacunzn, Yáñez, Pina y Cuevas, D. Marcos Ksparza y algún otro menos importante; pero en realidad, los mejor intencionados nada pudieron hacer, más que dictar medidas del momento para hacer practicables algunas reformas fundamentales.
Riva Palacio sólo atendía á libertar del agio los dineros de la indemnización. Yáñez, talento privilegiado, y tan honrado como su antecesor, trató con toda energía de establecer la moralidad en los negocios y ahuyentar los vampiros del tesoro, que amenazaban devorarlo todo.
Pina y Cuevas, con sagacidad inaudita, quiso poner en evidencia la federación y centralizar las rentas, loque no [permitieron los Estados, y sólo procuraron derrotas y descrédito al Gobierno; en una palabra, el Sr. Esparza, de buena inteligencia, laborioso y honrado, no conocía México, ni sus hombres, ni las intrigas palaciegas, ni la bambolla diplomática; de suerte que creía
haber alcanzado grandes triunfos con las caravanas y el énfasis de su grande y buen amigo Mr. Falconet, representante de los tenedores de los bonos de la deuda inglesa, aunque esas exterioridades más probaran el candor del Ministro, que el conocimiento de los negocios de gran trascendencia que tenía entre manos. La figura desgarbada y fofa del señor Ministro, su capita café, que no le abandonaba; su cabello alborotado y su sombrero á medio cráneo, le hicieron realmente juguete de los oradores de oposición, á pesar de ser reconocida generalmente la probidad, la decencia y otras excelentes cualidades del Sr. Esparza.
Ocupó por entonces el Ministerio de Hacienda el Sr. D. Bonifacio Gutiérrez, después de algunos cambios: este personaje, dependiente de comercio primero, después empleado obscuro, y luego levantado por su silencio y aparición oportuna en los grandes negocios, merece una mención particular. Era de alta talla, derecho y deigado como un pararrayo; la fisonomía acallejonada y larga, ojos sin expresión ninguna y movimientos regulares y compasados, como los de un autómata al que se le acaba la cuerda. Su ocupación incesante fué, durante muchos años, la formación de estados minuciosos de todo género y la acumulación de datos para las historias de la deuda interior y exterior. La primera de estas ocupaciones era de todo punto inútil, puesto que versaba sobre asuntos frivolos y sin bases científicas. Los aristarcos, para ponerlo en ridículo, inventaban estados que decían: «Estado que manifiesta
los hombros, mujeres y niños que han (Mitrado por Las garitas de la ciudad, de tal á tal fecha, y según se expresa, hombres, su color, su edad y su modo de vivir probable; mujeres doncellas en apariencia. ídem desocupadas, ídem en estado interesante. — Nota, fío es posible la indagación de niños de legítimo matrimonio y niños sueltos.»
«Estado curioso de los niños sacrificados en la famosa degollación de Herodes, etc.»
Estos trabajos resultaron inútiles, no así el acopio de datos para la liquidación de las deudas interior y exterior, que ahorraron muchos miles de pesos al Erario y dieron á este Ministro merecida reputación de honradez y lealtad en el cumplimiento de sus deberes. Sea con el objeto de dar garantías á los acreedores del Erario, ó de introducir la moralidad en él, ó de consolidar el crédito, poniendo á su frente personas de indisputable respetabilidad, creó el Sr. Gutiérrez una junta de crédito público que en realidad desmembraba al Ministerio, le tutoreabay coartaba su acción. Como no es mi ánimo sino escribir para mi solaz las Memorias que me ocurren, sin tener por guía á la política, ni la hacienda, ni nada sistemático y forzado, diré que abandono el Palacio para seguir alSr. Gutiérrez en su trato y carácter familiar.
De cuantos hombres he conocido en mi vida, ninguno he tratado, con más completa ausencia de imaginación, que el Sr. Gutiérrez. Elogiándole un día la belleza de las torres de la Catedral de Morelia, elijo con su
yoz fría y sin acentuación, que le era habitual: «En efecto, me han parecido dos mazorcas.»
Después de una ausencia de seis ó siete años de su hermano Felipe, que era tan original como él, éste llegó á la capital cerca de las oraciones de la noche, preguntó por D. Bonifacio el Ministro, y le dijeron que á esa hora regresaba de la Alameda de su paseo á pie, y fué corriendo en su busca.
Viole venir D. Bonifacio, le reconoció, y sin más saludo, tendiéndole la mano, le dijo: «Supongo que no habrás bebido chocolate, vamos á casa.»
Tenía un amigo en Zacatecas, que se llamaba Aróstegui, con el que se paseaba en silencio completo todas las tardes por aquel mineral.
En uno de esos paseos, y casi fuera de la ciudad, distinguió un pequeño sembrado, é interrumpiendoel mortal silencio Aróstegui, señalándole el pequeño campo le dijo: Lechugas. Gutiérrez guardó silencio, y al siguiente día, pasando por el- mismo lugar, le dijo á Aróstegui: Para ensalada, y esto fué todo lo que hablaron en más de seis meses de paseo.
Sorprendieron á D. Bonifacio unos ladrones en la Cuesta China, lo tendieron en el suelo como á otros pasajeros, al terrible grito de azorríllense, y quedaron todos boca abajo, como era de rigor, mientras duraba el desbalijamiento; de pronto Gutiérrez levantó un brazo; los ladrones corrieron á ver lo que se ofrecía, y él dijo á uno de ellos: «vea Ud. si hay alguno que me preste su lumbre para fumar este cigarrillo.»
Lo más singular de todas estas reformas intentadas sin éxito y por hombres en su mayoría de singulares talentos, es que aunque las personas que sirvieron los Ministerios, ni se habían dedicado á la Economía Política, ni conocían la estructura financiera del país, descubrían las llagas del cuerpo social é insistían en sus remedios.
El Sr. Pina y Cuevas, entre otros, se decidió por l;is ventajas de la contribución directa, intentó establecer un banco, é ideó una combinación de zonas fiscales para corregir el contrabando, que hubiera tenido buen éxito.
El Sr. Yáííez, en las Relaciones Exteriores, pugnó por aniquilar lo que se llamaron conexiones diplomáticas, con tal olvido del Derecho Internacional privado, y muy trascendentales perjuicios al Erario.
En Guerra, el Sr. Arista había querido ante todo la purificación del ejército, expulsar de su seno hombres viciosos y envejecidos abusos que encubrían escandalosos robos, quería una fuerza corta, pero bien dotada y colocada en las fronteras y puntos, que dejasen toda la libertad de acción en los Estados, en su régimen interior, y sobre todo, un cuadro económico que se llenara, según las circunstancias, concillándolo ante todo con las necesidades del tesoro, porque podía repetirse lo que había dicho Tornel en cierta ocasión á D. Antonio Haro delante del Gral. Santa- Anna: «nuestro sistema de gobierno está reducido á que el Sr. Haro Ministro de Hacienda busque dinero para que yo lo tire,
como Ministro de Guerra.» En cuanto al contingente de los Estados, habían pasado de rango de fábulas, no siempre divertidas.
En los primeros días de 1850 murió el Sr. D. Manuel de la Peña y Peña, quien ocupó los más altos puestos en el foro y en la j udicatura. El saber del Sr. Peña y Peña era profundo, y se había encerrado en él con tesón y excluyendo casi otros que hoy se creen indispensables para un hombre de Estado.
Reverente y apasionado del gobierno español y de la organización que dio á la colonia sus ideas, aunque de tendencias liberales, se encontraban contrariadas constantemente por sus hábitos, su educación y preocupaciones.
Xació en Tacuba á íines del siglo pasado y falleció de poco más de sesenta años en 1850. Sus funerales fueron magníficos; la buena sociedad de México se llenó de luto y todos los hombres próvidos, de todos los partidos, con su condolencia honraron su memoria.
Ya hemos hablado de h»s desórdenes en las cámaras y del papel ardiente que se propuso desempeñar El Universal en aquella crisis política.
En 1850 continuó con más fervor el esfuerzo de los partidos, alentados por la prensa y por la infirme convalecencia en que había quedado el país á causa de la guerra.
El Sr. Arista era el blanco de los tiros del partido conservador, y no perdonaron la injuria y la calumnia,
ni bu fortuna, ni sus antecedentes militares, ni su vida
privada, ni bu limitada instrucción, ni sus hábitos íntimos, ni nada de lo que pudiera perjudicar su persona y su nombre.
El divorciodel Sr. Arista de la víudadel Gral. Barradas, su esposa, y sus relaciones contraídas en Monterrey con una persona casada que lo siguió á México, dieron pastoá la maledicencia másenconosa, noobstante que esas relaciones, si acaso ejercían influencia en el Gobierno, era desapercibida y cosa de poco momento.
Fomentó esta terrible grita el asesinato inesperado del Sr. D. Juan de Dios Cañedo, opositor al Sr. Arista y personaje notabilísimo.
El encono contra Arista intentó echar sobre él la responsabilidad del asesinato, al que fué de todo punto extraño.
Invocaré mis reminiscencias para fijar algo de este suceso.
Era el 28 de Marzo de 1850. La Iglesia celebraba con pompa extraordinaria el día sagrado de la última cena de Jesucristo; las campanas de los templos habían enmudecido; ni carruajes ni caballos se veían por las calles, y grupos procesionales de familias se dirigían con recogimiento á los templos á presenciar los divinos oficios; soplaba un aire frío, todas las puertas del comercio estaban cerradas, y el sol amarillento y como enfermizo, añadía tristeza al silencio que reinaba en la ciudad.
Yo estaba en la casa de Otero, á quien visitaba de
mañana, porque era cuando tenía más desahogo; repentinamente escuchamos en el patio de su casa, calle de las Damas núm. 4, pasos precipitados y alguna voz descompuesta que preguntaba por Otero, que era entonces senador. «Señor, señor, le dijo: han asesinado al Srí Diputado D. Juan de Dios Cañedo, allí está en su cuarto de la Gran Sociedad, tirado%en un mar de sangre, y ya tiene conocimiento del hecho la policía y la justicia.»
Con el terror en las almas y el espanto en los ojos, salimos de la casa de Otero, corrimos al Hotel de la Gran Sociedad, atravesamos atrepellando el gentío y nos encontramos en el lugar de la trágica escena. Era un cuartoampliodel primer piso, cuyo ancho balcóndaba á la calle del Coliseo Viejo; en uno de los rincones se encontraba el catre del difunto, en el otro un perchero con su ropa, y en uno de los lados una amplia alacena que estaba media abierta. En el centro de la pieza había una amplia mesa redonda, un tintero y rastros del lugar en que se escribía.
El asesino ó los asesinos de Cañedo le sorprendieron sentado, infiriéndole varias tremendas heridas, hasta que cayó en medio de esfuerzos desesperados, derribado de la silla que ocupaba. Los facultativos que reconocieron el cadáver, aseguraron que un hombre de estatura gigantesca y de fuerzas extraordinarias, era el asesino.
Cañedo era un hombre de unos sesenta y dos á sesenta y cuatro años, lampiño y de un cutis como de
porcelana; era delgado y pequeño, de una mirada penetrante y de cierta malicia burlona en la fisonomía. Nativo de Guadalajara, é hijo de una familia opulenta y distinguidísima, dio á conocer sus claros talentos: escribió sobre la historia de Roma, con erudición bastísima; brilló en el foro; en las Cortes españolas se señaló entre los oradores más eminentes en L813, defendió los derechos y prerrogativas de las colonias frente al tronocon extraordinario valor y sabiduría.
E\ foro, la tribuna, la prensa, fueron órganos de sus talentos admirables; fué honra de las letras, se sirvió de la diplomacia para honra de su país, y en las crisis difíciles su valor civil mantenía la entereza del Gobierno y daba solución benéfica á las mayores dificultades.
En su trato íntimo, Cañedo era amabilísimo, y el chiste y la sátira aguda y delicada eran armas de que se servía felizmente, en la sociedad familiar y hasta en el parlamento.
Se cuenta que como Ministro de Victoria, se le obligó á asistir el jueves santo á la comunión, que era unode los deberes oficiales; Cañedo se*acercó al comulgatorio, y al brindarle el sacerdote con la hostia y el vino, le dijo con toda formalidad: «No lo acostumbro, pase Ud- adelante;» urgiéndole otra vez, como Ministro, para que se presentase en la Cámara el Ministro de Hacienda, lo que no era conveniente en el estado en que se encontraba el tesoro, que creía el diputado de oposición que estaba en escandalosa abundancia,
desatendiéndose gastos muy preferentes, dijo con macha frescura: «El señor Ministro de Hacienda se presentaría; pero se ocupa en estos momentos en muy serios estudios sobre el vacío.»
La fama de los chistes de Cañedo levantando en torno de su nombre gran popularidad, robaron mucho á su reputación merecida como jurisconsulto, sabio orador eminente y escritor galano y correcto.
Esta es la suerte reservada á hombres que tienen la unción de la gracia; así sucedió á Quevedo en España, así al notabilísimo Lie. D. Joaquín Gardoso y lo mismo al inmortal Ignacio Ramírez, llamado ei Nigromante.
Marzo de 1850.
Despertó el día como despertamos después de una horrible pesadilla, el siguiente al asesinato del Sr. Cañedo. La luz parecía como vestida de luto, el sol tenía un amarillo de cadáver.
El aire corría como por avenidas heladas que se engrosaban y tomaban fuerza con otras corrientes que empujaba el Sur. Poco á poco el aire arreciaba. Las cortinas de los balcones, aunque enrolladas, se azotaban á las paredes, los vestidos talares se adelantaban arrastrando á sus dueños, volaban los sombreros; en lo alto se arremolinaban piezas de ropa de las suspendidas en los tendederos de las azoteas, abriendo sus brazos las camisas y danzando grotescas, enaguas ycal-
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xonrillos. De pronto, y de iiii;i manera inesperada é impetuosísima. rugió desencadenado el huracán.
L a< puertas y ventanas se abrían y cerraban con estrépito, caían rompiéndose ruidosamente los faroles del alumbrado y las vidrieras de puertas y balcones, los transeúntes se arrimaban á tus paredes, los ancianos se apoyaban infirmes en sus bastones y los niños espantados abrazaban las piernas de sus padres, bamboleaban las cajas de los coches como las cabezas de los muy ebrios.
Las campanas de todas las iglesias tocaban rogativa, remedando quejidos de angustia indescriptible.
Dominando el sordo clamor de la multitud, corrió la palabra fuego de boca en boca y la avenida humana se precipitó al Occidente de la Ciudad, á la calle del Sapo, donde en una herrería estalló el incendio furibundo.
La policía y parte de las tropas acudieron al lugar del siniestro, con el estrépito y la gritería del desorden.
Formóse como cerco, se reventaron fuentes y cañerías, se obligó á los circunstantes, sin distinción de sexos ni edades, á que acarreasen agua. Caían derribadas por cientos de zapapicos las paredes vecinas, llenando con sus escombros el suelo inundado por los que acarreaban el agua.
Pero la invasión del incendio había sido instantánea, incontenible y aterradora. El techo de tejamanil de la herrería, que era extensísimo, se volvió un mar de llamas, y el aire furioso arrebatando los pedazos de
techo á medio arder, los esparcía a grandes distancias, como si legiones de demonios propagasen el azote del cielo.
Entonces había mochas casas, establecimientos y jacales con techos de tejamanil, así es que en la dirección que corría un fragmento de techo encendido, volaba la gente gritando despavorida; ¡quemazón! ¡quemazón! ¡Jesús nos ampare! ¡fuego! ¡fuego! hasta apoderarse el pánico de la ciudad en toda su extensión y formar gritos, carreras, rezos y clamores de campanas, con indecible delirio.
El incendio que convirtió la herrería del Sapo en gigantesca hoguera, se comunicó al teatro de Nuevo México, que ardió retronando de un modo terrible.
Las casas de las vecindades se desocupaban á toda prisa, rodando muebles y colchones por todas partes y aprehendiéndose con escándalo los mil ladrones que ejercían su profesión.
Cerca del teatro de Nuevo México existía una pensión de caballos que se incendió. Los cuadrúpedos, al verse envueltos por las llamas que á grandes distancias extendían sus olas inmensas, se esforzaron por arrancarse de sus argollas y se retorcían, no ya bufando, sino como lanzando gemidos humanos hasta achicharrarse y quedar sus pieles tostadas y sus carnes despedazadas hasta descubrir en trechos sus esqueletos.
No se apaciguaban ni el trajín ni el terror de los estragos espantosos del voraz incendio, cuando se levantó como explosión de volcán una poderosa dispersión
de llamas en la plaza de toros, situada en la calle de la Maríscala. Entonces el frenesí llegó á su colmo. Cada chispa que volaba en los aires se creía conductora de la destrucción y mucha gente, fuera de sí, abandonaba sus casas dejándolas abiertas, huyendo y dando gritos por las garitas.
Agosto de 1850.
— ¿Quién es ese caballero tan pulcro, tan distinguido, que sirve á las señoritas y está al principio do la mesa?
Esto preguntaba yo á cierto amigo en un convite que daba el Sr. D. Francisco Manuel Sánchez de Tagle.
— Ese caballero es D. Matías de la Peña y Barragán, sobrino del Presidente de la República.
Fijéme en el individuo objeto de mi curiosidad, y era un hombre como de treinta á treinta y cinco años, blanco, carirredondo y de un cutis liso y sedoso como el de una doncella. Vestía, aunque elegantemente, pero sin afectación, y sus manos pequeñas y cuidadosamente aseadas, revelaban una persona verdaderamente distinguida. D. Matías gesticulaba cerrando sus ojos pequeños y vivaces, por su falta de vista ó por manía.
— ¿Y sabe Ud. algo de la familia de ese joven?
— Sé por unas parientas suyas ancianas y de muchos papeles, como suele decirse, que descienden de
altísima nobleza, nada menos que de personajes que figuraron en la edad media, en el trono de Jerusalén, •con los nombres de Lino ó Licio y Da Berengueia, después condes de Breña.
— ¿Y de dónde eran los padres de ese señor?
— El padre de D. Matías era español, residió muchos años en Guayaquil, donde casó, y dueño de una inmensa fortuna vino á México con sus hijos Matías y Ángel, en 1823, y aquí acreció extraordinariamente sus bienes en el comercio. Pero el año de 1828 sufrió, como otros españoles, la expulsión del país donde Ángel y Matías recibieron su educación.
— ¿Y los demás hijos del Sr. Peña?
— Pancho y Pepita nacieron en Acapulco, Ignacio, Manuel y Juan en México.
Tales fueron mi conocimiento y mis primeras impresiones respecto del Sr. Peña. Supe después que por los años de 1834 ó 35 vino de París D. Matías y sus hermanos y establecieron una gran casa de comisiones en la calle de la Palma, donde ganaron mucho dinero. A poco de arribar D. Matías á México, casó con una señorita de la muy distinguida familia del Sr. Lie. Azcárate, familia á que pertenecía también el Sr. D. Manuel Gómez Pedraza. De este enlace nació Manuela Peña, esposa de D. Alfredo Bablot.
Andando los tiempos, como diré en su lugar, ingresó á la familia el Gral. Bazaine. Como decía antes, por los años de 35 ó 36 la casa de comercio de los hermanos Peña se encontraba en todo su auge; jóvenes,
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elegantísimos y manirrotos para darse buen trato y obsequiar á sus amigos, la casa esa un festín perpetuo, la mesa espléndidamente servida refrendaba mañana, tarde y noche á los convidados,. y la tertulia, el baile y el proyecto de paseo, se disputaban la preferencia para solaz de los dueños de la casa y los convidados.
Los hermanos menores de D. Matías, valientes calaveras de buen tono y muy galantes con las damas, se hicieron notables y eran recibidos con aplauso en todas partes, contrayendo las mejores relaciones.
El Presidente D. Miguel Barragán, tío de D. Matías. lo hizo Coronel y entró en el ejército haciendo papel importante en varias comisiones honrosísimas, en la campaña de Yucatán, en la del Molino del Rey, no teniendo nada que obscureciese su carrera más que el pronunciamiento de los polkos, que fué el doloroso remordimiento de sus últimos días.
Este personaje fué quien murió en Jalapa y cuya pérdida me fué extraordinariamente sensible, por las santas cualidades que revestían á este hombre, á quien presenta la historia las más veces con injusticia,
Figuraos una casa alegrísima en que la tierra y el aire campeaban libremente, con su patio amplio y enlosado, sus corredores con pájaros, naranjos y muchas macetas con flores. Niños contentos corriendo por todas partes, criados listos y aseados.
A la entrada de las piezas, el gabinete del letrado
con sus elegantes sillones, sus extensos libreros de caoba y su mesa escritorio con los más preciosos útiles del pendolista y del dibujante entendido.
Al lado opuesto al salón, se percibía el comedor al través del gran tabique de cristales, con su extensísima mesa y aparadores llenos de loza y cristal.
El. comedor era un depósito de viandas exquisitas, do vinos riquísimos y de todo lo que puede provocar el apetito y de tener de más seductor el capricho gastronómico y. la gula.
Así era la casa de Otero. Sus placeres los encerraba en agasajar á sus amigos, á quienes amaba con ternura.
Franco hasta rayar en el despilfarro, la caridad y las necesidades del hogar compartían las creces de su fortuna.
Su familia era distinguida y bien acomodada; pero su padre que era, si mal no recuerdo, un médico de nota, murió cuando Otero, nacido en 1817, estaba en el colegio. Vino á pobreza extrema; pero su maestro que fué D. Grispiniano del Castillo, jurisconsulto eminente, conocedor de sus talentos le dispensó generosa protección, fomentó sus estudios y le llevó á su lado.
Otero tenía mil trabajos para vivir, se ayudaba escribiendo y haciendo planos, en que era entendido; un compañero de corta fortuna le recomendó con un empresario de teatros para que copiara los papeles de los actores, porque tenía muy clara y muy buena letra española.
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Entonces en Guadalajara se acostumbraba en los avisos de las funciones teatrales dar idea de la obra anunciada, acompañándola de algunas palabras de juicio crítico.
Otero se ofreció para este nuevo trabajo, donde luego mostró tanta capacidad, tal competencia de juicio, tan escogida erudición y tan acabado buen gusto, que á poco se buscaban los avisos como piezas literarias, saliendo á luz con merecido aplauso. Esta circunstancia y una comisión que recibió del Sr. D. Manuel Es* mandón para levantar como ingeniero unos planos en la costa, le hicieron notable, y divulgó su fama la oración cívica que se le encomendó en tiempo del (¡tal. Paredes, Gobernador de Guadalajara, que le valió el cariño y la amistad de D. Manuel Gómez Pedraza y le abrieron las puertas de la Representación Nacional. En sus días de pobreza y de prueba, había recibido Otero favores y distinciones de personas ilustres, á quienes pagó con un amor profundo, con veneración y culto por sus talentos y virtudes.
El Lie. Ignacio Vergara, el Dr. Tamés, Jesús López Portillo, el padre D. Jesús Ortiz, D. Joaquín Ángulo, eran personas de su fanática admiración, así como era panegirista vehemente de los hombres notables de otro tiempo, como el Dr. Maldonado, Prisciliano Sánchez y otros sabios y patriotas.
Otero casó muy joven con una Srita. Andrea Arce, de bellísimo carácter, bien amorosa y risueña que cifraba su contento en dar gusto y en ver alegre á su marido.
Al venir los consortes á México, no cambiaron sus costumbres,yel amor á Guadal ajara no conoció límites.
Retratos perfectísim'os de Tonalá en la sala, equípales en los corredores, figura de chinas y de bagres.
Se veían en el comedor panelas y asaderas, cecina y banquitos (sic) con mezcal de Tequila ó del famoso de Romero Gil.
En la comida no faltaban botellones y preciosos] arros de Gnadalajara,enque siempre se servía agua muy fría destilada, se guisaba el sabroso frijol garbancillo y nunca faltaban los celebérrimos calabazates plateados y dorados, placer de la vista y delicia del paladar. Por supuesto que toda esta riqueza nacional se mezclaba con tino y oportunidad á las galas de la cocina europea, como lo requería la posición del gastrónomo dueño de la casa. La tertulia la animaban á prima noche, con excepción de domingos y fiestas de guardar, que eran de pleno holgorio, personas en su mayoría muy notables, como Comonfort, Yáñez, Joaquín Navarro, Joaquín Gardoso, Domingo Ibarra, Lafragua, González de Mendoza, etc.
El Sr. Pedraza hacía sus visitas muy de mañana, de calzonera y sombrero de jipijapa, al terminar su paseo á caballo.
¡Oh y cómo viven en mi alma los recuerdos de aquella casa! ¡Oh y cómo se impregna de frescor y bondad el corazón con el espectáculo de una familia venturosa porque el amor la alienta, la concordia la estrecha á su seno v las virtudes la hacen florecer!
Gomo al través de una claridad triste pero dulce y bella, pasan en mi mente aquellos recuerdos y repiten como misterioso fonógrafo las sentencias de Yáñoz, los epigramas agudísimos de Gardoso, la voz apacible de Gomonfort, en canto de los niños en los cuentos, y de los ancianos en sus reminiscencias del pasado.
La tertulia generalmente era de broma, de juegos de colegiales, porque esos hombres graves en sus solaces, ajustaban para el campo partidos de pelota y de bolos. juegos de barra, guerra de manzanas, etc.
Otero era al extremo olvidadizo de la compostura: su señora le mandaba hacer vestidos, las más veces injuriosos á la moda, levitones llenos de arrugas, chalecos amarillos, pantalones del otro jueves.
Muy grueso y de alta talla, andaba desgarbado y babeando con indolencia. Si veía al paso fruta ó dulce que le gustase, lo compraba y comía en la calle; tardaba á veces tres y cuatro horas en ir admirando en las calles de Plateros lienzos, gorros, muñecos y juguetes con gran placer, oyendo las cajas de música, siguiendo los movimientos de un autómata. Volvía á su casa cargado de golosinas y juguetes á recrearse con el júbilo y las sorpresas de sus hijos.
Una tarde de 1850, y en los días en que la epidemia del cólera invadía barrios y gente infeliz, volvía Otero de una comisión del Senado, relativa ala deuda pública.
Volvía como siempre contento, -y sus hijos corrieron á recibirle; de pronto sintió alguna molestia y se retí-
ró á las piezas interiores. A poco gritó: tengo el col oía y me muero: que llamen al Padre León.
México entero se conmovió con la noticia del peligro del orador insigne. El mal avanzó con rapidez suma. La sala en que agonizaba Otero fué invadida por personas de todas clases de la sociedad. El lecho del moribundo estaba rodeado de sus amigos, que trémulos de angustia veían que se extinguía sin remedio.
La esposa del grande hombre y sus hijos que le acariciaban, desgarraban el corazón.
Pocas horas duró la agonía del jalisciense ilustre, quien falleció á los treinta y tres años.
Se rompió con su sepulcro la copa de sus días, llena de glorias y de esperanzas.
Los tertulianos de la casa de Otero teníamos una vez á la semana una comida en los altos del café de Veroly, en que había una fonda perfectamente servida. En esas comidas había muchas veces las expansiones más íntimas, y á la luz de la confianza solían presentarse al desnudo los caracteres de algunos concurrentes.
Comonfort refería las pobrezas de su primera edad, cuando le admitieron como Berrendo en un colegio de Puebla. Llamábanse berrendos cierta especie de colegiales á quienes se daba educación gratuita en cambio de fungir como sirvientes distinguidos. El trato que sufrían aquellos infelices era inicuo: el hambre perpetua; un fideo perdido en un océano de agua grasosa. . . costaba sudores; garbanzos de gutapercha, piltrafas anón i-
nías, y á pesar de esto, Comonfort Bufría impasible, auxiliaba ásus famélicos compañeros y los defendía de la crueldad de sus superiores; así es que se hizo amar y se distinguió en el colegio. Abandonó éste por sus circunstancias; permaneció en el campo y en otros destinos, y yo le conocí como Prefecto de Tlalnepantla, empleo en que fué inteligente, próbido y benéfico.
En Tlalnepantla contrajo relación con el Sr. Gómez Pedraza, quien, conocedor de su mérito, le dispensó su amistad y favor. Después le nombró Administrador de la Aduana de Acapulco, puesto que desempeñó con honradez é inteligencia, estrechando sus relaciones con el Gral. Alvarez, quien lo amaba como á su hijo.
Era Comonfort diestrísimo jinete y muy notable en el manejo de las armas.
Hombre naturalmente dulce, pacífico y de educación la más pulcra y delicada, parecía nacido para el cultivo de los inocentes goces domésticos.
La pasión profunda y la veneración por la señora á quien llamaba madre, hacían que la acompañase frecuentemente, creando en él el hábito de tratar con señoras ancianas, mimar y condescender con los niños y ser un tesoro para las intimidades de familia.
Ya arreglaba los tirantes de un papelote, ya competía en el trompo con otros chicuelos, ya se lucía en la polla ó la tuta, hablaba con las pollas de bailes y de modas, daba su voto en confecciones de guisos y postres y oía los cuentos y los milagros, con atención sostenida.
Su transformación era realmente increíble al entrar en discusiones sobre gobierno, sobre materia hacendaría y asuntos de guerra.
Entonces se descubría al ' hombre perspicaz, al patriota ardiente: pero al hombre de principios infirmes, al que no podía desprenderse de la educación mística y disimulada del poblano de su época; en una palabra el vaivén del moderado, el zig zag del conciliador, el tira y aíloja de los que quieren un medio sí y un medio no, como decía Ocampo.
La transformación de Comonfort era más notable en el trato con altos personajes y enviados diplomáticos; entonces parece que había pasado su vida entera en los centros de la etiqueta más refinada. No faltaba á ninguna de las fórmulas, parecía habituado á la vida de los grandes salones y los regios banquetes.
Pero donde totalmente se desconocía á Comonfort, era en el campo de batalla; allí se le admiraba previsivo, se veía astuto, activísimo, y sobre todo, de ima serenidad imponente y tranquila cuando rugían á su alrrededor las balas y temblaba el suelo sembrado do cadáveres por el tumulto de la lucha. Así se le vio al frente de Puebla, en Ocotlán y en la estrecha calle del Puente de San Francisco, al frente de la batería de la Acordada, mandada por el valiente Mi ramón.
Entre los amigos de Otero había un Sr. Lie. D. Manuel Rioseco, su paisano, cuya singularidad de carác-
ter me impresionó hondamente y á quien quiso de una manerd entrañable.
Una tarde del mes de Septiembre, por los aQos de 49, tocó las manos Otero en el patio de mi casa, calle de I ¡orpus ( ¡hristi núm. 3, romo lo tenía de costumbre, para que bajase y saliésemos á paseo; oslo no fuéá pie como todos los días, sino que en la puerta 'esperaba un coche de sil ¡o y dentro do él, inmóvil como una estatuase hallaba un hombre muy llaco y cuellilargo, el pecho y los brazos como de madera, muy blanco, una fisonomía arrojada y agresiva como la de un animal de presa, ojos pequeños y hundidos, nariz aguda, con el pico hacia abajo y boca recogida como á propósito para lanzar un escupitajo ó una desvergüenza. Medio envolvía á este poco simpático personaje un barragán verde caído á la mitad del cuerpo y envolviendo la otra mitad los pies del propietario.
Se dijo al cochero que nos llevara á la procesión de la Merced, y en ella, á pesar del bullicio, músicas y cohetes, cortinas y lluvias de llores, arcos de papel, de pañuelos y tápalos, y no obstante el lujo de la procesión con sus niños vestidos de inditos cargando sus huacales, inditas primorosas de ImepiUis bordados, de ramos de flores en las manos, ángeles y santos, compañía de granaderos de escolta con sus respectivos escapularios, oficiales y soldados, lluvias de versos, tráfico de vendedores, ruido de cohetes y algazara universal, el personaje de que me ocupo no desplegó los labios.
Otero, después de que vimos la procesión, endilgó al auriga á la casa núm. 5 de la calle del Hospital Real en que vivía. Descendimos del coche y Otero nos invitó á que bajásemos.
— Xó, dijo Rioseco, que era el nombre del personaje de quien hablamos.
— Yo no bajo y aquí me quedo á dormir y permaneceré encerrado toda la vida hasta que se le antoje á este canalla de cochero.
— Pero ¿qué es esto, qué pasa?
— Que ese bribón de mala fe me ha cogido el capote con la portezuela porque quiere tenerme preso y voy á darle gusto.
— Pero hombre de Dios, esa ha de haber sido una casualidad.
—No hay casualidad que se tenga; este picaro me ha visto lo payo y quiere darme un chasco.
Con miles de trabajos persuadimos á Rioseco á que se abriese la portezuela y quedase libre con todo y capote.
Sin que nadie lo pudiese detener, fuese Rioseco á su hotel y yo me quedé como burro en maitines.
Otero entonces me impuso de que se trataba de un hombre altamente instruido y bondadoso, pero con arranques tales de bilis y de arrebato, que muchos le creían loco.
Para satisfacernos de quien hablo, de su desatención, nos convidó á comer, y al criado se le olvidó poner el pan en la mesa; guardamos silencio, pero los
canes de la fonda, socorridos por Rioseco, le cercaban é importunaban.
De pronto, y no pudiendo contenerse, corrió al mostrador de la fonda con una gran servilleta y pidió un peso de pan.
— Pero señor, ¿un peso de pan? ya va á reparar su falta el criado.
— Un peso de pan; replicó fuera de sí. Y llevándolo á su asiento, arrojó la mitad á los perros y la mitad reservó para nosotros, siguiendo la comida como si nada hubiese pasado.
Para corresponder á su obsequio le convidamos á que almorzase con nosotros en San Ángel, y Otero, además de lo dispuesto en aquel pueblo, llevaba en el pezebrón del coche bombé de colleras y de tres tiros, bo- " tellas, frutas y golosinas para alegrar el almuerzo. Caminábamos alegres, y habríamos andado más de una legua en plática divertida y sabrosa, cuando repentina é inesperadamente golpeó Rieseco la portezuela y gritó sacando por ella la cabeza:
— Alto, cochero maldito, alto; y de un salto descendió del coche como si hubiera percibido una invasión de bandidos.
— ¿Qué le ocurre á Ud., dijo Otero, Sr. D. Manuel?
— Me ocurre que me han mareado y no puedo soportar esos olores asesinos que han metido Uds. en el pesebrón, y no hay remedio, ó ellos ó yo seguimos el camino.
Ya se figurarán los lectores en los apuros en que nos
puso tan desastrada resolución. Fué necesario detenernos una hora para ajustar un viajero que nos aligerase de la carga y que siguiese el invitado en nuestra compañía.
En otra vez le llevamos á Catedral á unos maitines de gran solemnidad; nuestro amigo iba negligentemente vestido; pero al reverberar de las mil luces de la Catedral, al oír el órgano y los cánticos que resonaban en las bóvedas, volvimos la cara, buscamos por todas partes y lo encontramos materialmente soterrado en un rincón obscuro.
— Vamos á seguir andando, Sr. D. Manuel — le dijimos.
— No señores, yo no puedo estar aquí, sino en calidad de ratón, por eso no abandonaré este lugar.
Caminábamos una vez á tres ó cuatro leguas de la Capital, y en punto dado, el camino se bifurcaba, tomando un ramal para un rumbo y otro para otro. Rioseco se comidió á inquirir cuál era el sendero que nos llevara al punto de nuestro destino. Después, al andar mucho tiempo, conocimos que andábamos equivocados y Rioseco se adelantó á una ranchería á tomar lenguas; regresó y nos dijo que teníanlos que volver á nuestro punto de partida. Allí buscó Rioseco á la persona que tan mal le había guiado y le dijo: «Párese Ud. ahí y tenga cuidado con lo que voy á hacer; »y diciendo y haciendo, dejando atado el freno á la cabeza de la silla, se dio él mismo una tunda de cachetadas que se puso moro, exclamando: Vea Ud. cómo me castigo por ha-
berle dado crédito á Ud.,con esa cara de bruto < i u<* no puede hacer dos cosas bueñas.
Cuentan que aborrecía mortal mente á su suegra y (fue cada vez que entraba á la casa le costaba un de* rrame de bilis, pero guardaba silencio; no pudiendo contenerse cierta vez al ver entrar á la señora en la sala, se volvió á una hermosísima Virgen de Dolores que era de su devoción, hincándose de rodillas y levantando á la Virgen las manos, gritó: Madre Santísima, por la Sagrada Pasión y Muerte de tu divino Hijo, que se vaya esta maldita vieja de mi casa porque me está anticipando las penas del infierno.
Y no obstante lo expuesto, este hombre era un caballero en toda la extensión de la palabra, lleno de talento y de buen juicio en la Cámara, la caridad misma. la honradez personificada,
En las elecciones para la presidencia de la República, compitieron los Orales. Almonte y Arista; pero no teniendo ninguno mayoría absoluta, decidió el Congreso por el Sr. Gral. Arista. Hizo la resignación del mando el Sr. Herrera con noble y sencilla grandeza. dando un testimonio honrosísimo de su respeto ala ley. Las Cámaras continuaron los trabajos para cubrir el presupuesto, y para los proyectos de crédito público el Ministerio de Hacienda realmente estaba tutoreado por la junta de créditopúblico que administraba las aduanas marítimas.
El Sr. Arista, con una rectitud, una asiduidad y nn
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buen sentido admirables, se dedicó al estudio de los ramos de la Administración. Al rayar la luz estaba en pie. Se aseaba, y le esperaban D. A. Zambrano'y un Sr. Pardo, persona de su confianza.
Su sistema rigoroso era no pensar en nuevos impuestos sin haberse establecido las más estrictas economías; con esta conciencia se dedicó á la revisión de los gastos de guerra, en que pululaban los abusos, y barrió cien gratificaciones, agregados y supernumerarios, fondo de masito, (sic) blanco, etc., reparación de armamento, gastos exagerados de papelería, combustible de invierno, etc., creándose numerosos enemigos.
La revisión, aunque cauta y silenciosa, de los falsos títulos con que se gravaba al Erario, empeoró la situación; y por último, el establecimiento de pagadores, que desterrando á los habilitados abolía el comercio, los préstamos y empeños entre los jefes de los Cuerpos y sus subalternos que distribuían los haberes, dieron á Arista el carácter de enemigo del ejército, pecado nefando que mantenía á la Administración en perpetua inquietud, y minaba, minuto por minuto, la existencia del gobierno.
Si á todo esto se añade el conocimiento del personal del ejército y la rudeza con que expresaba la cobardía del uno, la causa de la herida en una borrachera del otro, los robos del de más allá, se verá que no eran los que cito elementos de prestigio en una institución tan profundamente viciada como la del ejército, en aquellas épocas.
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Ei contrabando en la frontera, las licencias á que dio lugar el establecimiento de la zona libre y las consignaciones de las deudas vigiladas por la junta de interesados que componían la junta de crédito público. así como los fondos especiales, tenían al gobierno exangüe, y sin más elementos de vida que los- rendimientos de la Aduana de México, que apenas alcanzaban para el escasísimo socorro de la guarnición.
D. Manuel Robles Pezuela, con una probidad y una energía superiores á todo elogio, secundaba al Sr. Arista en sus tareas patrióticas de regeneración.
Era D. Manuel Robles miembro de una distinguida y rica familia de Guanajuato. Su padre, nombrado Director del Colegio de Minería, trajo con él á su familia. Sus hijos mayores, Manuel y Luis, á quien llamábamos Ludovico, se inscribieron en el colegio como alumnos.
Manuel hizo sus estudios todos de una manera brillantísima, ocupando siempre los primeros lugares, y realzando su mérito la posición de su padre, á quien adulaban los profesores, exagerando los talentos y el saber de su hijo.
Robles era obeso, de vientre prominente, de cabeza enorme, casi sin cuello, por tenerlo pegado casi al pecho; ojo grande, inteligentísimo; nariz ancha y abierta como la de un león.
Tenía el notabilísimo defecto de pronunciar la erre como 1, y esto le mortificaba al extremo, y le hacía susceptible, porque su defecto dominante, el que un mo~
mentó obscurecía sus excelentes prendas y las dotes de *u corazón noble y generoso, era la soberbia, al extremo de cegarse, de tener terribles ímpetus, y de ver todo pequeño y despreciable cuando trataba de sostener su razón ó su capricho.
Esto le hacía repelente para los jefes superiores, ignorantes y déspotas, á quien veía Robles sobre el hombro, por su sobresaliente instrucción, finura y representación social.
Así en el sitio de Monterrey fué el censor intransigente de Ampudia, y así en la fortificación de Cerro Gordo insistió, á pesar de los reproches de Santa- Anna, á la fortificación del cerro del Telégrafo, falta que hizo decisiva nuestra derrota por el alarde de la ignorancia de aquel despótico caudillo.
La soberbia y suficiencia de Robles hacían que se humillara con cualquiera superioridad, y mientras permaneció de simple subalterno, sufrió muchísimo; pero su capacidad era extraordinaria, su acierto para las graves decisiones, innegable, y su lealtad, una vez empeñada su palabra, reconocida por todo el mundo desde niño; su espíritu de suficiencia era tanto, que siendo colegial de Minería y jugando en una llanura contigua al Paseo, llamada el Ejido, á saltar zanjas, queriendo competir con uno de sus compañeros, que era muy ágil para los brincos, siendo él torpe por su obesidad, cayó en una zanja, en la que se hundió casi hasta el cuello, y en aquella posición gritaba: no hay cuidado; no se apnlen Uds., que yo soy muy Jwmble: cuidado
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quien seacrlnt: así salió con mil trabajos, sin consentir auxilio, del atolladero.
Kl Lie. D. J. M. Aguirre, natural del Saltillo, resi* dente en San Luis Potosí, era Ministro de Justicia de Arista, de erudición poco común, de talento durísimo, de elocuencia arrebatada y de un valor civil superior á toda ponderación, desempeñaba su encargo con ludiente celo; pero que fuese su educación primitiva doscuidada, sea su roce en la frontera con gente brusca y atrevida, su vestir, sus modales, y sobre todo, la des nudez de su palabra, herían á los políticos cortesanos, todo exterioridades y mentira; con ideas liberales qué sabía sostener con su saber y valentía; se lanzaba á sus contrarios, no como quien discute, sino acometiendo impetuoso como quien golpea, sin atender á razones; discutiendo en el Senado contra el Sr. Rodrigues de San Miguel, que era también biliosísimo, le arrebató la palabra, y le llamó á la puerta del salón, donde los dos padres de la Patria se dieron una safacoca de manazos y puntapiés, para cantar el credo.
Al Illmo. Sr. Garza, que había sido su maestro, y era en el fondo un santo, solía decirle con su rudeza de costumbre: Señor: á su vida de Ud. le ha faltado algo de calavera, correr la tuna, sufrir por las bellas y alegrarse en bureos y parrandas, con lo que el santo Arzobispo quedaba sin saber qué decir.
Acusado ante la Cámara, por haber suspendido arbitrariamente la libertad de imprenta, yo fui uno desús defensores, y satisfecho de haber conseguido algo-
en su favor, abandoné la réplica de un diputado impertinente; pero el Sr. Aguirre tomó la palabra y destruyendo cuanto yo había dicho, exclamó: olviden Uds., señores, cuanto. ha expuesto el Sr. Prieto y sus frases tan sentidas, tan bonitamente dichas; aquí no se trata de la mujer que llora, del niño que canta y del pájaro que vuela; se trata de la defensa del gobierno contra la revolución; y la verdad, señores, que yo fui el culpable y así debe declarárseme, sí señores, yo soy el reo, y mi gran culpa es haber permitido que sigáis en osos asientos, en que tan débiles os mostráis; sin vosotros el gobierno hubiera procedido más desembarazado, y la revolución se habría aniquilado totalmente. El valor, lagrandeza de alma y la actitud resueltade Aguirre dominaron al' Congreso, y declararon absuelto al Ministro por una notable mayoría.
A Monseñor Clementi, Nuncio Apostólico del Papa, le traía á las vueltas, y cuando descubría alguna de sus intrigas, le decía al Sr. Arista: señor, facúlteme Ud. para conjurar ese espíritu. Era muy delgado y pálido Monseñor Clementi. Como decíamos, el Sr. Pifia y Cuevas, sólo trataba de poner en evidencia la federación^ y dar gusto al partido servil, de que era en el gabinete representante é instrumento. Arista, en los Estados Unidos se había convertido á la causa del derecho; consideraba en mucho al pueblo, daba mucha importancia á las cuestiones económicas, reconocía que el clero viciado y el ejército corrompido eran llagas cancerosas que amenazaban la vida del cuerpo social, pe-
ro Arista no podía desprenderse de sus antiguas reía* ciones, tenía una especie de consejo en ciertos amigos íntimos, enemigos de sus Ministros, y esto lo hacía aparecer sin motivo como falso, é infundiendo la desconfianza y debilitando los resortes de la seguridad de poder.
Pero la Administración hizo mejoras notables; en todo veía siempre por el bien público, y en materia de] pureza de manejo, desprendimiento y honra como gobernante, debe colocarse en primera línea á todo el gabinete del Si\ Arista.
D. Francisco Arrangoiz, que odiaba personalmente á Arista, le pinta como un tránsfuga y acumula sus pasados errores con inquina rencorosa; pero el traidor crítico está muy abajo del hombre que se quiso sacrificar y abandonar el poder antes que atropellar la ley.
En Julio de 1851 estalló en Guadalajara un pronunciamiento en contra de Jesús López Portillo, Gobernador entonces del Estado de Jalisco. Encabezaba el pronunciamiento un sombrerero llamado Blancarte, Jefe de guardia nacional. El movimiento al parecer tenía un carácter puramente local, pero rápidamente tomó grandes proporciones. Los conservadores se aprovecharon de la ocasión, modificaron el plan que aceptó Morelia, contra Ocampo. Le hicieron nuevas modificaciones y se presentó amenazante contra el Gobierno de la República.
Las confidencias que hizo el Sr. Arista sobre un proyecto de organización del ejército con un cuadro de
oficiales para tiempo de paz y un régimen de fuerza adecuado á las necesidades de la guerra y con residencia principalmente en la frontera, uniformaron la opinión en contra de Arista, formada por la insurrección de los intereses lastimados por los vampiros del Erario.
En las luchas parlamentarias, en las revueltas peripecias de este agitadísimo período, yo había tomado parte muy activa, sosteniendo hasta donde mis fuerzas alcanzaban los buenos principios y á los hombres próbidos que los defendían.
Yo hacía algunos años me había dedicado al estudio de la Economía política, teniendo por maestro al Sr. Dr. Gálvez, muy entendido en la materia. Pero ese estudio se veía como el de la magia y casi nadie lo tomaba á lo serio.
El Sr. D. Manuel Payno, padre, haciéndome aprender de memoria á Canga, Arguelles y á Flores Estrada y el Sr. D. José Ignacio Pavón, mi jefe, fijándome en Smith y Say, me habían alentado en mis estudios. Pero ante todo, mi práctica en lo concerniente á la Aduana y á la dirección de Rentas, me hacían creer con la pedantería y suficiencia de la edad, capaz para escupir en rueda de personas entendidas en finanzas.
No rebajaban estas pretensiones ni aun mis descarrilamientos á la vida alegre, mi devoción á las chinas y mis distracciones con estas picaras musas que me encontraba donde menos lo pensaba. En una palabra, ingenuamente aspiraba al Ministerio por amor al re-
nombre, por fanfarrón ú ostentación de lo que sabía, que era muy poco, y que lo creía mucho, y porque se \ lera que un hombre pobre y salido de la miseria, tenía valor bastante para desenmascarar picaros y corregir inveterados abusos. Todo esto habría sido imperdonable en una edad menos temprana que la mía.
Me llamó el Sr. Arista al Ministerio y yo acepté contento y sin fingida modestia.
Había antes trabajado y colaborado á los trabajos de losSres. Hiva Palacio, Aguirre,Yáñez, y sobre todo, del Sr. Payno, muy inteligente, muy práctico y entendido en materias de Hacienda pública, como el más entendido de los discípulos de su ilustre padre el Sr. I). Manuel Payno y Bustamante.
Es un error y una grosera ingratitud con el pasado desconocer los esfuerzos y antecedentes de cada mejora, y en Hacienda la incorregible vanidad de los Ministros, ha hecho y hace que cada uno que entra de nuevo, se persuada que tiene el fiat lux entre los labios y que es el descubridor de mundos desconocidos y no es así, porque las más luminosas ideas sobre crédito público, las más eficaces indicaciones sobre la corrección del contrabando, fas más luminosas doctrinas sobre las deudas contraídas con subditos extranjeros que tomaron el nombre de convenciones diplomáticas, zonas fiscales, bancos, etc., etc., todo se había pensado y ensayado; ¿pero quién es el estúpido que pretende se siga una narración reposada y lógica en medio de las interrupciones de un motín? ¿quién es quien pretende
la marcha recta y segura de un pasajero sobre cubierta cuando el buque lucha con la borrasca? ¿quién, en fin, intenta siquiera la regularidad de un retrato fotográfico cuando el retrato estipula de dolor fsic) y sufre horrorosas convulsiones? Tai ha sido el pasado y tan fatuos los que ahora lo desconocen y desprecian.
A mi entrada al Ministerio distinguí el caos, y mi primer intento fué sondear las disposiciones de ánimo del Sr. Arista para afrontar la terrible disipación que teniamos delante.
Mi primer trabajo, antes de emprender trabajo alguno, fué aclarar en lo íntimo con el Sr. Arista hasta qué punto veía peligrosa la situación y hasta dónde era capaz de afrontarla; para esto provoqué una seria conferencia.
El Sr. Arista tenía el hábito de considerarme como dócil y aun sumiso á sus indicaciones, como estudioso y franco, alegre convidado y poeta que andaba por las nubes en pos de la música celestial.
Por mi parte yo consideraba al soldado ignorante y brusco, en el fondo al hombre honradísimo y de intenciones rectas, al patriota sincero, á pesar de sus antecedentes políticos; pero de alta estima á muchos serviles ponzoñosos y al impetuoso militar compañero de Duran de Stávoli, Miñón y otros tipos siii-generls del ejército.
Arista fué calavera valiente en su juventud; se recordaban sus lances de joven temerario y sus rarezas, como la de tener por cabalgadura, para andar en
las calles mi becerro que él propio había amansado y no olvidaba su bravura.
Con estos antecedentes me encontré en mi conferencia, y al tratar serios asuntos, con un hombre de clare talento, de muy sólido juicio, de sosegada rellexión y de una probidad superior á toda ponderación.
Su viaje á los Estados Unidos había producido en é una revolución completa; su respeto al derecho rayaba en fanatismo; su amor al trabajo tenía mucho de ardiente y religioso, y la máxima de que los gobiernoson para los pueblos y no los pueblos para los gobiernos, no se despegaba de su labor.
Pero estos benéficos y patrióticos principios se contraponían sin poderse hacer conciliables con cierta veneración á los vicios de la administración colonial y, sobre todo, con su altísimo concepto de conservadores testarudos, ignorantes y preocupados, con la prosopopeya cómica y fastuosa de la época virreinal.
Kstas contradicciones hacían que Arista, ya filiado en el partido moderado y con aceptación de su programa, pugnase por llevarlo á cabo con Pifia y Cuevas, enemigo de la federación, vacilando en su Consejo entre Alamán y Pedraza, Otero y D. Fernando Ramírez, su enemigo, etc. Aunque siempre respetando á sus Ministros é inclinándose á las decisiones de su conciencia.
Alguna vez y en lo íntimo de la confianza, preguntándole la causa de este hábito de tolerancia que se semejaba á la debilidad, me dijo: esto lo heredé de mi padre.
— Era mi padre, prosiguió, un español do polendas, grave y silencioso, ojos muy grandes, cara larga y nariz aguilena. Tuvo encargos de i u tendente en San Luis Potosí y Puebla. Yo nací en San Luis lo mismo que mi hermano Juan. Al estallar el grito de Dolores, mi padre estaba retirado á la vida privada y pocos años después se estableció con toda su familia en Tacubaya. Mi hermano y yo servíamos como cadetes en el ejército, conla notable diferencia de que Juan, consecuente con su sangre y su rey, odiaba á los insurgentes, y yo, no pudiéndome contener, era insurgente de corazón y ansiaba por luchar al lado de los padres de nuestra Independencia. Esta diversidad de opiniones se hizo ostensible, nuestros ánimos se agriaban y truenos de injurias, relámpagos de amenazas y nubes de rencores nos cercaban, en cuanto nos separábamos de la vista de mi padre.
Llegaron las cosas al punto que, temiendo mi hermano y yo un desenlace funesto, resolvimos hacer juez á nuestro mismo padre de nuestras diferencias y nos comprometimos á acatar su mandato.
Fuimos, pues, á su presencia, le expusimos nuestro conflicto, á nuestra vez nos esforzamos por defender cada uno nuestra causa, y el venerable anciano, frío y en imponente actitud, no dejaba percibir el más leve indicio de su propio parecer.
Acabamos de hablar; y nuestro padre, dominando severo su íntima convicción, nos citó para que oyéramos su parecer, á la misma hora del día siguiente.
38:
Ert efecto, al siguiente día asistimos puntuales á la
cita.
El señor mi padre so dirigió primero á Juan y procuró sondear s¡ estaba fijo en su decisión y sus principios seguían el dictado de su concienoia.
Nuestras respuestas fueron decisivas y resueltas,
aunque sometiendo nuestra conducta á lo que ei honrado español ordenase.
Este guardó silencio profundo por algunos momentos; después, con una voz levantada y solemnísima, dijo: Nada lia y más susceptible en el mundo que los dictados de la conciencia. Juan, sigue defendiendo tu bandara y Dios te bendiga.
Mariano, abandona las filas de los realistas y ve á servir con honra á los que luchan por que tengas patria.
Nada hay más respetable en el mundo que la decisión de la conciencia. Este es el origen de mi respeto á la conciencia de los demás.
Vivamente satisfecho y casi con veneración de la honradez del Sr. Arista y de su reconocimiento á la justicia, emprendí mis trabajos.
Como es natural, ante todo, me preocupó la presencia de un deficiente, relativamente enorme, y que formaba el caos en la administración. Los revolucionarios incendiando los pueblos, las convenciones diplomáticas amenazando al Gobierno, la insubordinación en los cuarteles, ei hambre aturdiendo con sus gritos y difundiendo el descontento, los salvajes devorando
nuestras fronteras, la usura y el agio devorando con avidez la sangre de los condenados á la miseria. Tal era el débil bosquejo de lo que en realidad representaba el cuadro de la Nación, al hacerme cargo del Ministerio por la bondad del Sr. Arista.
Xo obstante, resuelto éste á destruir los abusos, establecer la moralidad y reducir al orden al país, no dabatreguaun solo instanteá sus trabajos,á los que como yo cooperaba enérgicamente con fe y entusiasmo, no solo proyectando reformas sino planteándolas de luego á luego con nna energía tal, que han servido hasta el día y pueden señalarse como punto de partida para el decreto del 2 de Octubre, de la Deuda Inglesa, la fijación del carácter de la deuda exterior como el derecho internacional privado, la baja de aranceles que después se conoció con el nombre de «Arancel Payno,» las bases sobre contribuciones después desnaturalizadas por D. Matías Romero, la creación del franqueo previo llevada á cabo á costa de- mil sacrificios y consumada por mí en 1856, la liquidación y libertad del tabaco origen de su libertad benéfica y trascendental, y hasta revolución é importancia del establecimiento de ferrocarriles, se ven en los planes del Gobierno del Sr. Arista á quien tuve la gloria de adherirme, con toda la sinceridad y con el ardor de los años que contaba, á remisión de títulos y despacho para el cobro de haberes.
El establecimiento de pagadores hecho por el Sr. Payno y mejorado mucho después por el Sr. Gral. Díaz,
la ¡ululación de contratos fraudulentos, etc.; oslo no era popular y acumulaba en favor de los revolucionarios elementos que hacían vacilantes y desacreditaban la marcha del Gobierno; los ingresos del Erario apenas llegaron á ocho millones de pesos; las necesidades más apremiantes importaban once millones, de suerte que la administración, aun reduciendo como redujo sus necesidades vitales á cosa de 600,000 pesos, tenía que arrastrar una vida congojosísima.
No obstante, se purificaron los presupuestos, eliminando de ellos agregados, excedencias y pagos privilegiados; no se proveyeron destinos sino á falta de cesantes que los sirvieran, se abolió la junta de crédito público, institución involucrada en el Ministerio que lo ponía bajo la tutela de los acreedores, y se dio tal publicidad por la prensa á las operaciones todas del tesoro, que con mucha razón acreditaron al Sr. Arista de uno de los más próvidos y rectos de nuestros Gobernantes.
Luego que este señor entró al Gobierno, dispuso por inspiración propia que los Ministerios formaran presupuestos mensuales de sus gastos. Se reunían los Ministros cada uno con sus presupuestos y se valuaba la importancia de las necesidades, anotando el Ministro de Hacienda las sumas, más ó menos preferentes, conforme á los recursos. Este fué un sistema de orden que reprimía toda arbitrariedad.
Ouedó hasta impreso el proyecto sobre dividir la administración de la Hacienda pública en tres depar-
lamentos: el Directivo, radicado en el Ministerio del Ramo; el administrativo en la Tesorería general, y el d<k responsabilidades ó judicial.
A pesar de ios increíbles esfuerzos para el establecimiento de la* partida doble, no se pudo conseguir, en parte por la preocupación del Sr. Payno en su contra, por las raíces de la rutina y por una ignorancia tan suprema que reinaba en lo inverosímil.
Todos estos benéficos pensamientos se entorpecían, se truncaban, quedaban delegados á la quimera, los más á causa de las circunstancias.
De todas maneras, el que esto escribe, puede decir con toda verdad y en conciencia á la Nación, al ser arrojado del puesto con el Sr. Arista por la revolución iniciada en Jalisco, lo siguiente:
«En hacienda le mostrará á V. E. la experiencia que todos los negocios seconvierten en personales, y que se atribuye á favor ó animadversión del Ministro, sus resoluciones en pro ó en contra de los negocios. Yo que escribo estos reglones, en cumplimiento de mi deber, ni entraré en polémica, ni leeré siquiera las inculpaciones que nazcan del interés ofendido; pero á V. E. su puco, como especial favor, que en lo que hallare duda me pregunte, que en lo que crea percibir la más ligera sombra la esclarezca, y obre todo sin ía más mínima consideración personal, porque en negocio alguno tuve ni tengo interés propio, ni ahijado, ni pariente, ni nada que afecte mi individuo.»
Las costumbres de Arista en la presidencia eran
constantes, monótonas y como si estuvieran sujetas á Los toques militares. Despertaba al rayar la luz. se afeitaba cuidadosamente y alisaba su cabello lacio y azafranado sobre su frente, se aseaba con extremo; pero rechazando todo afeite y cuidando conservar en todo su aspecto varonil: su ropa de paisano y su uniformo oran holgados, aunque fuese en desacuerdo con la moda.
K vitaba andar de puntillas, y cuando llovía y estaba la calle llena de charcos, prefería mojarse á danzar evitando la humedad, porque decía que esos remilgos eran indignos de un soldado.
Sólo usaba los guantes en rigurosa ceremonia, porque le mortificaba no encontrar guantes que eran delicados y
En toda época y á las seis de la mañana ya estaba vestido como para una visita de etiqueta, y se ponía al trabajo en compañía del Sr. Pardo, empleado expertísimo de la Tesorería general y del Sr. Zambrano, infatigable en materia de números que centuplicaba con afán prodigioso.
Tenía el Presidente letra pésima; trazaba renglones desiguales y torcidos, forjaba letras truncas y palabras incompletas, pero con escrupulosa puntuación y siempre dando suma claridad á sus pensamientos.
Después de la tarea con Pardo y Zambrano, seguía conmigo el trabajo, y no puedo explicar todo lo que estudiaba de bueno, de patriótico, de levantado en cuanto meditaba y deseaba plantear. Porque no hay que du-
dar; al funcionario quien lo califica más exactamente •es el subalterno, obscuro testigo de sus acciones y palabras, á él se descubren los resortes ocultos de tal acción, las prevenciones contra tal persona, el amor, el miedo, los respetos y los móviles de la conducta recta ó torcida del que manda; el que logra la opinión de hombre honrado para sus subalternos puede afirmarse que realmente lo merece.
En la vicia íntima era el Sr. Arista dulce y sufrido; se recreaba con las flores, personalmente cuidaba á un -canarito que tenía en su recámara, cuya jaula aseaba y adornaba con hojas de lechuga, limpiando los traste- •cillos del alpiste y el agua.
Su pasión por la esgrima y el manejo de las armas •era extraordinaria, sobresaliendo en la esgrima, en el •tiro al blanco, y sobré todo en el manejo de la lanza, <en que su arrogante figura, su destreza de jinete, su agilidad y sus aptitudes le transformaban en una figura llena de grandeza.
Sobria, al extremo, era su comida, y tenía empeño en que todos sus sirvientes fuesen como él. Siempre tomaba agua, y cuando por compromiso gustaba licor, tenía á prevención unos pedacitos de cascara de naranja para que no se percibiera en su aliento el tufo del licor.
En las conversaciones era reservado y oía con atención, gustando de que fuese la charla animada y franca.
Gustaba, en la conversación familiar, de los cuentos intencionales, que siempre tenían malicia intencional.
Hablando de un informe confuso é indescifrable contaba que tenía un ayudante turbio de entendimiento, ¿quien pidió una noche en oam paña fuera á explorar el campo, para que le dijese qué era algo que se veía á lo lejos. El ayudante salió diligente, tardó Lugo rato y volvió afanoso y satisfecho, diciéndole: «Mí general, lo he visto todo, y una de estas tres cosas ha de ser forzosamente; un tronco, un comanche ó un fraile mercedario;»con lo que quedé, como ustedes deben suponer, con el convencimiento exacto de lo que había visto mi ayudante.»
Le impresionaban profundamente los hechos y dichos notables. Me contaba Manuel Payno, que en la acción de Santa Rita de Morelos, á la hora de una carga terrible, el oficial que la mandaba, llamado Aznar, marchaba pálido al extremo. Arista le gritó: «señor oficial, Ud. lleva miedo.»
El oficial continuó avanzando con resolución; pero cada vez más pálido. «Señor oficial, Ud. lleva miedo,» volvió á gritar Arista.
Marchando imperturbable el oficial, le contestó:
— Sí señor, llevo miedo. Ud. con la mitad del que á. mí me sobrecoge, ya habría corrido.
Arista vio en esta respuesta el triunfo del honor, y desde entonces Aznar fué su amigo y favorito.
En efecto, Aznar era el tipo perfecto del hombre de honor.
Respecto de sus hechos en la frontera, recuerdo lo siguiente: Una vez, en una cita con los comanches, en
el corazón de la sierra, tuvo ocasión Arista de probar su aptitud para el manejo de la espada y el sable, destreza y agilidad para el caballo. Después de esto, Arista despidió la escolta y se internó en el bosque lejano con los indios. Éstos, prendados de las dotes de Arista, si no de la confianza en ellos, le dispensaron toda clase de honores y atenciones, ajustando uno de los más ventajosos tratados de paz.
Pero en lo que el Sr. Arista no creo que haya tenido superior en el poder, si se exceptúa á Juárez, era en su acatamiento á la razón en medio de sus arranques más impetuosos. Cuando estaba desbordándose en la ira una discusión, solía yo decirle:
—Señor, no tiene Ud. razón.
— ¿Cómo? ¿por qué?- me replicaba.
Entonces Yáñez,Aguirre ó yo, le explicábamos nuestro pensamiento. Quedaba unos momentos reflexivo y decía: «Me apeo de mi burro:» es decir, que desistía de lo sostenido, acatando con docilidad suma lo justo, sin atender á su amor propio, á sus influencias ni afecciones.
Era tal su dominio sobre sí mismo, que una vez por un conducto que me pareció, y era en sí humillante é irregular para el Gobierno, me envió un acuerdo de cierta letra femenina que no tenía por qué figurar en lo oficial. El acuerdo era injustísimo. Yo le recibí, y eon aquella necia suficiencia de los pocos años rompí el acuerdo y le mandé decir al Presidente que no sabía de quién ni de qué se trataba.
Lle<ró la hora del acuerdo con todos los Ministros.
Estábamos en el baluarte sur. frente á La mesa del Presidente. Éste, ahogado por la cólera, habló de mi conducta. Al acabar, se puso de pie á mi espalda^ apoyándose en las perillas del sillón, que eran de bronce labrado, sin duda para no verme la cara. El Sr. Yánex, después de reprochar acremente mi falta de respeto y de urbanidad, afeó con tanta vehemencia el acuerdo irregular, puso tan de manifiesto la deshonra del Gobierno y el atropello á la dignidad de su puesto, quo yo temí algo de terrible. Escuchaba á mi espalda la respiración del león y no hallaba qué hacer.
De pronto se puso Arista en medio de todos, y me dijo:
— Sr. Prieto, perdóneme, quiero que me perdone, soy un bárbaro.
Alcé los ojos y vi que sangraban las palmas de las manos del héroe, de estar comprimiendo las perillas dé mi sillón para contener su ira. Yo me lancé á su cuello y le estreché con entusiasmo á mi corazón, asombrado de la grandeza de aquel hombre.
En los días de miseria más extremada y cuando la vida del Gobierno era realmente precaria y congojosa, dispuso el Ministerio de mi cargo se redujesen á una mitad los sueldos de todos los servidores de la Nación. La grita fué espantosa; los periódicos vomitaron á torrentes las injurias contra el Ministro, recordando su pobreza, su obscuridad, sus parientes pobres y cuanto se encontró de más humillante para él, á quien llamaban por apodo, Media paga.
El descontento fué tal, que se reunieron en la Ciudadela varios oficiales de influencia en el ejército, con el objeto de pedir la derogación de la orden de media paga y pedir la destitución del Ministro.
La junta fué insidiosa y tumultuaria, descendiéndose en ella hasta examinar lo más recóndito de la vida del Presidente, sus gastos, sus hábitos, sus dádivas, excediéndose hasta formar el inventario más escrupuloso.
Un oficial de caballería ronco, patizambo y áspero de voz y maneras, dijo:
— Yo conozco al güero, porque he sido desde su asistente; y en esto de manos limpias no tiene gallo; pero veamos si en eso de la medía paga hay ventaja, representémonos, y si no, punto en boca.
Se renovó el examen, y el resultado fué una exposición al Sr. Arista, apoyando la medida por qué se había acatado la justicia y la más perfecta igualdad.
En los pagos, Arista era siempre el último que recibía sus haberes.
La exposición de los oficiales de que hablé, la recibió el Sr. Arista con notable satisfacción, diciéndome que era la más lisonjera de sus victorias, aquella manifestación.
La revolución tocaba las puertas de la Ciudad. En las Cámaras se tramaban las intrigas y eran vehementes y amenazadoras las discusiones.
Los íntimos del Sr. Arista le instaron para que diese un golpe de Estado y , . . . y yo en el Gabinete lu-
(liábamos con vehemencia por defendernos, hasta el último instante. Yo le gritaba en la última de las discusiones:
— Señor, más vale ahogarse en un lago de sangre <|n<k en un charco de inmundicia.
Arista tenía tomada su resolución ó hizo su renuncia entregando el mando al Sr. Lie. D. Juan B. Cehallos, Presidente de la Suprema Corte de Justicia.
Admitida por el Congreso la renuncia del Sr. Arista, entró al ejercicio del mando en el poder Ejecutivo el Sr. Lie. D. Juan B. Ceballos, Presidente de la Suprema Corte de Justicia.
Ceballos era un hombre de mediana estatura, dolando, blanco, de ojos negros limpios é inteligentes, modales caballerosos, y en sociedad deeducación cimentada.
Ceballos era nativo del Estado de Michoacán, y en su voz se parecía algo al acento del foráneo campesino.
Profesaba ideas netamente moderadas, y sus amistades eran del círculo de Pedraza y Otero, círculo que ya procuramos describir.
Pero la transformación de Ceballos era completa cuando sus padecimientos del hígado se exacerbaban, entonces no sufría réplica, le exasperaba la contradicción más ligera y se hacía obedecer, más por la irritación del enfermo que por las convicciones del hombre de juicio.
Al siguiente día de la toma de posesión del Sr. Ceballos, Arriaga y yo nos dirigimos á su casa con el objeto de darle informes de asuntos de mucha gravedad.
El Sr. Geballos nos recibió cuando se estaba vistiendo, y sin duda había tenido algún disgusto antes de nuestra llegada, porque nos recibió de mal talante.
A n "inga le expuso el objeto de nuestra visita, y Geballos dijo con rudeza:
— Yo todo eso me lo sé.
Arriaga le dijo:
— Yo creía que sólo los fatuos se creían con ciencia iufusa; y nos retiramos ardiendo nuestras almas.
Ceballos perdió la brújula por hacer papel de tragicomedia en el poder: avanzaba y retrocedía con furia, como quien anda quemándose los pies.
En los recintos de las Cámaras de Diputados y Senadores, la agitación era extrema y las sesiones prometían ser borrascosas. Así aconteció, y el Sr. Ceballos mandó llamar al jefe de Marina, D. Tomás Marín, á cuya persona dio instrucciones y puso á su disposición cien hombres para que disolviese las Cámaras,- al verificarse la sesión de la tarde.
La intimación á la Cámara de Senadores no ofreció gran resistencia, pero en la de Diputados, al oir descansar las armas de los soldados en el corredor, varios diputados protestaron con ardiente energía; el jefe militar entró sólo al centro del salón, ordenando que desalojasen sus puestos los diputados. El Presidente de la Cámara, D. Ezequiel Montes, desapareció, y hubo un momento de confusión indescriptible; entonces el Licenciado D. León Guzmán, hombre pálido, enfermizo y amarillento como una momia, que era el Vicepresi-
dente, ocupó el asiento supremo, agitó la campanilla y pretendió, con extraordinaria decisión, Restablecer el orden, entonces la tropa penetró al interior de la Cámara, y los diputados, en su mayoría, salieron de ella, presidiéndolos los padres Valdovinos y Miranda, de quienes tendré ocasión de hablar, pero hubo otros diputados que quisieron resistir, y hubo un momento de crisis peligrosa.
Eran cerca de las oraciones de la noche. En la plaza mayor, en que había varias gentes curiosas y excitadas, se formaron grupos de diputados y senadores, en tumultuosa discusión.
Los diputados resolvieron continuar su sesión en la casa del Sr. Ocampo, casa de la familia de Partearroyo. calle del Hospicio de San Nicolás; y los senadores en la casa del Sr. Francisco Olaguíbel, callejón de Canteros.
El salón-biblioteca de la casa de Olaguíbel, se convirtió en senado; se dispuso sillería, mesa y Cristo, y comenzó la sesión con la mayor solemnidad. Hablaron sobre las circunstancias varios senadores.
El Sr. Tornel, que estaba enfermo y había abandonado el lecho para concurrir á la sesión, se hizo muy notable.
Parece que le veo envuelto en su ancha capa con cuello de nutria, con su talla elevada, su grande frente, sus abiertos y expresivos ojos negros, levantarse, y en medio de un silencio profundo, pronunciar el discurso más apasionado y elocuente. Era el discurso, la flagelación terrible al proceder brutal de Ceballos.
El Sr. Ceballos, en medio de la confusión y del dosorden más completo, había nombrado Ministerio, que á derechas no fungía, y se resentía de trunco y discordante.
La guarnición estaba visiblemente adherida al Plan de Jalisco, y sólo obedecía á Uraga. Varios Estados se manejaban por su cuenta y riesgo, como «moros sin sefíor;» los partidos se dividían y subdividían en varias fracciones, según sus intereses, en medio de la multitud inquieta, que se arremolinaba tumultuosa, sin saber de lo que se trataba, ni aspirar á más que al alboroto y al desorden; en tales circunstancias, apareció el Gral. Lombardini, primero como jefe de las fuerzas de la capital, y después, como el depositario del poder supremo.
Las Cámaras, expulsas en medio de este caos, nombraron al Sr. Mágica y Osorio, Gobernador de Puebla, Presidente de la República, y al Sr. D. Marcelino Castañeda, portador de su nombramiento, comisión especial para acompañarlo á protestar en México.
Por más que se perjudique el interés de esta narración, quiero dar idea de los dos personajes que acabo de nombrar.
Era D. Juan Mágica y Osorio persona de excelsas virtudes, de carácter amabilísimo, listo de movimientos, sencillo y popular como un tendero de tienda de abarrotes.
Su talla mediana, su cabello á la frente, sus ojos azules y su nariz prolongada, le daban cierto aspecto
comunicativo que, unido á su genio de incomparable
amabilidad y á su corazón bueno y generoso al extremo, le hacían muy popular. Los que le conocían íntimamente, tenían pruebas de sus profundas convicciones, de su carácter enérgico para desafiará los peligros, y de su vacilación y modestia para resolver los grandes negocios.
Su falta de ambición y su desinterés, eran proverbiales, lejos de lucrar con él poder, todo el mundo sabía que había sacrificado su cuantioso caudal á las necesidades de la Administración y en socorros á los menesterosos. Llamábanle con cariño los poblanos I). Juanito, y él, más se semejaba al padre de una gran familia, que á su gobernante.
Bonachón, sincero, naturalote y risueño era D. Marcelino Castañeda; alto de talla, recio de espaldas, cariancho, de patilla curva y papada colgante, carabanista y obsequioso, de integérrimas virtudes y de una inocencia inverosímil en materias de mundo, su virtud y su carácter le hacían simpático y fueron los que en la realidad le elevaron en el concepto público y á los más altos puestos.
En la tribuna hablaba con naturalidad, pero por descuido ó por manía hacía dilatadas pausas que convertían muchas frases en doble sentido, como por ejemplo: Señores, todos Uds. se han pronunciado en contra de los asesinos de Cañedo, yo no quiero (larga pausa) discrepar de esas opiniones.
Ha dicho un señor Diputado que son distintas de las
mías sus opiniones respecto de la clase de -mujeres, ellas me gustan (larga pausa) pero sería bueno modificar tales opiniones.
Los diputados reían y recibía el Sr. Castañeda la hilaridad como si fuera aplauso.
Recibió el Sr. Mágica la embajada del Congreso con reconocimiento pero vaciló primero y después rehusó obstinadamente.
En tal virtud, Uraga y Robles modificaron sus planes, y resultó en medio de la barahunda universal, el señor Gral. D. Manuel Ma Lombardini depositario del poder Ejecutivo, mientras se llamaba al puesto al señor Gral. Santa-Anna, residente entonces en Turbaco.
Aunque era de una familia muy decente el Sr. Lombardini, debió su visibilidad á su parentesco político con el Sr. Gral Valencia quien lo favoreció, le elevó en su carrera y le colocó en puestos muy importantes; fiel con su amigo y favorecedor y cumplido militar gozaba generales simpatías y abría la puerta del favor á las personas menesterosas de todas clases porque era excelente su corazón
Rechoncho de cuerpo, de voz ronca y estentórea, de andar descompasado y soberbio, á primera vista habría aparecido á algunos el original del Bum Bum de la gran Duquesa, peroacercándosele y tratándosele se veía un hombre de muy buena educación, caritativo, obsequioso é incapaz de hacer mal á nadie; pero sin malicia alguna, sin experiencia y extraño á los conocimientos políticos y sociales, tenía una conducta indecisa é irre-
guiar, teniendo por objeto principal conservare) puesto para el Gral Santa-Anna. El carácter transitorio del
Presidente que hacía inseguro y como Motante y entregadoé \rai venes caprichosos, este período, hace que no se Le pueda examinar con detenimiento. Entre tanto, varios conservadores con I). Lucas Alamán á la cabeza, se habían puesto en contacto con Santa-Anna. Los moderados no podían apoyarlo porque se habían desprendido del núcleo que formaba Arista, y los liberales exaltados llamados puros, se convirtieron en mas y más intransigentes, alentados por la anarquía y por la relajación total de los vínculos que unían á las entidades federativas con el centro.
VA grupo de serviles y de clérigos que tomó el nombre de partido conservador, entonces reconocía por principal agitador de la revuelta á D. Antonio Haro, y por director político á D. Lucas Alamán; estos enviaron aj general Santa-Anna, al Coronel Escobar que escribió en un tiempo, con el nombre de Cabos y Sargentos, en un periódico de Veracruz, defendiendo con vehemencia la tiranía y todos los desmanes del ejército. Este fué encargado de pintar la situación á Santa-Anna, según su •nodo de ver y conforme á las miras del partido retrógrado.
Determinada la elección de Santa-Anna, se agolparon como animales sedientos al caudillo que tenía en sus manos los destinos del país; y todos los egoístas, todos los destineros, todos los vagos, todos los clérigos conspiradores de la política, todos los mil ladrones que ha-
bfan vestido con el traje de negocio y de servicio el robo y la desvergüenza, formaron grupos encontrados, y apararon todos los medios de adulación para atraerse al dictador. Alamán con perspicacia sutil había enviado al encuentro de Santa-Anna á D. Antonio Haro, llevándole una especie de carta-programa para su gobierno, que se reducía al aniquilamiento de toda institución popular, centralización del poder, exaltación del clero, preponderancia del ejército, distribución por la mano del dictador hasta de los haberes de los municipios, aniquilamiento délas libertades de comercio, adoptando el sistema prohibitivo en los aranceles; en una palabra, el odio á todas las libertades, el atropello á todos los derechos del hombre y la recrudescencia de los recuerdos de los peores tiempos de la Colonia y los Virreyes: y no obstante lo absurdo, lo inconcebible de tal programa, la influencia del clero, la de los agiotistas y la de los vagos y politiqueros sin principios, no sólo le presentaban como hacedero, sino que le dieron partidarios en casi toda la República, con muy honrosas excepciones.
Se centuplicaron las fábricas de entusiasmo para recibir al desterrado de Turbaco; proclamas, poesías, músicos, retratos del héroe, exhumación de parentescos, aparición de apasionados, amonestaciones á la policía para cortinas, cohetes, y ensayos de comisiones de felicitación, en suma, lo imponderable, lo inconcebible, lo prodigioso y contranatural se pusieron al servicio de la lisonja. Envióse una comisión hasta Turbaco á traer
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al ilustre desterrado, compuesta de D. [gnacio Basadre, I). Teodosio Lares, D. Miguel Lerdo de Tejada, D. José Ramón radíceo y el Sr. García, mosaico heterogéneo, que en realidad no representaba sino lo indeciso \ lo inconsecuente de las opiniones dominantes. La recepción de Santa-Anna en Veracruz, fué estupenda, y con esas fórmulas cómicas, caricaturas siempre de los honores rendidos á los soberanos, varios Estados enviaron embajadores, y todos se esforzaron por colmar de alabanzas y ensalzar las glorias del héroe de Tampico. Una nota discordante, que desde entonces se quiso envolver en el olvido, y que sin embargo fué muy significativa: ella se refiere al discurso del Sr. Lie. Joaquín Kuiz, enviado por Puebla y de cuyo incidente quiero hablar con alguna detención.
El Lie. D. Joaquín Ruiz era, según opinión común, de una familia obscura, de raza indígena; sus padres, labradores con algunos bienes de fortuna, pusieron al hijo en el Colegio luego que tuvo edad competente y después de haber aprendido las primeras letras.
El joven se distinguió desde luego por su constancia en el estudio, su circunspección y reserva, y por su aislamiento que unos atribuían á orgullo y otros á una naturaleza débil y enferma.
Recibido de licenciado, circunstancias particulares dieron crédito á su bufete, y algunos negocios que tuvieron roce con la política, dieron á conocer la firmeza de sus opiniones liberales, su independencia de carácter y su saber profundo.
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Con tales dotes, y tratándose de una población semilevítica como Puebla, aunque Ruiz parecía alejarse de la sociedad, era solicitado por los pocos liberales que allí existían, y contado como hombre de gran valía en el partido moderado.
Sus costumbres irreprochables y sus creencias y prácticas cristianas le hacían respetable del clero y sus adeptos y le afirmaban en la opinión como hombre de alta importancia.
De esta manera fué el elegido, para ir á Veracruz á felicitar á Santa-Anna para exponerle con toda verdad su situación y la del país.
Ruiz aceptó tan delicada misión y casi desapercibido fué á Veracruz.
Santa-Anna se hallaba entre el estrépito de la recepción, en el gran salón en que flotaban los cortinajes, brillaban los espejos colosales en el remolino de estandartes, banderas y entorchados. lujosos y del pueblo que llenaban el salón.
Llamáronse por turno á varioscomisionados, y llegada su vez, se acercó tímido y desgarbado al sollo el Sr. Ruiz.
Era este un hombrecillo de talla menos quemedianaT flaco y de pronunciado color trigueño, encogido de movimientos y de conjunto vulgar de tinterillo de pueblo.
Acercóse á Santa-Anna que le vio con menosprecio lo mismo que sus ayudantes y los proceres que le rodeaban.
— Esta pompa señor, le dijo; ese exagerado entusias-
mo quo os rodea es la irrisión do La verdad, l/i nación no cree ni puede tenor esperanza en vos, que la ha sacrificado siempre á su ambición y su capricho.
A estas palabras, Santa-Anna se volvió iracundo, y reprimiéndose, lo mandó continuar.
— V. E., viene de la mano del partido enemigo de la independencia, enemigo del progreso del país, órgano de las clases privilegiadas, ladrón de los intereses del pueblo, y ñ. V. E. le creen un manequí á quién hace sumiso la ambición de mando.
Santa-Anna dijo medias palabras, mostrándose furioso en contra de Ruiz; pero éste, impasible, continuó:
— Yo be sido enviado para decir cá V. E. la verdad. V. E. no tiene principio alguno político, es el ídolo del clérigo relajado y del soldado prostituido.
Santa-Anna no quiso oir más y mandó que sacaran del salón á Ruiz; éste se propuso proseguir, basta que lo arrancaron del salón, cuando le decía: ¡)e V. E. no espora el pueblo mas que males, baga porque se le engaña.
Ruiz fué una pesadilla de Santa-Anna.
— ¿Quién es ese indio indecente? preguntaba; y lo perseguía, desterraba y molestaba, sin que ni por un instante Ruiz solicitase gracia, ni mostrara arrepentimiento de su conducta patriótica y valiente.
Tres entidades se disputaban la posesión y dirección de Santa-Anna; los conservadores (nobles de pega, soldados fanfarrones y agiotistas), los clericales y los merodeadores intrusos y vagos explotadores del desorden.
Poro en lo más profundo se distinguían dos influencias más, representadas por Alamán, es decir, antiguo partidario de las clases privilegiadas y otra de í). Manuel Escandón y otros negociantes, representantes ante todo, de los negocios de agio.
El primero puso á Haro cerca de Santa-Anna y le tenía subyugado al partido conservador.
El segundo casi inapercibido y como á excusas, había preparado sus redes corno extraño á la política, halagando los gustos y regando dinero sobre los resortes íntimos de sus pasiones más recónditas, con astucia y habilidad admirable.
Santa-Anna entró á México con inusitada pompa, entre repiques, vítores, cohetes y músicas. Tomó posesión de la Presidencia, y á poco nombró su Ministerio compuesto de D. Lucas Alamán, D. Antonio Haro y Tamariz, Teodosio Lares, Joaquín Velázquez de León, Bonilla D. Manuel y José María Tornel.
En el sentido del programa de Alamán, se emprendieron con resolución todas las reformas que propuso Alamán, destruyendo los pocos recursos de los pueblos, agravando la leva, insolentando al clero, etc., tratando de retrogradar á una época imposible.
Santa-Anna, como siempre, se rodeó en lo privado, de la corte viciosa y rastrera que le hacía atmósfera.
Alguna familia que no quiero mencionar, se hizo centro y parodia de la familia Real. Aparecieron como brotando de debajo de la tierra, tahúres condecorados, rufianes, contratistas, galleros, proceres, horizontales,
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pensionistas y canalla que no había podido figurar ni entre los personajes del Manolo.
Pronto se hicieron de moda los cabildos, el ejército y los favoritos; y las casas tomaron un aspecto grotesco, ostentoso, heterogéneo y ridículo.
Pero la influencia poderosa la ejercían Escandón y los suyos.
La influencia del grupo industrial financiero había sido tal, que no obstante las filípicas de Alamán, los odios de Haro y la predicación constante contra los vampiros del Erario, como llamaban á los agiotistas, y á pesar de haber intervenido entre la baja servidumbre de Santa-Anna, espías y obstáculos de sus viejas amistades, los negociantes se filtraban, y en el regalo del mueble, en el fomento del vicio, en la alhaja preciosa, en todas partes, estaban representados con tal maña y sutileza que al entrar en Guadalupe Santa-Anna, vino en la carretela de Escandón, quien había ordenado todo lo concerniente al viaje y mandaba en el interior domostico de Santa-Anna, como si fuese la persona principal de la familia.
Era Santa-Anna semejante á ciertas mujeres de malos hábitos, que entregándose á devociones piadosas exteriormente, cultivan en reserva sus malas costumbres y peores instintos.
La muerte del Sr. Alamán acaecida en Junio de 53, desbarató como con un soplo el alcázar de naipes de la centralización y de la monarquía, refaccionando po-
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clorosamente el valor de la camarilla antigua de SantaAnua que le precipitó en el 6 de Diciembre.
El Sr. D. Manuel Diez de Bonilla y el Sr. D. Ignacio Agnilar y Marocho aparecieron en el Ministerio figumndo el primero, como reemplazo del Sr. Alamán y el segundo, en el lugar del Sr. Bonilla; pero esta modificación era de todo punto ineficaz para reparar los males de las circunstancias que desde los últimos días de Alamán se agravaban y producían aquella atmósfera malsana, productora del desprestigio y de la muerte de los gobiernos. La modificación del Ministerio poco ó nada influyó en el cambio de la política; con Alamán había muerto la importancia del partido ó sea el grupo colonial de soldados ignorantes y déspotas, fanáticos, estúpidos, abarroteros enriquecidos, muchos de ellos con el contrabando, y empleados comodines y egoístas.
Quedaban influyendo los filibusteros del contrabando y los merodeadores del tesoro, unidos á los favoritos aparecidos con orgullo por arrobas y hambre y sed de figurar y enriquecerse.
Diputados y senadores habían huido como pájaros con el estrépito de las armas de fuego. Caían de sus empleos los que ayer fueron proceres y brotaban á pelo •de tierra, chicos, hablando como jarochos, fumando su tabaquillo y regando picardías por todas partes.
En los entresuelos de la Presidencia se alojaron los ayudantes, y las escaleras de los patios interiores estaban transitadas por valentones desastrados, galleros,
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buscavidas ó insolentes, horizontales graduadas de viudas y pensionistas y ahijadas de tal ó cual clérigo contemporizador y mundano.
Santa-Anna vivía en Tacubaya en el Palacio Ai/obispal; los bajos de ese Palacio estaban ocupados por tropas, asistentes y servidumbre turbulenta; por la parte exterior había chimoleras, vendimias, concurrencia extraordinaria de pretendientes en coches particulares yde sitio, en suma, un conjunto abigarrado en holgura y bebiendo para'aligerar la pesadez de la espera. La parte superior del Palacio, estaba dividida en dos partes: á la izquierda la habitación del Presidente y las piezas corridas de los ayudantes y visitas de Su Alteza.
No es mi ánimo alzar el velo que cubría la parto íntima de la vida del Presidente, ni del desorden en la Administración, producida por la irregularidad en los negocios y trámites entre México y Tacubaya.
La muerte casi repentina del Sr. Gral. ü. José María Tornel, Ministro de la Guerra, produjo como siempre, caída de encumbrados favoritos, derrumbamiento défortunas dudosas, eclipses de beldades, desengaños de aspirantes y fiebre de aspiraciones insolentes.
La prensa fué especialmente perseguida, y Don Policiano Arriaga y yo, refugiados en el Monitor Republicano, con Francisco Banuet, Sabás Iturbide, Alcaraz, Torres Cano, y otros que no recuerdo, disparábamos con frenesí nuestros tiros á aquella dictadura brutal y ridicula, teniendo á la cabeza á nuestro valeroso editor D. Vicente García Torres, quien con decisión
heroica aventuraba intereses y vida en cada uno de los artículos que se publicaban, aunque firmados con nuestros nombres; uno de los artículos que más llamaron la atención se titulaba «Arcos triunfales» y se refería en gran parte, á la entrada triunfal del Presidente, pero con tal vehemencia, con tan intensa hiél de sarcasmo, que se le señaló como primera de las víctimas, después de haber lanzado una orden de destierro tremenda, en contra de D. Vicente García Torres, quien salió escoltado para Monterrey, como un criminal, después de haberse cometido inauditos atropellos en sus intereses y familia. Los redactores del periódico resolvimos entonces, constituirnos responsables por turno, uno de cada número del periódico, comenzando por D. Domingo Revilla, quien fué amonestado por la policía lo mismo que los otros redactores.
Con motivodeldíaonomástico de su Alteza Serenísima, se publicaron en un mismo día dos artículos ele felicitación, uno en el Calavera, periódico que redactaba I). Eufemio Romero y otro en el Monitor firmado por mí.
Ambos artículos se habían escrito con ponzoña de alacranes, con la diferencia de que el de Romero era en realidad una queja de los liberales por la preponderancia de los conservadores, y el mío, sarcástico y desvergonzado, celebrando la frustración que presumía de las esperanzas del partido retrógrado, deslizándome á marcar algunos rasgos del carácter tornadizo del desterrado de Turbaco.
No tardaron ni cuarenta y ocho horas en producir
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sus efectos enconosos de aquellos artículos, pues antes de ese término habíamos sido conducidos á la presencia del Dictador.
Era Romero un verdadero mendrugo de carne humana, negro y machucado, coa sus lustres de charol de grasa y sus nudos y frunzones para conservar la forma del maltratado vestido; y, sin embargo, aquel hombre era estudioso, liberal de principios, firme en sus convicciones, y sorprendía su talento y tino para las cuestiones, tanto más, cuanto que formaban una especie de contraste con su triste figura y su estudiado encogimiento.
Eufemio Romero era natural de Veracruz, hermano de D. José Romero, favorito de Trigueros y debía su pobreza y aislamiento á la dignidad con que rechazó siempre todo favor de Santa- Anna; éste no lo conocía mas que de nombre y por las señas, así es que, al vernos en su presencia, se dirigió impetuoso a Romero, señalando el artículo en cuestión, y le dijo con la voz sorda de la cólera:
— Eh! dígame Ud. de quién es este artículo para arrancarle la lengua!
— En estos casos, respondió Romero con frialdad extraordinaria, se hace la denuncia al Juez, se ve quién firma el artículo y se procede como la ley manda.
— ¡Yo lo he llamado á Ud., so escarabajo, para oir de sus labios, quién es el infame que ha escrito el artículo! y contestó Romero con la misma imperturbable sangre fría que antes:
— En estos casos, señor, se hace la denuncia al Juez, se ve quién firma el artículo y se procede como la ley manda.
— ¡Indecente!, continuó Santa-Ana, ¡hagaUd. lo que le digo!
— Pues señor, en estos casos. . . .
— ¡Silencio, quíteseme Ud. de delante!
Romero se aprovechó del iracundo pasaporte, y puso pies en polvorosa.
Santa-Anna, todavía excitado por la cólera, se volvió á mí, y me dijo:
— ¿Ud. es el autor del artículo del Monitor?
— Sí señor.
— ¿Y no sabe Ud. que yo tengo muchos calzones?
Yo como había escrito en tono sarcástico, aunque con miedo, quise seguir la broma, y le respondí: — Sí señor, ha de tener Ud. más que yo.
— Me parece que es Ud. insolente, y yo sé castigar y reducir á polvo á los que se hacen los valientes; eso lo ejecuta cualquier policía, pues Ud. ó se desdice de sus injurias y necedades ó aquí mismo le doy mil patadas. ¿Qué sucede?
— En esas estoy, en ver lo que sucede.
A estas palabras, Santa-Anna, apoyándose en una mesa que allí había, y levantando el bastón, se acercó á mí, y yo, por una puerta excusada, me escurrí violentamente; no sé si más temeroso ó iracundo de la entrevista con el Dictador.
La muerte del Sr. Tornel, acaecida en esos días, im-
primió á la política mayor tono de intolerancia y persecuciones.
A Ruiz se había confinado á un destierro en no sé qué pueblo de la República, y á la vez se expidieron iguales órdenes en contra del Lie. D. Miguel Buenrostro, D. Melchor Ocampo, el Lie. Ponciano Arriaga y yo.
Yo vivía en Tacubaya en una pequeña casita, á la subida de lo que llaman el empedrado, y tenía entonces por vecindad la preciosa quinta que formó RardetT y después fué propiedad de D. Martín Castillo, á quien la compró últimamente D. Manuel Romero Rubio. Mi casita era muy pobre, en ella habitábamos, María, mi primera esposa, y mis dos hijos Manuel y Francisco, que eran muy pequeños. La casa estaba ubicada á La entrada, digámoslo así, del camino que conduce al Arzobispado, residencia entonces de su Alteza Serenísima. Por supuesto, aquel era un punto de tránsito de Ministros y proceres, potencias militares y pretendientes de todo género, coches, caballos, vendimias y centro de vida activísima de toda clase de personas.
El día menos pensado, (29 de Junio de 1858) á la entrada de la noche y con grande aparato de fuerza, se vio rodeada mi casa de policías y soldados; el que los mandaba puso una orden de destierro en mis manos, y fui arrancado del seno de mi pobre familia, que quedó sumergida en la miseria y en el desamparo. Entre tanto, los negocios de gobierno parecían seguir viento en popa.
En el palacio de Tacubaya se sucedían sin interrup-
ción, banquetes de proceres y favoritos, tertulias en que brillaba con la alegría la hermosura, y lances carnavalescos, que ponían como en relieve los vicios constitutivos del carácter de Sarita-Anua, y el acaso caprichoso á que se entregaba el gobierno.
La crónica escandalosa, con ciertos ó supuestos fundamentos, hablaba de escenas verdaderamente asquerosas, de rapiña, de juego, de seducción y de maldades, y villanías que en último resultado costeaba el gobierno, hospedándose en el presupuesto hijos de viudas seductoras, advenedizos oficiales, nombrados ó ascendidos en las batallas de las sobremesas, y favoritos beneficiados con comisiones, trabajos oficiales, encargos secretos; pero aunque muchas de estas acusaciones eran inventadas por el rencor y el interés de partido, otras muchas eran ciertas, formaban opinión, y determinaron una propensión á la revuelta incontenible, convirtiéndose en tentación poderosa de toda clase de descontentos; Santa -Anna, verdaderamente ebrio con las adulaciones de la prensa, con las exageradas ponderaciones de su talento, y su heroísmo, se creyó como con una especie de ciencia infusa para no pedir consejo en materia alguna, decidiendo, según las inspiraciones de su soberbia, de su suficiencia y de su ignorancia. Las personas que le trataban muy de cerca, decían que del sólo'libro que podía dar razón, aunque imperfectamente, era«La Gasandra,»y en su conversación cuando decía demagos por demagogos, sección de la cdmarapor sesión y dracma por drama, y otras bar-
baridades; se conocía que en el poder había olvidado aun lo aprendido en la escuela. Basadre,que era de sus más íntimos, solía aleccionarlo para que no se pusiera en evidencia en las cuestiones graves.
No obstante las grandes paradas y las funciones teatrales, los banquetes y las diversiones en el campo, señaladamente en San Ángel, hacían aparecer á la líopública toda en gran prosperidad. La ostentación de los caballeros de la orden de Guadalupe, los tratamientos oficiales, las distinciones á los que fueron en un tiempo títulos de Castilla, sobre todo, la preponderancia de la gente decente, daban á las tertulias y saraos cierto tinte monárquico, y aun personas sensatas de la buena sociedad, concurrían á las grandes reuniones con la salvaguardia de la moda; para dar una idea de uno de esos grandes bailes, copio en seguida la descripción que hizo el poeta español Asquerino, de uno de ellos dado en la Lonja, según lo prevenían los Estatutos de aquella institución. Los versos de Asquerino dicen así:
1853.
GRAN BAILE A SANTA-ANNA.
(Descripción del poeta español Asqueiino.)
Si ron la aurora brillante Dios hace que empiece el día, no extrañaréis que galante con Aurora Bustamante comience la historia mía.
Ostentaba esta belleza un traje de brocatel glasé, color de "cereza ; y un adorno en la cabeza de tilos, rosa y clavel.
Por los lados el vestido iba abierto y guarnecido con blondas, que si no miento, eran del Renacimiento, bello, elegante prendido!
No se ostenta más preciosa la ílor que su cáliz abre al beso del alma hermosa, como arrogante y graciosa" se ostentó Elena Basad re. l
Que queriendo completar aquella belleza rara, no teniendo ya que dar le puso Dios un lunar en el cielo de su cara.
Llevaba un traje rosado que sú buen gusto retrata, á la duquesa bordado, preso el cabello pobl.ido con mil listones de plata.
La venia á su esposo pide, pues con sobrada terneza va á hablar mi labio atrevido: que es la esposa de Cumplido 2 una cumplida belleza.
Si en los ojos se contiene del alma la imagen franca, mal con su espejo conviene que tenga una alma tan blanca quien ojos tan negros tiene.
i Véase el apé;iJice.
¡Negros ion; negros tan helios!
y de comprender no acabo contemplando sus destellos, que siendo los negros ellos oleo lia de ser el esclavo.
No nace el alba radiosa bañando su vestidura en vivas tintas de rosa, más gentil y esplendorosa que aquella árabe hermosura.
Mas los ojos contemplando de una esbelta Guadalupe, los de Carmen recordando su semejanza admirando ya distinguirlos no supe.
Y mi alma en la duda insiste » hasta reparar el tul
que á Guadalupe reviste; que Carmen de rosa viste, y la otra viste de a/.ul.
Cual de la rosa temprana el columpiado pimpollo, así gentil, pura, ufana, del candor diosa galana, fué Margarita Gargollo. 3
Y era blanco su vestido orlado de niveas blondas. y de flores el prendido del cabello, confundido en las abundosas ondas.
Creación enamorada y poético diseño, de Fidias, Venus torneada, como á un rosal asomada sonreía Pepita Leño. 4
• Que era su traje rosado, y rosas su encantadora cabeza lució; extasiado, ángel juzgué tal dechado ó imagen fiel de la aurora.
Es un paraíso en pequeño: Liño se llama y no he visto, y lo busqué con empeño, mejor que ese. más que el leño de la cruz de Jesucristo.
Y cual silfe vagarosa, ó del Valle Mexicano, delgada palmera airosa; risueña, viva y graciosa contemplé á Ignacia Arellano. 5
De azul iba, y no me espanta; que es el color de los cielos cuyos ángeles encanta, y al oiría lloran de celos.
Y vi á la de negros ojos, que más negros no los hay, la de frescos labios rojos, que al clavel causando enojos iba Teresa Garay. 6
Y aun el alma se figura ver aquella aérea figura
que es de encantos un tesoro, y su blanca vestidura con franjas de fuego y oro. Pensamientos encarnados llevaba con profusión á su cabello apresados: de pechos enamorados enseña esas llores son.
íh;
Parece que germinaron en su mente, y florecieron, y que tanto la llenaron, que en su cabeza brotaron y entre el cabello salieron.
Mensajeros de tristeza esos pensamientos son: nardo que á entreabrirse empiez:ir que cual llenan tu cabeza, no llenen tu corazón!
Como una blanca paloma que al pensil florido llega donde todo es luz y aroma, así ufana y bella asoma al salón, Damián a Vega. 7
Sólo otra vega encantada compite con su gentil hermosura delicada: y es la Vega de Granada con su Alhambra y su Genil.
Y vi á Carolina Prado & con traje casi enlutado, y hubo quien dijo importuno si lo usaba por alguno que murió de enamorado.
Que cruzaba aquella hermosa, por las esplendentes salas, como entre selvas de rosa va una negra mariposa tendiendo sus tristes alas.
De las de Belannzarán 9 los lindísimos semblantes causaron más de un afán: por ellas queriendo están mil desdeñados amantes.
¿Quién de los cielos al coro esa pareja arrebata imágenes del decoro? fué la una de blanco y oro, y la otra de azul y plata.
También contemplé arrobado tres capullos hechiceros: que un color á otro casado, blanco, y rosa, y encarnado, ostentaban las Elgueros. 10
Como la plácida estrella que el alba amoroso envía, tal compitiendo con ella en lo candida y lo bella asomó Pepa María.
Pluma que mecen los vientos, en galanos movimientos, mariposa de aquel valle cubría un cendal su lal]e blanco cual sus pensamientos.
Yo un arcángel la creí mal embozado entre espumas, como sin alas le vi de blanco cisne prendí á su cabeza dos plumas.
De Sofía Buch, la esbelta, »- como un cisne entre el ramaje, ligera, y leve y resuelta de blanco gró el lindo traje.
ÍIS
'¿Quién en los nardos dorados del cabello no repara, y en los volantes cruzados, que estaban como picados por no poder ver su cara?
Iba al alma dando luto con sus seductoras trazas y su dominio absoluto, una á quien todas las zarzas de amor rindieron tributo.
Blanca es su falda y de rosa, su blondo cabello peina con mil botones, graciosa: más galana y majestuosa no va de un Harem la reina.
Y este portento soñado, esta deidad hechicera, esto lucero argentado que aun recuerdo enamorado, Catalina Barro n era. I2
La majestad que derrama, entre mil palmeras reales alcanzará eterna fama y hay quien por reina la aclama aunque la sobran rivales.
Manuela Osio, la azucena *3 de aquel pensil encantado, con la mirada serena de sus ojos; cuánta pena llevó á un pecho enamorado!
Rasgados ojos tan bellos que dan al lucero enojos: que al contemplar sus destellos amor le rasgó los ojos.
No está la abeja, brillante botón de oro, entre el tomillo más rica, alegre y triunfante, que esta hermosura arrogante con su vestido amarillo.
Llevaba con gentileza Carmen Goríbar, que mata 14 á quien mira con terneza, llores de oro en la cabeza, y traje moiré de plata.
En sus rosadas mejillas dejó sus galas Abril que envidió sus maravillas; pues vale más de mil villas la esposa de Villamil. 15
También de blanco iba airosa como de la nieve el ampo una viuda apetitosa, rozagante, fresca, hermosa: la de Martínez del Campo. 16
La flor que entre el aura crece, cuando su cáliz no mece cae marchita y sin colores, y una viuda sin amores es flor que pronto perece.
Para un corazón de peña es vana toda porfía, y en seguir sola se empeña; aunque su boca risueña más de un amador ansia. . ¡ Cómo al deleite provoca un no sé qué que nos mata en una risueña boca, que el pensamiento sofoca y el corazón arrebata!
.'20
Y una gala de la fiesta
no extrañaréis que recuerde,, torneada, pura y modesta: llevó en su cabeza enhiestn lindo adorno de oro verde.
Y flanea falda ligera celaba el contorno avara
de Lola Barrio hechicera: »7 ¡quién en tal barrio habitara aunque en la intemperie fuera T
Nunca el pie de monistrol coronando el Monserrat, se ve tan brillante el sol, cual vi, estrella entre arrebol,, á Estefanía Labat. l8
De aquella alma candorosa rosa era la falda leve: ¡qué mucho, si el alba hermosa, siempre en celajes de rosa bate sus alas de nieve!
También con pompa galana como do un lago á la orilla frondosa palmera ufana, vi una deidad soberana la majestuosa Bonilla. J9
De blanco iba, y si ella diera al viento el rico tesoro de su rubia cabellera, no hay quien verla no creyera cubierta de un velo de oro.
Como entre nieve en el prado* se alza encendido un clavel, con un prendido encarnado y un bello traje nevado brilló Mariana Tornel. 2(>
Y en las redes de su hechizo ■mil almas prendiendo ufanas, •con plumas ornando el rizo iban de rosa y pajizo
las dos Sáyagos hermanas. 2I
Y una es Luz, luz argentina no ama tanto el caminante perdido, la luz vecina,
como á esa Luz vespertina adora más do un amante.
Fuente fresca, albo destello del sediento peregrino, desde la planta al cabello yo no vi tipo más bello que Adelaida, ángel divino.
Y la Moran, nadie tema 22 que á mi memoria se esconda; celó su belleza extrema
un traje color de llama con sobreveste de blonda.
Cual la paloma galana extiende al nacer el día sus blancas alas ufana, su traje de tarlatana Teresa Schn eider lucía. 23
Que iba esbelta cual ninguna, de dos razas tallo hermoso, destello de amante luna, silfe de sombría laguna, tierno Irasfil de candores!
Sus bellos ojos radiantes quemando los corazones, llevaba Carmen Cervantes 24 traje blanco con volantes.
1J2
Llevó un traje la Quijano ?5 (que cuando mira amortaja) bordado de paja ufano; que siempre el dorado grano lució mejor entre paja;
Y galas de los Abriles tarro de esencia de amores, iban las flores gentiles
que no puede haber pensiles en donde faltan las (lores.
Luciendo su encanto extraño iban las Cuevas iguales, 2Ó y bien puede año tras año cualquier sombrío ermitaño habitar en cuevas tales.
Y si aun la inclemente pena su alma combatida troncha, cual golondrina en la almena, que esconda su alma serena de esa Cuevas en la concha.
Nido bello de ilusiones! lucía un traje amarillo, algo abierto, con cordones, y su hermana con listones del mismo color, sencillo.
Y aun tierno á Pepa Osio estoy recordando con afán, la Garroni, Gil, Moran, 27 las Ibáñez, la Godoy, la Grumbach, y Ayestarán.
Que con trajes hechiceros bellas vi de todas razas, de amor y virtud veneros: la Geaves, y las Trigueros, ** Pérez Palacios, é Icazas.
Tales, pues, fueron las bellas que yo contemplé extasiado, — Harto pronto el labio sellas porque aun faltan muchas de ellas, contestó el Tiempo enojado.
El Tiempo que ansioso oía la relación del Verano; y sintió tanta alegría que sollozaba y reía á la par el pobre anciano.
¿Dónde están mis hijas caras de cuyos rostros serenos mis huellas espanto avaras? aun tu injusticia reparas como las nombres al menos.
¿A la Marquesa gentil de la Rivera entre mil amoroso no admiraste? — Tal vez á su encomio baste su nombre, Aurora de Abril!
Con moños, lindo vestido ostentó de brocatel color de rosa encendido: todo el cuerpo guarnecido con encajes de brusel.
Nunca de sus triunfos harta embellece cuanto toca, y entre su cabello ensarta de gruesa perla una sarta que cruza bajo la coca.
Dudo si alguien competía de Octavia con los primores, ornamento y alegría de la hermosa Andalucía, paraíso de los amores!
Onda de Guadalquivir que sus espumas de plata mira entre llores bullir. y brillante de Bftfit un cielo puro retrata!
Graciosa cual la palmera que besa su fresca orilla, bella cual su Primavera; rico albor, rosa hechicera de encantadora Sevilla.
Pero, ay! que el sentido pierdo (siguió diciendo el Verano) cuando sus gracias recuerdo y ya de otra no me acuerdo y replicó el Tiempo cano:
— ¿Cómo con clara razón será la ruina aclamada de aquel brillante salón si á unas nombraste en montón y de otras no has dicho nada?
— Veré la que más descuella y que entre todas blasona por más virtuosa y más bella, triunfante será para ella del Verano la corona.
Y esforzando sus razones ante mi Solio vendrán meses, y años, y estaciones, y entre danzas y canciones la reina coronarán.
Ya del Tiempo rigurosa la corte toda se apresta, y á su trono poderoso con rico traje ostentoso acude como de fiesta.
Y entre danzas y canciones, bajo sus plantas triunfantes, humillaron sus perdones
los años, las estaciones, las horas y los instantes.
— Acudid, el Tiempo dijo: y yo que os presto mi aliento y vuestro vuelo dirijo, ante mi presencia os fijo: párese el mundo un momento!
Vamos del baile á aclamar por su gracia seductora, por su virtud singular y por su ingenio sin par á la reina triunfadora!
Mas el Verano primero gusto es que á todos recuerde, fallar en justicia quiero, pues hasta el Tiempo severo la conciencia le remuerde.
Y es más culpable heregía que las de Lutero y Arrio; no hablar de la lozanía
y belleza y gallardía
que ostentó Manuela Barrio.
Que de Rafael tipo bello, trazó en su cintura breve; do amor iba este destello con plumas en el cabello y airosa falda de nieve.
0 del traje los colores confundiste sin cautela, aumentando tus errores, ó la de Osio que es Dolores bautizaste de Manuela.
Y aun otra mis ojos ven, ligera, graciosa, vaga mariposa del Edén;
de traje blanco también fué Dolores Elizaga.
Me espanta que no recuerdes de aquel pensil una Dalia y otros tres pimpollos verdes; á la Hoppe'y á las Móntenles Angela, Jesús y Amalia.
Y de la misma manera cómo olvidaste no atino, á la Rocero hechicera
y á la Joaquina Rarrera. y á la González del Pino.
¿Quién olvidarse podría de los tocados sencillos y elegantes á porfía, de las hermanas Castillo Luisa, Adelaida, y María?
— Rien las recuerdo! el Verano contestó con faz nublada; que no se miran en vano glorias tales. Y el anciano siguió con voz alterada:
— ¿Es que el amor las esconde, ó dónde estaban, en dónde las bellas que tanto quiero: las hermanas García Conde y María Barrio Campero.
María Barrio qué brillantes; lleva en cada ojo un Vesubio: las Benítez arrogantes, la Cosío y las Cervantes, Luz Zaragoza y Carmen Rubio?
Las Gómez Madrid, dó están? dónde tanto ángel divino? la Más, Soledad Guzmán, Lola Peña, la Terán, y María Rubio Cancino?
De la Collado qué hacías? luz de las selvas umbrías, esencia de tamarindos! dónde con sus ojos lindos las primas Echeverrías?
Tórtolas puras del monte, del mexicano horizonte astros de limpio reflejo, qué se hizo Concha Vallejo y la Angela Pedamonte?
Dónde están las Pimenteles, las Paradas y Obregones? las de Wilson, que de Apeles asombraron los pinceles! dónde, en fin, las Éscandones?
De todos esas ninguna acudió, dice el Verano, ciega de amores á alguna el bullicio le importuna y fuese al campo lejano.
Y alegres cual la quo más, otras hubo que quizás ansiaron ir al salón:
á veces, qué injustos son los inflexibles papas!
Y tal vez otras faltaron, porque así sí lo ofrecieron á los que su alma robaron: y unas celosas no fueron, y otras de celos lloraron.
Y algunas por indolencia, y otras por su negra suerte que excusaron su asistencia ya de un esposo la ausencia, ó ya de un padre la muerte!
— Pues bien, el Tiempo replica: si alguno en vano suplica y de ir á otro baile deja, la trueco, de linda chica, en la más horrible vieja.
Y que el más veloz instante que mis decretos recibe,
mi orden escrita; arrogante, en los pechos de diamante de los papas respectivos.
Debe abrirse la sesión, midiendo con fiel compás á las que más bellas son: votando por la que más se acerque á la perfección.
Citaremos la más bella; y de las que no nombramos, eligiendo otra doncella, velémosla que descuelle y por reina la aclamamos.
I2Í)
Sólo hay dos tipos marcados que al hombre quitan las penas; blancas, de rostros rosados, ó de semblantes tostados; las rubias y las morenas.
Doy la palabra al Verano, y entre en la cuestión de llano, que yo cantaré de plano; pues nos hallamos en pleno congreso republicano.
Comienza pues, mozo ardiente, que ya se apresta un rival á batirte frente á frente; porque hablando francamente lo hiciste bastante mal.
— Ser imparcial me propongo, El Invierno con cordura dijo, y á todo me opongo: y así al congreso propongo le dé un voto de censura.
Y el Verano puesto en pie, con abrasado semblante contestó: no lo extrañé, que siempre conmigo fué el Invierno intolerante.
Brota á la ocasión primera de sus ideas del retono: y fija su muerte fuera á no estar la Primavera entre ambos con el Otoño.
— A un lado la digresión, contestó el Tiempo tirano que preside la sesión: y que fije la cuestión el diputado Verano.
L80
— Nunca mi opinión fué terca, y siempre lo más selecto tuve do mis fuentes cere:i: y así mi gusto se acerca al bello ideal más perfecto:
Ligera, fugaz, esbelta, ine dio una niña el llechazo: ya está la cuestión resuelta: que me llevó á cada vuelta del corazón un pedazo.
Tipo bello, sorprendente os mi morena hechicera! — No temo que se presente de mis rubias frente a frente, contestó la Primavera.
—Su nombre! Entre mil murmullos clamaron. — Y así el Otoño dijo entre blandos arrullos! llores quiero, no capullos, voto en contra del retoño.
— De negros ojos rasgados yo proclamo una morena; — de dulces, enamorados, bellos ojos azulados, una rubia el alma llena.
— Sí, sí! el Invierno contesta, rechazo la fruta verde que suele ser indigesta; más práctica que modesta la quiero: que así se acuerde.
Mírese bien que quizá acreedora del imperio alguna jamona habrá: que hubo allí cada mamá que valía un hemisferio.
— La cuestión, que ya se exalta, tal vez mi consejo aborda; una entre todas resalta, ni muy baja, ni muy alta; ni muy flaca, ni muy gorda,
— Un gusto medio cabal, — Encontrarle es un error, — Es un fantasma ideal, — Es que pertenezco al partido conservador.
Todos lo mejor queremos! — Alta es como una palmera mi reina— la juzgaremos! — Ese está por los extremos que es absolutista! afuera!!!
— Suspéndase la sesión! Pido que de nuevo se abra una franca discusión, — Y yo pido la palabra para una interpelación.
— Al orden! si ya hacer vemos de insultos tales acopios, á qué abismo no corremos cuando á enumerar entremos méritos y nombres propios!
— Los nombres. — Es imposible! — Sus nombres! haya concordia, ó una güella estalla horrible: nadie suelte la terrible manzana de la discordia!
Pues todos me dan tributo y el volcán reventar siento que ha de causar tanto luto, vuelvo á ser rey absoluto: disuélvase el parlamento.
1*8
Pues no pudisteis saber en vuestro delirio loco cuál debe la reina ser,
en uso de mi poder
yo no la elijo tampoco
Que aunque de verdades fuente,, yo de tan altas deidades no puedo hallar francamente; que aunque dichas dulcemente siempre amargan mis verdades,
En la más pura y hermosa cada cual constante fije la fe de su alma amorosa; y así la reina gloriosa de su corazón elige.
Que si en uso la nombrara quizá el mundo se enojara, y mi acción calificara de un feroz golpe de Estado. Otra vez discutiremos con imparcial interés si en otro baile las vemos: y esa corona pondremos de nuestra reina á los pies.
Con el cariño más santo esas bellas Estaciones, guardad, en que adoro tanto,- y que el más leve quebranto no hiera sus corazones!
Yo á la vez delante de ellas detendré las breves alas; que son mis flores más bellas,, mis más fúlgidas estrellas, mis más orgullosas galas!»
— Tal dijo el Tiempo prudente que canas tan viejas peina: que no hay reina? el Tiempo miente, que dibujada en ia mente lleva con fuego esa reina! nunca su nombre diré, mis penas las cantaré, y de mi constante fe los dulces ecos oirá.
Que del brillante salón en la viva confusión descolló candida y bella, como entre nardos descuella de la azucena el botón. »
México, Julio de 1353.
Los tres asuntos que quedaron dominando la atención pública, provocando el espíritu de rebelión, y preparando los planes que ya habían concebido cierto número de patriotas, fueron: la invasión del conde Raousset de Boulbon á la República, el íratado de la Mesilla en que se toleraron groseros atropellos á los derechos de Ja Nación, en que tan mal figuró D. Francisco de P. Arrangoiz, y quien pasa como sobre ascuas sobre este negocio en su historia; hechos que no debía haber olvidado, puesto que le quedó como adherencia á su apellido el de La Gota de agua, aludiendo á la aplicación que se hizo por sí y ante sí de los dineros de la
i Véanse las notas del Apéndice.
indemnización. El tercero de los negocios era el de ciertas revelaciones á cerca del establecimiento de una monarquía en México, hechas con audacia increíble por el Ministro Bonilla, y sin conocimiento de Santa-Anua. El examen de cada uno de estos negocios, requiere examen prolijo que pertenece á la historia, y mi ánimo al Indicarlos es dar á entenderá mi salida al destierro el estado que guardaba la opinión en las vísperas del plan de Ayutla. Por lo que respecta á mis Memorias, me es indispensable incluir en ellas el tomo no concluido de mis Viajes de orden suprema, que contiene todos los personajes que figuraron en la época en primer término; todos los accidentes de mi destierro, y aún particularidades de mi vida, que si bien insignificantes por tratarse de mi persona, fehacientes para dejar viviente el colorido de los cuadros que en vano hoy, después de cuarenta y tantos años quisiera reproducir. (En este lugar debe comenzarse á copiar mi libro de viajes basta su conclusión.)
APÉNDICE
Notas á los versos de Asquerino.
1. Hija del Gral. Basadre, que casó después con D. Gregorio Cortina, comerciante de Tampico.
2. Carmelita Ituarte de Cumplido, fué la segunda esposa del impresor D. Ignacio Cumplido, con la que tuvo dificultades de familia, que no es nuestro ánimo averiguar.
3. Esposa del Sr. Manuel Gargollo, distinguida matrona, madre política de D. Casimiro del Collado.
4. Pepita Leño era una joven llena de gracia y talento.
5. Nachita Arellano. como se le llamaba, era una joven, en que más que la belleza, brillaba la gracia. Su familia dio entrada en su casa á varios jefes americanos, y esto le enajenó las voluntades. Ramón Alcázar fué su adorador secreto; cantaba divinamente: murió en la flor de la vida, y Alcázar y Aduna le dedicaron la canción del Cisne.
('). Teresa Garay.
7. Damianita era una jovencita.
í:ii;
8. Hija de D. Manuel Prado, compañero de negocios de D. Ignacio Loperena, adjudicatario del colegio de Santos.
9. (sic).
10. Hermanas del ilustre jurisconsulto D. Hilario Elguero, y muy notables por sus virtudes y modestia.
11. Sofía Buch.
13. Catalina Barron.
L3. Las Sritas. Osios, Trinidad y Lola, eran de notable belleza; Trinidad, frondosa, rosagante, de ademán altivo, y un negro bozo, que mucho le agraciaba; se decía que el Ministro Bermúdez de Castro era devoto de sus gracias, aunque en términos los más decentes y legítimos. Lolita Osio, pálida, sentimental y de lindísimos ojos, era señalada por D. José Hidalgo y Esnaurrízar; Pepe Hidalgo, como se le llamaba entonces, empleado obscuro del tabaco, tirante y pretensioso como un lagartijo del día.
Estas Sritas. Osios tenían parentesco inmediato con D. Ignacio Allende.
14. Carmelita Goríbar era de una familia de hacendados riquísimos de tierra caliente; á esa familia perteneció D. Jesús Goríbar, casado con la bellísima é inteligente Mañanita Torne!, y D. J. Goríbar que acaba de morir millonario; pero la dama que llamaba más la atención de esta familia, era Ruperta Goríbar, notabilísima por su gracia y talento; yo tuve la fortuna de tratarla en la casa de mi maestro el Sr. Quintana Roo,
y puedo asegurar que no eran exagerados los elogios que de esta señorita se hacían.
15. (sic.)
16. La Sra. Urruchua, viuda de Martínez del Campo, honorable y opulento comerciante, brilló en un tiempo en primer término en nuestra sociedad, y para caracterizar el lujo que gastaban, mencionaban unas popularísimas posadas en que se distribuyó la colación en valiosos platitos de plata. En la casa del Sr. Martínez del Campo comenzó á hacer su fortuna con su trabajo, honradez é Inteligencia, el Sr. D. Ricardo Sáenz.
17. (sic.)
18. (sic.)
19. La Sra. Espada de Bonilla era realmente una matrona llena de majestad y de belleza. Su origen era guatemalteco, y casó con el Sr. Bonilla cuando éste tuvo el desempeño de una comisión en Guatemala. La casa de Bonilla ostentaba en su lujo, en sus costumbres y sus relaciones un refinamiento de etiqueta, que aunque le valían no pocas censuras, era el encanto de nuestro gran tono.
20. Marianita Tornel era la hija menor de D. José Ma Tornel; las otras dos, Guadalupe y Victoria casaron: la una con D. Ramón Garay y la otra con D. Sebastián Segura, literato cristiano que sé hizo sacerdote después de enviudar. Marianita se hizo muy notable por su belleza y talento singular, y casó con D. Jesús Goríbar, rico capitalista de tierra caliente. Marianita falleció en Tacubava.
¡;ís
21. Dé familia ¡distinguida y rica, cuyo padre había adquirido cierta celebridad política por el robo que hizo Iturbide á una conducta de caudales que debió haber salido para Acapulco, confiada á la custodia del mismo Iturbide.
22. La Sra. Moran, de la familia del muy célebre marqués de Vivanco, muy notable en el ejército; de esta familia también era la hermosa Anita Ü'Gorman. (|u<v se consideraba como hija de la casa.
23.
24. De la familia de los condes de Santiago, de antiquísima nobleza y opulenta fortuna. Angelita casó con Ignacio Algara, y de ese matrimonio tuvo varios hijos que aún viven.
25¿ Esposa del Gral. Benito Quijano, cumplido caballero, que hizo su primera educación en España, y figuró en el ejército mexicano como modelo de decencia y caballerosidad.
26. La familia Cuevas, entre la que había y hay damas de grande hermosura y de incomparables virtudes, nacía de dos ramas principales, y alguna otra que no recuerdo; la primera era de D. Luis Gonzaga Cuevas, enlazado con la familia 'Molinos del Campo, y la otra del Lie. D. José Ma Cuevas, casado con la Srita. Estanillo, de avasalladora hermosura y clarísimo talento.
27. No tengo suficientes datos, ni me es posible particularizar á alguna de estas damas ó señoritas, y sólo sospecho que la Sra. Garroni sería la esposa del afamado médico Garroni.
La Sra. Godoy, esposa del Magistrado D. José Ma Godoy, liberal distinguido, y muy querido y popular, á pesar de su inmensa fortuna.
Y las Sritas. Ayestarán, bellas y de finísima educación; uno de los hermanos de estas jóvenes fué uno de los íntimos amigos de Miramón, en épocas muy posteriores.
La familia Gelves era de educación y costumbres severamente inglesas; tenía pocas relaciones de mexicanos, y sólo se exhibía en casos extraordinarios como el presente.
La Sra. Da Petra Barrero de Trigueros, esposa del Sr. D. Ignacio Trigueros; era una de las mujeres más caritativas, bondadosas y dulces que he conocido' era positivamente amada de cuantos la conocían, y su casa podía presentarse como modelo de lujo, de elegancia y de hospitalidad perfecta; se seguía en todos sus ápices la moda sin ostentación, ni de un modo afectado, y la mesa de Trigueros, como la del conde de la Cortina, Fagoaga y Maalvon, podían presentarse como translado embellecido de la civilización europea. Las hijas del Sr. Trigueros, Margarita, Petra y Teresa, eran adorno como otras jóvenes de la mejor sociedad de aquellos tiempos.
I lasta aquí dejó escritas, verdaderamente en borrador, sus interesantes Memorias el Sr. D. Guillermo Prieto. El desorden en que él tenía habitualmente sus papeles y la manera de hacer sus apuntamientos, dificultaron mucho la coordenación de ellos, quedando algunos puntos dudosos y alguna que otra imperfección, que el inteligente lector fácilmente notará. Algo se habría subsanado, introduciendo mies ajena; pero eso, ni yo lo habría hecho, ni la señora su viuda lo habría permitido,antes bien recomendó lo contrario.
Los * Viajes de orden suprema,» continuación ó complemento de estas Memorias, se publicarán próximamente, completándose, hasta donde sea posible, con otras hojas manuscritas que últimamente han aparecido, y contienen narraciones de los sucesos acaecidos hasta fines del año 1876.
La señora viuda del popular Fidel quiso honrarme entregándome todos los manuscritos de su finado consorte, y dejando á mi arbitrio todo lo concerniente á su publicación. El laborioso é inteligente editor, Sr.
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Raoul Mille, representante de la casa «Viuda Bouret» en México, me ofreció todos sus recursos para ello, y así auxiliado lie llevado á buen término mi comisión. Son mis deseos haberla desempeñado á gusto de mis favorecedores y del público en general.
Di:. N. León,
Profesor de Etnología en el Museo Nacional.