Memorias de un oficial del ejército español: campañas contra Bolívar y los separatistas de América · Capítulo real 3 de 9

CAPITULO V

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 26 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

CAPITULO V

LA TOMA DE CARTAGENA

El día 28 me encargó el general de la compañía de Cazadores de mi regimiento, en tanto que yo permaneciese allí, pues no tenía más que un subteniente; el capitán y demás oficiales estaban enfermos en Ternera.

Al tomar posesión de aquella compañía, noté que tenía sólo de 55 á 60 plazas; todos los demás soldados estaban en el hospital. Lo mismo acontecía con los otros Cuerpos expedicionarios, la mitad de cuyo personal era víctima de atroces padecimientos físicos. El batallón que más gente tenía no pasaba de 400 á 500 plazas.

Comí varias veces con el general, mi tío y el general Montalvo, nombrado virrey de Santa Fe, que acababa de llegar de la Habana.

El día 29 ordenóme el general en jefe pasase á reforzar el punto llamado Cospique, inmediato á la bahía, en donde no había más que una compañía de los negros de Morales, pertenecientes al regimiento del Rey, que mandaba el capitán D. José Baussá. Allí nos mantuvimos observando los movimientos del enemigo, que estaba posesionado de un fuerte ó reducto situado á orillas del muelle, junto al arsenal. Estaban en poder de los nuestros los castillos de la boca del puerto, lo cual nos daba la ventaja de poder hacer fuego á las piraguas que cruzaban la bahía.

El día 2 de Diciembre llegó allí el general en jefe, se-

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guido del general Enrile, comandante de ingenieros Irauli, los ayudantes, unos veinte húsares al mando del capitán Santander, y otros tantos artilleros, dirigidos por el oficial Ortega. Tratábase de situar allí el cuartel general, para proteger los buques, que harían lo posible por forzar el puerto, á fin de hacer más efectivos sus fuegos sobre la plaza. Pero un movimiento del enemigo hizo innecesaria la realización de este proyecto.

A las siete de la mañana del día 4 notamos que unos 80 ó 90 insurgentes, sin duda para intentar hacerse de víveres, pues estaban muertos de hambre, salieron del reducto que teníamos delante, y se internaron en el mangle.

Estábamos sobre la azotea de una casa de Cospique tomando café con el general en jefe, cuando le avisaron de la avanzada, la operación del enemigo. Mi tío Enrile los reconoció con su anteojo y dijo que no pasarían de cien hombres.

— Pues vaya usted á batirlos, Sevilla, con su compañía— dijo Morillo. — Es preciso hacerlos replegar á todo trance. Que Santander y Ortega monten á caballo y estén listos con su gente para proteger la operación si fuere necesario su apoyo.

Sin detenerme un minuto, dejé mi taza sobre la mesa, hice un saludo y bajé corriendo. El bizarro subteniente García, alarmado con la nueva, ya tenía formada la compañía.

— Compañía — dije — : todo el cuartel general nos está mirando; hoy es un día de gloria para nosotros si sabemos portarnos con valor, ó día de baldón y ludibrio si no procedemos como dignos y esforzados adalides de la causa española.

— Aquí no hay uno que no esté dispuesto á dejarse hacer pedazos antes que retroceder delante de su general— dijo el sargento primero, que era un veterano trigueño, de grandes bigotes y curtido por el sol de las campañas que había hecho con Morales.

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Entonces di las voces de mando y nos precipitamos como perros de presa por aquellos intransitables manglares.

El enemigo, desplegado en guerrilla, se mantenía firme haciéndonos un fuego nutrido y certero que dejó sin vida á un soldado é hirió á un sargento segundo.

— ¡Calen bayoneta y á ellos! — dije sin detenerme á recoger los que habían caído.

Al ver los insurgentes que bajábamos á toda carrera con ánimo decidido de trabar la lucha cuerpo á cuerpo, salieron de la emboscada y principiaron á pronunciarse en retirada hacia el fuerte, yéndoles nosotros á los alcances y cruzando con ellos los fuegos.

Empero, no penetraron en el reducto de donde habían salido, sino que continuaban hacia la plaza.

Los soldados, ciegos de entusiasmo, trataron de hacer lo mismo.

— Alto — grité — ; es un lazo: tratan de acercarnos al punto donde estarán escondidos batallones enteros para destrozarnos. Nadie rebase el fuerte. Vayan ocho hombres á reconocerlo al mando del primero.

Ya firmes, el hombre de los bigotazos llamó por sus nombres á ocho números de los más intrépidos y se acercó audazmente al fuerte, penetrando en él como Pedro por su casa.

— ¡Bárbaros! — me dijo al oído el alférez — , se han metido en la boca del lobo; los van á hacer trizas.

Pero con sorpresa nuestra, vimos á los cinco minutos al primero asomarse por una tronera alta, haciéndonos señas de que nos acercásemos.

Corrimos al trote, entramos, y nos convencimos de que no quedaba un solo defensor útil en el fuerte; únicamente encontramos acostados en sus camas á una veintena de hombres, lívidos y demacrados, que estaban casi al expirar de necesidad.

Observado que hubo el general Morillo que nos habíamos apoderado de la casa fuerte, mandó á los húsares

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á toda carrera, los cuales, pasando como un relámpago por delante de nosotros, alcanzaron á la guerrilla enemiga, que iba en retirada, y la acosaron y diezmaron hasta la primera línea, de donde retrocedieron los nuestros á reunirse con nosotros.

Un cuarto de hora después, se me presentó el ayudante Navas con 40 hombres de refuerzo, mandados por un oficial negro, del Rey, diciéndome de orden del general, que nos hiciésemos firmes allí y que á todo trance sostuviésemos la posición, cualquiera que fuese el número de los que nos atacasen.

Yo dispuse que se estableciesen varios escuchas medio enterrados en la arena y ocultos por el ramaje que había del lado de la ciudad sitiada.

El general se retiró á las líneas, y al obscurecer nos mandó porción de carne salada, galleta y queso de Flandes, lo que devoramos, pues nada habíamos comido en todo el día, no sin ofrecer algunos pedazos á aquellos de los enemigos enfermos que podían tragar, que eran pocos, y de éstos algunos murieron al probar el primer bocado.

El 5 de Diciembre, á las diez de la mañana, varios piquetes de nuestro ejército pasaron por delante de nosotros casi en desorden, tan apresurados iban, en dirección á la plaza.

Por los detalles que recogí después, y que apunté cuidadosamente en mi cartera, puedo referir lo que entonces pasó, que fué en verdad el suceso más extraño que haya podido ocurrir en una plaza de guerra tan fuerte como la de Cartagena de Indias, la primera sin duda de todas las del Nuevo Mundo.

La orden de acercarse aquellas escasas fuerzas con objeto de hacer un reconocimiento, se había dado de repente para que no trascendiese la noticia á la plaza.

Por eso varios de los soldados que vimos cruzar iban vestidos como de cuartel, llevando algunos los fusiles desarmados por estarlos limpiando cuando se les mandó salir, y los más sin haber cargado los suyos.

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El teniente de húsares D. Andrés Jesús, que estaba de avanzada, observó que la puerta de la primera línea estaba abierta.

Entonces mandó un húsar á avisar á las demás avanzadas lo que sucedía, á fin de que, sin perder tiempo, se acercasen por el mismo camino á la plaza, y le ordenó que llegara hasta el cuartel general á darle parte verbal á Morillo de esta novedad.

En seguida púsose en marcha al trote con el resto de los húsares, y tuvo la temeridad de entrar por la puerta, en la que no encontró á nadie que le opusiese resistencia.

Al llegar á la segunda línea advirtió que corrían los sitiados á la muralla y se apercibían á defenderla, empezando por cerrar las grandes y oxidadas puertas con estrépito.

El teniente, con imperturbable sangre fría á la vista de las mechas encendidas y preparadas para aplicarlas á los cañones, y los millares de fusiles que le apuntaban, á la vez que una voz de mando se le daba el alto, mandó tocar al corneta la señal de parlamento.

— Valerosos ciudadanos — gritó entonces el teniente Jesús, aplicándose las dos manos á la boca á guisa de bocina — ; valerosos ciudadanos, no os opongáis á mi entrada; abridme las puertas con toda confianza, que vengo de paz á tratar asuntos tan convenientes á la ilustre República de Colombia, como al gobierno del Rey mi señor.

Inexplicable parece lo que sucedió; pero es un hecho que le abrieron las puertas.

El ofícial penetró en la plaza repartiendo cuchilladas á diestro y siniestro sobre los que intentaban cerrarlas.

Apenas hubo lucha, porque á los pocos minutos se presentó allí nuestra caballería y detrás la infantería.

Los rebeldes estaban sin jefes: el titulado general en jefe, Bermúdez, el mismo que había huido de la Margarita, se había fugado por la noche de Cartagena, llevando consigo todos los cabecillas principales (excepto al general Castillo), alguna tropa escogida y un rico botín.

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Nunca se pudo averiguar cómo logró que las tres goletas en que hizo esta operación consiguiesen pasar á través de nuestra escuadra sin ser vistas. Con esta evasión, que efectuó sin que lo supieran sus partidarios hasta que se vieron solos sin general que los mandara y sin nadie que los proveyera de víveres, de que tenían extrema necesidad, se comprende que se hubiese apoderado de ellos el desaliento y la confusión.

Sólo así, hambrientos y comprometidos, fué posible que hubiesen dejado entrar al teniente Jesús en una plaza inexpugnable en que mil hombres pueden hacer frente á cien mil durante muchos meses.

Hacía pocos días que fueran arrastrados por la ciudad y fusilados bárbaramente todos los prisioneros españoles que los insurgentes tenían en Cartagena. Todos creíamos que el castigo correspondería al crimen y á la obstinación de los rebeldes. Pero nunca como en el momento de penetrar nuestro ejército en aquella ciudad contumaz, se vio más de bulto la magnanimidad española.

Morillo había mandado sus oficiales de Estado Mayor á prevenir á todos los jefes de cuerpo que no se hiciese daño, ni se maltratase á vecino alguno que no opusiese resistencia; únicamente debían de exigir la entrega de las armas bajo pena de muerte.

No era menester esta amenaza para hacérselas entregar á los insurrectos de Cartagena, pues no podían con ellas; no eran hombres, sino esqueletos: hombres y mujeres, vivos retratos de la muerte, se agarraban á las paredes para andar sin caerse; tal era el hambre horrible que habían sufrido.

Veintidós días hacía que no comían otra cosa que cueros remojados en tanques de tenería. Mujeres que habían sido ricas y hermosas, hombres que pertenecían á lo más granado de aquel antes opulento centro mercantil de ambos mundos, todos aquellos, sin distinción de sexos, ni de clases, que podían moverse, se precipitaban, empujándose y atropellándose, sobre nuestros soldados, no para

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combatirlos, sino para registrarles las mochilas en busca de un mendrugo de pan ó de algunas galletas.

Ante aquel espectáculo aterrador todos nuestros compatriotas se olvidaron de que aquéllos eran los asesinos de sus compañeros, y no sólo les dieron cuantos artículos de comer llevaban sobre sí, los que devoraban con ansiedad aquellos desgraciados, cayendo muchos de ellos muertos así que habían tragado unas cuantas galletas, sino que se improvisó rancho para todos y sopas para los que no podían venir á buscarlas. Indescriptible es el estado en que encontramos á la rica Cartagena de Indias. E! mal olor era insoportable; como que había muchas casas llenas de cadáveres en putrefacción.

Aquella noche la pasamos en la plaza. El grueso de nuestro ejército no entró hasta el siguiente día, 6 de Diciembre. El reducto que yo había ocupado quedó con un sargento y 16 soldados.

Las armas que había nos fueron entregadas sin dificultad. Pero los cañones, en número de más de 1.000, habían sido clavados y la pólvora derramada en los pozos y cisternas.

Yo me alojé con mi compañía en la casa de los Toledos, abandonada, donde se había puesto preso al general insurgente Castillo, émulo de Bolívar.

Yo me fui con mi asistente, el tío Pedro, á la casa inmediata, cuyos patrones se comieron cuantos víveres llevaba aquél en el morral.

Lo primero que dispuso el general Morillo, una vez en la plaza, fué que por la tropa y los pocos paisanos que pudiesen trabajar se abriese una gran zanja y se enterrasen en ella aquellos montones de cadáveres que infestaban la población.

Muchas carretadas llenas de ellos se sacaron de las casas, depositándolos en la fosa común. Pero por grande que fué el zanjón que se hizo, no pudo contenerlos á todos, y hubo que llevar muchos en piraguas, con piedras atadas al cuello, para arrojarlos al mar.

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El cirujano mayor mandó poner una vaiija en cada casa de donde se habían sacado muertos con varios ingredientes de fumig-ación para desinfectar aquellas habitaciones antes espléndidas y entonces tan asquerosas. La ciudad se cubrió con el humo que sah'a de aquellos sahumerios.

El día 7 entró el resto de la tropa, que había estado guarneciendo los pueblos inmediatos.

La artillería se desclavó con mucha facilidad, cargando los cañones y dejando un reguero de pólvora hasta la boca, por la que se les daba fuego con un estopín, y al tener lugar la explosión, saltaba el clavo y quedaba útil la pieza.

Por una correspondencia sorprendida sabía el general Morillo que de un día á otro se esperaba allí una gran remesa de provisiones de Jamaica y otros puntos, que los simpatizadores habían de traer á los insurgentes en buques veleros capaces de burlar el bloqueo.

Dio, pues, orden á la escuadra, de acuerdo con Enrile, de que se conservase en su puesto, como si continuara el sitio, y que si se presentaba algún buque fingiesen los nuestros que le daban caza, dejándole escapar hacia el puerto. Igualmente dispuso que se siguiese enarbolando en los castillos la bandera colombiana.

Este ardid produjo su efecto. Al tercer día penetraron en el puerto 13 buques con ILOOO barriles de harina y una inmensidad de otros bastimentos, los que fueron confiscados por el general Enrile.

Si, pues, hubiésemos tardado tres días en tomar la plaza, no se hubiera tomado nunca. No hay ejército que haga rendir á Cartagena sino por hambre.

Cuando hubo transcurrido el tiempo necesario para suponer que ya las goletas rebeldes fugadas habrían hecho pública por todas las colonias la ocupación de Cartagena, penetró la escuadra en el puerto y se izó el pabellón nacional en los edificios públicos.

No tardó mucho en saberse allí que unos cruceros nuestros habían apresado dos de las goletas que se ha-

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bían escapado. Recuperamos, pues, gran parte de las riquezas robadas, entre ellas la valiosísima custodia que regalara Santa Fe á Cartagena; pero no pudo ser habida la goleta que conducía á Bermúdez y sus cómplices.

Grandes sacrificios costó á España la toma de Cartagena. Desde que salió la expedición de Puerto Cabello, hasta el memorable 5 de Diciembre, hubo en el ejército 1.825 bajas de peninsulares y 1.300 de soldados del país; total, 3.125 hombres, entre muertos de enfermedad, de bala, heridas y desertores. La mayor parte de las defunciones fueron causadas por las picadas de los mosquitos zancudos de las ciénagas, las cuales producían unas llagas gangrenosas en las piernas, que causaban la muerte si no se hacía muy pronto la amputación de dichas extremidades. También abundaron mucho entre los sitiadores las disenterías escorbúticas.

CAPITULO VI

EN MARCHA

Propúsome el general, estando comiendo el 15 de Diciei.ibre, me quedase en el ejército que iba á operar en el nuevo reino de Granada, ó bien que regresase á Caracas, si lo prefería.

Naturalmente opté por acompañar al ejército, que se aprestaba á emprender una campaña ruda y difícil. En virtud de esta determinación, fui nombrado ayudante del cuartel maestre general.

A principios de Febrero supimos las victorias que habían alcanzado algunas columnas nuestras que maniobraban en el reino de Santa Fe, habiendo cogido un batallón prisionero, formando en Jamaica, de mulatos y negros, con sus dos jefes, hijos del teniente de rey de Puerto Rico.

También supo Morillo que el coronel Calzada, después de haber atravesado triunfante los llanos de Venezuela, esperaba se atacase por la parte de Cartagena, para poner en grande aprieto á los insurgentes.

El día 16 de Febrero de 1816, púsose en marcha el ejército, y con él yo, montado en un magnífico caballo que me había regalado el tío Pascual, y conduciendo mi equipaje en una muía que me había dado el general en jefe.

Atravesamos los pueblos de Turbaco, Mahatés, San

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Cayetano, San Juan, el Carmen, Oveja, Monoa, Buenavista y Macagile. Al llegar á este punto el 27, sentimos tiros á orillas del Magdalena en la parte donde se une con el Cauca.

Corrimos hacia allá varios ayudantes con algunos húsares y encontramos al capitán Anizgue, sus asistentes, el alcalde del pueblo y unos cuantos paisanos que se tiroteaban con unos 40 ó 50 rebeldes que se habían apostado en la banda opuesta para estorbar el paso al cuartel general.

Temiendo que se apoderasen de las canoas, los nuestros no se habían atrevido á intentar el paso. Pero nosotros, á pesar de lo ancho y profundo del río en su confluencia con el otro, nos embarcamos, llevando los caballos del diestro, sin hacer caso de las balas.

Al llegar, abrimos el fuego unos mientras otros montaban.

Los insurgentes emprendieron la fuga, no sin recibir algunas cuchilladas de ios húsares, que alcanzaron á varios.

El día 28, marchando hacia Talaigua, entre seis y siete de la mañana, el coronel Santa Cruz, un cabo, cuatro húsares y yo, que íbamos delante, observamos que de una quebrada, á mano derecha, salía humo.

Nos dirigimos y dicho punto, y, ocultos por el ramaje, percibimos á cinco insurgentes: tres descuartizaban un cabrito, y dos dormían como lirones. Avanzamos sobre ellos, cogiendo á estos últimos y á uno de los despiertos, que hizo resistencia aputándonos con su fusil, por lo que fué muerto por el cabo.

Volvimos á reunimos con nuestro grupo, llevando con nosotros á los dos prisioneros.

El día 29 llegamos á la ciudad de Mompox, poética población que está situada en una isla que forman los dos brazos del río Magdalena. Todos aquellos contornos estaban infestados de insurrectos.

La división no podía continuar más sin limpiar el terreno, por lo que resolvió el general en jefe fijar allí su re-

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sidencia durante unos cuantos días, para distribuir convenientemente sus columnas, á fin de dejar los caminos que estaban interceptados, abiertos hasta Ocaña, como así se verificó, g-racias á la buena dirección de ios generales, á la pericia de ios jefes y al valor de los soldados.

Había en Mompox una espléndida y grandiosa casa, mejor dicho, un palacio, morada de ia marquesa de Santa María, donde fué alojado el general Morillo con su cuartel general y ia oficialidad toda.

La marquesa era una de esas mujeres varoniles que llaman la atención por su garbo y hermosura.

Joven todavía, pues lo mismo podría tener treinta que cuarenta años, había quedado viuda y dueña de una fortuna inmensa.

No pocos oficiales, cuando venían de sus oficinas ó de tirar balazos á los cocodrilos del río, á sentarse á la mesa, con la desenvoltura propia de su oficio, solían clavar sus ojos exploradores en los negros y rasgados de aquella milionaria, que podía sacar á uno de trabajos. Pero ella se mostraba altiva é inabordable. Al general en jefe lo trataba como una reina á uno de sus subditos.

Con nosotros iba un cadete del regimiento de Granada, joven tímido, pero muy buen mozo. La opulenta viuda le echaba á veces unas miradillas disimuladas, que todo el mundo notó, menos el interesado, que era tal vez el único á quien nunca se le había pasado por la imaginación dirigirla una galantería.

El 17 de Marzo, al despedirse el general de aquella dama, pues partíamos á la mañana siguiente, la hizo mil ofrecimientos y le manifestó de una manera expresiva su gratitud, por la generosa hospitalidad que le habíamos merecido.

— Eso no vale nada, general — le contestó ella — ; pero ya que usted se muestra tan galante, voy á aceptar sus servicios pidiéndole á usted un favor.

— ¡Cómo! ¿Seré yo tan feliz, marquesa, que pueda servirla de algo?

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— Sí, señor; y mi súplica le va á parecer á usted extraña. Para no sufrir un desaire, que me sería bochornoso y sensible, después de formulada mi petición, necesito que usted me prometa acceder á ella de antemano.

— Está concedida, señora; tiene usted mi palabra.

— Pues dé usted la licencia absoluta al cadete N.

Morillo quedó desconcertado:

— Pues qué, marquesa — le preguntó, después de una pausa — ¿lo necesita usted para mayordomo?

— Lo necesito para marido — dijo con la mayor frescura la gallarda mujer.

— Señora marquesa — interpuso el comandante de húsares, don Manuel Villavicencio — , le suplico no se burle de ese pobre muchacho; es mi amigo, y me está recomendado por su padre.

— No me burlo, caballero; y la prueba es que le invito á usted á que sea nuestro padrino de casamiento esta misma noche.

— ¡Pues no parecía bobo el mozo que con tal sigilo hizo tan envidiable conquista! — exclamó Morillo, medio vuelto de su asombro.

— Está usted equivocado, general — rectificó la dama. — Ni me ha escrito, ni me ha dicho una palabra. Pero hace días que á mí me ha entrado el capricho de casarme con él, y todo lo he preparado en secreto, para despedirles á ustedes con la agradable sorpresa de una boda.

— ¿Y si él no consintiese? — preguntó Villavicencio.

— No se me había ocurrido todavía que ningún hombre pudiera hacerme la injuria de rechazar una mano que á muchos, en mejor posición que ése, he negado. Pero llámele usted, y saldremos de dudas.

Villavicencio salió, y á los cinco minutos volvió con el cadete. Este, que sin duda había sido informado de todo por su protector, estaba colorado como una amapola. El, parecía la niña, y ella el hombre.

— Joven — le dijo la marquesa — , le he elegido á usted para esposo mió.

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El general está pronto á darle á usted la licencia absoluta y Villavicencio á servirnos de padrino esta misma noche. ¿Le conviene á usted el negocio? Sí ó no: no me gusta gastar el tiempo en amoríos. Ya pasó esa época para mí.

— Señora — balbuceó el favorecido— se me figura que estoy soñando. Tanta felicidad para mí me parece imposible.

— General, estamos arreglados. Extienda usted la licencia é invite usted á todo el mundo á la boda, sin omitir á los soldados, para los que haré poner mesa aparte.

En efecto, aquella noche tuvieron lugar sus nupcias^ La marquesa tiró la casa por la ventana. Entre otros magníficos regalos que hizo, dio 200 caballos de sus haciendas del valle de Opar al comandante Villavicencio para la remonta de sus húsares.

El 18, por la mañana, continuamos nuestra marcha, habiendo tardado siete días en llegar á Ocaña, pintoresca villa situada á cinco leguas de Barraquilla.

Pululaban por sus alrededores varias partidas de rebeldes, que el brigadier Morales destruyó en pocos días con sus valientes compañías del batallón del Rey, compuestas de aquellos zambos temibles, que habían inmortalizado á Boves.

Dicho Sr. Morales había cogido prisioneros á los dos hermanos Caraballo, el uno, cerca de Mompox, que falleció en el camino, de disentería, y el otro, llamado Fernando, que había sido gobernador de Ocaña y el alma de las citadas partidas insurgentes, fué juzgado y pasado por las armas en la misma villa.

Allí supimos la memorable batalla de Cachiri, ganada por la columna de cazadores expedicionarios, al mando de D. Matías Escuté, por el batallón de Numancia, de que era comandante D. José Tolrá, y por algunas otras tropas.

Mandó esta acción, como jefe superior, el coronel Calzada. No sé si el cálculo ó la casualidad hizo que se re-

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unieran todas aquellas fuerzas en el punto en que tan bri liante victoria alcanzaron.

El caso fué que poco antes del combate se habían encontrado allí marchando el primero hacia nosotros y el otro, en sentido inverso, como que venía de Venezuela para Cartagena. El enemig-o tenía sobre cinco mil hombres bajo la dirección del general Rovira, los cuales se hicieron fuertes á favor de varios parapetos en un cerro inaccesible, que tenía más de una legua de pendiente, y estaba, además, protegido por el río Cachiri.

La segunda compañía de Numancia, primera que penetró en la trinchera exterior, fué pasada á cuchillo; pero Calzada, poniéndose delante de las demás, que vacilaron un tanto:

— Muchachos — gritó — , á vengar la muerte de nuestros compañeros; y aqjella reducida división se precipitó como un rayo dentro de los parapetos, y cara á cara, hierro á hierro, hicieron huir al enemigo, que fué destrozado en su fuga por nuestra escasa caballería, quedando las márgenes del río, la altura y la cuesta cubiertas de cadáveres.

Casi al mismo tiempo el brigadier la Torre se apoderaba de la provincia de Tunja, y corriéndose hacia el Socorro, había tomado el mando de la división que se acababa de cubrir de gloria en Cachiri, y que acorralaba al enemigo hacia el Puerto Rea!.

Como el general Morillo se ocupaba en esperar el resultado de las operaciones que había hecho emprender sobre el Chocó, le fué forzoso detenerse en Ocaña más tiempo del conveniente.

A fines de Abril resolvió dividir en dos partes el Cuartel general, para poder atravesar mejor aquellas extensas soledades, que se extienden entre Ocaña y Santa Fe, por cuyos accidentados senderos no habían pasado hasta entonces más que las fieras y algún llanero audaz.

En efecto, el 30 me puse en marcha, formando parte del primer grupo, que se componía de unos 80 hombres,

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entre infantería, caballería y asistentes. íbamos á las órdenes del teniente coronel de ingenieros Gayuso, los ayudantes Aviles, Caparros, Rufino y yo; también nos acompa'íaba el asesor general del ejército.

El último pueblo que habíamos de ver en muchos días era el de la Cruz, á siete leguas de Ocaña; pero, privados de guías, nos extraviamos, y aunque habíamos salido á las seis de la mañana, no pudimos llegar hasta las dos de la madrugada siguiente, y eso por la casualidad de haber oído el ladrido de un perro en medio de los bosques en que vagábamos.

Ya en la Cruz, lo primero que hicimos antes de saciar nuestro apetito, que era mucho, fué apoderarnos á la fuerza de un paisano que nos guiase por el vasto desierto en que íbamos á internarnos.

Tres horas no más descansamos. A las cinco ya estábamos en camino, y á las seis de la tarde llegábamos á un punto por donde corría un arroyo. Los páramos que se presentaban á nuestra vista eran imponentes. Ni árboles, ni yerba para los caballos nos ofrecía aquel suelo calcinado.

Afortunadamente, llevábamos maíz para los caballos y comestibles para nosotros. La lluvia caía á torrentes; para ampararnos de ella, plantamos nuestras tiendas; comimos de fiambre, pues no era posible encender fuego, y dormimos apretados como sardinas. A las cuatro de ¡a mañana nuestro guía empezó á llamarnos á voces.

— ¿Qué pasa? — preguntó el jefe.

— Que si no se ponen ustedes inmediatamente en camino, no llegarán al único sitio en que hay agua con que beber y cocinar. Cada jornada tiene su punto de descanso, que no se puede cambiar sin exponerse á pasar mucha sed.

Puesta en movimiento nuestra caravana, cruzamos sierras interminables, caminos resbalosos, zanjas profundas que había abierto el agua; y en todo esto no veíamos vegetación ni señal alguna de vida: sólo el silencio y la

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nada reinaban en aquel desierto incomensurable, que parecía un mar petrificado. El 2 acampamos en un punto llamado Paico.

Allí, como en los días siguientes, clavamos nuestras tiendas en una eminencia; los asistentes construyeron un bohío, gracias á un bosquecillo que había, oasis muy raro en aquellos páramos; después encendieron candela para hacernos un mal rancho.

Por la mañana, al proyectarse el sol sobre nuestras tiendas, extendíase la sombra de nuestras ambulantes habitaciones, dándoles el aspecto pintoresco de una caravana árabe. El 5 no conseguimos llegar al punto determinado por el guía, y pernoctamos en un sitio llamado Ramírez, donde no había más agua que la que podíamos recoger con cucharas en las pisadas de caballo, de la cual bebimos é hicimos unas sopas de galleta.

Pero á una legua de allí tuvimos el placer de encontrar una casita vieja abandonada, de barro y madera, que nos pareció un palacio de hadas en aquellas alturas. Los caballos estaban desfallecidos, nosotros muertos de fatiga; era preciso descansar, y resolvimos quedarnos allí unos días.

Pero el día 9, á eso de las diez, oímos una gritería salvaje, que habría parecido de fieras á no ser por algunos tiros que la acompañaban, y cuyos proyectiles chocaban contra el edificio que nos servía de albergue.

Descuidados como estábamos en nuestras ocupaciones de campamento, y viéndonos sorprendidos, nos lanzamos en confusión á las armas, cogiendo cada oficial un fusil y otros tantos soldados un sable, y hasta hubo quien, no hallando á mano otra cosa, se armó con el hacha de cortar la leña.

Abrimos las ventanas para hacer fuego, y vimos que el enemigo, en número de más de cien hombres, trataba de apoderarse de nosotros, como ya lo había hecho de dos soldados que habían quedado distantes, á quienes habían degollado en el acto.

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Rompimos un fuego nutrido, que los contuvo en su avance, pero no retrocedieron.

— Entregaos — nos gritaban — , ó sois muertos.

Les contastamos redoblando el fuego, pero ellos eran más en número que nosotros y tenían cartuchos; á nosotros se nos estaban agotando los nuestros. Según iba aflojando nuestro fuego, iban los insurrectos acercándose y tratando de rodearnos.

La resistencia no podía durar, pero entregarnos equivalía al suicidio.

¿Qué hacer? Deliberamos un momento los jefes y oficiales. Todos convinimos en que no nos quedaba otro recurso, faltos de municiones como estábamos, que emprender la retirada, abandonando caballos y equipajes y llevando cada uno encima los víveres que pudiera.

De pronto los rebeldes detuvieron un poco el fuego; después nos hicieron una descarga cerrada y volvieron la espalda, empezando á trepar más que de prisa por la cuesta de que habían bajado.

¿Cómo se había verificado aquel milagro?

Pronto nos lo explicamos; nos llegaba un refuerzo de treinta á cuarenta zapadores y unos quince artilleros, á las órdenes del comandante general de ingenieros Irauli y del mayor Arce, quienes, habiendo oído los tiros desde medio día, apresuraron el paso.

Excusado es manifestar que recibimos con los brazos abiertos á nuestros libertadores. Se conoce que aquella partida era bisoña, cuando no nos causó más que la muerte de dos hombres, tres caballos y una muía, pudiendo, á lo menos, habernos dejado á pie.

Aquella misma noche habían dormido y pasado el día en el camino dos cargas de dinero en oro por haberse muerto las bestias que las traían é ir las demás cargadas de lo mismo y de otras cosas aún más necesarias que el metálico.

La columna que nos auxilió no había podido recoger aquellos caudales por la prisa con que venía y la escasez

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de caballerías; pero retrocedió el comisario Martínez con una escolta á recocer los fondos y no pudo reg'resar hasta las seis de la mañana del día 10. No teniendo modo de llevar dicho dinero, se repartieron dos pagas adelantadas á !a tropa, para devolverlas si el general en jefe así lo disponía, y el resto se distribuyó entre los jefes y oficiales, bajo la misma condición.

A las ocho de la mañana continuamos nuestra marcha, sin poder adelantar más que cuatro leguas; dormimos al pie del gran páramo de Cachiri, en un sitio llamado el Carbón, donde construímos á toda prisa un rancho para guarecernos del insoportable frío que hacía. La helada ventisca que soplaba impidió á nuestros ateridos asistentes hacer la comida.

El 11 empezamos á trepar el gran páramo, en medio de una densa neblina que impedía que se viera un hombre á diez pasos de distancia. A uno y otro lado del sendero que seguíamos había unos precipicios espantosos.

Por ellos lanzábamos á cada momento los caballos muertos que, en número de unos 60, encontramos interceptándonos el paso. Una muía de un hojalatero que se había unido con nosotros para instalarse en Santa Fe, se despeñó con todos los chismes que llevaba, haciendo mucho ruido, con harto sentimiento de aquel infeliz, que con el animal perdió cuanto poseía. ,

A las tres de la tarde descendíamos ya de aquellas altísimas cordilleras, cuyas cumbres, desde lejos, parecen tocar al cielo. Entonces se presentó en lontananza ante nosotros el río de Cachiri.

Hora y media después estábamos en el sitio famoso en que había tenido lugar la batalla. Dos casitas, en que nos alojamos, estaban acribilladas á balazos.

El hedor que exhalaban los insepultos cadáveres que yacían en derredor era insoportable. El 12 por ia mañana empezamos á trepar la empinada cuesta en que estaban los parapetos. La margen del río, la extensa pendiente y el llano, todo aquel terreno escabroso, que tardamos casi

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todo el día en atravesar, estaba cubierto de muertos en putrefacción, de caballos en el mismo estado y de prendas de un ejército destrozado.

Las aves de rapiña cerníanse ominosas sobre aquel cementerio al descubierto. ¡Oh, cuántas madres, cuántas esposas tendrían arrojados como perros en aquel campo á los pedazos de su amor! ¡Felices los pueblos que no han sido visitados por esa calamidad que se llama guerra! jDesgraciados aquéllos en donde esta furia impera!

El 13 ya un ambiente más puro, más balsámico, vino á reanimar nuestros pechos.

Era que llegábamos al extremo de la montaña, gigantesca derivación de los Andes. A nuestra vista, desde aquella empinada altura, extendíase una comarca llana y fértil, tierra de promisión que hacía catorce días que, peregrinos en aquel áspero desierto, buscábamos con afán.

Pasamos la noche en el miserable pueblo de Cacota de la Matanza, donde encontramos ya algunos comestibles y habitantes. El 14 de Mayo emprendimos la bajada, que tenía seis leguas, y pernoctamos en una hacienda abandonada llamada "Corral de las piedras".

A la mañana siguiente tuvimos que atravesar el Torrente del Corregidor en taravitas. Las taravitas son unas canastas de cuero, á guisa de baúles, del tamaño de un baño, pendientes de unos ganchos de madera que se deslizan de una banda á otra, sobre unos cables paralelos, también de cuero, que están fijos en los dos lados de los ríos, invadeables por lo profundos é impetuosos y por la altura de los barrancos.

Esto explicado, el pasajero se mete en aquella especie de cuna: un hombre le da un fuerte empujón y la taravita corre con espantable velocidad hasta el centro del río, parando en el punto en que se forma el seno de los cables y quedando á una altura de la superficie del río no menor de 50 varas. Entonces, si el pasajero echa una mirada al abismo en que mugen las aguas como fieras que aullan por tragarse su víctima, corre grave riesgo de su-

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frír un desvanecimiento de cabeza y caer: lo mejor es mirar siempre hacia arriba.

Una vez en ei medio, otro hombre que está en el barranco opuesto, tira de una cuerda y se verifica la ascensión con tanta lentitud como rápido fué el descenso.

Llegado á la otra banda, queda el transeúnte en salvamento. Por este medio, más propio para monos que para seres humanos, tuvimos que pasar el río dos á dos, y lue- §fO los equipajes y bagaje. Los caballos fueron pasados á nado.

Para esta operación escogimos nadadores consumados, que se tiraban al río á caballo, en pelo, y que venían á salir una milla más abajo, no sin perder algunos animales. Tanto nos detuvo este paso penoso, que sólo cuatro leguas pudimos hacer en la jornada del 15.

Pernoctamos en Bucaramanga, donde se nos auxilió con algunos bagajes. El 16 entramos en el magnífico valle del mismo nombre, el cual ofrecía al fatigado viajero del desierto un espectáculo poético y conmovedor. En efecto, el contraste era demasiado brusco para que hasta el más rudo soldado, el más insensible á las bellas escenas de la naturaleza, no sintiese la poesía que aquella feracísima comarca respiraba.

El valle era tan vasto que no se le veían otros límites que el cielo azul que se posaba en el horizonte. Hermosas casitas blancas, cuyas chimeneas despedían un humo diáfano y ligero, que se perdía en el espacio como el incienso de cien familias felices que se elevara al Empíreo, verdes campiñas cultivadas en lontananza, infinidad de ganados pastando, varios labriegos siguiendo el tardo caminar de los bueyes, multitud de personas de ambos sexos pintorescamente vestidas mirándonos desde las cumbres de sus colinas ó desde las puertas ó balcones de sus casas, no sin recelo, de que fuésemos á perturbar sus tranquilos hogares; árboles gigantescos ostentándose en todo su lujo primaveral; éste era el cuadro grandioso que contemplábamos.

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La tea abrasadora de la guerra civil, con su cortejo de asesinatos, desolaciones, violaciones y saqueos, no había posado su destructora planta en el valle, dichoso hasta entonces, de Bucaramanga.

El jefe que nos mandaba, después de haber recorrido con la vista aquel bellísimo panorama, nos reunió en un grupo, y como si hubiésemos penetrado en un templo, nos dijo:

— Aunque no es menester hacer esta clase de recomendaciones á honrados soldados españoles, no estará de más que os advierta que no he de consentir que nadie dirija una palabra atrevida á una mujer, que nadie se acerque á ninguna de estas felices familias sin mi permiso, que nadie toque ni una fruta, ni un ave casera. Quiero que en ningún tiempo pueda decirse, por culpa mía, que el ejército español haya ultrajado ni vejado, ni expropiado á un solo americano que viva en paz, dedicado á sus tareas cotidianas. Si algún día desaparece este oasis á impulsos de la revolución, como han desaparecido otros muchos, caiga sobre la conciencia de los ingratos que han perturbado estos países privilegiados toda la responsabilidad; no sobre la nuestra, que tenemos la misión de devolver la paz á las infortunadas comarcas que, por la ambición de algunos de sus hijos, han perdido.

Era realmente inútil esta hidalga advertencia. Aquel valle nos recordaba á todos nuestra niñez tranquila y nos inspiraba respeto la misma felicidad de sus moradores.

Dormimos aquella noche en el bonito pueblo de Pie de Cuesta, donde nos alojaron muy bien sus habitantes, restaurando nuestras fuerzas con una excelente cena, llegando el lujo con que se nos trató hasta el extremo de proporcionarnos una cama á cada uno, comodidad que no habíamos disfrutado desde nuestra salida de Ocaña.

El 18 anduvimos cinco leguas, habiéndonos reunido en la hacienda la Laja con el general en jefe, que llegó allí ya de noche.

Proseguimos todo el cuartel general, pernoctando el 19

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en San Gil; el 20, en la ciudad del Socorro; el 21, en Guadalupe, y el 22, en San Benito.

Aquí, á las once de la noche, sentimos ruido de tropa, por lo que oficiales y asistentes nos presentamos al general, que estaba durmiendo.

Aquella alarma la había causado la llegada de don José Filminalla, gobernador del Socorro, que venía con una columnita volante de tropas del país. Inmediatamente se presentó á don Pablo Morillo:

— Mi general — le dijo — : el pueblo de Vélez se ha sublevado por no pagar la contribución. El escribano ha armado una partida, que capitanea. Le aconsejo á V. E. no pase de aquí, hasta que se le incorporen más fuerzas.

Morillo, que estaba de malísimo humor por la interrupción de su sueño, contestó restregándose los ojos:

— Para batir paisanos, me sobra con la fuerza que tengo. Pase usted allá con sus 40 hombres, que yo mandaré un gobernador que los arregle. Teniente coronel don Manuel Carmona — añadió, dirigiéndose á éste — , le nombro á usted gobernador de Vélez, con la condición de que ha de pasar usted á cuchillo á todo el que se resista á reconocer la autoridad del Rey. Llévese usted á Sevilla por ayudante interino, y á un sargento con doce artilleros: ¡á caballo, pues, y vivo! Mañana, á las siete, seguiré yo mi viaje. Conque retírense ustedes, que me voy á dormir.

Pocas horas después emprendimos la marcha. Teníamos que andar siete leguas para llegar á Vélez.

En el camino nos advirtió un labrador que el escribano, no habiendo conseguido sublevar la villa, había atacado con su partida la hacienda del alcalde, dándole á éste de palos.

A esta finca nos dirigimos; pero así que nos vieron, echaron á correr los rebeldes en dirección á Vélez. No eran más que 17.

Al entrar nosotros en el pueblo, precedidos del alcalde, todos los habitantes se fugaron atropelladamente al campo: las campanas tocaban á rebato. Los faccio-

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SOS se habían refugiado en la iglesia, y tuvieron la audacia de hacernos fuego desde el campanario, causándonos dos heridos. No siendo posible subir á la torre, por estar las puertas cerradas, mandó Cardona que circunvaláramos el edificio y que no quemásemos más pólvora.

— Ellos se entregarán ó morirán de hambre — dijo — ; ó en todo caso, pondremos fuego á la iglesia.

Viendo los vecinos que no eran ellos, sino los rebeldes, nuestro objetivo, se fueron presentando en nuestra ayuda, armados los más de estacas. Carmona los recibió muy bien, y les confió la guardia de las bocacalles, para impedir que el escribano tomase de noche las de Villadiego. En efecto, él y los de su partida salieron juntos, y precipitadamente, lanzándose por una calle que conducía á una cuesta y luego á una quebrada. Los perseguimos nosotros y los atajó el paisanaje; sólo cinco lograron fugarse. El escribano murió de un bayonetazo, otro de un tiro, y á un tercero le tumbó Fulminalla el brazo con el sable. Los demás, heridos levemente y apaleados por el pueblo, fueron conducidos codo con codo á la cárcel. Así concluyó aquel motín.

El resto de las gentes que se había huido, tornó en seguida á sus hogares.

Yo me retiré con mi sargento y artilleros á reincorporarme en Boaté con el general en jefe, con quien me reuní el 25.

Dos días hacía que el general recibía allí grandes demostraciones de afecto y adhesión por parte de los ayuntamientos y vecinos, que le obsequiaban á porfía.

El día 26 anduvimos siete leguas, hasta el hermoso pueblo de Zipaguira, dande dieron á S. E. un gran baile, en el cual, á cada momento, las damas mandaban parar la música para recitar versos en honor de Morillo y de su ejército expedicionario.

No se ocultaba á aquel jefe, pues no faltó quien se lo advirtiera, que muchas de aquellas ninfas habían hecho

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lo mismo con los generales rebeldes. Así es que el general en jefe se escamó un tanto, y más cuando supo que en Santa Fe de Bog-otá, donde tanto ludibrio y escarnio se había hecho con otros g-eneraies españoles que tenían motivo para ser más estimados que él, se intentaba recibirle con una ovación sin precedente en los fastos de la historia de aquel virreinato.

— ¿Por qué á mí me demostrarán tantas simpatías como odio manifestaron contra Amar y otros de mi jerarquía? — preguntó á un jefe viejo en el país, muy admirador de Morales.

— Es muy sencillo, mi general — le contestó — ; aquéllos no tenían á su disposición tantas bayonetas como usted.

— Pues esta vez se van á dar un chasco — replicó Morillo— . Rechazaré todas esas hipócritas manifestaciones hijas del miedo y de la servil adulación.

— Hará usted muy bien, mi general. No hace veinte días que entré yo á viva fuerza en esa ciudad infiel con la división que mandaba el brigadier La Torre. En ninguna parte se nos ha combatido con mayor encono, ni con saña más pertinaz. Mandaba, como usted sabe, á los rebeldes el general francés Servier. Pues bien, mi general, tuvimos que ganar calle por calle, casa por casa, á punta de lanza. No había casa ni tienda desde donde no se nos hiciera fuego. Húsares hubo que tuvieron que hacer saltar sus caballos por encima de los mostradores para acallar los fuegos que de los establecimientos salían. Ni un solo bogotano se puso á nuestro lado, ni una dama siquiera de las pocas que vimos dejó de darnos prueba de su rencor. Si ahora le adulan á usted, mienten villanamente.

Al siguiente día emprendimos nuestra marcha para Santa Fe.

El general dispuso que el ejército le siguiese como á una legua de distancia; se puso un levitón que le cubría todo el cuerpo y parte de la cabeza: un ancho sombrero de paja sin insignia alguna le acababa casi de

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ocultar el rostro: montó en un caballo común, y acompañado del general Enrile, su mayordomo y un ordenanza de caballería, se puso en marcha para la capital del reino neog-ranadino, que estaba cerca. Yo seguía en la vanguardia del ejército.

Antes de andar una legua, se encontró ya con una brillante cabalgata de señoras, lujosamente ataviadas, y caballeros, en fin, con familias principales á caballo y en coches.

Una buena música acompañaba á dicha numerosa y lucida comitiva.

Al ver á aquellos cuatro hombres, las amazonas y sus acompañantes, hicieron parar la música y los detuvieron. Una de las señoras, que venía delante en un magnífico caballo blanco, fué la primera que tomó la palabra, obligando á hacer graciosas cabriolas á su corcel de pura raza andaluza:

—Caballero — dijo con voz dulce y armoniosa, fijando en Morillo sus grandes ojos negros — salud al victorioso ejército pacificador de Tierra-Firme. Esta comisión de señoras y señoritas de la nobleza bogotana, que tengo el honor de presidir, así como la de caballeros que nos sigue, queremos saludar y felicitar al invicto general Morillo. ¿Nos podrán ustedes decir dónde hallaremos á S. E.?

El aludido recorrió con la vista aquella brillante pléyade de hermosas mujeres, gallardamente montadas sobre ricos palafrenes, y después de una breve pausa contestó:

— Gracias, señoras y caballeros, por las frases lisonjeras que, por boca tan linda, acabáis de prodigar al valeroso ejército de que formamos parte. Pero el general en jefe... viene atrás.

Y haciéndoles una cortés pero fría señal de despedida con la mano, continuó su camino.

— ¿Dónde está el general Morillo? — le preguntaban sucesivamente los jinetes que iba encontrando al paso.

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— Atrás viene — contestaba S. E. invariablemente.

A la entrada de la ciudad y en la calle que había de recorrer para Ueg-ar á su habitación, encontró multitud de arcos triunfales y carros con comparsas, y banderas españolas, y flores, cortinas de damasco en todos los edificios, y señales del mayor entusiasmo y acendrado españolismo.

El general permaneció impasible ante tan ruidosas manifestaciones. Morales le hubiera dado un abrazo si hubiese ido con él.

— ¿Cuál es la casa destinada á Morillo? —preguntó á un grupo, y habiendo obtenido las señas que solicitaba,, se dirigió á ella y se encerró sin saludar á nadie.

Pronto llegaron á nosotros las cabalgatas:

— ¿Dónde está el general Morillo? — exclamaban.

— Va delante. Ya debe estar en la ciudad — contestó un corone!, quitándose la gorra, correspondiendo al saludo de las amazonas.

— Si será aquel hombre del levitón... — dijo una ru-^ bia. Y retrocedieron por donde habían venido.

Pronto penetramos en aquella ciudad, que parecía un ascua de oro.

En breve circuló el rumor de que el general estaba en su casa y que había desairado el recibimiento que se le tenía preparado.

Muchos objetaban que no podía ser, puesto que él había admitido análogos obsequios en otras poblaciones cercanas.

Para salir de dudas, se formó una comisión que fuese á ver si realmente era Morillo el hombre del levitón.

El general la recibió muy cortésmente vestido de gran uniforme:

— Señores — les dijo — , no extrañen ustedes mi proceder. Un general español no puede asociarse á la alegría, fingida ó verdadera, de una capital, en cuyas calles temía yo que resbalase mi caballo en la sangre fresca aún, de los soldados de S. M., que en ellas hace pocos días caye-

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ron á impulsos del plomo traidor de los insurgentes parapetados en vuestras casas.

Aquella respuesta, que pronto se hizo pública, aguó por entonces la fiesta.

A los dos días, el general se trasladó al palacio de los virreyes.

CAPITULO VII

SUCESOS DE SANTA FE

Instaladas las oficinas en el palacio, los oficiales de Estado Mayor general trabajábamos desde las siete de la mañana á las once de la noche, sin otro descanso que una hora de paseo, de seis á siete de la tarde, y el tiempo estrictamente necesario para el almuerzo y la comida.

Lo primero que hicimos fué poner en limpio los datos topográficos que habíamos adquirido en las 300 leguas de camino que acabábamos de recorrer. Por orden de Enrile, cada oficial había tenido durante la marcha el cuidado de anotar con lápiz todos los accidentes del terreno, subiéndonos á las eminencias y á los campanarios, donde los había, para hacer el croquis de los caminos, alturas, ríos, y cuanto pudiera convenir á las operaciones militares.

El 30 de Mayo, día del Rey, el Ayuntamiento de Santa Fe, daba un espléndido banquete al general Morillo y á su Estado Mayor. Este jefe había convocado á toda la gente principal, para que prestase juramento de fidelidad á S. M. La ceremonia, que tuvo lugar en el palacio, fué imponente.

Una vez terminada, se presentaron al general más de cincuenta damas y señoritas, las más llorando, pidiendo perdón, con motivo de ser los días del monarca, las unas para sus esposos, otras para sus hijos y no pocas para

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SUS hermanos; todos los cuales, por infidentes, se hallaban presos en los calabozos de la cárcel y de la inquisición.

Aquellos hombres para quienes se pedía piedad, pertenecían á las más distin^fuidas familias; pero habían sido ios jefes y funcionarios de la rebellón.

Las lágrimas, los sollozos y las súplicas de aquellas damas eran capaces de ablandar una roca. Madres había que, echadas á los pies de Morillo, le pedían en nombre de la suya, piedad para sus hijos, y se negaban á levantarse sin obtenerla; esposas jóvenes que partían el alma al hablar de sus pequeñuelos sin padre; hijas que ofrecían constituirse en prisioneras por sus padres. En fin, aquel espectáculo se imagina mejor que se describe.

Morillo hacía visibles esfuerzos para no conmoverse; pero permanecía silencioso, y sólo un "levántese usted, señora", articulaba de vez en cuando, tendiendo su mano enguantada á las que se tiraban á sus plantas. Durante un rato las dejó hablar á todas. Por fín, dijo con voz mal segura:

— Señoras, mi Rey, que, como caballero español, tiene sentimientos generosos y humanitarios, me invistió con su soberana facultad, la más bella que tiene un monarca, la de perdonar. Me encargó que perdonase siempre que lo permitiese la salud de la patria. Así es que, al pisar por primera vez tierra americana en la isla de Margarita, perdoné á cuantos me hicieron súplica análoga á la que ahora me hacéis. ¿Sabéis el pago que me dieron aquellos ingratos, que con lágrimas invocaron la clemencia de Su Majestad? Pues así que volví la espalda, tornaron á levantar el pendón rebelde, y, más sanguinarios que nunca, pasaron á cuchillo á los oficiales y soldados que allí dejé. Los que tan alevosamente han sido asesinados, cada uno por cien sicarios, también tenían madres, esposas é hijas, que hoy maldecirán mil veces al general imprevisor que tuvo la candidez de creer en las protestas fementidas de aquellos miserables. Si en vez de perdón hubiera yo fusilado

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á veinte cabecillas, no pesarían sobre mi conciencia los remordimientos que hoy me acosan. ¿Quién me asegura á mí que si yo pongo en libertad á vuestros deudos no perezcan á sus manos los leales de Santa Fe? Señoras, yo siento mucho el dolor que veo pintado en vuestros rostros... pero... no puedo perdonar cuando no lo permite la salud de la patria.

— Mi general...

— No, no puedo. Mi resolución para con los jefes es irrevocable.

— Pues al menos — dijo una enlutada — dígnese vuecencia mandar que los infelices que están en los calabozos sin aire y sin luz pasen á otro local menos malo. Dé V. E., señor, esta prueba, de que los días del Rey de España no pasan sin derramar un rayo de alegría, aun en los lóbregos calabozos de los prisioneros.

— Ya eso es diferente. Accedo á ello, y tan pronto como ustedes se retiren, daré las órdenes para que sean trasladados á otra parte.

Acto continuo salieron aquellas damas. Cumplió puntualmente el general Morillo su palabra. Media hora después aquellos cabecillas fueron alojados en las excelentes habitaciones de San Bartolomé, quedando una compañía encargada de su custodia (1).

Después de concluido el convite, salimos á las seis de la tarde á paseo con el general, que iba seguido de un numerosísimo acompañamiento.

Al pasar por junto el convento que está al fin de la calle Real, cuyo edificio estaba lleno de oficiales enemigos y tropa prisionera, empezaron éstos á gritar, sobresaliendo la voz de uno que decía:

— Perdón, señor general, que no somos culpables, sino

(1) De los citados presos fueron fusilados seis por sentencia del consejo de guerra, entre ellos, un tal Carbonell, que había obligado al virrey á que entregase el mando, y el llamado general Rovira, que había dirigido á los insurgentes en la batalla de Cachiri. Los demás fuero n desterrados á varios puntos.

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seducidos: perdón por el Rey, y en lo sucesivo seremos fieles servidores de S. M.

— ¡Infelices! — exclamó entre dientes Morillo. — Son los hijos del pueblo, explotados por aquellos ambiciosos que no he querido indultar, á pesar de tantas súplicas. No tiene culpa el brazo que hiere, sino la cabeza que manda.

Los ruegos de los prisioneros plebeyos, sacando sus brazos por las rejas continuaban. El g-eneral se detuvo y con voz de trueno les preguntó:

— ¿Me juráis ser fíeles al gobierno de S. M., como decís?

— Sí, sí, sí — contestaron centenares de voces.

— Pues bien, á vosotros os perdono en nombre del Rey.

En el acto nos mandó que les fuésemos á abrir las puertas de la prisión.

Aquellos desgraciados, frenéticos de alegría, nos abrazaban como locos.

Todos corrieron á echarse á los pies del general. La mayor parte era gente rústica, indios y negros, que ni se daban cuenta por qué se habían batido contra España: no sabían con qué palabras manifestar su gratitud al caudillo español.

Los que íbamos en la comitiva no esperábamos que el general, que se resistió á las conmovedoras súplicas de las señoras de la aristocracia, hubiera sido tan blando con los menos favorecidos por la fortuna. Aquella acción fué altamente política, pues causó muy buen efecto en las masas.

El 2 de Junio me comisionó S. E. para inventariar todo lo que había en la casa llamada de botánica. Era un verdadero museo de historia natural del país. Cuadrúpedos, aves, reptiles é insectos raros, objetos preciosos del reino mineral, colecciones de maderas; muestras de cristal de roca, de oro y platino; la macana y la hamaca del último cacique de Bogotá; la riquísima custodia que había regalado la ciudad de Cartagena, la terrible águila viva que

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habían traído de Popayán, como símbolo de la libertad, la cual al ser cog-ida había devorado á un hombre, y otra infinidad de curiosidades, era lo que tenía yo que encajonar, clasificar é inventariar.

Imposible me habría sido cumplir sólo aquella comísión. Afortunadamente, entre los prisioneros aristócratas estaba el doctor Mutis, sabio naturalista, que había sido jefe de policía bajo el gobierno rebelde.

Este señor, trabajando diariamente desde las ocho de la mañana á las cuatro de la tarde, con centinelas de vista, siendo yo simplemente su ayudante, en menos de treinta días ordenó y envasó lo principal de aquel museo en ciento cuatro cajones de á vara en cuadro. Lástima grande que un hombre de tanta ciencia y bellas cualidades se hubiese metido en las revueltas políticas. Yo trabajé también cuanto pude (1).

Después continué en la oficina mi trabajo de quince horas diarias, sin más tiempo libre que las tardes de los domingos, en que paseaba á caballo, uso muy establecido en aquel país por los individuos de ambos sexos.

Estando un día, como de costumbre, almorzando con el general, recibió éste un parte del sargento de guardia del hospital en que le participaba, que eran las once del día y que aún los frailes, que estaban al tanto del establecimiento, no habían curado á los enfermos, por estar paseando.

— Vaya usted en un caballo mío — me dijo el señor Morillo — al convento-hospital de extramuros, y encierre usted á todos los frailes, para que no se paseen y cuiden mejor de los enfermos.

Cumplí esta orden tan extraña, á pesar de las observaciones fundadas que me hicieron los pobres religiosos,

(1) Llevó esta colección á la Península el general Enrile, y la presentó al rey el ayudante D. Antonio Wanales, compañero del señor Sevilla, en recompensa de lo cual fué ascendido á teniente coronel, por los servicios especiales que habían prestado el Dr. Mutis y el protagonista de estas Memorias.

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pues los enfermos estaban curados, si bien muy disgustados con ellos; á cada uno lo encerré en su celda, volviendo en seg-uida á decirle al general que estaba servido.

— ¡Cómo! ¿Ha encerrado usted á los frailes?

— Sí, señor; V. E. me lo ha mandado, y yo he hecho m¡ deber; aquí están las llaves.

El general se echó á reir á carcajadas:

— Es verdad que se lo mandé — prosiguió riendo — ; mas no para que lo hiciese usted al pie de la letra. Vamos, vuelva usted con el Vicario general, para que se les ponga en libertad, recomendándoles más actividad en sus caritativas tareas (1).

El 18 por la mañana se presentó al general el capitán Ronquillo, fiscal del Consejo de Guerra permanente:

— Mi general — le dijo — , de algunas declaraciones se colige que en el convento de las monjas están escondidos los efectos, alhajas y dinero de los insurgentes Rubias, dueños de grandes almacenes y de inmensos caudales, y actualmente prófugos. Sentenciados en rebeldía, tienen sus bienes confiscados y convendría hacer pesquisas, pues no es posible se lo hayan podido llevar todo.

— Sevilla — dijo el Sr. Morillo — , vaya usted á buscar al alcalde, y acompáñele usted á averiguar si es cierto que exista este depósito en el convento.

La comisión no era nada agradable, pues siempre me han inspirado mucho respeto esos asilos de las vírgenes del Señor, que renuncian á todo lo terrenal por lo eterno.

Obedecí, sin embargo, como era mi deber, y juntos el alcalde y yo, llegamos al monasterio y tocamos á la puerta del locutorio:

— Alabado sea Dios.

— ¿Qué se ofrece? — preguntó una voz femenina.

— Necesitamos hablar con la madre abadesa de cosas muy graves y reservadas.

Reinó un silencio de algunos minutos.

(1) Refiero este incidente, porque después y en todas partes siempre que el general me veía, solía preguntar: ¿Y los frailes de Santa Fe?

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— Digan lo que gusten — articuló otra voz — ; soy la abadesa.

— Señora — le dije — , de orden del general en jefe, sírvase usted abrir la puerta. Traemos un encargo para usted sumamente delicado.

— Con mucho gusto.

Abrióse la puerta del locutorio y entramos. La abadesa y dos hermanéis nos recibieron con la mayor finura.

— Madre superiora, S. E. sabe que en este convento han dejado los Rubias...

— Ya sé — me interrumpió — ; dos cajones que contienen sombreros, si no me engaño.

— ¿Y no hay aquí otra cosa? — preguntó el alcalde.

— Sí, señor; hay en la comunidad una parienta de los Rubias.

— Madre abadesa — añadí yo — , no son personas, sino cosas, las que se han denunciado. Si usted sabe de algo más dígalo, por Dios, para ponerlo en conocimiento de S. E.; pues sería muy triste que sus palabras de usted no fuesen creídas y que el general mandase registrar el convento por ios jueces eclesiásticos.

Ante esa insinuación, por los ojos humildes de la abadesa cruzó como un relámpago y los fijó en mí de una manera extraña:

— Caballero — dijo irguiéndose con dignidad — , una religiosa que al hacer sus votos ha jurado no decir mentira, no miente nunca.

— Señora, he sido un torpe; le pido á usted mil perdones.

— Tanto yo, como el resto de la comunidad — continuó— , hemos dado, creo, bastantes pruebas de adhesión á nuestro monarca, para que nadie, sin calumniarnos, pueda tenernos por encubridoras de esa revolución inicua que á nadie, si triunfara, haría más daño que á la religión. Pero aún voy á dar una prueba más de la fidelidad inalterable de esta comunidad, que tantos años ha llevado de vida tranquila á la sombra del pabellón español.

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— Si ustedes quieren saber dónde están los efectos de los Rubias, infórmense de una vieja llamada Inés, antigua criada de la casa. Ella debe saber dónde se oculta lo que ustedes buscan.

— Pero, ¿dónde vive?

— El señor alcalde sabrá. En cuanto á mí, he olvidado ya las calles de la capital.

Nos despedimos muy cortésmente de aquellas santas mujeres y nos dirigimos á la casita de la vieja, á quien conocía la autoridad local.

En efecto, la encontramos. Yo noté que se inmutó al vernos penetrar en su reducido hogar.

La sometí á un minucioso interrogatorio, pero la viejecita negó obstinadamente. Ya cansado, me fui al patio un momento en tanto que el alcalde continuaba la indagatoria.

Al pasar por una alcoba obscura en que habia una cama bastante sucia, se me ocurrió registrar debajo, y, con gran sorpresa mía, encontré un baulito de tafilete encarnado, con tachuelas doradas, que desdecía de la pobreza de la habitación.

Allí lo dejé y volví á la sala, donde continuaba renuente la vieja.

— Dígame usted — le pregunté — , ¿dónde ha escondido usted varios objetos que se le han dado á guardar, entre ellos un cofre punzó con tachuelas doradas?

La vieja criada de los Rubias se puso á temblar como una azogada.

— No oculte usted nada, pues el general lo sabe todo. — Es cierto — balbuceó. — Mis amos me han dado á guardar un baúl pequeño; no sé lo que tiene dentro. — Démelo usted.

Me lo entregó, y acto continuo se lo llevé al señor Morillo, dándole cuenta de las pesquisas que habíamos practicado.

El baúl se descerrajó delante de dos escribanos. Estaba lleno de prendas de oro y plata labrada en las

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colonias. Los plateros tasaron su valor intrínseco en siete mil pesos.

El general me mandó con el alcalde, los escribanos y cuatro soldados á casa de la vieja, para que la amenazara hasta descubrir toda la verdad. No pude sacarla más que un neceser, que contenía papeles y un puñado de plata macuquina (1).

A fuerza de conminarla con la cárcel, aquella mujer me dijo que un albañii y un carpintero que designó habían escondido todo lo que sus amos habían dejado en Bogotá, que ella no tenía nada más, ni quería comprometerse por nadie.

Busque á aquellos dos artesanos. El carpintero había fallecido pocos días antes. El albañii se encontró al siguiente día por la mañana, después de haberlo procurado la policía durante veinticuatro horas por toda la población.

El hombre negó rotundamente la cita que le había hecho la vieja. Después de mil amenazas, dijo que sabía la casa donde estaba el escondite, pero que ignoraba en qué sitio.

Comprendiendo yo con sus rodeos, contradicciones y subterfugios que trataba de entretenernos, lo hice amarrar y le mandé nos acompañase á la casa en cuestión. Llegamos al frente de ella.

— Esa es — dijo — ; nada más tengo que declarar; déjenme ustedes ir á mis quehaceres.

No querían abrir; pero á la amenaza que hizo el alcalde de echar la puerta abajo, giró ésta sobre sus goznes y se presentó en el umbral una señora muy bien parecida, con un niño en los brazos y dos criadas.

— Es la corteja de uno de los Rubias — me dijo un escribano por lo bajo.

— El general sabe que en esta casa están los bienes de los Rubias — dije — ; no lo oculte usted: está plenamente

(1) Con el primero se quedó el general, y las monedas las mandó distribuir entre los soldados.

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probado, y una negativa le perjudicaría á usted mucho. — Pues si tanta seguridad tienen ustedes de lo que dicen, aquí está la casa, regístrenla para que se convenzan de que son inexactos los informes del general. Hace mucho tiempo que los señores Rubias se llevaron cuanto había depositado aquí — contestó la joven madre con la mayor serenidad.

Procedimos á un regitro tan largo como inútil. No había nada. Pero noté que el albañil se sonreía con socarronería, al ver el chasco que nos habíamos llevado.

Entonces recordé que la vieja había afirmado de un modo categórico que aquel hombre poseía la clave del secreto que nos parecía indescifrable. Era un zambo muy astuto y malicioso.

— Soldados — dije — : ese hombre lo sabe todo. Sacúdanle el polvo con los porta-fusiles hasta que cante.

Apenas había llevado tres ó cuatro correazos, cuando exclamó:

— No me peguen: en el corral está todo. — Suspendan la operación, mandé. Los soldados pararon. — Ven á designarnos el punto — añadí. El albañil nos precedió: anduvo unas cien varas, reconoció el terreno, cubierto todo de yerba, y dando una fuerte pisada:

— Caven aquí — dijo.

Al notar yo que en aquel sitio no había trazas de existir escondrijo alguno, creí que el hombre seguía burlándose de nosotros y que sólo deseaba hacernos abrir un hoyo para ponernos en ridículo, y me indigné:

— Nos engañas, picaro — grité — : y te voy á mandar fusilar para enterrarte en el hoyo que aconsejas abrir, á fin de que no nos entretengas más ni te diviertas á expensas nuestras.

— Si le engaño á usted, fusíleme y entiérreme ahí mismo; pero si no le engaño, suélteme en seguida, que tengo mucho que hacer.

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— Acepto el trato. Vaya un número á buscar dos azadas para cavar.

Entonces me acerqué con el alcalde al fondo de la casa, en cuyo colgadizo observé que la mujer que tan serena estaba unas horas antes, y que no había dejado de seguir todos nuestros movimientos, temblaba y estaba pá" lida y como una enferma sometida á la máquina eléctricia.

— ¿Qué le ha dado á usted, señora? Parece que se pone usted mala.

— Caballeros, sálvenme ustedes; estoy perdida. Yo co* nozco que he hecho mal con ocultarles la verdad.

— Es decir, que el albañil no nos ha engañado.

— No, por mi desgracia.

— Pues tranquílicese usted, que el general no es vengativo y mucho menos con las mujeres. La prueba de que es así, la tiene usted en que no traemos orden de prender á nadie.

— Si me llevasen presa, ¿qué sería de mi hijo?

— Nadie se meterá con usted, señora; usted no podía denunciar al padre de su niño.

— Gracias, gracias. Usted me vuelve el alma al cuerpo.

Hasta la una de la madrugada no vino el soldado con las azadas. A esa hora empezó á practicarse la excavación á la luz de un farol. Ya el hoyo tenía más de vara y media de profundidad y nada se encontraba. Mis dudas renacieron. ¿Se habrían entendido el ama de la casa y el albañil, para que la burla fuese más completa?

— Me parece que estamos abriendo tu sepultura — dije á este último.

— Yo estoy seguro de que me voy á dormir la mañana á mi casa — contestó impasible.

En efecto, como á las dos varas se encontró un fuerte escotillón de madera forrado de plomo, que con mucho trabajo y á fuerza de palancas, se consiguió alcanzar. Entonces, con gran sorpresa nuestra, vimos una escalera de madera, que conducía á una vasta bóveda subterránea.

Bajamos. Las paredes y el techo eran de madera. Era

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un almacén de monturas para hombres y mujeres, de cajas de géneros, espadas, sables, multitud de piezas de indiana, muselina y demás géneros de consumo en el país, todo seco y en muy buen estado.

Mientras el alcalde y los escribanos hacían el inventario de todo, me fui corriendo á dar parte del hallazgo al general. S. E. se deshizo en elogios de mi celo y sagaci dad, y me mandó á descansar, comisionando á un sargento para que se hiciera cargo de la tropa y de conducir los efectos al almacén de secuestros.

A la casa de moneda se llevó además un baúl de plata labrada que se había encontrado después de mi ausencia.

CAPITULO VIH

EXPEDICIÓN ARRIESGADA

El 23 de Junio tuvo aviso el general en jefe de que sobre la montaña Quindio, entre las inmediaciones de Popayán, se encontraba una partida como de doscientos hombres, capitaneada por un tal Masa, á la cual se iban reuniendo todas las partidas derrotadas por el general La Torre.

Estos insurgentes hacían correrías por aquellos campos y poblados, exigiendo raciones y dinero y destruyendo cuanto á su paso encontraban. Bajo su protección vivían varios cabecillas con sus familias.

Para exterminar aquellos malhechores que traían aterrada una extensa comarca, dispuso el Sr. Morillo fuese una columna compuesta de cien soldados venezolanos escogidos de Numancia, á las órdenes del teniente coronel don Julián Waller, bizarro é ilustrado jefe alemán al servicio de España, llevando consigo al intrépido teniente don José Vázquez, asturiano, al alférez limeño Rodríguez y á mí como segundo de la fuerza.

Bien provistos de municiones y de dinero, salimos el 25 hacia Villeta, que está á siete leguas de Santa Fe y precisamente en rumbo casi opuesto al punto de nuestro destino.

El objeto de esto era evitar que el enemigo recibiera aviso de sus cómplices de la ciudad sobre nuestros mo-

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vimientos, pues se había observado por larga experiencia, que en esta clase de guerra el perfecto espionaje que establecen los rebeldes, los pone á cubierto de toda sorpresa; y es preciso engañar á los mismos espías y guardar absoluta reserva si no han de malograrse todas las fatigas del ejército.

El 27 cruzamos en barca el caudaloso río Magdalena. Pernoctamos el 28 en el pueblo de Mariquita, donde estaba de comandante militar el capitán puertorriqueño don Vicente Becerra, que nos recibió con júbilo, lo mismo que el Ayuntamiento, que nos obsequió mucho. Nadie nos esperaba allí, pero todos aquellos leales se alegraron al ver que íbamos á limpiar sus contornos de gentes que sólo de violencias y depredaciones vivían.

En el oficio que para Becerra llevábamos, le mandaba el general pusiese á nuestra disposición cincuenta hombres que tenía de Granada y cien paisanos adictos y prácticos en el terreno. Así se hizo, armando á los últimos con lanzas y machetes. Proveyósenos además de galleta, tocino, queso y aguardiente para veinte días, cuyos víveres habían de ser llevados por bueyes, por no permitir el terreno pantanoso el paso de caballerías.

Ya con todo esto y contando la columna de 250 hombres, partimos de nuevo el 30 la vuelta de Ambalema. Sin llegar á este pueblo mandamos á él nuestras muías, continuando los oficiales montados en bueyes. Tres días tardamos en atravesar el inaccesible monte de Quindio por desiertos, despeñaderos, picos elevadísimos y bosques centenarios, que servían de antemural á Popayán.

La séptima noche la pasamos en el abandonado pueblo de Carta, desde donde oíamos rugir los tigres y jaguares, ruido amenazador que ya se nos iba haciendo familiar, pues lo habíamos oído varias veces en las precedentes noches.

Á la madrugada siguiente cogió la avanzada dos indios, que resultaron ser portadores de oficios para el general Morillo. Aquellas comunicaciones venían de Lima,

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Quito y Pasto. El de este último punto era de! brigadier Sama, que se aproximaba á Popayán con dos reg-imientos, uno de zambos y otro de pastusos y limeños, á darse la mano con nosotros.

Aquellos fíeles indios, con treinta y cinco días de viaje, venían muertos de hambre y de cansancio. Se explicaban difícilmente en castellano; sin embargo, pudimos comprender que habían padecido mucho, vagando como fieras, de bosque en bosque, siempre huyendo de ser cogidos por los rebeldes .

Los pliegos los traían cosidos á una manta, con que envolvía uno de ellos la cabeza. Les dimos bien de comer, los proveímos de galleta y queso para el camino, les entregamos el parte diario de nuestra marcha para que se le dieran á Morillo en Santa Fe, y los despachamos muy contentos.

El 8 de Julio pasamos una escrupulosa revista de armas; hicimos ensebar de nuevo los fusiles, anlamos los sables, preparándolo todo para batirnos. El término de nuestro viaje estaba á seis leguas, en la hacienda y caserío del Pilar.

A las nueve de la mañana emprendimos todos á pie nuestro movimiento de avance, sedientos de gloria y de dar una dura lección á los enemigos, que nos habían obligado á tan penosa marcha.

El camino estaba cortado por enormes peñascos y por profundos barrancos. Una densa neblina nos rodeaba. La marcha era lenta. Treinta hombres á mis órdenes formaban la vanguardia.

Dos prácticos nos guiaban. Con la neblina no se veía un honiore á cuatro varas de distancia. La noche se aproximaba.

La fatiga nos tenía rendidos. Temiendo yo haberme separado mucho del grueso de la columna, mandé hacer alto al lado de un manantial, cuyo gran chorro, cayendo de lo alto, formaba una cascada. Entre el susurrar del agua creí percibir rumor de voces humanas. Mandé, acto-

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continuo, desplegar en guerrilla y cercar la colina de donde afluía el caño.

— ¿Quién vive? — preguntó la voz penetrante de un hombre.

— ¡A ellos! — grité.

Nos lanzamos como el rayo sobre el punto donde salió la voz. Sonó un tiro. La bala silbó cerca de mi oído.

Cinco hombres con fusiles alcanzamos, á los que pasamos á cuchillo sin compasión, á fín de que no pudiesen revelar nuestra presencia allí.

Como logré cerrar á los demás el paso por la parte de la hacienda, huyeron en dirección al núcleo de nuestras fuerzas, con las cuales dieron, habiendo caído prisioneros, y uno de ellos herido de sable por el mismo Waller.

Yo esperé allí, con mucha atención al frente, á que se me reuniese el resto de la columna, á fin de ponerme á cubierto de un golpe de mano y de recibir nuevas instrucciones.

Bastante tardó en llegar, pues el teniente coronel se había detenido interrogando á los presos sobre la situación y fuerza del enemigo.

— No hay que temer — dijo Waller juntando á todos los oficiales cuando me alcanzó — . Los insurgentes han mandado doscientos hombres sobre Popayán, y solamente tendremos que habérnosla con unos setenta ú ochenta combatientes atrincherados. Dos prisioneros que traigo amarrados se han comprometido á dejarse fusilar si nos engañan ó hacen alguna demostración sospechosa. He dado orden á los campesinos que los conducen para que inmediatamente los despachen si notan que intentan hacernos caer en el lazo. Hay que encargar precaución y silencio, pues sólo media milla nos falta para llegar donde están los rebeldes. Uñase la guerrilla á la columna, la cual se dividirá en dos grupos principales: el primero, al mando de usted, teniente Vázquez; su misión es bloquear la casa por el flanco derecho, guareciéndose del fuego contra las paredes ó donde le sea posible, y no permi-

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tiendo que ni las ratas se escapen vivas del edificio. Usted, Rodríguez, marchará á la cabeza de la segunda fracción, á envolver la casa por la izquierda y por el fondo. Yo me reservo cincuenta granaderos de Numancia para dar el asalto por el frente. Sevilla, como ayudante de la columna, me acompañará, para reemplazarme si caigo muerto ó herido. Hasta llegar al frente del edificio iremos todos reunidos, con sólo cuatro buenos exploradores delante. Con que á sus puestos y que todos marchen listos para el movimiento, que se efectuará tan pronto cuando yo levante así tres veces el sable.

Empezaba á envolvernos la densa obscuridad de la noche. A poco llegamos á una quebrada profunda. Al lado opuesto trepamos de uno en fondo por una vereda estrecha y pedregosa que serpenteaba por entre rocas y árboles enormes.

Era un verdadero laberinto, conocido sólo por los muy prácticos en aquella localidad.

Á medida que íbamos saliendo de aquel abismo disminuía un tanto la lóbrega obscuridad que nos rodeaba y los objetos se presentaban gradualmente con más claridad.

— Se acerca el momento supremo — dijo Waller en voz baja á los prisioneros — en que ustedes han de serme fíeles ó marchar á la eternidad. Respóndanme con claridad á estas preguntas concretas: ¿Está fortificada la casa? ¿Tiene puertas? ¿Es de piedra el edificio? ¿Tiene altos? ¿Hay comestibles?

—Señor — contestó el más entendido — , nos hemos propuesto salvar la vida y por Dios le juro que no le engañamos. La casa principal es de mampostería y tiene un piso alto; no tiene puertas ni ventanas exteriores, porque fué incendiada hace un año, y está casi en ruinas y abiertos los espacios que ellas ocuparon; sólo en el interior existen algunas puertas. Las tres ó cuatro casitas que la rodean son chozas de madera y paja sin importancia estratégica. Por la noche, y cuando hay alarma, suelen tapiarse.

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las puertas del edificio principal con barriles llenos de tierra y haces de leña; no falta que comer: hay porción de bueyes, maíz y arroz. Si alguna de estas señas resulta falsa, fusílenos usted en seguida; si son exactas, esperamos la libertad por única recompensa. — Convenido.

Era completamente de noche. El cielo estaba de luto: ni un astro bienhechor lanzaba un reflejo sobre nuestro camino. Habíamos, por fin, llegado á la cumbre, después de haber vencido las ásperas laderas de la montaña, y nos encontrábamos sobre una planicie cubierta de musgo, al parecer bastante extensa. A poco divisamos dos luces.

— ¿De dónde son esas luces? — preguntó Waller á los prisioneros.

— De la casa principal.

Habíamos avanzado cincuenta pasos más cuando oímos un estentóreo "¡Quién vive!" dado á nuestros cuatro exploradores.

— ¡América libre! — coníestaron ellos con voz firme, haciendo alto y permaneciendo allí hasta que nosotros, que apretamos el paso, llegamos. Los de la avanzada insurgente habían huido hacia la casa.

— ¡Adelante y agacharse! — murmuró Waller. Todos pasamos esta voz de uno en otro, encargando preparasen armas, y continuamos á la carrera, casi á gatas, hasta llegar á tiro de pistola de la casa.

— ¿Quién vive? — gritaron varias voces de todas las ventanas.

— No tengan cuidado, muchachos — contestó Waller, con su subido acento alemán — ; somos tropas que venimos á protegeros.

Pero como el hecho de presentarnos en tropel y á paso de carga no daba lugar á dudas, el jefe enemigo, considerándose sin duda perdido, gritó con voz de trueno: — ¡Fuego, hijos míos, que £on enemigos! Waller agitó rápidamente tres veces el sable en el aire; pero antes de que pudiera ser obedecida esta señal, reci-

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bimos una descarga, afortunadamente mal apuntada, pues sólo nos mataron á un hombre, hirieron á otro, y una bala llevó al teniente coronel parte del pelo de la cabeza, rozándole apenas el cráneo, sin que se le cayera el morrión» que quedó atravesado. Inmediatamente contestamos á la descarga, abriéndose en seguida la fuerza en dos alas, como estaba convenido.

Waller y yo, á la cabeza de nuestros 50 valientes granaderos venezolanos, nos introdujimos temerariamente por la puerta principal, que no había sido tapiada, huyendo ios pocos que la custodiaban.

Una vez en el patio de aquel grande edificio, quedamos rodeados de una obscuridad espantosa y de un silencio aterrador, sin saber adonde dirigirnos.

Así pasamos algunos minutos, sin otro ruido que el producido por nuestra respiración. Por fin, los enemigos se encargaron de alumbrarnos con sus fusiles, haciéndonos fuego desde la galería superior. Aquello fué su perdición, pues sus fogonazos nc; enseñaron el blanco, y lo mismo los que estaban en las ventanas á nuestros compañeros de afuera.

Por cada tiro que nos disparaban, les enviábamos nosotros cinco. Yo recibí una fuerte pedrada en la espalda, que por poco me hace caer. El dolor me hizo pasear de un lado para otro, lleno de ira, aunque medio derrengado.

Habían transcurrido como tres cuartos de hora, cuando observamos que el enemigo paró el fuego. Waller correspondió á esta tácita tregua, mandando tocar alto el fuego al corneta.

Volvió á reinar la obscuridad, pero no el silencio; pues bajo aquellas grandes bóvedas que hacían eco, se oían resonar tristemente los lamentos de los heridos, el agonizar de los moribundos, los gritos de las mujeres y las imprecaciones é insultos de los hombres.

Tal era la obscuridad, que, por equivocación, nuestros mismos soldados mataron á dos compañeros é hirieron á otros dos de mucha gravedad.

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Crítica era nuestra situación; ciegos materialmente» como estábamos en medio de aquel extenso patio, rodeado de g-alerías, desde las cuales, á ser otros más audaces nuestros enemig-os, á pedradas habrían podido acabar con nosotros; dudábamos ya del éxito de nuestra empresa.

Por fín, nuestro jefe quiso salir de aquella incertidumbre:

— Si ustedes no se rinden — g-ritó — serán pasados á cuchillo; y al efecto, empiezo por poner fuego al edificio. A ver, soldados, buscad paja y acumuladla aquí. Acaben las llamas, en esta casa de fieras, la tarea que dejaron empezada el año pasado, y purifiquen de traidores esta comarca.

Inmediatamente se empezó á reunir leña y cuantos combustibles pudimos encontrar á tientas, en tanto que : -tros sacaban fuego con sus yesqueros. Nuestro objeto, en realidad, era alumbrarnos. Entretanto nos recatamos idgo en las galerías de los disparos que pudiera hacernos el enemigo. En esta ocupación estábamos, cuando al extremo del corredor vimos brillar una luz, y detrás del que la traía, un grupo de personas que se acercaban. Eran dos frailes y varias mujeres.

— ¿Quién es el jefe? — preguntó un capuchino de luenga barba.

— Servidor — contestó secamente Waller.

— Señor: venimos á implorar humildemente perdón para toda la tropa y paisanos que aquí se encierran.

— Caballero — añadió una dama llorosa, con sus cabellos sueltos en desorden, que le llegaban casi al suelo — , somos madres, somos esposas, somos hermanas de los jefes que aquí se encuentran. Venimos á pedir á usted cuartel, á pedirle la vida de nuestros padres, esposos, hijos y hermanos.

— Padres y señoras — contestó Waller — , concedo la vida á todos los soldados y paisanos que se hallen en esta casa, siempre que en el acto depongan las armas; en cuanto á los jefes, profundamente !o siento, pero no puedo asegurar que los deje á vida el general en jefe, único Ha-

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mado á decidir de su destino, probablemente los mandará juzgar en consejo de guerra, y se hará lo que este tribunal acuerde. Lo que haré, interpretando vuestros ruegos, es recomendar á S. E. toda la lenidad posible con los vencidos.

Uno de los frailes volvió la espalda para ir á anunciar á los de arriba la contestación del jefe. Al notar su movimiento, ocurrióseme seguirle para averiguar por dónde había bajado.

Así lo hice sin consultar á nadie. Varios soldados me siguieron. El fraile abrió una puerta, y ia luz que llevaba nos puso á la vista una estrecha escalera de caracol.

Tan pronto como hubo entrado, trató el religioso de cerrar la puerta; pero yo la empujé con fuerza y emprendí la subida, seguido de media docena de soldados.

—¡Desgraciado! Va usted á perder la vida, y echarlo todo á perder — me dijo el fraile.

— Siga usted á cumplir su misión y no se ocupe de lo demás — le contesté.

A todo esto ya los soldados del patio habían logrado encender una hoguera que iluminaba todo el edificio.

Atravesé una galería, y al tocar el fraile á la puerta del fondo, que estaba cerrada, oímos un estruendo horrible de tiros, cuchilladas y voces. Sin saber la causa de este nuevo conflicto y no habiéndose abierto la puerta á nuestros golpes, nos dimos á correr por aquellos extensos corredores, sin saber adonde dirigirnos.

Walier, que creyó que nos estaban asesinando, subió inmediatamente con el resto de la tropa, calada la bayoneta y dispuesto á hacer fuego.

—¿Qué hay? ¿Qué es esto?— exclamó el jefe al vernos ilesos y tan alarmados como él. — No lo sé — respondí.

— Los demonios del infierno parece que andan sueltos en esta casa — articuló el fraile, que estaba pálido y convulso.

He aquí lo que había sucedido.

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Uno de los prácticos que llevaba el oficial Rodríguez, conocedor de la casa, por haber residido mucho tiempo en ella, había logrado escalar una de las ventanas que estaba e ruinas.

Tan pronto como se hubo asomado á ella, los que estaban dentro le c'ieron un fuerte trancazo en la cabeza. El práctico cayó con el cráneo aplastado. A la vista del cadáver de aquel infeliz, llenáronse de ira Rodríguez y sus soldados, no oyéndose entre ellos más que el grito de «á vengarle, á vengarle >.

Acto continuo empezaron el escalamiento, bajo el fuego del enemigo, disparando á medida que iban subiendo: los que caían eran pronto reemplazados por otros. La lucha, aunque desigual, fué terrible. Los de adentro disparaban á quemarropa; los de afuera penetraban por las ventanas y por la azotea, matando á bayonetazos á cuantos encontraban.

Tan encarnizada fué la escaramuza, que en ella sucumbieron cinco jefes insurgentes, entre ellos Mazan y Miravalles. El mismo Maza, comandante principal de la partida, cayó gravemente herido. La matanza entre la tropa insurgente fué horrorosa.

Al fin cesó la resistencia y con ella el combate.

Entonces abrieron la puerta, presentándose ante nosotros un cuadro sangriento y lastimoso que renuncio á describir.

El oficial limeño que había dirigido la operación, se paseaba impasible con la espada desnuda, entre cadáveres y heridos.

— ¡Señor Rodríguezl — llamó Waller.

El oficial, roconociendo á su jefe, saludó y se cuadró respetuosamente.

— Ha hecho usted una temeridad; se ha excedido usted de las órdenes que le he dado, siendo causa de todas estas innecesarias desgracias. Le di á usted la misión de cercar la casa y de impedir que se escapase el enemigo; pero no la de dar el asalto.

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— Mi teniente coronel — contestó — ante el cadáver de un compañero leal no se razona, se obra, y yo en aquel momento olvidé todo, menos^',que soy americano adicto al rey. ¿Cree usted que estos insensatos se rinden con parlamentos é intrigas, echando delante á las mujeres y á los frailes para que los protejan con su debilidad? Permítame le diga se equivoca si cree sincera su sumisión. Los que pueden aún combatirnos no se han rendido, están encerrados en esas habitaciones, con la mano en los gatillos para matarnos á mansalva, si pueden.

— Pues si es así — dijo Waller en alta voz — , sepan que no doy cuartel á nadie, si disparan un solo tiro más, y no se rinden á discreción. A registrar, pues, todos los departamentos de esta casa, y herid sin compasión á todo el que resista.

Tocamos á varias puertas: ninguna se abrió.

— Echémoslas abajo — mandó el jefe.

Así !o hicimos. Nadie opuso resistencia activa. Registradas todas las habitaciones, encontramos 65 hombres, la mayor parte armados; 49 mujeres y 19 niños de ambos sexos; en cuanto á material, hallamos varios cajones de cartuchos, porción de baúles con equipajes, sillas de montar, armas y otros efectos.

Los hombres fueron encerrados en una habitación y las mujeres en otra, con centinelas de vista. Hicimos un buen rancho con las mismas provisiones del enemigo y pasamos el resto de la noche entregados al descanso.

El siguiente día 9 dimos sepultura á los muertos, é hicimos los preparativos de marcha. Los bueyes eran nuestras únicas acémilas posibles, y mucho lo que teníamos que llevar.

Entre los diversos baúles de equipajes, que nadie reclamaba como suyos, y artículos de guerra, encontramos dos cofres grandes muy pesados, que debía ser de dinero.

Waller no consintió que se descerrajasen hasta que no lo dispusiera el general, á quien enviamos dos paisanos con el parte de lo ocurrido.

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El 10, á mediodía, nos pusimos en camino para Ambalema. El convoy que llevábamos, no sólo era molesto, sino que inspiraba cierto sentimiento de tristeza. Aquellos prisioneros de ambos sexos y de todas edades, marchando, como nosotros, á pie, con excepción de los heridos, que iban encima de los bueyes, formaban un cortejo que á nosotros mismos nos hacía maldecir la guerra, ese monstruo que tantas víctimas causa. Rodríguez, con la mayor parte de la tropa, era el encargado de estos prisioneros.

Vázquez se había quedado con 25 hombres, poniendo fuego á la casa y á los ranchos, y preparando unas minas para volar el techo, cosa de inutilizar aquella guarida de enemigos. Aquella misma tarde oímos, ya bien distante, la explosión de las cajas de pólvora que debieron arruinar del todo aquel gran edificio que tanto dinero habría costado á sus antiguos dueños fabricar, y en cuyos vastos salones debió haber vivido una familia rica y feliz.

A la tarde siguiente nos alcanzó Vázquez. Sólo en parte había logrado su objeto. La casa era demasiado sólida; sin embargo, quedaba por entonces inhabitable.

Terribles son las exigencias de la guerra. A veces el soldado necesita tener el corazón de hierro para cumplir su deber. Como aquel terreno áspero, interceptado por barrancos y ríos y árboles y espinas, y rodeado de abismos, no daba^paso á más cuadrúpedos que al paciente buey, aquellas pobres mujeres, muchas de las cuales se habían criado entre el regalo y las comodidades que ofrece una gran fortuna, marchaban con sus delicados pies ensangrentados por aquel via crucis, en tanto que unas dejaban á su marido, hermano, hijo ó padre enterrado en la hacienda, y otras llevaban á los suyos heridos sobre los bueyes. Sus lágrimas, ¿á quién no habían de traer tristemente á la memoria á su propia madre, su hermana ó su esposa?

Pero los deberes de la lealtad, los preceptos de la ordenanza son inexorables. Ellas no podían quedar solas

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en aquel desierto; dejar con ellas los prisioneros habría sido una traición.

Cuatro días tardamos en llegar á Ambalema. Los heridos se habían agravado con la marcha. Maza, el jefe superior de la partida, falleció el mismo día de nuestra llegada, á las once de la noche.

No pudiendo continuar las mujeres y niños, por tener los pies lastimados, ni adaptarnos nosotros á su lento paso, dispuso Waller que descansasen allí y que á pequeñas marchas los condujesen poco á poco á los paisanos del pueblo.

Allí nos entregaron nuestras muías muy bien cuidadas, pero fué necesario traerlas del diestro por no permitir otra cosa el terreno.

Otros cuatro días tardamos en llegar á Mariquita, donde nos recibieron Becerra y el vecindario en triunfo el día 17. Allí dejamos toda la gente del pueblo que nos había acompañado.

La rebelión en Costa-Firme no había penetrado en el corazón del pueblo; sólo aquéllos que habían estado en contacto con los jefes separatistas, se habían prestado á tomar las armas contra España.

La prueba de esto es que ni un solo soldado peninsular nos había acompañado en esta expedición.

Llegamos á la Honda el 18, y allí encontramos orden del general en jefe para que embarcásemos los prisioneros por el río Magdalena, con destino á Cartagena, y que únicamente los jefes y los equipajes debíamos llevar con nosotros á Santa Fe.

En esta ciudad entramos el 21 en medio de una ovación. El general se deshizo en elogios de nuestro comportamiento; á la tropa manifestó su satisfacción mandando dar cuatro pesos de extraordinario á cada soldado.

Los jefes prisioneros que traíamos, entre ellos un abogado, fueron encerrados en San Bartolomé.

Al almacén de secuestros se condujeron los efectos. Al hacer el inventario de ellos ante escribano, se vio que

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uno de los cofres estaba casi lleno de plata y oro; pero el otro de los que tanto pesaban nos dio un chasco que excitó la hilaridad de toda la respetable comisión que entendía en estas operaciones.

Ya pesados y valorados los metales preciosos del primero, tenía el contador los pesos preparados y los escribanos la pluma en ristre para hacer constar con la mayor solemnidad los que contenía el segundo cofre, cuando al abrirlo se encontró que estaba atestado de ollas y cacerolas de hierro estivados con mugrientos trapos de cocina. Todos se echaron á reir á carcajadas.

El Gobierno devolvió los equipajes á los dueños que se encontraron; el resto quedó á favor del Estado.