México viejo; noticias históricas, tradiciones, leyendas y costumbres · Capítulo real 28 de 34
CAPÍTULO L
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 14 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPÍTULO L
LA CALLE DE LAS CANOAS
LA CALLE DEL REFUGIO DE MEXICO.
( Demol idos en su mayor parte los edilicios que se ven en esta lámina.)
CAPÍTULO L
LA CALLE DE LAS CANOAS
No sólo deben ocupar nuestra atención los palacios y los templos, los acueductos, los hospitales y los monasterios, que levantaron en el transcurso de tres centurias, el gobierno, la caridad y la riqueza; también es preciso que hablemos de las calles cuyo origen despierta la curiosidad de muchos, y que han merecido que nuestros más populares poetas les consagren inspiradas composiciones.
En efecto, los nombres de nuestras calles recuerdan casi siempre sucesos históricos, como la de Tacuba, que presenció la famosa retirada de los conquistadores ; ^legendarios, como la del Puente de Alvaraclo, en la que no hubo salto ; ó tradicionales, como la de Don Juan Manuel, en la que los ángeles hicieron el papel de verdugos.
Todos estos orígenes de los nombres de las calles, por su sabor local y por su fantasía, tienen un cierto encanto inseparable y propio de lo que es desconocido ó de lo que ya no existe.
Por una parte, el noble deseo de que desaparecieran algunos nombres verdaderamente ridículos, y por otra, el progreso natural de la ciudad moderna, han borrado, tal vez para siempre, aquellos nombres que se leían en las esquinas; pero no se borrarán, sino difícilmente, de la memoria del pueblo, único legislador en estos asuntos.
Ni por un momento negamos las ventajas que haya proporcionado, ó más bien dicho, llegue á proporcionar la flamante nom latura impuesta á nuestras vías públicas ; pero sí es oportuno dec r aquí que los cambios de nombres de las calles, aunque tenga derecho de hacerlo la autoridad, no lo hacen en el último resultado, como dice un sabio historiador, sino “ las costumbres, las circunstancias, el
capricho de los habitantes, un acontecimiento notable, algún edificio, alguna institución. ” Por eso la última nomenclatura no se ha llevado á cabo más que en las placas, porque repugna al pueblo, á la historia y á la leyenda. ^
Mas nos desviamos de nuestro propósito. Simples cronistas de lo pasado, vamos á ocuparnos hoy de la historia de una de las calles del México Viejo.
En la ciudad azteca, como ya dijimos en la Introducción^ las calles eran de tres modos : de agua, para poder dar paso á las canoas ; de tierra solamente, ó mitad de tierra y mitad de agua.
Hecha la traza que dividía la ciudad propiamente española de la indígena, y reconstruida [)OCO á poco por los conquistadores, muchas de las calles de agua se cegaron ; pero entre ellas quedó una, célebre por su extensión y por los diferentes nombres con ({ue fue designada sucesivamente.
Aludimos á la gran calle de las Canoas, (|ue corría por un costado de Palacio y terminaba en la (jue es hoy de San .luán de Letrán. La calle la formaba un largo canal (fue comenzaba desde el Puente de la Leña. “ Al extender los franciscanos su monasterio — dice Orozco — cegaron parte de la aceiiuia, resultando el callejón de Dolores, y otro callejón que salía con una acequia para la calle de Zuleta, y que subsistía en 1782. ” La acequia, después de recorrer el callejón y calle de Zúlela, terminaba en la del Hospital Real.
Para coiujirender lo (|ue decimos, es necesario advertir que entonces no existía la P calle de la Independencia, y que se llamó callejiúi de Dolores desde la esquina de Gante basta el Coliseo ; esta última calle se nombró en oirá época de la Acequia^ lo mismo que todas las cabeceras (|ue seguían basta el Puente de la Leña ; que allá en los primeros años de la conquista el todo era conocido por calle de las Canoas, yen fin, que el callejón de Dolores estuvo cerrado hacia el Oeste basta (|ue se derribó el convento de San Francisco.
Con el tiempo, la acequia (|ue atravesaba la calle de las Canoas,
1. Posteriormente se han repuesto las placas de los antiguos nombres de las calles en atención á las dificultades que presentó la nueva nomenclatura.
fué desapareciendo y convirtiéndose en tierra firme. Parte la taparon los franciscanos para construir su monasterio ; después, gobernando el primer Conde de Revillagigedo, D. Juan Francisco Güemes y Horcasitas, por los años de 1753 á 54, se cubrió con una bóveda desde el Coliseo hasta la Diputación, y en Septiembre de 1781 (?) bajo el virreinato de D. Juan Vicente Güemes, segundo Conde de Revillagigedo, se acabó de tapar hasta el Colegio de Santos^ nombre con que fué conocida la calle que hoy se llama de la Acequia.
Así pues, la de las Canoas se designó con este nombre á raíz de la conquista ; después se llamó de la Acequia; en seguida, cuando se construyó el teatro primitivo, esa fracción se nombró Coliseo ; destruido éste y levantado el que es ahora Teatro Principal, se le puso calle del Coliseo Viejo ^ y por último, las siguientes cabeceras tomaron los nombres del Refugio, Tlapaleros, Portales de la Diputación y de las Flores, Puente de Palacio, Meleros, Acequia (después de Zaragoza), y Puente de la Leña.
A lo largo de la calle de las Canoas, para atravesar el canal de Sur á Norte, ó viceversa, hubo una serie de puentes que dieron nombres á las calles en cuyas extremidades estuvieron situados.
Estos fueron los puentes del Espíritu Santo ^ del Correo Mayor y de Jesús María. Según parece, existieron también los puentes del Coliseo Viejo^ de la Palma., de los Pregoneros.^ en la esquina de la Monterilla, y de Palacio., pues con este último nombre se designó no ha muchos años la acera Norte inmediata al Portal de las Flores. El Puente de la Leña, que existe aún, corre de Oriente á Poniente.
De todas las calles mencionadas, sólo la del Refugio tiene un origen tradicional, origen que nos refiere Sedaño, á quien vamos á copiar literalmente, pues extractarlo, sería quitarle el mérito á la sabrosa tradición. Dice, pues, el autor de las Noticias de México.
“ Imagen de Nuestra Señora, con la advocación del Refugio, colocada en la calle de Tlapaleros, frente á la calle de la Palma. Delante de donde ahora está colocada esta santa imagen, cuando aun no estaba colocada, había un gran montón de basura. Yendo de noche á una confesión el P. Francisco Javier Lazcano, de la Compañía de Jesús,
al pasar por allí vio que entre dicho montón y la pared se ejecutaba cosa que no se puede decir, lo que le causó bochorno y mucha pena. Deseoso dicho padre de que Nuestra Señora del Refugio tuviera culto público, y considerando á propósito el lugar, pensó en colocar allí la santa imagen, lo que comunicó al Bachiller D. Juan de la Roca, presbítero, y á D. Francisco Martínez Cabezón, mercader. Ofrecieron estos costear la pintura y colocación, y se mandó hacer la imagen al maestro del arte de la pintura, D. Miguel Cabrera, y obtenidas las licencias necesarias se colocó en fines del año de 1757, haciéndole un nicho de madera forrado en plomo, el que después se compuso y mejoró para el mejor resguardo del sol y de las lluvias. En este tiempo había una mesa de truco ^ en la casa llamada de Maldonado, frente del callejón de Bilbao, a la que concurrían muchos sujetos mercaderes á jugar el truco y varios juegos de cartas, y todos unánimes determinaron que se pusiera una alcancía, en la que cada uno que ganaba en cada suerte de las que eligieran, echara un real para el culto de Nuestra Señora del Refugio que ya estaba colocada, lo que se verificó, y hubo mes que se juntaron hasta 70 pesos.
“ Habiéndose experimentado que el nicho se desviaba de la pared, y que por la hendidura entraba el agua de las lluvias y dañaba la pintura ; todos los concurrentes al truco determinaron, que se hiciera un retablo de piedra labrada á la santa imagen, y que se le hicieran vidrieras y puertas para el resguardo. D. Francisco Martínez Cabezón, que era uno de los concurrentes, ofreció prestar todo el costo para la fábrica, que pasó de mil pesos, y que se los fueron abonando hasta cubrirse, con loque mensiialmente se juntase en la alcancía. Obtenida licencia para la fábrica del retablo, se quitó la santa imagen y se depositó en la iglesia de las religiosas capuchinas. Concluida la obra, se cantó en dicha iglesia una misa con la mayor solemnidad, y después se llevó la santa imagen con una lucida procesión formada de mercaderes con vela en mano y se colocó en su retablo el año de 17f)0.
1. De billar.
“ Habiendo pasado á otro dueño la mesa de truco, se dispersaron y faltaron los concurrentes y faltó la alcancía, habiéndose ya devengado lo que prestó Cabezón. Después quedó á cargo de los vecinos cuidar del culto y aseo de la santa imagen, y así vino á pasar el cuidado al dueño de la botica inmediata, que cuida de su culto en este año de 1800.
“ Todo lo referido me consta por haber estado en una tienda cercana, donde delante de mí concurrían los mercaderes y se trataba de todo lo que se había de hacer, y en dicha tienda y á mi cuidado se apuntaba lo que mensualmente se juntaba en la alcancía y de allí se pasaba al poder del que había prestado el dinero para la obra. ”
Hasta aquí la tradición, que nos revela el buen deseo del P. Lazcano, de hacer de aquel sitio, en que se ejecutaba “ cosa que no se puede decir, ” un lugar de reverencia, y la piedad y honradez de los buenos aunque jugadores comerciantes.
La imagen del Refugio, cuando en 1861 se abrió la calle de Lerdo, se trasladó á ‘ ‘ una casa particular de la calle del Puente de la Maríscala ; anualmente se llevaba al Sagrario para hacerle una función el 4 de Julio, y hoy está en el templo de San Lorenzo, en un altar provisional, del lado de la Epístola, frente al del Señor de Burgos. ” (Nota á Sedaño por D. V. de P. A.)
Tal es la historia de la calle de las Canoas, una de las más antiguas y extensas que tuvo México recién conquistado, y que cambió después su nombre primitivo en otros muchos.
La razón de haberse llamado así, es fácil de comprender, pues por ella entraban multitud de canoas llenas de legumbres, frutas y flores, que cultivaban los indios en las pintorescas chinampas y en los jardines de los alrededores, para venirlas á vender en la plaza y en los portales, cerca de los que pasaba el canal que recorría toda la longitud de la calle.
Durante los primeros siglos de la dominación española, aquel tráfico comercial fué grande y animado.
Principalmente en los días de la semana Mayor, y más particularmente desde el Viernes de Dolores, muy de mañana, se veía surcado
GONZÁLEZ ODREGÓN.
el canal por infinidad de chalupas que llegaban cubiertas por completo, de toda clase de flores, que se realizaban en grandes cantidades. Este filé sin duda el origen del paseo que se bacía en la Viga, y antes en el Puente de Roldan, y que poco á poco ba ido desapareciendo, como muchas costumbres esencialmente mexicanas, que pronto se conservarán tan sólo en la memoria de los viejos y en la leyenda popular.
CAPITULO LI
EL ALUMBRADO
EL SERENO.
CAPÍTULO LI
EL ALUMBRADO
¡Qué tiempos !La ciudad en la noche presentaba un aspecto silencioso y lúgubre. No bahía alumbrado, y los vecinos que no querían exponerse á los peligros de las tinieblas, se retiraban á sus casas al toque de la queda. ^
Antiguo fue este toque de campanas, como se verá por el siguiente auto acordado de 21 de Julio de 1585, que nos proporciona también curiosos detalles acerca de las rondas y de las armas :
“Que se notifique al Cabildo y Regimiento de la Ciudad de México — dice — que se solicite y baga como en la Iglesia Catedral se toque la Queda, y se continué perpetuamente desde las nueve de la noche basta las diez : y tenga cuidado de que por ninguna vía cese, y den satisfacción de los Propios de la Ciudad al Sacristán de la dicha Iglesia, Campaneros, y persona á cuyo cargo estuviere la dicha Queda, lo que por razón de ello hubieren de hacer. Y se encarga y manda á las Justicias, Corregidor, Alcaldes Ordinarios de esta Ciudad, Alguaciles mayores, y sus Lugar-Tenientes, que en lo tocante á la dicha regla guarden y cumplan lo dispuesto por las Leyes, y conforme á ellas ronden ordinariamente todas las noches en esta Ciudad y sus barrios y distritos, desde que anocheciere en adelante ; con que no quiten las armas á los que toparen, si no fuere después de haber pasado la dicha Queda, y dado la dicha hora de las diez. En las que conforme álo susodicho tomaren y quitaren, otro día luego siguiente las manifiesten y exhiban ante la Justicia, y hagan relación, dónde y cómo, y á qué horas las hubieren tomado, guardando lo demás que las dichas Leyes disponen, de que no se quiten las dichas armas á los
([lie llevaron lumbre, 6 madruguen para ir á sus oíicios, y salir al campo, s6 las penas en ellas contenidas, y de cada cincuenta pesos más para la Cámara de S. M.’'
El obediente y leal vasallo del Rey de las Espadas, tenía, pues, que llevar luz para poder ir armado, 6 encerrarse en su casa después del toque de la queda, para cortar escándalos y peligros.
Las calles se encontraban á oscuras, con lioyancos y lodo cuando llovía, y transitadas por rateros (jue despojaban á los vecinos y aun los amenazaban con la muerte si ,no entregaban |)acíficamente lo que les [)edían ; por vagos (jue |)or quítame allá esas pajas ^ provocaban pendencias con raz(3n 6 |)or antojo, y en las (jiie íiguraban casi siem- ()i‘e ya algún jugador (jue salía perdido de un garito, ya algún beodo (jue se [)reciaba de valiente, 6 ya algún celoso enamorado que en cada sombra y en cada es(|u¡na veía un rival temible, bintonces la ronda a[)arecía allá á lo lejos, gritando : ¡ téngase á la juslicia I pero los aceros ya habían chocado, brotando chispas,}’ la ronda S(3lo recogía nn cadáver, un herido ó un des|)lumado.
No inventamos; nn historiador lo ha dicho: ‘‘Los robos eran írecnenles y á mansalva ; las riñas se sucedían casi sin interrupción, y de todos estos descjrdenes cometidos de una manera tenebrosa, ([uedaban impunes los autores con aírenta de la vindicta pública.”
Y ni el gobierno, ni los vecinos daban [)asos á remediar aquel estado de cosas, y auiu|ue a(|uellos siglos no í’ueron de las luces, muchísimo amor, en verdad, í’ué a([uel á las tinieblas.
Es cierto (jue los vecinos acomodados salían á las calles por las noches, farol en mano, (3 en las de algún sirviente; pero los (|ue no podían gastar este Injo, necesitaban ser unos héroes para dejar des- [)ués de la sus domicilios.
Es verdad también (jue para las aventuras galantes, a(|uella deliciosa obscuridad, debe haber constituido un paraíso ; pero á la vez un intierno para los ([uc tuvieran enemigos, pues éstos con la mayor impunidad ejercían sus más viles venganzas.
El único consuelo era una noche de luna : entonces sí que se
MÉXICO VIEJO. 505
encendía el alumbrado, á la inversa de hoy en que precisamente se manda apagar.
Una noche de luna daba á la capital de Nueva España un aspecto fantástico. Los grandes, los inmensos muros, y las altas torres délos conventos y de las iglesias proyectaban sus gigantescas sombras en las plazas y en las calles; los frentes de los edificios iluminados por la luz, parecían de plata, y formaban contraste con los que bañaba la sombra. Todo el mundo salía contento á pasear : unos solos, otros acompañados de amigos y con músicas, para rondar las casas de sus continuos tormentos.
Pero la historia reclama sus derechos á la imaginación, y es necesario atenderla.
Durante los dos primeros siglos de dominación colonial, México careció de toda clase de alumbrado, con excepción del recurso de sacar faroles los vecinos de que ya hicimos mención y del que los dueños de las casas de comercio inventaron, y fué poner en las puertas de sus tiendas, hachones atizados con rajas de ocote; mas este último recurso fué insuficiente : las tiendas no eran bastantes para alumbar toda la ciudad, y se cerraban temprano.
Ya en el siglo XVIII se pensó seriamente en poner los medios para evitar la obscuridad completa.
Siendo Corregidor D. Tomás de Rivera Santa Cruz, se dió un bando con fecha 23 de Septiembre de 1762, en el que se previno que en cada balcón, que en cada puerta, y á costa del dueño ó habitante de la casa, se colocaran faroles de vidrio, con luz suficiente que duraría hasta las once de la noche, exceptuando, sin embargo, á los pobres “que para cumplir con el mandato tuvieran que quitar del mantenimiento de sus familias.”
“Como era de esperar — dice el Sr. Orozco y Berra — la mayor parte de los vecinos se creyeron dispensados, y los que al principio cumplieron con el bando, fueron poco á poco desentendiéndose de la obligación, hasta que la ciudad quedó como antes, sin que bastara para dar regularidad y subsistencia al alumbrado, los repetidos mandamientos de la autoridad.”
506 GONZÁLEZ OBREGÓN.
Estos mandamientos llevan las fechas de Julio de 1768 y Septiembre de 1776.
“Por este método — continúa el Sr. Orozco y Berra — se notaban también varios inconvenientes, entre ellos que los faroles eran desiguales, que en las calles donde los ricos vivían, las luces estaban demasiado juntas, escaseando mucbo en otras calles y habiendo total falta en el resto, y que como el alumbrado duraba únicamente desde la oración de la noche basta las diez, ^ de allí en adelante quedaba la ciudad coni[)letamente á oscuras."
Tanto obstáculo engendró miles de j)royectos.
D Pedro José Cortés, indicó al principio que se colocaran teas en las calles, pero no habiéndose adoptado su proposición, se le ocurrió después que se compraran taróles de cristal con un fondo que se sacaría, al electo, de una conlribnción impuesta á las cargas de harina, señalando dos r(*ales á cada una y reduciendo las panaderías á cierlo número. I). Angel María Merelo, oj)inaba (|ue esa conlribución se sacara de los piloiies ó i'egalos (|ue en las j)ub|uerías se daban á los marchantes. (iOn este motivo se formó un expediente {[lie pasó al examen del liscal D. Bamón Posada, y á éste le vino á las mientes una nueva idea: (jue se calculara cuántos faroles se necesitaban j)ara el alumbrado y su costo, con los accesorios indispensables de aceite, meclias etc. ; que la canli<bnl (jue se necesitase se proporcionara de los abjuileres de las casas, “sin distinción de fuero de iglesias, comunidades, hospitales, cofradías, y olidos públicos, (digiendo para recaudación del d ó 4 por ciento (jue se regulara sobre b^s misnn^s ab|uileres y para la dirección de la obra las |)(U’sonas (|ue fueran del agrado del virrey: y que, linalmeiile, mientras si‘. ponía en práctica lo pro|)ueslo, el Ayuntamiento (‘xilase al vecindario á colocar faroles á la distancia y proporción en que habían de quedar." El proyecto, una vez más, no tuvo resultado salisfaclorio.
Ibitre tanlo, los vecinos de las calles de P. Juan Manuel y de San
I. Sedaño asegura que hasta las once.
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Agustín, sin preocuparse por teorías habían establecido su alumbrado desde 1780.
Con tal ejemplo, y con acuerdo de que los gastos los hicieran los vecinos á sus expensas, el Excmo. señor Virrey D. Matías de Galvez reglamentó el procedimiento por bando de 6 de Noviembre de 1783 ; pero habiendo fallecido, su disposición no se publicó sino hasta el 29 de Enero de 1785, en que gobernaba la Audiencia.
En dicho bando se previno que : “en el término de cuatro meses, contados desde esta fecha, pongan faroles uniformes todos los que tengan comodidades al ejemplo de las expresadas calles de D. Juan Manuel y San Agustín ; que en el real palacio, en todas las casas y oficinas de real hacienda y del público, se ejecute lo mismo de cuenta de los respectivos fondos de las rentas : que en las boticas;, pulperías, cabuaterías, panaderías, vinaterías, tocinerías, casa de juego de trucos, mesones y casas de vecindad se baga precisamente lo propio ; y que no conociendo las leyes de la policía fuero alguno por privilegiado que sea, eclesiástico ó secular, y debiendo todos contribuir al beneficio público á proporción de su carácter y dignidad, se pasen los correspondientes oficios á los jefes de todos los cuerpos sin reserva de ninguno, desde el primero hasta el último, para que celen y velen que sus individuos cumplan todos con esta misma obligación ; como también á los ocho jueces mayores de los ochos cuarteles de esta ciudad, con muy particular prevención de que todos y cada uno en su departamento persuadan por los medios más políticos y eficaces á los vecinos que tengan comodidades, que no se rehúsen de concurrir á una medida tan importante al servicio de Dios, del rey, y adorno de esta célebre ciudad : encargándoles muy particularmente cuiden de que no se comprendan los pobres, ni los que no la pueden obedecer sin notable incomodidad del socorro muy necesario á sus familias.”
Esta última taxativa dió el resultado de siempre : que todos se contaron en el número de los dispensados ; y sólo se logró que el Palacio y algunas calles se alumbraran.
Tantas tentativas inútiles para establecer una mejora tan impor-
tante en la ciudad, tuvieron por fortuna una feliz realización en tiempo del insigne Virrey, segundo Conde de Revillagigedo.
Con el espíritu práctico que lo caracterizó, dispensó á los vecinos que por cuenta propia sostuvieran el alumbrado ; impuso una contribución de tres reales por cada carga de harina que se introdujera en la ciudad, y aprobó en 7 de Abril de 1790 el reglamento relativo. En éste se establecían un guarda mayor, un teniente y un guardafarolero por cada doce faroles, los cuales habían de estar provistos de chuzo, pito, linterna, escalera, alcuza y paños y con la obligación de “ pasar la palabra unos á otros desde las once de la noche, diciendo la hora (jue es, y el tiempo que hace de cuarto en cuarto de hora, no valiéndose del pito sino para reunirse cuando necesiten auxilio. ’’ A continuación se crearon ocho cabos, armados de sable para (|ue vigilaran á los guardas.
Entonces fué cuando apareció por primera vez en México, el tipo po[)ular llamado sucesivamente guarda, sereno y gendarme\ tipo estoico poríjue él ha resistido siempre el calor, el frío, la menuda lluvia y los fuertes aguaceros; tipo sufrido, por(|ue él ha llevado con paciencia, las lla([uezas del prójimo asustadizo, que cada rato oye pasos en la azotea de su casa y toma á los gatos [)or ladrones, y las impertinencias de los borrachos á quienes tiene (|ue persuadir por la razón ó la fuerza de que deben retirarse ó caminar á la comisaría ; tipo simpático para los enamorados á quienes, con la sonrisa en los labios y el farol en la mano, les proporcionaba la escalera para subir al cielo de sus amores ; tipo en tin, que si á veces roncaba á más no poder, en otra época no lo hacía sino por intervalos de quince mimitos, para poder lanzar su grito monótono y melancólico de :
— ; Las nueve y sereiuG ó,
— ¡ Las once y nublado !
Mas reanudemos nueslra historia. Por bando de lo de Abril de 1790, se previno (|ue el (jue ((uebrara un farol, lo pagara, y si no tenía dinero, con trabajos forzados ; al que lo robara se le darían 200 azotes; el (|ue disparara armas contra los guardas, los citados azotes y cinco años de prisión, y si el delincuente era español, por
robo del farol, tres años en San Juan de Ulúa, y por lo segundo seis, “ debiendo todos sufrir además de las penas referidas, destierro á veinte leguas en contorno de la ciudad.
A mediados del año de 1790 el alumbrado corría ya por cuenta del Ayuntamiento, y no se había recogido aún la contribución, para que los vecinos palpasen la utilidad de la mejora.
“ Con esto — dice el Sr. Orozco á quien hemos tomado como guía en el presente capítulo — el alumbrado se estableció por todas las calles y en 1791 se encontraba ya hasta en los arrabales. ”
El costo total del establecimiento del alumbrado, fué de 35,429 ps. 6 rs. 6 gr., y se calculó que se necesitaría cada año para sostenerlo, con sueldos de guardas y 3,000 arrobas de aceite, la cantidad de 24,740 ps., teniendo en cuenta que el número de serenos ascendía á 93.
Debe pues México, al más ilustre de los virreyes, Revillagigedo, su primer alumbrado formal, mejora de que se careció durante siglos en Nueva España.
Hoy la ciudad tiene de todo : tinieblas, aparatos de aceite, gas hidrógeno \ luz eléctrica y hasta noches de luna en que no se encienden los faroles.
1. últimamente se ha quitado este alumbrado público.
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CAPITULO LÍI
UNA BURLA AL SANTO OFICIO
El 25 de Agosto de 1766 entraba de Virrey en Nueva España el Excelentísimo Sr. D. Carlos Francisco de Croix, marqués del mismo nombre, de quien las crónicas nos han dejado gratos recuerdos, pues cuentan que fue delicado gastrónomo y algo inclinado al buen vino ; pero en cambio “ íntegro y afable, ” y nosotros añadiremos, “ audaz y enérgico ; ” pues tuvo gran audacia y demasiada energía para haber llevado á cabo la idea de Garlos 111, de expulsar de sus dominios á los miembros de la Compañía de Jesús, lo cual verificó el de Croix en México, el 25 de Junio de 1767, diez meses después de haber tomado posesión del virreinato, día en que se les notificó á los jesuítas su expulsión.
Pero hay otro hecho, que aunque no tan importante, sí viene á demostrar la justicia que nos ha asistido, al afirmar que el de Croix era hombre “ enérgico y audaz, ” hecho del cual tenemos noticia gracias á la popular tradición, que se encarga de recoger todos aquellos acontecimientos, que desdeña la severa Historia.
Filé el caso que, un Miércoles de Ceniza, la entonces capital de Nueva España, la ciudad de México, se hallaba presa de una desusada agitación. Los pacíficos y devotos vecinos, que al escuchar el memento homo^ ete,^ se habían dejado tiznar bonitamente sus candorosas frentes, al encontrarse en las calles, unos se preguntaban admirados y otros se respondían sorprendidos, lo que va á saber el que siga leyendo estos borrones.
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— ¿Sabe vmd. la gran noticia ?
— Hombre, no ¿qué ocurre ?
— i Adivine !
— Pues no atino
— Se halla vmd. de veras atrasado de nuevas, y no parece sino que nunca sale de su casa.
— iMe confieso vencido pero me muero de curiosidad ;
¿ qué hay?
— Refrene su impaciencia, y escúcheme.
— Soy todo oídos.
— Ha de estar vmd., que los señores canónigos fueron, como es
costumbre, al Real Palacio, con el santo íin de dar ceniza al Exmo. Señor Virrey, pero éste ha tenido el atrevimiento
— ¿De resistirse á tomarla?
— ¡Quia! cosa peor; les ha dado á sus reverencias antesala
un plantón de padre y señor mío
— ¿Y lo han excomulgado?
— No señor : á la media hora de lo sucedido, el Santo Tribunal de la Inquisición le lia emplazado para que se presente ante él, sin pretexto ni demora.
— Y en estos instantes sale de Palacio — agregó un tercer vecino, ([ue sin previos saludos se reunió al grupo.
Era el recién venido, un viejo regordete, más colorado que un camarón. El copioso sudor que resbalaba por su frente, con la cruz de ceniza ({ue en ella ostentaba, le había tiznado hasta la punta de su larga y afilada nariz.
“ En efecto, dice un escritor, los loques de ordenanza anunciaban en Palacio que salía el virrey; salía, es verdad, mas no solo, sino al frente de un batalhin completamente armado y seguido de una batería.
“ Toda la gente se jireguntaba con susto qué objeto tenía aquel
MÉXICO VIEJO. 513
aparato : pero la comitiva siguió impávida en dirección á las casas del Santo Oficio.
“Al llegar, la tropa puso cerco al edificio, y el virrey atravesó con serenidad el patio, subió la escalera y se presentó en la sala de audiencia ante los inquisidores, que con grande autoridad le esperaban sentados en el tribunal. Sus miradas se fijaron á un tiempo en el emplazado con una expresión indefinible que podía significar sorpresa, satisfacción, orgullo y aun altivez. Pero él, con una calma imperturbable y cierto aire libre y depresivo, como de quien viene á imponer la ley antes que recibirla, sin esperar á que le hablasen, sacó el reloj y tomó la palabra, encarándose al inquisidor presidente.
— “ Ante todo conviene tener entendido que para esta entrevista no podemos disponer sino de diez minutos. Vea V. S. lo que tiene que decirme en este espacio, porque si espira antes de que salga á la calle, la artillería que está abocada al edificio empezará á obrar hasta reducirlo á escombros. Por lo mismo creo que á todos nos importa ser breves.
— “ No cabe la menor duda, excelentísimo señor, aunque es
extraño
— “ Bien, pues pasemos al asunto.
— “No hay para qué seguir adelante, excelentísimo señor.
— “ Según eso, ¿la audiencia está terminada?
— “Y muy felizmente, porque...... Será bien que V. E. piense
ya en retirarse.
— “ Porque quien se presenta á juicio con tantos y tales abogados
— “ No puede menos de salir airoso; pero, dispensando, suplico á V. E. se digne retirarse.
— “ Podemos hablar todavía algunos minutos.
— “ No es menester, y el tiempo es precioso una distracción !
— “ Podía sernos funesta comprendo. Así que
“ Al decir el virrey estas palabras, hizo una ligera inclinación ante el tribunal, y consultando el reloj con presteza comenzó á andar sosegadamente. “ Guando llegó á la calle y antes de montar en su
coche, dirigió una mirada al rededor. La gente estaba azorada esperando con avidez el resultado del juicio. La mecha humeaba en manos de los artilleros, y el jefe de la fuerza, inmóvil como una estatua, seguía con la mirada fija en la carátula de su reloj, los pasos del minutero.
— “ ¡ A Palacio ! se oyó decir desde la testera del carruaje, con un acento que no indicaba la menor emoción y casi en el mismo instante partió el carruaje, atravesando después orgullosamente la plazuela de Santo Domingo.
Al saber nuestros conocidos el resultado del suceso, que en menos de diez minutos se bahía desarrollado en el sombrío edificio del Santo Oficio, uno de ellos exclamó :
— ^lire vmd. í(ué casol
— De boy en más, no diremos con el « rey y la Inquisición cbitón, ” sino “ cañón,” agregó otro.
Y el viejo regordete, al limpiar con su inmenso paliacate el copioso sudor que corría por su rostro (era el medio día), acabando con esto de tiznárselo por completo, añadió con mucha flema :
— i Uf! Hoy sí (]ueS. L. les ha puesto á los señores inquisidores ceniza en la frente !
1. Manuel llamírez Aparicio. — Los Conventos Suprimidos (1861).
CAPÍTULO LUI
LA ACADEMIA DE SAN CARLOS
FRAY PEDRO DE GANTE LEGO FRANCISCANO.
(El primero ((ue enseñó á leer, OM iilur y tocar instrumentos de Mú>ica en la Nueva-España.)
CAPÍTULO LUI
LA ACADEMIA DE SAIN CARLOS
Siempre que tratamos de investigar el origen de una idea noble que haya contribuido á la civilización de México, nos encontramos con los venerables misioneros, que no sólo defendían a los vencidos, sino que también les enseñaban todo lo que debían saber.
Los misioneros fundaron los primeros talleres |de pintura en la capital de Nueva España.
En esos talleres, los indios perfeccionaron sus primitivos conocimientos, pues las bellas artes, aunque imperfectas, habían sido cultivadas antes de la Conquista. Si en ellas no adelantaron, si en pintura, por ejemplo, no llegaron ni con mucho á la perfección, no fué porque carecieran del sentimiento de lo bello, como ha dicho un escritor, sino porque su arte era simbólico, y el símbolo entre los indios como entre los egipcios, mató la inspiración y los obligó á producir en escultura monstruosas deidades,^ y en pintura figuras que trasmitieron á la posteridad su historia, sus costumbres, su religión, sus leyes y sus tributos ; pero figuras trazadas con violencia y desaliño, porque de ellas se servían para escribir y no para expresar sus sentimientos artísticos. Sin embargo, esto prueba que de antaño existía este arte en México.
“No hay duda que su germen — dice D. José Fernando Ramírez al hablar de la pintura entre los antiguos mexicanos — aunque
1. Con algunas excepciones, como la hermosa cabeza de Totee que se conserva en el Museo Nacional. En cambio, en arquitectura, los grandiosos monumentos cuyas ruinas aún se contemplan en Yucatán y en Chiapas, demuestran las aptitudes artísticas de los antiguos habitantes de nuestro país, así como otros restos arqueológicos que por fortuna escaparon á la barreta destructora de los conquistadores.
imperfecto y oseo, estaba ya sembrado y en fruto al tiempo de la Conquista, y que ésta solamente le trajo la corrección y la mejoría de medios para ejecutarla.”
El inolvidable Fr. Pedro de Gante fue el que estableció, junto á la capilla de San José, del convento de San Francisco, la primera escuela de bellas artes para la enseñanza de los indios, y algunos ([Liieren que haya sido también su primer maestro, á pesar de que no falta quien le niegue esta honra.
El taller del Padre Gante parece que existió basta principios del siglo XVll, y en él aprendieron y enseñaron varios j)intores indígenas, cuyos nombres se lian consignado en un libro ha poco jiublicado, y que [)or ser desconocidos reproducimos a(|uí: Pedro Chachalaca, Francisco Xinnamal, Pedro <le San Nicolás, Martin Mixcobuatl, Pedro Cocol, y el más célebre dt* todos, Marcos Cipac, llamado por los españoles Marcos A([uino, (d cual mereció (d siguiente elogio de Fr, Miguel Navarro \ ¡ Maravilloso es lo que hacéis! De verdad ave?itajáis en mucho á los españoles.
“Eos gastos del taller — agrega el autor de estos pormenores — eran por cuenta «le la parcialidad de San Juan, según se desprende de una noticia que está en el códice de Juan Ibiulisla y por la cual aparece <[ue los colores eran comprados por los regidores de lo que * entonces se llamaba República de ios indios. Así (‘s ejue los franciscanos daban la localidad, servían de mentores ó maestros; pero los gastos salían de la comunidad de los indios. de suponerse que para casos particulares se hayan hecho los gastos á expensas del cliente.”*
Después de los talleres ([lu' abrieron los misioneros, no encontramos noticia alguna hasta mediados del siglo XVIIl, de ({ue se huldesen fumlado en Nueva España establecimientos para el estudio de las bellas artes. Los pintores, los escultores, los grabadores y los arquitectos, ([ue por entonces figuraron, debieron sus conocimientos á esfuerzos puramente individuales.
I. Información mandada practicar por el arzobispo Montúfar con motivo de un sermón wbre el culto de la Virgen de Guadalupe, página 173. — .México, Imprenta de I. Paz. - 1891.
Y pasaron años y aim siglos, y nadie pensaba en establecer ima institución digna de la colonia, hasta que varios sujetos entusiastas y amantes del arte pensaron reunirse y llenar este gran vacío.
Filé así como se proyectó la Academia de la muy noble é inmemorial arte de la Pintura^ cuyos estatutos estaban firmados por Miguel Cabrera, presidente; José Manuel Domínguez, primer director; Miguel Espinosa de los Monteros; Juan Patricio Morlete Ruiz, segundo director; Pedro Quintana, director : Francisco Antonio Vallejo , tercer director ; José de Alcíbar, director, y Lorenzo Barba Figueroa, secretario.
Esta Academia se intentó fundar en 1753. Además de los directores referidos contaría con un maestro de matemáticas y iin tesorero . Celebraría concursos anuales de pintura, daría lecciones de dibujo, y se ejercitaría en el estudio del modelo vivo. En sus estatutos hubo, empero, una nota negra, inconveniente y absurda; se prohibía admitir discípulos de color. ^
Ignoramos qué causas impedirían llevar á cabo la fundación de dicha Academia (pues de ella sólo quedan sus estatutos manuscritos), y si la hemos mencionado es por mera curiosidad histórica.'^
Pero ya es oportuno que hagamos la historia de la que se fundó después con un carácter oficial, con mejores elementos, con más amplios horizontes, sin ridiculas trabas para la enseñanza, sin exceptuar á la raza indígena, y bajo la protección y munificencia del Rey Garlos III.
ANVERSO DE LA MEDALLA CONMEMORATIVA DEL CENTENARIO DE LA ACADEMIA.
1. Diálogo sobre la historia de la pintura en México, por D. Bernardo Gouto, págs. 64 y 65. — México, Tip. de la Secretaría de Fomento. — 1889.
2. Sólo se publicó de estos estatutos un artículo que puede verse en las notas finales á la obra anterior.
La idea nació de Don Fernando José Mangino, superintendente de la Real Casa de Moneda, quien en 29 de Agosto de 1781 presentó al Virrey D. Martín de Mayorga un proyecto para estaLlecer una Academia de pintura, escultura y arquitectura. Pareció al Virrey la proposición no sólo buena, sino oportuna y conveniente, y la aprol)ó el 12 de Septiembre del mismo año.
Á efoto de realizarla se reunió una Junta preparatoria, compuesta* del mismo Mayorga, del citado Mangino y de 1). Francisco Antonio Crespo, corregidor de la ciudad de México ; 1). José Angel de Cuevas Aguirre, regidor decano del Ayuntamiento ; I). Antonio Barroso Torrubia, [)rior del consulado; 1). Antonio Basoco cónsul más antiguo ; I). Juan íuicas de Lasaga, adminislrador general del Real Tribunal <le Minería ; 1). Joa(|uín Veláz(|uez de Iamju, director del mismo Tribunal; el mar([ués de Ciria, Mariscal de Castilla; el mar(|ués de San Miguel de Aguayo; el Dr. I). José Ignacio Barlolacbe, que funcionó como secretario de la Junta, y 1). Jerónimo Antonio Gil, grabador d(' la (]asa de Moneda, (jiie obtuvo el cargo de director general ; |)ersonas todas notables j)or su posición social, y distinguidas en las ciencias ó en las artes.
La Junta C(debró con regularidad sus sesioiu*s, levant(') las actas corres|)oudientes, redactó diversos acuerdos, logi’ó abrir las clases eu la citada Casa de Moneda el i de Noviembre de 1781, y con fecba 1° <le Agosto di' 1782, el Virrey y la referida Junta dieron cuenta á la (Virte, con lo acordadm bd Bey D. Carlos 111, después de algunos trámiti's é informes, expidió una cédula á 2b de Diciembre de 178b, en la (juc aprobaba la erección con el título de Aendomia do San Carlos do Nftor/f España ; la doló con Ib, 000 pesos anuales de los (|ue 9,000 se lomaron de las cajas reales de México y los cuatro restantes de “las leni|)oralidades de los regulares extinguidos/' ó en su defecto del “ramo de vacantes mayores 6 menores de toda la Nueva l.spaña;" decían") que acogía bajo su real protección á la Academia, nombrando viceprotectores á los virreyes, y “lugarteniente, y sustituto perpetuo suyo en el régimen y dirección," á D. I'ernando José Mangino, en demostración di'l aprecio que bacía de sus servicios, y por la confianza
que tenía de su talento y amor al bien público. Le concedió estatutos por real cédula de 18 de Noviembre de 1784, le envió instrumentos, libros, modelos y dibujos propios para la enseñanza, y ya organizada la Academia en toda forma, se abrió de un modo solemne el 4 de Noviembre de 1785, cuatro años después de inauguradas sus primeras clases. ‘
Desgraciadamente Carlos III no tuvo el mismo tino que hasta allí había demostrado, en el nombramiento de primer director, que fué D. Ginés Andrés de Aguirre, y de segundo, que recayó en D. Cosme de Acuña. El primero no pasó de mediano pintor, y Acuña regresó pronto á España. “No eran hombres como éstos — dice Couto — los que podían mantener en su esplendor, y mucho menos adelantar el arte que habían ejercitado en México, Echave, Arteaga, Rodríguez Juárez y Cabrera; y que aún tenía profesores como Alcíbar.”^
Sin embargo, la Academia progresaba en otro sentido, y aumentó á tal grado el número de los alumnos, que se pensó construir un edificio propio y adecuado al objeto, y mientras esto se llevaba á efecto se arrendó el local que hoy ocupa, en la cantidad de 1,300 pesos anuales. ^
La Academia se instaló allí el mes de Septiembre de 1791, y en este año llegaron dos distinguidos profesores, D. Manuel Tolsa, de escultura, y D. Rafael Jimeno de pintura. El primero trajo consigo la famosa colección de yesos con que obsequió al Establecimiento Carlos 111, la cual le había costado 40,000 pesos, y mereció más tarde los elogios del célebre barón de Humboldt.
Durante los once años de nuestra guerra de independencia, los
t . “Memoria para el plano de la Ciudad de México”, por D. Manuel Orozco y Berra, págs. 174 y 175. — México, Iinp, de White. — 18G7.
2. Los primeros que ensenaron la pintura en la Academia fueron D. Manuel Cárcamo, D. José Antonio Vallejo y otros artistas, últimos representantes de la escuela de Cabrera. En 1785 vinieron de España como primeros profesores los citados Aguirre y Acuña de pintura, Velázquez de arquitectura y D. José Arias de escultura, quien á poco perdió el juicio y fué sustituido en 1791 por el inmortal Tolsa.
3. La Casa de Moneda en que se fundó la Academia estaba entonces en el edificio que es hoy Museo Nacional. El que ocupa actualmente la Acidemia fué en un principio Hospital del Amor de Dios.
trastornos producidos por la revolución contribuyeron mucho al decaimiento de la Academia y á la diminución de los fondos, por lo ({lie fue preciso cerrarla á fines del año de 1821.
Con la conclusión del gobierno español en México, terminó, pues, el primer período de la historia de la Academia de San Carlos, que fue el que nos |)ropusimos bos({uejar en el presente capítulo.
Pero no será inoportuno ({ue rectiíi({uemos por vía de epílogo, lo (jue dijo un articulista, á propósito de la noble institución que nos ha ocu{)ado. ^ Aseguró (|ue en sus estatutos prohibía la Academia de San Carlos, la admisión de individuos de la raza indígena |)ara sii enseñanza. VA error es maniliesto, y fue hijo de halier confundido los estatutos deja Academia (|ue se [)royectó establecer en 1753, con los de la (|ue fumh) |)osleriormente con un carácter olicial Carlos 111.
liemos leído con detenimiento los estatuios de esta última, y en los XXX ca|)ílulos de (|ue constan, nada hemos enconlradi» relativo á seminante [U’oliihicióm, y (‘u el XVIll, (jue Irala (‘S|)ecialmente de los discí|)ulos de la Acadmuia, no S(» establece dislinció)ii de razas, y con toda claridad se exprc'sa (|ue “se admitirán iudisliiilamenle lo«los cuantos se |)reseuteir’
Por el contrario, contienen disposiciones favorables á los indios. En el artículo XIX, (jue se ocupa de las [iiuisiones, sólo se establecen lUKZ Y SKIS, y de éstas correspondían ci atuo jiara imuos ri aos dkXkeva L7sI‘A.N A.
Ami hay más; para la concesión de las pensiones á criollos y mestizos eran n‘(|uisilos indis|)eusabl(‘s jiresenlar una fe de bautismo, un memorial del liem|>o (|ue habían estudiado, junto con un dibujo <> modelo ile sus manos, copiadlos ó de su imencióm, y ser discutidos y aprobados estos docmmmtos en varias ¡nulas ; mientras ({ue para los individuos de la raza indígena bacía el Uey la siguiente excepción : Hípn entendido^ que por lo relativo á los i?idios^ les dispenso de estas jn'ecisas formalidades ; // se podrán elegir sin ellas los que á la junta
. En el diario político El Universal, hace unos seis años.
superior de gobierno pareciesen más aptos ^ en atención á sus pocas proporciones^ para que se hallen ija con alguna instrucción. ^
Con lo dicho creemos quedará convencido el articulista aludido, quien sin duda atribuyó á la Academia de San Garlos una prohibición que pertenece á la proyectada en 1753, sólo por estar en la misma ignorancia en que se hallaba D. José Joaquín Pesado el año de 1860, el cual decía en los Diálogos de Gouto (pág. 64) : “ No sabía yo que antes de esta nuestra Academia de San Carlos se hubiera pensado establecer aquí una escuela de Nobles Artes. ”
En suma, si la Academia de San Carlos de Nueva España^ no dió los pingües resultados que hubiera sido de esperarse, no fué por falta de protección á los indios, ni por falta de empeño de Carlos 111 y sus colaboradores, á quienes animó siempre la mejor voluntad por el progreso de las bellas artes, sino por otras causas que no queremos expresar en este capítulo.
1. Estatutos de la Academia, pág. 32. — México, 1852. — Tip. de R. Rafael.
VISTA INTERIOU DEL CEMENTERIO DE SANTA PAULA, HOY DEMOLIDO.
CAPÍTULO LIY
EL CEMENTERIO DE SANTA PAULA
La capital de Nueva España tuvo muchos sitios destinados al último descanso de sus moradores.
Solamente en 1736, cuando la terrible epidemia del Matlatzahuatl, que tantos estragos causó, existían cementerios en Catedral, San Miguel, Santa Catarina, Santa Veracruz, San José, Santiago Tlatelolco, Santa María, San Pablo, San Sebastián, Santa Cruz Acallan, Santa Cruz Coltzinco, Mistecos, Santo Domingo, Nuestra Señora de la Merced, Hospital Real, Jesús Nazareno, San Juan de Dios, San Hipólito, Espíritu Santo y Nuestra Señora de Belén.
Hubo, además de estos cementerios, situados la mayor parte en los atrios de las iglesias y en el interior de los hospitales, los camposantos de San Juan de Letrán, Candelaria, Xiutenco, San Antonio Abad y San Lázaro.
Es cierto que el año de 1736 fué de epidemia, y con este motivo se dió sepultura á los cadáveres en cuantas partes se pudo ; pero precisamente hemos citado los que existieron en esa fecha para mencionar el mayor número de cementerios que tuvo México durante la dominación española.
Posteriormente se formaron otros nuevos, y uno de los más notables fué el de Santa Paula, del que vamos á ocuparnos.
Santa Paula perteneció en un principio al Hospital de San Andrés, y los enfermos que allí morían eran sepultados en ese camposanto.
Se asegura que se fundó en 1784 por D. Alonso Núñez de Haro, Arzobispo entonces de México; pero no se bendijo sino hasta el año
de 1786, según se lee en la Gaceta de México^ que en su número 4, del tomo II, refiere el suceso de este modo :
“Habiendo resuelto el mismo Illmo. Señor bendecir el Cimenterio ó Campo Santo, y la Capilla situada en su centro, que con licencia de la Real Audiencia Gobernadora, y á sus expensas ha hecho construir para el Hospital general de San Andrés, que corre á su cargo y al de sus sucesores, en el parage que llaman de Santa Paula fuera de la azequia madre y de toda población, pasó á aquel la mañana del 25 de Febrero último (de 1786), llevando de asistentes á los Señores Dr. y Mro. D. Valentín García Narro, Canónigo Lectora!, Dr. D. Manuel Beye de Cisneros, Canónigo Doctoral, D. Joseph de Hierro, Racionero, y Dr. D. Juan Joseph Gamboa, Medio Racionero de esta Santa iglesia Metropolitana, y á las puertas de él estaban esperando con sobrepellices, con (iriiz. Ciriales y Azetre el Señor Dr. D. Joaquín Rodríguez Gallardo, Examinador Sinodal de este Arzobispado, Rector de esta Real y Pontificia Universidad y Gura propio de Santa IMaría de la Redonda, en cuyo territorio esta el referido Cimenterio, sus Vicarios y oíros muchos Sacerdotes. Entró S. S. I. en la citada Capilla, hizo oración, y revestido de medio l^ontilical, y dichos Señores asistentes con capas pluviales, la bendixo solemnemente. Con igual solemnidad y con arreglo á lo dispuesto por el Pontifical Romano, bendixo después el enunciado Cimenterio, y concluida la bendición, mandó que su Mayordomo y Capellán D. Isidoro Joseph Blanco cantase en dicha Capilla la Misa solemne que previene el insinuado Ponliíical. Asistieron á ambas funciones el Señor Dean y casi lodos los Señores Capitulares de este M. I. y V. Cabildo, otras Personas de la mayor distinción, é iniimerables del Pueblo de todos estados y calidades.
La capilla citada en la anterior relación, tenía 16 varas de largo, 8 de ancho y otras tantas de alto. Estaba consagrada al Salvador y contenía un retablo y altar para decir la misa y 35 sepulcros para las personas que quisieran ser enterradas allí por humildad.
El cementerio primitivo tuvo 260 varas de largo por 141 de ancho, con un total en cuadro, de 36,660 varas. Estuvo cercado por un muro
formado de paredes de 5 varas de altura, y en él tuvieron los sepultureros sus habitaciones. En la capilla había una campana con la que se tocaba para anunciar al Vicario la entrada de los cadáveres, quien bendecía las sepulturas y celebraba las exequias. Los entierros se hacían de noche.
“ Así permaneció (el cementerio) — dice un escritor — hasta el año de 1836, en que de acuerdo el Excelentísimo Ayuntamiento con el Señor Vicario Capitular, que lo era en esa fecha el lllmo. Señor Dr. Don Manuel Posada y Garduño (después Arzobispo de México), fué declarado cementerio general con el título de Santa Paula, comenzando atener este uso para todos los que fallecieran en la ciudad desde el 19 de Noviembre del mismo año, encargándose la dirección de la obra, que se dispuso tuviera la magnificencia debida á esta población, la primera de las Américas, al administrador del mencionado hospital, D. Vicente García, sujeto empeñoso y el más apropiado para aquella comisión. ”
Comenzóse la obra en 1837 ; pero nunca llegó á concluirse del todo y conforme al proyecto aprobado.
En 1867, Santa Paula ocupaba un terreno de 37,500 varas cuadradas, en forma de paralelógramo, cuyos lados mayores de Este á Oeste medían 250 varas, y los menores de Norte á Sur, 150. Entonces tenía dos puertas, una al Oriente y otra al Sur, siendo la primera la entrada principal. A uno y otro lado de estas puertas se leían poesías alusivas á la muerte.
Entrando por la puerta del Oriente había una calle enlosada, con balaustradas de cal y ladrillo, que contenían urnas para conservar las cenizas. Esta calle conducía á la capilla.
Rodeaban el cementerio corredores techados con vigas y sostenidos por columnas de cantera. Los nichos ó sepulcros estaban colocados en tres series horizontales, formando el muro, que se señalaron con una numeración progresiva, la cual alcanzó hasta el 1,665.
El temblor de 10 de Junio de 1858 arruinó mucho el panteón. Desde entonces comenzó á abandonarse, y aunque se hicieron algunas reparaciones, después el descuido fué tal, que en 1868 se encontraba
en un estado lamentable : no había cuidado, ni aseo, ni vigilancia : la yerba crecía por los pasillos y sepulcros, y en otras partes las ruinas presentaban un aspecto triste y repugnante.
Posteriormente, el panteón se clausuró y poco á poco fué vendiéndose en lotes á los particulares.
Entre las personas ilustres que estuvieron sepultadas en Santa Paula, debemos mencionar, en primer término, á una de las más insignes heroínas de nuestra independencia. Leona Vicario, cuyos restos ocii[)aban uno de los nichos situados al Poniente, bajo una lápida con esta sencilla inscripción :
A LA .MEMORIA DE LA Se.NORA
Do.na María Leona Vicario de Quintana Que Fali.eció el día 21 de Agosto de lSi-2.
Muchos de los heroicos detensores del territorio nacional, durante la época de la invasión norte-americana, yacían también en el cementerio, y como sería prolijo citar á todos, copiaremos solamente los epi latios siguientes :
Estrenuo ac invicto Joanni Gano lloc sepulcrum donat. Mg'Lxicanj:: Ecclesle XV. Kalendas ocTOimis anno MDCGGXLVIIL .
Ecclesia Mexicana Hic Quiescere Decrevit. JosEPH Frontera Gloria et honore coronatüs. XV. Kalendas octobris anno MDGGGXLVIII.
JOANNI N. PeREZ Militari Gloria Glaro Mcexicana: Ecclesij:.
Hog tumulum Dicavit.
XV. Kalendas octobris anno MDGGGXLVIII.
ObIIT sed IN JlTERNüM VIVIT Filipis Xicotencatl Hic Quiescendo.
Munificentia Mqexicana: Ecclesia. XV. Kalendas octobris anno MDGGGXLVIII.
Existían también en Santa Paula los restos del Sr. Lie. D. José Eleuterio Llaca, Diputado al Gongreso General por Querétaro, que falleció el 21 de Diciembre de 1844 : los del Excmo. Sr. D. Melchor Múzquiz, General de División y benemérito de la Patria, que murió el 14 de Diciembre del mismo año; los de D. Lucas Balderas, que murió heroicamente en defensa de su país, el 8 de Septiembre de 1847,
y los de D. Rafael Ramiro, General de Rrigada y “ primer jurante del plan de independencia en Iguala. ”
¿Dónde reposan hoy tan veneradas cenizas? Lo ignoramos, y solo de las de Doña Leona Vicario hemos podido averiguar que fueron transladadas al cementerio de los Ángeles.
De los sepulcros privados que se levantaban en medio del patio, el más notable fue el de la familia Esnaurrizar.
En los anales históricos, si es que tuvo anales, del cementerio de Santa Daula liay un suceso que de ningún modo debemos omitir, por estar relacionado con la vida de un hombre célebre.
I). Antonio blsnaurrizar, ¡efe de la comisaría de México en 1842, tuvo la peregi-ina ocurrencia de levantar en Santa Paula un monumento para d('positar el pie que bahía perdido el General Santa-Anna en Veracruz, el ó de Diciembre de 1838, cuando la guerra de los franceses.
Ocurrírseb' el pensamiento y realizarlo, fué acto simultáneo. Esnaurrizar eiágió una columna que reposaba en alta gradería, y encima de dorado chapitel colocó una urna ó sarcófago, que á su vez soportaba un cañón sobre el cual descansaba el águila de México, (biatro inscripciones se leían en la base de la columna, y esta se hallaba rodeada de un enverjado de hierro, en cuyas esquinas se ostenlaban las faces y las hachas, símbolos de los cónsules romanos.
VA entierro y las honras de aquel fragmento humano, fueron risibles á [)0sar de su solemnidad, lié aquí cómo las describe un escritor contemporáneo :
“ La maúana del 27 de Setiembre de 1812 — dice — se hizo un brillanle entierro, desconocido, para nuestros mayores, del miembro de un hombre vico aún, al que concurrió, por la novedad y rareza de la función, la gente más ilustre de México, y un inmenso pueblo atraído de la novedad de este singular espectáculo. Marchó una gran parte de la procesión bajo la vela del Corpus, que no alcanzó hasta la
puerta del camposanto, y el sol fatigó infinito á la concurrencia que ya se daba al diablo con el calor insufrible. La guarnición formó valla : los sargentos cargaron la urna colocada en unas andas, y detras de ella marchó mucha infantería. La urna fue colocada por mano del Ministro de la Guerra, acompañándole el de Hacienda. Interin se practicaba esta operación, bastante arriesgada, por los andamios, y expuesta no sólo á que se quebrasen los piés, sino á que se matasen los ministros, el Licenciado Sierra y Rosso, apoderado y favorecido de Santa Anna, pronunció cerca de la columna y en la galería inmediata que forman los sepulcros, una oración en loor de su héroe, y remembrando sus hazañas (la cual corre impresa y me parece fuera de travesura). Concluido el acto, Esnaurrizar tomó la llave de la urna y delante de mi ^ la entregó á Santa Anna, haciéndole una arenga, á la que respondió éste lacónica y tibiamente ”
Después de leer la descripción de tan ridicula ceremonia, en la que el mismo á quien se dedicó estuvo frío y descontento, los comentarios huelgan : todo ellofué obra de los aduladores.
Solamente agregaremos, como cosa curiosa, que el pueblo se burló de Santa Anna en todos los tonos posibles, y que entonces fué muy popular el siguiente acertijo, que á pesar de su forma incorrecta se debe conservar :
Es barita sin ser mujer ;
Es Rey sin el cetro Real ;
Es hombre más no cabal
Y Sultán al parecer.
Qué vive debemos créer :
Parte en el sepulcro está
Y parte dándonos guerra
¿Si será esto de la tierra
O qué demonios será?
Y ese mismo pueblo, en la tarde del 6 de Diciembre de 1844, dió una lección severa, derribando el monumento y arrastrando por las calles la pata del héroe de Tampico.
l. D. Carlos Maria Bustamante. Poseo un ejemplar del discurso pronunciado por Sierra y Rosso. L. G. O.
CAPÍTULO LY
LOS BAUTIZOS VIRREINALES
En el ceremonial de los virreyes, todo era solemne, rumboso : la entrada, los funerales, el casamiento y el bautizo de sus hijos.
Entre los hijos de los virreyes que se bautizaron en la capital de Nueva España debemos citar á los de los Exmos. Sres. D. Tomás Antonio Manrique de La Cerda, ^Marqués de la Laguna y Conde de Paredes, y de D. Bernardo de Calvez, Conde del mismo apellido.
La esposa del primero, fué Doña María Luisa Gonzaga, hija de Don Vespasiano Gonzaga y de Doña María Luisa Manrique.
La mujer del Marqués de la Laguna, siendo Virreina de México, tuvo un hijo, al cual se bautizó solemnemente en la Catedral, y en la misma pila en que se dice recibió ese sacramento San Lelipe de Jesús. El niño fué bautizado por el Arzobispo y lo apadrinó Er. Juan de la Concepción, donado de San Francisco, que vino de España con el Virrey La Cer<la.
A este Télebre bautizo asistieron el Conde de Santiago, Maese de Campo, la Real Audiencia, y todas las corporaciones civiles v religiosas existentes en esa época. Marchó la tropa é hizo salvas generales. Se (juemaron doce castillos en la plaza mayor, hubo cena en Palacio, y se invitaron á los Tribunales y á la Real Audiencia.*
Más solemne, y más detalles se conocen, acerca del de la hija postuma de 1). Bernardo de Gálvez, casado con la Señora Doña Felicitas
1. Diario curioso y exacto de D. Juan Antonio Rivera, Capellán del hospital de Jesils Nazareno de México. Contiene noticias muy curiosas de lo ocurrido en esta ciudad y aun fuera de ella, desde ICTG hasta IGOG. — (Publicado en El Musco Mexicano, pá^'s., ít) á 1.33 del tomo I.)
Saint Maxent, natural de Nueva Orleans, “ joven hermosa á la par que amable, ” la cual quedó viuda el 30 de Noviembre de 1786.
Doce días después del fallecimiento de su ilustre esposo, el 11 de Diciembre, la Virreina, que se había trasladado de Tacubaya al Real Palacio de México, dio á la luz á las cuatro de la mañana y con toda felicidad “ una muy robusta y hermosa niña, ” suceso que fué anunciado en la Gaceta del mes y año citados.
Solemnísimos fueron el bautismo y confirmación de la hija de la Condesa de Gálvez, y como el mencionado periódico publicó la crónica de ambas ceremonias, procuraremos dar un extracto de tan curiosa relación, copiando íntegros algunos de los párrafos. ‘
La noticia del feliz alumbramiento de laÁGrreina, llegó á conocimiento del Exmo. Ayuntamiento de la Imperial ciudad de México, en los instantes en que los señores Justicias y Regimientos se encontraban celebrando el Cabildo ordinario.
Tan fausta nueva, los complació tanto, cuanto los había consternado la muerte del padre de la recién nacida, el Conde de Gálvez, su amado Virrey, que se había captado la estimación de todos, “ por sus singulares virtudes, fina política, ciencia de Gobierno, y demás apreciables circunstancias con que Dios había dotado á S. E. ”
Los Caballeros Capitulares, de común acuerdo, juzgaron que aquella dichosa oportunidad sería la más á propósito para manifestar al público y á la Exma. Señora Virreina viuda, el mucho aprecio que hacían de su difunto esposo, á quien tantos beneficios debió la Nueva España y muy en particular la ciudad de México.
Al efecto, y por aclamación, acordaron ofrecerse como “ padrinos de la niña, ” pues represenlaban á la capital, el mismo Cabildo, Justicia y Regimiento, y nombraron á dos de entre ellos, para cumplimentar á la ilustre señora por su alumbramiento, y para obtener la venia con el fin de realizar sus deseos.
Se presentaron, pues, los dos capitulares en Palacio, y habiendo comunicado á S. E. el propósito que allí los llevaba, la de Saint
1. Gacetas de México. Compendio de noticias de Nueva España, que comprenden los años de 1786 y 1787, por D. Manuel Antonio Valdés. — Tomo II, págs. 268 á 370.
Maxent, agradeció en todo lo que valía tan sin igual honra; pero no la aceptó desde luego, pues ya había invitado como compadre al Sr. D. Fernando Joseph Mangino, del Consejo de S. M. en el de Hacienda, Juez Superintendente de la Real Casa de Moneda, del Real Apartado de Oro y Plata de Media Annata y Servicio de Lanzas, sub-delegado del Exmo. Sr. Superintendente General del Ramo de Reales Azogues, y Presidente de la Real Academia de San Carlos.
Desairar á un señor de tantos títulos, hubiera sido un imperdonable delito de lesa cortesía ; mas habiendo mediado entre los regidores y el Sr. Mangino algunos cumplimientos, “ tuvo éste — dice La Gaceta — la generosidad de ceder su derecho en obsequio del buen nombre del Exmo. Señor Virrey difunto, y por no defraudar á su Noble Posteridad del honor que en todo tiempo podía resultarle con tal demostración pública. ”
Resuelta la dificultad que se presentaba, quedaron como padrinos del santo Sacramento del Rautismo, la Imperial Ciudad, y del de Confirmación, el Sr. D. Fernando Mangino; item más, se ofreció para administrarlos, el limo. Sr. Arzobispo D. Alonso Núñez de Haro y Peralta.
La ceremonia fijóse para la mañana del 19 de Diciembre de 1786, y se propusieron por la Noble Ciudad, y con acuerdo y asignación de la madre de la criatura, para que tuvieran á ésta en la pila del bautismo, al señor Coronel D. Francisco Antonio Crespo, Caballero de la Orden de Santiago, y á la Señora Doña María Josefa de Yillanueva Altamirano y Rarrientos, esposa del Regidor Decano, D. Joseph Angel de Cuevas Aguirre y Avendaño, Señor de la Fortaleza y Valle de Tebra en el Reino de Galicia.
Por orden del Arzobispo, se colgó y adornó magníficamente la Parroquia del Sagrario, en donde se había de celebrar el bautizo.
Por su parte el Ayuntamiento adornó sus Casas Consistoriales, los balcones y las almenas, con elegantes cortinajes de damasco y con banderolas, y obtuvo de la Real Audiencia, que entonces gobernaba por muerte del Virrey, que franquease la tropa necesaria de
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los Regimientos de Zamora y la Corona, para que formasen valla desde Palacio hasta el Sagrario, y una compañía de Granaderos de Zamora para que cuidasen del orden en el interior del templo.
Ocho días transcurrieron en estos arreglos y preparativos ; pero por fin llegó el día 19 fijado de antemano para la celehración de la ceremonia.
El Ayunlamicnto, hajo Mazas, se transladó al Real Palacio : suhió, recihió á la niña, y á las diez y media de la mañana salió por la segunda puerla dirigiéndose por frente á las Casas Consistoriales, torciendo después á la derecha por el portal de Mercaderes, y pasando imseguida delante de la Catedral, entró por la puerta del costado del Sagrario.
La comitiva guardaba el siguiente orden, según dice La Gaceta : Delanle llevaba sus Atabales y Clarines con todos los Ministros de Justicia. A estos segiiian los Mazeros en coche, detrás en otro los Escribanos y siiballernos de Cabildo, luego iba en una magnífica <*arroza la Señora Doña María Josefa de Villanueva conduciendo á la niña, y acompañada de una de las damas de la bhxcma. señora Virreina viuda, después seguían en coches de gala todos los Caballeros Capitulares y algunos de los convidados, (|ue se ha hallaban á la sazón en Palacio, (bi dos en dos ; el j)enúltimo coebe lo ocupaban el Sr. 1). Eernando de Mangino y el Caballero Regidor Decano, y por último, cerraba la comitiva el coche de la Justicia, compuesta del señor Correg^hlor, Alcaldes Ordinarios y Alguacil Mayor.”
. -,'A fan selecto acompañamiento, lo esperaba en el Sagrario uno más uunu'roso, no menos lucido, (jue lo componían los RR. Prelados de las Religiones, señores Ministros, Canónigos, jefes militares y de oficinas, la oficialidad de la guarnición y toda la nobleza de México, que habían sido invitados con anterioridad para presenciar y autorizar aquel act<'>.
Ea ceremonia dentro del templo fué grandiosa y solemne, con iodos los ritos que previene la religión cristiana.
ICf limo. Sr. Raro, vestido de Pontifical, administró los sacramentos á la niña, á quien pusieron en el Bautismo los nombres
áQ María Guadalupe Bernardalsabel Felipa de Jesús Juana Nepomucena Felicitas^ y en el de confirmación se le añadió el de Fernanda. Durante la ceremonia sirvieron de asistentes, con capa pluvial, los Dres. D. Luis de Torres, Arcediano; D. Joseph Ruiz de Conejares, Canónigo; D. Miguel Primo de Rivera, Racionero, y D. Joseph Carrillo, medio Racionero.
Terminada la función, que duró hasta después de las doce, la recién bautizada fué de nuevo conducida á Palacio por las mismas calles; pero en esta vez su carroza ocupaba el lugar de preferencia, antes del coche de la Justicia.
En seguida el Ayuntamiento cumplimentó á la Virreina, regresó á sus Casas Consistoriales, y desde los halcones se arrojaron algunas monedas al pueblo. Por la noche, además de iluminarse profusamente el Cabildo, “hubo muchos y bien dispuestos fuegos artificiales”
Tal fué en resumen aquel famoso bautizo, que no ha habido en México otro que le iguale, siquiera por la circunstancia de haberse constituido en padrino de la niña María Guadalupe, la muy ilustre y Noble Ciudad.
La distinción tan especial que mereció de parte del Ayuntamiento la hija póstuma de D. Rernardo de Gálvez, no la olvidó la Exma. Señora Doña Felicitas Saint Maxent, pues cuando partió para España el 25 de Mayo de 1787, dos días antes dirigió á tan respetable cuerpo la siguiente carta, sencilla pero llena de gratitud :
“Exmo. Señor :
Se acerca el día de mi partida para España. Pasado mañana he resuelto salir de esta Capital, y á principios de Junio creo podré embarcarme en Veracruz.
Conozco muy bien las particulares distinciones que he debido á V. Exea. Jamás se apartarán de mi memoria, y procuraré imprimirlas
GOiVZÁLEZ OBREGÓN.
en mis tiernos hijos, y singularmente en la que tiene el honor de ser ahijada de V. Exea, para que como vinculado, se eternize en toda mi familia nuestro reconocimiento á la muy Nohle, muy Leal, é Imperial Ciudad de México. Así lo prometo á V. Exea.
Bajo este concepto espero que V. Exea, me franqeará sus órdenes donde quiera que me halle, con el seguro, de que será siempre para mí de la mayor satisfacción servir y complacer á V. Exea. Dios guarde á V. Exea, muchos años, México 23 de Mayo de 1787. — Exmo. Señor, — La Condesa de Gálvez. — Señores Cabildo, Justicia y Regimiento del Exmo. Ayuntamiento de México.”
A esta carta de despedida, contestaron los individuos á quienes se dirigió, con otra no menos digna y nohle.
Finalmente, la Virreina, dió una prueba más de sus grandes sentimientos. El cadáver de su esposo se bahía sepultado en San Fernando, y (juiso también darle su último adics. En la media noche del 21, acompañada de su familia é hijos, entró en el templo que estaba iluminado, y en el cual la recibió toda la comunidad ; pasó después al cementerio, y allí, tras larga oración, regó con abundantes lágrimas el sepulcro de su marido, en medio de “los más dolorosos ayes y suspiros.”
CAPÍTULO LVI
LOS COCHES
LOS COCHES- DE SITIO EN MÉXICO Á FINES DEL SIGLO XVIII. (l)c uii jii-aliado de la úpoca).
CAPÍTULO LVI
LOS COCHES
LA PROHIBICIÓN DE LOS COCHES.
En el 6° Libro del Cabildo é Ayuntamiento desta Insine é Muy Leal Ciudad de Tenuxtitan México desta Nueva España^ que comenzó á P día del mes de Dizienbre de 1550 años y fenece á fin de Dizienbre de 1561 años, se encuentran curiosos pormenores de cómo fué jurado en esta Capital el Rey D. Felipe 11; pormenores que han sido desdeñados hasta ahora por los historiadores modernos de la Colonia, y por este motivo nos vamos á permitir extractarlos, comenzando por sus antecedentes.
En Cabildo celebrado el viernes 9 de Abril de 1557, el tesorero D. Fernando de Portugal, presentó una carta del Virrey D. Luis de Velasco, acompañando una de Carlos V fechada en Bruselas á 16 de Enero de 1556, en que participaba al Ayuntamiento su abdicación á favor de su hijo el príncipe Felipe, y otra de éste, con fecha 17 del mismo mes y año, en que anunciaba lo propio y su aceptación del trono de España é Indias.
Acto continuo, el Cabildo, vistas las “ cartas del enperador don “ Carlos nuestro señor, é del rrey don felipe nuestro señor, dixieron “ que obedecían y obedecieron lo que por su magostad les es man- ‘ ‘ dado, y que por ser como es semana santa, y estar como está absente “ desta ciudad el yllustrísimo señor bisorrey, don luis de belasco, el “ qual estará en ella según lo ha escrito la víspera de la pascua, que “ el hefeto della y el alzar los pendones y hazer las demás ceremo-
542 GONZÁLEZ ODREGÓN.
nias que se suelen y an de hazer, se queden para quando el dicho
señor bisorrey sea venido, y con su acuerdo y parecer se haga lo
suso dicho para que mejor se acierte. ”
Pasada la semana mayor, puestos de acuerdo los “ señores justicia é rregidores ” con el Virrey que ya entonces se encontraba en México, se procedió en Cabildo celebrado el viernes 4 de Junio de 1557, al arreglo del modo de hacer la jura solemne de Felipe II, es decir, se aprobó el programa de las fiestas como ahora decimos, que fue el .siguiente :
El día V de Pascua de Espíritu Santo, á las siete de la mañana, se llevaría el Pendón Peal por 1). Fernando de Portugal, ^ tesorero, desde las casas del Ayuntamiento basta la Iglesia Mayor, ^ acompañado de la “ justicia é regimiento, y otros vezinos y caballeros, todos á cal)allo, ” para ser colocado en el altar principal de dicha iglesia y bendecido por el Arzol)is])o.
1.a ciudad iría en la comitiva con sus mazas, y entre dos mazeros un rey ile armas, con las de Feli|)e 11 y su cola.
(Concluida la misa pasaría la ciudad al cadalzo (tabbnlo) que se bahía mandado construir enfrente de las casas reales, junto á la j)uerta de la Iglesia INlayor donde bahía de verificarse la jura del soberano. ^
Prestado el juramento, se invitaría al Virrey para que alzara el Pendón en nombre de S. M. : acto continuo el rey de armas lo proclamaría, y después se pondrían pendones y banderas con las armas del nu(‘vo Uey en el cadalzo, en las casas reales y en las del cabildo é aij untamiento, con mucha alegría de música, trompetas y salva de artilbu'ía.
l. El P. Cavo en su obra Los Tres Siglos de México, pág. 1G7, asegura que bendecido el estandarte por D. Fr. Alonso de .Montufar, “el alférez real D. Luis de Castilla lo condujo al tablado inagniricauiente erigido en la plaza mayor....” Es cierto que estaba prevenido que en estas y otras fiestas llevaran el pendón los alféreces reales ; pero en la jura de Felipe 11 se comisionó expresamente para ello á D. Fernando Portugal, según consta en el acta respectiva.
‘2. La Catedral primitiva.
3. Entonces el Palacio estaba en el Empedradillo ; ocupaba las casas del Marqués del Valle, hoy Nacional Monte de Piedad. Véase capítulo intitulado Las Casas del Estado.
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Terminada la ceremonia, el Pendón con todo sn acompañamiento recorrería las calles principales, con “ música, atabales y trompetas, ” para volverlo á colocar en las casas de Cabildo.
En la tarde los indios harían mitotes en la plaza pública, y por la noche se iluminarían las calles, ventanas y azoteas de las casas de la ciudad.
Al día siguiente (7 de Junio) habría en la plaza principal corridas de toros y juegos de caña,^ “ y que lo que fuere necesario y se gas- “ tare para hacer los pendones y banderas rreales, y vestidos y cotas “ alel rrey de armas, y rregocijo de la plaza é libreas, se gaste libre y pague de los propios desta ciudad.
Como entonces no había la costumbre de imprimir programas, el Sábado 5, un pregonero se encargó de hacer pública la resolución del Cabildo, de que á otro día, 6 de Junio de 1557, se verificaría la jura.
Inútil creemos añadir, que todo se cumplió y llevó á debido efecto, como certifica en el acta respectiva el escribano Melchor de Legazpi.
Pero faltaríamos á nuestro deber de cronistas , como diría hoy un repórter piir sang^ si no diéramos noticia de las personas más notables que á dicha fiesta concurrieron, y fueron las que siguen :
El Ilustrísimo (aún no tenían los virreyes el tratamiento de Excelentísimos), Sr. D. Luis de Velasco, Virrey y Gobernador de Nueva España; los Sres. Lie. Alonso de Zurita, Dres. Diego López de Montealegre y Juan Bravo , Presidente y Oidores de la Audiencia ; el Reverendísimo D. Alonso de Montúfar, Arzobispo de México; Antonio de la Cadena y Alonso Aguilar, alcaldes ordinarios ; Fernando de Portugal, tesorero ; Hortuño de Ibarra, contador; Bernardino Vázquez de Tapia, Gonzalo Ruiz, Ruy González, D. Luis
1. “Fiesta de á caballo que la nobleza suele hacer en ocasiones de alguna celebridad publica. Fórmase de diferentes cuadrillas que hacen varias escaramuzas, y corren unas contra otras arrojándose reciprocamente las cañas, de que se resguardan con las adargas.” {Diccionario de ia Lengua Castellana^ por la Real Academia Española.)
de Castilla, Antonio de Carbajal, Bernardino de Albornoz, Alcaide ; Alonso de Mérida, Juan Velázquez de Salazar, factor; Juan de Sámano, Alguacil mayor ; y Melchor López de Legazpi, escribano del Consejo.
Asistieron también como testigos, el P. Fr. Francisco de Bustamante, Provincial del Convento de San Francisco ; Fr. Domingo de Santa María, Provincial de Santo Domingo ; Alonso de Avila, Angel de Villafañe, Alonso Ortiz de Zúñiga, Jerónimo de Medina, Hernando de Avila, Hernando Gutiérrez Altamirano, el Dr. Castañeda y otros mucbos vecinos.
Con la misma solemnidad que ({iieda dicho, se recibió el juramento á D. Cristóbal, indio gobernador de México; á D. Hernando Pimentel, indio gobernador de Telzcoco; á D. Antonio, indio gobernador del pueblo de Tacnba, y á 1). Diego de Mendoza, indio gobernador de Tlatelolco, siendo de notarse, (|iie para ellos se hizo uso de un tal “ jiian freyle, yntér[)rele. ”
Para concluir : según nnmioria de gastos presentada al Cabildo de la ciiulad d(‘ México [)or el Mayordomo Francisco de Olmos, las tiestas celebradas |)ara la jura de Felipe 11 im[)orlaron novecientos y noventa y nn pesos y cinco tomines de oro común.
Según los cálenlos hechos por nuestro sabio historiador. Lie. D. Manuel Orozco y Berra, el peso de oro común etjuivalía á nn peso setenta y cinco centavos de nuestra moneda actual, y el tomín á treinta ij seis centavos. Hednciendo la cantidad arriba expresada á la moneda corriente en nuestros días, resulta (¡ne en las tiestas reales se gastaron mil setecientos treinta y seis pesos y cinco centavos, poco más ó menos. ^
Veamos ahora cómo agradeció S. M. esta solemne jura á sus vasallos de Nueva España.
Dos décatlas después de estas solemnes fiestas, S. M. el Bey D. Felipe H expedía en Madrid, á 2i de Noviembre de 1Ó77, una Beal Cédula, que al ser recibida en México traía de mal lininor á las
1. Diccionario Universal de Historia y Geografía, tomo V, página DII.
(lamas y caballeros de la ciudad, que no gustaban de andar como Nuestro Seráfico Padre Señor San Francisco.
La prohibición era terminante, las penas severísimas, y en el asunto no cabía apelación posible puesto que el Rey lo mandaba, previas pláticas con los de Su Consejo.
La Cédula decía así, ad pedem litcrde :
“ El Rey. — Por quanto somos ynformado que en la Nueba España de las Nuestras Indias del Mar Océano se ha comenzado á húsar y usa andar en coches y carrozas muchas gentes, y que esto va cada día creciendo, de manera que no se tiene tanta quenta con el exercicio de los cauallos, ques de los mayores ynconbinientes que en aquellas partes podía hauer para la fuerza y deffenza de la tierra ; visto y platicado sobre ello por los de Nuestro Consejo de las Indias, y consultado con Nuestra Real persona, atenta á las dichas caussas, y otras que an parecido muy justas para ello, fue acordado deuiamos mandar esta Nuestra cédula, por la qual mandamos y expresamente prohibimos y defendemos agora, ni de aqui adelante, ninguna ni algunas personas, de qualesquiera estado y condición que sean, no puedan andar ni anden en coches y carrozas, ni los tengan ni vssen de ellos en manera alguna en la dicha Nueba España ni en otra parte alguna de las dichas Nuestras Indias, Islas y Tierra firme del Mar Océano, sopeña que la persona o personas que tuuieren los dichos coches y carrozas, y hussaren de ellos en qualquier manera, por la primera vez cmjgan e yncurvan en perdimiento de ellos y de las malas o cauallos que los guiaren, y en quinientos pesos de oro^ aplicado como por la presente los aplicamos, la tercia parte para la Mi Camara y Fisco, y otra tercia parte para la persona que lo denunciare, y la otra tercia parte para el Juez que lo sentenciare ; y por la segunda vez la pena sea doblada^ y la aplicamos en la forma y manera susodicha, y Queremos y Mandamos se execute ansi ynremisiblemente, y que ninguna persona pueda pasar coche ni carroza alguna a las dichas Nuestras Indias, ni las hacer ni labrar en ellas ni en parte alguna dellas^ sopeña de duzientos pesos de oro aplicado en la manera que dicha es; y demas desto^ el que lo contrario hiciere^ cay a e ymurraen
j)ena de destierro perpetuo de las dichas Nuestras Indias; y para que lo susodicho sea publico y notorio y no pueda pretender ignorancia, Mandamos que esta Nuestra cédula se lea y pregone publicamente en las gradas de la Ciudad de Seuilla y en las Ciudades de México, de la Nueba Esj)aña y la de los Reyes de las prouincias del Perú, y en todas las oirás Ciudades de las dichas Nuestras ludias, donde residen Nuestras Reales Audiencias y Cbancillerias y los Nuestros Gouernadores. — l'ecba en Madrid a veyti y qiiatro de Nobiembre de mili y ([uinienlos y setenta y siete años. — Yo el Rey. — Por Mandado de Su Mageslad : Antonio de llerasso.— Ibitre renglones : para Nuestra (iamara y lO'sco, y otra tercia parle. — Corregido con sn óriginal. — Joan Haptisla de la Gasea.
Al oir pregonar eii México y en todas las ciudades de América semejaiile [)r()bil)ici()n ¡cuántos comeiilarios liarían los sensatos y cuántas baBlillas serían el lema délos murmuradores! ¡Qué criterio (d de S. M. y el de su Consejo ! Su Bordinar la comodidad de los vasallos á los animales ; considerar más á éstos cjiie á los ricos de la Colonia ; conliar más en la tuerza de los brutos para defender el Reyno (|iie en la lidelidad de los racionales. ¡ Un comino le impoidaba al Rey que nobles y pecheros carecieran del Injode los coches, si la dominación aseguraba! ¡Y qué ira, y (jné in(]uina contra los pobres coches ! S. M. no S(3lo jirobibía andar en ellos, sino tenerlos : no podían (‘onservarse ni poi’ cui-iosidad, ni ser Iranios á las Indias, ni mucho menos fabricarse eii (días, so pena de destierro perpetuo. ¡Infelices propietarios, desgraciados carro''eros ! Ignoramos á (|ué oficio se dedicaron éstos y (jué resoluci(3n lomaron los dueños de forlones : si los (j neniaron ó hicieron leña.
Ihnpero, tal vez a(|uella furilninda Cédula, encontrada en los archivos de lispaña, corrió la suerte de otras muchas que fueron sejuilladas bajo el honroso epilalio de ohedézcase, pero no se cumpla. S()lo sabemos que el Ayuntamiento apeló de esta Cédula anle la misma mageslad de Felipe II.
1. Copié esta Cédula literalmente del tomo XVIII, página 116 de la Colección de Documentos Inéditos del Archivo de Indias. — Madrid. — 187‘2.
Quizá se obedeció algún tiempo, mas algunos años después se echó en olvido, pues por causas que no se saben ó por muerte del Rey, la moda imperó de nuevo á principios de la siguiente centuria, y no sólo ricos hombres y encopetadas señoras, sino los mismos virreyes y arzobispos, sonriendo y orgullosos se paseaban por calles y paseos, arrastrados, por aquellos caballos tan queridos de S. M. Felipe ’II, “fuerza v deffenza de la tierra,” como él los llamaba.
LOS COCHES DE ALQUILER,
Hay ciertos sucesos que por su^poca ó ninguna] importancia y trascendencia, no han sido consignados en las obras de los historiadores primitivos ; pero que no por insignificantes dejan de despertar la curiosidad del lector y del cronista, que en muchas ocasiones tiene que emprender serios y prolijos estudios para satisfacer tan pueril deseo.
Esto nos ha pasado á nosotros con parte del asunto en que vamos a ocuparnos, y para cuya investigación hemos consultado inútilmente cronistas, historiadores antiguos y manuscritos viejos.
¿Quién filé el afortunado vecino que “anduvo en coche por primera vez en México?
¿En qué año se trajo el primero á Nueva España?
Cuestiones tan curiosas para los eruditos, como baludíes para los profanos, no nos ha sido dable á nosotros resolver pues ninguno de los autores que se ocupan de nuestras antiguallas proporciona noticias acerca del asunto, y á fuerza de] rastrear por aquí y por acullá, sólo hemos hallado 'durante el siglo XVI el uso deHos coches, pero sin poder fijar cuándo y cómo vinieron.
Empero, el primer coche debe haber] RegadoJ á México en el segundo tercio del siglo XVI. En la centuria décima séptima, ya menciona muchos coches Balhuena en su “Grandeza Mexicana,” que publicó aquí en 1604 y en la cual dice entre otras cosas :
“Fiesta y comedias nuevas cada dia, De varios entremeses y primores, Gusto, entretenimiento y alegría.
Usos nuevos, antojos de señores,
De mujeres tocados y quimeras.
De maridos carcomas y dolores ;
Volantes, carzahanes, primaveras ;
Y para autoridad y señorío Coches, carrozas, sillas y literas.”
Además, el célebre Mateo Alemán, que estuvo á principios del siglo XVII en México y que publicó en esta ciudad el año de 1613 un libro intitulado “Sucesos de Fray García Guerra, Arzobispo de México,” cita la carroza de este Prelado.
El uso de los coches debe haberse hecho común muy en breve, así como la costumbre de uncir dos troncos de muías ó caballos á cada carruaje, pues ya en 21 de Agosto de 1621 se prohibía por auto acordado de esa fecha, “ que ninguna persona de ninguna calidad y condición que sea, así en esta Ciudad y sus arrabales, como en las demás Ciudades y Villas de esta Gobernación, pueda usar de la superfina ostentación y gasto de traer, ni traiga quatro muías ó caballos en los coches y carrozas (excepto el Arzobispo, Obispos y Títulos que hay en esta Nueva España) si no fuere saliendo de camino por las dichas Ciudades, Villas y Lugares, dos leguas, y no menos distancia, pena de perdido el coche ó carroza con los caballos ó muías que llevare por cada vez que á ello se contraviniere ^ aplicado por tercias [)artes. Cámara, Juez y Denunciador. Y los Jueces y Justicias de esta Gobernación lo hagan así cumplir y executar”L
Menos rigurosas y con fines más razonables fueron las penas establecidas por el bando de la Real Sala de 31 de Oclubre de 1777, para corregir los abusos — que entonces como ahora — cometían los cocheros. Tan antigua como curiosa disposición, merece reproducirse. Dice así.
“ Que ningún Cochero aligere los pasos de las muías, ni atropelle
1, Monlemayor y Belefia,Reco/)í7ac.dn Sumaria de iodos los autos acordados de la Real Audiencia y Sala del Crimen de esta Nueva España. — México. — Año de 1787. — Tomo I, página 77.
persona alguna, de qualquiera elase y calidad que sea, antes vayan voceando y avisando para que se aparten, ni menos impidan el tránsito con arrimar demasiado los Forlones á la pared, pena de doscientos azotes en forma de justicia, y quatro años de Presidio, sólo en virtud de la sumaria información que se le hiciere, por la que conste haber cometido alguno de los relacionados excesos, sin que se les admita excusa ó recurso que pueda retardar la execución. Se prohíben baxo la propia pena, las competencias de carreras y adelantamientos á porfía : Que no usen de su exercicio estando ébrios : Que no puedan despedirse y dexar á sus amos sin avisarlos algunos días antes, y que preceda causa razonable y calificada ; y que no domen muías por las calles con madrina, ni se pongan broncas y cerreras en los coches. Y á los dueños que los autoricen ó los inquieten para que vayan á servirles, se les exigirá la multa de quinientos pesos ” V
Tilomas Gage, viajero inglés que vino á México en 1625, asegura que durante su residencia en la capital, “ se decía que el número de los habitantes españoles llegaba á 40,000 todos tan vanos y tan ricos, que más de la mitad tenían coche ; de suerte que se creía por muy cierto, que había en ese tiempo en la ciudad, más de quince mil coches ” ^
Consignamos el dato anterior como una prueba de los muchos coches que entonces existían; pero, por lo demás, nos parece fabuloso el número que nos consigna Gage, y sólo como una exageración se puede admitir, por no calificarla de mentira.
Si respecto á los coches particulares ignoramos quién fué el primero que los introdujo en nuestra capital, no sucede así con los de
1. Obra citada, tomo I, página 53 del tercer foliaje. Debemos citar también como curioso, el bando de 20 de Marzo de 1782 expedido por el Virrey D. Martín de Mayorga, en que ordenaba que ni los coches ni los caballos anduvieran por la ciudad ni se permitiera entrar las caballerías por las garitas, desde la hora de los Oficios el Jueves Sanio hasta que se concluyeran los del Sábado de Gloria.
2. Nueva Relación que contiene los Viajes de Tomás Gage en Nueva España. — París. — Librería de Rosa. — 1838. — Tomo I, pág. 175.
alquiler, que comenzaron á usarse hace poco menos de un siglo.
Tan útil mejora se debe al Coronel D. Manuel Antonio Valdés Murguía y Saldaña, autor de la Gaceta de México^ el cual nació en esta ciudad el día 17 de Julio de 174S, siendo sus padres D. Miguel Benito Valdés, natural de laYÍlladeZiaña,en el consejo de Langredo, obispado de Oviedo, y de Doña María Murguía y Tavera, natural de México C
En 1793, Valdés propuso al segundo Conde de Revillagigedo, establecer una casa de coches que se alquilaran por horas, y habiendo aceptado el Virrey lo que el primero solicitaba, por decreto de 20 de Julio del [mismo año, se le concedió privilegio exclusivo por introducir esta nueva mejora, lo que así fué anunciado al público en bando de 6 de Agosto.
El día 15 de Agosto del mismo año se estrenaron 8 coches, que fueron situados respectivamente : 2 en la calle del Portal de Mercaderes, cerca de la esquina donde se ponía el cartel del teatro ; 2 en la plazuela de Santo Domingo; otros 2 en la calle del Palacio Arzobispal ó de la Moneda, y los 2 últimos frente al despacho ó administración de dichos coches, que estuvo situado en la casa número 12 de la calle de Zúlela.
Aquellos primeros carruajes de sitio se llamaron “Coches de Providencia ; ” éran de sopandas ^ sin pescante, con guarnición amarilla, y el juego de las ruedas encarnado, con un medallón en la parte de atrás, en el que constaba el número, y en el vidrio de la parte delantera un farolillo que se encendía después de la oración de la noche. Contenían en su interior un reloj, para saber la hora en que se tomaba ó dejaba el carruaje. Este era arrastrado por un tronco de muías, en una de las cuales iba montado el cochero, que vestía librea ccmpuesta de “casaca y calzón azul, chupín, collarín y vueltas encarnadas, y en ésta y en el collarín y carteras de la casaca una franja matizada de varios colores”.
1. Datos sacados de la inscripción que tiene un retrato al óleo, propiedad de los Sres. Abadiano, descendientes de Valdés.
3. Los úlliinos que usaron coches de sopandas sin pescante fueron el Ilustrisimo D. Lázaro de la Garza y Ballesteros y la Sra. Dona María de Jesús de la Cortina.
Cada cochero llevaba una arquilla de metal, en laque depositaba el dinero el que alquilaba el coche. La hora valía cuatro reales, dos el cuarto^ y los mismos cuatro reales la raedla^ aunque fuese de día, de noche, hiciera tiempo sereno 6 lloviera. Sólo se alteraban estos precios cuando había comedia en el Coliseo, y entonces se situaban desde las 9 de la noche seis coches en la Plazuela del Colegio de Niñas, pagándose cuatro reales por cada viaje, aunque durara menos de un cuarto de hora, atendiendo á que tenían que esperarse hasta que terminara la función, “ya que en tiempo de lluvias, frecuentes en tales horas, sería considerable et mal tratamiento de los coches y libreas. ”
En los coches no podían subir más de cuatro personas, ni aun en la zaga ó tablilla^ “ á menos que fuera algún criado de los que lo hubieran fletado.... ”
D. Manuel Antonio Valdés, gozó del privilegio hasta el año de 1802, y como ya no nos ocuparemos de él, diremos que el introductor de los coches de sitio en México, murió aquí el día 8 de Abril de 1814.
Nueva contrata por diez años se hizo con D. Carlos Franco y D. xXntonio Bananelli en 1802, cuyo reglamento se publicó por bando el 7 de Diciembre ; y comenzó á regir el día 8. Ya entonces el número de coches era el de 30, “ precisamente cerrados, sin cortinas, ni persianas, ni celosías que cubrieran á las personas de adentro ”. Las libreas fueron también reformadas, y consistían en “ sombrero de tres picos, casaca y calzón de un color, chupa, vuelta y collarín de oro y franja de hilo de colores en el mismo collarín, vuelta y carteras de la casaca.... ”
“ Los coches - — dice el Sr. Orozco y Berra — deberían situarse todos los días, de siete á una, y de las tres de la tarde á las diez de la noche, y de ellos doce delante del átrio de la Catedral, dos en la calle del Arzobispado, cuatro en la plaza de Santo Domingo, dos en la de Jesús y los diez restantes en la casa de la proveeduría. En lo demás casi no se hizo variación, aunque se añadió una disposición de cortesanía, pues en el artículo 18 se previene que si un hombre y una mujer se presentaren al mismo tiempo á tomar un coche, sea prefe-
rida osla en razón de sii sexo. Ninguna persona podía poner coches de alquiler, pena de 50 pesos por la primera vez, de 100 por la segunda, y de perder el coche y las muías por la tercera”.
Tal vez no carecería de interés hacer mención de lodos y cada uno de los reglamentos posteriores, y de las disposiciones relativas al ramo de coches; pero nuestro objeto fné nnicamenle hablar de cuando se introdujeron en la Nueva E^spaña’.
Por lo demás, el cocln* de sitio, (d coclu' es ya legendario.
Pertenece á las cosas vi(‘jas (|U(' van desapareciendo. VÁ recnerda y íué lestigo de las cosliimhres de niK'slros ;d)iielos. Los condujo á la [)ila para recibir las aguns del hnulismo, y al aliar |)ara santilicnr el matrimonio. Triste, lento y pausado los llev(>al cementerio para acompañar á un pariente, á un junigo;y alegre, v(doz y bullicioso los llevaba al día d(‘ camj>o, al pasi'o de Ihicaiadi, al de la Viga en la (hiaresma, y al viejo Loliseo (ui las noches de iM'prí'senlación.
Imió un amigo constante en sus adversidades y en sus placeres, pronto á servirlos, lo mismo á la hora en (|uc abrasa un sol canicular, (jue en medio de un torrencial aguacero, ó tle una noche obscura y lluviosa. IGié también el conlidenle »le muchas escenas amorosas de nuestros antepasados y el (jue llevó la salud conduciendo á un médico cerca del lecho de los enrermos.
\\\ tranvía ha sido su rival, su enemigo, como lo l‘ué el vaj)or de la (¡ilif/rficid ; j)ero él lucha, no se deja vencer, vedlo I Ahí pasa arrastrado por dos rocinantes más viejos que los coches de 1795, con sus ruedas divi^rciándose de los ejes, con su caja |>esada y descolorida, producitmdoal rodar un ruido siemju’c igual y monótono, y ostentando orgulloso en su pc'scante, ya no al cochero de librea de los tiempos
1. En el nno de 1801 existían en la ciudad de .México cerca de 300 coches de alquiler, de los que 280 eran de ¡danta y 14 ó IG extraordinarios. Desde el establecimiento de los ferrocarriles urbanos han disminuido, pues en 1828 había ochocientos noventa y cinco y en 1820, novecientos noventa y seis.
virreinales, sino al cochero vestido con los desechos de todas las épocas, pues el sombrero pertenece á una, y á otras distintas entre sí, el pantalón, la chaqueta y el chaleco.
Pero el coche de sitio, el verdadero coche simón de á cuatro reales la hora, sigue luchando no sólo con el tranvía y la bicicleta^ sino con el coupé de ruedas encarnadas ó azules, y hoy un buen regidor apenas le ha pintado las ruedas de amarillo !