Mi religión y otros ensayos breves · Capítulo real 19 de 25

DIÁLOGO DIVAGATORIO ENTRE ROMÁN Y SABINO, DOS AMIGOS

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.

Román. — ¿Que nada hemos inventado? ¿Y eso, qué le hace? Así nos hemos ahorrado el esfuerzo y ahinco de tener que inventar, y nos queda más lozano y más fresco el espíritu...

Sabino. — Al contrario. Es el constante esfuerzo lo que nos mantiene la lozanía y la frescura espirituales. Se ablanda, languidece y desmirria el ingenio que no se emplea...

R. — ¿Que no se emplea en inventar esas cosas?...

S. — U otras cualesquiera...

R. — Ah, ¿y quién te dice que no hemos inventado otras cosas?

S. — ¡ Cosas inútiles !

R. — ¿Y quién es juez de su utilidad? Desengáñate, cuando no nos ponemos á inventar cosas de esas, es que no sentimos la necesidad de ellas.

S. — Pero así que otros las inventan, las tomamos

de ellos, nos las apropiamos y de ellas nos servimos; ¡ eso sí !

R. — Inventen, pues, ellos y nosotros nos aprovecharemos de sus invenciones. Pues confío y espero en que estarás convencido, como yo lo estoy, de que la luz eléctrica alumbra aquí tan bien como allí donde se inventó.

S. — Acaso mejor.

R. — No me atrevía á decir yo tanto...

S. — Pero ellos, ejercitando su inventiva en inventar cosas tales, se ponen en disposición y facultad de eeguir inventando, mientras nosotros...

R. — Mientras nosotros ahorramos nuestro esfuerzo.

S. — ¿Para qué?

R. — Para ir viviendo, y no es poco.

S. — Es que, además, la ciencia, no sólo tiene un valor práctico ó de aplicación á la vida mediante la industria, sino que le tiene también ideal y puro...

R. — Sí, es zaguán para la sabiduría, ya que por ella nos hacemos un concepto del universo y de nuestro lugar y valor en él. La ciencia es el pórtico de la filosofía, ¿no es eso?

S. — Sin duda alguna.

R. — ¿Y si el templo de la sabiduría tuviese, mi buen Sabino, alguna puerta trasera disimulada en el espesor de sus muros, por donde se pueda entrar en él sin necesitar de zaguán ni porche alguno?

S. — Acaso el buscar y columbrar esa puerta hurtada y escondida cueste más trabajo que entrar por

el zaguán y esperar allí á que se nos abra la puerta maestra.

R. — Más trabajo tal vez, cierto, pero trabajo más acomodado á nuestras facultades. Lo que para uno es más costoso, es para el otro lo más llevadero, y á la inversa. Y .además, si nos empeñamos en entrar en el hogar de la sabiduría por el zaguán de la ciencia, corremos riesgo de quedarnos en éste la vida toda, esperando á que aquel se nos abra, y francamente, amigo, de quedarse fuera, vale más quedarse al aire libre, bajo el cielo y las estrellas, donde el aire nos da de donde quiere y sin rebotes.

S. — Todo eso no son sino achaques de la holgazanería, pretextos de ociosidad.

R. — ¿Ociosidad has dicho? Mira, coge y alárgame ese tomo que tienes ahí, á tu derecha; ése, los Sermones del P. Fr. Alonso de Cabrera que acaban de publicarse en la "Nueva Biblioteca de Autores Españoles". Tráelo. Aquí está, en el primer sermón, en las Consideraciones del Domingo de Septuagésima sobre aquel texto de San Mateo (XX, 6) "¿ Por qué estáis todo el día ociosos?" Oye al buen padre Dominico cuando defiende á los frailes y abades del reproche de que ganan la comida cantando y todo el año huelgan, recordando la definición de Santo Tomás, su hermano en reHgión, de que el ocio se opone á aquel orden enderezado á conseguir su fin propio. Y como es de esperar, en él reputa ociosos á todos aquellos que se emplean en conseguir cosas no conducentes á su fin propio, que es el de salvarse. "Si

vuestras inquietudes, negocios y desasosiegos os apartan de Dios, ocioso estáis, vagamundo y holjzin sois", dice.

S. — ;Y apruebas eso tú? ¿Tú? ¿Tú?

R. — Yo ni apruebo ni desapruebo nada. Yo sólo digo que muchos se meten en el porche del templo, no en espera de entrar un día en éste, sino para guarecerse allí de la intemperie, y porque no resisten ni el toque derecho del sol ni el libre abrazo del aire libre; yo sólo digo que para muchos no es el cultivo de la ciencia más que un narcótico de la vida; yo sólo digo que ese delirio con que se entregan hombres y pueblos á lo que han dado en llamar civilización, no es sino consecuencia de sentirse desesperados por no poder gozar de los frutos de la que llamamos barbarie.

S. — ¿Y la puerta trasera, la de escape?

R. — Esa no se llega á descubrir sino después que uno se ha lavado bien los ojos con lágrimas que suben á ellos desde el fondo del corazón. "Nace el amor — dice en sus Contemplaciones el Idiota — como las lágrimas que de los ojos caen al pecho, porque de la inteligencia nace el amor y cae en el corazón por la fe." Pero yo creo que sucede al revés. Todas las grandes obras de sabiduría han sido hijas de amor verdadero, es decir, doloroso. Cuando en una obra de ciencia encuentres sabiduría, no te quepa duda alguna de que la dictó una pasión, una pasión dolorosa y mucho más honda y entrañable que esa miserable curiosidad de averiguar el cómo de las

cosas. "Seréis como dioses, sabedores de la ciencia del bien y del mal", tentó la serpiente á Adán y Eva cuando éstos languidecían en la felicidad fatal del Paraíso, libres de dolores.

S. — Y trayendo la cosa acá, á nuestra Patria, ¿qué sacas de todo eso? ¿Qué aplicación á nuestro estado? Ya que con tanto y tan injusto y tan pernicioso desdén hablas del pórtico del templo, muéstranos la puerta esa que dices y por la que se entra derechamente y sin tener que hacer antesala en él.

R. — Esa puerta no se la puede mostrar hombre á hombre, sino á lo sumo meterle en deseo de buscarla por sí. Las cosas de experiencia personal é íntima no se transmiten de un hombre á otro hombre . Nos pasamos unos á otros pesetas é ideas, pero no el disfrute de unas ni de otras . Hace pocos días he leído en un libro de Bernardo Shaw este aforismo : "El que puede, hace ; el que no puede, enseña."

S. — Te pareces á los krausistas; todo se te va en propedéutica y prolegómenos.

R. — Fíjate y observa que los que más echaron en cara, aquí, en nuestra España, á nuestros benditos krausistas de hace treinta ó cuarenta años el haberse pasado el tiempo en propedéuticas, esos reprochadores se lo han pasado en hacer índices, epílogos, catálogos y fes de erratas. Y váyase lo uno por lo otro. Se han instalado, no en el pórtico del templo,, sino en su corral, donde se ocupan en recoger, ordenar y clasificar despojos y mondaduras.

S. — Bueno, y vosotros, los del aire libre, ¿qué ha- 'Céis?

R. — Nosotros somos los solitarios y los solitarios todos se entienden entre sí aun sin hablarse, ni verse, ni siquiera conocerse. Me acompañan en mi soledad las soledades de los demás solitarios. Se habla mucho de solidaridad, y se nos dice que cuantos habitan en el pórtico del templo y tienen allí puestas sus tiendas de mercadería se sienten solidarios entre sí. Sin duda, cada cual envía al parroquiano á la barraca del otro, porque tienen divididos sus géneros y acotados, y se alaban mutuamente sus mercaderías. Conozco el repugnante compadrazgo de los mercaderes del pórtico, pero te aseguro que en el hondón de sus corazones no están más unidos que lo estamos los que vagamos, sin rumbo y sin ventura, por los alrededores del templo, bajo el cielo abierto, en busca de que una congoja nos abra la puerta trasera de él, la de escape, la escondida. Y cuando de noche, al cerrar sus tenderetes, se duermen entre sus cachivaches, créeme que no lo pasan bien, porque entonces es cuando en el silencio se conocen los unos á los otros.

S. — ¿Y si un día se les abren de par en par las hojas de la gran puerta del templo? Porque ellos esperan humildemente.

R. — ¿ Humildemente ? ¡ Valiente humildad la suya ! Si fueran humildes estaban salvados. Pero no sabes tú bien cómo esos buhoneros y quinquilleros desprendan, ó firtgen despreciar á los mismos que fabrican

las menudencias que ellos venden. ¡ Humildemente ! Si fueran humildes se les abrirían las puertas del templo.

S. — ¿Y si se les abren?

R. — No entrarán en él, tenlo por seguro; no entrarán en él. Su corazón está tan apegado á las chucherías de sus tiendas, está cada uno de ellos tan satisfecho de ser especialista en anillos ó en pelotas, ó en jabones de olor ó en pitos, ó en libros de viejo, que no dejarán sus tiendas ni para entrar en el templo y ver la cara á Dios. Son unos avaros, nada más que unos avaros. Y además, ¿qué van á hacer en el templo si kan olvidado á cantar los que lo supieron? En el tem.plo no se vocea la mercancía, sino se canta. Y si entraran en él, el Hijo del Señor les echaría á latigazos. Que vendan en el pórtico libros de salmos y los cotejen unos con otros y los estudien y los corrijan, y los acicalen y los editen, pero que no entren á cantar con ellos, ¡ por Dios ! ¿ Qué tiene que ver la una cosa con la otra?

S. — Y, sin embargo...

R. — Sin embargo, ese viejo Kempis que ves ahí, sobre mi mesa, texto desnudo y limpio, de batalla, corriente, me ha procurado más alivio y más consuelo que se lo procuró el suyo á ese señor que ha hecho una edición crítica de él, precedida de doctísima introducción y seguida de eruditísimas notas, tan vanas unas como otra. Eso no es sino la concupiscencia morbosa del saber.

S. — ¿Y qué otra cosa quieres que hagan?

R. — ¿Qué Otra cosa? Desesperarse y contarnos su desesperación ó esperanzarse y contarnos sus esperanzas. ¡ Cantar !

S. — No todas las aves nacieron para el canto.

R. — Pues las que no nacieron de él, que no canten ; pero que tampoco graznen. Y que no hagan lo de la urraca.

Salamanca, Julio de ipoó.