Mis filosofías · Unidad 51 de 56
Unidad 51 · AMAR ó SER AMADO
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AMAR ó SER AMADO
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AMAR Ó SER AMADO
— Empezaré por confesaros, amiga mía, que esta conversación (disertación, diríamos más bien), sobre el amor, me desorienta por completo.
— ¿Y por qué, si gustáis ?
— Hace un lustro, por lo menos, que ni en lo que escsibo, en lo que leo, en lo que hablo... ni aún en lo que pienso, aparece el amor para nada. En los salones ni quien lo miente : sería la peor de las cursilerías ; en las novelas ni quien de él trate, porque todo está tan redicho y repintado en este género, que lo que pudiera (\e él insinuarse, á nadie interesa ; en el teatro ha desaparecido, á menos que se
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llame amor á ese intrincado, vario y perpetuo conflicto del adulterio, con que nos obsequian liberalmente los autores...; en el alma de la juventud no se vislumbra el amor tampoco. Nosotros, que nos casábamos antes á la americana, es decir, con la mujer que nos gustaba más, nos casamos hoy á la europea : el matrimonio se arregla en el despacho de los papas. Por amor ya no se casan más que los archiduques de Austria, últimos abencerrajes del ensueño. Esos, aún te llevan, oh Dios, en sus pupilas pensativas, de profundo azul habsburgo... 1
— Exajeráis. Hay otros príncipes y princesas que por amor se desposan así mismo.
— Cierto, la volandera crónica mundana nos cuenta á veces de pastoras que son amadas por hijos y nietos de reyes... Mas los simples mortales no los imitan. Un pollo de veinte años se creería en el mayor de los ridículos, si hablase de amor siquiera. Y así, señora, ¿os atrevéis á preguntarme, á mí, poeta maduro, poeta oto-
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fíal en el estricto sentido de la palabra, poeta en cuyos rnostachos hay ya los clásicos poivre et sely si prefiero amar á ser amado?... | Ah ! buena amiga mía, en estos momentos somos horriblemente anacrónicos... Estamos démodés, nos hemos vuelto 1830... Por fortuna, todos bailan ó se restauran en el comedor. Nadie nos mira, nadie nos oye... Pues bien, yo, señora, prefiero amar...
— ¿A ser amado?
— Exactamente.
— ¿Y por qué?
^ <i Qué puedo alegar sino viejas razones cuando me hacéis una tan vieja pregunta? Contemplad por un momento al que es amado, y compadecedlo. Las solicitudes lo rodean y persiguen, hasta desesperarlo á fuerza de tedio. Los besos, que para otros labios serían pétalos de flor, ó mariposas, ó quizá libélulas, son para él moscas, cínifes, cuyo zumbido destroza los nervios. Su propia frialdad enciende el deseo de la enamorada, el
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cual, naturalmente, está en razón inversa de la parsimonia del amado. Los celos de ella cíñenlo como sierpes y esclavízanlo como cepos. Ojos suspicaces lo acechan. Nariz de alas finas y temblorosas, pretende percibir en él á cada paso el olor del pecado. — « Este perfume no es el mío, le dicen. ¡ Has estado, pues, con otra ! » La tragedia gravita sobre su vida. ¡Lo aman ! es decir, no se pertenece ; es decir, de por vida lo han condenado á prisión. Á cada paso ha de surgir de los labios amantes la consabida y ridicula pregunta : — ¿Me quieres? — y el grotesco reproche : — « ¡ Ah, bien se vé que no, que ya no me quieres como antes i »
Obligado á mentir, el mísero supliciado lo hace cada vez de peor gana. '
Á veces, por la zona de su ensueño pasa la imagen de otra mujer... La ha visto un día, á la puerta de un almacén. Aún recuerda mal de su grado, el ritmo del andar ágil y el timbre de aquella divina voz de contralto al saludar á una amiga... La hubiera seguido , ¡ mas, para qué !
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