Mis últimas tradiciones peruanas y Cachivachería · Unidad 89 de 247

Unidad 89 · MIS ULTIMAS TKADICIONES 241

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MIS ULTIMAS TKADICIONES 241

— Hasto muy pronto, señor de Espinville.

—Hasta cuando usted guste, señor de Saillard— le contestó el vizconde.

El vice-cónsul acreditado para Chile fué muy bien acogido por la sociedad de Valparaíso, y pasó ocho meses de paseo en paseo, de fiesta en fiesta y de baile en baile. La voz pública, que es muy vocinglera, lo daba por novio' de una de las más bellas y ricas señoritas porteñas.

En tanto Saillard pasaba su tiempo en Lima, esquivo á frecuentai* la sociedad, adiestrándose en el manejo de la pistola hasta llegar á conquistarse fama de eximio tirador.

Un día supo, por) un comerciante chileno que estuvo en el consulado á hacer visar unos documentos, que el vizconde celebraría su enlace, en pocos meses más, y el vice-cónsul le dijo:

—Pues regresa usted pronto á Valparaíso, hágame el servicio de decirle que los hombres que tienen deudas como la que él ha de pagarme, no pueden casai^e sin faltar al honor y á la lealtad.

El ce misionado cumplió con el encargo, y el vizconde le contestó: — Si escribe usted á ese caballero, dígale que soy de raz<L de buenos pagadores.

Paso por alto muchísimos pormenores que trae Vicuña Mackenna^ en_su libro Eelqcio'neSy para llegar al 11 de Junio de 1830, día en que Saillard se presentó en el domicilio de su compatriota, para decirle que había hepho un viaje de ochocientas leguas con sólo el propósito de matarlo.

El duelo se efectuó en Polanco (que era, por entonces, un caserío vecino á Valparaíso) en la mañana del 13 de Junio^ fiesta de san Antonio, día en que, por ser cumpleaños de la novia, se preparaba en casa de ésta un gran sarao.

El vizconde cayó con el corazón destrozado por una bala.

Saillard se embarcó inmediatamente en un buque ballenero que, á las dos de la tarde, levó anclas con destino al Callao.

242 RICARDO PALMA

Ahora cúmpleme narrar lo que motivó el duelo (cuya realización impidió la Providencia) con el general Castilla que, en 1839, era ministro de Guerra en el gobierno del presidiente Gamarra. También Saillard había adelantado en su carrera, y era, á la sazón, Cónsul General de Francia en el Perú.

Era una noche de tertulia, en palacio, con asistencia del cuerpí» consular. Todavía no nos dábamos tono con tener en casa cuerpo diplomático.

En 1111 grupo de militares charlábase sobre cosas de milicia, y monsieur de Saillard, estimulado acaso por el champagne, se enfrascó en críticas imprudentes sobre la manera cómo estaba organizado el ejército peruano; y hablando del arma de caballería, dijo que los soldados eran escogidos entre los facinerosos de la costa. — ^

Feo, feísimo defecto es, en muchos europeos, no saber mor- ' dersc la lengua antes de criticar públicamente nuestros errores y vicios. Conocí, y tuve por maestro en mis horas de estudiante, á un ilustrado caballero italiano, el cual solía decir siempre que escuchaba á algún europeo maledicente:— Es posible que, en el Perú, todo sea malo, insoportable; pero nadie negará que esta tierra tiene una cosa buena, inmejorable; y esa COSÍA es, muchos y cómodos puertos para que puedan embarcarse los extranjeros que no estén contentos del país, de sus costumbres, ni de su gobierno.

Peor calamidad que las de Egipto es la de los patriotas en patria ajena. -J

Don Ramón Castilla que, hasta entonces, había escuchado