Misericordia · Unidad 15 de 25

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Aunque la pintura de tanta felicidad influía levemente en su ánimo, no se dejaba seducir Benina, y como persona práctica vio los inconvenientes de una traslación repentina a países tan distantes, donde se encontraría entre gentes desconocidas, que hablaban una lengua de todos los demonios, y que seguramente se diferenciarían de ella por las costumbres, por la religión y hasta por el vestido, pues allá, de fijo andaban con taparrabo... ¡Bonita estaría ella con taparrabo! ¡Vaya, que se le ocurrían unas cosas al buen Mordejai! Mostrándose afectuosa y agradecida, le argumentó con los inconvenientes de la precipitación en cosa tan grave como es el casarse de buenas a primeras, y correrse de un brinco nada menos que al África, que es, como quien dice, _donde empiezan los Pirineos_. No, no: había que pensarlo despacio, y tomarse tiempo para no salir con una patochada. Mucho más práctico, según ella, era dejar todo ese lío del casamiento y del viaje de novios para más adelante, ocupándose por el pronto en realizar, con todos los requisitos que aseguraran el éxito, el conjuro del rey _Samdai_. Si la cosa resultaba, como Almudena le aseguró, y venían a poder de ella las banastas de piedras preciosas, que tan fácilmente se convertirían en billetes de Banco, ya tenían todas las cuestiones resueltas, y lo demás prontamente se allanaría. El dinero es el arreglador infalible de cuantas dificultades hay en el mundo. Total: que ella se comprometía a cuanto él quisiera, y desde luego empeñaba su palabra de casorio y de seguirle hasta el fin del mundo, siempre y cuando el rey _Samdai_ concediese lo que con todas las reglas, ceremonias y rezos benditos se le había de pedir.

Quedose meditabundo el africano al oír esto, y después se dio golpetazos en la frente, como hombre que experimenta gran confusión y desconsuelo. «_Perdoñar_ mí tú... Olvidar mí _dicer_ ti cosa.

--¿Qué? ¿Vas a salir ahora con inconvenientes? ¿Es que la operación no vale porque faltaría algún requisito?

--Olvidar mí _requesito_... No valer, _poique_ ser tú _muquier_.

--¡Condenado!--exclamó Benina sin poder contener su enojo--, ¿por qué no empezaste por ahí? Pues si el primer _requesito_ es ser hombre... ¡a ver!

--_Perdoñar_ mí... Olvidar cosa _migo_.

--Tú no tienes la cabeza buena. ¡Vaya una plancha! Pero ¡ay! la culpa es mía, por haberme creído las paparruchas que inventan en tu tierra maldecida, y en esa tu religión de los demonios coronados. No, no lo creí... Era que la pobreza me cegaba... Y no lo creo, no. Perdóneme Dios el mal pensamiento de llamar al diablo con todos esos arrumacos; perdóneme también la Virgen Santísima.

--Si no valer eso _poique_ ser tú _muquier_...--replicó Almudena vergonzoso--, saber mí otra cosa... que si _jacer_ tú, coger has tú _tuda la diniera_ que tú _querier_.

--No, no me engañas otra vez. ¡Buen pájaro estás tú!... Ya no creo nada de lo que me digas.

--Por la bendita luz, verdad ser... Rayo del cielo matar mí, si _n'gañar_ ti... ¡Coger _diniero_, _mocha diniero_!

--¿Cuándo?

--Cuando _quiriendo_ tú.

--A ver... Aunque no he de creerlo, dímelo pronto.

--Yo dar ti _p'peleto_...

--¿Un papelito?

--Sí... Poner tú punta _lluengua_...

--¿En la punta de la lengua?

--Sí: entrar con ello Banco, _p'peleto en llengua_, y _naide_ ver ti. Poder coger _diniero tuda_... No ver ti _naide_.

--Pero eso es robar, Almudena.

--_Naide_ ver, _naide_ a ti _dicir naida_.

--Quita, quita... Yo no tengo esas mañas. Robar, no. ¿Que no me ven? Pero Dios me verá».

XXV

No desistía el apasionado marroquí de ganar la voluntad de la dama (que así debemos llamarla en este caso, toda vez que como tal él la veía con los ojos de su alma); y conociendo que los medios positivos eran los más eficaces, y que antes que las razones con que él pudiera expugnarla la rendiría su propia codicia y el anhelo de enriquecerse, se arrancó con otro sortilegio, producto natural de su sangre semítica y de su rica imaginación. Díjole que entre todos los secretos de que por favor de Dios era depositario, había uno que no pensaba confiar más que a la persona que fuese dueña de todo su cariño; y como esta persona era ella, la mujer soñada, la mujer prometida por el soberano _Samdai_, a ella sola revelaba el infalible procedimiento para descubrir los tesoros _soterrados_. Aunque afectaba Benina no dar crédito a tales historias, ello es que no perdió sílaba del relato que Almudena le hizo. La cosa era muy sencilla, por él pintada, aunque las dificultades prácticas para llegar a producir el mágico efecto saltaban a la vista. La persona que quisiera saber, _siguro_, _siguro_, dónde había dinero escondido, no tenía más que abrir un hoyo en la tierra, y estarse dentro de él cuarenta días, en paños menores, sin otro alimento que harina de cebada sin sal, ni más ocupación que leer un libro santo, de luengas hojas, y meditar, meditar sobre las profundas verdades que aquellas escrituras contenían...

--¿Y eso tengo que hacerlo yo?--dijo Benina impaciente--. ¡Apañado estás! ¿Y ese libro está escrito en tu lengua? Tonto, ¿cómo voy a leer yo esos garrapatos, si en mi propio castellano natural me estorba lo negro?

--_Leyerlo_ mí... _leyer_ tú.

--Pero en ese agujero bajo tierra, que será la casa de los topos, ¿podemos estar los dos?

--_Siguro_.

--Bueno. Y para poder ver bien la letra de ese libro--dijo con sorna la _dama_--, llevarás antiparras de ciego...

--Mí saberlo de _memueria_--replicó impávido el africano».

La _operación_, pasados los cuarenta días de penitencia, terminaba por escribir en un papelito, como los de cigarro, ciertas palabras mágicas que él sabía, él solo; luego se soltaba el papelito en el aire, y mientras el viento lo llevaba de aquí para allá, ella y él rezarían devotamente oraciones _mochas_, sin quitar los ojos del papel volante. Allí donde cayese, se encontraría, cavando, cavando, el tesoro soterrado, probablemente una gran olla repleta de monedas de oro.

Manifestó Benina su incredulidad soltando la risa; pero alguna huella dejaba en su espíritu la nueva quisicosa para encontrar tesoros, porque con toda formalidad se dejó decir: «No creo yo que haya dinero enterrado en los campos. Puede que en tu tierra se den esos casos; pero lo que es aquí... donde lo tienes es en los patios, en las corraladas, debajo del suelo de las leñeras, almacenes y bodegas, y, si a mano viene, empotrado en las paredes...

--Mismo poder yo _discubrierlo_ él... Yo _dicer_ ti, si tú _quiriendo_ mí, si tú casar _migo_.

--Ya trataremos de eso más despacio--dijo Benina quitándose el pañuelo y volviéndoselo a poner, señal de impaciencia y ganas de marcharse.

--No _dirti_ tú, _amri_, no--murmuró el ciego quejumbroso, agarrándola por la falda.

--Es tarde, hijo, y hago falta en casa.

--Tú _migo_ siempre.

--No puede ser por ahora. Ten paciencia, hijo».

Poseído nuevamente de furor, al sentir que se levantaba, se arrojó sobre ella, clavándole la zarpa en los brazos, y manifestando con rugidos, más que con voces, su ardiente anhelo de tenerla en su compañía. «Mí _queriendo_ ti... Matar mí, _ajogar_ mismo yo en río, si tú no _venier_ mí...

--Déjame por Dios, Almudena--dijo con acento de aflicción la _dama_, creyendo vencerle mejor con súplicas afectuosas--. Yo te quiero; pero me llaman mis obligaciones.

--Matar yo _galán bunito_--gritó el ciego apretando los puños, y dando algunos pasos hacia la anciana, que medrosa se había apartado de él.

--Ten juicio; si no, no te quiero... Vámonos. Si me prometes ser bueno y no pegarme, iremos juntos.

--_Piegar_ ti no, no... _quiriendo_ ti más que a la bendita luz.

--Pues si no me pegas, vamos--dijo Benina, aproximándose cariñosa, y cogiéndole por el brazo».

Apaciguado el buen Mordejai, emprendieron otra vez la marcha hacia arriba, y por el camino dijo el ciego a la _dama_ que se había despedido de Santa Casilda, por romper con la Petra; y como los tiempos venían malos y no se ganaban perras, pensaba trasladarse aquella misma tarde a las Cambroneras, _cabe_ el Puente de Toledo, pues en aquel barrio había estancias para dormir por solos diez céntimos cada noche. No aprobó Benina el cambio de domicilio, porque allí, según había oído, vivían en grande estrechez e incomodidad los pobres, amontonados y revueltos en cuartuchos indecentes; pero él insistió, dolorido y melancólico, asegurando que _quería estar mal_, hacer penitencia, pasarse los días _yorando_, _yorando_, hasta conseguir que _Adonai_ ablandase el corazón de la mujer amada. Suspiraron ambos, y silenciosos subieron toda la calle de Toledo.

Como Benina le ofreciese un duro para la mudanza, Almudena expresó un desinterés sublime: «No _querier_ mí _diniero_... _Diniero_ cosa puerca... asco _diniero_... Mí _quierer amri_... _muquier_ mía _migo_.

--Bueno, bueno: ten paciencia--le dijo Benina, temerosa de que se descompusiera al final de la jornada--. Yo te prometo que mañana hablaremos de eso.

--¿_Viner_ tú Cambroneras?

--Sí, te lo prometo.

--Mí no _golver pirroquia_... Carga mí _gente suberbiosa_: Casiana, Eliseo... asco mí _genta_. Mí pedir _Puenta Tolaido_...

--Espérame mañana... y prométeme tener juicio.

--_Yorando_, _yorando_ mí.

--¿Pero a qué vienen esos lloriqueos?... Almudenilla, si yo te quiero... _Amos_, no me des disgustos.

--_Ora ti_, casa tuya, ver _galán bunito_, _jacer_ tú cariños él.

--¿Yo? ¡Estás fresco! ¡Sí, sí, para él estaba! ¿Pero tú qué te has creído? ¡Valiente caso hago yo de esa estantigua! Tiene más años que la Cuesta de la Vega: es pariente de mi señora, y por encargo de esta se le recogió para llevarle a casa.

--¡_Mam'rracho_ él!

--¡Y tan mamarracho! Ni hay comparanza entre él y tú... En fin, chico: tengo mucha prisa. Adiós. Hasta mañana».

Aprovechando un momento en que el marroquí se quedaba como lelo, apretó a correr, dejándole arrimadito a la pared, junto a la tienda llamada del _Botijo_. Era la única forma posible de separación, dada la tenaz adherencia del pobre ciego. Desde lejos le miró Benina, inmóvil, la cabeza caída. Pasado un rato, se dejó caer en el suelo, y allí le vieron toda la tarde los transeúntes, sentado, mudo, la negra mano extendida.

No encontró la Nina en su casa grandes novedades, como por tal no se tuviera el contento de Doña Paca, que no cesaba de alabar la finura de su huésped, y la gracia con que a la conversación traía los recuerdos de Algeciras y Ronda. Sentíase la buena señora transportada a sus verdes años; casi olvidaba su pobreza, y movida del generoso instinto que en aquella edad primera había sido fundamento de su carácter imprevisor y de sus desgracias, propuso a Nina que se trajeran para Frasquito dos botellas de Jerez, pavo en galantina, huevo hilado, y cabeza de jabalí.

«Sí, señora--replicó la criada--: todo eso traeremos, y luego nos vamos a la cárcel, para ahorrar a los tenderos el trabajo de llevarnos. ¿Pero usted se ha vuelto loca? Para esta noche haré unas sopas de ajo con huevos, y _san sacabó_. Crea usted que a ese caballero le sabrán a gloria, acostumbrado como está a comistrajos indecentes.

--Bueno, mujer. Se hará lo que tú quieras.

--En vez de cabeza de jabalí, pondremos cabeza de ajo.

--Creo, con tu permiso, que en todas las circunstancias, aunque sea sacrificándose, debe una portarse como quien es. En fin, ¿cuánto dinero tenemos?

--Eso a usted no le importa. Déjeme a mí, que ya sabré arreglarme. Cuando se acabe, no es usted quien ha de ir a buscarlo.

--Ya, ya sé que irás tú y lo buscarás. Yo no sirvo para nada.

--Sí sirve usted; y ahora, ayúdeme a pelar estas patatitas.

--Lo que quieras. ¡Ah!... se me olvidaba. Frasquito toma té... y como está tan delicadillo, hay que traerlo bueno.

--Del mejor. Iré por él a la China.

--No te burles. Vas a la tienda, y pides del que llaman _mandarín_. Y de paso te traes un quesito bueno para postre...

--Sí, sí... eche usted y no se derrame.

--Ya ves que está acostumbrado a comer en casas grandes.

--Justamente: como la taberna de Boto, en la calle del Ave María... ración de guisado, a real; con pan y vino, treinta y cinco céntimos.

--Estás hoy... que no se te puede aguantar. Pero a todo me avengo, Nina. Tú mandas.

--¡Ay, si yo no mandara, bonitas andaríamos! Ya nos habrían llevado a San Bernardino o al mismísimo Pardo».

Bromeando así llegó la noche, y cenando frugalmente, alegres los tres y resignados con la pobreza, mal tolerable y llevadero cuando no falta un pedazo de pan con que matar el hambre. Y el historiador debe hacer constar asimismo que el buen temple en que estaba Doña Paca se torció un poco al recogerse las dos en la alcoba, la señora en su cama, Benina en el suelo, por haber cedido su lecho a Frasquito. Como la viuda de Zapata era tan voluble de genio, en un instante, sin que se supiera el motivo, pasaba de la bondad apacible a la ira insana, de la credulidad infantil a la desconfianza marrullera, de las palabras razonables a los disparates más absurdos. Conocía muy bien la criada este fácil girar de los pensamientos y la voluntad de su señora, a quien comparaba con una veleta; y sin tomar a pecho sus displicencias y raptos de ira, esperaba que cambiase el viento. En efecto, este variaba de improviso, rolando al cuadrante bueno; y si en un momento la malva se había convertido en cardo, en otro momento tornaba a su primera condición.

El mal humor de Doña Paca en la noche a que me refiero, debe atribuirse, según datos fehacientes, a que Frasquito, en sus conversaciones de la tarde, y en los ratos de la cena y sobremesa de esta, mostró por Benina unas preferencias que lastimaron profundamente el amor propio de la viuda infeliz. A Benina manifestaba el buen señor casi exclusivamente su gratitud, reservando para la señora una cortés deferencia; para Benina eran todas sus sonrisas, sus frases más ingeniosas, la ternura de sus ojos lánguidos, como de carnero a medio morir; y a tantas indiscreciones unió Ponte la de llamarla _ángel_ como unas doscientas veces en el curso de la frugal cena.

Y dicho esto, oigamos a Doña Paca, entre sábanas metida, mientras la otra se acostaba en el suelo: «Pues, hija, nadie me quita de la cabeza que le has dado un bebedizo a este pobre señor. ¡Vaya cómo te quiere! Si no fueras una vieja feísima y sin ninguna gracia, creería que le habías hecho tilín... Cierto que eres buena, caritativa, que sabes ganar la simpatía por lo bien que atiendes a todo, y por tu dulzura y ese modito suave... que bien podría engañar a los que no te conocen... Pero con todas esas prendas, imposible que un hombre tan corrido se prende de ti... Si te lo crees y por ello estás inflada de orgullo, mi parecer es que no te compongas, pobre Nina. Siempre serás lo que fuistes... y no temas que yo le quite a D. Frasquito la ilusión, contándole tus malas mañas, lo sisona que eras, y otras cosillas, otras cosillas que tú sabes, y yo también...».

Callaba Benina, tapándose la boca con la sábana, y esta humildad y moderación encendieron más el rencorcillo de la viuda de Zapata, que prosiguió molestando a su compañera: «Nadie reconoce como yo tus buenas cualidades, porque las tienes; pero hay que ponerte siempre a distancia, no dejarte salir de tu baja condición, para que no te desmandes, para que no te subas a las barbas de los superiores. Acuérdate de las dos veces que tuve que echarte de mi casa por sisona... ¡A tal extremo llegó tu descaro, ¿qué digo descaro? tu cinismo en aquel vicio feo, que... vamos, yo, que jamás he hecho una cuenta, ni me gusta, veía mi dinero pasando de mi bolsillo al tuyo... en chorro continuo!... Pero ¿qué? ¿No dices nada?... ¿No contestas? ¿Te has vuelto muda?

--Sí, señora, me he vuelto muda--fue la única respuesta de la buena mujer--. Puede que cuando la señora se canse y cierre el pico, lo abra yo para decirle... en fin, no digo nada».

XXVI

«Ja, ja... Di lo que quieras...--prosiguió Doña Paca--. ¿Te atreverías a decir algo ofensivo de mí? ¡Que no he sabido llevar el Cargo y Data! ¿Y qué? ¿Quién te ha dicho a ti que las señoras son tenedoras de libros? El no llevar cuentas ni apuntar nada, no era más que la forma natural de mi generosidad sin límites. Yo dejaba que todo el mundo me robase; veía la mano del ladrón metiéndose en mi bolsillo, y me hacía la tonta... Yo he sido siempre así. ¿Es esto pecado? El Señor me lo perdonará. Lo que Dios no perdona, Benina, es la hipocresía, los procederes solapados, y el estudio con que algunas personas componen sus actos para parecer mejores de lo que son. Yo siempre he llevado el alma en mi rostro, y me he presentado a los ojos de todo el mundo como soy, como era, con mis defectos y cualidades, tal como Dios me hizo... ¿Pero tú no tienes nada que contestarme?... ¿O es que no se te ocurre nada para defenderte?

--Señora, callo, porque estoy dormida.

--No, tú no duermes, es mentira: la conciencia no te deja dormir. Reconoces que tengo razón, y que eres de las que se componen para disimular y esconder sus maldades... No diré que sean precisamente _maldades_, tanto no. Soy generosa en esto como en todo, y diré _flaquezas_... pero ¡qué flaquezas! Somos frágiles: verdaderamente tú puedes decir: «No me llamo Benina, sino Fragilidad...». Pero no te apures, pues ya sabes que no he de ir con cuentos al Sr. de Ponte para desprestigiarte, y deshojar la flor de sus ilusiones... ¡Qué risa!... No viendo en ti, como no puede verlo, una figura elegante, ni un rostro fresco y sonrosado, ni modales finos, ni educación de señora, ni nada de eso, que es por lo que se enamoran los hombres, habrá visto... ¿qué? Por Dios que no acierto. Si tú fueras franca, que no lo eres, ni lo serás nunca... ¿Oyes lo que digo?

--Sí, señora, oigo.

--Si tú fueras franca, me dirías que el Sr. de Ponte te llama _ángel_ por lo bien que haces las sopas de ajo, acartonaditas... Y ¿te parece a ti que esto es suficiente motivo para que a una mujer la llamen _ángel_ con todas sus letras?

--¿Pero a usted qué le importa?... Deje al Sr. de Ponte Delgado que me ponga los motes que quiera.