Misericordia · Unidad 7 de 25
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A la hora fijada por el Sr. de Moreno Trujillo, ni minuto más ni minuto menos, llamaba Benina a la puerta del principal de la calle de Atocha, y una criada la introdujo en el despacho, que era muy elegante, todos los muebles igualitos en color y hechura. Mesa de ministro ocupaba el centro, y en ella había muchos libros y fajos de papeles. Los libros no eran _de leer_, sino de cuentas, todo muy limpio y ordenadito. La pared del centro ostentaba el retrato de Doña Pura, cubierto con una gasa negra, en marco que parecía de oro puro. Otros retratos de fotografía, que debían de ser de las hijas, yernos y nietecillos de D. Carlos, veíanse en diversas partes de la estancia. Junto al cuadro grande, y pegadas a él, como las ofrendas o ex-votos en el altar, pendían multitud de coronas de trapo con figuradas rosas, violetas y narcisos, y luengas cintas negras con letras de oro. Eran las coronas que había llevado la señora en su entierro, y que D. Carlos quiso conservar en casa, porque no se estropeasen en la intemperie del camposanto. Sobre la chimenea, nunca encendida, había un reloj de bronce con figuras, que no andaba, y no lejos de allí un almanaque americano, en la fecha del día anterior.
Al medio minuto de espera entró D. Carlos, arrastrando los pies, con gorro de terciopelo calado hasta las orejas, y la capa de _andar por casa_, bastante más vieja que la que usaba para salir. El uso continuo de esta prenda, aun más allá del 40 de Mayo, se explica por su aborrecimiento de estufas y braseros que, según él, son la causa de tanta mortandad. Como no estaba embozado, pudo Benina observar que traía cuellos y puños limpios, y gruesa cadena de reloj, galas que sin duda respondían a la etiqueta del aniversario. Con un inconmensurable pañuelo de cuadros se limpiaba la continua destilación de ojos y narices; después se sonó con estrépito dos o tres veces, y viendo a Benina en pie, la mandó sentar con un gesto, y él ocupó gravemente su sitio en el sillón, compañero de la mesa, el cual era de respaldo alto y tallado, al modo de sitial de coro. Benina descansó en el filo de una silla, como todo lo demás, de roble con blando asiento de terciopelo verde.
«Pues la he llamado a usted para decirle...».
Pausa. La cabeza de D. Carlos hallábase afectada de un crónico temblor nervioso, movimiento lateral como el que usamos para la denegación. Este _tic_ se acentuaba o era casi imperceptible, según los grados de excitación del individuo.
«Para decirle...».
Otra pausa, motivada por un golpe de destilación. D. Carlos se limpió los ojos ribeteados de rojo, y se frotó la recortada barba, la cual no tenía más razón de ser que la pereza de afeitarse. Desde la muerte de su esposa, el buen señor, que sólo por ella y para ella se rapaba la cara, quiso añadir a tantas demostraciones de duelo el luto de su rostro, dejándolo cubrir, como de una gasa, de pelos blancos, negros y amarillos.
«Pues para decirle a usted que lo que le pasa a la Francisca, y el encontrarse ahora en condición tan baja, es por no haber querido llevar cuentas. Sin buen arreglo, no hay riqueza que no venga a parar en la mendicidad. Con orden, los pobres se hacen ricos. Sin orden, los ricos...
--Paran en pobres, sí, señor,--dijo humildemente Benina, que, aunque ya sabía todo aquello, quiso recibir la máxima como si fuera descubrimiento reciente de D. Carlos.
--Francisca ha sido siempre una mala cabeza. Bien se lo decíamos mi señora y yo: «Francisca, que te pierdes, que te vas a ver en la miseria», y ella... tan tranquila. Nunca pudimos conseguir que apuntara sus gastos y sus ingresos. ¿Hacer ella un número? Antes la mataran. Y el que no hace números, está perdido. ¡Con decirle a usted que no supo jamás lo que debía, ni en qué fecha vencían los pagarés!
--Verdad, señor, mucha verdad--dijo Benina suspirando, en expectativa de lo que D. Carlos le daría después de aquel sermón.
--Porque usted calcule... si yo tengo en mi vejez un buen pasar para mí y para mis hijos; si no me falta una misa en sufragio del alma de mi querida esposa, es porque llevé siempre con método y claridad los negocios de mi casa. Hoy mismo, retirado del comercio, llevo al día la contabilidad de mis gastos particulares, y no me acuesto sin pasar todos los apuntes a la agenda, y luego, en los ratitos libres, lo paso al Mayor. Vea usted, véalo para que se convenza--añadió marcando más el temblor negativo--. Lo que yo quisiera es que Francisca pudiera aprovechar esta lección. Aún no es tarde... Entérese usted».
Y cogió un libro, y después otro, y los fue mostrando a la Benina, que se acercó para ver tanta maravilla numérica.
«Fíjese usted. Aquí apunto el gasto de la casa, sin que se me pase nada, ni aun los cinco céntimos de una caja de fósforos; los cuartos del cartero, todo, todo... En este otro chiquitín, las limosnas que hago y lo que empleo en sufragios. Limosnas diarias, tanto. Limosnas mensuales, cuánto. Después lo paso todo al Mayor, donde se puede saber, día por día, lo que gasto, y hacer el balance... Usted calcule: si Francisca hubiera hecho balance, no estaría como está.
--Cierto, señor, muy cierto. Y yo le digo a la señora que haga balance, que lleve todo por apuntación, lo que entra como lo que sale. Mas ella, como ya no es niña, no puede apencar por la buena costumbre. Pero es un ángel, señor, y no hay que reparar en si apunta o no apunta para socorrerla.
--Nunca es tarde para entrar por el aro, como quien dice. Yo le aseguro a usted que si hubiera visto en Francisca siquiera intenciones o deseos de llevar sus cuentas en regla, le hubiera prestado... prestar no, le hubiera facilitado medios de llegar a la nivelación. Pero es una cabeza destornillada; convenga usted conmigo en que es una cabeza destornillada.
--Sí, señor, convengo en ello.
--Y se me ha ocurrido... para eso la he llamado a usted... se me ha ocurrido que el mejor donativo que puedo hacer a esa desgraciada es este».
Diciéndolo, D. Carlos cogió un libro largo y estrecho, nuevecito, y lo puso delante de sí para que Benina lo cogiera. Era una agenda.
«Vea usted--dijo el buen señor hojeando el libro--: aquí están todos los días de la semana. Fíjese bien: a un lado, la columna del _Debe_; a otro, la del _Haber_. Vea cómo en los gastos se marcan los artículos: carbón, aceite, leña, etc... Pues ¿qué trabajo cuesta ir poniendo aquí lo que se gasta, y en esta otra parte lo que ingresa?
--Pero si a la señora no le ingresa nada.
--¡Caramelos!--exclamó Trujillo dando una palmada sobre el libro--. Algo habrá, porque su poco de consumo hacen ustedes, y para ese consumo alguna cantidad, corta o larga, chica o grande, han de tener. Y lo que usted saca de las limosnas, ¿por qué no ha de anotarse? Vamos a ver, ¿por qué no ha de anotarse?».
Benina le miró entre colérica y compadecida. Pero más pudo la ira que la lástima, y hubo un momento, un segundo no más, en que le faltó poco para coger el libro y estampárselo en la cabeza al Sr. D. Carlos. Conteniendo su furor, y para que el monomaníaco de la contabilidad no se lo conociera, le dijo con forzada sonrisa: «De modo que el señor apunta las perras que nos da a los pobres de San Sebastián.
--Día por día--replicó el anciano con orgullo, moviendo más la cabeza--. Y puedo decirle a usted, si quiere saberlo, lo que he dado en tres meses, en seis, en un año.
--No, no se moleste, señor--indicó Benina, sintiendo otra vez ganas de darle un papirotazo--. Llevaré el libro, si usted quiere. La señora se lo agradece mucho, y yo también. Pero no tenemos pluma ni lápiz para un remedio.
--Todo sea por Dios. ¿En qué casa, por pobre que esté, no hay recado de escribir? Se ofrece echar una firma, tomar una cuenta, apuntar un nombre o señas de casa para que no se olviden... Tome usted este lápiz, que ya está afilado, y lléveselo también, y cuando se le gaste la punta, se la saca usted con el cuchillo de la cocina».
Y a todas estas, D. Carlos no hablaba de darle ningún socorro positivo, concretando su caridad a la ofrenda del libro, que debía ser fundamento del orden administrativo en la desquiciada hacienda de Doña Francisca Juárez. Al verle mover los labios para seguir hablando, y echar mano a la llave puesta en el cajón de la izquierda, Benina sintió grande alegría.
«No hay ni puede haber prosperidad sin administración--afirmó D. Carlos, abriendo la gaveta y mirando dentro de ella--. Yo quiero que Francisca administre, y cuando administre...
--Cuando administre, ¿qué?--dijo Benina con el pensamiento--. ¿Qué nos va usted a dar, viejo loco, más loco que los que están en Leganés? Así se te pudra todo el dinero que guardas, y se te convierta en pus dentro del cuerpo para que revientes, zurrón de avaricia.
--Coja usted el libro y el lápiz, y lléveselo con mucho cuidado... no se le pierda por el camino. Bueno: ¿se ha hecho usted cargo? ¿Me responde de que apuntarán todo?
--Sí, señor... no se escapará ni un verbo.
--Bueno. Pues ahora, para que Francisca se acuerde de mi pobre Pura y rece por ella... ¿Me promete usted que rezarán por ella y por mí?
--Sí, señor: rezaremos a voces, hasta que se nos caiga la campanilla.
--Pues aquí tengo doce duros, que destino al socorro de los necesitados que no se determinan a pedir limosna porque les da vergüenza... ¡pobrecitos! son los más dignos de conmiseración».
Al oír _doce duros_, Benina abrió cada ojo como la puerta de una casa. ¡Cristo, lo que ella haría con doce duros! Ya estaba viendo el descanso de muchos días, atender a tantas necesidades, tapar algunas bocas, vivir, respirar, dando de mano al petitorio humillante, y al suplicio de la busca por medios tan fatigosos. La pobre mujer vio el cielo abierto, y por el hueco la docena de pesos, compendio hermosísimo de su felicidad en aquellos días.
«Doce duros--repitió D. Carlos pasando las monedas de una mano a otra--; pero no se los doy en junto, porque sería fomentar el despilfarro: se los asigno...».
A Benina se le cayeron las alas del corazón.
«Si se los diera, mañana a estas horas no tendría ya ni un céntimo. Le señalo dos duros al mes, y todos los días 24 puede usted venir a recogerlos, hasta que se cumplan los seis meses, y pasado Septiembre yo veré si debo aumentar o no la asignación. Eso depende, fíjese usted, de que yo me entere, tocante a si se administra o no se administra, si hay orden o sigue el... el caos. Mucho cuidado con el caos.
--Bien, señor--manifestó Benina con humildad, pensando que más cuenta le tenía conformarse, y coger lo que se le daba, sin meterse en cuestiones con el estrafalario y ruin vejete--. Yo le respondo de que se llevarán los apuntes con _ministración_, y no se nos escapará ni una hilacha... ¿Con que pasaré los días 24? Nos viene bien para ayuda de la casa. El Señor se lo aumente, y a la señora difunta téngala en su santo descanso... por jamás amén».
D. Carlos, después de anotar, gozando mucho en ello, la cantidad desembolsada, despidió a Benina con un gesto, y mudándose de capa y encasquetándose el sombrero nuevo, prenda que no salía de la caja sino en días solemnes, se dispuso a salir y emprender con voluntad segura y firme pie las devociones de aquel día, que empezaban en Montserrat y terminaban en la Sacramental de San Justo.
XII
«El demontre del viejo--se decía la _señá_ Benina, metiéndose a buen andar por la calle de las Urosas--, no puede hacer más que lo que le manda su natural. Válgate Dios: si cosas muy raras cría Nuestro Señor en el aquel de plantas y animales, más raras las hace en el aquel de personas. No acaba una de ver verdades que parecen mentiras... En fin, otros son peores que este D. Carlos, que al cabo da algo, aunque sea por cuenta y apuntación... Peores los hay, y tan peores... que ni apuntan ni dan... El cuento es que con estos dos duros no se me arregla el día, porque quiero devolverle a Almudena el suyo, que bueno es tener con él palabra. Vendrán días malos, y él me servirá... Me quedan veinte reales, de los cuales habré de dar parte a _la niña_, que está pereciendo, y lo demás para comer hoy, y... Tendré que decirle a la señora que su pariente no me ha dado más que el libro de cuentas, con el cual y el lápiz pondremos un puchero que será muy rico... caldo de números y substancia de imprenta... ¡qué risa!... En fin, para las mentiras que he de decirla a Doña Paca, Dios me iluminará, como siempre, y vamos tirando. A ver si encuentro a Almudena por el camino, que esta es la hora de subir él a la iglesia. Y si no nos tropezamos en la calle, de fijo está en el café de la Cruz del Rastro».
Dirigiose allá, y en la calle de la Encomienda se encontraron: «Hijo, en tu busca iba--le dijo la Benina cogiéndole por el brazo--. Aquí tienes tu duro. Ya ves que sé cumplir.
--_Amri_, no tener priesa.
--No te debo nada... Y hasta otra, Almudenilla, que días vendrán en que yo carezca y tú me sirvas, como te serviré yo viceversa... ¿Vienes del café?
--Sí, y _golvier_ si querer tú _migo_. Convidar _tigo_».
Asintió Benina al convite, y un rato después hallábanse los dos sentaditos en el _café económico_, tomándose sendos vasos de a diez céntimos. El local era una taberna retocada, con ridículas elegancias entre pueblo y señorío; dorados chillones; las paredes pintorreadas de marinas y paisajes; ambiente fétido, y parroquia mixta de pobretería y vendedores del Rastro, locuaces, indolentes, algunos agarrados a los periódicos, y otros oyendo la lectura, todos muy a gusto en aquel vagar bullicioso, entre salivazos, humo de mal tabaco y olores de aguardiente. Solos en una mesa Benina y el marroquí, charlaron de sus cosas: el ciego le contó las barrabasadas de su compañera de vivienda, y ella su entrevista con D. Carlos, y el ridículo obsequio del libro de cuentas y de los dos duros mensuales. De las riquezas que, según voz pública, atesoraba Trujillo (treinta y cuatro casas, la mar de dinero en papelorios del Gobierno, _muchismos_ miles de miles en el Banco), charlaron extensamente, corriéndose luego a considerar, _verbigracia_, el sinnúmero de pobres que podrían ser felices con toda aquella _guita_, que a D. Carlos le venía tan ancha, pues descontando una parte para sus hijos, que _de natural_ debían poseerlo, con lo demás se apañarían tantos y tantos que andan por estas calles de Dios ladrando de hambre. Pero como ellos no habían de arreglarlo a su gusto, más cuenta les tenía no pensar en tal cosa, y buscarse cada cual su mendrugo de pan como pudiera, hasta que viniese la muerte y después Dios a dar a cada uno su merecido. Por fin, con extraordinaria gravedad y tono de convicción profunda, Almudena dijo a su amiga que todos los dinerales de D. Carlos podían ser de ella, si quisiera.
«¿Míos? ¿Has dicho que todo lo de D. Carlos puede ser mío? Tú estás loco, Almudenilla.
--_Tudo_ tuya... por la bendita luz. Si no creer mí, _priebar_ tú y ver.
--Vuélvemelo a decir: que todo el dinero de D. Carlos puede ser mío, ¿cuándo?
--Cuando querer ti.
--Lo creeré, si me explicas cómo ha de ser ese milagro.
--Mí _sabier_ cómo... _Dicir_ ti secreto.
--Y si tú puedes hacer que todo el caudal de ese viejo loco, un suponer, pase a ser de otra persona, ¿por qué te conformas con la miseria, por qué no lo coges para ti?».
Replicó a esto Almudena que la persona que hiciera el milagro, cuyo secreto él poseía, había de tener vista. Y el milagro era seguro, por la bendita luz; y si ella dudaba, no tenía más que probarlo, haciendo puntualmente todo cuanto él le dijera.
Siempre fue Benina algo supersticiosa, y solía dar crédito a cuantas historias sobrenaturales oía contar; además, la miseria despertaba en ella el respeto de las cosas inverosímiles y maravillosas, y aunque no había visto ningún milagro, esperaba verlo el mejor día. Un poco de superstición, un mucho de ansia de fenómenos estupendos y nunca vistos, y otro tanto de curiosidad, la impulsaron a pedir al marroquí explicaciones concretas de su ciencia o arte de magia, pues esto había de ser seguramente. Díjole el ciego que todo consistía en saber el arte y modo de pedir lo que se quisiera a un ser llamado _Samdai_.
«¿Y quién es ese caballero?
--El Rey de _baixo terra_.
--¿Cómo? ¿Un Rey que está debajo de la tierra? Pues el diablo será.
--Diablo no: Rey _bunito_.
--¿Eso es cosa de tu religión? ¿Tú qué religión tienes?
--Ser _eibrío_.
--Vaya por Dios--dijo Benina, que no había entendido el término--. ¿Y a ese Rey le llamas tú, y viene?
--Y dar ti _tuda_ que pedir él.
--¿Me da todo lo que le pida?
--_Siguro_».
La convicción profunda que Almudena mostraba hizo efecto en la infeliz mujer, quien, después de una pausa en que interrogaba los ojos muertos de su amigo y su frente amarilla lustrosa, rodeada de negros cabellos, saltó diciendo:
«¿Y qué se hace para llamarlo?
--Yo diciendo ti.
--¿Y no me pasa nada por hacerlo?
--_Naida_.
--¿No me condeno, ni me pongo mala, ni me cogen los demonios?
--No.
--Pues ve diciendo; pero no engañes, no engañes, te digo.
--_N'gañar_ no ti...
--¿Podemos hacerlo ahora?
--No: _hacirlo_ a las doce del noche.
--¿Tiene que ser a esa hora?
--_Siguro_, _siguro_...
--¿Y cómo salgo yo de casa a media noche?... _Amos_, déjame a mí de pamplinas. Verdad que podría decir, un suponer, que se ha puesto malo D. Romualdo y tengo que velarlo... Bueno: ¿qué hay que hacer?
--_N'cesitas_ cosas _mochas_. Comprar tú cosas. Lo _primiero_ candil de barro. Pero comprarlo has tú sin hablar _paliabra_.
--Me vuelvo muda.
--Muda tú... Comprar cosa... y si hablar no valer.
--Válgate Dios... Pues bueno: compro mi candil de barro sin chistar, y luego...».
Almudena ordenó después que había de buscar una olla de barro con siete agujeros, con siete nada más, todo sin hablar, porque si hablaba no valía. ¿Pero dónde demontres estaban esas ollas con siete agujeros? A esto replicó el ciego que en su tierra las había, y que aquí podían suplirse con los tostadores que usan las castañeras, buscando el que tuviese siete _bujeros_, ni uno más ni uno menos.
«¿Y ello ha de comprarse también sin hablar?
--Sin hablando _naida_».
Luego era forzoso procurarse un palo de _carrash_, madera de África, que aquí llaman laurel. Un vendedor de garrotes, en el primer tinglado _cabe_ las Américas, lo tenía. Había que comprárselo sin pronunciar palabra. Bueno: pues reunidas estas cosas, se pondría el palo al fuego hasta que se prendiera bien... Esto había de ser el viernes a las cinco en punto. Si no, no valía. Y el palo estaría ardiendo hasta el sábado, y el sábado a las cinco en punto se le metía en el agua siete veces, ni una más ni una menos.
«¿Todo callandito?
--Hablar _naida_, _naida_».
Luego se vestía el palo con ropas de mujer, como una muñeca, y bien vestidito se le arrimaba a la pared, poniéndole derecho, _amos_, en pie. Delante se colocaba el candil de barro, encendido con aceite, y se le tapaba con la olla, de modo que no se viese más luz que la que saldría por los siete _bujeros_, y a corta distancia se ponía la cazuela con lumbre para echar los sahumerios, y se empezaba a decir la oración una y otra vez con el pensamiento, porque hablada no valía. Y así se estaba la persona, sin distraerse, sin descuidarse, viendo subir el humo del benjuí, y mirando la luz de los siete agujeros, hasta que a las doce...
«¡A las doce!--repitió Benina sobresaltada--. ¡Y al dar las doce campanadas viene... sale, se me aparece!...
--El Rey de _baixo terra_: pedir tú lo que _quierer_, y darlo ti él.
--Almudena, ¿tú crees eso? ¿Cómo es posible que _ese señor_, sin más que las _cirimonias_ que has contado, me dé a mí lo que ahora es de Don Carlos Trujillo?
--Verlo tú, si queriendo.
--Pero con tanto _requesito_, si una se descuida un poco, o se equivoca en una sola palabra del rezo mental...
--Tener tú cuidado _mocha_.