Misterio: tríptico campesino · Unidad 22 de 23
Unidad 22 · ESCENA VIII
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ESCENA VIII
DICHOS y TÍO RAMÓN, de peón caminero
Dios guarde á la madre Salomé y á la com¬ pañía.
(Bajando del escaño y rompiendo de nuevo á llorar.)
¡Ay, Ramón: muerto es el hijo de mis en¬ trañas; ya más no le veré!
Desahogúese y llore; pero no olvide que el mal es grande y tarde se acaba. Hay que te¬ ner bríos pa soportar el que aún pué venir. ¿Qué mayor desgracia ha de ser que esta cruel que agora me mata?
Yo me entiendo .. (a Bruno.) Acércame el ja¬ rro, que yerto vengo y he de caminar buen rato entre nieve.
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(Va á la alacena y vuelve con un jarro.) Ahí va y
sírvale de salud.
(a salomé.) ¿No está el señor Matías? (Bebe y devuelve el jarro á Bruno. )
Salió á buscar caza y á hacer un poco de leña para el mercao de la villa, que bien ha¬ bernos menester de la misericordia de Dios y de las gentes.
Las gentes... A las gentes hay que temer. Yo siempre he tenido aquí un sorbo de vino y un arrimo á la lumbre y, de buena gana, daría al señor Matías y á este rapaz un pru¬ dente consejo.
(Malhumorado.) ¿Cuál?
Que os marcháseis cuanto antes de este país.
Irnos de aquí... ¿Y á dónde? ¿Y por qué? Madre Salomé: usté es lo que se llama una buena alma; { ero también por buenas las almas se pierden, cuando no tienen luz que las guíe. Y á mí se me figura que algunas veces está usté ciega.
Ciega estoy de dolor; luz me falta, que un hijo perdí. ¡Ojalá que cegaran para siempre mis ojos! (Llora.)
Señor Ramón: se hace tarde y si ha de lle¬ gar usté con tiempo á la aldea...
¿Temes que hable? Pues tengo que hablar; porque no es justo que pierdas á tu madre, si ya no la has perdido.
Que la pierda ó no, a usté nada le impoita.
(Hostil.)
Oiga usté, madre Salomé: hace ocho días, interrumpieron las nieves el paso por la vía férrea; se troncharon los postes del telégra¬ fo; dos máquinas quedaron empotradas en el camino y, no pudiendo pasar el correo, se decidió que un hombre á caballo se en¬ cargase de conducir la valija.
Bueno; eso nada le importa á madre, (sobre¬ saltado.)
Deja que hable el señor Ramón.
Salió, como digo, por el camino de Somalo el jinete con una sola cartera; en ella iban
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los certificados y también los pliegos que tienen dinero. Pues bien: ni de la cartera, ni del conductor se ha vuelto á saber.
¡Santa Madre de Dios! ¿Es qué se sospecha de mi marido?
Posible es que todavía no, porque el camino de Somalo está lejos; pero son ya muchas las gentes que dicen por estos contornos que sólo hay dos personas capaces de aventurar¬ se por el monte en noche de ventisca y de atreverse á dar ese golpe.
¿Y esas son?
Tu padre y tú.
¡ Miente quien eso dice! (Entre turbado y colé¬ rico.)
¿Mi marido? ¡Imposible! ¿Cómo ha de ha¬ ber sido capaz...?
(Amenazador.) De eso que usté dice ya estamos enteraos. ¿Le ocurre á usté alguna cosa más? No; porque yo no quiero tener enemigos de tu calaña. He pretendido dar un consejo amistoso. ¿Se sigue? Muy bien. ¿Se enfada la gente? Me marcho y Jesucristo con to¬ dos.
No, señor Ramón, no; aquí nadie puede ser su enemigo. Pero por donde piensa, no he¬ mos temor. ¡Otra pena nos matal AdiÓS, pues. Salud y Consuelo. (Al salir, á Bru¬ no.) Y tú ten cuidao, que suelen las carteras tener correas y sogas las sacas y pudieras enredarte en ellas el pescuezo. (Bruno calía y cierra la puerta tras Ramón. Luego vuelve al suelo á atar espartos. Su madre le mira fijamente.)