Misterio: tríptico campesino · Unidad 5 de 23

Unidad 5 · ESCENA V

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ESCENA V

DICHOS, CANDELARIA, que aparece en la primera puerta de la de¬ recha y se desliza sin ser vista hasta colocarse en lugar recatado

Ped. (Que habrá quedado como abatido.) Tal Vez. Es

posible que no deban volver las almas des¬ terradas, las condenadas al olvido y la in¬ gratitud. Es posible que, para desconsuelo de los hombres, la muerte esconda la infi¬ nita mentira y el flujo de la vida la impiepad suprema... Sin embargo... (Levantándose.) es preciso probar.

Jul. (Con el ceño fruncido, como meditando un proyecto

siniestro.) Señor Pedro, permítame usted que le deje solo unos cuantos momentos; nece¬ sito registrar su nombre en mis libros.

Ped Aquí le aguardo, (vase Julián por la segunda

puerta derecha.)

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ESCENA VI

PEDRO y CANDELARIA

CAND. (Acercándose y en voz baja.) ¡Pedro... Pedro!...

PED. (prestando oído y con voz doliente.) ¡Candelaria!

Pero no, no es esa su voz; la de ella era más tierna, más apasionada, más dulce...

Cand* Pedro, yo soy; (Temerosa.) yo, que te he reco¬ nocido; yo, que te compadezco; yo, que te quiero, á mi pesar, todavía.

Ped. Mientes. Tú no eres Candelaria; tú no me

quieres ni me has querido. Aquí están abier¬ tos mis brazos (En cruz.) crucificados en el ansia de perdonar y de querer. ¿Por qué no te precipitas en ellos? ¿Lo ves? No vienes; temes que te ahogue, porque eres culpable.

Cand. Pedro, mátame si quieres; pero no puedo ser la misma que ayer. Tengo hijos; es de¬ cir, tengo un alma nueva.

Ped. Sé que eres madre; mejor: así tus hijos

serán malditos, como tú lo eres, y lo serán los hijos de tus hijos hasta la quinta generación.

Cand. Negras son tus palabras.

Ped, ¿No ves que estoy ciego? En mis ojos, como

en mi alma, anida la noche. Habla, ó lo que es lo mismo, asesíname. La muerte es som¬ bra. ¿Qué me importa una negrura más?

Cand. (Llorosa.) ¿Por qué has vuelto, Pedro? Tu hija ya no vive.

Ped. ¿Qué hiciste de ella? ¿Has conservado si¬

quiera su recuerdo? Dime: (Con ansiedad.) ¿dónde cerró sus ojos? ¿Fué en este sillón? (Palpándole.) Dime en qué sitio ha muerto, para que yo pueda besarle. Llévame á los lugares en que jugaba, para acariciar los objetos que sus cabellos perfumaron. Pero no; has cambiado de muebles, de casa, de lugar, de universo. El miserable desterrado, al volver, no conoce ni aun siquiera la tierra que, para despedirle, se cubrió de tristeza.

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¿Por qué se sobrevive á la luz que se apaga y á las cosas que mueren?

¿Para qué te fuiste?

¿No me lo pidió tu codicia? Querías ser rica, más rica aún, y, para decidirme, lo imploraste, no para ti, sino para la pequeñuela que, ya lo ves, ¡nada necesita! Y yo fui á buscar el trabajo, la locura, el olvido. He estado loco, ¿no lo sabes? Y aún lo estoy de dolor y de rabia. ¡Diez y seis años conta¬ dos minuto á minuto! Ven; ven, que toque tu frente, que busque en ella mis hondas

arrugas. (La toca la cabeza con pulso tembloroso.) No; (con despecho.) tú conservas el cutis terso; no has sufrido. ¡Vete! (La rechaza.) ¡Vete, ó no respondo de mil

Te creí muerto; estaba abandonada, y caí. Una vez muerta nuestra hija, creí que revi, vía en la otra, y ya sólo pensé en hacerla dichosa. Su padre consintió en vivir con nosotras, y para casarse y legitimarla, sólo espera la declaración de tu muerte.

¡Calla!

Y ahora llegas, para hacerla por siempre hija del adulterio; á cubrirla de infamia, á sepultarla en la miseria y en el dolor. Te he querido; soy tu mujer legítima; pero antes que todo soy madre.

¡Virtud salvaje y egoísta! Eres madre; es de¬ cir, eres fiera, (candelaria llora.) ¡Cómo! ¿Estás sollozando? ¿Ves? Yo ni siquiera puedo lio - rar. Con la luz he perdido el llanto, como los manantiales hundidos.

Pedro, pídeme que me mate, que me arran¬ que yo misma las entrañas; pero vete.

¿Que me marche? ¡Soy tu esposo legítimo! Sí; pero aquí, ¿qué dicha te espera? (Pedro baja la cabeza abatido.) Tu hija no vive y Otra ocupa su lugar en el corazón; yo no puedo vivir contigo ya; estás lejos de tu país, de tus alegrías, de tus recuerdos. No te queda sino el gozo salvaje de arrancar las alas á un ángel y aplastarle en el barro de los ca¬ minos.

25 —

¡Calla... no puedo oirte!

¡Pedro, vete, por Dios!

(colérico.) ¡Infame adúltera; ven, ven, que te mate! (La coge por el cuello, y agotado por el dolor, la suelta y echa á llorar.) ¡Ay!... (Gemebundo.) No puedo... estoy llorando... ¡todavía soy bueno! Porque eres bueno debes partir, (cariñosa.) Te lo va á pedir ella.

¿Quién es ella?

Mi hija.

¡Tu hija! ¡El infame fruto de mi deshonra y de tu traición! No quiero... que no se me acerque... (Queriendo huir á tientas.) La clavaré mis garras... la haré pedazos...