Misterio · Capítulo real 2 de 2
EPILOGO
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 14 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
EPILOGO
TLiUIS I>EI>R.O
EX. ÜESXIUO ÜE O-IAOINTO
— ; Atracad I -mandó el capitán Soliviac con voz sonora; y obedecido por los remeros, saltó con presteza al muelle del puertecillo. Firmemente estribado el pie en las losas, resbaladizas por la capa de algas minúsculas que verdeaba en ellas, el marino tendió ambas manos á Luis Pedro y Giacinto ; luego se descubrió respetuosamente ante Amelia y Dorff, y acarició al niño, á quien su madre adoptiva llevaba de la mano.
Si el saludo no lo impusiese la cortesía, pudiera dictarlo la
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piedad. El mecáaico y su hija la inspiraban, y muy profunda. Amelia, siempre de luto, pero luto severo, fúnebre, de esos que trasudan dolor, no era ya más que la sombra de sí misma. Demacrada, consumida, azulada á fuerza de palidez, con los ojos hundidos y á veces extraviados, rodeados de un halo cárdeno, se parecía aún á los retratos de la reina infeliz, pero no á los del erizón, el gracioso fichú y la coronita de menudas rosas, sino á los del período de encierro, ultrajes y antesala de la muerte. Y, como la reina, también Amelia conservaba ó más bien había acentuado la altivez y dignidad de la actitud, el porte enhiesto de la cabeza; y cuando presentó la mano al capitán, que la l)esó, en ninguna corte se pudiera ver movimiento más regio.
Dorft, en cambio^ abrió los brazos, y el capitán sintió en sus mejillas la humedad de las lágrimas del proscrito.
— ¿Embarcamos? — preguntó este afanosamente, como si experimentase ansia insaciable de ausencias y lejanías.
— Ahora mismo, si gusta monseñor.-
— Xo me llame usted monseñor... ;Se acabó, capitán! He vuelto á ser y seré toda la vida el trabajador, el mecánico, el químico. No tentaré más á la Providencia. ;Quó favor tan grande va usted á hacer á este ejemplo de los rigores de la suerte! j Llevarme á una tierra de libertad y de paz! En Holanda, donde ya me aguardan mi santa mujer y mis pobres hijos, espero encontrar el olvido de insensatos sueños, que costaron tantas desdichas. Por no aceptar la voluntad divina he sido castigado en lo que más amo, ;en esta criatura!— añadió señalando á Ame-
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lia. — Viuda dos veces, sin haber sido esposa, su existencia se ha tronchado; jamás volverá la alegría á su corazón... ;Qué severos son los fallos de arriba! «Tus amigos perecerán»... ;No mentía aijuella voz agorera y maldita que me lo anunció entre las sombras de un calabozo!
Amelia, que no lloraba, echó un brazo al cuello de su padre, como para dar por bien empleado todo sufrimiento que de él viniese.
— Desmentid vosotros el augurio, amigos del alma — añadió volviéndose á los carbonarios. — Puesto que ya no me acosan y nuestros i)erseguidoros se dan por satisfechos con haberme arrebatado las pruebas de mi ser; puesto que se hacen los muertos y prefieren echar tierra sobre el horrible desenlace de mi entrevista con... ¡con la mujer... á quien he absuelto!... ¡y así la aV)suelva desde el cielo mi madre!... aprovechad esta situación y volved á la vida normal; no conspiréis, no luchéis, y sobre todo... no imaginéis vengaros. En este momento, una luz más clara que la de eso amanecer de un espléndido día, que dora las olas, ilumina mi conciencia y mi razón. No hay que resistir al mal; no hay que devolver daño por daño. A quien deshace vallado, le morderá culebra, dice la eterna sabiduría. Perdonad para que os perdonen.
Luis Pedro, al cual estas palabras parecían dirigirse más especialmente, volvió á otro lado la cara, á fin de que Dorff no Yiese la expresión singular de sus pupilas, en que había relumbrado un destello de voluntad agudo y cortante como la hoja de Tin arma.
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— ¡Adiós, adiós! — insistió el proscrito. — Soy un humilde como vosotros, un proletario como vosotros; ya no tengo más título que mi condición de hombre. Yoy á ganarme el pan con mi sudor y á morir oscuramente. Abrazadme otra vez.
Los dos carbonarios se precipitaron á un tiempo: Giacinto, «[ue era un emotivo, sollozando; Luis Pedro, trepidando por dentro, por fuera grave y sin alardes de pena. Desde la tragedia de Versalles apenas si se le había oído el metal de voz. Dorff les estrechó con fuerza, con particular ternura, murmurando:
— ¡(rracias por todo! ¡Gracias, gracias! ¡Que la paz descienda sobre vosotros! ¡Olvidad, retiraos, callad, no cobréis deudas! Y tú, Giacinto... ¡haz penitencia, porque llevas las manos manchadas de sangre!
Involuntariamente, el siciliano las miró; pero, al punto en que realizaba este movimiento, sintió que alguien se las cogía, se las apretaba con nerviosa violencia, y escuchó la voz de Amelia á su oído, baja, pero estridente é incisiva:
— Giacinto, ¡no tengas remordimientos! ¡Hiciste bien!... ¡Fué justicia! ¡Oye, Giacinto!... la que preparó la emboscada también saldrá de Francia al destierro. ¡Si no, no habría Dios!
Momentos después, la chalupa del Polípkéme se alejaba blandamente del embarcadero. Al timón iba Soliviac; dos marineros remaban; el niño enviaba besos con los dedos, y Amelia, agitando su pañuelo, derecha, majestuosa, como una soberana destronada que, mal de su grado, recurre á la fuga, se despedía aún de los Caballeros de la Libertad para siempre.
Giacinto y Luis Pedro permanecieron como magnetizados en
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aquel muelle de puertecillo de la costa normanda, que empezaba á poblarse de gentuza, de sardineras, nrarineros, pilluelos de playa, vendedores y compradores de lenguado fresco para enviar á París. Sus ojos estaban fijos en la chalupa, y no se apartaron de ella hasta que atracó al costado del buque, fondeado á regular distancia. No se distinguían sino confusamente sobre cubierta el bulto negro de Amelia y la grave figura de su padre. El Poliphéme levó el ancla, desplegó su velamen y, poco después, ligero, gallardo, empezó á cortar las olas, matizadas aún del rosicler auroral.
El sol subía ya por el cielo, derramando una claridad que raras veces ostenta en aquella región; el agua era una placa de esmalte azul turquesa, que á lo lejos irisaba tonos nacarados; la escama de sardina pegada á las losas del puerto relucía como pétalos de alguna flor de plata, y los alegres gritos de la gente pescadora, que esperaba la llegada de las primeras lanchas cargadas de pesca ó llevaba al almacén de salazón, en cestas, la de la víspera, componían un cuadro tan gozoso que Giacinto, á pesar de todos los recuerdos que debieran atribularle y de la tristísima escena en que acababa de intervenir, sintió aquellos efluvios de vida y su corazón se dilató. Miró á su compañero; la cara de éste expresaba tan tétricas ideas, era de tal modo la cara de un precito, que el siciliano percibió un frío sutil y volvió á la realidad.
— ¡Allá van, Luis Pedro! —murmuró por decir algo.— ¡Allá va un personaje de quien no hablarán las historias! Nunca volveremos, á verles. ¡Esta página queda borrada!
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— ;Sí por cierto!— contestó el taciturno carbonario. — Pero tú, Giacinto, debiste* acompañarles á Holanda, establecerte allí y no pensar más en esta tierra. ¡Consejo de amigo! Porque tengas en Versalles una querida muy bella, que le soplaste á un guarda— la que vive en nuestra casa, ya comprendes que estoy bien informado, — no es razón para arriesgar el pescuezo. No te fíes de la tregua ([ue nos dan. Había interés en que elloff se alejasen, sin revolver más el cotarro, y la policía finge habernos olvidado, dormir á pierna suelta... Es la consigna. Pero ahora se despertará... y el ciue le ajustó las cuentas á Volpetti y le envió á casa de su compadre Lucifer no se engreirá mucho tiempo de su hazaña... ;Eres un chiquillo! A ti te se lleva donde se quiera amarrándote con la cinta de unas enaguas!...
— jBah!— contestó riendo el siciliano. — Si no fuesen las enaguas, ¿qué sabor tendría la vida? Y la planchadorcita de ahora me tiene loco; ¡el sargento rabia!... ¿Creerás (j[ue aquí también, en estas pocas horas, he descubierto una hembra principal? Vive frente á mi posada: la hija de un calderero. O poco he de poder ó esta noche...
— ;I)e modo que te quedas? ¡Mal hecho, Giacinto! Pero allá t(í. ¡Cualquiera te convence! Yo me voy; yo soy, desde ahora, un elemento aislado: trabajo por mi cuenta. Y aunque me busquen, no me encontrarán; y aunque me encuentren, no me cogerán; y aunque me cojan, me soltarán. ¡Te lo afirmo!
Su voz tenía un sonido metálico, parecía que cortaba.
— ¿Por qué crees eso, amigo?— preguntó Giacinto, que se sintió impresionado, dada su naturaleza supersticiosa.
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—Porque á nadie le inutilizan mientras no hace lo que debe hacer — contestó serenamente el Cahfdlcro de In Libertad. — ¿Han inutilizado al Giro mientras tuvo que sojuzgar á Europa? Las coaliciones eran entonces inútiles. Hoy le sujeta á Santa Elena el negro, árido y montuoso peñón, donde le torturan, no la fuerza de sus enemigos, sino el hado; porque ya cambió su destino, ya arraigó la grandeza de la revolución por medio de la gloria militiir. Ya sólo podía afianzar el despotismo... y eso no lo permitieron alltL
— Nosotros no somos el Otro — respondió (liacinto.
— El Otro es un hombre. Todo hombre puede ser llamado á cambiar el curso de los acontecimientos... si cuenta consigo mismo y no más.
— ;Bah! — respondió el siciliano. — Nosotros, pobres diablos, fuimos comparsas en el gran drama. Ya hemos desempeñado nuestro secundario papel. ¿Pero qué me importa que fuese ó no secundario? He enviado á casa de su compadre al que causó la muerte de mi hermano... y lo demás, pamplina. ¡Qué bien corría la sangre! ¡Qué calor daba en las manos!
Y" al cruento recuerdo, las alas de la nariz de (jiacinto se dilataron; chasf^ueó la lengua, y salvaje fruición se reflejó en su cara guapa, de un moreno mate, y en sus ojos negrísimos, aterciopelados. La agonía de su onomigo se le jjresentaba de relieve; percibía el estertor, las convulsiones, el entrar del cuchillo en lo blando de la carne.
— Sí — murmuró como proféticamente Luis Pedro.— Tú ya hiciste lo que tenías que hacer; el fin de tu vida está realizado. Teme ahora,- Giacinto, ya eres una concha vacía... ;Mira cómo
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el infame esbirro, al punto mismo en que ejecutó el acto culminante de su existencia— apoderarse de los papeles y que se los llevasen á ese funesto Lecazes, que sin duda en pago de tan eminente servicio ejerce el poder y es más que nunca el favorito del rey inválido, ;del que hizo armas contra su país! — mira, te lo repito, y fíjate en ello, cómo en ese mismo instante tú le suprimiste! Por eso yo andaré seguro. Mi historia está todavía en blanco, nada hay escrito en eUa.
— Y nada escribirás— respondió el siciliano. — ¡Dos infelices como nosotros! ¡Y ahora que ya ni protegemos ni acompañamos al 2>€rsonaje!
— Soy un hombre — volvió á manifestar enérgicamente Luis Pedro. — ¡Un hombre! ¿Sabes tú lo que un hombre solo puedo y vale? (xiacinto, el nacimiento de un ser humano es un suceso de incalculable transcendencia. ¡Acuérdate del que nació en Judea! ¡Piensa lo que sería el nacimiento de un varón en la casa real de Francia! ¡Esa vieja dinastía caduca, y que nos han vuelto á imponer porque la trajo un cosaco á la grupa de su caballo, reverdecería de golpe; habría el heredero, la esperanza! ¡Todo por nacer un hombre!
Acercábanse ya á su posada los dos carbonarios. Subieron á su angosta habitación. Luis Pedro tomó el hatillo y dio á Giacinto un beso en la mejilla, según la costumbre francesa.
— ¿Xo (luiores que almorcemos juntos?
— A la hora del almuerzo he de estar lejos de aquí... Tú deberías hacer otro tanto.
— ¿Y la hija del calderero? ¿(¿ué pensaría de su galán? Cinco
veces se ha asomado á la ventana á verme; me hizo señas, me tiró una flor de su maceta... Me quedo hasta mañana...
Nada objetó Luis Pedro, fatalista. Cargó su ligero equipaje y bajó la carcomida escalera. La cuentíi estaba pagada por Dorff: podía marcharse sin ver al hospedero. Volvió un instante el rostro: destellaron sus ojos. Después, su raquítica figura se perdió en las calles del puertecillo y en dirección al campo.
Hora y media más tarde, cuando Giacinto se instalaba ante una fritura de peces, chirriante y olorosa, y la sirviente le presentaba, espumoso y fresco, el pichel de sidra, oyéronse pasos en la escalera, el ruido característico de las culatas; alrededor de la posada se había formado un grupo de gente llena de curiosidad. Y el cabo que mandaba el pequeño destacamento dijo, echando mano al cuello de la chaqueta de Giacinto:
— Date preso. ¡Atarle his manos!...
Hay en toda existencia humana un momento decisivo: aquel en que las más hondas aspiraciones se realizan, en que la realidad se adapta al patrón del ideal soñado. La evolución de los sucesos y el tejer y destejer de la subterránea política de aquel período de eternas conspiraciones habían elevado al pináculo al barón Lecazos. La policía estaba en el apogeo; en sus manos hallábanse reunidos los hilos de la tela cuyo reverso eran el espionaje, la provocación, la delación, el suplicio, y cuyo anverso lo formaban las brillantes ceremonias de la Corte, las borras-
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cosas discusiones de las Cámaras y las luchas camarillescas en palacio, donde el partido de transacción y el de reacción luchaban sordamente. Y, dominando desde su gabinete estas tormentas, el polizonte genial acababa por erigirse en arbitro de los destinos de la nación. Su ambición madrugadora— Lecazes no era todavía viejo — podía darse por satisfecha. El era el verdadero amo; él guiaba á su arbitrio, por disimulados medios, al rey, á la í'amifia real, á los hombres políticos atentos á complacerla y á extremar la lealtad monárquica.
Sin embargo, cuando volvemos á encontrar al ministro, en febrero, en pleno invierno, en aquel mismo despacho donde había recibido á la duquesa de Roussillón, una niebla triste envolvía su semblante, marcando en él esa huella y señalando esa garra de león que caracteriza el rostro de los ambiciosos cuando están á solas y nadie puede observarles: el típico ceño de Napoleón, severo y meditabundo. Lo que así preocupaba á Lecazes era, sin duda, una carta que acababa de destacarse de entre el montón de su formidable correo diario, y que le parecía escrita con trazos ígneos. Innumerables escritos, avisos y hasta burlas recibía el ministro; su vida transcurría envuelta en humareda de papel, y era el papel su mayor enemigo. «A un hombre se le quita de en medio más fácilmente que á un papeb— solía repetirse* á sí propio.— Salvo los que él conservaba para escudarse en caso de necesidad, rompía los insignificantes y, como sabemos, quemaba en jKjrsona los graves, con fniición infinita. Aquél le estaba mordiendo, al través de los dedos, el alma.
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Era un anónimo, y sólo contenía estas i)alabras breves y fatídicas:
«Despojaron á Dorff. Mataron áBrezé. Fusilaron á Giacinto. Serán vengados. Cuidad del tronco; las ramas se desprecian» .
No solía alarmarse por menudencias de tal índole el superintendente; conocía el lenguaje de los carbonarios de última fila y de los charlatiines hojalateros que en todo tiempo han florecido, y rompía, con ligera sonrisa maquiavélica, los inocentes escritos. Este, no obstante, dábale en qué pensar. No era el tínico; otros varios le habían precedido periódicamente, sin que se pudiese sospechar el autor de aquellas cartas siempre lacónicas, al parecer sin objeto, hasta contrarias al objeto que podía llevarse quien las escribiese, pues ponían en guardia á los que le convenía hallar descuidados.
— Nada se trama, sin embargo, en las Ventas que yo ignore - discurría Lecazes. — Estoy al corriente de cuanto maquinan. [No se piensa allí, ciertamente, en vengar á Brezo ni á Dorff... ni siquiera á ese oscuro carbonario italiano... á quien \m sido preciso fusilar!.. ¡Como no pensé yo, cuando tal hice, en vengar á Yolpetti... y eso que le echo de menos! No encuentro, para determinados asuntos, quien le sustituya: era mis manos y mis pies... Pero ¡bah! en política nos dejamos de venganzas y vamos á nuestro ñn... tallos á derribar el trono restaurado, á sostenerlo yo... Por sostenerlo hice lo que hice, y si no recobramos el legajo maldito de papelotes que destruí... ¡ay de la dinastía! Fué un servicio, y hay que conformarse á que nos costase el resuello de Yolpetti.
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Releyó Lecazes al anónimo y se fijó en una frase.
— ; Cuidad del tronco! — murmuró. — ¿Quién es el tronco'^ Yo, I)or mucho que me engría, no puedo considerarme tronco en este caso... ¿Será el rey? Pobre tronco podrido, que presto cortará el hacha de la gran leñadora. ¿Será su hermano?.. ¡Tronco hueco! I Retrógrado incorregible! Ese es el mejor auxiliar de los carbonarios, y no sé lo que va á suceder aquí cuando la gota acabe con el rey, el cual es lo mejor de la casa... ¿Será el du- (^ue?.. ¡Tronco estéril! No, si lo adivina cualquiera. El tronco es Fernando, el llamado á continuar la raza. Vamos á ver, Lecazes, suponte conspirador: ¿á quién herirías? ¡A Fernando! ¡Al simpático, al bien amado, al que engendra sucesores! Puede ser este anónimo el desahogo de un loco inofensivo, pero ¿y si fuese un rasgo de esa nobleza romántica que les entra á los criminales políticos y les mueve á dar avisos y á delatarse? Prevengamos al príncipe y vigilemos su persona. El es el mismo descuido, el heroísmo temerario y alegro, como el de su abuelo Enrique IV, á quien le dicen que se i)arece para halagarle... Además, su mujer y él son tan aficionad(5s á divertirse, á ir á todas partes sin precaución alguna. En una de esas hiimoradas... ¡Ahí los reyes no pueden vivir como los demás hombres. ¡Son unos esclavos! No sabe Dorff el gran favor que le hice á él y á toda su familia alejándole del trono... incluso á la ambiciosilla que ahora, no pudiendo urdir marañas, aprenderá á fabricar encaje flamenco.
Estas reflexiones dormitaban en el cerebro del ministro cuando aquella misma tarde fué introducido en el gabinete del
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rey, á quien su penosa enfermedad parecía dejar entonces algiin respiro, que se revelaba en cierta actividad, continuos paseos en coche y no pocas agudezas fluyendo incesantemente de sus labios. Sin embargo, las inusitadas dimensiones del tapete do terciopelo de la mesa, bajo el cual se ocultaban las hinchadas piernas del soberano, revelaban los progresos del mal.
Al ver entrar á Lecazes, el valetudinario sonrió picarescamente, como quien va á poner en un brete á alguien muy avisado, y le presentó una carta, idéntica en el tipo de letra á la que tanto preocupaba á Lecazes.
— ¿Qué es esto, señor barón?— interrogó con vehemencia el rey. — Aquí se me pide una audiencia; se me dice que existe una persona que puede hacerme importantes revelaciones acerca de asuntos de mi familia, y que, si no la recibo, se seguirá perjuicio á mí y á los que más quiero. ¡Hay, por lo visto, quien anda mejor enterado do mis jjropios negocios que yo! Ahí tiene usted un caso humillante.
Iba Lecazes á responder cuando entró en la cámara regia, sin anunciarse, con fueros de confianza, un hombro en la fuerza de la edad, animado, impetuoso. Era el hijo segTindo del heredero del trono, el príncipe Fernando, muy preferido del rey, única esperanza de perpetuidad directii de la raza, como dice felizmente un historiógrafo. No se lo ^wdía llamar buen mozo, pero su presencia prevenía favorablemente: tenía esa sencillez franca y esa gracia comunicativa que algunos individuos de la familia de Borbón han poseído y poseen en altísimo grado, y que les cai)ta las simpatías de cuantos les ven de cerca, creando
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para ellos, aun en los momentos en que menos aura popular gozó su familia, atmósfera de popularidad. Cuando el príncipe Fernando apareció, y la luz del amplia vidriera que caía á los jardines le iluminó enteramente, pudo verse que era de corta estatura, anchos hombros é irregulares facciones; poro el atractivo de su expresión, la irradiación peculiar de su mirada, la vida que de ól emanaba, por decirlo así, eran como una oleada de envolvente jubiló. Sentimientos generosos y cordiales, fácilmente elevables al heroísmo, se reflejaban en aquel semblante, nada hermoso, pero realzado, en aquel mismo momento, por la energía de la bondad.
— Señor — dijo besiindo la mano del rey, — perdonará Vuestra Majestad esta irrupción que hago en su gabinete... Vengo a comunicarle algo que me urge, que no puedo aplazar un minuto.
Discretamente hizo ademán de retirarse Lecazes.
— No, no, barón, quédese usted — pronunció Fernando.— No ignoraba, al venir, que aquí le encontraría. Ya sé que para usted no guarda secretos Su Majestad..', y sospecho que ha de estar mejor enterado aún que yo de esta maraña, cuyos hilos tiene, de fijo, entre sus hábiles maños.
—¿Pues de qué se trata, monseñor'?— articuló ya muy sobro sí el ministro.
— De cartas que vengo recibiendo... — contestó Fernando prontamente. — ¡Cartas que me dan mucho en qué pensar y me han quitado el sueño más de una noche!...
— ¿Serán amorosas, monseñor? — indicó con fina ironía Lecazes.— Vuestra Alteza posee numerosas apasionadas y lo hallo
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natural; lo que admiro es su amabilidad al tomarnos por confidentes.
La noble fisonomía del príncipe se nubló; sus cejas se fruncieron, y repuso, no sin un matiz de desdén:
— ¡Barón, no acostumbro en tales asuntos dar participación á nadie... y menos á la policía! Se trata... jbah! ¡á quién se lo cuento! de... ea, de una persona de nuestra familia á la cual, no sé si con ó sin conocimiento de Su Majestad, se ha desposeído de sus papeles y se ha obligado ú ex2)atriarse para evitar vejámenes aun más injustos.
—¡Vamos! — articuló Lecazes. — ¿Y cómo se llama ese pariente desconocido de Y\iestra Alteza?
— Usted lo sabrá mejor que nadie— respondió el príncipe, — puesto que es usted quien le birló su documentación y le hizo otras varias jugarretas que no son del caso.
— ¿Quién ha dicho eso á Vuestra Alteza?— interrogó Lecazes poniéndose lívido.
—Quien escribe la verdad 'y no se muerde la lengua— contestó Fernando sacando del bolsillo de su frac varias cartas en manojo.
— Pero til — intervino el rey,— Fernando, hijo de mi vida, ;.por qué das crédito á patrañas?
— ¡Señor, esta, no es patraña!... y si lo fuese, el modo de demostrarlo sería exhibirla á la luz del sol, no envolverla en tinieblas, enredos y tapad ij os. ¡No es patraña! Para afirmar que no lo es me basta ver la cara del señor Lecazes, la de Vuestra Majestad mismo, la de mi hermana y prima la duquesa, á
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quien me he dirigido y á ij[uien he visto desfallecer al solo nombre de ese individuo y de esa historia, cuyos episodios más trágicos ocurrieron en los comienzos del verano pasado en Versalles... ¿Estoy bien informado? Gomo que le costaron la vidaá un amigo mío, un caballero de veras. Renato de Giac, hijo de uno de los mejores oficiales de nuestro valeroso ejército de Condí''...
— Fernando—tartamudeó el rey, cuya tez había ido inyectándose y cuyo rostro descubría profunda contrariedad, — en cualquiera sería atrevimiento lo que haces, pero en ti es algo más: raj'a y toca en insensatez y en delirio. ¿Eres tú el llamado á sostener tales fábulas? ¿Sabes lo que significaría lo qne te has tragado como un bendito? Pues significaría ¡ahí es nada! que somos un usurpador, que lo (¡ue creímos restauración fué un robo y que, como ese impostor tenía hijos, nuestro lugar es el del que hurtó y devuelve lo huitado y se retira entre la befa, el CvScarnio y probablemente la intervención armada de Europa, que vendría á poner orden y limpiar una cueva de bandidos.
— No se trata de un impostor — repitió Fernando impávido.
.—¿Entonces nosotros somos los que detentamos lo ajeno? — gritó descompuesto el rey.
La sonrisa de Lecazes era un derrame de hiél, una crispación del infierno.
— En efecto, señor...— insistió con arranque el príncipe. — Por desgracia, es verdad... Y yo, por mi parte, no (luiero... jSobre todas las cosas del mundo de Dios abajo, sobre el poder y el trono me importa el honor, la religión de los caballeros!
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¡Seré ó no seré Alteza real, pero soy de fijo un soldado, y, á pesar de algunas ligerezas, un cristiano también; no ejercito la virtud, como mi hermano Luis, i)ero no despojaré á nadie! Y no puedo, no jmedo vivir así. He querido despreciar estas misteriosas epístolas, y ¿sabe Vuestra Majestad por qué? Porque en todas ellas resuena una amenaza y sentiría que me creyesen cobarde. Arrostro al fin esa contingencia; ya demostraré, si Dios me da vida y á Francia guerras, que vista cara á cara no temo á la muerte. Por eso quise decir á Vuestra Majestad que si esto no se arregla como piden la justicia, el derecho y nuestra dignidad, yo escribiré á... nuestro pariente... y si es menester emprenderé el viaje á Holanda y me i)oiidré á disi>osicióu de ese infortunado, ¡wr vsi puedo reparar el daño que ^ le infirió.
— Y no me extrañaran tus bizarros arrestos, sobrino — respondió el rey, ya colérico, con ironía. - Serán propios del que no ha meditado las consecuencias de sus actos jamás; del que no tuvo reparo en enlazarse en Londres con la plebeya Amy Brown; del (jue se jacta de desdeñar la etiqueta y las costumbres palaciegas y, plagiando al Corso, á fin de halagar á la populachería de los cuarteles, alardea de ideas incompatibles con lo íiue rei)resentamos. Tu desvarío me autoriza á hablarte en estos términos; tíi te lo has buscado y lo has querido. Más te importaría el porvenir del trono si, en vez de conseguir en tu esix)sii legítima sólo hijas, hubieses tenido la fortuna de darnos el heredero varón que tanto ansiamos. Pero, en castigo, te lo niega la Providencia...
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Fernando, lejos de anonadarse ante este ataque del rey, mostró en la cara una expresión de gozo íntimo, que Lecazes sorprendió.
— No creo — articuló serenamente— (¡ue Dios me castigue jwr lo único bueno y honrado que tengo ocasión de hacer. ¡Señor, respeto mucho á Vuestra Majestad... pero cumplo mi deber! Me creí en el caso de participárselo á Vuestra Majestad, por si quería secundar mi resolución. Si fundamos nuestro poder en la iniquidad, mal porvenir tiene el trono. Que sea de quien deba ser... Yo sólo reclamaré mi puesto militar, el del soldado de fila, pues aunque Vuestra Majestad me acusa de parodiar glorias, busco únicamente la que se consigue con un brazo duro y un corazón que no ha sabido palpitar de miedo.
— ¿Es cuanto tenías que manifestarme, sobrino?— murmuró el rey, amoratado y balbuceando.
— ¿Vuestra Majestad me despide? ¿Vuestra Majestad queda enojado ponmigo?
— El estado de la salud del rey — intervino Lecazes -no le permite soportar imi^resiones como las que Vuestra Alteza le está ocasionando.
— Señor barón— dijo el príncipe,— entiendo... Basta; me retiro. De hoy más, Fernando de Borbón no tiene otro juez ni otro guía sino su conciencia.
Y saludando al rey con veneración y al ministro de un modo ambiguo, el príncipe salió tan á prisa como había entrado.
Lecazes le siguió con la mirada. Después de que los j)! legues de la portera se aquietaron, encogióse de hombros levemente.
—¿Qué le parece á usted, LecazesV— preguntó sofocado el monarca.
— Que es preciso dejar al príncipe, señor; no ponerle trabas, no excitarle... no acordarse de él,., p]ste conflicto se resolverá <le su\-o. La mayor parte de las cosas en esta vida se arreglan así... ;Yo... no x)ienso mezclarme en los asuntos de Su Alteza!
Y el ministro dio á esta frase insignificante imperceptible relieve esx)ecial. En su fantasía estaba representándose un ti'oníio joven, lleno de savia, pero cortado de golpe.
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Br. 3DESTI3MO I>E FEürTAITUO
Dos días después de este incidente, la tumultuosa alegría del Carnaval se desl>ordaba en las calles de París. El gentío se empujaba en las vías céntricas para admirar la procesión del Bu£¡f Gardo y al cual llevaban coronado de flores, doradas las astas, entre risas y dicharachos de las frescachonas lavanderas, que, vestidas caprichosamente, se empingorotaban en triunfiíl carroza. Una de aquellas mozas de rompe y rasga, planchadora en Versalles, descollaba i)or su hermosura insolente y el rubio
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encendido de sus cabellos. Al pasar cerca de la x)nerta de San Dionisio vio la mujer á un hombre pequeño, de raquítica facha, de tipo bilioso, parado mirando el desfile, é interpelóle jovialmente:
— ¡Eh, Luis Pedro! ¡Lechuza! ;Cara de De j/rofundtsf ¿Qnieres cenar esta noche con la gente do buen humor en el bodegón de la Mariscada?
El ijiterpelado, en vez de responder, se apresiHtS á sumirse entre el remolino de máscaras zarrapastrosas y estudiantes que cíintaban á grito pelado. Fuese por haber permanecido de pie sobrado tiempo 6 por causas más íntimas, sentía una debilidad, un desfallecimiento orgánico, deseos de dormir, de extenderse allí mismo, aunque le pisoteasen. Lentamente, abatido, se retiró á su posada. Era hora de comer, y comió con ansia violenta, puramente animal, extraña en el, que era sobrio. Reconfortado ya, volvió á salir y se dirigió, entre el gentío, á apostarse ante las puertas del teatro de la Opera, por cuyas vidrieras se veía la brillante iluminación del recinto. Aciuella noche había fiesta, representación extraordinaria; el programa anun- (íiaba El Carnaval de Veneria y Las bodoíi de Camaeko. Rodar de coches, claridad de antorchas, tropel de gente, anunciaban ya que la Corte venía. Luis Pedro sintió el deslumbramiento do un vértigo. «Ahora, ahora», zumbaba una burlona voz, apremiante, en sus oídos. Y á pesar de tal mandato, el carbonario permanecía inerte. No podía. La arción no brotaba de sus nervios á sus músculos... ;,Qué es esto? pensó. ¿Es miedo? ¿Es que no debo? ¿Tengo derecho ó voy á cometer un crimen? ¿No les he
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avisado varias veces sin ({ne me hagan casoV Para exagerar la lealtiid sólo me ha faltado entregarme...
Mientras íluotnaba así, el príncipe Fernando y su esposa se bajaban de la carroza, dándola ('*1 la mano, y entraban en el te^itro por la puertecita iine sólo usaba la familia real.
— Otra ocasión perdida... ¡Vacilaciones, incertidumbres, escrApulos, peri>lejidades necias! ¡Son culpables... trajeron á los cosacos... oprimieron, despojaron al inocente!... ¡Horcas, fusilamientos... la sangre de Brezé, la de(tiacinto... todo grita! ¡Y ese pueblo estúpido que se embriaga en la orgía carnavalesca! ¡Y las Vcuins (pie también duermen! Pero Bruto vela... — añadió achirdándose de una de sus lecturas de historia romana. — A pesar de mis reiteradas cartas no me han preso... A pesar de mis antecedentes no se me vigila siquiera... Es que tengo de mi parte el destino. Yo nací tan sólo j)ara ejecutar hoy lo que he determinado... ¡Esperemos! ¡Al tronco!
Alejóse de allí y vagó sin rumbo por los jardines del Palacio Keal, próximos á la Opera. Iba ensimismado, tropezando á Ciida paso con grupos que cantaban estribillos báiiuicos y lascivas cíoplas de Beránger. Mujeres procaces, pintíidas, arreboladas, le dirigían cínicas bromas. Un beodo le injurió. El no atendía. Respiraba (^on ansia el aire frío de la noche, «]ue refrest?aba sus sienes ardorosas de calentura. En su cráneo percibía el rodar sordo de un trueno, y sílabas incoherentes se enlazaban, por mágica operación, formando palabras, palabras persuasivas, para aconsejar el irrevocable acto. «Es preciso obedecer. Después el descanso. Se acabaron las indecisiones y torturas ^ , c^il-
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culaba con afán pueril. c< Y tiene que ser hoy. Si mañana vuelvo á Versalles, obligado por la neoesidad, porque allí teuíro mi modo de vivir, ¿cuándo se presentará la ocasión nuevamenteV
Iba y venía del jardín al teatro y del teatro al jardín, acechando. Las horas de la noche transcurrían: el jardín se despoblaba; vaciábanse las fondas y los lx)degones; el gran reloj dio. después de las once, la media, y Luis Pedro observó que llegaban y se apostaban ante la puertecilla los coches de la casa real. Entonces, por la solitaria calle de Louvois. enhebróse el carbonario hasta deslizarse entre el bureo del gruiK) de lacayos. Su mísera facha, su traza humilde, le hacían pasar inadvertido. Tomaríanle por un pobre cochero simón, ó más bien por uno de esos ayudantes ocasionales que los simones dedican á cuidar del caballo cuando quieren entretenerse en la taberna. El sitio era sombrío; Tjuís Pedro se inmovilizó, se i>egó á la i)ared.
No fué larga la espera. Justamente el prínci])e Fernando bajaba acompañando á su esi)0sa, que, fatigada de un baile á que había asistido la noche anterior, lastimada por el goli^ de la l>uerta de un i)alco, deseaba retirarse. El pensaba quedarse un rato aún, sabe Dios con qué fines calaverescos, y para no causar celosas inquietudes, al asomarse á la ¡merta y ayudarla á subir al estribo, díjola sonriendo: «Nos veremos pronto». Era, sin poderlo remediar, ardorosa, a[)asionada y suspicaz la italiana; era él, involuntariamente asimismo, galante, perdido y rendido al encontrarse con una mujer hermosa, sin dejar i)or eso de querer y cortejar á la suya más como enamorado que como
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legítimo dueño, por lo ciml ella, á su vez, le amaba mucho. Con el dedo le había amenazado al salir del i)aloo, entre burlas y veras, diciéndole al oído, de modo que nadie se enterase: «Me voy i)orque tengo miedo si trasnocho de hacer daño á nuestro chiquitín... á nuestro secreto,,, al varón que llevo en las entrañas... A no ser por eso, no me iría. No to se ocurra quedarte hasta el amanecer» . El la tranquilizó solícito, tierno, con insinuante presión, ejercida sobre el redondo brazo desnudo que en el suyo descansaba, y al despedirse la dirigió la frase de conyuga] cariño que ha recogido la Historia...
Ágil á pesar del embarazo por nadie advertido aún, la dama subió al coche; los lacayos alzaron el estribo. Inclinóse ella á la portezuela, para ver todavía al esposo, que volvía al interior del teatro y que en aquel punto se encontraba todavía en la acera de la calle de Rameau, bajo la marquesina pintada imitando tela... Luis Pedro acababa de insinuarse entre el remolino de lacayos, centinelas y cortesanos que bullía en el vestíbulo. El mismo no se explicaba— cuando después, en la yerta soledad del calabozo, antesala del cadalso, revi rió los trágicos momentos de la breve aventura, volvió á cometer el crimen mil veces por medio del pensamiento, — él mismo no se exx)lieaba, repito, la repentina decisión y la destreza admirable que desplegó para realizar lo que media hora antes le parecía imposible dé intentar siquiera. En efecto, al contrario de lo que suele suceder, que la fantasía todo lo facilita y la realidad presenta de bulto los imprevistos obstáculos, Luis Pedro, mientras paseaba eu el jardín del Palacio Real, ni aun concebía cómo transformar
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en hecho lo que tenía determinado en lo más hondo de su conciencia, y creía su empresa algo quimérica, algo irrealizable, y ahora, en el momento supremo, diríase que invisible mano le guiaba y suprimía cuanto estorbarle pudiese. Iba recto, como la bala, cortando sin esfuerzo el aire, va al corazón. Aquel liombre joven, poderoso, fuerte, rodeado de cortesanos y de amigos, á quien los centinelas, colocados 'á ambos lados de la puerta, presentaban las armas; aquel hombre cuya robustez se jidivinaba bajo la elegante vestimenta, hecho á la vida militar, cíapaz con un capirotazo de tumbar por tierra al enemigo ra- •[uítico y endeble que le acechaba, sentía Luis Pedro que era físicamente .sw/o, que la suerte se lo entregaba en las manos, (iomo una presa descuidada, inerme. Ya no subyugaba á Luis Pedro la impresión de su pequenez, ya no se creía átomo en el mundo: dentro de él se desarrollaba una especie de embriaguez lúcida, un rapto de orgullo de esos que transportan. «Llegó el instante. El oscuro, el mísero, el plebeyo, el obrero guarnicionero va á escribir su página de historia. Mi vida, hasta hoy, nada significaba. Era una narración insulsa, un cuento sin sentido, contado por un idiota. Yoy á darle su verdadero valor; voy á desahogar lo que dormitaba y latía en mí. Hatisfacerso destruyendo á un esbirro, jqué miseria! Eso era bueno para Cfiacinto, naturaleza inferior, vulgar» . Y los ojos altaneros y doloridos de Amelia, su boca plegada por amargo desdén, su rubio y terrible ceño de arcángel exterminador, acudieron á la memoria del carbonario. Era la cantidad de sugestión femenil, que hay cu toda tragedia. «Las almas superiores son solitarias:
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quieren lo que quieren y no perdonan. Del perdón de un débil lian venido las desdichas» . Creía Luis Pedro ipie le iluminaba el fulgor de las brillantes pupilas de la hija del mecánico, cuando, sin ocultarse, sin tomar precaución alguna, como camina el sonámbulo en medio de los mayores peligros y al borde do los precijúcios 6 por la cresta de las nubes, se dirigió á encontrar al prínci[)e. Píisole en el hombro la mano izquierda, y con la derecha, que ya llevaba empalmado el puñalito, des- (íargó el golpe, maravillosamente certero, vivo y rápido. Fernando no sintió nada, ni aun el frío del hierro; se figuró que le empujaban, y que iba á dar. i)or efecto del empujón, contra uno de sus cortesanos. Ninguno entro los acompañantes de Fernando se había hecho cargo de la verdad. El criminal, todavía sostenido por la fiebre semiheroica y la visionaria lucidez que le dictaban en aquel instante lo más acertado, sin que la reflexión interviniese, había desaparecido; al llegar á la esquina de la calle de Richelieu, con serenidad absoluta refrenó el paso y so dirigió lentamente á perderse en la sombra de las arcadas hoy derruidas y cuyos arranques se ven aun, frente al amplio edificio de la Biblioteca. Un minuto más y estaba en salvo, fuera del alcance de los que hubiesen podido perseguirle. Nadie lo había visto; nadie le conocía de los que en el vestíbulo del teatro casualmente le hubiesen visto antes. Estaban su suerte y su vida en el filo del cuchillo. Kes])iraba á dos pasos de allí, ejerciendo en un cafó el oficio de servir á los parroquianos, otro hombre cuya existencia, hasta entonces, no había ofrecido sino vulgarísimos incidentes. Quiso la suerte que en aquel
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I)iinto saliese del c^fé llevando una bandeja de sorbetes. Ijuís Pedro apresuró el i)aso y tro])ezc) (íon el mozo. Los sorbetes cayeron. El mozo, enfurecido, dio tras el bruto que le estropeal»a la mercancía. Corrió, siguió su' pista, y al divisarle entre la oscuridad, se arrojó á su cuello, le sujetó, le detuvo... ¡Era tan débil el carbonario! Además, pasado el decisivo episodio, ya oía la voz burlona, la voz infernal de antes, que repetía dentro de su cráneo: <^Tú ya hiciste,,. Ahora es este que te prende quien ha^'c^ .
Y mientras tanto, en el vestíbulo, Fernando, i)or instinto, llevaba la mano al costado, á la herida ignorada aún, y encontraba allí, saliente, un estorbo: el mango del puñal. La hoja había entrado toda entera. Vi\ grito cruel: un movimiento más cruel aún, el de arrancar aquel arma fina, triangular, que no perdona. Y la princesa, volviendo á bajarse del coche, precipitábase ya cifiendo el cuerpo de su marido: á borbotones la sangre empapaba su traje fresco, salpicaba sus brazos torneados, desnudos. Empezaba aquella serie de escenas tristes, tiernas, bellas, de una belleza romántico-cristiana; la larga despedida de un moribundo que en todo piensa, que á todos llama á su cabecera, que revela lo que tenía en su corazón, lo (pie se va de sus venas por el portillo de la herida mortal; el ansia de gloria, el patriotismo, la fe cristiana, el amor conyugal, el paternal, la confesión humilde de pasadas flaquezas... y, |)or encima de todo, la constante, la ardiente súplica del x>erdón á su asesino... Cuando el rey se inclinaba sobre el lecho en que agonizaba Fernando, el lecho que también tenía su his-
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toria, los labios ya cárdenos del moribundo murmuraron con ahinco:
— ¡Que le perdonen! ;Que sea perdonado! ¡Todos necesitamos perdón! ¡Somos culpables... muy culpables! Tío y señor... el sL ¡Ah, Dios mío!,.. — suspiró ante el silencio regio. — ¡Si perdonasen á ese hombre, comprendo que mis últimos instantes serían más dulces! ¡Xo llevo ese consuelo á la tumba!...
Y entre los i)Ostreros gemidos, entre la febril accesión que t\irbaba su cerebro, hasta que el ritmo del aliento no levantó ya su noble pecho traspasado, pudo oirse cpie el nieto de Enrique IV, tan semejante al glorioso antecesor — por lo menos en la muerte, — repetía:
— I Perdón para él . . . perdí'in para ól ! . . .
Lecazes entretanto, sorprendido de la prontitud con que caía el ir miro, se había acercado al criminal, á quien, en una sala baja, dirigían el primer interrogatorio.
Llevándoselo á una esquina, en voz que de nadie más i)odía ser oída, le dijo:
— ¿Tienes cómplices? ¿Hiciste esto por dinero?
Luis Pedro miró al ministro despreciativamente y contestó:
— ¿Se hacen por dinero estas cosas? Soj^ el vengador de mi patria, y también de Dorff y de su hija. La dinastía muere. Ya no habrá heredero...
—¡Miserable!— exclamó el ministro, gozando en torturar aquel alma de sombra. — ¡La princesa queda en cinta!
Palideció Luis Pedro; lo inútil del crimen cayó sobre él como una losa. .
— Bien , ya está liecho y lo haría de todas suertes — pensó momentos después, rehaciéndose para conservar aquella sangre fría de la cual dio tan singulares pruebas hasta en el mismo instante en que subía al patíbulo.
El diálop:o (confidencial y secreto de Leoazes y el asesino .se notó, se comentó y fué base de las acusaciones de complicidad que provocaron la caída del ministro. «Resbaló en la sangre», dijeron del favorito los (^ue le juzgaban complicado en la sombría tragedia.
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ÍNDICK POR CAPÍTULOS
PRIMERA PARTE.-El visionario Martin.
I. — Los enamorados 7
II. — Memorias ]5
III.— El atentarlo 24
IV.— Amelia ,58
V. — Primeros hilos de la trama 46
VI.— El esbirro 56
VII.— Epicúreo 65
VIII.— El visionario 78
SEGUNDA PARTE. -El cofrecillo.
I. — La miniatura 91
II. — El aviso 100
III.— El féretro vacío 111
IV.— María 122
V. —Un hombre cortés 133
VI. — La operación 140
VII. — El aj(ujero uo^ro 149
VII I. -Fusilamiento 158
IX. — La evasión 165
X. — El pasaporte 174
XL~DoríT : 185
XII.- La nmralla 194
XIII.— El incendio 201
4í)<i ÍNDICK
TERCERA PARTE. -Los Caballeros de la Libertad.
I.— En acecho 211
II. — El zorro en la trampa 220
III.— Renato espera 230
IV. — Mina y contramina 240
V.— El crujido 248
VI.— El perdón 256
VII. - A la luz del farol 26fi
VIII. -El capitán 274
IX.— La goleta 282
COARTA PARTE. -Plcmort.
I.—La llegada 292
II.— Mala noticia 303
líl. — Horizonte oscuro 312
IV. -Nocturno 322
V.— El niño 332
VI.— La boda 341
VIL— Juan Vilain . 352
QUINTA PARTE. La hermana.
I. — Indicios 367
II. — Plantéase el proMcma 377
IIL— Razón de Estado . 388
IV. — El consejo del pagano . 399
V. — Idilio conyugal 411
VL— Ella 422
VIL — Los antecedentes de Luis Pedro 432
VIH. — La entrevista 443
IX. — Giacinto 454
EPlLOftO.— Luis Pedro.
I. — El destino de Giacinto 465
II. — Un nieto de Enrique IV 474
III. — El destino de Fernando 485
Tetuán <lc Chaniartín. — Imp. de Bailly-Bailliére é Hijos.