Misterio · Unidad 110 de 196

Unidad 110 · 284 HISTEBIO

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284 HISTEBIO

Hallábanse ya no muy lejos de la goleta y podían yer bien su forma elegante y esbelta, sus dos mástiles inclinados y el jpabellón inglés que ondeaba en su proa* Hasta distinguían sobre cubierta á la tripulación, que parecía hormiguear confusamente.

— Capitán — exclamó el piloto, — atención. La avería es segura. Nos han visto. Nos hacen señales. ¿Ye usted? Un cohete «caban de disparar.

— ^¿Conque un cohete? — refunfuñó Soliviac ir(kiioo. - Ahora verán qué cohetes gastamos aquí.

— ¿No nos entregarían al reo si lo reclamásemos? — ^preguntó en voz baja Giacinto.

— ¿Estás loco?— intervino Luis Pedro.— ¡Para que el esbirro les deje un pliego ó una carta con encargo de enviarla á las autoridades; algo que nos delate, algo que nos pierda! Nada, nada de eso. ;E1 barco en que ha sido recogido Yolpetti debe desaparecer! ¿Tembláis ahora? ¿Se os han pegado los escrúpulos del que en la cámara reza arrodillado? Yo también creo en la justicia divina... pero creo que sus instrumentos somos nosotros.

— ¡Capitán! — insistió el piloto. — ¡Si ya me parecía á mí!

—¿Qué sucede?

— ¿Ye usted una columnita de humo que asoma al costado derecho de la goleta? ¿La ve usted?

Soltó los tubos SoUviac; sus ojos, á aquella distancia, ya le servían mejor que el catalejo, y en efecto, acababa de divifear la imperceptible nube que empezaba á envolver el barco.

MISTERIO 285

— ¡Tienen faego á bordo! ¡La goleta arde!

— ¡La^leta ardel— repitieron loe tres carbonarios, qne trocarón una mirada llena de ideas y de pensamientos.

— ¡La jnstioia divina de que hablaba Dorff!— dijo Renato, que formaba parte del grupo.

— Pues por si no estuviese bien prendido el fuego — advirti6 Luis Pedro irónicamente, — por si con unos cuantos cubos de agua se arreglase el asunto... y sobre todo, para que no se figuren que nos acercamos con el caritativo fin de ayudarles... ¡un saludo al pabellón inglés, capit&n!

Soliviac dio una orden, y cinco minutos después, los cuatro cañoncitos del Polipkéme^ á un tiempo, con precisión que revelaba el hábito, enviaban su carga al costado de la goleta.

— ¡Cargar otra vez! ¡A la arboladural — mandó Soliviac.

En la goleta, el inesperado ataque del Poliphéme, con cuya auxilio contaban, había producido evidente sorpresa y terror. Se veía á la tripulación agitarse despavorida; el humo era ya más denso y pronto cubriría enteramente á la embarcación.

— ¡Luis Pedrol — exclamó Giacinto con alegría feroz. — ¡Mira,, mira! ¡Sobre cubierta veo al esbirro!

La segunda andanada del Poliphéme fué á tronzar el mástil de mesana de la goleta, que al caer sobre la popa cogió debajo á dos marineros. Pero el humo ascendía, y desde aquel momentono faé posible ver lo que pasaba; era evidente que la goleta, al detener su marcha, había obedecido á la alarma del incendio.

— ¿Dónde nos hallamos?— preguntó al piloto Soliviac.

—Frente á la isla de Jersey, pero más cerca de la costa-