Misterio · Unidad 129 de 196
Unidad 129 · MISTERIO 838
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MISTERIO 838
del insomnio— fuese acogido por su hermana con abiertos brazos, si sus derechos fuesen reconocidos, ¿intentaría esta aventura y me trataría de este modo la duquesa? ;A1 contrario! Vendría rel)Osando adulaciones, llamándome hija; la acompañaría Eenato... El no puede tener ni sospechas de lo que aquí sucede. ¿Estará preso? ¿Estará... ¡No! ;Vive! Si no viviese, ¿qué interés tenía su madre en casarme con Vilain? No perdamos el juicio... Aquí intervino, de seguro, la mano de Volpetti... ¿Y si el mismo esbirro la acompañase disfrazado? ; Locura! ¿Locura? No; les imj>orta mucho acabar conmigo... y no atreviéndose á matarme, han ideado casarme bajamente; así la duquesa libra á su hijo, e//o.v crean una imposibilidad más á la causa de mi padre... ;Y el niño! ¿Qué va á ser del niño?
Azorada y con el pecho oprimido, Amelia empezó á pasear I)or la sala; no se había desnudado. ¡El niño! En aquel momento comprendió hasta qué punto se había apegado al débil sor con quien, desde hacía corto tiempo, jugaba á la maternidad. El desvalimiento de la inocente criatura, el pesar de haber contribuido á dejarle huérfano por modo tan cruel, las caricias que liaby Dick la prodigaba, su belleza, sus monerías, todo acudía á la mente de Amelia, borrando las demás preocupaciones. ¿Qué es esto?— i)ensaba. — ¡Valiente tontería! Nada sé de mi padre; está acaso en inminente riesgo mi amor... Y lo que más me desvela es la suerte de un niño con quien no me une ningún lazo. La casualidad me lo deparó, la casualidad me lo quita... ¡Qué le voy á hacer! ¿Es acaso, como insinuaba esa víbora, hijo mío, nacido de mi seno?
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Al despuntar la mañana sin que Amelia hubiese podido descansar un minuto, envolvió su espíritu esa oleada de calma que suele acompañar á la aparición del día, y como ya no tenía por qué ocultarse, corrió á las ventanas, y, sin acordarse de la conseja, las abrió de par en par. Entró la claridad en d tocador de la ^narqtiesa. y todo aquel lujo caprichoso, enfermizo, afeminado, apareció como una decoración de ópera, contrastando con la desolada magnificencia del paisaje y la sombría mole de los torreones que empezaba á iluminar la aurora. Amelia se asomó y echó fuera el cuerpo.
¿Qué podrán hacer al niño? pensó. ¿Qué se le hace á un niño? ¿Separarle de mí? ;Me duele... estaba tan encariñada con él!... Pero no por eso doblegarán mi ánimo ni me compelirán al vergonzoso enlace que me proponen... ¡Yo mujer de Juan Vilain!... ¿Qué significa esto? Y él ¿cómo se ha prestado átales proyectos? ¿Cómo permitió que la duquesa entrase en Picmort? ¡Ah! Está enamorado de mí... ;Qué repugnancia, qué asco! ¡Morir, morir antes!
Amelia registró la habitación con la mirada y buscó por todas partes medios de resistencia. No vio sino los ricos muebles, las gentiles baratijas, los encajes rancios y las sedas de colores amortiguados de aquel mágico aposento, en cuyos espejos de dorada cornucopia la muerta había contemplado sus demacradas facciones. De pronto, sobresaltada, prestó oído. En el gabinete contiguo, del cual la separaba una puerta, escuchábase el llanto de una criatura. Sin duda Baby Dick se había despertado.