Monja y casada, vírgen y mártir · Unidad 24 de 49
LIBRO TERCERO. — parte 2
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
Esta unidad sigue disponible para lectura, pero no se incluye en el índice de búsqueda porque forma parte de una continuación técnica, contiene metadatos editoriales, repite un título o no alcanza entidad suficiente como página independiente.
--En poco os parais--contestó el doctor Galdos--¿teneis mas que hacerle entender al pueblo, que estos regateos los prohibe y persigue para dejar como único abastecedor y obligado á su amigo Don Pedro de Mejía?
--¡Qué brillante idea!--dijo Don Melchor, pensando que esto iba á facilitar los proyectos de Luisa--es una idea soberbia, porque aun me duelen las doce mil cargas de maíz que me hizo llevar á la Alhóndiga, y la causa que con tanto empeño me sigue.........
--Tambien hablaremos de vuestra causa--dijo el Arzobispo--que buen pretesto nos dará, según va ella para mas de cuatro cosas.
--Continuaré si me lo permitís--dijo el doctor Galdos--pues además de los resgatadores, contamos con todos los portugueses y estrangeros, que son muchos, á quienes el virey ha apartado de los asientos de minas, y que estarán dispuestos para todo contra él.
--Pero estos--objetó el Arzobispo--como estrangeros, será mal mirada por el rey nuestro señor su intervencion en los negocios de las colonias.
--No tema por eso su Ilustrísima--contestó el licenciado Vergara, que habia comprendido la idea del Doctor--porque esos no serán los que por delante se presenten, sino que en caso de confusion ó tumulto, servirán de auxiliares sin mostrarse ni ser conocidos, ni invitados tampoco.
--Así es en verdad--continuó el Doctor, y no necesitaremos de ellos mas que, como dice el señor Oidor, de auxiliares: contamos, además, con los negros y gente de color, que siendo libres les ha obligado á que se registren y paguen tributo, y no vivan de por sí sino en el servicio.
--En efecto--dijo Don Melchor--por mi fé que sois señor Doctor, hombre de muy grande ingenio.
El Doctor hizo á su vez una reverencia, y continuó:
--Cuéntase tambien en esta empresa, con gran cantidad de indios naturales del país ofendidos por el esceso del donativo que el virey les exije, para enviar á España y congraciarse con su Magestad; y aunque es cierto que ellos con gran contento lo darian por las artes que para ello emplea el marqués de Gelves, pero si su Ilustrísima desaprobase todo lo practicado en una de sus pláticas ú homilías, todos esos naturales serian aliados nuestros.
--Y lo haré--dijo el Arzobispo que habia estado oyendo al doctor Galdos, sin perder una sílaba--lo haré, y de manera que los indios comprendan que de nuestro lado, y no de el del virey, están sus intereses.
--Muy fácil es para el prestigio y el talento de su Ilustrísima--dijo el licenciado Vergara.
El Arzobispo inclinó la cabeza como dando las gracias.
--La gente toda de la curia, tanto civil como eclesiástica--continuó el doctor Galdos--se moverá y debe ser la que todo lo inicie, porque además de las ofensas que tiene recibidas, obedece, y con justa razon, las inspiraciones de la lumbrera de nuestro foro, del señor Oidor licenciado Don Pedro de Vergara Gaviria.
En esta vez al licenciado le tocó hacer una reverencia.
--Y finalmente--dijo Galdos--no sé si lo que voy á decir merecerá la aprobacion de su Ilustrísima y de los demas señores; pero si no la merece, fácil nos será suprimir esta parte.
--Hablad, señor Doctor--le dijo el Arzobispo.
--Pues, señor, como gente aparejada para la pelea, en el caso de que hasta allá llegásemos, que Dios no lo permita, podremos echar mano de tantos hombres perseguidos por las partidas del virey con pretesto de que son ladrones y bandoleros; es cierto que entre ellos no todos son gente muy de bien, pero no pueden encontrarse tan fácilmente hombres perfectos: de muchos de estos perseguidos, tengo noticia de que para huir del virey se han repartido en los montes y héchose hermitaños, con lo que viven con su cruz y su rosario en una cueva. ¿Conque si no os parecieren mal?.........
--Que han de parecer--dijo Don Melchor.--Siempre cosa sabida es, que los soldados y demas gente de guerra son viciosos, y poco dados á los devotos ejercicios, que los que por la virtud dan, retíranse á los monasterios, ó buscan el servir á Dios en los altares.
--Y mas agregaré--dijo el Arzobispo--que esto siendo para el servicio de Dios y de su Religion, y para la guarda de estos reinos de Su Magestad que de otra manera serian perdidos, no es obstáculo que así en las santas cruzadas fueron torios los que habian recibido las aguas del bautismo á la reconquista de los Santos Lugares de Jerusalém, sin que se esceptuaran los pecadores, y quizá camino será éste de salvacion para muchas almas perdidas ó dormidas en la culpa.
--¿Y cuántos hombres calculais en todo eso que nos habeis enumerado?--dijo Don Pedro de Vergara al Doctor Galdos.
--Por no parecer exajerado no os diré mas, sino que fácilmente podria segun mis averiguaciones, tenerse un cuerpo como de quince á veinte mil hombres.
--¡Tanto así!--dijo espantado el Arzobispo.
--Y mas, si la necesidad apurase.
--Eso está muy bueno--dijo el licenciado Vergara--pero vamos ahora á meditar cómo se han esos elementos de aprovechar.
--En primer lugar, es necesario que el virey sea el que dé lugar al escándalo y al tumulto, y nunca que nosotros ni el pueblo de por sí lo provoquemos--dijo el Arzobispo.
--Así debe ser en efecto--agregó el licenciado Vergara--pero sin embargo, antes que el motivo ó el pretesto lleguen, es preciso tenerlo todo preparado, porque no vaya á suceder que se pierda sin poder utilizarse un momento oportuno.
--Muy bien pensado--dijo el Arzobispo--y como si Dios protejiese nuestros intentos, ha venido hoy á visitarme y está ahí fuera en mi biblioteca esperándome un mozo Bachiller que fué mi familiar, y que abandonó la carrera de las letras y la de la Iglesia, que se llama Martin de Villavicencio Salazar, el cual mozo me es muy adicto y tiene grande influjo y relaciones con toda la jente perdida y de accion de la ciudad, y por ese medio mucho podremos conseguir.
--¿Pero será de valor, de confianza y de actividad?
--A faltarle alguna de esas condiciones ni le propusiera ni yo le admitiera tampoco; bástame deciros que fué mi brazo derecho en el célebre negocio que tuve con Don Alonso de Rivera en la posesion de las casas que son ahora convento de Santa Teresa.
--Cuyo negocio costó la vida del buen Don Fernando de Quesada que santa gloria haya--dijo el Doctor.
--Como que á mí--agregó el Arzobispo--nadie me quita de la cabeza que esa muerte grava las conciencias de los dos grandes amigos del marqués de Gelves, Don Pedro de Mejía y Don Alonso de Rivera.
--Seguro estoy yo de ello y jurarlo pudiera--esclamó Don Melchor--que por ignorados caminos he venido en descubrir la verdad: ya otro dia hablaré de esto.
--Como que de castigar tenemos ese delito--dijo el licenciado Vergara.
--¿Os parece que haga entrar á Martin?--preguntó el prelado.
Los otros tres se vieron entre sí, como consultándose mútuamente, y el Arzobispo agregó:
--Yo os respondo de él.
--Entonces que entre y le hablaremos--dijo el licenciado Vergara.
Su Ilustrísima sonó una campanilla de oro que tenia sobre la mesa, y un familiar entró.
--Que pase á esta sala el caballero que me espera en la biblioteca--dijo el prelado.
El familiar salió otra vez.
--Podeis, señores--continuó diciendo el Arzobispo--fiaros enteramente de este hombre aunque le veais tan mozo, que yo os respondo de él como de mí mismo, en discrecion, en valor y en actividad.
En este momento se presentó en la puerta Martin de Villavicencio.
Martin no era ya un jóven como le hemos visto al principio de nuestra historia; su barba tupida y negra y las profundas arrugas de su entrecejo, al mismo tiempo que su aire resuelto, le daban ya el carácter de un hombre formal.
Vestia un traje de terciopelo negro con acuchillados de raso y con sombrero y medias calzas del mismo color, podia quien le viese haberle tomado por un marqués ó por un correjidor. Saludó con desembarazo, y á una indicacion del Arzobispo se sentó en un sitial cerca de Don Melchor Perez de Varais.
--Martin--le dijo el prelado--te he mandado introducir en esta sala, porque sé que puedo contar con tu adhesion y tu valor lo mismo que en otros tiempos cuando eras el consentido de nuestro difunto amigo, que en paz descanse, Don Fernando de Quesada.
Martin palideció lijeramente y contestó:
--Su Señoría sabe que una vez le he prometido que podia contar conmigo á vida ó á muerte, y estoy dispuesto siempre á cumplir mi palabra.
--Bien, sé que eres un buen amigo y un escelente caballero para cumplir tus promesas; se trata ahora de que nos ayudes en un negocio que nos preocupa en estos momentos. ¿Querrás ayudarnos?
--Sí señor.
--¿Cualesquiera que sea el riesgo á que te espongas?
--Sí señor.
--Señores, lo oís, éste es el jóven tal cual yo os le pinté, ningun riesgo le detiene ni ningun peligro le aterra. Martin, tú ves la situacion en que está el reino, que no puede ser peor, vivimos sobre un volcan que debe estallar de un dia á otro, ó que nosotros debemos hacer reventar para bien de las almas, porque de otra manera no se pondrá remedio en esto por Su Magestad, cuya augusta mirada no alcanza hasta estas tierras.
El Arzobispo quedóse mirando á Martin que le escuchaba atento con los ojos bajos y sin pestañar, y continuó:
--Es preciso prevenir los ánimos y disponerlos para todo acontecimiento, y que puedan valernos en un lance desgraciado los amigos todos del rey y de la religion. ¿Que te parece?
--Es decir--preguntó con cierta brusquedad Martin--¿que quiere su Ilustrísima que yo y mis amigos nos encarguemos de preparar un tumulto, un motin contra el virey?
--Eso es--dijo el Arzobispo, cuyo carácter impetuoso le hacia huir de ambajes y rodeos--eso es, que tú te encargues de prepararlo todo, para que cuando llegue el momento una sola chispa baste á encender la hoguera.
--¿Y cuál será el pretesto?--preguntó Garatuza.
--El pretesto nosotros le buscaremos y te daremos aviso oportuno si hay tiempo, y si no, tú lo comprenderás y arrojarás el fuego.
--En nada de eso veo dificultad--dijo Garatuza.
--Por ahora--dijo el Doctor Galdos--es preciso que os pongais de acuerdo con vuestros amigos, para propalar entre el vulgo el rumor de que el Sr. Arzobispo trata de excomulgar al virey, porque este proteje á su favorito Don Pedro de Mejía, para que este abarque y compre todo el maiz de la plaza, impidiendo que haya otros resgatadores, con el objeto de subir luego los precios, teniendo con esto, ambos á dos, una riquísima ganancia á costa de la miseria de los pobres, y luego fomentar la murmuracion y el descontento, preparando la alarma y predisponiendo los ánimos al combate.
--Todo haré, como disponen sus señorías--dijo Martin--y todo tendrá un buen verificativo; pero permítanme sus señorías una simple pregunta: ¿qué voy ganando yo y qué puedo ofrecer á mis amigos?
--En cuanto á vos--contestó sin vacilar el Doctor Galdos--tendréis ó una cantidad gruesa en dinero, ó un empleo en las oficinas reales.
--Acepto mejor la cantidad.
--Diez mil pesos, si lograis levantar al pueblo.
--¿Y en cuánto á mis amigos?
--Saldrán ganando el no ser perseguidos en lo de adelante como lo son hoy, y además tendrán por ganancia lo que pudieren ganar en el conflicto.
--Comprendo--dijo Garatuza--¿y en cuanto á los que tienen prision, sentencia ó causa pendiente por el virey?
--Todos ellos serán libres, y las causas quemadas.
--Conforme: ¿á quién debo dar cuenta de lo que ocurra y pedirle órdenes?
--A mí--dijo el licenciado Vergara--que sabeis que vivo en la calle á que el vulgo le da mi nombre.
--Muy bien--dijo Martin--¿ahora podré retirarme?
--Sí, Martin--contestó el Arzobispo.
Garatuza besó el pastoral de Don Juan Perez de la Cerna; hizo una reverencia á los oidores y al Corregidor, y se retiró.
--¿Qué os ha parecido mi recomendado?--dijo alegremente el Arzobispo.
--Buenísimo--contestaron los otros.
--Ahora, pronto vendrá el pretesto--esclamó gravemente el doctor Galdos de Valencia.
IV.
En que el lector volverá á ver algunos antiguos conocidos; y tendrá que conocer algo de los antiguos mágicos.
Hemos llegado otra vez á la casa de la Estrella, en Xochimilco, á donde aún vive nuestro antiguo conocido Don Cárlos de Arellano; pero no le volvemos á ver jóven, disipado, elegante; ahora los ocho años que han pasado sobre su cabeza le han dado ya el aspecto, no de un hombre de la edad viril, sino casi la apariencia de un viejo.
Don Cárlos no tiene aquel bigote fino y atusado; larga y espesa su barba cae sobre su pecho, blanqueada como el escaso pelo de su cabeza por la nieve de los años, y profundas arrugas surcan su frente.
La casa de la Estrella se resiente de esta variacion; los jardines están incultos, la malesa los ha convertido en una especie de bosque, los salones están abandonados, los murciélagos, las palomas, y las golondrinas hacen allí sus nidos, y por las rotas y desencajadas puertas entran la lluvia y el viento, cubriéndose de musgo los pisos.
En los patios dos ó tres viejos criados se ven entrar algunas veces, y han desaparecido ya los escuderos, los palafreneros y los esclavos que como un enjambre de avejas entraban y salian todo el dia en las cuadras y en las habitaciones interiores.
Referirémos brevemente la causa de aquella variacion.
El dia siguiente al de la fuga de Luisa con el jardinero Presentacion, Don Cárlos de Arellano comenzó á buscarla por todas partes, encontró la horadacion en las tapias del jardin, faltaba el jardinero, y Arellano supo que le habian visto ir una vez á la casa del brujo Ñor Chema.
Quizá Chema podria dar una luz sobre aquella desaparicion. Arellano ni creia bien á bien en los nahuales ni les tenia miedo; en fin estaba colérico, y no reparaba en lo que el vulgo podia decir al mirarle entrar en la casa de un hechicero.
Don Cárlos se dirigió sin temor ni vacilacion á la casa del nahual, y al llegar ya muy cerca le descubrió sentado á la puerta con los pies al sol, y leyendo un grueso libro forrado en pergamino.
La presencia de aquel hombre de quien se contaban tantas consejas, y la soledad en que se encontraba, no dejaron de preocupar al alcalde mayor, pero ya habia emprendido aquello y era fuerza llevarlo adelante. Don Cárlos era tenaz en sus empresas, aun en las mas insignificantes.
--Buenas tardes--dijo Don Cárlos al viejo.
--Que así se las dé Dios al caballerito--contestó el viejo.
--Vos á lo que parece no me conoceis.
--Solo ahora, y para serviros.
--Soy Don Cárlos de Arellano, alcalde mayor de esta ciudad de Xochimilco.
--Por muchos años--dijo el anciano levantándose y saludando.
--Sentaos, que vengo solo á preguntaros de un negocio que me interesa.
--Mande su señoría.
--El vulgo dice que sois hechicero.
--Sabe muy bien su señoría que el vulgo es vulgo, y siempre se engaña.
--Sin embargo--dijo Don Cárlos tratando de lucir su erudicion--_Vox populi, vox Dei._
--Es cierto, señor alcalde; pero el vulgo no es el pueblo: el vulgo no es mas que el vulgo.
--Bien, dejemos eso, tengan ó no razon, lo que es cierto es que á consultaros vienen cuando traen alguna empresa entre manos.
--Y crea su señoría que se van lo mismo que han venido.
--Lo que no quita que vos conozcais sus intentos.
--Cierto es eso.
--¿Hace poco os ha venido á ver un natural y á consultaros sobre un proyecto de fuga con una dama principal?
--No, en verdad, que el último que vino trajo por objeto solicitar un remedio para ser querido de las mugeres.
--¿Y se lo dísteis?
--Eso equivaldria á ejercer yo la mágia. Preguntóme si el chupamirto serviria para su objeto, y quitémele de encima diciéndole que hiciera lo que quisiese.
--¿Y creeis que lo usaria y que le serviria de algo?
--En cuanto á que ha de haber usado del pajarito lo creo indudable, que el mozo parecia decidido.
--¿Y en cuanto al provecho que de ello le resultaria?
--¿Pregutaisme eso como el señor alcalde?
--No, sino como caballero particular.
--Pues entonces contestaré á su señoría, que si bien es cierto que virtudes raras y maravillosas tiene el chupamirto como otras muchas aves, y esto por la naturaleza, preciso es el auxilio de la ciencia cabalística para que esas virtudes y propiedades se desarrollen.
--¿Conoceis vos esa ciencia?--preguntó con curiosidad Don Cárlos, y olvidando en presencia de lo maravilloso que creia descubrir la causa de su visita al viejo.
Ñor Chema vaciló, y por fin no contestó nada.
--Respondedme con franqueza--dijo Don Cárlos--que no soy yo capaz de denunciaros, y por el contrario, tanto empeño he tenido desde niño en conocerla y estudiarla, que á ser vos adepto, labrariais á mi lado vuestra suerte.
--Conozco esa ciencia: la desgracia de haber estado preso muchos años en las cárceles secretas del Santo Oficio me ha dado la fortuna de poseer libros y manuscritos preciosos: un desgraciado que murió en las mismas cárceles me confió el secreto del lugar en que él habia ocultado sus libros, llegué á verme libre, y de opulento que entré á la Inquisicion salí miserable y viejo, y desconocido; fuí á buscar aquella herencia de la desgracia, la encontré, y hace algunos años que paso mi vida estudiando las ciencias ocultas, aunque no las practico, y vivo con el poco dinero que encontré junto con los libros.
--¿Y creeis vos en los secretos y en las maravillas de la ciencia cabalística, y de la mágia y de la alquimia?
--¿Y cómo no creer en lo que han palpado los hombres, en lo que ha sido ya el fruto de largos siglos de esperiencia y de inmensos tesoros consumidos, para arrancar un secreto á lo desconocido, para tener la gran _clavícula_ de Salomon que hace obedecer á los espíritus malignos? ¿Habrán escrito y meditado en vano Alberto de Saninguen, llamado Alberto Magno, y Raymundo Lulio? ¿Ignorais las inmensas riquezas atesoradas, merced á esta ciencia por Nicolás? ¿Los discípulos de Paracelso no han esparcido y predicado en el Occidente estas ideas y estas luces? ¡Oh! la trasmutacion de los metales, en virtud de la alquimia, el descubrimiento de los tesoros ocultos por medio de la ciencia cabalística, la adivinacion del porvenir por la nigromancia, por la astrología, por quiromancia, por la catoptronomancia, por la theurgía y por otros mil medios, es una cosa indudable para los que, como yo, han logrado conocer libros tan sabios como el «Dragon Rojo.» El sabio doctor Joaquin Tancke ha propuesto ya á las universidades establecer cátedras para comentar y esplicar públicamente las obras de Cebes y Raymundo Lulio. ¿Tanceby, Kirkeby y Ragy no recibieron del rey Enrique VI de Inglaterra en 1440, permiso para fabricar el oro y el elíxir de larga vida? ¿No se concedió lo mismo en 1444 á Juan Cobler y á Tomás Fraffard y á Tomás Asheton, y despues á Roberto Bolton y á Juan Metsle agregando en la concesion _que era porque ellos habian encontrado el modo de cambiar indistintamente todos los metales en oro_? ¿Y así queréis que dude de la ciencia? Poco hace hemos sabido que el gran Rodolfo II educado en la Córte de Su Magestad D. Felipe II, y elevado despues á emperador de Alemania, se ha desprendido de los negocios públicos para dedicarse á las ciencias ocultas encerrado en su castillo de Praga, con sus maestros Tycho Brahe y Kepler, el doctor Dee que le abrió el mundo de los espíritus, Miguel Mayer, Martin Ruland y Tadeo de Hayec, que dieron á su sabio emperador el renombre del Hermoso de Alemania, ¿y queréis que aun dude? No: la ciencia es cierta, existe, y en mis preciosos libros y manuscritos puede beberse como en una fuente purísima, como la he bebido yo por tantos años.
El viejo habia hablado como inspirado, y Don Cárlos lo habia escuchado con religioso silencio.
--¿Quereis venir á vivir á mi casa y conmigo?--le dijo Arellano--nada os faltará y estudiaremos.
--A pesar de que nada me dicen contra vos ni la ciencia ni el corazon, dejadme pensarlo y mañana os resolveré.
--Bien, mañana en la noche vendré, y entrareis á mi casa sin que nadie os vea, y todo estará ya dispuesto.