Monja y casada, vírgen y mártir · Unidad 38 de 49
LIBRO CUARTO. — parte 5
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La caridad es la flor que brota en el corazon llagado por los pesares; donde ya ningun humano sentimiento ha dejado el fuego de la desgracia, viene la caridad á cubrir las heridas, como la yerba que brota sobre el campo arrasado por una tormenta.
Luisa se levantó precipitadamente para auxiliar á la pobre enferma.
Aquella muger estaba devorada por la fiebre. Debajo del sucio y roto lienzo que le servia de abrigo, descubria un brazo blanco y torneado, pero lleno de manchas moradas, azules, cárdenas y rojas, y de escaras sangrientas ó negras.
Luisa se horrorizó al mirar aquel brazo; sin que nadie se lo dijera comprendió que aquella desgraciada habia sufrido el tormento, y se estremeció de pavor considerando que quizá aquella misma suerte le estaba preparada.
--¿Quereis agua?--le preguntó arrodillándose á su lado.
--Si--murmuró penosamente la enferma abriendo apenas los ojos.
Luisa la sostuvo con una mano mientras que con la otra tomó la pequeña vasija que contenia el agua, y la levantó para darle á beber.
Entonces aumentó mas su horror y al mismo tiempo su compasion, los labios de la enferma estaban hinchados y abiertos por muchas partes; en su rostro se conservaban aun señales de sangre que habia corrido sobre él, quiso tomar el agua y Luisa observó que algunos de sus dientes estaban rotos, y que su lengua estaba herida y comenzaba á hincharse.
Poco á poco y con trabajo aquella desgraciada pudo beber algunos tragos, movió después la cabeza y Luisa dejando la vasija en el suelo, volvió á acostarla con tanta delicadeza, como podria haberlo hecho una madre con un hijo enfermo, la cubrió cuidadosamente, se quedó contemplándola por un instante, y volvió á llorar pero aquellas lágrimas eran ya de compasion.
Era la primera vez que el corazon corrompido de la esclava de Don José de Abalabide, sentia la inspiracion de ese santo dolor que hace llorar al hombre sobre las desgracias de sus semejantes.
Aquellas primeras lágrimas eran precursoras de una redencion; aquella alma comenzaba á purificarse en el martirio.
Sonó la cerradura de la puerta del calabozo, y Luisa tembló, era seguramente á ella á quien venian á buscar.
Tres hombres enteramente cubiertos con sus capuchones, penetraron al calabozo, y Luisa se refugió en uno de los ángulos.
Uno de los hombres llevaba una linterna, los otros dos algunas piezas de ropa de muger.
--Vamos negra--dijo con desprecio el del farol--aquí están estos trapos para que te quites esas indecentes ropas de hombre, que ya verás lo que te van á costar.
--Bueno--dejádmelas ahí--contestó Luisa temblando--que yo me mudaré dentro de un momento.
--¿Cómo se entiende?--dijo el del farol--cambiarás ahora mismo el traje que no estás aquí para hacer tu voluntad.
--¿Pero delante de vosotros?--dijo Luisa casi indignada de lo que se atrevian á proponerle.
--Vaya, y por qué no, bonitos remilgos son esos para una negra hechicera; mugeres hermosas de veras han tenido que quedarse delante de nosotros completamente desnudas, y si no pregúntale á esa buena moza que duerme en aquel rincon; con que vete acostumbrando, que pronto te llegará la hora del tormento, y no andarás entonces con esas niñerías.
--¿Dios mio! ¿qué me darán tormento? ¿por qué? ¿yo qué he hecho?
--Yo no sé, ni venimos aquí á esplicaciones, ¿te desnudas, ó no?
--¿Pero cómo?...
--Cambiadle la ropa dijo el del farol á los que le acompañaban.
Los dos asieron á Luisa de los brazos.
--No, por Dios, dejadme, yo me vestiré sola--gritó Luisa. La enferma alzó la cabeza, y dijo con una angustia profunda.
--¿Qué? otra vez el tormento, yo diré, yo diré todo, pero que no me vuelvan á atormentar.
--Cállate bruja--dijo bruscamente el carcelero, miren á la monja casada como escarmentó.
La enferma habia vuelto á acostarse.
Luisa se desnudaba precipitadamente, y recibia en cambio de sus ropas de hombre, otras de muger viejas y maltratadas.
Una camisa y unas enaguas de manta, un vestido de vellorí pardo, y un justillo semejante, viejos y llenos de agujeros, que no eran ni con mucho de las medidas de su cuerpo.
--Vaya--dijo el carcelero--ni mandada hacer está la ropa, era de una bruja que mandó quemar el santo oficio, en el último auto de fé, á ver si á tí te toca la misma suerte.
Luisa se estremeció y el carcelero despues de aquella infernal chanzoneta, salió con sus compañeros, cerrando el calabozo, y dejando á Luisa mas aterrada que antes.
Con el vestido que la habian dado no traia calzado, y hacia mucho tiempo que ella no habia andado descalza; sus piés se habian vuelto delicados, y el piso frio, disparejo y húmedo del calabozo, comenzó á molestarla, pero no habia remedio, era preciso acostumbrarse. La idea del tormento y de la hoguera, no se apartaban un momento de su imaginacion, y naturalmente al pensar en el tormento, pensaba en la muger que gemia en su calabozo; y al pensar en la hoguera, recordaba á la desgraciada que habia llevado el vestido, que ahora le servia de abrigo.
--Debe ser una cosa horrible la hoguera--pensaba Luisa--el fuego, el humo, ardores espantosos, sofocacion, ¡Dios mio! ¡Dios mio! que dichosos deben ser los que no mueren en la hoguera, ¡Jesus! que miedo tengo, que pavor; y luego el tormento......... ¿cómo será? ¿qué le harán á uno?
Deben sentirse cosas horrorosas, ¡ay! ¿qué haré yo, qué haré para que no me vayan á atormentar? ¿confesaré todo? ¿pero qué? si no he sabido lo que me pasa, si no tengo que confesar y entonces no me creerán, y me atormentarán, ¿qué haré? ¿qué haré?
¡Oh! Le preguntaré á esa muger, quizá ella sabrá, quizá podrá aconsejarme, me dirá al menos lo que se siente, veremos, porque es tan horrible lo desconocido, ¿qué será muy grande el dolor? ¿podré yo resistirlo? A ver probaré, probaré.......
* * * * *
* * * * *
Y Luisa tomaba una de sus manos con la otra, y procuraba torcérsela hasta causarse dolor, para probar su sufrimiento, pero la dejó caer tristemente esclamando:
--¡Dios mio! ¡Dios mio! soy muy débil, y muy cobarde para el dolor, mándame la muerte, antes que el tormento, y que la hoguera.
La enferma devorada por la ardiente sed de la calentura, volvia á incorporarse en su lecho, para buscar agua.
Luisa quiso aprovechar aquel momento para hablarla, y despues de darla el agua, le dijo dulcemente.
--¿Cómo os llamais señora? ¿por qué estais aquí?
La enferma abrió los ojos, y miró á Luisa, largo rato, casi sin pestañar, pero sin contestarle tampoco.
Luisa volvió á repetir su pregunta.
Entonces la enferma le contestó penosamente.
--Yo no sé nada, nada, nada mas, que lo que os he dicho.
--Volved en vos señora, es una voz amiga la que os habla: ¿cómo os llamais? ¿por qué estais aquí? ¿por qué os dieron tormento?
--¡Tormento!--repitió la enferma estremeciéndose y enderesándose con una rapidez increible, en el estado de postracion en que se encontraba.
--¡Tormento! ¡tormento! no, yo os diré todo, todo lo confesaré.
--Espantoso debe ser el tormento--pensó Luisa.
--Tengo sed--dijo la enferma--dadme de beber y hablaré.
Luisa volvió á darle agua, y antes de acabar de beber apartó la boca del jarro, y dijo, con una voz que parecia salir de su corazon.
--Yo soy Doña Blanca de Mejía, y cayó desmayada.
--¡Doña Blanca!--gritó Luisa, dejando caer en el suelo la vasija del agua, que se hizo mil pedazos, con que es decir ¿qué yo soy la causa de las desgracias de esta muger? ¿con que estoy encerrada aquí, al lado de la víctima de mi denuncia, y mirando en ella, los tormentos que me esperan? ¡Dios mio! ¿cómo puedo esperar compasion si aun está vivo mi delito? ¡Oh! yo no sabia lo que era un remordimiento, y es peor, sí, es peor, que todos los tormentos de la inquisicion.
¡Ah!--dijo arrodillándose cerca de Blanca y tomando una de sus manos--Perdóname, perdóname, pobre criatura, ¡cuánto te he hecho padecer! Yo he sido una pantera, pero me arrepiento. ¡Dios mio! me arrepiento, quisiera mil veces sufrir lo que sufre esta desgraciada, primero que haber cometido los crímenes que llevo sobre mi conciencia: ¡Jesus, y qué negra está la noche de mi conciencia, y cuántos cadáveres he regado en mi camino! Don José Abalabide, Don Manuel de la Sosa, los esclavos ajusticiados en la Pascua......... quizá por eso Dios me ha castigado, y mi color se ha vuelto negro..................
--Agua, agua, que me ahogo, que me abraso--dijo Doña Blanca volviendo en sí--agua.
--¿Agua?--dijo Luisa--¿agua? y yo he roto la vasija en que estaba ¿conque yo he de atormentar á esta infeliz en todas partes?
--Agua--decia Blanca--agua. Luisa como una loca se lanzó á la puerta del calabozo, y comenzó á golpear con las manos furiosamente, pero el ruido que sus manos delicadas, producian sobre aquella macisa puerta se escuchaba apenas dentro del mismo calabozo.
Blanca volvió á quedar en silencio, y Luisa con las manos hechas pedazos, cayó de rodillas junto á la misma puerta.
IX.
En donde se verá que hubo un “meeting” en el año del Señor de 1624.
El de Gelves permanecia retraido en San Francisco, y mas podria decirse prisionero que libre. La Audiencia tenia destinados trescientos hombres solo para la guarda del convento, y nadie podia hablar con el virey, y cuanto él escribia era leido por los oidores.
La Audiencia no le permitia salir de la Nueva España como él pretendia para ir á la Corte y presentarse al rey, y aunque reclamaba que de no permitírsele la salida se le volviese el gobierno de la colonia, los oidores se negaban á todo tenazmente con palabras y comunicaciones altaneras y poco corteses.
El de Gelves se valió como para intermediarios de aquella negociacion, de su confesor el guardian de San Francisco, y del inquisidor mayor Don Juan Gutierrez Flores; pero nada pudieron éstos conseguir, y solo obtuvieron por única respuesta «que la Audiencia esperaba la resolucion de Su Majestad á quien habia enviado ya en comision á uno de los rejidores de la ciudad de México.»
Sin embargo, los oidores comenzaron á temer lo que se diria en España de que ellos retuviesen tan violentamente el gobierno, é hicieron correr la voz de que iban á entregárselo otra vez al de Gelves.
Como era natural, conocido el rigor y la severidad del marqués, todos los comprometidos en el tumulto comenzaron á temer, y volvió la alarma en la ciudad, y volvieron los gritos sediciosos y los preparativos para otra nueva tempestad. Esto era precisamente lo que deseaba la Audiencia, que determinó llamar á una gran junta á todas las autoridades civiles y eclesiásticas, y á todas las personas notables de la ciudad, con el objeto de consultarles el caso, seguros, como estaban los oidores, de que todos habian de opinar porque no se volviese el gobierno al de Gelves, sino que lo conservase la Audiencia hasta la definitiva resolucion de Su Majestad.
El dia destinado para la gran reunion llegó por fin. Los oidores esperaban ya en su sala de audiencia, y poco á poco comenzaron á llegar los invitados.
Alcaldes, regidores, clérigos, frailes, abogados, comerciantes, en fin, gentes de todas clases y estados; aquello era una torre de Babel, era una inmensa confusion, todos hablaban, todos discutian entre sí, y nadie llegaba á entenderse.
Don Pedro de Vergara presidia aquella reunion, y no lograba poner órden en la multitud.
Hablaron los oidores esplicando el objeto de la reunion, y pidiendo parecer á los circunstantes; tomaron la palabra algunos padres graves, nadie les escuchó, y terminó todo con decir que todos habian aconsejado á la Audiencia que retuviese el gobierno de la Nueva España, para evitar mayores desórdenes y escándalos.
La reunion se disolvió, volviéndose sin duda, cada uno tan enterado de lo acontecido, como si nada hubiera pasado.
Los amigos mismos del de Gelves fueron invitados á asistir, porque los oidores comprendian que no podian oponerse, y que pasarian como aprobando la conducta de la Audiencia. Por esto los amigos del marqués se vieron, mas que nadie comprometidos á presentarse.
Don Pedro de Mejía no faltó, el viento no soplaba ya del lado del virey, y era preciso que él comenzara á ver por donde se acomodaba: siempre en política ha habido esta clase de hombres, que están, como ellos mismos dicen, «al sol que nace.»
Por el éxito de aquella reunion podia conocerse, que en muchos meses el de Gelves no podria salir de San Francisco, y si de tantas personas principales iban á España informes, mal debia salir la causa del virey.
La reunión se disolvió y todos comenzaron á retirarse. Mejía con el protesto de despedirse, quiso hacerse notar por el licenciado Vergara.
--Dios guarde á V. E. muchos años.
--Adios, mi señor Don Pedro, ¿os retirais?
--Háse acabado la junta, y solo esperaba despedirme de V. E.
--Muy bien: ¿pero qué nuevos lunares teneis sobre una ceja?
--Son unas gotas de pintura--contestó imprudentemente Mejía.
--Pintura muy negra debe ser y muy firme, porque supongo que no os ha caido en estos momentos.
--No señor, aunque sí hace pocos dias, dos ó tres despues del tumulto.
--Es estraño--pensó el licenciado Gaviria comenzando á sospechar, y luego queriendo inquirir mas, dijo distraidamente--¿y que pintábais?
--Um--contestó como sorprendido Mejía--una mesa, una mesa..........
Vergara acostumbrado á tratar á los criminales y á formar procesos desde su juventud, adivinó una historia en la turbacion de Mejía que venia á ayudar sus sospechas, y variando repentinamente de tema de conversacion, y como si estuviera no despidiéndose Mejía, sino departiendo con él en su aposento y con la mayor tranquilidad, le preguntó:
--¿Y no habeis sabido vos, Don Pedro, lo que aconteció á Luisa la muger de Don Melchor Perez de Varais?
Mejía se puso encendido, cruzó por su cerebro la idea de que el licenciado Vergara lo sabia todo, y se turbó completamente.
--No señor, no,--balbutió--y luego agregó queriendo cortar la conversación--si V. E. no manda algo, me retiro, que tengo muy grandes ocupaciones.
--No señor Don Pedro, puede V. S. retirarse.
Mejía se retiró, y el licenciado Vergara se quedó pensando:
--O mi larga práctica forense ha sido inútil, ó cómo haber Dios que he dado con el hilo en el negocio de la muger de Don Melchor, y éste Don Pedro no está en todo de lo mas inocente; lástima que se haya ido ya Don Melchor, él podria saber qué motivos haya ¿seria una venganza?......... ¿por qué? quizá por sus trabajos en contra del marqués, que este Don Pedro era muy su amigo: verémos, verémos, si no puede ser hoy, mañana iré á ver al inquisidor Don Juan Gutierrez Flores que conoce de este negocio.
El licenciado Vergara se habia engolfado tanto en sus pensamientos, que ni contestaba las ceremoniosas carabanas que le hacian los que se iban retirando, y siguiera así á no haberle llamado la atencion el doctor Galdos de Valencia que estaba cerca tocándole en la mano.
--Muy distraido está V. E.--dijo el doctor.
--Sí que lo estaba--contestó el licenciado, pero ya os hablaré de esto en que pensaba, que es un curioso caso de derecho.
--¿De qué se trata?
--Aun no es tiempo de que os lo refiera; mas adelante, mas adelante.
La sala estaba completamente despejada, y los oidores se encerraron para acordar entre sí......
* * * * *
* * * * *
Entre tanto, habia comenzado en el Santo Oficio el juicio de Don Cesar de Villaclara.
Don Cesar acusado de haber contraido matrimonio con una religiosa y á sabiendas, era naturalmente culpable para la inquisicion, de sacrilegio por el matrimonio, y de herejía, porque segun los sábios autores que se consultaban en aquellos tiempos, el matrimonio de un religioso ó religiosa profesos, envolvia el desprecio de los votos, y esto importaba un desprecio á Dios, y por consiguiente una herejía.
La cosa era tan clara como la luz del dia, al menos para los consultores del Santo Oficio.
Don Cesar fué llamado á dar su declaracion, y con el mismo aparato que siempre, se le tomó juramento y se comenzó el interrogatorio.
Jóven, orgulloso, valiente, y además enamorado, Don Cesar era incapaz, por temor, de decir una mentira, ni aun en presencia de la inquisicion; y á la primera pregunta confesó que se habia casado con Blanca, que sabia cuando lo hizo que era religiosa profesa, y que la amaba aun.
--¿Y no sabias--le dijo el inquisidor--lo feo de vuestro delito, y las terribles concecuencias que podia traeros?
--Lo sabia--contestó Don Cesar.
--¿Y así insistias en él?
--Así.
--Cuando de tanta obcecacion haceis gala, quizá os hayan dado algun filtro para turbar vuestra razon.
--Estoy cierto de que nada me han dado, ¿y quién podria haber hecho semejante cosa?
--La misma Sor Blanca.
--Ella ¡ah! no la conoceis, tan pura, tan cándida, incapaz de hacer mal á nadie, si ella ha caido en esta profunda desgracia, nadie sino yo tiene la culpa, nadie sino yo merezco el castigo.
--Y sin embargo, jóven--dijo bondadosamente el inquisidor, vuestra misma exaltacion, y vuestro ardor prueban que nada tiene de natural vuestra pasion; y cosa es mas segura para quien tiene antecedentes contrarios á lo que decis.
--¿Contrarios señor, y por qué?
--Sí, porque Sor Blanca ha confesado tener pacto esplicito con el demonio.
--¡Jesus!--esclamó espantado Don Cesar, ¿ella pacto con el demonio? ¿ella tan buena? ¡imposible! no lo creais.
--Mirad vuestra obstinacion: Sor Blanca lo ha confesado todo en el tormento.
--¡Oh! ¿la habéis atormentado?--dijo Don Cesar como fuera de sí, al considerar que Blanca habia sido atormentada por los inquisidores--¿la habeis atormentado? sois unos tigres, unos infames, y así es preciso, habrá dicho cuanto vos hallais querido, infames.........
El inquisidor y el escribano estaban solos con Don Cesar, y aunque ellos eran dos y el reo tenia esposas de fierro en las manos, sin embargo, el lance les comenzó á parercer comprometido, porque Don Cesar estaba como un furioso.
El inquisidor agitó la campanilla violentamente, y los carceleros se presentaron.
--Llevad á ese reo á su calabozo--dijo el inquisidor.
Dos carceleros se apoderaron de Don Cesar que habia caido en una profunda meditacion despues del acseso de furor, y sin que él dijera una palabra lo condujeron á su calabozo.
Los carceleros recibieron órden de conducir á Luisa ante el inquisidor.
X.
Salvarse en una tabla.
Luisa quedó casi desmayada junto á la puerta del calabozo. Con el silencio que allí reinaba podia escucharse su débil suspirar, y la respiracion agitada y penosa de Doña Blanca.
Así permanecieron largo tiempo las dos, hasta que el ruido de la llave que entraba en la cerradura hizo volver en sí á Luisa, que se levantó precipitadamente: los carceleros le causaban horror, hubiera preferido morir á sentirse tocada por ellos.
Se abrió la puerta y dos familiares cubiertos con sus capuchas, penetraron en el calabozo.
--La llamada Luisa--dijo uno de ellos.
--Señor--contestó Luisa temblando.
--Síganos.
--¿A dónde?
--No le importa; obedezca.
Luisa siguió sin replicar mas á sus guardianes, no sin volver el rostro tristemente hácia el rincon en que estaba la pobre Sor Blanca; quizá no volveria á verla.
En aquel momento recordó que la pobre no tenia agua, y que por razon de la fiebre que la devoraba debia de tener una sed intensa: olvidó por un instante el pavor que le causaban los carceleros, y se detuvo antes de salir del calabozo.
--¿Qué sucede?--preguntó uno de los hombres.
--Que esta pobre señora no tiene agua y se muere de sed.
--Que se muera, á ella le importa solo: deje de cuidar vidas agenas.
--Pero mirad que está muy enferma.
--Vamos--contestó bruscamente uno de los hombres.
--Agua, agua--murmuró débilmente Blanca.
--¿Lo oís?--dijo Luisa--dadle agua, está enferma.
Sin contestarle volvieron los carceleros á cerrar la puerta del calabozo, y llevaron á Luisa al través de largos y oscuros callejones hasta la sala de audiencia, en que esperaban el inquisidor y el escribano.