Monja y casada, vírgen y mártir · Unidad 40 de 49
LIBRO CUARTO. — parte 7
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Al terminar la lectura de la sentencia, Luisa se incorporó en el lecho y dijo al escribano:
--Creo que hay en esto una equivocacion, que ni yo soy Sor Blanca, ni mi conciencia me remuerde de cosas como las que V. S. ha dicho.
El escribano se volvió á mirar al carcelero que asombrado, comenzaba ya á comprender lo que habia acontecido.
--¿No me dijisteis--dijo el escribano, que aquí estaba Sor Blanca y ésta era?
El carcelero vaciló, su pérdida total era aquello, y pensó que un rasgo de audacia podia salvarle.
--Sí señor--contestó--he dicho que aquí está Sor Blanca y aquí la teneis presente.
--Pero ella niega que lo es, ¿no lo habeis oido?
--Señor si venis á creer lo que os digan todos los reos, encontrareis en estas cárceles puros inocentes.
--Pero sin embargo, esta muger sostiene que no es ella la acusada.
--Y yo sostengo que es ella y tengo fé en virtud de mi oficio, y vos no teneis sino notificar la sentencia; ahora si otra cosa haceis esto sera bajo vuestra responsabilidad, que yo daré parte.
--Teneis razon.
--No señor, por Dios, que no tiene--dijo Luisa, levantándose, miradme yo no soy Sor Blanca, yo soy Luisa la esposa de Don Melchor Perez de Varais.
--El carcelero tiene razon, y estais notificada, preparaos á sufrir vuestra pena.
--Pero señor por Dios que es una gran injusticia, sino soy Doña Blanca ¿tengo yo de sufrir la muerte por ella?
--¿Qué decis?--preguntó al carcelero el escribano.
--Señor, si vais á escuchar sus tonteras no saldremos de aquí jamás.
--Vaya, bien dicho, vámonos.
--Señor, señor, por vuestra vida--decia Luisa asiéndose al escribano, no consintais semejante injusticia.
--Ea dejadme.
--No os dejaré, no por Dios..................
--Apartad á esta muger.
--El carcelero y un ayudante apartaron á Luisa y la retuvieron mientras salió el escribano.
--Señor, señor, gritaba con desesperacion la infeliz, me asesinan, me asesinan injustamente señor, señor, señor.
Pero el escribano habia salido ya.
--Sí creo que de veras no es esta--dijo el ayudante.
--¿Y qué nos importa? tenemos que ejecutar una ésta noche, si la otra se fué por culpa nuestra es preciso cubrir el espediente, sino, lo menos nos cuesta el destino.
Luisa seguia gritando y forcejando.
--Vamos--dijo el carcelero, al fin esto no tiene ya remedio, conformidad y encomiéndate á Dios.
--Pero esto es una infamia.
--Infamia ó no, no tiene remedio y lo peor es que sino te sosiegas te pongo esposas y grillos, con que ya te digo, resignacion y encomiéndate á Dios.
Luisa vió que nada conseguiria sino que le pusieran esposas, y se tranquilizó, repentinamente pensaba que no era posible que aconteciera semejante cosa. Esperaba que Dios hiciese un milagro con ella, porque olvidaba la cadena de crímenes de su vida, y le parecia imposible que la hiciesen morir en manos de un verdugo.
Los carceleros salieron dejándola mas tranquila.
--Ahora--dijo el carcelero al ayudante, lo que importa para nosotros es que nadie pueda ya hablarla, y que ésta noche solo el verdugo y sus ayudantes entren.........
--Y si quiere confesarse, y por el confesor se sabe todo......
--Diremos que se rehusa á recibir al padre, y es mejor.
--¿Pero si se condena?
--Que mas condenada ha de estar una hechicera como lo es esta negra, sino por esto por otra cosa merece el garrote, ya la deberia.
XII.
Dios lo ha dispuesto.
Luisa quedó gimiendo en su calabozo: veamos ahora lo que habia acontecido con Blanca y con Don Pedro de Mejía.
El licenciado Vergara tan luego como salió de la inquisicion se dirijió á la Audiencia y envió á llamar al alcalde, ordenándole que á la media noche enviase á la inquisicion una ronda que fuese á recojer una muger que en aquellas cárceles debian entregar, y que esa muger fuese puesta en un separo y con toda clase de consideraciones. Despues de esto escribió á Don Melchor Perez de Varais todo lo acontecido, preguntándole, supuesto que tenia tanto deseo de servirle, qué queria que se hiciese con su Luisa.
La carta salió inmediatamente «con un propio» como se les llamaba á los correos particulares, y Don Pedro de Vergara tranquilo ya, y teniendo segura á Luisa segun creia, determinó no perder ya mas su tiempo en aquel negocio y dedicarse á los asuntos del gobierno de la Nueva España.
El alcalde cumplió exactamente con el encargo del Capitan general, y aquella misma noche Blanca quedó en uno de los separos de la cárcel de la ciudad.
Como ninguno de los carceleros ni de los empleados de la prision tenia antecedentes del negocio, porque el licenciado Vergara nada les habia dicho, no hubo objecion ninguna respecto á la persona de Blanca, y conforme á las órdenes recibidas se comenzó á tratarla con todo género de consideraciones.
El estado de su salud era delicado, pero el cambio de habitacion, de alimentos y de trato, produjo en ella resultados tan satisfactorios, que muy pronto se sintió aliviada y comenzó en ella el estado de convalescencia.
Lo único que le preocupaba era el desenlace que podia tener todo aquello, y los resultados que tanto para ella como para la pobre Luisa que se habia mostrado tan generosa, vendrian en el dia en que tarde ó temprano llegase todo á descubrirse.
Cuando pensaba en esto tenia miedo, pero procuraba olvidarlo y entregarse ciegamente á su destino.
El inquisidor habia llamado á Don Pedro de Mejía, que estaba detenido en la inquisicion.
--En verdad señor de Mejía--dijo el inquisidor, que estais envuelto en negocio que puede llegar á tener fatales concecuencias.
--Puedo asegurar á V. S.--contestó Don Pedro que si he de hablar lo que siento, cuando tengais conocimiento de todo lo que ha ocurrido, su señoría se convencerá de que si algo hay aquí punible, es sin duda el que yo no haya dado parte á la justicia de todo lo que me ocurrió en mi matrimonio.
--Ciertamente, pero ¿cómo podeis esplicarme? porque vos sois sin duda alguna, el autor de todo ese cambio en el color de Doña Luisa, que nos ha hecho pensar en que fuera por artes mágicos y reprobados.
--¡Oh! señor, nada menos que eso, su señoría debe creer que en esto no hay mas mal, que el uso que se hizo de una pintura, compuesta con yerbas y metales y en cuya combinacion para nada intervinieron ni las hechicerias ni el demonio, que si algo hay en ella de notable es la firmeza con que se adhiere á la piel.
--¿Podríais probar eso?
--Tan facilmente, que bastariame enviar á V. S. un frasco con esa tinta, que tan útil puede ser para el uso malo, que yo le dí, como para escribir.
--Bien, ¿y qué teneis que decir en vuestro abono respecto de lo que hicisteis con Luisa?
--Respecto de eso, señor, Luisa por medio de mil intrigas, hízose mi muger, y en la misma noche de mi boda, descubrí su conducta indigna y sus infamias, arrojela de mi casa, y ella en vez de ir á ocultar su vergüenza, se unió publicamente, á Don Melchor Perez de Varais, y procuró tomar venganza contra mí, atizando el fuego de la sedicion contra el virey, y así queriéndola yo castigar he tomado la justicia por mi mano, en lo que confieso humildemente á V. S. que hice mal, pero si V. S. estuviese en pormenores, conoceria que soy muy disculpable.
--Conozco estos antecedentes y toda esa historia, Don Pedro, y creo que en efecto mal habeis hecho en quereros, ó mas bien dicho en haceros justicia por vuestra mano, pero supuestos vuestros antecedentes, y pura ascendencia cristiana, os dispenso por lo que á la fé toca, pero os aconsejo que deis alguna limosna digna de ser agradable á los ojos de Dios.
--Señor ¿os parece que funde una ó dos capellanias?
--Sí, y si quereis mayor seguridad haced esa fundacion dando el patronato, de ellas á la santa inquisicion.
--Haré como decis.
--Y en cuanto á vuestra hermana Blanca supuesto que en lo humano no hay ya remedio, yo os libertaré del deshonor del escándalo, haciendo que la ejecucion se verifique dentro de las mismas cárceles del Santo Oficio.
--Gracias señor, y yo para mostrar mi gratitud ofrezco para la fábrica de la nueva casa que se va á fabricar al santo Tribunal la suma de diez mil duros.
--Dios os premiará por ello, podeis retiraros.
El inquisidor hizo una reverencia y Don Pedro salió contentísimo, porque viviendo Blanca aun era fácil que consiguiera que el Pontífice relajara sus vínculos con la Iglesia y que saliera al mundo, y que le reclamara la parte de su herencia, pero muerta ella toda su fortuna estaba asegurada.
Como el inquisidor ignoraba lo acontecido en el calabozo de Blanca, y el carcelero tuvo muy buen cuidado de no decir una palabra, la sentencia se mandó ejecutar con presencia solo del escribano y testigos que debian de dar fé de la ejecucion.
Siendo el escribano de diligencias distinto del secretario del tribunal que daba cuenta con las causas, de aquí resultaba que si éste conocia á Blanca y á Luisa, aquel no podia guiarse si no por lo que le decian el carcelero y los demas empleados de la prision.
Luisa esperaba en la tarde que volvieran á verla, que se hubiera dado cuenta de lo ocurrido á los inquisidores, en fin, algo, algo, aun cuando no fuera sino un confesor para arreglar su conciencia; comenzaba á temblar ante la muerte, y á arrepentirse de su ligereza al haber cambiado de papel con Doña Blanca.
La tarde pasó entre angustias y esperanzas, entre llanto y desesperacion, no sabia si el tiempo corria demasiado lento ó con mucha precipitacion; hubiera querido salir, presentarse ante el inquisidor, pedir justicia, pero nadie venia.
En vano golpeó la puerta del calabozo y gritó hasta enronquecerse, nadie vino, nadie la hizo caso.
Entonces pegó el oido á la puerta para escuchar algo, para convencerse de si alguien venia.
Algunas veces oia pasos en el corredor, los pasos se iban acercando, el corazon de Luisa palpitaba violentamente, parecia que le iba á ahogar; se escuchaban distintamente las pisadas en el corredor, y hasta parecia detenerse en la puerta una persona. Luisa se retiraba pensando que iban ya á abrir, pero nada, el rumor de los pasos se alejaba y se perdia, y todo volvia á quedar en silencio.
Pasó tambien así una gran parte de la noche: serian las doce, cuando Luisa sintió un gran ruido en la puerta, que se abrió, y penetró en el calabozo una estraña comitiva.
Varios hombres enmascarados, con cirios encendidos en las manos y conduciendo un aparato, que tenia algo de siniestro: era un sillon que depositaron en el centro del calabozo.
Aquel sillon tenia una forma estraña, era de madera, toscamente fabricado y pesado en estremo, el respaldo era maciso y alto, y en el centro tenia á diversas alturas agugeros por donde pasaba un cable delgado, que correspondia á una especie de cruz de aspas iguales que estaba sujeta por detrás al respaldo del sillon.
Toda aquella comitiva murmuraba salmos y oraciones y fué invadiendo el calabozo paulatinamente.
Luisa aterrada de aquello se refugió en uno de los ángulos del cuarto.
XIII.
De lo que arregló Teodoro, y de lo que hizo Martin.
Como Martin y Teodoro se convencieron de que nada habia de hacer por ellos el Arzobispo, determinaron por sí mismos y á toda costa libertar á sus mugeres.
Teodoro pensó en Santiago, su viejo conocido, el que lo habia introducido en las cárceles para ver á Don José de Abalabide, y se dirigió en su busca.
Santiago vivia aún, y seguia siendo uno de los miembros del secreto.
Teodoro comenzó á conversar con él, indicándole su objeto y ofreciéndole cuanto quisiese.
--Quizá se descubra, ¿y qué me sucederá?
--Pero si yo os prometo que vos no os mezclareis para nada si no solo para aconsejarnos.
--Bien, pero si os pillan, y os dan tormento cantais de seguro.
--¿Y si os damos lo suficiente para huir muy lejos de aquí?
--Aun cuando lograra escapar, siempre la conciencia.......
--Tanto dinero os dariamos que podriais emprender viaje hasta Roma, para pedir el perdon del mismo Papa.
--No, siempre yo no os he de decir nada de que podais echarme la culpa; mirad, yo que estoy en un riesgo y con el Jesus en la boca por falta de seguridad en las prisiones. ¡Dios quiera que pronto se arregle el edificio como debe estar! figuraos que hay una gran atargea que sale debajo del convento de Santo Domingo hasta la calle, y que por allí puede meterse un hombre y salirse cualquier preso.
--¿Y mi muger en dónde está encerrada?
--Precisamente está con la mudita, encima de esa atargea, en el calabozo que queda encima, no mas que no es en el primer piso si no en el segundo.
--Y en el calabozo del primer piso ¿quién está?
--Un caballerito que se llama Don Cesar.
--Y á ese Don Cesar podria yo hablarle ó escribirle.
--En cuanto á eso sí no me pareceria dificil.
--¿Cuándo me llevais?
--Esta noche.
--¿Cómo la otra ocasion?
--Así.
En la noche Teodoro estuvo puntual: al pasar por la espalda de la cárcel del Santo Oficio, Santiago dijo á Teodoro:
--Mirad--del otro lado de esta acequia está la atargea que os dije, y detrás de ese muro, sin estar dividido de la calle mas que por el mismo muro, están arriba los calabozos de tu muger y de la muda, y abajo el de Don Cesar.
Teodoro marcó perfectamente el lugar; conoció que lo que Santiago queria era enseñarle todo aquello indirectamente, y que él pudiese sin comprometerse, salvar á su muger.
Entraron sin dificultad hasta la prision de Don Cesar, y Santiago dejó á Teodoro solo con él.
--Don Cesar--dijo Teodoro.
--Teodoro, ¿vos aquí?
--Sí, pero silencio--vengo á libertaros, y á libertar á mi esposa.
--¿Cómo?
--Mirad, la noche de mañana si sentís golpes aquí en el pavimento, procurad rascar tambien por encima vos; y nada mas, adios.
--Pero.........
--Nada mas; adios.
Teodoro volvió á salir y ya desde ese momento Don Cesar no pudo estar tranquilo ni un instante. Le parecia eterno el dia, y hubiera comenzado á oradar si no hubiera sido una imprudencia.
Sí procuró encontrar con que ayudarse, y solo encontró un hueso; pero un hueso en sus manos podia servir de mucho.
Pasó por fin el dia, y luego la noche.
Entonces sí que ya no pudo contenerse, y determinó comenzar su tarea. Pero ¿por dónde? ¿Sabia él por qué lado llegarian sus libertadores?
--Si vienen tarde no alcanzará el tiempo--pensaba Don Cesar ¿qué hacer?
De repente se estremeció, habia sonado en el piso un golpesito subterraneo, y luego otro.
Don Cesar se arrojó contra el suelo y comenzó á rascar con desesperacion con el hueso, con las manos; en un instante consiguió apartar la tierra hasta llegar á unas grandes lozas que servian de bóveda á la atargea por donde se habia introducido Teodoro.
Don Cesar, le quito cuanta tierra y escombros tenia encima y procuraba levantarla cuando la vió moverse, y alzarse, Teodoro con sus robustas espaldas la hacia salir de su centro y dejar una ancha entrada.
Don Cesar le ayudó á separar la loza, y salieron de aquel agujero, Teodoro y Garatuza, casi desnudos y llenos de lodo.
--¡Vámonos! dijo Don Cesar.
--Aun falta que hacer otra cosa--contestó Teodoro.
Entre Martin y Teodoro, hecharon á la puerta del calabozo para impedir la entrada, cuantos escombros habia en el cuarto; y luego como los techos eran muy bajos Teodoro se subió sobre la mesa que habia en el calabozo, y con una pequeña barra de acero, comenzó á horadar el techo.
La operacion era difícil, pero Teodoro era muy fuerte, y trabajaba con entusiasmo, el sudor bañaba ya su frente y por la parte de arriba se percibia que tambien le ayudaban. Pasó una hora en esta fatiga, y por último la horadacion se comunicó de un calabozo al otro por el techo.
--Sérvia--dijo Teodoro por el agujero.
--Aquí estoy--contestó Sérvia.
Continuó el trabajo con mas actividad y media hora despues ya Sérvia y María habian bajado por allí al calabozo de Don Cesar.
Se habia hecho todo procurando el mayor silencio.
--Ahora sí vámonos--dijo Teodoro--yo guiaré.
Teodoro entró por delante en la atargea que salia para la calle y todos le siguieron.
Aquella atargea era un conducto subterraneo, por donde apenas podia comunicarse un hombre casi arrastrándose: estaba húmeda y fria, y en algunas partes se habian formado depósitos de arena y agua corrompida.
Al salir de allí estaba la acequia que pasaba por la espalda de la inquisicion y era adonde salia á desaguar aquella atargea.
Era preciso atravesar aquella acequia con el agua mas arriba de la cintura.
Teodoro salió el primero, y tomó á María que le seguia inmediatamente sobre sus espaldas, luego Martin que hizo lo mismo con Sérvia, y en seguida apareció Don Cesar.
La noche estaba tan oscura que estando todos tan inmediatos apenas se distinguian unos á los otros.
Atravesaron la acequia y salieron del otro lado, entonces sin hablar Martin echó á caminar por delante y los demás en su seguimiento; y por calles solitarias y estraviadas lograron salir hasta fuera de la traza á un gran edificio que tenia el aspecto de una vieja casa de campo.
Allí estaba ya todo dispuesto, habia caballos ensillados, y hombres á propósito para esa clase de caminatas.
Desde que el marqués de Gelves, habia dejado el gobierno de la Nueva España, los ladrones, habian vuelto á sus antiguas costumbres, y habia cesado la seguridad en las ciudades y en los caminos, y toda la clase de gente perdida estaba contentísima y se cantaba por todas partes una cancion que comenzaba:
Vivimos en nuestra ley, _Que ya se acabó el virey_.
A Martin indudablemente no le podian faltar auxiliares de esta clase, y á ellos debia ocurrir en semejante lance.
Los fugitivos comenzaron á disponer y arreglar sus planes.
Martin determinó tomar el camino de Acapulco, llevando en su compañía á Don Cesar.
Y Teodoro prefirió ocultar á Sérvia dentro de la ciudad, y permanecer él en ella como si nada hubiera acontecido.
Todo esto se determinó en un momento, y poco tiempo despues, salian de la casa todos, Martin, María, y Don Cesar á caballo para comenzar la peregrinacion, y Teodoro y su muger á pié para buscar un refugio en donde ocultar á esta última.
Serian las tres de la mañana y era seguro que la evasion no se advertiria en las cárceles del Santo Oficio hasta las siete, que era la hora en que se acostumbraba entrar á los calabozos para llevar á los presos el alimento y agua para todo el dia, y hacer el registro de costumbre.
Los fugitivos contaban con cuatro horas cuando menos de tranquilidad, y en cuatro horas se puede hacer mucho.........
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Santiago, habia ayudado y favorecido como hemos dicho la fuga de Don Cesar y de las dos mugeres, y habia recibido una fuerte suma de mano de Teodoro, pero su conciencia de carcelero, y de hermano de la cofradía del glorioso San Pedro Mártir no estaba enteramente tranquila, y á medida que avanzaba la noche, y que se figuraba, que ya llegaba el momento de la evasion, comenzaban á ser mas y mas fuertes sus remordimientos y sentir miedo por los resultados.
Santiago no podia sosegar, no se acostaba, ni podia estar un momento tranquilo; á cada instante se acercaba á la puerta de su casa esperando algo nuevo, temiendo que lo mandasen llamar del Santo Oficio, que todo se hubiese descubierto allí, y en fin que los inquisidores conocieran la parte que habia tenido él en todo.
Era ya la media noche, y Santiago no pudo resistir, tomó su capa y su sombrero y se dirijió á la inquisicion.
Como allí nunca dejaba de estar en pié una guardia de familiares que de dia y de noche asistian al Tribunal, Santiago tuvo con quien hablar inmediatamente.
El hermano que estaba de guardia vió entrar á Santiago, y en el rostro demudado del antiguo ministril, conoció que algo extraordinario le acontecia.
--¿Qué pasa?--le preguntó.
--Una novedad--contestó Santiago: acaban de hacerme la denuncia de que unos reos quieren hacer fuga en esta misma noche.
--¿Cómo?
--No lo dudeis, que así será como me lo han referido, que de persona muy veraz tengo la noticia y me he apresurado á traerosla, por lo que pudiera importar.