Moral social · Capítulo real 30 de 32

CAPITULO XXXV

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 2 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

CAPITULO XXXV

LA MORAL. Y LA HISTORIA

La Historia, exposición de la vida de la humanidad como en esencia es, presenta de bulto los bienes y los males producidos por el hombre en el planeta. En el primer momento parece que los males superan á los bienes: tantos son. Pero bien

analizados, bien clasiflcados, bien referidos unos y otros á sus causas y á sus efectos, tanto es el DÍen como el mal. En cierto modo, mayor la can- -tidad de bien que la de mal, porque, al fin y al cabo, el bien ha podido flotar y conservarse en la ■estupenda oleada continua de males que han caído sobre el hombre.

Primero fué la naturaleza, la sorda naturaleza que miserar non sá, j la lucha fué despiadada y secular, no ya sólo de los tiempos ante-históricos, sino de los históricos. En todo comienzo de las gentes consta esa lucha formidable: algunas veces, como en los comienzos de la gente china, se guede seguir paso á paso y admirar y bendecir L fuerza de resistencia opuesta á los impulsos •destructores por los impulsos constructores.

Después fué la ignorancia, y la lucha se estableció á brazo partido entre la obscuridad del entendimiento no advertido por la luz que irradiaba desde la naturaleza misma la verdad, y la claridad de los fenómenos no comprendidos: siglos y siglos de esfuerzo ha costado, está costando y seguirá costando el vencer á ese enemigo: pero al fin se vencerá. Luego se presentaron hs pasiones humanas en tropel, y la lucha tuvo por mlenque -el mismo inaccesible interior del ser humano: formidable enemigo de sí mismo ha sido el hom ■ bre, pero se va venciendo á si mismo. Más tarde comenzó la lucha del hombre disociado con el hombre asociado, y fué terrible: nunca se ha podido saber quién ha sido más salvaje en esa luclm, ai el civilizado que hostiga al salvaje ó el salvaje Que destroza al civilizado, pero prevalece el que aispone de más bienes.

Ya hace mucho tiempo que las naciones luchan entre sí, y todavía no se columbra el dia de razón

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en que hayan de concertarse en la civilización, en el deber y en el derecho, pero se trabaja sin descanso en eso. A toda hora, en toda tierra, con estos ó con aquellos medios, siempre trabaja el mal; pero á toda hora, en toda tierra, con los mismos recursos que emplea el mal, trabaja el bien.

Pero, en primer lugar, esa descomposición intelectual de los componentes de la historia no alcanza todavia á la razón común: y en segundo lugar, el historiador comúu no alcanza tampoco á elevarse por encima de la razón del vulgo, de donde resulta que la historia escrita por los narradores, y la vista en ellos por el vulgo, es la historia del mal, no la del bien. Es, sobre todo, la historia de los malvados. Dicen que de malvados en quienes invariablemente concurrieron grandes aptitudes; pero et hecho es que fueron míuvados. Y no es lo malo que fueran poderosos para ser malvados ó que aprendieran á malvados para hacerse poderosos, sino que fueron y son tan adulados por la historia narrativa y por la historia, crítica, que es imposible que se olvide la lección.

Cuando una fuerte individualidad, por el hechode no haber sabido desarrollaree en el bien, ha perdido en realidad el mérito que hubiera podida tener ante la conciencia humana, la historia la toma, la manipula, la alarga, la acorta, la someteá la acción del medio histórico, exagera los bienes, disminuye los males de su conducta, la esculpa, la disculpa, la absuelve y la manda á gobernar espíritus desde la posteridad, como gobernó carneros desde la actualidad en que vivió.

La sencilla narración primero, la crítica histórica después, han laborado por el mismo fin inmoral de la Historia; y hasta la filosofía que sobre

ella se;ha fundado ha querido contribuir á la inmoralidad resultante de la vida y del modo de interpretar la vida del hombre en el planeta; porque ■ cuando no ha tenido un prejuicio filosófico, ha tenido un prejuicio nacional con que adulterar la finalidad moral de la enseñanza histórica.

Ahora no se habla ni se hable de los que en la historia se proveen de hechos é ideas, diagnósticos y pronósticos, juicios hechos y verdades formuladÉis, con el objeto de rellenar su kaleidosco-

Eio intelectual, poi'que para ellos y por ellos es i historia la más incierta visión, ía perspectiva más cambiante, la más inmoral sucesión de juicios contradictorios, de causas sin efectos ó de efectos sin causa, ó de causas sin su efecto positivo ó de efectos sin su causa natural.

No se hable tampoco de la historia de que hacen uso los políticos de oficio, por quienes y para quienes la historia es el justificador universal de cuantas aviesas intenciones han tenido contra el derecho individual ó nacional los enemigos del derecho.

De la que emplean eo sus defensas de la verdad revelada los intérpretes universales de esa verdad, no es historia de que puede beneficiarse la moral, á menos que sea una moralidad y un beneficio el incesante trabajo empeñado por ellos en probar que á Jos seres racionales se debe empezar por arrancarles la razón para poder someterlos al régimen de las ideas trascendentales y á la disciplina de autoridades extrahumanas.

Si, pues, la historia por si misma, en cuanto balumoa de hechos heterogéneos, tan capaces de argüir con el mal como con el bien, más por el mal y contra el bien que por el bien y contra el

mal, es exponente de inmoralidad, y á la corta vista de los vulgos todos aparece como muda ex-

EresiÓD de la incapacidad del hombre para el ien; la historia de narradores, críticos, filósofos, artistas, políticos, teólogos, imbuye en el corazón ó en la cabeza una tal muchedumbre de juicios erróneos, juicios de buena fe ó de mala fe, que concluye por ser imposible saber á punto fijo qué ha sido el hombre histórico, y aún más imposible el saber qué son los hombres sobresalientes en la historia.

Tal vez este último es el mayor peligro que ofrece á la moral la historia en uso. Si ella con su relato enseña que la inmensa mayoría, la caei totalidad de los hombres admirados en la historia, principalmente en la actividad más capaz del mal , que es la del poder, han sido hombres perversos, ya en toda la serie de actos que constituyen su vida, ya en los que los condujeron al poder y los mantuvieron en el ejercicio del poder; y si esa misma historia, con sus juicios ó con sus excusas, intenta hacer creer que esos mismos hombres ó fueron necesarios ó fueron hechura de su tiempo, de las circunstancias en que se formaron, de la misma sociedad que los formó, y que, en definitiva, no son hombres tan malos como cree el buen sentido común ó la humilde conciencia, y hasta se les puede considerar como hombres de mérito moral y hasta de mucho mérito moral, porque fueron generosos servidores del orden ó del progreso ó del derecho ó de la civilización, y fueron muy diligentes, muy activos, muy clementes, muy magnánimos, muy hábiles, muy perspicuos, muy genios, muy genios sobre todo, y genios en todo y para todo, como guerreros, como legisladores, a>mo políticos, como estadis-

tas, como administradores, como jurisconsultoe, como penalistas, como pobladores, como colonizadores, como civilizadores.

Esas fig-uras, que el simple relato denunciacomo obscuras sombras de la especie humana, se fabrican á vista de ¡a misma ^neración que las maldice ó Jas desprecia, y mientras son ejemplo vivo ó muerto de todas las perversiones en sí mismas y sirven como de resumen á todas las perversiones de su tiempo, la historia complaciente las eleva á la categx>ria de semidioses, y la critica, por no parecer parcial, y la filosofía de la historia, por no parecer incapaz de encerrar en el cuadro de las grandes fases de Ja vida humana que resume las figuras contradictorias de su tesis que se le presentan al paso, las coge, las deforma, las reforpaa, las violenta y las olíliga á que representen i la humanidad de un tiempo dado cuando sólo fueron vergüenza de la humanidad de todos los tiempos.

Ese espectáculo de los hombres en la Historia es profundamente corruptor, no tanto porque el hombre haya sido tan malo como aparece, cuanto porque se empeña, si fpé grande, feliz ó poderoso, en hacerlo aparecer como no fué; y si fué el verdadero fabricador de los progresos de su tiempo, el civilizador de todas las edades, el trabajador de ayer, de anteayer, de siempre, el cargador de todas las responsabilidades, la victima de todos los abusos, el luchador de todos los derechos, el cumplidor de todos los deberes, entonces ni nombre tiene. Y como no es justo que se ignore quién hizo lo que hay de sólido, es decir, lo que hay de bueno en cualquiera época de Ja historia, le dan el nombre de uno de los usurpadores de derecho, 6 de algún devorador insaciable de vidas huma-

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lias, y !a narración, la crítica j la filosofía se quedan muy satisfechas de sí mismas.

No así la moral, gue no puede ver con ojo tranquilo esa deformación de la figura humana, emBellecida cuando es fea y repulsiva, afeada ó recortada cuando es bella y atractiva, siempre diferente en la historia de lo que fué en la realidad. La ciencia de la historia, que ahora nace y que empieza á formar de la vida de la humanidad una historia de la actividad parcial y universal de esa vida, cuidándose poco de los hombres ó sólo cuidándose de ellos para presentarlos como factores de desarrollo cuando supieron ser hombres , ó como obstáculos á ese desarrollo cuando fundaron su fuerza y su poder en la debilidad de todos, es historia que no tardará en moralizar al historiador, y por medio de él á las generaciones que reciban las influencias de la historia, porque es sencilla, benévola, bien intencionada y se funda en Ja realidad de la naturaleza humana y en la no menos moralizadoi-a realidad de la convergencia de toda actividad y todo hombre en el fin de hacer mayor la suma de bienes que la de males.

De aquí á entonces, aún hay tristeza moral que devorar cada vez que se cuente con la historia

Sara hacerla contribuir al mejoramiento de los ombres.

CAPITULO XXXVI

LA MORAL Y EL PERIODISMO

El periodismo es, entre todas las instituciones auxiliares del derecho, la que más le ha servido

MOBAI, gOCIÍL 215

algunas veces y la que más continua y eflcazmente podría servirle siempre.

Cuando habla, su voz tiene la fuerza de cien voces. Sus razones tienen el peso de la razón colectiva. Sus protestas imponen como si salieran de la conciencia colectiva.

Es más: digno ó indigno de su fin, el periódico es siempre conciencia, razóny opinión publica. La única vez en que, fuera de los tumultos extraordinarios del espíritu social, podemos á punto fijo saber, ó á lo menos, sentir lo que es opinión publica, lo que es razón común, lo que es conciencia colectiva, es cuando vemos exteriorizadas en las hojas del periódico esas fuerzas.

Nació para el derecho por esfuerzo del derecho; pero no es esa la única manifestación del periodismo ni es hoy la más extensa, A medida que el derecho aumenta, el periodismo, consagrado exclusivamente á propugnar por el derecho, disminuye. Y en sentido inverso, á medida que disminuye su ingerencia en la vida militante del derecho, aumenta su influencia en la vida general. Es, á la vez, servidor de todas las industrias, de" todas las profesiones, de todos los talentos, de todos los inventos, de todo descubrimiento, de toda ciencia, del arte bello, del arte industrial, del trabajo, del trabajador, del capitalista, de la propiedad, del desposeído, del despojado, del feliz, del desgraciado, de la beneficencia y los beneficios, de ricos y pobres, de pueblos y pobladores, de civilizaciones y civilizadores, de lo bueno, de lo bello, de lo verdadero, de lo justo, de lo grande, de lo serio, de la alegría, del placer, de las victorias, de las ovaciones, de la guerra, de la paz, del estruendo, del reposo, de la vida, de la enfermedad y de la muerte.

Esa su cajiacidad de aplicarse á todo y de servir como hoja, como folleto, como revista, todos los días coa el diario, cada semana con el semanario, cada quincena ó cada mes con la revista, en urgencias imprevistas con la hoja suelta, en oportunidades calculadas con el opúsculo, á la suerte de las doctrinas, á la vindicación de ideas ó ]>ersonas, á la exposición reflexiva de sistemas, al interés de grupos ú opiniones sociales, al diario batallar de las ideas, na sido á la vez la causa del bien. y del mal hecho por el periodismo.

Sintiéndose una fuerza, la ha desplegado ciegamente. En vez de dirigirla para nacerla útil, tanto decimos, para hacerla social, se ha dejado dirigir por ella, haciéndola menos social y menos útil.

Según el medio sociológico, asi ha operado en una de estas dos direcciones: ó en la dirección del poder, ó en la dirección del lucro. En los paises desorganizados, á medio organizar ó sometidos al proceso de una organización penosa, ha tomado la dirección del poder. En los países constituidos definitivamente, ó tan definitivamente que pueden considerarse en equilibrio estable, ha tomado la dirección del lucro.

Al dividir su fuerza, se ha debilitado. Fuerza, politica, ha servido para empujar hacia el poder, mas no para enlazar en los múltiples intereses de la vida del Estado y de la sociedad s las agrupaciones en cuyo favor ha trabajado. Fuerza indiistrial, ha servido para< enfrenar con los intereses que representa el desenfreno natura! de los que luchan por el poder, mas no para servir de norma jurídica á los intereses económicos.

Cuando toma la primera dirección, el periodismo contribuye á la disociación, por tanto al

mantenimiento de la inmoralidad pública, faToreciendo el desenfreno de las pasiones políticas. Cuando sigue la segunda dirección, desmoraliza también, atribuyendo á los intereses un predominio que no deben tener sobre el derecho. En el un caso, el periodismo empieza ó acaba, si victorioso, por ser eofundador de personalismo ó tiranía; ei vencido, por ser favorecedor de la anarquía. En el otro caso , acaba por donde empieza : por ser adulador de los bienes materiales y de los afortunados, individuos, grupos ó naciones, que ban llegado al término de sus satisfacciones materiales. El periodismo instituido por el afán de poder es una lección diaria, semanal ó quincenal, pero continua en sus efectos, de inmoralidad intelectual que es de las peores, y de falta de carácter, que es el peor ejemplo de inmoralidad. Siendo tornadizo su objetivo, que es el poder, su criterio se hace tornadizo. Y como opera sobre una muchedumbre, que no es solamente la formada por el partido político á quien sirve, ó por el Gobierno que sostiene, sin la innumerable muchedumbre de lectores á quienes presenta formada una opinión, afecta á la razón, al juicio y al sentido común de esa muchedumbre. Lo bueno ayer, es malo hoy; el vaticinio de hoy será ludibrio gitanesco de mañana; la verdad pasada, mentira presente; la alabanza de un día, vituperio del siguiente, y los hombres j las ideas y las cosas que no cambian por estar firmes en si mismos, alternativamente bendecidos.y maldecidos, más maldecidos que bendecidos, por ser mayor número el de las veces en que su firmeza obsta á la liviandad de los juicios de partido. El periodismo instituido por el afán de lucro es también una lección continua de inmoralidad de sentimiento y voluntad;

inmoraliza los sentimientos públicos, porque es una predicación incesante en pro de todos los éxitos, y escarnio frecuente de todos los sentimientos generosos; desmoraliza la voluntad social , porc[ue de continuo la solicitan á desarrollar su actividad en el sentido de los bienes físicos, y á permanecer inerte ante los males morales de la sociedad. En una y otra dirección ha hecho la fuerza del periodismo mucho bien. A los pueblos envilecidos por la autocracia monárquica ó republicana, los ha moralizado, poniendo al alcance de todos el poder, presentando al alcance de todos la fortuna: na servido bien al derecho, demoliendo privilegios; á la industria, enalteciendo los méritos del trabajo; á la igualdad, sometiendo todas las jerarquías á su crítica; á la riqueza pública, revelando su origen en el trabajo común, su fuerza en la del capital acumulado, y la potencia del capital en el ahorro. Cuando combate un error jurídico ó económico, cuando zahiere una preocupación ó un fanatismo, cuando persigue látigo en mano una injusticia, cuando mata civiJinente á un hombre malo, cuando hace frente á nombre de los intereses generales á los intereses particulares, cuando asocia contra los que disocian, cuando liberta contra los que esclavizan, cuando educa contra los que embrutecen; en suma, cuando, en nombre de la idea parcial de que son forma, los periódicos políticos ó los periódicos industriales coinciden con las ideas, las necesidades, los derechos, los intereses efectivamente sociales, hacen el bien de dar unidad de fuerza á los continuos esfuerzos que hace toda la sociedad por desarrollarse y vivir en sano desarrollo.

Mas no hace entonces el periodismo todo el bien que debe hacer, y aun descontándole el mal que

mezcla á los bienes que procura, no se le puede excusar que no sepa servir tanto para moralizar como sirve para desmoralizar.

El periodismo no es en esencia una fuerza privativa, como la han hecho en realidad. Es una fuerza expansiva y comprensiva, que debe extenderse á todo y abarcarlo todo en el sentido de la verdad, del bien, de la libertad y la justicia. Et; en esencia una historia continua de una fracción de humanidad que por fuerza ha de exponer indignidades é iniquidades, pero ha de exponerlas, como están, en continua lucha con la dignidad y ]a justicia. Su norma, como la del historiador, ha de ser !a imparcialidad, no sólo la del juicio, que declara la verdad por ser verdad, sino la imparcialidad de la conciencia, que aprueba enérgicamente el bien por ser el bien, y condena categóricamente el mal por ser el mal.

Sus armas deben ser la idea del deber, para vulgarizarla é imponerla; el derecho, para enseñar é incitar á eiercitarlo; el orden económico, para oponerlo á los errores de economía social que malogran ó desvian las fuerzas productivas; el orden jurídico, para oponerlo á las torpezas de voluntad y de razón que de continuo lo conmueven, lo alteran ó lo arriesgan; el orden moral, para presentarlo constantemente como el desiderátum de la dignidad humana.

Aunque no hay todavía ninguna sociedad civilizada en donde e] periodismo alcance el que debiera ser punto de mira de esa historia cuotidianamente realizada y cuotidianamente escrita, aquellas entre todas las sociedades que mejor han cultivado el derecho y que más reposan en la base jurídica que han construido, son también las en que el periodismo tiene más fuerza social. La tie-

nen, no sólo por la eficacia de la obra diaria ó periódica, sino porque se encierra mejor entre Jas dos corrientes de derecho y de interfe social, que privativamente desplega en este sentido ó en aquel, la prensa de los demás países.

Asi, los periódicos de la Unión Americana, los de Inglaterra, Suiza, Bélgica, República Argentina, Chile, son incomparablemente superiores, por la extensión del propósito y por la relativa fijeza de sus medios de acción, á los de cualesquiera otras naciones.

Pero los Estados Unidos é Inglaterra son los pueblos que mejor han comprendido y practican mejor el periodismo. Son los pueblos en donde la prensa periódica ha servido para secundar los esfuerzos civilizadores, enviando exploradores al África y al Polo; los esfuerzos científicos, promoviendo el progreso de la meteorología; los esfuerzos del arte, iniciando certámenes; los esfuerzos de la confraternidad, estableciendo ó aceptando correspondencias de todos los puntos de la tierra; los esfuerzos del sentido común, practicándolo en su propaganda y en sus juicios sobre los hechos humanos.

No obsta la universalidad de miras del periodismo mejor concebido y practicado, para que falseen su juicio y desvirtúen su fuerza, acomodando el uno y extendiendo ó recogiendo la otra, á merced de intereses ya particulares, ya de partido, ya de secta, ya de reacción, cada vez que un interés humano se presenta momentáneamente como hostil á intereses nacionales cualesquiera ó á cualesquiera intereses del comercio, de la industria ó de instituciones poderosas..

Si el periodismo es todavía una fuerza ciega, la culpa es del periodista.

No miy ningún sacerdocio más alto que el del periodista; pero, por lo mismo, no hay sacerdocio que imponga más deberes, y por lo mismo, no hay sacerdocio más expuesto á ser peor desempeñado.

De ahí, principalmente, la inmoralidad del periodismo.

El periodismo está de continuo expuesto á una inmoralidad involuntaria y á otra voluntaria; á la involuntaria, cuando por fanatismo político, científico ó religioso, se pone en abierta contradicción con la verdad ó la justicia; á la inmoralidad voluntaria, cuando vende lo que piensa, piensa por cuanto lo compran, y convierte el sacerdocio de que es indigno representante, en infame granjeria.

Como éstos son los periodistas más peligrosos, son los que hacen al periodismo más incapaz de realizar su fin; y como el periodismo desviado de su fin es el menos escrupuloso, el periodista más formidable es el que escuda su villanía, su indignidad y su maldad en el terrible baluarte de un periódico sin conciencia. En la doble acción del periodista malo sobre el periódico malo, y de éste sobre aquél, es en donde suele con frecuencia aparecer más de relieve la inmoralidad social que desarrolla Y la inmoralidad social que los sostiene. Como ef periodista innoble se fortalece en la fuerza irresponsable del periódico, es temido por esa fuerza, más que por si mismo; al modo que.

en una tertulia al aire libre, el maldiciente que la anima con sus calumnias no es tan temido por el mismo cuanto por la fuerza que recibe del grupo que lo rodea.

Hay estados sociales en los cuales brotan esos periodistas que usurpan nombre, función y autoridad que no merecen, como brotan plantas espinosas en terrenoB incultos ó en terrenos agotaaos; como éstas son hijas de su medio botánico, aquéllas son hijas de su medio sociológico.

Una sociedad infantil, cuyo estado mental es el de las instituciones mal formadas, y una sociedad senil, cuyo estado mental es el pesimismo negativo; son terreno inculto la una, agotado la otra, en donde la función social más civilizadora no puede tener sacerdotes dignos de ella. Los dignos serán la excepción.

No serán la regla general, porque los grandes sacerdocios requieren grandes almas, pero serán mucho más numerosos en las sociedades fuertes por su sana juventud los periodistas aptos para su función.

Aptos, ante todo, por la generosa disposición de su ánimo, por su prontitud de corazón A todo sentimiento generoso, por su candorosa aceptación del deber como regla de conducta; pero no es esa la única aptitud ni la que más se echa de menos en los luchadores del periodismo. La aptitud que menos tienen, aunque parezca paríídógico, es la que más tienen. Generalmente, el periodista es llamado: lo llama la vocación intelectual, y, en general, es inteligente; pero también, en general, es ignorante.

Debiera, si el genio de periodismo que cultiva es el consagrado á la lucha del derecho, estar versado en todas las ramas de la jurisprudencia,

en el estudio comparativo de las legislaciones, en la historia de las instituciones jurídicas, y principalmente en la filosofía del derecho,

Entonces no declamaria. No declamando, nodesmoralizaría, porque no llenaría de aire la cabeza de sus lectores, ni de exageraciones el sentimiento público, ni de errores la razón común. No declamando, moralizaría, poique prácticamente enseñaría á ajustar medios á fines, procedimientos á propósitos, doctrinas á ideal.'

Debiera, si el género de periodismo que ha preferido es el consagrado á la defensa de los intereses económicos de la sociedad, empezar por tener una cultura económica bastante y concluir por tener suficientes conocimientos tecnológicos: la historia general de la industria, la particular del comercio universal, la historia de las instituciones económicas, y, sobre todo, la historia de la civilización humana, deberían ser sus continuos auxiliares.

Si el género de periodismo á que consagra el periodista la altísima santidad de su función fuera el que debiera ser, el periodismo verdadero, el que reúne la forma jurídica á la industrial, el periodista debería brillar como autoridad intelectual en ciencias sociales y morales.

Ni el periodista bueno ni el malo tienen hoy esa cultura. No teniéndola , la primera inmoralidad de que son ejemplo y que autorizan v propagan, es la de encargarse de una función social cuyas operaciones no conocen.

Sin duda que ha habido y hoy brillan con honra para ellos, con utilidad para la institución, con beneficio de la sociedad, periodistas de primer orden, capaces, en lo moral, de la mayor elevación, y de los mejores esfuerzos de cultura y de

talento, en lo intelectual; pero esas son individualidades, y la individualidad es siempre extraordinaria.

Gracias & ella conserva el periodismo una parte de su fuerza moralizadora; gracias á ella, se salva de la pendiente de corrupción por donde va; gracias á ella, se recxincilia con la degenerada imitación el que tiene de ella la' alta y exacta idea que debe tenerse del medio más extenso y más enérgico que existe de exponer á la vista del mundo entero la fuerza y la fecundidad de los deberes.