Moral social · Sección preliminar
Preliminares
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 6 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
[ORAL SOCIAL
EUGENIO M. DE HOSTOS
Profesor de HistorU UniverEal
y Rector del Liceo -M. L. Amunilegui- (.Sináígo, Chile);
Catedrático de Moral'y Director de U EíCueU Marmal de Mae:
y Director geaeral
de Enieñuia Korioal de U República DomioicaDa,
SSaXTNCA EDICIÓN
.^.oo^íi:
t* Google
£a «Sociedad dt Ctseianza»,
de Santo Pomlnjo,
ACUERDA:
aFavorecer la publicación de las obras del Sr. Hostos, metódica y sucesivamente, como la más digna ofrenda del país reconocido. Para ello constituyese una Comisión compuesta de los señores Lie. D. Fed. Henriquez i C., Lie. D. Feo. J. Peynado, Dr. D. Feo. Henriquez i C, Lie. D. Eugenio C. de Hostos y D. Enrique Deschamps.»
Digilicclb, Google
PRÓLOGO DE LA PRIMERA EDICIÓN
Un día se levantaron alarmados mis discípulos. Vinieron ¿ mí, y me dijeron:
— Maestro, urge publicar la Moral.
— Y ipor qué urge?
— Porque los enemigos de nuestras doctrinas van por todas partes predicando que son doctrinas inmorales.
— Mal predicaquienmalvive,y malvivequien mal piensa y quien mal dice.
— Sí; pero no es tiempo de responder con comparacioaeS) sino con pruebas.
— Bien predica quien bien vive,
— Pero no se trata de las pruebas de conciencia, que siempre son ineficaces para los malignos.
— ¿Entonces se tratará de pruebas de apariencia, que siempre son eficaces para los benignos?
— No. Se trata de pruebas contundentes.
— Pues eso es inmoral: la moral no contunde.
— Pero hunde y debe hundir ¿ los que calumnian las buenas ¡ntenciones.
— De ellas está empedrado el infierno, así como de malas intenciones está pavimentado el mundo de los hombres.
— Por eso mismo hay que desempedrarlo y recalzarlo de buenas intenciones.
— Pues entonces no hay que publicar la moral en libros, sino en obras.
— Bien se ve que no basta, cuando nos calumnian.
— Son las calumnias de la propaganda en sentido contrario. Dejémosla pasar, que eso no daña, pues el mérito del bien está en ser hecho aunque no sea comprendido, ni estimado, ni agradecido, y vivamos la moral, que es lo que hace falta.
— Bien está — afirmaron con desidiosa afirmación. — Bien está, pero cuando se pida á las doctrinas calumniadas las pruebas de su moralidad...
— Y ustedes, ¿qué son, si no son pruebas vivas de ella? ¿Acaso no lo son? Porque si no lo son, á
Sesar de los esfuerzos que se han hecho, una de OS: ó ustedes no han acogido sino por su parte externa las doctrinas, y en ese caso es inútil difundirlas, ó la sociedad en que viven es por si misma un obstáculo, y en ese caso...
— En ambos casos es preciso publicarla: en el primero, para que pasemos de fuera adentro de las doctrinas; en el segundo, para que disminuyan los obstáculos.
— ¿Disminuir? Quizá aumenten. A la verdad, como las doctrinas más sinceras son las que resultan más radicales, tal vez escandalicen las sencilleces que yo les he dictado. Mejor, ya que tanto empeño tienen los amigos de las buenas intenciones, mejor será que sólo se publique aquella parte de la Moral que se refiere á los deberes de la vida social.
— Pues bien: déjenos publicarla.
— Del país y de ustedes es. Tómenla y publí- •quenla.
FB^LOGO
Y por eso, después de mucho ureirme y de no poco contrariarme, consiguieron los jóvenes, á quienes se deberá, si vale algo y dice algo, que yo consintiera en la publicación de la Moral Social.
Sanio Domingo, Julio 24 de 18S8.
t* Google
INTUOIIUCCIÓN
El hombre es ya adulto de razón, y hasta ee le
Euede considerar adulto de conciencia. Al menos, asta cierto punto; hasta el punto mismo en que el desarrollo de la razón común ha contribuido al desarrollo de la conciencia colectiva.
Bien se ve á cada momento, en todas partes, contrariada esta afirmación por hechos tales, que denuncian una prepotencia incontrastable de instintos y pasiones sobre principios y deberes. Para que sean más dignos de consideración y de compulsa, esos hechos son tanto de origen mdividual como de origen colectivo. Individualidades representativas de su tiempo, colectividades representativas de la civilización histórica y actual, incurren á cada paso en irracionalidades tan contrarias á seres en progreso, y en inconciencias tan contradictorias del grado efectivo de desarrollo á que ha llegado la humanidad, que motivan la Honda tristeza de cuantos tienen idea suficiente ■del destino del hombre en el planeta.
Después de emancipada la razón, y cuando un método seguro la guia en el reconocimiento de la realidad y en el conocimiento de la verdad; después de emancipada la conciencia, y cuando tiene
por norma infalible la fe en sn propia virtud y 'potestad; después de emancipado el derecho, y cuando tiene en sus nuevas construcciones sociales la prueba experimental de su eficacia; desEués de la emancipación del trabajo, y cuando asta su reciente libertad para fabricar un nuevo mundo industrial que todos los días[ie renueva, surgiendo todos los díasele' la fecunda, la prolífica aplicación de las ciencias positivas, y cuando á la ciega fe en los poderes sobrenaturales ha sucedido \k fe reflexiva y previsora en la potencia indefinida de los esfuerzos -industriales, multiplicados por los esfuerzos7de'Ia mente; en suma, después de la conquista" de todas las fuerzas patentes de la naturaleza, y cuando nos creemos, y efectivamente estamos, en el primer florecimiento de la civilización más completa que ha alcanzado en la tierra el ser que dispone del destino de la tierra, la divergencia entre el llamado progreso material y el progreso moral es tan manifiesta, que tiene motivos la razón para dudar de la realidad de la civilización contemporánea. Verdad es que el estudio de las civilizaciones comparadas presenta al hombre de la civilización contemporánea en un grado de racionalidad mucho más elevado que el hombre de las civili-r zaciones precedentes; verdad es que el europeo contemporáneo puede más, porque sabe más, que el romano del Imperio; y que el americano digno de América vale más, porque tiene un derecho más orgánico, que el romano de la república; verdad es que los americanos y los europeos de nuestros días son mejores que íos jónicos y los dóricos de Solón y de Licurgo, porque son más humanos; verdad es que la fábrica social de Egipto antiguo, con ser tan admirable, es inferior á la fábrica so-
IITTmODDCClÓN II
cial del mundo europeo y americano, con ser tan rudimentaria; verdad es que la savia vital de nuestros pueblos es máe poderosa, por ser más sana, que la de esa maravillosa socieaad fúsil, que después de cincuenta sig-los de existencia se conserva á los pies de los Altai, con la misma fuerza de inercia con que en las profundidades de los terrenos cuaternarios, los testimonios mudos de la mil veces secular antigüedad del hombre primitivo; verdad, en fin, que, pava ser superior i toda otra, basta á la civilización occidental el ser la suma de todos los esfuerzos de las humanidades extinguidas. Mas, á pesar de todo eso, y precisamente por todos esos méritos, duele en la con- ' ciencia la incapacidad de la civilización contem-
Soránea, para hacer omnilateral el progreso de i humanidad de nuestros días, y para hacer paralelos y correspondientes su desarrollo psíquico y su desarrollo físico.
Del uno al otro hay un abismo. Hay, comparando lo máximo á lo mínimo, el mismo abismo que arredra en muchas personalidades históricas del pasado y del presente: admirablemente dotadas para rcaHzar el bien, pero siniestramente desviadas de él, todo lo que tuvieren de superiores á su tiempo, lo tienen de inferiores á su destino.
Asi la civilización occidental, cuanto tiene de superior á todas las civilizaciones antepasadas, tanto tiene de inferior al destino esencial de la civilización .
Civilización es racionalización, y no se racionaliza una humanidad, como la actual, que por una parte lleva el juicio hasta una concepción tan exacta de su destino como la hoy intuitiva en todas las generaciones que se levantan á recibir el legado del pensar contemporáneo, y por otra
ISTBODDCCION
parte lleva la locura hasta no poderse guiar en la vida real ó práctica ó concreta por la noción de su destino.
Civilización es más que racionalización: es consci/acción (^), porque todo proceder de la razón de menos á más, es proceder de menos conciencia i más conciencia, j en vez de hacerse más consciente á medida que se hace más racional, el hombre de nuestra civilización se hace más malo cuanto más conoce el mal, ó se hace menos bueno cuanto más conoce el bien, ó se hace más indiferente al bien cuanto mejor sabe que el destino final de los seres de razón consciente es practicar el bien para armonizar los medios con los fines de su vida.
Ni el hombre individual, ni el hombre colectivo de nuestro tiempo, acaricia ese ideal. Hay quienes lo tienen, claro está, y esos, para estará la altura de su ideal, ó viven mártires^e él, ó son "^ sus^ víctimas. Pero esos mártires ó vtetimas del ideal humano, del destino ideal del ser humano, del verdadero, del sumo ideal, del que consiste en realizar ó sustentar todos los ñnes del ser, armonizándolos, han podido vivir y han existido en civilizaciones interiores, y los que existen en el seno de la civilización coetánea, aunque más que sus precursores, son muy pocos. Los demás, lejos de mortificarse en el afán del ideal, se atemperan á la civilización anormal que contribuyen con la
(') Sirva de excusa á estos dos neoloeismos la necesidad de expresar la idea que contienen. Tal vez para expresar et esfuerzo de hacerse cada vez más racional (ractonalitación), y el conjunto de actos voluntarios para hacerse más consciente (eonaetfaeeión); habríi vocablos más eufónicos, pero no los he encontrado.
INTBODUCCION
propia aoormalidad á hacer más irregular y más incompleta cuanto más inmoralmente legan á las generaciones venideras la tarea de mejorar, completar, armonizar y moralizar la civilización á que concurren.
Hombres á medidas, pueblos á medidas, civilizados por un lado, salvaies por el otro, los hombres y los pueblos de esté florecimiento constituimos sociedades tan brillantes por fuera, como las sociedades prepotentes de la historia antigua, y tan tenebrosas por dentro como ellas. Debajo de cada epidermis social late una barbarie. Así, por ese contraste entre el progreso material y el desarrollo moral, es como han podido renovarse en Europa y en América las vergüenzas 'de las guerras de conquista, la desvergüenzajde lá primacía de la fuerza sobre el derecno, el Dochomo de la idolatría del crimen coronado y omnipotente durante veinte años mortales en el corazón de Europa, y la impudicia del endiosamiento de la fuerza bruta en el cerebro del continente pensador. Así, por esa inmoralidad de nuestra civilización, es como ha podido ella consentir en la renovación de las persecuciones infames y cobardes de la Edad Media europea, dando Rusia, Alemania, los Estados Unidos, los mismos EstadosUnidos(¡qué dolor para la razón, qué mortificación para la conciencia!) el escándalo aterrador de perseguir las unas á los judíos, de perseguir los otros á los chinos. Así, y por esa inmoralidad constitucional del progreso contemporáneo, es como se ha perdido aquel varonil entusiasmo por el derecho que á fines del siglo xviii y en los primeros dias del xix, hizo de las colonias inglesas que se emancipaban en América, el centro de atracción del mundo entero; de Francia redimida de su feuda-
lismo, el redentor de los pueblos europeos; de España reconquistada por sí misma, la admiración y el eiemplo de los mismos pisoteados por el conquistatfor; de las colonias libertadas por el derecho contra España, inesperados fcictores de ciTÍlización; de Grecia muerta, un pueblo vivo. Ese entusiasmo por el derecho ha cesado por completo, y Polonia, Irlanda, Puerto líico, viven gimiendo bajo un régimen de fuerza ó de privilegio, sin que sus protestas inermes ó armadas exciten á los pueblos que gimieron como ellos.
El culto á la civilización, que de ningún modo más efectivo y más dio:no de ella debería manifestarse que civilizando los pueblos cultos á los que están en el primer grado de sociabilidad, y ayudando en su tarea de civilizarse á los que la han comenzado con obstáculos que, abandonados á si mismos, no pueden ó no deben superar, ni siquiera es un deber á los ojos de los Estados. Se buscan acá y allá, principalmente en América y en Oceanía, islas estratégicas que gobiernen mares, estrechos y canales, y que aseguren la primacía comercial, y en caso de querella, la prepotencia militar del ocujmnte; se rebuscan los escondrijos de nuestro Continente, que se cree ó se aparenta creer que no tienen dueño; se registra de Norte i Sud, de Este á Oeste, de Guinea á Egipto, del Delta al Niger, el Continente negro; en África, en América y en Oceania, hoy como en los siglos xv y svr, se ocupan territorios y jurisdicciones con la misma llaneza con que Colón ocupa las Antillas, con que Vasco Núñez de Balboa toma posesión del mar del Sud, con que Vasco de Gama declara portuguesa una población de más de doscientos millones de hindus, con que Cortés y Pizarro arruinan, en honor de España, dos civi-
lizaciones que hubieran podido y debido utilizarse.
Hoy como entonces, y como en los viajes de exploración, aunque sean Cook y D'Urville los jetes de las expediciones, y aunque sea científico el oTjjeto de ellas, el instrumento de civilización es el alcohol, y el procedimiento es el engaño ó el pavor.
Si: Liberia atestig^ua la altísima coucepción del deber de filantropía, y será honra perpetua de los abolicionistas norteamericanos; el Congo es testimonio del noble modo de concebir el deber de civilización, y siempre será gloria de Bélgica, de Leopoldo II y de Stanley; Australia es el hecho de colonización más portentoso, y lo admirará la historia, loando la sabiduría de Inglaterra: las Hawaií son prueba en favor del espíritu civilizador del protestantismo; y la entrada del Japón en la vía seguida por los pueblos civilizados de Occidente, obra será que para siempre ilustre el nombre del pueblo americano. Pero aunque la moral acepte como ofrendas á ella los actos interesados y el egoísmo nacional ó individual que ella tiene la virtud de concluir por hacer méritos suyos, ninguno de esos servicios á la civilización han sido tributos á. la moral. A excepción del Congo, Liberia, el Japón y las Hawaii, en donde la población indígena ha sido respetada, en donde efectivamente es un experimento de civilización el que en definitiva hará la humanidad, ¿qué ha sido de los indígenas de Australia? 4Qué ha sido de los indígenas de las Antillas? ¿Qué ha sido de los indígenas del Perú, de Méjico, del Brasil, de la Argentina? ¿Qué de los pecuodes, de los narmgansets, de los natches? ¿Que de aquellos dulces, pacíficos, benévolos, inofensivos habitan-
16 INTBODDCCIÓI)
tes de la Acadia canadiense, que ni siquiera eran salvajes, que ni siquiera eran de raza distinta, puesto que eran franceses, defensores de Francia y del derecho de Francia en la despiadada guerra de desalojo que contra ella hizo Inglaterra en el Canadá?
Los indiferentes al fin moral de la historia, semejantes á los católicos en la ecuanimidad con que se aplican las verdades de la ciencia que han contradicho y que los contradice, usufructúan la teoría de la selección y atribuyen á la lucha biológica la aterradora ruina de las mil sociedades que, en todos los grados de razón y de cultura, ha destruido con perseverante brutalidad el egoísmo nacional.
Pero el sofisma no prevalecerá contra la moral. Si la ley de evolución es una ley de la naturaleza física, tiene que ser una ley de la naturaleza moral, y no ha sido ni ha podido ser instituida para el mal: ha sido instituía, necesariamente ha tenido que ser instituida para el bien. El mal que de ella se haya deducido, culpa de los hombres será, obra de la torpeza de los hombres habrá sido.
Culpa ha sido, torpeza ha sido de los hombres que se tienen por civilizados, el estrago de sociedades y civilizaciones incipientes. El continente americano y el australiano, en donde más implacablemente ha consumado su obra de extermmio la civilización occidental, no tenían población proporcional á su extensión; no opusieron resistencia sino después de instigados por la ferocidad y la sensualidad de los usurpadores; no entablaron competencia de territorio porque lo cedían, ni de productos porque les sobraban, ni de trabajo porque lo prestaban de buen grado, ni de creencias porque fácilmente concillaban con líis
suyas las imbuidas pov los pocos invasores que se ocupaban de creencias. El único punto de la tierra reclamado por la civilización en donde se ha entablado la competencia por la vida, y no al principio de la ocupación, smo en los dias de poaerosas corrientes migratorias y de tremendo empuje de la industria, ha sido aquel punto geográfico de los Estados Unidos de América, cono- " cido con el sobrenombre nacional de Far-Wesí (Lejano Oeste), especie de tierra de promisión de los milenarios del progreso material, que la buscan como el cumplimiento de las profecías que el deseo de bienestar les ha hecho.
En esa tierra de promisión, única que hasta ahora ha realizado en la historia sus promesas, se planteó el problema darwiniano; los pocos autóctonos de la América del Norte que aun quedaban han ido siendo, terruño tras terruño, despojados de los que, seg-ún pactos previos, ocupaban; pero ahí se puede decir que fueron despojados, porque era necesario que los más fuertes despojaran á los más débiles, pues efectivamente era y es formidable el impulso del trabajo en esas comarcas positiva y realmente reclamadas por el desarrollo de las fuerzas civilizadoras. Pues ni aun ahí ha sido la lucha biológica, sino la torpeza sociológica quieu ha hecho el mal. Para evitarlo, habría bastado que los constituyentes hubieran incluido ■entre los casos de intervención los de notoria violación del derecho de los indígenas, según lo fijaban los tratados que, antes que violables á necesidad y conveniencia de los Estados federados por ■el hecho de ser pactos con salvajes, debieron por eso mismo ser sagrados é inviolables. Mas como las naciones sedicentes civilizadas no han seguido, en sus relaciones con las que consideran razas
inferiores^ otra que la conducta ignominiosa de loe bandoIeroB de mar, para quienes el dolo, el engaño y la violencia son medios necesarios en cada ambo i territorio de salvajes, el Gobierno federal de los Estados Unidos ha obtemperado fríamente con los brutales despojos de derecho consumados por cada Estado de la Unión cada vez gue han necesitado de territorios ocupados por los indios. No es la moral romántica, moral empapada en las exageraciones de los varios dogmas religiosos que piden al hombre lo que el hombre no debe dar, la que vitupera y condena ese innoble uso de la civilización; es la moral racional, la fundada en principios necesarios de la naturaleza humana, quien, poniéndose en el mismo punto de vista de los que cohonestan esas atrocidades del
£rogveso con la necesidad de que se hagan y con i fatalidad de la ley biológica á que vidas individuales y colectivas están sujetas en su evolución del ser al más ser, en nombre de esa ley declara que la ley de competencia biológica no fué respetada en ninguno de esos casos.
Pero concedamos que las fuerzas ciegas debieran prevalecer sobre las fuerzas inteligentes de la civilización. ¿Es civilización la que asi se deja vencer por las brutalidades naturales? ¿La civilización no es, al contrario, vencimiento de la fatalidad por la libertad, dominio de la fuerza por la inteligencia, apropiación de agentes naturales por agentes científicos y económicos, aprovechamiento de todo para mayor bien de todos, desarrollo ta) de razón que cada vez haga más dueño de sí mismo al hombi-e, lo cual es hacerlo más consciente? Y hacerlo más consciente, ¿no es hacerlo más moral? Y ser más moral, ¿qué es sino ser más bueno, sino es evolucionar de mal á bien»
-_.0(1^IC
sino es entablar la lucha por el bien, siuo es realizar, cumplir, vivir la ley de competencia de la vida que, asi como transforma los organismos por natural desarrollo y adaptación de lo superior á lo inferior, así transforma las civilizaciones, en virtud del desarrollo natural de la razón por el esfuerzo continuo para ser más racional, y por la adaptación del mayor bien al menor bien?
Desoían, y ya han civilizado. Pero seres de razón, civilizar no es desolar; civilizar no es sustituir la población de un territorio con los advenedizos que ponemos en lugar de ella. Civilizar es proceder con alta razón, con entera y benévola conciencia, con dominio completo de loe recursos y el objeto del progreso, y transmitir, para bien de ellos y para nuestro bien, atrayéndolos á la vida civilizada, que es vida de razón y de conciencia, á los seres que llamamos inferiores por sólo ser más novicios en el uso de los recursos de la asociación.
La inmoralidad total que resalta en la vida de relación de las naciones y en la de Cíida pueblo culto, causa por una parte, por otra parte es efecto de la inmoralidad de los grupos inferiores -' de la moralidad pasiva, negativa ó pervertida iel individuo social. Es causa, porque el ejemplo del todo trasciende, en forma de hechos persuasivos, á las partes. Es efecto, porque 1^ acción de las ideas individuales asciende, de componente en componente, al compuesto {general.
De ese modo, y por una continua y simultánea acción y reacción de los hechos sobre las ideas y
-_.0(1^1C
20 inthodücchSn
de las ideas sobre los hechos, toda la vida social está contaminada de la misma indiferencia moral, que es mucho más peligrosa que la indiferencia religiosa, porque ésta se refiere tan sólo á interpretaciones de lo absoluto por los relativos, en tanto que aquélla se refiere á la torpe concepción de sus relaciones por el ser llamado á conocerlas, acatarlas y aplicarlas á su vida esencialmente relativa .
En síntesis extrema, el problema de la vida social es este: desarrollar toda la fuerza de razón que corresponda al período biológico, lógico y sociológico en que se vive, para desarrollar toda la fuerza de conciencia equivalente al desarrollo de razón, con el fin de conocer la cantidad de bien ya realizado y los medios del bien por realizar.
Sólo á ese precio se es humanidad, sólo para eso se es humano. Si ese no fuera el fin real de toda vida, particular y total, no valdría la pena de vivirse, porque no seria una vida digna. Tanto valdría ser individuos de tipos inferiores; valdría más, porque la indiferencia moral de los tipos inferiores es una característica y no una responsabilidad, un ser lo que se puede ser, y no un dejar de ser lo que se debe.
Ya la razón humana es adulta, puesto que puede plantear el problema de la vida; ya la conciencia tiene edad suficiente para reprobar los desvíos del problema y para inducir a reformar el plan de conducta irracional é inmoral que sigue el hombre civilizado en el desarrollo de su vida.
Tan adulta es la razón, tan adulta la conciencia humana, que se puede probar exactamente la superioridad moral del hombre contemporáneo
con respecto al hombre antepasado. Pero si es superior al pasado, no es igual á sí mismo; es decir, no es igual á lo que debe ser, á lo que su actual desarrollo de razón y de conciencia exige de él que sea.
El problema de la moral consiste en eso: en hacer que el hombre de esta civilización sea tan digno y tan bueno, tan racional y tan consciente como de la intima correlación de la razón con la conciencia y de la conciencia con el bien, resulta que debe ser y puede hoy ser.
Por no serlo es por lo que se puede decir v decimos que es más malo cuanto más conoce el mal, pues claro es que si el conocimiento del bien es proporcional al desarrollo de conciencia, y el de conciencia al de razón, y ésta ha llegado ya al dominio de las fuerzas naturales conocidas, de donde se ha derivado la civilización superior en que vivimos, ya debiera practicar el bien, no por acaso, no por incidente, no como acción consecuencial de la fuerza que ha adquirido la verdad, sino como efecto buscado, como consecuencia premeditada, como palpitante expresión del aumento de dignidad y del conocimiento de ese aumento de dignidad humana en cada hombre.
Mas, para resolver su problema y conseguir que el hombre sea tan bueno cuanto ya es consciente, tan moral cuanto ya es racional, ¿qué ha de hacer la ciencia de las costumbres y de los deberes'? Respondiendo de una vez: convertir los deberes en costumbres.
Acostumbrar á la idea del deber; demostrar que el deber no es tan austero ni tan repulsivo ni tan incompatible como se cree, con la abundancia y fecundidad de recursos q ue están á disposición del hombre, según su- caplcidad para conocerlos y
emplearlos; presentar en la idea del deber la fuente más pura de moralidad; hacer de la práctica del deber el modo normal de desarrollo individual y colectivo, la norma, pauta, regla, y si es licito ennoblecer este vocablo, el comodín de nuestra vida práctica; hacer ver con los ojos de la cara, palpar con los dedos de las manos, sentir con los nervios de la sensibilidad orgánica, que es más fácil, más útil, más conveniente, más grato, más 'bello, más bueno, más verdadero, mas justo el ser hombre de su deber en todo caso que el no serlo en caso alguno; patentizar que el hombre es más hombre cuanto más hace lo que debe, porque así prueba que ha llegado á mayor conciencia de su racionalidad, y porque, probándolo, es más digno; probar, en fin, que ser civilizado y ser moral es ser lo mismo; que civilización y moralización de la humanidad debe ser el mismo propósito, y que, para cumplirlo, el modo más sencillo es atenerse al cumplimiento del deber en cada una de las relaciones sociales; tal ha de ser la idea de la moral.
Tal es la que aquí desenvolvemos.
Se presenta incompletamente desenvuelta, porque la moral social supone conocidos los fundamentos científicos de la moral, y el por qué funciona en ella el deber como elemento que naturalmente la organiza, y como el único verdadero elemento capaz de organizaría. Pero cuando se «igue el curso de la idea, aún incompletamente desarrollada, como se presenta en la moral social aislada, basta para vivificarla como vivifica la moral universal.
¿Qué otra idea puede tanto? Sin examinarla, para rehuir ociosas discusiones, basta hacer pensar que el deber reúne, abarca y contiene cuan-
tas ideas parciales se han supuesto ó puedan suponerse fuente de moral y orig-en de moralidad.
El mismo deber, concebido como ha sido, y presentado como ha sido presentado, concepto artificial deducido de ideas a priori y de principios también artificiales, no tiene tampoco la virtud orgánica que aqui le suponemos. Su fuerza de organización moral resulta de hechos positivos, y su fuerza científica dimana de ser el resultado de una inducción exacta. Los hechos en que se basa la inducción son estos dos: 1." Que la conciencia, una realidad orgánica en nuestro organismo moral, y no una palabra, una idea ó un concepto, es susceptible de un crecimiento proporcional al de la razón . 2." Que las relaciones del individno con la sociedad y de los grujpos con los grupos sociales y con la humanidad de todos los tiempos, son naturales, efectivas y patentes en todos y cuantos motivos ó estímulos tiene la existencia colectiva.
Partiendo de estos dos hechos se llega á este principio: El conocimiento y acatamiento de nuestras relaciones con la naturaleza en general, y con la sociedad en particular, es condición de desarrollo para la conciencia, puesto q^ue, reflejándose en ella toda la actividad psíquica, y especialmente la intelectiva, cuanto más activos sean los órganos, más activo es el organismo.
Ahora, como el conocimiento reflejo de una ley lleva á quien lo adquiere, que es la conciencia, á someterse á los preceptos de la ley, y el deber no es más ^ue sumisión de conciencia á las leyes y principios, preceptos y reglas, mandatos y ordenanzas de la naturaleza en cualquiera de sus manifestaciones y en cualesquiera fines y propósitos de vida, el deber es una deducción espontá,-
24 INTRODtlCCHÍB
nea de todas y cuantas relaciones nos ligan con el mundo externo, con el mundo interno y conet mundo social.
Este, que es el mundo en que directamente se aplica la moral social, relaciona y liga al individuo y á las entidades sociales con relaciones tan claras y positi-v'as, y de ellas se derivan tan sesgamente los deberes del hombre social, que es imposible confundir esta noción del deber con la que suele entrar como una concausa de moralidad en la moral dependiente de otras ideas.
Pero aunque importe precisar los limites propios de la idea fundamental de un libro para así darle la fuerza Ióg:ica que ha de manifestar, lo que más importa aqui es obtener que se reconozca el poder constructivo del deber, para hacer de la moral el complemento de la ciencia del derecho, la última ciencia, la ciencia final, la qne podría llamarse la ciencia de todas las finalidades, puesto que no hay fin de vida, derecho, ciencia, artCt industria, que no sea necesario realizar por medio del deber, en los cuales no entre el deber como un medio esencial de todos ellos.
PEIMERA PARTE
HEI.ACIOITES 7 DEBEBES
CAPITULO I LA SOCIEDAD Y SUS ÓRGANOS
Definición di Orgüiun dtt organítmo locial.
DiKripelóoieloiArsaiiOi tocfaKi: El Individuo. Lb Camilla. El municipio. La reglúQ. La nación. La familia de naciones.
El fundamento de los deberes que la moral impone está en el conocimiento de las relaciones que ligan al hombre con la naturaleza general ó con algunos de los aspectos particulares de la naturaleza. Y como la sociedad es un aspecto
f)articular de la naturaleza, el conocimiento de os deberes sociales se funda en el conocimiento de las relaciones del individuo con la sociedad.
Ante todo, es necesario saber qué es sociedad y cuál es el objeto de la moral social; mas para saber cuál es el objeto de la moral social, hay que saber primero qué es la sociedad.
Sociedad os una reunión espontánea y natural de individuos, con el objeto de satisfacer todas las necesidades de su vida física, moral é intelectual, que no podrían satisfacerse aisladamente wr ninguno de los seres organizados para esa rriple vida.
Claro está que, no pudiendo el individuo aislado satisfacer las necesidades de su vida, y siendo la sociedad el medio necesario para que el individuo realice fines de su vida, la sociedad es un medio que corresponde á un^n; y, por lo tanto, siendo natural el medio, es clavo también que la sociedad está en el orden de la naturaleza, es por sí misma un aspecto de la naturaleza, es un verdadaro fenómeno natural, un conjunto de hechos relacionados entre sí que constituyen una parte de la naturaleza y que están, como los hechos del orden físico, constituyendo un orden, y resultando de leyes inmutables.
No es ese, sin embargo, el único modo positivo de considerar la sociedad. Además de ser y presentársenos como una ley de procedimiento de la naturaleza, se nos presenta como una entidad biológica que vive por si misma y realiza por si misma los ñnes de su existencia. Con efecto, tan pronto como tratamos de sumar las actividades del vivir individual, hallamos en todas ellas, tanto en su motivo como en su objetivo, una relación de dependencia ó una relación de referencia á un ser más universal y menos efímero que nosotros y que se nos presenta como un conjunto vivo de seres que, viviendo cada uno para si, contribuye á la actividad dei todo social. E^e todo social, compuesto de esas partes individuales, manifiesta una vida y una actividad que, aunque dependiente de la vida y actividad de las partes, tiene por si misma opetaciones y funciones propias. Bien se ve, pues, que la sociedad es un todo orgánico ó un organismo compuesto de órganos varios, de funciones varias y de una multitud de operaciones, como sucede con cualesquiera otros organismos. Ahora bien, siendo
la sociedad un organismo natural, evidentemente es una vida; y bien podemos decir, sin que la apariencia nos engañe, que toda sociedad es un ser viviente, por más que no sea un ser individual, sino colectivo.
Órganos del onoANisMO social. — Siendo la sociedad un organismo, ya se sabe que ha de tener órganos. Y los tiene. Son; 1.", el individuo; 2.°, la familia; 3.", el municipio; 4.', la región; 5.", la nación ó sociedad particular; 6.°, la familia de naciones ó sociedad internacional.
El conjunto de todos estos órganos es lo que llamamos sociedad general ó universal, y la suma de todas las sociedades en todos los tiempos de la historia, pasai^os, presentes y futuros, es lo que constituye la humanidad. Cuando las ciencias sociales, como las morales, hablan do sociedad, se sobreentiende Humanidad.
Descripción de los órganos socrA,LEs. — El primer órgano es el Inditiduo. Es un ser viviente. compuesto de los órganos ya descritos (en la Moral iTidivi lual) {■), que compone por si solo un organismo de organismos. Él individuo es á la vez causa y efecto de la sociedad; causa, porque sin él no existiría ella; efecto, porque sin ella no podría él cumplir sus fines. Esta íntima correlación entre individuos y sociedad, que es la fuente de los deberes sociales, es también la razón de la inutilidad de aquellos sistemas de filosofía política ó moral que pretenden prescindir de uno de los dos términos de la relación.
El segundo órgano es la Familia. La familia es la primera evolución del individuo unido á otros
(") Segunda parte d.B\ Tratado de Moral, inédito.— (N.delE.)
individuos por k naturaleza, por los afectos, por la ley y por intereses del orden económico y moral: forma con sus cong-éneres la primera sociedad: de modo que puede decirse que si la familia es la primera evolución del individuo en su procedimiento hacia los Snes de su vida, es tamoién la sociedad elemental.
El tercer óríjano es el Municipio. Conjunto reflexivo de individuos y familias reunidos para auxiliarse mutuamente en la satisfacción de las necesidades materiales, morales é intelectuales, el municipio continúa la evolución de la familia.
El municipio es la segunda forma natural de sociedad. Asi como el individuo es una realidad viviente que resulta de fuerzas combinadas de la Naturaleza; y asi como la familia es una reunión necesaria de individuos, así el municipio es una sociedad natural necesaria, que no resulta de ^rtifício alguno, sino de la fuerza natural del principio de asociación y del reflexivo aprovechamiento del principio de asociación. .
La Región es el cuarto órgano del organismo social. La región, comarca, departamento ó provincia es una sociedad natural, compuesta de municipios, familias é individuos. Como el individuo se une al individuo para cumplir los fines de su especie, y forma la familia; y como la familia se une á la familia y constituye el municipio, el municipio, unido al municipio con las familias y los individuos que lo componen, forma la región, comarca, departamento ó provincia. Es una sociedad no menos natura! que las anteriores, pues está fundada en las mismas necesidades, aunque, por más extensas y por lo mismo menos intensas, son menos inmediatamente percibidas.
La Nación, sociedad particular, es el quinto órgano de la sociedad. La provincia se funda en necesidades mucho más extensas que las del municipio, la familia y el individuo, por ser también un órgano más extenso de sociabilidad: por la misma causa, la nación ó sociedad particular de una porción de hombres reunidos en determinados límites geográficos, se funda en la major extensión que toman las necesidades del individuo y de los grupos anteriores, dentro del espacio que abarca un territorio poseído.
La nación es una sociedad ^neral con respecto á los grupos sociales ya descritos, pero es una sociedad particular con respecto á los grupos que faltan por describir. La nación, que, en su territorio determinado, abarca los seíes y grupos de seres racionales, asociados para fines más vastos, es un individuo colectivo en el conjunto de sociedades que forman la humanidad.
Familia de naciones ó sociedad internacional es el sexto órgano social. Como hemos visto en los grupos anteriores, cada uno de ellos es más extenso en su actividad que el anterior, y según vimos que la familia es la primera evolución del individuo, asi podemos ver que la sociedad internacional es, con respecto á los grupos anteriores, mucho más extensa en su actividad que todos ellos, y es comienzo de una evolución superior en que cada grupo nacional evoluciona hacia fines cada vez menos concretos ó egoístas, y por lo mismo más humanos: una reunión de sociedades equivale á una familia do naciones. Por eso E demos comparar la sociedad internacional á la nilia, y decir de ella que es, con respecto á una sociedad particular cualquiera, lo que la familia natural es con respecto al individuo.